Salmo 36
La violencia y falta de solidaridad de los enemigos del salmista descrita en el salmo anterior tiene una raíz muy profunda que se explicita en este salmo: el pecado. Igualmente la urgente súplica de salvación elevada allí tiene su fundamento en la bondad del Señor cantada ahora. Este salmo por tanto complementa en cierto modo al anterior.
El poema comienza con la descripción del modo de pensar y de actuar de los impíos (vv. 2-5); sigue la proclamación ante el Señor de su bondad y su justicia (vv. 6-10); y concluye con la súplica de que el Señor manifieste su amor a los que le temen y libre al salmista de los que obran el mal (vv. 11-13). Las tres secciones forman una unidad que comienza y termina con el mismo tema (vv. 2.13).
Este salmo pone ante los ojos tanto la profundidad del mal opuesto a Dios, como la inmensidad del bien que Él otorga. Ambos misterios se desvelan más en el Nuevo Testamento al presentar el rechazo hacia Jesús, y los bienes de la Redención para quien cree en Él.
Sal 36,2-5
El término «oráculo» se aplica normalmente en la Biblia a las manifestaciones sobrenaturales de la voluntad divina que reciben los profetas u otros hombres inspirados por Dios (cfr Nm 23,7; Is 13,1; Sal 49,2; etc.). Aquí guarda ese matiz de algo sobrehumano, pero orientado al mal: es el pecado personificado (cfr Sal 51,5) o un mal espíritu que sugiere el mal en el interior del hombre (v. 2). A continuación se describen el contenido de ese oráculo y sus consecuencias en el pensar o en el actuar de quien lo sigue (vv. 3-5). San Pablo utiliza la segunda parte del v. 2 —«el temor de Dios no está ante su vista»— para concluir con esta frase la descripción de la situación de pecado de la humanidad fuera de Cristo (cfr Rm 3,18).
Sal 36,6-10
De la bondad del Señor se canta primero su magnitud: abarca los cielos (v. 6) y, en la tierra (v. 7), es como las montañas más altas —«montes de Dios»— y el fondo del océano —«el profundo abismo»—, es decir, inconmensurable; alimenta y da vida —«salva» (v. 7)— a todo ser vivo. Después se canta la calidad de la bondad divina: su cuidadosa protección sobre cada hombre (v. 8), y la abundancia de sus bienes —naturales y sobrenaturales— que se conceden desde el Templo (v. 9). El punto culminante está en el v. 10, en el que habla la comunidad y proclama al Señor como el que le da la existencia y la guía en su conducta. En el Evangelio de San Juan, Cristo se revela como la fuente del agua que brota para la vida eterna (cfr Jn 4,10.14), y la luz que alumbra a todo hombre (cfr Jn 1,9).
Desde la revelación del Nuevo Testamento los Santos Padres leyeron la expresión «en tu luz vemos la luz» como referida a la generación del Hijo de la misma naturaleza que el Padre. Partiendo de que San Juan en su Primera Carta dice: «Dios es luz y en Él no hay tinieblas» (1,5), comenta Orígenes: «¿A quién llamaremos luz de Dios en la que uno ve la luz sino a la potencia de Dios por la que somos iluminados para conocer la verdad de todas las cosas y conocer al mismo Dios que es la verdad? Éste es, por tanto, el significado de la expresión en tu luz vemos la luz: en tu Palabra y en tu Sabiduría que es tu Hijo, en Él te veremos a ti, Padre» (De principiis 1,1,1). La visión beatífica consistirá precisamente en contemplar a Dios con la misma luz divina. Las almas de los santos ven a Dios «con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura que tenga razón de objeto visto, sino por mostrárseles la divina esencia de modo inmediato y desnudo, clara y patentemente y (…) viéndola así gozan de la misma divina esencia» (Benedicto XII, Benedictus Deus).
Sal 36,11-13
La súplica se eleva primero por el pueblo pidiendo los bienes de la Alianza (v. 11); después por el salmista, pidiendo protección frente a la influencia que pueden ejercer los impíos para alejarle del Templo (v. 12), ya que éstos encuentran, precisamente allí, su humillación (v. 13).
