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APOCALIPSIS
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Ap 1,1-3
El libro contiene la revelación que Jesucristo resucitado y glorioso hace a su Iglesia a través del apóstol San Juan. Tras una introducción con el título de la obra, destinatarios e indicación del origen divino de su contenido (1,1-20), vienen las cartas a las siete iglesias (2,1-3,22) y la exposición de los designios divinos relativos al futuro del mundo y de la Iglesia (4,1-22,21).
Revelación en griego se dice apocalipsis, y de ahí que a este libro de la Sagrada Escritura se le designe con tal nombre. La revelación implica siempre desvelar algo que antes estaba oculto; en este caso, lo que va a suceder en el futuro. Esto lo conocen Dios Padre (el texto griego emplea aquí el artículo determinado delante de «Dios», forma con la que el Nuevo Testamento suele referirse a Dios Padre) y Jesucristo, que, como Hijo, participa de ese conocimiento y lo transmite al autor del libro. Se dice «revelación de Jesucristo» no sólo porque Juan la recibe por medio de Jesucristo, sino también porque nuestro Señor es el objeto principal, el principio y el fin de esta revelación. Él es, en efecto, el que ocupa el centro de esas visiones grandiosas, en las que se rompen los velos que ocultan el más allá y se disipan las sombras para dar paso a la Luz, que es el mismo Jesucristo (cfr 21,23; 22,5).
Jesucristo sigue hablando a su Iglesia mediante los Apóstoles, ahora por medio de San Juan (vv. 1-2). Al decir «pronto», el autor no quiere precisar una fecha inmediata, sino fortalecer la esperanza y transmitir la certeza de que Cristo va a vencer el mal definitivamente, porque su victoria ya ha comenzado a realizarse. Feliz quien así lo crea y permanezca fiel. Las circunstancias del momento reclamaban las exhortaciones y avisos de este escrito. Son palabras que exigen una respuesta decidida y pronta que apague dudas y titubeos. Por otra parte, constituyen una seria amenaza para cuantos obstaculizan el Reino de Dios que ha de venir, y que en cierto modo ha llegado ya.
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Ap 1,4-3,22
El libro va dirigido a la totalidad de la Iglesia, representada en las siete iglesias del Asia Menor. El autor sagrado expone primero cómo recibe él la revelación divina y el mandato de comunicarla (1,4-20), y después lo que el Señor dice a cada iglesia en su situación específica: lo que corrige y lo que promete a los que venzan el mal.
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Ap 1,4-8
La revelación viene de Dios todopoderoso y omnisciente —así lo indica el nombre divino (el «que es, que era y que va a venir») y los espíritus que le sirven (v. 4)—, y de Jesucristo muerto y resucitado, Dueño de la historia, Redentor del hombre y Señor de su Iglesia.
En el v. 5 se aplican a Jesucristo tres títulos mesiánicos tomados del Sal 89,28-38, pero con un sentido nuevo a la luz de la fe cristiana: 1º) Jesucristo «es el testigo fiel» porque Dios ha cumplido las promesas hechas en el Antiguo Testamento de un Salvador, hijo de David (cfr 2 S 7,12-14; Ap 5,5), ya que, efectivamente, con Cristo ha llegado la salvación. Por eso, más adelante San Juan llamará a Jesucristo el «Amén» (3,14), que es como decir que con la obra de Cristo Dios ha ratificado y cumplido su Palabra; y le llamará también el «Fiel y Veraz» (19,11), porque en Jesucristo se hace patente la fidelidad de Dios y la verdad de sus promesas. 2º) A Jesús se le proclama después el «primogénito de los muertos», en cuanto que su Resurrección ha sido la victoria de la que participarán cuantos estén unidos a Él (cfr Col 1,18); 3º) Y es «príncipe de los reyes de la tierra», pues a Él pertenece el dominio universal, que se manifestará plenamente en su segunda venida, pero que ya ha comenzado a actuar venciendo el poder del pecado y de la muerte.
El Señor no se contentó con librarnos de nuestros pecados, sino que nos hizo participar de su dignidad real y sacerdotal. Por eso merece la alabanza por los siglos. «Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo, para que ofrezcan, a través de las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales y anuncien las maravillas del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 10).
Aunque el texto dice, en presente, «viene rodeado de nubes» (v. 7), se ha de entender en futuro: el profeta contempló las cosas venideras como si ya estuvieran presentes (cfr Dn 7,13). Será el día del triunfo definitivo de Cristo, cuando aquellos que le crucificaron, «los que le traspasaron» (Za 12,10; cfr Jn 19,37), y los que le hayan rechazado a lo largo de la historia, verán atónitos la grandeza y la gloria del Crucificado.
Al comentar este pasaje del Apocalipsis dice S. Beda: «El que vino oculto y para ser juzgado en su primera venida, vendrá entonces de manera manifiesta. Por eso [Juan] trae a la memoria estas verdades, a fin de que lleve bien estos padecimientos aquella Iglesia que ahora es perseguida por sus enemigos y que entonces reinará con Cristo» (Explanatio Apocalypsis 1,1).
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Ap 1,9-20
La isla de Patmos era un lugar de prisión. El domingo (v. 10) es el día establecido por la Iglesia como sagrado desde la época apostólica —en lugar del sábado de la Ley Mosaica—, por ser el día en que resucitó Jesucristo. La escena de la visión tiene un colorido litúrgico, dejando entender que el autor recibe la visión durante la celebración de una liturgia dominical, y mostrando así que la liturgia de la tierra está unida a la del Cielo.
Se enumeran aquí las siete iglesias, que simbolizan a la Iglesia universal, y por eso las palabras que contienen las siete cartas están dirigidas a todos los cristianos que, de una forma u otra, se encuentren en situaciones similares a las de aquellas iglesias del Asia proconsular.
En la visión, los candelabros (v. 12) representan a las iglesias en oración, recordando el candelabro de los siete brazos —la menoráh—, que lucía en el Templo de Jerusalén. Jesucristo, como Hijo del Hombre (cfr Dn 7,13), es el Juez escatológico, y los rasgos de su figura simbolizan su sacerdocio («la túnica hasta los pies»: cfr Ex 28,4; Za 3,4); su realeza («una banda de oro»: cfr 1 M 10,89); su eternidad («los cabellos blancos»: cfr Dn 7,9); su ciencia divina («ojos como una llama de fuego»: cfr 2,18); y su poder («pies semejantes al metal»: cfr Dn 10,6; «un estruendo de muchas aguas»: cfr Ez 43,2). El Señor tiene en su mano las iglesias como signo de su protección sobre ellas.
Cristo resucitado se presenta como el que da seguridad al cristiano (vv. 17-18), no sólo porque Él tiene dominio absoluto sobre todo —es el primero y el último— sino también porque Él ha participado de la condición mortal del hombre. Por su Muerte y Resurrección ha vencido a la muerte y tiene poder sobre ella y sobre el misterioso mundo del más allá, el Hades, o lugar de los muertos (cfr Nm 16,33). «Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 102).
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Ap 2,1-7
Las siete estrellas en la mano derecha del Señor significan su dominio sobre toda la Iglesia, ya que Él es quien puede dar órdenes a los ángeles que rigen el destino de cada una de ellas. Cristo caminando en medio de los candelabros manifiesta su vigilancia y cuidado amoroso sobre las iglesias, simbolizadas en el candelabro por su oración y vida litúrgica. Puesto que la iglesia de Éfeso era la principal de las siete, Cristo se presenta a esta iglesia como el Señor de todas ellas. Éfeso, en efecto, era la mayor metrópoli del Asia Menor y tenía la preeminencia entre las iglesias de la región. Cristo alaba su paciencia y fortaleza en mantener la fe verdadera, y le corrige su pérdida de fervor para que no pierda esa preeminencia. «No le acusó de falta de caridad —comenta San Francisco de Sales—, sino de que no era como al principio, tan fervoroso, tan dispuesto, tan fecundo, así como solemos declarar de un hombre que de valiente, jovial y gallardo se ha trocado en abatido, triste y decaído» (Tratado del amor de Dios 4,22).
En el v. 5 se le exhorta a la conversión, a un cambio de actitud que comporta tres momentos. Primero es preciso el reconocimiento de la propia culpa, la humildad de saberse un pobre pecador: «Reconocer el propio pecado, es más —yendo al fondo de la consideración de la propia personalidad—, reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 13). Luego viene el «dolor de amor» o contrición, que nos mueve a cambiar de conducta. Y por último están las obras de penitencia, que nos llevan a una nueva vida más cerca de Dios, en intimidad entrañable con nuestro Señor.
Los nicolaítas (v. 6), al parecer, mantenían la posibilidad de hacer compatible la vida cristiana con el culto a los ídolos.
La imagen del árbol de la vida (v. 7; cfr también 22,2) alude a Gn 2,9; 3,22, donde aparece aquel árbol en medio del Paraíso, fuera del alcance del hombre, como símbolo de la inmortalidad. Ahora es Cristo quien dispone del fruto de aquel árbol y lo promete a quien consiga la victoria: «No podemos detenernos. El Señor nos pide un batallar cada vez más rápido, cada vez más profundo, cada vez más amplio. Estamos obligados a superarnos, porque en esta competición la única meta es la llegada a la gloria del cielo. Y si no llegásemos al cielo, nada habría valido la pena» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 77).
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Ap 2,8-11
Ante esta iglesia, implantada en una ciudad que se distinguía por el culto que allí se daba al emperador, Cristo se presenta como verdadero Dios, «el Primero y el Último» (v. 8; cfr 1,8). Anima a los cristianos a mantenerse firmes en medio de la persecución levantada contra ellos por algunos judíos.
La dura acusación del v. 9 se refiere a aquellos judíos que en tal circunstancia concreta denunciaban con calumnias a los cristianos, y colaboraban de esa forma con la idolatría, en lugar de defender a los adoradores del verdadero Dios; por eso no merecían el título honorífico de «judíos», sino más bien el de servidores de Satanás, el adversario de Dios.
