COMENTARIOS:
HEBREOS
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Hb 1,1-4
Como el comienzo del Evangelio de San Juan, los cuatro primeros versículos forman una especie de prólogo de la carta, que desarrollará desde diferentes aspectos el tema en él enunciado: la excelsa condición de Cristo, Hijo natural y eterno de Dios, Mediador universal, Sacerdote eterno, que por su sacrificio fue glorificado hasta sentarse a la diestra del Padre y «recibir el nombre que está sobre todo nombre» (cfr Flp 2,6-11; Jn 1,3.14). El nombre que ha heredado (v. 4) es, pues, el de «Hijo», superior a los ángeles. La epístola es una exhortación a que el cristiano fundamente toda su vida en esta fe en Cristo, el Hijo de Dios.
Dios se ha comunicado con los hombres ya no por profetas sino por medio de su Hijo (v. 2). Se habla de Cristo con palabras que recuerdan textos veterotestamentarios sobre la Sabiduría divina (v. 3; cfr Sb 7,25-27). Lo que en el Antiguo Testamento era descrito como un atributo de Dios, se revela ahora como una Persona divina, el Verbo Encarnado. Jesucristo es presentado como la plenitud de la revelación salvífica. Al ser la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre ya no cabe otra revelación (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 65). San Juan de la Cruz comenta estos versículos con gran belleza: «Es como si dijera: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y de muchas maneras, ahora a la postre, en estos días nos lo ha hablado en el Hijo todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol que Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él todo» (Subida al Monte Carmelo 2,22,4).
La liturgia de la Iglesia emplea este texto en la tercera misa del día de Navidad, junto con Is 52,7-10 —el anuncio del mensajero de la paz— y el prólogo del cuarto Evangelio (Jn 1,1-18).
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Hb 1,5-10,18
Aunque la enseñanza doctrinal y moral se entremezcla a lo largo del escrito, los primeros diez capítulos tienen sobre todo carácter doctrinal: el autor sagrado trata de la superioridad de Cristo, por ser Hijo de Dios, sobre los ángeles (1,5-2,18) y Moisés (3,1-4,13), y de la superioridad de su sacerdocio sobre el de la Antigua Ley desde el punto de vista del sacerdocio mismo (4,14-7,28) y del sacrificio (8,1-10,18).
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Hb 1,5-2,18
La superioridad de Cristo, el Hijo de Dios, sobre los ángeles inicia el argumento (1,5-14). Teniendo en cuenta que la veneración a los ángeles estaba muy extendida en el mundo judío —se les consideraba «hijos de Dios» y mediadores de la Ley—, existía el peligro de considerar a Cristo, por su naturaleza humana, inferior a estas criaturas. A Él se le debe obedecer más que a los ángeles (2,1-4). Además, el Hijo, por ser hombre, es «nuestro hermano» y puede ser nuestro mediador (2,5-18).
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Hb 1,5-14
La riqueza cristológica de esos versículos es muy grande. Combinando citas del Antiguo Testamento, la carta enseña que Jesucristo es el Mesías Rey y el Hijo de Dios por naturaleza, no por adopción (v. 5); a Él los ángeles le deben adorar, por ser éstos de naturaleza inferior (vv. 6-7), ya que a Él le corresponden las prerrogativas del Rey Mesías, el Ungido (vv. 8-9), y ya que por Él fue creado el mundo (vv. 10-12). Los ángeles, en cambio, tienen la función de servir y adorar a Dios (vv. 7-8.14). Por eso Santo Tomás, comentando el v. 7 dice: «Son llama de fuego en cuanto son ministros porque el fuego entre todos los elementos es el más activo y el más eficaz» (Super Hebraeos, ad loc.). Y Orígenes, por su parte, escribe: «Decimos que [los ángeles] suben para llevar las oraciones de los hombres a los lugares más puros del mundo, que son los celestes. (…) Y de allí bajan, a su vez, para traer a cada uno, según lo que merece, alguno de los beneficios que Dios les manda llevar. (…) A estos, pues, según su oficio, hemos aprendido a llamarlos ángeles o mensajeros» (Contra Celsum 5,4).
Los vv. 8-12 constituyen uno de los textos importantes del Nuevo Testamento sobre la divinidad de Jesucristo (cfr también Jn 1,1; 20,28; Rm 9,5; Tt 2,13; 2 P 1,1). Se consideran las palabras de Sal 45,7-8 como palabras de Dios Padre dirigidas al Hijo. De esta forma se le está llamando expresamente a Jesucristo «Dios», nombre que en el Nuevo Testamento normalmente se reserva para la Persona del Padre. Asimismo, en los vv. 10-12 se le aplican a Cristo las palabras de Sal 102,26-28 que originalmente estaban dirigidas a Dios creador. Algo análogo sucede en el v. 6 en relación al texto griego de Dt 32,43.
La infinita superioridad de Cristo sobre los ángeles se funda en el misterio de su ser Dios y hombre. Los ángeles son seres espirituales creados, con una misión subordinada en el plan de salvación. En cambio, «Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen (…) porque fueron creados por y para É1 (cfr Col 1,16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación (cfr Hb 1,14)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 331; cfr notas a Mc 1,13 y Hch 5,17-33).
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Hb 2,1-4
Se intercala una exhortación fundada en la doctrina expuesta. Si Jesucristo es superior a los ángeles se debe mayor obediencia a su doctrina que a la «palabra anunciada por medio de ángeles» (v. 2), es decir, la Ley que Dios entregó a Moisés en el Sinaí, y que, según una tradición judía, fue dada por mediación de los ángeles (cfr Ga 3,19). En la Antigua Alianza Dios dio solidez a su palabra estableciendo justos castigos contra toda infidelidad y desobediencia (cfr Nm 12,1-9; 16,1-35; 1 S 15,9-23; etc.). Por eso se exhorta a estar prevenidos ante la infidelidad a la Nueva Alianza establecida en Jesucristo: porque la palabra divina de salvación, promulgada por Él, reviste un valor incomparable. Es el mayor bien que el hombre puede recibir, porque con ella se hace capaz de conocer y glorificar a Dios y de conseguir al mismo tiempo su propia felicidad temporal y eterna.
«Nos fue confirmada por quienes la habían oído» (v. 3). Estas palabras son una alusión explícita a la predicación de los Apóstoles, que es la que confirma y transmite el anuncio de salvación iniciado por la predicación de Cristo (cfr 1 Co 11,23; 15,3).
Sobre la naturaleza espiritual y creada de los ángeles y su misión subordinada en el plan de salvación cfr notas a Gn 18,1-15 y 32,2-3.
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Hb 2,5-18
Si antes (1,5-14) se ha hablado de la gloria y divinidad de Jesucristo, ahora se habla de su Humanidad y de su anonadamiento.
Los cristianos deben ser fieles a Cristo, porque Él, además de ser la causa y el comienzo de la salvación, ha sido constituido Señor del Universo. A Él todo le ha sido sometido en cuanto hombre, también el «mundo futuro» (v. 5) —expresión corriente entre los judíos para designar la época inmediatamente posterior a la venida del Mesías—, que, si bien ha comenzado ya con la resurrección y glorificación de Jesús, no alcanzará su plenitud hasta su segunda venida (v. 8).
