NOTAS al Apocalipsis de San Juan (EUNSA)
Chapitre n°1
Apocalypse 1, 1-20
Después de un breve prólogo (vv. 1-3), y de un encabezamiento epistolar (vv. 4-8), San Juan describe una visión que sirve de introducción a todo el libro (vv. 19-20): aparece Cristo Resucitado, con los rasgos propios de su divinidad y en su condición de Señor y Salvador de las iglesias.
A lo largo del libro, Jesucristo se presentará además como el enviado de Dios para enseñar cómo han de comportarse los cristianos de entonces —y de todos los tiempos— (caps. 2-3), y para consolarlos en medio de la persecución, con el anuncio de los designios divinos relativos al futuro del mundo y de la Iglesia (caps. 4-22).
Apocalypse 1, 1-3
Este prólogo presenta ya el contenido general del libro, su autoridad y el efecto que se espera produzca en quien lo lea o escuche.
El contenido es la revelación hecha por Jesucristo acerca del sentido de lo que está sucediendo y de los que sucederá después (cfr 1, 19; 4, 1). La autoridad le viene al libro de su autor, Juan: a él se le ha comunicado, de forma sobrenatural, la revelación de Jesucristo, y él da testimonio con fidelidad de todo lo que ha visto. El libro tiene como finalidad mover al lector a prepararse al encuentro definitivo con Cristo, guardando lo que este escrito dice. De ahí que haya de considerarse dichoso quien lo lea, lo escuche y lo cumpla.
A través de las acciones y palabras de Jesucristo, Dios comunicó al hombre toda su voluntad de salvación. Sin embargo, Cristo sigue hablando a su Iglesia después de la Resurrección mediante revelaciones como la que presenta el Apocalipsis, o las que recibió San Pablo (cfr Gal 1, 15-16; etc.). Estas revelaciones completan y actualizan la acción salvadora de Jesús en situaciones concretas que vive la Iglesia. Cuando dichas revelaciones nos llegan por medio de un autor inspirado tienen valor universal, es decir, son revelación pública y forman parte del mensaje de salvación que Cristo encomendó a sus apóstoles para que lo proclamasen por todo el mundo (cfr Mt 28, 18-20 y par.; Ioh 17, 18; 20, 21). Con la muerte del último Apóstol queda cerrada la divina Revelación pública (cfr Dei Verbum, n. 4).
Apocalypse 1, 1
«Revelación de Jesucristo»: Revelación en griego se dice apocalipsis, y de ahí que a este libro de la Sagrada Escritura se le designe con tal nombre. La revelación implica siempre el desvelar algo que antes estaba oculto; en este caso, lo que va a suceder en el futuro. Éste lo conoce Dios Padre (el texto griego emplea aquí el artículo determinado, con el que el NT suele referirse a Dios Padre), y Jesucristo, como Hijo, participa de ese conocimiento que transmite al autor del libro. Se dice «revelación de Jesucristo» no sólo porque Juan la recibe por medio de Jesucristo, sino también porque nuestro Señor es el objeto principal, el principio y el fin de esta revelación. Él es, en efecto, el que ocupa el centro de esas visiones grandiosas, en las que se rompen los velos que ocultan el más allá y se disipan las sombras para dar paso a la Luz, que es el mismo Jesucristo (cfr Apc 21, 23; 22, 5).
«Pronto»: En cuanto a la prontitud con que todo va a ocurrir, hay que tener en cuenta que la noción del tiempo en la Sagrada Escritura, y en especial en el Apocalipsis, no coincide exactamente con la nuestra, pues tiene un valor más cualitativo que cuantitativo. En este sentido podemos decir que «para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Pet 3, 8). Es decir, al señalar que algo ocurrirá en seguida no se quiere precisar una fecha inmediata, sino sencillamente que ocurrirá, e incluso que en cierto sentido está ya sucediendo. Por último, se debe considerar que la proximidad de los hechos anunciados fortalecía a cuantos sufrían persecución y les llenaba de esperanza y de consuelo.
Apocalypse 1, 3
El Apocalipsis es una invitación urgente a tomar en serio la vida cristiana, guardando fielmente cuanto el Señor ha querido mostrarnos a través de los escritos apostólicos, en este caso por medio de San Juan.
El libro va destinado, al parecer, a las reuniones litúrgicas, en las que alguien lee y los demás escuchan. Refleja así el puesto preferente de la Sagrada Escritura en la Liturgia: «La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada Liturgia nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (Dei Verbum, n. 21). De aquí que «en la celebración litúrgica, la importancia de la Sagrada Escritura es sumamente grande. Pues de ella se toman las lecturas que luego se explican en la homilía, y los salmos que se cantan; las preces, oraciones e himnos litúrgicos están penetrados de su espíritu, y de ella reciben su significado las acciones y los signos» (Sacrosanctum Concilium, n. 24).
