Ressources Catholiques Missel Romain

précédent

Salmo 137
En el salmo anterior se alababa al Señor porque libró a Israel de los opresores (cfr Sal 136,24); ahora se recuerda expresamente la situación soportada bajo los «opresores» babilónicos (Sal 137,3). Se pide al Señor que actúe con ellos con más rigor aún que el que mostró contra el Faraón y los reyes del tiempo de la conquista de la tierra (137,7-9; 136,10-12). Colocado tras el grupo de «cantos de las subidas» (Sal 120-134), Sal 137 viene a ser eco de Sal 126.
Tras rememorar la nostalgia de Sión sentida en el destierro (vv. 1-3), el salmista lanza un juramento contra sí mismo si se olvidara de Jerusalén (vv. 4-6), y termina pidiendo al Señor el castigo de los deportadores (vv. 7-9). El amor profesado a Sión hace a Sal 137 semejante a los llamados «cantos de Sión» (Sal 42-43; 46: 48; 84; 122; 126).
La lejanía y añoranza de Jerusalén reflejadas en este salmo ayudan al cristiano a hacer más intenso su deseo de llegar definitivamente a la patria celestial. En efecto, vive en este mundo como extranjero, en la dispersión (cfr 1 P 1,1), y sabe que mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe, no en la visión (2 Co 5,6).
Sal 137,1-3
Los «ríos de Babilonia» incluyen el Tigris, el Éufrates y los numerosas canales unidos a ellos (cfr Ez 3,15 donde se menciona el nombre de uno de éstos, el Quebar). Se deja ver la experiencia personal de un desterrado y los sentimientos que embargaban a los judíos piadosos en la cautividad. Sentarse y llorar es signo de lamentación (cfr Jb 2,8.13; Lm 2,10); que las cítaras estén colgadas significa reducidas al silencio. Las «canciones de Sión» (v. 3), son equivalentes a «los cánticos del Señor» (v. 4); su lugar propio era, por tanto, la liturgia en el Templo. La petición de los opresores (v. 3) era hiriente y sarcástica; significaba burlarse del Dios de Israel (cfr Sal 79,10) que había elegido a Sión como su morada.
Sal 137,4-6
Olvidarse de Jerusalén equivalía a olvidarse del Señor. Con un juego de palabras que no se aprecia en la traducción castellana, el salmista se desea, si llegara a ese olvido, que «sea olvidada su diestra», es decir, que su mano no reciba fuerza de Dios para tocar la cítara. La traducción «se paralice» o «se seque» responde a una corrección del término hebreo. También desea el salmista no poder hablar, para no cantar los cantos del Señor si se olvida de su misericordia manifestada en el Templo (v. 6).
Estas palabras nos recuerdan la necesidad de mantener vivo el deseo de llegar algún día a la bienaventuranza eterna, donde encontraremos el mayor de los consuelos: «Corramos juntos el camino de nuestra fe; deseemos la patria celestial, suspiremos por ella, sintámonos peregrinos en este mundo. (…) Entonces llegarás a la fuente con cuya agua has sido rociado; entonces verás al descubierto la luz cuyos rayos, por caminos oblicuos y sinuosos, fueron enviados a las tinieblas de tu corazón» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 35,8-9). «Los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito; por esto, el hombre no puede hallar su descanso más que en Dios, como dice San Agustín: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti”. Los santos, en la patria celestial, poseerán a Dios de un modo perfecto, y, por esto, sus deseos quedarán saciados y tendrán más aún de lo que deseaban. Por esto, dice el Señor: Entra en el gozo de tu Señor. Y San Agustín dice: “Todo el gozo no cabrá en todos, pero todos verán colmado su gozo. Me saciaré de tu semblante; y también: Él sacia de bienes tus anhelos”» (S. Tomás de Aquino, Expositio in Credum).
