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Gn 6,1-8

La propagación del mal y del pecado acompañó desde el principio a la expansión de la humanidad. Así lo reflejaba el episodio de Caín y Abel, y así se quiere resaltar en este relato un tanto oscuro que tiene rasgos de la antigua «tradición yahvista».

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Gn 6,1-4

Aludiendo quizá a un mito que corrió en la antigüedad, según el cual los gigantes procedían de la unión de seres superiores con mujeres, el hagiógrafo resalta hasta qué punto había llegado el pecado y el desorden en la humanidad. En este pasaje se explica que la vida humana tiene un límite máximo como consecuencia del castigo divino por el pecado.

Se nos escapa el sentido preciso que tiene aquí la expresión «hijos de Dios». La tradición judía y algunos escritores cristianos antiguos entendieron que se refería a los ángeles caídos; pero tal explicación no es conforme con la naturaleza espiritual de los ángeles. Por eso se les ha interpretado como los hombres justos, los descendientes de Set, que tomarían indiscriminadamente mujeres descendientes de Caín, llamadas hijas de los hombres. Así lo entendieron San Agustín (De civitate Dei 15,23), San Juan Crisóstomo (Homiliae in Genesim 22,4), San Cirilo de Alejandría (Glaphyra in Genesim 2,2) y otros Santos Padres. La perversión de la humanidad por su soberbia y sus abusos en el matrimonio, prepara el posterior relato del diluvio.

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Gn 6,5-8

Con estas severas palabras el texto bíblico muestra hasta qué punto había llegado la corrupción de la humanidad. Enseña, asimismo, la absoluta soberanía de Dios, que tiene poder para hacer desaparecer a la raza humana de la faz de la tierra.

El proyecto divino al crear al hombre parece haber fracasado; de ahí esa decisión de Dios, expresada en términos tan humanos, de destruir su propia obra. Pero no va a suceder así: la humanidad se salvará por la fidelidad de un hombre, Noé; y la tierra volverá a repoblarse tras el diluvio. Se inician así dos temas importantes en la Biblia sobre la relación entre Dios y el hombre: primero, que Dios ama cuanto ha creado, y sus intervenciones, aunque sean en forma de castigo, se orientan a la salvación del hombre; segundo, que el hombre justo, o un pequeño resto de personas fieles, es causa de salvación para toda la humanidad. Es en este sentido en el que también los Santos Padres vieron en Noé una figura de Jesucristo, ya que por la obediencia de Éste, la misericordia de Dios llega a todos los hombres.

Jesucristo recuerda este episodio del Génesis para advertirnos de que hemos de estar siempre vigilantes y preparados para recibirle en su segunda venida: «Lo mismo que en el tiempo de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Pues, como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre» (Mt 24,37-39).

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Gn 6,9-8,22

El diluvio es la consecuencia del rechazo de la ley de Dios por parte del hombre; rechazo que ya había comenzado con Adán y Eva. Dios castiga la desobediencia del hombre haciendo que se rompa el orden que había establecido en la naturaleza para bien del mismo hombre. Así, las aguas de arriba y las de abajo, que sabiamente Dios había separado de la tierra (cfr 1,7), irrumpen conjuntamente sobre ella con toda su fuerza (cfr 7,11). Se produce de nuevo el caos, y la humanidad está a punto de desaparecer. Se hace necesario como un nuevo comienzo tras una profunda purificación. La Biblia nos ofrece así una impresionante lección del destino de la humanidad, cuando ésta se aleja de Dios rechazando las leyes impresas en la misma creación.

En muchas religiones, no sólo del antiguo Próximo Oriente sino de otras partes del mundo, se encuentran relatos relacionados con una destrucción de la humanidad o gran parte de ella en tiempos inmemoriales, producida bien por el agua, o por el fuego, o por algún cataclismo. Responden por lo común a la creencia en divinidades maléficas, al miedo ante ellas, o al sentimiento de una necesaria purificación. En concreto, entre los sumerios y babilonios circulaban leyendas míticas con rasgos parecidos a los que encontramos en el relato bíblico. Pero hay una diferencia fundamental: la Biblia presenta el diluvio como consecuencia del pecado de la humanidad, y como un nuevo punto de partida para que el verdadero Dios, Creador del mundo y del hombre, lleve a cabo sus planes de salvación mediante un resto del que surgirá más adelante Abrahán, padre del pueblo elegido.

