Chapitre n°4
I Corinthiens 4, 1-6
San Pablo insiste en uno de los puntos centrales de esta primera parte de la carta: la sinceridad y autenticidad de su conducta, con el consiguiente rechazo de todo lo que supone falsedad, doblez o mentira (cfr 1, 12.17; 2, 17; 3, 1). En contraste con los falsos apóstoles, el único objeto de su predicación es la verdad de Jesucristo, sin componendas ni concesiones (cfr p. ej. 1 Cor 1, 18-25; Gal 2, 11 ss.). Si, a pesar de todo, hay todavía quienes no perciben la verdad del Evangelio es por sus malas disposiciones, que permiten al demonio —dios de este siglo (cfr Ioh 12, 31; 14, 30; Eph 2, 2)— cegar sus inteligencias. Así no captan a través del Evangelio la divinidad de Jesucristo, imagen perfecta de Dios Padre (vv. 4-6).
La actitud del Apóstol a la hora de exponer la doctrina de Jesucristo, recuerda la necesidad de hacerlo siempre con claridad y valentía, con respeto y veneración, como depositarios, herederos y servidores de un tesoro recibido de Dios, que ha de ser transmitido con absoluta fidelidad. «De todo evangelizador se espera que posea el culto a la verdad —enseña el Papa Pablo VI—, puesto que la verdad que él profundiza y comunica no es otra cosa que la verdad revelada y, por tanto, más que ninguna otra, forma parte de la verdad primera que es el mismo Dios. El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No oscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla» (Evangelii nuntiandi, n. 78).
II Corinthiens 4, 1
«Por la misericordia que se nos hizo»; Es decir, por la misericordia de Dios. San Pablo usa aquí esa voz pasiva («que se nos hizo») de corte muy judaico, para evitar por respeto la repetición del nombre de Dios. Emplea también el Apóstol el plural de autor, que es una expresión de modestia. Más libremente podríamos traducir el versículo: «Por esto, habiendo sido investido de este ministerio por misericordia de Dios, no desfallezco».
II Corinthiens 4, 4
«Para que no vean la luz del Evangelio»: Así, según el texto griego. La versión de la Neovulgata: «Para que no brille (...)», viene a significar lo mismo, si se sobrentiende «a ellos».
Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, es la imagen perfecta de Dios (cfr Col 1, 15; Heb 1, 3). «Para que una cosa sea imagen perfecta de otra —explica Santo Tomás—, se requieren tres cosas, y las tres se dan de manera perfecta en Cristo. La primera es la semejanza; la segunda, el origen; la tercera, la perfecta igualdad. Porque si hubiera desemejanza entre la imagen y aquel de quien es imagen, o uno no tuviera su origen en el otro, o no hubiera igualdad perfecta, teniendo los dos la misma naturaleza, no se daría allí perfectamente la razón de imagen (...). Como las tres cosas se dan en Cristo —es semejante al Padre, procede del Padre y es igual al Padre— máxima y perfectamente se le llama imagen de Dios» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.). Además, por ser perfecto hombre, es la imagen visible del Dios invisible: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer» (Ioh 1, 18).
II Corinthiens 4, 5
San Pablo llama con frecuencia a Jesucristo «Señor» (cfr p. ej. Rom 10, 9; 1 Cor 8, 6; 12, 3; Phil 2, 11). Es una clara afirmación de la divinidad de Jesucristo, ya que es el término con que, habitualmente, los griegos traducen del hebreo el nombre de Yahwéh (cfr nota a 1 Cor 8, 4-6).
Esa fe en la divinidad de Jesucristo es tan fundamental para el cristianismo, que San Pablo puede resumir el núcleo de su predicación en estas palabras: predicamos a Cristo como Señor.
II Corinthiens 4, 6
Contrariamente a lo que sucede con quienes se resisten a creer (v. 4), Dios ha iluminado los corazones de los cristianos con la luz de la fe. San Pablo recuerda el momento en que Dios creó la luz (cfr Gen 1, 3), como para significar la nueva creación que supone la infusión de la luz de la fe (cfr 2 Cor 5, 17), que exige una intervención de Dios: en efecto, «nadie puede ‘consentir a la predicación evangélica’, como es menester para conseguir la salvación, ‘sin la iluminación e inspiración del Espíritu Santo que da a todos suavidad en consentir y creer a la verdad’ (II Conc. de Orange). Por eso, la fe (...) es en sí misma un don de Dios, y su acto es obra que pertenece a la salvación; obra por la que el hombre presta a Dios mismo libre obediencia, consintiendo y cooperando a su gracia, a la que podría resistir» (Dei Filius, cap. 3).
