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Salmo 30
El Señor, rey eterno, cuya voz poderosa se deja oír en la tormenta (cfr Sal 29), ha escuchado la voz suplicante (cfr Sal 28) del enfermo que ha recurrido a Él (Sal 30). Sal 30 canta, desde la experiencia personal, la convicción manifestada en Sal 28,1.
La oración consta de cuatro estrofas: 1) promesa de alabanza al Señor por haber curado al salmista (vv. 2-4); 2) invitación a los fieles para que también alaben al Señor (vv. 5-6); 3) recuerdo detallado de la enfermedad y de la súplica (vv. 7-11); y 4) reconocimiento ante el Señor de la curación, prometiéndole alabanza por siempre (vv. 12-13).
Según el título, este canto era recitado en la fiesta de la Dedicación del Templo, en la que se celebraba su purificación y nueva consagración en el año 146 a.C., tras haber sido profanado por Antíoco IV Epífanes (cfr 1 M 4,36-61; 2 M 10,1-8). De esta forma se actualizaba su contenido aplicándolo a la liberación del Santuario, otorgada por el Señor tras haber permitido que por breve tiempo estuviese en manos de paganos. El cristiano actualiza este salmo aplicándolo a la resurrección de Cristo y pidiendo la participación en ella.
Sal 30,2-4
En todo el cántico queda reflejada la liturgia de acción de gracias en el Templo tras la curación de una enfermedad que le ha llevado al salmista al borde de la muerte.
Sal 30,5-6
La perspectiva de los versículos anteriores se amplía contemplando la forma de actuar de Dios: su «bondad» sobrepasa con mucho a su «ira» (v. 6; cfr Is 54,7-8).
Sal 30,7-11
La ira divina en realidad consiste en «ocultar su rostro», dejar solo al hombre (v. 8) cuando éste se considera autosuficiente (v. 7). Así lo ha experimentado el salmista mismo, que reaccionó a tiempo acudiendo a la súplica (vv. 9.11) y arguyendo ante el Señor la inutilidad de su muerte, ya que, en tal caso, no podría alabarle. Sólo vale la pena vivir porque se puede alabar al Señor, fuente de todo bien. «Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 783).
Sal 30,12-13
«Danza» y «vestido de alegría», contrapuestos a luto y penitencia —«mi saco»— son manifestaciones externas, probablemente cultuales, de la alegría que acompaña a la alabanza; una alegría que brota en el interior, en «mi corazón» —literalmente «mi gloria», quizá en el sentido de «mi salud»— y se expresa con la voz (v. 13).
En la liturgia cristiana este salmo 30 es recitado en la Vigilia Pascual, tras la lectura de Is 54,5-14, en la que se proclama el consuelo y el rescate de Jerusalén después de haber sido abandonada un instante por Dios. En este contexto este salmo muestra su significado profético, en cuanto proclama la forma de actuar de Dios que resucitó a Jesucristo después de que éste hubo gustado la muerte.


Salmo 31
En el salmo anterior alababa al Señor alguien que, estando a punto de morir, había sido curado (cfr Sal 30,3-4); en éste manifiesta su confianza en Dios un hombre que, además de haber estado enfermo (vv. 8.10-11), ha sido abandonado de sus conocidos y perseguido por sus enemigos (vv. 12-14.16.18-19). Pero Dios ha escuchado la voz de su súplica (v. 24; cfr Sal 30,9; 28,2.6). Reuniendo expresiones y motivos comunes a otros salmos, Sal 31, como expresión de confianza en Dios, complementa al anterior en el que prevalecía la alabanza.
