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Apocalypse 4, 8-11
El canto de los cuatro seres es el mismo que oye el profeta Isaías a los serafines de seis alas, en su visión de Dios en el Templo de Jerusalén (cfr Is 6, 1-3). San Juan modifica el final del cántico introduciendo el nuevo nombre de Dios, a partir del significado de Yahwéh (cfr nota a Apc 1, 4). Los cuatro seres, que por el número cuatro simbolizan el gobierno de todo el universo, tienen la iniciativa en la adoración y en la alabanza. Pero a ellos se une todo el pueblo de Dios representado en los veinticuatro ancianos, es decir, la Iglesia triunfante en el Cielo. Arrojar las coronas significa reconocer que su triunfo se debe a Dios, y a Él solo pertenece el poder. El motivo fundamental de la alabanza es aquí la obra creadora de Dios. Al narrar esta visión, el autor del Apocalipsis está invitando a la Iglesia peregrina aún en la tierra a unirse a la adoración y a la alabanza que en el Cielo se tributa a Dios creador.
La Iglesia hace suya esta alabanza en la liturgia eucarística: al final del Prefacio, se repite el canto angélico del Sanctus como preparación inmediata a la recitación del Canon. Este canto angélico, común en el cielo y en la tierra, nos hace pensar en el aspecto trascendente de la Misa, donde el culto a Dios rebasa las fronteras del espacio y del tiempo, alcanzando un valor que incide positivamente en el mundo entero.
En efecto, todos los cristianos, por la Comunión de los santos, reciben las gracias de cada Misa, tanto si se celebra ante miles de personas o si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído. En cualquier caso, la tierra y el cielo se unen para entonar con los Ángeles del Señor: Sanctus, Sanctus, Sanctus... (Es Cristo que pasa, n. 89). Sobre esta intercomunicación de alabanza y de gratitud, de gracias y de perdón, que se da en la celebración eucarística dice el Santo Cura de Ars: «La Santa Misa alegra a toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellas derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos» (Sermones escogidos, Domingo segundo después de Pentecostés).


Chapitre n°5
Apocalypse 5, 1-5
El libro sellado contiene los misteriosos designios salvíficos de Dios que nadie en el mundo puede desvelar (v. 3). Sólo Cristo resucitado podrá tomar el libro y mostrar su contenido (v. 6-7). Por ello, es alabado por los cuatro seres, por los ancianos (v. 8-10), por una inmensa multitud de ángeles (v. 11-12) y por la creación entera (v. 13-14).
La imagen de un libro —o un rollo—, conteniendo los misteriosos designios de Dios sobre la humanidad, la había usado especialmente el profeta Daniel (cfr Dan 12, 4-9; también Is 29, 11), afirmando que la profecía estaría sellada hasta los últimos tiempos. San Juan toma ahora esa imagen para mostrar que con Cristo ha comenzado ese final, y por tanto se van a revelar los designios de Dios. El número de siete sellos acentúa el carácter oculto de su contenido; estar escrito por las dos caras subraya su riqueza.
Conocer cuanto hay escrito en él, el designio de Dios, afecta profundamente al autor del Apocalipsis, y a todo hombre, pues significa descubrir el sentido de la vida, y liberar al hombre de la angustia frente a las vicisitudes de la historia y la oscuridad del final. De ahí que el autor del Apocalipsis llore angustiosamente porque nadie puede abrir el libro.
Al estar cerrado se retrasa la manifestación de la salvación de los hombres y el consuelo de la Iglesia. Pero pronto cesan las lágrimas al saber que Cristo, llamado aquí «león de la tribu de Judá» y «vástago de David» (cfr Gen 49, 9; Is 11, 1.10), ha triunfado y, precisamente por su triunfo, es capaz de abrir los siete sellos.
Ese triunfo de Cristo contempla la Iglesia cuando «cree que Cristo, muerto y resucitado por todos da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su altísima vocación (...). Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se hallan en su Señor y Maestro» (Gaudium et spes, n. 10). «En realidad —añade el Concilio— el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (Rom 5, 14), es decir, de Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de la vocación» (Gaudium et spes, n. 22).