Para salvarse es necesaria la perseverancia hasta el final (v. 10), vivir —en palabras de Santa Teresa de Jesús— «con una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella [la vida eterna], venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajase, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera no tenga devoción para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo» (Camino de perfección 21,2).
«Muerte segunda» (v. 11). Hace referencia a la condenación definitiva. Más adelante se explica en qué consiste y quiénes la padecerán (cfr 20,6.14; 21,8).
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Ap 2,12-17
En Pérgamo había, entre otros muchos templos paganos, un altar monumental dedicado a Zeus. Los cristianos eran tentados a participar en los cultos idólatras. Algunos de ellos incluso lo recomendaban, como hiciera antiguamente Balaán, que aconsejaba a las mujeres moabitas que se casaran con los israelitas y les atrajesen al culto de Beelfegor, dios de Moab (cfr Nm 31,16). Respecto a los nicolaítas algunos autores antiguos opinan que fue una herejía suscitada por Nicolás, uno de los primeros siete diáconos (cfr Hch 6,5); sin embargo, esta opinión no parece tener fundamento serio.
Se les recuerda que Cristo es el juez que tiene la espada. En la promesa del maná escondido que recibirán los vencedores, se puede ver la contraposición al pecado de participar en los banquetes idólatras. La «piedrecita blanca» hace referencia a la costumbre de mostrar una piedra, sellada de forma adecuada, como contraseña o billete de entrada para poder participar en una fiesta o banquete. El nombre esculpido indica en nuestro caso la participación del cristiano en los bienes que el Señor concede sólo a los vencedores.
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Ap 2,18-29
Tiatira era una pequeña ciudad con industrias de fundición, tejidos y tintorería. De ella procedía Lidia (cfr Hch 16,13-15). Cristo es presentado a esta iglesia como el Hijo de Dios con poder y se la exhorta a rechazar las conductas idolátricas.
De nuevo recrimina el Señor la tolerancia de aquellos cristianos frente a la participación de algunos creyentes en los cultos paganos, por lo que implicaba de idolatría y perversión moral. Con la figura de Jezabel, la esposa del rey Ajab, que indujo a gran parte del pueblo al pecado de idolatría (cfr 1 R 16,31; 2 R 9,22), se pone de relieve la perversión de aquellas conductas. Pudiera ser que se tratara de una mujer real —designada simbólicamente con ese nombre bíblico— que se hacía pasar por profetisa y engañaba a muchos, atrayéndolos a la participación en los ritos y banquetes idólatras. Ante tal situación no era admisible el silencio, pues, cuando debiéndose señalar el error no se hace, se cae en cierta complicidad con él.
En la carta se pone de manifiesto la paciencia de Dios, que ha esperado que se enmendara, y por fin tiene que condenar la obstinación en su pecado (v. 21). Es una condena que han de tener en cuenta quienes se aferran al pecado, pues «cuanto más retrasamos salir del pecado y volver a Dios —amonestaba el Santo Cura de Ars—, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas. Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros, quedamos más débiles, y el demonio toma mayor ascendiente sobre nuestra persona. De aquí concluyo que, cuanto más tiempo permanecemos en pecado, en mayor peligro nos ponemos de no convertirnos nunca» (Sermón en el cuarto domingo de Cuaresma).
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Ap 3,1-6
Sardes era un importante nudo de comunicaciones y tenía un ambiente moral relajado. A la iglesia de esta ciudad le es presentado Cristo como aquel que envía el Espíritu capaz de transformar interiormente. Se acusa a Sardes de aparecer como una comunidad cristiana, cuando muchos de sus miembros continúan en pecado y sin vida interior.
Ya nuestro Señor había descrito la situación del hijo pródigo como una muerte: «Este hijo mío —exclama el padre de la parábola— estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15,24); y lo mismo San Pablo invita a los cristianos a ofrecerse a Dios «como quienes, muertos, han vuelto a la vida» (Rm 6,13). Ahora, en este pasaje del Apocalipsis se nos dice que esta situación de muerte, espiritual pero real, se debe a que las obras de aquella iglesia no eran buenas ante Dios (v. 2); eran obras que producían la muerte interior, lo que llamamos pecado mortal. «Siguiendo la tradición de la Iglesia —declara Juan Pablo II—, llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam) (…). El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción» (Reconciliatio et paenitentia, n. 17).
La expresión «vendré como un ladrón« (v. 3) se halla también en otros escritos del Nuevo Testamento (cfr Mt 24,42-51; Mc 13,36; Lc 12,39ss.; 1 Ts 5,2; 1 P 3,10). No se quiere decir que el Señor esté al acecho para sorprender desprevenido al hombre, como un cazador que trata de abatir su presa. Se trata sencillamente de una advertencia para que vivamos en gracia de Dios, preparados para rendir cuentas al Señor: «Llegará aquel día, que será el último y que no nos causa miedo: confiando firmemente en la gracia de Dios, estamos dispuestos desde este momento, con generosidad, con reciedumbre, con amor en los detalles, a acudir a esa cita con el Señor llevando las lámparas encendidas. Porque nos espera la gran fiesta del Cielo» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 40).
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Ap 3,7-13
Filadelfia era la puerta de acceso a la región de Frigia. Había sufrido un terremoto el año 17 a.C. y al ser reconstruida se le cambió el nombre a Neocesarea, que pronto cayó en desuso. En este contexto, el nombre que aquí se promete (cfr v. 12) permanecerá para siempre. Con la metáfora de la puerta abierta (v. 8) se les asegura el éxito apostólico, por encima de las dificultades que los enemigos suscitarán (cfr 1 Co 16,9; 2 Co 2,12; Col 4,3). También se pueden interpretar esas palabras como una promesa de tener libre la entrada en el Reino.
Sobre la «sinagoga de Satanás», cfr 2,9. La promesa de que los enemigos reconocerán su derrota y acatarán al vencedor recuerda a Is 49,23 y 60,14, donde se predice el homenaje y acatamiento que las naciones profesarán al Pueblo elegido. Antes, sin embargo, sobrevendrá una tribulación de alcance universal, tal como se describe más adelante (cfr caps. 8-9 y 16). Entonces serán protegidos los que permanecieron fieles. En cuanto a la llegada inminente que se anuncia, recordemos lo dicho en 1,1 respecto a la amplitud con que debemos considerar el valor temporal de estas frases (cfr también 22,12.20). Al final, después de la lucha y de la victoria, la iglesia de Filadelfia será columna del templo, es decir, ocupará un lugar preeminente (cfr Ga 2,9). A los fieles de aquella ciudad se les recuerda que Cristo tiene las llaves del Reino de Dios, y se les asegura la conversión de muchos judíos.
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Ap 3,14-22
Laodicea era una ciudad próspera. Esta prosperidad pudo contribuir a la situación de laxitud y de tibieza de algunos cristianos. Cristo es presentado como eterno junto a Dios y fiel a sus promesas, que exige un amor encendido. La existencia de aguas termales, próximas a la ciudad, da pie a esa comparación tan expresiva (vv. 15-16), que manifiesta la repugnancia divina ante la mediocridad y el aburguesamiento.
La imagen de Cristo llamando a la puerta es de las más bellas y enternecedoras de la Biblia. Recuerda al Cantar de los Cantares, en donde el esposo exclama: «¡Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma, mi inmaculada! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis cabellos de escarcha de la noche» (Ct 5,2). Es un modo de expresar el afán divino que nos llama a una intimidad mayor, y lo hace de mil formas a lo largo de nuestra vida. «Poco a poco el amor de Dios se palpa —aunque no es cosa de sentimientos—, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos persigue amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta y llamo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 8).
Jesucristo afirma que los que venzan se sentarán con Él en su trono. Una respuesta parecida había dado a San Pedro cuando prometió a los Apóstoles que se sentarían en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (cfr Mt 19,28; 20,20ss.). Por «trono» se entiende la potestad soberana que Cristo ha recibido del Padre. Por tanto, la promesa de sentarse en él es un modo de expresar la participación en el triunfo y realeza de Cristo por parte de quienes le son fieles (cfr 1 Co 6,2-3).
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Ap 4,1-22,21
Tras el mensaje de Cristo a cada una de las iglesias, viene expuesto el proyecto de Dios sobre la humanidad y sobre la Iglesia, tal como se le ha manifestado al autor del libro en forma de visiones. Comienza con una grandiosa visión celeste que sirve de introducción a las demás (4,1-5,14). Siguen otras en las que se contemplan los acontecimientos de la historia previos al combate final (6,1-11,14). Por último están las visiones de ese combate en el que el mal es definitivamente vencido, y el Reino de Dios y la Jerusalén celeste se manifiestan en todo su esplendor (11,15-22,15). Concluye con un epílogo en el que se ratifica el contenido del libro (22,16-21).
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Ap 4,1-5,14
Esta gran visión del Cielo incluye a Dios en su gloria (4,1-11) y a Cristo resucitado, que revela al hombre los misteriosos designios divinos (5,1-14).
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Ap 4,1-8
«Tener una visión», «ser elevado al cielo» o «caer en éxtasis» son tres formas diversas de expresar una misma realidad: que Dios revela algo al autor del libro. Aparecen imágenes tomadas del Antiguo Testamento: el trono recuerda las visiones de Is 6,1 y Ez 1,26-28; el arco iris como señal de Alianza de Dios se encuentra en Gn 9,7-17; los relámpagos aparecen en la teofanía del Sinaí (Ex 19,16); el mar de cristal y los cuatro seres forman parte de la descripción del templo de Jerusalén en 1 R 7,23-26 y Ez 10,14. El aspecto de esos seres es el que ya contemplaba el profeta Ezequiel en su visión del «carro del Señor» transportado por cuatro seres celestes, ángeles, que representan la inteligencia, la nobleza, la fuerza y la agilidad (cfr Ez 1,10; 10,12; Is 6,2). La tradición cristiana, ya desde San Ireneo, ha considerado a los cuatro seres como representación de los cuatro evangelistas, ya que ellos son los portadores de la figura de Jesucristo: el hombre simboliza a San Mateo, cuyo evangelio comienza con la genealogía humana de Cristo; el león a San Marcos, que inicia su obra hablando de la voz que clama en el desierto, donde se oye el rugido del león; el toro hace referencia a los sacrificios del Templo, lugar donde sitúa San Lucas el principio de su relato; el águila representa a San Juan, que se remonta hasta lo más alto para contemplar la divinidad del Verbo.
