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Gn 12,1-6

La llamada de Dios a Abrahán (nombre que Dios le dará en lugar de Abrán; cfr 17,5) significa el comienzo de una nueva etapa en la relación de Dios con la humanidad, pues la alianza con Abrahán redundará en bendición para todos los pueblos. Conlleva la exigencia de romper con los vínculos terrenos, familiares y locales, apoyándose exclusivamente en la promesa de Dios: una tierra desconocida, una descendencia numerosa —siendo su esposa estéril (cfr 11,30)—, y la protección constante de parte de Dios. Esa llamada divina significa también la ruptura con el culto idolátrico practicado por la familia de Abrahán en la ciudad de Jarán —según parece, el culto lunar—, para adorar al verdadero Dios.

A la llamada de Dios le sigue la respuesta de Abrahán que, creyendo y fiándose totalmente de la palabra divina, abandona su tierra y se dirige a Canaán. La actitud de Abrahán contrasta con la soberbia humana descrita anteriormente a propósito de la torre de Babel (cfr 11,1-9), y, más aún, con la desobediencia de Adán y Eva por la que la humanidad comenzó a separarse de Dios.

El proyecto divino de salvación se empieza a realizar exigiendo al hombre un acto de obediencia: para Abrahán ponerse en camino. Ese proyecto culminará con la obediencia perfecta de Jesucristo «hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8), por la que todos los hombres alcanzarán la misericordia de Dios (cfr Rm 5,19). Todos los hombres que escuchan y obedecen la voz del Señor, todos los creyentes, pueden considerarse, por tanto, hijos de Abrahán. «Así, Abrahán creyó a Dios, y le fue contado como justicia. Por tanto, daos cuenta de que los que viven de la fe, ésos son hijos de Abrahán. La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció de antemano a Abrahán: En ti serán bendecidas todas las naciones. Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con el fiel Abrahán» (Ga 3,6-9).

Las exigencias de la fe se han visto reflejadas por la tradición judía y cristiana en las tres realidades que Dios ordena abandonar a Abrahán: «Mediante las tres salidas, de la tierra, de la parentela y de la casa paterna, se significa —según la interpretación de Alcuino— que hemos de salir del hombre terreno, de la parentela de nuestros vicios, y del mundo dominado por el Diablo» (Interrogationes in Genesim 154).

La respuesta de Abrahán conlleva al mismo tiempo una actitud de oración, de trato íntimo con Dios. La oración, aunque ya aparece desde el principio en el Antiguo Testamento (cfr 4,4.26; 5,24; etc.) se revela sobre todo a partir de nuestro padre Abrahán, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Cuando Dios lo llama, Abrahán se pone en camino “como se lo había dicho el Señor” (Gn 12,4): todo su corazón se somete a la Palabra y obedece. La obediencia del corazón a Dios que llama es esencial a la oración, las palabras tienen un valor relativo. Por eso, la oración de Abrahán se expresa primeramente con hechos: hombre de silencio, en cada etapa construye un altar al Señor. Solamente más tarde aparece su primera oración con palabras: una queja velada recordando a Dios sus promesas que no parecen cumplirse (cfr Gn 15,2-3). De este modo surge desde el principio uno de los aspectos de la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en Dios que es fiel» (n. 2570).

Abrahán llega a la parte central de Palestina, desde donde se irá desplazando hacia el sur, al tiempo que va edificando altares al Señor, al verdadero Dios, en los lugares que habían de ser santuarios importantes en épocas posteriores. El texto bíblico resalta que el Señor acompaña a Abrahán, y que éste le tributa un culto agradable, en oposición al culto idolátrico que practicaban los habitantes del país, denominados genéricamente «cananeos». Dios, por otra parte, en todas sus manifestaciones al patriarca promete esa tierra a sus descendientes (cfr 13,15; 15,18; 17,8; 26,4). De esta forma, el texto enseña de dónde provenía radicalmente la legitimidad de la posesión de la tierra de Canaán por parte de los israelitas. De todos modos, la promesa de una tierra a la descendencia de Abrahán, trasciende la realidad empírica de un territorio, y se convierte en símbolo de la bendición y de los dones divinos destinados a todos los hombres.

Hablando de la fe de Abrahán a la palabra de Dios, San Pablo interpretará que la «descendencia» de Abrahán, en singular, no son muchos sino uno solo, Jesucristo, ya que únicamente Él, siendo el Hijo de Dios, y haciéndose obediente hasta la muerte, posee todos los bienes divinos y los comunica al hombre: «Cristo nos rescató (…) para que la bendición de Abrahán llegase a los gentiles en Cristo Jesús, a fin de que por medio de la fe recibiésemos la promesa del Espíritu. (…) Pues bien, las promesas fueron hechas a Abrahán y a su descendencia. No dice: “y a los descendientes”, como si hablara de muchos, sino de uno solo: “y a tu descendencia”, que es Cristo» (Ga 3,13-16).

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Gn 12,10-20

Un episodio similar, con ligeras variaciones, se vuelve a contar otra vez de Abrahán (cfr 20,1-18) y más tarde de Isaac (cfr 26,1-13). Con estos relatos se resalta la belleza de sus mujeres (madres del pueblo elegido), las dificultades por las que pasaron y su habilidad para solucionarlas, así como, sobre todo, la protección divina sobre ellos.

La bajada de Abrahán a Egipto está en consonancia con el tipo de vida seminómada que se le atribuye, y con los desplazamientos propios de aquella gente. En el libro del Génesis adquiere, sin embargo, un significado particular. El hambre en el país de Canaán es como la primera prueba que Abrahán debe soportar, y por ello busca otra tierra, Egipto, cuya riqueza era legendaria (cfr 13,10). Pero no es allí donde debe permanecer, sino que volverá al lugar donde había construido un altar e invocado el nombre del Señor (cfr 13,4).

Es importante observar cómo Dios sale en Egipto en defensa de Abrahán y en defensa de su matrimonio con Sara, a pesar de la actitud del patriarca, que, por miedo, está a punto de abandonar a su esposa, a la elegida por Dios para ser madre de su descendencia. Se quiere resaltar que el Señor no es como un Dios local, vinculado a un santuario, sino un Dios personal, que protege a su siervo en cualquier parte que se encuentre. Este pasaje nos enseña, por tanto, a confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso cuando la debilidad y el miedo nos inducen a abandonar los planes de Dios sobre nosotros: «Confía siempre en tu Dios. Él no pierde batallas» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 733). En la siguiente versión del suceso (cfr 20,1-18), se justifican las palabras del patriarca, señalando que Sara, su esposa, era al mismo tiempo su hermana por parte de padre.