Apocalypse 5, 6-7
La razón del poder de Cristo para abrir el libro está en su muerte y Resurrección, realidad expresada con la figura del Cordero, de pie, erguido y triunfante, y al mismo tiempo inmolado, sacrificado. Ya en el cuarto Evangelio, Juan el Bautista llama a Cristo «Cordero de Dios» (Ioh 1, 29.36). En el Apocalipsis llega a ser la denominación más frecuente: Cristo es el Cordero exaltado hasta el trono de Dios y actuando con poder sobre el Universo (cfr Apc 5, 8.12-13; 6, 1.16; 7, 9-10; 13, 8; 15, 3; etc.). Es por tanto un título cristológico característico de los escritos de San Juan, tan lleno de profundidad y riqueza teológica, que la Iglesia lo mantiene con especial veneración. Así lo usa con frecuencia en la Liturgia, especialmente en la Santa Misa, cuando después del rito de la paz, invoca al Cordero de Dios por tres veces, y en el momento de la Comunión lo presenta ante los fieles como Aquél que quita el pecado del mundo, al tiempo que proclama dichosos a los invitados a su banquete nupcial (cfr Apc 19, 9).
La imagen del Cordero evoca al cordero pascual, con cuya sangre se tiñeron los dinteles de las casas judías, como señal para librarles del castigo divino que el Ángel de Yahwéh infligió a Egipto (cfr Ex 12, 7.13). A la figura del Cordero se refiere San Pablo al decir que «Cristo, nuestro Cordero pascual, fue inmolado» (1 Cor 5, 7). En un momento cumbre del profetismo del AT, Isaías presenta al Mesías bajo la figura del Siervo paciente de Yahwéh, que «era llevado al sacrificio como un cordero» (Is 53, 6). San Pedro, apoyado en Is 53, 12, afirma que el Señor «llevó nuestros pecados en su cuerpo, para que, muertos a nuestros pecados, vivamos para la justicia» (1 Pet 2, 24).
Junto a este aspecto expiatorio, el Apocalipsis destaca el poder triunfal del Cordero resucitado, al colocarlo de pie sobre el trono, en el centro de la visión: su poder está representado en los cuernos y su conocimiento en los ojos. Todo ello en plenitud, expresada a través del número siete. También los siete espíritus del Cordero indican la plenitud del Espíritu que Cristo posee y envía a su Iglesia (cfr nota a Apc 1, 4 y 4, 5). Culmina así la descripción de Cristo resucitado y triunfante, que, en su victoria, desvela el misterio de Dios.


Apocalypse 5, 8-10
La grandeza de Cristo-Cordero viene reconocida y proclamada por el culto que recibe, en primer lugar, de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos; luego de todos los ángeles y por fin de la creación entera (vv. 11-13). Son tres momentos que San Juan señala para destacar la alabanza de la Iglesia celestial, a la que se une la Iglesia peregrina en la tierra, mediante la oración simbolizada en la imagen de las copas de oro. Más adelante, en Apc 15, 7 ss., se vuelve a hablar de siete copas, cuyo contenido es la ira de Dios, suscitada por el clamor de los justos, cruelmente atormentados por los agentes del mal.
Así se subraya con fuerza el valor de las plegarias de quienes son fieles a la voluntad divina. En efecto, «la oración fervorosa del justo puede mucho» (Iac 5, 16), pues «la oración del humilde traspasa las nubes, y no descansa hasta que llega a su destino, ni se retira hasta que el Altísimo fija en ella su mirada» (Eccl 35, 21).
El «cántico nuevo» proclama que sólo Cristo dispone de los destinos de mundo y de los hombres, y esto es así en razón de su propio sacrificio como víctima propiciatoria por excelencia. En efecto, Cristo conquista con su sangre un Pueblo inmenso, formado por gentes de todo el mundo, que viene a ser su Pueblo santo y elegido, alcanzando así su culmen aquel Pueblo que iniciaba su historia en el Sinaí (cfr Ex 19, 6; 1 Pet 2, 9 s.). Al decirse que han sido rescatados de todos los pueblos y razas se está manifestando la universalidad de la salvación, los planes redentores del Señor «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Esta voluntad divina no nos exime del esfuerzo y la lucha por merecer la salvación, pues como enseña San Agustín: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Sermo, 169, 11). Así lo expresaba otro autor en la antigüedad, Juan Casiano: «Sabemos que Dios proporciona a cada cual ocasión de salvarse: a unos de una manera, a otros de otra. Pero el responder esforzada o remisamente a esa voluntad de salvación depende de nosotros» (Collationes, III, 12).
«Compraste para Dios»: En numerosos e importantes manuscritos griegos se lee «nos compraste para Dios», e incluso en algunos cambia también la lectura del versículo siguiente: «nos hiciste un reino... y reinaremos». La antigua traducción latina, la Vulgata, recogió esta lectura en la que resalta que los que entonan el cántico son hombres, la Iglesia triunfante en el Cielo. La nueva versión oficial de la Iglesia, la Neovulgata, sigue el texto griego que parece más probable. El sentido, en realidad, no cambia.