En esta oración pueden distinguirse tres partes según predominan los sentimientos de confianza (vv, 2-9), de súplica (vv. 10-19) o de reconocimiento de la bondad de Dios (vv. 20-26). Pero en cada una de ellas se entremezclan de hecho los distintos sentimientos. En la primera parte, las expresiones de confianza (vv. 2.4.5) alternan con las de petición de ayuda (vv. 2.3.5) y con las de reconocimiento a Dios por haber socorrido al salmista (vv. 6-9). La parte central (vv. 10-19) contiene una súplica ante la situación de desgracia del orante (vv. 10-14), manifiesta de nuevo la confianza en Dios (vv. 15-16), y vuelve a pedir la intervención divina (vv. 17-19). La parte final (vv. 20-26) recoge un nuevo reconocimiento de la bondad de Dios (vv. 20-21), una bendición al Señor por haber escuchado (vv. 22-23) y la invitación dirigida a todos a amar al Señor y esperar en Él (vv. 24-25). La confluencia de todos esos sentimientos en un mismo salmo, aunque pudiera parecer artificiosa, responde en realidad a la vida misma puesta en oración ante Dios.
La angustiosa situación humana referida en este salmo, que recuerda a la del profeta Jeremías, la experimentó, más que nadie, nuestro Señor Jesucristo en su pasión y muerte. Hizo suyas las palabras del v. 6 justo antes de expirar en la cruz (cfr Lc 23,46), dándonos a conocer que Dios es fiel, es el Padre que no iba a abandonar a su Hijo. Rescatado de la muerte y exaltado a la derecha del Padre, Cristo es también aquel en cuyas manos pone el cristiano su vida antes de morir, como hizo San Esteban, el primer mártir cristiano: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7,59).
Sal 31,2-5
El mismo grito inicial de confianza en el Señor ya aparecía en Sal 7,2; 11,1; 16,1. Ahora se apela no a la «justicia» del orante, como en Sal 7,9, sino a la «justicia» divina, es decir, a su voluntad salvífica (cfr v. 8). Las metáforas de seguridad de los vv. 3-5 ya las hemos encontrado en Sal 18,3; 23; 27,1. Las primeras palabras del salmo son una expresión de confianza en Dios que marca la vida del hombre: «Con las alas de la esperanza, que anima a nuestros corazones a levantarse hasta Dios, hemos aprendido a rezar: in te Domine speravi, non confundar in aeternum (Sal 31,2), espero en Ti, Señor, para que me dirijas con tus manos ahora y en todo momento, por los siglos de los siglos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 209).
Sal 31,6-9
El título «Señor, Dios fiel», o «Dios de fidelidad», aparece aquí por vez primera. Expresa que Dios siempre cumple sus promesas y que el hombre puede confiar totalmente en su palabra, poner la vida en sus manos (v. 6a). En el v. 7 seguimos la versión griega y a San Jerónimo —«detestas»— en vez del texto hebreo —«detesto»— porque mantiene mejor el ritmo de los versos. El sentido es que Dios no puede tolerar a quienes van tras los ídolos, por lo que el salmista mantiene su adhesión a Él, pese a todo.
Sal 31,10-14
La enfermedad oprime física y moralmente al salmista, que reconoce que es debida a su pecado; pero todavía le hace sufrir más el hecho de que, al verle enfermo, sus propios allegados le abandonan, le rehúyen y queda totalmente abandonado (vv. 12-13; cfr Jb 19,13-19; Jr 12,6) y solo ante sus enemigos que traman contra él (cfr v. 14).
Sal 31,15-16
En la situación en que se encuentra, el orante reafirma su confianza en Dios de manera continuada, y le pide auxilio en virtud de la relación personal que guarda con Él —«mi Dios»—.
Sal 31,17-19
La petición se centra en que Dios, devolviéndole la salud, haga callar para siempre —«mudos en el seol» (v. 18)— a quienes le acusan públicamente de falsedad.
Sal 31,20-21
A la petición sigue la proclamación de la bondad del Señor para quienes le temen, dejando entender que son el grupo de los que acuden con confianza al Templo.
Sal 31,22-23
El salmista testimonia que en el Templo —«en la ciudad fortificada», es decir, Jerusalén (v. 22)— ha sido escuchado en momentos en los que creía que había sido abandonado —«expulsado de tu presencia» (v. 23)—.
