COMENTARIOS:
MARCOS
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Mc 1,1-13
Estos versículos son una especie de prólogo. Presentan a Jesús en su doble naturaleza: como Dios, cuya venida a su pueblo debía ser precedida por su mensajero (vv. 2-3; cfr Ml 3,1; Is 40,3), y como hombre, sometido a la tentación e igual en todo a los hombres, excepto en el pecado (vv. 12-13; cfr Hb 4,15). El Bautismo de Jesús, centro de la narración, manifiesta su condición de Hijo de Dios.
El versículo inicial viene a ser como el pórtico de todo el Evangelio según San Marcos: Jesús de Nazaret es el Mesías («Jesucristo») y también «Hijo de Dios»; con Él llega el momento de la salvación («comienzo») ya que Él mismo es la buena noticia de la salvación («Evangelio»).
La palabra «Evangelio» indica el feliz anuncio, la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo. En este sentido, la frase «Evangelio de Jesucristo» (v. 1) se refiere al mensaje que Él ha anunciado a los hombres de parte del Padre. Pero el contenido de la buena nueva es, en primer lugar, el mismo Jesucristo, sus palabras y sus obras: «Jesús mismo, Evangelio de Dios (cfr Mc 1,1; Rm 1,1-3), ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 7). Los Apóstoles, enviados por Cristo, dieron testimonio a judíos y gentiles, por medio de la predicación oral, de la muerte y resurrección de Jesús como cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, y éste era su Evangelio (cfr 1 Co 15,4). Los Apóstoles y otros varones apostólicos, movidos por el Espíritu Santo, pusieron por escrito parte de esta predicación en los evangelios. De este modo, por la Sagrada Escritura y la Tradición apostólica, la voz de Cristo se perpetúa por todos los siglos y se hace oír en todas las generaciones y en todos los pueblos.
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Mc 1,1-8
San Juan Bautista es presentado —con una cita de los profetas y también por sus acciones de signo profético— como el nexo de continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: es el último de los Profetas y el primero de los testigos de Cristo. Tal vez el evangelista menciona a Isaías por ser el profeta más importante en el anuncio de los tiempos mesiánicos, pero la cita (vv. 2-3) comienza recogiendo unas palabras de Ml 3,1, seguidas por las de Is 40,3. En todo caso, este texto señala que el Antiguo Testamento, si se entiende a la luz de Jesucristo, es Evangelio: «El Evangelio se refiere en primer lugar a aquel que es cabeza de todo el cuerpo de los salvados, es decir, a Cristo Jesús. (…) El comienzo del Evangelio (…) se refiere a todo el Antiguo Testamento, del que Juan es figura, o a la conexión existente entre el Nuevo y el Antiguo Testamento, cuya parte final está representada precisamente por Juan. (…) Por eso me pregunto por qué los herejes atribuyen los dos Testamentos a dos dioses distintos» (Orígenes, Commentaria in Ioannem 1,13,79-82).
La descripción de la vida sobria del Bautista (vv. 4-6) es acorde con el contenido de su predicación: es necesaria una purificación para recibir al Mesías. La grandeza de Jesús como Mesías la señala Juan cuando no se considera digno de desatarle la correa de las sandalias (v. 7). Si se tiene presente que esta acción se consideraba tan humillante que estaba prohibido exigirla a un esclavo judío, se comprende mejor la expresividad de las palabras del Bautista.
De Juan, el evangelista recuerda, sobre todo, su predicación. El Bautista «predicaba» (cfr v. 4) un bautismo de penitencia, y «predicaba» la llegada de Jesús como alguien «más poderoso que yo» (v. 7), cuyo bautismo será en «el Espíritu Santo». En efecto, el bautismo de Juan suponía reconocer la propia condición de pecador —«confesando sus pecados» (v. 5)—, puesto que tal rito significaba precisamente eso. Esta confesión de los pecados es distinta del sacramento cristiano de la Penitencia. Sin embargo, era agradable a Dios al ser signo de arrepentimiento interior y estar acompañada de frutos dignos de penitencia (Mt 3,7-10; Lc 3,7-9): «El bautismo de Juan no consistió tanto en el perdón de los pecados como en ser un bautismo de penitencia con miras a la remisión de los pecados, es decir, la que tendría que venir después por medio de la santificación de Cristo. (…) No puede llamarse bautismo perfecto sino en virtud de la cruz y de la resurrección de Cristo» (S. Jerónimo, Contra luciferianos 7).
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Mc 1,9-11
El relato del Bautismo de Jesús recuerda que Éste acudió a ser bautizado por Juan aun cuando no tenía necesidad de un bautismo de penitencia. El evangelista se fija sobre todo en la manifestación, por parte de la Trinidad, de Jesús como Hijo y como Mesías. Así lo indican la voz del Padre desde los cielos y el descenso del Espíritu sobre Jesucristo (cfr notas a Mt 3,13-17 y Lc 3,21-22). La tradición entendió el descenso del Espíritu Santo en forma de paloma como un signo de paz y de reconciliación (cfr Gn 8,10-11) ofrecido por Dios a los hombres en Cristo: «Hoy el Espíritu Santo se cierne sobre las aguas en forma de paloma, para que, así como la paloma de Noé anunció el fin del diluvio, de la misma forma ésta fuera signo de que ha terminado el perpetuo naufragio del mundo. Pero a diferencia de aquélla, que sólo llevaba un ramo de olivo caduco, ésta derramará la enjundia completa del nuevo crisma en la cabeza del Autor de la nueva progenie» (S. Pedro Crisólogo, Sermones 160).
En consonancia con ese significado, la apertura de los cielos (cfr v. 10) evoca el cumplimiento del deseo de restauración definitiva que tenía el pueblo, cuando le pedía a Dios: «¡Ojalá abrieras los cielos y bajases!» (Is 63,19). No es extraño que los primeros escritores cristianos entendieran también el episodio en ese sentido, como una puerta de acceso de los hombres a Dios: «Antes, las puertas del cielo permanecían cerradas y la región de arriba era inaccesible. Podemos descender a lo más bajo y, en cambio, no podemos volver a subir a lo más alto. ¿Acaso tuvo lugar sólo el Bautismo del Señor? Tuvo también lugar la renovación del hombre viejo. (…) Se hizo la reconciliación de lo visible con lo invisible. Los poderes del cielo se llenaron de alegría, y fueron curadas las enfermedades de la tierra; las cosas que permanecían escondidas salieron a la luz; los que estaban en el número de los enemigos se hicieron amigos» (S. Hipólito, De theophania 6).
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Mc 1,12-13
San Mateo y San Lucas describen con detalle tres tentaciones de Jesús antes de iniciar la vida pública, y unas tentaciones análogas se recogen también en el Evangelio de San Juan (Jn 6,15-7,9). Marcos las reseña brevemente y pasa enseguida a narrar la actividad pública para la que Jesús se había preparado en el desierto.
Tentación, en la Sagrada Escritura, tiene el sentido de «prueba», más que el de «sugestión» o «incitación». Con las tentaciones se nos enseña también la verdadera Humanidad de Jesucristo: «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado» (Hb 4,15). También por eso la conducta de Cristo es modelo para la nuestra: «Jesús, después de ser bautizado, ayunó en solitario durante cuarenta días. Así nos enseñó con su ejemplo que, una vez recibido el perdón de los pecados mediante el bautismo, con vigilia, ayunos y oraciones, debemos prepararnos para evitar que, mientras somos torpes o menos prontos, vuelva el espíritu inmundo que había sido expulsado de nuestro corazón» (S. Beda, Homiliae 11).
«Y los ángeles le servían» (v. 13). Los ángeles, a lo largo del Antiguo Testamento, forman parte de la corte celestial de Dios y le alaban continuamente (cfr p. ej. Is 6,1-3; 1 R 22,19). La indicación de que «servían» a Jesús expresa la superioridad, el señorío de Jesucristo sobre ellos.
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Mc 1,14-8,30
El Evangelio de Marcos es semejante en su estructura a la primera predicación de los Apóstoles: «Vosotros sabéis lo ocurrido por toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo a Jesús de Nazaret le ungió Dios con el Espíritu Santo y poder, y cómo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,37-38). En esta primera parte (1,14-8,30) el evangelista va describiendo la actividad docente y curativa de Jesús por Galilea y por las regiones vecinas: con sus palabras y sus obras, Jesús se presenta como el heraldo del Reino de Dios. Pero sus oyentes no se preguntan tanto por el Reino como por Jesús mismo; ante sus milagros y sus palabras, las gentes se preguntan: ¿Quién es éste? (cfr 1,27; 2,7.12; 4,41; 6,2.14-16, etc.) y no aciertan a descubrirlo. Sólo San Pedro (cfr 8,29) sabrá hacerlo al confesar que Jesús es el Mesías. Pero, aún entonces, Jesús pide a sus discípulos que no lo proclamen, porque su mesianismo debe pasar por la cruz.
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Mc 1,14-3,35
La narración del ministerio público de Jesús se abre presentando el resumen de su predicación (1,14-15): la urgencia de conversión para entrar en el Reino de Dios. Después se ofrecen algunos episodios de la actividad inicial de Cristo en Cafarnaún y en otros lugares vecinos. Esta actuación suscita el asombro y la admiración de la gente (1,27-28.37.45; 2,2.12, etc.) y la oposición de escribas y fariseos (2,6.16.23-24; 3,6, etc.). También se recoge aquí la llamada del Señor a sus discípulos hasta formar después el grupo de los Doce Apóstoles (3,13-19). De esta manera quedan presentados quienes acompañarán a Jesús a lo largo del relato.
Nosotros podemos contemplar cómo actuaba y enseñaba Jesús en su primera etapa de ministerio público: se nos cuenta, por ejemplo, una jornada en la vida del Maestro (1,21-38), su trabajo agotador, sus sentimientos de misericordia (1,41) o de indignación (3,5), etc. De esta manera, estamos ya preparados para entender las siguientes secciones: la descripción del Reino de Dios a través de las parábolas (4,1-34), y la manifestación del «poder» de Jesús en milagros portentosos (4,35-6,6).
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Mc 1,14-15
Que Jesús comience su predicación cuando cesó la del Bautista está indicando que la etapa de las promesas ha finalizado ya, y que con Él y sus palabras comienza el Reino de Dios y, por tanto, la salvación. También sugiere, como más tarde se hace explícito con el martirio del Bautista, que la proclamación del Evangelio no se hará sin dificultades.
«Evangelio de Dios» (v. 14). Esta expresión la encontramos en San Pablo (Rm 1,1; 2 Co 11,7; etc.) como equivalente a la de «Evangelio de Cristo» (Flp 1,27; 2 Co 2,12; 2 Ts 1,8; etc.). Indica, sobre todo, la novedad gozosa que adviene con Jesús, el Reino de Dios: «En lo que puedo recordar, del Reino de los Cielos no he oído hablar nunca leyendo la Ley, los Profetas o el Salterio; sólo leyendo el Evangelio. El Reino de Dios ha quedado abierto sólo después de que haya venido aquél que dijo: el Reino de Dios está dentro de vosotros» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 2).
