Salmo 113
Muestra que Dios actúa con los pobres más generosamente aún que el hombre justo (cfr Sal 112,9), porque su poder es infinito (Sal 113,4).
Comienza con una invitación a alabar el Nombre del Señor (vv. 1-3) y, tras proclamar su gloria sobre los cielos (v. 4), muestra admiración, mediante una larga pregunta retórica, porque Él ensalza a los pobres y a las estériles (vv. 5-9).
La alabanza cantada en este salmo la hizo suya la Santísima Virgen, sierva del Señor (v. 1; cfr Lc 1,46), que, tras el anuncio de la Encarnación, proclamó que el Señor exaltó a los humildes (v. 7; cfr Lc 1,52).
Sal 113,1-3
La relevancia del «Nombre» en estos versículos está ya indicando la atención a la misericordia divina manifestada por Dios a su pueblo. Él merece una alabanza eterna (v. 2) y universal (v. 3). «Entre todas las palabras de la Revelación hay una, singular, que es la revelación de su Nombre. Dios confía su Nombre a los que creen en Él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. “El nombre del Señor es santo”. Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa (cfr Za 2,17). No lo empleará en sus propias palabras sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo (cfr Sal 29,2; 96,2; 113,1-2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2143).
Sal 113,4
Se pronuncia la alabanza confesando que Dios tiene el dominio de la tierra y de los cielos.
Sal 113,5-9
Lo más admirable es que el Dios de Israel —«nuestro Dios»—, siendo trascendente a todo —«se sienta en las alturas» (v. 5)—, se ocupa de todos (v. 6). Ésta es la afirmación central del salmo que muestra cómo es el «Nombre», cómo es Dios: el que está en lo alto actúa para poner en lo alto —«levantar», «poner al frente»— a los que están más bajos (vv. 7-9). En estos versículos resuena el cántico de Ana cuando el Señor le concedió ser madre (cfr 1 S 2,3-8). Es también una invitación a la humildad: «Dios defiende y libra al humilde; al humilde ama y consuela; al hombre humilde se inclina, al humilde concede gracia, y después de su abatimiento lo levanta a gran honra. Al humilde descubre sus secretos y lo atrae dulcemente a Sí y lo convida. El humilde, recibida la afrenta, está en paz, porque está en Dios y no en el mundo» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 2,2-3).
Salmo 114
Por el lugar que ocupa, Sal 114 parece hacer más explícita la pregunta de 113,5 —«¿Quién como el Señor, nuestro Dios…?»— al recordar lo que hizo por su pueblo. En sí mismo da la impresión de haber sido compuesto para ser proclamado en una fiesta en la que se celebrara el paso del Mar Rojo y del Jordán (cfr Jos 4,23-24; Sal 66,6).
Se recuerda primero la salida de Israel de Egipto y la posesión de la tierra, con los fenómenos extraordinarios sucedidos en el mar, en el Jordán y en los montes (vv. 1-4); después se interpretan como manifestación del poder del Señor, Dios de Israel (vv. 5-8).
El poder de Dios, reafirmado en este salmo al recordar los prodigios del éxodo, lo manifiesta Jesús en sus milagros, especialmente en los que realiza sobre elementos de la naturaleza como la calma de la tempestad en el lago (cfr Mt 8,26). Al mismo tiempo Jesús se sirve también de la imagen de los montes que saltan (v. 6) para indicar el poder de la fe (cfr Mt 17,20).
Sal 114,1-4
La distinción entre Judá e Israel (v. 2) hace pensar que este salmo fue compuesto después de la división del reino a la muerte de Salomón, si bien la división territorial expresa aquí la totalidad del pueblo. Un pueblo que goza de la presencia del Señor en el Templo de Jerusalén, y que es fuerte con la fuerza de su Dios (vv. 2.7). El «su» del v. 2 ha de entenderse de Dios, aunque, para aumentar la intriga, su nombre no aparezca hasta el v. 7. Poéticamente se personifican los elementos y se les atribuyen acciones contrarias a su modo de ser: el mar, símbolo de fuerzas hostiles, huyó; el Jordán, que corre vertiginoso, dio la vuelta; los montes y las colinas, signo de estabilidad, saltaron (vv. 3-4).
Sal 114,5-8
A la pregunta dirigida enfáticamente a los elementos acerca de su actuar (vv. 5-6), la respuesta, unida a una admonición, es la presencia del Señor, Dios de Israel (v. 7). Es una presencia que continúa en el Templo y mantiene el mismo poder con el que realizó los prodigios en el desierto, para sostener a su pueblo (v. 8). El poder de Dios a favor de su pueblo es una llamada a la fe en que Dios seguirá actuando también hoy en favor de los suyos: «Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura. —Ecce non est abbreviata manus Domini —¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 586).