Las circunstancias del momento reclamaban las exhortaciones y avisos de este escrito. Son palabras que exigen una respuesta decidida y pronta, que apague dudas y titubeos. Por otra parte, constituyen una seria amenaza para cuantos obstaculizan el Reino de Dios que ha de venir, y que en cierto modo ha llegado ya.
Apocalypse 1, 4-8
Tras el prólogo (vv. 1-3), una breve consideración (vv. 4-8) introduce el conjunto de las siete cartas que abarcan la primera parte del libro (Apc 1, 4-3, 22). Esa introducción se inicia con un saludo a las siete iglesias del Asia Menor, situadas al oeste de la península entonces llamada Asia proconsular, cuya capital era Éfeso.
El saludo tiene la forma habitual de las cartas del Nuevo Testamento: desea la gracia y la paz de parte de Dios y de Jesucristo (vv. 4-5; cfr 1 Thes 1, 1; 2 Thes 1, 2; etc.), presenta la figura y la obra salvífica de nuestro Señor (vv. 5-8) y su proyección en la historia de todos los tiempos.
Apocalypse 1, 4
Aunque existían otras iglesias locales en Asia Menor, Juan escribe solamente a siete, porque ese número simbolizaba la totalidad; así, como explica Primasio, antiguo autor eclesiástico: «Escribe a las siete iglesias, esto es, a la única iglesia septiforme» (Commentariorum super Apoc, I, 1).
La gracia y la paz son los bienes mesiánicos por excelencia (cfr Rom 1, 7). En esta forma de salutación quedan recogidos los saludos habituales de griegos (jaire, gracia) y judíos (shalom, paz); pero aquí esos términos expresan la gracia, el perdón y la paz alcanzados por la obra redentora de Cristo. En efecto, San Juan desea a los destinatarios estos bienes de parte de Dios, de los siete espíritus y de Jesucristo.
La denominación de Dios como «aquel que es, que era y que ha de venir» amplía el nombre de «Yahwéh» —«Yo soy el que soy»— revelado a Moisés (cfr Ex 3, 14), y pone de relieve que Dios es el Señor de la historia, del presente, del pasado y del futuro, y que en todo tiempo está actuando para salvar.
Los «siete espíritus» representan precisamente el poder de Dios, su omnisciencia y su intervención sobre los acontecimientos de la historia. En Zach 4, 10 se simboliza el poder divino en «los siete ojos de Yahwéh que recorren la tierra». Más adelante, en el Apocalipsis (cfr 5, 6), San Juan indica que los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra son los siete ojos del Cordero, es decir, de Cristo. Con este simbolismo, que ya aparece en el Antiguo Testamento, se enseña que Dios Padre actúa por su Espíritu, y que éste ha sido comunicado a Cristo, y por Cristo a los hombres. De ahí que cuando San Juan desea la gracia y la paz de parte de los siete espíritus de Dios es equivalente a decir de parte del Espíritu Santo, que ha sido enviado a la Iglesia tras la muerte y Resurrección de Cristo. La tradición patrística, en efecto, ha visto representados en los siete espíritus el Espíritu septiforme con sus siete dones, como se contemplan en Is 11, 1-2, según la traducción latina de San Jerónimo —la Vulgata—.
Apocalypse 1, 5-6
Se aplican a Jesucristo tres títulos mesiánicos tomados del Ps 89, 28-38, pero con un sentido nuevo a la luz de la fe cristiana. Jesucristo es «el testigo fiel» del cumplimiento de las promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento de un Salvador, hijo de David (cfr 2 Sam 7, 4; Apc 5, 5), porque, efectivamente, con Cristo ha llegado la salvación. Por eso, más adelante San Juan llamará a Jesucristo el «Amén» (Apc 3, 14), que es como decir que, con la obra de Cristo, Dios ha ratificado y cumplido su Palabra; y le llamará también el «Fiel y Veraz» (Apc 19, 11), porque en Jesucristo se hace patente la fidelidad de Dios y la verdad de sus promesas. Así se ha manifestado en la Resurrección de Jesús, que le constituye «primogénito de los muertos», en cuanto que su Resurrección ha sido la victoria de la que participarán cuantos estén unidos a Él (cfr Col 1, 18). Cristo es también «príncipe de los reyes de la tierra» pues a Él pertenece el dominio universal, que se manifestará plenamente en su segunda venida, pero que ya ha comenzado a actuar venciendo el poder del pecado y de la muerte.
