Salmo 93
Ya en Sal 92 se proclamaba al Señor «eternamente excelso» (Sal 92,9), en contraste con la necedad de quien no lo entiende (cfr Sal 92,7-8); en Sal 93 se le proclama eterno (Sal 93,2) y todopoderoso (Sal 93,4).
Se confiesa primero que el Señor reina sobre todo el mundo y su trono es firme y eterno (vv. 1-2); después se compara su poder con el de las aguas (vv. 3-4) y, finalmente, se proclama la firmeza de su Ley y de su Templo (v. 5). Por la forma de representar a Dios se considera un salmo antiguo, de la época de la monarquía.
El Reinado de Dios proclamado en éste y otros salmos será el tema central de la predicación de nuestro Señor Jesucristo. Y aunque ese Reino comienza a manifestarse en la historia de una manera nueva con la presencia de Jesús (cfr Mt 4,17; 12,8; etc.), se trata de un reino eterno y universal (cfr Jn 17,5). La Iglesia proclama este salmo en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.
Sal 93,1-2
La atención recae sobre el Señor mismo, más que sobre sus actos. Se le contempla como rey majestuoso y victorioso, que mantiene su reino, el orbe entero y su trono con toda firmeza.
Sal 93,3-4
Aunque se ha mostrado rey de su pueblo (Israel) en la historia (cfr Sal 24,7-8), aquí se le reconoce como rey desde la creación del mundo (cfr Sal 10,16). Fue entonces cuando estableció su poder sobre las aguas, símbolo del caos originario (cfr Gn 1,2.6-10), y sigue ejerciéndolo desde el cielo al mantener en orden a la creación.
Sal 93,5
Es posible que la primera frase de este versículo aluda también a las leyes del universo; pero, unida a la siguiente, parece referirse más bien a la manifestación de Dios como rey al dar la Ley a su pueblo, como hacían normalmente los reyes en sus legislaciones, y a su presencia en el Templo en medio de su pueblo. Comentando este versículo, Eusebio de Cesarea escribe: «Esta Casa es la Iglesia. Para permanecer firme para siempre nada le conviene mejor que la santidad. Pues de la misma manera que lo que es propio del testimonio de Cristo es la verdad, así también lo que es propio de su casa es la santidad» (Commentaria in Psalmos 92).
Salmo 94
A la proclamación de Dios como Rey eterno en el salmo anterior, se une ahora la de Dios como Juez universal (Sal 94,2). El juicio es propio de los reyes, por lo que también este salmo puede considerarse un canto a la realeza de Dios. En él siguen presentes los motivos sapienciales de los salmos anteriores (cfr Sal 92,7; 94.8.12), de modo que la oración continúa incluyendo la reflexión y la meditación.
Se invoca a Dios como juez (vv. 1-2), presentándole la opresión que sufre el pueblo por parte de quienes dicen que Dios no ve lo que hacen (vv. 3-7). Después, dirigiéndose a éstos, el salmista les muestra su error (vv. 8-11). Ante el Señor proclama la dicha de quien conoce su Ley y sus sentencias (vv. 12-15); y ante todos expone su experiencia personal (vv. 16-19) y su confianza en el Señor (vv. 20-23).
El juicio de Dios solicitado en este salmo se realiza con la venida de nuestro Señor Jesucristo (cfr Jn 3,16-21); Él conoce y pone al descubierto los pensamientos más íntimos del hombre (cfr Jn 2,25). Así se cumple verdaderamente el salmo.
Sal 94,1-2
«Dios que haces justicia». Literalmente «Dios de las venganzas», que significa el Dios que restablece la justicia (cfr Dt 32,35.41), y no sólo en su pueblo sino en toda la tierra (cfr Sal 7; 75; etc.).
Sal 94,3-7
El salmista emplea frases hechas para describir la desgracia del pueblo y la actitud de los impíos que desprecian a Dios (cfr Sal 73), con el fin de presentar su lección de sabiduría.
Sal 94,8-11
Dios que ha creado al hombre, ¿no va a conocerlo hasta en sus pensamientos más íntimos?
