COMENTARIOS:
SANTIAGO
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St 1,1
Más que una carta dirigida a destinatarios conocidos, este escrito sagrado parece un tratado u homilía de carácter sapiencial. Las recomendaciones se suceden sin seguir un orden. Comienza con instrucciones sobre la paciencia en las pruebas y el respeto a la dignidad de los pobres (1,2-2,13). Después muestra la necesidad de las obras que han de acompañar a la fe (2,14-26); y pasa de nuevo a dar recomendaciones concretas (3,1-5,20), entre las que sobresalen las amonestaciones a los ricos (5,1-6) y el valor de la oración y unción sobre los enfermos (5,13-18).
El título de «siervo de Dios» (v. 1) se daba en el Antiguo Testamento a quienes destacaban por su fidelidad al Señor, como Moisés, David, o los profetas. En el Nuevo se aplica a todos los cristianos, y de un modo particular a los Apóstoles (cfr Hch 4,29; 16,17; Ap 1,1) para subrayar su carácter de humildes mensajeros de la verdad divina.
«De la diáspora». Originalmente indica a los judíos residentes fuera de Palestina. Su uso neotestamentario se explica porque los cristianos se consideraban a sí mismos el nuevo Israel. Muy probablemente, aquí se refiere a judíos convertidos al cristianismo.
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St 1,2-2,13
Se reúnen instrucciones relacionadas entre sí, en las que se exhorta a los destinatarios a ser fuertes para que no haya rupturas entre la fe y la conducta: enseña el valor del sufrimiento (1,2-12); subraya que de Dios únicamente puede provenir el bien (1,13-18); aceptar lo que proviene de Dios implica poner por obra la palabra oída (1,19-27) y evitar la acepción de personas (2,1-13).
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St 1,2-12
Santiago señala cuál debe ser el comportamiento del cristiano ante las pruebas y sufrimientos: han de recibirse con alegría (vv. 2-4) y cuando cuesta entender su sentido, hay que pedir a Dios la sabiduría necesaria (vv. 5-8). Entre las pruebas se encuentran la pobreza y la riqueza (vv. 9-11; cfr 5,1-6; Lc 6,20.24). Por último recuerda que el premio prometido por Dios hace bienaventurados a quienes vencen las adversidades (v. 12). En todo el pasaje se trasluce la doctrina del Sermón de la Montaña (cfr Mt 5,1-7,27).
El problema del sufrimiento de los justos y —como contraste— la prosperidad de los impíos en esta vida es un tema tratado en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos y en Job. Pero su iluminación plena y definitiva llega con Jesucristo. La «sabiduría» de la que habla Santiago (v. 5) es, pues, la sabiduría de la cruz (cfr 1 Co 1,18ss.).
Hay que pedir con fe (v. 6): «Si uno tiene fe, que pida; pero si duda, que no pida. Pues al no creer no recibirá lo que habría de pedir» (Ecumenio, Commentarium in Iacobum, ad loc.). El «hombre vacilante» (v. 8), literalmente «de ánimo doble», es el que se mueve entre la confianza y la desconfianza. San Beda comenta: «Es un hombre de ánimo doble el que se arrodilla para pedir a Dios, y pronuncia palabras de súplica, y, sin embargo, sintiéndose acusado en su interior por su conciencia, desconfía (…). El que aquí quiere regocijarse con el mundo, y allí reinar con Dios» (In Epistolam Iacobi, ad loc.). Y en el mismo sentido San Josemaría Escrivá exhorta: «No es lícito vivir manteniendo encendidas esas dos velas que, según el dicho popular, todo hombre se procura: una a San Miguel y otra al diablo. Hay que apagar la vela del diablo. Hemos de consumir nuestra vida haciendo que arda toda entera al servicio del Señor» (Es Cristo que pasa, n. 59).
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St 1,13-18
Ante las pruebas a las que se ven sometidos los destinatarios, Santiago es claro: de Dios únicamente puede provenir el bien. Nunca se puede atribuir a Dios la inclinación al pecado (cfr Si 15,11-13). Tampoco podría decirse que, al dar la libertad, Dios es causa del pecado. Éste surge cuando se cede a la seducción de la concupiscencia. Somos responsables de nuestros actos, aunque seamos tentados. Por eso, con la petición del Padrenuestro «no nos dejes caer en la tentación» le pedimos a Dios que «no nos deje tomar el camino que conduce al pecado» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2846).