Se aplican a Cristo las palabras del Sal 8, que canta la grandeza de Dios y la dignidad del hombre, ya que Cristo es la perfección de la humanidad, el hombre perfecto, que con su obediencia y humildad, su pasión y muerte fue hecho inferior a los ángeles, pero mereció por ello ser coronado de gloria y honor (cfr Flp 2,6-11; 1 P 2,21-25). Así, por sus padecimientos (v. 9), Cristo es el Señor, y todo, hasta la misma muerte (cfr 1 Co 15,22-28), le ha sido sometido.
El pasaje es uno de los más bellos textos sobre la Encarnación. Para llevar a cabo la salvación de los hombres, Jesucristo debía poseer, como ellos, una naturaleza humana. Dios Padre «ha perfeccionado» (cfr v. 10) a su Hijo en cuanto que al hacerse hombre y, por tanto, poder sufrir y morir, posee la capacidad absoluta para ser el representante de sus «hermanos» los hombres (vv. 11-16). «Participó del alimento como nosotros —escribe Teodoreto de Ciro—, y soportó el trabajo; conoció la tristeza en su alma y lloró, y padeció la muerte» (Interpretatio ad Hebraeos, ad loc.).
Por ser Dios y Hombre Jesucristo es mediador único entre Dios y los hombres; ejerce esa mediación como Sumo Sacerdote (v. 17), y salva, por amor, el abismo infranqueable entre la estirpe pecadora de Adán y Dios. El sacerdocio de Cristo consiste en ofrecer una expiación, un sacrificio de reparación y de pacificación por los pecados de los hombres. De este modo satisface al Padre en lugar nuestro. Al mismo tiempo, su sufrimiento nos sirve de fuerza y ejemplo ante el dolor (v. 18): «Jesucristo, al tomar sobre Sí nuestras flaquezas nos ha alcanzado una fortaleza que vence nuestra debilidad natural. Sometiéndose, en la noche anterior a la Pasión, a padecer en el huerto de Getsemaní aquellos temores, angustias y tristezas, nos mereció el valor de resistir las amenazas de los que quieren nuestra perversión; nos alcanzó el valor de vencer el tedio que experimentamos en la oración, en la mortificación y en otros ejercicios de piedad; y, finalmente, la fortaleza para sufrir con paz y alegría las adversidades» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Reflexiones sobre la Pasión 9,1).
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Hb 3,1-4,13
Los judíos consideraban a Moisés el verdadero fundador, libertador y legislador del pueblo elegido. En estos dos capítulos se enseña la excelencia incomparable sobre él de Jesucristo, el «nuevo Moisés» (cfr notas a Mt 2,13-18; 4,1-11; 5,17-48; etc.), pues Cristo es el Hijo y Moisés el siervo.
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Hb 3,1-6
Partiendo de la fidelidad a su misión que demostraron Moisés y, de modo eminente, Jesucristo, el autor sagrado fundamenta la superioridad de Cristo mediante la imagen de la casa, considerada unas veces como edificio, otras como familia: el arquitecto es superior al edificio y el hijo al administrador. Sobre Él se apoya nuestra esperanza (v. 6).
Los títulos de «Apóstol» y «Sumo Sacerdote» (v. 1) explican la misión del Hijo en el mundo: Jesús es el mensajero o enviado de Dios a los hombres y representante de los hombres ante Dios (cfr Ml 2,7). A Cristo, escribe San Justino, «se le llama mensajero y Apóstol porque Él anuncia lo que hay que conocer y es enviado para manifestarnos cuanto el Padre nos comunica. El mismo Señor así lo dio a entender cuando dijo: “el que me oye, oye a Aquél que me ha enviado”» (Apologia 1,63,5). La vocación cristiana, que aquí es llamada «vocación celestial» (v. 1) porque viene del Cielo y tiende al Cielo, es una llamada personal de Dios al seguimiento de Jesús en la Iglesia.
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Hb 3,7-19
Ante el peligro de desánimo que acechaba a los destinatarios de la carta, el autor sagrado les exhorta a la fidelidad a Cristo con argumentos de la Escritura vinculados a la vida de Moisés. Porque Dios descansó al final de la creación (cfr Gn 2,2), el descanso fue establecido en el Antiguo Testamento como una imitación del actuar divino (cfr Ex 20,10-11). Asimismo, el éxodo era considerado como una nueva creación, al final del cual hubo también un descanso, es decir, la entrada en la tierra prometida. El autor de la carta da una orientación cristiana a este episodio: el éxodo es la redención obrada por Cristo que como nuevo Moisés nos introduce en el descanso eterno. De ahí la necesidad de ser fieles. Por eso, se toma pie del Salmo 95 —donde se hace alusión a una rebeldía de los israelitas en el desierto, cuando se quejaron ante Dios por la falta de agua (cfr Ex 17,1-7)— y se exhorta a imitar a los que entonces fueron fieles y creyeron en la promesa de entrar en el «descanso» de Dios. Se enseña así que la palabra del Espíritu Santo es permanente, sigue viva «hoy» (v. 13). Por eso, el castigo del Señor por las faltas de fe en Él y en Moisés, por las murmuraciones y desobediencias del pueblo escogido, se convierte en un estímulo vivo y actual no sólo para la perseverancia de los lectores de la carta, sino también para los de todos los tiempos, pues también el cristiano por infidelidad podría fracasar en el logro de la vida eterna. Si las llamadas de Dios son desoídas habitualmente, se puede crear una situación espiritual de resistencia a la gracia cada vez más grave y terminar en la pérdida de la fe. La incredulidad no suele ser algo repentino, sino que corona un proceso de desobediencia interior. De ahí la necesidad de una continua correspondencia a la gracia. Ésa fue la actitud de los primeros cristianos: prefirieron morir antes que «apostatar del Dios vivo» (v. 12). Con un orgullo santo escribía uno de aquellos mártires: «Se nos decapita, se nos clava en cruces, se nos arroja a las fieras, a la cárcel, al fuego, y se nos somete a toda clase de tormentos; pero a la vista de todos está que no apostatamos de nuestra fe. Antes bien, cuanto mayores son nuestros sufrimientos, tanto más se multiplican los que abrazan la fe y la piedad por el nombre de Jesús» (S. Justino, Dialogus cum Tryphone 110,4).
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Hb 4,1-11
Desarrollando lo dicho en 3,18-19, se reitera la exhortación a la fidelidad. Ahora la comparación entre Moisés y Jesús se extiende a israelitas y cristianos. Moisés se había dirigido al pueblo elegido para que fuera fiel y alcanzara así el lugar de descanso (cfr Dt 12,9-10). Estableció el precepto del descanso sabático (cfr Dt 5,12-15; Ex 20,8-11; 35,1-3; Nm 15,32-36) como recuerdo del descanso de Dios en la creación, como señal de la Alianza y figura del descanso eterno (v. 4). Sin embargo, el pueblo de Israel no había podido conseguir ese descanso ni siquiera al entrar bajo la guía de Josué en la tierra prometida (v. 8). Les faltó fe (v. 2) y obediencia (v. 6). Por eso sigue abierta la promesa tal como canta el Salmo 95, que había sido escrito después de entrar en la tierra, sigue abierto el «hoy». Y como Cristo prometió un descanso nuevo y definitivo —la vida en la casa del Padre (cfr Jn 14,1-3)— los cristianos han recibido una nueva invitación de parte de Dios para entrar en el descanso divino (v. 2). Comienza así otro «hoy», otro momento en el cual se puede ganar la verdadera Tierra Prometida, como premio a la fe: «Éste será realmente el gran sábado que no tendrá tarde, ese sábado encarecido por el Señor en las primeras obras de su creación (…). Allí, en quietud, veremos que Él es Dios, reparados por Él y consumados por una gracia más abundante, descansaremos eternamente viendo que Él es Dios y seremos llenos de Él cuando Él será todo en todas las cosas» (S. Agustín, De civitate Dei 22,30). La pérdida de ese «descanso» es lo único que realmente debe temer el hombre.
