Apocalypse 2, 12-13
Pérgamo, a unos sesenta kilómetros al norte de Esmirna, es famosa, entre otras cosas, por sus templos. Fue la primera ciudad del Asia Menor en la que se erigió un templo al «divino Augusto» y a la «divina Roma» (año 29 a.C.). Poseía un altar monumental, de mármol blanquísimo, dedicado a Zeus. Además era lugar de peregrinación de enfermos que acudían al templo de Esculapio, dios de la salud y los milagros. Por todo ello se le designa como lugar donde tiene su trono Satanás. Pérgamo era conocida también por su gran biblioteca y su industria de pieles para escribir, llamadas pergaminos precisamente por el nombre de la ciudad.
Cristo se presenta a esta iglesia como juez —aquel cuya palabra es eficaz para separar el bien del mal, para premiar o castigar (cfr 1, 16; 19, 15.21; Heb 4, 12)—, precisamente porque dentro de ella está mezclada la verdad con el error, los que perseveran en la verdadera doctrina con los que mantienen la doctrina de los nicolaítas (cfr v. 15).
La carta comienza elogiando la fidelidad de esta iglesia, incluso en medio de la persecución que costó la vida a Antipas. No sabemos con seguridad quién era Antipas: antiguas tradiciones hacen referencia a su tortura por el fuego en tiempos de Domiciano. Los emperadores exigían el título de Kyrios, Señor, que comportaba el reconocimiento de su condición divina. Esto suponía un culto idolátrico que un cristiano no podía aceptar. Por ello Tertuliano afirma que no había inconveniente alguno en dar el título de Kyrios —Señor— al emperador, si ese título se refiere a su poder temporal, pero que en modo alguno se le podía titular así si se pretende un sentido distinto y religioso «ut dominum dei vice dicam», como si hiciera las veces de Dios (cfr Apologeticum, XXXIV).
El nombre dado a ese cristiano muerto por la fe, «mi testigo fiel», era y es un título honorífico de primer orden para el creyente, pues se aplica a quien permanece fiel a la fe en Cristo, aunque en ello le vaya la vida. En los primeros tiempos, cuando la Iglesia era especialmente perseguida, muchos cristianos, siguiendo el ejemplo de San Esteban, el protomártir (cfr Act 7, 55-60), derramaron su sangre en testimonio valiente y heroico de la fe. Su muerte serena y llena de esperanza fue un medio fecundo para la expansión del cristianismo, hasta el punto de que Tertuliano afirmaba que la sangre de los mártires era semilla de cristianos (cfr Apologeticum, CXCVII). También San Justino refiere que cuanto más crecía el número de los mártires más se multiplicaban los cristianos. Ocurre lo mismo que con la vid cuando es podada: las ramas en que se produce el corte florecen con un nuevo retoño (cfr Diálogo con Trifón, 110, 4).
Apocalypse 2, 14-16
Después de alabar su fidelidad, se expone aquello que hay que corregir: la tolerancia con los que participan en los banquetes cultuales paganos, así como en sus ritos de «fornicación sagrada». Para ello se sirve de la comparación con Balaán, que aconsejaba a las mujeres moabitas que se casaran con los israelitas y les atrajesen al culto de Beelfegor, dios de Moab (cfr Num 31, 16). Respecto a los nicolaítas algunos autores antiguos opinan que fue una herejía suscitada por Nicolás, uno de los primeros siete diáconos (cfr Act 6, 5); sin embargo, esta opinión no parece tener fundamento serio. El error de aquellos herejes era explicable en una sociedad donde los cristianos convivían con los paganos, entre los que abundaban los banquetes sagrados en honor de los ídolos, así como los ritos de índole erótica. Es una situación combatida en más de una ocasión (cfr p. ej. Rom 14, 2.15; 1 Cor 8-10; 2 Cor 2, 16).
Como en 2, 5 se vuelve a exhortar a la conversión, lo mismo que ocurrirá en casi todas las cartas restantes. Juan Pablo II afirma que «en todas las épocas históricas esta invitación constituye la base misma de la misión de la Iglesia» (Alocución, 28-II-82). El Romano Pontífice señala, además, el origen de la conversión: «El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer a Dios de este modo, quienes lo ‘ven’ así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven, pues, in statu conversionis; es este estado el que traza la componente profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris» (Dives in misericordia, n. 13).