Con las imágenes empleadas, y otros simbolismos como el de los colores, se describe la majestad de Dios y la alabanza que recibe en el Cielo. Los veinticuatro ancianos (v. 4) podrían representar a la Iglesia celeste, que incluye el antiguo y nuevo Israel (doce tribus + doce Apóstoles), y que en el Cielo tributa a Dios la alabanza perfecta e intercede por la Iglesia en la tierra. A veces, la significación de los elementos simbólicos no es fácil de determinar. Así ocurre con la imagen del mar transparente como el cristal, y con los cuatro seres vivos en medio y alrededor del trono. Podemos pensar que ese cuadro viene a ser como una réplica celeste de la disposición del templo construido por Salomón, en el que ante el sancta sanctorum, lugar de la presencia de Dios, había una gran pila de agua para las purificaciones, llamada mar de bronce, con figuras de animales, doce toros (cfr 1 R 7,23-26; 2 Cro 4,2-5). Esta semejanza entre el Cielo y el Templo sería expresión de la relación entre la liturgia terrena y la celestial.
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Ap 4,9-11
A la voz de los cuatro seres se une todo el pueblo de Dios representado en los veinticuatro ancianos, es decir, la Iglesia triunfante en el Cielo. Arrojar las coronas significa reconocer que su triunfo se debe a Dios, y a Él solo pertenece el poder. El motivo fundamental de la alabanza es aquí la obra creadora de Dios. Al narrar esta visión, el autor del Apocalipsis está invitando a la Iglesia peregrina aún en la tierra a unirse a la adoración y a la alabanza que en el Cielo se tributa a Dios creador. La Iglesia hace suya esta alabanza en la liturgia eucarística cuando, al final del Prefacio, se repite el canto angélico del Sanctus como preparación inmediata a la recitación del Canon. Pero toda la liturgia de la Iglesia tiende a unirse a esa alabanza en el cielo: «Nuestra unión con la Iglesia del cielo se realiza de la manera más noble cuando celebramos las alabanzas de la grandeza de Dios con alegría compartida, sobre todo en la sagrada liturgia, en la que la fuerza del Espíritu Santo actúa en nosotros por medio de los sacramentos. En ella todos los redimidos por la sangre de Cristo de todo linaje, lengua, pueblo y nación, reunidos en una única Iglesia, proclamamos la grandeza de Dios, uno y trino, con el mismo cántico de alabanza» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 50).
▲ COMENTARIO
Ap 5,1-5
El libro sellado simboliza el designio divino sobre cada hombre y sobre la historia. Quien no lo conoce está sumido en la oscuridad y en la angustia. Pero Cristo, por su condición divina, su obra redentora en la cruz y su victoria sobre la muerte, ha desvelado al hombre esos designios. «Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 22).
▲ COMENTARIO
Ap 5,6-14
Cristo glorioso merece la misma adoración que el Padre. La grandeza de Cristo-Cordero viene reconocida y proclamada por el culto que recibe, en primer lugar, de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos, luego de todos los ángeles y, por fin, de la creación entera (vv. 11-13). Son tres momentos que San Juan señala para destacar la alabanza de la Iglesia celestial, a la que se une la Iglesia peregrina en la tierra, mediante la oración simbolizada en la imagen de las copas de oro (v. 8).
La gran muchedumbre de ángeles rodeando el trono como guardia de honor (v. 11), proclama la plenitud de la perfección divina de Cristo, el Cordero. En efecto, se enumeran siete atributos que reflejan la plena posesión de la gloria divina por parte del Cordero (v. 12).
Después del canto de las criaturas espirituales e invisibles, resuena el himno de los seres materiales y visibles. Este cántico (vv. 13-14) difiere del anterior porque se dirige además al que está sentado en el trono. Así se pone a un mismo nivel a Dios y al Cordero, cuya divinidad se proclama. De esta forma culmina la alabanza universal, cósmica, en honor del Cordero. El Amén rotundo de los cuatro vivientes, junto con la adoración de los veinticuatro ancianos, cierra esta visión preparatoria.
Como en otros pasajes del Apocalipsis, se habla del oficio de los ángeles en el Cielo (v. 11), poniendo de relieve su adoración y alabanza ante el trono de Dios (cfr 7,11), su misión como ejecutores de los designios divinos (cfr 11,15; 16,17; 22,6; etc.) y su intercesión ante el Señor en favor de los hombres (cfr 8,4). «Ten confianza con tu Angel Custodio. Trátalo como un entrañable amigo —lo es— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 562).
▲ COMENTARIO
Ap 6,1-11,14
Con la imagen del Cordero que va abriendo sucesivamente los siete sellos (6,1-7,17), el autor del Apocalipsis va mostrando el sentido profundo de la historia bajo el señorío de Cristo y el significado de las desgracias que afligen a la humanidad. La expectación va en aumento a medida que se acerca la apertura del séptimo sello (cfr 8,1). Cuando llega, comienzan a sonar, también sucesivamente, siete trompetas, símbolo de la voz divina (8,2-11,14). Sólo cuando suene la última trompeta se revelará el misterio del final (cfr 10,7; 11,15); entretanto, se mantiene la expectación. Así, el lector va percibiendo progresivamente la mano y el poder de Dios a lo largo de la historia.
▲ COMENTARIO
Ap 6,1-17
Al abrirse los cuatro primeros sellos (vv. 1-8) aparecen cuatro jinetes. El primero simboliza a Jesucristo y los otros tres la guerra, el hambre y la peste. Al abrirse el quinto sello (v. 9) se desvela la gloria de los mártires, y al abrirse el sexto (v. 12), las tribulaciones anunciadas por Jesús para el fin del mundo. «El inspirado evangelista no sólo vio las ruinas ocasionadas por el pecado, la guerra, el hambre y la muerte; vio también, en primer lugar, la victoria de Cristo. No cabe la menor duda de que la marcha de la Iglesia a través de los siglos es un via crucis, pero también ha sido siempre una marcha triunfal. La Iglesia de Cristo, los hombres de la fe y del amor cristianos, son siempre los que llevan la luz, la redención y la paz a la humanidad sin esperanza. Jesucristo ayer y hoy y el mismo por los siglos» (Pío XII, Alocución 15-XI-1946).
En el v. 15 se nombran siete grupos sociales que abarcan todo el género humano, desde los más poderosos hasta los más débiles. Nadie escapará al inapelable juicio de Dios. Es el dies irae (v. 17), el día de la cólera del Cordero.
▲ COMENTARIO
Ap 7,1-17
La expectación aumenta mediante la inserción de dos visiones antes de abrirse el séptimo sello. La primera visión (vv. 1-8) muestra la protección divina sobre los cristianos: son una gran multitud —ciento cuarenta y cuatro mil— que forma el nuevo Pueblo de Dios. La segunda visión (vv. 9-17) muestra la situación gloriosa de la que gozan los redimidos por Cristo tras la muerte. «La sangre del Cordero que se ha inmolado por todos ha ejercitado en cada ángulo de la tierra su universal y eficacísima virtud redentora, aportando gracia y salvación a esa “muchedumbre inmensa”. Después de haber pasado por las pruebas y de ser purificados en la sangre de Cristo, ellos —los redimidos— están a salvo en el Reino de Dios y lo alaban y bendicen por los siglos» (Juan Pablo II, Homilía 1-XI-1981).
La finalidad de la revelación de esas escenas consoladoras es fomentar el afán de imitar a estos cristianos, que fueron como nosotros y que ahora se encuentran ya victoriosos en el Cielo. Para lograrlo la Iglesia nos invita a pedir: «Señor, Dios nuestro, que santificaste los comienzos de la Iglesia romana con la sangre abundante de los mártires; concédenos que su valentía en el combate nos infunda el espíritu de fortaleza y la santa alegría de la victoria» (Misal Romano, Santos Protomártires de la Santa Iglesia Romana, Oración colecta).
▲ COMENTARIO
Ap 8,1-6
El silencio que se produce tras abrirse el séptimo sello es signo de la expectación ansiosa ante lo que va a desvelarse. Es un silencio que da cabida a la oración de los santos simbolizada en los perfumes: «La oración contemplativa es silencio, este “símbolo del mundo venidero” (S. Isaac de Nínive, Tract. myst. 66) o “amor silencioso” (S. Juan de la Cruz, Carta 6). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2717).
Con el séptimo sello se inicia un nuevo septenario, el de las siete trompetas. La séptima, a su vez, dará paso a las siete copas (cfr 11,15). Pero antes, se va a narrar (caps. 8-9) cuanto acontece al sonar las seis primeras trompetas, que vienen a ser la ejecución de los juicios de Dios sobre el mundo. Se da un cierto paralelismo con las plagas de Egipto (cfr Ex 7,14-12,34). Antes del toque de la séptima trompeta el autor presenta una especie de intervalo (cfr 10,1-11,14).
▲ COMENTARIO
Ap 8,7-13
El sonar de las trompetas significa la voz de Dios que anuncia y realiza el castigo por los pecados de la humanidad. Las cuatro primeras trompetas (8,7-12) avisan de calamidades similares a las causadas por las plagas en Egipto, aunque mucho mayores. Ahora las desgracias vendrán sobre los elementos creados por Dios: la tierra, el mar, las aguas de la tierra y los espacios siderales.
El motivo del águila (v. 13), símbolo quizá de un ángel, crea un ambiente de expectación y ansiedad ante lo que traerá el sonar de las tres trompetas restantes. Es un breve tránsito a las tres últimas trompetas. Son tres gritos de pesar, tres ayes de horror y de compasión ante los acontecimientos que ocurrirán al sonar las últimas trompetas. Con los «habitantes de la tierra» se refiere a los hombres idólatras (cfr 3,10), que persiguen a los creyentes. No se encuentran, por tanto, incluidos los fieles, sino sólo los que se dejaron seducir por los enemigos de Cristo (cfr 6,10; 11,10; 13,8.12.14; 17,2-8).