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Gn 6,19

El destino de los animales queda estrechamente asociado al del hombre, tanto en el castigo, como en la salvación. Es una forma de recordar que toda la creación está ordenada al hombre y participa del destino de éste. San Pablo, a la luz de la redención de Cristo, expresará esta misma verdad diciendo que «la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Rm 8,20-21).

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Gn 7,4

Sobre los siete días que tardó en desencadenarse el diluvio, San Ambrosio, siguiendo a 1 P 3,20 que habla de la paciencia de Dios en aquellos momentos, explica que «el Señor dio un tiempo para la penitencia, porque prefiere perdonar más que castigar» (De Noe et arca 13,42).

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Gn 7,5

Frente a la desobediencia de Adán, origen de toda maldad sobre la tierra, Noé cumplió con perfección exquisita las indicaciones del Señor hasta en sus más pequeños detalles (cfr 6,22). Por su obediencia Noé será exaltado como creyente que pone por obra su fe en Dios: «Por la fe, Noé, prevenido por Dios acerca de lo que aún no se veía, construyó con religioso temor un arca para la salvación de su familia, y por esta fe condenó el mundo y fue hecho heredero de la justicia que es según la fe» (Hb 11,7).

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Gn 7,7

El arca, construida según el diseño dado por el mismo Dios a Noé (cfr 6,14-16), es el medio por el que se salvan cuantos entran en ella. Todo lo que quede fuera perecerá. En este sentido los Santos Padres vieron en el arca una figura de la Iglesia. «El mandar Dios a Noé que construya un arca para escapar en ella con los suyos de la devastación del diluvio, es, sin duda —afirma San Agustín—, una figura de la ciudad de Dios que peregrina en este mundo, es decir, de la Iglesia, que se salva por el leño en que pendió el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Las medidas de su longitud, altura y anchura son un símbolo del cuerpo humano, en cuya realidad vino a los hombres.(…) La puerta abierta en un costado del arca significa, indudablemente, la herida que la lanza abrió al atravesar el costado del crucificado. Los que vienen a Él entran por ella, porque de ella manaron los sacramentos, con los que son iniciados los creyentes» (De civitate Dei 15,26).

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Gn 8,6-12

El envío del cuervo y de la paloma indican la ansiedad y la esperanza de los ocupantes del arca por alcanzar la salvación; además, pone de relieve la sabiduría de Noé y, una vez más, la armonía que debe reinar entre el hombre y los animales para conseguir efectos saludables. A partir de este memorable episodio, tanto la paloma como la rama de olivo han adquirido el simbolismo de paz y de colaboración que hoy tienen en la civilización moderna.

En la tradición cristiana, la paloma vino a ser una figura del Espíritu Santo. Apoyándose en esta imagen, Ruperto de Deutz ofrece una aplicación espiritual de todo este pasaje: «La paloma que Noé envió del arca, significa al Espíritu Santo. Y la envió tres veces, porque cada alma fiel saca de los sacramentos de Cristo o de la Iglesia una triple gracia del Espíritu Santo. La primera gracia es la remisión de los pecados; la segunda, la distribución de los diversos dones; la tercera, la remuneración en la resurrección de los muertos. (…) Por tanto, el primer envío de la paloma significa la remisión de los pecados que Cristo, el verdadero Noé, envió inmediatamente después de su resurrección, cuando sopló y dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, le son retenidos” (Jn 20,23). (…) Enviada por segunda vez, la paloma regresó al atardecer, trayendo en su pico una hoja verde de olivo, porque por segunda vez fue dado el Espíritu Santo a los apóstoles el día de Pentecostés, el cual, al final de la vida de cada uno de ellos, les llamó al descanso de la Iglesia celestial con el eterno premio de la paz perfecta. Enviada la paloma por vez tercera, ya no volvió, porque después de la resurrección de los muertos —que será la tercera efusión del Espíritu Santo— ya no serán enviados para volver otra vez, porque saldrán no para trabajar, sino para reinar eternamente. Así también a los elegidos esta misma paloma les llega tres veces: primero, cuando son bautizados para la remisión de los pecados; segundo, al recibir la imposición de manos del obispo; tercero —como ya he dicho— en la resurrección de los muertos.» (Commentarium in Genesim 4,23).

