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Salmo 120
Esta composición se introduce al principio de la serie quizás porque presenta la situación de un desterrado lejos de Jerusalén (cfr vv. 5-7). Comienza con la petición al Señor —apoyada en que Él escuchó en el pasado—, de que libre al salmista del hombre mentiroso (vv. 1-2). A continuación se anuncia el castigo que éste recibirá (vv. 3-4), y se describe la situación de destierro del salmista (vv. 5-7).
Este salmo deja oír la voz suplicante del desterrado lejos de la tierra prometida. Al cristiano que lo reza le recuerda que mientras peregrina en la tierra vive lejos del Señor (cfr 2 Co 5,6; 1 P 1,17), y le invita a una petición de ayuda a Dios, más intensa cuanto mayores son las dificultades o la oposición que encuentra entre quienes le rodean.
Sal 120,1-2
El recuerdo de cómo el Señor atendió la súplica en otras ocasiones sirve de punto de apoyo para la nueva petición. El salmista pide que su vida —«mi alma» (v. 2)— esté a salvo de quienes le acusan falsamente —«lengua embustera» (cfr Sal 17,9-12; 109,2; etc.—). La manera en la que aquí ora el salmista es un estímulo a no desfallecer en nuestra súplica a Dios: «He gritado —es decir, he rezado con fe— y por esto me escuchaste, Dios mío, como si, introducidos en la intimidad divina por el primer ruego, pudiéramos implorar con mucha más confianza la siguiente vez. Por eso, en la petición dirigida a Dios, la asiduidad, la insistencia, nunca es inoportuna. Al contrario: agrada a Dios» (S. Tomás de Aquino, Compendium theologiae 2,2). Y San Josemaría, reconociendo en las palabras del salmo la voz de Dios, comenta: «Conmueve esta insistencia de Dios, nuestro Padre, empeñado en recordarnos que debemos acudir a su misericordia pase lo que pase, siempre» (Lealtad a la Iglesia, p. 13).
Sal 120,3-4
Dirigiéndose retóricamente a sus perseguidores, el orante afirma, con una fórmula usual en juramentos imprecatorios (cfr 1 S 3,17), que Dios les devolverá aumentado el mal que ellos buscan. La expresión «flechas afiladas» (v. 4) significando el castigo divino es la respuesta a lo que merecen las «lenguas embusteras» (v. 3), que en otros salmos son presentadas como flechas (cfr Sal 57,5; 64,4).
Sal 120,5-7
«Mésec» indica las alejadas regiones del norte entre el Mar Negro y el Cáucaso (cfr Gn 10,2); «Quedar», las del este y el sur, quizá las regiones árabes (cfr Is 21,16-17). Son símbolo del lugar en el que se encuentra el salmista, lejos de la tierra prometida, sin que pretenda señalar un emplazamiento concreto, y donde quienes le rodean le hacen la vida —«mi alma» (v. 6)— imposible, aunque él practique el bien hacia ellos (v. 7; cfr Sal 109,4-5).
«Éste es el gemido de toda la Iglesia y de todos los santos, los cuales, mirando a través de la fe, suspiran por los bienes de la patria celeste entre las adversidades de un largo exilio, porque los hombres espirituales viven con los hombres carnales y aquellos que buscan sólo los bienes terrenos se sienten molestos por aquellos que avanzan hacia los bienes celestes» (Próspero de Aquitania, Expositio Psalmorum 119,5).


Salmo 121
En el salmo anterior el salmista expresaba su dolor por vivir lejos de Jerusalén (cfr Sal 120,5) y que el Señor había respondido a su clamor (120,1); ahora, cuando se pone en camino hacia la ciudad santa, testimonia su fe en que el Señor le protege como su guardián. Dentro del grupo de «cantos de las subidas», este salmo expresa la fe y la confianza para ponerse en camino.