▲ COMENTARIO
Ap 9,1-12
El toque de la quinta y sexta trompetas afecta directamente a los hombres; sus efectos son más horrorosos que los anteriores (9,1-21). La estrella caída simboliza a Satanás (cfr Lc 10,18), al que Dios permite liberar por un tiempo a los demonios que, según el pensar de la época, habitan en los abismos, para que hagan daño con tormentos y enfermedades a los hombres que no reconocen a Dios.
Para describir a los demonios y el daño que van a causar, el autor recuerda lo que fue la octava plaga en Egipto, la de las langostas (cfr Ex 10,14ss.), pero dejando claro que ahora se trata de otra realidad mucho más terrible y de otro orden. Es tal el daño que causan al hombre, que éste deseará morir, pero habrá de soportar el mal durante un tiempo determinado. Los «cinco meses» (v. 5), tiempo de vida de las langostas, expresan la limitación temporal de esos sufrimientos. Las coronas de oro (v. 7) son características de los vencedores; el rostro humano, de seres inteligentes; la forma del cabello y los dientes simbolizan la ferocidad; la coraza de hierro indica la condición de guerreros fuertemente armados; y, finalmente, el ruido que producen y las colas de escorpión expresan la extremada crueldad. Obedecen a un jefe que es Satanás cuyo nombre («Apolíon», v. 11) significa destrucción y exterminio. Contrasta con el nombre de Jesús, que significa «Yhwh salva». Al final del Apocalipsis, el autor contempla que, tras la victoria de Cristo, Satanás y sus secuaces serán de nuevo encerrados en el pozo del abismo (cfr 20,1-3).
▲ COMENTARIO
Ap 9,13-21
Los ángeles atados junto al río Éufrates son los ángeles terribles de la muerte (9,15). A éstos sólo puede mandarlos Dios. La razón última de los castigos descritos —como en el caso de las llamadas a penitencia dirigidas a las iglesias del Asia Menor (cfr 2,5.16.21; 3,3; etc.)— es mover a los hombres a conversión. Pero éstos siguen siendo pertinaces: se apartan de Dios y se entregan a los ídolos, auténticos espantajos frente a la grandeza infinita del Dios vivo (cfr p. ej. Sal 115; Jr 10,3-5).
La idolatría es, en definitiva, la raíz de los demás pecados (v. 20), pues, al apartarse de Dios, el hombre queda sometido a las fuerzas del mal, que no sólo desde fuera, sino también desde dentro del hombre, lo empujan a toda clase de pecados y perversiones. Es la misma idea que expone San Pablo en la Carta a los Romanos, cuando se refiere a quienes, al apartarse de Dios, fueron abandonados a sus propias pasiones y cayeron en las acciones más abominables (cfr Rm 1,18-32). El resultado del castigo es, a veces, un mayor endurecimiento de los corazones, como le sucedió al faraón cuando no dejó salir a los israelitas de Egipto.
▲ COMENTARIO
Ap 10,1-11
Antes de describir el toque de la séptima trompeta el autor sagrado intercala una visión tenida en la tierra. De esta forma aumenta la tensión y prepara al lector para enfrentarse a lo que sucederá cuando llegue el tercer «¡Ay!» y suene la séptima trompeta que anuncia los acontecimientos finales (cfr 11,14-15).
Aunque no se dice el nombre del ángel (v. 1), puede pensarse en Gabriel porque se llama «poderoso», en hebreo geber, y Gabriel, en hebreo gabri’el, significa «fuerza de Dios», o «varón de Dios» (cfr Dn 8,15), o «Dios se manifiesta fuerte». En cualquier caso, Gabriel es el nombre que se da al ángel encargado de explicar las profecías mesiánicas a Daniel, y de comunicar las noticias de parte de Dios a Zacarías (cfr Lc 1,19) y a la Santísima Virgen (cfr Lc 1,26). Realizó una función paralela al ángel que aparece en 8,3-5, que suele identificarse como San Miguel. Los rasgos impresionantes con que se le describe acentúan su naturaleza celestial y su poder.
El hombre no puede conocer la totalidad de los planes de Dios, proclamada en los siete truenos (v. 4), pero sí lo que Dios revela a Juan el vidente. El pequeño libro abierto que lleva el ángel es distinto del libro cerrado y con siete sellos de la visión de 5,2. Ahora es símbolo de la revelación divina a los profetas. Está abierto, lo que quiere decir que puede conocerse su contenido. Pero no se nos dice cuál es, señal de que lo que intenta el autor con esa imagen es resaltar su condición de profeta. En cambio sí se quiere señalar que sus profecías afectan a toda la creación: a la tierra y al mar (cfr v. 6). Es un libro semejante al rollo de la visión descrita por el profeta Ezequiel (cfr Ez 2,9-3,1), destinado a ser comido por el vidente (vv. 9-10). Significa que Dios habla mediante la Sagrada Escritura prometiendo bendición y castigo. El lector ha de tener por verdadero lo que lee en el libro.
Con un gesto y una fórmula solemne de juramento el ángel asegura que va a llegar el establecimiento definitivo del Reino de Dios, cuando ya no habrá más tiempo para este mundo de ahora (vv. 6-7). Pero no se indica ninguna fecha del momento en que sucederá: sólo se dice que será cuando el Misterio de Dios, su designio de salvación, llegue a su plenitud; cuando sea el tiempo de la siega (cfr Mt 13,24-30), porque tanto el bien como el mal —el trigo y la cizaña— se habrán manifestado plenamente (cfr 2 Ts 2,6ss.).
▲ COMENTARIO
Ap 11,1-14
Estos versículos contienen la profecía del vidente que ha comido el pequeño libro. Se refieren a la tribulación de la Iglesia, como preámbulo de los acontecimientos finales, los que seguirán a la séptima y última trompeta (11,15ss.). La Iglesia está simbolizada en el Santuario y en el altar de Jerusalén, a los que Dios protege. El resto de la ciudad es la humanidad que no pertenece a la Iglesia y ante la que ésta da testimonio hasta sufrir martirio.
Jerusalén fue hollada por los gentiles, en tiempos de Antíoco Epífanes, que profanó el Templo e introdujo en él la estatua de Zeus Olímpico (cfr 1 M 1,54); y, sobre todo, por los romanos, que destruyeron el Templo y la ciudad, sin dejar piedra sobre piedra (cfr Mt 24,21; Mc 13,14-23; Lc 21,20-24). Tomando pie de estos acontecimientos, San Juan profetiza que nunca ocurrirá lo mismo con la Iglesia, pues ésta ha sido preservada por Dios del poder de sus enemigos (cfr Mt 16,16-18). Los cristianos podrán sufrir persecuciones de un tipo o de otro, con violencia física o moral, pero la Iglesia no podrá ser vencida porque Dios la preserva: «La Iglesia “va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei 18,51,2) anunciando la Cruz del Señor hasta que venga (cfr 1 Co 11,26). Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo su esplendor al final de los tiempos» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 8).
Los dos testigos (v. 3) simbolizan el testimonio de la Iglesia. No se determina la identidad de esos dos testigos. Se les llama «olivos», como a Zorobabel, príncipe del linaje de David, y a Josué, sumo sacerdote (cfr Za 3,3-14). Pero se les asignan los rasgos de Elías, que «cerró» los cielos para que no lloviese (cfr 1 R 17,1-3; 18,1), y de Moisés, que transformó las aguas en sangre (cfr Ex 7,14-16). También los enemigos de Elías y de Moisés habían sido devorados por el fuego que bajó del cielo (cfr 2 R 1,10; Nm 16,35). Pero, puesto que los dos testigos dan testimonio de Jesucristo y mueren mártires, la tradición los ha identificado con San Pedro y San Pablo, martirizados en Roma, que sería la ciudad a la que aquí aludiría, en forma simbólica, el Apocalipsis. Algunos comentaristas en la antigüedad (p. ej. Ticonio y San Beda) identificaron a los dos testigos con el Antiguo y el Nuevo Testamento; pero esta interpretación no tuvo gran eco. San Jerónimo (Epistulae 59) dice que los testigos son Elías y Henoc, y siguen esta interpretación San Agustín (De civitate Dei 39) y San Gregorio Magno (Moralia 9,4).
La tribulación la causan en último término las fuerzas del mal, es decir, la bestia, figura del Anticristo, que hace su aparición en la Ciudad Santa (v. 7). Durante un tiempo determinado —el tiempo de la historia simbolizado por los cuarenta y dos meses, los mil doscientos sesenta días o los tres días y medio— hay momentos en los que prevalecen las fuerzas adversas que llevan a muchos a la prevaricación. Simultáneamente, aparecen los testigos del verdadero Dios, que predican penitencia (vv. 3-6), y por eso son martirizados con gran regocijo de sus adversarios (vv. 7-10). Pero Dios interviene en favor de esos mártires, subiéndolos al Cielo y diezmando de muerte a sus enemigos; por temor, los supervivientes reconocen a Dios (vv. 11-13). «Algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor. Y si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres, y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 42).
Las tribulaciones correspondientes a las tres últimas trompetas quedan especialmente resaltadas al hacerlas coincidir con los tres ayes anunciados desde el Cielo (cfr 8,13) que, como grito de lamentación, acentúan su carácter terrible. Ahora se acaba de describir el segundo Ay, como algo ya sucedido, y se anuncia el tercero. De este modo se vuelve a tomar, tras el paréntesis de 10,1-11,13, el hilo de la narración en torno al sonido de las trompetas y se advierte acerca de la importancia de lo que viene a continuación.