Sal 31,24-25
Por eso invita a quienes puedan vacilar en su fe debido a las desgracias, a amar al Señor y a confiar en Él.


Salmo 32
En el salmo anterior el salmista reconocía que la enfermedad de la que le había salvado el Señor era debida a su pecado (cfr 31,10-14), y ponía su vida en manos del Señor (cfr 31,16). Sal 32 centra la atención en cómo el Señor ha perdonado el pecado, y «su mano» ha cesado en el castigo (cfr v. 4). Los numerosos términos comunes entre ambos salmos hacen pensar que responden al mismo contexto: la acción de gracias en el Templo tras la curación de una enfermedad.
A la proclamación de la bienaventuranza —felicidad— del hombre que ha sido perdonado por Dios (vv. 1-2), sigue la oración del salmista que confiesa ante Dios su experiencia personal del perdón divino (vv. 3-7), y testimonia ante los demás lo que él ha escuchado de parte del Señor (v. 8). Termina con una exhortación a actuar con inteligencia y a alegrarse en el Señor (vv. 9-11).
Dios se muestra dispuesto a perdonar y a guiar a quien reconoce ante Él su pecado. No exige otra condición que confiar en Él y volver a Él. Nuestro Señor Jesucristo enseñará esto mismo con más fuerza aún en la parábola del hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32).
Sal 32,1-2
El hombre encuentra la dicha cuando recibe el perdón divino y puede presentarse ante Dios con sinceridad de corazón. San Pablo, recordando el ejemplo de Abrahán, aplica los vv. 1-2 al hombre justificado por Dios en virtud de su fe, no de sus obras: «En este sentido David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye la justicia con independencia de las obras: Bienaventurados aquellos a quienes se les han perdonado los delitos y a quienes se les han cubierto los pecados; bienaventurado el hombre a quien el Señor no le tenga en cuenta su pecado» (Rm 4,6-8).
Sal 32,3-7
El salmista narra su situación de sufrimiento físico y moral anterior a la presentación de su culpa ante Dios (vv. 3-4) y su reacción, motivada por aquel sufrimiento, para acudir a Él y encontrar su perdón (v. 5). Desde la propia experiencia, es consciente de que encuentran el perdón divino todos los fieles que recurren al Señor, por grande que sea la amenaza del castigo, que aquí, con la imagen de «aguas caudalosas» (v. 6), recuerda al diluvio (cfr Gn 7,5-24; Sal 18,17). Por eso mismo manifiesta a Dios su confianza en Él (v. 7). Para el cristiano, estas palabras muestran la situación angustiosa del alma en pecado y la necesidad de encontrar la paz en el sacramento de la Penitencia, en el que «contrición y conversión son (…) un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31).
Sal 32,8
Ahora es el Señor quien habla —quizá por medio del sacerdote— para prometer su ayuda de cara a llevar una conducta recta. Es el punto culminante del salmo.
Sal 32,9-11
No atender a las palabras del Señor recogidas en el versículo anterior, sería obrar sin inteligencia y permanecer en el sufrimiento (vv. 9-10). La alegría, en cambio, caracteriza a quien abre su corazón al Señor (v. 11).
La Iglesia tiene este salmo como el segundo de los penitenciales (cfr Sal 6); con él canta especialmente el perdón divino interiormente percibido por aquellos que han confesado sus pecados. En este sentido escribirá San Juan Crisóstomo: «¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo. El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios. Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas —dice el Señor—, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros» (De diabolo tentatore 6).


Salmo 33
El salmo anterior terminaba con la invitación a alegrarse en el Señor «todos los rectos de corazón» (32,11); en este salmo se expresa la alegría de los justos en forma de alabanza. Se reconoce que el Señor ve a cada hombre (vv. 13-15) y que sus ojos velan por los que le temen (v. 18), tal como Dios prometía en Sal 32,8 a quien le confesaba su pecado. El amor de Dios que en Sal 31,8 lo experimentaba el orante, y en Sal 32,10 se proclamaba para los que confían en Él, en Sal 33,5 se contempla abarcando toda la tierra.