Apocalypse 2, 17
En la promesa del maná escondido que recibirán los vencedores, se puede ver la contraposición con el pecado de participar en los banquetes idólatras. También San Pablo contrapone los sacrificios hechos a los ídolos con el sacrificio eucarístico, y enseña que no se puede «beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios (...), participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios» (1 Cor 10, 21). Por otra parte. San Juan nos refiere en otro lugar cómo el Señor alude al maná al hablar de la Eucaristía (cfr Ioh 6, 31-33). Aquel alimento que Yahwéh proporcionó a su Pueblo en el desierto es llamado «pan del cielo» (cfr Ex 16, 4) y también «pan de los ángeles» (cfr Ps 78, 25), siendo objeto de veneración depositado en el Arca de la Alianza (cfr Heb 9, 4). Al decirnos aquí que se trata del maná escondido, se alude a la índole divina y sobrenatural del premio de la bienaventuranza celestial, del cual se participa aquí de manera incoada en la Sagrada Comunión y de forma plena en la vida eterna.
La «piedrecita blanca» hace referencia a la costumbre de mostrar una piedra, sellada de forma adecuada, como contraseña o billete de entrada para poder participar en una fiesta o banquete. El nombre esculpido indica en nuestro caso la participación del cristiano en los bienes que el Señor concede sólo a los vencedores.
Por otra parte la circunstancia de que sólo el que recibe la piedra conoce lo que hay escrito en ella, alude a la relación personal e íntima que hay entre Dios que llama y el hombre que es llamado. Repasad con calma aquella divina advertencia, que llena el alma de inquietud y, al mismo tiempo, le trae sabores de panal y de miel: redemi te, et vocavi te nomine tuo: meus es tu (Is XLIII, 1); te he redimido y te he llamado por tu nombre: ¡eres mío! (Amigos de Dios, n. 312).
Apocalypse 2, 18
Tiatira, situada a unos sesenta y cinco kilómetros al sudeste de Pérgamo, era la menos importante de las siete ciudades mencionadas, pero tenía florecientes industrias de fundición, tejidos y tintorería. En Act 16, 13-15, se refiere la conversión de Lidia, dedicada al comercio de púrpura y originaria de Tiatira. Había numerosos grupos gremiales, que con frecuencia celebraban fiestas patronales en honor de los dioses. Esto constituía un peligro para los cristianos, ya que se veían obligados a tomar parte en dichos festejos.
Jesucristo se presenta explícitamente como el «Hijo de Dios». Es la única vez que en el Apocalipsis se le da este título, aunque se trata de una verdad expresada con frecuencia al decir que Dios es Padre de Cristo (cfr Apc 1, 6; 28, 28; 3, 5.21; 14, 1). Como Hijo de Dios, Jesucristo aparece revestido de los atributos propios de la divinidad: la ciencia divina, por la que es capaz de conocer lo más íntimo del hombre (cfr v. 23), y el poder (cfr nota 1, 14-15). Son los atributos que se van a manifestar especialmente en su actuación de cara a la iglesia de Tiatira.
Apocalypse 2, 19
Se alaban, en primer lugar, las buenas obras de esta iglesia, entre las que se destacan las realizadas en servicio (diakonía) de los pobres (cfr Act 11, 28; Rom 15, 25.31; 1 Cor 16, 15; 1 Pet 4, 10; etc.). A diferencia de Éfeso, sus «últimas obras» son más perfectas que las de antes, es decir, progresan en la virtud.
Apocalypse 2, 20-23
De nuevo recrimina el Señor la tolerancia de aquellos cristianos frente a la participación de algunos creyentes en los cultos paganos, por lo que implicaba de idolatría y perversión moral. Al parecer se trata de la misma herejía de los nicolaítas, esta vez simbolizados con la figura de Jezabel, la esposa del rey Acab, que indujo a gran parte del pueblo al pecado de idolatría (cfr 1 Reg 16.31; 2 Reg 9, 22). Pudiera ser que se tratara de una mujer real —designada simbólicamente con ese nombre bíblico— que se hacía pasar por profetisa y engañaba a muchos, atrayéndolos a la participación en los ritos y banquetes idólatras. Ante tal situación no era admisible el silencio, pues cuando debiendo señalar el error no se hace, se cae en cierta complicidad con él.
Se pone de manifiesto la paciencia de Dios, que ha esperado su enmienda, condenando por fin la obstinación en su pecado. Es una condena que han de tener en cuenta quienes se empecinan en el mal, pues «cuanto más retrasamos salir del pecado y volver a Dios, amonestaba el Santo Cura de Ars, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas. Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros, quedamos más débiles, y el demonio toma mayor ascendiente sobre nuestra persona. De aquí concluyo que, cuanto más tiempo permanecemos en pecado, en mayor peligro nos ponemos de no convertirnos nunca» (Sermones escogidos, Domingo cuarto de Cuaresma).
