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Chapitre n°6
I Corinthiens 6, 1-10
San Pablo concluye la larga defensa de su ministerio apostólico (cfr 3, 1-6, 10) refiriéndose a que ha procurado comportarse en todo momento como digno ministro de Dios. Tras hacer una llamada al sentido de responsabilidad de los corintios, para que no sea inútil la gracia de Dios en ellos (vv. 1-2), describe brevemente las múltiples tribulaciones que por llevar a cabo ese ministerio tiene que sufrir. Ya antes había hecho alguna referencia a este tema (cfr 4, 7-12), que expondrá de nuevo más adelante (cfr 11, 23-33).


I Corinthiens 6, 1-2
Exhorta San Pablo a los fieles a no recibir en vano la gracia de Dios, cosa que sucedería tanto si no hacen fructificar la fe y la gracia primera recibidas con el Bautismo, como si no secundan las sucesivas gracias que Dios les va enviando. La llamada de atención del Apóstol sigue siendo válida para todos los cristianos: «Nosotros recibimos ‘en vano la gracia de Dios’ cuando la recibimos a la puerta del corazón sin permitirle la entrada —señala San Francisco de Sales—. La recibimos sin recibirla; la recibimos sin fruto, pues de nada sirve sentir la inspiración si no se consiente en ella. Y como el enfermo que, teniendo la medicina en sus manos, sólo toma una parte, tan sólo en parte recibirá los efectos; cuando Dios nos envía una inspiración grande y eficaz para que nos excitemos a su amor, si no la aprovechamos en toda su amplitud, nos aprovechará parcialmente» (Tratado del amor de Dios, lib. 2, cap. 11).
El Apóstol urge a hacer fructificar la gracia recibida señalando, con una cita del profeta Isaías (49, 8), que ha llegado el tiempo propicio, el día de la salvación. Sus palabras recuerdan la predicación del Señor en la sinagoga de Nazaret (cfr Lc 4, 16-21). El «tiempo favorable» durará hasta la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos —en la vida personal de cada uno, hasta el momento de la muerte—; hasta entonces, cada uno de los días es «día de la salvación»: Ecce nunc dies salutis, aquí está frente a nosotros, este día de salvación. La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo (Is XLIII, 1), te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar —amor con amor se paga— diciendo: ecce ego quia vocasti me (1 Reg III, 5), me has llamado y aquí estoy (...). Me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como Él desea ser querido (Es Cristo que pasa, n. 59).
 
II Corinthiens 6, 3
San Pablo había prevenido anteriormente a los corintios sobre los peligros del escándalo (cfr 1 Cor 8, 8-13). Si esta advertencia sirve para todos los cristianos, resulta más urgente si cabe para quienes desempeñan funciones de mayor responsabilidad dentro de la Iglesia. El Apóstol se sentía urgido por ese deber de vivir siempre como «ministro de Dios», con una conducta totalmente concorde con lo que predica, evitando todo lo que pudiera dar la menor ocasión a un mal entendido (cfr 1 Cor 9, 12; 10, 32 s.).


I Corinthiens 6, 4-10
El Apóstol describe en estos vv., de manera sucinta y esquemática, las exigencias que lleva consigo su deseo de mostrarse en todo como fiel ministro de Dios. Pueden distinguirse en esta breve descripción cuatro partes: en la primera habla de los sufrimientos que, con gran paciencia, ha soportado (vv. 4 s.); en la segunda, de las virtudes que le ayudan a vencer tan duras pruebas (vv. 6-7a); en la tercera, de las armas que utiliza en un combate que ha de desarrollar en circunstancias tan difíciles (vv. 7b-8a); finalmente, mediante una serie de antítesis, expone el contraste entre los juicios humanos sobre él y sus colaboradores, y la realidad (vv. 8b-10). Estas palabras del Apóstol —comenta San Josemaría Escrivá— deben llenaros de alegría, porque son como una canonización de vuestra vocación de cristianos corrientes, que vivís en medio del mundo, compartiendo con los demás hombres, vuestros iguales, afanes, trabajos y alegrías. Todo eso es camino divino. Lo que os pide el Señor es que, en todo momento, obréis como hijos y servidores suyos.
Pero esas circunstancias ordinarias de la vida serán camino divino, si de verdad nos convertimos, si nos entregamos. Porque San Pablo habla un lenguaje duro. Promete al cristiano una vida difícil, arriesgada, en perpetua tensión. ¡Cómo ha sido desfigurado el cristianismo, cuando ha querido hacerse de él una vía cómoda! Pero también es una desfiguración de la verdad pensar que esa vida honda y seria, que conoce vivamente todos los obstáculos de la existencia humana, sea una vida de angustia, de opresión o de temor.
El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo. El cristiano conoce todo y se enfrenta con todo, lleno de entereza humana y de la fortaleza que recibe de Dios (Es Cristo que pasa, n. 60).