Participar de este Reino exige de los hombres una conversión interior, estar dispuestos a recibir un nuevo don de Dios: «Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cfr Mc 1,15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cfr Mc 2,3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia» (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, n. 13).
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Mc 1,16-20
En aquel tiempo, los jóvenes judíos piadosos que deseaban profundizar en el conocimiento y práctica de la Ley de Moisés, procuraban ser admitidos entre el grupo de algún maestro o rabino: «Búscate un rabí y te desaparecerán las dudas», decía un adagio rabínico (Pirqué Abot 1,16). En cambio, aquí es Jesús quien llama a algunos, a los que Él quiere (cfr 3,13), para que sean sus discípulos: hace esa llamada con autoridad, y aquellos hombres responden. San Jerónimo, que ofrece unos vibrantes comentarios de estos primeros capítulos del evangelio, atendía aquí a la fuerza de la mirada de Jesús (v. 16; cfr 10,21): «Si no hubiera algo divino en el rostro del Salvador, hubieran actuado de modo irracional al seguir a alguien de quien nada habían visto. ¿Deja alguien a su padre y se va tras uno en quien no ve nada distinto de lo que puede ver en su padre?» (Commentarium in Marcum 9).
Aquellos discípulos responden a la llamada, «al momento» (v. 18), abandonando no sólo lo que estaban haciendo, sino todas las cosas (cfr 10,28). El evangelio sigue siendo actual: Dios pasa junto a nosotros y nos llama. Si no se le responde, Él puede seguir su camino y nosotros perderlo de vista y de nuestra vida.
Sin duda, Jesús conocía a estos discípulos desde tiempo atrás (cfr Jn 1,40-46). San Marcos coloca la llamada a seguirle como primera acción del ministerio de Jesús para señalar la colaboración de los discípulos en la proclamación del Reino y para subrayar que la obra de los Apóstoles, tras la resurrección de Jesús, será la continuación de la obra de Cristo.
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Mc 1,21-28
El relato de la actividad del Señor se abre con una «jornada» del Maestro en Cafarnaún: comienza por la mañana en la sinagoga (v. 21), sigue después en casa de Pedro (1,29), se continúa con las curaciones al atardecer (1,32), cuando ya ha prescrito el descanso sabático, y se concluye con la oración de madrugada (1,35). En estos versículos aparecen condensadas las actitudes ante Jesús que se presentarán enseguida: el asombro de la gente (2,12), la muchedumbre que se reúne junto a Él (3,7-12), la adhesión sincera de sus discípulos (3,13-19), etc.
El primer episodio que se narra es la liberación de un endemoniado. El evangelista, haciéndose eco del comentario de la muchedumbre (v. 27), proclama con admiración que Jesús enseñaba y actuaba «con potestad» (v. 22). A lo largo de estos primeros capítulos del evangelio, Jesús irá mostrando que su potestad abarca muchas cosas: las enfermedades y los demonios (1,29-34), las leyes rituales (2,18-28), etc. Ahora, sin embargo, la potestad se refiere a dos aspectos: a su enseñanza y a su poder sobre el demonio. Jesús no se remite a la enseñanza de los maestros de Israel, ni siquiera introduce su doctrina, como los profetas, afirmando que proclama la palabra de Dios: su palabra es la de Dios. Y, como para refrendar el poder de su palabra, con ella libera también al endemoniado. Jesús, a diferencia de los exorcistas que con complicadas operaciones debían averiguar el nombre del demonio para tener autoridad sobre él, expulsa al demonio con un simple mandato de su voz: «Que el demonio hubiera sido arrojado no era nada nuevo, pues también solían hacerlo los exorcistas hebreos. Pero, ¿qué es lo que dice? ¿Qué es esta enseñanza nueva? ¿Por qué nueva? Porque manda con autoridad a los espíritus inmundos. No invoca a ningún otro, sino que Él mismo ordena: no habla en nombre de otro, sino con su propia autoridad» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 2).
Los demonios tienen un conocimiento y un poder superior a los hombres, pero frente a Jesús no les sirve para nada. Así, por ejemplo, conocen que Jesús es el «Santo de Dios» (v. 24), pero desconocen que es también el Siervo del Señor que liberará al mundo con la cruz. Por eso, recordando a Santiago (St 2,19), comenta San Agustín: «Estas palabras demuestran que los demonios poseían una gran ciencia, y que les faltaba la caridad. Temían de Él su pena y no amaban en Él la justicia. Se les dio a conocer cuanto Él quiso, y quiso cuanto convino (…), para infundirles terror» (De civitate Dei 9,21).
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Mc 1,29-31
El poder de Jesús se manifiesta ahora sobre la enfermedad. Como en otras ocasiones (cfr 5,41; 9,27), Marcos recuerda que el Señor para curar a la mujer «la tomó de la mano y la levantó»: «Él es un médico egregio, el verdadero médico por excelencia. Médico fue Moisés, médico Isaías, médicos todos los santos, pero sólo Él es el médico por excelencia (…) Él mismo, que es médico y medicina al mismo tiempo. La toca Jesús y huye la fiebre. Que toque también nuestra mano para que sean purificadas nuestras obras, que entre en nuestra casa: levantémonos del lecho, no permanezcamos tumbados» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 2).
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Mc 1,32-34
Un breve resumen de la actividad de Jesús recuerda que sus actos de poder no eran acciones puntuales: «De ninguno de los antiguos se lee que haya curado tantas deformidades, tantas enfermedades y tantas torturas humanas con un poder nunca semejante» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 91,3). Al final del pasaje (v. 34) se recoge la prohibición a los demonios de divulgar su identidad. Esta prohibición se repite, como un estribillo, en los primeros pasos de la actividad de Cristo: así, ordena silencio a los discípulos (8,30; 9,9), a los enfermos que cura (1,44; 5,43; 7,36; 8,26), y también a los demonios, que le reconocen (1,24-25.34; 3,12), pero de los que no acepta el testimonio. Cabe pensar, con algunos Santos Padres, que Jesús no quiere aceptar en favor de la verdad el testimonio de aquel que es el padre de la mentira (cfr Jn 8,44). El mandato de silencio a los discípulos puede explicarse como pedagogía divina, para purificar la idea del Mesías que tenían la mayoría de sus contemporáneos: Jesús quiere que se entienda a la luz de la cruz.
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Mc 1,35-39
Tras una jornada agotadora, el Señor se levanta muy temprano (cfr v. 35) para orar. Son muchos los lugares en los que el Nuevo Testamento refiere la oración de Jesús, mostrando así el modelo de conducta para el cristiano. San Marcos presenta explícitamente la oración de Jesucristo «a solas» en tres momentos solemnes: aquí, al comienzo de su ministerio público (v. 35), en el centro de su actividad (6,46) y, al final, en Getsemaní (14,32). «Al emprender cada jornada para trabajar junto a Cristo, y atender a tantas almas que le buscan, convéncete de que no hay más que un camino: acudir al Señor. —¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás!» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 72).
El trato con Jesús ha cautivado a todos. Pedro y los demás parece que quieren retenerle allí (vv. 36-37). Pero Jesucristo vive para su misión (v. 38): predicar y evangelizar, porque para esto ha sido enviado (cfr Lc 4,43). Los discípulos son también invitados a acompañar a Jesús como después serán enviados a predicar (3,14; 16,15). La predicación es el medio elegido por Dios para llevar a cabo la salvación (1 Co 1,21; 2 Tm 4,1-2), ya que la fe nos viene por el oído (Rm 10,17; cfr Is 53,1). Jesús hace y enseña (Hch 1,1): su predicación no consiste sólo en palabras sino que es una doctrina acompañada con la autoridad y eficacia de unos hechos. También la Iglesia ha sido enviada a predicar la salvación, y a realizar la obra salvífica que proclama. Esta obra la ejerce mediante los sacramentos y, especialmente, a través de la renovación del sacrificio del Calvario en la Santa Misa (cfr Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 6).
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Mc 1,40-45
En la lepra, enfermedad repugnante, se veía un castigo de Dios (cfr Lv 13,1ss.; Nm 12,1-15). El enfermo era declarado impuro por la Ley y por eso se le obligaba a vivir aislado para no transmitir la impureza a las personas y a las cosas que tocaba (Nm 5,2; 12,14ss.). La desaparición de esta enfermedad se consideraba una de las bendiciones del momento de la llegada del Mesías (cfr Is 35,8; Mt 11,5; Lc 7,22).
En los gestos y palabras del leproso que pide su curación a Jesús se percibe su oración, llena de fe, y el entusiasmo tras haber sido sanado; en los gestos y palabras de Jesús, su misericordia y majestad al curarle: «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra —lo que es señal de humildad y de vergüenza— para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor» (S. Beda, In Marci Evangelium, ad loc.).
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Mc 2,1-12
La descripción de San Marcos se puede ilustrar con los descubrimientos arqueológicos de Cafarnaún. Casas pequeñas, cuadradas, de unos seis metros de lado —hechas de piedra basáltica, con techos de juncos, paja y tierra—, que daban a un patio casi de las mismas dimensiones. Teniendo esto presente, la narración del evangelista nos permite revivir la escena: el eco que despierta la llegada de Jesús (v. 1), la aglomeración de la gente, tan ensimismados con la palabra del Señor, que hacen imposible el acceso a Jesús (v. 2), el ingenio de los que llevan al paralítico, abriendo un boquete en el techo (v. 4), etc. Con las palabras de Jesús, el evangelio nos descubre de una manera nueva el sentido salvador de su actuación: sana al cuerpo de las enfermedades y al espíritu de los pecados. Además, se destacan con fuerza algunas enseñanzas: el poder divino de Jesús que perdona los pecados, conoce los pensamientos de los escribas y cura al paralítico (vv. 8.11), y la fe operativa de los amigos del paralítico que lo llevan hasta Jesús venciendo los obstáculos (vv. 3-5). «El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo, quiso que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Ésta es la finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1421).
En la expresión: «Hijo, tus pecados te son perdonados», se deja notar la pedagogía de Jesús. No dice: «Yo te perdono tus pecados», sino que recurre a un circunloquio común de aquel tiempo, que utiliza la voz pasiva, para no usar el nombre propio de Dios. De esta manera se descubre la potestad de Jesús, que se manifiesta en lo que es visible: la curación. «Cuando hay que castigar o premiar, o perdonar los pecados, o determinar una ley, o hacer cosas mucho más importantes, no encontrarás jamás al Señor llamando a su padre o suplicándole, sino que hace todas estas cosas con propia autonomía» (S. Juan Crisóstomo, De Christi precibus 10,165-171).