Este salmo presenta con claridad la estructura propia de un salmo de alabanza. Comienza con la invitación a alabar al Señor (vv. 1-3), sigue con la exposición de los motivos —cuerpo del salmo— (vv. 4-19), y termina con la proclamación de la comunidad que pone su confianza en el Señor (vv. 20-22). Los motivos de alabanza expuestos son: primero, y como principio general, la fidelidad y misericordia de Dios (vv. 4-5), luego su poder manifestado en la creación (vv. 6-9), después la elección de Israel (vv. 10-12), y, finalmente, su providencia con todos los hombres (vv. 13-19).
Cuando los cristianos recitamos este salmo, alabamos a Dios no sólo por lo que en él se dice, sino también, y más aún, por la revelación de Sí mismo que ha hecho a través de Jesucristo.
Sal 33,1-3
La alabanza al Señor requiere rectitud de corazón y también solemnidad exterior: la «cítara» y el «arpa» eran instrumentos empleados por los levitas (cfr 1 Cro 15,16). «Un cántico nuevo» (v. 3) hace alusión o bien a su composición o a su música, o más bien a la respuesta ante un nuevo acto salvador de Dios (cfr Sal 96,1-2; 98,1-2). La alabanza tiene siempre aspecto de novedad en las circunstancias en que se pronuncia. Comentando el v. 3 dice San Agustín: «Cada uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. Él no admite un canto que ofenda sus oídos. Cantad bien, hermanos. (…) ¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? (…) He aquí que Él mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Y qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón» (Enarrationes in Psalmos 32,7-8).
Sal 33,4-5
La atención se centra primero en Dios mismo tal como se ha manifestado, siempre fiel a sí mismo.
Sal 33,6-9
Resuena la narración del capítulo primero del Génesis, si bien ahora se resalta la permanencia de la acción divina (v. 9). Algunos Santos Padres, como San Atanasio, San Agustín o San Gregorio, veían aludidos en la «Palabra» y el «Aliento» a las personas del Hijo y del Espíritu Santo.
Sal 33,10-12
La continuidad de las acciones de Dios, la fidelidad a Sí mismo, aparece igualmente cuando es recordada la elección del pueblo de Israel de entre todas las naciones (v. 12).
Sal 33,13-19
Se admira la providencia divina sobre todos los hombres, pues cada uno es criatura de Dios y Él conoce su interior (vv. 13-15). Entre los hombres, ni siquiera los fuertes —el «rey», los «héroes» (vv. 16-17)— se salvan por su fuerza, sino que todos deben su vida al auxilio divino (vv. 18-19).
Sal 33,20-22
Ahora queda reflejada la respuesta de la asamblea cultual tras haber escuchado la proclamación de las obras del Señor. «Su santo Nombre» (v. 21) es el nombre que Él reveló a Moisés y sobre el que se estableció la relación personal entre Dios y su pueblo (cfr Ex 3,13-15).
La actualización de este salmo en sentido trinitario se fundamenta en la fe de la Iglesia, según la cual, «la acción creadora del Hijo y del Espíritu, insinuada en el Antiguo Testamento (cfr Sal 33,6; 104,30; Gn 1,2-3), revelada en la Nueva Alianza, inseparablemente una con la del Padre, es claramente afirmada por la regla de fe de la Iglesia: “Sólo existe un Dios…: es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es decir, por su Verbo y por su Sabiduría” (S. Ireneo, haer. 2,30,9), “por el Hijo y el Espíritu”, que son como “sus manos” (ibid., 4,20,1). La creación es la obra común de la Santísima Trinidad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 292). Por eso la Iglesia utiliza este salmo en la solemnidad de la Santísima Trinidad.