«Padre de las luces» (v. 17). Designa a Dios como creador de los astros (cfr Gn 1,14ss.; Sal 136,7-9) y —teniendo en cuenta el habitual simbolismo de la luz— como fuente de todos los bienes. Los cristianos, engendrados de nuevo por Dios mediante «la palabra de la verdad» —el Evangelio—, pertenecen a Dios por ser sus «primicias» (v. 18; cfr Dt 26,1-11).
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St 1,19-27
En 1,18, el autor sagrado se ha referido a la «palabra de la verdad» y a su eficacia sobrenatural. Ahora, mediante imágenes expresivas, especifica que, aunque tenga ese poder, no basta con oírla: es necesario escucharla con docilidad —«el que habló, en muchas ocasiones se arrepintió; el que guardó silencio, nunca» (Ecumenio, Commentarium in Iacobum, ad loc.)— (vv. 19-21) y que tenga consecuencias prácticas en la conducta (vv. 22-27; cfr Mt 7,24; Lc 11,28). Más adelante volverá a insistir en ello (cfr 2,14-26).
«La ley perfecta de la libertad» (v. 25) es la buena nueva traída por Jesucristo, que con su doctrina y su vida ha constituido a los hombres en hijos de Dios y los ha liberado de la servidumbre de la Antigua Ley y de la esclavitud del demonio, del pecado y de la muerte.
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St 2,1-13
Entre los cristianos a quienes se dirige la carta parecía darse un abuso: la acepción o discriminación de personas por razón de su nivel social (vv. 1-4). Se trataba de una manifiesta incongruencia entre la fe y la conducta. La Ley de Moisés (Dt 1,17; Lv 19,15; Is 5,23; etc.) condenaba la discriminación de personas (vv. 8-11), opuesta también al Evangelio (vv. 5-7), ya que Jesucristo corrigió las interpretaciones restringidas de esa Ley. Se señala que ese modo de comportarse será severamente castigado por Dios en el juicio (vv. 12-13).
La carta recuerda la predilección de la Iglesia por los pobres (v. 5; cfr Mt 5,3; Lc 6,20) e invita a luchar decididamente por la justicia: «Las desigualdades inicuas y las opresiones de todo tipo que afectan hoy a millones de hombres y mujeres están en abierta contradicción con el Evangelio de Cristo y no pueden dejar tranquila la conciencia de ningún cristiano» (Cong. Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, n. 57). El fundamento se encuentra en la Sagrada Escritura: el amor al prójimo resume la Ley y los mandamientos. Jesucristo llevó este precepto a la plenitud (cfr Mt 22,39-40) y formuló el «mandamiento nuevo» (cfr Jn 13,34). Además, tanto en la Antigua Ley (vv. 10-11) como en la Nueva, «transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus creaturas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2069). Y, como comenta San Agustín, «quien guardare toda la ley, si peca contra un mandamiento, se hace reo de todos, ya que obra contra la caridad, de la que pende la ley entera. Se hace, pues, reo de todos los preceptos cuando peca contra aquella de la que derivan todos» (Epistolae 167,5,16).
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St 2,7
El «hermoso nombre» podría referirse tanto al de «Jesús» —invocado sobre ellos en el Bautismo— como al de «cristianos», con el que ya serían designados aquellos primeros seguidores del Maestro (cfr Hch 11,26).
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St 2,14-26
Se condensa aquí la idea central: la fe que no se traduce en obras está muerta (vv. 14-19) y se aduce el ejemplo de personajes bíblicos (vv. 20-26). Cuando Santiago habla de «obras» es claro que no se refiere a las obras de la Ley de Moisés (véase Introducción, pp. 1388-9).