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Hb 4,12-13
Entrar en el descanso exige aceptar la Palabra de Dios. En estos versículos la «Palabra» se refiere posiblemente a la totalidad de la revelación, que se manifiesta de modo pleno y perfecto en Jesucristo, fundamento de la vida de la Iglesia: «Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 21).
De la Palabra se dice que es eficaz y engendra vida; también hay en ella algo que inspira temor y reverencia al hombre para no comportarse ante ella con ligereza. La intimidad más honda de la persona, sus pensamientos, disposiciones e intenciones últimas, quedarán desnudos ante los ojos escrutadores de Dios. Comentando este pasaje, Balduino de Canterbury señala: «Es eficaz y más tajante que espada de doble filo para quienes creen en ella y la aman. ¿Qué hay, en efecto, imposible para el que cree o difícil para el que ama? Cuando esta palabra resuena, penetra en el corazón del creyente como si se tratara de flechas de arquero afiladas; y lo penetra tan profundamente que atraviesa hasta lo más recóndito del espíritu; por ello se dice que es más tajante que una espada de doble filo, más incisiva que todo poder o fuerza, más sutil que toda agudeza humana, más penetrante que toda la sabiduría y todas las palabras de los doctos» (Tractatus 6).
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Hb 4,14-7,28
Se inicia propiamente el tema central de la carta, el sacerdocio de Cristo, y se enseña su superioridad sobre el sacerdocio levítico.
▲ COMENTARIO
Hb 4,14-16
El cristiano debe poner su confianza en el nuevo Sumo Sacerdote, Cristo, que penetró en los cielos, y en su misericordia, porque se compadece de nuestras debilidades: «Los que habían creído sufrían por aquel entonces una gran tempestad de tentaciones; por eso el Apóstol los consuela, enseñando que nuestro Sumo Pontífice no sólo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino que también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Por conocer bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos, y al juzgarnos dictará su sentencia teniendo en cuenta esa debilidad» (Teodoreto de Ciro, Interpretatio ad Hebraeos, ad loc.). La respuesta frente a la bondad del Señor debe ser la de mantener nuestra profesión de fe.
La impecabilidad de Cristo, afirmada en la Sagrada Escritura (cfr Jn 8,46; Rm 8,3; 2 Co 5,21; 1 P 1,19; 2,21-24), es lógica consecuencia de su condición divina y de su integridad y santidad humana. Al mismo tiempo la debilidad de Cristo, «probado en todo» (v. 15), voluntariamente asumida por amor a los hombres, fundamenta nuestra confianza de que obtendremos de Él fuerza para resistir al pecado. «¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor! Clamará a mí y yo le oiré, porque soy misericordioso (Ex 22,27). Es una invitación, una promesa que no dejará de cumplir. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos la misericordia… (Hb 4,16). Los enemigos de nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos previene; y si —por nuestra culpa y nuestra debilidad— caemos, el Señor nos socorre y nos levanta» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 7).
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Hb 5,1-10
Cristo es Sumo Sacerdote, el Sumo Sacerdote que puede realmente liberarnos del pecado. Más aún, Cristo es el único Sacerdote perfecto, siendo los demás sacerdotes —los de las religiones naturales, los de la religión hebraica— tan sólo prefiguraciones de Cristo. Jesucristo es verdadero sacerdote, porque fue escogido por Dios (vv. 5-6; cfr Ex 6,20; 7,1-2; 28,1-5; etc.), como lo fue Aarón, pero no según el «orden» del sacerdocio levítico, al que perteneció Aarón, sino según un orden superior a éste, el orden de Melquisedec (cfr 5,11-14; 7,1-28). «Orden» se entiende aquí en el sentido que entre los romanos se daba a un determinado rango en el ejército o a las corporaciones o cuerpos constituidos civilmente. Esta palabra se empleaba sobre todo para referirse al cuerpo de los que gobernaban. Este uso ha pasado a la Iglesia, en la expresión «Sacramento del Orden».
Las palabras del v. 1 constituyen una definición, breve y exacta, de lo que es todo sacerdote. «El oficio propio del sacerdote es el de ser mediador entre Dios y el pueblo, en cuanto que, por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas, de donde le viene el nombre de “sacerdote”, esto es, “el que da las cosas sagradas”; (…) y, por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, e igualmente satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,22,1).
Se enseña que Cristo ejerció su sacerdocio especialmente en la Pasión (vv. 7-10). Como Sumo Sacerdote, intercedió por los hombres con su oración —se utilizan expresiones que recuerdan la agonía del Señor en Getsemaní (cfr Mt 26,39 y par.)— y se ofreció a Sí mismo en sacrificio redentor al morir en la cruz en perfecta obediencia a la voluntad del Padre. Por eso no hay contradicción entre el haber sido escuchado (v. 7) y haber sufrido (v. 8), porque Jesús no pidió a Dios Padre que le librara de la muerte sino que se hiciera su voluntad (cfr Mc 14,36). Esa obediencia fue tan grata al Padre que Jesús con su muerte hizo que fuera vencida la muerte, ha «llegado a la perfección», y es fuente de salvación eterna (v. 9). El Catecismo de la Iglesia Católica, comentando la séptima petición del Padrenuestro, cita el v. 8 y añade: «¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros [la obediencia], criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cfr Jn 8,29)» (n. 2825).
La Iglesia lee los vv. 5.7-9 —con 4,15-16— en la liturgia del Viernes Santo antes de la lectura de la Pasión.
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Hb 5,11-6,3
Para preparar el desarrollo de la doctrina enunciada (cfr 5,1-10) se presenta una nueva exhortación. El autor de la carta se considera el maestro y el padre espiritual de sus lectores. Ellos deben volver a estudiar, como los pequeños, los primeros elementos de la fe, pues todavía no pueden adentrarse en la «doctrina de la justicia», es decir en el misterio de la justificación (cfr Rm 6,16; 9,30). Se trata de una invitación a ser espiritualmente adulto, ya que el cristiano debe alcanzar la sabiduría y la madurez del varón perfecto, según la edad de la perfección de Cristo (cfr Ef 4,10; 1 Co 14,20; Col 1,28).
En 6,1-3 se ofrece un sumario de verdades que debían ser explicadas y aceptadas antes del Bautismo. Se trata de verdades elementales, a partir de las cuales debe ir prosperando el conocimiento de Jesucristo. «La imposición de las manos» se refiere a la efusión del Espíritu Santo, que se da especialmente en los diversos sacramentos (cfr Hch 8,17; 19,6; 1 Tm 4,14; 5,22; 2 Tm 1,6; St 5,14; etc.). Para el cristiano el pasaje es un estímulo permanente a conocer y estudiar la doctrina que enseña la Iglesia en su catequesis.