La segunda parte del v. 5 y todo el v. 6 tiene la forma de un canto de alabanza a Jesucristo, y nos recuerda aquellas palabras suyas, referidas a su inmenso amor por nosotros: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Ioh 15, 13). El amor de Cristo por nosotros le llevó, con una generosidad sin límites, a entregar su vida en sacrificio cruento, redimiéndonos de este modo de nuestros pecados. Nosotros no podíamos redimirnos. «Todos los hombres, comenta San Agustín, eran cautivos del diablo y servían a los demonios; pero ya han sido rescatados de esa cautividad. Pudieron venderse a sí mismos, pero no fueron capaces de redimirse. Llegó el Redentor y pagó el precio: derramó su Sangre y compró con ella el orbe de la tierra» (Enarrationes in Psalmos, 95, 5).
El Señor no se contentó con librarnos de nuestros pecados, sino que nos hizo participar de su dignidad real y sacerdotal. «Cristo Señor, Pontífice de entre los hombres (cfr Heb 5, 1-5), del nuevo pueblo ‘hizo (...) un reino y sacerdotes para su Dios y Padre’ (Apc 1, 6; cfr 5, 9-10). Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquél que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cfr 1 Pet 2, 4-10)» (Lumen gentium, n. 10).
Apocalypse 1, 7
La obra de Cristo no ha terminado. Él ha congregado su pueblo santo sobre la tierra para la salvación definitiva, y su manifestación gloriosa a todo el mundo será al final de los tiempos. Aunque el texto dice, en presente, «viene rodeado de nubes», se ha de entender en futuro: el profeta contempló las cosas venideras como si ya estuvieran presentes (cfr Dan 7, 13). Será el día del triunfo definitivo, cuando aquellos que crucificaron a Jesús, «los que le traspasaron» (cfr Zach 12, 10; Ioh 19, 37), verán atónitos la grandeza y la gloria del Crucificado.
«Las Sagradas Escrituras atestiguan que son dos las venidas del Hijo de Dios: una, cuando por nuestra salvación tomó carne y se hizo hombre en el vientre de la Virgen; y la otra, cuando al fin del mundo venga a juzgar a todos los hombres (...) y así como desde el principio del mundo fue siempre muy deseado de todos aquel día del Señor, en que se revistió de carne humana, porque tenían puesta en este misterio la esperanza de su redención, así también, después de la muerte del Hijo de Dios y de su ascensión al Cielo, deseemos nosotros, con afecto vehemente, el otro día del Señor, ‘aguardando la felicidad prometida y la venida gloriosa del gran Dios’ (Tit 2, 13)» (Catecismo Romano, I, 8, 2).
Al comentar este pasaje del Apocalipsis dice S. Beda: «El que vino oculto y para ser juzgado en su primera venida, vendrá entonces de manera manifiesta. Por eso (Juan) trae a la memoria estas verdades, a fin de que lleve bien estos padecimientos aquella Iglesia que ahora es perseguida por sus enemigos y que entonces reinará con Cristo» (Explanatio Apocalypsis, lib. I, cap. 1).
La alegría de quienes han sabido aguardar con esperanza esta manifestación de Cristo, contrastará con el duelo de quienes hayan rechazado hasta el final el amor y la piedad de Dios. «En ese momento todas las tribus de la tierra prorrumpirán en llantos. Y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria» (Mt 24, 30).
Apocalypse 1, 8
La venida del Señor glorioso, la culminación de su señorío, está garantizada por el poder de Dios, dueño absoluto del mundo y su destino. Alfa y Omega son la primera y última letra del alfabeto griego; en este pasaje se utilizan para proclamar que Dios es el principio y el fin de todas las cosas, del mundo y de la historia; el que está presente en todos los tiempos: antes, ahora y en lo sucesivo.
Apocalypse 1, 9-20
Tras el saludo a las iglesias (vv. 4-8) el autor expone el motivo de escribirles: se lo ha ordenado el Señor glorioso (vv. 9-20), pues ha tenido una visión de Cristo resucitado acerca de su Iglesia.
En la Sagrada Escritura es frecuente que el mensaje divino se transmita a los profetas en forma de visión (cfr Is 6; Ez 1, 4-2, 15; etc.; Zach 1, 7-2, 9; etc.). Encontramos relatos de visiones divinas especialmente en «libros de revelación» o «apocalipsis», como Dan 8-12, y también en otros escritos judíos y cristianos, de época inmediatamente anterior y posterior a Jesucristo, que, aunque no incluidos en el canon de la Biblia, intentaban mantener el ánimo de los fieles en medio de las persecuciones.