I Corinthiens 6, 4-5
La paciencia, con la cual soporta el Apóstol todas sus tribulaciones, es una virtud necesaria para la vida del cristiano, que ayuda a soportar sin tristeza ni desaliento, con firmeza y reciedumbre, los padecimientos físicos o morales, llevándolos siempre con paz y serenidad. Decía Santa Teresa: «Nada te turbe, / Nada te espante, / Todo se pasa, / Dios no se muda, / La paciencia / Todo lo alcanza; / Quien a Dios tiene / Nada le falta: / Sólo Dios basta» (Poesías).


I Corinthiens 6, 6-7
La longanimidad es una virtud que da ánimos para tender a un bien muy lejano a nosotros, en cuanto que su consecución se hará esperar mucho tiempo, y ayuda a soportar esa tardanza sin tristeza. San Pablo la enumera entre los frutos del Espíritu Santo (cfr Gal 5, 22).
«En el Espíritu Santo»: Es decir, conducido en su actividad apostólica por el Espíritu Santo, que le ilumina en su predicación, y remueve los corazones de los que escuchan, preparándoles para aceptar el Evangelio.
De la «palabra de la verdad» ya ha hablado anteriormente a los corintios, señalando la sinceridad de su predicación, sin engaños ni adulaciones (cfr 2, 17; 4, 2). La acogida de ese mensaje no depende de la habilidad del predicador, sino del «poder de Dios» (cfr 1 Cor 2, 4 s.).


I Corinthiens 6, 7-8
«Las armas de la justicia»: Son llamadas por San Pablo también «armas de la luz» (Rom 13, 12) —opuestas a las de la iniquidad (cfr Rom 6, 13) y a las carnales (2 Cor 10, 4)—, y sobre ellas se extenderá en otro lugar, utilizando una comparación con los combatientes de su época: «Recibid la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo y ser perfectos en todo. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad y revestidos con la coraza de la justicia, y teniendo calzados los pies, prontos para anunciar el Evangelio de la paz. Empuñad en todas las ocasiones el escudo de la fe con la cual podáis inutilizar los dardos encendidos del Maligno. Tomad también el yelmo de la salud y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios» (Eph 6, 13-17).
Al referirse a las armas en la derecha y en la izquierda, el Apóstol tenía presentes a los soldados de entonces, que llevaban las armas ofensivas —la lanza, la espada— en la mano derecha, y las defensivas —el escudo— en la izquierda.


I Corinthiens 6, 8-10
Señala el Apóstol mediante siete antitesis el contraste entre los juicios erróneos que sobre él y sus colaboradores formulan sus adversarios, y la verdad. Como seguidor fidelísimo del Señor, se cumple en él lo anunciado: «No es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Le basta al discípulo llegar a ser como su maestro y al siervo como su señor. Si al amo de la casa le han llamado Beelzebul, cuánto más a los de su casa» (Mt 10, 24 s.).
Es muy posible que en la vida del discípulo de Cristo se presenten también contradicciones, provocadas por quienes malinterpretan la rectitud de su conducta o de sus intenciones: porque hay algunos que «cuando descubren claramente el bien, escudriñan para examinar si hay además algún mal oculto» (San Gregorio Magno, Moralia, 6, 22). Como en el caso de San Pablo, hay que seguir trabajando, sin desánimos ni amarguras: «Poco me importa ser juzgado por vosotros» (1 Cor 4, 3).
 
II Corinthiens 6, 10
«Siempre alegres»: San Pablo sabe mantenerse alegre, aun en medio de las mayores dificultades. La alegría es un bien cristiano, consecuencia de la filiación divina —de sabernos hijos de un Dios que todo lo puede y nos ama con locura—, y no debe perderse nunca: Que estén tristes los que se empeñan en no reconocerse hijos de Dios (Amigos de Dios, n. 108).
«Como quienes nada tienen, aunque poseyendo todo»; «Nada tienen y lo tienen todo los verdaderos amantes de Dios, porque cuando les faltan los bienes terrenales, se complacen en repetir: Señor mío, tú solo me bastas, y quedan con ello plenamente satisfechos» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 14).
6, 11-7, 16. Estos vv., que forman la parte final de la primera sección de la epístola (cfr nota a 1, 12-7, 16), constituyen una vibrante llamada de San Pablo a los corintios para recuperar la confianza y el cariño de éstos. Una vez más, las palabras del Apóstol ponen de manifiesto su inmenso corazón y el desvelo por sus fieles que consumió toda su vida, y que le moverá a escribir en otra de sus cartas: «Hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros» (Gal 4, 19).
La larga exhortación de San Pablo está dividida en dos partes por unos vv. que dedica a hablar a los corintios de sus relaciones con los infieles (6, 14-7, 1).