Con una argumentación cíclica y reiterativa, se afirma que una fe sin obras no puede salvar (vv. 14.17.18.20.26). Esta enseñanza se encuentra en perfecta continuidad con la del Maestro: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 7,21). La pregunta retórica inicial (v. 14) y el ejemplo sencillo y vivo (vv. 15-16), atraen la atención y predisponen a aceptar la enseñanza básica (v. 17). Manteniendo el tono de diálogo al estilo de la diatriba grecorromana se aducen tres ejemplos de fe: en primer lugar —un ejemplo negativo—, la fe de los demonios, que es estéril (vv. 18-19); en contraste, la de Abrahán, modelo y padre de los creyentes (vv. 20-23); y, finalmente, la fe de una pecadora que se salvó por sus obras, Rahab la meretriz (vv. 24-25). La última frase vuelve a repetir la idea esencial (v. 26).
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St 2,14-19
El ejemplo de los vv. 15-16 es similar al de 1 Jn: «Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios?» (3,17). La conclusión es semejante: «Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad» (3,18). San Pablo, por su parte, subraya: «No consiste el Reino de Dios en hablar sino en hacer» (1 Co 4,20). Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas: «Así como del movimiento del cuerpo conocemos su vida, así también conocemos la vida de la fe por las buenas obras. Porque la vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente, y la vida de la fe, la caridad (…). Por lo que, resfriándose la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo apartándose de él el alma» (S. Bernardo, In Octava Paschae, Sermo 2,1).
La doctrina cristiana llama también «fe muerta» (cfr v. 17) a la de quien está en pecado mortal. «El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (…). Privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1815).
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St 2,20-26
Santiago recurre a Gn 15,6, pasaje también utilizado por Pablo para mostrar la fe de Abrahán, y al episodio de Rahab (Jos 2,1-21; 6,17-25). La justificación de la que aquí habla Santiago se refiere a la perfección moral que supone la fe y que se alcanza, una vez conferida la gracia, con el ejercicio de las virtudes. En Pablo (Rm 4,1-25; Ga 3,6-9) indica la unión con Dios mediante la gracia, pero que también actúa por la caridad (cfr Ga 5,6). Con el ejemplo de estos personajes bíblicos, queda claro que Dios llama a la fe a todos los hombres, y que todos pueden y deben ponerla de manifiesto con un comportamiento ejemplar.
El Magisterio de la Iglesia remite a los vv. 22-24, cuando enseña que la justificación recibida gratuitamente en el Sacramento del Bautismo, va cobrando aún más fuerza mediante la correspondencia del cristiano a la gracia, que se manifiesta en la observancia de los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Así, los justificados «crecen en la misma justicia, recibida por la gracia de Cristo, “cooperando la fe, con las buenas obras” (St 2,22), y se justifican más, conforme esta escrito: “El que es justo, justifíquese más” (Ap 22,11)» (Conc. de Trento, De iustificatione, cap. 10).
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St 3,1-5,6
Este conjunto es un entremezclado de aplicaciones específicas que lleva consigo el comportamiento coherente con la fe. Se exhorta a dominar la lengua (3,1-12); a buscar la verdadera sabiduría y rechazar la falsa (3,1 3-18); a detectar el origen de las discordias (4,1-12); y a confiar plenamente en la providencia divina, sin encerrarse en los propios negocios (4,13-17) ni en las riquezas, pues esto da origen a injusticias flagrantes (5,1-6).
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St 3,1-12
Los pecados de la lengua son fáciles de cometer, pero pueden causar un tremendo daño (vv. 3-12). Mediante ejemplos, la carta, con un estilo semejante al de los libros sapienciales del Antiguo Testamento (cfr Pr 10,11-21; Si 5,9-15; 28,13-26), muestra cómo una causa pequeña es capaz de producir resultados desproporcionadamente grandes (vv. 3-12), especialmente en los que están constituidos en autoridad (vv. 1-2). El hilo del discurso abarca tres puntos: en sentido positivo, a modo de resumen de todo lo que sigue, afirma: «Si alguno no peca de palabra, ése es un hombre perfecto» (v. 2). En segundo lugar, explica la virulencia de la lengua, con tres comparaciones gráficas, como es usual en esta carta (vv. 3-6); finalmente, recomienda dominar la lengua, pues, de lo contrario, acarreará daños irreparables (vv. 7-12). La enseñanza es clara: hay que hablar siempre en presencia de Dios buscando el bien del prójimo: «Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales 22).
