▲ COMENTARIO
Mt 4,1-11
Antes de comenzar su obra mesiánica y de promulgar la Nueva Ley en el Discurso de la Montaña, Jesús se prepara con oración y ayuno en el desierto. Moisés había procedido de modo semejante antes de promulgar, en nombre de Dios, la Antigua Ley del Sinaí (cfr Ex 34,28), y Elías había caminado cuarenta días en el desierto para llevar a cabo su misión de renovar el cumplimiento de la Ley (cfr 1 R 19,5-8). También la Iglesia nos invita a renovarnos interiormente con prácticas penitenciales durante los cuarenta días de la Cuaresma, para que «la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal» (Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Oración colecta). cfr también nota a Lc 4,1-13.
Con el episodio de las tentaciones Mateo presenta a Jesús como el nuevo Israel, en contraste con el antiguo. Jesús es tentado, como lo fueron Moisés y el pueblo elegido en su peregrinar durante cuarenta años por el desierto. Los israelitas cayeron en la tentación: murmuraron contra Dios al sentir hambre (Ex 16,1ss.), exigieron un milagro cuando les faltó agua (Ex 17,1-7), adoraron al becerro de oro (Ex 32). Jesús, en cambio, vence la tentación y, al vencerla, manifiesta la manera que tiene de ser Mesías: no como quien busca una exaltación personal, o un triunfo entre los hombres, sino con el cumplimiento abnegado de la voluntad de Dios manifestada en las Escrituras.
Las acciones de Jesús son también ejemplo para la vida de cada cristiano. Ante las dificultades y tentaciones, no debemos esperar en triunfos fáciles o en intervenciones inmediatas y aparatosas por parte de Dios; la confianza en el Señor y la oración, la gracia de Dios y la fortaleza, nos llevarán, como a Cristo, a la victoria: «Si el Señor permitió que le visitase el tentador, lo hizo para que tuviéramos nosotros, además de la fuerza de su socorro, la enseñanza de su ejemplo. (…) Venció a su adversario con las palabras de la Ley, no con el vigor de su brazo. (…) Triunfó sobre el enemigo mortal de los hombres no como Dios, sino como hombre. Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de Él. Ha vencido para que nosotros seamos vencedores de la misma manera» (S. León Magno, Sermo 39 de Quadragesima).
▲ COMENTARIO
Mt 4,12-16,20
Comienza el ministerio en Galilea. Jesús proclama, con palabras y obras, que el Reino de Dios ha llegado. En primer lugar, llama a sus discípulos y convoca al nuevo Pueblo de Dios (4,12-25). A continuación, como supremo Maestro, Legislador y Profeta, promulga la Nueva Ley del Reino en el Discurso de la Montaña (5,1-7,29). Su enseñanza queda avalada por «las obras del Mesías», los milagros que confirman su autoridad (8,1-9,38).
El envío de los Apóstoles (10,1-42) y las acciones (11,1-12,50) y palabras (13,1-52) de Jesús señalan que es más que un Maestro: es el Mesías de Israel. Los dirigentes religiosos del pueblo escogido (11,16-12,45) se obstinan en rechazarlo, pero los signos son tan evidentes (14,13-15,39) que San Pedro le confiesa como el que verdaderamente es: el Mesías, Hijo de Dios (16,13-20).
▲ COMENTARIO
Mt 4,12-17
Jesús hace de Cafarnaún el centro de su actividad (v. 13). Esta ciudad costera del mar de Galilea puede ser casi el prototipo de la región: rica en recursos naturales, en el centro de rutas comerciales, constaba de una población mixta, en la que tal vez sólo la tercera parte era judía. El episodio del centurión (8,5-13; cfr Lc 7,1-10; Jn 4,46-53) nos invita a pensar en una convivencia pacífica entre las diversas razas y culturas. La región, mencionada con diversas referencias (v. 15), fue invadida por los asirios en tiempos de Isaías, hacia los años 734-721 a.C., y quedó devastada y maltratada. Parte de su población hebrea fue deportada, mientras que otros grupos fueron traídos del extranjero para colonizarla. Por eso, en la Biblia se le suele llamar «Galilea de los gentiles». Esa tierra —subraya el evangelista— ha sido la primera en recibir la luz de la salvación y la predicación del Mesías. Así se cumplen las profecías (cfr Is 8,23-9,1).
Ante la cercanía del Reino de los Cielos (cfr nota a 3,1-12), la predicación de Jesús es una llamada urgente a la «conversión» (v. 17). Muchas versiones traducen «convertíos» por «haced penitencia», porque ahí se encuentra el sentido más hondo de la conversión: «Penitencia significa el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios y en la perspectiva del Reino. Pero penitencia quiere también decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón, y en este sentido hacer penitencia se completa con dar frutos dignos de penitencia; toda la existencia se hace penitencia orientándose a un continuo caminar hacia lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es algo auténtico y eficaz sólo si se traduce en actos y gestos de penitencia. En este sentido, penitencia significa (…) el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla; para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo; para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual; para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 4).
▲ COMENTARIO
Mt 4,18-25
Aunque la predicación de Jesús (4,17) es idéntica a la de Juan (3,2), a diferencia del Bautista, que sólo anuncia la inminencia del Reino, nuestro Señor comienza a instaurar ese Reino en la historia humana con sus obras y palabras. Así, llama a seguirle, dejándolo todo, a los primeros discípulos: con ellos formará más tarde el grupo de los Doce, sobre el cual fundará su Iglesia. Paradójicamente, Jesús elige a unos pescadores, hombres rudos (cfr Hch 4,13), para que «no se pensara que la fe de los creyentes era debida no a la acción de Dios, sino a la elocuencia y a la ciencia» (S. Jerónimo, Commentarii in Matthaeum 5,19). No obstante, los instituyó como «guías y maestros de todo el mundo y administradores de los divinos misterios y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de los judíos, sino también todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 12,1).
Los evangelistas anotan la respuesta inmediata y efectiva de los Apóstoles a la llamada del Señor (cfr nota a Mc 1,16-20). San Mateo, desde el inicio, singulariza a Pedro (v. 18): «Pedro, por lo que se refiere a sus propiedades personales, era un hombre por naturaleza; por la gracia, un cristiano; un apóstol, y el primero de ellos, por una gracia mayor» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 124,5).
Tras la llamada, el evangelista recuerda en un breve resumen la primera actividad de Jesús (v. 23) y el eco que tuvo en Galilea y en las regiones circundantes (vv. 24-25). Tanto las palabras como los milagros son signos de que Jesús instaura el Reino de Dios, signos de la misericordia y la gracia divinas que, por medio de Cristo, se ofrecen a todos los hombres, representados en la muchedumbre que acude a Él. «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras (…). Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 5).
▲ COMENTARIO
Mt 5,1-7,29
El Sermón de la Montaña es el primero de los cinco grandes discursos en los que San Mateo reúne las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios. Al colocar la enseñanza del Señor antes que los milagros (8,1-9,39), San Mateo quiere subrayar, posiblemente, el carácter de Jesús como verdadero Maestro. Por eso, a Mateo se le llama muchas veces el evangelio didáctico. En el discurso aparece una síntesis de quiénes son los que pertenecen al Reino (5,1-12) y una exposición sobre la verdadera justicia: qué actitudes se deben guardar con respecto a la Ley (5,17-48; 6,16-18), a Dios (6,25-34), al prójimo (6,1-4; 7,1-5), y en la oración (6,7-14; 7,7-11).
▲ COMENTARIO
Mt 5,1-12
Las bienaventuranzas son el pórtico del Discurso de la Montaña. En ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abrahán, pero les da una orientación nueva ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los Cielos: «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1717).
Como fórmula de bendición, las bienaventuranzas forman parte del lenguaje bíblico tradicional; el libro de los salmos comenzaba ya así: «Dichoso…» (Sal 1,1). Con las Bienaventuranzas se proclama dichoso, feliz, a alguien. En ese sentido, están situadas en el centro de los anhelos humanos, porque «todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada» (S. Agustín, De moribus ecclesiae 1,3,4). Pero, además, Cristo les añade un horizonte escatológico, es decir, de salvación eterna: quien vive así, según el espíritu que Él enseña, tiene abierta la puerta del cielo. Dios no es alguien indiferente, es Alguien que ha tomado partido: consolará a los suyos, les saciará, les llamará sus hijos, etc. Las bienaventuranzas son camino para la felicidad humana pues expresan el doble deseo que Dios ha inscrito en el corazón: buscar la verdadera felicidad en la tierra y conseguir la bienaventuranza eterna.
San Mateo recoge nueve bienaventuranzas: las ocho primeras hablan de las actitudes del cristiano ante el mundo (vv. 3-10), la novena, en cambio, cambia de destinatario —pasa a ser «vosotros» (cfr v. 11)— y se refiere a los que sufren por causa de Cristo. Esta bienaventuranza se sigue con una exhortación a la alegría: sufrir por Cristo es señal de que se ha elegido el camino correcto. En el texto de San Lucas (cfr Lc 6,20-26 y nota), este aspecto es el más relevante.
