COMENTARIOS:
EFESIOS
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Ef 1,1-23
La Iglesia, cuya Cabeza es Cristo, constituye el tema central del escrito. En esta primera sección se expone el plan divino de salvación, contemplándolo en el misterio de la eternidad de Dios y en su manifestación histórica a través de Cristo y de la Iglesia.
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Ef 1,1-2
El comienzo de esta carta es muy similar al de las anteriores: un saludo, seguido por un himno de acción de gracias (1,3-14; cfr Rm 1,1ss.; 1 Co 1,1ss.). Puesto que las palabras «en Éfeso» faltan en muchos manuscritos antiguos, es posible que ésta fuera una carta circular a las iglesias de la zona de Éfeso. En el texto no hay alusiones a circunstancias concretas de una particular comunidad cristiana.
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Ef 1,3-14
Primero se entona un himno de alabanza (vv. 3-10) donde se enumeran los beneficios, o bendiciones, que contiene el designio salvífico de Dios, llamado «el misterio» en esta y otras cartas del corpus paulinum. Abarca desde la elección eterna de cada criatura humana por parte de Dios hasta la recapitulación de todas las cosas en Jesucristo, pasando por la obra de la Redención. A continuación se expone cómo ese plan divino de salvación se ha realizado sobre los judíos (vv. 11-12) y sobre los gentiles (vv. 13-14).
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Ef 1,4
«Nos eligió». El término griego es el mismo que aparece en la versión de los Setenta para designar la elección de Israel. «En él», en Cristo, la elección para formar parte del pueblo de Dios se hace universal: todos somos llamados a la santidad (cfr notas a Mt 5,17-48 y Lc 12,22-34). Y del mismo modo que en el Antiguo Testamento la víctima que se ofrecía a Dios debía ser perfecta, sin tara alguna (cfr Ex 12,5; Lv 9,3), la santidad a la que Dios nos ha destinado, ha de ser inmaculada, plena. San Jerónimo, distinguiendo entre «santos» y «sin mancha», comenta: «No siempre “santo” equivale a “inmaculado”. Los párvulos, por ejemplo, son inmaculados porque no hicieron pecado alguno con ninguna parte de su cuerpo, y sin embargo, no son santos, porque la santidad se adquiere con la voluntad y el esfuerzo. Y también puede decirse “inmaculado” el que no cometió pecado; “santo”, en cambio, es el que está lleno de virtudes» (Commentarii in Ephesios 1,1,4).
«Por el amor» se refiere al amor de Dios por nosotros, pero también a nuestro amor por Él, razón última de nuestro esfuerzo por llevar una vida sin mancha, porque «la virtud no hubiera salvado a ninguno, si no hay amor» (S. Juan Crisóstomo, In Ephesios 1,1,5,14).
La santidad para la que hemos sido elegidos se hace posible a través de Cristo (cfr 1,5): «Piensa en lo que dice el Espíritu Santo, y llénate de pasmo y de agradecimiento: elegit nos ante mundi constitutionem —nos ha elegido, antes de crear el mundo, ut essemus sancti in conspectu eius! —para que seamos santos en su presencia. —Ser santo no es fácil, pero tampoco es difícil. Ser santo es ser buen cristiano: parecerse a Cristo. —El que más se parece a Cristo, ése es más cristiano, más de Cristo, más santo» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 10).
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Ef 1,5-6
El pueblo de Israel es tratado por Dios con afecto paterno, como un hijo: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1). En Jesucristo, todos los hombres han sido elegidos para incorporarse al Pueblo de Dios y «ser sus hijos adoptivos», ya no en sentido metafórico sino real: el Hijo único consustancial del Padre, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción (cfr Rm 8,15.29; 9,4; Ga 4,5). La gloria de Dios se ha manifestado a través de su amor misericordioso, por el que nos ha hecho sus hijos, según el proyecto eterno de su voluntad. Tal proyecto «dimana del “amor fontal” o caridad de Dios Padre (…), que creándonos libremente por un acto de su abundante y misericordiosa benignidad, y llamándonos, gratuitamente, a participar con Él en la vida y en la gloria, difundió con liberalidad, y no cesa de difundir, la bondad divina, de suerte que el que es Creador de todas las cosas, ha venido a hacerse todo en todas las cosas (1 Co 15,28), procurando a su vez su gloria y nuestra felicidad» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 2).