Sal 94,12-15
La contraposición entre el temor del Señor y la muerte es frecuente en el lenguaje sapiencial (cfr Sal 33,18-19). Frente a quienes dicen que el Señor no ve (cfr v. 9), se afirma que sigue protegiendo a su pueblo y juzgando con justicia (vv. 14-15; cfr Sal 10,13-14). San Pablo verá cumplidas las palabras del v. 14 en el hecho de que, aunque el pueblo judío rechazara a Cristo, Dios sin embargo no le ha abandonado, pues sigue siendo su pueblo (cfr Rm 11,2).
Sal 94,16-19
A las preguntas del v. 16 la respuesta es el Señor, pues así se ha mostrado otras veces. Las palabras de esta estrofa son también un estímulo para buscar apoyo y consuelo en Dios y no en las cosas que alejan de Él: «¿Por qué abocarte a beber en las charcas de los consuelos mundanos si puedes saciar tu sed en aguas que saltan hasta la vida eterna?» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 148).
Sal 94,20-23
Dios no puede ser injusto (v. 20) y, aunque parezca que no actúa (v. 21), lo hará en su momento. Así lo confiesa con confianza el salmista (vv. 22-23). En vez de «será para mí…» (v. 22), los Setenta y la Vulgata traducían «ha llegado a ser…». Del tenor literal de esta traducción se sirvieron los comentaristas cristianos para mostrar la eternidad del Hijo engendrado del Padre: «Este versículo —comentaba San Jerónimo— es eficaz contra los arrianos. En realidad porque son hostiles al Señor, al Salvador, ya que dicen que “ha sido hecho”; pero nosotros lo rebatimos: el Señor ha llegado a ser para mí una fortaleza. Nadie puede dudar de que estas palabras deben entenderse del Padre. Pero cuando se afirma del Padre el Señor ha llegado a ser para mí una fortaleza, hay que entenderlo así: “el Señor, que siempre ha sido, ha llegado a ser para mí una fortaleza”. Así también con el Salvador, que siempre ha sido, pero ha llegado a ser Salvador para mí» (Breviarium in Psalmos 93,22).
Salmo 95
El reconocimiento del Señor como Rey del universo en Sal 93, y como «nuestro Dios» en Sal 94,23, desemboca en Sal 95 en la invitación a la alabanza por ese doble motivo. La voz del Señor se oye en su pueblo con más fuerza que la voz de las aguas (cfr Sal 93,3-4).
Se hace primero una invitación a la alabanza (vv. 1-2) porque el Señor es Dios de cielo y tierra (vv. 3-5); después viene una nueva invitación a adorarle porque es el Dios de su pueblo (vv. 6-7) y no admite apartarse de Él (vv. 7d-11).
El cristiano reza este salmo sabiéndose miembro del nuevo pueblo de Dios. Junto a la grandeza de Dios Creador, reconoce el señorío de Cristo sobre la Iglesia, y se dispone a escucharle siguiendo la invitación divina (cfr Mt 17,5).
Sal 95,1-2
La invitación: «Venid» (vv. 1 y 6), puede hacer pensar en un salmo de peregrinación, aunque predomina la contemplación de Dios como Rey que puede darse en cualquier momento.
Sal 95,3-5
Es Rey sobre los poderes celestes —«todos los dioses» (v. 3)— y sobre todos los lugares de la tierra.
Sal 95,6-7
Es Rey del pueblo que Él creó —«nuestro Hacedor»— y al que cuida y conduce como un pastor a su rebaño (cfr Sal 23,1-2). La Neovulgata pasa la última frase del v. 7 al v. 8.
Sal 95,7d-11
El oráculo introducido aquí es la voz del Señor que habla a su pueblo en el momento presente —«hoy» (v. 7)—, para que la alabanza sea sincera. Es un «hoy» que se hace actual cada vez que se recita el salmo. Se trata de una advertencia para que no se repita la rebeldía del desierto (cfr Sal 78; Ex 17,7), y no suceda a quienes alaban al Señor lo que sucedió a los de aquella generación (vv. 10-11; cfr Nm 14,30.34). Tentar a Dios o ponerle a prueba es querer comprobar su bondad y su fidelidad obligándole a actuar, como si sus acciones anteriores fueran insuficientes para mostrarlas. «Me hastió» (v. 10) es un antropomorfismo con el significado de «me disgustó». El «descanso» (v. 11) es la tierra prometida a la que, como castigo divino, no entró la generación del desierto (cfr Nm 14,21-32).