El castigo será terrible: postrará a Jezabel en el lecho con dolorosa enfermedad (cfr Ex 21, 18; Iud 8, 3; 1 Mach 1, 5). Les advierte que lo mismo ocurrirá con sus seguidores, para ver si de esa forma se arrepienten de sus actos. Es decir: que el Señor sigue esperando la conversión, sirviéndose del mismo castigo como ocasión para que el pecador recapacite y se arrepienta.
Apocalypse 2, 24-28
El conocimiento de «las profundidades de Satanás» era otro aspecto de la herejía nicolaíta, que pretendía poseer doctrinas secretas para la salvación. Ese tipo de conocimientos lo relacionan algunos con el gnosticismo, que ya entonces se propagaba por Oriente.
A cuantos no han seguido esas doctrinas se les exhorta a que perseveren en las buenas obras hasta la llegada del Señor: o bien al fin de los tiempos, o bien en el momento en que cada uno se ha de encontrar con Él después de la muerte.
La promesa hecha a los vencedores está tomada del Salmo segundo (cfr Ps 2, 9), y consiste en participar de la soberanía y el poder de Cristo, alcanzando entonces una comunión plena con Él.
La «estrella de la mañana» es una expresión que en otro pasaje se aplica a Jesucristo (cfr Apc 22, 16). Con estas palabras se insiste, posiblemente, en esa comunión perfecta con el mismo Señor del que persevera hasta el fin. Al simbolismo del poder que se dará a los vencedores, indicado en los vv. 26 y 27, se añade ahora, en el v. 28, la participación en la Resurrección y la Gloria de Cristo, expresada por la imagen de la «estrella de la mañana», que anuncia el día, esto es, la vuelta a la vida, la resurrección.
Chapitre n°3
Apocalypse 3, 1
Sardes, unos cincuenta kilómetros al sureste de Tiatira, era un importante nudo de comunicaciones, y famosa por su acrópolis inexpugnable. Herodoto describe a sus habitantes como gente inmoral y licenciosa (cfr Historia 1, 55). Probablemente este ambiente habría influido también en los cristianos.
Cristo se presenta ahora como el que posee la plenitud del Espíritu para actuar y transformar las iglesias, santificándolas desde dentro (cfr nota a 1, 4). También se presenta como Señor y Soberano de la Iglesia universal (cfr nota a 2, 1), mostrando así que siempre está dispuesto a infundir nueva vida.
A la iglesia de Sardes le recrimina que vive de nombre pero de hecho está muerta, significando que, aunque mantiene apariencias cristianas mediante prácticas exteriores, sin embargo la mayoría de sus miembros —no todos (cfr v. 4)— están alejados de Cristo, sin vida interior, en situación de pecado. Quien vive de esta forma está muerto. Ya nuestro Señor había descrito la situación del hijo pródigo como una muerte: «Este hijo mío —exclama el padre de la parábola— estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15, 24); y lo mismo San Pablo invita a los cristianos a ofrecerse a Dios «como quienes, muertos, han vuelto a la vida» (Rom 6, 13). Ahora, en este pasaje del Apocalipsis, se nos dice que esta situación de muerte, espiritual pero real, se debe a que las obras de aquella iglesia no eran buenas ante Dios (v. 2); eran obras que producían la muerte interior, lo que llamamos pecado mortal. «Siguiendo la tradición de la Iglesia —señala Juan Pablo II—, llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam) (...). El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 17).
Apocalypse 3, 2-3
La vigilancia es necesaria siempre, pero especialmente en determinadas circunstancias. Así ocurre en Sardes, donde todavía hay un grupo que no ha caído en la muerte del pecado. Ante esa situación es preciso reaccionar y confirmar en la fe a los que están en peligro. Conviene recordar cuanto en un principio se aprendió, rememorar las enseñanzas recibidas y tratar de conformar con ellas la propia vida. Aquí no sólo se exhorta a la conversión, sino que se concreta el modo de realizarla: confrontando y adecuando la vida con la Palabra de Dios. Y es que nadie está seguro, —enseña comentando este pasaje San Josemaría Escrivá— si deja de pelear consigo mismo. Nadie puede salvarse solo. Todos en la Iglesia necesitamos de esos medios concretos que nos fortalecen: de la humildad, que nos dispone a aceptar la ayuda y el consejo; de las mortificaciones, que allanan el corazón, para que en él reine Cristo; del estudio de la Doctrina segura de siempre, que nos conduce a conservar en nosotros la fe y a propagarla (Es Cristo que pasa, n. 81).
