I Timothée 5, 17-22
Las indicaciones de gobierno acerca del comportamiento de Timoteo con los presbíteros son claras y precisas: son dignos de veneración (cfr vv. 17-18), se requiere particular ecuanimidad al juzgarlos y corregirlos (cfr vv. 19-21), y es necesario decidir con cuidado quiénes pueden ser admitidos (cfr v. 22). Hay en estas amonestaciones un cierto crecimiento del énfasis, que pone de relieve la gravedad que implicaría imponer las manos precipitadamente.
I Timothée 5, 17
«Doble honor»: El término griego equivale a «honor» y «honorario» (cfr v. 3); al calificarlo de «doble», posiblemente el Apóstol está queriendo indicar que no prescinde de ninguno de los dos significados, pues tanto a lo uno como a lo otro tienen derecho. Además es un modo sencillo de indicar que los presbíteros merecen mayor reconocimiento que los demás fieles por su carácter de ministros sagrados. Se apoya en la autoridad de la Escritura (cfr v. 18), para dejar sentado que los fieles deben contribuir con su aportación al sostenimiento de los ministros. Pero es claro que se insta sobre todo a reconocer la dignidad de los presbíteros.
I Timothée 5, 18
En la predicación de Nuestro Señor y en los escritos del Nuevo Testamento, con frecuencia se aducen citas del Antiguo Testamento como autoridad que avale alguna enseñanza, pues, tanto entre los judíos como entre los cristianos, se reconocía su carácter sagrado. Aquí San Pablo se apoya en dos textos, uno de Deuteronomio 25, 4, y otro de Jesucristo, transmitido por Lucas 10, 7. A ambos textos llama «Escritura» y reconoce la misma autoridad. Éste es uno de los pasajes más antiguos en que se reconoce el carácter sagrado del Evangelio.
I Timothée 5, 20
Parece que nuestro texto se refiere a los presbíteros que caigan en faltas graves que causan escándalo. El temor de que aquí se habla es, evidentemente, el temor de Dios. No es algo malo, sino una virtud, un don del Espíritu Santo (cfr Is 11, 2-3), el principio de la Sabiduría (Prv 1, 7; 9, 10), la Sabiduría misma (Iob 28, 23).
I Timothée 5, 22
La imposición de las manos en este contexto no puede referirse a la absolución de los presbíteros pecadores, como si San Pablo aconsejara gran rigorismo en la administración de la Penitencia. Aquí, como en otros textos de las Pastorales, imponer las manos equivale a conferir el orden sacerdotal (cfr 1 Tim 4, 14; 2 Tim 1, 6; Act 14, 23). El gesto, en la tradición bíblica y judía, significa la trasmisión de la herencia y de los poderes al sucesor en el cargo (cfr Dt 34, 9).
Las palabras del Apóstol son muy severas, «pero más terrible es aún —enseña Pío XI— la responsabilidad que ellas indican, la cual hacía decir al gran obispo de Milán, San Carlos Borromeo: ‘En este punto, aun una pequeña negligencia de mi parte, puede ser causa de muy grandes pecados’ (Homiliae 4, 270). Ateneos, por lo tanto al consejo del Crisóstomo; ‘No es después de la primera prueba, ni después de la segunda o tercera, cuando has de imponer las manos, sino cuando lo tengas todo bien considerado y examinado’ (Hom. sobre 1 Tim, ad loc.). Lo cual ha de observarse sobre todo en lo que toca a la santidad de la vida de los candidatos al sacerdocio. ‘No basta —dice el santo doctor Alfonso María de Ligorio— que el obispo nada malo sepa del ordenando, sino que debe asegurarse de que es positivamente bueno’. Así que no temáis parecer demasiado severos si, haciendo uso de vuestro derecho y cumpliendo vuestro deber, exigís de antemano tales pruebas (...). Por lo demás, si se guardan diligentemente todas las prescripciones (...) se ahorrarán muchas lágrimas a la Iglesia, y al pueblo fiel muchos escándalos» (Ad catholici sacerdotii, nn. 57-58).