Comienza con una profesión personal de confianza en el Señor, creador de cielo y tierra (vv. 1-2), y continúa con la reafirmación de que el Señor, guardián de Israel, guarda al salmista en su camino (vv. 3-8).
La confianza en la protección divina cantada en este salmo puede hacerla suya el cristiano que lo reza, ya que es el mismo Jesucristo quien exhorta a ella cuando enseña a sus discípulos la providencia de Dios sobre ellos: «En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30).
Sal 121,1-2
«Los montes» pueden significar aquellos altos en los que estaban los santuarios paganos, amenaza para el salmista, o si entendemos un plural de excelencia, el monte Sión en el que habitaba el Señor. En cualquier caso, a la vista de estos montes se suscita un diálogo del salmista consigo mismo, y en el que da a su pregunta una respuesta desde la fe en el Dios de Israel creador del mundo.
Sal 121,3-8
La protección del Señor viene expresada con los términos «guardián» y «guarda» constantemente repetidos, y pueden entenderse como respuesta de un sacerdote a la pregunta del v. 1, o como reafirmación hecha a sí mismo por el salmista. El orante puede confiar en que el Señor es su «guardián» porque es el que guarda a Israel; lo ha demostrado en la historia (vv. 3-4). El Señor protege de todos los males como «la sombra» que protege del calor mortífero de los rayos del sol (cfr Is 4,6; 25,4-5; 49,10) y de los rayos de la luna, considerados también perjudiciales (vv. 5-6). Todas las actividades del hombre («tus salidas y entradas») caen bajo esa protección divina (vv. 7-8; Dt 28,6). A la luz de la enseñanza de San Pablo (cfr 2 Ts 3,3), comenta San Agustín: «Aun aquí, rodeados de peligros y de tentaciones, no dejemos por eso de cantar todos el Aleluya. Fiel es Dios —dice el Apóstol—, y no permitirá Él que la prueba supere vuestras fuerzas. Por esto, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía pecador, pero Dios es fiel. No dice: “Y no permitirá que seáis probados”, sino: No permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida. Has entrado en la tentación, pero Dios hará que salgas de ella indemne; así, a la manera de una vasija de barro, serás modelado con la predicación y cocido en el fuego de la tribulación. Cuando entres en la tentación, confía que saldrás de ella, porque fiel es Dios: El Señor guarda tus entradas y salidas» (Sermones 256,1,2,3). El sentimiento de la protección paternal de Dios lo han vivido especialmente los santos: «Nuestro Dios no nos pierde de vista, como una madre que está vigilando al hijito que da los primeros pasos. (…) Cuán consolado queda un cristiano, al pensar que Dios le ve, que es testigo de sus penalidades y de sus combates, que tiene a Dios de su parte» (S. Juan Bautista Vianney, Sermón sobre el Corpus Christi).


Salmo 122
Es el tercero de los salmos de peregrinación o «cantos de las subidas» (120-134) y, como continuación lógica del anterior que se fijaba en la protección de Dios a lo largo del camino (cfr Sal 121), canta la alegría de la llegada (cfr Sal 84;132). La emoción se va haciendo más intensa en el lector de estos salmos.
Comienza con manifestaciones de alegría que abarcan desde el inicio de la peregrinación hasta la llegada a Jerusalén (vv. 1-2). Sigue con aclamaciones a la ciudad (vv. 3-5) y termina con deseos de paz para ella y sus moradores (vv. 6-9). La mención de la «Casa del Señor» (vv. 1.9) hace de marco que engloba a todo el salmo.
También Jesús peregrinó a Jerusalén (cfr Lc 2,41-42) y llevó a ella el mensaje de la paz (cfr Lc 19,42), haciendo suyo este salmo. Pero aquella Jerusalén no quiso reconocerlo. La verdadera y nueva Jerusalén que reconoce a Jesucristo es la Iglesia, que al final de la historia humana aparecerá en todo su esplendor como una ciudad perfectamente construida y rebosante de belleza y seguridad, tal como es descrita, en lenguaje simbólico, en Ap 21,9-27.