«Vendré como un ladrón»: Esta imagen se halla también en otros escritos del Nuevo Testamento (cfr Mt 24, 42-51; Mc 13, 36; Lc 12, 39 ss.; 1 Thes 5, 2; 1 Pet 3, 10). No se quiere decir que el Señor esté al acecho para sorprender desprevenido al hombre, como un cazador que trata de abatir su presa. Se trata sencillamente de una advertencia a que vivamos en gracia de Dios, preparados para rendir cuentas al Señor. De ese modo, no correremos el riesgo de encontrarnos con las manos vacías en el momento de la muerte. Llegará aquel día, que será el último y que no nos causa miedo: confiando firmemente en la gracia de Dios, estamos dispuestos desde este momento, con generosidad, con reciedumbre, con amor en los detalles, a acudir a esa cita con el Señor llevando las lámparas encendidas. Porque nos espera la gran fiesta del Cielo (Amigos de Dios, n. 40).
Apocalypse 3, 4-5
En medio de aquel ambiente corrompido existen cristianos que no se han contaminado con los cultos y costumbres inmorales de los paganos, y que mantienen, por tanto, su fidelidad cristiana, simbolizada en el vestido blanco. De esta forma podrán seguir a Cristo en su triunfo y formar parte de la Iglesia de los santos. En más de una ocasión las visiones de San Juan hablarán de los bienaventurados vestidos con túnicas blancas (cfr Apc 7, 9.13; 15, 6; 19, 14). Con este color se simboliza no sólo la pureza, sino también la alegría del triunfo.
El símbolo del «libro de la vida», frecuente en el Apocalipsis (cfr 13, 8; 17, 8; 20, 12.15; 21, 27; etc.), es una imagen tomada del Antiguo Testamento, donde se afirma que los que pertenecen al pueblo de Israel son registrados en «el libro de la vida», llamado también «el libro de Dios» (cfr Ps 69, 29; Ex 32, 32 ss.). Los que están escritos en él tendrán parte en las promesas de salvación (cfr Is 4, 3), mientras que aquellos que no sean fieles a la Ley serán excluidos del Pueblo de Dios y borrados del «libro de la vida». Además del Apocalipsis, en otros libros del Nuevo Testamento se utiliza también esta imagen (cfr, p. ej.. Lc 10, 20; Phil 4, 3).
El nombre de los vencedores permanecerá escrito en el «libro de la vida», donde figuran los que han sido fieles a Cristo, lo mismo que figuraban aquellos que pertenecían al pueblo de Israel.
Por último, en el día del juicio, los cristianos que hayan permanecido fieles, gozarán del testimonio de Cristo en su favor (cfr Mt 10, 32; Lc 12, 8).
Apocalypse 3, 7
Filadelfia pertenecía a la provincia de Lidia y se encuentra a unos cuarenta y cinco kilómetros al sureste de Sardes. Su situación geográfica le constituía en una puerta de acceso a toda la Frigia. Por eso dirá el autor sagrado que hay en ella una puerta abierta, expresión que también usa San Pablo para referirse a las posibilidades en el apostolado (cfr 1 Cor 16, 2; 2 Cor 2, 12, Col 4, 3).
Había sufrido un terremoto hacia el año 17 d.C., circunstancia a la que se alude con la promesa de que se hará sólida columna del templo de Dios (v. 12). Al ser reconstruida, se le cambió de nombre, Neocesarea, aunque fue un nombre que pronto cayó en desuso. En cambio, el nombre que aquí se promete (cfr v. 12), el nombre de Dios y el de la nueva Jerusalén, el nombre nuevo, permanecerá para siempre. En Filadelfia había un grupo numeroso e influyente de judíos a los que se refiere el v. 9, donde se habla de que muchos de ellos acabarán convirtiéndose y reconociendo a la Iglesia, Esposa muy amada de Jesucristo.
Los títulos con que Jesucristo se denomina manifiestan claramente su divinidad: el calificativo de «el Santo» es propio de Yahwéh, como vemos con frecuencia en el Antiguo Testamento (cfr Lev 11, 44; Ios 24, 19; Is 6, 3; 13, 6; Iob 6, 10; etc.). En cuanto al título «el Veraz», el Verdadero —empleado también por San Juan en su Evangelio (cfr, p. ej., Ioh 1, 9; 4, 23; 7, 28; 15, 1; 17, 3)—, evoca la firmeza y la constancia, la fidelidad (émet en hebreo) del Señor en cumplir sus promesas (cfr Ps 86, 15; 116; 135). Por otra parte, la expresión «el que tiene la llave de David», con poder de abrir y cerrar, significa la soberanía absoluta de Cristo en el Reino mesiánico. Esta misma metáfora había sido utilizada por el Señor al conferir el primado a San Pedro (cfr Mt 16, 19) y al transmitir sus poderes al Colegio Apostólico (cfr Mt 18, 18).
