COMENTARIOS:
GÉNESIS
▲ COMENTARIO
Gn 1,1-2,4a
La creación es el comienzo de la historia de la salvación y el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios que culminan en Jesucristo. Los relatos bíblicos sobre la creación centran la atención en la acción de Dios, que crea el escenario y los protagonistas con los que Él mismo va a comunicarse.
En el texto sagrado quedan recogidas antiguas tradiciones sobre los orígenes, que los estudiosos ven reflejadas en dos relatos unidos al comienzo del libro del Génesis. El primero, que destaca la trascendencia divina sobre todo lo creado y utiliza un estilo esquemático, se atribuye a la «tradición sacerdotal» (1,1-2,4a). El segundo, que incluye además la caída y expulsión del paraíso, habla de Dios en forma antropomórfica, y presenta un estilo más vivo y popular, se considera de «tradición yahvista» (2,4b-4,26). Son dos modos distintos en los que la Palabra de Dios, sin pretender una explicación científica de los comienzos del mundo y del hombre, ha expuesto, de modo adecuado para su comprensión, los hechos y verdades fundamentales de los orígenes, invitando a contemplar la grandeza y el amor divinos manifestados en la creación y luego en la historia. «Nuestra fe nos enseña —escribe San Josemaría Escrivá— que la creación entera, el movimiento de la tierra y de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena» (Es Cristo que pasa, n. 130).
En el primer relato, la Biblia ofrece una profunda enseñanza sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo. Sobre Dios, que es Uno y Único, Creador de todas las cosas y del hombre en particular, trascendente al mundo creado y su dueño supremo; sobre el hombre, que es imagen y semejanza de Dios, superior a todos los demás seres creados, y puesto en el mundo con el encargo de dominar la creación entera; sobre el mundo, que es bueno y está al servicio del hombre.
▲ COMENTARIO
Gn 1,1
«Tres cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: el Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de Él. Sólo Él es creador (el verbo “crear” —en hebreo bará— tiene siempre por sujeto a Dios). La totalidad de lo que existe (expresada por la fórmula “el cielo y la tierra”) depende de Aquel que le da el ser» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 290).
En el principio significa que la creación es el punto de partida del correr del tiempo y de la historia. Éstos han tenido un comienzo y avanzan hacia una meta final, de la que la Biblia nos hablará especialmente en el último de sus libros, el Apocalipsis. Entonces —se dice— habrá «un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado» (Ap 21,1).
Dios Creador es el mismo que se manifestará a los patriarcas, a Moisés y a los profetas, y se nos dará a conocer por medio de Jesucristo. A la luz del Nuevo Testamento conocemos que Dios creó todo por el Verbo eterno, su Hijo amado (cfr Jn 1,1; Col 1,16-17). Dios Creador es Padre e Hijo, y, como relación de amor entre ambos, Espíritu Santo. La creación es obra de la Santísima Trinidad, y toda ella, pero especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, lleva impresa de alguna forma su huella. Algunos Padres de la Iglesia, como San Agustín, San Ambrosio y San Basilio, a la luz del Nuevo Testamento, vieron en la expresión «en el principio» un sentido más profundo: «en el Hijo».
La acción de crear es propia y exclusiva de Dios, fuera del alcance de los hombres que sólo pueden «transformar» o «desarrollar» lo que ya existe. En las narraciones de otras religiones del antiguo Próximo Oriente sobre la creación se decía que el mundo y los dioses surgieron de una materia preexistente. La Biblia, en cambio, recogiendo la revelación progresiva del misterio de la creación a la luz de la elección de Israel y de la Alianza de Dios con los hombres, afirma rotundamente que todo fue creado por Dios. De ahí se concluirá más tarde que la creación fue a partir de la nada: «Te ruego, hijo mío, que mires el cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos, y sepas que a partir de la nada lo hizo Dios» (2 M 7,28). Este poder creador de Dios es capaz, asimismo, de dar al hombre pecador un corazón puro (cfr Sal 51,12), dar la vida del cuerpo a los que han muerto y la luz de la fe a los que le desconocen (cfr 2 Co 4,6).
Dios creó el mundo movido por su amor y sabiduría, para comunicar su bondad y manifestar su gloria. El mundo, por tanto, «no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 295).
La expresión «el cielo y la tierra» significa todo lo que existe. La tierra es el mundo de los hombres, mientras que el cielo —o los cielos— puede designar tanto el firmamento como el mundo divino, el «lugar» propio de Dios, su gloria, y el conjunto de criaturas espirituales: los ángeles.