Salmo 37
En el salmo 35 un justo se lamenta del acoso que sufre por parte de sus enemigos, los impíos, y en el salmo 36 se indica la raíz de la maldad que les mueve: la falta de temor de Dios (36,2). Ahora el salmo 37 ofrece una reflexión sobre el poder y el éxito aparente que los impíos alcanzan en la vida. Han renunciado a obrar el bien (cfr Sal 36,4-5; 35,12) y, sin embargo, parece que les va bien (cfr Sal 37,7-16). A esta aparente contradicción responde Sal 37 ampliando la visión sobre el fracaso de los impíos (cfr Sal 36,13) y exhortando al justo a ser constante en hacer el bien (cfr Sal 37,3.21.27).
Comienza con una serie de recomendaciones dirigidas por un maestro a su discípulo exhortándole a la paciencia y a la confianza en Dios ante la prosperidad y el éxito de los malvados (vv. 1-11). Continúa con la descripción de la conducta de éstos y la de los justos, y la consideración de cómo trata el Señor a unos y a otros (vv. 12-26). De nuevo vuelve a exhortar a quien lo escucha y a darle motivaciones para que siga sus consejos (vv. 27-40): le exhorta a obrar bien (vv. 27-33), a esperar en el Señor (vv. 34-36) y a fijarse en los justos (vv. 37-40). Como Sal 34; 25; 9, también éste está construido siguiendo las letras del alfabeto hebreo, pero agrupando normalmente dos versículos en cada letra. El contenido de la primera (vv. 1-2) y la última letra (v. 40) muestra una antítesis que refleja la unidad literaria del salmo.
En este salmo el cristiano escucha la voz de Jesucristo que ha prometido la tierra, la vida eterna, a los mansos de corazón (cfr Mt 5,5), es decir, a quienes confían en Dios y no se irritan ante el actuar de los impíos. Dios hace partícipes de los bienes de su salvación —la tierra prometida— a aquellos que confían en Él y viven según sus mandatos, pero no a aquellos que usan la violencia y la injusticia para adueñarse de los bienes de la tierra.
Sal 37,1-11
Son los consejos y las argumentaciones de un sabio que participa de esa sabiduría que ha ido proponiéndose desde el salmo 1 (cfr Sal 1; 19; 32), y que brota de la observación de lo que sucede en la vida, de las experiencias personales y de la reflexión sobre la historia del pueblo. Es una sabiduría que lleva a confiar en el Señor y en su justicia, y a no reaccionar airadamente o con violencia frente a los que obran el mal. De ahí la insistencia en «no irritarse», «tener sosiego», «aguardar»… Será el Señor quien hará triunfar la justicia y el derecho con la misma seguridad y claridad con las que hace llegar la aurora o brillar el sol (v. 6). Él es quien ha dado a su pueblo la tierra prometida y, por tanto, quien hará participar de ella y de sus bienes a quienes confían en Él (vv. 3.9.11). Nuestro Señor Jesucristo tomó las palabras del v. 11 para proclamar la tercera bienaventuranza (cfr Mt 5,5) en la que «heredar la tierra» es equivalente a tener parte en el Reino de Dios, el bien salvífico que Él trae a este mundo (cfr Mt 12,28). Pertenecen por tanto a ese Reino quienes, según leemos en el salmo, confían totalmente en Dios, y se mantienen fieles a Él sin perder la calma ante el aparente triunfo del mal.
Sal 37,12-26
Los impíos quieren arrebatar la tierra a los pobres y a los débiles por la fuerza e injustamente (vv. 12-14.21); pero el Señor sostiene a éstos, mientras que aquéllos serán víctimas de su propia violencia (v. 15), y muy pronto desaparecerán (v. 20), quedando la tierra para los justos (v. 22). El salmista puede aducir lo que él ha visto en su larga vida (vv. 25-26).
Sal 37,27-33
Desde su experiencia el sabio maestro reitera sus exhortaciones: la primera a obrar siempre el bien (v. 27) y a mantenerse en la Ley de Dios (v. 31) para poseer la tierra (v. 29).
Sal 37,34-36
La segunda exhortación es a esperar en el Señor y a seguir sus mandatos para, además de poseer la tierra, ver la desaparición de los impíos.