Sal 137,7-9
Estas imprecaciones aluden a la colaboración de Edom con Babilonia cuando fue conquistada Jerusalén (cfr Jr 49,7-22; Lm 4,21; Ab 8,15); reflejan el deseo de que se cumpla la ley del talión (v. 8), incluyendo los horrores propios de la guerra (v. 9). cfr los comentarios a Sal 58,11-12 y 109,16-20.
Salmos 138-145
Sal 138 abre un grupo de salmos atribuidos a David en el que seis oraciones de súplica (Sal 139-144) se enmarcan en dos cantos de alabanza (Sal 138 y Sal 145). Estas oraciones forman así una unidad que en el contexto en el que viene insertada, tras Sal 137, podría entenderse como recopilación de las oraciones del desterrado.


Salmo 138
Por su situación después de Sal 137, Sal 138 aparece como un canto al Señor que se entona mirando al Templo, a Sión (cfr Sal 138,2). cfr Sal 137,4.
Comienza con la alabanza del salmista a Dios por el bien recibido (vv. 1-3); sigue el deseo de que todos los reyes de la tierra alaben al Señor y reconozcan su grandeza (vv. 4-6), y concluye con la expresión de confianza personal en el Señor (vv. 7-8).
El deseo de alabanza universal al Señor que impregna este salmo es expresado aún con más fuerza en el Nuevo Testamento, orientándolo a la alabanza a Jesucristo, a quien por su humilde obediencia «Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!», para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11).
Sal 138,1-3
Después de la primera frase, expresión de alabanza, los Setenta y la Vulgata traen el motivo, «porque has escuchado las palabras de mi boca», que falta en el texto hebreo, pero que recoge también la Neovulgata. Se trata de una anticipación reiterando el contenido del v. 3. «Delante de los ángeles» (v. 1) es literalmente «delante de los dioses» y puede entenderse como «de los dioses» paganos, adorados en la tierra en la que el salmista eleva su alabanza. Los Setenta y la Vulgata (y Neovulgata) traducen «dioses» por «ángeles», orientando la comprensión del versículo en el sentido de realizar la alabanza solemnemente: ante los miembros de la corte celestial. Otras versiones antiguas, como la siríaca, traducen por «reyes» (cfr v. 4), dando a entender que los «dioses» paganos son aquellos a los que adoran y con los que se identifican los reyes extranjeros. La alusión al Templo en el v. 2 puede haber dado pie a que se atribuyera este salmo a David; pero en realidad supone la liturgia en el Templo donde se reconoce al Señor —«tu Nombre»—, y sus acciones a favor del pueblo. Esas acciones le han mostrado superior a cualquier otro poder —«nombre»—, o —si tomamos al pie de la letra el texto hebreo: «por encima de todo tu nombre»— le han mostrado superior a la fama que ya tenía. Con todo, la alabanza del salmista brota de su experiencia personal que se identifica con la que ha llevado al pueblo a reconocer «la misericordia y la fidelidad» del Señor (v. 2).
Sal 138,4-6
El deseo de alabanza universal al Señor por parte de todos los pueblos —«reyes de la tierra» (cfr Sal 22,28-30; 47,2; etc.)—, implica el reconocimiento de sus manifestaciones —«palabras» (v. 4)—, de sus designios —«caminos» (v. 5)—, de su grandeza y, al mismo tiempo, de su protección al humilde (v. 6).
Sal 138,7-8
Como necesitado, humilde y perseguido, el salmista confiesa su confianza en el Señor y en sus designios porque Él es fiel. Si ha sido Dios quien le ha creado, no puede abandonarle.
Apoyándose en las palabras del v. 1, la Iglesia emplea este salmo en la liturgia de la fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael y en la de los Ángeles Custodios (antífona de comunión). Se convierte así en un estímulo para alabar a Dios correspondiendo a los cuidados de sus mensajeros: «Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes. Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados» (S. Bernardo, Sermones de tempore 12,7).