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Ap 11,15-22,15
El sonar de la última trompeta abre esta nueva sección en la que se va a describir el triunfo de Cristo, que ya es proclamado desde el comienzo (11,15-19). Primero son presentados los contendientes: Cristo y los suyos de un lado, la serpiente y la bestia de otro (12,1-14,5). Después se anuncian el juicio (14,6-20) y las tribulaciones de los últimos tiempos, significadas en el derramarse las siete copas (15,1-16,21). A continuación se describe a la bestia y se anuncia su caída tras la victoria del Cordero (17,1-19,10), y se relatan los combates escatológicos hasta la derrota total de Satanás (19,11-20,10) y la realización del juicio (20,11-15). Sigue la visión del mundo nuevo con la Jerusalén bajada del cielo (21,1-22,5) y, finalmente, el encargo dado al vidente de dar a conocer todo eso (22,6-15).
▲ COMENTARIO
Ap 11,15-19
Estos versículos, que proclaman la llegada definitiva del reinado de Cristo, son como una introducción a toda la sección. Las voces celestes, expresión de la revelación divina, anuncian que se ha consumado el designio de Dios de que Cristo reine eternamente sobre todo el universo. Se cumplen así las palabras del Salmo 2. En efecto, la Iglesia «constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra. Mientras va creciendo poco a poco, anhela la plena realización del Reino y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 5). El triunfo final de Cristo se ve ya presente, y ante esa revelación brotan la adoración y la acción de gracias del entero Pueblo de Dios, representado por los veinticuatro ancianos (cfr 4,4). La visión ahora contempla la morada de Dios y descubre que Dios mantiene su Alianza.
La promesa del v. 18, «que supera todas las posibilidades humanas, afecta directamente a nuestra vida en el mundo, porque una verdadera justicia debe alcanzar a todos y debe dar respuesta a los muchos sufrimientos padecidos por todas las generaciones. En realidad, sin la resurrección de los muertos y el juicio del Señor, no hay justicia en el sentido pleno de la palabra. La promesa de la resurrección satisface gratuitamente el afán de justicia verdadera que está en el corazón humano» (Cong. Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, n. 60).
Los fenómenos atmosféricos que acompañan la aparición del arca (v. 19) recuerdan los de la teofanía del Sinaí, y expresan la intervención efectiva de Dios (cfr 4,5; 8,5) que, ahora, va a ir acompañada también del castigo de los malvados, tal como indica la alusión al terremoto y a la fuerte granizada (cfr Ex 9,13-35). Con frecuencia, los autores antiguos entendieron que el arca era la Santísima Humanidad de Cristo, y San Beda explica que así como el maná se guardaba en el arca antigua, así la divinidad de Cristo está oculta en su Cuerpo santo (cfr Explanatio Apocalypsis 11,19).
▲ COMENTARIO
Ap 12,1-14,5
La fidelidad de Dios a su Alianza, simbolizada en la aparición del arca (11,19), se va a manifestar en la victoria de Cristo y de la Iglesia sobre las fuerzas del mal. El enfrentamiento se produce a nivel celeste con el ataque del dragón o diablo contra la Mujer y su Hijo, el Mesías, y con la lucha entre Miguel y el diablo (12,1-12). Después continúa a nivel terrestre o histórico con el ataque de la bestia y el falso profeta contra los hijos de la Mujer (12,13-13,18); pero aparecerá Cristo, a quien pertenece la victoria, junto con los suyos (14,1-5).
▲ COMENTARIO
Ap 12,1-6
Que este ataque del dragón se dé en el cielo significa que el nacimiento de Cristo y la impotencia del diablo frente a Él era algo predeterminado por Dios desde la eternidad.
La figura de la Mujer es caracterizada con rasgos que son aplicables a Israel, a la Santísima Virgen y a la Iglesia. El pasaje se ilumina y enriquece a la luz del conjunto de la Revelación. En efecto, San Lucas, al narrar la Anunciación, ve a María como la representación del resto fiel de Israel: a Ella le dirige el ángel el saludo dado en So 3,15 a la hija de Sión (cfr notas a Lc 1,26-38). Pero el texto sagrado del Apocalipsis deja abierto el camino para ver en la mujer directamente a la Santísima Virgen, cuya maternidad conllevaría el dolor del Calvario (cfr Lc 2,35) y había sido profetizada como una «señal» en Is 7,14 (cfr Mt 1,22-23). Por otra parte, ya San Pablo en Ga 4,26 ve en una mujer, Sara, la alegoría de la Iglesia que es nuestra madre, y no es infrecuente en la literatura judía no canónica contemporánea del Apocalipsis, personificar a la comunidad en la figura de una mujer. De ahí que sea coherente ver al pueblo de Dios, a la Iglesia, como representado en la figura de María. Aplicando la figura de la mujer a la Iglesia escribía San Gregorio Magno: «El sol representa la luz de la verdad, y la luna la mutabilidad de lo temporal; la Iglesia santa está como revestida de sol porque es protegida por el esplendor de la verdad sobrenatural, y tiene la luna bajo sus pies, porque está por encima de los bienes temporales» (Moralia 34,12). Aplicándola a la Virgen decía San Bernardo: «En el sol hay color y esplendor estables; en la luna sólo resplandor completamente incierto y mutable, pues nunca permanece en el mismo estado. Con razón, pues, María se presenta vestida de sol, ya que ella penetró el profundo abismo de la sabiduría divina más allá de cuanto pudiera creerse» (Dominica infra octavam Assumptionis 3).
Mientras la Iglesia peregrine en la tierra «la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 68).
▲ COMENTARIO
Ap 12,7-12
La lucha entre la serpiente y sus ángeles contra Miguel y los suyos, y la derrota de aquélla, aparecen íntimamente relacionadas con la muerte y glorificación de Cristo (cfr v. 11; 12,5). Al mismo tiempo, la mención de Miguel y de la serpiente «antigua», así como los efectos de la lucha —el ser arrojados del cielo— hacen pensar en el origen del demonio. Éste, que era una criatura angélica muy excelsa, según algunas tradiciones judías (cfr Vida latina de Adán y Eva, 12-16) se convirtió en diablo cuando Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (cfr Gn 1,26; 2,7). El demonio no aceptó inclinarse ante el hombre por ser éste imagen de Dios. Miguel, en cambio, obedeció. Entonces el diablo y otros ángeles, al considerar al hombre inferior a ellos, se rebelaron contra Dios. Por eso el diablo y sus seguidores angélicos fueron arrojados al infierno y a la tierra, y no cesan de tentar al hombre para que, pecando, se vea también privado de la gloria que se le otorgó por ser imagen de Dios.
En Dn 10,13 y 12,1 se dice que el arcángel San Miguel es el que defiende, de parte de Dios, al pueblo elegido. Su nombre significa: «¿Quién como Dios?», y su función es velar por los derechos divinos frente a quienes quieren usurparlos, como los príncipes de los pueblos, o el mismo Satán al intentar hacerse con el cuerpo de Moisés según la Carta de San Judas (v. 9). De ahí que también en el Apocalipsis aparezca San Miguel como el que se enfrenta con Satanás, la serpiente antigua, aunque la victoria y el correspondiente castigo los decide Dios o Cristo. La Iglesia, por ello, invoca a San Miguel como su guardián en las adversidades y contra las asechanzas del demonio (cfr Liturgia de las Horas, Himno del Oficio de Lecturas del 29-IX).
Los Santos Padres interpretan estos versículos del Apocalipsis como testimonio de la lucha entre Miguel y el diablo al principio de la historia, que fue consecuencia de la prueba que hubieron de pasar los espíritus angélicos. Y, a la luz del Apocalipsis, entendieron, como referidas a aquel momento primordial, las palabras que el profeta Isaías pronunciara contra el rey de Babilonia: «¡Cómo has caído del cielo, Lucero [o Lucifer], hijo de la aurora! ¡Has sido abatido a tierra, tú que postrabas a naciones!» (Is 14,12). También vieron en este pasaje del Apocalipsis la lucha que Satanás sostiene contra la Iglesia a lo largo de la historia y que se radicalizará al final de los tiempos: «El cielo es la Iglesia —escribe San Gregorio Magno— que en la noche de la vida presente, mientras posee en sí misma las innumerables virtudes de los santos, brilla como las radiantes estrellas celestes; pero la cola del dragón arroja las estrellas a la tierra (…). Las estrellas que caen del cielo a la tierra son aquellas que habiendo perdido la esperanza de las cosas celestiales, codician bajo la guía del diablo el ámbito de la gloria terrena» (Moralia 32,12).
▲ COMENTARIO
Ap 12,13-18
El ataque de la serpiente se contempla ahora desde la situación de la Iglesia que sufre. La mujer que da a luz un Hijo varón es imagen de la Madre del Mesías, la Virgen María, y de la Iglesia que, «cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es constituida Madre por la palabra de Dios fielmente recibida» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 64). Mediante la Iglesia los cristianos se incorporan a Cristo, contribuyendo al crecimiento de su Cuerpo (cfr nota a Ef 4,13). En este sentido puede decirse que la Iglesia es la Mujer que engendra a Cristo.
La lucha que soporta la Iglesia contra los poderes del mal viene aquí descrita con representaciones del éxodo, ya que también aquél fue el momento de máximo peligro para el pueblo de Israel. Dios lo llevó entonces por el desierto «en alas de águila» (Ex 19,4), es decir, de forma extraordinaria, superior a las posibilidades humanas. Cuando el profeta Isaías anuncia la liberación del cautiverio en Babilonia, también dice que subirán con alas de águila (cfr Is 40,31). La Iglesia, a lo largo de la historia, goza de esa misma protección divina para vivir la unión con su Señor representada por el desierto. El período de «un tiempo, dos tiempos y medio tiempo» (v. 14), que es lo mismo que tres años y medio, es considerado —por lo menos a partir de Dn 7,25— como el tiempo convencional de cualquier persecución.
El río de agua (v. 15) simboliza las fuerzas destructivas del mal, que proceden del demonio. De igual modo que en el desierto del Sinaí la tierra se tragó a los que se rebelaban contra Dios (cfr Dt 16,30-34), así serán anuladas esas fuerzas en su ataque contra la Iglesia, pues, como prometió el Señor, «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18). No debe extrañarnos, por tanto, que la Iglesia sufra persecuciones: «No es algo nuevo. Desde que Jesucristo nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada» (S. Josemaría Escrivá, El fin sobrenatural de la Iglesia).