I Corinthiens 6, 11-13
En el corazón de San Pablo cabían holgadamente —sin estrecheces— los corintios; a éstos en cambio les pide San Pablo que ensanchen sus corazones y le acojan en ellos (cfr 7, 2).
El amor a Dios que encendía a San Pablo, dilataba de tal manera su corazón que cabían en él no sólo los corintios, sino todos los hombres, de manera que a todos quería llevar al encuentro con Cristo. «La caridad —explica San Juan Crisóstomo— es una virtud que enciende y que devora. Era la que abría la boca de nuestro apóstol y dilataba su corazón (...). ¡Qué grande, qué inmenso este corazón de Pablo! Abraza a todos los fieles con un amor más ardiente que el que experimentaría el corazón más apasionado, pero les abraza con un amor que no se contraría, no se debilita al extenderse a tantos sujetos, sino que permanece el mismo y con igual intensidad hacia cada uno» (Hom. sobre 2 Cor, 13).
6, 14-7, 1. San Pablo trata en estos vv. de las relaciones entre los fieles de Corinto y los paganos. El cambio aparentemente tan brusco de tema así como la continuidad entre los vv. 6,13 y 7, 2, llevó a algunos a pensar que quizá este pasaje no iba originalmente aquí; sin embargo, estos vv. figuran en este lugar en todos los códices y versiones.
El Apóstol ya había hablado a los corintios sobre este punto (cfr 1 Cor 5, 9-13; 10, 14-33). Si vuelve ahora sobre ello posiblemente sea porque ve en la excesiva familiaridad y relación con los paganos algo que puede hacer vana la fe recibida (cfr 6, 1), y que dificulta a los fieles el abandono confiado a las enseñanzas y al amor de San Pablo. Comienza con una imagen —no juntarse bajo un mismo yugo— tomada posiblemente de algunos pasajes del AT en que se prohibía uncir al mismo yugo a dos animales de distinta especie (cfr Dt 22, 10; Lev 19, 19), para poner de manifiesto la diferencia tan grande entre un cristiano y un pagano: como de distinta especie. A continuación, mediante cinco antítesis, el Apóstol recalca el contraste existente entre los dos.
Como se advertía en la nota a 1 Cor 5, 9-10, San Pablo no pretende que los cristianos eviten todo contacto con los infieles, pues eso sería tanto como privar a éstos de la posibilidad de convertirse, pero sí deben evitarse las relaciones que pongan en peligro la fe.
«La pedagogía cristiana —enseña Pablo VI comentando estos versículos— deberá recordar siempre al discípulo de nuestros tiempos esta su privilegiada condición y este consiguiente deber de vivir en el mundo pero no del mundo, según el deseo mismo de Jesús que antes citamos con respecto a sus discípulos: No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno. No son del mundo como yo no soy del mundo (Ioh 17, 15 s.). Y la Iglesia hace propio este deseo.
»Pero esta diferencia no es separación. Mejor, no es indiferencia, no es temor, no es desprecio. Cuando la Iglesia se distingue de la humanidad no se opone a ella, antes bien se une. Como el médico, que conociendo las insidias de una pestilencia, procura guardarse a sí y a los otros de tal infección, pero al mismo tiempo se consagra a la curación de los que han sido atacados, así la Iglesia no hace de la misericordia que la divina bondad le ha concedido un privilegio exclusivo, no hace de la propia fortuna un motivo para desinteresarse de quien no la ha conseguido, antes bien convierte su salvación en argumento de interés y de amor para quienquiera que esté junto a ella o a quien ella pueda acercarse con su esfuerzo comunicativo universal» (Ecclesiam suam, nn. 46 s.).
 