Las Bienaventuranzas han sido comentadas y desarrolladas con profusión en la catequesis de la Iglesia. La primera (v. 3) y la octava (v. 10) aluden al Reino de los Cielos como premio. En la primera, se proclama dichosos a los «pobres de espíritu». En el Antiguo Testamento, la pobreza está ya perfilada no sólo como situación económico–social, sino desde su valor religioso (cfr So 2,3ss.): es pobre quien se presenta ante Dios con actitud humilde, sin méritos personales, considerando su realidad de pecador, necesitado de Él. De ahí que, además de vivir con sobriedad y austeridad de vida reales, efectivas, acepte y quiera tales condiciones no como algo impuesto por necesidad, sino voluntariamente, con afecto. Tal pobreza voluntaria está expresada en el texto de Mateo por la pobreza en el espíritu. Es evidente, por tanto, que esta bienaventuranza exige la austeridad y el desprendimiento de los bienes materiales y de los diversos dones recibidos de Dios. En la octava, se dice que son bienaventurados «los que padecen persecución por causa de la justicia». La justicia en la Biblia adquiere un valor más religioso y amplio que su empleo predominante jurídico–moral. «En el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina (cfr Gn 7,1; 18,23-32; Ez 18,5ss.; Pr 12,10; Mt 1,19); otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo (Tb 7,6; 9,6). En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 40). La unión de la búsqueda de la justicia con las persecuciones hace que se pueda concluir que esta bienaventuranza «designa la perfección de todas las demás, pues el hombre es perfecto en ellas cuando no las abandona en las tribulaciones» (Sto. Tomás de Aquino, Super Evangelium Matthaei, ad loc.).
Dos bienaventuranzas, la segunda y la cuarta (vv. 4.6), tienen en común la forma pasiva del premio: es una manera de decir que será Dios quien les consuele y quien les sacie. Los que lloran son los afligidos por alguna causa, y, de modo particular, los que se apenan por las ofensas a Dios, sean propias o ajenas. Los que tienen hambre y sed de justicia son los que se esfuerzan sinceramente en cumplir la voluntad de Dios, que se manifiesta en los mandamientos, en los deberes de estado y en la unión del alma con Dios; en definitiva, los que quieren ser santos. Significativamente el premio viene de Dios porque sólo el Señor puede consolar verdaderamente y sólo Él puede hacernos santos.
Los «mansos» (v. 5) son aquellos que, a imitación de Cristo (cfr 11,25-30 y nota; 12,15-21), mantienen el ánimo sereno, humilde y firme en las adversidades, sin dejarse llevar por la ira o el abatimiento: «Adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a Él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros» (S. Pedro Crisólogo, Sermones 117).
«Misericordiosos» (v. 7) son los que comprenden los defectos que pueden tener los demás, los que perdonan, disculpan y ayudan. La parábola del siervo despiadado (18,21-35) y en especial las palabras del amo (18,32-33) son el mejor comentario a esta bienaventuranza.
«Ver a Dios» (v. 8) no se refiere únicamente a la bienaventuranza final. En el lenguaje de Antiguo Testamento significa más bien tener relación estrecha con Él, participar de sus decisiones, como los consejeros de un rey participan de las disposiciones de su soberano. De ahí la capacidad que nos otorgan la virtud de la pureza y limpieza de corazón: «La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2519).
Los pacíficos (v. 9) son más bien «los que promueven la paz», en sí mismos y en los demás, y sobre todo, como fundamento de lo anterior, procuran reconciliarse y reconciliar a los demás con Dios: «La paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima. Esto, sin embargo, no basta. (…) La paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 78).
▲ COMENTARIO
Mt 5,13-16
Las imágenes de la sal y de la luz reflejan la condición de quien vive las bienaventuranzas, es decir, del discípulo de Jesús, y señalan la importancia de las buenas obras (v. 16). Cada uno ha de luchar por la santificación personal, pero también por la santificación de los demás. Jesús lo enseña con estas dos expresivas imágenes.
La sal preserva de la corrupción los alimentos. En los sacrificios de la Antigua Ley simbolizaba la inviolabilidad y permanencia de la Alianza (cfr Lv 2,13). El Señor manifiesta que sus discípulos son la sal de la tierra, es decir, los que dan sabor divino a todo lo humano, y los que preservan al mundo de la corrupción, manteniendo viva la Alianza con Dios. «Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo» (Epistula ad Diognetum 6,1).
La luz es necesaria para caminar, para vivir. En el Antiguo Testamento, esa luz necesaria es Dios (cfr p. ej. Sal 27,1), y la palabra de Dios (cfr p. ej. Sal 119,105). Los discípulos de Jesús deben ser también, como Él mismo, luz para los que yacen en tinieblas (cfr 4,16; Is 8,23-9,1). «Me parece que esta antorcha representa la caridad que debe iluminar y alegrar no sólo a aquellos que más quiero, sino a todos los que están en la casa» (Sta. Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos 9). Con la caridad, todas las buenas obras serán instrumentos de apostolado cristiano: «Son innumerables las ocasiones que tienen los laicos para ejercer el apostolado de la evangelización y la santificación. El mismo testimonio de su vida cristiana y las obras hechas con sentido sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios: alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 6).
Si los discípulos pierden su identidad cristiana, se quedan en nada. Es lo que ocurre con los restos de la sal. También los cristianos se convierten en un sinsentido si su seguimiento de Cristo no se traduce en obras concretas (vv. 14-15). El celemín es una medida de áridos —de unos 8,7 litros— que, probablemente, se utilizaba para apagar las lámparas de aceite por la noche evitando así que la casa se llenara de humo. El Señor no nos da la luz para que la tengamos apagada.
▲ COMENTARIO
Mt 5,17-48
En la atmósfera de expectación mesiánica de los tiempos de Jesús comúnmente se atribuía al Mesías la función de intérprete definitivo de la Ley. San Mateo, al mismo tiempo que evoca el paralelismo con Moisés, muestra que Jesús desborda esa función de intérprete al situarse en el mismo nivel que Dios, por encima de la Ley. Jesús enseña el verdadero valor de la Ley que Dios había dado al pueblo hebreo a través de Moisés y la perfecciona aportando, con autoridad divina, su interpretación definitiva. Jesús añade a lo que «fue dicho» (por Dios), lo que Él ahora establece. No anula los preceptos de la Antigua Ley (cfr v. 18), sino que los interioriza, los lleva a la perfección de su contenido (cfr v. 17), proponiendo lo que ya estaba implícito en ellos, aunque los hombres no lo hubieran entendido en profundidad. Las palabras de Cristo en este discurso del monte son así, en una expresión ya célebre, «el modo perfecto de la vida cristiana» (S. Agustín, De Sermone Domini in monte 1,1,1).
Después de haber enseñado el valor de la Ley en términos generales (vv. 17-19), y de haber puntualizado que su verdadero cumplimiento va más allá de una observancia meramente formal (v. 20), el Señor lo ejemplifica con las «antítesis» (vv. 21-47). No es fácil descubrir un orden en ellas, aunque parecen remitir a cinco de los últimos mandamientos del decálogo: el quinto (vv. 21-26), el sexto (vv. 27-32), el octavo (vv. 33-37), el séptimo (vv. 38-42) y el décimo (vv. 42-47). Muchas son las maneras por las que el Señor lleva a la interiorización de los mandamientos: invitando a la magnanimidad (vv. 39-42), a la grandeza de alma (vv. 44-47), evitando todo tipo de subterfugios y de palabrerías (vv. 34-37), etc. Pero, sobre todo, Jesús personaliza la enseñanza: es cada uno quien se presentará ante Dios, y tendrá que rendir cuentas.
En el v. 22, Jesús indica tres faltas que podemos cometer contra la caridad en las que puede apreciarse una gradación. Comienza con la «ira», o irritación interna, y sigue con el insulto. Esta expresión —«insulte a su hermano»— literalmente habría que traducirla «llame raca al hermano». Raca es una palabra aramea difícil de traducir: equivale a lo que hoy podríamos entender por necio, estúpido o imbécil; entre los judíos significaba desprecio. Finalmente, «maldecir» a alguien, literalmente «llamarle renegado», supone la mayor ofensa; es como decirle que ha perdido todo el sentido moral y religioso. San Agustín, al comentar este pasaje (De Sermone Domini in monte 1,9,24), recuerda que de la misma manera que hay una gradación en el pecado la hay en el castigo. Pero el texto nos enseña también la importancia de los pecados internos contra la caridad —el rencor, el odio, etc.— que fácilmente desembocan en otros externos: la murmuración, la injuria, la calumnia, etc.
Nuestro Señor también lleva a plenitud el precepto de la Antigua Ley sobre el adulterio y el deseo de la mujer del prójimo (vv. 27-30). Condena la mirada pecaminosa. Por «ojo derecho» y «mano derecha» (vv. 29-30) se entiende lo que nos es más estimado. Este modo de hablar no significa que nos debamos mutilar físicamente sino luchar sin concesiones, estando dispuestos a sacrificar todo aquello que pueda ser ocasión clara de ofensa a Dios. Por eso, las palabras del Señor, tan gráficas, previenen principalmente acerca de una de las más frecuentes ocasiones: el cuidado que debemos tener con las miradas.
Mención especial merece la cuestión del divorcio (vv. 31-32). La Ley de Moisés (Dt 24,1-4) lo había tolerado por la dureza de corazón de los hebreos. Jesús restablece la originaria indisolubilidad del matrimonio tal como Dios lo había instituido (cfr 19,4-6; Gn 1,27; 2,24; Ef 5,31; 1 Co 7,10). La frase «excepto en el caso de fornicación» no es una excepción del principio de la indisolubilidad del matrimonio que Jesús acaba de restablecer. La mencionada cláusula se refiere, probablemente, a uniones admitidas como matrimonio entre algunos pueblos paganos, pero prohibidas, por incestuosas, en la Ley mosaica (cfr Lv 18) y en la tradición rabínica. Se trata, pues, de uniones inválidas desde su raíz por algún impedimento.