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Ef 1,7-8
Jesucristo, el «Amado» del Padre (1,6), llevó a cabo la Redención. Redimir significa liberar. Dios redimió al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Mediante la sangre del cordero rociada sobre los dinteles de las casas de los hebreos, sus primogénitos fueron liberados de la muerte (cfr Ex 12,21-28). La redención de la esclavitud en Egipto, sin embargo, era figura de la Redención realizada por Cristo: «Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo el Señor la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 5). Jesucristo, mediante su sangre derramada en la cruz, nos ha rescatado de la servidumbre del pecado: «Cuando reflexionamos que hemos sido redimidos, no con cosas perecederas, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo (cfr 1 P 1,18s.), como cordero inocentísimo y purísimo, fácilmente juzgaremos que no pudo sobrevenirnos cosa más beneficiosa que esta potestad —recibida por la Iglesia— de perdonar los pecados, la cual pone de manifiesto la inexplicable providencia y la suma caridad de Dios con nosotros» (Catechismus Romanus 1,11,10).
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Ef 1,9-14
El «misterio» (v. 9) es el designio o plan divino de salvar en Cristo a todos los hombres, que, oculto al principio en la voluntad de Dios, ha sido realizado y revelado de forma armónica, siguiendo diversas etapas o tiempos (kairoí) a lo largo de la historia. Ha comenzado por la «elección» (1,4), continúa con la llamada a ser «hijos adoptivos» (1,5-6), conduce a la «redención» (1,7-8) y alcanza su plenitud en la recapitulación de todas las cosas en Cristo (v. 10), que reúne en torno a sí un pueblo en el que, junto a Israel (vv. 11-12), son acogidos todos los hombres y mujeres de cualquier raza y nación que han creído en el Evangelio y han sido sellados por el Espíritu Santo para compartir la herencia de los hijos (vv. 13-14).
«¿Qué es “recapitular”? —se pregunta San Juan Crisóstomo— Es unir una cosa a otra. Pero afanémonos en llegar incluso más cerca de la verdad misma. Entre nosotros, y de acuerdo con la costumbre, se dice que una recapitulación es concentrar en breve lo que se ha dicho por extenso y decir concisamente lo que se ha dicho con muchas palabras. Pues aquí sucede también lo mismo: lo dispuesto a lo largo de mucho tiempo fue recapitulado en Cristo mismo (…). Además, otra cosa es revelada. ¿Cuál es? [Dios] dispuso una sola cabeza para todos, tanto ángeles como hombres» (In Ephesios 1,1,10,19).
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Ef 1,15-23
Los fieles a los que dirige la carta, en su mayor parte procedentes de la gentilidad, están particularmente interesados por el «conocimiento» de los misterios divinos (véase Introducción a Efesios, § 3). Ese afán, aunque podía estar influido por corrientes doctrinales y culturales del momento, era bueno de suyo. Por eso, se pide a Dios el Espíritu de sabiduría y revelación, para conocer lo verdaderamente importante, Jesucristo, en quien reside toda plenitud. Además, el conocimiento del misterio de Cristo constituye un sólido fundamento para la esperanza (v. 18): «La palabra del Apóstol habla de las cosas futuras como ya hechas, como corresponde a la potencia de Dios, pues lo que se ha de llevar a cabo en la plenitud de los tiempos ya tiene consistencia en Cristo, en el que está toda la plenitud; y todo lo que ha de suceder es, más que una novedad, el desarrollo del plan de salvación» (S. Hilario de Poitiers, De Trinitate 11,31).
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Ef 2,1-10
El cuerpo central de la carta se articula en cinco secciones que siguen una estructura concéntrica, en torno a una cuestión decisiva: la misión de San Pablo. El Apóstol ha sido llamado a la predicación del misterio salvífico de Dios para unir en un solo pueblo a todos los hombres, tanto procedentes del judaísmo como de la gentilidad. Ese pueblo forma un Cuerpo cuya Cabeza es Cristo. A eso se dedica la sección central (3,1-21) y en torno a ella se exponen las cuestiones relativas a la unidad de la Iglesia (2,11-22 y 4,1-16). Al principio y al final, la mirada se pone en los gentiles incorporados a Cristo, para que valoren el don gratuito que han recibido (vv. 1-10), y sepan sacar consecuencias prácticas para vivir conforme a las exigencias de su incorporación a Cristo y a la Iglesia (4,17-6,20).
