I Corinthiens 8, 16-24
Hace ahora la recomendación de los encargados de llevar a cabo la colecta. Además de Tito, que con mucha probabilidad fue también el portador de esta carta, se habla de otros dos hermanos, sin mencionar los nombres (vv. 18.19.22). Su identificación, por falta de otros datos concretos, resulta extremadamente difícil.
Sin embargo, se ha pensado con frecuencia que el primero (vv. 18 s.) probablemente sea San Lucas, que cuando San Pablo escribe esta carta estaría con él en Macedonia, y más tarde le acompañará en su viaje a Jerusalén (cfr Act 20-21). Su alabanza o fama, literalmente «por la predicación del Evangelio», haría referencia a su celo por la predicación, porque en estos momentos San Lucas no habría escrito todavía su Evangelio. El tercer enviado (v. 22) resulta más difícil de identificar: algunos conjeturan que puede tratarse de Apolo, bien conocido por los corintios (cfr 1 Cor 3, 4-6; 16, 12).
I Corinthiens 8, 16-17
La actitud de Tito resulta una magnifica muestra de lo que debe ser la obediencia del cristiano: acoge el ruego de San Pablo y lo hace completamente suyo. Así deben reaccionar los fieles ante las indicaciones que, en nombre de Dios, les hacen sus legítimos pastores: «Los laicos, como los demás fieles —exhorta el Conc. Vaticano II—, siguiendo el ejemplo de Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el dichoso camino de la libertad de los hijos de Dios, acepten con prontitud de obediencia cristiana aquello que los pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes» (Lumen gentium, n. 37).
I Corinthiens 8, 20-21
Es de destacar la prudencia de San Pablo y el cuidado que tiene de prevenir cualquier sospecha contra la integridad de su conducta en esta colecta. Sus palabras recuerdan la amonestación del Señor: «Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos» (Mt 5, 16; cfr Prv 4, 3; Rom 12, 17). La actitud del Apóstol es una enseñanza de valor perenne para cuantos trabajan en servicio del Señor. No dudo de tu rectitud —dice San Josemaría Escrivá—. —Sé que obras en la presencia de Dios. Pero, ¡hay un pero!; tus acciones las presencian o pueden presenciar hombres que juzguen humanamente... Y es preciso darles buen ejemplo (Camino, n. 275).
II Corinthiens 8, 23
«Gloria de Cristo»: El Apóstol llama así a sus colaboradores, porque con su santidad y su preocupación por los hermanos necesitados, reflejan la gloria de Jesucristo.
El Papa Pablo VI refiere estas palabras a los sacerdotes: «Así, en nuestro mundo, que tiene necesidad de la gloria de Dios (cfr Rom 3, 23), los sacerdotes, configurados cada vez más perfectamente con el Sacerdote único y sumo, sean gloria refulgente de Cristo (2 Cor 8, 23) y por su medio sea magnificada la ‘gloria de la gracia’ de Dios en el mundo de hoy (Eph 1, 6)» (Sacerdotalis caelibatus, n. 45).
Chapitre n°9
I Corinthiens 9, 1-5
Todavía quiere insistir San Pablo en el tema de la colecta, exhortando a que la terminen con rapidez (vv. 1-5), y señalando los maravillosos frutos que la limosna generosa lleva consigo (vv. 6-15).
De nuevo, como ya había hecho en el capítulo anterior (cfr 8, 1-5) se sirve de la emulación entre las dos provincias griegas, pero esta vez al revés: se ha gloriado delante de los macedonios del celo y de la prontitud de los fieles de Corinto, por haber sido los primeros en organizar esta colecta: que no tenga que avergonzarse si los hechos no corresponden a estos elogios.
La misión de Tito y sus dos compañeros es precisamente la de preparar las cosas, para que a la llegada de San Pablo —acompañado quizá de algunos macedonios— todo esté listo.
II Corinthiens 9, 3
«Envío a los hermanos»: Literalmente «os envié». En griego se utiliza el llamado aoristo epistolar (envié), porque al leerse la carta en Corinto, el envío de Tito y sus compañeros, portadores de la misma, es ya un hecho del pasado.
II Corinthiens 9, 5
Las palabras de San Pablo resultan una advertencia para aquellas limosnas que —por su falta de generosidad y sacrificio— ponen más de manifiesto la avaricia y tacañería de quien las hace que su caridad.