Salmo 115
Enlazando con los salmos anteriores éste proclama la presencia del Señor (cfr Sal 114,7; 115,3), Dios de Israel (cfr Sal 113,5; 114,7; 115,3), que es invisible en los cielos (cfr Sal 113,4), pero que se manifiesta en la bondad para con su pueblo —en su Nombre— (cfr Sal 113,1-3; 115,1) y en la creación (cfr Sal 113,5-6; 115,3.16). Los Setenta y la Vulgata lo unen al anterior y presentan así una diferencia de dos unidades respecto a la numeración del texto hebreo. Esa unión responde probablemente a que en el contexto litúrgico en el que se empleaban los salmos, el 115 era como la respuesta a la proclamación hecha en el 114. En cualquier caso Sal 115 conduce la oración al reconocimiento y a la alabanza del Dios que sacó a Israel de Egipto como el único y verdadero Dios creador.
Comienza hablando la comunidad que proclama su adhesión al Señor y el desprecio de los ídolos (vv. 1-8); después un coro exhorta a confiar en el Señor (vv. 9-11) y de nuevo interviene la comunidad pidiendo la bendición del Señor (vv. 12-13). A continuación alguien, quizás un sacerdote, desea esa bendición al pueblo (vv. 14-15), y éste se ratifica en el reconocimiento de su Dios y en la alabanza a Él (vv. 16-18).
Este salmo invita a reconocer al Dios vivo, creador de cielos y tierra, y a confiar en Él y no en los ídolos fabricados por el hombre. Los ídolos, en efecto, no son nada, son imágenes mudas, como enseñará más tarde San Pablo (cfr 1 Co 10,19-20; 12,2). Pero, a pesar de ello, los hombres siguen adorando a las obras de sus manos (cfr Ap 9,20). La actualidad que sigue teniendo este salmo es grande.
Sal 115,1-8
El primer fin en la petición no es la exaltación del pueblo, sino la gloria de Dios que se manifiesta por sus acciones (cfr Sal 108,6). La pregunta del v. 2 implica la petición al Señor de que actúe, ya que el «hacer» (v. 3) marca la diferencia entre el verdadero Dios y los ídolos. La existencia y la divinidad del Dios de Israel se refleja en que hace cuanto quiere (v. 3), mientras que los ídolos, fabricados por los hombres, son simulacros, imágenes sin vida (vv. 4-7). «Las Sagradas Escrituras confiesan con frecuencia el poder universal de Dios. Es llamado “el Poderoso de Jacob” (Gn 49,24; Is 1,24, etc.), “el Señor de los ejércitos”, “el Fuerte, el Valeroso” (Sal 24,8-10). Si Dios es Todopoderoso “en el cielo y en la tierra” (Sal 135,6), es porque Él los ha hecho. Por tanto, nada le es imposible (cfr Jr 32,17; Lc 1,37) y dispone a su voluntad de su obra (cfr Jr 27,5); es el Señor del universo, cuyo orden ha establecido, que le permanece enteramente sometido y disponible; es el Señor de la historia: gobierna los corazones y los acontecimientos según su voluntad (cfr Est 4,17b; Pr 21,1; Tb 13,2): “El actuar con inmenso poder siempre está en tu mano. ¿Quién podrá resistir la fuerza de tu brazo?” (Sb 11,21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 269).
Comentando el v. 8 escribe San Juan de la Cruz: «La afición y asimiento que el alma tiene a la criatura iguala a la misma alma con la criatura, y cuanto mayor es la afición, tanto más la iguala y hace semejante, porque el amor hace semejanza entre lo que ama y es amado. Que por eso dijo David (Sal 115,8), hablando de los que ponían su afición en los ídolos: Similes illis fiant qui faciunt ea, et omnes qui confidunt in eis, que quiere decir: Sean semejantes a ellos los que ponen su corazón en ellos. Y así, el que ama criatura, tan bajo se queda como aquella criatura, y, en alguna manera, más bajo; porque el amor no sólo iguala, mas aun sujeta al amante a lo que ama» (Subida al monte Carmelo 1,4,3).
Sal 115,9-11
Confiar en los ídolos o en el Señor marca la diferencia entre Israel y las naciones. De ahí la triple invitación a «confiar» (vv. 9-11) —que también podría traducirse en indicativo como profesión de fe— y la proclamación de que Dios actúa en favor de su pueblo y lo protege. La invitación va dirigida primero a todo el pueblo —Israel—, después a los sacerdotes —casa de Aarón—, y finalmente al grupo de los reunidos en el Templo —«temerosos de Dios»—; tiene, por tanto, un claro estilo litúrgico.