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Ef 2,1-7
Según algunas concepciones extendidas entre aquellos fieles a quienes se dirige la carta, el «conocimiento» tan buscado de los misterios divinos sería de suyo capaz de salvar por sí mismo a quien lo poseyera. Ahora se explica que la iniciación cristiana, con el consiguiente cambio de vida, no es un mero proceso humano para conseguir la salvación con las propias fuerzas, sino una respuesta al amor de Dios que nos ha dado gratuitamente esa vida nueva. A pesar de la situación de pecado en que se encontraban tanto gentiles como judíos (vv. 1-3), el poder misericordioso de Dios ha actuado en ambos (vv. 4-5), dándonos vida en Cristo (vv. 6-7). La iniciativa ha procedido de Dios, que es «rico en misericordia» (v. 4): «En esto consiste la riqueza de misericordia, en darla a los que no la piden. Y tal es el amor de Dios para con nosotros que, puesto que nos hizo, no quiere que perezcamos, pues ama su obra» (Ambrosiaster, Ad Ephesios, ad loc.).
El «príncipe del poder del aire» (v. 2; cfr 6,12) sería uno de esos seres que de manera génerica son denominados en otros lugares «principados y potestades» (cfr 3,10; Col 1,16; 2,15; 1 P 3,22). Éstos eran poderes sobrehumanos que, según la mentalidad de la época, habitaban en las regiones intermedias entre el cielo y la tierra y ejercían a menudo una acción maléfica sobre el mundo. Cristo los ha vencido y nos ha liberado de ellos por su cruz (cfr Col 1,20; 2,14s.).
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Ef 2,8-10
En la Carta a los Romanos, San Pablo había enseñado, frente a los judíos que buscaban la salvación en las obras prescritas por la Ley de Moisés, que la justificación es un don gratuito de Dios (véanse notas desde Rm 2,18 hasta Rm 4,25; especialmente Rm 3,21-31). Ahora, en un contexto distinto, ante cristianos procedentes de un mundo helénico, donde se extendían grupos que buscaban la salvación mediante una iniciación al conocimiento de los misterios, la Carta a los Efesios proclama de nuevo que la salvación no procede del hombre, sino que es un don que Dios otorga gratuitamente mediante la fe en Jesucristo. Se afirma con fuerza la gratuidad de la salvación «para evitar que a escondidas se cuele este pensamiento —dice San Jerónimo—: “Si no nos salvan nuestras propias obras, lo cierto es que al menos nuestra fe nos salva, por lo que también nos salva un medio nuestro”. Por eso añadió y dijo que tampoco la fe proviene de nuestra voluntad, sino que es un don de Dios; no porque se le quite al hombre el libre albedrío (…), sino porque indudablemente el mismo libre albedrío tiene a Dios por autor, y todo debe atribuirse a un favor suyo, incluso cuando Él mismo nos permite querer el bien» (Commentarii in Ephesios 1,2,8-9).
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Ef 2,11-22
El mensaje del Apóstol sigue dirigiéndose a los cristianos procedentes de la gentilidad para que, al contemplar el misterio de Cristo, no se jacten de autosuficiencia. La obra redentora de Cristo en la cruz ha producido el acercamiento y la paz entre judíos y gentiles (vv. 13-15), y también la reconciliación de ambos con Dios (vv. 16-18). Deben ser conscientes de que, por Jesucristo, han sido integrados en un solo pueblo junto con los judíos, y por tanto hechos partícipes de la herencia prometida por Dios al pueblo de Israel. Han sido llamados, con ellos, a formar parte de la familia de Dios, la Iglesia, edificada sobre los Apóstoles y los Profetas, con la solidez que le proporciona Cristo Jesús (vv. 19-22).
«La mirada fija en el misterio del Gólgota debe hacernos recordar siempre —dice Juan Pablo II— aquella dimensión “vertical” de la división y de la reconciliación en lo que respecta a la relación hombre-Dios, que para la mirada de la fe prevalece siempre sobre la dimensión “horizontal”, esto es, sobre la realidad de la división y sobre la necesidad de la reconciliación entre los hombres. Nosotros sabemos, en efecto, que tal reconciliación entre ellos no es y no puede ser sino el fruto del acto redentor de Cristo, muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado, restablecer la alianza con Dios y de este modo derribar el muro de separación que el pecado había levantado entre los hombres» (Reconciliatio et paenitentia, n. 7).