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Mc 2,13-17
Se narra aquí escuetamente la vocación de «Leví, el de Alfeo» (v. 14). El primer evangelio, en el pasaje paralelo (Mt 9,9-13), nos precisa que se trata de «Mateo», uno de los Doce Apóstoles (3,18). El hecho de comer juntos tenía una clara significación como muestra de amistad y de comunión entre personas. Los evangelios nos representan a Jesús a la mesa con fariseos (Lc 7,36-50), con sus amigos, como Lázaro de Betania (Jn 12,2), con sus discípulos (3,20) y, aquí, con publicanos y pecadores. Además Jesús utilizó a menudo la imagen del banquete del Reino (Mt 22,1-14; Lc 14,16-24). El sentido del pasaje es diáfano: Jesús no excluye a nadie en su llamada a la salvación: «No he venido para que sigan siendo pecadores, sino para que se conviertan y lleguen a ser mejores» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 30,3).
El Señor llama a todos, su misión redentora es universal. ¿Cómo explicar la aparente restricción del Señor, al decir que no ha venido a llamar a los justos? (v. 17). En realidad, no se trata de una restricción. Jesús reprocha a aquellos escribas su actitud orgullosa: se consideraban justos y su complacencia en esa supuesta santidad les alejaba de la llamada a la conversión, ya que pensaban que se salvarían por sí mismos (cfr Jn 9,41). Así se explica este proverbio en boca de Jesús, que, por otra parte, dejó claro en su predicación que «nadie es bueno sino uno solo: Dios» (10,18), y que todos los hombres hemos de acudir a la misericordia y al perdón de Dios para salvarnos, porque todos somos pecadores. Las palabras del Señor han de movernos a rezar por aquellas personas que parece que quieren seguir viviendo en el pecado, como suplicaba Santa Teresa: «¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío: que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad! Vos decís, Señor mío, que venís a buscar los pecadores. Estos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros» (Exclamaciones 8).
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Mc 2,18-22
Al acusar a los discípulos de relajamiento en las prácticas penitenciales, están acusando también a su Maestro. La respuesta del Señor, bajo la imagen del esposo, insinúa que Él es más que un maestro: es el Mesías (cfr Jn 3,29), pues una de las figuras con las que el Antiguo Testamento caracterizaba al Mesías era precisamente la del esposo (cfr Os 2,18-22; Is 54,5s.). Con esa imagen Jesús resalta sobre todo la alegría que supone su venida. No significa que las prácticas penitenciales hayan de cesar, sino que ante la presencia del Mesías quedan en un segundo plano. La respuesta de Cristo también declara las relaciones entre la Antigua y la Nueva Alianza. Cristo muestra la diferencia entre el espíritu que Él trae y el del judaísmo de su época. El espíritu nuevo no será una pieza añadida a lo viejo, sino un principio vivificante de las enseñanzas perennes de la antigua revelación: «Lo que había permanecido de antes debía ser cambiado, como la circuncisión, o completado, como el resto de la Ley, o cumplido, como la profecía, o perfeccionado, como la misma fe. Con la venida del Evangelio, la nueva gracia de Dios renovó todo lo carnal en espiritual, limpiando completamente todo lo antiguo» (Tertuliano, De oratione 1,1).
En el v. 20, Jesucristo anuncia que el esposo les será arrebatado: es la primera alusión a su pasión y muerte. La visión contrastada de alegría y dolor nos ayuda a entender también la condición humana mientras caminamos en la tierra.
▲ COMENTARIO
Mc 2,23-28
En tiempos de Jesús, los fariseos habían establecido prescripciones detalladas para el cumplimiento de la Ley, que, desprendidas de su espíritu, se convirtieron en una pesada carga (cfr 7,1-13; Hch 15,10; etc.). Con un ejemplo (vv. 25-26) y una frase proverbial (v. 27), Jesús explica que tales preceptos deben ceder ante la ley natural: el precepto del sábado no puede estar por encima de las necesidades de la subsistencia. El Concilio Vaticano II se inspira en este pasaje para subrayar el valor de la persona humana: «La ordenación de las cosas debe someterse al orden personal y no al contrario» (Gaudium et spes, n. 26). Pero, sobre todo, Jesús se presenta como «señor del sábado» (v. 28): si tenemos presente que el precepto del sábado es de institución divina, Jesús se está presentando implícitamente como Dios.
Los panes de la proposición (vv. 25-26) eran doce panes recién cocidos, que se colocaban cada semana en la mesa del santuario como homenaje de las doce tribus de Israel al Señor (cfr Lv 24,5-9). Los panes reemplazados quedaban reservados para los sacerdotes que atendían el culto. La conducta de Abiatar (cfr 1 S 21,7) se fundaba en la práctica del Antiguo Testamento, donde los preceptos de la Ley de menor rango cedían ante los principales.
Cristo restituye al descanso semanal toda su fuerza religiosa (v. 27). No se trata del mero cumplimiento de unos preceptos legales, ni de preocuparse sólo de un bienestar material: el sábado pertenece a Dios y es un modo, adaptado a la naturaleza humana, de descansar y de rendir gloria y honor al Todopoderoso. La Iglesia, desde el tiempo de los Apóstoles, trasladó la observancia de este precepto al día siguiente, domingo —día del Señor—, para celebrar la Resurrección de Cristo (Hch 20,7).
«Hijo del Hombre» (v. 28). La expresión aparece en el Antiguo Testamento (cfr Dn 7,13ss.) para denominar al Mesías salvador que recibe el señorío, la gloria y el imperio sobre todos los pueblos y naciones. Por otra parte, la expresión es un simple sinónimo de la palabra «hombre» (cfr Ez 2,1ss.). Jesús se sirve de ella muchas veces —hasta 69 en los evangelios sinópticos— para designarse a sí mismo; probablemente para evitar la carga nacionalista que tenían otros títulos mesiánicos: hijo de David, Mesías, etc.
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Mc 3,1-6
Culmina aquí la serie de controversias con escribas y fariseos que se había iniciado en 2,1. Muestran que Jesús y su obra no cuentan sólo con la resistencia de los demonios, tienen también la oposición de los hombres. La contradicción se ha iniciado en 2,6 cuando algunos escribas «pensaban en sus corazones» que Jesús blasfemaba; después le han planteado cuestiones insidiosas (2,16), le han reprochado y le han acusado por la conducta de sus discípulos (2,18.24); ahora le acechan (v. 2), y, finalmente, deciden perderle (v. 6). Por lo demás, este episodio viene a ratificar lo dicho en el anterior: Jesús es «señor del sábado». Es el Mesías con poder divino y lo manifiesta en las curaciones que realiza. Los que levantan acusaciones contra Él no saben leer la evidencia. La actitud hipócrita de fariseos y herodianos —enfrentados socialmente, pero unidos contra Jesús (v. 6; cfr 12,13)— justifica la indignación y la tristeza del Señor.
Los evangelistas nos hablan varias veces de la mirada entrañable de Jesús: al joven rico (10,21), a San Pedro (Lc 22,61), etc. Ésta es la única vez (v. 5) en que se alude a la indignación en su mirada ante la hipocresía (v. 2). A propósito de los sentimientos del Señor, comenta San Agustín: «Estas afecciones, dirigidas y enderezadas por la recta razón hacia su fin propio, ¿quién se atreverá a llamarlas enfermedades del alma o pasiones viciosas? El Señor, que se dignó llevar una vida humana en forma de siervo, pero que carecía totalmente de pecado, hizo uso de ellas cuando juzgó que debía hacerlo. Porque la verdad es que en Él, que tenía verdadero cuerpo y verdadera alma de hombre, no era falso ese afecto. Por eso se dicen cosas verdaderas cuando se cuenta que se contristó con ira por la dureza de corazón de los judíos» (De civitate Dei 14,9,4).
▲ COMENTARIO
Mc 3,7-12
En contraste con la actitud de quienes acechan al Señor, están las demás personas, verdaderas muchedumbres que acuden a Él, y los espíritus impuros que no tienen más remedio que sometérsele (v. 11). Aquí se narra cómo el anuncio del Evangelio, con obras y palabras, ha traspasado las estrechas fronteras de Galilea y congrega junto a Jesús a multitudes de toda Palestina (vv. 7-8): es un preludio de la universalidad del Evangelio. Las gentes se agolpan en torno al Señor (vv. 9-10), como en una imagen de lo que se repetirá entre los cristianos de cualquier época, porque sólo por la Humanidad Santísima del Señor podemos salvarnos y unirnos con Dios: «Éste es, amados hermanos, el camino por el que llegamos a la salvación, Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras oblaciones, sostén y ayuda de nuestra debilidad. Por Él, podemos elevar nuestra mirada hasta lo alto de los cielos; por Él, vemos como en un espejo el rostro inmaculado y excelso de Dios; por Él, se abrieron los ojos de nuestro corazón; por Él, nuestra mente, insensata y entenebrecida, se abre al resplandor de la luz, por Él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento inmortal» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 35-36).
▲ COMENTARIO
Mc 3,13-19
Junto a los grupos y personas señalados antes —muchedumbres, discípulos, y también espíritus inmundos— el evangelio presentará a continuación a otros: los Doce, los escribas y fariseos, los parientes de Jesús, su Madre, etc. (3,13-35). Cada uno de ellos se caracteriza por su reacción ante el Señor. El evangelista subraya de manera especial el grupo de los Doce (v. 14). Que Jesús elija precisamente doce Apóstoles tiene un profundo significado. Su número corresponde al de los doce patriarcas, origen de las doce tribus de Israel: los Apóstoles representan al nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia fundada por Cristo (cfr nota a Mt 10,1-4).
El evangelio señala unos rasgos de estos Doce que son los que convienen al discípulo de Cristo. En primer lugar, el origen del discipulado es una llamada voluntaria y gratuita de parte del Señor, a la que el elegido responde con prontitud (v. 13; cfr 1,17-20; 2,13-14): «No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia. La llamada a cumplir la Voluntad de Dios —también la vocación— es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento… —Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 6). En segundo lugar, la llamada comporta una posición en la vida: el apóstol es «constituido» (v. 14), como lo eran, por ejemplo, los sacerdotes elegidos por Dios en el Antiguo Testamento (cfr Nm 3,3). En tercer lugar, es característica primordial del discípulo «estar con Jesucristo» (v. 14), porque «siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 864). En cuarto lugar, el discípulo es llamado para ser enviado (v. 14; cfr 1,16-18; 16,20) a reiterar las acciones de su maestro, es decir, «predicar» (v. 14; cfr 1,14.38.39; 2,2) «con potestad» (v. 15; 1,22.27; 2,10): «Aquellos bienaventurados discípulos fueron columnas y fundamento de la verdad; de ellos afirma el Señor que los envía como el Padre lo ha enviado a Él. Con esas palabras, al mismo tiempo que muestra la dignidad del apostolado y la gloria incomparable de la potestad que les ha sido conferida, insinúa también, según parece, cuál ha de ser su estilo de obrar. (…) Su misión consiste en invitar a los pecadores a que se arrepientan y curar a los enfermos de cuerpo y de alma, y que en el ejercicio de su ministerio no han de buscar su voluntad sino la de Aquel que los ha enviado, y que han de salvar al mundo con la doctrina que de Él han recibido» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 12,1).