El v. 48 resume la enseñanza de todo el capítulo. Recuerda, sin duda, el precepto del Levítico: «Sed santos, porque yo soy santo» (11,44). El Señor, pues, lleva la Ley a su plenitud proponiendo la imitación de la perfección de nuestro Padre celestial. Y la manera de hacerlo es imitar a Jesucristo: «Si queréis imitar a Dios, puesto que habéis sido creados a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, que con vuestro mismo nombre estáis proclamando la bondad, imitad la caridad de Cristo» (S. Asterio de Amasea, Homiliae 13). El fin del cumplimiento de la Ley es llegar a la santidad de Dios. En sentido estricto es imposible que la criatura tenga la perfección de Dios. Por lo tanto, el Señor quiere decir aquí que la perfección divina debe ser el modelo al que ha de tender el cristiano, sabiendo que hay una distancia infinita con su Creador. Como se ve, la llamada universal a la santidad no es una sugerencia, sino una exigencia de Jesucristo: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 291). cfr también nota a 1 Ts 4,1-8.
▲ COMENTARIO
Mt 6,1-18
Continúa la enseñanza de Jesús sobre la verdadera «justicia», el camino que nos lleva a la salvación. Según los maestros de entonces, a los mandamientos de la Ley había que añadirles la limosna, la oración y el ayuno como actos fundamentales de la piedad individual. Jesucristo, frente al cumplimiento externo de esas prácticas, enseña que la verdadera piedad debe vivirse con rectitud de intención, en intimidad con Dios y huyendo de la ostentación. La Iglesia recuerda estas prácticas en el comienzo de la Cuaresma: «No hay cosa más útil que unir los ayunos santos y razonables con la limosna, que, bajo la única denominación de misericordia, contiene muchas y laudables acciones de piedad, de modo que, aun en medio de situaciones de fortuna desiguales, puedan ser iguales las disposiciones de ánimo de todos los fieles» (S. León Magno, Sermo 6 de Quadragesima 1-2).
Pero la página más comentada de este texto es la que se refiere a la oración. El Señor destaca la sencillez y la veracidad con que debemos dirigirnos a Dios. La primera formulación es negativa. La oración del cristiano no debe ser la de alguien que está actuando en un teatro —ésa es la significación literal de la palabra «hipócrita» (v. 5)—, ni debe ser servil como la de los paganos, que en sus oraciones solían enumerar todas las cualidades del dios al que se dirigían, hasta el aburrimiento, no fuera caso de que el dios se enfadara por haber olvidado alguna (v. 7). La oración del cristiano debe ser sincera: «Nuestra mente debe estar en conformidad con lo que dicen los labios» (S. Benito, Regula 19).
A continuación, Jesús enseña el Padrenuestro como oración distintiva del cristiano (vv. 9-13): «La oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio» (Tertuliano, De oratione 1). En toda la Tradición de la Iglesia se encuentra un elogio encendido de esta plegaria: «La oración dominical es perfectísima… No sólo se piden las cosas lícitamente deseables, sino que se suceden en ella las peticiones según el orden en que debemos desearlas, de suerte que la oración dominical no sólo regula, según esto, nuestras peticiones, sino que sirve de norma a todos nuestros afectos» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,83,9).
La oración comienza con una invocación al Padre que, en la fórmula recogida por San Mateo, subraya el aspecto litúrgico, la oración en común: «El Señor nos ha enseñado a orar en comunidad por todos nuestros hermanos. Porque Él no dice: “Padre mío que estás en el cielo”, sino Padre nuestro, a fin de que nuestra oración sea la de un solo corazón y una sola alma, orientada a la edificación de todo el cuerpo de la Iglesia» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 19,41). Tras la invocación, las peticiones: «Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre para adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial hace surgir de nuestros corazones siete peticiones, siete bendiciones. Las tres primeras, más teologales, nos atraen hacia la Gloria del Padre; las cuatro últimas, como caminos hacia Él, ofrecen nuestra miseria a su gracia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2803).
La primera petición se hace para que sea santificado el Nombre de Dios (v. 9). El nombre, en la Biblia, equivale a toda la persona. Como Dios es la santidad misma, lo que se pide aquí es que su santidad sea reconocida y honrada por las criaturas. El advenimiento del Reino, que se impetra después (v. 10, segunda petición), consiste en la realización del designio salvador de Dios en el mundo (cfr nota a 3,1-12); pero ello exige de nosotros una sumisión espontánea y confiada a Dios. Por eso, una de las manifestaciones de la venida del Reino es el cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios (tercera petición). De ahí que podamos decir, con Santa Teresa, que «quien de veras hubiere dicho esta palabra: fiat voluntas tua, todo lo ha de tener hecho, con la determinación al menos» (Camino de perfección 63,2).
Las últimas peticiones, el pan de cada día (cuarta), el perdón de las deudas u ofensas (quinta), el no abandonarnos en la tentación (sexta) y el librarnos del mal (séptima) —cfr nota a Lc 11,1-4—, miran a nuestras necesidades. El primer evangelio glosa la quinta (v. 12) con unas palabras del Señor (vv. 14-15) en las que exige la necesidad de perdonar para rezar con verdadero espíritu: «Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella; que una cosa tan grande y de tanta importancia como que nos perdone el Señor nuestras culpas, que merecían fuego eterno, se nos perdone con tan baja cosa como es que perdonemos; y aun de esta bajeza tengo tan pocas que ofrecer, que de balde me habéis, Señor, de perdonar. Aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito seáis vos, que tan pobre me sufrís» (ibidem 36,2).
«Deuda» (v. 12) equivale aquí a ofensa o pecado. No se trata sólo de reconocer antiguos pecados, sino también nuestra condición actual de pecadores.
En la sexta petición (v. 13) reconocemos nuestra debilidad para luchar contra las tentaciones con solas nuestras fuerzas, por lo que suplicamos la ayuda de Dios (cfr Catechismus Romanus 4,15,14).
«Líbranos del mal» (v. 13b, séptima petición) podría traducirse igualmente por «líbranos del maligno», es decir, del diablo, origen de nuestros pecados y desgracias.
▲ COMENTARIO
Mt 6,19-34
Este conjunto de enseñanzas insiste nuevamente en el carácter interior y espiritual de la Ley que el Señor lleva a plenitud. El corazón del hombre anhela un tesoro en cuya posesión piensa encontrar la seguridad y la felicidad. Jesús enseña que el verdadero tesoro son las obras buenas, realizadas con rectitud de intención, que serán eternamente premiadas por Dios en el Cielo. Ahí es donde el discípulo de Cristo debe poner su corazón. Una vez más la justicia del Reino de Dios aparece como lo único importante para el hombre: quien busca cumplir la voluntad del Padre conforme a las palabras de Jesús recibirá todo lo demás por añadidura (cfr v. 33).
Dentro del conjunto, los vv. 22-23 son una joya de la enseñanza sapiencial de Jesús. Emplea la imagen del ojo como lamparilla del cuerpo al que da luz. La exégesis cristiana ha visto en ese «ojo» y esa «lámpara» la intencionalidad de nuestros actos. «Con el ojo se significa la intención. El que quiere hacer una cosa, primero la pretende: así, si tu intención es lúcida —sencilla, transparente—, es decir, encaminada a Dios, todo tu cuerpo, o sea, todas tus acciones serán lúcidas, dirigidas sinceramente al bien» (Sto. Tomás de Aquino, Super Evangelium Matthaei, ad loc.).
Los vv. 25-32 son una ampliación de la enseñanza sobre la actitud con la que hemos de rezar el Padrenuestro, poniendo la confianza en Dios como Padre mientras vivimos en medio de las realidades corrientes y diarias. Nos recuerdan que Dios no es alguien extraño al mundo en que vivimos: ahora mismo, alimenta a las aves del cielo (v. 26), viste a los lirios del campo con preciosos atuendos (v. 29), etc. «Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros —¡con fe recia!— de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural. (…) Por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; (…) tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y Él proveerá» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 116).
Después (vv. 33-34), el Señor exhorta a vivir con serenidad cada jornada, eliminando preocupaciones inútiles, y buscando sobre todo el Reino de Dios y su justicia, es decir, poniendo las preocupaciones espirituales por delante de las materiales. «No dijo el Señor que no haya que sembrar, sino que no hay que andar preocupados; no que no haya que trabajar, sino que no hay que ser pusilánimes, ni dejarse abatir por las inquietudes. Sí, nos mandó que nos alimentáramos, pero no que anduviéramos angustiados por el alimento» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 21,3).
▲ COMENTARIO
Mt 7,1-12
San Mateo recoge diversas recomendaciones del Señor sobre la conducta de quienes somos sus discípulos. Debemos vivir la caridad fraterna, siendo muy prudentes al juzgar (vv. 1-2). Conforme a una práctica usual de aquella época, se utilizaba la voz pasiva para evitar pronunciar el nombre de Dios y señalar así sus acciones. Jesús se sirve aquí de la voz pasiva («se os juzgará», «se os medirá») para indicar que Dios, que conoce todo lo que pensamos, se apropiará de nuestros criterios de juicio para juzgarnos a nosotros: «Que Dios mide como medimos y perdona como perdonamos, y nos socorre en la manera y las entrañas que nos ve socorrer» (S. Gregorio Magno, Moralia 29). Después (vv. 3-5), nos advierte que podemos tener deformada la vista, y ver las cosas desatinadamente, aunque éstas sean correctas. San Agustín, recordando el pasaje, daba este consejo: «Procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros» (Enarrationes in Psalmos 30,2,2).