Apocalypse 3, 8-12
Elogia la fidelidad de estos cristianos a pesar de sus limitaciones. Como premio se les concede una puerta abierta, que el enemigo no podrá cerrar. Con esta metáfora se les asegura el éxito apostólico, por encima de las dificultades que los enemigos suscitarán (cfr 1 Cor 16, 9; 2 Cor 2, 12; Col 4, 3). También se pueden interpretar esas palabras como una promesa de tener libre la entrada en el Reino.
Sobre la «sinagoga de Satanás», cfr la nota a Apc 7, 9. La promesa de que los enemigos reconocerán su derrota y acatarán al vencedor recuerda a Is 49, 23 y 60, 14, donde se predice el homenaje y acatamiento que las naciones profesarán al Pueblo elegido. Antes, sin embargo, sobrevendrá una tribulación de alcance universal, tal como se describe más adelante (cfr Apc 8-9 y 16). Entonces serán protegidos los que permanecieron fieles. En cuanto a la llegada inminente que se anuncia, recordemos lo dicho en Apc 1, 1 respecto a la amplitud con que debemos considerar el valor temporal de estas frases (cfr también Apc 22, 12.20). Al final, después de la lucha y de la victoria, la iglesia de Filadelfia será columna del templo, es decir ocupará un lugar preeminente (cfr Gal 2, 9).
Al decir que no ha negado el nombre de Jesús, a pesar de sus pocas fuerzas, se está señalando de forma implícita que la fortaleza para vencer le ha venido de Dios, que muchas veces actúa y triunfa por medio de la debilidad y la limitación del hombre. Ya San Pablo decía en este sentido a los fieles de Corinto: «Considerad si no, hermanos, vuestra vocación; pues no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; escogió Dios a lo vil, a lo despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir lo que es, de manera que ningún mortal pueda gloriarse ante Dios» (1 Cor 1, 26-29).
Apocalypse 3, 14
Laodicea se encuentra en los confines de Frigia, a unos sesenta y cinco kilómetros al sureste de Filadelfia. Es mencionada también por San Pablo cuando recomienda a los de Colosas que se intercambien las cartas que les escribió a ellos y a los de Laodicea (cfr Col 4, 16).
Jesucristo recibe el título de «Amén». Es una denominación que encontramos en Is 65, 16 aplicada a Yahwéh. Con una expresión similar habla San Pablo de Cristo en 2 Cor 1, 20. En ambos textos se trata de un nombre divino que, aplicado a Cristo, supone una afirmación de su naturaleza divina. El «Amén» hace referencia a la verdad, y está en relación con el título de «Veraz» de la carta anterior. Destaca la condición estable y firme, leal e inmutable del Señor. Por eso lo que sigue, «el testigo fiel y veraz», es una aposición que aclara el significado genuino del apelativo «Amén» (cfr 1, 5).
La interpretación más adecuada de la frase «el principio de la creación» es la que ve en ella una expresión del papel que Jesucristo tiene en la creación: pues «todo fue hecho por él» (Ioh 1, 3), y por tanto es el creador de cielos y tierra junto con el Padre y el Espíritu Santo.
Apocalypse 3, 15-16
Las circunstancias prósperas en que vivía Laodicea pudieron contribuir a la situación de laxitud y de tibieza recriminadas. Recuerda la actitud que había adoptado también Israel en los momentos de prosperidad: cuando todo iba bien, el pueblo se olvidaba de Yahwéh cayendo en una vida relajada y muelle (cfr p. ej., Dt 31, 20; 32, 15; Os 13, 16; Ier 5, 7).
La existencia de aguas termales, próximas a la ciudad, da pie a esa comparación tan expresiva, que es una seria amenaza contra la tibieza. Así se manifiesta la repugnancia divina ante la mediocridad y el aburguesamiento. Como observa Casiano, uno de los fundadores del monaquismo occidental, es preciso sacudir con energía esos principios de tibieza: «Nadie atribuya su descarrío a un repentino derrumbamiento, sino (...) a haberse apartado de la virtud poco a poco, por una pereza mental prolongada. De ese modo es como comienzan a ganar terreno insensiblemente los malos hábitos, y sobreviene una situación extrema. ‘El derrumbamiento viene precedido por un deterioro y éste por un mal pensamiento’ (Prv 16, 18). Sucede lo mismo que con una casa: se viene abajo un buen día sólo en virtud de un antiguo defecto en los cimientos o por una desidia prolongada de sus moradores» (Collationes, VI, 17).