La visión profética auténtica consiste esencialmente en una elevación singular por parte de Dios del entendimiento del profeta, para que perciba así lo que Dios quiere comunicarle (cfr Suma Teológica, II-II, q. 173, a. 3). En el Apocalipsis, San Juan, al narrar sus visiones, da a conocer el mensaje que ha recibido de Cristo resucitado, que sigue hablando y comunicándose con su Iglesia, entre otros medios, a través de las exhortaciones y enseñanzas contenidas en el libro.
Apocalypse 1, 9-11
Como otros profetas y apóstoles (cfr Ez 3, 12; Act 10, 10; 22, 17; 2 Cor 12, 2-3), Juan se siente arrebatado por la fuerza divina, y, extasiado, escucha la voz del Señor, como el sonido de una trompeta. Es una comparación que de una forma analógica señala el poder y la fuerza de la voz de Dios.
Se enumeran aquí las siete iglesias, elegidas según algunos autores por estar en circunstancias especiales. Simbolizan a la Iglesia universal, y por eso las palabras que contienen las siete cartas están dirigidas a todos los cristianos —que de una forma o de otra— se encuentren en situaciones similares a las de aquellas iglesias del Asia proconsular.
En más de una ocasión vemos el desvelo de los apóstoles por la Iglesia, concretada en las cartas que dirigen a los fieles de sus comunidades. Lo mismo que San Pablo, los demás apóstoles sintieron la solicitud por todas las iglesias (cfr 2 Cor 11, 28; 1 Thes 2, 2). San Pedro escribe a los presbíteros que apacienten el rebaño de Dios, que les ha sido confiado, «gobernando no a la fuerza, sino de buen grado según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón; no como tiranos sobre la heredad del Señor, sino haciéndoos modelo de la grey» (1 Pet 5, 2-3).
Llevado de esa solicitud pastoral, San Juan se muestra solidario de las penas y gozos de los cristianos de entonces. Sus palabras de consuelo proceden, por tanto, de quien conoce bien, porque así se lo enseñó Jesucristo y luego lo experimentó en su vida, que la fidelidad al Evangelio exige abnegación e incluso el martirio. Comunión y solidaridad son expresión de la realidad inefable del Cuerpo Místico de Cristo: todos los cristianos están unidos entre sí y con Jesucristo, cabeza de dicho Cuerpo que es la Iglesia (cfr Col 1, 18; Eph 4, 16; etc.). Las palabras del vidente de Patmos reflejan su profundo amor a Cristo y a la Iglesia. Recordemos que «la caridad es, por consiguiente, la virtud que nos une —más estrechamente que toda otra virtud— con Cristo, en cuyo celestial amor abrasador, tantos hijos de la Iglesia se alegraron de sufrir injurias por Él y soportar y superar todo, aun lo más arduo, hasta el último aliento, hasta derramar su sangre» (Mystici corporis, n. 33).
El Señor, ya al principio de su predicación predijo cuánto se sufriría por su causa. Por ejemplo, en el Sermón de la Montaña, había dicho: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas que os precedieron» (Mt 5, 11-12).
«Día del Señor»: Corresponde al Domingo, dies dominica, el día que la Iglesia estableció como sagrado desde la época apostólica —en lugar del sábado de la Ley Mosaica—, por ser en ese día cuando resucitó Jesucristo. «En este día, exhorta el Concilio Vaticano II, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando de la Eucaristía, recuerden la Pasión, Resurrección y la Gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los ‘ha engendrado de nuevo —mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos— a una esperanza viva’ (1 Pet 1, 3)» (Sacrosanctum Concilium, n. 106). Por ello el Domingo ha de ser santificado, no sólo asistiendo a la Santa Misa, sino también dedicando nuestro tiempo a otras prácticas de piedad, al descanso y a aquellas actividades que fomenten la unión y el trato cordial con los demás, especialmente con la propia familia.
Apocalypse 1, 12-16
En esta primera visión los candelabros representan a las iglesias en oración y recuerdan el candelabro de los siete brazos —la menoráh—, que lucía en el Templo, y que de modo detallado nos describe Ex 25, 31-40. En medio de los siete candelabros, como velando y gobernando las iglesias, aparece un misterioso personaje con forma de hombre. La expresión «Hijo de hombre» tiene su origen en Dan 7, 14, donde —lo mismo que aquí— alude a alguien que se presenta como Juez escatológico. Además, los diversos rasgos de su figura expresan su grandeza: la «túnica talar» simboliza su sacerdocio (cfr Ex 28, 4; Zach 3, 4); el ceñidor de oro, su realeza (cfr 1 Mach 10, 89); los cabellos blancos, su eternidad (cfr Dan 7, 9); «sus ojos como llama de fuego» expresan su ciencia divina (cfr Apc 2, 23) y sus pies de metal aluden a su fortaleza y estabilidad.