Sal 122,1-2
La peregrinación conlleva una alegría compartida entre quienes la inician y recorren el camino hasta llegar a la meta. La «Casa del Señor» (vv. 1.9) es el Templo, motivo de la gloria incomparable de la ciudad (cfr Sal 48).
Sal 122,3-5
Quien contempla la ciudad santa, admira su aspecto que da impresión de fortaleza y unidad en torno al Templo (v. 3); en ella se siente miembro vivo del pueblo de Dios que cumple los mandatos del Señor —las fiestas de peregrinación, cfr Dt 12,5-7;16,16—, y en ella encuentra la justicia ejercida por el rey (v. 5). Por eso, la Iglesia utiliza este salmo en la solemnidad de Jesucristo, Rey, que reina en la Jerusalén celestial y quiere establecer un reino de justicia y de paz.
Sal 122,6-9
Al entrar en la ciudad el salmista expresa sus deseos de paz hacia ella con un juego de palabras hecho con los términos «paz» —shalom en hebreo— y «Jerushalem» (vv. 6-7). «Paz» en la Biblia significa la plenitud de todos los bienes; seguridad y prosperidad. Ahora son deseados a la ciudad, a cuantos moran en ella y a cuantos la aman aunque estén lejos. El salmista expresa sus deseos de paz en nombre de los suyos y del Señor que habita en el Templo (vv. 8-9).
San Agustín, aplicando las palabras del salmo a la Iglesia y a la vida cristiana, comenta: «Esta ciudad bien compacta es la Iglesia. Su cimiento es Cristo. En la tierra, cuando se echa el cimiento, se edifican las paredes hacia arriba y su peso gravita hacia abajo, porque abajo está colocado el fundamento. Pero, si nuestro fundamento —Cristo— está en el Cielo, entonces edificamos hacia el Cielo. En esta basílica que veis, la que hoy nos reúne, los arquitectos colocaron los cimientos abajo; pero cuando somos edificados como templo espiritual, el cimiento lo hemos de colocar en las alturas. Corramos, pues hacia allí; apresurémonos hasta que nuestros pies estén pisando tus umbrales, Jerusalén» (Enarrationes in Psalmos 121,4).


Salmo 123
Por el lugar que ocupa, esta súplica constituye la oración del peregrino que llega a Jerusalén y entra en el Templo (cfr Sal 122). Si en el camino el orante alza los ojos a los montes buscando auxilio (cfr Sal 121,1), ahora los eleva a Dios que «está sentado en los cielos» (123,1). La angustia experimentada por el salmista estando lejos de Jerusalén (cfr Sal 120), se hace extensible al pueblo y se presenta ante el Señor al llegar al Templo (Sal 123,3-4).
A la invocación inicial dirigida personalmente al Señor que está en los cielos (v. 1), sigue una encendida expresión de la confianza que el pueblo tiene en Él (v. 2), y la petición de la misericordia divina en una situación de oprobio y de desgracia (vv. 3-4).
Esta bellísima oración de súplica y de confianza en Dios la hace suya el cristiano con más intensidad cuando se dirige a Jesucristo ascendido a los cielos. La salvación plena y definitiva llegará con la Parusía o segunda venida de Cristo que, según la promesa divina, «vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11). «Los cielos» aquí son expresión de la trascendencia y del señorío divinos.
Sal 123,1
Dios escucha desde los cielos, verdadero «lugar» de su morada, cuando se le suplica en el Templo (cfr 1 R 8,49.52). «Levantar los ojos» hacia alguien es la forma de expresar la esperanza en recibir su ayuda (cfr Sal 121,1).