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Gn 13,1-18

Abrahán prospera en la tierra que Dios le ha prometido, lo cual es ya un signo de la bendición divina. Pero todavía ha de superar otra prueba: las discordias en la propia familia por causa de los pastos. Sobresale ahora la actitud pacificadora del patriarca, que permite a Lot elegir la parte del territorio que quiera. La conducta de Abrahán es como un nuevo acto de fe en la promesa divina, aceptando que Dios da la tierra a quien quiere. Tras la separación de Lot, en efecto, Dios vuelve a reafirmar con fuerza la promesa de la descendencia y de la tierra, y Abrahán la recorrerá, por orden divina, como señal de toma de posesión. Por fin se establece en Hebrón, al sur de Palestina, en los límites del desierto del Négueb.

Lot ha elegido la parte más rica, la vega del Jordán; pero también, señala el hagiógrafo, la cercanía de la ciudad del pecado, Sodoma. Lot lamentará más tarde esta decisión (cfr cap. 19). La narración parece reflejar una configuración geográfica sin la existencia del Mar Muerto, al menos tal como se encuentra ahora.

San Juan Crisóstomo observa, a propósito de este pasaje, cómo la paz familiar fue turbada por causa de las riquezas: «Aumentaron los ganados, se multiplicaron los rebaños, obtuvieron grandes riquezas y en seguida se rompió la concordia. Antes había paz y unión en el amor, ahora riñas y peleas. Porque cuando existe lo mío y lo tuyo, surgen toda clase de litigios; cuando esto no existe, se da la concordia y la paz verdadera» (Homiliae in Genesim 33,3).

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Gn 14,1-16

Este episodio en su conjunto encaja en el revuelto contexto histórico de Siria y Palestina durante los siglos XIX-XVII a.C., en los que eran frecuentes las guerras locales de unos reyezuelos contra otros. Aquí parece que se trata de una incursión de reyes del norte que asolan Transjordania y el valle del Jordán. Sus nombres no son identificables en lo que se conoce de la historia de aquella época, aunque presentan parecidos con nombres jurritas (o hurritas) y elamitas. Al ser recogido este recuerdo en el texto del Génesis, se destaca la valentía de Abrahán, al mismo tiempo que su fidelidad familiar, su lealtad y su magnanimidad, saliendo en ayuda de Lot. Éste, por su parte, sufre las consecuencias de haber ido a habitar junto a Sodoma, y es salvado, él y sus posesiones, gracias a la intervención de Abrahán. Por otra parte, el episodio manifiesta que, aún después de la llamada divina a Abrahán, siguen existiendo la violencia y la guerra sobre la tierra.

Contemplando la figura de Abrahán, y especialmente este pasaje, aprendemos de la Sagrada Escritura que la respuesta al designio divino lleva consigo la preocupación magnánima por los demás: «Magnanimidad: ánimo grande, alma amplia en la que caben muchos. Es la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos. No anida la estrechez en el magnánimo; no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la trapisonda interesada. El magnánimo dedica sin reservas sus últimas fuerzas a lo que vale la pena; por eso es capaz de entregarse él mismo. No se conforma con dar: se da. Y logra entender entonces la mayor muestra de magnanimidad: darse a Dios» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 80).

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Gn 14,13

«El hebreo». Es la primera vez que encontramos esta denominación en el Antiguo Testamento. Según la traducción griega, tal nombre significa «el del otro lado», es decir, el que pasó del otro lado del río Éufrates. Pero actualmente se tiende a relacionar el nombre de «hebreo» con el de hapiru que aparece en las cartas de Tell–el-Amarna (Egipto, siglo XIV a.C.), en documentos babilónicos de tiempos de Hammurabi (siglo XVIII a.C.), y en otros testimonios de aquellas épocas. Los «hapiru» parece que fueron una clase social, gentes dedicadas a una actividad caravanera muy intensa. El nombre de «hebreo» se puede relacionar también con Heber, descendiente de Sem según 11,16.

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Gn 14,18-20

Como un pequeño inciso al terminar el relato de la victoria de Abrahán sobre los reyes del norte, se recoge esta escueta tradición, que muestra la relación de Abrahán con Jerusalén y su rey. En el contexto de la historia patriarcal, este episodio refleja el reconocimiento por parte de los pueblos (Salem, Sodoma) de la bendición que les llega por medio de Abrahán (cfr 12,3). En el caso concreto de Salem, se deja entrever también que allí se adoraba al verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra, con el nombre de El-Elyón, o Dios Altísimo, y que es reconocido por Abrahán como el mismo Señor, «creador de cielo y tierra» (cfr 14,22). El pan y el vino son ofrecidos entre las primicias de la tierra como sacrificios en señal de reconocimiento al Creador. En nombre de El-Elyón Abrahán recibe la bendición de Melquisedec, apareciendo así Jerusalén como el lugar donde «El Señor imparte su bendición» (Sal 134,3). Es también significativo que Abrahán entregue al rey de Jerusalén el diezmo de todo, como reconociendo su derecho a recibirlo.

Tanto la ciudad de Salem, como la figura de Melquisedec, adquirieron en la tradición judía un sentido peculiar. A Salem se la identifica con Jerusalén o Sión, donde está presente el Señor: «su tienda está en Salem, su morada en Sión» canta el Sal 76,3. A Melquisedec se le atribuye un carácter sacerdotal anterior y más excelso que el de la familia de Aarón, cuando se canta al Rey Mesías «Tu eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec» (Sal 110,4). En el Nuevo Testamento, la misteriosa figura sacerdotal de Melquisedec es presentada como tipo del sacerdocio de Cristo, ya que éste, sin pertenecer a la familia de Aarón, es realmente sacerdote eterno: «En efecto, Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro de Abrahán que volvía de la victoria sobre los reyes y le bendijo; y Abrahán le dio el diezmo de todo. Su nombre significa, en primer lugar, rey de justicia y además, rey de Salem, es decir, rey de paz: Al no tener ni padre, ni madre, ni genealogía, ni comienzo de días ni fin de vida, es asemejado al Hijo de Dios y permanece sacerdote para siempre» (Hb 7,1-3).

La liturgia cristiana, a la luz de todo lo anterior, ha visto prefigurada la Eucaristía en el pan y el vino presentados por Melquisedec (cfr Misal Romano, Plegaria Eucarística I): éste es contemplado por la Tradición como figura de los sacerdotes de la nueva ley.

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Gn 15,1-21

Dios recompensa a Abrahán su generosidad con Melquisedec y su renuncia a los bienes que le ofrecía el rey de Sodoma. Se le aparece en una visión y le promete su ayuda, una numerosa descendencia y la tierra de Canaán. Aquí únicamente se pide a Abrahán la fe en la promesa, que Dios mismo, mediante un rito de alianza, se compromete a cumplir. En este pasaje resalta la gratuidad de la promesa divina y se anuncia la fidelidad de Dios que hará realidad lo que promete.