Las siete estrellas representan a los ángeles de las siete iglesias (cfr v. 20), que el Señor tiene en su mano como signo de su poder sobre ellas y de su providencia. Por último, el resplandor de su rostro recuerda las teofanías del Antiguo Testamento, mientras que la espada de su boca simboliza la fuerza de su palabra (cfr Heb 4, 12).
Es interesante recordar que el título «Hijo del Hombre» lo había usado el Señor para referirse a sí mismo (cfr, p. ej., Mt 9, 6; Mc 10, 45; Lc 6, 22), y que en el Evangelio de San Juan ese título se refiere siempre a la condición divina y trascendente de Cristo (cfr p. ej., Ioh 1, 51; 3, 14; 9, 35; 12, 23).
Las versiones latinas traducen literalmente el «metal precioso» por «oricalco», aleación brillante de bronce y oro.
Apocalypse 1, 17-19
La manifestación de la gloria de Cristo, como la de Dios, hace sentir al hombre su pequeñez e indignidad, hasta el punto de no poder mantenerse en pie en su presencia. Así les sucedió a los israelitas en el Sinaí (cfr Ex 19, 16-24), y a los apóstoles en el Tabor (cfr Mc 9, 2-8 y par.). Es también la reacción de quien percibe la presencia divina mediante una visión (cfr Ez 1, 29 s.; Dan 8, 18; etc.), y, en el caso del Apocalipsis, la presencia de Cristo glorioso en medio de su Iglesia. Pero la primera palabra de Cristo resucitado hacia los suyos es de paz y confianza (cfr p. ej., Mt 28, 5.10), ahora acompañada del gesto protector de poner su mano derecha sobre la cabeza del vidente.
Cristo resucitado se presenta como el que da seguridad al cristiano, no sólo porque Él tiene dominio absoluto sobre todo —es el primero y el último— sino también porque Él ha participado de la condición mortal del hombre. Por su muerte y Resurrección ha vencido a la muerte y tiene poder sobre ella y sobre el misterioso mundo del más allá, el Hades, o lugar de los muertos (cfr Num 16, 33). Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (Es Cristo que pasa, n. 102).
La visión que tiene San Juan está orientada al bien de toda la Iglesia, por lo que recibe la misión de escribir lo que ve: lo relacionado con el presente y lo que atañe al futuro. El presente incluye la situación de las iglesias en aquel momento y la gloria de Cristo que cuida de ellas (caps. 2-3); el futuro se refiere a las tribulaciones que va a vivir la Iglesia y a la plena instauración del reinado de Cristo en su segunda venida, que supondrá la victoria definitiva sobre los poderes del mal (cfr caps. 4-22).
Apocalypse 1, 20
Para descubrir el contenido y el mensaje de la revelación que San Juan recibe y quiere comunicar en su libro, es preciso conocer el significado oculto, misterioso, que se contiene bajo las imágenes de la visión. Al afirmar que a él se lo desvela el mismo Jesucristo, está indicando que ésa es la verdadera interpretación, y a la vez invita a que en ese mismo sentido se interpreten las figuras de las demás visiones, de las que, normalmente, no dará una explicación como en este caso.
Los ángeles de las siete iglesias pueden significar a los obispos que están al frente de ellas, o a los ángeles custodios que velan sobre cada una, o a las mismas iglesias en cuanto que tienen una dimensión celeste y están ante Dios como los ángeles. En cualquier caso, lo más acertado es pensar que los ángeles de las iglesias, a quienes luego se dirigen las cartas, son los que gobiernan y cuidan a cada iglesia en nombre de Jesucristo. Él es el único Señor, y por eso tiene las estrellas —ángeles— en su mano derecha. En el Antiguo Testamento apareced «ángel de Yahwéh» como el encargado de guiar al pueblo de Israel (cfr Ex 14, 19; 23, 20; etc.), y, según el mismo libro del Apocalipsis, los ángeles son los encargados de gobernar el mundo material (cfr Apc 7, 1; 14, 18; 16, 5). En conclusión, por mediación de los «ángeles» se ejerce el cuidado amoroso y el gobierno de Cristo sobre cada iglesia; pero no es fácil precisar si se trata propiamente de ángeles o de los obispos, o de ambos.