▲ COMENTARIO
Mc 3,20-21
La absorbente dedicación del Redentor al apostolado aparece a los ojos de algunos de sus parientes como una exageración, una locura. Así se presenta también en otros lugares (cfr 6,3 y par), de modo semejante a como fue vista muchas veces la actuación de los profetas (cfr p. ej. Jr 12,6). Al leer estas palabras del Evangelio, no podemos por menos de sentirnos afectados pensando en aquello a lo que se sometió Jesús por amor nuestro. Muchos santos, a ejemplo de Cristo, pasarán también por locos, pero serán locos de Amor a Jesucristo.
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Mc 3,22-30
Peor que lo que piensan los parientes de Jesús es la acusación de los escribas bajados de Jerusalén. Ellos reconocen el poder de Jesús sobre los demonios, pero llegan a imputar al diablo lo que son obras de Dios (v. 22). Jesús explica, con unas comparaciones (vv. 23-27), el contrasentido de la acusación. En el razonamiento del Señor hay unas indicaciones muy sutiles: con su llegada al mundo, hay un conflicto entre dos reinos, el de Satanás y el Reino de Dios. Por tanto, si Satanás ha sido vencido por Jesús (cfr 1,24-27.34.39; 3,11-12) es imposible que Jesús tenga algo que ver con Satanás (vv. 24-26). Ciertamente, Satanás es fuerte, pero Jesús es más fuerte (v. 27).
Al final (vv. 28-30), ante la ceguera de sus corazones, Jesús, que había mostrado su misericordia perdonando a los pecadores y comiendo con ellos, advierte cuán difícil será el perdón para quienes voluntariamente se cierran al conocimiento de la verdad. En esa actitud consiste precisamente la gravedad especial de la blasfemia contra el Espíritu Santo: atribuir a Satanás las obras de bondad realizadas por el mismo Dios. Quien actuara así vendría a ser como un enfermo que, en el colmo de su desconfianza, repeliera al médico como a un enemigo, y rechazara como un veneno la medicina que le podría salvar. Por eso dice Nuestro Señor que el que blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón: no porque Dios no pueda perdonar todos los pecados, sino porque ese hombre, en su obcecación frente a Dios, rechaza y desprecia las gracias del Espíritu Santo (cfr nota a Mt 12,22-37).
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Mc 3,31-35
Este pasaje distingue explícitamente a la Madre y a los «hermanos» de Jesús (v. 31) de los otros parientes (3,21) que le tomaban por loco. La escena aquí relatada señala una característica primordial del cristiano: el cumplimiento de la voluntad de Dios supone un parentesco con Cristo más estrecho que el parentesco natural de sangre. Por eso la inclusión aquí de la Madre de Jesús es muy significativa ya que Ella, con su correspondencia al querer de Dios, prefiguró lo que sería la vida de los discípulos: «¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, Ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de Ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en Ella? Ciertamente, cumplió Santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno» (S. Agustín, Sermones 25,7).
Como en otras ocasiones, aparece aquí la expresión «hermanos» de Jesús (v. 31). La Iglesia confiesa la perpetua virginidad de María, y, por tanto, lo razonable es intentar aclarar el significado de este término: «La Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (cfr Mc 3,31; 6,3; 1 Co 9,5; Ga 1,19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José “hermanos de Jesús” (Mt 13,55) son los hijos de una María discípula de Cristo (cfr Mt 27,56) que se designa de manera significativa como “la otra María” (Mt 28,1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (cfr Gn 13,8; 14,16; 29,15; etc.)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 500).
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Mc 4,1-34
Las parábolas del Reino transmiten una fundada esperanza. Es posible que Jesucristo y su obra sean recibidos con hostilidad, que el Reino de Dios parezca poca cosa, o que los frutos se hagan esperar, pero hay dos cosas ciertas: la fuerza intrínseca del Reino y la seguridad del triunfo final. En el curso de estas parábolas es posible vislumbrar el recorrido del Reino de Dios. En efecto, en los inicios de su predicación, Cristo anuncia la llegada del Reino de Dios (1,15). Sin embargo, como muestra la parábola del sembrador, este Reino no se presenta grandioso y avasallador según suponían muchos contemporáneos de Jesús. Nace con la persona y la predicación de Jesús, pero sus frutos dependen también de las disposiciones y de la acogida de los hombres (vv. 14-20). Como enseña la parábola de la medida, es necesario que los discípulos tengamos una actitud vigilante (vv. 23-25), que, como lámparas, no dejemos de ser testigos de la palabra de Dios (vv. 21-22) y que no juzguemos el Reino por la pequeñez de los comienzos, porque, como la pequeña semilla, sin que sepamos cómo, dará fruto (vv. 26-29), un fruto que supera las previsiones que humanamente cabría esperar (vv. 30-32).
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Mc 4,1-20
La parábola tiene una fundada analogía en la tradición bíblica. El profeta Isaías (Is 55,10-11) ya había anunciado que la palabra de Dios era como la lluvia, que salía de los cielos pero no volvía a ellos sin dar fruto. De la misma manera, el Señor esparce su palabra por el mundo para que fructifique: en algunos casos se malogrará, por falta de acogida, pero en otros dará fruto: en proporciones distintas, pero siempre será fecunda (cfr nota a Mt 13,1-23).
Dentro de ese significado, común a los tres evangelios sinópticos, la narración de San Marcos subraya la dificultad de comprensión por parte de los oyentes. Las palabras de Jesús, como el Reino que predica, son un misterio: en un primer momento, ni los discípulos ni la muchedumbre las entienden, aunque a sus discípulos se las explica cuando están a solas con Él (vv. 10-11; 4,34). Sin embargo, que sean un misterio no quiere decir que formen parte de una enseñanza escondida o esotérica: como se explica en la parábola de la lámpara (4,21-22), la enseñanza del Señor no está destinada a ser secreta sino pública. Detrás de estas expresiones está presente el mismo motivo de fondo que en el resto del evangelio: a Jesús no se le entiende si no se le comprende entero, en su ser y en su misión; el misterio del Reino de Dios que predica está íntimamente asociado a su misión de Siervo del Señor que triunfa e instaura ese reino por un camino tan escandaloso como el de la cruz. Por eso el evangelista anota que las parábolas, en el fondo, eran un modo adecuado de enseñanza, porque así todos sus oyentes recibían «la palabra conforme a lo que podían entender» (4,33), y sus discípulos, en cambio, reciben una enseñanza privilegiada porque la cercanía de Jesús les permitirá comprender algo que de por sí resulta oscuro y porque fueron elegidos para ser enviados a predicar: «Esto mismo que parecía decir ocultamente, en cierto modo no lo decía ocultamente, ya que no lo decía con el fin de que los que lo habían oído callasen, sino más bien para que lo predicasen por todas partes» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 113,6).
En este contexto, se puede entender mejor lo narrado en los vv. 10-12. Si los Doce y los otros discípulos han conocido y entendido el misterio del Reino de Dios (cfr Mt 13,51), ha sido por un don del mismo Dios (v. 11; cfr Mt 13,11). Los discípulos se distinguen de los que «están fuera», expresión con la que se designaba a los gentiles, pero que aquí se aplica a los mismos judíos que no quieren comprender las señales que Jesús realiza (cfr Lc 12,54-57). En ellos, como tantas veces se recuerda en el Nuevo Testamento (Jn 12,37-40; Hch 28,26-27; Rm 11,7-8), se cumplen las palabras de Isaías (Is 6,9-10). Las palabras del profeta se introducen en el discurso de Jesús con la expresión «de modo que» (v. 12). Esta expresión puede resultar desconcertante o escandalosa, si no se tiene en cuenta que es un giro frecuente en los textos bíblicos (cfr Ex 4,21; 7,3.13.22; etc.) según el cual se atribuyen a Dios las acciones de los hombres. Es la manera de indicar la presciencia divina en el misterio de la gracia de Dios y de la cooperación humana en las acciones salvíficas. Pero Dios, a quienes le buscan con sinceridad, les «abre el corazón para comprender» sus palabras (Hch 16,14). cfr nota a Rm 9,14-33.
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Mc 4,21-25
La parábola de la lámpara contiene una doble enseñanza. Por una parte, enseña que la doctrina de Cristo es luz para todo el mundo y por eso debe ser predicada (cfr 16,15; Mt 10,27). Por otra, muestra que el Reino que Cristo anuncia tiene tal fuerza de penetración en todos los corazones que, al final de la historia, cuando venga de nuevo Jesús, no quedará una sola acción del hombre, en favor o en contra de Cristo, que no pase a ser pública y manifiesta (cfr Mt 25,31-46).
Después, el Señor pide a los Apóstoles, germen de la Iglesia, que presten atención a la doctrina que oyen: están recibiendo un tesoro del cual deberán dar cuenta. «Al que tiene se le dará…» (v. 25): a quien corresponde a la gracia se le dará más gracia todavía y abundará cada vez más; pero el que no hace fructificar la gracia divina recibida, quedará cada vez más empobrecido (cfr Mt 25,14-30). Por esto, la medida de las virtudes teologales es no tener medida: «Si dices: basta, ya has muerto» (S. Agustín, Sermones 51).
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Mc 4,26-34
La sencillez de las parábolas de la semilla y del grano de mostaza podría velarnos su trasfondo. Contienen la idea de crecimiento, con diversas posibilidades de aplicación: la de la semilla habla de la eficacia intrínseca del Reino y de su desarrollo progresivo (v. 27); la del grano de mostaza, de la desproporción entre el origen, cuando es la más pequeña de las semillas (v. 31), y el final, cuando es como un árbol grandioso (v. 32). La semilla es fecunda, pero necesita que nosotros seamos la buena tierra que la acoge; después, vendrá el fruto de la virtud: «Cuando concebimos buenos deseos, echamos las semillas en la tierra; cuando comenzamos a obrar bien, somos hierba, y cuando, progresando en el buen obrar, crecemos, llegamos a espigas, y cuando ya estamos firmes en obrar el bien con perfección, ya llevamos en la espiga el grano maduro» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Ezechielem 2,3,5).
▲ COMENTARIO
Mc 4,35-6,6
Tras la enseñanza en parábolas, Marcos narra cuatro milagros. La sección se abre y se cierra con dos pasajes en los que se plantea la pregunta central del evangelio: «¿Quién es éste?» (cfr 4,41; 6,2-3). Los discípulos van madurando una respuesta que expresará después San Pedro (cfr 8,29). Entretanto, con la admiración cada vez mayor de los discípulos y de las gentes (cfr 4,41; 5,20.42; 6,2), la confesión de los demonios no aceptada por Jesús (cfr 5,7) y el escándalo de sus paisanos (cfr 6,3), los lectores somos invitados continuamente a robustecer nuestra fe en Jesucristo.