«Bendición»; Probablemente es un hebraísmo: por ejemplo, en Prv 11, 25 se llama «alma de bendición» a la persona generosa en dar limosnas; en Idc 1, 15, 1 Reg 25, 27 se llama «bendición» al don generoso y espléndido. Cfr 2 Cor 9, 6, donde la expresión griega «sobre bendición» es una frase hecha que quiere decir «copiosamente», «abundantemente», y así la hemos traducido. «La limosna se llama bendición —comenta Santo Tomás— porque es causa de la bendición eterna. Pues por la acción de dar, el hombre es bendecido por Dios y por los hombres» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
I Corinthiens 9, 6-15
Concluye la exhortación sobre la colecta con algunas consideraciones acerca de los bienes que se derivan de ésta. Afirma en primer lugar que la limosna de los corintios, dada de buen grado, les aprovechará para la vida presente y futura (vv. 6-10), para hablar después de los efectos que la colecta producirá en los fieles de Jerusalén, que les llevarán a glorificar a Dios y a reforzar su unidad con los cristianos de Corinto (vv. 11-15).
Quien da limosna con generosidad, atrae para sí las bendiciones de Dios. Así enseña San Agustín: «Esto te dice tu Señor: ‘(...) Dame y recibe. En el momento debido te devolveré. ¿Qué devolveré? Me diste poco, recibirás mucho; me diste bienes terrenos, te los devolveré celestiales; me los diste temporales, los recibirás eternos; me diste de lo mío, recíbeme a mí mismo (...)’. Mira a quién prestas. Él alimenta y pasa hambre por ti; da y está necesitado. Cuando da, quieres recibir; cuando está necesitado, no quieres dar. Cristo está necesitado cuando lo está un pobre. Quien está dispuesto a dar a todos los suyos la vida eterna, se ha dignado recibir de manera temporal en cualquier pobre» (Sermo 38, 8).
I Corinthiens 9, 6
Es frecuente en la Sagrada Escritura utilizar la imagen de la siembra y de la cosecha, para poner de manifiesto la relación entre las obras y el premio o castigo de la otra vida (cfr Prv 22, 8; Mt 25, 24-26; Gal 6, 7 s.). Las palabras del Apóstol recuerdan la promesa del Señor: «Dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante» (Lc 6, 38). Por mucho que demos a Dios en esta vida, más nos dará como premio en la vida eterna.
II Corinthiens 9, 7
«Dios ama al que da con alegría»: Es una enseñanza frecuente en la Sagrada Escritura (cfr Dt 15, 10; Ps 100, 2; Eccli 35, 11; Rom 12, 8). A nadie —mucho menos a Dios nuestro Señor— puede serle grata una limosna o un servicio hechos de mala gana y con tristeza: «Si das el pan entristeciéndote —comenta San Agustín— pierdes el pan y la recompensa» (Enarrationes in Psalmos, 42, 8). En cambio, el Señor se entusiasma ante la entrega alegre de quien da y se da por amor, con espontaneidad, y no como quien realiza un costoso favor (cfr Amigos de Dios, n. 140).
I Corinthiens 9, 8-10
San Pablo insiste en las abundantes bendiciones de Dios que —tanto en el orden temporal como en el espiritual— reporta la limosna generosa. Ya en el AT enseña el libro de Tobías: «Practica con tus bienes la limosna y no apartes tu rostro de ningún pobre, porque así no apartará de ti su rostro el Señor. Da limosna según tus posibilidades: si tienes mucho, da mucho; si tienes poco, da con largueza de ese poco. Así acumularás un tesoro para el día de la necesidad, pues la limosna libra de la muerte e impide andar en tinieblas. La limosna, para todos los que la dan, es un precioso depósito ante el Altísimo» (4, 7-11). Pueden aplicarse a la limosna las promesas del Señor sobre el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna, a todos los que dejen algo por causa de su nombre (cfr Mt 19, 28 s.).
La «justicia» de que se habla equivale a la santidad. En la Biblia se llama justo a quien se esfuerza por cumplir la voluntad divina y servir lo mejor posible a Dios (cfr p. ej. notas a Mt 1, 19; 5, 6).
II Corinthiens 9, 10
«En efecto —comenta San Juan Crisóstomo—, si Dios colma de bendiciones temporales a quienes cultivan la tierra y se ocupan de las necesidades de sus cuerpos, con más razón bendecirá a quienes cultivan el Cielo y se aplican a la salvación de sus almas, para la que Dios quiere que no ahorremos ningún sacrificio (...).
»Este santo apóstol no se aleja jamás de estos dos principios: en cuanto a lo temporal, hace falta limitarse a lo necesario; mas en cuanto a los bienes espirituales, hace falta almacenar mucho. Por tanto, quiere no solamente que demos limosna, sino que la demos con generosidad. Por eso llama ‘semilla’ a la limosna. El grano echado en tierra produce espigas; así la limosna producirá frutos de justicia y una cosecha abundante» (Hom. sobre 2 Cor, 20).