▲ COMENTARIO
Hb 6,4-12
La madurez cristiana (cfr 6,1) exige responsabilidad. Los cristianos han sido «iluminados», es decir, han recibido el Bautismo, «que es el principio de la regeneración espiritual, en la cual el entendimiento es iluminado por la fe» (Sto. Tomás de Aquino, Super Hebraeos, ad loc.). Los cristianos, pues, hemos sido colmados con el «don celestial», es decir, el mismo Espíritu Santo que llena de dulzura (cfr 1 P 2,3), y hemos experimentado la suavidad de la Buena Nueva y la fuerza que tiene el Reino de Dios que culminará con la segunda venida de Cristo. De ahí que, si rechazamos voluntaria y obstinadamente al Hijo de Dios, no podremos convertirnos (vv. 4-6). No es que no exista el perdón para estos apóstatas, sino que sus disposiciones son tales, que rechazan la misericordia de Dios. Es una enseñanza que recuerda la del Señor sobre el pecado contra el Espíritu Santo (ver nota a Mt 12,22-37) y lo que afirma la segunda carta de Pedro sobre la apostasía (cfr 2 P 2,20-22). La parábola de la tierra buena y de la tierra estéril refuerza la exhortación (vv. 7-8). No obstante, en medio de esta dramática advertencia, resplandece la invitación a confiar en Dios (vv. 9-12). Dios no es injusto, no se olvida de los suyos y, si perseveran, les dará el premio: «Por esto a los que obran bien “hasta el fin” (Mt 10,22) y esperan en Dios se les debe poner ante los ojos la vida eterna, que es a la vez una gracia prometida misericordiosamente a los hijos de Dios por medio de Jesucristo y también “una especie de recompensa” que se les debe justamente otorgar, según la promesa del mismo Dios, gracias a sus buenas obras y sus méritos (cfr San Agustín, De gratia et libero arbitrio, VIII, 20)» (Conc. de Trento, De iustificatione, cap. 16).
▲ COMENTARIO
Hb 6,6
Estas palabras son una impresionante llamada de atención a considerar que no sólo los apóstatas, sino todo pecador, son la causa de la pasión y muerte de Cristo; mientras permanecen obstinados, vuelven a crucificarlo y a escarnecerlo porque desprecian los frutos de la pasión del Señor. «La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos no ha olvidado jamás que “los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor” (Catech. Rom. 1,5,11). “Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados” (S. Francisco de Asís, Admon. 5,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 598).
▲ COMENTARIO
Hb 6,13-20
Se puede confiar en Dios (cfr 6,9-12) porque Él es fiel a sus promesas. Lo demuestra la historia de Abrahán, con quien el Señor hizo un juramento. El juramento, que es señal de validez y estabilidad, fue el fundamento de la esperanza israelita (vv. 13-18). «Gracias a dos cosas inmutables» (v. 18) se refiere a la veracidad de Dios como autor del juramento y como fiador de él. Por eso, la promesa y el juramento divino son como un ancla (v. 19): dan seguridad en cualquier circunstancia. El cristiano, que es el verdadero descendiente de Abrahán por la fe (cfr Rm 4,12) y el destinatario de la promesa (cfr Ga 3,14.16.29), está, por lo tanto, seguro de que Dios cumplirá lo que ha prometido. Su esperanza no puede fallar, porque se apoya en la perennidad del sacrificio y del sacerdocio de Cristo: si en el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote traspasaba el velo del Templo para entrar una vez al año —el Día de la Expiación— en el «Santo de los Santos» (cfr v. 19), Cristo, con el sacrificio de la cruz, penetró en el Santuario verdadero del Cielo y abrió su acceso a todos. El texto dice que el cristiano se refugia «en la posesión de la esperanza» que le ha sido ofrecida. La esperanza es, de alguna forma, la posesión de lo prometido: es como un «áncora segura y firme», «porque así como el áncora echada del barco no permite que éste vaya a la deriva, aunque sea sacudido por innumerables vientos, sino que lo vuelve estable, lo mismo hace la esperanza» (S. Juan Crisóstomo, In Hebraeos 11). El áncora, frecuentemente dibujada y pintada en el arte cristiano desde los primeros siglos, representa mucho más que una seguridad humana: expresa la fe del cristiano, su certeza en la Resurrección del Señor y en la suya propia y, por tanto, la confianza que nace de la unión íntima con Cristo.
▲ COMENTARIO
Hb 7,1-3
Enlazando con 6,20 donde se menciona a Melquisedec, se retoma, tras la exhortación, el tema principal (cfr 5,1-10): la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el sacerdocio levítico. Ahora se demuestra argumentando desde la superioridad del sacerdocio de Melquisedec. El autor recurre a dos pasajes del Antiguo Testamento (Gn 14,17-20 y Sal 110) que presentan a ese rey misterioso sin genealogía ni límites temporales. En Sal 110 se dice de David que posee un sacerdocio eterno (v. 3). Es un sacerdocio eterno en cuanto que Dios, que es fiel a sus promesas, había prometió a David un trono firme para siempre (cfr 2 S 7,16), el de Jerusalén. A ese trono iba unida la dignidad sacerdotal pero según la dignidad —el orden— de Melquisedec, sacerdote no levítico —sin genealogía— que había bendecido al padre del pueblo, Abrahán (Gn 14,17-20). Así David recibe el sacerdocio no por la vía de la descendencia familiar, como los hijos de Aarón y de Leví, sino directamente de Dios. De esta manera Melquisedec se convierte en figura de Cristo en cuanto rey mesiánico e Hijo de Dios, revestido de un sacerdocio superior al levítico.
▲ COMENTARIO
Hb 7,4-19
El autor ratifica la supremacía de Melquisedec sobre Abrahán según la ley del diezmo y la bendición. Melquisedec, «aquél que no pertenecía a la genealogía» de Abrahán (cfr v. 6), recibió los diezmos de éste (v. 9), y Abrahán fue bendecido por Melquisedec por ser «inferior» a él (v. 7). La conclusión es clara: como Melquisedec era superior a Abrahán —y, por tanto, a los levitas, sus descendientes— y el sacerdocio de Cristo pertenece al orden de Melquisedec (cfr 5,10), el sacerdocio de Cristo es superior al levítico.
A continuación (vv. 11-19) se insiste en que la superioridad del sacerdocio de Cristo es manifiesta en cuanto a la «perfección», es decir, a su eficacia (en el Antiguo Testamento la palabra griega empleada para designar la consagración sacerdotal era «hacer perfecto»: Ex 29,22; Lv 8,22; etc.). Como el sacerdocio según el orden de Leví no podía conseguir que la Ley mosaica, a la que servía, lograra el acceso de los hombres a Dios —la justificación—, fue necesario instituir un nuevo sacerdocio que no fuera según el orden de Aarón, es decir, que no fuera según la «ley carnal» —vinculado a la tribu de Leví— (vv. 12-16), sino «según la fuerza de una vida indestructible» (v. 16), es decir, por la gracia de la resurrección. La Ley tuvo como tarea la de anunciar una ley mejor —la de Cristo—, llena de esperanza, que abre las puertas a la vida eterna (v. 19).