En la Carta a los Hebreos encontramos un comentario a estos versículos presentados como palabras del Espíritu Santo (cfr Hb 3,7): puesto que la generación del desierto no entró en la tierra prometida y, sin embargo, Dios sigue advirtiendo todavía de la posibilidad de no entrar en el descanso, quiere decir que en el salmo el descanso no se refiere a la tierra, sino a aquel otro descanso que Dios instituyó al comienzo de la creación, el sábado, anticipo del descanso definitivo, la gloria del cielo. «Porque, si Josué les hubiera proporcionado el descanso, Él no habría hablado después sobre otro día. Queda por tanto reservado un tiempo de descanso para el pueblo de Dios. Porque quien entra en el descanso de Dios, descansa también él de sus trabajos, lo mismo que Dios de sus obras. Apresurémonos a entrar en ese descanso, a fin de que ninguno caiga en la misma clase de desobediencia» (Hb 4,8-11).
En el peregrinar de nuestra vida hacia la patria celestial es necesario dejarnos guiar por el Señor, acudiendo a Él y escuchando constantemente su voz: «Cuando emprendas alguna obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente a Dios que sea Él quien la lleve a término, y así nunca lo contristaremos con nuestras malas acciones, a Él, que se ha dignado contarnos en el número de sus hijos, ya que en todo tiempo debemos someternos a Él en el uso de los bienes que pone a nuestra disposición. (…) Y, abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos bien atentos la advertencia que nos hace cada día la voz de Dios: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis el corazón; y también: Quien tenga oídos oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias. ¿Y qué es lo que dice? Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Caminad mientras tenéis luz, antes que os sorprendan las tinieblas de la muerte. Ceñida, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, avancemos por sus caminos, tomando por guía el Evangelio, para que alcancemos a ver a aquel que nos ha llamado a su reino. Porque, si queremos tener nuestra morada en las estancias de su reino, hemos de tener presente que para llegar allí hemos de caminar aprisa por el camino de las buenas obras» (S. Benito, Regula, Prólogo 4-22).
Salmo 96
Este salmo lo encontramos con pocas variantes en 1 Cro 16,23-33 unido a Sal 105,1-15 y Sal 106,47-48. Allí aparecen los tres como parte de una acción de gracias cantada tras el traslado del Arca de la Alianza al Templo de Jerusalén. Sal 96 refleja también la época de la vuelta del destierro. En el libro de los Salmos forma parte del grupo que canta la realeza de Dios (Sal 93-100), y viene como a secundar la invitación con la que comenzaba el salmo anterior: «Cantemos al Señor…» (95,1). Si allí se reconocía a Dios Rey de toda la tierra, aquí se invita a la tierra entera a alabarle (96,1).
Comienza con la invitación dirigida a toda la tierra a alabar al Señor (vv. 1-3), y expone a continuación el motivo: sólo Él es el verdadero Dios (vv. 4-6). Luego invita a adorarle llevándole ofrendas (vv. 7-9) y a proclamar su reinado para que se alegre toda la creación (vv. 10-13).
Sal 96 presenta una perspectiva de salvación universal y referida a los últimos tiempos similar a la que encontramos en algunos pasajes del libro de Isaías (cfr Is 40,10; 59,19-20; 60,1; 62,11; etc.). Anuncia, por tanto, la obra redentora de Cristo. La participación de toda la creación en la alegría de la salvación final la expone San Pablo en Rm 8,21-22.
Este salmo, junto con Sal 97 y Sal 98, es proclamado por la liturgia de la Iglesia en la solemnidad de la Natividad del Señor, invitando así a alabar al Señor con alegría por la salvación que ha llegado ya.
Sal 96,1-3
«Un cántico nuevo» (cfr Sal 33,3; 40,4; Is 42,10) puede referirse a la nueva composición sálmica o a la novedad que supone la adoración al Dios de Israel por parte de las naciones (vv. 3.7.10).
Sal 96,4-6
El único Dios creador es el mismo que el que muestra su gloria en el Templo de Jerusalén y protege al pueblo (cfr Sal 90,1-2).