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Gn 15,2-3

Abrahán no comprende cómo se va a cumplir la promesa que Dios le hizo al salir de Jarán (cfr cap. 12). El no tener hijos supone una gran prueba para su fe; y todo lo demás que Dios pueda darle pierde relieve para él ante tal situación. Es la primera vez que Abrahán habla a Dios, reflejándose en la conversación una profunda intimidad. Expone a Dios sus inquietudes: puesto que Lot se ha marchado de su lado, y él no tiene un hijo, ha de nombrar un heredero que se haga cargo del clan, a cambio de servir a Abrahán mientras viva. Este diálogo entre Dios y un hombre es el primero que aparece en la Biblia, después del que Dios mantuvo con Adán en el paraíso (cfr 3,9-12). Se trata de una conversación de amistad entre el hombre y Dios, y constituye, por tanto, el primer ejemplo de oración de amistad y filiación, pues orar es hablar con Dios.

«De Damasco»: Es la traducción más frecuente de un término ininteligible en un texto parcialmente mal conservado. No parece que denote lugar de origen, ya que se trata de un siervo nacido en la casa de Abrahán (v. 3); por tanto, ha de tratarse de un título de otro tipo cuyo significado se nos escapa.

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Gn 15,4-6

De nuevo se le pidió a Abrahán un acto de fe en la palabra de Dios, y Abrahán creyó lo que Dios le decía. Por eso agradó a Dios y fue considerado justo. De ahí que Abrahán quede constituido como el padre de todos aquellos que creen en Dios y en su palabra de salvación.

A la luz de este pasaje, San Pablo verá en la figura de Abrahán el modelo de cómo el hombre llega a ser justo ante Dios: por la fe en su palabra, siendo la palabra definitiva el anuncio de que Dios nos salva mediante la muerte y la resurrección de Jesucristo. De este modo, Abrahán no sólo llega a ser el padre del pueblo hebreo según la carne, sino también el padre de quienes sin ser hebreos han venido a formar parte del nuevo pueblo de Dios mediante la fe en Jesucristo: «Pues decimos: a Abrahán la fe se le contó como justicia. ¿Cuándo, pues, le fue tenida en cuenta?, ¿cuando era circunciso o cuando era incircunciso? No cuando era circunciso, sino cuando era incircunciso. Y recibió la señal de la circuncisión como sello de justicia de aquella fe que había recibido cuando era incircunciso, a fin de que él fuera padre de todos los creyentes incircuncisos, para que también a éstos la fe se les cuente como justicia; y padre de la circuncisión, para aquellos que no sólo están circuncisos, sino que también siguen las huellas de la fe de nuestro padre Abrahán, cuando aún era incircunciso» (Rm 4,9-12).

La fe de Abrahán se manifiesta en su obediencia a Dios: cuando salió de su tierra (cfr 12,4) y cuando más tarde estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo (cfr 22,1-4). Este aspecto de la obediencia de Abrahán es el que pondrá especialmente de relieve la Epístola de Santiago, invitando a los cristianos a dar pruebas de la autenticidad de la fe mediante la obediencia a Dios y las buenas obras: «Abrahán, nuestro padre, ¿acaso no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y cómo la fe alcanzó su perfección por las obras? Y así se cumplió la Escritura que dice: “Creyó Abrahán a Dios y le fue contado como justicia”, y fue llamado amigo de Dios» (St 2,21-23).

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Gn 15,7-21

Se pone de relieve con extraordinaria fuerza la firmeza de la promesa divina de la tierra. Para ello Dios ordena hacer un rito de alianza en el que se escenifica el compromiso adquirido por ambas partes. Según ese antiguo rito (cfr Jr 34,18), el paso de los que hacían el pacto entre las víctimas divididas en dos mitades significaba que también debería ser descuartizado quien lo quebrantase. El texto muestra, precisamente, que Dios, representado en la antorcha de fuego, pasó entre las mitades ensangrentadas de las víctimas, rubricando de este modo su promesa.

Así presenta el libro del Génesis el derecho que el pueblo de Israel tiene a la tierra de Canaán, dando razón, al mismo tiempo, de por qué sólo había llegado a pertenecerles en época reciente, después de la salida de Egipto. En el mismo acto de la promesa entra ya, en forma de una oscura premonición a Abrahán, el anuncio de las tribulaciones que el pueblo habría de sufrir hasta su cumplimiento. Se da explicación también de por qué Dios ha quitado la tierra a los cananeos, designados aquí como amorreos: porque se ha colmado su maldad. Dios aparece de este modo como Señor de la tierra y de la historia. Sobre el tiempo de permanencia en Egipto cfr nota a 37,2-50,26.

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Gn 16,1-6

También Sara parece impacientarse ante el retraso del cumplimiento de la promesa divina de dar descendencia a Abrahán. Por eso recurre a una costumbre de aquel tiempo que tenía como finalidad acrecentar el número de hijos. No se trataba propiamente de poligamia, sino de un medio buscado por la esposa legítima de dar hijos al marido. Según conocemos por la legislación babilónica de aquella época, si la esclava, al verse encinta, despreciaba a su señora, podía ser castigada y tratada de nuevo como esclava. Es lo que teme Agar y por eso huye.

Los patriarcas viven según las costumbres de su tiempo, que, en casos como éste, reflejan una moral imperfecta. A la luz del conjunto de la enseñanza bíblica, podemos entender tales comportamientos como consecuencia del pecado de origen, y podemos ver cómo, en efecto, Dios va llevando progresivamente a la humanidad hacia una moral en consonancia plena con la dignidad del hombre reflejada en el relato de la creación. Así será la propuesta por Jesucristo y recogida en el Nuevo Testamento, por ejemplo en Mt 5,31-32, a propósito del matrimonio. Pero hasta ese momento Dios tolera, con extraordinaria pedagogía, aquellas costumbres y formas de conducta imperfectas, en orden precisamente a conducir a la humanidad a metas más elevadas. «Los libros del Antiguo Testamento —enseña el Concilio Vaticano II— manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina» (Dei Verbum, n. 15).

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Gn 16,7-16

Por vez primera aparece en la Biblia el «ángel del Señor», que aquí significa Dios mismo en cuanto que sale al encuentro del hombre, haciéndosele de algún modo visible. El pasaje recoge, por otro lado, una tradición que explica el nombre de algún lugar del desierto del Négueb, unido a los recuerdos sobre los patriarcas. De hecho allí se situará el establecimiento de Isaac según 25,11. Como el nombre del lugar (Lajay-Roy en hebreo suena como «el viviente que me ve»), también el de Ismael se explica según su etimología: «Dios escuchó».