▲ COMENTARIO
Gn 1,2
La Biblia enseña no sólo que Dios ha creado todas las cosas, sino también que la separación y el orden de los elementos de la naturaleza han quedado definitivamente establecidos por la acción divina. La presencia del poder amoroso de Dios, simbolizado en un viento suave, o un soplo —el texto lo llama «espíritu», en hebreo ruaj—, que se cierne velando sobre el mundo todavía en desorden, muestra que en el origen del ser y de la vida de toda criatura, tal como se va a narrar a continuación, están la Palabra de Dios y su Soplo. De ahí que muchos Santos Padres, como por ejemplo San Jerónimo y San Atanasio, hayan visto reflejada en este pasaje la presencia del Espíritu Santo como Persona divina, que actúa, junto con el Padre y con el Hijo, en la creación del mundo.
«Este concepto bíblico de creación —explica Juan Pablo II— comporta no sólo la llamada del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia, sino también la presencia del Espíritu de Dios en la creación, o sea, el inicio de la comunicación salvífica de Dios a las cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza mde Dios» (Dominum et Vivificantem, n. 12).
▲ COMENTARIO
Gn 1,3-5
Comienza aquí propiamente la descripción de la obra creadora que, según el esquema literario de este relato, se va a desarrollar en seis días. Con los seis días se quiere indicar el orden con el que Dios llevó a cabo su obra, y que existe un ritmo de trabajo y de descanso: la Ley judía establecía descansar en sábado y dedicar ese día al Señor. En la Iglesia cristiana ese día se cambió al domingo, porque fue en domingo cuando resucitó nuestro Señor Jesucristo, quedando entonces inaugurada la nueva creación y considerándose el domingo, por tanto, como dies dominica, es decir, día del Señor.
En el primer día, Dios crea la luz y la separa de la oscuridad que, por ser algo negativo —ausencia de luz—, no es objeto de la creación. La luz se considera como una realidad en sí misma, prescindiendo del hecho de que la luz del día se deba al sol que será creado más adelante, el día cuarto. El que Dios ponga nombre a las cosas o, en este caso, a las situaciones producidas por la separación de unos elementos de otros, indica su absoluto dominio sobre ellos. Dios manda en el día y en la noche.
Por vez primera encontramos una frase que se va a repetir siete veces a lo largo de la narración: «Y vio Dios que era bueno». Significa que todo lo que Dios crea es bueno, porque tiene de alguna forma su huella y participa de su bondad, ya que ha salido de la bondad divina. El autor sagrado conoce ciertamente la existencia del mal y de realidades negativas; pero éstas, quiere afirmar ya, no proceden de Dios; más adelante explicará que su origen está en el desorden moral. La bondad del mundo proclamada aquí por la Sagrada Escritura tiene importantes consecuencias para el cristiano: «Hemos de amar el mundo, el trabajo, las realidades humanas. Porque el mundo es bueno; fue el pecado de Adán el que rompió la divina armonía de lo creado, pero Dios Padre ha enviado a su Hijo unigénito para que restableciese esa paz» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 112).
▲ COMENTARIO
Gn 1,6-8
Los antiguos hebreos pensaban, según la cultura de su tiempo, que la lluvia procedía de unos grandes depósitos de agua situados encima de la bóveda del firmamento, y que caía al abrirse unas compuertas. Cuando aquí se dice que Dios separó las aguas de arriba de las aguas de debajo del firmamento, lo que realmente se está enseñando es que Dios estableció el orden en el mundo de la naturaleza, y, en concreto, en lo que se refiere al fenómeno de las lluvias. Además queda señalado ya que el firmamento no ha de confundirse con ninguna divinidad —como se creía en los pueblos vecinos de Israel—, pues pertenece al mundo creado.
▲ COMENTARIO
Gn 1,11
En el proceso del desarrollo de la obra creadora —tal como aquí lo presenta el autor inspirado— se distingue entre la acción de Dios que, al separar y ordenar los elementos, crea los grandes espacios como el firmamento, el mar y la tierra, y la acción de Dios que va a rellenar o a adornar esos espacios con diversas criaturas. Éstas son presentadas, a su vez, en un orden de dignidad creciente según la cultura de la época: primero el reino vegetal, luego el mundo estelar y, por último, el reino animal, para culminar con la creación del hombre. El conjunto de la creación aparece así perfectamente dispuesto, y nos invita a la contemplación del Creador.