II Corinthiens 6, 14
El cristiano, al aplicarse en el Bautismo los méritos conseguidos por Jesucristo, ha sido sacado de la injusticia, y constituido en justo delante de Dios; el pagano, en cambio, permanece en el estado de «iniquidad», esto es, todavía no ha recibido el fruto de la Redención (cfr 1 Cor 1, 30). Además, la luz de la fe saca al cristiano de las tinieblas en que está sumido el hombre alejado de Dios: «Erais en otro tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de la luz» (Eph 5, 8).
 
II Corinthiens 6, 15
Beliar, o Belial, es un término hebreo que literalmente significa «inútil» o «sin valor», y que se utiliza en el sentido de «perverso». San Pablo lo emplea aquí para designar a Satanás, jefe de los espíritus malignos; con este sentido se empleaba en la literatura judía extrabíblica.
 
II Corinthiens 6, 16
«Vosotros sois»: Así traduce la Neovulgata, siguiendo una serie de manuscritos griegos. En otros en cambio dice: «Nosotros somos». En cualquier caso, el sentido viene a ser igual.
El cristiano como templo de Dios es una enseñanza que aparece también en otros lugares (cfr 1 Cor 3, 16 s.; 6, 19 s.), y que pone de manifiesto la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en gracia.
«¿Qué más quieres, ¡oh alma! —dice San Juan de la Cruz citando este versículo—, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca. Ahí le desea, ahí le adora, y no le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansarás, y no le hallarás y gozarás más cierto ni más presto, ni más cerca que dentro de ti» (Cántico espiritual, canción 1).
El texto del Antiguo Testamento citado por San Pablo parece tomado de Lev 26, 11 s. y Ez 37, 27. Ya en el Antiguo Testamento, la peculiar familiaridad de Dios con el pueblo elegido, llevaba consigo la exigencia de alejarse de los ídolos y guardar con esmero la fidelidad al Señor.


I Corinthiens 6, 17-18
La frase que cita el Apóstol está formada a base de distintos textos del Antiguo Testamento (cfr Is 52, 11; 2 Sam 7, 14 y otros).
La filiación divina, de la que el pueblo hebreo había participado en el AT (cfr Ex 4, 22; Dt 7, 6; Rom 9, 4), ha sido ganada por Jesucristo para cuantos creen en Él: «A cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios» (Ioh 1, 12; cfr Rom 8, 14-17). La consideración frecuente de esta realidad ha de informar toda la vida del cristiano: saberse hijo de Dios omnipotente, al que el mismo Cristo nos ha enseñado a llamar «Padre nuestro» (cfr Mt 6, 9 y par.), debe llenarnos siempre de alegría y serenidad. Descansad en la filiación divina —recomienda San Josemaría Escrivá—. Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor. Llámale Padre muchas veces al día, y dile —a solas, en tu corazón— que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo (Amigos de Dios, n. 150).
«Salid de en medio de ellos»: Este «ellos» se refiere a los pueblos gentiles que se resisten a abrazar la verdadera fe.


Chapitre n°7
I Corinthiens 7, 2-16
San Pablo toma de nuevo el argumento tratado en 6, 11-13, con el deseo de recuperar plenamente la confianza y el cariño de los corintios, quizás enfriado en algunos por la pertinaz actuación de los enemigos del Apóstol. Abriéndoles por completo su corazón, les habla de la gran alegría que le han producido las buenas noticias traídas por Tito (cfr v. 5 ss.), enlazando así con lo que había comenzado a decirles en el cap. 2 (cfr 2, 12 s.), interrumpido por la larga defensa que San Pablo hace de algunas de las acusaciones vertidas sobre él.
 
II Corinthiens 7, 4
La afirmación del Apóstol —«rebosante de gozo en todas nuestras tribulaciones»— resulta incomprensible para una mirada puramente humana. Pero no es más que una consecuencia lógica de la permanente paradoja del cristianismo: Jesucristo triunfó muriendo en la cruz; el cristiano ha de encontrar alegría y gozo en el dolor y en la tribulación (cfr Mt 5, 11 s.), sabiendo descubrir en ellos la Cruz del Maestro: ¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, dice el Fundador del Opus Dei, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?
Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse corredentores con Él (Via Crucis, II).