También debemos custodiar la doctrina de Jesucristo como algo santo, como una perla preciosa (v. 6). Las «cosas santas» evocan probablemente las ofrendas presentadas en el Templo, que eran santas y que se reservaban a los sacerdotes; no se daban a extraños y mucho menos a los perros que lo comen todo, y no distinguen entre lo puro y lo impuro (cfr Ex 22,30). La perla es un objeto de gran valor, por eso el Reino de los cielos es como un perla preciosa (13,45-46), y no puede darse a un animal impuro (Lv 11,7) que no la valora y la hace impura. Los primeros cristianos aplicaron esta enseñanza a la Eucaristía: «Que de vuestra acción de gracias coman y beban sólo los bautizados en el nombre del Señor, pues acerca de ello dijo el Señor: No deis lo santo a los perros» (Didaché 9,5).
Finalmente, el Maestro nos aconseja rezar con la seguridad de que Dios Padre nos concederá lo que le pidamos (vv. 7-11; cfr nota a Lc 11,5-13), y hacer el bien a los demás sin poner condiciones, como en buena lógica no las pone cada uno en el amor a sí mismo (v. 12). Esta sentencia de Jesús, llamada la «regla de oro», ofrece un criterio práctico de caridad hacia los demás. En el contexto del Discurso del Monte, remite a la doctrina del Señor como plenitud de la Ley: el amor al prójimo resume los mandamientos (cfr 5,17-48 y nota). Sin embargo, la «regla de oro» da sólo el límite inferior del amor fraterno; la enseñanza quedará completada con el «mandamiento nuevo» de Jesucristo (Jn 13,34), donde nos ordena amar a los demás como Él mismo nos ha amado.
▲ COMENTARIO
Mt 7,13-27
Al final del discurso, bajo la perspectiva del Juicio, se señalan las condiciones exigidas para entrar en el Reino de Dios. Recorrer el camino que lleva al Reino es costoso pero su meta es la Vida o salvación eterna (vv. 13-14): «El camino de Cristo “lleva a la vida”, un camino contrario “lleva a la perdición”. La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1696).
El Señor insiste en que el discípulo será juzgado por sus obras (vv. 15-20), que son las que pondrán de manifiesto si cumplió la voluntad del Padre en la tierra (vv. 21-23). Los falsos profetas (v. 15) eran, en el Antiguo Testamento (cfr Jr 23,9-40), aquellos que, sin ser enviados por Dios, embaucaban al pueblo. Jesús previene frente a ellos, advirtiendo a los discípulos que no miren a las apariencias sino a las obras, y dando un criterio de discernimiento: si son de Dios, tendrán buenos frutos. Por eso, la entrada en el Reino, la pertenencia a la Iglesia, se demuestra con obras, no sólo con palabras: es necesario dar frutos buenos (v. 19), cumplir la voluntad del Padre (v. 21), y traducir en la práctica diaria las palabras de Jesús (v. 24). Muy gráficamente recomienda Fray Luis de Granada: «Mira que no es ser buen cristiano solamente rezar y ayunar y oír Misa, sino que te halle Dios fiel, como a otro Job y otro Abrahán, en el tiempo de la tribulación» (Guía de pecadores 1,2,21).
La parábola de quien edifica sobre roca (vv. 24-27) resume la conducta del que desea entrar en el Reino de Dios que se va haciendo presente en la Iglesia. Quien se esfuerza por llevar a la práctica las enseñanzas de Jesús, aunque vengan tribulaciones personales, o se vea rodeado del error, permanecerá fuerte en la fe, como el hombre sabio que edifica su casa sobre roca.
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Mt 7,28-29
Estos versículos que cierran el discurso manifiestan la condición mesiánica de Jesús —por su modo de enseñar— y el efecto que tuvo el discurso en sus oyentes. Al mismo tiempo sirven de punto de unión con la siguiente sección en la que se narran algunos milagros de Jesús que ratifican su poder.
Algunos han pensado, con Lutero, que las exigencias éticas del Discurso de la montaña no pueden ser cumplidas por los hombres, sino que Jesucristo las predicó como un pliego de cargos contra la soberbia humana, para hacernos reconocer que somos siempre pecadores. Esta interpretación no hace justicia al texto evangélico. Jesús proclamó las enseñanzas del Discurso para que fueran cumplidas. Eso sí, no con las solas fuerzas naturales, sino con la ayuda de la gracia que Él nos conquistó. Las enseñanzas de Jesús suponen y elevan la Ley moral natural conduciéndola a su perfección, pues su fin es hacernos partícipes de la naturaleza divina: «Dios fue iluminando la naturaleza humana por etapas progresivas con la idea de asemejarla a Dios: primero se presentaron la Ley y los Profetas con todas sus prescripciones. Después vino el [que es] resplandor perfecto de la luz» (S. Gregorio de Nisa, In Cantica Canticorum commentarius 5).
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Mt 8,1-9,38
En la anterior sección (5,1-7,29) Jesús aparecía como supremo legislador y doctor. Ahora se presenta dotado también de poder divino sobre las enfermedades, la muerte, los elementos de la naturaleza y los malos espíritus. Tales milagros obrados por Jesús acreditan la autoridad divina de su enseñanza y su divinidad. «Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos” (Hch 2,22), que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado (Lc 7,18-23)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 547).
La sección consta de tres milagros de misericordia (8,1-15), a los que sigue una «cita de cumplimiento» de las profecías (8,16-17), en la que se revela el sentido mesiánico de las obras de Jesús: es el Siervo del Señor misericordioso. Después, siguen tres milagros que manifiestan el poder del Señor (8,23-9,8), y cuatro milagros más en los que se subraya el eco de las obras de Jesús en las personas (9,18-34). La narración de los milagros en Mateo no tiene la viveza de San Marcos. En cambio, dibuja muy bien la autoridad y la majestad de Jesús como expresiones de su poder soberano. Además, el relato reitera la necesidad de la fe en Jesús (8,13.26; 9,2.21.28; etc.) para que se obren los prodigios.
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Mt 8,1-4
El evangelio reseña, por tercera vez (cfr 4,25; 5,1), el seguimiento de las gentes a Jesús. Así queda constancia de la popularidad que había alcanzado (v. 1). En esta curación destacan la fe del leproso en el poder de Jesús y cómo Jesús no busca su propia fama.
Según el libro del Levítico (Lv 13,45-46), el leproso debía vivir aislado, vestir con la ropa rasgada, llevar el cabello suelto, y gritar que estaba impuro para no contagiar a la gente. Si se curaba de su enfermedad, debía presentarse ante el sacerdote, quien constataba la curación y extendía el certificado que le declaraba sano y le permitía reintegrarse a la vida civil y religiosa de Israel (cfr Lv 14,1ss.). La escena señala la misericordia de Jesucristo y manifiesta también su respeto por lo establecido en la Ley. Pero más allá de esas enseñanzas, el episodio, como tantas veces sucede en el evangelio, se llena de significado para nosotros: «¿Por qué le tocó el Señor, cuando la ley prohibía tocar a los leprosos? (…) Le tocó para demostrar humildad, para enseñarnos a no despreciar a nadie, para no odiar a nadie en razón de las heridas o manchas del cuerpo (…). Consideremos ahora, queridísimos hermanos, que no haya lepra de ningún pecado en nuestra alma, que no retengamos en nosotros ninguna contaminación de culpa, y si la tuviéramos, al instante, adoremos al Señor y digámosle: Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Orígenes, Homiliae in Matthaeum 2,2-3).
▲ COMENTARIO
Mt 8,5-13
Cuando un judío entraba en casa de un gentil contraía impureza legal (cfr Jn 18,28; Hch 11,2-3). De ahí la delicadeza y la fe del centurión en su ruego al Señor (vv. 8-9). Destaca la fe del centurión en el poder de Jesús. En efecto, al llamarle Señor y servirse del símil de la potestad, el centurión confiesa que igual que él actúa en nombre del César y sus órdenes se acatan porque el César es quien tiene el poder, Jesús actúa en la tierra con la potestad de Dios: cuanto diga se hará. Una profesión de fe tan grande llena de admiración a Jesús (v. 10), que aprovecha este encuentro con un creyente gentil para hacer la solemne profecía del destino universal del Evangelio (vv. 11-12).
Pero la fe del centurión se traduce en hechos. Jesús, como señala el Evangelio de San Mateo otras veces (cfr 15,28; 17,20; etc.), afirma que los milagros se realizan según la fe del que cree (v. 13). La fe ejemplar del oficial romano fue eficaz, pues «en aquel momento quedó sano el criado». No es extraño que su ejemplo haya traspasado tiempos y fronteras: «La fe de este centurión anuncia la fe de los gentiles; fue como el grano de mostaza, menudo pero ardoroso» (S. Agustín, Sermones 6,1[Morin]).
En el momento solemne en que el cristiano va a recibir al mismo Jesús en la Sagrada Eucaristía, la Liturgia de la Iglesia, para avivar la fe, pone en su boca y en su corazón precisamente las mismas palabras del centurión de Cafarnaún: «Señor, no soy digno…». Porque la fe debe ser también humilde: «¿Qué pensamos alabó en la fe de éste? La humildad. Señor, no soy digno de que entres… Esto alabó, y porque la alabó entró allá. La humildad del centurión fue la puerta por donde el Señor entró a posesionarse plenamente del que ya poseía» (ibidem 6,2).