Sal 96,7-9
Por eso son invitados todos los pueblos a adorarle allí, llevándole ofrendas cultuales (cfr Lv 2,1ss.; Sal 29,2).
Sal 96,10-13
Se invita también a los pueblos a proclamar entre ellos que el Dios que mantiene en orden el universo es también el que establece la justicia entre los pueblos (v. 10). La esperanza en que Dios va a actuar ejerciendo su «justicia y rectitud», es decir, haciendo desaparecer el mal y cumpliendo sus promesas en toda la tierra, lleva a invitar a que toda la creación, incluso los seres inanimados, se alegre (vv. 11-13): «¿Qué significan esta justicia y esta fidelidad? En el momento de juzgar reunirá junto a sí a sus elegidos y apartará de sí a los demás, ya que pondrá a unos a la derecha y a otros a la izquierda. ¿Qué más justo y equitativo que no esperen misericordia del juez aquellos que no quisieron practicar la misericordia antes de la venida del juez? En cambio, los que se esforzaron en practicar la misericordia serán juzgados con misericordia» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 95,15).
Algunos manuscritos de la versión de los Setenta y de la Vulgata latina añadieron a la frase: «El Señor reina», del v. 10, las palabras «desde el árbol», aludiendo a la Cruz. Es una manera de aplicar el salmo a Jesucristo.
Salmo 97
Continúa la invitación dirigida a toda la tierra que veíamos en el salmo anterior (cfr Sal 96,1; 97,1). Aquí además se describen la gloria y esplendor que preceden al Señor (cfr Sal 96,6; 97,2-6). Entre las «familias de los pueblos» (Sal 96,7) Sión y las hijas de Judá son las primeras en rendirle gloria y honor (Sal 97,8-9). En la versión de los Setenta este salmo se une al anterior. Como en aquél, también en éste se incluyen bastantes frases de otros salmos, señal del carácter tardío de ambos.
El poema se inicia con la proclamación de que el Señor reina y la invitación a alegrarse (v. 1), y pasa luego a describir su grandiosa manifestación (vv. 2-6). Es la primera parte del salmo. A continuación se introduce, como en un inciso, la imprecación a quienes no le reconocen (v. 7) y, en contraste, se presenta la alegría de Jerusalén (vv. 8-9) y de los fieles que odian el mal (vv. 10-12). Es la segunda parte del salmo. El verbo «alegrarse» da unidad y sentido al conjunto de la composición.
La invitación a la alegría que recorre todo este salmo culmina en la que el ángel desea a la Virgen María al anunciarle la concepción y el nacimiento de Jesús (cfr Lc 1,28). La Virgen escucha palabras semejantes a las que el profeta Sofonías dirigía a Jerusalén, la hija de Sión (cfr So 3,14-15), porque Ella es la que representa al pueblo fiel y justo que siente la alegría de la llegada del Reino de Dios.
Sal 97,1
Por «islas incontables» se entienden las del Mediterráneo y, por extensión, todos los países lejanos (cfr Is 42,4.10.12).
Sal 97,2-6
La teofanía descrita recuerda a la del Sinaí (cfr Ex 19,16-20), si bien aquí está más elaborada recogiendo conceptos teológicos y adquiriendo dimensión universal (cfr v. 9).
Sal 97,7
En contraste con la alegría a la que se invita a las naciones (v. 1) y de la que goza Sión (cfr v. 8), está la vergüenza que han de sentir quienes adoran a los ídolos (v. 7).
Sal 97,8-9
«Hijas de Judá» hace referencia a las ciudades de Judea —a los judíos por tanto— que se alegran de saber que su Dios, el Señor, reina en toda la tierra y en todos los pueblos.
Sal 97,10-12
Todos los hombres, si no obran el mal, serán protegidos por el Señor, comprenderán y se alegrarán, y alabarán su «memoria» (v. 12) —literalmente el «recuerdo» de sus obras—.
Con Cristo se instaurará el Reino de Dios en la tierra y sus súbditos serán hechos partícipes de su victoria. De ahí también que este salmo sea utilizado por la Iglesia en la festividad de la Transfiguración del Señor, cuando se recuerda la visión anticipada del Reino que tuvieron los Apóstoles en el Tabor.