Salmo 139
Es el primer salmo de súplica en este grupo de salmos de David (Sal 138-145), introducido aquí como prolongación de la oración del desterrado (cfr Sal 137). Retomando posibles sentimientos de David cuando huía de un sitio a otro, se confiesa que en cualquier lugar se está bajo la mirada y el juicio del Señor. Hay ciertas conexiones con el salmo anterior: los designios de Dios con el orante (cfr Sal 138,8) se contemplan ahora con más profundidad en su insondable misterio (Sal 139,17); y los enemigos del salmista (cfr Sal 138,7) son ahora presentados como enemigos de Dios mismo (Sal 139,22). Así, la oración del hombre que siente sobre él la mano del Señor se hace más profunda: apela a Dios reconociéndole omnisciente, omnipotente, creador y justo juez. En este sentido es uno de los salmos más bellos de la Biblia.
El salmista comienza manifestando que Dios conoce todas sus acciones y pensamientos, y que se ocupa especialmente de él (vv. 1-6); aunque quisiera, no podría ocultarse a su mirada (vv. 7-12), puesto que Dios mismo es quien le ha formado en el seno materno y ha dirigido su vida con sus designios misteriosos (vv. 13-18). Por eso acude al Señor pidiendo la desaparición del impío, al tiempo que le profesa su adhesión a Él y se somete a su juicio (vv. 19-24). Al final del salmo (vv. 23-24) se convierte en súplica lo que al comienzo se afirma realizado (v. 1).
Cuando un cristiano reza este salmo reaviva sus sentimientos de dependencia de Dios y de confianza en Él. Siente la cercanía de Dios a través de Jesucristo, que conoce lo más íntimo del hombre (cfr Jn 2,25), y experimenta en su interior la presencia del Espíritu Santo, que todo lo sondea (cfr 1 Co 2,10). El salmo 139 le invita a vivir intensamente la presencia de Dios.
Sal 139,1-6
La totalidad de las acciones viene expresada mencionando las opuestas: sentarse–levantarse; caminar–estar echado (vv. 2-3). Tales acciones reflejan los pensamientos (v. 2), y éstos son conocidos por Dios incluso antes de que se conviertan en palabras (v. 4). En cambio, el salmista no puede comprender el actuar divino hacia él (vv. 5-6). Siente que la presencia de Dios le rodea por todas partes y que todo lo que le sucede viene de Dios, pero no puede alcanzar su significado último. Se trata de un sentimiento similar al que Job expresa con las imágenes del cepo o la vigilancia puesta por Dios (cfr Jb 13,27).
Sal 139,7-12
Sería inútil querer escapar a la presencia y a la acción divinas, pues Él es omnipresente y actúa en todas partes: está en lo más alto —«el cielo»— y en lo más profundo —«el seol»— (v. 8); su acción llega al oriente más lejano —«alas de la aurora»—, y al límite del occidente —«los confines del mar»— (v. 9); no importa que sea de día o de noche (vv. 11-12). Considerando esta presencia de Dios en todas partes escribía Santa Teresa de Jesús: «Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija» (Camino de Perfección 28,2).
Sal 139,13-18
Dios interviene asimismo en la vida entera del hombre: en su concepción (v. 13) y en los bienes que recibe a lo largo de su existencia. El salmista es bien consciente de ello (v. 14), y lo explica proclamando de nuevo la omnisciencia divina (vv. 15-16). Las expresiones poéticas del v. 15 para indicar el origen del hombre en el seno materno —«en secreto», «lo profundo de la tierra»— asumen la consideración de que el hombre viene de la tierra y vuelve a la tierra (cfr Gn 2,7); en otros lugares indican el lugar de los muertos adonde irá el hombre al final de sus días (cfr Sal 63,10; Jb 14,13; etc.). El Señor conoce también y lleva cuenta de esos días (v. 16). Para el hombre, en cambio, se trata de un misterio que sobrepasa sus posibilidades de comprensión (vv. 17-18). San Clemente Romano comentando las palabras de este salmo escribía: «Siendo así que todo está presente ante Él y que Él todo lo contempla, tengamos temor de ofenderlo y apartémonos de todo deseo impuro de malas acciones, a fin de que su misericordia nos defienda en el día del juicio. Porque ¿quién de nosotros podría huir de su poderosa mano? ¿Qué mundo podría acoger a un desertor de Dios? (…) ¿En qué lugar, pues, podría alguien refugiarse para escapar de aquel que lo envuelve todo? Acerquémonos, por tanto, al Señor con un alma santificada, levantando hacia Él nuestras manos puras e incontaminadas; amemos con todas nuestras fuerzas al que es nuestro Padre, amante y misericordioso, y que ha hecho de nosotros su pueblo de elección» (Ad Corinthios 27,1-29,5).