▲ COMENTARIO
Ap 13,1-10
Satanás, la serpiente antigua, lanza su ataque por medio de las bestias a las que comunica su poder (cfr v. 1; 13,11). La mayoría de los Santos Padres vieron en la bestia del v. 1 al Anticristo, y así escribe San Ireneo: «En la bestia que surge está compendiada toda maldad y toda mentira, de modo que concentrada y cumplida en ella toda la fuerza de la apostasía, sea arrojada al horno del fuego» (Adversus haereses 5,29). Las bestias representan en general los poderes históricos en los que de una u otra forma se encarnan las fuerzas del mal.
La primera bestia (vv. 1-10) simboliza el poder político exacerbado hasta suplantar a Dios; la segunda (cfr 13,11-12), aquellas fuerzas del mal que defienden, justifican y propagan una deificación del poder, mostrándolo como bueno.
Las bestias, presentadas con rasgos tomados de las descripciones que los profetas hacían de los enemigos de Israel, aluden de forma inmediata al Imperio romano; pero éste es considerado a la vez, en algunos aspectos, como instrumento de una potencia diabólica que, traspasando aquel tiempo concreto, se cierne constantemente sobre el hombre y se manifiesta con más fuerza a medida que se avecina el final de la historia. «La idolatría es una forma extrema del desorden introducido por el pecado. Al sustituir la adoración del Dios vivo por el culto de la creatura, falsea las relaciones entre los hombres y conlleva diversas formas de opresión» (Cong. Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, n. 39).
▲ COMENTARIO
Ap 13,11-18
Más adelante (cfr 16,13; 19,20) esta segunda bestia será identificada con el falso profeta, ya que, en efecto, su papel es seducir a los hombres para que adoren a la primera bestia. Realiza, con el poder del mal, prodigios semejantes a los de los profetas —como Elías, que hizo bajar fuego del cielo (cfr 1 R 18,38)—, e incluso parece imitar la fuerza del Espíritu que da vida, animando las imágenes de la bestia. Ésta es símbolo de los regímenes e ideologías que rechazan a Dios y exaltan falsamente al hombre. Es el materialismo engañoso que «si a veces habla también del “espíritu” y de las “cuestiones del espíritu”, por ejemplo en el campo de la cultura o de la moral, lo hace solamente porque considera algunos hechos como derivados (epifenómenos) de la materia (…). Según esta interpretación, la religión puede ser entendida solamente como una especie de “ilusión idealista”, que ha de ser combatida con los modos y métodos oportunos, según los lugares y circunstancias históricas, para eliminarla de la sociedad y del corazón mismo del hombre» (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 56).
▲ COMENTARIO
Ap 14,1-5
Frente a los poderes del mundo que se oponen a Dios y a la Iglesia, inducidos por Satanás, está el Cordero, Cristo resucitado, con los suyos, que cantan su gloria y su triunfo. El monte Sión representa a la Iglesia protegida por Cristo y congregada en torno a Él. Allí están los que pertenecen a Cristo y al Padre, y llevan por tanto su marca: hijos de Dios. Son un número incalculable, pero completo en sí mismo y establecido en la mente de Dios: el Pueblo de Dios representado en una cifra que es el resultado de multiplicar 12 (las tribus) por 12 (los Apóstoles) por 1.000 (número desorbitado) (cfr 7,3-8). No están todavía en el cielo, sino en la tierra, desde donde alaban a Dios uniéndose a la liturgia celeste.
El autor del Apocalipsis se refiere a todos los miembros de la Iglesia en cuanto que son santos, llamados a la santidad; pero el simbolismo que emplea conlleva una realidad profunda: que la virginidad y celibato por el Reino de los Cielos es una realización singular y un signo evidente de esa dimensión esponsalicia de la Iglesia. «De este modo la continencia “por el reino de los cielos”, la opción de la virginidad o del celibato para toda la vida, ha venido a ser en la experiencia de los discípulos y de los seguidores de Cristo el acto de una respuesta particular del amor del Esposo Divino, y, por esto, ha adquirido el significado de un acto de amor esponsalicio: esto es, de una donación esponsalicia de sí, para corresponder de modo especial al amor esponsalicio del Redentor; una donación de sí entendida como renuncia, pero hecha, sobre todo, por amor» (Juan Pablo II, Audiencia general, 25-IV-82).
▲ COMENTARIO
Ap 14,6-20
La aparición del Cordero (14,1-5) es como su victoria anticipada; de ahí que puedan anunciarse ya la derrota de la bestia (14,6-13), y el juicio que se avecina (14,14-20).
▲ COMENTARIO
Ap 14,6-13
Tres ángeles anuncian el Juicio (vv. 6.8.9); Cristo, el Hijo del hombre, lo pronunciará (14,14); y otros tres ángeles lo ejecutarán (14,15-20). Todos los hombres son capaces de reconocer y amar a su Creador: quienes así lo hagan serán premiados el día del Juicio. Éste es el «evangelio eterno» (v. 6).
La bienaventuranza divina (v. 13) anuncia el gozo de los que terminan su vida siendo fieles a Cristo. Los maestros judíos enseñaban que «cuando un hombre muere no lo acompañan la plata ni el oro, las piedras preciosas ni las perlas, sino la ley y las buenas obras» (Pirqué Abot 6,9). No se trata solamente de que los justos sean premiados por sus obras, sino de que éstas —de algún modo— permanecen con ellos; como enseña la Iglesia, «los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, en una palabra, los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre “el reino eterno y universal; reino de verdad y de vida; reino de santidad y de gracia; reino de justicia, de amor y de paz”» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 39).
▲ COMENTARIO
Ap 14,14-20
La descripción anticipada del Juicio Final se presenta en dos escenas: la siega (cfr vv. 14-16) y la vendimia (cfr vv. 17-20), siguiendo la profecía de Joel acerca del juicio de Dios sobre los pueblos enemigos de Israel: «Que se levanten y suban las naciones al valle de Josafat, que allí me sentaré para juzgar a todas las naciones de alrededor. Meted la hoz, que la mies ya está madura. Venid, pisad, que está lleno el lagar, rebosan las cavas, pues abundó su maldad» (Jl 4,12-13).
En ambas escenas se resalta la presencia de un ángel que da la orden (cfr vv. 15.18). El hecho de que este ángel salga del Santuario y del altar significa que ese final está relacionado con las oraciones de los santos y de los mártires, que mueven a Cristo a actuar (cfr 8,3-4). Por eso la Iglesia, inmediatamente después de que se ha hecho presente Cristo en el altar por la Consagración de las especies eucarísticas, clama por su segunda venida —la Parusía—, que será su triunfo definitivo: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!» (Misal Romano, Aclamación Eucarística después de la Consagración).
▲ COMENTARIO
Ap 15,1-16,21
Con la aparición del Cordero (14,1-5) se avecina el final y eso produce ya en el cielo un canto de alabanza (15,1-4), y, en la tierra, el advenimiento de las tribulaciones del fin simbolizadas en el derramarse las siete copas (15,5-16,21).
▲ COMENTARIO
Ap 15,1-4
La tercera señal (cfr las otras dos en 12,1.3) anuncia la llegada del desenlace final de la tensión existente entre los poderes del mal y la Iglesia de Jesucristo. El desenlace se presenta con el simbolismo del número siete repetido por tercera vez, tras los siete sellos (cfr 5,1) y las siete trompetas (cfr 8,2). El mar de cristal puede recordar la salvación del éxodo (cfr Sb 19,6-7), o el mar de bronce para las purificaciones del Templo de Jerusalén (cfr 4,6-7). En cualquier caso, una vez más la oración de alabanza de la Iglesia precede a la intervención de Dios. «La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la Gloria» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2639).
▲ COMENTARIO
Ap 15,5-16,21
La tienda (15,5), como el arca en 11,19, simboliza la presencia de Dios, que actúa definitivamente mediante sus ángeles. Las siete copas de oro son el instrumento para arrojar las plagas sobre el mundo; por eso se dice que están llenas del furor de Dios, esto es, colmadas de la justicia divina que se va a manifestar plenamente. De ahí que las copas de oro sean a la vez símbolo de las oraciones de los santos —que motivan la intervención divina (cfr 5,8)— y de sus consecuencias: victoria del bien y castigo de los poderes del mal. Su contenido no se identifica propiamente con las plagas, sino con los efectos de la oración: la actuación de Dios que lleva consigo el consuelo —como un perfume— para los justos, y el castigo —el furor de Dios—, para los que siguen a la bestia, los que obran la iniquidad.
Las imágenes para expresar los castigos (16,1-16) se inspiran en las plagas de Egipto. Las cuatro primeras intervenciones se relacionan con elementos de la naturaleza (cfr 16,2-9 y 8,7-13), la quinta y la sexta con fuerzas o poderes que actúan en la historia (cfr 16,10-16 y 9,1-21). El nombre de Harmagedón significa en hebreo «la montaña de Meguiddo», lugar en que fue derrotado el rey Josías (cfr 2 R 23,29-30), y que se había convertido en símbolo de derrota para los ejércitos reunidos (cfr 12,11).
En medio de la profecía, el autor del Apocalipsis introduce una exhortación a la vigilancia y la fidelidad (16,15), semejante a la que dio en 3,1-3.18, ya que Dios, que puede vencer siempre, prefiere convencer, como se percibe en el mismo Salmo 2: «Ahora, reyes, entendedlo bien; dejaos instruir, los que juzgáis en la tierra…» (Sal 2,10).