Sal 37,37-40
La tercera exhortación es a fijarse e imitar a los que viven con rectitud para tener posteridad (vv. 37-38), pues el Señor socorre en las circunstancias más adversas a quien busca refugio en Él (vv. 39-40).
Al Reino de Dios pertenecen quienes, según leemos en el salmo, confían totalmente en Dios y se mantienen fieles a Él sin perder la calma ante el aparente triunfo del mal. «Confiemos, hermanos y hermanas: sostenemos el combate del Dios vivo y lo ejercitamos en esta vida presente, con miras a obtener la corona en la vida futura. Ningún justo consigue enseguida la paga de sus esfuerzos, sino que tiene que esperarla pacientemente. Si Dios premiase enseguida a los justos, la piedad se convertiría en un negocio; daríamos la impresión de que queremos ser justos por amor al lucro y no por amor a la piedad. Por esto, los juicios divinos a veces nos hacen dudar y entorpecen nuestro espíritu, porque no vemos aún las cosas con claridad» (Homilía de un autor del siglo segundo 20,5).
Salmo 38
La afirmación del salmo anterior —que el justo gozará de gran paz (cfr Sal 37,11)— se complementa en éste, en el que un hombre atribulado por la desgracia (Sal 38,4.9) reconoce su falta de justicia, su pecado. El salmista no se engaña a sí mismo, como hacen los impíos que no reconocen su culpa ni la detestan (cfr Sal 36,3), sino que confiesa ante Dios su pecado (Sal 38,5.19), y eleva una oración penitencial, como lo hacía por sus enemigos cuando caían enfermos (cfr Sal 35,13). El salmo 38 hace así avanzar la oración respecto a los anteriores, invitando a pedir perdón a Dios, como lo hacían los salmos 6 y 32 —asimismo penitenciales— en sus respectivos contextos. En Sal 38 queda resaltado el sufrimiento que padece el orante.
Cuatro veces clama el salmista al Señor (vv. 2.10.16.22). La primera (vv. 2-9) pide no ser castigado (v. 2) y expone ante el Señor los dolores de su enfermedad (vv. 3-9). La segunda (vv. 10-15) apela a que el Señor conoce su dolor (v. 10), intensificado por la indiferencia de sus conocidos y el acoso de sus enemigos (vv. 11-15). La tercera (vv. 16-21) expresa a Dios su confianza en Él (v. 16) y confiesa su culpa (vv. 17-21). La cuarta y última es un grito pidiendo urgentemente auxilio (vv. 22-23). El salmo se abre y se cierra con súplicas (vv. 2.21-22); su desarrollo, en cambio, es una confesión de confianza (vv. 10.16).
Con este salmo, tenido por la Iglesia como el tercero de los penitenciales (cfr Sal 6,
nota), el cristiano es invitado constantemente a presentar su pecado ante Dios, no ya porque sienta sobre él la reprensión divina mediante la enfermedad u otra desgracia, sino porque siente el remordimiento y la alteración de la paz interior que produce el mismo pecado, y, sobre todo, porque puede ver en los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo los efectos del pecado que Él, siendo inocente, cargó sobre sus hombros (cfr Is 53,7; 1 Co 15,3).
Sal 38,2
Aquí el salmista, como en Sal 6,2, reconoce en su enfermedad algo merecido: la reprensión y el castigo divinos orientados a corregirle.
Sal 38,3-9
El autor manifiesta su convicción de la cercanía de Dios, precisamente a través de la enfermedad (v. 3). Pone el acento en los dolores que sufre, como hacía Job (cfr Jb 32-37).
Sal 38,10-15
El salmista sabe que Dios conoce su dolor (v. 10); y sabe también que no se ha alegrado de él, como han hecho sus amigos al verle enfermo (v. 12) y acosado por las acusaciones infamantes de sus enemigos (v. 13). No puede replicar, pues la misma enfermedad lo condena ante ellos. Pero tampoco quiere hacerlo porque sigue confiando en el Señor (cfr v. 16).
Sal 38,16-21
Con esperanza el orante recurre al Señor como juez de aquella situación crítica, pues sólo Él puede reconocer que busca el bien.