▲ COMENTARIO
Hb 7,20-28
Por último, se demuestra la superioridad del sacerdocio de Cristo en cuanto a su eternidad y unidad. Como Cristo tiene el sacerdocio de Melquisedec conforme al juramento de Sal 110,4, su sacerdocio es eterno y, por tanto, perpetuo y único. Cristo es el único verdadero y Sumo Sacerdote: mientras que antes hubo muchos sumos sacerdotes levíticos a los que «la muerte les impedía permanecer» (v. 23), Jesucristo continúa intercediendo por nosotros para siempre (v. 25), lo que le hace superior a todo sacerdocio.
Al final se resume y completa lo dicho. La santidad de Cristo y el ofrecimiento de Sí mismo hicieron eficaz su sacrificio de una vez por todas (vv. 26-27). El juramento —la nueva y definitiva Palabra de Dios que ha sustituido a la antigua Ley— ha constituido Sumo Sacerdote al Hijo, que es «perfecto para siempre» (v. 28). Cristo, por decirlo de algún modo, sigue ofreciendo al Padre el sacrificio de su paciencia, de su humildad, de su obediencia y de su amor. Por esto siempre podemos acercarnos a Él para encontrar salvación: «Por Cristo y en el Espíritu Santo, el cristiano tiene acceso a la intimidad de Dios Padre, y recorre su camino buscando ese reino, que no es de este mundo, pero que en este mundo se incoa y prepara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 116).
El sacerdocio único de Cristo se prolonga en el sacerdocio ministerial cristiano. «El sacrificio redentor de Cristo es único, realizado una vez por todas. Y por esto se hace presente en el sacrificio eucarístico de la Iglesia. Lo mismo acontece con el único sacerdocio de Cristo: se hace presente por el sacerdocio ministerial sin que con ello se quebrante la unicidad del sacerdocio de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1545).
▲ COMENTARIO
Hb 8,1-10,18
Se prueba ahora la superioridad del sacerdocio de Cristo desde el punto de vista del sacrificio, que es la función esencial y específica del sacerdote. En Cristo encuentra su perfección y su acabamiento toda la Antigua Alianza, que rendía culto a Dios por medio de sacrificios y ofrendas; a partir de Cristo empieza la Nueva Alianza, que tiene un nuevo Sacrificio y un nuevo Templo.
▲ COMENTARIO
Hb 8,1-13
A partir de la idea de que Jesús es Sumo Sacerdote (v. 1; cfr 7,1-28) se anuncia con solemnidad «lo más importante» o capital de la epístola: la superioridad del sacerdocio de Cristo. Cristo desarrolla su ministerio en el Cielo —a la diestra de la Majestad (cfr 1,3)—, en un nuevo Santuario y en un nuevo Tabernáculo, que son «verdaderos» (vv. 2-4), en oposición al Santuario y al Tabernáculo de Moisés (cfr Ex 25,40), que no eran más que una imagen. Por eso también los sacerdotes levíticos, que sirven en el Tabernáculo de «sombra» (v. 5), tienen un ministerio inferior al de Cristo. En cambio, este Sumo Sacerdote, que no es nombrado explícitamente hasta 9,11, ejerce una mediación superior (v. 6), porque ofreció en la cruz el sacrificio que selló una Nueva Alianza. Cristo, en el Cielo, presenta continuamente al Padre los frutos de su sacrificio en la cruz. Esa acción litúrgica celeste se hace también presente en la liturgia terrena, especialmente en el Sacrificio de la Misa. En él Jesucristo —único Sacerdote de la Nueva Ley— de modo incruento sacrifica y ofrece por medio de los sacerdotes ministros suyos la misma víctima, su cuerpo y su sangre, inmolada cruentamente, de una vez para siempre, en la cruz. «En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la santa ciudad, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 8).
Las palabras de Jr 31,31-34, que anunciaban una Nueva Alianza entre Dios y su pueblo, por las continuas infidelidades de éste a la Alianza del Sinaí, se han cumplido con la Alianza establecida por Jesús: es en esta Nueva Alianza donde Dios perdona de verdad las culpas y ya no se acuerda de los pecados. La antigua no era «sin tacha», es decir, era imperfecta (v. 7). No podía lograr la verdadera intimidad con Dios (v. 10).
▲ COMENTARIO
Hb 9,1-10
Para hablar de la excelencia del sacrificio de la Nueva Alianza, a la que se acaba de referir (cfr 8,13), se describe el santuario de la Antigua: el Tabernáculo, la tienda donde habitaba el Señor, mientras el pueblo de Israel peregrinaba por el desierto tras la salida de Egipto y en los primeros tiempos de estancia en la tierra prometida (cfr Ex 25,1-26,36). Y se alude también (v. 7) al culto que se desarrollaba en él para expiar los pecados: el sacrificio del gran Día de la Expiación o Yom kippur (cfr Lv 16,1-34; 23,26-32; Nm 29,7-11). En este día —que se celebraba el 10/11 del mes de Tisrí (septiembre–octubre) y que en la actualidad es, junto con la Pascua, Pentecostés, Tabernáculos y la solemnidad del Año Nuevo, una de las grandes fiestas del judaísmo—, todo Israel se reconciliaba con su Dios mediante la purificación y el perdón de los pecados cometidos durante el año y que no habían sido expiados.
Se enseña así que el culto de la Antigua Ley era ineficaz, figura de un nuevo culto, cuyo centro es el sacrificio expiatorio de Cristo, el único que puede santificar al hombre —abrir el «camino hacia el Santuario», es decir, a Dios—, el único que puede «perfeccionar al oferente en su conciencia» (v. 9). Símbolo de la ineficacia para alcanzar la justificación del antiguo culto era la existencia de una primera tienda que impedía el acceso a la segunda. Una vez que no existe el velo que impide su paso, el hombre puede lograr la unión con Dios, la santidad, que se simboliza por la entrada en el «Santo de los Santos». Cristo con su muerte rasgó el velo (cfr Mt 27,51). Él es el Camino (cfr Jn 14,6), la Puerta (cfr Jn 10,7) que permite la entrada en el Santuario Celestial.
▲ COMENTARIO
Hb 9,11-28
En la Antigua Ley tanto el sacrificio expiatorio como el ritual de una alianza exigían el derramamiento de sangre. El autor sagrado manifiesta que la mediación sacerdotal de Cristo es la única que puede lograr el perdón de los pecados y el acceso de los hombres a Dios, porque derramó su propia sangre para ratificar la Nueva Alianza (vv. 11-14), y así nos abrió con su cuerpo resucitado —el «Tabernáculo» (v. 11; cfr Jn 2,19-22)— las puertas del cielo. «Espíritu eterno» (v. 14) puede referirse a la divinidad presente en Cristo o al Espíritu Santo, que «actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre para transformar el sufrimiento en amor redentor» (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 40). El cristiano puede hacer también de su vida un sacrificio para Dios, uniéndose al sacrificio de Cristo: «Por Él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios» (S. Fulgencio de Ruspe, Epistulae 14,36).