El mal va en aumento. Los males son fruto del pecado, y la ira de Dios se manifiesta entregando a los hombres a las apetencias de sus corazones idólatras (cfr Rm 1,18-32). A medida que avanza la historia de la humanidad parece que va creciendo también la manifestación del pecado, cuyos efectos son las nuevas plagas que se ciernen sobre el mundo. «Es necesario añadir que en el horizonte de la civilización contemporánea —especialmente la más avanzada en sentido técnico–científico— los signos y señales de muerte han llegado a ser particularmente presentes y frecuentes. Baste pensar en la carrera armamentista y en el peligro, que la misma conlleva, de una autodestrucción nuclear. Por otra parte, se hace cada vez más patente a todos la grave situación de extensas regiones del planeta marcadas por la indigencia y el hambre que llevan a la muerte. Se trata de problemas que no son sólo económicos, sino también y ante todo éticos. Pero en el horizonte de nuestra época se vislumbran “signos de muerte” aún más sombríos; se ha difundido el uso —que en algunos lugares corre el riesgo de convertirse en institución— de quitar la vida a los seres humanos aun antes de su nacimiento, o también antes de que lleguen a la meta natural de la muerte» (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 57).
La acción simbólica de derramar la séptima y última copa en el aire (16,17-21) significa la universalidad de sus efectos, que alcanzan a toda la tierra. El carácter definitivo e irreversible queda proclamado por la voz celeste. El que esta voz salga del templo y del trono, expresa que Dios actúa movido por las oraciones de los santos.
Con la secuencia de la séptima copa se introduce la última escena del libro, en la que se describen los combates finales, la victoria de Cristo y la instauración completa de su reinado. Se presenta en tres cuadros: Primero la ramera (porné), o Babilonia (cfr 16,19; 17,5; 18,8.10.25), ya mencionada antes (cfr 14,8), y su juicio, condenación y destrucción por el fuego (cfr caps. 17-18). En el centro, la victoria de Cristo, el Cordero, «Señor de señores y rey de reyes» (17,14), con las alabanzas y descripción de sus combates (cfr caps. 19-20). Finalmente, el triunfo de la novia (nymphé) y esposa del Cordero (cfr 19,7), la Iglesia o Jerusalén celestial (cfr caps. 21-22).
La intervención de Dios se expresa mediante los fenómenos de la tormenta, como en la teofanía del Sinaí (cfr Ex 19,16) y en pasajes anteriores del Apocalipsis (cfr 4,5; 8,5; 11,9). Ahora estos fenómenos aparecen agudizados por un terremoto, acentuándose su novedad con las palabras del profeta Daniel: nunca los hubo en tan gran medida (cfr Dn 12,1). Se quiere significar así que la intervención de Dios llega a su punto culminante, conmoviéndose ante ella la tierra y el mar. Los enormes granizos —un talento equivalía a cuarenta kilogramos— recuerdan la séptima plaga de Egipto (cfr Ex 9,24) y representan el carácter del castigo. Sobre todo, se conmueve la gran ciudad, Roma, cuya sentencia de ruina ya está decretada (16,19).
Estos acontecimientos son la última llamada a la conversión; llamada inútil, pues los hombres, ante esos horrores, en vez de convertirse y volverse a Dios, blasfeman su nombre, enfurecidos ante tales desgracias (16,21).
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Ap 17,1-19-10
Antes de pasar a narrar la derrota de la bestia, ésta es descrita con más detalle (17,1-18), así como los lamentos que habrá en la tierra por su caída (18,1-24) y los cantos de alegría que habrá en el cielo (19,1-10).
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Ap 17,1-18
La gran ramera es la ciudad de Roma, descrita como en enigma (v. 9) con imágenes que en el libro de Isaías se aplicaban a Tiro y Nínive (cfr Is 23,16-17; Na 3,4). Las muchas aguas, como se explica en v. 15, representan los pueblos sobre los que domina la gran ramera. Se le llama también Babilonia, por ser esta urbe el símbolo de las ciudades enemigas de Dios (v. 5; cfr Is 21,9; Jr 51,1-19), y prototipo de lujuria. La bestia, con sus cabezas y cuernos (v. 7), designa al Anticristo como encarnado en los emperadores que persiguen a la Iglesia. De ellos, el sexto (v. 10), el que vive cuando escribe San Juan, sería Domiciano (años 81-96), y los cinco primeros: Calígula (37-41), Claudio (41-54), Nerón (54-68), Vespasiano (69-79) y Tito (79-81); el séptimo sería Nerva (96-98). La bestia hace el número ocho, aunque el autor la identifica con uno de los siete (v. 11): probablemente con Nerón, que según una leyenda del tiempo iba a reaparecer. Los diez reyes (v. 12) simbolizan a los que Roma constituía reyes en las naciones conquistadas, quedando bajo el poder y el control del emperador.
En la imagen de la gran ramera (v. 1), y el poderoso influjo que ejerce, se ha visto también significada la lujuria. Así explica el pasaje, por ejemplo, San Juan de la Cruz: «Es de notar que dice se embriagaron. Porque por poco que se beba del vino de ese gozo, luego al punto se ase el corazón y embelesa y hace el daño de oscurecer la razón como a los ávidos de vino. Y es de manera que, si luego no se toma alguna triaca contra este veneno con que se eche fuera presto, peligro corre la vida del alma» (Subida al Monte Carmelo 3,22).
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Ap 18,1-24
Se contempla la caída y ruina de Roma, según el uso profético de vaticinar un acontecimiento futuro como si ya hubiera ocurrido: se anuncia su caída (vv. 1-3), se exhorta al Pueblo de Dios a alejarse de ella y de sus depravaciones, causa de los castigos (vv. 4-8), y se describen los lamentos de los que colaboran con ella (vv. 9-17). Por último se manifiesta el gozo de cuantos sufrieron bajo su yugo y ahora contemplan la justicia de Dios (v. 20). Entre los pecados que se achacan a la gran ciudad y que han causado su ruina, figura el lujo desenfrenado (cfr vv. 7.12-14). Situaciones de esta clase conducen a la degradación y autodestrucción de una sociedad, como puede observarse en la historia de las civilizaciones y en nuestros días. El afán de consumismo y de poseer es, sin duda, una de las lacras de nuestra época. Ya lo denunciaba Pío XI al decir que «la gran enfermedad de la Edad Moderna, fuente principal de los males que todos deploramos, es la falta de reflexión, aquella efusión continua y verdaderamente febril hacia las cosas externas, esa inmoderada ansia de riquezas y placeres, que poco a poco debilita en los ánimos los más nobles ideales y los sumerge en las cosas terrenas y transitorias y no les permite levantarse a las consideraciones de las cosas eternas» (Mens nostra, n. 5).
En contraste con los lamentos anteriores (vv. 10.16.19) resalta en el v. 20 una invitación a la alegría y al gozo, cuya respuesta tenemos en 19,1-8, donde se narra cómo los elegidos entonan dichosos los cantos de alabanza al Señor Todopoderoso. El gesto de arrojar la gran piedra al mar (v. 21) tiene el carácter de acción profética, y procede de Jr 51,60-64, que vaticina de ese modo el hundimiento total de Babilonia. Como signo de gran desgracia lo encontramos también en Lc 17,2 y par.
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Ap 19,1-10
La alegría de los justos al ser abatido el poder que los perseguía, se manifiesta en alabanzas que culminan en el grito de «¡Aleluya!» (alabad al Señor), y que cantan, unidos a la Iglesia celeste, no sólo la destrucción y superación del mal, sino la plena instauración del Reino de Dios, que es amor y se manifiesta en un banquete de bodas, en las nupcias ya inminentes del Cordero. Con esas nupcias, contempladas desde la perspectiva del final de la historia, se está mostrando a la Iglesia de todos los tiempos, y el objetivo y la tarea cotidiana de los cristianos: preparar su vestido nupcial —mediante las buenas obras, la alabanza y la vida santa— para entrar en el banquete de bodas.
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Ap 19,11-20,15
A la narración profética, en forma de anuncio, de la caída de Roma, sigue la descripción de Cristo, que se muestra con poder y vence en dos combates: en el primero, sobre las bestias y los poderes terrenos que las secundan (19,11-21), disminuyendo el poder del diablo (20,1-6); en el segundo, encerrando definitivamente al diablo en el infierno (20,7-10). Después de esto llegará el juicio universal (20,11-15).
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Ap 19,11-21
La derrota de las fuerzas históricas del mal es presentada en orden inverso al de su aparición a lo largo del libro: en una primera fase son vencidos los reyes de la tierra (vv. 17-18), luego lo serán la bestia y el falso profeta (vv. 20-21; cfr 17,16-17).
La visión de Cristo glorioso y vencedor (vv. 11-16) es parecida a la que hay al comienzo del libro: fijándose en las diversas partes del cuerpo, aunque sin seguir un esquema rígido (cfr 1,5.12-16), lo identifica con el jinete que monta un caballo blanco, mencionado justamente al abrirse el primero de los siete sellos (cfr 6,2). «A través de toda la historia humana se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 37).
La circunstancia de ser arrojados vivos al fuego (v. 20) evoca una de las experiencias humanas más dolorosas e indica lo terrible de la situación final de los impíos. La eterna frustración y vaciedad acompañan su alejamiento de Dios. El tormento de los sentidos es terrible, pero mucho peor es perder a Dios. Por eso afirma San Juan Crisóstomo: «La pena del infierno es en verdad insufrible. Pero si alguno fuera capaz de imaginar diez mil infiernos, nada sería ese sufrimiento en comparación de la pena que produce haber perdido el cielo y ser rechazado por Cristo» (In Matthaeum 28).