Tibieza y mediocridad espirituales son muy afines. En cualquier caso no son camino de vida cristiana. En palabras del Fundador de la Universidad de Navarra: ‘In medio virtus...’ —En el medio está la virtud, dice la sabia sentencia, para apartarnos de los extremismos. —Pero no vayas a caer en la equivocación de convertir ese consejo en eufemismo para encubrir tu comodidad, cuquería, tibieza, frescura, falta de ideales, adocenamiento.
Medita aquellas palabras de la Escritura Santa: ‘¡ojalá fueras frío, o caliente! Mas por cuanto eres tibio y no frío, ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca’ (Surco, n. 541).
Apocalypse 3, 17-19
La iglesia de Laodicea no se daba cuenta de su peligrosa situación espiritual. El florecimiento de su industria y comercio, así como la falta de persecuciones, le hacía creerse rica y sin necesidad de nada, uniendo a la tibieza el orgullo y la soberbia. Los fieles de aquella iglesia habían caído en el peligro de autosuficiencia que toda riqueza lleva consigo, y que movió al Señor a decir que difícilmente entrarán los ricos en el Cielo (cfr Mt 19, 23), destacando a menudo el peligro de apegamiento a los bienes materiales (cfr Lc 1, 53; 6, 24; 12, 21; 16, 19-31; 18, 23-25). Engreídos por su buena posición económica no caían en la cuenta de la necesidad de la gracia divina, en comparación de la cual todos los bienes del mundo no valen nada. En este sentido dice San Pablo: «Cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo estimo como pérdida. Aún más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él perdí todas las cosas, y las considero como basura con tal de ganar a Cristo...» (Phil 3, 7-8).
En Laodicea existía una importante industria textil, dedicada en especial a la fabricación de tejidos de lana negra. En lugar de ponerse esos tejidos han de vestirse con las vestiduras blancas, que sólo el Señor puede facilitar y que son el distintivo de los elegidos (cfr, p. ej., Mt 17, 2 y par; Apc 3, 4-5; 7, 9). Por otra parte, Laodicea era famosa también por sus oculistas, tales como Zeuxis y Filetos, que habían conseguido un colirio de gran eficacia. Jesucristo ofrece un colirio todavía mejor: con él percibirán los laodicenses la gravedad de su estado. Esta seria amenaza no proviene de la ira de Dios sino de su amor de Padre que, precisamente porque ama, reprende y corrige: «Al que Yahwéh ama le corrige, y aflige al hijo que le es más querido» (Prv 3, 12). Tras citar estas palabras, la Epístola a los Hebreos añade: «Lo que sufrís sirve para vuestra corrección. Dios os trata como a hijos, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija? Si se os privase de la corrección, que todos han recibido, seríais bastardos y no hijos» (12, 7-8).
«Ten, pues, celo»: Equivale a decir: Sal, por tanto, de la tibieza y entra en el fervor de la caridad, en el celo ardiente por la gloria de Dios.
Apocalypse 3, 20-21
La imagen de Cristo llamando a la puerta es de las más bellas y enternecedoras de la Biblia. Recuerda al Cantar de los Cantares, en donde el esposo exclama: «¡Ábreme, hermana mía, amada mía, inmaculada mía! Que está mi cabeza cubierta de rocío y mis cabellos de escarcha de la noche» (Cant 5, 2). Es un modo de expresar el afán divino que nos llama a una intimidad mayor, y lo hace de mil formas a lo largo de nuestra vida. Hay que estar a la escucha y abrir las puertas a Cristo. Poéticamente evoca esta escena un escritor del siglo de Oro español:
«¡Cuántas veces el ángel me decía:
‘Alma, asómate ahora a la ventana;
verás con cuánto amor llamar porfía!’
¡Y, cuántas, Hermosura soberana,
‘mañana le abriremos’, respondía,
para lo mismo responder mañana!»
(Lope de Vega, Rimas sacras, Soneto 18).
El Señor espera nuestra correspondencia a su llamada, y cuando nos esforzamos en responder reavivando la vida interior, llega a producirse el gozo inefable de la intimidad con Él. Al principio costará; hay que esforzarse en dirigirse al Señor, en agradecer su piedad paterna y concreta en nosotros. Poco a poco el amor de Dios se palpa —aunque no es cosa de sentimientos—, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos persigue amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta, y llamo (Apoc. III, 20). ¿Cómo va tu vida de oración? ¿No sientes a veces, durante el día deseos de charlar más despacio con Él? ¿No le dices: luego te lo contaré, luego conversaré de esto contigo? (...). La oración se hace continua, como el latir del corazón, como el pulso. Sin esa presencia de Dios no hay vida contemplativa; y sin vida contemplativa de poco vale trabajar por Cristo, porque en vano se esfuerzan los que construyen, si Dios no sostiene la casa (cfr Ps 106, 1) (Es Cristo que pasa, n. 8).