Apocalypse 5, 11-14
La gran muchedumbre de ángeles rodeando el trono como guardia de honor, proclama la plenitud de la perfección divina de Cristo, el Cordero. En efecto, se enumeran siete atributos que reflejan la plena posesión de la naturaleza divina por parte del Cordero (v. 12).
Después del canto de las criaturas espirituales e invisibles, resuena el himno de los seres materiales y visibles. Este cántico (v. 14) difiere del anterior porque se dirige además al que está sentado en el trono. Así se ponen a un mismo nivel a Dios y al Cordero, cuya divinidad se proclama. De esta forma culmina la alabanza universal, cósmica, en honor del Cordero. El Amén rotundo de los cuatro vivientes, junto con la adoración de los veinticuatro ancianos, cierra esta visión preparatoria.
Como en otros pasajes del Apocalipsis, se habla del oficio de los ángeles en el Cielo, poniendo de relieve su adoración y alabanza ante el trono de Dios (cfr Apc 7, 11), su misión como ejecutores de los designios divinos (cfr Apc 11, 15; 16, 17; 22, 6; etc.) y su intercesión ante el Señor en favor de los hombres (cfr Apc 8, 4).
La Iglesia siempre profesó especial devoción a los santos ángeles, como nos recordaba el Concilio Vaticano II (cfr Lumen gentium, n. 50). Su existencia y su misión están ampliamente atestiguadas por las Sagradas Escrituras y la enseñanza de la Iglesia. En efecto, por otros textos de la Biblia conocemos que son enviados por Dios para que custodien y protejan a los hombres: «Yo mandaré un ángel ante ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto. Acátale y escucha su voz» (Ex 23, 20). Haciéndose eco de estas palabras, el Catecismo Romano afirma que «la Providencia de Dios ha dado a los Ángeles la misión de guardar al linaje humano y de socorrer a cada hombre (...). Han sido designados desde nuestro nacimiento para nuestro cuidado, y constituidos para la defensa de la salvación de cada uno de los hombres» (Catecismo Romano, IV, 9, 4.6). Es corriente en la piedad cristiana la devoción al Santo Ángel de la guarda, aprendida quizá desde niños, pero que no se ha de abandonar de mayores, sino que conviene seguir cultivando: Ten confianza con tu Ángel Custodio. Trátalo como un entrañable amigo —lo es— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día (Camino, n. 562).


Chapitre n°6
-1-11, 14. Tras presentar su visión del Cielo y, sobre todo, a Cristo resucitado con el poder de revelar los misterios del plan de Dios (caps. 4-5), el autor comienza ahora a exponer dicha revelación de una forma progresiva, según se van abriendo cada uno de los siete sellos (caps. 6-7). Al llegar al séptimo sello, el definitivo, se iniciará otra serie de visiones o revelaciones, simbolizadas en el toque sucesivo de siete trompetas, siendo el sonido de la última de ellas (cfr 11, 15) el que da entrada a la descripción de los combates finales de Cristo y los suyos contra los poderes del mal, la bestia y sus seguidores. El sonido de la séptima trompeta representa la consumación del Misterio de Dios (cfr 10, 7).
Esta sección presenta en primer lugar, al hilo de la apertura de los seis primeros sellos, el advenimiento del día de la ira de Dios (cfr 6, 17), precedido de una serie de calamidades naturales y sociales que anticipan el juicio de Dios sobre toda la humanidad. Esta circunstancia da pie al autor para introducir ya, por adelantado, la visión de los salvados en el cielo (cap. 7). Con ello se nos ofrece una clave de fe para interpretar la historia humana con todas sus tragedias: éstas sirven como aviso de lo que será el juicio de Dios, que, por otra parte, dará la salvación plena a los que le sean fieles.
A continuación, y al compás del sonar de las trompetas que anuncian la venida de Dios, se describe otra serie de catástrofes comparables a las plagas de Egipto. Estas tienen como finalidad, lo mismo que las anteriores, mover a los hombres a conversión. Pero inútilmente, pues no se convertirán, por lo que serán reos de la ira del Señor, que juzgará a su tiempo a cada uno (cfr 9, 20-21; 11, 18).
Al final de esta sección el autor resalta, como paso a la sección siguiente, el carácter profético de sus palabras ante lo que parece la victoria del mal, simbolizada en la muerte de los dos testigos (cfr 11, 1-13). Es una victoria provisional del mal en este mundo, una victoria sólo aparente, pues los mártires son glorificados en el Cielo, y Cristo, que ya ha vencido en su muerte y Resurrección, vencerá definitivamente en su segunda venida. El Cordero se enfrentará y triunfará sobre la bestia. Hasta entonces es tiempo de conversión, de optar por Él o contra Él. No hay término medio.