I Corinthiens 9, 11-15
Aparte de remediar la escasez material de los hermanos de Jerusalén, San Pablo espera sobre todo que la colecta provocará bienes espirituales: acciones de gracias a Dios, de parte de los fieles socorridos, por la fe y la caridad fraterna de los corintios, y oración por ellos, para contribuir así a la perfecta unión entre los cristianos provenientes del judaísmo y los provenientes de la gentilidad. Esta unidad de toda la Iglesia fue uno de los objetivos más deseados por el Apóstol (cfr p. ej. 1 Cor 1, 10 ss.).
La generosa preocupación por las necesidades ajenas que vivían los primeros cristianos (cfr Act 2, 44-47; 4, 34-37), y que San Pablo enseña a vivir también a los fieles de las comunidades que va fundando, será siempre un ejemplo de permanente actualidad: un cristiano jamás podrá contemplar indiferente las necesidades, espirituales o materiales, de los demás, y debe poner los medios para contribuir generosamente a solucionar esas necesidades.
II Corinthiens 9, 11
«Mediante nosotros»: En cuanto serán ellos —San Pablo y sus colaboradores— los que lleven la colecta a Jerusalén.
I Corinthiens 9, 13-14
Según nuestra traducción —que sigue a la de la Neovulgata— San Pablo quiere decir que los cristianos de Jerusalén, al recibir la abundante colecta de Corinto, glorificarán a Dios por la fe y la caridad de los corintios, y —como consecuencia— también le darán gloria mediante su oración por ellos.
Cabe, sin embargo, según el texto griego, otra traducción distinta del v. 14, que sería la siguiente: «Y ellos con la oración por vosotros manifestarán su gran afecto hacia vosotros».
II Corinthiens 9, 15
El Apóstol, ante tantos beneficios espirituales como prevé que traerá consigo la colecta, estalla en una acción de gracias a Dios. El don indescriptible de que habla puede referirse tanto a la unidad entre los cristianos (cfr Gal 3, 28; Col 3, 11), como a la gracia de Dios (cfr v. 14) que produce en los corintios abundantes frutos de caridad para sus hermanos en la fe.
Chapitre n°10
-1-13, 10. En esta tercera sección de la carta. San Pablo hace la apología de su persona, saliendo al paso de las acusaciones que le dirigían sus adversarios en Corinto. Se trataba al parecer de algunas personas llegadas con cartas de recomendación (3, 1), judíos de origen (11, 22), que pretendían desacreditar al Apóstol ante los fieles de Corinto.
El estilo de San Pablo se hace ahora duro y enérgico, porque ve el peligro que para aquella joven comunidad cristiana supondría el romper con su fundador y primer Apóstol. De ahí que, haciéndose violencia (cfr 11, 16.21; 12, 1.11), se vea obligado a hacer su propia apología, contra quienes pretenden desprestigiarle. San Pablo no dice quiénes eran aquellas personas —«superapóstoles» les llama con ironía (cfr 11, 5; 12, 11)—, ni tampoco cuáles eran sus doctrinas: posiblemente se tratara de judaizantes, a los que tantas veces tuvo que enfrentarse (cfr nota a 1, 12-7, 16).
Comienza defendiéndose de las acusaciones de debilidad en el ejercicio de su misión (10, 1-11), y señalando la autoridad con que trabaja apostólicamente en Corinto (10, 12-18). Luego compara sus títulos de gloria con los de sus adversarios (11, 1-12,18). Finalmente, indica la razón de esta apología: la enmienda de los corintios antes de su próxima visita (12, 19-13, 10).
I Corinthiens 10, 1-11
En este pasaje, San Pablo defiende su autoridad apostólica. Había, al parecer, quienes le acusaban de ser pusilánime en su modo de proceder, mostrándose duro sólo en sus cartas (vv. 1.10). Confundían la benignidad y mansedumbre del Apóstol con el apocamiento. San Pablo era perfectamente consciente de la autoridad apostólica que había recibido de Cristo y del poder que obraba en él. Pero, siguiendo el ejemplo de su Maestro (cfr Mt 11, 29), prefería, mientras fuera posible, hacer uso de esta potestad sólo para edificar, no para destruir. Les pide que no le obliguen a obrar con dureza. También el Señor, cuando fue necesario, actuó y enseñó con extraordinaria dureza y energía (cfr p. ej. Mt 23, 13 ss.; Mc 11, 15 ss.).
II Corinthiens 10, 1
Contrasta este versículo con el comienzo de la carta (cfr 1, 1). Hasta este momento eran San Pablo y Timoteo quienes se dirigían a los fieles de Corinto; ahora es el Apóstol solo quien va a responder a las acusaciones vertidas sobre él.