I Corinthiens 7, 5-16
San Pablo manifiesta ahora su enorme alegría por las buenas noticias traídas por Tito, a cuyo encuentro había salido a Macedonia, sin poder resistir la espera en Tróade (cfr nota a 2, 12 s.). En efecto, Tito había sido muy bien recibido por los fieles de Corinto (v. 15), que además habían reaccionado muy positivamente a la carta anterior —la carta de las lágrimas (cfr 2, 3 s.) — del Apóstol (vv. 7.9.11). Esto le lleva a decir a San Pablo que —si bien al principio le pesó— ahora se alegra de la tristeza causada por su carta a los fieles: porque esa tristeza ha sido según Dios y les ha llevado al arrepentimiento. La actitud de San Pablo deja claro que el temor a contristar nunca puede servir como disculpa para dejar de reprender cuando sea necesario: «Suele ocurrir —advierte San Agustín— y ocurre con frecuencia, que el hermano se entristece de momento cuando le reprenden, y resiste y discute. Pero luego reflexiona en silencio, sin otro testigo que Dios y su conciencia, y no teme disgustar a los hombres por haber sido corregido, sino que teme desagradar a Dios de no enmendarse. Y entonces ya no vuelve a hacer aquello por lo que le corrigieron, y cuanto más odia su pecado, más ama al hermano, por haber sido enemigo de su pecado» (Epist. 210, 2).
 
II Corinthiens 7, 6
La función de consolar se atribuye en Dios al Espíritu Santo, que recibe precisamente el nombre de Paráclito o Consolador (cfr Ioh 14, 16-17 y nota correspondiente). «El Espíritu Santo es Consolador, hermanos —enseña San Juan de Ávila—. ¡Cómo sabrá consolar, pues por su grandeza se llama así: Consolador! (...). Cuando estuvieres triste, ten por cierto que el Espíritu Santo te consolará de esa tristeza, si lo tienes en tu ánima. Dice el apóstol San Pablo: Porque si alguno pensare: ¿Quién es bastante a consolar una tristeza que tengo, un desmayo, quién me favorecerá?, hay ‘por fuera, luchas; por dentro, temores. Pero Dios, que consuela a los humildes, nos consoló’ (2 Cor 7, 5-6). El oficio del Espíritu Santo es consolar a los que están atribulados (...), consolar a todos; pidámosle tenga por bien de venir a nuestros corazones y consolarnos» (Sermones, Domingo infraoctava de la Ascensión).
 
II Corinthiens 7, 8
Sobre la carta a que se refiere San Pablo, cfr nota a 1, 23-2, 4.


I Corinthiens 7, 9-11
Distingue San Pablo entre «la tristeza según Dios» y «la tristeza del mundo». La primera equivaldría a la contrición —«dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante» (De Paenitentia, cap. 4)—; lleva al arrepentimiento y a la penitencia, y es esperanzada, porque confía en el perdón; por ello, de esa tristeza puede decirse que conlleva la alegría: es la que manifiestan los fieles de Corinto. La segunda conduce, en cambio, a la desesperación: se reconoce el pecado cometido, pero —por soberbia— parece imposible alcanzar el perdón; fue la tristeza de Judas, que le llevó al suicidio (cfr Mt 27, 3-10).
«La tristeza que causa un arrepentimiento saludable —comenta Casiano— es propia del hombre obediente, afable, humilde, dulce, suave y paciente, en cuanto que deriva del amor de Dios. Sufre infatigable el dolor físico y la contrición del espíritu, gracias al vivo deseo de perfección que le anima. Es también alegre y en cierto modo se siente como robustecida por la esperanza de su aprovechamiento (...). La tristeza diabólica es diametralmente opuesta. Es áspera, impaciente, dura, llena de amargor y disgusto, y le caracteriza también una especie de penosa desesperación» (Instituciones, lib. IX, cap. XI).
En el v. 11 San Pablo enumera alguno de los efectos que «la tristeza según Dios» había causado a los corintios, de los cuales algunos se refieren a sus sentimientos hacia el Apóstol, otros a su actitud frente al culpable de la ofensa hecha a San Pablo (cfr 2, 5-11).
 
II Corinthiens 7, 10
«Un arrepentimiento saludable, del que uno jamás se arrepiente»: Según el texto griego cabría también traducir así: «Un arrepentimiento para una salvación inalterable (o estable)».


I Corinthiens 7, 11-12
En relación con la ofensa que había motivado esa carta de San Pablo, cfr nota a 2, 5-11. Las referencias que hace aquí el Apóstol parecen reforzar la tesis de que no se está refiriendo al incestuoso.
San Pablo aclara el fin que había pretendido con su carta: moverles al arrepentimiento, que quedaría patente ante Dios, al manifestar su cariño a San Pablo. Como en el caso del Apóstol, al corregir, debe buscarse siempre el bien de la persona corregida: «Debemos corregir por amor —enseña San Agustín—; no con deseo de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto: ‘Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él’ (Mt 18, 15). ¿Por qué le corriges? ¿Porque te apena haber sido ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente. Las mismas palabras enseñan el amor que debe moverte, si es el tuyo o el suyo: ‘Si te escucha —dice—, habrás ganado a tu hermano’ (Ibid.). Luego has de obrar para ganarle a él» (Sermo 82, 4).