Sal 38,22-23
Recurre a Dios pidiéndole ansiosamente que se manifieste cercano curándole. La forma de expresarse el salmista a lo largo y al final de su oración —«Señor, Dios mío» (vv. 22-23.16.10), «salvación mía» (v. 23)— refleja que en ella ha ido descubriendo más intensamente la cercanía de Dios que ya reconocía de forma indirecta al comienzo (cfr v. 3). Por eso, el salmo es un buen ejemplo de la eficacia de la oración perseverante, pues siempre es oída por Dios: «Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua también es la oración. (…) Si tu deseo está en tu interior también lo está el gemido; quizá el gemido no llega siempre a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 37,13-14).
Junto a otros salmos en éste vemos que «el hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cfr Sal 38) y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cfr Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (cfr Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cfr Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1502).
Salmo 39
En el salmo anterior el salmista callaba ante quienes le acusaban con infamias (cfr Sal 38,14-15), y en su interior recurría al Señor (cfr Sal 38,16) esperando ser curado al confesar su pecado (cfr Sal 38,2.22-23). En Sal 39 en cambio se ve cercana la muerte (cfr Sal 39,5-6) y el salmista no puede seguir callado (v. 4). Meditando y en silencio ha querido seguir la conducta del hombre sabio para no irritarse por los malvados (cfr Sal 37,1.7; 39,2); pero su dolor se ha hecho más intenso (Sal 39,3), su enfermedad, más grave (Sal 39,11-12). Entonces rompe su silencio (v. 4) y habla al Señor pronunciando palabras de sabiduría y «lo recto» (cfr Sal 37,30).
El salmista había hecho propósito de mantenerse en silencio, pero no puede soportarlo y al fin habla (vv. 2-4). Habla al Señor (vv. 5-14) elevando a Él su súplica: primero le pide comprender la fugacidad de su vida (vv. 5-7); después, y poniendo su confianza en Dios, ser perdonado y librado de la enfermedad (vv. 8-12); finalmente, tener algún alivio antes de morir (vv. 13-14). Estamos ante un salmo peculiar que termina sin esperanza de vivir, sólo parecido en cierto modo a Sal 88.
El hombre, ciertamente, nada puede hacer para prolongar su existencia en la tierra, pues ésta depende de Dios. Por eso, con más fuerza aún que la que aparece en este salmo, nuestro Señor Jesucristo invita a confiar en la providencia divina: «¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura?» (Mt 6,27).
Sal 39,2-4
Exponer sus quejas al Señor delante de los impíos habría sido darles pie para mofarse aún más del salmista y de su confianza en Dios. Por otra parte, las palabras del v. 4 en sentido espiritual son una bella imagen de cómo la oración debe encendernos en el amor a Dios: «Et in meditatione mea exardescit ignis —Y, en mi meditación, se enciende el fuego. —A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera. —Y habrás aprovechado el tiempo» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 92).
Sal 39,5-7
En su oración ante los impíos, el orante pide al Señor que le haga comprender la brevedad de su existencia, ya que es fugaz la vida de todo hombre. El v. 7 es como un resumen del libro del Qohélet.
Sal 39,8-12
Ante la realidad de la muerte sólo cabe poner la esperanza en Dios, pedirle perdón, callar ante Él e implorar compasión.
Sal 39,13-14
Siendo consecuente con todo lo anterior, el salmista termina su oración suplicando a Dios que le escuche y no le trate con excesivo rigor —«aparta de mí tu mirada» (v. 14)—. Las expresiones «forastero ante Ti» y «peregrino» (v. 13) indican que el orante considera su vida protegida por Dios, como la Ley protegía a los extranjeros residentes en Israel y a los peregrinos (cfr Ex 12,48-49; Dt 10,18-19; etc.). Atendiendo a esta condición de «forasteros y peregrinos», San Pedro exhorta a los cristianos a abstenerse «de las concupiscencias carnales, que combaten contra el alma» y a observar «entre los gentiles una conducta ejemplar» (1 P 2,11-12). Al mismo tiempo esos términos recuerdan al cristiano la urgencia de vivir en unión con Cristo: «No tienes aquí ciudad permanente. Dondequiera que estuvieres serás extranjero y peregrino; jamás tendrás reposo si no te unes íntimamente a Cristo» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 2,1,6).