Ismael es el antepasado de los árabes del desierto que viven al margen de las tierras cultivables. Mediante la manifestación del vínculo existente entre Abrahán e Ismael se quieren evidenciar las relaciones, a veces tensas, pero familiares, entre los hebreos y aquel pueblo. El relato bíblico nos muestra sobre todo cómo Dios ama y protege también a ese pueblo, y cómo se compadece de cualquier individuo que sufre: en este caso, la esclava egipcia.

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Gn 17,1-27

Si antes, en el cap. 15, el texto sagrado resaltaba el aspecto de la promesa vinculado a la alianza de Dios con Abrahán, ahora muestra las obligaciones que afectan al patriarca y a su futura descendencia: ser santos, reconocer al único Dios y guardar la práctica de la circuncisión. La alianza, que tiene su origen como hemos visto en una iniciativa divina, compromete también al hombre. En el caso de Abrahán este compromiso consiste en aceptar la circuncisión, como mandato de Dios, para él y sus descendientes.

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Gn 17,1

«El-Saday» es el nombre con el que los patriarcas designan frecuentemente a Dios (cfr 28,3; 35,11; 43,14; 48,3; 49,25), pues todavía no se había revelado el nombre de «Yahwéh» (cfr Ex 3,13-14). Siguiendo la antiquísima versión griega llamada de los Setenta, se suele traducir por «Dios omnipotente», aunque también pudiera significar «Dios de las montañas», o «Dios de la abundancia». Al recordar los nombres con que los patriarcas se referían e invocaban a Dios, la Biblia está presentando, por una parte, la identidad del Dios que adoraron los patriarcas con Yahwéh, el Dios de la alianza del Sinaí; y, por otra, el progreso en la revelación que Dios hace de sí mismo a lo largo de la historia.

A Abrahán se le pide vivir en la presencia de Dios y ser perfecto. Ambas realidades van íntimamente unidas: «Ésta es la única manera de mantenerse sin tropiezo —señala Clemente de Alejandría—: tener presente que Dios está siempre a nuestro lado» (Paedagogus 3,33,3). Por primera vez aparece en la Biblia el imperativo divino «sé perfecto» dirigido a un hombre, Abrahán. Esta llamada se hará extensiva a través de Jesucristo a todos los hombres (cfr Mt 5,48).

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Gn 17,5

Abrahán es el primero en la historia bíblica al que Dios cambia el nombre. De esta forma se indica que Dios confiere al patriarca una personalidad nueva y una misión, que quedan reflejadas en el significado del nuevo nombre: «padre de multitud de pueblos». Este nombre, por tanto, está en relación con la promesa que acompaña a la alianza; a partir de ahora, la figura del patriarca, toda su personalidad, depende de la alianza con Dios y está al servicio de la misma. Abrahán es el «hombre de la alianza»; a la luz de la revelación plena del Nuevo Testamento, San Pablo interpretará ese nuevo nombre de Abrahán en relación con los gentiles convertidos al cristianismo (cfr Rm 4,17). Ese nombre, «padre de multitud de pueblos», se convierte así en anuncio profético de la futura incorporación del mundo no judío al pueblo de la nueva alianza, que es la Iglesia.

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Gn 17,10-14

La circuncisión, que consiste en cortar circularmente una porción del prepucio, pudo ser originariamente un rito de iniciación al ejercicio de la sexualidad y al matrimonio, común en diversos pueblos del antiguo Próximo Oriente. En su práctica también pudieron influir razones de orden higiénico. El pueblo de Israel lo consideró como un mandato divino en el contexto de la alianza y como signo distintivo de la pertenencia al pueblo de Dios. En este sentido se puede entender en la tradición cristiana que la circuncisión prefiguraba el Bautismo. «La circuncisión de Jesús, al octavo día de su nacimiento (cfr Lc 2,21) es señal de su inserción en la descendencia de Abrahán, en el pueblo de la Alianza, de su sometimiento a la Ley (cfr Ga 4,4) y de su consagración al culto de Israel en el que participará durante toda su vida. Este signo prefigura “la circuncisión en Cristo” que es el Bautismo (Col 2,11-13)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 527). En la nueva economía de la salvación aquel signo ha dejado de tener vigencia: «Porque en Cristo Jesús no tienen valor ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que actúa por la caridad» (Ga 5,6).

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Gn 17,15-22

La realización del plan de Dios, manifestado en la promesa del cap. 15, va a sobrepasar las expectativas de Abrahán. Éste, ciertamente, tiene ya un hijo, Ismael, obtenido mediante la esclava Agar según las costumbres de su tiempo, es decir, según las leyes y los recursos humanos. Pero no es a través de ese hijo como Dios va a cumplir su promesa, sino a través de un hijo que nacerá de Sara, y en cuyo nacimiento se manifestará el poder de Dios de tal modo que se vea claramente su intervención en dicho cumplimiento.

También Sara, la mujer de Abrahán, va a tener una participación directa en el modo de cumplirse la promesa. De ahí que también a ella se le cambie el nombre para indicar la nueva personalidad que adquiere al hacerla participar directamente en el proyecto divino mediante su maternidad. Es lo que ahora se anuncia a Abrahán.

La sonrisa de Abrahán, así como la risa de Sara en el capítulo siguiente (cfr 18,12-14), al tiempo que resalta lo asombroso del anuncio —tanto que parece increíble— está relacionada ya con el nombre del hijo que nacerá: Isaac (cfr 21,6). Abrahán, sin embargo, sigue pensando en el hijo que ya tiene, Ismael. También sobre éste recaerán las bendiciones divinas, y se convertirá en un gran pueblo, el pueblo de los ismaelitas, o árabes. Pero al patriarca se le pide ahora un nuevo acto de fe en Dios: esperar, a pesar de la vejez de ambos, que Sara le dé un hijo, que será el protagonista de la alianza con Dios, como lo había sido Abrahán. Y es que la acción de Dios, en efecto, sobrepasa las expectativas del hombre.

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Gn 17,23-27

La prontitud y rigor con que Abrahán cumple el mandato que Dios le ha dado, representa una invitación dirigida a los israelitas a practicar la circuncisión, y a sentirse, de esta forma, partícipes de aquella Alianza. Pero al mismo tiempo, esta obediencia de Abrahán se convierte en un ejemplo de fidelidad a Dios en el cumplimiento con prontitud de sus mandamientos. «El que obedece con fidelidad —escribe San Bernardo— no conoce demoras, evita dejarlo para mañana, no sabe qué es el retraso, antepone a todo al que manda. Tiene puestos los ojos para ver, los oídos para escuchar, la lengua para hablar, las manos para trabajar, los pies para caminar. Todo se pone en acto para cumplir la voluntad del que manda» (Sermones de diversis 41,7).