El Concilio Vaticano II, que con tanta insistencia urge el fomento de las vocaciones sacerdotales, vuelve a recordar la necesidad de elegir a los candidatos: «En lo que se refiere a la selección y a la prueba necesaria de los alumnos (del seminario), se deberá mostrar siempre firmeza de espíritu, aun cuando haya que lamentar escasez de sacerdotes, porque Dios no permitirá que a la Iglesia le falten ministros, si son promovidos los dignos» (Optatam totius, n. 6).
I Timothée 5, 23
Esta recomendación paternal rompe el ritmo de las advertencias que viene dando sobre otros temas más trascendentales. Algunos autores han pensado que este texto no sería del autor de la carta, porque parece fuera de lugar. Pero está en todos los códices griegos, y además es un fiel reflejo de la personalidad de San Pablo, preocupado de este «verdadero hijo en la fe» (1 Tim 1, 2).
Es posible que Timoteo fuera añadiendo paulatinamente mayor rigor a sus mortificaciones personales; al hacerle esta recomendación el Apóstol deja entrever la doctrina cristiana de que la mortificación personal no se opone a la salud: Pensad, enseña San Josemaría Escrivá, que Dios ama apasionadamente a sus criaturas, y ¿cómo trabajará el burro si no se le da de comer, ni dispone de un tiempo para restaurar las fuerzas, o si se quebranta su vigor con excesivos palos? Tu cuerpo es como un borrico —un borrico fue el trono de Dios en Jerusalén— que te lleva a lomos por las veredas divinas de la tierra: hay que dominarlo para que no se aparte de las sendas de Dios, y animarle para que su trote sea todo lo alegre y brioso que cabe esperar de un jumento (Amigos de Dios, n. 137).
I Timothée 5, 24-25
Estas reflexiones completan el consejo anterior sobre la responsabilidad y la prudencia a la hora de admitir en el sacerdocio sólo a los candidatos idóneos (v. 22). Como fruto de la preocupación de la Iglesia por tener buenos ministros, el Concilio de Trento instituyó los Seminarios, y ha sido mucho el cuidado que el Magisterio de la Iglesia ha dedicado a la formación de los futuros sacerdotes.
Chapitre n°6
I Timothée 6, 1-2
En la ciudad de Éfeso se calcula que aproximadamente la mitad de la población eran esclavos; hay que suponer, por tanto, que entre los cristianos de aquella ciudad habría un grupo numeroso de ellos.
El Apóstol no aborda directamente el problema social de la esclavitud: no significa que estuviera de acuerdo con aquella situación, sino que era más urgente enseñar la dignidad de cada persona y la igualdad de todos en el orden de la gracia (cfr Gal 3, 29). También los esclavos han sido redimidos por Cristo y llamados a ser santos; por tanto, también a ellos se les debe exigir un comportamiento recto (otros textos de San Pablo en relación con la esclavitud, pueden verse, p.ej., en Eph 6, 5-9; Col 3, 22-4, 1; Tit 2, 9-10; Philm 8-21: cfr también las notas correspondientes).
San Pablo señala dos criterios para el comportamiento de aquellos esclavos: el apostolado y la fraternidad. Para muchos paganos el testimonio de sus esclavos era el único modo de conocer el cristianismo, y su conducta debía reflejar su fe y la doctrina que habían recibido (v. 1). Si los amos eran creyentes, la fraternidad no debía disminuir las obligaciones de los siervos, sino darles un sentido más profundo de amor cristiano. De esta forma irían impregnando la sociedad de espíritu cristiano, hasta alcanzar la abolición definitiva de la esclavitud, porque «el fermento del Evangelio ha despertado y despierta en el corazón del hombre una exigencia irrefrenable de dignidad» (Gaudium et spes, n. 26).
Véase también nota a Col 3, 22-4, 1.
I Timothée 6, 3-10
La argumentación para desenmascarar a los falsos maestros denota una prolongada experiencia en el autor sagrado. Por dos veces les llama ignorantes. Les falta rectitud, porque sólo buscan su negocio (v. 5); de ahí que necesiten presentarse con disputas y palabrerías para encubrir sus defectos y su falta de ciencia (v. 4).