La representación de las iglesias por medio de los candelabros puede estar motivada por la contemplación de la Iglesia desde su dimensión litúrgica, es decir, en cuanto que constantemente permanece en alabanza a Cristo como un candelabro encendido. Recuerda el candelabro de los siete brazos —menoráh— que ardía sin interrupción ante Yahwéh (cfr Ex 27, 20; Lev 24, 3 s.), y que también Zacarías contempla en sus visiones (cfr Zach 4, 1 s.). La imagen de los candelabros es apropiada también a las iglesias, ya que éstas son luz del mundo (cfr Mt 5, 14; Phil 2, 15; etc.).
Chapitre n°2
-1-3, 22. Estos capítulos constituyen la primera parte del libro. Contienen siete cartas a las iglesias antes mencionadas (cfr 1, 11), y representadas cada una por un ángel al que se dirige la carta respectiva. En ellas hablan Jesucristo —mencionado de diversos modos— y el Espíritu Santo. Por eso terminan con la advertencia de que «el que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias». La primera parte de esta fórmula recuerda otras expresiones semejantes del Señor en los Evangelios (cfr p. ej., Mt 11, 15; 13, 9.43; Mc 9, 23), mientras que la segunda parte subraya la acción del Espíritu Santo en las iglesias: hay que estar dentro de la Iglesia, sentir con la Iglesia, para poder oír lo que el Espíritu dice, y que va a quedar consignado por escrito en el libro. Éste, por tanto, se ha de recibir como verdadera palabra de Dios. De esta forma hay que comprender toda la Sagrada Escritura: «Puesto que todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación. Así, pues, toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios esté bien dispuesto, preparado para toda obra buena (2 Tim 3, 16-17)» (Dei Verbum, n. 11).
Aunque diversas entre sí, estas cartas tienen un esquema similar: se menciona el pasado y su contraste con el presente, se formulan unas amenazas y unas promesas que terminan con una exhortación a la penitencia y a la conversión, con la advertencia de la proximidad del momento final y el triunfo definitivo de Cristo.
Apocalypse 2, 1
Éfeso era una ciudad portuaria con gran actividad comercial. Se consideraba, en aquella época, la mayor metrópoli del Asia Menor. Entre las ciudades del próximo Oriente sólo Alejandría le sobrepasaba en población. En el aspecto religioso se distinguía por el culto a la diosa Artemisa o Diana (cfr Act 19, 23 ss.).
San Pablo predicó en Éfeso durante casi tres años con notable éxito. Cuenta San Lucas que allí «la palabra del Señor se propagaba con fuerza y se robustecía» (Act 19, 20). Fue la ciudad cristiana más importante de esta zona en la antigüedad, sobre todo tras la caída de Jerusalén en el año 70. San Juan vivió en Éfeso sus últimos años y allí se venera su tumba.
En las cartas del libro del Apocalipsis, Cristo se presenta a cada iglesia con unos atributos determinados, que guardan cierta relación con la situación en que vive dicha iglesia. A la iglesia de Éfeso, Cristo se le presenta con los símbolos descritos en la visión del capítulo anterior (cfr 1, 12.16). Las siete estrellas en la mano derecha del Señor significan su dominio sobre toda la Iglesia, ya que Él es quien puede dar órdenes a los ángeles que rigen el destino de cada una de ellas. Cristo caminando en medio de los candelabros manifiesta su vigilancia y cuidado amoroso sobre las iglesias, simbolizadas en el candelabro por su oración y vida litúrgica. Puesto que la iglesia de Éfeso era la principal de las siete, Cristo se presenta a esta iglesia como el Señor de todas ellas.
Apocalypse 2, 2-3
Estos versículos constituyen una alabanza a la iglesia de Éfeso por haber tenido paciencia en la prueba y por resistir a los falsos apóstoles. Dos actitudes, la paciencia o constancia y la santa intransigencia, que son virtudes básicas para un cristiano. En efecto, la paciencia es la firme constancia en el bien, sin ceder ante el mal; esta virtud hace que los cristianos sean «perfectos e íntegros, sin defecto alguno» (Iac 1, 4). Es más, «nos gloriamos —afirma San Pablo— en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza» (Rom 5, 3-4). En la Epístola a los Hebreos leemos: «Pues necesitáis paciencia para conseguir los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de Dios» (Heb 10, 36). La paciencia, por otra parte, es la primera manifestación que San Pablo señala al hablar de la caridad (cfr 1 Cor 13, 4) y una de las notas que adornan al verdadero apóstol (cfr 2 Cor 6, 4; 12, 12). El Señor afirma que mediante la paciencia llegaremos a salvar nuestras almas (cfr Lc 21, 19). Como decía San Cipriano, la paciencia «es la que proporciona a nuestra fe un fundamento firmísimo; permite que nuestra esperanza crezca hasta lo más alto; dirige nuestros actos para que podamos mantenernos en el camino de Cristo mientras avanzamos con su ayuda; en fin, hace que perseveremos siendo hijos de Dios» (De bono patientiae, XX).