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Gn 18,1-19,38

Los episodios de la aparición de Dios a Abrahán en Mambré y la destrucción de Sodoma forman una unidad narrativa. En ella se nos presenta de nuevo la relación entre Dios y Abrahán, destacando, esta vez, no sólo la promesa de que Sara le dará un hijo, sino también la intercesión del patriarca en favor de Sodoma y Gomorra. Por esa intercesión se salvan Lot y su familia (cfr 19,29). Así Abrahán es ya bendición para los pueblos representados en los descendientes de Lot. El colorido de la narración y los curiosos detalles que recoge, han convertido a este pasaje en uno de los más populares de la historia patriarcal.

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Gn 18,1-15

Esta nueva aparición de Dios a Abrahán está revestida de un carácter misterioso: los tres hombres representan a Dios. Cuando Abrahán les habla, a veces lo hace en singular, como si fuese uno solo (cfr v. 3), a veces lo hace en plural como si fuesen tres (cfr v. 4). De ahí que algunos Santos Padres hayan interpretado esta aparición como un anuncio anticipado del misterio de la Santísima Trinidad; otros, siguiendo la tradición judía (cfr Hb 13,2), entendieron que aquellos personajes eran ángeles. Así se desprende, en efecto, del texto sagrado ya que narra que uno de aquellos tres hombres, al parecer Yahwéh, queda con Abrahán (cfr v. 22), mientras los otros dos, a los que se llama ángeles, van a Sodoma (cfr 19,1). Aunque los primeros capítulos del Génesis no narrasen expresamente la creación de los ángeles, ésta puede estar incluida en el término «cielo» de 1,1: «Dios, al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana» —afirma el IV Concilio de Letrán (De fide catholica)—. En la Sagrada Escritura, los ángeles son mencionados como servidores y mensajeros de Dios, y, por encima de algunas representaciones como la de este pasaje, se han de entender como criaturas puramente espirituales, personales, inmortales, con inteligencia y voluntad. «Desde la creación (cfr Job 38,7, donde los ángeles son llamados “hijos de Dios”) y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos anunciando, de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrenal (cfr Gn 3,24), protegen a Lot (cfr Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cfr Gn 21,17), detienen la mano de Abrahán (cfr Gn 22,11), la ley es comunicada por su ministerio (cfr Hch 7,53), conducen el pueblo de Dios (cfr Ex 23,20-23), anuncian nacimientos (cfr Jc 13) y vocaciones (cfr Jc 6,11-24; Is 6,6), asisten a los profetas (cfr 1 R 19,5), por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús (cfr Lc 1,11-26)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 332).

En el conjunto de la narración del Génesis, este episodio manifiesta que en la nueva situación creada por la Alianza, Dios habla con Abrahán directamente, como lo hiciera con Adán antes del pecado. Abrahán, por su parte, acoge a Dios mediante la hospitalidad, y Dios le promete de nuevo un hijo de Sara, concretándole, esta vez, el tiempo en el que habría de nacer. «Habiendo creído en Dios (cfr Gn 15,6), marchando en su presencia y en alianza con él (cfr Gn 17,2), el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio de la anunciación del verdadero Hijo de la promesa (cfr Gn 18,1-15; Lc 1,26-38). Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abrahán está en consonancia con la compasión del Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (cfr Gn 18,16-33)» (ibidem, n. 2571).

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Gn 18,6

El seah (plural, seim) es una medida de áridos (cfr 1 S 25,18; 2 R 7,1.16.18) que correspondía probablemente a una tercera parte del efah, es decir, a unos 7 litros.

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Gn 18,10

«La próxima primavera». También puede traducirse como «el próximo año». Literalmente dice «el tiempo de la vida», que algunos interpretan como «el tiempo del embarazo de la mujer», es decir, nueve meses.

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Gn 18,16-33

En su intercesión por Sodoma y Gomorra, Abrahán argumenta desde una visión de responsabilidad colectiva, tal como era entendida antiguamente en Israel: todo el pueblo participaba de la misma suerte, aunque no todos hubiesen pecado, pues el pecado de unos afectaba a todos. Según aquella antigua mentalidad, si en la ciudad hubiese habido suficiente número de justos —Abrahán no se atreve a bajar de diez— Dios no la habría destruido. Tal forma de pensar refleja, al mismo tiempo, cómo la salvación de muchos, incluso pecadores, puede venir por la fidelidad de unos pocos justos, y prepara así el camino para comprender cómo la salvación de toda la humanidad se realiza por la obediencia de uno solo, Jesucristo.

El desenlace del episodio de Sodoma y Gomorra muestra que Dios, aunque destruye esas ciudades, salva a los justos que vivían en ellas. Dios no castiga al justo con el pecador, como pensaba Abrahán, sino que hace perecer o salva a cada uno según su conducta. Esta verdad, que aparece en la Biblia desde el principio, se pondrá especialmente de relieve en la enseñanza de los profetas, sobre todo en Jeremías y Ezequiel (cfr Jr 31,29-30; Ez 18), que destacan la responsabilidad individual y personal ante Dios.

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Gn 19,1-38

Contrasta la suerte de Lot que, habiéndose separado de Abrahán, se aposenta en una ciudad de gente pecadora, con la de Abrahán que sigue llevando una vida nómada y planta su tienda en Mambré. Lot es víctima de su propia decisión de ir a habitar en una tierra fecunda, que, sin embargo, resultó estar poblada por hombres impíos (cfr 13,10-13). Lot actúa como un hombre justo practicando la hospitalidad igual que había hecho antes Abrahán (cfr 18,1-8); pero, por la perversión de los habitantes de aquella región, se va a encontrar en una situación trágica, de la que se salva gracias a la compasión del Señor y la intercesión de Abrahán (cfr v. 29).

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Gn 19,4-5

A raíz de este pasaje bíblico, las relaciones homosexuales reciben también el nombre de «sodomía». Aquí se pone de relieve la gravedad de tal pecado, aumentada además, en este caso, por constituir una violencia contra el derecho de asilo que acompañaba la hospitalidad. En la Sagrada Escritura, los pecados de homosexualidad son presentados como depravaciones graves: la Ley de Moisés lo castigaba con la muerte (cfr Lv 20,13), y, en el Nuevo Testamento, se consideran punto culminante de la degradación humana cuando los hombres no quieren vivir según la ley de Dios (cfr Rm 1,26-27; 1 Co 6,9; 1 Tm 1,10). Apoyándose en la Sagrada Escritura, la Tradición ha declarado siempre que «los actos homosexuales son intrínsecamente malos» (Congregación para la doctrina de la Fe, Persona humana, n. 8). «Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357).