▲ COMENTARIO
Mc 4,35-41
El mar, en muchos lugares de la Biblia, representa el lugar de las fuerzas maléficas que sólo Dios puede dominar (cfr Sal 65,8; 93,4; 107,23-30). Al someterlo con el imperio de su voz como quien domina a los demonios (v. 39; cfr 1,25), Jesús se presenta con el poder de Dios; de ahí la pregunta de sus discípulos (v. 41). Las palabras que Jesús les dirige (v. 40; cfr 5,36) nos señalan una verdad perenne: la fe vence al miedo; con fe en Jesús no hay nada que pueda causar tribulación: «Cristiano, en tu nave duerme Cristo: despiértalo; dará orden a las tempestades para que todo recobre la calma. (…) Por eso fluctúas: porque Cristo está dormido, es decir, no logras vencer aquellos deseos que se levantan con el soplo de los que persuaden al mal, porque tu fe está dormida. ¿Qué significa que tu fe está dormida? Que te olvidaste de ella. ¿Qué es despertar a Cristo? Despertar la fe, recordar lo que has creído. Haz memoria pues de tu fe, despierta a Cristo. Tu misma fe dará órdenes a las olas que te turban y a los vientos de quienes te persuaden al mal y al instante desaparecerán» (S. Agustín, Sermones 361,7).
▲ COMENTARIO
Mc 5,1-20
Gerasa estaba en la Decápolis, región de paganos de origen griego y sirio (cfr nota a Mt 8,28-34). Prueba de ello es la presencia de una piara de cerdos cuya crianza y comida estaba prohibida a los judíos (Lv 11,7; Dt 14,8). Pero la misión de Jesús no se limita a los hijos de Israel, se extiende a toda la tierra, rompe todas las barreras, porque le interesan todas las almas.
Por eso, en las palabras finales de Cristo se desvela el sentido más importante del acontecimiento: aquel hombre curado debe anunciar en esa región de paganos que la «misericordia» del Señor también les alcanza a los que allí habitan (vv. 19-20): «Quienes han encontrado a Cristo no pueden cerrarse en su ambiente: ¡triste cosa sería ese empequeñecimiento! Han de abrirse en abanico para llegar a todas las almas. Cada uno ha de crear —y de ensanchar— un círculo de amigos, sobre el que influya con su prestigio profesional, con su conducta, con su amistad, procurando que Cristo influya por medio de ese prestigio profesional, de esa conducta, de esa amistad» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 193).
La narración está llena de viveza. El endemoniado viene descrito con trazos negativos: vive como los animales, fuera de los lugares civilizados, en los sepulcros que le hacen impuro (vv. 2-4); el demonio le había quitado a aquel hombre cualquier resto de humanidad. Pero ahora tiene que enfrentarse con Jesús, que es más fuerte que él (3,27) y que ya le ha vencido desde el inicio de su ministerio (1,21-28). El episodio se muestra así como un exorcismo donde el diálogo de Jesús con el endemoniado muestra la grandeza del Señor: un demonio capaz de dominar más de dos mil cerdos, se ve obligado a confesar su nombre ante Jesús (v. 9) y a suplicarle, por dos veces y con insistencia (vv. 10-11), que le permita quedarse allí con los cerdos. Jesús se lo permite, porque lo que le interesa es el hombre. Y en efecto, el hombre recupera su dignidad y se queda «vestido y en su sano juicio» (v. 15), en su casa, con los suyos (v. 19). Así explicaba San Jerónimo el exorcismo: «Es como si dijera: Sal de mi casa, ¿qué haces en mi morada? Yo deseo entrar: Sal de este hombre. De este hombre, es decir, de este animal racional. Sal de este hombre, de esta morada preparada para mí. El Señor desea su casa» (Commentarium in Marcum 2).
Al final se narra la distinta reacción ante el prodigio por parte del que había sido curado y de los habitantes del país: los demonios le habían suplicado a Jesús que no los expulsara fuera de la región (v. 10) y aquellos hombres le rogaban «que se alejase de su región» (v. 17). Han tenido cerca al Señor, han podido ver sus poderes divinos, pero han preferido quedarse como antes, se han cerrado sobre sí mismos. Cristo ha pasado junto a ellos, brindándoles su gracia, pero no han correspondido y le rechazan. Por el contrario, el que fue librado del demonio quiere quedarse junto a Él y seguirle. Jesús no le admite, pero le da un encargo: debe quedarse en su tierra y anunciar lo que «el Señor ha hecho» con él (v. 19). Pero aquel hombre hizo algo más ya que comenzó a proclamar «lo que Jesús había hecho con él» (v. 20). Es una manera de sugerir la divinidad de Jesús y de ver en Él la misericordia de Dios.
▲ COMENTARIO
Mc 5,21-43
En la descripción de estos dos milagros Marcos deja notar su gusto por los detalles que evocan recuerdos muy precisos. Pero, al mismo tiempo, cada una de las cosas que relata está orientada a subrayar algunas enseñanzas a sus lectores: el alcance y el valor de la fe en Jesús, y nuestro encuentro personal con Él.
La hemorroísa padecía una enfermedad por la que incurría en impureza legal (cfr Lv 15,25ss.). El evangelista señala con rasgos vivos su situación desesperada y su audacia para tocar las vestiduras de Jesús. Realizada ya la curación, Jesús provoca el diálogo por el que hace patente a todos que la causa de la curación no hay que buscarla en una especie de sortilegio, sino en la fe de la hemorroísa y en el poder que emana de Él: «Ella toca, la muchedumbre oprime. ¿Qué significa “tocó” sino que creyó?» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 26,3).
La historia de Jairo muestra también la fe del jefe de la sinagoga que, alentado por Jesús, vence las dificultades que van surgiendo. Su hija está a punto de morir y por eso pasa por encima de su posición social y ruega a Jesús que vaya a curarla (vv. 22-23). Después de esto, por dos veces (vv. 36.40), ante la noticia de la muerte y las burlas, Jesús conforta su fe con palabras o con gestos. Finalmente, la fe de Jairo se ve recompensada con la resurrección de su hija. «Quien sabe dar buenos dones a sus hijos nos obliga a pedir, buscar y llamar. (…) Esto puede causar extrañeza si no entendemos que Dios nuestro Señor (…) pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar» (S. Agustín, Epistolae 130,16-17).
La resurrección de la niña, aunque es un hecho público, se realiza sólo en presencia de los padres y de los tres discípulos más allegados a Cristo. Aun así, les «insistió mucho» (v. 43) en que no divulgaran el milagro. Con esta actitud que ya se ha mostrado en otros lugares, parece que Jesús quería evitar interpretaciones equivocadas de su condición de Mesías-Salvador: la obra total de Cristo no comprende sólo sus milagros, sino también su muerte en la cruz y su resurrección (cfr nota a 7,31-37).
▲ COMENTARIO
Mc 6,1-6
Este episodio culmina una serie de pasajes en torno al poder de la fe: la fe de Jairo y de la hemorroísa (5,21-43) se ha puesto en contraste con la fe aun débil de sus discípulos (4,35-41) y se contrasta ahora con la de sus paisanos de Nazaret (v. 6). El evangelista señala de nuevo la dificultad para entender quién es verdaderamente Jesús: no lo han sabido los discípulos (4,41), no lo han descubierto, sin duda, los gerasenos (5,17) y, aquí, se equivocan sus paisanos (vv. 2-3).
Con todo, el pasaje deja entrever lo que fue la mayor parte de la existencia terrena de Jesús: la vida corriente de un artesano, con su familia, que comparte con sus conciudadanos las condiciones ordinarias de la vida (v. 3). En esa vida oculta de Cristo descubriremos el valor de la vida cotidiana como camino de santidad: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 46).
Jesús es designado «el hijo de María» (v. 3). No es seguro si detrás de esta expresión hay que suponer que San José ya ha muerto, o si el evangelista la utiliza para aludir a la concepción virginal de Jesús. Sobre los «hermanos» de Jesús cfr notas a 3,31-35 y Mt 12,46-50.
▲ COMENTARIO
Mc 6,6-8,30
La actividad de Jesús en Galilea se prolonga ahora con la de los discípulos (6,6-13). Galilea era, en tiempos de Jesús, una región con características étnicas y geográficas peculiares. En sus ciudades convivían judíos y paganos, y las condiciones de vida —trabajo, comercio, etc.— determinaban un estrecho contacto con regiones vecinas pobladas por personas no judías. Con su presencia en estas tierras limítrofes (7,24-8,9), iniciada ya antes (cfr 5,1-20), Jesús está indicando que, aunque su misión se dirige primero a los hijos de Israel (cfr 7,27), su alcance es universal.
De otra parte, las gentes siguen preguntándose quién es Jesús (cfr 6,14-16; 8,27-28). En los pasajes anteriores, el evangelista ha mostrado que los demonios lo saben (cfr 1,24.34; 3,11-12; 5,7), pero Cristo no reconoce su testimonio, porque quiere que sean los hombres quienes le confiesen como Mesías. Cuando eso acontece con la confesión de Pedro (8,29), comienza una nueva fase del evangelio en la que el Maestro adoctrina a sus discípulos sobre el sentido redentor de su mesianismo.
▲ COMENTARIO
Mc 6,6-13
Tras estar un tiempo con Jesús, los Doce son enviados a evangelizar. Esta misión debe entenderse a la luz del envío a todas las gentes (16,15-18), de la que es como un anticipo, y teniendo presente la predicación de Cristo (1,14-15), de la que es un eco. Hay varias notas que son comunes a los tres pasajes: como Jesús, que recorre caminos y aldeas enseñando (v. 6), los Apóstoles no deben quedarse en un sitio sino ir de uno a otro lugar (vv. 10-13; cfr 16,15); como en el caso de Cristo, la acogida será desigual: unos los aceptarán y otros los rechazarán (vv. 10-11; cfr 16,16); también los Apóstoles reciben la potestad que Jesús tiene sobre los demonios (v. 7; cfr 16,17), etc. Con todo, en el pasaje se destaca en especial el desprendimiento de todas las cosas: «Tanta debe ser la confianza en Dios del que predica —dice San Beda— que ha de estar seguro de que no ha de faltarle lo necesario para vivir, aunque él no pueda procurárselo; puesto que no debe ocuparse menos de las cosas eternas, por ocuparse de las temporales» (In Marci Evangelium, ad loc.). Sin embargo, como ya anotó San Agustín, «el Señor no dice en este precepto que los anunciadores del Evangelio no puedan vivir de otro modo que de lo que les den aquellos a quienes lo anuncian, sino que les da poder de obrar así, haciéndoles saber que tienen derecho a ello; de otra manera, el Apóstol [San Pablo] habría obrado contra este precepto, al querer vivir del trabajo de sus manos» (S. Agustín, De consensu Evangelistarum 2,30,73).