Salmo 40
El comienzo de este salmo (vv. 2-5) es el reconocimiento de que Dios interviene en aquellas circunstancias extremas en las que se le suplicaba en el salmo anterior (cfr Sal 39,13-14). Por eso la inclinación del salmista es distinta: allí a callar (cfr Sal 39,2.10), aquí a proclamar alabanzas (v. 4) y a manifestar lo que pensó (v. 8). En Sal 40 confluyen además la convicción de la culpa personal que era expresamente reconocida en Sal 38 (cfr también Sal 39,9), y la contraposición entre la vergüenza de los enemigos del salmista y la alegría de los que buscan al Señor, expresadas casi con los mismos términos que en Sal 35 (cfr 35,21.26-27; 40,15-17). De este modo en Sal 40 se prolonga la oración contenida en los salmos anteriores.
Primero se canta lo que hizo el Señor (vv. 2-11); después se le eleva la súplica (vv. 12-18). El canto de las acciones divinas del pasado se introduce con la confesión del salmista: esperaba en el Señor y Éste le escuchó, le salvó y le movió a la alabanza para que muchos pusieran su confianza en Él (vv. 2-5); después se dirige directamente a Dios reconociendo sus incontables proezas y lo que Dios esperaba a cambio: algo que el salmista estuvo dispuesto a realizar (vv. 6-9) y que proclamó ante la gran asamblea (vv. 10-11). La parte del salmo dedicada a la súplica incluye primero la petición de perdón (vv. 12-13), y después la de auxilio frente a los enemigos (vv. 14-18). Esta última petición aparece más adelante en el libro de los Salmos como un salmo distinto (cfr Sal 70), por lo que se piensa que pudo haber circulado independientemente.
El punto central de este salmo es la disposición personal del salmista a obedecer a Dios, pues tal es su propia misión (vv. 7-9). Entiende que es su obediencia, y no los sacrificios expiatorios, lo que Dios espera de él. Coincide así con la actitud del siervo del Señor descrita en el libro de Isaías (cfr Is 50,5; 53,12), y prepara la que mostró nuestro Señor Jesucristo que vino a servir y no a ser servido, y a entregar su vida en rescate por todos (cfr Mt 20,28).
Sal 40,2-5
«Pozo de la miseria» y «fango cenagoso» (v. 3) son imágenes poéticas del reino de la muerte al que el salmista se veía abocado; frente a ellas se contrapone la de «roca» significando seguridad y fuerza. Dios inspira al salmista un cántico «nuevo» (v. 4) respecto al de lamentación en el sufrimiento; ahora es canto de alabanza con la connotación de vida nueva tras haber sentido la cercanía de la muerte (cfr Is 38,10-20). En ese canto, por el que muchos se sentirán atraídos a la alabanza (v. 4), se proclama que el hombre encuentra su felicidad en la confianza en el Señor, y no en la soberbia humana. Traducimos por «soberbios» (v. 5) un término hebreo que significa propiamente «monstruos marinos» y que designa a los poderes adversos a Dios que siempre buscan la mentira.