Otra cualidad de la iglesia de Éfeso, que se repite en el v. 6, es resistir con fortaleza a los falsos apóstoles. Por otros escritos del Nuevo Testamento, en especial por los de San Pablo (cfr 2 Cor 3, 1; Gal 1, 7; Col 2, 8; etc.) y de San Juan (cfr 1 Ioh 2, 19; etc.), sabemos que algunos falseaban el mensaje cristiano interpretándolo torcidamente, tras la apariencia de piedad o de preocupación por los pobres. En nuestro caso, se habla de los nicolaítas, secta herética difícil de determinar. De todas formas, lo importante es destacar la energía de los cristianos de Éfeso en rechazar aquel error. Si esto falta, se da lugar a una falsa tolerancia que es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hombre sin ideal, sin honra y sin Fe (Camino, n. 394).
Apocalypse 2, 4
«No le acusó de falta de caridad —comenta San Francisco de Sales—, sino de que no era como al principio, tan fervoroso, tan dispuesto, tan fecundo, así como solemos declarar de un hombre que de valiente, jovial y gallardo se ha trocado en abatido, triste y decaído» (Tratado del amor de Dios, lib. 4, cap. 22). El Señor, por tanto, se queja de que se ha enfriado en el amor de la primera época.
Para evitar este peligro, al que todos estamos expuestos, es preciso vigilar, rectificar cada día, volver una y otra vez a Dios nuestro Padre. El amor divino, la caridad, no puede apagarse, ha de permanecer ardiendo, cada vez más encendido.
Apocalypse 2, 5
Se exhorta a la conversión, a un cambio de actitud que comporta tres momentos. Primero es preciso el reconocimiento de la propia culpa, la humildad de saberse un pobre pecador: «Reconocer el propio pecado, es más —yendo al fondo de la consideración de la propia personalidad— reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 13). Luego viene el «dolor de amor» o contrición, que nos mueve a cambiar de conducta. Y por último están las obras de penitencia, que nos llevan a una nueva vida más cerca de Dios, en intimidad entrañable con nuestro Señor.
La llamada a la conversión es una constante en la tarea evangelizadora: «Suscitar en el corazón del hombre la conversión y la penitencia y ofrecerle el don de la reconciliación es la misión connatural de la Iglesia, que continúa la obra redentora de su divino Fundador» (Ibid., n. 23). La amenaza consiste en que, si no cambia de conducta, la iglesia de Éfeso perderá su preeminencia entre aquellas iglesias o, quizá, desaparecerá.
Apocalypse 2, 6
Sobre los nicolaítas ver nota a 2, 14-16.
Apocalypse 2, 7
La imagen del árbol de la vida (cfr también Apc 22, 2) alude a Gen 2, 9; 3, 22, donde aparece aquel árbol en medio del Paraíso, fuera del alcance del hombre, como símbolo de la inmortalidad. Ahora es Cristo quien dispone del fruto de aquel árbol y lo promete a quien consiga la victoria. Es la promesa de una felicidad sin fin, más que la amenaza del castigo, lo que constituye un estímulo en la lucha de cada día, procurando vencer la batalla presente, pues no sabemos si esa batalla, quizás pequeña, será la última y definitiva: No podemos detenernos. El Señor nos pide un batallar cada vez más rápido, cada vez más profundo, cada vez más amplio. Estamos obligados a superarnos, porque en esta competición la única meta es la llegada a la gloria del cielo. Y si no llegásemos al cielo, nada habría valido la pena (Es Cristo que pasa, n. 77).
Apocalypse 2, 8
Esmirna está situada a unos sesenta kilómetros al norte de Éfeso. También es una ciudad portuaria y, en aquella época, de las principales de la región, distinguiéndose por su fidelidad a Roma, y por el culto que allí se tributaba al emperador. Cristo se presenta a esta iglesia como verdadero Dios «el Primero y el Último» (cfr Apc 1, 8), esto es, como Aquél que siempre ha existido y nunca dejará de existir. Frente a la divinización del emperador, especialmente cultivada en Esmirna, los cristianos de aquella ciudad vivían con especial intensidad su fe en que sólo Cristo es verdaderamente Señor y Dios, y que como tal se ha manifestado sobre todo en su Resurrección gloriosa.