Jesucristo afirma que los que venzan se sentarán con Él en su trono. Una respuesta parecida había dado a San Pedro cuando prometió a los apóstoles que se sentarían en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (cfr Mt 19, 28; 20, 20 ss.). Por «trono» se entiende la potestad soberana que Cristo ha recibido del Padre. Por tanto, la promesa de sentarse en él es un modo de expresar la participación en el triunfo y realeza de Cristo por parte de quienes le son fieles (cfr 1 Cor 6, 2-3).
Chapitre n°4
Apocalypse 4, 1-3
Cristo resucitado y glorioso, que había hablado antes a San Juan (cfr 1, 10-13), le invita ahora, en una nueva visión, a subir al cielo para contemplar los decretos de Dios sobre el mundo. «Tener una visión», «ser elevado al cielo» o «caer en éxtasis» son tres formas diversas de expresar una misma realidad: que Dios revela algo al autor del libro. Puesto que de ahora en adelante va a tratar de cosas que pertenecen a los designios divinos, totalmente trascendentes al conocimiento humano, el autor emplea la imagen de «subir al cielo», para poder contemplar allí las cosas que pertenecen al ámbito celeste, es decir, a Dios. «Subir al cielo» es equivalente a «caer en éxtasis», lo que significa ser poseído de forma extraordinaria por el Espíritu Santo, para percibir lo que Dios quiere manifestarle mediante una revelación (cfr nota a 1, 10).
Se le va a revelar «lo que ha de suceder después», es decir, los acontecimientos relacionados con el futuro, pero que ya han comenzado a realizarse en el tiempo en que vive el autor del libro, y que culminarán al final de la Historia. La revelación que recibe le desvela el sentido último de lo que ya está sucediendo en el tiempo, pues el desenlace final está garantizado por el poder de aquel que se lo revela: Jesucristo.
En la descripción del Cielo resalta ante todo la majestad y la soberanía de Dios. El Cielo es presentado con la imagen del trono, tomada de los profetas Isaías (cfr Is 6, 1) y Ezequiel (cfr Ez 1, 26-28; 10, 1). El aspecto de Dios se compara a los colores vivos de las piedras preciosas, evitando así representaciones antropomórficas. La mención del arco iris alrededor del trono no sólo viene a destacar el aspecto celeste de Dios, sino que también recuerda que es el mismo Dios misericordioso que prometió no destruir a la humanidad (cfr Gen 9, 12-17).
Apocalypse 4, 1
Se inicia la segunda parte del Apocalipsis, que comprende el resto del libro hasta el Epílogo. El autor describe las visiones que conciernen al porvenir de la humanidad y, sobre todo, a su final con el triunfo definitivo de nuestro Señor Jesucristo en su segunda venida. Comienza con una solemne introducción (caps. 4-5), para pasar, como en una primera sección (6, 1-11, 14), a las visiones de los siete sellos y de las seis primeras trompetas, en las que contempla los acontecimientos previos al combate final, con la victoria definitiva de Cristo. El combate comienza con el toque de la séptima trompeta y se va desarrollando, como en una segunda sección (11, 15-22, 5), hasta la derrota completa de la bestia y el establecimiento definitivo del Reino de Dios en la Jerusalén celestial.
En la visión introductoria (caps. 4-5) se describe, en primer lugar, la grandeza de Dios en el Cielo, su gloria, reconocida y cantada por todas las criaturas (cap. 4). Sólo Él tiene en sus manos los destinos del mundo y de la Iglesia. Nadie los puede conocer, excepto Jesucristo, que, por su muerte y Resurrección, nos desvela los planes divinos de salvación. Todo esto viene expresado en el cap. 5 con la imagen del Cordero que tiene poder para abrir el libro y sus siete sellos.
Apocalypse 4, 4
La soberanía que Dios ejerce sobre el mundo —representada en el trono— es participada por algunos que, en la visión, se contemplan también sentados en tronos. Se les describe simbólicamente como veinticuatro ancianos que forman una especie de Senado o consejo celestial de Dios. A lo largo del libro estos veinticuatro ancianos aparecen con frecuencia, siempre junto a Dios, tributándole gloria y adoración (cfr 4, 10; 5, 9; 19, 4), ofreciéndole las oraciones de los fieles (cfr 5, 8), o explicando al autor del libro lo que está viendo (cfr 5, 5; 7, 13). No sabemos exactamente si representan a los ángeles o a los santos en el Cielo. Los Santos Padres y los comentaristas recientes los interpretan en ambos sentidos.