Apocalypse 6, 1-8
Los cuatro primeros sellos tienen unos rasgos comunes: al ser abiertos, aparece cada vez un caballo de distinto color, montado por un jinete; y siempre es uno de los cuatro seres el que, con su voz de mando, da paso a cada uno de los cuatro caballos.
De éstos, los tres últimos son de fácil identificación: el segundo jinete lleva una espada que significa la guerra; el tercero una balanza, símbolo en este caso del hambre; y el cuarto —por el color del caballo— representa la peste. Son castigos divinos anunciados ya en el Antiguo Testamento: «Enviaré contra vosotros el hambre y las bestias feroces, que te dejarán sin hijos; la peste y la sangre pasarán por ti, y haré venir sobre ti la espada. Yo, Yahwéh, he hablado» (Ez 5, 17). Jesucristo se expresó de forma similar en el discurso escatológico: «Cuando oigáis rumores de guerras y revoluciones no os aterréis (...), habrá grandes terremotos y peste y hambre en diversos lugares» (Lc 21, 9.11).
El primer jinete, en cambio, presenta alguna dificultad de interpretación: los rasgos con que es descrito hacen pensar en una potencia al servicio de Dios. En efecto, el color blanco es símbolo de pertenencia al mundo celeste y de la victoria obtenida con la ayuda de Dios (cfr, p. ej., Apc 13, 4.5.18; 14, 14; 20, 11). La corona que le es dada y la frase «salió con el gesto victorioso del que va a vencer» vienen a expresar el triunfo del bien sobre el mal (cfr 2, 7.11.17.28; 3, 5.12; etc.). Finalmente, el arco que tiene en sus manos manifiesta la relación de este primer caballo con los otros tres: éstos serán como flechas lanzadas desde lejos, que cumplen, de este modo, los designios de la justicia divina.
La figura de este primer jinete, ya «victorioso» y que «va a vencer», nos remite a la victoria de Cristo en su Pasión y Resurrección, tal como San Juan ha señalado antes (cfr Apc 5, 5), y anuncia la victoria final del Verbo de Dios que aparecerá más adelante (cfr Apc 19, 11). Así, el primer jinete es como una clave que confiere significación específicamente cristiana a las escenas aterradoras que contiene el libro. El Papa Pío XII escribía a propósito de este jinete: «Es Jesucristo. El inspirado evangelista no sólo vio las ruinas ocasionadas por el pecado, la guerra, el hambre y la muerte; vio también, en primer lugar, la victoria de Cristo. No cabe la menor duda de que la marcha de la Iglesia a través de los siglos es un via crucis, pero también ha sido siempre una marcha triunfal. La Iglesia de Cristo, los hombres de la fe y del amor cristianos, son siempre los que llevan la luz, la redención y la paz a la humanidad sin esperanza. Jesucristo ayer y hoy y el mismo por los siglos (Heb 13, 18)» (Alocución, 15-XI-1946).
 
Apocalypse 6, 4
La espada que lleva el jinete del caballo rojo simboliza la guerra (cfr Mt 10, 34). Por una parte alude a las guerras que en esa época se daban en el Imperio romano. Pero también se refiere a la guerra en general, terrible azote de la humanidad y que al fin de los tiempos será uno de los signos que anuncien previamente la destrucción del mundo (cfr Mt 24, 6 y par.).
En nuestra época la Iglesia se ha pronunciado con frecuencia sobre la guerra. Así, el Concilio Vaticano II afirma que «en la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que, unidos por la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquellas palabras: ‘De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra, y jamás se llevará a cabo la guerra’ (Is 2, 4)» (Gaudium et spes, n. 78).