La realidad nueva que surge de la redención es la Iglesia, que se presenta con la imagen de un templo santo, edificado sobre el cimiento de los Apóstoles y Profetas, apoyado en Cristo (vv. 19-22). «La Iglesia vacilará si su fundamento vacila, pero ¿podrá vacilar Cristo? —se pregunta San Agustín—. Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos» (Enarrationes in Psalmos 103).
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Ef 3,1-21
La proclamación del misterio de Cristo, Cabeza de la Iglesia, no es una cuestión teológica más entre los contenidos de la predicación de San Pablo. Se insiste en que constituye el núcleo esencial de su misión (vv. 1-13), y por eso el Apóstol reza con singular intensidad para que esto se entienda (vv. 14-21).
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Ef 3,1-13
La misión de San Pablo fue anunciar a los gentiles la revelación del «misterio» (v. 3). El Apóstol, al predicar, actúa como «servidor» (v. 7) del Evangelio de Jesucristo. Como glosa Santo Tomás en su comentario: «No estoy llevando a cabo esta tarea como si se tratara de un asunto mío, sino como un servicio que es de Dios» (Super Ephesios, ad loc.).
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Ef 3,14-21
Se pide a Dios que fortalezca a los cristianos, que Cristo habite por la fe en sus corazones y que puedan comprender la dimensión del amor de Cristo, predicado por San Pablo, de forma que crezcan hasta la plenitud de Dios. La inmensa grandeza del misterio de Cristo se expresa con un esquema bien gráfico: una cruz, cuyos brazos se extienden en las cuatro direcciones buscando abrazar al entero universo. «Por el Verbo de Dios, todo está bajo la influencia de la obra redentora, y el Hijo de Dios ha sido crucificado por todos, y ha trazado el signo de la cruz sobre todas las cosas» (S. Ireneo, Demonstratio praedicationis apostolicae 34). En definitiva, conocer la historia de la salvación y el «misterio» de Cristo es darse cuenta de la magnitud del amor de Dios. Ahí está el fundamento de la vida cristiana. «Oh Jesús, suma benignidad, / admirable alegría del corazón, / bondad inabarcable, / tu amor nos abraza» (Liturgia de las Horas, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Himno de laudes).
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Ef 3,14
«Me pongo de rodillas». Los judíos oraban por lo general de pie. Sólo en momentos de excepcional solemnidad hincaban las rodillas o se postraban en señal de adoración. El Apóstol, con este giro de solemnidad casi litúrgica, expresa la intensidad de su oración y la humildad con que la realiza. Constituye también una enseñanza de cómo los gestos corporales —genuflexiones, inclinaciones de cabeza, golpes de pecho, etc.— que acompañan a la oración deben ser manifestaciones sinceras de piedad. Hacen que el hombre entero, cuerpo y alma, muestre con sus palabras y gestos el amor filial que tiene a Dios.
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Ef 3,15
«Tomar nombre» significa proceder, tener el origen del ser o existir; y el término que traducimos por «familia» (en griego patría) indica un grupo o conjunto de individuos que descienden de un mismo padre; también podría traducirse por «paternidad», como hace la Neovulgata. El Apóstol enseña que toda agrupación que pueda considerarse como una familia, ya en la tierra —como la Iglesia, la institución familiar, etc.—, ya en el cielo —como la Iglesia triunfante— tiene su nombre y su origen derivado de Dios, el único que puede considerarse Padre en toda su plenitud. Por eso, la palabra «Padre» puede emplearse en un sentido real no sólo para designar la paternidad física, sino también la espiritual. La paternidad de los esposos, a su vez, refleja de modo eminente el amor de Dios Creador. Son cooperadores de ese amor, y como sus intérpretes (cfr Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 50). De ahí que «al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 14).
▲ COMENTARIO
Ef 4,1-16
Cristo ha unido a los hombres, judíos y gentiles, en un solo pueblo. Por eso, los cristianos han de poner empeño en mantener la unidad del Cuerpo de Cristo (vv. 1-10). Esa unidad es compatible con la variedad de dones y tareas que Cristo ha otorgado a cada uno, para que, desde su lugar en la Iglesia y en el mundo, colabore en el desarrollo de todo el Cuerpo (vv. 11-16).