Salmo 34
El salmo anterior invitaba a los justos a alabar al Señor (cfr Sal 33,1); en éste una persona singular eleva su alabanza. Proclama que «los ojos del Señor» velan sobre los justos (v. 16; cfr Sal 32,8; 33,18). La construcción alfabética de Sal 34 es similar a la de Sal 25; además en Sal 25 se afirmaba que «el Señor es bueno» (25,8) y ahora se invita a «gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sal 34,9). Y es que la bondad del Señor se ha ido manifestando en este conjunto de salmos: el Señor hace justicia (Sal 26), protege y guía (Sal 27), es refugio seguro (Sal 28), deja oír su voz (Sal 29), cura de la enfermedad (Sal 30), no abandona frente a los perseguidores (Sal 31), perdona el pecado (Sal 32) y es creador y providente (Sal 33).
El salmista comienza expresando su propósito de alabar al Señor e invitando a los humildes a unirse a Él (vv. 2-4). El resto del salmo desarrolla las motivaciones para hacerlo así (vv. 5-23). Presenta primero su experiencia personal de haber sido salvado (vv. 5-7) y, desde ella, invita a reconocer la bondad de Dios y a temerle (vv. 8-11); después habla como un sabio que instruye, lleva a quien le escucha a reflexionar y orienta en la buena conducta (vv. 12-15); a continuación proclama que el Señor ve y escucha a los justos (vv. 16-17) y que libra a quienes claman a Él (vv. 18-19), pues Él cuida siempre del justo mientras deja a los impíos ser víctimas de su propia maldad (vv. 20-23).
Al rezar este salmo, el cristiano puede escuchar en él la voz de la Sabiduría de Dios, Cristo, o de la Santísima Virgen, que dio asimismo testimonio de la forma de actuar de Dios (cfr Lc 1,46-55).
Sal 34,2-4
En todo el salmo se habla del Señor, sin que haya expresiones dirigidas a Él directamente. El Señor es el Dios de Israel que se ha mostrado grande en la historia del pueblo y en el Templo.
Sal 34,5-7
El salmista ha experimentado la grandeza del Señor en su propia persona y en todas sus tribulaciones y da testimonio de ello. Desde la fe cristiana se aprecia con más profundidad la acción de Dios en el interior del hombre.
Sal 34,8-11
Recurriendo al lenguaje militar y recordando al ángel del Señor que salvó a los antepasados (cfr Gn 32,3; Ex 14,19-20), proclama que Dios sigue socorriendo (v. 8), e invita a experimentar personalmente su bondad recurriendo a Él. El destino de «los ricos» (v. 11) —lectura según la versión griega de un término hebreo que significaría «leones»— volveremos a encontrarlo con una expresión muy parecida en la alabanza a Dios pronunciada por la Virgen María en casa de Santa Isabel: «A los ricos los despidió vacíos» (Lc 1,53). Se ratifica así la forma de actuar de Dios, que deja sin su gracia a los autosuficientes frente a Él, mientras colma de ella a los humildes, y, de forma totalmente singular, colmó a la Santísima Virgen.
Sal 34,12-15
Para dar más fuerza a su invitación el salmista se presenta como un maestro de sabiduría que instruye para que a uno le vaya bien (v. 12; cfr Pr 1,8; 2,1; etc.). Es la única vez que aparece esta forma en un salmo de alabanza. La enseñanza propuesta en los vv. 13-15 queda recogida literalmente en la primera carta de San Pedro cuando éste exhorta a los cristianos a no devolver mal por mal, sino a hablar siempre bien de los demás (cfr 1 P 3,8-12). Es la manera de actuar de quienes «buscan la paz» (v. 15) y a los que nuestro Señor Jesucristo llama «bienaventurados» (Mt 5,9).
Sal 34,16-17
El bienestar y el éxito no dependen sin más de la conducta recta (cfr vv. 13-14), sino de la acción del Señor que escucha y libra al justo que clama a Él.