Los términos «alianza» y «testamento» de los vv. 15-17 traducen la misma palabra griega diatheke. Esta palabra, que literalmente significa «disposición», era la que utilizaron las traducciones al griego del Antiguo Testamento para designar la Alianza en el Sinaí. El autor de la carta utiliza estos dos sentidos —pacto y disposición final (testamento)— para enseñar que la muerte de Cristo en la cruz era un verdadero sacrificio de Alianza, como lo fue el del Sinaí (vv. 18-22; cfr Ex 24,3-8). Enseña también que la muerte de Cristo es la última disposición de Dios: otorgar a los hombres la herencia del cielo (vv. 23-28).
En todo el pasaje se revela el poder redentor de la sangre de Cristo, ante la que nos debemos conmover, como se conmovieron los santos: «Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo y comprendamos cuán preciosa es a su Padre, porque, habiendo sido derramada para nuestra salvación, ha conseguido para el mundo entero la gracia del arrepentimiento» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,4). «¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. (…) El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada» (S. Juan Crisóstomo, Catecheses ad illuminandos 3,16). Y Santa Catalina de Siena escribe: «Anégate en la sangre de Cristo crucificado; báñate en su sangre; sáciate con su sangre; embriágate con su sangre; vístete de su sangre; duélete de ti mismo en su sangre; alégrate en su sangre; crece y fortifícate en su sangre; pierde la debilidad y la ceguera en la sangre del Cordero inmaculado; y con su luz, corre como caballero viril, a buscar el honor de Dios, el bien de su santa Iglesia y la salud de las almas, en su sangre» (Cartas 333).
En el v. 24 se vuelve a insistir (cfr 7,25) cómo Cristo ejerce su sacerdocio desde el cielo «en favor nuestro»: «Jesucristo, habiendo entrado una vez por todas en el santuario del cielo, intercede sin cesar por nosotros como el mediador que nos asegura permanentemente la efusión del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 667).
Los vv. 27-28 contemplan también tres verdades fundamentales de la fe cristiana acerca de los novísimos: 1) el decreto inmutable de la muerte, «una sola vez» (no hay reencarnación); 2) la existencia de un juicio que sigue inmediatamente a ella; 3) la segunda y gloriosa venida de Cristo. «La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia, que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino» (ibidem, n. 1013).
La expresión «sin relación ya con el pecado» (v. 28) quiere decir que en su segunda venida ya no tendrá que reparar el pecado ni sufrir por él como víctima.
▲ COMENTARIO
Hb 10,1-18
Concluye la comparación entre los sacrificios del Antiguo Testamento con el sacrificio de Cristo bajo el aspecto de su eficacia (cfr 7,27; 9,9-10.12-14). Con unos textos del Antiguo Testamento se muestra cómo el sacrificio de Jesucristo es superior a los sacrificios de la Antigua Ley. Éstos tenían que reiterarse (cfr vv. 1-4) y no podían borrar los pecados (v. 11). En cambio, el sacrificio de Cristo en la cruz es único y perfecto «para siempre» (vv. 12-14). Los que participan de él alcanzan la perfección, es decir, el perdón de los pecados, la pureza de conciencia y el acceso y la unión con Dios. En otras palabras, la santidad deriva del sacrificio del Calvario.
La eficacia del sacrificio de Cristo radica en la obediencia perfecta a la voluntad del Padre (cfr 5,9). Ésta es la razón de la Encarnación, a la que se alude en los vv. 5-7 con una cita del Sal 40 según la versión griega. Por eso, la liturgia de la Iglesia recuerda este texto (vv. 4-10) en varios momentos, especialmente en la solemnidad de la Anunciación del Señor. «[Las palabras del salmo] nos hacen como penetrar en los abismos insondables de este abajamiento del Verbo, de este humillarse por amor de los hombres hasta la muerte de Cruz (…) ¿Por qué esta obediencia, por qué este abajamiento, por qué este sufrimiento? Nos responde el Credo: “Propter nos homines et propter nostram salutem: por nosotros los hombres y por nuestra salvación” Jesús bajó del cielo para hacer subir allá arriba con pleno derecho al hombre, y, haciéndolo hijo en el Hijo, para restituirlo a la dignidad perdida con el pecado (…). Acojámosle. Digámosle también nosotros: Aquí estoy, vengo a hacer tu voluntad» (Juan Pablo II, Audiencia general, 25-III-1981).
Conviene recordar que la Santa Misa es la renovación de este único sacrificio de Cristo, pero no reiteración al modo de los antiguos sacrificios: «El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio: “Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, que se ofreció a sí misma entonces sobre la cruz; sólo difiere la manera de ofrecer” (Cc. de Trento: DS 1743)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1367).
▲ COMENTARIO
Hb 10,19-13,25
Desde aquí hasta la conclusión la carta tiene un carácter más moral; predomina la exhortación a una fe viva y perseverante (10,19-11,40), que permite acercarse a Cristo tanto en las pruebas y tribulaciones como en la conducta presidida por la caridad (12,1-13,19). Es una llamada a corresponder, a dejar que actúe en el alma la redención obrada por Cristo en la cruz, de la que se ha hablado en los capítulos precedentes.
▲ COMENTARIO
Hb 10,19-11,40
En primer lugar se exhorta a beneficiarse del sacrificio de Cristo y se reúnen motivos y ejemplos incomparables que deben animar al creyente a perseverar en su fe a pesar de las dificultades.
▲ COMENTARIO
Hb 10,19-39
Los cristianos debemos confiar en la eficacia del sacrificio de Cristo (vv. 19-21). Al decir que la carne de Cristo es «velo» (v. 20) no sólo se recuerda el velo del Templo que separaba el «Santo de los Santos» del resto del Santuario, sino que se afirma que la Humanidad de Cristo es al mismo tiempo «camino» porque revela su divinidad, y es «velo» porque la oculta. La unión con el sacerdocio de Cristo se realiza por la fe, la esperanza y la caridad (vv. 19-24), manifestada externamente con el buen ejemplo y el culto público (v. 25). Por eso debemos mantener la fe que hemos recibido y profesado en el Bautismo y la pureza que en él se nos ha dado (vv. 26-31). La carta advierte sobre el peligro y gravedad de la apostasía, que equivale a un ultraje hecho contra el Espíritu Santo (cfr nota a 6,4-12 y Mt 12,22-37). De ahí que, con el v. 31 se concluye todo un pasaje que quiere inspirar horror al pecado grave deliberado y exhortar al santo temor de Dios: «“Timor Domini sanctus”. —Santo es el temor de Dios. —Temor que es veneración del hijo para su Padre, nunca temor servil, porque tu Padre-Dios no es un tirano» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 435).