I Corinthiens 10, 2-6
San Pablo presenta aquí su vida de apóstol como una milicia. Es una comparación que utiliza con frecuencia en sus cartas (cfr p. ej. 6, 7; Eph 6, 13-17; 2 Tim 2, 3 s.), y que muestra cómo la vida cristiana es incompatible con la comodidad y el aburguesamiento.
Ahora, el Apóstol utiliza esta semejanza para explicar su lucha contra quienes le denigran: cuenta con las armas de Dios —sobrenaturales, irresistibles— para vencer todas las falsedades, la soberbia y la desobediencia de sus enemigos. Sobre la naturaleza de esas armas, cfr nota a 2 Cor 6, 7-8.
«Carne», «carnales»: Términos muy frecuentes en San Pablo. Para su significado exacto hay que atender al contexto. «Vivimos en la carne» (v. 3) se refiere a la vida en el cuerpo, que vivimos todos los hombres mientras estamos en la tierra. En cambio, proceder o militar «según la carne» (vv. 2.3) tiene un significado claramente peyorativo, equivalente a obrar según pensamientos y motivos puramente humanos. «Proceder según la carne se dice de quienes ponen su fin en bienes carnales. De ahí que regulan sus obras para conseguir lo que es de la carne. Y como esto les puede ser quitado por los hombres, quienes tienden hacia las cosas carnales, se comportan como blandos y humildes con los demás» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
«Armas carnales» (v. 4) se opone a espirituales, que proceden de Dios y de Él tienen su fuerza.
II Corinthiens 10, 5
Es tan grande la potencia de esas armas, explica San Pablo con términos militares, que derriba todas las fortalezas construidas por la soberbia humana en su resistencia a aceptar «la ciencia de Dios»; y una vez deshechas tales fortalezas, la razón es llevada, «como a un prisionero», a obedecer a Cristo; quizá aquí el Apóstol tenía especialmente presente el mensaje de la Cruz, que con tanta fuerza había contrapuesto en su primera carta a la sabiduría de este mundo (cfr 1 Cor 1, 18 ss.; 3, 18 ss.). «El entendimiento del creyente se dice que está cautivo —explica Santo Tomás— en cuanto que está obligado por términos ajenos y no propios» (De Veritate, q. 14, a. 1), ya que la fe no es fruto de los propios razonamientos, sino de la gracia que mueve a fiarse de Dios.
Aceptar los misterios de Dios, sometiendo el entendimiento y obedeciendo a la fe (cfr Rom 1, 5; 16, 26), no es humillante para el hombre; es algo, en cambio, que se manifiesta muy de acuerdo con la naturaleza humana: «Así como la obediencia de la voluntad —enseña San Juan de Ávila— consiste en negarse a sí mismo por hacer la voluntad de Dios, así el servicio que el entendimiento le ha de hacer es negarse a sí mismo por creer al parecer de Dios (...). Y pues la voluntad del hombre es dedicada a Dios y santificada, negándose a sí, no se debe quedar el entendimiento como profano con creerse a sí mismo, sin obediencia de Dios, pues ha de ser en el Cielo bienaventurado con verle allá claramente. Porque, como dice San Agustín, ‘el galardón de la fe es ver’; por lo cual ninguna razón consiente que el entendimiento deje de servir en la tierra; y su propio servicio es creer» (Audi, filia, cap. 38).
II Corinthiens 10, 6
Una vez que la obediencia de los fieles de Corinto sea completa, y su adhesión a San Pablo sea firme y segura, podrá castigar a los desobedientes: tanto a los enemigos del Apóstol que han pretendido sembrar en los corintios la desconfianza hacia él, como a los pecadores impenitentes (cfr 12, 20-13, 3). Los castigos, a los que se refiere el Apóstol, tienen una finalidad medicinal, es decir, con vistas al arrepentimiento y penitencia de los pecados.
I Corinthiens 10, 7-8
San Pablo defiende, brevemente, su carácter de apóstol: más adelante lo hará con mayor extensión y profundidad (cfr caps. 11.12). Ahora se limita a señalar que él también es de Cristo, de quien recibió la misión de llevar el bien a Corinto, fundando y edificando la comunidad cristiana de aquella ciudad.
«Sólo veis según las apariencias»: Según esta traducción, recrimina a los corintios por juzgarle según criterios humanos, llegando así a la conclusión de que no reúne las condiciones de un verdadero apóstol. Cabe, sin embargo, otra traducción distinta: «Mirad lo que tenéis a la vista». En este caso, sería un llamamiento al sentido común y al realismo, ya que la labor realizada en Corinto habla a favor de San Pablo.