▲ COMENTARIO
Gn 1,14-17
Frente a las religiones de su entorno, que consideraban los astros como divinidades que influían en la vida del hombre, el autor bíblico enseña, bajo la luz de la inspiración, que el sol, la luna y las estrellas son sencillamente realidades creadas, y que su fin es servir al hombre proporcionándole luz durante el día y durante la noche, y ser un medio para medir el tiempo. Situados en su verdadero ámbito natural, los astros —como la creación entera— mueven al hombre a reconocer la grandeza de Dios, y a alabarle por sus obras magníficas: «Los cielos narran la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos…» (Sal 19,1; cfr Sal 104). De ahí que la consulta de horóscopos y la astrología, como formas de adivinación o de dominio de poderes ocultos, deban rechazarse (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2116).
▲ COMENTARIO
Gn 1,26
El texto sagrado resalta la solemnidad de este momento, en el que parece que Dios se detiene para reflexionar y proyectar cuidadosamente lo que va a hacer a continuación: el hombre. La interpretación judía antigua, seguida también por algunos escritores cristianos, veía en la forma plural «hagamos» la deliberación de Dios con su corte celeste, con los ángeles, suponiendo que Dios los habría creado al comienzo de todo, cuando «creó los cielos y la tierra». Pero esa forma plural se ha de entender más bien como reflejo de la grandeza y del poder de Dios. Gran parte de la tradición cristiana ha visto en el plural «hagamos» un reflejo de la Santísima Trinidad, ya que el lector cristiano, desde la revelación del Nuevo Testamento, conoce la insondable grandeza del misterio divino.
«Hombre» tiene aquí sentido colectivo: todo ser humano, por su misma naturaleza, es imagen y semejanza de Dios. El hombre ha de comprenderse, no en referencia a las demás criaturas del mundo, sino en referencia a Dios. El parecido entre Dios y el hombre no es un parecido físico, pues Dios no tiene cuerpo, sino espiritual, en cuanto que el ser humano es capaz de interioridad. Enseña el Concilio Vaticano II que «no se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material, y al considerarse no ya como una partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero: a estas profundidades retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones (cfr 1 R 16,7; Jr 17,10), y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, la espiritualidad e inmortalidad de su alma, el hombre no es juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de la realidad» (Gaudium et spes, n. 14).
El que Dios cree al hombre a su imagen y semejanza «significa no sólo racionalidad y libertad como propiedades constitutivas de la naturaleza humana, sino además, desde el principio, capacidad de una relación personal con Dios, como “yo” y “tú”, y por consiguiente, capacidad de alianza, que tendrá lugar con la comunicación salvífica de Dios al hombre» (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 34). A la luz de esta comunicación, realizada en plenitud por Jesucristo, los Santos Padres entendieron que en las palabras «imagen y semejanza» se incluía, por un lado, la condición espiritual del hombre, y, por otro, su participación en la naturaleza divina mediante la gracia santificante. La «imagen» se conservó en el hombre tras la caída original; la «semejanza», en cambio, perdida por el pecado, fue restaurada por la redención de Cristo.
En el proyecto de Dios entra también que los hombres dominen sobre las demás criaturas, representadas en este pasaje por los animales. Este dominio convierte al hombre en el representante de Dios —a quien todo pertenece realmente— frente al mundo creado. Por eso, aunque el hombre va a ser en la historia el dominador de la creación, ha de reconocer que sólo Dios es el Creador y, por tanto, ha de respetar y cuidar la creación como algo que se le ha confiado.
Estas palabras de la Escritura muestran, en efecto, que «el hombre es la única criatura que Dios ha amado por sí misma, pues todas las demás fueron creadas para que estuviesen al servicio del hombre. Muestran también la igualdad fundamental de todos los seres humanos. Para la Iglesia, esta igualdad, enraizada en el mismo ser del hombre, adquiere la dimensión de fraternidad especialísima mediante la Encarnación del Hijo de Dios. (…) Por ello, cualquier tipo de discriminación… es absolutamente inaceptable» (Juan Pablo II, Alocución 7.VII.1984).
▲ COMENTARIO
Gn 1,27
El proyecto de Dios se hace realidad al crear al hombre sobre la tierra, culminando así la obra de la creación. Al presentar esta última acción creadora de Dios, el autor sagrado nos ofrece, en síntesis, los rasgos constitutivos del ser humano. Además de volver a subrayar que Dios creó al hombre a su imagen, según su semejanza, nos enseña que Dios los creó varón y mujer, es decir, seres corpóreos, dotados de sexualidad, y para vivir en sociedad. «Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 357).