En el sumario final San Marcos recoge la unción con óleo a los enfermos (v. 13). La Iglesia ve «insinuado» en este gesto el sacramento de la Unción de los enfermos, instituido por el Señor, y más tarde, «recomendado y promulgado a los fieles por Santiago apóstol (cfr St 5,14ss.)» (Conc. de Trento, De Extrema Unctione, cap. 1; cfr nota a St 5,14-15).
▲ COMENTARIO
Mc 6,14-16
Marcos proclama en el comienzo del evangelio quién es Jesús: el Cristo, el Hijo de Dios. También el Padre lo declara en el episodio del Bautismo. Sin embargo —excluidos los demonios, de quienes Jesús no acepta el testimonio—, los personajes que se encuentran con Él se maravillan ante sus acciones, pero no aciertan en su verdadera identidad (cfr 1,27; 2,7.12; 4,41; etc.). Estos versículos representan un punto más del proceso que culminará en la confesión de Pedro (cfr 8,29). Pero, aun entonces, Jesús tendrá que seguir formando a sus discípulos en la verdadera naturaleza de su misión como Mesías.
▲ COMENTARIO
Mc 6,17-29
Este relato, situado en el marco de la misión apostólica, indica a los lectores del evangelio que la suerte del cristiano será muchas veces semejante a la del Bautista o a la del mismo Cristo: la predicación y el testimonio del Evangelio serán eficaces en muchas almas, pero no por eso el cristiano dejará de estar sometido a las veleidades de los poderosos: «Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 93).
San Juan Bautista tiene especial relevancia en la historia de la salvación, porque es el Precursor, encargado de preparar los caminos del Mesías. A pesar de la brevedad de su evangelio, San Marcos nos deja cumplida cuenta del prestigio del Bautista: le tenían por profeta (11,32), por Elías que debía venir antes del Mesías (9,12-13; cfr Mt 17,13) y acudían a él de muchos lugares (1,5). Es lógico que la tradición le tuviera gran veneración y conservara más noticias sobre él: «Cuenta Josefo que Juan había sido conducido preso a la fortaleza de Maqueronte, y que allí fue degollado. La historia eclesiástica cuenta que fue sepultado en Sebaste, ciudad de Palestina, llamada en otro tiempo Samaría. En tiempos del gobernador Juliano, recelando de los cristianos que frecuentaban el sepulcro con piadosa solicitud, los paganos saquearon el sepulcro y dispersaron sus huesos por los campos; y una vez reunidos nuevamente, los quemaron y los dispersaron por los campos» (S. Beda, In Marci Evangelium 2,6,69).
Los Padres de la Iglesia, al comentar la muerte del Bautista, no pasaron por alto la enseñanza ascética del episodio. Herodes admira a Juan y le escucha con gusto (v. 20), pero acaba por decapitarle (v. 27): «Hemos escuchado tres acciones criminales igualmente impías: la infame celebración del cumpleaños, el lascivo baile de la joven, y el temerario juramento del rey; de cada una de las tres debemos aprender a no comportarnos de ese modo. En estas decisiones cayó Herodes porque, o debía perjurar o cometer otro delito peor. (…) Le venció el amor de una mujer y le obligó a poner en sus manos a aquel que sabía que era santo y justo. Porque no supo detener la lujuria incurrió en un delito, y un pecado más pequeño fue el motivo de uno más grande» (S. Beda, Homiliae 2,23).
▲ COMENTARIO
Mc 6,30-44
Fácilmente, se percibe aquí la intensidad del ministerio público de Jesús. Era tal su dedicación que, por segunda vez (cfr 3,20), el evangelio hace notar que no tenía tiempo ni de comer. Los Apóstoles participan también de esta entrega a los demás: tras las agotadoras jornadas de la misión apostólica, Jesús quiere llevarlos a descansar, pero las muchedumbres no se lo permiten. Los propósitos del Señor no dejan de ser una enseñanza práctica: «El Señor hace descansar a sus discípulos para enseñar a los que gobiernan que quienes trabajan de obra o de palabra no pueden trabajar sin interrupción» (S. Beda, In Marci Evangelium 2,5,31).
La actitud de Cristo en el pasaje de la multiplicación de los panes es ejemplar para el cristiano. Ante la muchedumbre desperdigada se llena de compasión y les da un doble alimento: el espiritual de su enseñanza y el material del alimento corporal. Estas acciones de Jesús son muy significativas, ya que con ellas señala el cumplimiento de las profecías (cfr Ez 34,1-31), según las cuales Dios mismo iba a ser el pastor de su pueblo guiándolo y alimentándolo. Al mismo tiempo, la escena es una figura del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, que se alimenta de la palabra de Cristo y del pan de la Eucaristía: «La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 21).
La esplendidez del milagro es una muestra de la plenitud mesiánica. Elías dio a la viuda lo que era indispensable para su sustento (1 R 17,13-16). En cambio, Jesús da con generosidad, con abundancia. Sin embargo, Cristo quiso que se recogieran las sobras de aquella comida (vv. 42-44; cfr Jn 6,12), para que aprendamos a no derrochar los bienes que nos da Dios. En ese gesto, los Santos Padres evocan a Moisés que distribuía «el maná» según las necesidades de cada uno, de modo que lo que sobraba se llenaba de gusanos (Ex 16,16-20). La Eucaristía, como alimento para el alma, es y significa un don que Dios nos da «cada día».
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Mc 6,45-52
Las acciones de Jesús manifiestan su ser y su poder. Ésta es la explicación verdadera de los milagros que realiza y lo que los Apóstoles van descubriendo: «Jesús prefería proclamarse y manifestarse como Cristo con sus actos, más que con sus palabras» (Orígenes, Contra Celsum 1,48).
La noche, según la costumbre romana, comenzaba con la puesta de sol y se dividía en cuatro partes o vigilias, de tres horas cada una: atardecer, media noche, canto del gallo y aurora. El Señor, por tanto, se dirigió a los discípulos hacia el amanecer. Con este suceso enseña que, en medio de las situaciones más apuradas e inexplicables de la vida, Él está cerca de nosotros para sacarnos adelante, no sin antes habernos dejado luchar para que se fortalezca nuestra esperanza y se forje nuestro temple (cfr nota a Mt 14,22-33): «Permitió el Señor que peligrasen sus discípulos para que se hiciesen sufridos, y no los asistió en seguida, sino que los dejó en el peligro toda la noche, a fin de enseñarles a esperar con paciencia y que no se acostumbrasen a recibir inmediatamente el socorro en las tribulaciones» (Teofilacto, Enarratio in Evangelium Marci, ad loc.).
El evangelio, una vez más, hace notar que los discípulos —y nosotros— no entendemos a veces las maravillas sobrenaturales por tener aun el corazón y la inteligencia endurecidos (v. 52). El Señor multiplicará sus enseñanzas y milagros para iluminar nuestras inteligencias, y enviará al Espíritu Santo, para que acabe de enseñarnos a recordar la doctrina de Jesús (cfr Jn 14,26): «Oh alma fiel, cuando tu fe se vea rodeada de incertidumbre y tu débil razón no comprenda los misterios demasiado elevados, di sin miedo, no por deseo de oponerte, sino por anhelo de profundizar: ¿Cómo será eso? (…) Poco a poco, se irán esclareciendo ante tus ojos todos aquellos misterios que la Sabiduría reveló a sus discípulos cuando convivía con ellos en el mundo, pero que ellos no pudieron comprender antes de la venida del Espíritu de verdad, que debía llevarlos hasta la verdad plena» (S. Guillermo Abad, Speculum fidei).
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Mc 6,53-56
Desde 4,35 hasta aquí, prácticamente todos los acontecimientos relatados se sitúan en distintos viajes alrededor del Mar de Galilea. Este sumario final resume dos de las notas que han presidido esta parte: los milagros de Jesús y la atracción que despierta en la gente.
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Mc 7,1-23
La escena recoge la enseñanza de Jesús sobre la verdadera conducta moral en tres contextos distintos: una controversia con los fariseos venidos de Jerusalén (vv. 1-13), la posterior enseñanza a la muchedumbre (vv. 14-15) y, como tantas otras veces (cfr 4,10-20.34; 9,28-29; etc.), una explicación particular a sus discípulos (vv. 17-23).
Los escribas venidos de Jerusalén hacen a Jesús responsable de una acción que realizan sus discípulos: omitir los ritos de purificación (v. 5). San Marcos, contando con los lectores no judíos de su evangelio, se detiene en explicar la pregunta insidiosa de los fariseos (vv. 3-5). La Antigua Ley (cfr Ex 30,17ss.) prescribía unos determinados ritos que significaban la pureza moral con la que había que acercarse a Dios; la tradición judía los había ampliado a otros ámbitos —como las comidas— para dar significación religiosa a todas las acciones. De esta forma la pureza exterior era muestra de la pureza interior. Sin embargo, en tiempos de Cristo, en algunos lugares —probablemente entre los escribas de Jerusalén aquí mencionados— el legalismo de las normas rituales establecidas por tradición humana, mediante sentencias de los rabinos, había ahogado el verdadero sentido del culto a Dios. Jesús denuncia esa actitud sirviéndose de un texto de Isaías (Is 29,13) y proponiendo un ejemplo en el que la tradición humana había acabado por ser una excusa para no sujetarse a un mandato divino (vv. 8-13).
En un segundo momento, el Señor expone a la muchedumbre la doctrina sobre la verdadera pureza. Lo hace mediante una comparación entre el alimento y la decisión humana libre: «Algunos piensan que los malos pensamientos se deben al diablo y que no tienen su origen en la propia voluntad. Es verdad que el diablo puede ser colaborador e instigador de los malos pensamientos, pero no es su autor» (S. Beda, In Marci Evangelium 2,7,20-21). cfr nota a Mt 15,1-20.
Sus discípulos le preguntan después sobre el sentido de aquella «parábola» (v. 17). El contenido esencial de la enseñanza viene dado en un tercer momento (v. 19): Cristo, intérprete auténtico de la Ley y Señor de ella, declaró «puros» todos los alimentos. La doctrina es profunda: el origen del pecado y de la mancha moral no hay que buscarlo en lo creado, pues Dios, tras crear todas las cosas, vio que eran buenas (cfr Gn 1,31), sino en el corazón del hombre que, después del pecado original, fue «mudado en peor» y se ve sometido a los asaltos de la concupiscencia. Con esto no se enseña que el hombre no puede vencer (Gn 4,7), pero sí que necesita luchar (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1707).
Algunos códices añaden el v. 16: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».