I Corinthiens 7, 13-16
Es tan grande el corazón de San Pablo que producen en él mayor gozo las alegrías ajenas que las propias. En estos vv. se entremezclan dos sentimientos que han aumentado en el Apóstol los motivos de gozo y de consuelo: la alegría de Tito por lo vivido en Corinto, y el legítimo orgullo de San Pablo ante la favorabilísima impresión que los fieles han producido en él: es una muestra más del inmenso amor del Apóstol, que goza con las buenas noticias sobre sus fíeles, como goza un padre con las de sus hijos.


Chapitre n°8
-1-9, 15. Dando ya por supuesta la restauración de la confianza de los corintios en él, comienza el Apóstol la segunda sección de la carta (caps. 8-9) dedicada a la colecta en favor de los fieles de Jerusalén, que organizó no sólo en Corinto, sino también en otras iglesias por él fundadas (cfr Rom 15, 26; 1 Cor 16, 1). Fue precisamente uno de los puntos acordados en el concilio apostólico de Jerusalén (cfr Gal 2, 10; Act 15); ayudar a los pobres, cosa que San Pablo procuró cumplir con mucha solicitud, como se desprende claramente de estas páginas.
Además de aliviar de esta manera las necesidades materiales de los «santos» —es decir, de los cristianos (cfr 1, 1)— de la iglesia madre, el Apóstol quiere también demostrar así la perfecta unión fraterna que sentían y vivían con ella los convertidos de la gentilidad (cfr 9, 12-14).
Por lo que respecta a los corintios, ya les había hablado de este asunto en 1 Cor 16, 1-4; e incluso antes, desde el año anterior, ellos mismos se habían mostrado dispuestos a hacerla, y habían empezado (cfr 8, 10; 9, 2). La razón de que les vuelva a hablar de este tema —y tan extensamente— es sin duda la crisis que había sufrido la comunidad cristiana de Corinto, que seguramente había enfriado también el fervor de su primera caridad.
Es de destacar el lenguaje extremadamente delicado que emplea el Apóstol: en todo el pasaje no aparece nunca la palabra «dinero», ni siquiera «colecta» o «limosna». En su lugar, utiliza términos más espirituales como «gracia», «bendición», «caridad», «servicio en favor de los santos».
San Pablo comienza presentando el ejemplo de magnanimidad de los macedonios (8, 1-6), para apelar a continuación a la generosidad de los corintios (8, 7-15). Tras recomendar a los encargados de llevar a cabo la colecta (8, 16-24), exhorta a que se termine con rapidez (9, 1-5), y expone los frutos que la limosna generosa lleva consigo (9, 6-15).


I Corinthiens 8, 1-15
San Pablo desea remover la generosidad de los corintios. Para ello aduce, en primer lugar, el ejemplo de los fieles de Macedonia (vv. 1-6). Los romanos habían dividido la antigua Grecia en dos provincias: Macedonia y Acaya; la capital de esta última era Corinto (cfr nota a 1, 1-2). En Macedonia, desde donde San Pablo escribe la presente carta, había comunidades cristianas en Filipos, Tesalónica y Berea, fundadas por él durante su segundo viaje (cfr Act 16, 11-17, 15). Aprovecha la natural emulación que había entre las dos provincias vecinas, elevándola a un plano sobrenatural. Menciona también a Cristo (v. 9), que con su Encarnación y con toda su vida, nos ha dado un ejemplo maravilloso de generosidad y de desprendimiento.
Además, apela directamente a la generosidad de los corintios (vv. 7 s.), y les recuerda su entusiasmo de antes, animándoles a llevar a buen término lo que con tan buena voluntad habían empezado (vv. 10-15).


I Corinthiens 8, 1-6
El Apóstol muestra a los corintios el ejemplo admirable de generosidad de los macedonios, que en medio de su pobreza consideran como una gracia poder ayudar a sus hermanos en la fe (v. 4): y no se conforman con ayudar con sus bienes materiales —superando además todas las previsiones (vv. 3.5)—, sino que entregan sus mismas personas (v. 5).
Aquellos cristianos de Macedonia resultan un ejemplo maravilloso de magnanimidad, de grandeza de alma: podían haberse sentido disculpados de ayudar a sus hermanos, pensando en su propia pobreza; sin embargo, se muestran espléndidos en su limosna. Magnanimidad —enseña San Josemaría Escrivá—: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios (Amigos de Dios, n. 80).
 