Sal 115,12-13
En correspondencia a la invitación anterior, la asamblea proclama la triple bendición del Señor.
Sal 115,14-15
La bendición divina se manifiesta en la fecundidad causada por el Dios creador de cielos y tierra.
Sal 115,16-18
La respuesta final de la asamblea reconoce el señorío de Dios sobre cielos y tierra, y que la tierra es un don de Dios al hombre para que le alabe desde ella. Subyace la representación de que el universo se compone de tres estratos: los cielos, morada de Dios; la tierra, morada de los hombres; y los abismos, lugar de los muertos, donde no hay verdadera vida ni alabanza a Dios. «Los que vivimos» después del «nosotros» del v. 18, es una glosa explicativa introducida por los Setenta y la Vulgata, que recoge la Neovulgata.
Salmo 116
Dentro del grupo de salmos que forman el Hallel, Sal 116 presenta la alabanza individual al Señor por parte del hombre fiel que ha sido salvado de la muerte (v. 3), ya que, como se concluía en el salmo anterior, los muertos ya no alaban al Señor (Sal 115,17). Sal 116 muestra que quien confía en el Señor (cfr Sal 115,11; 116,10) recibe su bendición (Sal 115,11.13; 116,5-6). Como en los salmos anteriores, el Señor es invocado como «nuestro Dios» (cfr Sal 113,5; 115,3; 116,5) y se apela a su Nombre (cfr 113,1-2; 116,4).
Comienza con la manifestación del salmista de que ama al Señor porque atendió su súplica (vv. 1-2), y expone a continuación la situación en que se encontraba: cómo invocó al Señor y éste lo salvó (vv. 3-6); por eso se invita a sí mismo a la calma y a ser fiel al Señor (vv. 7-9). Después da cuenta de la fe con la que suplicó al Señor (vv. 10-11), y de su deseo de agradecerle con sacrificios el bien recibido (vv. 12-14), reconociéndose su siervo (vv. 15-16) y prometiendo de nuevo sacrificios en el Templo (vv. 17-19).
Este salmo sirve al cristiano para expresar su amor al Señor y afianzar la paz interior que brota de saberse escuchado por Él, ya que, como dirá San Pablo, «si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor; porque vivamos o muramos, somos del Señor» (Rm 14,8).
Sal 116,1-2
Es el único salmo que comienza con la expresión «yo amo» (al Señor), inspirada sin duda en el libro del Deuteronomio (cfr Dt 6,5; 10,12; etc.). La motivación no es tanto el bien recibido, cuanto la convicción de que el Señor escucha y se cuida del orante.
Sal 116,3-6
Al borde de la muerte —«el seol» es lugar de los muertos— el salmista invocó al Dios de la Alianza, y Él actuó exactamente según la suplica: «salvó» (vv. 4.6).
Sal 116,7-9
Con el recurso literario de la autoinvitación, que denota la intensidad de los sentimientos (cfr Sal 42,6.12; 103,1.23), el salmista expresa su seguridad interior y el propósito de mantenerse unido al Señor; una forma de hablar que implica algo más que la simple liberación de la enfermedad: apunta a la vida con Dios.
Sal 116,10-11
La lamentación en la desgracia no indica falta de fe, sino más bien, en el caso del salmista, lo contrario. El «hombre falaz» (v. 11), puede aludir a los que se alegran por la enfermedad del orante, o a que ningún hombre puede remediar su mal.
Sal 116,12-14
El salmista se siente en deuda con Dios y se propone resarcirla con un acto de culto. La «copa de la salvación» —sólo aquí aparece esta expresión— puede referirse a la libación ritual con vino y aceite (cfr Ex 29,40-41; Lv 6,14), derramada en acción de gracias por haber sido salvado de la muerte. «¿Quién te dio la copa de salvación, de suerte que, tomándola e invocando el nombre del Señor, le retribuyas por todo lo que a ti te retribuyó? Quién sino Aquel que dice: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? ¿Quién te otorgó imitar sus padecimientos sino Aquel que primeramente padeció por ti? Por tanto, preciosa es delante del Señor la muerte de sus santos. La compró con su sangre, que primeramente derramó por la salud de sus siervos, para que sus siervos no dudasen en derramarla por el Nombre del Señor» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 115,5).
Sal 116,15-16
Para Dios, la muerte de los que le temen es algo importante, ya que Él es quien vela por sus vidas. El salmista se cuenta entre esos temerosos del Señor.
Sal 116,17-19
El «sacrificio de acción de gracias», en paralelismo a «alzar la copa de la salvación» (v. 13), tenía lugar en el Templo donde habitaba el Señor.