Salmo 98
El comienzo y el final de este salmo son casi idénticos a los de Sal 96, si bien ahora la invitación inicial se dirige implícitamente a Israel (Sal 98,1). La alegría a la que se invitaba en el salmo anterior (cfr Sal 97,1) se manifiesta en éste al son de instrumentos musicales (Sal 98,4-6). Como en los dos salmos anteriores también aquí se encuentran frases de otros salmos y de la segunda parte del libro de Isaías.
El salmo se inicia con la invitación a cantar al Señor por sus grandes acciones en favor de Israel (vv. 1-3); continúa con la llamada a toda la tierra a hacerlo con solemnidad (vv. 4-6), y termina convocando a la naturaleza a unirse a la alabanza porque el Señor viene a regir la tierra (vv. 7-9).
Las grandes acciones que el Señor realiza en favor de su pueblo, acordándose de su misericordia y fidelidad (v. 3; cfr Is 41,8-9), constituyen el motivo de alabanza de este salmo. También en el canto de alabanza pronunciado por la Santísima Virgen, el Magnificat, serán proclamadas las grandes acciones divinas que han culminado en el envío del Mesías, el Hijo de Dios, revelando así su justicia a los ojos de todas las gentes (cfr Lc 1,46-55). La liturgia de la Iglesia emplea este salmo en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen, la «obra maestra» de Dios.
Sal 98,1-3
Se canta al Señor como a un guerrero victorioso porque salvó a su pueblo en el éxodo y en la vuelta del destierro. Al brazo de Dios (v. 1) se alude en Ex 15,16 y en Is 40,10; 51,5.9; etc. Dios actuó en virtud de la Alianza (v. 3), y lo han contemplado todos los pueblos, de forma que así ha mostrado a todos su salvación (cfr Sal 96,10; Is 52,10). «¡Oh, hermanos e hijos, vosotros que sois brotes de la Iglesia universal, semilla santa del reino eterno, los regenerados y nacidos en Cristo! Oídme: Cantad por mí al Señor un cántico nuevo. “Ya estamos cantando”, decís. Cantáis, sí, cantáis. Ya os oigo. Pero procurad que vuestra vida no dé testimonio contra lo que vuestra lengua canta. Cantad con vuestra voz, cantad con vuestro corazón, cantad con vuestra boca, cantad con vuestras costumbres (…). ¿Preguntáis qué alabanzas debéis cantar? Resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. La alabanza del canto reside en el mismo cantor. ¿Queréis rendir alabanzas a Dios? Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar. Vosotros mismos seréis su alabanza, si vivís santamente» (S. Agustín, Sermones 34,3-6).
Sal 98,4-6
Todas las naciones por tanto —la tierra entera— están llamadas a aclamarle, como lo hace Israel en el Templo —«al son de la música»— y en las fiestas —«sonido del cuerno»—, teniéndole por Rey y Señor.
Sal 98,7-9
Junto a los hombres, también la creación inanimada es invitada a alabar al Señor, porque Él va a establecer su reinado de justicia y equidad. La dimensión escatológica es similar a la que presenta el final de Sal 96. En perspectiva cristiana eso se realizará gracias a la redención de Cristo. «Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm 8,20-21). En esta tarea cooperan los cristianos: «Deben [los fieles] conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la alabanza divina. Deben también ayudarse entre sí a crecer en santidad a través de las actividades, incluso las profanas, de tal manera que el mundo se impregne del Espíritu de Cristo y consiga más eficazmente su fin en la justicia, en el amor y la paz» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 36).
Salmo 99
Este salmo enlaza con Sal 93 por comenzar con la misma expresión: «El Señor reina», y proclamar la santidad de Dios (cfr Sal 93,5). Ambos son como la apertura y cierre de este grupo de siete salmos que cantan la realeza del Señor (Sal 93-99). En Sal 99 se expone con más detalle lo que se proclamaba en Sal 98: que Dios ha mostrado su salvación en Israel (cfr Sal 98,2-3; 99,4.6-8). Pero en este salmo faltan la invitación a todos los pueblos y la alusión a la venida del Señor, rasgos que hemos visto en los anteriores y que están presentes asimismo en la segunda parte del libro de Isaías. Por eso se considera que se trata de un salmo anterior al destierro.