En nuestro tiempo —enseña este mismo Catecismo de la Iglesia Católica— «un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianos, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición» (n. 2358).

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Gn 19,24

Probablemente las ruinas de Sodoma y Gomorra se encuentran bajo las aguas del Mar Muerto, en la parte sur. El relato bíblico interpreta la desaparición de dichas ciudades por algún cataclismo pavoroso, como castigo de Dios por los pecados de sus habitantes.

A lo largo de la Biblia se alude con frecuencia a la imponente destrucción de estas dos ciudades, así como al territorio en que se asentaban, ahora desolado, como testimonio y ejemplo del rigor del castigo divino (cfr Dt 29,22; Is 13,19; Jr 49,18; etc.) del que Israel es preservado, a pesar de sus pecados, gracias a la fidelidad de un pequeño resto (cfr Is 1,9), y del que se salvarán asimismo los justos (cfr Sb 10,6-7). Nuestro Señor Jesucristo compara el castigo de Sodoma y Gomorra con el que sobrevendrá el día del Juicio, que será mucho mayor que aquél (cfr Mt 10,15; 11,23-24), y nos invita a recordar aquel cataclismo para estar siempre vigilantes (cfr Lc 17,28-30).

Como ya había sucedido en el diluvio del que fue preservado Noé (cfr Gn 6,8-12), Dios «a las ciudades de Sodoma y Gomorra las condenó a la destrucción, reduciéndolas a cenizas para escarmiento de lo que habrá de suceder a los impíos; y libró en cambio al justo Lot —angustiado por la conducta licenciosa de aquellos hombres inicuos—; pues este justo, al vivir entre ellos, sentía atormentada su alma por las obras inicuas que un día y otro veía y oía: porque el Señor sabe cómo librar de la prueba a los piadosos y retener a los impíos para castigarlos en el día del juicio, sobre todo a los que van detrás de la carne, arrastrados por deseos impuros, y menosprecian la autoridad del Señor.» (2 P 2,6-10).

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Gn 19,26

El suceso de la mujer de Lot viene a ser una advertencia de no volverse atrás en el camino emprendido. En este sentido lo recuerda el Señor aplicándolo a la imprevisibilidad del día del Juicio (cfr Lc 17,32). La tradición cristiana lo ha aplicado a la perseverancia en el buen propósito emprendido. Así escribe, por ejemplo, un antiguo autor: «La mujer de Lot, convertida en estatua de sal, propone con su ejemplo a los simples, que no deben mirar atrás con curiosidad enfermiza, cuando avanzan hacia un propósito santo» (Quodvultdeus, De promissionibus 1). Y, empleando la misma imagen respecto a la vocación cristiana, exhorta San Josemaría Escrivá: «Tú, que has visto clara tu condición de hijo de Dios, aunque ya no lo volvieras a ver —¡no sucederá!—, debes continuar adelante en tu camino, para siempre, por sentido de fidelidad, sin volver la cara atrás» (Forja, n. 420).

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Gn 19,30-38

Moab y Amón eran dos pueblos vecinos de Israel, en la parte oriental del Jordán (cfr Nm 21,11.24). Tal vez, con este breve relato, el autor sagrado haya querido indicar la superioridad del pueblo de Israel, pueblo nacido por designio especialísimo de Dios, sobre los demás pueblos de alrededor. Los moabitas y amonitas son presentados con cierto desprecio por su origen incestuoso.

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Gn 20,1-18

Según los viajes propios de una tribu seminómada, Abrahán llega hasta Guerar, en la parte norte del desierto del Négueb. De este viaje, el texto bíblico recuerda un episodio similar en cierto modo al que se narra en el cap. 12, pero con algunas diferencias: por una parte, se justifica la conducta del patriarca haciendo notar que Sara era verdaderamente su hermana por parte de padre (cfr v. 12); por otra, vuelve a aparecer el poder de intercesión de la oración de Abrahán (cfr v. 7), y la providencia de Dios que guarda a Abimélec, que había actuado de buena fe, de cometer un gran pecado. El conjunto del relato muestra cómo Dios protege el matrimonio de Abrahán, ante el peligro de que le sea arrebatada su esposa. Una vez más la intervención divina hace posible la descendencia de Abrahán y de Sara.

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Gn 21,1-7

La promesa narrada en 15,18 y 17,19-21 comienza ahora a cumplirse. La edad del patriarca viene a resaltar la intervención especial de Dios en el nacimiento de Isaac; y lo mismo la explicación etimológica del nombre, «se echó a reír», que ahora se interpreta como «Dios me ha hecho reír», es decir, me ha hecho feliz (cfr 18,15). Sobresale al mismo tiempo el ejemplo de Abrahán en cumplir estrictamente el mandamiento de la circuncisión.

Éste es quizá el momento más gozoso en la vida del patriarca, que hasta aquí ha transcurrido en su mayor parte en medio de pruebas y tribulaciones. Con el nacimiento de Isaac se acrecienta la confianza de Abrahán en Dios, que se expresa ahora mediante la obediencia inmediata a su Ley. El Señor prepara de este modo al patriarca fortaleciéndole para la prueba definitiva que se le pedirá más adelante. Contemplando este acontecimiento de la vida de Abrahán, entendemos que en los momentos de oscuridad a lo largo de la vida hemos de confiar en el Señor: «Es la hora de clamar: acuérdate de las promesas que me has hecho, para llenarme de esperanza; esto me consuela en mi nada, y llena mi vivir de fortaleza (cfr Sal 119,49-50). Nuestro Señor quiere que contemos con Él, para todo: vemos con evidencia que sin Él nada podemos (cfr Jn 15,5), y que con Él podemos todas las cosas (cfr Flp 4,13). Se confirma nuestra decisión de andar siempre en su presencia (cfr Sal 119,168)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 305).

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Gn 21,8-21

Esta nueva expulsión de Agar e Ismael de casa de Abrahán completa la historia recogida en el cap. 16. Ahora se explica el motivo de la expulsión de la esclava y de su hijo —expulsión que iba contra el derecho establecido—. La actitud de Sara contribuye decisivamente a que sólo Isaac sea el heredero de Abrahán, a pesar de no ser el primogénito. Por encima de las leyes de sucesión de su tiempo, Sara secunda el proyecto de Dios de que la verdadera descendencia de Abrahán venga por Isaac, el hijo según la promesa, y no por Ismael, el hijo según las leyes naturales. De esta forma se va destacando el papel de la mujer, y especialmente de la madre, en el cumplimiento de los designios divinos. Las figuras de Agar y Sara, junto con las circunstancias que las rodean en este pasaje bíblico, son para San Pablo tipo de dos Alianzas (cfr Ga 4,21-31): la primera, la del monte Sinaí, representada en la esclava Agar que da a luz según la carne; la segunda, referida a la nueva Alianza en Cristo, representada en Sara, la esposa libre, que da a luz según la promesa. Escribiendo a los cristianos de Galacia, y a la luz de esta tipología, San Pablo exclamará: «Por tanto, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre» (Ga 4,31).