«Hombre perfecto» (v. 2). No significa que no pueda cometer otros pecados; indica que sujetar la lengua lleva consigo el dominio de sí mismo, y es un síntoma claro de resistencia frente a las demás tentaciones. La Iglesia, a partir este versículo, enseña que el hombre no puede en su vida entera evitar todos los pecados veniales, «si no es por privilegio especial de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia» (Conc. de Trento, De iustificatione, can. 23; cfr cap. 16).
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St 3,13-18
Estos versículos exponen las cualidades de la sabiduría cristiana (cfr 1,5). Frente a la falsa sabiduría del mundo, la verdadera sabiduría (cfr 1 Co 1,18-3,3) produce frutos de mansedumbre, misericordia y paz (cfr Mt 5,5.7.9; Ga 5,22).
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St 4,1-12
En contraste con lo que acaba de exponer (cfr 3,17-18), Santiago se refiere a las discordias y altercados entre cristianos que dificultan y perturban la convivencia. Enumera las causas principales: codicia y envidia (vv. 1-3); amor desordenado a las cosas del mundo, orgullo y soberbia (vv. 4-10); y, como resultado, la murmuración y la maledicencia (vv. 11-12).
La cita del v. 5 no aparece literalmente en la Biblia. Es posible que Santiago no se refiera a un pasaje concreto sino a la idea de Dios como amante celoso, repetida con frecuencia (p. ej. Ex 20,5; 34,14; Za 1,14; 8,2, etc.). La del v. 6 corresponde a Pr 3,34 (según la versión griega de los Setenta, también citada en 1 P 5,5) y viene a ser como un resumen de toda el pasaje. San Agustín comenta que «casi no hay página alguna en los libros sagrados en la cual no resuene que Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia» (De doctrina christiana 3,23,33). La idea de fondo es que para volver a Dios es absolutamente necesario reconocer el propio pecado y reconocerse pecador (cfr nota a Ap 2,1-7).
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St 4,4
«¡Adúlteros!». El texto griego dice sencillamente «adúlteras», en femenino plural, y la Neovulgata «adúlteros». No parece que se refiera al pecado de adulterio, sino que estaría increpando a quienes por el amor desordenado de los bienes de esta tierra son infieles a Dios, conforme a la tradición bíblica de los esponsales entre Dios y su pueblo (cfr Os 1,2ss.; Jr 3,7-10; etc.). Algunos lo interpretan como si dijera «almas adúlteras».
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St 4,13-17
La presuntuosa confianza en la propia capacidad es una forma de soberbia, al olvidar que es Dios quien —con su providencia— rige la existencia de los hombres (cfr Pr 27,1). La expresión del v. 15: «Si el Señor quiere», utilizada también por San Pablo (cfr 1 Co 4,19), ha pasado al lenguaje popular cristiano. Es muestra de abandono y confianza en Dios, y de sometimiento a la providencia divina. Como en otros lugares de la carta (cfr 1,12; 2,13; 3,18), se termina el pasaje con un aforismo general (v. 17). En este caso, con una advertencia sobre los pecados de omisión (cfr Lc 12,47).
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St 5,1-6
Santiago, con un tono que recuerda a los profetas (cfr p. ej. Is 3,13-26; Am 6,1 ss.; Mi 2,1 ss.), reprueba a los ricos su soberbia, vanidad y avaricia, su entrega a los placeres, al tiempo que les advierte la proximidad del Juicio de Dios. La descripción de la vida de esos ricos trae a la memoria la parábola del rico Epulón (cfr Lc 16,19ss.). Ha sido una constante doctrina de la Iglesia el deber de eliminar las injustas desigualdades entre los hombres, recriminadas con frecuencia en la Sagrada Escritura. Quienes poseen bienes materiales en abundancia han de utilizarlos en servicio de los demás hombres. A este respecto, la Iglesia enseña que «tienen la obligación moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones, mirar ante todo el bien común (…). El derecho a la propiedad privada no es concebible sin unos deberes con miras al bien común. Está subordinado al principio superior del destino universal de los bienes» (Cong. Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, n. 87).
«Habéis atesorado para los últimos días» (v. 3). Se refiere al día del juicio, lo mismo que «el día de la matanza» del v. 5 (cfr p. ej. Is 34,6; Jr 12,3; 25,34).