Sal 139,19-24
Al hombre sólo le queda apelar a la voluntad divina para que lo libre de los violentos e impíos (v. 19), que maldicen los designios de Dios (v. 20). El salmista profesa su enfrentamiento a ellos, haciendo suya la causa de Dios (vv. 20-21) y pidiéndole que se fije en la sinceridad de sus propios sentimientos y le guíe por el camino del bien (vv. 23-24). La expresión «camino eterno» (v. 24) significa el camino de Dios que es eterno, y apunta ya a la unión con Dios para siempre, incluso tras la muerte.


Salmo 140
La súplica de liberación contenida en este salmo se encuentra ya incoada en el anterior (cfr Sal 139,19-20); pero ahora se describen con más detalle las acciones de los impíos, hombres sanguinarios y violentos (Sal 140,2-6; cfr 139,19), y se ve en su soberbia (cfr Sal 140,9) la causa del odio que tenían a Dios (Sal 139,21). Antes se pedía la desaparición de los malvados (cfr Sal 139,19), y ahora se les desea un castigo divino (Sal 140,11). En el grupo de salmos de David del que forma parte (cfr Sal 138-145), el salmo 140 recoge los sentimientos de un hombre perseguido por sus enemigos (cfr Sal 58; 64).
Comienza con dos peticiones de salvación (vv. 2-6): una frente a los que proyectan el mal (vv. 2-4); otra, frente a los que lo realizan (vv. 5-6). Para apoyar la súplica se expresa la confianza en el Señor (vv. 7-9) y se manifiestan los deseos frente a los malvados (vv. 10-12). Concluye con la proclamación de que el Señor salva al humilde y al justo (vv. 13-14).
Una vez más podemos entender que este salmo se cumple en nuestro Señor Jesucristo. Él elevó desde la cruz súplicas similares a las contenidas en esta oración (cfr vv. 7-9) y fue escuchado (cfr vv. 13-14). Pero, a diferencia del salmista, pidió el perdón para sus verdugos.
Sal 140,2-4
El primer paso del «malvado» o «violento» —este segundo término vuelve a aparecer en los vv. 5 y 12— es dado en su interior y en su palabra (cfr Sal 58,5; 64,4-5). La descripción del malvado hecha en este salmo queda recogida por San Pablo en Rm 3,13, cuando cita literalmente la segunda frase del v. 4, uniéndola a frases de otros salmos (cfr Sal 5,10; 10,7; 14,1-3) y de los profetas, para describir la situación de pecado en que se encuentra la humanidad: judíos y gentiles. De esta forma el Apóstol orienta las palabras del salmo no al deseo de que Dios castigue al impío, sino al reconocimiento de que todos necesitamos conversión.
Sal 140,5-6
El segundo paso de los malvados consiste en las acciones traicioneras emprendidas contra el justo (cfr Sal 9,16; 31,5).
Sal 140,7-9
El orante recurre al Señor como el Dios de la Alianza —«mi Dios»— y recuerda las acciones salvíficas anteriores; si el Señor no actúa ahora, si guarda silencio (cfr Sal 28,1; 83,2), los impíos se creerán más poderosos que Él, alzándose contra Dios, llenos de soberbia (v. 9). Éste es el sentido del texto hebreo, al que siguen los Setenta y la Vulgata, uniendo la última palabra del v. 9 a la anterior y traduciendo: «no vaya a ser que se alcen…».