Frente a las persecuciones (vv. 32-34) el autor sagrado renueva su exhortación a la perseverancia (vv. 35-39). Insta a los destinatarios a que vuelvan con el pensamiento y la meditación a los comienzos de su vocación cristiana, cuando fueron «iluminados» (v. 32), es decir, cuando recibieron el Bautismo. Deben actuar como los que compiten y luchan en público sin temor a ser motivo de espectáculo (cfr 1 Co 4,9), sin perder la «confianza» (v. 35; cfr 3,6; 4,16; 10,19). Esta palabra corresponde a un vocablo griego (parrhesía) que indica la libertad y franqueza confiada con que una persona habla con un buen amigo y con Dios. La exhortación a perseverar se apoya en dos citas de la Sagrada Escritura. La primera, según el texto griego de Is 26,20, recuerda que Dios juzgará a los impíos dentro de poco tiempo. La segunda, de Ha 2,4, citada también en otras cartas paulinas (cfr Rm 1,17; Ga 3,11), anuncia la llegada de la liberación del pueblo de Israel. El antiguo vaticinio se ha cumplido en Cristo, que es «el que va a venir» (v. 37), es decir, el que ha de venir por segunda vez. Así pues, el cristiano debe perseverar con entereza en esta espera gozosa con «paciencia» (v. 36; cfr 12,1-13) y «fe» (v. 39; cfr 11,1-40).
▲ COMENTARIO
Hb 11,1-22
La exhortación a la fe mencionada en 10,39 da paso a un encendido elogio de la fe de los antepasados, por la que recibieron un «testimonio» (v. 2), es decir, reconocimiento divino. En primer lugar (v. 1) define la esencia de esta virtud: por medio de la fe el creyente adquiere una certeza firme respecto a las promesas divinas y una posesión anticipada de los bienes celestiales. Esta fe, necesaria para la salvación, incluye en primer lugar la confesión de la existencia de Dios y la creación a partir de la nada (v. 3).
«Por la fe, aun después de muerto, todavía habla» (v. 4). Con estas palabras se evoca el pasaje del Génesis en el cual Dios declara a Caín que «la voz de la sangre de tu hermano clama hacia mí desde la tierra» (Gn 4,10). Abel es testigo, «mártir», de Dios, porque confiesa con su fe, su sacrificio y su generosidad, las grandezas divinas.
A partir de Gn 5,21-24, en la tradición judía se pensaba que Henoc (v. 5) no había muerto, y que, como Elías, estaba en presencia de Dios preparando la venida del Mesías. Su ejemplo da ocasión al autor sagrado de afirmar la absoluta necesidad de la fe para salvarse (v. 6). La fe es el «comienzo de la salvación del hombre» (S. Fulgencio de Ruspe, De fide ad Petrum 1), que se traduce en fe en Cristo: «Creer en Cristo Jesús y en aquél que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (cfr Mc 16,16; Jn 3,36; 6,40 e.a.). “Puesto que ‘sin la fe… es imposible agradar a Dios’ (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que ‘haya perseverado en ella hasta el fin’ (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna” (Cc. Vaticano I: DS 3012; cfr Cc. de Trento: DS 1532)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 161). Por eso, «aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe (…) a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 7).
Noé «condenó al mundo» (v. 7), pues con su conducta coherente condenó la incredulidad de sus contemporáneos: «Presentó al mundo como merecedor de castigo, porque el hecho de presenciar esta construcción no llevó a los hombres a enmendarse ni a arrepentirse» (S. Juan Crisóstomo, In Hebraeos 23,1).
Entre todos los ejemplos de fe destaca el de Abrahán (vv. 8-19), el modelo por antonomasia, en el Antiguo Testamento, de fe en Dios (cfr 6,13ss.; Gn 12,1-4; Rm 4,1ss.; Ga 3,6-9). «Obedecer (“ob–audire”) en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abrahán es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144).
▲ COMENTARIO
Hb 11,23-40
Después de los patriarcas, Moisés era la figura más venerada por el pueblo hebreo, que veía en él a su fundador y a su legislador (cfr 3,1-5). El punto central de la enseñanza de este pasaje (vv. 23-29) es la doble elección a la que obliga la fe: por una parte, a abandonar el goce del pecado y abrazar el sufrimiento del pueblo de Dios (vv. 24-25); por otra, a despreciar los «tesoros de Egipto» y optar por el «oprobio de Cristo» (v. 26). Esta última expresión indica que los sufrimientos pasados en Egipto por el pueblo elegido prefiguran los dolores del Mesías. Ante esta realidad el cristiano debe aprender que ningún bien humano es comparable con la posesión del Señor mediante la gracia. Ningún sufrimiento representa demasiado con tal de seguir al Maestro y asemejarse a Él.
A continuación (vv. 30-40), evocando proezas y sufrimientos de los que salieron victoriosos gracias a su fe, el autor sagrado menciona los testimonios de fe dados por los héroes, jueces, reyes, profetas y mártires desde el tiempo de la conquista de la tierra prometida hasta la época macabea (para los pasajes concretos ver las referencias bíblicas al margen del texto). Tan sólo cita, sin seguir un estricto orden cronológico, a los jueces más importantes (Gedeón, Barac, Sansón y Jefté), al más glorioso de los reyes (David) y al más célebre de los profetas antiguos (Samuel). Finalmente recuerda, sin referir nombres, hechos relevantes de fe y fidelidad.
El pasaje concluye con la afirmación de que los justos del Antiguo Testamento no alcanzaron las promesas porque «Dios había previsto algo mejor» (v. 40). Tuvieron que esperar la gracia que brotaría del sacrificio de Cristo. Dios es como un buen padre, comenta San Juan Crisóstomo, que dice a sus hijos queridos, después de que han terminado su trabajo, que no les dará de comer si no llegan también sus hermanos. «Pues si todos somos un solo cuerpo, este cuerpo recibe un gozo mayor si todos son coronados a la vez y no sólo una parte» (In Hebraeos 28).
▲ COMENTARIO
Hb 12,1-13,25
Recordados los ejemplos de fe y fidelidad de los justos del Antiguo Testamento, se extrae ahora la consecuencia moral: los cristianos no pueden ser inferiores a ellos.
▲ COMENTARIO
Hb 12,1-3
La «nube de testigos» (v. 1) y la referencia a Cristo como «iniciador y consumador» (literalmente, «perfeccionador») enlaza con el pasaje anterior (cfr 11,4-38.40). El modelo y el fundamento de la perseverancia, a la que se aludía en 10,36, es Cristo. Él es ejemplo perfecto de obediencia, de fidelidad a su misión, de unión con el Padre, de paciencia en el sufrimiento. Cristo es presentado como un atleta fuerte y generoso que corre su carrera (cfr 1 Co 9,24; Flp 2,16; 1 Tm 6,12; 2 Tm 2,5), que sabe iniciar y sabe terminar su esfuerzo, que no desfallece y consigue el triunfo. Los cristianos debemos vivir de la misma manera. Es como oír de nuevo las palabras de Flp 2,5-9: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús…». Su ejemplo alienta a superar el desprecio y recuerda que el cristiano no se puede extrañar si, en lugar del triunfo y del gozo, encuentra humillaciones y hostilidad (cfr Mt 10,24-25; Jn 15,20). «¿Qué te enseña Cristo desde lo alto de la Cruz, de la que no quiso bajar, sino que te armes de valor ante los que te insultan y seas fuerte con la fuerza de Dios?» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 70,1).