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Gn 8,13

El año «seiscientos uno» de la vida de Noé.

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Gn 8,15-19

Con la orden dada por Dios (v. 15) de salir del arca queda claro que no es el hombre quien toma la iniciativa, sino Dios mismo quien hace donación al hombre y a los animales de una tierra rejuvenecida y renovada. A partir de ahora el Señor no abandonará a los hombres. La tierra ha sido purificada de la humanidad pecadora y comienza un período nuevo al ser poblada por Noé y sus hijos. El elemento de purificación han sido las aguas del diluvio, a través de las cuales también se ha salvado Noé en el arca. El agua adquiere aquí un doble simbolismo: de destrucción y purificación del mal por una parte, y de medio de salvación y comienzo de una etapa nueva por otra. Este simbolismo del agua se acentuará aún más en el paso del Mar Rojo, cuyas aguas fueron causa de muerte para los egipcios, y de salvación para los israelitas (cfr Ex 14,15-31). Este mismo simbolismo está presente en el sacramento del Bautismo en el cual, mediante el agua, Dios borra el pecado y hace renacer al hombre a una nueva vida. La analogía entre el diluvio y el Bautismo la encontramos ya en el Nuevo Testamento, cuando se dice que en el arca «unos pocos —ocho personas— fueron salvados a través del agua. Esto era figura del bautismo, que ahora os salva, no por quitar la suciedad del cuerpo, sino por pedir firmemente a Dios una conciencia buena, en virtud de la resurrección de Jesucristo» (1 P 3,20-21).

La tradición cristiana profundizó la tipología del diluvio y del arca siguiendo esa misma línea. Escribe San Beda: «El arca significa la Iglesia; el diluvio, el agua del bautismo, por la que la Iglesia, en todos sus miembros, es lavada y santificada» (Hexaemeron 2: in Gn 6,13-14). En la bendición del agua bautismal durante la Vigilia Pascual, la liturgia invoca a Dios recordando el diluvio: «Oh Dios que, incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad» (Misal Romano, Vigilia Pascual, n. 42). cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1219.

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Gn 8,20-22

El autor sagrado resalta este primer sacrificio ofrecido a Dios por la humanidad surgida del diluvio. De esta forma se expresa tanto el reconocimiento de Dios por parte del hombre, como la aceptación y complacencia divinas ante este gesto de la humanidad. Descrita en forma antropomórfica, esa complacencia divina se manifiesta especialmente en el propósito, por parte de Dios, de no castigar al hombre en el futuro, pues está inclinado al mal por su propia naturaleza heredada de Adán. Por eso, ante la debilidad del hombre, Dios se compromete a mantener por siempre el orden cósmico impuesto en la creación.

Dar a Dios el culto debido —tanto interno, como externo— forma parte de las obligaciones que el hombre lleva inscritas en su naturaleza. En efecto, mediante el culto y, en concreto, mediante alguna forma de sacrificio, el hombre reconoce a Dios como su Creador y Señor, a quien debe todo lo que es y tiene, incluso la propia vida. Ese reconocimiento de Dios es una forma de oración, pues «la oración —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica— se vive primeramente a partir de las realidades de la creación. Los nueve primeros capítulos del Génesis describen esta relación con Dios como ofrenda hecha por Abel de los primogénitos de su rebaño (cfr Gn 4,4), como invocación del nombre divino por Enós (cfr Gn 4,26), como “caminar con Dios” (cfr Gn 5,24). La ofrenda de Noé es “agradable” a Dios que le bendice y, a través de él, bendice a toda la creación (cfr Gn 8,20-9,17), porque su corazón es justo e íntegro; también él “camina con Dios” (cfr Gn 6,9). Este carácter de la oración ha sido vivido en todas las religiones, por una muchedumbre de hombres piadosos. En su alianza indefectible con todos los seres vivientes (cfr Gn 9,8-16), Dios llama siempre a los hombres a orar. Pero, en el Antiguo Testamento, la oración se revela sobre todo a partir de nuestro padre Abrahán» (n. 2569).