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Ap 20,1-6
Han sucumbido la ramera —Roma— (18,1-24) y la bestia con su falso profeta —los poderes perseguidores— (19,1-21); pero queda aún el dragón —Satanás— del que se habló en el cap. 12, y cuya derrota comporta el desenlace final del combate allí iniciado. La batalla entre Satanás y Dios viene presentada en dos momentos: en el primero, el Diablo es dominado y privado temporalmente de su poder (vv. 1-3); en el segundo, se narra su último ataque contra la Iglesia, y su destino final (20,7-10). Entre esos dos momentos se sitúa el reinado de Cristo y de los suyos durante mil años (vv. 4-6). En la antigüedad, algunos autores cristianos interpretaron al pie de la letra el pasaje y entendieron que ese reinado de Cristo se establecería en la historia antes de la llegada del fin del mundo. Otros, entre los que destaca San Agustín, comprendieron el sentido del texto en el sentido de que el reinado de mil años se refiere al tiempo que transcurre desde la Encarnación del Hijo de Dios hasta su venida al fin de los siglos, tiempo en el que la actividad del demonio está recortada y en cierto modo encadenada; aunque «quiere hacer daño, no puede porque este poder está bajo otro poder (…) ya que Quien da facultad al tentador, da también su misericordia al que es tentado. Ha limitado al diablo los permisos de tentar» (S. Agustín, De Sermone Domini in monte 2,9,34). «El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cfr Ap 13,8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cfr Ap 20,7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cfr Ap 21,2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cfr Ap 20,12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cfr 2 P 3,12-13)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 677).
La resurrección primera (v. 6) ha de entenderse de forma espiritual, aplicándola al Bautismo, que regenera al hombre y le da nueva vida, librándole del pecado y haciéndole hijo de Dios. La segunda resurrección es la que tendrá lugar al final de los tiempos, cuando el cuerpo recobre la vida, y el ser humano goce para siempre, en alma y cuerpo, de la dicha eterna. Los demás muertos de que se habla aquí son aquellos que no recibieron el Bautismo. También éstos resucitarán el último día para ser juzgados según sus obras.
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Ap 20,7-10
Dios permitirá que la acción diabólica sea especialmente intensa en los últimos días, «cumplidos los mil años» (v. 7). Así lo enseñó también el Señor, cuando predijo para ese tiempo una tribulación como no la hubo nunca (cfr Mt 24,21-22); San Pablo, por su parte, menciona al hombre inicuo que llegará a sentarse en el Templo y a proclamarse Dios (cfr 2 Ts 2,3-8). Gog y Magog simbolizan terribles poderes devastadores (cfr Ez 38-39). El lanzamiento del diablo al estanque de fuego y azufre significa su derrota; con ella se termina la acción del mal sobre la tierra. Allí, junto con la bestia y el falso profeta, los impíos serán atormentados eternamente. Una vez más las Sagradas Escrituras enseñan la duración eterna del castigo (cfr p. ej. Mt 18,8; 25,41.46; Mc 9,43.48). «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1035).
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Ap 20,11-15
Derrotado el mal y quitada de en medio su raíz, el demonio, sucederán la resurrección y el Juicio Universal. El Juicio viene descrito con la imagen de los libros: en unos están consignadas las acciones de los hombres (cfr Dn 7,10); en otro especial, los nombres de los predestinados a la vida eterna (cfr Dn 12,1). Con el símbolo de los libros, el Apocalipsis nos enseña dos verdades cuya relación siempre queda en el ámbito del misterio: la gracia de la predestinación y la libertad. La «muerte segunda» (v. 14) es la condenación eterna.
Sobre la verdad del Juicio Final, enseña Pablo VI: «Subió [Cristo] al Cielo y vendrá de nuevo, esta vez con gloria, para juzgar a vivos y muertos, a cada uno según sus méritos: quienes hayan correspondido al Amor y a la Piedad de Dios irán a la vida eterna; quienes le hayan rechazado hasta el fin, al fuego inextinguible (…). Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de cuantos mueren en la gracia de Cristo, tanto los que todavía deben ser justificados en el Purgatorio, como las que desde el instante en que dejan los cuerpos son llevadas por Jesús al Paraíso como hizo con el Buen Ladrón, constituyen el Pueblo de Dios más allá de la muerte, la cual será definitivamente vencida en el día de la Resurrección, cuando esas almas se unirán de nuevo a sus cuerpos» (Credo del Pueblo de Dios, nn. 12 y 28).
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Ap 21,1-22,5
Eliminadas todas las fuerzas del mal, incluso la muerte, el autor contempla ahora, como momento culminante del libro, la instauración plena del Reino de Dios: un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada —la nueva Jerusalén (21,1-4; cfr Is 65,12-25)—, y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todopoderoso (21,5-8). Esa humanidad —el Pueblo de Dios— es presentada como la Esposa del Cordero, y descrita detalladamente como una ciudad maravillosa en la que reinan Dios Padre y Cristo (21,9-22,5). La visión se asemeja a la del profeta Ezequiel cuando contemplaba la nueva Jerusalén y el futuro Templo (cfr Ez 40,1-42,20). Pero aquí se destaca que la ciudad baja del cielo, expresando así que la instauración plena, y tan anhelada, del reino mesiánico se va a realizar por el poder de Dios y conforme a su voluntad.
En 21,5-8 habla por primera y única vez en todo el Apocalipsis el mismo Dios, desde su señorío absoluto, para ratificar lo que se acaba de exponer. Afirma que está haciendo (en presente) el mundo nuevo. En efecto, aunque ese mundo nuevo llegará a su plenitud en el último día, ya ahora, desde que Jesucristo murió y resucitó, se ha iniciado la renovación final. «Ha comenzado el reino de la vida —enseña San Gregorio de Nisa— y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otra generación, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué generación habla? De la que no procede de la sangre, ni del amor carnal, ni del amor humano, sino de Dios. ¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras. Este ser lo engendra la fe; la regeneración del Bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza, lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la Sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el Reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos» (Oratio 1 in Christi resurrectionem). Como enseña el Concilio Vaticano II, «el reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección» (Gaudium et spes, n. 39).
Los nombres de las tribus de Israel y de los Doce Apóstoles (21,12-14) expresan la continuidad entre el antiguo Pueblo elegido y la Iglesia de Cristo, y al mismo tiempo indican la novedad de la Iglesia, que se asienta sobre los Doce Apóstoles del Señor (cfr Ef 2,20). La disposición de las puertas (21,21) simboliza la universalidad de la Iglesia, a la que han de concurrir todas las gentes para alcanzar la salvación. En este sentido enseña San Agustín que «fuera de la Iglesia Católica se puede encontrar todo menos la salvación» (Sermo ad Caesariensis ecclesiae plebem 6). Sorprendentemente en ella no hay Templo (21,22), en contraste con la visión de Ezequiel, pues no habrá necesidad de un signo de la morada divina, ya que los bienaventurados verán a Dios y al Cordero cara a cara. Si el agua de la vida es símbolo del Espíritu Santo (cfr 21,6), con razón algunos Padres de la Iglesia y autores modernos ven en este pasaje una significación trinitaria: el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, representado por el río que surge del trono de Dios y del Cordero.
Este pasaje del Apocalipsis alimenta la fe y la esperanza de la Iglesia —no sólo en la generación contemporánea de Juan, sino a lo largo de toda la historia— mientras camina aún por este mundo. Así lo proclama el Concilio Vaticano II: «Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios serán resucitados en Cristo, y lo que fue sembrado en debilidad y en corrupción, se vestirá de incorruptibilidad; y, permaneciendo la caridad y sus obras, toda aquella creación que Dios hizo a causa del hombre será liberada de la servidumbre de la vanidad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 39).
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Ap 22,6-15
La maravillosa realidad descrita contrasta de tal modo con la situación presente de la Iglesia peregrinante, que sólo es posible vislumbrarla por la fe en las palabras de quienes hablan de parte de Dios (vv. 6-9). El autor sagrado tiene conciencia de haber escrito del mismo modo que hablaban los profetas, inspirados por el «Dios de los espíritus de los profetas» (v. 6). De ahí que su escrito se presente como «profecía». Una profecía pronunciada no como un secreto esotérico, sino para que todos la conozcan —el libro debe quedar abierto— y les ayude a convertirse, porque con la redención de Cristo ha comenzado la etapa final. Éste es el sentido del «van a suceder pronto» (v. 6). El pasaje es por ello una exhortación al continuo progreso en santidad (cfr v. 11). «No merece el nombre de bueno quien no aspira a ser mejor; y cuando empiezas a no querer ser mejor, entonces dejas de ser bueno» (S. Bernardo, Epistolae 91).
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Ap 22,16-21
Jesucristo ratifica de modo solemne la autenticidad del contenido profético del libro. Después es ratificado por la Iglesia orante (v. 17), por el autor del escrito (vv. 18-19), y, de nuevo, antes del saludo epistolar, es confirmado por Cristo (v. 20).
▲ COMENTARIO
Ap 22,17-21
La Esposa es la Iglesia que, en respuesta a la promesa de Cristo (cfr 22,12), ansía ardientemente y suplica la venida del Señor. La Iglesia ora movida por el Espíritu Santo, de tal forma que las voces de ambos se funden en una misma llamada. Se invita a cada cristiano a unirse a esa misma oración, y a encontrar en la Iglesia el don del Espíritu, simbolizado en el agua de la Vida (cfr 21,6), que hace gustar anticipadamente los bienes del Reino.
Cristo mismo responde a la súplica de la Iglesia y del Espíritu: «Sí, voy enseguida» (v. 20). La idea se repite siete veces a lo largo del libro (cfr 2,16; 3,11; 16,15; 22,7.12.17 y 20), indicando así la firmeza y seguridad de esa promesa. «Sostenidos por esta certeza, reanudamos la marcha por los caminos del mundo, sintiéndonos más unidos y solidarios entre nosotros y, al mismo tiempo, llevando en el corazón el deseo que se ha hecho más ardiente de comunicar a los hermanos, envueltos todavía en las sombras de la duda y del desconsuelo, el “gozoso anuncio” de que en el horizonte de su existencia ha surgido “la estrella radiante de la mañana” (Ap 22,16): el Redentor del hombre, Cristo Señor» (Juan Pablo II, Homilía 18-V-1980).
La esperanza cristiana no es vana, pues está fundada en la victoria de Cristo y prefigurada en la de la Mujer: «La victoria sobre el “príncipe de este mundo” (Jn 14,30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo ha sido “echado abajo” (Jn 12,31; Ap 12,11). “Él se lanza en persecución de la Mujer” (cfr Ap 12,13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, “llena de gracia” del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). “Entonces, despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos” (Ap 12,17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,17.20), ya que su Venida nos librará del Maligno» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2853).