Comentando este pasaje de la Epístola Santo Tomás resume bellamente el itinerario de la fe en el alma de San Pablo, y de todo cristiano: «Nosotros, antes —es decir, con anterioridad a ser convertidos a Cristo— éramos tenebrosos, como vosotros y como aquellos en quienes no brilla la claridad de la gloria de Cristo. Ahora, sin embargo, después de que Cristo nos llamó a sí por su gracia, han sido apartadas de nosotros las tinieblas, y brilla en nosotros el poder de la gloria de la claridad de Cristo. Y brilla tanto en nosotros, que no sólo somos iluminados para poder ver, sino también para iluminar a otros» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.). El cristiano no puede ocultar la luz de su fe; debe iluminar con ella a quienes le rodean.
4, 7-5, 10. San Pablo expone ahora los sufrimientos y tribulaciones que el ministerio apostólico lleva consigo, semejantes a los de Jesucristo (4, 7-12). A continuación señalará que la fe y la esperanza en la Resurrección y en el Cielo sostienen a los ministros de Cristo en sus padecimientos (4, 13-5, 10).
I Corinthiens 4, 7-12
En contraste con la grandeza del Evangelio —ese «tesoro» confiado por Dios— San Pablo resalta la pequeñez —«vasos de barro» (v. 7)— de sus depositarios. Ilustrando esa pequeñez, el Apóstol expone las angustias y persecuciones a que se ve sometido, y en las que siempre es ayudado por la gracia de Dios.
Estos sufrimientos reproducen de alguna manera en la vida de los Apóstoles, y también en la de los demás cristianos, los de Jesucristo en la Pasión y Muerte. En Él, los sufrimientos dieron paso a la vida gloriosa tras la Resurrección; de manera semejante, en los servidores de Cristo, ya en esta vida, se va manifestando como un anticipo de la vida futura, que alcanzará su plenitud en el Cielo, pero que ya ahora ayuda a vencer todas las tribulaciones (vv. 10 s.).
I Corinthiens 4, 7
Señala de nuevo San Pablo que toda la eficacia de su acción apostólica viene de Dios (cfr p. ej. 1 Cor 1, 26-31; 2 Cor 3, 5), que es quien deposita sus tesoros en pobres vasos de barro. La expresiva imagen empleada por el Apóstol —que recuerda la arcilla de la que Dios formó a Adán (cfr Gen 2, 7)— sirve como llamada de atención para todos los cristianos, portadores mediante la gracia de un tesoro maravilloso —Dios mismo— en sus almas; éstas, como sucede con los vasos de barro, pueden romperse con facilidad, y entonces necesitan ser recompuestas en el sacramento de la Confesión. Glosando estas ideas enseñaba San Josemaría Escrivá que los cristianos, al llevar a Dios en el alma, podíamos vivir a la vez en el Cielo y en la tierra, endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra: un cacharro de barro que el Señor se ha dignado aprovechar para su servicio. Y cuando se ha roto, hemos acudido a las lañas, como el hijo pródigo: he pecado contra el cielo y contra Ti... (Apuntes, Epílogo).
I Corinthiens 4, 8-9
Las palabras del Apóstol dan al cristiano la seguridad de que siempre contará con el auxilio de Dios: por duras que sean las pruebas por las que deba pasar, con la gracia divina podrá salir victorioso, como San Pablo. «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación os dará también el éxito para poder soportarla» (1 Cor 10, 13). Además, el ejemplo de San Pablo recuerda que el dolor y las tribulaciones más o menos graves serán lo habitual en la vida de los seguidores de Cristo, que nunca podrá ser cómoda o placentera: «Si ambicionas la estima de los hombres, y ansías ser considerado o apreciado, y no buscas más que una vida placentera, te has desviado del camino... En la ciudad de los santos, sólo se permite la entrada y descansar y reinar con el Rey por los siglos eternos a los que pasan por la vía áspera, angosta y estrecha de las tribulaciones» (Pseudo-Macario, Homiliae, XII, 5).