▲ COMENTARIO
Mt 8,14-15
El Señor ve la necesidad y la remedia: «Todos nosotros tenemos fiebre. Tengo fiebre, por ejemplo, cuando me dejo llevar por la ira. Existen tantas fiebres como vicios. Por ello, pidamos a los Apóstoles que intercedan ante Jesús para que venga a nosotros y nos tome de la mano; pues si Él toma nuestra mano, la fiebre huye al instante» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 3,5). Por su parte, la persona sanada, la suegra de Pedro, corresponde al don de Jesús poniéndose a servirle de inmediato. Los Padres de la Iglesia han solido comentar el pasaje en sentido espiritual, subrayando la unión de la curación y el servicio: sanados por Jesús, debemos servir a Dios y a nuestros hermanos.
▲ COMENTARIO
Mt 8,16-17
San Mateo ofrece aquí la verdadera interpretación de los milagros de Jesús a la luz de la profecía de Isaías: las obras de Jesús son también una revelación sobre su Persona: «Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: “Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17; cfr Is 53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1505).
▲ COMENTARIO
Mt 8,18-22
Jesús, que actúa con poder curando las enfermedades, es al mismo tiempo el Mesías humilde, desechado por los de su propio pueblo. Quien quiera estar con Él tiene que «seguirle». Seguir a Jesús es ser su discípulo (cfr 19,21). Ocasionalmente las multitudes «le siguen» (4,25; 8,1; 20,29, etc.), pero los verdaderos discípulos son «los que le siguen» de modo permanente, siempre. El escriba le tiene por «Maestro» (v. 19), y el discípulo le llama «Señor» (v. 21), pero Jesús les pide a los dos que compartan su propio destino. Al escriba le advierte que la vida junto a Él es más exigente que la de las zorras y los pájaros, animales prototipo de vida agitada. El evangelista no nos dice cuál fue la decisión final del escriba, como si la trasladara al cristiano que lee las palabras de Jesús. Al discípulo le recuerda que el Reino exige una disposición radical. Así hay que entender la expresiva frase del Señor (v. 22): «Si Jesús se lo prohibió, no es porque nos mande descuidar el honor debido a quienes nos engendraron, sino para darnos a entender que nada ha de haber en nosotros más necesario que entender en las cosas del cielo, que a ellas nos hemos de entregar con todo fervor y que ni por un momento podemos diferirlas, por muy ineludible y urgente que sea lo que pudiera apartarnos de ellas» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 27).
«Hijo del Hombre» (v. 20). Hasta la predicación del Señor, el título de «Hijo del Hombre» no había sido entendido en toda su profundidad. Aunque podía significar simplemente «hombre», en Dn 7,14 tiene un sentido trascendente. Como título para definir la misión de Jesús, era menos comprometido con las aspiraciones judías de un Mesías terrenal; por esta causa fue preferido por el Señor para designarse a sí mismo como Mesías, sin reavivar el nacionalismo hebreo. Los Apóstoles, después de la resurrección de Jesús, acabaron de comprender que «Hijo del Hombre» equivalía precisamente a «Hijo de Dios».
▲ COMENTARIO
Mt 8,23-27
Jesús tiene poder no sólo sobre las enfermedades, sino sobre las potencias malignas y los elementos de la naturaleza, porque es el Hijo de Dios (cfr nota a Mc 4,35-41). El relato del milagro es muy esquemático y, por eso mismo, muy revelador.
En el «evangelio eclesiástico», como a veces se denomina al de Mateo, la barca es imagen de la Iglesia: Jesús ha subido en ella, y sus «discípulos» le han seguido (v. 23). En ocasiones, la Iglesia, como la barca, tiene dificultades, pues sufre el embate de las olas, es más, vive envuelta en ellas y le parece encontrarse sola ya que Cristo duerme. Sin embargo, el problema no viene de las dificultades; es la poca fe (v. 26), el olvido de que Cristo es el Señor (v. 25), lo que puede engendrar el temor de los discípulos: «De acuerdo con estos hechos, las iglesias en las que no se mantiene en vela la palabra de Dios, hacen naufragio, no porque Cristo se entregue al sueño, sino porque está adormecido en nosotros, a causa de nuestro sueño» (S. Hilario de Poitiers, Commentarius in Mattheum 8,1). Pero ante la petición del discípulo, Jesús responde siempre: la «tempestad tan grande» (v. 24) se torna en «una gran calma» (v. 26) y los «hombres» (v. 27) se asombran ante el poder del Señor. La Iglesia, en la que está presente Cristo, es lugar seguro para la salvación. «Las olas baten contra ella, pero se mantiene firme y, aunque con frecuencia los elementos de este mundo choquen con gran fragor, ella ofrece a los agobiados el seguro puerto de salvación» (S. Ambrosio, Epistulae 2,1).
▲ COMENTARIO
Mt 8,28-34
El evangelista sitúa el episodio en la región de los «gadarenos» (v. 28), donde San Marcos y San Lucas dicen «gerasenos». Las dos denominaciones serían posibles, pues Gerasa está a unos 50 km al este del lago y Gadara a unos 20 km. Con todo, lo importante del pasaje es que muestra cómo la potestad de Jesús se extiende también a tierras de paganos y alcanza a los demonios y a las fuerzas diabólicas. Los demonios se dirigen a Jesús con una expresión curiosa: «¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?» (v. 29). Con esa frase se hace patente una concepción de la época, según la cual a los demonios se les había concedido un tiempo antes de la victoria final de Dios. Este exorcismo enseña que Jesús anticipa la victoria final (cfr nota a Lc 8,26-39). Además, los judíos consideraban a los cerdos animales impuros —el hecho ocurre en tierras de gentiles— cuya carne no podía comerse (cfr Lv 11,7; Dt 14,8), por lo que, en este pasaje, la curación del poseso y la muerte de los cerdos expresan la victoria completa de Jesús sobre el demonio.
La actitud negativa de los habitantes de la ciudad nos advierte, por contraste, que el encuentro con Cristo exige subordinar los planes personales a los divinos. Una actitud egoísta y materialista cierra el horizonte de los bienes eternos y nos pone en peligro de expulsar a Dios de nuestra vida.
▲ COMENTARIO
Mt 9,1-8
Al curar al paralítico únicamente con su palabra, Jesús hace ver a los que murmuraban que, puesto que Él tiene potestad para curar los efectos del pecado (la enfermedad), tiene también poder para curar la causa, esto es, el pecado, y que por consiguiente tiene potestad divina: «Al perdonar, pues, los pecados, sanó al hombre y dio a entender visiblemente quién era Él, en su persona. Si nadie, fuera de Dios, es capaz de perdonar los pecados, y el Señor los perdonaba y curaba a los hombres, salta a la vista que Él era el Verbo de Dios hecho Hijo del Hombre, con potestad para perdonar los pecados, como hombre y como Dios. De esta manera, como hombre se compadece de nosotros, y como Dios se apiada de nosotros y perdona nuestras ofensas» (S. Ireneo, Adversus haereses 5,17,3).
Al final del pasaje (cfr v. 8), el evangelista recoge el estupor y admiración de la gente ante este hecho: que el perdón de los pecados se haga presente en la tierra. Esas palabras pueden aplicarse a la Iglesia, pues el Señor hizo partícipes de esa potestad a sus Apóstoles y a sus sucesores, es decir, los obispos y sus colaboradores, los presbíteros (cfr Jn 20,22-23): «Los hombres, al perdonar los pecados, muestran su ministerio, pero no ejercen el derecho de un poder; e incluso no perdonan en el propio nombre, sino en el del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ellos ruegan y la divinidad dona; pues el servicio pertenece a los hombres, pero la generosidad pertenece al poder de Dios» (S. Ambrosio, De Spiritu Sancto 3,18,137). cfr nota a 18,15-20.
▲ COMENTARIO
Mt 9,9-13
Jesús llama a los que quiere sin atenerse a las distinciones que hacían los fariseos. Ahora llama a un publicano —oficio tenido por pecaminoso, ya que consistía en recaudar los impuestos de los judíos para la hacienda de los romanos—, el mismo que Marcos y Lucas denominan Leví (cfr Mc 2,14; Lc 5,27) y que la Tradición identifica con el autor de este primer evangelio. La actitud de Jesús de acercarse a los pecadores fue causa de escándalo para muchos (11,19). Pero Jesús, por medio de las palabras del profeta Oseas (Os 6,6), identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo hacia ellos. Nadie debe desanimarse al verse lleno de miserias: reconocerse pecador es la única actitud justa ante Dios. Él ha venido a buscar a todos, pero el que se considera ya justo, por ese mismo hecho, está cerrando las puertas a Dios, porque en realidad todos somos pecadores y necesitamos de Dios.
Ante la llamada de Dios, no se nos piden grandes cualidades, sino atención para escuchar y prontitud para corresponder: «Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores… Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 799). cfr notas a Mc 2,13-17 y Lc 5,27-32.
▲ COMENTARIO
Mt 9,14-17
Estos versículos iluminan el gesto de Jesús de llamar a los pecadores. Jesús trae un modo nuevo de relación con Dios que implica una regeneración total. Su espíritu es demasiado nuevo y pujante para ser amoldado a las viejas formas, cuya vigencia caducaba.