Sal 40,6-9
Las acciones de Dios en favor de su pueblo son tantas que es imposible proclamarlas todas (v. 6). En virtud de ellas el Señor pide obediencia a Él, y a su Ley (v. 9). No quiere decir que excluya o desprecie los sacrificios, sino que éstos han de ser signos de aquella obediencia (cfr 1 S 15,22; Is 10,20; Mi 6,6-8). «Me abriste el oído», —literalmente «me cavaste el oído»— puede entenderse como horadar las orejas en el sentido de me «hiciste tu siervo de por vida» (cfr Ex 21,6; Dt 15,7); o en el de «me hiciste escuchar y conocer», a la manera de lo que el maestro hace con el discípulo (cfr Is 48,8; 50,4-5). La versión griega (LXX), que en vez de: «Me abriste el oído», trae: «Me preparaste un cuerpo», parece inclinarse por el primer sentido. La razón del cambio de palabras pudiera estar en que entre los griegos a veces se designaba el esclavo con la misma palabra que «cuerpo». En cualquier caso la respuesta del salmista es la disposición pronta y total a cumplir la voluntad del Señor, pues eso es lo que se espera de él según consta en el rollo escrito (vv. 8-9; cfr Is 6,8; 50,5). La alusión a un rollo en el que se habla del salmista hace pensar que éste sea el rey al que se le entregaba una copia de la Ley cuando era coronado para que la siguiese en su administración (cfr Dt 17,18-20; 2 R 11,12). Su misión consiste en cumplir la Ley del Señor (vv. 8-9). En la Carta a los Hebreos se transcriben las palabras de los vv. 7-9a, según la versión griega, como pronunciadas por Jesucristo al venir a este mundo, y se explica con ellas el cese de los sacrificios de la antigua Ley: «Después de haber dicho antes: No quisiste ni te agradaron sacrificios y ofrendas ni holocaustos y víctimas expiatorias por el pecado —cosas que se ofrecen según la Ley—, añade luego: Aquí vengo para hacer tu voluntad. Deroga lo primero para instaurar lo segundo. Y por esa voluntad somos santificados de una vez para siempre, mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10,8-10).
Explica el Catecismo de la Iglesia Católica que «en Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al entrar en el mundo: “He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hb 10,7; Sal 40,7). Sólo Jesús puede decir: “Yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8,29). En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42; cfr Jn 4,34; 5,30; 6,38). He aquí por qué Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (Ga 1,4). “Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10,10)» (n. 2824).
Sal 40,10-11
Además de cumplir la Ley, el salmista es consciente de su misión de anunciar ante todo el pueblo —«la gran asamblea»— que el Señor es el Dios de la Alianza.
Sal 40,12-13
Apoyado en cómo actúa ese Dios, el salmista pone ante Él sus culpas —causa de que le falte el ánimo y la alegría: «Mi corazón me falla» (v. 13)—, pidiendo a la vez «misericordia» (vv. 12-13). «Así como los vapores oscurecen el aire y no le dejan lucir el sol claro; como el espejo tomado del paño no puede recibir serenamente en sí el rostro; o como (en) el agua envuelta en cieno, no se divisa bien la cara del que en ella se mira; así, el alma que de los apetitos está tomada, según el entendimiento está entenebrecida, y no da lugar para que ni el sol de la razón natural ni el de la Sabiduría de Dios sobrenatural la embistan e ilustren de claro. Y así dice David (Sal 40,13), hablando a este propósito: Comprehenderunt me iniquitates meae, et non potui, ut viderem, que quiere decir: Mis maldades me comprehendieron, y no pude tener poder para ver» (S. Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 1,8,1).
Sal 40,14-18
El salmista pide auxilio divino frente a quienes le persiguen a muerte con palabras que se comentan en Sal 70.
Sal 40 es tipo de aquellos salmos que «con su lenguaje concreto y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: “En el Señor puse toda mi esperanza, Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor” (Sal 40,2). “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15,13)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2657).
Este salmo (vv. 7-11) es empleado por la Iglesia en la solemnidad de la Anunciación del Señor, mostrando con ello la entrega de la Santísima Virgen a la misión de ser la Madre del Salvador. Ella es la «esclava del Señor» que está dispuesta a cumplir en todo la voluntad de Dios.
Salmo 41
Sal 41 continúa exponiendo los sentimientos que el salmista introduce con la expresión «yo dije» o «yo digo» (cfr Sal 38,17; 39,2; 40,8; 41,5). En la enfermedad reconocía su pecado ante Dios y callaba (Sal 38); ante los impíos hablaba con sabiduría sobre la brevedad de la vida y pedía alivio antes de morir (Sal 39); al sentirse curado hacia propósito de obedecer el Señor y proclamar sus obras (Sal 40); ahora, en Sal 41, manifiesta a quién asiste el Señor en la enfermedad (Sal 41,2-4). Continúa presente el tema del pecado, causa de la enfermedad (cfr 38,4.6.19; 39,2.9.12; 40,13; 41,5), y el de los enemigos que predomina en todo este grupo de Sal 35-41. En cuanto a los amigos, que en Sal 38,12 abandonan al salmista enfermo, ahora son presentados además como quienes se vuelven en su contra y le atacan (cfr 41,10). Son motivos que llevan a intensificar la oración y la confianza en Dios.