«Palabras de salvación», literalmente «palabras sanas», en cuanto que conducen a la salud espiritual (cfr nota a 1, 8-10). «Que son las de nuestro Señor Jesucristo» (v. 3): Esta expresión, junto con la cita de Lc 10, 7 en 1 Tim 5, 18, ha dado pie a pensar que cuando se escribió esta carta ya circulaba entre los cristianos de Éfeso un evangelio escrito, concretamente el de San Lucas. Pero no hay más datos claros que avalen esta hipótesis. El Apóstol pudo referirse aquí a palabras del Señor transmitidas fielmente por tradición.
«Doctrina que es conforme a la piedad» (v. 3): El término «piedad», que sólo aparece en la segunda Epístola de San Pedro y en las Pastorales, tiene un amplio sentido. Algunas veces refleja la doctrina cristiana, no como simples verdades abstractas, sino como manifestación de Dios al hombre. Otras veces tiene el sentido genérico de religión (como en 1 Tim 6, 5-6). En este pasaje equivale a «Verdad revelada» en cuanto que es vínculo de unión de Dios con nosotros; si no se acepta, se rompe la unión con Dios; si se hace de ella un negocio crematístico (v. 5) se pervierte su profundo significado.
I Timothée 6, 10
«La raíz de todos los males es la avaricia»: Probablemente es un proverbio aceptado incluso por los paganos de aquella época, especialmente los más cultos. Los cristianos conocían bien las consecuencias nocivas de la avaricia (cfr 1 Ioh 2, 17 y nota). San Pablo utiliza esa expresión lapidaria para echar en cara a los falsos doctores que la causa de todas sus desviaciones es su afán de riquezas. Hacer de la piedad —es decir, de la vida cristiana, de la religión— un objeto de mercado (v. 5) es una clara perversión. Más aún, los que buscan satisfacer su ambición terminan siendo infelices y desgraciados.
Te duele ver que algunos tienen la técnica de hablar de la Cruz de Cristo, sólo para remontarse y alcanzar posiciones... Son los mismos que nada de lo que ven, si no coincide con su criterio, lo consideran limpio. —Razón de más para que perseveres en la rectitud de tus intenciones, y para que pidas al Maestro que te conceda la fuerza de repetir: ‘non mea voluntas, sed tua fíat!’ —¡Señor, que cumpla con amor tu Voluntad Santa! (Surco, n. 352).
Las severas amonestaciones del Apóstol reflejan la delicadeza de su corazón profundamente apenado por el daño que causan. «Muchos —esos de quienes con frecuencia os hablaba y ahora os hablo llorando— se comportan como enemigos de la cruz de Cristo» (Phil 3, 18). Frente a ellos, los buenos maestros viven contentos aunque sólo tengan alimento y techo (v. 8); el desprendimiento siempre ha sido condición para la eficacia apostólica: «El espíritu de pobreza y de caridad son la gloria y el testimonio de la Iglesia de Cristo» (Gaudium et spes, n. 88).
I Timothée 6, 11-16
Las últimas recomendaciones de la carta revisten peculiar solemnidad. La constancia en el combate (v. 12) se basa en dos motivos: la llamada a la vida eterna y la lealtad a la confesión de fe hecha en el Bautismo. La segunda obligación de mantener lo mandado (v. 14), se urge poniendo por testigos a Dios Padre y a Jesucristo (v. 13), que firmemente confesó su realeza ante Poncio Pilato.
Existe íntima relación entre la perseverancia y la soberanía eterna de Dios: «La eternidad de Dios, enseña San Bernardo, causa la perseverancia (...). ¿Quién espera y persevera en el amor sino quien imita la eternidad de su caridad? Verdaderamente, la perseverancia lleva consigo una cierta imagen de eternidad; sólo a la perseverancia se le concede la eternidad o, por mejor decir, ella sola alcanza para el hombre la eternidad» (Sobre la consideración, V, 14).