Por otra parte, desde una perspectiva cristiana, los diferentes sacrificios que se mencionan a lo largo de la historia de la salvación, tal como viene narrada en el Antiguo Testamento, son figuras proféticas que apuntan hacia el sacrificio perfecto y definitivo que Cristo ofreció en la Cruz, y que se perpetúa, a través de los siglos, en el santo Sacrificio de la Misa. Comentando nuestro pasaje, San Beda observa: «Como Abel consagró el inicio de la primera edad del mundo mediante un sacrificio a Dios, así Noé el inicio de la segunda»; y —después de recordar los sacrificios ofrecidos por Abrahán, Melquisedec, los patriarcas, reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento— continúa diciendo: «Todos estos sacrificios eran figuras de nuestro supremo Rey y verdadero sacerdote que en el altar de la santa cruz ofreció a Dios la hostia de su cuerpo y su sangre» (Hexaemeron 2: in Gn 8,21).

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Gn 9,1-7

En el texto sagrado, se describe ahora el nuevo orden de cosas surgido del diluvio. Noé y sus hijos reciben de Dios, en primer lugar, las mismas bendiciones que Adán y Eva después de ser creados: la fecundidad y el dominio sobre la tierra; a continuación reciben una nueva disposición divina: que los animales les sirvan de alimento, pues, según el hilo de la narración bíblica, antes de la caída, en el paraíso (cfr 1,29) sólo disponían de las plantas. Ahora, en la nueva situación de la humanidad, después del pecado original, se ha roto la paz de los orígenes y ha aparecido la violencia en la creación. Por último, Dios les prohíbe dos cosas: comer carne con sangre, y el homicidio. La primera de ellas refleja la cultura de una época en la que se consideraba la sangre sede de la vida; por tanto, incluso cuando se trata de animales, esa vida se ha de respetar de algún modo, cuidando de no comer carne que tenga sangre y reconociendo así que la vida es de Dios. La segunda prohibición hace referencia a la vida humana, que siempre es sagrada porque todo hombre —vuelve a recordarse— es imagen y semejanza de Dios. Como en el caso de Caín y Abel, Dios no permanece indiferente cuando se arrebata la vida a un ser humano, cualquiera que sea.

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Gn 9,8-17

La promesa que Dios había hecho, al mostrar su agrado ante el sacrificio de Noé, de no enviar más un diluvio sobre la tierra (cfr 8,20-22), la renueva ahora en el marco de una alianza que afecta a toda la creación, y que se ratifica mediante una señal: el arco iris.

Comienza así la historia de las diversas alianzas que Dios libremente va estableciendo con los hombres. Esta primera alianza con Noé se extiende a toda la creación purificada y renovada por el diluvio. Después vendrá la alianza con Abrahán, que afectará sólo a él y a sus descendientes (cfr cap. 17). Finalmente, bajo Moisés, establecerá la alianza del Sinaí (cfr Ex 19), también limitada al pueblo de Israel. Pero como los hombres no fueron capaces de guardar estas sucesivas alianzas, Dios prometió, por boca de los profetas, establecer en los tiempos mesiánicos una nueva alianza: «Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos mi pueblo» (Jr 31,33). Esta promesa se cumplió en Cristo, como él mismo dijo al instituir el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22,20).

De ahí que los padres y escritores eclesiásticos hayan visto en el arco iris el primer anuncio de esta nueva alianza. Así, por ejemplo, Ruperto de Deutz escribe: «En él Dios estableció con los hombres una alianza por medio de su Hijo Jesucristo; muriendo Éste en la cruz, Dios nos reconcilió consigo, lavándonos de nuestros pecados en su sangre, y nos dio por medio de Él el Espíritu Santo de su amor, instituyendo el bautismo de agua y del Espíritu Santo por el que renacemos. Por tanto, aquel arco que aparece en las nubes es signo del Hijo de Dios. (…) Es signo de que Dios no volverá a destruir toda carne mediante las aguas del diluvio; el Hijo de Dios mismo, a quien una nube recubrió, y el que está elevado más allá de las nubes, por encima de todos los cielos, es para siempre un signo recordatorio a los ojos de Dios Padre, un memorial eterno de nuestra paz: después de que Él en su carne destruyó la enemistad, está firme la amistad entre Dios y los hombres, que ya no son siervos, sino amigos e hijos de Dios» (Commentarium in Genesim 4,36).