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Mc 7,24-30
Jesús parte de nuevo hacia tierra de paganos. Una mujer gentil —el evangelista lo señala expresamente: «La mujer era griega, sirofenicia de origen» (v. 26)— le pide la curación de su hija. Con la descripción pormenorizada de las acciones y las palabras de los dos —de Jesús y de la mujer— se deja notar que, aunque Jesús predicara sólo a judíos, dirige la salvación a todas las personas, judíos o gentiles. El diálogo, vivo y audaz, nos enseña que la fe en Jesucristo debe vencer todos los obstáculos, incluso la indignidad personal. «No desmayes: por indigna que sea la persona, por imperfecta que resulte la oración, si ésta se alza humilde y perseverante, Dios la escucha siempre» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 468).
El Señor emplea el diminutivo «perrillo» (v. 27), dulcificando así una expresión despectiva que se utilizaba para referirse a los gentiles.
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Mc 7,31-37
El Señor realiza ahora una curación con unos gestos simbólicos que indican el poder salvador de su naturaleza humana. La liturgia de la Iglesia recogió durante un tiempo estos signos en la ceremonia del Bautismo, significando que Cristo abre los oídos del hombre para escuchar y aceptar la palabra de Dios: «El sacerdote, por tanto, te toca los oídos para que se te abran a la explicación y sermón del sacerdote. (…) Abrid, pues los oídos y recibid el buen olor de la vida eterna inhalado en vosotros por medio de los sacramentos. Esto os explicamos en la celebración de la ceremonia de “apertura” cuando hemos dicho: “Effeta, esto es, ábrete”» (S. Ambrosio, De mysteriis 1,2-3).
Éste es el tercer milagro que recoge Marcos en el que Jesús prohíbe que se divulgue el hecho. Antes, lo había prohibido en la curación de un leproso (1,44) y en una resurrección (5,43); ahora lo hace con un sordomudo (v. 36), y poco después lo hará con un ciego (cfr 8,26). Son prácticamente los mismos signos con los que, en otra ocasión, indicó a los discípulos del Bautista que Él era el Mesías (cfr Mt 11,2-5; Lc 7,18-23 y notas). San Marcos recoge el mandato del silencio en todos estos lugares para recordar que Jesús quería que se entendiera su misión de Mesías a la luz de la cruz.
Sin embargo, el mandato no fue obedecido (v. 36). San Agustín, al observar la aparente contradicción entre el mandato de silencio de Jesús y la desobediencia del sordomudo, dice que de esta forma el Señor «quería mostrar a los perezosos con cuánto mayor afán y fervor deben anunciarlo a Él aquellos a quienes ordena que lo anuncien, si aquellos a quienes se prohibía hacer publicidad eran incapaces de callar» (De consensu Evangelistarum 4,4,15).
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Mc 8,1-10
Marcos y Mateo narran una nueva multiplicación de los panes. En algunos detalles, el milagro es muy semejante al anterior (cfr 6,32-44). Sin embargo, hay ciertos rasgos propios de este pasaje: la indicación de que venían de «lejos» (v. 3), frecuente en el Nuevo Testamento para designar a los gentiles (Hch 2,39; 22,21; Ef 2,13.17), los siete panes y las siete espuertas sobrantes (vv. 5.8) frente a los doce cestos de la multiplicación anterior (cfr 6,43), etc. Jesús, que antes se había presentado como el Mesías Pastor del nuevo pueblo de Israel, ahora sugiere que también los gentiles tienen su lugar en ese pueblo. El sentido de las multiplicaciones de los panes queda así más claro: tal como le explica Jesús a la mujer sirofenicia con la imagen del pan (cfr 7,24-30), la salvación, dirigida en primer lugar a Israel, tiene como destinatarios a todos los pueblos (cfr Hch 2,39; 3,26; 11,18; etc.): «Todos los hombres, por tanto, están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios. (…) A esta unidad pertenecen de diversas maneras y a ella están destinados los católicos, los demás cristianos e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 13).
El milagro muestra también cómo premia Cristo la perseverancia en su seguimiento, ya que la muchedumbre ha estado pendiente de su palabra, olvidándose de todo lo demás. Es fácil entender que la piedad cristiana haya referido este afán de estar con Jesús a la Comunión sacramental por la que Le recibimos como alimento: «Date, Señor, a mí y me basta: porque sin Ti ningún consuelo me satisface. Sin Ti no puedo existir y sin tu visitación no puedo vivir. Por eso me conviene llegarme muchas veces hasta Ti y recibirte para remedio de mi salud, para no desmayar en el camino si fuere privado de este manjar celestial. (…) Tú eres suave alimento del alma y quien te comiere dignamente será partícipe y heredero de la gloria eterna» (De imitatione Christi 4,3,2).
«Dalmanuta» (v. 10). Es la única vez que se menciona en la Sagrada Escritura. Es difícil darle una localización, aunque habrá que situarla en las cercanías del lago de Genesaret. La dificultad ya fue notada por San Agustín: «Mateo (…) no pone Dalmanuta sino Magadán. No cabe duda de que se trata del mismo lugar con doble nombre, pues la mayor parte de los códices, incluso en el evangelio de San Marcos, sólo traen Magadán» (De consensu Evangelistarum 2,51,106).
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Mc 8,11-21
En otros lugares de los evangelios (cfr Mt 13,33; Lc 13,20-21) la imagen de la levadura es empleada por Cristo para señalar la fuerza de su doctrina. Aquí simboliza las malas disposiciones de los fariseos que no creen en Él y le piden una señal para tentarle (vv. 11-12), y la doblez de Herodes que tampoco entiende los signos de Jesús (v. 15; cfr 6,14-16; Lc 13,31-32). El Señor previene a sus discípulos para que no caigan en aquella visión humana de las obras del Cristo, desprovista del verdadero sentido de su misión salvadora y de su poder. La confusión de los discípulos a propósito de los panes —hasta cinco frases de Jesús la señalan (vv. 17-18.21)— muestra qué lejos estaban aún de la visión sobrenatural necesaria para entender lo que presenciaban. Tal vez esa sea la explicación última del tono severo de Jesús con sus discípulos: «Éstos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia. Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres, corredentores, administradores de la gracia de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 2).
La «generación» a la que alude Jesús (v. 12) no se refiere a todos los hombres de su tiempo, sino a los fariseos y a sus secuaces (cfr 8,38; 9,19; Mt 11,16), que no quieren ver en los milagros la señal de la misión mesiánica de Jesús. Si no aceptan las señales que se les ofrecen, no se les dará ninguna otra, tan espectacular como la que ellos buscan: porque «el Reino de Dios no viene con espectáculo» (Lc 17,20-21), y porque incluso podrían seguir interpretando torcidamente ese nuevo signo (Lc 16,31). Según Mt 12,38-42 y Lc 11,29-32, se les ofrecerá todavía otra señal: la muerte y resurrección de Jesucristo, significada por el signo de Jonás. Pero tampoco ante esta prueba excepcional depondrán aquellos fariseos su incredulidad.
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Mc 8,22-26
Como en el caso del sordomudo (cfr 7,31-37), también aquí Jesús se sirve de unos gestos simbólicos para realizar este milagro. La curación del ciego de Betsaida representa, en el curso del evangelio, la culminación de los signos mesiánicos de Cristo (cfr nota a 7,31-37); por eso no es extraño que venga seguida por la confesión de Pedro (8,29). Por otra parte, la curación progresiva del ciego puede simbolizar el camino que recorrieron Pedro y los discípulos, y que recorre también todo hombre: el Señor con sus signos va curando nuestra ceguera hasta que vemos «con claridad todas las cosas» (v. 25) y nos atrevemos a confesar a Cristo como Hijo de Dios y Salvador nuestro: «Dadnos, Señor, luz; mirad que es más menester que al ciego (…), que éste deseaba ver la luz y no podía; ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia» (Sta. Teresa de Jesús, Exclamaciones 8).
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Mc 8,27-30
Se recoge aquí uno de los momentos centrales de la relación de los discípulos con Jesús: la confesión de su mesianismo. El diálogo muestra hasta qué punto es importante la respuesta que da Pedro. En efecto, lo que los hombres piensan de Jesús es, humanamente, lo más grande que podía concebir un judío piadoso: un profeta, o el mismo Elías (cfr 9,11). Pero San Pedro con su respuesta no expresa una opinión, sino que hace una auténtica profesión de fe cuyo sentido explícito encontramos en Mt 16,16-17. La firmeza de la fe de Pedro, y de sus sucesores, es punto de apoyo para la confesión de fe de los creyentes: «Todo ello es fruto, queridos hermanos, de aquella confesión que, inspirada por el Padre en el corazón de Pedro, supera todas las incertidumbres de las opiniones humanas y alcanza la firmeza de la roca que nunca será cuarteada por ninguna violencia. En toda la Iglesia, Pedro confiesa diariamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, y toda lengua que confiesa al Señor está guiada por el magisterio de esta confesión» (S. León Magno, Sermo 3 in anniversario ordinationis suae).
Significativamente, el Señor no rechaza el título de «Cristo» que le da Pedro (v. 29), pero lo sustituye inmediatamente por el de «Hijo del Hombre» (8,31), indicando de esa manera que la confesión de Pedro es correcta pero incompleta. Jesús entiende su misión como Mesías desde la perspectiva de Dios, no desde la perspectiva de los hombres: «Conviene tener en cuenta que mientras el Señor dice de sí mismo que es el Hijo del Hombre, Natanael lo llama Hijo de Dios (Jn 1,49). (…) Y esto sucedió mediante un providencial equilibrio, puesto que debía presentarse la doble existencia del Mediador, Dios y Señor nuestro, como Dios Señor y como simple hombre: el Dios hombre ha dado solidez a la fragilidad humana, y el simple hombre ha añadido el poder de la divinidad que poseía: uno ha profesado su humildad, otro su grandeza» (S. Beda, Homiliae 1,17).
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Mc 8,31-10,52
Tras la confesión de Pedro, cambia el horizonte del evangelio. Desde ahora, Jesús se dedica con mayor intensidad a la formación de sus discípulos mostrándoles la necesidad de su pasión para entrar en su gloria (8,31-9,13). Los tres anuncios de la pasión (8,31; 9,31; 10,33-34) son como el estribillo de esta parte del evangelio. Junto a esta nota, el relato está repleto de enseñanzas de Jesús acerca de las virtudes y las actitudes que deben presidir la vida de sus discípulos: la oración (9,14-29), la humildad (9,33-50), la pobreza (10,17-31), etc.
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Mc 8,31-9,50
Comienza la revelación de Jesús como Siervo sufriente. Es el camino de la cruz que Cristo aceptó para sí (cfr 8,31) y que cada cristiano debe recorrer (8,34). Jesús prepara a sus discípulos para este acontecimiento con sus palabras y con sus gestos: los tres discípulos que más tarde serán testigos de la agonía del Señor en el Huerto de los Olivos (14,33) son confortados antes con una visión anticipada de su gloria (9,2-13).