Sal 140,10-12
Según la traducción que ofrecemos se trata de la expresión de los deseos del salmista: que Dios haga recaer sobre los impíos el mal que ellos traman, que sufran las consecuencias de sus propias acciones.
Sal 140,13-14
Las peticiones (cfr vv. 2-4) y los deseos del salmista (cfr vv. 10-12) se apoyan en las experiencias personales (v. 13); éstas le dan seguridad de que el Señor actuará (v. 14): «No te importe mucho quién está por ti o contra ti, sino busca y procura que esté Dios contigo o en todo lo que haces. Ten buena conciencia y Dios te defenderá. Al que Dios quiere ayudar no le podrá dañar la malicia de alguno. Si sabes callar y sufrir, sin duda verás el favor de Dios. Él sabe el tiempo y el modo de librarte, y por eso te debes ofrecer a Él. A Dios pertenece ayudar y librar de toda confusión» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 2,2-3).


Salmo 141
La oración del hombre perseguido que veíamos en el salmo anterior (cfr Sal 140,2-6) la encontramos más intensa en este salmo (Sal 141,1-2.9-10), que presenta, además, como novedad sobre aquél, la petición de ayuda para alejarse del mal (Sal 141,3-4). En ambas composiciones son frecuentes las alusiones a partes del cuerpo: corazón, manos, cabeza, labios… Se explica así que vayan juntos en este grupo de salmos de David.
Comienza pidiendo encendidamente al Señor que escuche (vv. 1-2) y presenta la primera petición: que el Señor le preserve de cometer el mal (vv. 3-4). A continuación, y como centro de la oración, muestra la disposición a adherirse a los justos y a acudir al Señor cuando le acosen los malvados (v. 5). Después expone la suerte de éstos (vv. 6-7); y, finalmente, hace una segunda petición: ser librado de ellos (vv. 8-10).
La primera súplica de este salmo (vv. 3-4) encuentra su culminación en la oración del Padrenuestro cuando le pedimos a Dios: «No nos pongas en tentación, sino líbranos del mal» (Mt 6,13). La actitud del salmista de aceptar la corrección de los justos (v. 5) dispone al cristiano a aceptar la corrección de sus hermanos (cfr Mt 18,15).
Sal 141,1-2
El salmista tiene plena seguridad de que Dios acepta las ofrendas y sacrificios realizados en el Templo, y desea que así sea aceptada su oración. Así aplica San Agustín estas palabras a Jesucristo: «Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde. Cualquier cristiano sabe que esto suele referirse a la misma cabeza de la Iglesia. Pues, cuando ya el día declinaba hacia su atardecer, el Señor entregó, en la cruz, el alma que después había de recobrar, porque no la perdió en contra de su voluntad; también nosotros estábamos representados allí. (…) Por tanto, la ofrenda de la tarde fue la pasión del Señor, la cruz del Señor, la oblación de la víctima saludable, el holocausto acepto a Dios. Aquella ofrenda de la tarde se convirtió en ofrenda matutina por la resurrección» (Enarrationes in Psalmos 140,5).
Sal 141,3-4
En su súplica, el salmista pide ante todo que el Señor no le permita pronunciar palabras ofensivas ni realizar malas acciones. Está reconociendo que si persevera en el bien es porque recibe la ayuda del Señor.
Sal 141,5
El orante prefiere aceptar las correcciones que le hagan los justos, a los halagos provenientes de los malvados, frente a cuyas acciones promete reaccionar siempre recurriendo al Señor. El texto hebreo es muy oscuro. Siguiendo a los Setenta, hemos corregido por «óleo del impío» la expresión «ungüento de la cabeza» que aparece en hebreo. Las primeras palabras de este versículo se comprenden mejor a la luz de la enseñanza evangélica de practicar la corrección fraterna: «El ejercicio de la corrección fraterna es la mejor manera de ayudar, después de la oración y del buen ejemplo» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 641).