Apocalypse 6, 5-6
Con una desorbitada subida —quizá diez veces más de lo normal— del precio del trigo y la cebada, alimentos básicos en la época, se anuncia un período de hambre. En efecto, si tenemos en cuenta que una «medida» (en griego joinix) equivale a 920 gr. y que un denario era el sueldo de una jornada de trabajo agrícola (cfr Mt 20, 13), nos podemos hacer una idea de lo que aquellos precios podrían suponer.
El hambre ciertamente es consecuencia del pecado y en este sentido se puede considerar un «castigo». De ahí que la Iglesia recuerde a todos el deber ineludible de aliviar las necesidades de los demás, pues es una forma de luchar contra el pecado. «El Concilio urge a todos, particulares o autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: ‘Alimenta al que muere de hambre, porque si no lo alimentas, lo asesinas’ (Graciano, Decretum 21, 86) (...), comuniquen y ofrezcan sus bienes, ayudando principalmente a los pobres, tanto individuos como pueblos, para que puedan ayudarse por sí mismos, y desarrollarse posteriormente» (Gaudium et spes, n. 69).
 
Apocalypse 6, 8
«Caballo macilento»: El cuarto caballo tiene un extraño color, que algunos traducen por verdusco, ceniciento o bayo. Se trataría de un color cadavérico. La Muerte es personificada en el jinete siniestro que lo monta, símbolo que se acentúa al ir acompañado por el Hades o Sheol, el lugar tenebroso donde reposan los muertos (cfr Apc 1, 18).
Es de destacar que, en medio de tan terrible castigo. Dios tiene piedad de los hombres, y la mayoría —las tres cuartas partes— sobrevivirán a estas pruebas.


Apocalypse 6, 9-11
En esta visión contempla San Juan a todos aquellos que han dado su vida cruentamente por la causa de Dios. Incluye a los mártires del Antiguo Testamento, desde Abel hasta Zacarías (cfr Mt 23, 35-37; Heb 11, 35-40), y a los mártires cristianos de todos los tiempos; los ve debajo del altar de los holocaustos en el que sacrificaban las víctimas en honor de Dios y cuya sangre se vertía allí, recogiéndose bajo el altar. Aquí se trata como de una réplica celeste de aquel altar, queriendo decir que los mártires están muy cerca de Dios y que su muerte ha sido una ofrenda de máximo valor (cfr Phil 2, 17; 2 Tim 4, 6).
La presencia de los mártires en el Cielo prueba que, cuando el hombre muere, su alma recibe el premio o el castigo inmediatamente después de su muerte. El juicio divino sobre cada alma comienza a cumplirse ya, aun cuando sólo después de la resurrección universal de todos los muertos se llegará al cumplimiento pleno, en alma y cuerpo, del premio o del castigo.
La petición de los mártires a Dios es un clamor pidiendo justicia. De él habla el Señor en el Evangelio (cfr Lc 18, 7), y constituye el eco de aquel primer clamor que se levantaba hasta Dios por la sangre de Abel (cfr Gen 4, 10). Estamos ante un hecho que parece contradecir la oración de Cristo en la Cruz (cfr Lc 23, 24) y la de Esteban en su martirio (cfr Act 7, 60). Pero en realidad no es así. «Esta oración de los mártires —dice Sto. Tomás— no es otra cosa que su deseo de obtener la resurrección de su cuerpo y la compañía de los santos que van a salvarse, y el consentimiento que prestan a la divina justicia que castiga a los inicuos» (Suma Teológica, III, q. 72, a. 3, ad 1). Se trata, por tanto, de una plegaria para que se instaure el Reino de Dios y su justicia, brillando así la santidad divina y su fidelidad.


Apocalypse 6, 12-17
Se anuncian los acontecimientos previos a la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Pero aún no es el fin, aunque ya está más cerca. Las terribles imágenes con que se representan los acontecimientos finales están tomadas del estilo y lenguaje específicos empleados ya en el Antiguo Testamento (cfr p. ej., Am 8, 9; Is 13, 9 ss.; 34, 4; 50, 3; Iob 3, 4). De esta forma los Profetas trataban de prevenir al pueblo, al mismo tiempo que le consolaban con la seguridad de la victoria final de Dios. Ante acontecimientos tan terribles, los hombres huyen y se esconden, e incluso desean la muerte. Jesús habla así también a las mujeres de Jerusalén, que lloraban a su paso, camino del Calvario bajo el peso de la cruz (cfr Lc 23, 30).
En el v. 15 se nombran siete grupos sociales que abarcan todo el género humano, desde los más poderosos hasta los más débiles. Nadie se escapará al inapelable juicio de Dios. Es el dies irae, el día de la cólera del Cordero. El Cordero simboliza la inocencia y la inmolación de Cristo, pero también es una figura de realeza mesiánica, subrayada aquí con el poderío de su furor.