Nuestro Señor no suprimió el ayuno, sino que, frente a la complicadísima casuística de la época que ahogaba la sencillez de la verdadera piedad, apuntó a la simplicidad de corazón (cfr 6,1-18 y nota). Jesús dice expresamente que sus discípulos «ya ayunarán» (v. 15). Será la Iglesia la que concretará en cada época, con los poderes que Dios le ha dado, las formas de ayuno, según el espíritu del Señor. San Agustín comenta: «Ésta es la causa de que ayunemos antes de la solemnidad de la Pasión del Señor y de que abandonemos el ayuno durante los cincuenta días siguientes. Todo el que ayuna como es debido, o bien busca humillar su alma, desde una fe no fingida, con el gemido de la oración y la mortificación corporal, o bien deja de lado el placer carnal hasta pasar hambre y sed, porque movido por alguna carencia espiritual su mirada está puesta en el goce de la verdad y la sabiduría. De ambas clases de ayuno habló el Señor cuando le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban. (…) Así pues, una vez que se nos ha quitado el esposo, nosotros, sus hijos, tenemos que llorar. (…) Nuestro llanto es justo si ardemos en deseos de verle» (Sermones 210,4).
▲ COMENTARIO
Mt 9,18-26
Con dos milagros se muestra, una vez más, la necesidad de la fe para ser dignos de recibir las acciones salvadoras de Jesús (cfr notas a Mc 5,21-43 y Lc 8,40-56). La fe de la hemorroísa, aunque se expresa tímidamente, vence los obstáculos y consigue lo que parecía imposible: «La fe curó en un momento lo que en doce años no pudo curar la ciencia humana. (…) La mujer tocó la vestidura y fue curada, fue liberada de un mal antiguo. Infelices de nosotros que, aun recibiendo y comiendo cada día el cuerpo del Señor, no nos curamos de nuestras calamidades. No es Cristo quien falta al que está enfermo, sino la fe. Ahora que Él permanece en nosotros podrá curar las heridas mucho más que entonces, cuando de paso curó de esta manera a una mujer» (S. Pedro Crisólogo, Sermones 33).
El caso de aquel hombre relevante en la ciudad no es menos edificante. Se humilla visiblemente ante Jesús, pidiéndole abiertamente su intervención, porque su hija ha muerto (v. 18). Para un milagro tan grande se necesita también una fe muy grande: «Aquel hombre creyó, y su hija resucitó y vivió. También cuando Lázaro estaba muerto, nuestro Señor dijo a Marta: Si crees, tu hermano resucitará. Y Marta le contestó: Sí, Señor, yo creo. Y el Señor le resucitó después de cuatro días. Acerquémonos, pues, carísimos, a la fe de la que brotan tantos poderes. La fe elevó a algunos hasta el cielo, venció las aguas del diluvio, multiplicó la descendencia de las que eran estériles, (…) calmó las olas, sanó a los enfermos, venció a los poderosos, hizo derruir murallas, cerró las bocas de los leones, extinguió la llama de fuego, humilló a los soberbios y encumbró a los humildes hasta el honor de la gloria. Todos estos portentos fueron realizados por la fe» (Afraates, Demonstrationes 1,17-18).
▲ COMENTARIO
Mt 9,27-34
Estos ciegos (v. 27) formulan su súplica a Jesús como Hijo de David, es decir, como Mesías esperado. Jesús atiende su ruego y les cura. La posterior curación del endemoniado (v. 33) es un signo más, para aquellas personas y para nosotros, de que Jesús es efectivamente el Mesías que iba a venir (cfr 11,3-5). Jesús se afirma, pues, como Mesías pero prohíbe divulgar la noticia, porque su salvación no es la esperada por una mentalidad nacionalista: su mesianismo es el del siervo humilde que se entrega por los hombres. Puede sorprender la «desobediencia» de los ciegos, que no hacen caso a Jesús y divulgan lo que ha hecho con ellos (v. 31). San Juan Crisóstomo explica su actitud como un no poder contenerse y comenta: «Lo que Él nos quiere enseñar es que jamás hablemos de nosotros mismos ni consintamos que otros nos elogien; mas, si la gloria ha de referirse a Dios, no sólo no hemos de impedirlo, sino que podemos mandarlo» (In Matthaeum 32,1).
Con la curación del mudo, el evangelista deja constancia de cómo se dividen las opiniones ante Jesús: hay quienes con sencillez de corazón reconocen su poder único, y quienes con argumentos retorcidos malinterpretan los signos que realiza.
▲ COMENTARIO
Mt 9,35-38
Con la narración del Discurso de la Montaña y de los milagros de Jesús, el evangelista ha mostrado cómo Jesús realizó el programa que se condensa en el v. 35 y que se anunciaba antes de comenzar las dos secciones, en 4,23. Un programa que se desarrollará en ámbito universal y a lo largo de la historia mediante los Apóstoles enviados a trabajar en el campo del Señor.
San Mateo anota los sentimientos de Jesús, que se conmueve al examinar la situación del pueblo en su tiempo. En esa situación ve cumplida la profecía de Ez 34, en la que Dios, por medio del profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías. Por eso, las palabras del evangelista dejan entrever la profundidad de los sentimientos del corazón de Jesús: «Este Corazón divino es abismo que atesora todo bien; y se precisa que en él vacíen los pobres todas sus necesidades. Es abismo de gozo en que sumergir todos nuestros pesares; es abismo de humildad, remedio de nuestro engreimiento. Es abismo de misericordia para los desgraciados y abismo de amor en que sumergir nuestra pobreza» (S. Margarita María de Alacoque, Epistula, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del 16-X).
Jesús contempla la extensión de la misión (vv. 37-38). Ahora, como en tiempos de Jesucristo, los obreros son pocos para la tarea, y Dios cuenta con nuestra oración: «Para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. (…) Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaros» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 17,3).
La obra del Señor ha sido predicar el Evangelio del Reino y acreditar su llegada mediante la curación de enfermedades y dolencias (v. 35). Enseguida, con la constitución y misión de los Doce, el evangelista mostrará que lo mismo harán los Apóstoles, que son enviados a predicar la cercanía del Reino (10,7), y están también constituidos por el Señor con potestad para curar las enfermedades y dolencias (10,1).
▲ COMENTARIO
Mt 10,1-12,50
En esta sección el evangelista presenta la confrontación que se da entre Jesús y los discípulos de un lado, y los judíos incrédulos de otro. Es el paso del antiguo al nuevo Pueblo de Dios. Comienza con el segundo de los cinco grandes discursos del Señor que contiene el evangelio de Mateo, y que se suele denominar Discurso de la Misión (10,1-42). Jesús prepara a sus Doce Apóstoles y les instruye para su misión, labor que será continuada por la Iglesia a lo largo de los tiempos. Pero frente a la proclamación de Jesús como Mesías, los dirigentes religiosos del pueblo escogido se obstinan en rechazarlo (11,16-12,50).
▲ COMENTARIO
Mt 10,1-4
Jesús, para llevar adelante el Reino de Dios que inaugura, va a fundar un nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. Con ese fin ahora elige, da poderes e instruye a los Doce Apóstoles, que suceden y sustituyen a los antiguos doce patriarcas de las doce tribus de Israel y que son el germen de su Iglesia. «Los envió, en primer lugar, a los hijos de Israel y luego a todos los pueblos para que, participando de su potestad, hicieran a todos los pueblos sus discípulos, los santificaran y los gobernaran, y así extendieran la Iglesia y estuvieran al servicio de ella como pastores bajo la dirección del Señor, todos los días hasta el fin del mundo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 19).
El evangelista subraya explícitamente que la obra de los Apóstoles continúa la obra de Cristo, que les da su misma potestad de «curar todas las enfermedades y dolencias» (v. 1; 9,35). Como el Señor envió a los Apóstoles a todos los pueblos (28,19), y prometió su asistencia hasta el fin de los siglos (28,20), la Iglesia confiesa que esta potestad apostólica se ha transmitido a sus sucesores: «En orden a apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tiendan todos libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación. (…) Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles como Él mismo había sido enviado por el Padre, y quiso que los sucesores de éstos, los Obispos, hasta la consumación de los siglos, fuesen los pastores en su Iglesia. Pero para que el episcopado mismo fuese uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el principio visible y perpetuo fundamento de la unidad de fe y de comunión» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 18).
▲ COMENTARIO
Mt 10,5-15
En estos primeros versículos está recogida la esencia del discurso. La obra de los Apóstoles en la Iglesia será la misma obra de Cristo: su predicación sobre la cercanía del Reino de los Cielos (v. 7) es idéntica a la predicación de Jesús en el inicio de su ministerio (4,17), y sus obras de poder (v. 8) son las mismas que ha hecho Jesucristo y que se han descrito en la sección anterior (8,1-9,38): con ellas muestran que su misión es divina (cfr Is 35,5-6; 40,9; 52,7; 61,1).
Los Apóstoles son enviados «primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (v. 6). También así imitan a Jesús, que respondió con la misma frase a la mujer cananea (15,24). De esa manera se cumple el designio divino de salvación, según el cual al pueblo hebreo fueron hechas las promesas, conferida la Alianza, dada la Ley y enviados los Profetas. De este pueblo, según la carne, nacería el Mesías. Se comprende que el Mesías y el Reino de Dios debían ser anunciados en primer lugar a la casa de Israel y sólo después a los no judíos, ya que el pueblo de Israel era el medio por el que todas las demás naciones pudieran encontrarse de nuevo con Dios. El Israel renovado es el germen del nuevo pueblo de Dios: «Eligió como pueblo suyo el pueblo de Israel, con quien estableció una alianza, y a quien instruyó gradualmente manifestándole a Sí mismo y sus divinos designios a través de su historia, y santificándolo para Sí. Pero todo esto lo realizó como preparación y figura de la nueva alianza, perfecta, que había de efectuarse en Cristo, y de la plena revelación que había de hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne. (…) Nueva alianza que estableció Cristo, es decir, el Nuevo Testamento, en su sangre, convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles que se condensara en unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera un nuevo Pueblo de Dios» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9).