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Ef 4,1-10
La unidad del Cuerpo de Cristo aparece como la exigencia primordial de cuanto se ha expuesto en la primera parte de la carta, y requiere humildad y tesón por parte de los cristianos. La unidad de la Iglesia —un solo Cuerpo y un solo Espíritu (v. 4)— se fundamenta en que hay un solo Dios, un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo (vv. 5-6). «El Espíritu Santo, que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable reunión de los fieles, y tan estrechamente une a todos en Cristo, que es el Principio de la unidad de la Iglesia» (Conc. Vaticano II, Unitatis redintegratio, n. 2).
La cita del v. 8 corresponde al Sal 68,19. En él aparece Dios entrando triunfante en Sión, donde es recibido por su pueblo que le rinde homenaje y le hace entrega de sus ofrendas. La tradición judía había aplicado esta frase del salmo a Moisés, modificando su sentido: Moisés subió a lo alto, es decir, al Sinaí, y trajo dones a los hombres, concretamente la Ley de Dios. Aquí se enseña cómo este salmo se cumple en Jesucristo: por Él, por su vida terrena y por su muerte, por su humillación y exaltación, nos han llegado las gracias divinas. Jesús, desde la gloria del Cielo, en la que ya ha entrado, otorga a todos los dones que ha ganado con su Redención.
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Ef 4,11-16
La unidad de la Iglesia se mantiene por la acción de Cristo, que es su Cabeza, y suscita los ministerios para que todos puedan llegar a la madurez constituyendo, cada uno en su lugar y con sus tareas específicas, un único cuerpo, a cuyo crecimiento contribuyen todos. «Así como en el conjunto de un cuerpo vivo no hay miembros que se comporten de forma meramente pasiva, porque todos participan en la actividad vital del cuerpo, de igual manera en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, todo el cuerpo crece según la operación propia de cada uno de sus miembros (cfr Ef 4,16)» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 2).
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Ef 4,17-6,24
En esta última y más extensa sección se exponen las exigencias morales del cristiano como miembro de la Iglesia. Para seguir el razonamiento de esta sección conviene tener presente que quienes buscaban el «conocimiento» de los misterios divinos en aquel contexto cultural contemplaban el mundo como una realidad dividida: de una parte los infiernos, las tinieblas, que habían invadido el mundo y lo dominaban; de otra, los iniciados, que renegaban de ese mundo, pues consideraban que su verdadera patria se encontraba en la «plenitud» divina. Ese modo de interpretar la realidad, que tiempo después sería asumido y desarrollado por el gnosticismo, proporciona ocasionalmente un marco propicio para la exposición moral de la carta, haciendo todas las correcciones y precisiones oportunas desde la perspectiva de la fe cristiana.
Según esta comprensión se mira al cristiano. Ya no es «hombre viejo», que vive en la oscuridad del mal (4,17-32), sino «hombre nuevo», que ha de reflejar a Dios en su comportamiento (5,1-7): vive en la luz del Señor, como sabio, lleno del Espíritu, en medio del mundo (5,8-20). Por eso, la propia vida familiar y social debe ser reflejo de las realidades divinas (5,21-6,9). Y para no sucumbir al poder del mal presente en el mundo, necesita una constante vigilancia y una lucha sin desfallecimientos con las armas del Espíritu (6,10-20).
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Ef 4,17-32
La vida nueva en Cristo es la condición que se exige a cada cristiano para contribuir al crecimiento del Cuerpo de Cristo. Esta vida nueva requiere despojarse de la vanidad y pecado anteriores a la conversión y revestirse de Cristo, el hombre nuevo, siendo fiel a Él en todo instante. «Si, pues, no hay más que un vestido salvador, esto es, Cristo, nadie llamará hombre nuevo, el que ha sido creado según Dios, a ninguno fuera de Cristo. Es, pues, evidente, que quien se ha revestido de Cristo se ha revestido del hombre nuevo, de ese hombre nuevo que ha sido creado según Dios» (S. Gregorio de Nisa, Contra Eunomium 3,1,52).
La primera consecuencia de la vida nueva es la práctica de las virtudes, que hacen posible y grata la convivencia entre los cristianos como miembros del mismo Cuerpo de Cristo (vv. 25-32).
Los cristianos no tenemos que huir del mundo para vivir conforme al Evangelio. Debemos, pues, esforzarnos por encontrar a Dios en la vida ordinaria, en el lugar donde se desarrolla el trabajo (v. 28), y transformar el mundo mediante el ejercicio de las virtudes cristianas, encarnando en nuestra vida la vida de Cristo, que se manifiesta especialmente en el perdón mutuo.