Chapitre n°7
Apocalypse 7, 1-17
Este capítulo consta de dos visiones destinadas a mostrar la protección divina sobre los cristianos y la situación gloriosa de los mártires. Se presenta el triunfo de la Iglesia entera compuesta por hombres venidos de los cuatro puntos cardinales (vv. 9-12). No es tan claro, sin embargo, quiénes son los ciento cuarenta y cuatro mil, tomados de las doce tribus de Israel, que un ángel marca con el sello del Dios vivo (vv. 1-8). Para algunos comentaristas, se trataría solamente de los cristianos provenientes del hebraísmo (judeo-cristianos). Otros, en cambio, afirman que constituyen el nuevo Israel del que habla San Pablo en Gal 6, 17; serían todos los bautizados, considerados según la doble situación en que se encuentran, militante primero (vv. 1-8) y triunfante después (vv. 9-17). Más probable es que se trate de los judíos convertidos al cristianismo, para distinguirlos de aquellos que no se convirtieron. Son el «resto de Israel» (cfr Is 4, 2-4; Ez 9; etc.). San Pablo afirma que constituyen una prueba del carácter irrevocable de la elección divina (cfr Rom 11, 1-5) y una primicia de la restauración escatológica (cfr Rom 11, 25-32).
Por otra parte, los ciento cuarenta y cuatro mil no están ausentes en la siguiente visión, ya que lo que Juan contempla es una enorme multitud «de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas», lo que supone que también aquellos se encuentran incluidos.
En conclusión, la visión de los vv. 9-17 alcanza a toda la Iglesia sin distinciones; en cambio, la visión de los vv. 1-8 puede referirse sólo a una parte de ella: aquellos judíos que, al convertirse al cristianismo, constituyen el núcleo originario de la Iglesia, que acoge como iguales a todos los que se convierten después, sin pasar previamente por la observancia de la Ley mosaica.


Apocalypse 7, 1-8
En la tradición judía los ángeles se dividen en dos categorías: los de la presencia y santificación, y los encargados de las fuerzas de la naturaleza. En la escena aparecen ambos órdenes.
Según la costumbre de la época, la marca significaba la pertenencia a la persona propietaria del sello. En este pasaje se quiere indicar que los ciento cuarenta y cuatro mil pertenecen a Dios, y que, por tanto, Él los va a proteger como propiedad suya. Se ve así cumplido lo que había anunciado el profeta Ezequiel (cfr 9, 1-7), respecto a los habitantes de Jerusalén: algunos serían sellados en la frente con una tau, última letra del alfabeto hebreo, y a ellos no los alcanzaría el castigo que iba a sobrevenir sobre todos los demás. Queda reflejada la particular providencia que Dios ejerce sobre los que son suyos, no sólo en virtud de la creación, sino por un nuevo título.
Los Padres de la Iglesia han visto en esta señal un tipo del carácter bautismal de los fieles, destinados por la vocación cristiana a la vida eterna. En efecto, estas personas preservadas son los judíos convertidos al cristianismo, y que, por tanto, se distinguen por razón del Bautismo de aquellos judíos que rechazaron a Cristo y no se bautizaron.
En la enumeración de las tribus hay cierta diferencia con la que se suele hacer, según el orden de Gen 29. El hecho de poner en primer lugar a Judá se debe a que de esta tribu nació el Mesías, como ha recordado poco antes San Juan (cfr 5, 5). Por otra parte, la supresión de la tribu de Dan obedece, sin duda, a que esta tribu se hizo idólatra (cfr Idc 17-18) y acabó desapareciendo. Para completar entonces el número de doce, se desdobla la tribu de José en la de éste y la de Manasés, su primogénito.
El número de los sellados (12 x 12 x 1.000) significa plenitud y, en nuestro caso, designa una gran multitud, presentada como el nuevo Israel. Están incluidos en este número todos los descendientes de Jacob que reciben el Bautismo, sin distinción de tiempo. Desde luego no ha de entenderse este número en su estricta literalidad, como si se salvaran sólo ciento cuarenta y cuatro mil personas. En esta escena no están incluidos explícitamente todos aquellos que, proviniendo de los gentiles, se incorporan a la Iglesia a lo largo de la historia. Aparecerán en la visión siguiente.