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Gn 9,18-28

De los hijos de Noé surgirán de nuevo pueblos y naciones, tal como se describe con detalle en el capítulo siguiente. Ahora, se ofrece una visión general de lo que será el destino y las relaciones entre esos pueblos, mediante el relato de las bendiciones proféticas que Noé había dirigido a sus hijos.

Además, dos rasgos han de destacarse en este pasaje. Primero la confirmación de que, tras el diluvio, el hombre sigue inclinado al mal que aflora nuevamente en la humanidad. Así, el abuso del vino por parte de Noé y la perturbación en las relaciones familiares: la falta de respeto de Cam hacia su padre, y la división entre los hermanos. Con esta división comienzan las luchas entre los pueblos, que culminarán con la soberbia que precede a la construcción de la torre de Babel. El segundo rasgo que hay que destacar es la explicación del predominio de los israelitas, descendientes de Sem, sobre los cananeos. Estos últimos recibieron en su antepasado (Cam o Canaán) la maldición de estar sometidos a sus hermanos: a Sem y a Jafet, es decir, a los israelitas y a los pueblos descendientes de Jafet.

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Gn 10,1-32

Todos los pueblos proceden, según esta lista genealógica, de los hijos de Noé, y así, de nuevo, la Biblia enseña la unidad de todo el género humano. Los pueblos de Mesopotamia y Asiria se consideran, como los hebreos, descendientes de Sem; los pueblos del sur, como Egipto (Misraim) y Etiopía (Cus), descendientes de Cam; entre ellos se sitúa a los cananeos porque, aunque son ciertamente de raza semita, su nombre se parece al de Cam, y se les ve, además, como enemigos de Israel; y, finalmente, los pueblos de Asia Menor y del Mediterráneo se consideran descendientes de Jafet. Queda así presentado el mapa etnográfico más completo de la antigüedad. Las relaciones familiares, así como las relaciones entre los pueblos, reflejan la convicción de que todos han de convivir pacíficamente como miembros de una misma familia.

En la elaboración de estas genealogías se tiene en cuenta la vecindad geográfica de los diversos pueblos, la semejanza de los nombres, y las tradiciones populares sobre algunos héroes como el caso de Nimrod en el v. 8. Lo más importante, sin embargo, es que esta lista sirve para presentar el cumplimiento de la bendición de Dios a Noé y sus hijos: «Creced, multiplicaos y llenad la tierra» (9,1), y la gratuidad de la elección de Israel por parte del Señor entre tantos y tantos pueblos existentes en la tierra.

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Gn 11,1-9

Este texto continúa presentando el crecimiento del mal entre la humanidad (cfr 8,21; 9,20-27), y, como una de sus consecuencias, la dispersión y la ruptura de la unidad establecida originariamente por Dios. En efecto, el texto sagrado habla primero de la humanidad todavía bien unida, como viniendo de Oriente, donde habría tenido lugar su origen, y estableciéndose en las llanuras de Mesopotamia, llamadas Sinar (cfr 10,10). Pero es una humanidad llena de orgullo y de soberbia, que quiere ser famosa y tener garantizada su seguridad por sí misma, llegando hasta el cielo. Tal actitud queda reflejada en la construcción de aquella imponente torre, de la que pueden dar idea las torres–templo de Mesopotamia, los zigurats, en cuyas altas terrazas los babilonios creían tener acceso a la divinidad, dominándola.

Al mismo tiempo, el texto viene a explicar por qué existen tantas lenguas, considerando este hecho como un signo de la división e incomprensión entre los hombres y los pueblos. Se apoya en el significado popular de la palabra Babel, en relación con la hebrea balbalah, confusión; pues, en realidad, Babel significa «puerta de Dios». Son procedimientos literarios empleados para exponer convicciones profundas: en este caso, que la desunión de la humanidad es fruto de su soberbia y de su pecado.