II Corinthiens 10, 10
Este comentario despectivo que sobre la debilidad de San Pablo hacían sus adversarios, no parece que deba referirse a su aspecto exterior, ni que pueda deducirse de aquí algo referente a su constitución física o a su estatura. Más bien esa debilidad era una mala interpretación de su mansedumbre (cfr 10, 1) y de su solicitud por todas las almas (cfr 1 Cor 9, 22).
Cuando consideraban «despreciable» la palabra del Apóstol, tampoco entendían que su deseo había sido no basar su predicación «en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder, para que vuestra fe no esté fundamentada en sabiduría humana, sino en el poder de Dios» (1 Cor 2, 4 s.; cfr notas a 1 Cor 2, 1-3; 2, 4 s.).
I Corinthiens 10, 12-18
Responde ahora a las acusaciones, señalando —con estilo un poco complicado— los derechos que tiene para trabajar apostólicamente en Corinto. En primer lugar muestra lo ridículos que resultan sus enemigos al pretender tomarse a sí mismos como medida de gloria (v. 12). San Pablo, en cambio, tiene una medida bien clara (vv. 13-16): el campo de trabajo que Dios le ha señalado —la conversión de los gentiles (cfr Rom 11, 13; Gal 2, 7)— y el trabajo evangelizador que realiza dentro de ese campo. Corinto está incluida en esos límites, y él ha sido el fundador de esa comunidad cristiana: no está gloriándose por tanto en campo ajeno. Su deseo ahora es consolidar la fe de los corintios, para comenzar la evangelización de otras regiones. Termina recordando de nuevo (cfr 1 Cor 1, 31) la necesidad de referir toda la gloria a Dios (vv. 17 s.).
I Corinthiens 10, 15-16
San Pablo se había impuesto el honor de «predicar el Evangelio donde aún no era conocido el nombre de Cristo, para no construir sobre los cimientos puestos por otro» (Rom 15, 20). Y su celo infatigable le llevaba a no concederse ningún descanso en su apostolado: desea que se asiente la fe de los corintios, para llevar el Evangelio a nuevos lugares. Posiblemente estaría pensando en España (cfr Rom 15, 24.28), que entonces era el límite occidental de las tierras conocidas.
I Corinthiens 10, 17-18
El Apóstol recuerda de nuevo las palabras de Jeremías —«el que se gloria, que se gloríe en el Señor» (9, 22 s.)— ya citadas en 1 Cor 1, 31, para recalcar lo absurdo que es pretender jactarse de sí o recomendarse a sí mismo, cuando la única recomendación válida es la de Dios: San Pablo podía presentar esa recomendación, manifestada en los frutos de su labor apostólica.
San Bernardo se inspira en estas palabras del Apóstol para enseñar el valor relativo de los juicios humanos: «¿Por qué, pues, ando solícito del juicio de otro hombre o de mi propio juicio, si ni por su vituperio seré reprobado ni por sus alabanzas aprobado? Hermanos míos, si yo tuviere que presentarme ante vuestro tribunal, con razón me gloriaría de vuestras alabanzas. Y si tuviese que ser juzgado por mi misma conciencia, satisfecho de mi propio testimonio, me deleitaría en mis propias alabanzas. Mas, puesto que he de presentarme no ante vuestro juicio ni ante el mío, sino ante el de Dios, ¿qué gran insensatez, más aún, qué gran locura será gloriarme de vuestro testimonio o del mío, principalmente siendo Él tal, que todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos, y no tiene necesidad de que alguno le dé testimonio del hombre?» (Sermón sobre la triple gloria).
Chapitre n°11
- 1-12, 18. A pesar de lo dicho en los últimos versículos del capítulo anterior, San Pablo va a dedicar este largo apartado a hacer su propia apología. Es algo que le repugna profundamente —y por lo que constantemente pide disculpas (cfr 11, 1.16-18.21.23; 12, 1.6.11)—, pero se ve obligado a hacerlo, porque es la única manera de contrarrestar la labor denigratoria que sus enemigos están realizando contra él en Corinto. De ahí que abra de par en par su alma a los corintios, para manifestarles los sufrimientos que su vida de apóstol lleva consigo, y las grandes revelaciones que Dios ha querido hacerle: será la forma de que aquellos cristianos caigan en la cuenta de quién es su primer evangelizador, y puedan comparar sus credenciales con las de quienes le atacan.