La escena de Agar en el desierto es, por su parte, un ejemplo de la misericordia de Dios, pues, como enseña San Juan Crisóstomo, «cuando Dios lo permita, aunque estemos en el mayor abandono, y en aflicción extrema, y no tengamos ninguna esperanza de salvación, de nada tendremos necesidad si todo lo supeditamos a la gracia divina. Pues si hemos renacido por su gracia, nadie prevalecerá contra nosotros, sino que seremos más fuertes que todo» (Homiliae in Genesim 46,2).

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Gn 21,22-33

El episodio describe un conflicto propio entre pastores del desierto, a propósito de los derechos sobre un pozo de agua. El nombre del lugar, Berseba, se explica aquí según dos etimologías distintas: por alusión a las «siete ovejas» (vv. 28-30) y por referencia al «pozo del juramento» (vv. 23-31). Quizá este episodio haya podido servir para la justificación de los derechos de los israelitas sobre la zona del desierto y la franja ocupada por los filisteos.

Destaca la actitud benevolente de Abrahán y la forma pacífica de solucionar un conflicto, primero mediante el diálogo y finalmente con un pacto que es cumplido por ambas partes, especialmente por parte del patriarca que actúa con evidente generosidad. Es posible que la tradición de este recuerdo quiera resaltar precisamente esa forma pacífica de resolver las discrepancias entre pastores, frente a las riñas violentas que imperaban en la época (cfr 26,19-22). En cualquier caso esta escena de la Biblia tiene carácter ejemplar de gran actualidad en todo tiempo: «No podemos dejar de alabar —dice el Concilio Vaticano II— a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa que, por otra parte, están incluso al alcance de los más débiles, siempre que esto sea posible sin lesionar los derechos u obligaciones de otros o de la sociedad» (Gaudium et spes, n. 78).

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Gn 22,1-19

Dios ha sido fiel a su promesa concediendo a Abrahán un hijo de Sara. Ahora es Abrahán quien debe mostrar su fidelidad a Dios, estando dispuesto a sacrificar al hijo, como reconocimiento de que éste pertenece a Dios. El mandato divino parece un contrasentido: Abrahán ya había perdido a Ismael al marchar Agar de su lado; ahora se le pide la inmolación del hijo que le queda. Desprenderse del hijo significaba desprenderse incluso del cumplimiento de la promesa que veía realizado en Isaac. A pesar de todo, Abrahán obedece.

«Como última purificación de su fe se le pide al “que había recibido las promesas” (Hb 11,17) que sacrifique al hijo que Dios le ha dado. Su fe no vacila: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio” (Gn 22,8), “pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos” (Hb 11,19). Así, el padre de los creyentes se hace semejante al Padre que no perdonará a su Hijo, sino que lo entregará por todos nosotros (cfr Rm 8,32). La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios y le hace participar en la potencia del amor de Dios que salva a la multitud (cfr Rm 4,16-21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2572).

Abrahán tras superar la prueba a la que Dios le somete, alcanza la perfección (cfr St 2,21) y está en condiciones de que Dios reafirme sobre él, de manera solemne, la promesa que ya le había hecho antes (cfr Gn 12,3).

La escena del sacrificio de Isaac presenta unos rasgos peculiares que la constituyen en modelo anticipado del sacrificio redentor de Cristo. En efecto, aparece el padre que entrega al hijo; el hijo que se entrega voluntariamente a la muerte secundando el querer del padre; y los instrumentos del sacrificio como la leña, el cuchillo y el altar. El relato culmina además señalando que por la obediencia de Abrahán y la no resistencia de Isaac al sacrificio, la bendición de Dios llegará a todas las naciones de la tierra (cfr v. 18). No es pues extraño que la tradición judía atribuyese un cierto valor redentor al sometimiento de Isaac, y que los Santos Padres hayan visto ahí prefigurada la Pasión de Cristo, el Hijo Único del Padre.

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Gn 22,2

«La región de Moria». Según la versión siríaca «la región de los amorreos». En realidad no se conoce el lugar al que aquí se hace referencia, si bien en 2 Cro 3,1 se identifica con el monte en que fue construido el templo de Jerusalén, para resaltar la santidad del lugar.

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Gn 22,12

A Dios le basta ver la intención sincera de Abrahán de cumplir lo que se le pedía. Con ello es ya como si lo hubiera realizado. «El patriarca —destaca San Juan Crisóstomo— se hizo sacerdote del niño y, ciertamente, con el propósito ensangrentó su derecha y ofreció el sacrificio. Pero por la inefable misericordia de Dios, volvió habiendo recibido al hijo sano y salvo; se le atribuye (el sacrificio) a causa de la voluntad, fue rescatado (el hijo) con una fúlgida corona, luchó el combate decisivo, y manifestó en todo la piedad de su intención» (Homiliae in Genesim 48,1).

Haciendo una comparación implícita entre Isaac y Jesucristo, San Pablo ve la culminación del amor de Dios en la muerte de Cristo, cuando escribe: «El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas?» (Rm 8,32). Si el detener la mano de Abrahán representaba ya una manifestación del amor de Dios, mayor aún es esa manifestación cuando permite la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio por todos los hombres. Entonces, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,8), «el abismo de malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una caridad infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que, para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastaban los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un Hombre que fuera Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 95).

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Gn 22,13-14

También en aquel carnero vieron algunos Padres de la Iglesia una representación anticipada de Jesucristo, en cuanto que, como Cristo, aquel cordero fue inmolado para salvar al hombre. En este sentido escribía San Ambrosio: «¿A quién representa el carnero, sino a aquél de quien está escrito: “Exaltó el cuerno de su pueblo” (Sal 148,14)? (…) Cristo: Él es a quien vio Abrahán en aquel sacrificio, y su pasión lo que contempló. Así pues el mismo Señor dijo de él: “Abrahán quiso ver mi día, lo vio y se alegró” (cfr Jn 8,56).

»Por eso dice la Escritura: “Abrahán llamó a aquel lugar, El Señor provee”, para que hoy pueda decirse: el Señor se apareció en el monte, es decir, que se apareció a Abrahán revelando su futura pasión en su cuerpo, por la que redimió al mundo; y mostrando, al mismo tiempo, el género de su pasión cuando le hizo ver al cordero suspendido por los cuernos. Aquella zarza significa el patíbulo de la cruz» (De Abraham 1,8,77-78).