Las palabras de los vv. 12-14 eran recitadas por el sacerdote en la antigua liturgia eucarística romana antes de la Comunión, y sirven para expresar que el mejor modo de «pagar» la deuda que tenemos con el Señor es unirse al sacrificio de Cristo. La Iglesia ha recomendado este salmo como uno de los que se pueden decir como preparación a la Santa Misa y lo proclama en la liturgia de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo y en el día de Jueves Santo.
Salmo 117
A veces los manuscritos hebreos unen este salmo al anterior o al siguiente a causa de su brevedad; pero tiene identidad propia y representa el punto culminante en el grupo de salmos del Hallel. Es como una ampliación del «Aleluya» final que se viene repitiendo en los salmos anteriores.
Este salmo, el más breve del salterio, consta de dos invitaciones dirigidas a todos los pueblos (v. 1), y dos motivaciones que recogen la forma de actuar de Dios con Israel (v. 2). Es modelo de himno de alabanza, construido con un paralelismo interno perfecto.
El salmo adquiere su pleno sentido tras la resurrección de Jesucristo y con la predicación del Evangelio a todos los pueblos. «Este salmo contiene la profecía de que la Iglesia y la predicación del Evangelio se difundirán por toda la tierra» (S. Juan Crisóstomo, Expositio in Psalmos 116).
Sal 117,1
La invitación a la alabanza dirigida a las naciones incluye el reconocimiento de que el Señor es el Dios de todas ellas (cfr Sal 47,2-3; 67,3-5; etc.). La unión a la alabanza a Dios por parte de los gentiles y la fidelidad de Dios que cumple sus promesas, las ve San Pablo plenamente realizadas en Jesucristo y en la Iglesia, cuando cita expresamente este versículo como confirmación escriturística de su enseñanza: «Digo, en efecto, que Cristo se hizo servidor de los que están circuncidados para mostrar la fidelidad de Dios, para ratificar las promesas hechas a sus padres, y para que los gentiles glorificaran a Dios por su misericordia conforme está escrito: Por eso te alabaré a ti entre los gentiles, y cantaré en honor de tu nombre. Y de nuevo dice: Alegraos, naciones, con su pueblo. Y también: Alabad al Señor todas las naciones, y ensalzadle todos los pueblos» (Rm 15,8-11). Para el cristiano, estas palabras son un estímulo a esforzarse para que todas las gentes reconozcan al Señor. Éste fue el afán de almas que tuvieron los santos: «Aquel que tiene celo desea y procura, por todos los medios posibles, que Dios sea siempre más conocido, amado y servido en esta vida y en la otra, puesto que este sagrado amor no tiene ningún límite. Lo mismo practica con su prójimo, deseando y procurando que todos estén contentos en este mundo y sean felices y bienaventurados en el otro; que todos se salven, que ninguno se pierda eternamente» (S. Antonio María Claret, El egoísmo vencido 60).
Sal 117,2
Los motivos para la alabanza son la misericordia divina y su perdón, que se han mostrado en el pueblo de Israel con una fuerza superior a la del pecado del pueblo, y la permanencia eterna de las promesas y de la Alianza.
Salmo 118
Es el último salmo del grupo del Hallel (Sal 113-118), y en él resuena, real o ficticiamente, la voz del rey después de una victoria. El Hallel termina así, como sucede en otros grupos de salmos (cfr Sal 110), con la atención puesta en el rey. En la victoria de éste se manifiesta la fuerza de la misericordia del Señor que se canta en el salmo anterior (cfr Sal 117,2), y su Nombre se muestra excelso sobre las naciones (cfr Sal 113,4). Asimismo Sal 118 señala los efectos de confiar en el Señor (118,8-9; cfr 115,9-11), y cómo se cumple el voto de acción de gracias y de alabanza (118,28; cfr 116,17-19). Unirse a la acción de gracias por la victoria del rey es un aspecto importante en la oración de los salmos.
Comienza con la invitación a dar gracias al Señor dirigida a todo el pueblo (vv. 1-4), y después viene el testimonio, según parece interrumpido por aclamaciones corales, de quien ha salido victorioso de sus enemigos (vv. 5-21): estaba en gran aprieto y recurrió al Señor (vv. 5-9); le cercaron sus enemigos y el Señor le salvó (vv. 10-14); entona un canto de victoria porque ha sobrevivido (vv. 15-18) y acude al Templo para dar gracias al Señor (vv. 19-21). A continuación el pueblo reconoce que ha sido obra del Señor (vv. 22-24), y entre súplicas y aclamaciones pronunciadas a coro se organiza una procesión (vv. 25-28). El salmo concluye con la invitación inicial a dar gracias al Señor (v. 29).