El término «santo» aplicado a Dios marca el ritmo del salmo. Se proclama primero la majestad del Señor (vv. 1-3); luego se expone la forma en la que ejerce como Rey (vv. 4-5); y, finalmente, cómo respondió a Moisés, a Aarón y a Samuel (vv. 6-9). Siete veces se nombra al «Señor» a lo largo del cántico, expresando así la plenitud de su reinado.
Jesucristo lleva a su culminación el reconocimiento y la proclamación de la santidad de Dios, objeto de este salmo, y se dirige a Dios llamándole «Padre Santo» cuando ora por sus discípulos (Jn 17,11).
Sal 99,1-3
Los querubines que cubrían el Arca de la Alianza eran el trono de Dios en la tierra (cfr Ex 25,22), desde el que ejercía su señorío sobre todos los pueblos. El «Nombre» (v. 3) equivale a la Persona en cuanto que se ha dado a conocer (cfr Sal 8,2). «Santo», más aún que «grande» y «temible», denota la trascendencia de Dios por la que es distinto y permanece separado del mundo (cfr 1 S 2,2), aunque interviene en la historia mostrando su majestad (vv. 4.6-7). «La santidad de Dios es el hogar inaccesible de su misterio eterno. Lo que se manifiesta de Él en la creación y en la historia, la Escritura lo llama Gloria, la irradiación de su Majestad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2809). La repetición por tres veces de que Él es santo (vv. 3.5.9) puede deberse a influjo litúrgico (cfr Is 6,3).
Sal 99,4-5
La acción de Dios como Rey es ejercida en la tierra estableciendo, mediante la Ley, lo que es recto, y juzgando según ello a su pueblo Israel —«derecho y justicia» (v. 4; cfr Sal 97,2)—. Éste ha de proclamar ante el Arca —«estrado de sus pies», en paralelismo con el Templo o «monte santo» en el v. 9— su santidad (v. 5). En la interpretación cristológica de este salmo, la tradición cristiana entendió que la expresión «estrado de sus pies» hace referencia a la humanidad de Cristo en cuanto que ésta fue asumida en la Encarnación, o en cuanto que fue glorificada en la Resurrección. En el primer sentido apunta Orígenes cuando escribe: «Alguno ha dicho que el estrado de los pies es la carne de Cristo que debe ser adorada por motivo de Cristo. Y Cristo debe ser adorado por motivo del Verbo de Dios que está en Él» (Selecta in Psalmos 98,5). La aplicación al cuerpo resucitado del Señor es, sin embargo, preferida por San Jerónimo: «He leído en el libro de un autor: “Se trata, dice, de la Encarnación, es decir, que [el salmo] afirma que el Hombre que Dios se dignó asumir en María, es Él mismo, el estrado de sus pies”. Aunque en realidad el hombre haya estado asumido —y, delante de Dios, toda criatura es estrado de sus pies— aun en este caso, este estrado fue estrechamente unido con Dios y con aquel que está sentado con Él. Daos cuenta de lo que me atrevo a afirmar. Lo que un día fue estrado yo lo adoro de la misma manera que el trono. Y aunque hayamos conocido a Cristo según la carne, ahora no lo conocemos ya más según la carne (2 Co 5,16). Admitamos que haya sido estrado antes de la muerte, antes de la resurrección, cuando comía, cuando bebía, cuando tenía nuestros mismos sentimientos. Pero después de resucitar y ascender victorioso al cielo yo no distingo entre el que está sentado y el que es estrado: en Cristo todo es trono. Tú me preguntarás y me dirás: “¿Por qué?”, o “¿cómo?”. Yo no sé de qué modo, y, sin embargo, creo que es así» (Breviarium in Psalmos 98,5). La Santísima Humanidad de Cristo merece adoración, culto de latría, por su unión hipostática con el Verbo de Dios.
Sal 99,6-9
Dios ejerce el derecho y la justicia en su pueblo a través de mediadores. Se califica a Moisés y a Aarón de sacerdotes por ser ambos de la tribu de Leví, pero sobre todo por haber sido intercesores entre Dios y el pueblo en la salida de Egipto (cfr Ex 4,15-16). Junto a ellos se menciona a Samuel quizás por ser el mediador en el advenimiento de la monarquía (cfr 1 S 7,8-9). Todos ellos obraron según el querer de Dios (v. 7). El no admitir el pecado y castigarlo (v. 8) muestra asimismo la santidad de Dios (v. 9).