Por eso recuerda, además, que estuvo muerto pero que ahora ha vuelto a la vida. La forma de los verbos resalta que la muerte de Cristo fue algo transitorio, mientras que su vivir es algo permanente y definitivo (cfr Apc 1, 18).
Apocalypse 2, 9
Los cristianos de Esmirna tuvieron que soportar la persecución y la pobreza, debida, sin duda, a que rehusaban participar en las actividades relacionadas con el culto al emperador. La situación de pobreza puede convertirse en verdadera riqueza, ya que el Señor se complace en lo que es pobre y pequeño (cfr 1 Cor 1, 27-28; Iac 2, 5). Un antiguo autor cristiano escribía: «Dícese que la mayor parte de nosotros somos pobres. Esto no es un oprobio, sino más bien constituye una gloria, pues el espíritu se rebaja con el lujo y se robustece con la frugalidad. Por otra parte, ¿puede ser pobre quien nada necesita, quien no anhela los bienes ajenos, quien es rico a los ojos de Dios? Es pobre de verdad el que teniendo mucho, desea más (...). Así como el viajero camina más gustoso cuando va menos cargado, del mismo modo, en esa carrera de la vida, es más feliz el pobre libre de embarazos, que el rico agobiado por el peso de las riquezas» (Minucio Félix, Octavius, 36, 3-6).
A esto se añadía la calumnia de algunos judíos, que acusaban a los cristianos de agitadores ante los paganos y las autoridades, y que ejercían gran influencia en la población del imperio romano. Así lo refleja el Martirio de San Policarpo, que narra cómo, unos cincuenta años después de escribirse el Apocalipsis, el santo obispo de Esmirna fue martirizado porque los judíos de la ciudad incitaron al pueblo a pedir su muerte (cfr Mart. Pol., XII, XIII, XVII, XVIII).
Puesto que colaboraban de esa forma con la idolatría, en lugar de defender a los adoradores del verdadero Dios, no merecían el título honorífico de «judíos», sino más bien el de servidores de Satanás, el adversario de Dios. Oponiéndose a los cristianos, tenían la misma actitud que los que se habían opuesto a Jesucristo, por lo que fueron calificados de hijos del Diablo (cfr Ioh 8, 44). Tales judíos, aunque se llamen así, no son realmente miembros del Pueblo de Dios, pues como enseña San Pablo «no todos los descendientes de Israel son Israel, ni por ser descendientes de Abrahán según la carne todos son hijos (...). Esto es, no los que son hijos de la carne, esos son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados descendencia» (Rom 9, 6-8). El nuevo y verdadero Israel es la Iglesia de Jesucristo, que «reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los patriarcas, en Moisés y en los profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abrahán según la fe (cfr Gal 3, 7), están incluidos en la vocación del mismo patriarca» (Nostra aetate, n. 4).
La dura acusación de este pasaje del Apocalipsis se refiere a aquellos judíos que en tal circunstancia concreta denunciaban con calumnias a los cristianos, por lo que no ha de aplicarse a los judíos en general, de igual modo que «aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo (cfr Ioh 19, 6), sin embargo lo que se hizo en su pasión no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras» (Nostra aetate, n. 4).
Apocalypse 2, 10
La iglesia de Esmirna no recibe ningún reproche del Señor, sino palabras de ánimo: su situación ha sido prevista por Dios, y aunque por poco tiempo —«diez días» (cfr Dan 1, 12)— todavía aumentará la gravedad de la prueba. De ahí que se exhorte a ser fieles hasta el final, hasta la muerte, para obtener la corona de los vencedores (cfr 1 Cor 9, 25; Phil 3, 14; 1 Pet 5, 4). La imagen está tomada de las competiciones deportivas de la época, en las cuales se recibía una corona hecha con hojas de laurel o con flores lozanas, que simbolizaba la perennidad de la gloria, pero en realidad era algo muerto y caduco.
Encontramos aquí, además, todo un programa de vida: la fidelidad a los compromisos adquiridos, la lealtad permanente al amor de Cristo. Para salvarse es necesaria la perseverancia hasta el final, vivir —en palabras de Santa Teresa de Jesús— «con una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la vida eterna), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajase, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera no tenga devoción para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo» (Camino de perfección, cap. 21, 2). «Es fácil —recordaba Juan Pablo II— ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura toda la vida» (Hom., 27-I-1979).
Apocalypse 2, 11
«Muerte segunda»: Hace referencia a la condenación definitiva. Más adelante se explica en qué consiste y quiénes la padecerán (cfr Apc 20, 6.14; 21, 8).