I Corinthiens 4, 10-11
Como sucede con San Pablo, también en la vida diaria de los cristianos han de manifestarse los sufrimientos de Jesucristo, mediante la mortificación y la penitencia, necesarias para seguir al Señor y reproducir en nosotros su vida. La vocación cristiana es vocación de sacrificio, de penitencia, de expiación. Hemos de reparar por nuestros pecados —¡en cuántas ocasiones habremos vuelto la cara, para no ver a Dios!— y por todos los pecados de los hombres. Hemos de seguir de cerca las pisadas de Cristo: traemos siempre en nuestro cuerpo la mortificación, la abnegación de Cristo, su abatimiento en la Cruz, para que también en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús (2 Cor IV, 10). Nuestro camino es de inmolación y, en esta renuncia, encontraremos el gaudium cum pace, la alegría y la paz (Es Cristo que pasa, n. 9).
La mortificación no exige acciones espectaculares y llamativas; ha de ejercitarse en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana: por ejemplo, en la puntualidad, en el cumplimiento exacto del deber, en el tratar con la máxima caridad a todos, en el buen humor ante las pequeñas contrariedades de la jornada (cfr Amigos de Dios, n. 138).
II Corinthiens 4, 10
«El morir de Jesús»: Traducción literal de la expresión griega, que indica el estado de una persona que está muriendo.
II Corinthiens 4, 12
En los Apóstoles, y también en los demás cristianos, se reproduce la paradoja de la vida del Señor: su muerte es causa de vida para todos los hombres. «Si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto» (Ioh 12, 24). Los sufrimientos y tribulaciones, los dolores físicos y morales, la mortificación y penitencia diarias, hacen al discípulo de Cristo morir a sí mismo, y se convierten —unidos a los padecimientos de su Maestro— en fuente de vida para los demás hombres, mediante la Comunión de los Santos.
I Corinthiens 4, 13-18
El Apóstol explica el origen y la causa de la fortaleza con que soporta todas las tribulaciones de esta vida: la esperanza de la resurrección y del Cielo, del cual espera participar junto con aquellos a quienes dirige su carta (v. 14). Este pensamiento del Cielo no es egoísmo: resulta un estímulo para la lucha por ser fiel a la fe, y ayuda a considerar todos los padecimientos de esta vida como algo momentáneo y ligero (v. 17), paso necesario para el Cielo, y medio para conseguir una felicidad incomparablemente mayor. «Si queremos disfrutar de los placeres de la eternidad —recuerda San Alfonso María de Ligorio— hemos de privarnos de los placeres del tiempo. ‘El que quiera salvar su vida la perderá’ (Mt 16, 25) (...). Si queremos salvarnos, todos hemos de ser mártires, o por el hierro de los tiranos o por la propia mortificación. Persuadámonos de que todo cuanto sufrimos es nada comparado con la gloria eterna que nos espera: ‘Porque estoy convencido —decía San Pablo— de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros’ (Rom 8, 18). Estas momentáneas penalidades nos acarrearán eterna felicidad (cfr 2 Cor 4, 17)» (Selva de materias predicables, II, 9).
I Corinthiens 4, 13
La fe del Apóstol le lleva a seguir predicando, a pesar de todas las tribulaciones que esto le acarrea. No puede ser de otra forma: está persuadido de que su fe es la salvación del mundo y no puede por menos de difundirla. Otra manera de comportarse indicaría que su fe está dormida y no hay verdadero amor a los demás. «Cuando descubrís que algo os ha sido de provecho —explicaba San Gregorio Magno— procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos» (In Evangelio homiliae, 6, 6).
II Corinthiens 4, 14
Lo que anima la actividad apostólica de San Pablo y le hace soportar todas las dificultades que ésta lleva consigo, es la firme convicción de la resurrección gloriosa, cuyo fundamento y causa es la resurrección de Cristo. Tiene además la esperanza de poder compartir esta felicidad en el Cielo, en la presencia de Dios, juntamente con sus fieles, por cuya salvación está trabajando en la tierra.
II Corinthiens 4, 15
San Pablo, tras recordar a los corintios que todos los sufrimientos de que viene hablando los padece por ellos (cfr 4, 5), señala el fin al que dirige todos sus esfuerzos: la mayor gloria de Dios, a quien llenos de agradecimiento deben dirigirse los fieles (cfr 1, 11; 9, 12). Ésta debe ser la actitud primordial del hombre ante Dios: de profunda adoración y de acción de gracias por todos sus beneficios, como diariamente se nos recuerda en el Prefacio de la Santa Misa.
Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible (Camino, n. 783).