Sal 141,6-7
El salmista sabe que el destino de los impíos es, en definitiva, el fracaso y la muerte. En el v. 7 en vez de «como leños partidos…» los Setenta traen «como piedra de molino estrellada por tierra». Tal como aparece en hebreo «nuestros huesos» en vez de «sus huesos», este versículo recogería la exclamación de los impíos viéndose abocados a la muerte.
Sal 141,8-10
En cambio, la exclamación del justo es una súplica al Señor para seguir viviendo y ser librado de los enemigos (cfr Sal 38,13; 140,6).


Salmo 142
Este salmo enlaza con el anterior por la intensidad de la súplica (cfr Sal 141,1-2; 142,3-4) del hombre perseguido al que han tendido un lazo (cfr Sal 141,9; 142,4) y busca refugio en el Señor (cfr Sal 141,8; 142,6). Ahora, sin embargo, se resalta la soledad del orante (142,5) y no se desea, como en Sal 141,10, el castigo de los enemigos. Quizá por eso se ha trasmitido como «de David, cuando estaba en la caverna», viéndole en aquel momento como tipo del hombre perseguido (1 S 22,1; 24,1-16).
Comienza el salmista confesando que en su desgracia acude al Señor (vv. 2-3) y a continuación pide a Dios que mire su situación afligida (vv. 4-5), y que le libre de sus perseguidores (vv. 6-8). Concluye con una afirmación de su esperanza (v. 8b).
La oración del hombre solo y perseguido en este salmo culmina con la que nuestro Señor Jesucristo elevó desde la cruz: «Padre en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Dios le escuchó dándole la recompensa al resucitarlo de entre los muertos (cfr Hb 5,7).
Sal 142,1
Este título, como otros en los salmos, quiere mostrar la situación histórica en la que habría sido compuesto el poema. Los comentaristas cristianos entendieron además que también puede aplicarse a Jesucristo: «Sin duda, el salmo se aplica también al Señor, el verdadero David. (…) Como David entró en la cueva para esconderse de Saúl, también el Señor entró en el mundo y sufrió persecución» (S. Jerónimo, Breviarium in Psalmos 141,1). Y por eso, dirán: «Si aplicamos el salmo al Señor, aquí (v. 5) es el mismo Señor quien habla: todos mis discípulos me han abandonado y han huido» (ibidem, 5).
Sal 142,2-3
Aunque el salmista comienza hablando del Señor en tercera persona, en realidad se esta dirigiendo a Él, como en el v. 6. «Con mi voz» indica la profundidad y el carácter personal de la oración, más que la forma externa.
Sal 142,4-5
Apela al conocimiento que Dios tiene de su vida y de su conducta, y al mismo tiempo le expone su situación, instándole a que se fije en ella. Los Setenta y la Neovulgata, en cambio, traducen las primeras palabras del v. 5 en primera persona —«yo miraba y me fijaba»—, entendiendo que es el salmista el que ve su situación y se la expone al Señor.
Sal 142,6-8
Como si fuera un levita, el orante tiene al Señor como su único bien —«heredad»— en la tierra —«país de los vivientes»— (cfr Nm 18,20; Sal 16,2). Por eso recurre a Él para que lo libre pues por sí mismo no tiene fuerza (v. 7); su vida está amenazada y sin salida y pide seguir viviendo para poder dar gracias al Señor (v. 8).
Sal 142,8b
Espera que los justos participen de su alegría, y no se desea como en Sal 141,10 el castigo de los enemigos.


Salmo 143
Como en el salmo anterior la súplica es elevada al Señor cuando el espíritu del salmista desfallece (cfr Sal 142,4; 143,4). Ahora porque, además de solo (cfr 142,3), se ve perseguido a muerte por sus enemigos (143,3). Quizá por resaltar estos aspectos, en los Setenta es atribuido a David cuando era perseguido por su hijo Absalón (cfr 2 S 15,13-14).