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Ef 4,30
Cuando Israel fue redimido de la esclavitud egipcia, la sangre del cordero pascual con la que habían sido rociadas las puertas de las casas israelitas fue la señal distintiva de quienes debían salvarse. De modo análogo, el sello del Espíritu Santo, recibido en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, es la señal imborrable grabada en el alma de quienes son llamados a la salvación en virtud de la Redención realizada por Cristo. Mediante ese sello «el cristiano participa del sacerdocio de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversos. Esta configuración con Cristo y con la Iglesia, realizada por el Espíritu, es indeleble (Cc. de Trento: DS 1609); permanece para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia, como promesa y garantía de la protección divina y como vocación al culto divino y al servicio de la Iglesia. Por tanto, estos sacramentos no pueden ser reiterados» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1121). cfr también nota a 2 Co 1,15-2,4.
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Ef 5,1-7
Santificarse es entrar en el ámbito de Dios, que es el Único Santo. El camino para lograrlo es imitar el amor y la entrega de Jesucristo (vv. 1-2). Por eso, como en otras ocasiones (cfr Rm 1,18-32; Ga 5,19-21; 1 Co 6,9-10), se advierte con seriedad que quienes lleven una vida desordenada, ajena a Cristo, no participarán del Reino de Dios.
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Ef 5,1-2
Cristo se entregó voluntariamente a la muerte, llevado de su amor hacia todos los hombres. Las palabras «oblación y ofrenda de suave olor» (v. 2) evocan el recuerdo de los sacrificios de la antigua Ley; con ellas se realza el carácter sacrificial de la muerte de Cristo, subrayando que su obediencia ha sido grata a Dios Padre. El cristiano está llamado a imitar esa entrega: «Quien lucha contra el pecado hasta derramar la sangre por la salvación de otros, hasta el punto de entregar por ellos su vida, ése camina en el amor e imita a Cristo, que nos amó tanto que soportó la Cruz por la salvación de todos» (S. Jerónimo, Commentarii in Ephesios 3,5,2).
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Ef 5,3-5
La corrupción de costumbres, por muy extendida que esté en el ambiente, debe ser combatida con toda energía, sobre todo con el ejemplo de la vida limpia, propia de quienes aspiran a la santidad, por ser templos del Espíritu Santo (cfr 1 Co 6,19) y miembros de Cristo (cfr 1 Co 6,15).
La advertencia del v. 3 también se podría traducir: «Ni se diga respecto de vosotros»; es decir, los cristianos han de vivir con tal esmero la castidad y las virtudes con ella relacionadas, que ni siquiera deben dar la más mínima ocasión a los extraños para acusarles de impuros.
Hemos de luchar, además, contra la avaricia, vicio por el que uno se hace esclavo del poder y del dinero, convirtiéndolos en su propio ídolo (cfr Mt 6,24). No debemos quedar atados en el uso de los bienes de este mundo: «El Señor no manda que tiremos nuestra hacienda y nos apartemos del dinero. Lo que Él quiere es que apartemos de nuestra alma la primacía de las riquezas, la desenfrenada codicia y fiebre de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la verdadera vida» (Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur 11).
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Ef 5,8-20
Otra consecuencia práctica: llevar una conducta limpia en la que se reflejen las obras de la luz, tal como conviene a quienes han recibido la luz de Cristo en el Bautismo y han sido llenos del Espíritu Santo. Por eso, el sacramento del Bautismo recibe también el nombre de «iluminación» porque, con él, es iluminado el espíritu de los que reciben la predicación evangélica y se incorporan a Cristo (cfr S. Justino, Apologia 1,61,12). El texto citado en el v. 14 probablemente está tomado de la liturgia bautismal.
La vida nueva recibida en el Bautismo se caracteriza por la sensatez, frente a la necedad de quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios (cfr 1 Co 1,18). La consecuencia inmediata es hacer buen uso del tiempo que Dios nos da para santificarnos (v. 16) y vivir templadamente (v. 18), en alabanza a Dios (v. 19): «¡Qué cosa más estupenda que imitar en la tierra el coro de los ángeles! —exclama San Basilio—. Disponerse para la oración en las primeras horas del día, y glorificar al Creador con himnos y alabanzas. Más tarde, cuando el sol luce en lo alto, lleno de esplendor y de luz, acudir al trabajo mientras la oración nos acompaña a todas partes, condimentando las obras —por decirlo de algún modo— con la sal de las jaculatorias» (Epistula 2,3).