II Corinthiens 4, 16
Estas palabras resumen una de las paradojas de la vida del cristiano. Mientras el hombre exterior —el cuerpo corruptible— va consumiéndose por las tribulaciones y sufrimientos, el hombre interior —la vida del alma— crece y se renueva de día en día, hasta alcanzar su plenitud en el Cielo. Es algo que se observa de manera evidente en la vida de los santos: en medio de sufrimientos y enfermedades, y a la vez que su vida en la tierra se iba consumiendo, la juventud de su alma y la alegría iban aumentando.
«¿Cuándo se destruye este hombre exterior? —se pregunta San Juan Crisóstomo—. Cuando es golpeado con azotes, acosado, oprimido por persecuciones sin número. Sin embargo ‘nuestro hombre interior se va renovando de día en día’. ¿Y de qué manera? Por la fe, por la esperanza, por la caridad ardiente. Por tanto, hemos de ver los peligros con mirada intrépida. Cuanto mayores sean los males que consuman nuestro cuerpo, más lisonjeras esperanzas deberá concebir nuestra alma, más esplendor y brillo sacará de allí, como el oro toma un brillo más deslumbrante cuando está en el crisol encendido» (Hom. sobre 2 Cor, 9).
I Corinthiens 4, 17-18
La actitud de San Pablo es modelo para la visión sobrenatural con que el cristiano debe enfocar todos los acontecimientos de su vida, procurando verlos con los ojos de Dios: poniendo la mirada, por tanto, en los bienes que no se ven. Así se hará mas fácil recordar el contraste entre la ligereza y fugacidad de los dones de esta vida, y la consistencia y eternidad de la gloria: Bebamos hasta la última gota del cáliz del dolor en la pobre vida presente. —¿Qué importa padecer diez años, veinte, cincuenta..., si luego es el cielo para siempre, para siempre..., para siempre?
—Y, sobre todo —mejor que la razón apuntada, ‘propter retributionem’—, ¿qué importa padecer si se padece por consolar por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación unido a Él en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor? (Camino, n. 182).
El Magisterio de la Iglesia recuerda estas palabras del Apóstol para señalar que las obras del hombre justo son meritorias para el Cielo (cfr De iustificatione, cap. 16).
Chapitre n°5
I Corinthiens 5, 1-10
El Apóstol insiste en su esperanza en la resurrección y en el Cielo, como medio que le llena de seguridad y confianza en las tribulaciones. Con algunas imágenes ilustra el contraste entre la vida presente y la futura: ahora vivimos como en una tienda, frágil y caduca, mientras que después nos espera una morada eterna (v. 1); nuestra vida mortal será revestida de inmortalidad (vv. 2-4; cfr 1 Cor 15, 42-44); ahora caminamos en fe —sin ver todavía a Dios—, después le veremos cara a cara (vv. 6-7; cfr 1 Cor 13, 12).
Y a la vez que la esperanza de bienes tan grandes hace a San Pablo desear con ansia vivir junto al Señor (v. 8), no pierde de vista que ahora ha de esforzarse por agradar a Dios, pensando en el tribunal de Cristo (vv. 9-10).
I Corinthiens 5, 1
Es frecuente en la Biblia comparar la vida corporal a una construcción —San Pablo habla de una «tienda»— frágil y provisional, para poner de manifiesto su caducidad y brevedad (cfr p. ej. Is 38, 12; 2 Pet 1, 13). Por el contrario, en el Cielo, el cuerpo estará glorificado por Dios, y será ya una mansión eterna para el alma.
Las palabras del Apóstol han sido recogidas por la liturgia de la Iglesia en uno de los prefacios de difuntos: «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (Misal Romano).
I Corinthiens 5, 2-8
San Pablo compara el cuerpo mortal a un vestido, que a su vez ha de ser revestido en la vida eterna de gloria e inmortalidad. Este pensamiento hace que el Apóstol espere con ansia el momento de vivir junto al Señor. Años más tarde, escribiendo a los filipenses sobre este deseo suyo de estar con el Señor, les hablará de la tensión que experimenta en su alma, al considerar que sigue siendo necesario su trabajo de apóstol: «Me siento apremiado por ambas partes: por una anhelo la muerte para estar con Cristo, lo que es mejor para mí; por otro lado continuar viviendo, lo que juzgo más necesario para vosotros» (Phil 1, 23-24).
A la vez, San Pablo manifiesta la repugnancia natural del hombre ante la muerte, y cómo desearía no tener que morir —ser desnudado de su cuerpo (cfr vv. 3-4)—, de forma que ese revestimiento de inmortalidad se produjera sin necesidad de pasar por la muerte, porque la venida gloriosa de Cristo le encontrara vivo. Por otra parte, ante la posibilidad de vivir junto al Señor, San Pablo da por bien empleado el paso previo de que su alma salga del cuerpo (v. 8).