Sal 123,2
Con la expresiva imagen de los siervos se resalta la total dependencia del pueblo respecto a Dios, su único Señor, del que le viene todo bien. En la actitud del esclavo podemos ver también una invitación a estar pendientes del Señor en toda circunstancia, a buscar su presencia de continuo y vivir con el corazón puesto en Él: «Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra…, hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres…: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 296).
Sal 123,3-4
Para mover al Señor a actuar se aduce además la situación de oprobio que padece el pueblo, dejando entender que el desprecio a los siervos es desprecio al amo, el Señor. Es posible que estos versículos reflejen la actitud hostil de los pueblos vecinos cuando los judíos se afanaban en reconstruir el Templo y la ciudad a la vuelta del destierro (cfr Ne 2,19; 3,36-37). La última frase del v. 4 podría traducirse como una exclamación: «¡El desprecio sea para los orgullosos!». La frase no es clara y en una lectura propuesta en el margen de los códices hebreos aparece «los orgullosos jonios», actualizando así el salmo a la época del dominio griego.


Salmo 124
A la súplica del salmo anterior (cfr Sal 123) sigue la acción de gracias por la intervención divina (Sal 124). Así avanza la oración realizada en las subidas a Jerusalén, si bien esta oración se presenta en algunos códices, al igual que Sal 122, como de David; quizá se debe al parecido de este salmo con Sal 18 y Sal 69.
En la primera parte del salmo se expone lo que hubiese ocurrido si el Señor no hubiera sido favorable (vv. 1-5); y, en la segunda, se le bendice por la salvación otorgada (vv. 6-7). Concluye con una profesión de confianza en Dios (v. 8).
Este salmo se cumple en nuestro Señor Jesucristo. En efecto, a lo largo de su vida, mediante los milagros que realizó, manifestó que «Dios estaba con él» (Hch 10,38), como quedó patente cuando Dios lo libró de los lazos de la muerte (cfr Hch 2,24) mediante su resurrección.
Sal 124,1-5
Parece que quien habla es un sacerdote o levita que expone a los reunidos lo que hubiese sucedido si el Señor hubiera abandonado a su pueblo. Emplea imágenes comunes a otros salmos (cfr Sal 18,17-18; 69,2-3.15-16; etc.), que indican la muerte segura.
Sal 124,6-7
En la bendición al Señor se reconoce la salvación frente a los enemigos. La metáfora del pájaro liberado del lazo (cfr Sal 11,1) puede aplicarse perfectamente al retorno de Babilonia.
Sal 124,8
La profesión de fe (cfr Sal 121,2) aúna las acciones de Dios en la historia a favor de Israel —al que reveló su «Nombre»— y su acción creadora. «La verdad en la creación es tan importante para toda la vida humana que Dios, en su ternura, quiso revelar a su pueblo todo lo que es saludable conocer a este respecto. Más allá del conocimiento natural que todo hombre puede tener del Creador (cfr Hch 17,24-29; Rm 1,19-20), Dios reveló progresivamente a Israel el misterio de la creación. Él que eligió a los patriarcas, el que hizo salir a Israel de Egipto y que, al escoger a Israel, lo creó y formó (cfr Is 43,1), se revela como aquel a quien pertenecen todos los pueblos de la tierra y la tierra entera, como el único Dios que “hizo el cielo y la tierra” (Sal 115,15;124,8;134,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 287).
Las palabras del v. 8 son empleadas en la liturgia cristiana como antífona de comienzo de oración. Con ellas se profesa que Dios es el único que da la fuerza para mantenerse firme: «Danos, Señor, tu ayuda en la tribulación, porque el auxilio humano es ineficaz. Danos fortaleza para luchar en los combates, y míranos propicio desde Sión, de modo que, siguiendo las huellas de tu pasión, podamos beber alegres el cáliz del martirio. (…) Ayuda, pues, eficazmente a nuestra fragilidad en esta hora de la prueba. Sé nuestro auxilio poderoso contra las huestes del demonio y de nuestros enemigos. Para nuestra defensa, embraza el escudo de tu divinidad y manténnos en la resolución de seguir luchando virilmente por ti hasta la muerte» (S. Eulogio de Córdoba, Documentum martyrii 25, epilog.).