En el Nuevo Testamento expresiones de este salmo se aplican a Jesucristo, porque Él es el Rey Mesías que ha salido triunfador de la muerte (cfr vv. 17-18). Jesús mismo lo recitó en la Última Cena. El cristiano al rezarlo recuerda la pasión de Cristo y da gracias a Dios por haberle resucitado de entre los muertos, mostrando así que su misericordia es eterna.
Sal 118,1-4
El estribillo con que se abre el salmo es una fórmula habitual —sin duda litúrgica— de acción de gracias (cfr Sal 106,1; 107,1; 136), y la forma de dirigir a todo el pueblo la invitación a dar gracias se corresponde con la de invitar a confiar en el Señor en Sal 115,9-11.
Sal 118,5-9
La reacción del orante en el momento difícil está expresada con frases de otros salmos (cfr Sal 4,2; 27,1; 56,12), y subraya la confianza en Dios desde el primer momento. Las afirmaciones de carácter sapiencial de los versículos 8-9 —que algunos entienden como pronunciados por un coro—, elevan a principio general la actitud del salmista y, al mismo tiempo, muestran que actúa con sabiduría, pues «no se salva el rey por su gran ejército» (Sal 33,16).
Sal 118,10-14
Que sean «todos los pueblos» los atacantes, aparte de ser un eufemismo, denota que quien habla es el rey. También pudiera ser una ficción poética que idealiza algunas victorias de los reyes para dar fuerza a la acción de gracias del pueblo en la época del segundo Templo (el que había sido reconstruido por Zorobabel a la vuelta del destierro, después de que el de Salomón hubiera sido destruido por Nabucodonosor), y expresar así la convicción de que Dios protege al pueblo. La reiteración del «Nombre del Señor» —el Señor es mencionado en todos los versículos de estas secciones— indica que la victoria se obtuvo gracias al auxilio divino (vv. 10-11). En el v. 14 se reproducen literalmente las palabras del canto de Moisés tras el paso del Mar Rojo (Ex 15,2), mostrando así la continuidad de aquella acción salvífica. Al cristiano le recuerda el Nombre de Jesús que significa: «El Señor (Yhwh) es salvación», y en este Nombre encuentra el fundamento de la virtud de la fortaleza, según también aquellas otras palabras del Señor: «En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
En sentido espiritual, comprendiendo que los enemigos que cercan al cristiano son los apetitos desordenados, comenta San Juan de la Cruz al hilo de una versión libre del v. 12: «Y de la misma manera que se atormenta y aflige al que desnudo se acuesta sobre espinas y puntas, así se atormenta el alma y aflige cuando sobre sus apetitos se recuesta. Porque, a manera de espinas, hieren y lastiman y asen y dejan dolor. Y de ellos también dice David: Circumdederunt me sicut apes, et exarserunt sicut ignis in spinis; que quiere decir: Rodeáronse de mí como abejas, punzándome con sus aguijones, y encendiéronse contra mí como el fuego en espinas; porque en los apetitos, que son las espinas, crece el fuego de la angustia y del tormento» (Subida al monte Carmelo 1,7,1).
Sal 118,15-18
La alusión a la «diestra del Señor» subraya su poder para dar la victoria a los suyos (vv. 15-16, que, según algunos intérpretes, podrían pertenecer a una proclamación del coro), aunque a veces permita, como reconoce el orante, el castigo purificador mediante una situación crítica (vv. 17-18).
Sal 118,19-21
Las «puertas de la justicia» son las puertas del Templo en el que Dios ejerce su justicia —salvación—, y por las que sólo pueden entrar los justos; también podrían ser las de Jerusalén en las que se administraba la justicia. En el v. 20 puede reconocerse la voz del sacerdote señalando la puerta del Templo, y en el v. 21 de nuevo la voz del rey.
Sal 118,22-24
El pueblo, en su aclamación, reconoce un nuevo orden establecido por Dios mediante la victoria del rey. A éste se le compara con la piedra rechazada que se ha convertido en la piedra clave, central, de un arco que se mantiene en pie gracias a ella. El rey fue desdeñado por quienes le atacaron y ahora es él quien domina sobre ellos. Pero la imagen de la piedra también puede referirse al pueblo, si el orante, aun representando al rey, es el pueblo como tal.