II Corinthiens 5, 3
La Neovulgata, siguiendo algunos manuscritos griegos, lee así este versículo: «Si de verdad, una vez que nos hayamos despojado, no nos encontraremos desnudos». Expresa la esperanza de San Pablo de que, una vez despojado de este cuerpo mortal, no se encontrará sin cuerpo alguno (desnudo), sino sobrevestido del cuerpo glorioso.
Los principales manuscritos griegos, sin embargo, así como muchas versiones antiguas, incluida la Vulgata, leen literalmente: «Si es que entonces nos encontráramos vestidos, y no desnudos».
II Corinthiens 5, 5
Vuelve a comparar el Apóstol al Espíritu Santo con las «arras» (cfr 1, 22). En este caso referido a nuestro destino eterno: el Espíritu Santo, que inhabita en el alma mediante la gracia (cfr 1 Cor 3, 16; 6, 19), constituye las arras, es decir, la garantía o el anticipo de la vida inmortal, porque así como intervino en la Resurrección de Cristo, así también nuestros cuerpos resucitarán por medio del Espíritu Santo (cfr Rom 8, 1).
«Dios primero ha creado al hombre para este fin (la gloria eterna) —explica San Juan Crisóstomo—. Ha seguido y confirmado su deseo regenerándonos en el bautismo. Y la prenda o fianza que nos ha dado de ello es de un precio inestimable, ya que es el mismo Espíritu Santo derramado en nuestras almas» (Hom. sobre 2 Cor, 10).
II Corinthiens 5, 6
San Alfonso María de Ligorio recuerda en relación con este versículo: «Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos (...). Nuestra patria es el cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones. Nuestra casa no es la que habitamos al presente, que nos sirve tan sólo de morada pasajera; nuestra casa es la eternidad» (Sermones abreviados, XVI).
Por otra parte, como el mismo San Pablo pone de manifiesto en otros lugares (cfr Act 16, 16-40; 22, 22-29; Rom 13, 1-7; 2 Thes 3, 6-13), este «destierro» no implica que el cristiano deba despreocuparse por la edificación de la ciudad terrestre y desinteresarse por lo que ocurre en este mundo, o estar ausente de los grandes problemas de los hombres. Al contrario: debe colaborar con todas sus fuerzas en construir un mundo cada vez más conforme a los planes divinos. En este sentido, el Conc. Vaticano II «exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura (cfr Heb 13, 14), consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de cada uno (cfr 2 Thes 3, 6-13; Eph 4, 28) (...). El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta, sobre todo, a sus obligaciones con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo el ejemplo de Cristo, que ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer todas sus actividades temporales, haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo la altísima ordenación de los cuales todo coopera a la gloria de Dios» (Gaudium et spes, n. 43).
II Corinthiens 5, 7
San Pablo habla aquí de la fe como la luz que nos alumbra mientras caminamos en esta vida hacia la eterna. En la patria celestial, sin embargo, no necesitaremos de la luz de la fe, porque Dios mismo y Cristo serán nuestra luz (cfr Apc 21, 23).
I Corinthiens 5, 8-10
«Volver junto al Señor»: Las palabras del Apóstol ponen de manifiesto su firme convicción de que se encontrará con el Señor nada más morir.
En otros pasajes de la Sagrada Escritura se afirma esta misma verdad (cfr Lc 16, 22-23; 23, 43), que ha sido definida por el Magisterio de la Iglesia, señalando que las almas reciben el premio o castigo eternos inmediatamente después de su muerte, o de su paso previo por el purgatorio, en el caso de las almas que lo necesiten antes de pasar al Cielo (cfr Benedictus Deus).
Esta sentencia de premio o castigo —recibida en el juicio particular y ratificada en el juicio universal al final de los tiempos—, depende de los merecimientos del alma durante su vida en la tierra, ya que con la muerte termina el tiempo y la posibilidad de merecer. Con el pensamiento en ese juicio San Pablo nos exhorta a esforzarnos en esta vida por ser gratos al Señor. ¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar? (Camino, n. 746).