Se inicia el salmo con una afirmación proclamada a modo de principio (vv. 2-4); después se presenta la experiencia personal para hacerla (vv. 5-13). Esa experiencia incluye la narración–lamento de la situación en la que el salmista clamó al Señor (vv. 5-10), y la súplica apoyada en una confesión de confianza (vv. 11-13). El v. 14, una doxología, marca el final de la primera parte del libro.
Nadie ha podido recitar este salmo con más realismo que nuestro Señor Jesucristo que «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38), y fue traicionado por sus amigos (cfr v. 10). Aunque Él no tenía pecado, elevó su súplica al Padre habiendo cargado con el pecado del hombre (cfr v. 5).
Sal 41,2-4
La bienaventuranza inicial es similar a la que abre Sal 1 y marca la correspondencia entre ambos salmos como comienzo y fin de la primera parte del libro. Allí se trataba del «temor del Señor»; aquí, de la atención al pobre. Se piensa por eso mismo que los vv. 2-4 son un añadido posterior a una oración más antigua, de tiempos pre–exílicos, en la que se pedía la salud. El texto de algunos versículos que integran esa bienaventuranza es oscuro, pues en ellos el salmista parece dirigirse a Dios (v. 4b). En muchas versiones se interpretan de otra forma: «Aliviará su enfermedad» (v. 4b).
Sal 41,5-10
Tanto los enemigos (vv. 6.8-9), como los amigos que visitan al salmista (vv. 7.10) se vuelven contra él, unos de un modo y otros de otro. Según el Evangelio de San Juan, nuestro Señor Jesucristo en su Última Cena citó las palabras del v. 10 para enseñar que la traición del que pertenecía a los suyos y estaba sentado a la mesa, tenía un sentido en los planes de Dios. Tras llamar dichosos a los discípulos que, como Él, laven los pies a los demás, les dice: «No lo digo por todos vosotros: yo sé a quienes elegí; sino para que se cumpla la Escritura: El que come mi pan levantó contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis que yo soy» (Jn 13,18-19).
Sal 41,11-13
El «merecido» que el salmista quiere dar a sus enemigos —a diferencia de otros salmos en los que lo deja en manos de la justicia divina (cfr Sal 4,2; 24,5; 26,1; etc.)—, es poderles mostrar que se equivocaban en sus palabras y en sus proyectos, y así hacerles callar y reconocer la protección de Dios hacia él.
En gran parte de la tradición cristiana, este salmo se interpreta directamente en sentido cristológico viendo las palabras del salmista aplicadas a Jesús, y en las acciones del amigo que se vuelve traidor a Judas. Incluso el lugar que ocupa el salmo tiene significación en ese sentido: «Es justo que este salmo que pone fin al libro sea interpretado como el salmo que habla de la Pasión del Señor. (…) Así, el segundo libro de los Salmos puede comenzar con el misterio de la vida nueva, abrazando las realidades sagradas más perfectas [los sacramentos]» (S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 40,37).
Libro II: Salmos 42-72
La segunda parte del libro de los Salmos comienza con un grupo de ocho poemas atribuidos a los hijos de Coré (Sal 42-49), en los que predomina el deseo de llegar al Templo y permanecer en él, así como el gozo de la contemplación de Sión. A continuación viene un salmo atribuido a Asaf (Sal 50) en el que Dios se dirige a su pueblo como si le hablara desde el Templo, seguido de una serie de salmos de David (Sal 51-65; Sal 68-70) y uno de Salomón (Sal 72), que pueden comprenderse como la respuesta del orante a lo que Dios dice a su pueblo en Sal 50. Una doxología al final de Sal 72, similar a la de Sal 41,14, marca la conclusión de esta segunda parte de libro de los Salmos.
Salmos 42-49
Sobre los «hijos de Coré», cfr Introducción, pág. 172. En estos salmos, se percibe un gran amor al Templo, y además se contempla la dimensión universal de la salvación.