▲ COMENTARIO
Hb 12,4-13
Siguiendo el ejemplo de Jesús —que dio su vida por nuestros pecados, entregándola hasta la muerte—, los cristianos debemos luchar contra el pecado y ser perseverantes en las tribulaciones y persecuciones, porque si vienen es señal de que el Señor las permite para nuestro bien. Dios es un padre bueno, que educa tierna y firmemente a sus hijos. Nos corrige, mediante la contradicción, para hacernos santos (v. 10). De este modo, una enfermedad, o cualquier otra desgracia a los ojos de los hombres, puede ser el medio previsto por Dios para expiar por los pecados o para configurarse más con Cristo. Los sufrimientos son, pues, manifestación de ese amor paternal de Dios y al mismo tiempo prueba de nuestra condición de hijos suyos (v. 8). Conviene aceptarlos, porque son lo mejor para nosotros: «Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. (…) Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo» (S. Josemaría Escrivá, Via Crucis 1,1).
▲ COMENTARIO
Hb 12,14-29
Se exhorta a llevar una vida ejemplar y fiel digna de ser ella misma culto a Dios (cfr v. 28). Para ello, acude por contraste al ejemplo de Esaú (vv. 14-17) y presenta una comparación entre dos escenas (vv. 18-24): una es la estampa sobrecogedora del establecimiento de la Alianza en el Sinaí (cfr Ex 19,12-16; 20,18); la otra es la visión maravillosa de la Ciudad celestial en el monte Sión, morada de los ángeles y bienaventurados.
El punto central de su argumento se basa en el momento más significativo del nuevo pacto (v. 24): el derramamiento de la sangre del Señor, que sella la Alianza y realiza la purificación universal (cfr Ex 24,8; Hb 9,12-14.20; 1 P 1,2). Esta sangre «habla mejor que la de Abel» (v. 24; cfr 11,4), porque «éste exigía venganza mientras que la sangre de Cristo exige el perdón» (Sto. Tomás de Aquino, Super Hebraeos, ad loc.). «Pecadores, dice esta Epístola, ¡felices de vosotros, que después de pecar acudís a Jesús crucificado, que derramó toda su sangre para ponerse como mediador de paz entre Dios y los que pecan, y recabar de Él vuestro perdón! Si contra vosotros claman vuestras iniquidades, a favor vuestro clama la sangre del Redentor, y la divina justicia no puede menos de aplacarse a la voz de esta sangre» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Práctica del Amor a Jesucristo 3).
La responsabilidad de los creyentes es grande. Con unas palabras del profeta Ageo (v. 26), el autor manifiesta que así como la tierra tembló en el Sinaí cuando Dios selló la Alianza con Moisés, así también con la Nueva Alianza han temblado la tierra y el cielo (cfr Mt 27,51-52). Si la Antigua Alianza exigía obediencia y temor (vv. 20-21), la grandeza de la Nueva exige además una mayor unión con el Señor (v. 25) y una vida en la gracia que sea verdadero culto a Dios (v. 28).
▲ COMENTARIO
Hb 13,1-6
El pasaje recoge un conjunto de enseñanzas morales, consecuencia lógica de lo anterior (cfr 12,28). El culto auténtico no se puede separar de la buena conducta (cfr 13,15-16). Permanecer fiel a Cristo significa ser fiel a su Persona y a su doctrina, a lo que Cristo enseñó.
El v. 2 alude a episodios de la vida de Abrahán y Sara (cfr Gn 17), Lot (cfr Gn 19), Manóaj (cfr Jc 13,3-22) o Tobías (cfr Tb 12,1-20), que pensando que acogían a simples viajeros hospedaron a ángeles.
Los vv. 3-4 son una exhortación a vivir la caridad y la castidad. El texto exhorta con firmeza a valorar y honrar el matrimonio. «Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 25).
Los vv. 5-6 enseñan a no poner el corazón en las riquezas ni a preocuparse desordenadamente de los bienes materiales. El autor sagrado recurre a unas palabras de Moisés (cfr Dt 31,6), ratificadas por el Sal 118,6, para recordar que es Dios mismo quien ha dicho al hombre que no le dejará ni le abandonará. «Si posees a Cristo serás rico y con El te bastará. El será tu proveedor y fiel procurador en todo, de manera que no tendrás necesidad de esperar en los hombres. Pon en Dios tu confianza y sea Él el objeto de tu veneración y de tu amor. Él responderá por ti y todo lo hará bien, como mejor convenga» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 2,1,2-3).
▲ COMENTARIO
Hb 13,7-19
Estos versículos son una exhortación a los destinatarios para que perseveren en la doctrina inmutable que han recibido (vv. 7-9.17). La eficacia de su vida depende del «altar» de la cruz, es decir, del sacrificio de Cristo que se renueva en la Eucaristía (v. 10). Los vv. 11-13 se entienden en el contexto del ceremonial judío del gran Día de la Expiación (cfr 9,1-10 y nota). Jesucristo, crucificado fuera de los muros de Jerusalén —lo que también significa abandonar y declarar superado el culto judaico—, ha cumplido en Sí mismo la prefiguración de las víctimas sacrificadas, que eran quemadas fuera del campamento. Como el sacrificio del novillo y del macho cabrío, inmolados por los pecados del pueblo, permitía al sumo sacerdote entrar en el Santuario, así la sangre de Cristo nos ha abierto el camino hacia el Santuario del Cielo. Al participar de su sacrificio, los cristianos tienen la posibilidad de dar sentido sobrenatural a su vida (v. 14), ejerciendo un sacerdocio espiritual mediante el sacrificio de la oración y las buenas obras (vv. 15-16). Finalmente, el autor pide obediencia a los pastores y oraciones por sí mismo (vv. 18-19).
Si la carta estuviera dirigida a la iglesia de Roma, como algunos piensan, el v. 7 podría hacer alusión a Pedro y Pablo.
El v. 8 es una profunda profesión de fe que expresa el fundamento de toda vida cristiana. La doctrina de Cristo es inmutable como Él y terminará por transformar el mundo. Las circunstancias de la vida humana, el trabajo, la vida familiar y social, los afectos, los dolores, todo adquiere en Cristo un nuevo y definitivo sentido. «La Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas, por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que haya que salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que, en todos los cambios, subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su fundamento último en Cristo, que es El mismo ayer, hoy y por los siglos» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 10). De aquí la seguridad y la firmeza de cada cristiano. «Jesús es el camino. El ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula. ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 127).
▲ COMENTARIO
Hb 13,20-25
La carta termina de modo semejante a las cartas paulinas: una doxología y las palabras de despedida. Podrían haber sido añadidas a la «palabra de exhortación» (v. 22), el cuerpo del escrito, que expresa la idea de discurso o tratado destinado a dar consuelo y ánimo. Incluso puede ser una alusión al tipo de discursos que se pronunciaban en la sinagoga (cfr Hch 13,15).
Jesucristo es denominado el «gran Pastor» (v. 20; cfr 1 P 2,25), superior, por tanto, a Moisés, a quien también se le conocía como pastor de las ovejas (cfr Is 63,11). Vuelve así a insinuarse el paralelismo entre el éxodo y la Antigua Alianza con la entrada en el Cielo.
El v. 21 hace referencia a la doctrina sobre la necesidad y eficacia de la gracia de Dios, y a la correspondencia del hombre a esa gracia.
«Los de Italia» (v. 24). Muchos Padres y antiguos comentaristas, a raíz de estas palabras, pensaron que la carta fue escrita en Roma, pero la expresión también puede referirse a un grupo de cristianos originarios de Italia que residen en algún otro lugar.
Sobre los «santos» (cfr 3,1), ver nota a Rm 15,22-33.