I Corinthiens 8, 1
«La gracia de Dios concedida a las iglesias de Macedonia»: No es posible hacer una traducción literal de la frase. San Pablo en este versículo parece decir dos cosas; por un lado, se refiere a la colecta, a la que llama «gracia», hecha por las iglesias de Macedonia; pero esta generosa obra de caridad es, a su vez, una gracia otorgada por Dios a los macedonios. De ahí que la preposición original «en», que viene en el texto griego, admite ese doble sentido.
El término «gracia» aparece con cierta frecuencia en los capítulos 8 y 9, con distintas acepciones relacionadas entre sí: designa en ocasiones la benevolencia divina y su amor hacia los hombres (cfr 8, 9); otras veces señala los beneficios otorgados a los cristianos (cfr 9, 8.14); también las obras de caridad que esa gracia divina impulsa a realizar (cfr 8, 1.4.6.7.19).
 
II Corinthiens 8, 2
San Pablo insiste en la paradoja de la vida cristiana: gozo en la tribulación, riqueza en la pobreza (cfr 7, 4). Posiblemente esta insistencia resultaría particularmente útil a los corintios, entre los cuales, la soberbia de algunos había motivado fuertes conflictos (cfr 1 Cor 1, 10-4, 21; 6, 1-11; 8, 8-13).
Las tribulaciones a que alude habían comenzado en los orígenes mismos de esas comunidades cristianas (cfr Act 16, 20 ss.; 17, 5 ss.). A ellas se refiere también en 1 Thes 1, 6; 2, 14 ss.
 
II Corinthiens 8, 5
La admirable generosidad de aquellos primeros cristianos de Macedonia —de Filipos, Tesalónica y Berea— resalta todavía más, por cuanto no sólo entregaron lo suyo, sino que en primer lugar se entregaron a sí mismos, porque —comenta Santo Tomás— «así debe ser el orden en el dar: que primero el hombre sea acepto a Dios, porque si no es grato a Dios, tampoco serán aceptados sus dones» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
Al referirse a la generosa entrega de esos fieles, es posible que San Pablo estuviera pensando en alguno de sus colaboradores más leales, salidos de aquellas comunidades cristianas: por ejemplo, Lidia y Epafrodito, de Filipos (cfr Act 16, 11 ss.; Phil 2, 25 ss.); Sóprato, de Berea; y Aristarco y Segundo, de Tesalónica (cfr Act 20, 3-5).


I Corinthiens 8, 7-15
El Apóstol apela ya directamente a la generosidad de los corintios, aunque todavía les recordará el ejemplo de Jesucristo (v. 9). Ya que son distinguidos con otros carismas —«en fe, en palabra, en ciencia» (cfr 1 Cor 1, 5; 12, 8 s.)— es necesario que también destaquen por su caridad. Tras aclararles que no se trata de una orden sino de un consejo (vv. 8.10), les anima a que terminen la colecta comenzada, dirigida no a empobrecerles a ellos, sino a ayudar a quienes están pasando necesidad.
 
II Corinthiens 8, 7
«La caridad que os hemos comunicado»: Así traducimos, siguiendo la Neovulgata, que se apoya en los mejores manuscritos griegos. San Pablo se refiere a la caridad cristiana hacia los demás, que él había comunicado a los corintios durante los años de su predicación.
Otras versiones prefieren la variante: «Vuestro amor hacia nosotros», que en nuestra opinión concuerda menos con el contexto.
 
II Corinthiens 8, 8
«Mediante la solicitud de otros»; Seguramente se refiere a la generosidad de los macedonios, cuyo ejemplo les acaba de ofrecer.
 