El número simbólico de veinticuatro y la forma de describirlos nos inclinan a pensar que se trata de los santos glorificados. Son doce más doce, es decir, el número de las Tribus de Israel más el de los Apóstoles. A éstos ya había prometido el Señor que se sentarían en tronos (cfr Mt 19, 28). Los veinticuatro ancianos representarían pues, a la Iglesia celeste, que incluye el antiguo y el nuevo Israel, y que, en el Cielo, tributa a Dios la alabanza perfecta, e intercede por la Iglesia en la tierra. También se ha visto el número veinticuatro como reflejo de las veinticuatro clases sacerdotales del judaísmo, destacándose así el aspecto de la liturgia celeste (cfr 1 Chr 24, 7-18; 25, 1.9-13). En cualquier caso, las vestiduras blancas significan que han conseguido la salvación definitiva (cfr 2, 5); y las coronas de oro, el premio que han merecido (cfr 2, 10), o su posición eminente entre los cristianos, que tienen la promesa, si salen vencedores, de sentarse en el trono de Cristo (cfr 3, 21).
Con las visiones de carácter simbólico, el Apocalipsis muestra la unión entre la Iglesia triunfante y la Iglesia militante, y en concreto la relación entre la alabanza a Dios que se realiza en el cielo y la que, en la tierra, tributamos al Señor en la Liturgia. Así lo enseña también el Concilio Vaticano II: «En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios (...). Cantamos al Señor el himno de la gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos también gloriosos con Él» (Sacrosanctum Concilium, n. 8).
Apocalypse 4, 5
Esta visión se parece a las teofanías del Antiguo Testamento, en especial a la del Sinaí. Allí también la presencia del Señor se manifestó con relámpagos y truenos (cfr Ex 19, 16). La tempestad simboliza también de ordinario el poder y la majestad de Dios que se revela (cfr Ps 18, 14; 50, 3; etc.) y despliega su poder salvífico. Más adelante el autor volverá a mencionar, con mayor detalle, los signos de la manifestación de Dios, dando así un carácter progresivo al contenido del libro (cfr Apc 8, 5; 11, 19; 16, 18; etc.). Considerar el fuego como expresión del Espíritu de Dios ha pasado a ser tradición común en la Iglesia. Sobre los siete espíritus, cfr nota a 1, 4.
Apocalypse 4, 6-7
Para describir la majestad de Dios en el Cielo, San Juan emplea elementos simbólicos cuya significación, a veces, no es fácil de determinar. Así ocurre con la imagen del mar transparente como el cristal, y con los cuatro seres vivos en medio y alrededor del trono. Podemos pensar que ese cuadro viene a ser como una réplica celeste de la disposición del templo construido por Salomón, en el que ante el sancta sanctorum, lugar de la presencia de Dios, había una gran pila de agua para las purificaciones, llamada mar de bronce, y figuras de animales, doce toros (cfr 1 Reg 7, 23-26; 2 Chr 4, 2-5). Esta semejanza entre el Cielo y el templo sería expresión de la relación entre la liturgia terrena y la celestial (cfr nota a 4, 4).
El mar transparente se puede entender también como alusión al dominio absoluto de Dios sobre todos los poderes del mundo. En efecto, el mar en la tradición bíblica es con frecuencia símbolo de los poderes tenebrosos (cfr Apc 13, 1; 21, 1). Pero ante Dios es totalmente transparente, es decir, Dios tiene dominio sobre él, de igual forma que, según Gen 1, 2, el espíritu de Dios operaba sobre la superficie de las aguas.
Por otra parte, en Apc 15, 2 se dice que sobre ese mar transparente se mantendrán en pie los bienaventurados alabando al Señor: como los israelitas pasaron el mar Rojo, así pasarán también, por encima de ese mar sólido, los vencedores de la bestia, para llegar hasta Dios.
El autor del Apocalipsis se apropia las imágenes con que los profetas describían la gloria de Yahwéh. La representación de los cuatro seres y el aspecto de cada uno depende estrechamente del profeta Ezequiel, en su visión del «carro de Yahwéh» transportado por cuatro seres celestes, ángeles, que representan la inteligencia, la nobleza, la fuerza y la agilidad (cfr Ez 1, 10; 10, 12; Is 6, 2).
La tradición cristiana, ya desde San Ireneo, ha considerado a los cuatro seres como representación de los cuatro evangelistas, ya que ellos son los portadores de la figura de Jesucristo: el hombre simboliza a San Mateo, cuyo evangelio comienza con la genealogía humana de Cristo; el león a San Marcos que inicia su obra hablando de la voz que clama en el desierto, donde se oye el rugido del león; el toro hace referencia a los sacrificios del Templo, lugar donde sitúa San Lucas el principio de su relato; el águila representa a San Juan, que se remonta hasta lo más alto para contemplar la divinidad del Verbo.