Todo el pasaje pone de manifiesto, junto al carácter fogoso y apasionado de San Pablo, su ardiente celo por las almas: no le importa hacer algo que le resulta muy costoso, para que no se pierdan aquellas almas que él había ganado para Cristo. Y al hacerlo, pasa por encima de que no le hayan defendido como era su deber (cfr 12, 11), de que no correspondan a su amor y desvelo por ellos (cfr 12, 15), o de que sus palabras sean malinterpretadas (cfr 12, 19). Su actitud resulta un ejemplo maravilloso de rectitud de intención: gasta su vida por las almas sin esperar ningún pago humano (cfr 12, 15).
Comienza pidiendo excusas por tener que alabarse (11, 1-6), señalando a continuación la absoluta falta de intereses humanos —una de sus glorias— con que predicó en Corinto (11, 7-15). Tras excusarse otra vez por tener que ensalzarse (11, 16-21), comienza la enumeración de otros motivos de gloria: los sufrimientos que padece en su labor evangelizadora (11, 22-33), y las visiones que el Señor le ha concedido (12, 1-10). Termina el pasaje pidiendo de nuevo disculpas por haberse gloriado (12, 11-18).
I Corinthiens 11, 2-3
Es frecuente en el AT presentar la imagen del esposo y de la esposa, para significar las relaciones entre Dios y su pueblo (cfr Is 62, 5; Ier 3, 6 ss.; Ez 16, 8 ss.). Dios —que dice de Sí mismo: «Yo soy el Señor tu Dios, fuerte, celoso» (Ex 20, 5)— pide a su pueblo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6, 5; cfr Mt 22, 37). En el NT Cristo es el esposo y la Iglesia la esposa (cfr Eph 5, 25 ss.; Apc 21, 9; 22, 17), «a la que redimió con su sangre, y le dio como prenda el Espíritu Santo. La salvó de la esclavitud del diablo; dio la vida por sus pecados y resucitó por su justificación» (San Agustín, In loann. Evang., 8, 4).
San Pablo hace las veces del «amigo del esposo» (cfr Ioh 3, 29), que debe vigilar por la virginidad de la esposa, y ve el peligro a que la someten las asechanzas de sus enemigos.
«El Apóstol —comenta Santo Tomás— dice que la Iglesia es como Eva, a la que el diablo a veces persigue abiertamente por medio de tiranos y poderes, y entonces es ‘como león rugiente que anda rondando y busca a quién devorar’ (1 Pet 5, 8). Otras veces molesta a la Iglesia a escondidas por medio de los herejes que prometen la verdad y simulan ser buenos, y entonces es como la serpiente que seduce con su astucia, prometiendo cosas falsas» (Comentario sobre 2 Cor, ad loc.).
II Corinthiens 11, 4
No podemos precisar con exactitud si el Apóstol se refiere a algo sucedido realmente, o les está poniendo una hipótesis absurda. En el primer caso, podría estar refiriéndose a las doctrinas de los judaizantes, que predicaban la necesidad de cumplir las prescripciones de la Ley Antigua para salvarse, volviendo así del espíritu de hijos de Dios al espíritu de servidumbre, de manera que quedaba rebajada la persona de Cristo y su obra salvadora.
Si se tratara de un caso hipotético, San Pablo querría decirles que si alguien les predica un Evangelio más excelente que el predicado por él, harían bien en escucharle: pero eso es imposible, ya que hay un solo Jesús y un solo Evangelio (cfr Gal 1, 6-9); y además —como va a exponerles con detalle a continuación—, él no es inferior en nada a esos intrusos que se han presentado como apóstoles.
«Un Jesús distinto»: Así traducimos según el texto griego. La Neovulgata lee: «Un Cristo distinto».
I Corinthiens 11, 5-6
Al hablar aquí San Pablo de «grandes apóstoles», parece que se está refiriendo no a los Apóstoles elegidos por el Señor, sino que está aludiendo de forma irónica a sus adversarios. Estos quizá pretendían presentarse con autoridad apostólica. Más adelante se referirá de nuevo a ellos en los mismos términos (cfr 1 Cor 11, 12 s.; 12, 11).
«Imperito en la palabra»; Seguramente no quiere decir que tuviera especial dificultad de expresión sino que alude a que no era un orador profesional, es decir, según los usos de la época, un hombre con estudios específicos de retórica. Sobre la aparente pobreza de su palabra, y la sabiduría divina que en cambio pone de manifiesto ya ha hablado extensamente a los mismos corintios (cfr 1 Cor 1, 18-3, 4).