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Gn 22,20-24

Se introduce aquí la descendencia de Najor, hermano de Abrahán, que representa el conjunto de las tribus arameas de Siria. De esta forma se muestra el parentesco de éstas con los israelitas, y se prepara el episodio, que vendrá más adelante, del casamiento de Isaac con Rebeca. Como los descendientes de Ismael (cfr 25,12-16) y los de Jacob (cfr 35,22-26), son doce los descendientes de Najor. En el Nuevo Testamento también se significará con el número doce la constitución del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.

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Gn 23,1-20

La historia de Abrahán termina propiamente con este episodio que muestra el cumplimiento inicial de la promesa de la tierra hecha por Dios al patriarca. En efecto, al adquirir en propiedad un sepulcro y una tierra deja de ser un mero forastero residente y adquiere derechos sobre este país.

El estilo de la narración y las fórmulas de cortesía empleadas, así como la forma en que se desarrolla la compraventa, indican, por su parecido a las costumbres hititas, la antigüedad de la tradición de este suceso. Los hititas, o hijos de Het, formaron un gran imperio en Asia Menor durante el segundo milenio a.C. No se explica fácilmente su presencia en Canaán durante la época de Abrahán, a no ser que se piense en que fueran a residir allí algunos grupos aislados. También puede suponerse que la denominación «hititas» responde a una forma genérica de indicar que los habitantes del país no eran semitas. En cualquier caso, lo que quiere resaltar el texto es que ya durante la vida de Abrahán comienza a cumplirse aquella promesa, aunque sea mediante un procedimiento de compra, y de forma casi meramente simbólica. Con esto contrastará la posterior donación gratuita de toda la tierra a los descendientes de Abrahán por parte de Dios.

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Gn 23,11

Abrahán sólo quería comprar la cueva para el sepulcro, pero Efrón le hace comprar la cueva y todo el campo. Esto conllevaba, al parecer, la prestación de algún tipo de servicios feudales. Teniendo en cuenta que Abrahán, por su condición de residente seminómada, no tenía derecho a adquirir propiedad alguna, se comprende mejor la importancia que para él tenía la compra, y que por eso sea él quien ceda, aviniéndose a comprar todo el campo.

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Gn 23,19

Aquí mismo fueron enterrados también Abrahán, Isaac, Rebeca, Lía y Jacob, viniendo a ser este lugar para los israelitas como un signo de que ésta era su tierra, incluso durante su permanencia en Egipto. Actualmente una mezquita ocupa el lugar que la tradición asigna a la tumba de los patriarcas, venerada por judíos, cristianos y musulmanes.

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Gn 24,1-67

El episodio de la boda de Isaac se narra antes de la muerte de Abrahán para subrayar la continuidad entre la historia de Isaac y la de Abrahán. En lo sucesivo se centrará en los hijos nacidos de Rebeca: Esaú y Jacob (cfr 25,19ss.). La residencia de Isaac y de Abrahán no parece que sea ya Mambré (cfr 23,19), sino más al sur, en el desierto del Négueb (cfr 24,62).

El relato refleja ciertamente el contexto y las costumbres de la época patriarcal; pero, al mismo tiempo, se distingue de los otros relatos sobre los patriarcas por su refinada construcción artística, y por la manera tan discreta de presentar la intervención de Dios. En efecto, la historia está narrada en cinco escenas sucesivas, con otros tantos diálogos, empalmados por breves notas narrativas. En la primera escena aparece Abrahán y su criado (vv. 1-9); en la segunda, el criado con Rebeca (vv. 10-28); en la tercera, en casa de Rebeca, el criado y Labán (vv. 29-53); en la cuarta, en el momento de la partida, Rebeca y su familia (vv. 54-61); y en la quinta, Rebeca, el criado e Isaac (vv. 62-67). El narrador parece saborear las escenas y los diálogos. En cuanto a la intervención de Dios, hay que notar que si bien no aparece directamente en ningún momento, sin embargo, Él es el verdadero protagonista de cuanto ocurre, pues está guiando providencialmente todos los acontecimientos.

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Gn 24,1-9

El tono del pasaje deja entrever que Abrahán ve cercano el final de su vida y cumplida la promesa de Dios en cuanto a la descendencia y a la tierra. Por ello el patriarca se preocupa de buscar entre su propia familia una esposa para su hijo, según las costumbres de las gentes seminómadas en aquella época. Al mismo tiempo, Abrahán muestra su voluntad incondicional de que Isaac no abandone aquella tierra. La forma de juramento, con la mano bajo el muslo (cfr 47,29), que Abrahán impone a su siervo, reviste una fuerza extraordinaria que obliga al siervo, cuya fidelidad se resalta, a cumplir rigurosamente lo jurado. Una vez más, aparece la fe de Abrahán por encima de las dificultades que le presenta su siervo. Abrahán confía plenamente en que Dios, con su providencia, eliminará tales obstáculos, como de hecho se concluye del final del relato.

La decisión de Abrahán con respecto a la esposa que había de tomar Isaac pone también de relieve la importancia de la esposa para mantener la fe del marido y del hogar. Comenta San Ambrosio que «con frecuencia, las seducciones de la mujer engañan incluso a los maridos más fuertes y les hacen alejarse de la religión. (…) Pues lo primero que se debe buscar en la unión conyugal es la religión. (…) Aprende, por tanto, lo que ha de buscarse en la mujer: Abrahán no buscó oro, ni plata, ni posesiones, sino el don de un buen corazón» (De Abraham 1,9,84-85).

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Gn 24,10

«Aram-Naharaim» o «Siria de los dos ríos» indica la región de la Alta Mesopotamia —allí estaba la ciudad de Jarán—, donde según Gn 11,31 vivía la familia de Abrahán. La mención de diez camellos sirve para resaltar la riqueza de Abrahán, ya que las tribus seminómadas empleaban una raza de asnos de gran resistencia y fortaleza.

Se resalta en este episodio la fidelidad del siervo de Abrahán en el cumplimiento de la misión que le ha sido encomendada.

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Gn 24,57-58

Rebeca es consultada en lo concerniente a la partida, no en orden al matrimonio que, según las costumbres de la época, correspondía establecerlo al cabeza de familia (cfr vv. 50-51). Sin embargo, según aquel antiguo derecho, parece que la joven podía permanecer algún tiempo en la casa paterna. La firme decisión de Rebeca deja entrever que ya Dios ha puesto en ella el amor por su futuro esposo Isaac.

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Gn 24,66-67

En la hermosa conclusión del relato —«Isaac la amó, y así se consoló de la muerte de su madre»—, parecen cumplirse realmente las palabras de Gn 2,24 a propósito de la creación de Eva: «Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán una sola carne». El matrimonio de Isaac y Rebeca figura en la tradición judía y cristiana como modelo de amor conyugal.

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