El v. 20 es semejante en su contenido a Rm 8,28. San Jerónimo lo comenta así: «En cuanto a lo que dice: dando gracias siempre por todas las cosas, debemos examinarlo de dos maneras: en sentido de dar gracias a Dios en todo tiempo, y por todo lo que nos sucede, de modo que no sólo ante lo que consideramos bueno, sino también ante lo que nos oprime y viene contra nuestra voluntad, prorrumpa nuestra mente en gozosa alabanza a Dios» (S. Jerónimo, Commentarii in Ephesios 3,5,20).
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Ef 5,21-33
El fundamento en el que se asientan la grandeza y dignidad sobrenaturales del matrimonio cristiano es que éste refleja la unión de Cristo con la Iglesia. Al exhortar a los esposos cristianos a vivir de acuerdo con su condición de miembros de la Iglesia, el Apóstol establece una analogía, por la cual el marido representa a Jesucristo y la esposa a la Iglesia. «Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque, así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos, para que los esposos, con su mutua entrega se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo ha amado a la Iglesia y se entregó por ella. El amor conyugal auténtico es asumido por el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia, para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 48). El matrimonio es, pues, camino de santidad: «El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo, (…) signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 23).
Cuando según las costumbres de la época se exhorta a las mujeres a estar sujetas a sus maridos (v. 22), se hace una invitación a cada esposa cristiana a que refleje en su conducta hacia el marido a la misma Iglesia, que actúa inseparablemente unida a Cristo. Al marido, por su parte, se le exige un sometimiento similar hacia la esposa, ya que él refleja a Jesucristo que se entrega hasta la muerte por amor a la Iglesia. «En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia. Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para la Iglesia, de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 13).
▲ COMENTARIO
Ef 6,1-4
El Apóstol recuerda el cuarto precepto del Decálogo (cfr Ex 20,12; Dt 5,16). El cumplimiento de este mandato proporciona, con los frutos espirituales, frutos temporales de paz y de prosperidad (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2200). Después (v. 4), se refiere a las obligaciones de los padres. «Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos» (ibid. 2222). «Es, pues, deber de los padres —enseña el Concilio Vaticano II— crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra, personal y social de los hijos (…). En la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo (…). Por medio de la familia, en fin, se introducen [los hijos] en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios. Consideren, pues, los padres la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del mismo Pueblo de Dios» (Gravissimum educationis, n. 3).
▲ COMENTARIO
Ef 6,5-9
Las relaciones laborales en esa época estaban basadas, en gran parte, en la esclavitud. El Apóstol replantea el fundamento de las relaciones entre amos y siervos. Al poner de relieve la dignidad de la persona humana, enseña claramente que las relaciones humanas han de ser sobrenaturalizadas, contempladas a la luz de Cristo, y realizadas en consecuencia. Se establecen así los valores que siglos después llevarían a luchar por abolir la esclavitud.
▲ COMENTARIO
Ef 6,10-20
Termina la carta animando vivamente a los fieles en su lucha contra el mal y haciéndoles conscientes de que disponen de las armas para triunfar. Empleando la imagen de la armadura militar, el Apóstol invita a todos a revestirse de la protección divina, para poder vencer los ataques del mal; y exhorta a la perseverancia en la oración, que solicita también por él y por su ministerio. Es una llamada a buscar la fortaleza en Dios: «Ser fuerte en el Señor es ser fuerte en la palabra, en la sabiduría, en la contemplación de la verdad y en todas las sentencias de Cristo» (Orígenes, Fragmenta in Ephesios 32). Por eso, entre los diversos medios sobrenaturales para luchar contra las asechanzas del enemigo se destaca la oración (v. 18): «“No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio, Cap. pract. 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2742).
El v. 12 habla de «principados», «potestades», «dominaciones de este mundo». Estos nombres están tomados de la literatura judaica de la época y designan aquí las fuerzas tenebrosas que se esfuerzan por mantener a la humanidad alejada de Cristo y asedian a los hombres por todas partes (cfr 1 P 5,8).
▲ COMENTARIO
Ef 6,21-24
La misión de Tíquico es, casi literalmente, la misma que en Col 4,7-8. Tíquico acompañó a San Pablo a Jerusalén en el tercer viaje y sería enviado en misión a Creta y a Éfeso (cfr Hch 20,4; 2 Tm 4,12; Tt 3,12).