También los Apóstoles imitan a Jesús en el desprendimiento de los bienes (v. 9), aunque, en el contexto del mensaje central de la misión —«el Reino de los Cielos está cerca» (v. 7)—, parece que con esas indicaciones el Señor quiere transmitirles la urgencia de la misión: no deben preocuparse de nada porque el Padre les proveerá (10,29-31). Ellos tienen el tesoro de la paz (vv. 11-15) que, como enviados de Jesús, derraman sobre quienes les acogen. La paz es el don que trajo el Señor al mundo (Lc 2,14), y premio excelso para la vida del hombre sobre la tierra: «La paz es la que engendra los hijos de Dios, alimenta el amor y origina la unidad, es el descanso de los bienaventurados y la mansión de la eternidad. El fin propio de la paz y su fruto específico consiste en que se unan a Dios los que el mismo Señor separa del mundo» (S. León Magno, Sermo 6 in Nativitate Domini 3).
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Mt 10,16-42
Se recopilan aquí un conjunto de instrucciones y advertencias sobre el modo de llevar a cabo la propagación del Evangelio: son como un protocolo de la misión. Se refieren no sólo a los Apóstoles, sino a todos los discípulos de Cristo que en el desempeño de su tarea habrán de sufrir contradicciones y persecuciones como Él mismo las padeció, pues «no está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su señor» (v. 24).
La primera sección (vv. 16-25) parece un desarrollo de la frase que la abre: «Os envío como ovejas en medio de lobos» (v. 16). Antes (10,11-15), Jesús había anotado que los Apóstoles serían recibidos y rechazados, ahora apunta que ese rechazo se traducirá en falsedad (v. 25), persecución (vv. 17-18.23), odio (v. 22), ruptura (v. 21). En esto, los discípulos son como su maestro (vv. 24-25) y, por ello, bienaventurados (5,11). Pero no por eso deben preocuparse, porque todo será para bien: serán testimonio de la verdad de Jesús ante los hombres (v. 18), y estarán asistidos siempre por el Espíritu Santo (vv. 19-20). Aquí está condensada la enseñanza sobre el martirio que tanto vigor tuvo entre los primeros cristianos y que la Iglesia recuerda también para hoy: «El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro, (…) es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 42).
El v. 23 es uno de los versículos de interpretación difícil en el Nuevo Testamento. Jesús se designa a Sí mismo —aquí como en otros muchos lugares— Hijo del Hombre indicando que Él es el juez que, al final del mundo, juzgará a todas las criaturas humanas (cfr 25,31). Pero la venida a la que aquí se refiere el evangelio no parece que tenga que entenderse como la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos. Podría significar la resurrección, como incoación de ese triunfo futuro en el que se anticipa el juicio del mundo. En todo caso, las palabras del Señor indican dos cosas: la urgencia de la predicación del Reino y que esta predicación durará mientras dure la historia.
Las exhortaciones de los vv. 26-33 pueden condensarse, otra vez, en las primeras palabras: «No les tengáis miedo» (v. 26). Jesús invita a la confianza en la paternal providencia de Dios, de la que habló extensamente en el Discurso de la Montaña (cfr 6,19-34). Ahora lo hace en el contexto de las persecuciones que esperan a sus discípulos, pero a las que no debemos temer. «Si los pajarillos, que son de tan bajo precio, no dejan de estar bajo providencia y cuidado de Dios, ¿cómo vosotros, que por la naturaleza de vuestra alma sois eternos, podréis temer que no os mire con particular cuidado Aquél a quien respetáis como a vuestro Padre?» (S. Jerónimo, en Catena aurea, ad loc.). Pero esta providencia está en el marco de una misión: hay que confesar a Cristo (v. 32) y hacerlo en voz alta (v. 27), para que su verdad llegue hasta el último rincón del mundo: «La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 2).
Finalmente, el discurso vuelve sobre el tema que lo recorre: Jesús es signo de contradicción (vv. 34-35), y el discípulo tiene que contar con ello. Por eso, en su conducta cristiana se le piden dos cosas: radicalidad, esto es, exigencias en el seguimiento (vv. 37-39), e identificación con el maestro (vv. 40-42).
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Mt 11,1-15
Este capítulo presenta, como en contraste, la diferencia entre los que aceptan a Jesús —Juan Bautista (vv. 11-15) y los pequeños (11,25-30)— y los que no lo aceptan: los hombres de aquella generación y las ciudades incrédulas (11,16-24). Ante las «obras de Cristo» (v. 2), el Bautista le envía a sus discípulos y el Señor les hace comprender que sus acciones son cumplimiento de lo que las antiguas profecías anunciaban como signos propios del Mesías y de su Reino (cfr Is 26,19; 29,18-19; 35,5-6; 61,1, etc.). Era como decirles que, efectivamente, Él, Jesús, es el profeta que «iba a venir» (cfr v. 3).
Pero el texto nos habla también del Bautista (vv. 7-14). Antes, el evangelio había señalado la adecuación de la predicación de Juan con la de Jesús (cfr nota a 3,1-12), y después anotará otras semejanzas: Juan, como Jesús, sufrió la incredulidad del pueblo (11,16-19), y también una muerte violenta (14,1-12), porque, en realidad, ambos cumplieron «toda justicia» (3,15). Sin embargo, las palabras que se recogen ahora muestran la diferencia entre los dos: Juan, dice Jesús, es Elías (v. 14), el profeta que, conforme a la creencia de entonces, tenía que venir de nuevo antes que el Mesías (cfr 17,10-13; Mc 9,11-13); es un profeta y más que un profeta (v. 9); es el mayor entre los nacidos de mujer (v. 11); es el precursor (v. 10). Pero, al compararse con Jesús, él mismo se siente un esclavo y menos que un esclavo (3,11): «Me podías hablar de Elías que fue arrebatado al cielo, pero no es mayor que Juan; Enoc fue trasladado, y tampoco es mayor que Juan. Moisés fue el más grande legislador, y admirables fueron todos los profetas, pero no eran más que Juan. No soy yo quien se atreve a comparar profeta con profeta, sino el que es Señor suyo y nuestro» (S. Cirilo de Jerusalén, Catecheses 3,6).
La grandeza de Juan la señala Jesús también por su pertenencia al Reino, porque «desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos padece violencia» (v. 12). Desde que Juan Bautista anunció a Cristo presente, los poderes del infierno han redoblado su asalto, que se prolonga a lo largo del tiempo de la Iglesia (cfr Ef 6,12). Por eso es necesario esforzarse, conquistar el Reino. La situación descrita por el Señor parece ser ésta: los jefes y una porción del pueblo judío esperaban el Reino de Dios como una herencia merecida, y reposaban confiados en sus derechos y méritos de raza; otros, en cambio, los esforzados —literalmente, los salteadores—, se apoderarán de él como al asalto, por la fuerza, en lucha contra los enemigos del alma. «Esa fuerza no se manifiesta en violencia contra los demás: es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 82).
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Mt 11,16-19
Las palabras del Señor son continuación necesaria del pasaje anterior. El Bautista y sus discípulos han comprobado que las obras de Jesús son las obras del Mesías (11,2-6), pero los jefes del pueblo siguen en sus trece acusando a Jesús. Por ello, Jesucristo se remite nuevamente a las «obras» (v. 19): son ellas las que atestiguan la verdad de su ser y de su misión.
Con la alusión a alguna canción popular, o a un juego de los niños de entonces (v. 17), el Señor reprocha a quienes se resisten a reconocerle la sinrazón de sus excusas. Los niños tercos, como en otros textos bíblicos, son vistos aquí no en su ingenuidad sino en su falta de juicio maduro: «La necedad está atada al corazón del muchacho, la vara de la instrucción la alejará de él» (Pr 22,15). Por el contexto, la reprensión se dirige a los jefes del pueblo que acusan a Jesús de comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores (v. 19; cfr 9,9-17). Las palabras del Señor son también una advertencia para nuestra insensatez, pues corremos el riesgo de no darnos cuenta de la grandeza de la plenitud de vida que Dios nos ha dado con Jesucristo: «Llegaremos a la consumación cuando llegue el tiempo prefijado por el Padre, cuando, dejando de ser niños, alcancemos la medida del hombre perfecto. Así le agradó al Padre de los siglos, que lo determinó de esta forma para que no volviéramos a recaer en la insensatez infantil, y no se perdieran de nuevo sus dones» (S. Anastasio de Antioquía, Sermones 5,7).
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Mt 11,20-24
Corazín (o Corozaín) y Betsaida eran dos ciudades florecientes, situadas en la orilla norte del lago de Genesaret, no lejos de Cafarnaún. Durante su ministerio público Jesús predicó con frecuencia en ellas y obró muchos milagros (v. 20). Tiro y Sidón, dos ciudades de Fenicia, junto con Sodoma y Gomorra —todas célebres por sus vicios—, eran ejemplos clásicos entre los judíos para referirse al castigo de Dios por sus pecados (cfr Ez 26-28; Is 23). Con estas alusiones Jesús resalta la ingratitud de las personas que pudieron conocerle, pero no se convirtieron: en el día del Juicio (vv. 22 y 24) se les pedirá más grave cuenta. Frente a San Lucas, que recoge estas frases como un lamento del Señor (cfr Lc 10,13-16 y nota), San Mateo acentúa el tono de reproche (v. 20) para señalar que siempre queda un espacio para la conversión, «porque lo grave no es caer, sino, después de caídos, quedarnos tendidos y no querernos levantar; lo grave es obstinarse en el mal y, entregados a la desidia, cubrir con pensamientos de desesperación la flaqueza de nuestra voluntad» (S. Juan Crisóstomo, Ad Theodorum lapsum 1,7).