El cambio de situación, debido en el salmo a la victoria del rey y significado en el v. 22 con la imagen de la piedra angular, lo anuncia Jesús en la parábola de los viñadores homicidas a los que se les quita la viña para entregarla a otros. Al final de la parábola, y como prueba de que va a ser así, Jesús cita las palabras de ese versículo (cfr Mt 21,42; Mc 12,10; Lc 20,17). Ese cambio se ha realizado con la muerte y resurrección de Jesús, pues Él es la piedra desechada por las autoridades judías, que se ha convertido en piedra angular en cuanto que «no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, por el que tengamos que ser salvados» (Hch 4,12). Pero también es «piedra de tropiezo» para quienes le rechazan (cfr 1 P 2,6-8). Al mismo tiempo Cristo es la piedra angular en la Iglesia; en Él «toda la edificación se alza bien compacta para ser templo santo en el Señor» (Ef 2,21).
La Iglesia utiliza este salmo en la liturgia del Domingo de Resurrección, y repite con frecuencia durante su octava las palabras del v. 24 reconociendo así el establecimiento del nuevo orden salvífico operado por la resurrección de Cristo: «El ladrón es admitido en el paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa y los muertos vuelven a tener su morada entre los vivos. Así, como si la resurrección de Cristo fuera germinando en el mundo, todos los elementos de la creación se ven arrebatados a lo alto. El abismo devuelve sus cautivos, la tierra envía al cielo a los que estaban sepultados en su seno, y el cielo presenta al Señor a los que han subido desde la tierra: así, con un solo y único acto, la pasión del Salvador nos extrae del abismo, nos eleva por encima de lo terreno y nos coloca en lo más alto de los cielos. La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor» (S. Máximo de Turín, Collectio sermonum 53,1-2).
Sal 118,25-28
La proclamación del pueblo (vv. 26a.27a) se alterna con la voz de los sacerdotes que bendicen a los que llegan (26b) y ordenan la procesión (27b). A ello se une la profesión de fe del orante (v. 28). Así, el pueblo de Israel, los sacerdotes —la casa de Aarón— y los que temen al Señor (cfr vv. 2-4) unen sus voces en la acción de gracias. El cumplimiento de este salmo en Jesucristo se pone de manifiesto cuando la multitud lo aclama con las palabras del v. 26 en su entrada triunfal en Jerusalén y en el Templo (cfr Mt 21,9; Mc 11,9-10; Lc 19,28-40; Jn 12,13). Jesús es el Rey Mesías en cuyas acciones se revela que la misericordia de Dios es eterna. Por eso, esas mismas palabras serán pronunciadas algún día por el pueblo judío que reconocerá a Jesucristo (cfr Mt 23,39). Son las palabras recogidas en el Sanctus de la Santa Misa para aclamar al Señor.
Salmo 119
Está situado entre el grupo de salmos que forman el Hallel (Sal 113-118) y el de los «cantos de las subidas» que va a continuación (Sal 120-124). Es como una introducción a éstos, de manera similar a como otros salmos de carácter sapiencial preparan para la lectura de los que les siguen (cfr Sal 1; Sal 73; Sal 90; Sal 111-112). En este sentido, Sal 119 invita a reflexionar y a fortalecer los sentimientos correctos ante Dios antes de la iniciar la lectura de los «cantos de las subidas» que cantan la alegría de la peregrinación a Jerusalén y al Templo. Por otra parte, situado tras Sal 118, refleja quién es el justo que podrá entrar por la puerta del Señor (cfr Sal 118,20).
Está compuesto con un arte literario especial y un dominio excepcional de la lengua hebrea. Va siguiendo las letras del alfabeto y haciendo coincidir la primera letra de la primera palabra de cada ocho versículos con cada una de las veintidós letras hebreas. Resulta así una larga composición de 176 versículos. Todo el salmo esta dedicado a la Ley de Dios que es mencionada en cada versículo utilizando a lo largo del salmo nueve términos distintos: ley, preceptos, caminos, decretos, mandamientos, estatutos, juicios, palabras, promesa. No se percibe una unidad temática estricta en cada uno de los grupos de ocho versículos, ni una sucesión ordenada de argumento entre ellos, aunque sí hay algún punto de enlace entre cada grupo y el anterior. Dentro de cada grupo aparecen, sin orden determinado, máximas sapienciales, súplicas al Señor, frases de lamentación, alabanzas a Dios, o reafirmaciones del salmista en su conducta. El relieve que tiene la Ley encuadrada en la Alianza recuerda al libro del Deuteronomio; y la interiorización de la misma, al libro de Jeremías. Se trata claramente de un salmo compuesto después del destierro, más para ser leído y meditado personalmente con el fin de estimular la reverencia y la piedad hacia la Ley de Dios, que para ser proclamado en público. Mientras que en otros salmos aparecen las acciones de Dios en la creación y en la historia del pueblo, aquí la gran acción de Dios es haber dado la Ley y comunicado su palabra con las que orienta la vida del salmista y ante las que pide obediencia.