I Corinthiens 11, 7-15
San Pablo tenía por norma predicar gratuitamente el Evangelio, prescindiendo de su derecho a ser sustentado por los fieles, ganándose con su trabajo lo necesario para vivir: es una clara prueba de la rectitud de intención con que trabaja. Ya lo había explicado en su anterior carta (cfr 1 Cor 9, 4-18 y notas correspondientes), e insiste ahora en ello, considerándolo como un timbre de gloria al que no piensa renunciar (v. 10), máxime cuando es un punto que le distingue claramente de los falsos apóstoles que se han presentado en Corinto. En consecuencia, no se ha comportado así por falta de amor a los corintios, ni es malo —les dice irónicamente (v. 1)— el obrar así.
En Corinto, concretamente, el Apóstol había trabajado como fabricante de lonas con Aquila y Priscila (cfr Act 18, 1-3). Pasó apuros y estrecheces, y tuvo que despojar a otros —afirma hiperbólicamente (v. 8)— para poder seguir sirviéndoles a ellos: posiblemente fueran Silas y Timoteo quienes le trajeron lo necesario desde Macedonia (cfr Act 18, 5). Como se decía en la nota a 1 Cor 9, 15-18, sólo con los filipenses (Filipos era la capital de Macedonia) hizo una excepción y les permitió que en ocasiones le ayudaran en sus necesidades (cfr Phil 4, 15 s.).
Una vez más se trasluce la inmensa capacidad de trabajo y de sacrificio —sin decir nunca basta— de San Pablo, que queda como un ejemplo maravilloso para todos los cristianos. «¿Qué nos enseñaron o qué nos enseñan los apóstoles santos? —se pregunta San Bernardo—. No el arte de pescar, no el hacer tiendas u otro semejante a éstos (...). Nos enseñaron a vivir. ¿Piensas que es poco el saber vivir? Cosa grande es, o más bien grandísima (...). La vida recta juzgo yo que consiste en padecer males, hacer bienes y perseverar así hasta la muerte» (Sermón en la Fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo).
II Corinthiens 11, 11
«¡Dios lo sabe!»: Gramaticalmente la frase queda algo ambigua; pero es evidente que pone a Dios como testigo de lo mucho que ama a los corintios.
I Corinthiens 11, 13-15
El Apóstol dirige una tremenda acusación contra sus adversarios: se presentan como apóstoles de Cristo, pero en realidad son servidores del diablo. Y actúan de manera semejante a Satanás que, siendo el príncipe de las tinieblas (cfr Eph 6, 12), se presenta como ángel de la luz. Las palabras de San Pablo recuerdan la advertencia del Señor en el Evangelio: «Guardaos bien de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces» (Mt 7, 15).
El engaño siempre ha sido una de las armas principales del demonio —el padre de la mentira (cfr Ioh 8, 44)— para seducir a los hombres: «No propone de entrada cosas evidentemente malas —explica Santo Tomás— sino algo que tenga apariencia de bien, con el fin de desviar cuando menos al hombre de sus propósitos fundamentales, porque luego, una vez desviado por poco que sea, lo arrastra con mayor facilidad al pecado: ‘El mismo Satanás se transforma en ángel de luz’ (2 Cor 11, 14). Después, cuando ha conseguido que peque, lo amarra de tal forma que no deja que se levante (...). Dos pasos, pues, da el diablo: engaña, y tras engañar retiene en el pecado» (Exposición de la oración dominical o Padrenuestro, 6ª petición).
I Corinthiens 11, 16-21
Antes de seguir gloriándose, el Apóstol vuelve a interrumpir su discurso para disculparse otra vez por este modo suyo de proceder, que no es su conducta habitual. Si lo hace, es porque se ve obligado a ello por sus adversarios, para defender su autoridad apostólica respecto a los corintios. «El Apóstol —comenta San Juan Crisóstomo— hace como una persona de origen ilustre que, dedicada a la práctica de una vida santa, se viera forzada a hacer el elogio de las glorias de su familia, para humillar a ciertas personas orgullosas de su nobleza. ¿Veríais vanidad en esto? No, porque se glorifica únicamente con la intención de aplastar la vanidad de gentes vanamente orgullosas» (Hom. sobre 2 Cor, 24).
I Corinthiens 11, 19-20
Son vv. cargados de ironía, caricaturizando la insensatez de los corintios, que se creían tan sensatos. Es un reproche que San Pablo ya les había hecho en otras ocasiones (cfr 1 Cor 1, 18-4, 21). Su insensatez les ha llevado en esta ocasión a soportar con indiferencia el ser maltratados por los intrusos llegados a la comunidad de Corinto.
II Corinthiens 11, 21
«Con sonrojo lo digo»: Cabría traducir también: «Para vergüenza vuestra lo digo», ya que en el texto griego no se expresa de quién es la vergüenza. San Pablo sigue hablando con ironía: afirma que se ha mostrado débil con los corintios, ya que no los ha maltratado como han hecho los falsos apóstoles. Quizá sea ese el motivo, viene a decirles, por el que le consideran inferior a éstos.