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Mc 8,31-9,1
Jesucristo inicia aquí una enseñanza particular a sus discípulos acerca del verdadero sentido de su misión: la salvación se realizará a través del sufrimiento y de la cruz, y, por eso, quien quiera seguirle tiene que estar dispuesto a la renuncia de sí mismo (8,34-38). El diálogo con Pedro (8,31-33) ilustra de manera concentrada la paradoja cristiana: a Pedro le cuesta comprender que el triunfo de Cristo sea realmente la cruz. Cristo le reprende abiertamente porque ese modo humano de ver las cosas es incompatible con el plan de Dios. También nosotros podemos quedarnos a menudo en una visión empequeñecida: «Hay en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural (…). En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección» (S. Josemaría Escrivá, Via Crucis 2,5).
Las palabras de Jesús (8,34-35) debieron de parecer estremecedoras a quienes las escuchaban, pero dan la medida de lo que Cristo exige para seguirle: no un entusiasmo pasajero, ni una dedicación momentánea, sino la renuncia de sí mismo, el cargar cada uno con su cruz. Porque la meta que el Señor quiere para todos es la bienaventuranza. A la luz de la vida eterna es como se ha de valorar la vida presente que es transitoria, relativa, medio para conseguir la vida definitiva del Cielo: «Hay que amar al mundo, pero hay que anteponer al mundo a su creador. El mundo es bello, pero más hermoso es quien hizo el mundo. El mundo es suave y deleitable, pero mucho más deleitable es quien hizo el mundo. Por eso, hermanos amadísimos, trabajemos cuanto podamos para que ese amor al mundo no nos agobie, para que no pretendamos amar más a la criatura que a su creador. Dios nos ha dado las cosas terrenas para que le amemos a Él con todo el corazón, con toda el alma. (…) Lo mismo que nosotros amamos más a aquellos que parecen amarnos más a nosotros mismos que a nuestras cosas, así también hay que reconocer que Dios ama más a aquellos que estiman más la vida eterna que los dones terrenos» (S. Cesáreo de Arlés, Sermones 159,5-6).
«Hasta que vean el Reino de Dios que ha llegado con poder» (9,1). Para nosotros la frase tiene algo de enigmático o de impreciso, pues parece evocar el momento final de la Parusía, cuando Jesús vendrá «en la gloria del Padre acompañado de sus santos ángeles» (8,38), «sentado a la diestra del Poder» (14,62). En cambio, aquí habla de que algunos estarán presentes. Si se entiende el Reino como una semilla que se va desarrollando (4,30-32), y que llegará a su plenitud en la manifestación final, la frase se puede comprender mejor. Se puede referir a la expansión admirable de la Iglesia ya en la época apostólica, de la que serán testigos algunos de los allí presentes. También puede designar la gloriosa manifestación final del Señor que se anticipa en la Transfiguración que pasa a relatarse a continuación.
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Mc 9,2-13
El Señor, transfigurándose ante sus discípulos —ante los tres predilectos, que iban a ser testigos de su agonía (14,33)—, ofrece el contrapunto, o, mejor aún, un anticipo del resultado de su pasión: la resurrección y la glorificación. Éste es también el sentido de la vida del cristiano, que debe aprender que «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros» (Rm 8,18).
Marcos subraya de diversas maneras la dificultad de los discípulos para entender el camino del Señor (vv. 9-10). De igual modo, el evangelista apunta a propósito de Pedro —que quiere anticipar la gloria sin pasar por la cruz—, que «no sabía lo que decía» (v. 6): «Pedro no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Ahora, no obstante, dice: “Desciende a trabajar a la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra”. Descendió la vida para encontrar la muerte; bajó el pan para sentir hambre; bajó el camino para cansarse en el camino, descendió el manantial para tener sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?» (S. Agustín, Sermones 78,6; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 556).
En la Transfiguración se revela la verdad entera de Jesús. Es el Hijo Único de Dios, «el Hijo Amado», que para salvarnos se «anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo» (Flp 2,7), renunció voluntariamente a la gloria divina y se encarnó con carne pasible, haciéndose semejante a nosotros en todo excepto en el pecado. Las palabras que vienen desde la nube, semejantes al comienzo del primer Canto del Siervo del Señor del profeta Isaías (Is 42,1) y a las del Bautismo de Jesús (1,11; Mt 3,17; Lc 3,22), señalan precisamente eso: que Jesús es el Hijo de Dios que cumple la misión salvadora del Siervo del Señor. El mandato, «escuchadle», proclama la autoridad de Jesús: sus enseñanzas, sus preceptos, tienen la potestad del mismo Dios: «Éste es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Ellos son siervos, Éste es Hijo. Éste es mi Hijo, es decir, de mi naturaleza, de mi substancia, Hijo que permanece en Mí y que es totalmente lo que soy Yo. Éste es mi Hijo amadísimo. También aquéllos son amados, pero Éste es amadísimo: a Éste, por tanto, escuchadle. Aquéllos lo anuncian, pero vosotros tenéis que escuchar a Éste. Él es el Señor, aquéllos son siervos como vosotros. Moisés y Elías hablan de Cristo, son siervos como vosotros. Él es el Señor, escuchadle» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 6).
Al descender del monte (vv. 9-13), se vuelve a producir una de las escenas habituales en el segundo evangelio: los discípulos no acaban de entender. En este caso han visto la gloria de Jesús pero todavía tienen preguntas por hacer. La primera es sobre la venida de Elías (v. 11). Escribas y fariseos interpretaban la profecía mesiánica de Malaquías (Ml 3,1-2) en el sentido de una aparición ostentosa de Elías en persona, al que seguiría el Mesías triunfante, sin sombra de dolor ni humillación. Jesucristo les hace ver que Elías ya ha venido en la persona de Juan el Bautista (cfr Mt 17,13), y que ha preparado los caminos del Mesías, que son caminos de dolor y de sufrimiento (vv. 12-13). La otra pregunta queda sin formular, pues los discípulos retienen palabras y gestos del Señor, pero no se atreven a interrogarle sobre el significado de «lo de resucitar de entre los muertos» (v. 10). Tras la Pascua comprenderán que la resurrección de Jesús es la entrada en la gloria que han contemplado hace un momento.
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Mc 9,14-29
Con el milagro y la posterior explicación (vv. 28-29), Jesucristo nos enseña la necesidad de la oración hecha con fe inconmovible. El diálogo con el padre del muchacho muestra la divina pedagogía de Cristo para conducir a aquel hombre a la oración confiada. A la fe imperfecta (v. 22), el Señor contesta con un lamento —literalmente, en el texto original griego, «¡El “si puedes…”!» (v. 23), como si Jesús contestara: «¡Otro que dice: “si puedes…”!»—. Pero ese lamento es ya un diálogo, una invitación que conduce al padre del muchacho a una oración que es ya expresión de fe verdadera: «¡Creo, Señor; ayuda mi incredulidad!» (v. 24): «Si falta la fe perece la oración, pues ¿quién pide lo que no cree? Creamos, pues, para poder orar, y oremos para que no desfallezca la fe con la que oramos. La fe hace manar la oración, y ésta, una vez que ha brotado, alcanza la firmeza de la fe» (S. Agustín, Sermones 115,1).
Después (vv. 28-29), en una escena habitual en San Marcos, se nos presenta la instrucción de Jesús a sus discípulos en privado. La respuesta de Jesús (v. 29) sirve también como una enseñanza para el futuro: ahora las gentes pueden acudir a Él como remedio, pero cuando ya no esté entre ellos deberán recurrir a la oración: «Al enseñar el Señor a los Apóstoles cómo debe ser expulsado este demonio tan maligno, nos enseña a todos cómo hemos de vivir, y que la oración es el medio de que hemos de valernos para superar hasta las mayores tentaciones de los espíritus inmundos o de los hombres» (S. Beda, In Marci Evangelium, ad loc.).
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Mc 9,30-32
Desde la confesión de Pedro (8,31) hasta la llegada a Jerusalén (10,52), Jesús busca la soledad (v. 30) para preparar a sus discípulos y para instruirles acerca de lo que iba a suceder en Jerusalén. El evangelio muestra la dificultad de los discípulos para entenderle (v. 32), como mostrará después que, a la hora de la verdad, le dejaron solo (14,50.71). Y es que únicamente con la gracia es posible entender estas verdades: «Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. (…) Predecían también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce Él y aquellos a quienes las revela» (S. Anastasio de Antioquía, Sermones 4,1).
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Mc 9,33-50
Se recoge aquí un conjunto de enseñanzas de Jesús que se refieren principalmente a lo que debe ser la vida de la Iglesia. El primer grupo de exhortaciones (vv. 33-41) relata dos episodios en los que el Señor indica las actitudes que debemos vivir los cristianos. El primero nace en una discusión mantenida a espaldas de Jesucristo. El Señor adoctrina a los discípulos sobre el modo de ejercer la autoridad en la Iglesia (vv. 33-35): no como quien domina, sino como quien sirve. Él, que es Cabeza y Legislador supremo, vino a servir y no a ser servido (10,45). Quien no busca esta actitud de servicio abnegado, además de carecer de una de las mejores disposiciones para el recto ejercicio de la autoridad, se expone a ser arrastrado por la ambición del poder, por la soberbia y por la tiranía: «Hacer cabeza en una obra de apostolado es tanto como estar dispuesto a sufrirlo todo, de todos, con infinita caridad» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 951). Después, a propósito del que expulsaba demonios en nombre de Cristo, el Señor les enseña a tener amplitud de miras en el crecimiento del Reino de Dios (vv. 38-40) y les previene —a ellos y a nosotros— contra el exclusivismo y el espíritu de partido único.
Ambos episodios finalizan (vv. 36-37.41) con una novedosa doctrina que Jesucristo predicó en otras muchas ocasiones (cfr Mt 25,40.45): los cristianos debemos reconocerle en el necesitado, o sea, en un niño que nada puede por sí mismo (vv. 36-37), o en el discípulo que se ha desprendido de todo para seguir el ejemplo de su Maestro (v. 41). No importa cuánto se ofrezca, pero sí importa el amor con que se haga: «¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor de Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al juicio humano; pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente por ello aumento de caridad» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 3,2).
La siguiente parte del pasaje (vv. 42-50) comprende unas exhortaciones ante el peligro del escándalo: las acciones, las actitudes o los comportamientos que pueden arrastrar a otros a obrar mal (cfr nota a Mt 18,1-14). Van expresadas con tintes graves, que muestran aspectos de la radicalidad de la ética cristiana, y sientan las bases de la doctrina moral sobre la ocasión de pecado: estamos tan obligados a evitar la ocasión próxima de pecado como el pecado mismo. El bien eterno de nuestra alma es superior a toda otra estimación de bienes temporales. Por tanto, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros.
Algunos manuscritos añaden: «Donde su gusano no muere y el fuego no se apaga», en los vv. 44 y 46. Son palabras tomadas del profeta Isaías (Is 66,24), que formaban así un estribillo con el v. 48.