Apocalypse 7, 9-17
El Papa Juan Pablo II comenta así este pasaje: «Las personas vestidas de blanco, a las que Juan ve con mirada profética, son los redimidos y constituyen una ‘muchedumbre inmensa’, cuyo número es incalculable y cuya proveniencia es variadísima. La sangre del Cordero que se ha inmolado por todos, ha ejercitado en cada ángulo de la tierra su universal y eficacísima virtud redentora, aportando gracia y salvación a esa ‘muchedumbre inmensa’. Después de haber pasado por las pruebas y de ser purificados en la sangre de Cristo, ellos —los redimidos— están a salvo en el Reino de Dios y lo alaban y bendicen por los siglos» (Hom., 1-XI-1981). Esa muchedumbre incluye a todos los redimidos y no sólo a los mártires, pues se dice que han lavado sus vestidos en la sangre del Cordero, no en su propia sangre.
De todos modos, cada hombre ha de unirse a la Pasión de Cristo por medio del sufrimiento, como expone San Agustín no sin cierta gracia: «Muchos son mártires en cama. Yace el cristiano en el lecho, le atormentan los dolores, reza, no se le escucha, o quizá se le escucha, pero se le prueba, se le ejercita, se le flagela para que sea recibido como hijo. Se hace mártir en cama y le corona el que por él estuvo pendiente en la Cruz» (Sermo, 286, 8).
Es consolador y estimulante saber que los que han llegado al Cielo constituyen una multitud inmensa. A la luz de esta visión hay que interpretar los pasajes de Mt 7, 14 y Lc 13, 24 en los que pudiera parecer que se afirma que serán muy pocos los que se salvan, ya que el valor infinito de la preciosa Sangre de Cristo, es instrumento eficaz para que se cumpla la voluntad de Dios, «que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4).
En los vv. 14-17 aparecen los bienaventurados en dos situaciones: la primera, antes de la resurrección de la carne (v. 14), y la segunda, cuando, después de la resurrección universal, el cuerpo se haya unido al alma (vv. 15-17). Destaca en esta segunda situación la condición de los cuerpos gloriosos, en virtud de la cual no podrán padecer ninguna molestia ni sentir dolor o incomodidad alguna, pues nada les podrá causar daño. Es el don de la impasibilidad, propia de los cuerpos de los bienaventurados en el Cielo (cfr Catecismo Romano, I, 12, 13).
La finalidad de la revelación de esta escena consoladora es fomentar el afán de imitar a estos cristianos, que fueron como nosotros y que ahora se encuentran ya victoriosos en el Cielo. Para lograrlo la Iglesia nos invita a pedir: «Señor, Dios nuestro, que santificaste los comienzos de la Iglesia romana con la sangre abundante de los mártires; concédenos que su valentía en el combate nos infunda el espíritu de fortaleza y la santa alegría de la victoria» (Misal Romano, Colecta de los Santos Protomártires de la Santa Iglesia Romana).


Chapitre n°8
Apocalypse 8, 1-2
El silencio anuncia la llegada del final, pues representa la espera paciente del Señor, que parece retrasarse en realizar los designios de su justicia, lo que en cierto modo es desconcertante. Sin embargo, «no tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien usa de paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan» (2 Pet 3, 9).
Con el séptimo sello se inicia un nuevo septenario, el de las siete trompetas. La séptima, a su vez, dará paso a las siete copas (cfr Apc 11, 15); Pero antes, se va a narrar (cfr 8-9) cuanto acontece al sonar las seis primeras trompetas, que vienen a ser la ejecución de los juicios de Dios sobre el mundo. Se da un cierto paralelismo con las plagas de Egipto (cfr Ex 7, 14-12, 34). Antes del toque de la séptima trompeta el autor presenta una especie de intervalo (cfr 10, 1-11, 14).
Las trompetas se usaban en el pueblo de Israel no sólo en la guerra (cfr Ios 6, 5), sino también en la liturgia del templo para proclamar la presencia de Yahwéh (cfr Ps 47, 6). De modo parecido, en los relatos sobre la segunda venida del Señor, se habla del sonido de trompeta para indicar la inmediata intervención divina (cfr, p. ej., Mt 24, 31; 1 Cor 15, 52; 1 Thes 4, 15).