I Timothée 6, 11
«Hombre de Dios»: Con esta expresión se designaba en el Antiguo Testamento a personas que cumplieron alguna misión especial de parte de Dios, como Moisés (Dt 33, 1; Ps 40, 1), Samuel (1 Sam 9, 6-7), Elías y Eliseo (1 Reg 17, 18; 2 Reg 4, 7.27.42). En las Cartas Pastorales (cfr también 2 Tim 3, 17) se aplica a Timoteo, en cuanto que, por la consagración, ha recibido de Dios un ministerio en la Iglesia. Por la ordenación «el sacerdote es fundamentalmente un hombre consagrado, un hombre de Dios (1 Tim 6, 11) (...). El sacerdocio ministerial en el Pueblo de Dios es algo más que un oficio público y sacro ejercido en servicio de la comunidad de los fieles: es, fundamentalmente y antes que cualquier otra cosa, una configuración, una transformación sacramental y misteriosa de la persona del hombre-sacerdote en la persona del mismo Cristo, único mediador (cfr 1 Tim 2, 5)» (Escritos sobre el Sacerdocio, p. 83 s.).
I Timothée 6, 12
«Pelea el noble combate»: San Pablo utiliza frecuentemente las imágenes de la milicia para explicar la tensión de la vida cristiana (cfr, p.ej, 2 Cor 10, 3-6; Eph 6, 10-17; Col 1, 29; 2 Tim 2, 3; 4, 7), y de él pasaron a la tradición ascética de la Iglesia (cfr nota a 1 Tim 1, 17-19). Aquí y en 2 Tim alude más a la conservación exacta de la verdad y la predicación: este «combate de la fe» es de especial trascendencia para todos.
«Profesión en presencia de muchos testigos»: Además del día de su consagración (cfr 1 Tim 4, 14), Timoteo debió confesar públicamente su fe en muchas ocasiones. Pero la solemnidad de esta expresión parece aludir más bien a la profesión de fe que se hacía en el Bautismo desde los primeros años de la Iglesia (cfr Act 2, 38-41).
I Timothée 6, 13-14
«Que conserves lo mandado»: El término griego original podría indicar un mandamiento concreto; pero también equivale al conjunto de normas y, más probablemente, a las verdades de la Revelación o al depósito de la fe profesada en el Bautismo.
Con toda solemnidad San Pablo pone por testigo de esta recomendación a Dios Padre y a Cristo Jesús, «que dio el solemne testimonio ante Poncio Pilato»: El testimonio de Jesucristo abarca toda su Pasión y la declaración de su realeza mesiánica y de la verdad de su Persona ante el prefecto romano (cfr Ioh 18, 36-37).
«Hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo»: Para referirse a la segunda venida de Cristo es frecuente en el Nuevo Testamento utilizar el término «parusía» (cfr 1 Cor 15, 23; 2 Pet 3, 4) o «revelación» (cfr, p.ej., 1 Cor 1, 7); las Pastorales prefieren utilizar «manifestación», «epifanía» (cfr 2 Tim 4, 1.8; Tit 2, 13), que reflejan mejor la venida de Cristo como Redentor glorioso (cfr 2 Tim 1, 10). Indudablemente hay una maravillosa continuidad entre la obra redentora de Cristo, la acción de la Iglesia que conserva y transmite la Revelación y la definitiva venida de Cristo al final de los tiempos.
I Timothée 6, 15-16
Esta doxología o himno de alabanza es una de las más bellas y profundas del Nuevo Testamento. Es posible que fuera tomada de la liturgia cristiana, como cabe suponer de otros himnos que aparecen en esta epístola (cfr 1, 17 y 3, 15-16); quizás pudo surgir como réplica a los himnos compuestos en honor de los monarcas y emperadores, a los que se aplicaban atributos divinos. Pero es más probable que esté inspirada en el Antiguo Testamento, donde se habla de Dios con las mismas expresiones. Aparte del origen del himno, lo importante es que refleja la fe en Dios, que por ser quien es merece toda alabanza.