I Corinthiens 11, 22-33
San Pablo comienza la apología propiamente dicha, señalando sus méritos, en contraste con los de sus adversarios. En cuanto a la raza es igual que ellos (v. 22); en cuanto a ministro de Cristo les supera claramente: como pruebas ofrece sus padecimientos físicos (vv. 23-27.30-33) y morales (vv. 28 s.) en el desempeño de su ministerio. No puede leerse sin emoción el impresionante elenco de sufrimientos que hace San Pablo, y en el cual nos suministra preciosos datos autobiográficos, que no figuran en los Hechos de los Apóstoles. Aunque es una enumeración incompleta (cfr v. 28), y todavía le queda mucho por sufrir, resulta ya el cumplimiento de la profecía del Señor a Ananías: «Yo le mostraré lo que habrá de sufrir a causa de mi nombre» (Act 9, 16).
Es muy significativo que presente como muestra de su superioridad en el ministerio de Cristo, precisamente sus sufrimientos. Ya había advertido el Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23). El dolor, la cruz, son compañeros inseparables de la vida cristiana, y señales inconfundibles de que se están siguiendo las huellas del Maestro. Cuando emprendemos el camino real de seguir a Cristo —comenta San Josemaría Escrivá—, de portarnos como hijos de Dios, no se nos oculta lo que nos aguarda: la Santa Cruz, que hemos de contemplar como el punto central donde se apoya nuestra esperanza de unirnos al Señor.
Te anticipo que este programa no resulta una empresa cómoda; que vivir a la manera que señala el Señor supone esfuerzo. Os leo la enumeración del Apóstol, cuando refiere sus peripecias y sus sufrimientos por cumplir la voluntad de Jesús: cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno... (2 Cor XI, 24-28) (Amigos de Dios, n. 212).
II Corinthiens 11, 22
El Apóstol reivindica su paridad con sus adversarios en lo que a la ascendencia se refiere. Los tres términos utilizados —hebreo, israelita, descendiente de Abrahán—, aunque en cierto sentido pueden considerarse equivalentes, ponen de manifiesto también matices distintos. «Hebreos» designa aquí tanto el origen —descendientes de Heber (cfr Gen 11, 14)— como la raza. Quizá sus enemigos ponían en duda la pureza étnica de San Pablo, por haber nacido en Tarso, ciudad de Asia Menor; sin embargo, era «hebreo, hijo de hebreos» (Phil 3, 5), y hablaba la lengua hebrea (cfr Act 21, 40). «Israelitas» —en cuanto descendientes de Jacob, a quien Yahwéh cambió su nombre por el de Israel (cfr Gen 32, 28)— señalaría su pertenencia al pueblo elegido, poseedor de la verdadera religión. Pertenecer a la «descendencia de Abrahán» se referiría al carácter de herederos de las promesas mesiánicas.
Con frecuencia tuvo San Pablo que recalcar su origen judío (cfr Act 22, 3; Rom 11, 1; Gal 1, 13 ss.; Phil 3, 4 ss.). Es posible que sus adversarios intentaran muchas veces desprestigiar sus enseñanzas —superioridad de la Nueva sobre la Antigua Ley, no es necesaria la circuncisión... — negando su carácter de judío. El Apóstol lo defiende, y señala además con frecuencia su inmenso amor por los de su raza (cfr Rom 9).
II Corinthiens 11, 24
No puede precisarse dónde sufrió San Pablo esas flagelaciones, de las cuales no dan noticia los Hechos de los Apóstoles: es posible que fuera en algunas de las sinagogas por las que iba predicando, ya que las sinagogas de la Diáspora tenían autoridad para imponer ese castigo. Como la Ley judía prescribía no dar más de cuarenta golpes (cfr Dt 25, 2 s.), solían dar treinta y nueve, para no exponerse a sobrepasarlos. Era un suplicio tremendo e infamante.
II Corinthiens 11, 25
Los romanos azotaban con varas. Los Hechos de los Apóstoles sólo nos dan noticia de una de ellas, en Filipos (cfr Act 16, 22-24). En las tres ocasiones debió ser azotado ilegalmente, ya que la ley romana establecía que este tormento sólo podía aplicarse a los ciudadanos romanos —San Pablo lo era (cfr Act 22, 25-29)— cuando estaban condenados a muerte.
El Apóstol había sido apedreado en Listra, siendo a continuación arrastrado fuera de la ciudad y dado por muerto (cfr Act 14, 19 s.).
Respecto a los naufragios, los Hechos de los Apóstoles sólo dan noticia de uno posterior (cfr Act 27, 9 ss.).