Apocalypse 8, 3-5
Las oraciones de los santos, que antes (5, 8) se identificaban con las copas, se unen aquí a los perfumes que se elevan del incensario de oro. Se habla así de la intercesión que los santos ejercen ante Dios, en el Cielo, en favor de los hombres. El Concilio Vaticano II recuerda que «la Iglesia siempre ha creído que los apóstoles y los mártires de Cristo, que dieron el supremo testimonio de fe y de caridad con el derramamiento de su sangre, se encuentran más unidos a nosotros en Cristo, y los ha venerado con un particular afecto junto con la Bienaventurada Virgen María y los santos Ángeles, implorando piadosamente la ayuda de su intercesión» (Lumen gentium, n. 50). Por su parte, el Concilio de Trento recomienda que se enseñe a los fieles la conveniencia de recurrir a la intercesión de los santos, puesto que «es bueno y provechoso invocarles humildemente y recurrir a sus plegarias» (De sacris imaginibus).
La eficacia de la oración de intercesión aparece ya en el Antiguo Testamento. Así, por ejemplo, se habla de cómo la plegaria de Moisés obtenía, alzadas sus manos al Cielo, la victoria de los israelitas contra Amalee (cfr Ex 17, 8 s.). Por otra parte, la evocación del altar de los perfumes, recuerda elementos del culto del pueblo de Israel (cfr Ex 29, 13; Ier 21,6; Ps 141, 2; etc.), que fue figura del culto «en espíritu y en verdad» (Ioh 4, 23) anunciado por Jesucristo.
Como respuesta a las oraciones de los santos, el Señor vuelve a intervenir manifestando su presencia como en el Sinaí (cfr nota a 4, 5). El gesto del ángel recuerda Ez 10, 2, donde el profeta se llena las manos de brasas encendidas y las arroja sobre Jerusalén. Ahora, con esta lluvia de fuego, se inicia la intervención de Dios sobre la tierra y la humanidad, descrita mediante los toques de las trompetas y los sucesos que se narran a continuación.


Apocalypse 8, 6-12
El sonido de las cuatro primeras trompetas forma una cierta unidad, separada del sonar de las siguientes por una visión intermedia (v. 13). Lo mismo ocurría con los cuatro primeros sellos. Los castigos que introducen las trompetas recuerdan las plagas de Egipto. No hay porqué buscar una correspondencia histórica en cada toque de trompeta, pues hay un orden lógico, más que cronológico. En estas intervenciones divinas se ha de ver sencillamente una manifestación más del poder y de la justicia de Dios. La destrucción desencadenada es mayor que la que se produjo cuando se abrieron los cuatro primeros sellos, ya que ahora afecta a un tercio de la tierra, en lugar de sólo a una cuarta parte (cfr 6, 8). De todas formas, la misericordia divina atempera el castigo e impide el aniquilamiento total.
Dentro del orden lógico que clasifica los elementos del cosmos en tierra, aguas y cielo, el toque de la primera trompeta provoca el castigo del mundo vegetal (v. 7). La descripción es paralela al relato de la séptima plaga en Ex 9, 13-35.
Los toques de las dos trompetas siguientes repercuten sobre las aguas marítimas y fluviales (vv. 10-11). Como resultado de la contaminación de las aguas, muchos hombres perecieron. Estas dos calamidades tienen relación con la primera plaga, que nos narra Ex 7, 19-25.
Después de herir a la tierra y a las aguas, al sonar la cuarta trompeta son afectados los espacios siderales. Entonces el esplendor de su luz experimenta un oscurecimiento, que disminuye en un tercio su fulgor. Las consecuencias de este castigo recuerdan, en cierto modo, lo referido en Ex 10, 21-29.
 
Apocalypse 8, 13
Es un breve tránsito a las tres últimas trompetas. El águila, que puede ser figura de un ángel, deja oír desde la altura su lamento por toda la tierra. Son tres gritos de pesar, tres ayes de horror y de compasión ante los acontecimientos que ocurrirán al sonar las últimas trompetas. Con esta impresionante imagen se llama la atención del lector, y se crea un ambiente de expectación y ansiedad por lo que va a suceder después.
«Habitantes de la tierra»: Se refiere a los hombres idólatras (cfr Apc 3, 10), que persiguen a los creyentes. No se encuentran, por tanto, incluidos los fieles, sino sólo los que se dejaron seducir por los enemigos de Cristo (cfr Apc 6, 10; 11, 10; 13, 8.12.14; 17, 2-8).

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