Salmo 125
En el salmo anterior se cantaba la liberación del pueblo (cfr Sal 124), en éste se profesa la confianza y seguridad que el pueblo y los justos tienen en el Señor. El simbolismo del monte Sión utilizado en el salmo hace que este canto convenga a quien ha llegado en peregrinación a Jerusalén. La situación geográfica de la ciudad despierta los sentimientos de confianza en el Señor.
El salmo se inicia con dos comparaciones referidas al monte Sión: la de la firmeza de quienes confían en el Señor (v. 1), y la de la perennidad del cuidado de Dios por su pueblo (v. 2). Sigue con la afirmación de la seguridad del justo ante el impío (v. 3), y termina pidiendo el bien para los justos, la perdición para los impíos y la paz para Israel (vv. 4-5).
La confianza en el Señor expresada en este salmo es sentida profundamente por el cristiano al considerar la firmeza que Cristo ha otorgado a su Iglesia. Ella es la nueva Jerusalén rodeada de cuidados por su Esposo (cfr Ef 5,29-30), contra la que no prevalecerán las puertas del infierno (cfr Mt 16,18): «La Iglesia del Señor, edificada sobre la roca apostólica, se mantiene inconmovible entre los escollos del mundo y, apoyada en tan sólido fundamento, persevera firme contra los golpes de las olas bravías. Se ve rodeada por las olas, pero no resquebrajada, y, aunque muchas veces los elementos de este mundo la sacudan con gran estruendo, cuenta con el puerto segurísimo de la salvación para acoger a los fatigados navegantes» (S. Ambrosio, Epistulae 2,1-2).
Sal 125,1
La impresión de solidez producida por un monte como el de Sión, sobre el que estaba construida Jerusalén, sirve para expresar lo inconmovible de la firmeza de quien confía en el Señor.
Sal 125,2
Una cadena montañosa que jamás cambia, tal como aparecen los montes que rodean a Jerusalén, es motivo de comparación con el cuidado eternamente inmutable que Dios tiene de su pueblo.
Sal 125,3
La convicción expresada en el verso anterior se aplica ahora a la situación del pueblo dominado por un rey extranjero —«el cetro del impío», posible alusión a los reyes persas—, y tentado por las idolatrías y costumbres paganas.
Sal 125,4-5
Se eleva la oración pidiendo que el Señor retribuya a cada uno según su manera de actuar. La exclamación final hace extensible a todo el pueblo el deseo de prosperidad y bienestar que en Sal 122,6-9 se hacía a Jerusalén.
«¿Cuál es esta Sión sino aquella misma que antes se llamaba Jerusalén? Y ella misma era aquel monte al que la Escritura se refiere cuando dice: El monte Sión donde pusiste tu morada; y el Apóstol: Os habéis acercado al monte Sión. ¿Acaso de esta forma se estará aludiendo al coro apostólico, escogido de entre el primitivo pueblo de la circuncisión? Y esta Sión y Jerusalén es la que recibió la salvación de Dios, la misma que a su vez se yergue sublime sobre el monte de Dios, es decir, sobre su Verbo unigénito: a la cual Dios manda que, una vez ascendida la sublime cumbre, anuncie la palabra de salvación» (Eusebio de Cesarea, Commentaria in Isaiam 40).


Salmo 126
El cuidado del Señor por su pueblo, cantado en el salmo anterior (cfr Sal 125,2), se manifiesta en la vuelta de los cautivos a la tierra prometida, motivo de este salmo. El peregrino a Jerusalén revive, al encontrarse en la ciudad, la alegría de quienes volvieron del destierro. Por este motivo queda incluido entre los «cantos de las subidas».