Babel se convierte así en lo contrario a Jerusalén, ciudad a la que según los profetas confluirán todos los pueblos (cfr Is 2,2-3). Y será en la Iglesia, nueva Jerusalén, donde los hombres de todos los pueblos, razas y lenguas se unirán en la fe y en el amor, tal como queda reflejado en el acontecimiento de Pentecostés (cfr Hch 2,1-13). Aquí, al revés que en Babel, todos comprenderán la misma lengua. En la historia de la humanidad, en efecto, la Iglesia es como signo o sacramento de la unión de los hombres con Dios y de la unidad de todo el género humano (cfr Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 1).

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Gn 11,4

La frustración de los planes del hombre contra Dios la explica así San Agustín: «Mas, ¿qué iba a hacer la vana presunción de los hombres? Por más que levantaran una mole de piedra hacia el cielo y contra Dios, ¿cuándo transcendería los montes? ¿Cuándo escaparía al espacio de este aire terrestre? ¿En qué puede dañar a Dios cualquier elevación de cuerpo o espíritu por grande que sea? El camino verdadero y seguro para llegar al cielo es la humildad. Ella levanta el corazón en alto hacia el Señor, no contra el Señor» (De civitate Dei 16,4).

Este nuevo pecado de la humanidad es, en el fondo, del mismo género que el cometido en el Paraíso, y como una continuación de aquél. Es el pecado de soberbia que asalta constantemente al hombre y que queda magníficamente descrito en las siguientes palabras de San Josemaría Escrivá cuando comenta el pasaje de 1 Jn 2,16: «Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses (Gn 3,5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios.

»La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos. La lucha contra la soberbia ha de ser constante, que no en vano se ha dicho gráficamente que esa pasión muere un día después de que cada persona muera. Es la altivez del fariseo, a quien Dios se resiste a justificar, porque encuentra en él una barrera de autosuficiencia. Es la arrogancia, que conduce a despreciar a los demás hombres, a dominarlos, a maltratarlos: porque donde hay soberbia allí hay ofensa y deshonra (Pr 11,2)» (Es Cristo que pasa, n. 6).

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Gn 11,10-26

Con esta nueva lista de los descendientes de Sem se prepara de forma inmediata la narración de la llamada de Abrahán por parte de Dios, situando el origen del pueblo de Israel, descendiente de Abrahán, en el contexto de la historia universal. Algunos de los nombres que ahí aparecen son idénticos, según la arqueología, a los de ciudades o regiones de Mesopotamia a comienzos del segundo milenio a.C.

Estos patriarcas son diez, el mismo número que los presentados antes del diluvio (cfr cap. 5); y vuelve a llamar la atención el número de años que viven, aunque sea inferior al de aquellos. No parece que el autor sagrado encuentre contradicción con el dato de Gn 6,3 donde se limitaba la edad del hombre a ciento veinte años; quizá se está queriendo decir que sobre estos patriarcas no recayó aquella sentencia divina, porque, como descendientes de Noé, no fueron partícipes de los pecados que la produjeron.

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Gn 11,27-50,26

Comienza la historia de los patriarcas, los padres del pueblo de Israel, presentada como una historia de clanes y de tribus, en el marco de una sucesión cronológica y con referencia a unos lugares geográficos de medio Oriente: Mesopotamia, Palestina y Egipto, que, mirados en un mapa, forman como una media luna creciente, por lo que a estos países se les llama el «creciente fértil». Abrahán aparece como el padre de Ismael y de Isaac. De Ismael surgirán los ismaelitas (o árabes); de Isaac, el pueblo elegido. Isaac es el padre de Esaú y de Jacob. Esaú se identifica con Edom; Jacob (o Israel) será el padre de doce hijos, que bajaron a Egipto y cuyos descendientes subieron de allí formando las doce tribus, el pueblo de Israel. Esto último pertenece ya al libro del Éxodo.

Las tradiciones sobre los patriarcas debieron de ser conservadas durante largo tiempo en forma oral, como historias de familia y de clanes, o vinculadas a lugares sagrados de Canaán. Con tales historias se enseñaba el origen de las doce tribus y de otros pueblos vecinos, sus rasgos característicos, su relación con Dios y con el lugar en que habitaban. Al ser recogidas más tarde por el texto bíblico, tales tradiciones son presentadas fundamentalmente con una dimensión religiosa, e integradas en una visión de conjunto de la historia de Israel; pero conservan, al mismo tiempo, rasgos peculiares del momento en que surgieron y de la forma que dichas tradiciones fueron adquiriendo al ser transmitidas. Esto puede verse en el hecho de que en ellas se encuentran trazos de las costumbres y situaciones propias de aquellas antiguas épocas, tal como muestra la arqueología, si bien sólo en Gn 14 se dan nombres concretos de reyes de la zona de Canaán con quienes estuvieron en relación los patriarcas.