Es un salmo que lleva a desarrollar en la oración el agradecimiento, la súplica y la búsqueda de sabiduría al hilo de la contemplación de la bondad de Dios manifestada en la donación de la Ley. Momentos que resaltan en esta larga composición podrían ser: los vv. 1-3, a modo de introducción sapiencial para alcanzar la felicidad; los vv. 89-91, a mitad del salmo, como proclamación de la autoridad de la palabra de Dios y de su fidelidad; y los vv. 173-176, al final del salmo, como resumen de los sentimientos expresados a lo largo de él.
Esta larga oración sobre la Palabra de Dios escuchada en su Ley, la hace suya el cristiano con una intensidad mayor que la que tiene en el contexto del Antiguo Testamento. Tras haber hablado por medio de Moisés y los Profetas, Dios ha pronunciado su palabra definitiva mediante Jesucristo (cfr Hb 1,1-4). Es más, Cristo mismo es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1,14) y su Persona y sus obras, su enseñanza y su muerte y resurrección, son la Palabra eterna de Dios que se dirige a todos los hombres a través del Evangelio como luz y salvación (cfr 1 Co 15,1-2).
«En todo momento, tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia, siempre debes llevar en el corazón la Ley de tu Dios. Por esto, te dice la Escritura: Hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque Él es la sabiduría, Él es la palabra, y Palabra de Dios. Porque también está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Por Él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de Él. Si hablamos de sabiduría, Él es la sabiduría; si de virtud, Él es la virtud; si de justicia, Él es la justicia; si de paz, Él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención, Él es todo esto» (S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 36,65).
Sal 119,1-8
Ya en los tres primeros versículos la atención se centra en la Ley y en el cumplimiento de los preceptos del Señor, concretando así la afirmación más genérica: «Dichoso quien se complace en la Ley del Señor», de Sal 1,1.
En los versículos siguientes (vv. 4-8) se enseña que el deseo de cumplir la Ley es presupuesto para una alabanza sincera al Señor (v. 7).
Sal 119,9-16
Para poder cumplir la Ley, se ha de conocer y desear gozarse en ella.
Sal 119,17-24
Despreciar la Ley es lo propio de los soberbios (vv. 21-22); el salmista, por el contrario, se deja aconsejar por los preceptos del Señor (v. 24).
Sal 119,25-32
Las «maravillas» del v. 27 se refieren al contenido de la Ley (cfr v. 18), por el que el hombre alcanza la vida (vv. 25.31).
Sal 119,33-40
Dios es quien da el conocimiento de la Ley y las fuerzas para cumplirla. Eso pide intensamente el orante.
Sal 119,41-48
Con la Ley podrá obtener los favores del Señor —«tu misericordia» (v. 41)— frente a los enemigos y ante los reyes.
Sal 119,49-56
La petición se apoya en la promesa divina. En ella el salmista encuentra la confianza en los momentos de desasosiego. También en esos momentos la Ley de Dios y el recuerdo de su Nombre son su gozo y su seguridad.
Sal 119,57-64
Conocer y cumplir la Ley es el bien que ha tocado al salmista en este mundo —su «heredad» (v. 57)—; un bien que guarda con cuidado y en el que ve la bondad del Señor (vv. 57-64). Los «lazos de los impíos» (v. 61) son entendidos por San Juan de la Cruz en sentido espiritual como lazos creados por los propios pecados: «La segunda manera de mal positivo que causan al alma los apetitos es que la atormentan y afligen a manera del que está en tormento de cordeles, abarcado a alguna parte, de lo cual hasta que se libre no descansa. Y de éstos dice David: Funes peccatorum circumplexi sunt me: Los cordeles de mis pecados, que son mis apetitos, en derredor me han apretado» (S. Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 1,7,1).
Sal 119,65-72
Aunque antes haya pasado momentos de crisis —«andaba descarriado» (v. 67)— por causa de los impíos —«soberbios» (v. 69)—, y haya recibido castigos —«ser humillado» (vv. 67.71)—, todo ello fue para que aprendiera el valor incomparable de la Ley de Dios.
Sal 119,73-80
El salmista reconoce que su vida depende de Dios, su creador (v. 73), y espera seguir viviendo por su misericordia, guardando sus estatutos.
Sal 119,81-88
Aunque se encuentra enfermo, al límite, y perseguido por los enemigos, pide socorro al Señor para vivir y cumplir sus preceptos.