Sal 34,18-19
El justo se caracteriza no sólo por su recta conducta (cfr vv. 14-15) sino sobre todo por el arrepentimiento y la vuelta humilde al Señor.
Sal 34,20-22.23
El Señor es también quien deja a su suerte —«condena» (v. 22)— a los malhechores (vv. 17.22). El v. 23, compuesto fuera de la sucesión alfabética, pero iniciado con la letra «p», lo mismo que sucedía en Sal 25,22, es como una síntesis de la enseñanza del salmista. Esto se pone de relieve aún más si se piensa que la letra «p» es la última de la raíz verbal «alp» que significa enseñar.
La mayor sabiduría está, por tanto, en acudir siempre al Señor. El salmo es así una oración confiada a Dios: «El Señor está cerca. Nada os preocupe: el Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a Él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; Él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; Él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. Por ello, no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los contritos de corazón, salva a los de espíritu abatido. Muchas son las aflicciones del justo, pero el Señor lo libra de todas. Si nosotros procuramos observar lo que Él nos manda, Él no tardará en darnos lo que prometió» (S. Ambrosio, Commentarius in Philippenses 4).


Salmo 35
La afirmación del salmo anterior, que el Señor escucha el clamor del justo y está contra los malhechores (cfr Sal 34,16-17), es el fundamento para que el justo eleve a Dios su súplica al verse acosado por sus enemigos. Es lo que se hace en este salmo con el que se inicia un grupo enmarcado por la petición de que los adversarios del salmista sean «avergonzados y confundidos» (Sal 35,26; 40,15-16). En esta serie con la que termina la parte primera del libro quedan recogidos unos salmos que manifiestan especialmente la saña y maldad de los enemigos (Sal 35-37), seguidos de otros en los que el salmista utiliza la expresión: «Yo dije», o una similar, para dar fuerza a la exposición de sus sentimientos (Sal 38-41, cfr nota a Sal 41). En Sal 35 es como si el salmista hubiera seguido la enseñanza de Sal 34,15: obrar el bien y buscar la paz (Sal 35,12-14.20); pero a pesar de ello siente que sigue siendo atribulado incluso por aquellos a los que hizo el bien.
El salmista comienza con una petición de justicia dirigida al Señor (vv. 1-3) y después va desarrollando su oración: primero expone la persecución que sufre por parte de sus enemigos y cómo él confía en el Señor (vv. 4-10); y relata que él en cambio se preocupaba y rezaba por ellos cuando estaban enfermos, mientras que ellos se alegraban de sus desgracias y le acosaban (vv. 11-16). A continuación eleva su súplica para que el Señor intervenga ya (vv. 17-28). En esta súplica alterna la petición de que el Señor actúe en su favor (vv. 17-18.22-24.27) y la de que los enemigos no triunfen (vv. 19-21.25-26), con la promesa de alabarle y darle gracias (vv. 18.28). En el conjunto del salmo puede verse un movimiento que va de la súplica (vv. 1-8) a la expresión de confianza (vv. 9-10), y de la lamentación (vv. 11-16) a la súplica (vv. 17-28).
Este salmo lo vemos cumplido de forma eminente en nuestro Señor Jesucristo. Él «pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38) y, llevado de su amor, lloró sobre Jerusalén (cfr Lc 19,41-42). Sin embargo contra Él se levantaron falsos testigos (cfr Mt 26,59-61) y fue objeto del odio de las autoridades judías: «Si no hubiera hecho ante ellos las obras que ningún otro hizo, no tendrían pecado; sin embargo, ahora las han visto y me han odiado a mí, y también a mi Padre. Pero tenía que cumplirse la palabra que estaba escrita en su Ley: Me odiaron sin motivo» (Jn 15,24-25; Sal 35,19; 69,5). Esta consideración la expuso con fuerza San Josemaría en su meditación del Via Crucis: «Vino a salvar al mundo, y los suyos le han negado ante Pilatos. Nos enseñó el camino del bien, y lo arrastran por la vía del Calvario. Ha dado ejemplo en todo, y prefieren a un ladrón homicida. Nació para perdonar, y —sin motivo— le condenan al suplicio. Llegó por senderos de paz, y le declaran la guerra. Era la Luz, y lo entregan en poder de las tinieblas. Traía Amor, y le pagan con odio. Vino para ser Rey, le coronan de espinas. Se hizo siervo para liberarnos del pecado, y le clavan en la Cruz. Tomó carne para darnos la Vida, y nosotros le recompensamos con la muerte» (Via Crucis, 13,1).