I Corinthiens 5, 11-21
Tras exponer las pruebas y la paciencia que comporta el ministerio apostólico, y la esperanza en la Resurrección que ayuda a sostener esas pruebas (cfr 4, 7-5, 10), San Pablo explica el motivo fundamental de su actuación: el amor de Cristo (v. 14), que en la forma de expresarse del Apóstol puede entenderse tanto del amor de Cristo a los hombres, como de éstos a Cristo.
Al explicar ese amor, San Pablo hace un apretado resumen del contenido de la Redención: Dios ha reconciliado a los hombres con Él por medio de Jesucristo, que cargó sobre sí los pecados del mundo, y murió por todos los hombres, de manera que a éstos ya no les son imputados aquellos pecados. Además, Dios ha constituido a los Apóstoles en embajadores de Cristo para llevar a los hombres «la palabra de la reconciliación» (v. 19), exhortándoles a recobrar la amistad con Dios.
I Corinthiens 5, 11-12
Estos vv. sirven de unión con la sección anterior, que San Pablo terminaba hablando del juicio de Dios. Ahora aclara que su deseo al explicar su forma de actuar no es convencer a Dios, qua ya le conoce perfectamente, sino a los corintios. Con estas explicaciones no persigue su propia gloria, sino dar a los fieles de Corinto los argumentos necesarios para refutar a sus detractores: aquellos judaizantes que se gloriaban de lo exterior —posiblemente de su origen judío o de su trato con los Apóstoles (cfr caps. 10-12)— pero estaban faltos de obras auténticas.
El «temor del Señor» de que habla San Pablo no es un miedo servil, que empuja a trabajar por Dios ante el temor al castigo. Se trata de un don del Espíritu Santo, que impulsa a servir a Dios y a trabajar por Él, apartándose del pecado por ser algo que separa al hombre de su Padre Dios. Este don del Espíritu Santo hacía decir a Santa Teresa: «No podía haber muerte más recia para mí que pensar si tenía ofendido a Dios» (Libro de su vida, cap. 34, 9).
II Corinthiens 5, 13
Seguramente, sus enemigos acusaban a San Pablo de loco, porque no entendían su elevada doctrina, ni el entusiasmo con que la predicaba. Algo parecido le había sucedido al Señor (cfr Mc 3, 21; Ioh 10, 20), y volverá sucederle al Apóstol años más tarde (cfr Act 26, 24 ss.). No le importa a San Pablo que algunos le consideren loco —lo sufre por Dios—, ante «la locura» de su predicación (cfr 1 Cor 1, 18 ss.), o de su celo por las almas (cfr 2 Cor 11), ininteligibles con miras puramente humanas. No hagas caso —dice San Josemaría Escrivá—. —Siempre los ‘prudentes’ han llamado locuras a las obras de Dios. —¡Adelante, audacia! (Camino, n. 479).
Al hablar de su sensatez para con los corintios, es posible que San Pablo haga referencia a tantas explicaciones como tiene que darles sobre su modo de actuar.
I Corinthiens 5, 14-15
Con brevedad expone el Apóstol las consecuencias que la muerte de Cristo, sufrida por amor a los hombres, trae para éstos; en otros lugares de sus cartas se extiende en la misma doctrina (cfr Rom 6, 1-11; 14, 7-9; Gal 2, 19-20; 2 Tim 2, 11), estrechamente relacionada con la solidaridad existente entre Jesucristo y los hombres, miembros de su Cuerpo místico. Cristo, Cabeza de ese Cuerpo, ha muerto por todos sus miembros, que —místicamente— han muerto con Él y en Él al pecado. La muerte de Cristo es, además, el precio pagado por los hombres, como rescate y liberación de la esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte. En consecuencia, ahora somos de Cristo, ya no nos pertenecemos (cfr 1 Cor 6, 19), y la vida nueva —en gracia y libertad— conseguida por Cristo ha de ser vivida por y para Él: «Pues ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni ninguno muere para sí mismo; pues si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor (...). Para esto murió y volvió a la vida Cristo, para dominar sobre muertos y vivos» (Rom 14, 7-9).
«¿Qué se sigue de esto? —comenta San Francisco de Sales—, Paréceme que oigo la voz del Apóstol como un trueno que exclama a las puertas de nuestro corazón: ‘Se ve claramente, cristianos, lo que Cristo ha deseado muriendo por nosotros. ¿Qué ha deseado sino que nos pareciésemos a Él? Para que —dice— los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos’. Muy fuerte es esta consecuencia en materia de amor. ‘Jesucristo murió por nosotros’, nos dio vida mediante su muerte; nosotros vivimos porque Él murió y Él murió para nosotros, a nosotros y en nosotros; nuestra vida ya no es nuestra, sino de Aquel que nos la adquirió con su muerte; ya no debemos vivir para nosotros, sino para Él; no en nosotros, sino en Él; no por nosotros, sino por Él» (Tratado del amor de Dios, lib. 7, cap. 8).