Sal 119,89-96
En el momento central de su oración, el salmista proclama la permanencia eterna de la Palabra de Dios que ha creado todas las cosas y las mantiene en el ser (vv. 89-91) y de nuevo confiesa sus sentimientos hacia la Ley, que es su gozo y su salvación (vv. 92-96). El paso del don de Dios, que va de la donación de la Ley a la donación del Hijo, Palabra o Verbo de Dios, fue puesto de manifiesto en más de una ocasión por los Padres de la Iglesia: «Fiel es Dios, que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros, sino por lo mucho que nos ha prometido. (…) Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios —a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza—, no sólo entregó la Escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un mediador de su fidelidad. Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Por medio de Éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 109,1-3).
Sal 119,97-104
La Ley, a la que tanto ama, le ha hecho sabio. La verdadera sabiduría —y con ella la madurez— no depende de la edad (v. 100), sino del cumplimiento de la voluntad de Dios: «Esta sabiduría de corazón, esta prudencia no se convertirá nunca en la prudencia de la carne a la que se refiere San Pablo (cfr Rm 8,6): la de aquellos que tienen inteligencia, pero procuran no utilizarla para descubrir y amar al Señor. La verdadera prudencia es la que permanece atenta a las insinuaciones de Dios y, en esa vigilante escucha, recibe en el alma promesas y realidades de salvación» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 87).
Sal 119,105-112
Puesto que la Ley es luz para sus pasos, por eso no la olvida en su aflicción. Sabe que la Ley le pertenece como «herencia» del Señor.
Sal 119,113-120
Pone su esperanza en la Ley, al contrario que los impíos que serán destruidos por Dios.
Sal 119,121-128
Porque actúa según la Ley, por eso espera que también el Señor actúe en su favor.
Sal 119,129-136
Pide que el Señor «haga brillar su rostro» (v. 135) sobre él, enseñándole sus preceptos que son admirables.
Sal 119,137-144
Las motivaciones en las que apoya la petición anterior son que Dios es justo, y que su justicia y su Ley son eternas.
Sal 119,145-152
Lo pide también con todas sus fuerzas y en todo momento porque sabe que el Señor le ama (v. 149) y está cerca de él (v. 151).
Sal 119,153-160
Otro motivo para que Dios atienda la petición del salmista es porque él se aparta de los impíos y ama sus preceptos.
Sal 119,161-168
Aunque los impíos le persigan, encuentra su gozo y su paz en la oración ininterrumpida —«siete veces» (v. 164)—, y en el cumplimiento de los mandatos del Señor. San Atanasio destaca la alegría (v. 162) y la oración (v. 164) del salmista como ejemplo de lo que ha de hacer el cristiano para reformar su conducta: «Así también los santos, mientras vivían en este mundo, estaban siempre alegres, como si siempre estuvieran celebrando fiesta; uno de ellos, el bienaventurado salmista, se levantaba de noche, no una sola vez, sino siete, para hacerse propicio a Dios con sus plegarias» (Epistulae heortasiae 14,1-2).
Sal 119,169-176
Por eso finaliza la oración pidiendo al Señor que le escuche y que le dé discernimiento para así poder alabarle (vv. 169-173), y concluye expresando, como en un resumen, su anhelo y su situación (vv. 174-176).
Tras la lectura del salmo, el lector se siente reconfortado por la seguridad de que, si se esfuerza en ser fiel a Dios y cumplir sus mandamientos, Él nunca le abandonará: «“Es verdad el principio de tu palabra, por siempre, todos tus justos juicios” (Sal 119,160). “Ahora, mi Señor Dios, Tú eres Dios, tus palabras son verdad” (2 S 7,28); por eso las promesas de Dios se realizan siempre (cfr Dt 7,9). Dios es la Verdad misma, sus palabras no pueden engañar. Por ello el hombre se puede entregar con toda confianza a la verdad y a la fidelidad de la palabra de Dios en todas las cosas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 215).
Salmos 120-134
Al salmo anterior, en el que se medita sobre la Ley de Dios, sigue ahora un grupo de salmos que se presentan como «cantos de las subidas». Así pues, la meditación de la Ley en Sal 119 ha preparado al lector para unirse al anhelo de aquellos que peregrinan al Templo donde habita el Señor que da la Ley. Estos poemas son también llamados «salmos graduales». Con este nombre se indicaría, según la mayoría de los intérpretes incluidos los antiguos rabinos, que estos salmos eran cantados al subir las gradas que daban acceso al Templo. Otros estudiosos, en cambio, atribuyen el nombre de «graduales» al ritmo poético peculiar de estos salmos, llamado «ritmo gradual» porque las palabras o expresiones de un verso vuelven con frecuencia a repetirse de una forma u otra en el siguiente. En cualquier caso estos poemas reflejan la subida anual a Jerusalén y pudieron haber sido agrupados para usarse en la liturgia de alguna fiesta, quizá la de los Tabernáculos, poco antes de llevarse a cabo la recopilación final que encontramos en el libro de los Salmos.