Sal 35,1-3
El lenguaje judicial y militar del principio del salmo indica ya el tipo de salvación divina que espera el salmista: ser librado de los males que le amenazan.
Sal 35,4-8
La salvación se espera, primero de todo, frente a quienes traman violencia e insidias contra el orante. Después, éste recurrirá a Dios frente a quienes le acusan con falsedad ante los tribunales (vv. 11.19-21). Aunque se trate de las mismas personas, sus acciones se distinguen de forma retórica. Frente a los primeros pide que sea el Señor —o el ángel del Señor, que ejecuta con total eficacia los designios divinos, también los de castigo (cfr Ex 12,23; Sal 34,8)— quien los desbarate, y que reciban el mismo mal que traman, según la ley del talión (cfr Sal 7,15-17). No son sentimientos de venganza sino de defensa propia y de justicia. El uso del singular en el v. 8 para referirse a los enemigos tiene sentido colectivo.
Sal 35,9-10
Puesto que el salmista es inocente —«sin causa» (v. 7), «sin razón» (v. 19)— está seguro de que el Señor va a librarlo, y él, tanto físicamente —«mi alma» equivalente a «mi vida» (v. 9)— como interiormente —«mis huesos (v. 10)»— podrá alegrarse en el Señor al conocer su salvación.
Sal 35,11-16
La oración adquiere tono de lamento cuando el salmista se refiere a aquellos que, cuando ha recaído sobre él la desgracia, quizá una enfermedad, le acusan de haber obrado mal, como a Job sus amigos. Le duele sobre todo la falta de solidaridad con la que actúan. Cuando ellos habían caído enfermos, él había hecho penitencia por ellos pidiendo el perdón divino (vv. 13-14). Ellos, en cambio, intentan condenarle por pecador, pidiendo quizá su muerte (vv. 15-16). La traducción que hacemos del v. 16 tiene en cuenta las versiones griega y latina, que cambian el texto de distintos modos: «Han sido dispersados sin que se arrepientan», o «se burlan de mí», etc. El texto hebreo dice literalmente «burlones de hogaza», expresión cuyo significado exacto se nos escapa; quizá fuera un dicho proverbial con sentido despectivo.
Sal 35,17-18
Tras el lamento viene la súplica, reiniciada con una interrogación que indica urgencia (cfr Sal 13,1-2), y con la promesa de alabanza pública (v. 18).
Sal 35,19-21
El salmista pide que la mentira y la violencia —falta de paz— no triunfen. No está solo en su oración; forma parte del grupo de los «pacíficos» (v. 20) que son los que se van a alegrar de su reivindicación y proclamarán la grandeza del Señor que se complace en su siervo que busca la paz (cfr v. 27).
Sal 35,22-24
Frente a lo que los enemigos dicen que «ven» (cfr v. 21) y al engaño con el que hablan (cfr v. 20), el orante apela a lo que «ve» el Señor y a su justicia. La contraposición es manifiesta.
Sal 35,25-26
Aunque el salmista habla directamente de la confrontación entre él y sus adversarios, lo que está en realidad en juego es el honor de Dios. El fracaso de quien confía en Él serviría para acrecentar el orgullo de quienes no lo hacen.
Sal 35,27-28
A la exclamación de los enemigos del salmista (cfr v. 25), se contrapone la de quienes abogan por él. Éstos no piensan en su victoria, sino en la grandeza de Dios que la ha concedido.

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