Dios Padre llevará a cabo, en el tiempo que sólo Él conoce (cfr Mt 24, 36), la manifestación gloriosa de Jesucristo. Cuatro atributos divinos subrayan el dominio y la trascendencia de Dios: Él es el único Soberano, de quien reciben la potestad todos los mandatarios legítimos de la tierra (cfr Ioh 19, 11). Es Rey de los reyes y Señor de los señores (literalmente «Rey de los que reinan y Señor de los que ejercen el señorío»), es decir, no es un título meramente honorífico, sino el ejercicio de la soberanía sobre los que pretenden poseerla (cfr Apc 17, 14; 19, 16). Es inmortal, siendo la inmortalidad propia de Dios, que es la Vida (cfr Ioh 1, 4); los ángeles y las almas la poseen de acuerdo con su naturaleza, que tienen recibida de Dios. Finalmente es la luz y la luminosidad, que se atribuyen a Dios (cfr Ps 104, 2) como expresión de su trascendencia: Dios está por encima de las criaturas y no puede ser comprendido plenamente por el hombre. Santo Tomás explica que un objeto es invisible por dos razones: o por falta de luminosidad, como ocurre con las cosas oscuras y opacas, o por exceso, como ocurre con el sol, cuya brillantez no soporta el ojo humano; Dios de tal manera excede la capacidad del entendimiento humano que es imposible llegar a abarcarlo en plenitud, si bien lo que podemos conocer de Él por la recta razón y por la Revelación es verdadero (cfr Comentario sobre 1 Tim, ad loc.). La conclusión litúrgica y parenética es semejante a la recogida en 1, 17; allí se dice «honor y gloria», aquí «honor e imperio», resaltando más la soberanía y el dominio de Dios.
Éste y los demás himnos que aparecen en la carta reflejan la conciencia de los primeros cristianos de que el fin de la vida del hombre es dar gloria a Dios. No vivimos para la tierra, ni para nuestra honra, sino para la honra de Dios, para la gloria de Dios, para el servicio de Dios: ¡esto es lo que nos ha de mover! (Forja n. 851).
I Timothée 6, 17-19
Los bienes materiales que Dios concede abundantemente (cfr Mt 5, 4) no son malos en sí mismos, ni está prohibido disfrutar de ellos (v. 17); pero es preciso utilizarlos con sentido social, con desprendimiento, porque el verdadero tesoro es el que no perece jamás (cfr Lc 12, 33), la virtud: «Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo, y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica, les impida la prosecución de la caridad perfecta. Acordándose de la advertencia de Apóstol: Los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan (cfr 1 Cor 7, 31)» (Lumen gentium, n. 42).
Sobre la pobreza cristiana cfr notas a Mt 5, 3 y 6, 11.
I Timothée 6, 20-21
De forma concisa se resume el contenido de la epístola: Timoteo, como ministro de la comunidad cristiana de Éfeso, debe mantener y transmitir la fe recibida, y combatir las falsas doctrinas que puedan dañar a los fieles.
El «depósito», según el Derecho Romano, era aquello que se entregaba a una persona con la obligación de custodiarlo para restituirlo íntegro cuando el depositante lo requiriera; normalmente eran bienes económicos los que constituían el depósito. San Pablo aplica el mismo término a la Revelación y la fe (cfr 2 Tim 1, 12-14), y así ha pasado a la tradición teológica. San Vicente de Lerins lo explicó con precisión: «¿Qué significa guarda el depósito? San Pablo dijo custódialo, a causa de los ladrones, a causa de los enemigos, no sea que, durmiendo los hombres, siembren cizaña sobre aquella buena semilla de trigo que había sembrado el Hijo del Hombre en su campo. Por eso dijo: guarda el depósito. Pero ¿qué es el depósito? Es aquello que debes creer, no lo que has encontrado tú; lo que recibiste, no lo que tú pensaste; lo que es fruto de la doctrina, no del ingenio; lo que procede de la tradición pública, no de la rapiña privada. Algo que ha llegado hasta ti, pero que tú no has producido; algo de lo que no eres autor, sino custodio; no conductor, sino conducido. Guarda el depósito, dice el Apóstol; conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que has creído, en tu poder permanezca y por ti sea entregado a otro» (Commonitorio, 22).