Tiene dos partes: en la primera (vv. 1-6) se pide al Señor que escuche (vv. 1-2) y se le presenta la situación del orante (vv. 3-6); en la segunda, se le pide que responda, que libre al salmista de los enemigos y le dé a conocer sus caminos guiándole por ellos (vv. 7-10). Concluye apelando al Nombre y a la misericordia del Señor (vv. 11-12). El salmista se apoya de principio a fin en la justicia y en la fidelidad de Dios (vv. 1.11) y se presenta ante Él como su «siervo» (vv. 2.12).
La petición que da fuerza a este salmo, ser guiado por el espíritu de Dios (v. 10), culmina en la oración del cristiano cuando éste pide a Dios el Espíritu Santo y sus dones. Jesús prometió a sus discípulos que el Espíritu de la Verdad les guiaría a la verdad completa (cfr Jn 16,13), y San Pablo enseña que «los que son guiados por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios» (Rm 8,14).
Sal 143,1-2
«Fidelidad» y «justicia» están en paralelismo, señalando así el carácter salvífico de la justicia divina. Otro matiz distinto tiene el «juicio» del v. 2 que refleja la realidad judicial al modo humano, y, entendido así el juicio divino, nadie cumple la condición de ser totalmente inocente delante de Dios (Sal 14,3; 51; etc.). San Pablo interpreta la segunda parte del v. 2 en el sentido de que ninguno puede tenerse como justo ante Dios, pues nadie puede cumplir perfectamente la Ley por sí mismo (cfr Rm 3,20). La Ley, además de orientar la conducta, sirve para reconocer la condición de pecadores y acudir a Cristo como Salvador.
Sal 143,3-6
La súplica viene motivada por la angustiosa situación del salmista perseguido a muerte. Las «tinieblas» son la región de la muerte, en la que el orante se siente atrapado, no tanto por la acción de los enemigos, cuanto porque siente que Dios le abandona a causa de su pecado (vv. 3.7; cfr Lm 3,2.6). De ahí que en su aflicción (v. 4) apele a lo que el Señor ha hecho en tiempos pasados —nótese la progresión entre «recordar», «meditar» y «considerar» (v. 5)— y con un gesto externo eleve su súplica y exprese su ardiente deseo de Dios (v. 6; cfr Sal 42,3; 63,2).
Sal 143,7-10
Se pide al Señor que actúe pronto, en el momento —«de mañana»— en el que manifiesta su bondad (cfr Sal 90,14), librándole de sus enemigos (v. 9) y, sobre todo, ayudándole a mantenerse firme en el cumplimiento de la voluntad divina (vv. 8.10). La acción de Dios guiando al hombre por el camino del bien —«tierra llana» (cfr Sal 26,12)— se atribuye al «espíritu de Dios», a la fuerza divina que actuó en la creación (cfr Gn 1,2), e instruyó a su pueblo en el desierto (cfr Ne 9,20). El «espíritu» del hombre (cfr v. 4) nada puede por sí mismo. «Rezad conmigo al Señor: doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu (Sal 143,10), enséñame a cumplir tu Voluntad, porque Tú eres mi Dios. En una palabra, que brote de nuestros labios el afán sincero de corresponder, con deseo eficaz, a las invitaciones de nuestro Creador, procurando seguir sus designios con una fe inquebrantable, con el convencimiento de que Él no puede fallar. Amada de este modo la Voluntad divina, entenderemos que el valor de la fe no está sólo en la claridad con que se expone, sino en la resolución para defenderla con las obras: y actuaremos en consecuencia» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 198).
Sal 143,11-12
El «Nombre» del Señor, es decir, Dios tal como se ha dado a conocer a su pueblo, manifiesta su justicia y su misericordia salvando a los suyos —«yo soy tu siervo»— del mal, representado aquí en los enemigos (cfr Sal 5,11).
La Iglesia ha considerado este salmo como el último de los siete penitenciales; con él se reconoce la condición de pecador que afecta a todo hombre (cfr Sal 6).

suivant