En la redacción final del libro del Génesis las tradiciones sobre los patriarcas vienen agrupadas según los personajes a que se refieren, y así se distingue el ciclo de Abrahán (caps. 12-25); el ciclo de Isaac (cap. 26); el ciclo de Jacob (caps. 27-35) y la historia de José (caps. 37-50).

Con la historia patriarcal, la Biblia quiere enseñar ante todo cómo se lleva a cabo el designio de Dios de elegirse un pueblo para realizar con él una alianza, la del Sinaí, que viene preparada a su vez mediante las alianzas hechas por el mismo Dios con los patriarcas. Con Abrahán comienza a realizarse concretamente el proyecto salvador de Dios. Como enseña el Concilio Vaticano II «en su tiempo, Dios llamó a Abrahán para hacerlo padre de un gran pueblo (cfr Gn 12,2-3), al que luego instruyó por los patriarcas, por Moisés y por los profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y juez justo, y para que esperaran al Salvador prometido; y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio» (Dei Verbum, n. 3).

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Gn 11,27-30

Las demás ramas de los descendientes de Sem se han ido dejando de lado, y la atención se centra aquí en la familia de Téraj, de la que saldrá Abrahán, que será el protagonista de la narración. Así el texto da a conocer los nombres originarios de los antepasados de Israel, Abrahán y Sara, la familia a la que éstos pertenecían, su lugar de procedencia y las circunstancias que contribuyeron a su instalación en Canaán. Todo ello pasará a formar parte de la historia y la fe del pueblo de Israel, como leemos en Jos 24,2-4: «Esto dice el Señor, Dios de Israel: al otro lado del río habitaban antiguamente vuestros antepasados, Téraj, padre de Abrahán y de Najor, y servían a otros dioses. Yo tomé a vuestro padre Abrahán del otro lado del río…» (cfr Dt 26,5).

Al presentar la figura de Abrahán, la Biblia entronca realmente con la historia concreta de los pueblos y de los acontecimientos del antiguo Próximo Oriente. En lo narrado hasta aquí (caps. 1-11) presenta más bien la prehistoria, llenando un período inmenso de tiempo: el que va desde la creación del mundo y del hombre hasta los comienzos del segundo milenio antes de Cristo, época en que hay que situar a los patriarcas. Por otra parte, en ese contexto histórico es en el que realmente podemos decir que la humanidad ha alcanzado verdadero desarrollo cultural, tal como se refleja en las grandes civilizaciones de Mesopotamia y Egipto. Es entonces cuando, mediante la llamada de Dios a Abrahán, comienza a realizarse el proyecto de salvación que Dios tenía sobre la humanidad.

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Gn 11,31

La ciudad de Ur, de donde procedían los antepasados de Abrahán, se encontraba al sur de Mesopotamia, a orillas del Éufrates, cerca del Golfo Pérsico. Jarán, punto de llegada de la primera migración, estaba situada al noroeste, entre los cursos superiores del Tigris y el Éufrates. Es de aquí de donde parte Abrahán. No sabemos exactamente ni el tiempo ni el grupo semita al que pertenecía. La designación de «arameo errante» en Dt 26,5 se refiere propiamente a Jacob, y es demasiado genérica para identificar a los patriarcas. A Abrahán se le suele situar entre los amurru (amorritas) o semitas noroccidentales, de los que algunos grupos seminómadas recorrían Siria y Palestina, llegando incluso a Egipto (cfr nota a 14,13).

La época más probable de la bajada de Abrahán a tierra de Canaán parece ser entre 1800 y 1600 a.C., quizá coincidiendo con la instalación de los hurritas, un pueblo de raza indoeuropea procedente del norte, en la zona de Jarán. Algunos estudiosos retrasan la migración de Abrahán un par de siglos uniéndola a los movimientos de los hiksos, pueblo de raza semita que llegó a instalarse en Egipto (cfr nota a 37,2-50,26).

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