La Iglesia, secundando la liturgia judía y uniendo su voz a la alabanza de Dios en los cielos, proclama a Dios «Santo, santo, santo, Señor Dios Todopoderoso» (cfr Ap 4,8).
Salmo 100
Este salmo, situado tras los que cantan la realeza del Señor (Sal 93-99) es como su conclusión lógica: el Señor merece la alabanza de toda la tierra (v. 1; cfr Sal 99,1; 98,4; 97,5; etc.), y de su pueblo (v. 3; cfr Sal 99,2; 98,3; 97,8; etc.), al tiempo que su misericordia y su fidelidad son reconocidas como eternas (v. 5; cfr Sal 98,3; 96,13; etc.). En este cántico se condensan la fe y la esperanza de Israel (cfr Sal 95,1-7; 117).
Contiene dos invitaciones (vv. 1-2 y v. 4), cada una seguida del motivo para ser secundada (v. 3 y v. 5): la primera dirigida a toda la tierra (v. 1), porque Dios ha elegido a su pueblo (v. 3); la segunda dirigida a quienes llegan al Templo (v. 4), porque la misericordia de Dios es eterna (v. 5).
Como si siguiera la invitación de este salmo, la Santísima Virgen elevó al Señor su canto de alabanza manifestando al mismo tiempo su alegría (cfr Lc 1,46-47). A Ella, en la Anunciación, se le ha revelado la bondad del Señor, y todas las generaciones (cfr Sal 100,5) lo proclamarán llamándole a ella bienaventurada (cfr Lc 1,48) y reconociendo a Dios como santo (Sal 99,3; Lc 1,49).
Sal 100,1-3
La sucesión de imperativos indica la fuerza de la invitación. «Servid al Señor» (v. 2) equivale a darle culto; pero también implica cumplir sus mandatos. La alabanza a Dios, si es sincera, va siempre unida a la alegría —ahora manifestada en la fiesta (v. 2; cfr Sal 30; 106; etc.)—, y es motivada por la fe —«el Señor es Dios» (cfr Dt 4,35.39)— y por la convicción de pertenecerle a Él, así como por la seguridad de caminar bajo su guía (v. 3). Por eso Eusebio de Cesarea exhorta: «Si no le servimos con alegría ni siquiera nos podemos atrever a presentarnos delante de Él» (Commentaria in Psalmos 99). Y San Agustín, por su parte, comenta: «Este salmo de alabanza nos manda y exhorta a regocijarnos en Dios. Pero no exhorta a que quien cante sea algún determinado ángulo de la tierra o una sola morada, o una sola reunión de hombres, sino que como Él derramó su bendición por todo el orbe, de cada parte de él reclama el regocijo» (Enarrationes in Psalmos 99,2).
Sal 100,4-5
Las «puertas» del Señor son las del Templo —se piensa que este salmo tiene origen litúrgico—, y la «acción de gracias», los «cantos» y bendición son la expresión de la alegría inicial (cfr v. 2). En correspondencia a la triple proclamación del v. 3 está la triple profesión de fe del v. 5.
Salmos 101-110
Tras el grupo de salmos que cantaban la realeza de Dios (Sal 93-100), viene un poema (Sal 101) en el que un rey terreno promete un buen gobierno. Este poema tiene cierta relación con Sal 110 en el que se canta la subida del rey al trono. Ambos salmos forman de este modo el marco inclusivo de un grupo en el que pueden apreciarse además otras correspondencias internas. En concreto, Sal 102, que presenta la súplica de un hombre enfermo, tiene su réplica en Sal 109, que recoge incluso la misma frase de Sal 102,12 —«como sombra que se alarga» (Sal 109,23)—; y también hay correspondencias entre Sal 103 y Sal 108, y entre Sal 104 y 107. Sal 101-110 forman así una unidad, cuyo orden interno se refleja a modo de inclusiones y cuyo centro son Sal 105 y 106. La ruptura de esa unidad al hacer concluir la Parte IV del libro de los Salmos en Sal 106 se debería a motivos editoriales: querer delimitar unos salmos en torno a Moisés (cfr Sal 90; 106,16-32).