II Corinthiens 8, 9
Jesucristo es el ejemplo cumplido de desprendimiento y de generosidad. El Señor, siendo Dios, no necesitado de nada, por su Encarnación se despojó libremente de la gloria de su divinidad (cfr Phil 2, 6 s.), y pasó pobremente su vida en la tierra —desde su nacimiento lleno de pobreza en Belén hasta su muerte en la Cruz—, desprovisto a veces incluso de lo más necesario (cfr Lc 9, 58).
«Si no podéis entender que la pobreza enriquece, representaos a Jesucristo —comenta San Juan Crisóstomo— y en seguida se disiparán vuestras dudas. En efecto, si Jesucristo no se hubiera hecho pobre, los hombres no hubieran podido ser enriquecidos. Esas riquezas inefables, que por un milagro incomprensible para los hombres han encontrado su fuente en la pobreza, son: el conocimiento de Dios y de la verdadera virtud, la liberación del pecado, la justicia, la santidad, y otros mil beneficios que Jesucristo ya nos ha concedido y que nos concederá todavía. Todo esto ha venido a nosotros por el canal de la pobreza, es decir, porque Jesucristo se ha revestido de nuestra carne, se ha hecho hombre, ha sufrido todo lo que sabemos, aunque Él no fuera, como lo somos nosotros, deudor de la pena y de los sufrimientos» (Hom. sobre 2 Cor, 17).
 
II Corinthiens 8, 10
«Es lo que os conviene»; Comentando esta recomendación del Apóstol, Santo Tomás resalta el provecho que se saca al dar limosnas: «El bien de la piedad es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe. Porque quien la ejerce saca de allí un provecho espiritual, mientras quien la recibe sólo temporal» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
Más en concreto, la limosna es uno de los remedios principales para curar las heridas del alma, que son los pecados. Así, el Catecismo Romano, al comentar aquella petición del Padre nuestro: «Perdónanos nuestras deudas (...)», y después de mencionar la Penitencia y la Eucaristía, enumera en tercer lugar la limosna como «un remedio muy eficaz para sanar las llagas de nuestro corazón; por lo cual, los que deseen valerse piadosamente de esta petición (del Padrenuestro), según sus fuerzas, den limosnas a los pobres. Pues cuan eficaz sea para borrar las manchas de los pecados, lo afirma por Tobías el ángel del Señor, San Rafael, de quien son estas palabras: ‘La limosna libra de la muerte; y es la que purga los pecados, y alcanza la misericordia y la vida eterna’ (Tob 12, 9)» (IV, 14, 23).
 
II Corinthiens 8, 12
Esta sentencia del Apóstol recuerda la alabanza del Señor que recibió aquella viuda pobre que echó su óbolo en el gazofilacio del Templo. Aunque mínima en cantidad, delante de Dios tenía un valor muy grande, ya que era todo lo que poseía (cfr Mc 12, 41-44; Lc 21, 1-4), y Dios premia principalmente la voluntad generosa. «A este propósito —comenta el Papa Juan Pablo II—, es más elocuente que cualquier otro el ejemplo de la viuda pobre, que deposita en el tesoro del Templo algunas pequeñas monedas: desde el punto de vista material, una oferta difícilmente comparable con las que daban otros. Sin embargo. Cristo dijo: ‘Esta viuda (...) ha dado de lo que necesita, todo lo que tenia para vivir’ (Lc 21, 3-4). Por lo tanto, cuenta sobre todo el valor interior del don: la disponibilidad a compartir todo, la prontitud a darse a sí mismos.
»Recordemos aquí a San Pablo: ‘Si repartiera todos los bienes (...) pero no tuviera caridad, de nada me aprovecharía’ (1 Cor 13, 3). También San Agustín escribe muy bien a este propósito: ‘Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aun cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna’ (Enarrationes in Psalmos, 125, 5)» (Audiencia general Juan Pablo II, 28-III-1979).
 
II Corinthiens 8, 14
La abundancia espiritual de los cristianos de la iglesia-madre de Jerusalén puede aliviar la penuria espiritual de los nuevos cristianos de Corinto (cfr 9, 12-14). Así lo dice el mismo San Pablo en su Carta a los Romanos, hablando de esta colecta: «Porque si los gentiles participaron de sus bienes espirituales (de los cristianos de Jerusalén), deben también servirles a ellos con los bienes materiales» (15, 27).
 
II Corinthiens 8, 15
San Pablo refrenda con la autoridad de la Sagrada Escritura lo que acaba de decir acerca de la equidad (v. 14), y hace referencia al maná con el que Dios alimentó milagrosamente al pueblo de Israel en el desierto. A cada uno le tocaba diariamente un gómer (unos cuatro litros). Por la mañana, después de haber recogido el maná —unos más, otros menos— «al medir con el gómer vieron que el que había recogido de más no tenía nada de más, y el que menos no tenía nada de menos, sino que cada uno tenía lo que para su consumo necesitaba» (Ex 16, 18). De manera semejante, viene a decirles San Pablo, también cada uno de los cristianos debe tener lo necesario para su sustento, recibiendo la ayuda generosa de sus hermanos en la fe cuando sea necesaria.

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