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Mt 11,25-30
En contraste con los que no creen en Él, Jesús se llena de gozo por los que le aceptan, la gente sencilla y humilde, que no confía en su propia sabiduría, que no se estiman a sí mismos por prudentes y sabios. El pasaje se ha denominado en alguna ocasión la joya de los evangelios sinópticos, porque recoge la oración de Jesús, que llama Padre a Dios, porque se nos presenta como el que conoce a Dios y que todo lo ha recibido de Él, y porque es quien nos lo revela a los hombres (v. 27; cfr Lc 10,21-24 y nota), si lo recibimos con humildad (v. 25). Estas palabras son una bella oración, y un testimonio de los sentimientos más profundos de Jesús: «Su conmovedor “¡Sí, Padre!” expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, que fue un eco del “Fiat” de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al “misterio de la voluntad” del Padre (Ef 1,9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2603).
El «yugo» (vv. 29-30) era una palabra que se utilizaba para referirse a la Ley de Moisés (cfr Si 51,33), que con el paso del tiempo se había sobrecargado de minuciosas prácticas insoportables (cfr Hch 15,10) y, a cambio, no daba la paz del corazón. El Señor había anunciado para los tiempos futuros una nueva época de restauración, en la que iba a atraer a sus fieles «con vínculos de afecto…, con lazos de amor» (cfr Os 11,1-11 y nota), y Jesús, con la imagen de su yugo y su carga ligera, se presenta como esa nueva iniciativa de Dios: «Cualquier otra carga te oprime y abruma, mas la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquier otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias del peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás como vuela» (S. Agustín, Sermones 126,12).
Jesús es también «manso y humilde de corazón» (v. 29). Con esta expresión, que sirve de elogio en las bienaventuranzas (cfr 5,5), se designa en el Antiguo Testamento (cfr Sal 37,11) a la persona paciente, que desiste de la cólera y del enojo, y que pone su confianza en Dios. Al presentarse así, Jesús une sus exigencias a su Persona: «¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos… —¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 813).
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Mt 12,1-8
Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos fariseos que no recibían su doctrina a pesar de estar garantizada por los milagros. Esto ocurre respecto del sábado. Dios lo instituyó, y mandó que el pueblo judío se abstuviera de ciertos trabajos en ese día para poder dedicarse con más holgura a honrar a Dios. Con el paso del tiempo se fue complicando el precepto divino hasta el punto de que en la época de Jesús existía una clasificación de 39 especies de trabajos prohibidos. Jesús enseña frecuentemente que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio a Dios o al prójimo, y rebate la acusación de los fariseos con cuatro razones: el ejemplo de David, el de los sacerdotes, el sentido de la misericordia divina y el señorío del propio Jesús sobre el sábado.
La frase de Oseas (v. 7; cfr Os 6,6) había aparecido ya en las controversias de Jesús con los fariseos (cfr 9,13). Aquí, Jesús parece dar por sentado que el texto tenía una relevancia especial para los interlocutores: no está tanto en polémica con los sacrificios del Templo, como con la necesidad de distinguir entre lo que es importante y lo que no es tanto. Enseguida, con el episodio del hombre de la mano seca, el evangelio mostrará cuán lejos estaban aquellos hombres de la misericordia, y por tanto, de reconocer quién era Jesús. La disposición hacia la misericordia abre los ojos para ver más claramente a Dios y sus obras: «Reconoce, oh cristiano, la altísima dignidad de esta tu sabiduría, y entiende bien cuál ha de ser tu conducta y cuáles los premios que se te prometen. La misericordia quiere que seas misericordioso, la justicia desea que seas justo, pues el Creador quiere verse reflejado en su criatura, y Dios quiere ver reproducida su imagen en el espejo del corazón humano, mediante la imitación que tú realizas de las obras divinas. No quedará frustrada la fe de los que así obran, tus deseos llegarán a ser realidad, y gozarás eternamente de aquello que es el objeto de tu amor» (S. León Magno, Sermones 95,7).
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Mt 12,9-14
Ahora, con un milagro, Jesús corrobora su enseñanza sobre el sábado y su potestad sobre él. El lector capta enseguida la desproporción entre la acción valiente del Señor y la mezquindad de los que le acechan: «Manda salir en medio al enfermo intentando conmoverlos con su vista, a ver si, compadecidos del espectáculo alejaban su malicia, y, por consideración a aquel desgraciado, ponían fin a su fiereza. Pero aquellos hombres (…) prefieren que sufra la reputación de Cristo, que no que sea curado aquel pobre hombre. Con lo cual ponen al descubierto doblemente su malicia: primero con su guerra declarada a Cristo y luego, porque se la hacen con tal encarnizamiento que no vacilan en perjudicar la salud de los demás» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 40,1).
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Mt 12,15-21
Los últimos episodios que narra el evangelista muestran la oposición de las autoridades a Jesús, así que el Señor se aleja de allí para evitar enfrentamientos (vv. 15-16). Sin embargo, no deja de curar a los necesitados. En este gesto, el evangelista descubre la clave doctrinal del misterio de Jesús. Con la cita de Is 42,1-4 (vv. 18-21) muestra el sentido de lo narrado en estos dos capítulos (11,1-12,45), en los que se percibe el endurecimiento de los dirigentes de Israel: en Jesús se cumple la profecía del Siervo doliente, cuyo magisterio amable y discreto había de traer al mundo la luz de la verdad. Su misión como Siervo sufriente, que había comenzado con el Bautismo en el Jordán (3,17), vuelve a mostrarla San Mateo al narrar el rechazo de estos fariseos, y volverá a señalarla de manera especial en su pasión y muerte (cfr 27,30). Sin embargo, el texto del profeta (v. 21) acaba por afirmar el triunfo universal del Mesías humilde, porque sólo Él puede ofrecer lo que esperan las naciones, todas las gentes.
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Mt 12,22-37
La curación del endemoniado ciego viene en los tres sinópticos (cfr Mc 3,22-27; Lc 11,14-23), aunque sólo San Mateo recuerda que era también «mudo» (v. 22). Unos fariseos malintencionados (v. 24) acusan a Jesús. El Señor les enseña con una argumentación práctica: se trata de una lucha entre Él y Satanás, en la que este último es vencido porque Jesús es más fuerte (v. 29). Las expulsiones de demonios que realiza son prueba de que ha comenzado el Reino de Dios y de que Satanás va siendo arrojado de sus dominios. Las palabras del v. 30 resumen toda su argumentación: o se está con Él o se está con el demonio. Una exigencia tan absoluta sólo puede mostrar la identidad divina de su Persona.
La dureza de los fariseos explica la enseñanza de Jesús sobre el pecado contra el Espíritu Santo y sobre su carácter irremisible. Este pecado (v. 32) «no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz (…); la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre, que reivindica un pretendido “derecho a perseverar en el mal” —en cualquier pecado— y rechaza así la Redención» (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 46). En este sentido se dice que es irremisible.
Al final (vv. 33-37), se recogen sentencias muy expresivas. Los fariseos que le acusan no miden el valor de las palabras, pero las palabras son como las obras: ellas nos salvarán o nos condenarán. «Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no pude ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación concierne también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2487).
Como en otras ocasiones, el Señor recuerda la existencia de las postrimerías. Ahora, concretamente, la existencia del Juicio (v. 36). Siguiendo este proceder de Cristo y de los Apóstoles, «la Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradicional designa como los cuatro novísimos del hombre: muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 26).
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Mt 12,38-45
A raíz de la señal que le piden, quizá un milagro u otra acción prodigiosa para confirmar su poder, Jesús contesta anunciando su muerte y resurrección, y comparándose con el profeta Jonás. Con este parangón muestra que Él mismo es la «señal» de Dios por excelencia. Tanto los ninivitas como la reina pagana afrentarán a los judíos que no se convierten ni buscan la verdad (vv. 41-42). El rechazo de Jesús por parte de aquellos hombres da pie a una advertencia grave (vv. 43-45): si siguen rechazando la luz, su estado último será peor que el primero.
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Mt 12,46-50
Quienes aceptan a Jesús y hacen la voluntad de Dios Padre son considerados por Él como de su propia familia. No sin razón, Jesús no habla de Dios, o del Padre de los cielos, sino de «mi» Padre que está en los cielos (v. 50): «Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2233). Por eso, las palabras de Jesús siempre se entendieron como un elogio de la fidelidad de Santa María y nunca como un reproche: «Ella hizo la voluntad de mi Padre. Esto es lo que en Ella ensalza el Señor: que hizo la voluntad de su Padre, no que su carne engendró la carne (…). Mi Madre a quien proclamáis dichosa, lo es precisamente por su observancia de la Palabra de Dios, no porque se haya hecho en Ella carne el Verbo de Dios y haya habitado entre nosotros, sino más bien porque fue fiel custodio del mismo Verbo de Dios, que la creó a Ella y en Ella se hizo carne» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 10,3).
La expresión «hermanos» (v. 46) de Jesús se refiere a sus parientes. En los idiomas antiguos, hebreo, arameo, árabe, etc., era normal que se utilizara este término para indicar a los pertenecientes a una misma familia, clan, o incluso tribu. Siempre la Iglesia ha profesado con plena certeza que Jesucristo no ha tenido hermanos de sangre en sentido propio: es el dogma de la perpetua virginidad de María (cfr notas a 1,18-25; Mc 3,31-35 y Lc 8,19-21).