Comienza describiendo la alegría del retorno, obra del Señor (vv. 1-3), y a continuación se le pide que haga volver a los desterrados y que éstos experimenten aquella alegría (vv. 4-6).
La admiración y la alegría expresadas en este canto continúan en el de la Virgen después de la Anunciación del ángel, cuando ella exclama: «Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo» (Lc 1,49). Las grandes cosas realizadas por Dios en la Encarnación y en la Resurrección de su Hijo traen a la humanidad una alegría que bien puede expresarse con las palabras de este salmo (cfr Mt 2,10; Lc 1,44; 24,41).
Sal 126,1-3
En vez de «hizo volver a los cautivos» (cfr Jr 29,14), puede entenderse, con el ligero cambio de una vocal en el término hebreo, «cambió la suerte», expresión más frecuente en la Biblia (cfr Dt 30,3; etc.). En cualquier caso se trata de algo increíble —«nos parecía soñar»— que, al realizarse, llena a los beneficiarios de una alegría inmensa que se manifiesta exteriormente, y llena a las naciones de admiración. Se trata de una de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo —«cosas grandes»—, magnalia Dei.
Sal 126,4-6
«Haz volver a nuestros cautivos» también puede entenderse como «cambia nuestra suerte», de manera semejante a como los torrentes del desierto, secos y áridos casi siempre, cambiaban de aspecto con las lluvias tornándose verdes y frondosos; o a como cambian los sentimientos en el que siembra y en el que siega. Esta última imagen parece construida a partir de un proverbio popular. «La molestia de los sufrimientos causa lágrimas santas. Pero el tiempo de llorar es también el tiempo de sembrar, ya que las obras de caridad que se hacen para sobrellevar las miserias de los hombres producen la mies de los gozos eternos» (Próspero de Aquitania, Expositio Psalmorum 125,6).


Salmo 127
Como canto de peregrinación, este salmo puede reflejar los sentimientos que surgen al entrar en el Templo, la «Casa del Señor» construida por Salomón (cfr 1 R 5,15-8,66), a quien se atribuye, quizá por tal motivo, esta pieza de sabiduría. Si en el salmo anterior se cantaba que el Señor ha obrado cosas grandes con su pueblo (cfr Sal 126,2), en éste se contemplan las que obra con sus amigos (127,2).
La primera parte (vv. 1-2) enseña la inutilidad del esfuerzo humano si Dios no presta su ayuda; la segunda (vv. 3-4), la fecundidad y el éxito en la vida con el favor del Señor. La unidad del salmo está en el doble sentido que tiene el término «casa» (v. 1) —edificio y familia—, y en la semejanza en las palabras hebreas que significan «edificar» (v. 1) e «hijos» (v. 3).
La exhortación a poner la confianza en Dios que impregna todo este salmo es recogida por Jesucristo cuando enseña el abandono en la Providencia divina, invitando a observar cómo Dios viste a la hierba del campo (cfr Mt 6,25-34). También se sirve de la imagen del grano que, mientras el hombre duerme, brota y crece sin que él sepa cómo, para explicar el desarrollo del Reino de Dios (cfr Mc 4,26-29).
Sal 127,1-2
Como argumento para las afirmaciones del v. 1 y primera parte del v. 2 se aduce la experiencia de que el obtener la cosecha no depende del hombre, sino del cielo, de Dios (v. 2). Así, todas las acciones que emprenden los hombres a nivel personal o social sólo tendrán éxito si Dios quiere. Las primeras palabras son aplicadas por los comentaristas cristianos a la edificación de la Iglesia o a la vida espiritual.