«La caridad de Cristo nos urge»; Así resume San Pablo el verdadero motor de su incansable actividad apostólica; el amor de Jesucristo, tan inmenso, que le arrastra a gastar su vida con urgencia en llevar ese mismo amor a todos los hombres. También a los demás cristianos el amor de Cristo debe impulsarnos a una decidida y urgente correspondencia, y ser un poderoso estímulo para los deseos de llevar a todas las almas la salvación ganada por Jesucristo. Nos urge la caridad de Cristo (cfr 2 Cor V, 14) —recuerda el Fundador del Opus Dei— para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas.
Mirad: la Redención, que quedó consumada cuando Jesús murió en la vergüenza y en la gloria de la Cruz, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1 Cor I, 23), por voluntad de Dios continuará haciéndose hasta que llegue la hora del Señor. No es compatible vivir según el Corazón de Jesucristo, y no sentirse enviado, como Él, peccatores salvos facere (1 Tim I, 15), para salvar a todos los pecadores, convencidos de que nosotros mismos necesitamos confiar más cada día en la misericordia de Dios. De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con Él a todas las almas (Es Cristo que pasa, nn. 120 s.).
I Corinthiens 5, 16-17
Por conocer «según la carne», San Pablo parece referirse al conocimiento basado en las simples apariencias exteriores y consideraciones humanas. Así es como juzgaban sus enemigos judaizantes, y como él mismo había conocido al Señor antes de su conversión. No puede deducirse de estas palabras que San Pablo hubiera conocido personalmente a Jesucristo durante su vida terrena —a continuación afirma que ahora ya no le conoce así—, sino que antes le había juzgado con sus prejuicios fariseos: como un impostor y un falsario. Ahora, en cambio, le conoce como Dios y salvador de los hombres.
En el v. 17 extiende este mismo contraste entre el antes y el después de su conversión, a lo que sucede a los cristianos con el Bautismo. En efecto, el bautizado es, mediante la gracia, incorporado al Cuerpo de Cristo, vive y «está en Cristo»; es, por tanto, una nueva criatura (cfr p. ej. Gal 6, 15; Eph 2, 10.15 s.; Col 3, 9 s.); la Redención trae consigo como una nueva creación. Al comentar este pasaje, Santo Tomás recuerda que la creación es el paso de no ser a ser, y que en el orden sobrenatural, tras el pecado original, «fue necesaria una nueva creación, por la cual fueran producidas (criaturas) en el ser de la gracia; esto ciertamente es una creación de la nada, porque los que carecen de la gracia son nada (cfr 1 Cor 13, 2) (...). Dice Agustín: ‘Porque el pecado es la nada, y nada se hacen los hombres cuando pecan’» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
«Ha llegado lo nuevo»; San Juan Crisóstomo señala el cambio radical que ha supuesto la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, y la diferencia consecuente entre el judaísmo y el cristianismo: «En lugar de una Jerusalén terrestre, hay una Jerusalén descendida del cielo; en lugar de un templo material y sensible, un templo espiritual que no aparece a nuestras miradas; en lugar de tablas de piedra, depositarias de la ley divina, son nuestros propios cuerpos los que han venido a ser el santuario del Espíritu Santo; en lugar de la circuncisión, el Bautismo; en lugar del maná, el Cuerpo del Señor; en lugar del agua que brotó de la roca, la sangre que salió del costado de Jesucristo; la cruz del Salvador reemplaza la vara de Aarón y Moisés, y el Reino de los Cielos a la tierra prometida» (Hom. sobre 2 Cor, 11).
I Corinthiens 5, 18-21
La reconciliación de los hombres con Dios —cuya amistad habíamos perdido por el pecado original— ha sido realizada mediante la muerte de Jesucristo en la Cruz. En efecto, Jesús —semejante a los hombres en todo «excepto en el pecado» (Heb 4, 15)— cargó sobre sí los pecados de los hombres (cfr Is 53, 4-12) y se ofreció en la Cruz como sacrificio expiatorio por todos esos pecados (cfr 1 Pet 2, 22-25), reconciliando así a los hombres con Dios: de esta manera, mediante el sacrificio expiatorio de Cristo en la Cruz por nuestros pecados, vinimos a ser justicia de Dios en Él, es decir, fuimos justificados, hechos justos delante de Dios (cfr Rom 1, 17; 3,2 4-26 y notas correspondientes). La Iglesia recuerda esta realidad en la fórmula de la absolución sacramental: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo (...)».