El fraude del salario (v. 4) estaba ya condenado en el Antiguo Testamento (cfr p. ej. Lv 19,13; Dt 24,14-15; Ml 3,5). Es uno de los pecados que «claman al cielo», porque están como exigiendo con urgencia un castigo ejemplar; lo mismo afirma la Escritura del homicidio (cfr Gn 4,10), la sodomía (Gn 18,20-21) y la opresión de las viudas y huérfanos (Ex 22,21-23).
San Beda entiende que «el justo» (v. 6) es Jesús (cfr In Epistolam Iacobi, ad loc.), que es el justo por excelencia (cfr p. ej. Hch 3,14; 7,52). Se enseña así que en los más necesitados ha de verse al propio Jesucristo (cfr Mt 25,31-45).
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St 5,7-20
En esta sección final insiste en mantenerse fieles con paciencia y constancia (5,7-11); enseña el valor de la oración (5,13-18) y, por último, recomienda la solicitud que los cristianos hemos de tener unos por otros (5,19-20).
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St 5,7-11
Santiago renueva la exhortación a la paciencia con la que había comenzado la carta (cfr 1,2-4.12). Constituye una llamada a la serenidad en la esperanza hasta la venida del Señor: «Decimos que el hombre posee su alma mediante la paciencia (cfr Lc 21,29), en cuanto que arranca de raíz la turbación causada por las adversidades que quitan el sosiego del alma» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,136,2 ad 2).
«Habéis visto el desenlace que el Señor le dio» (v. 11). Según esta traducción, se refiere a que Job, superadas con paciencia las pruebas que el Señor permitió, recibió de Dios duplicados los bienes que había perdido (cfr Jb 42,10ss.). Otra posible traducción de la frase, aunque menos probable, sería: «Habéis visto el desenlace (o el fin) del Señor», refiriéndolo al ejemplo de paciencia que ofrece Jesucristo con su Pasión y su muerte de Cruz. Así lo interpretan, por ejemplo, San Beda y San Agustín.
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St 5,12
Esta exhortación, en un tiempo en que fácilmente se abusaba del juramento, es un eco casi literal de las palabras del Señor: «Que vuestro modo de hablar sea: “Sí, sí”; “no, no”. Lo que exceda de esto, viene del Maligno» (Mt 5,37). «La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2153).
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St 5,13-18
La oración es necesaria y eficaz contra la tristeza (v. 13); la oración de los presbíteros junto con la aplicación del óleo a los enfermos cura el pecado y la enfermedad (vv. 14-15); la oración de unos por otros contribuye al reconocimiento («confesaos») y al perdón de los pecados (v. 16). El ejemplo de la poderosa oración de Elías lo confirma (vv. 17-18).
El verbo griego que suele traducirse por «está triste alguno» (v. 13) incluye la idea de sufrir algún mal; de ahí que en la tradición espiritual se haya considerado la tristeza como una cierta enfermedad del alma. «La tristeza es la escoria del egoísmo; si queremos vivir para el Señor, no nos faltará la alegría, aunque descubramos nuestros errores y nuestras miserias. La alegría se mete en la vida de oración, hasta que no nos queda más remedio que romper a cantar: porque amamos, y cantar es cosa de enamorados» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 92).
El Magisterio de la Iglesia señala que en este texto (vv. 14-15) es promulgado el sacramento de la Unción de los enfermos (cfr nota a Mc 6,6-13). «El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1527). Con esta unción y oración de los presbíteros, señala el Concilio Vaticano II, «toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo y a contribuir, así, al bien del pueblo de Dios» (Lumen gentium, n. 11). La gracia especial de este sacramento tiene como efectos: «La unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia; el consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez; el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia; el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual; la preparación para el paso a la vida eterna» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1532).
La oración de intercesión del profeta Elías (vv. 17-18; cfr 1 R 17-18; Si 48,3) enseña el inmenso poder de la oración, eficaz también para conseguir la ayuda de Dios en las necesidades materiales.
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St 5,19-20
Termina con una alentadora llamada al celo apostólico, como manifestación de la verdadera caridad (cfr 1 P 4,8). «Precia (Dios) más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer» (Sta. Teresa de Jesús, Fundaciones 1,7).