A la edificación de la Iglesia lo hace San Agustín: «¿Quiénes son los que trabajan en esta construcción? Todos los que predican la palabra de Dios en la Iglesia, los dispensadores de los misterios de Dios. Todos nos esforzamos, todos trabajamos, todos construimos ahora; y también antes de nosotros se esforzaron, trabajaron, construyeron otros; pero, si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. (…) Nosotros, por tanto, os hablamos desde el exterior, pero es Él quien edifica desde dentro. Nosotros podemos saber cómo escucháis, pero cómo pensáis sólo puede saberlo aquel que ve vuestros pensamientos. Es Él quien edifica, quien amonesta, quien amedrenta, quien abre el entendimiento, quien os conduce a la fe; aunque nosotros cooperamos también con nuestro esfuerzo» (Enarrationes in Psalmos 126,2).
A la vida cristiana lo aplica San Hilario de Poitiers: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros. Éste es, pues, el templo de Dios, lleno de su doctrina y de su poder, capaz de contener al Señor en el santuario del corazón. Sobre esto ha hablado el profeta en el salmo: Santo es tu templo, admirable por su justicia. La santidad, la justicia y la continencia humana son un templo para Dios. Dios debe, pues, construir su casa. Construida por manos de hombres, no se sostendría; apoyada en doctrinas del mundo, no se mantendría en pie; protegida por nuestros ineficaces desvelos y trabajos, no se vería segura. Esta casa debe ser construida y custodiada de manera muy diferente: no sobre la tierra ni sobre la movediza y deslizante arena, sino sobre sus propios fundamentos, los profetas y los apóstoles. Esta casa debe construirse con piedras vivas, debe encontrar su trabazón en Cristo, la piedra angular, debe crecer por la unión mutua de sus elementos hasta que llegue a ser el varón perfecto y consiga la medida de la plenitud del cuerpo de Cristo; debe, en efecto, adornarse con la belleza de las gracias espirituales y resplandecer con su hermosura» (Tractatus super Psalmos 126,7-8).
Sal 127,3-5
También los hijos son un don de Dios (v. 3), y aquel que es bendecido con ellos se siente seguro, personal y socialmente (vv. 4-5). «En la plaza», literalmente «la puerta», es decir, la puerta de la ciudad donde se celebraban los juicios. La abundancia de hijos es una señal del favor divino.


Salmo 128
Este salmo enlaza con el anterior ya que explicita cuál es el don de Dios a quien confía en Él y le teme: los hijos (cfr Sal 127,3-5; 128,3). La bendición de los vv. 5-6 cuadra con el contexto de la peregrinación al Templo, donde un sacerdote o un levita la pronunciaría sobre los que habían llegado allí. En su conjunto representa la instrucción y bendición impartidas a los peregrinos.
Comienza con la afirmación en estilo sapiencial de la dicha de quien es fiel al Señor (v. 1), y la describe a continuación fijándose en la felicidad de la familia (vv. 2-4). Después introduce una fórmula de bendición invocando al Señor en Sión (vv. 5-6).
La bendición y los deseos de felicidad y de paz expresados en este salmo adquieren nueva perspectiva en la bendición de Dios que el hombre recibe en y a través de nuestro Señor Jesucristo (cfr Ef 1,3-10).
Sal 128,1
«Temer al Señor» equivale a cumplir sus mandatos (cfr Sal 1,1). «Para nosotros, el temor de Dios reside todo él en el amor, y su contenido es el ejercicio de la perfecta caridad: obedecer los consejos de Dios, atenerse a sus mandatos y confiar en sus promesas» (S. Hilario de Poitiers, Tractatus super Psalmos 127,1-3).
Sal 128,2-4
La bienaventuranza prometida es una vida familiar feliz, tanto por tener lo suficiente para vivir (v. 2) como por la paz entre padres e hijos (v. 3). La frase «el que teme al Señor» da unidad a los vv. 1-4. En la práctica equivale a cumplir los mandamientos, que es el camino de la felicidad: «En verdad es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado» (S. Roberto Belarmino, De ascensione mentis in Deum 1).
Sal 128,5-6
La bendición divina implica seguridad para la nación y una larga vida para quien la recibe.

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