El Señor ha confiado a los Apóstoles, para que lo hagan llegar a todos los hombres, ese ministerio de la reconciliación (v. 18), «la palabra de la reconciliación» (v. 19): en otros lugares del NT se la designa como «palabra de salvación» (Act 13, 26), «predicación de su gracia» (Act 14, 3; 20, 32), «palabra de vida» (1 Ioh 1, 1). Los Apóstoles han sido constituidos por tanto en embajadores del Señor ante los hombres, a los cuales San Pablo dirige —de parte de Cristo— una apremiante llamada: «Reconciliaos con Dios», es decir, aplicaos personalmente la reconciliación conseguida por Jesucristo, lo cual se realiza especialmente mediante los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia. «El Señor Jesús instituyó en su Iglesia el sacramento de la Penitencia, para que quienes han cometido pecados después del Bautismo sean reconciliados con Dios, al que han ofendido, y con la Iglesia misma a la que han herido» (Juan Pablo II, Aperite portas, n. 5).
II Corinthiens 5, 21
«Lo hizo pecado»: Es evidente que en la mente de San Pablo no significa que Cristo fuera culpable de pecado; no utiliza el adjetivo «lo hizo pecador», sino el sustantivo «pecado». «Cristo no tuvo pecado alguno —dice San Agustín—; cargó con los pecados, pero no los cometió» (Enarrationes in Psalmos, 68, 1, 10).
Según el ritual de los sacrificios expiatorios (cfr Lev 4, 24; 5, 9; Num 19, 9; Mich 6, 7; Ps 40, 7) la palabra pecado, correspondiente al hebreo ‘ašam, significa la misma acción sacrificial o la víctima ofrecida. Por tanto el sentido de esta frase es «lo hizo víctima por el pecado» o «sacrificio por el pecado». Hay que tener en cuenta que, según las indicaciones del AT, nada impuro o defectuoso podía ofrecerse a Dios; la víctima no sustituye al pecador, sino que la ofrenda de un animal sin defecto obtenía de Dios el perdón del delito que se quería expiar. Siendo Jesucristo la víctima más perfecta ofrecida «por nosotros», nos alcanzó la expiación plena de todos los pecados. En la Carta a los Hebreos, al comparar el sacrificio de Cristo con el de los sacerdotes antiguos, se dice expresamente: «Y mientras todo sacerdote está de pie cada día oficiando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios que jamás pueden quitar los pecados, éste, después de ofrecer para siempre un solo sacrificio por los pecados, está sentado a la diestra de Dios, esperando, por lo demás, hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies. Porque con una sola oblación ha perfeccionado para siempre a los santificados» (Heb 10, 11-14).
Por otra parte, en esta frase condensada resuena la doctrina sobre el sacrificio del Siervo de Yahwéh, profetizado por Isaías; en efecto, Cristo, cabeza del género humano, hace participes a los hombres de la gracia y gloria que alcanzó con sus padecimientos: «El precio de nuestra paz cayó sobre él y por sus llagas nos ha salvado» (Is 53, 5).
Jesucristo, cargando con nuestros pecados y ofreciéndose en la Cruz como sacrificio por ellos, lleva a cabo la Redención: es la muestra suprema tanto de la justicia de Dios —que exige una reparación adecuada a la ofensa—, como de su misericordia —por la que amó tanto al mundo, «que le entregó a su Hijo Unigénito» (Ioh 3, 16)—: «En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que ‘lo hizo pecado por nosotros’— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad —recuerda el Papa Juan Pablo II—. Esto es incluso una ‘sobreabundancia’ de la justicia, ya que los pecados del hombre son ‘compensados’ por el sacrificio del Hombre-Dios. Sin embargo, tal justicia, que es propiamente justicia ‘a medida’ de Dios, nace toda ella del amor: del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en el amor. Precisamente por esto la justicia divina, revelada en la cruz de Cristo, es ‘a medida’ de Dios, porque nace del amor y se completa en el amor, generando frutos de salvación. La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad, que viene de Dios. De este modo, la redención comporta la revelación de la misericordia en su plenitud» (Redemptor hominis, n. 7).