«El hecho de que el ser humano, creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios, no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es imagen de Dios como ser racional y libre; significa además que el hombre y la mujer, creados como “unidad de dos” en su común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo, reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina. (…) Esta “unidad de los dos” que es signo de la comunión interpersonal, indica que en la creación del hombre se da también una cierta semejanza con la comunión divina (communio). Esta semejanza se da como cualidad del ser personal de ambos, del hombre y de la mujer, y al mismo tiempo como una llamada y tarea» (Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 7).
El hecho de que en la Biblia y en el lenguaje usual hablemos de Dios en masculino se debe a influjos culturales y al enorme cuidado con el que en la Biblia se quiere evitar el mínimo rastro de politeísmo que pudiera surgir al hablar de la divinidad en femenino, como ocurría en otras religiones. Dios trasciende la corporeidad y la sexualidad, y por eso mismo, tanto el varón, masculino, como la mujer, femenino, reflejan por igual su imagen y semejanza. Con esta afirmación del Génesis se proclama por primera vez en la historia, y atendiendo a lo fundamental, la igual dignidad del hombre y la mujer, en contraste con la infravaloración de la mujer, común en el mundo antiguo.
En este versículo, tal como lo interpretó siempre la tradición judía y cristiana, se está aludiendo al matrimonio, como si Dios hubiese creado ya al primer hombre y a la primera mujer en esa forma de comunidad humana, que es la base de toda la sociedad. En el segundo relato de la creación del hombre y de la mujer que nos ofrece el libro del Génesis (cfr 2,18-24), esto mismo aparecerá de forma más clara todavía.
▲ COMENTARIO
Gn 1,28
Dios había bendecido también a los animales (cfr v. 22) otorgándoles la fecundidad. Ahora, a los hombres, creados a su imagen y semejanza, les habla en forma personal: «les dijo»; esto indica que en el hombre la capacidad generadora, y por tanto la sexualidad, son valores que ha de asumir responsablemente ante Dios, como medio de cooperar con el proyecto divino. En efecto, Dios, «queriendo comunicar al hombre una participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gn 1,28). De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y de toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tiende a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ello aumenta y enriquece su propia familia» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 50).
Dios ordena también a los hombres que sometan la tierra a su servicio. La divina Revelación nos enseña con ello que el trabajo humano se ha de entender como cooperación propia del hombre en el proyecto que Dios tenía al crear el mundo: «El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los recursos técnicos cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser morada digna de la familia humana, y cuando conscientemente interviene en la vida de los grupos sociales, está siguiendo el plan mismo de Dios, manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra (cfr Gn 1,28) y de perfeccionar la creación, al mismo tiempo que se perfecciona a sí mismo» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 57).
De esta disposición divina se deriva la relevancia que tiene el propio trabajo en la vida personal de cada hombre. «Vuestra vocación humana —enseña San Josemaría Escrivá— es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis. (…) El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la humanidad» (Es Cristo que pasa, nn. 46-47).
El hombre recibe el encargo divino de dominar la tierra, pero no a su capricho o de forma despótica, sino con el respeto debido a la obra del Creador. Así lo expresa Sb 9,3: «Oh Dios… formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados, rigiese el mundo con santidad y justicia, y ejerciese su dominio con rectitud de espíritu». «Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 34).
▲ COMENTARIO
Gn 1,31
Con estas palabras concluye la primera descripción de la obra creadora. Es como si Dios, tras crear al hombre, contemplara lo que ha hecho y estuviese satisfecho de todo ello. Frente a la frase anteriormente repetida «Y vio Dios que era bueno», ahora el texto señala que Dios vio que era muy bueno. Se subraya así la bondad del mundo creado, indicando que «esta bondad natural de las cosas temporales recibe una dignidad especial por su relación con la persona humana, para cuyo servicio fueron creadas» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 7). De ahí que haya de valorarse la persona y su dignidad por encima de cualquier otra realidad creada, y todo el trabajo humano haya de orientarse a la promoción y defensa de aquellas.
▲ COMENTARIO
Gn 2,1-3
Desde ese momento, Dios ya no va a intervenir inmediatamente en la creación, a no ser de forma extraordinaria. Ahora corresponde al hombre actuar en el mundo creado mediante su trabajo. El «descanso» de Dios sirve de modelo al hombre. Éste, descansando, reconoce que la creación depende y pertenece en definitiva a Dios, y que Dios mismo cuida de ella. El descanso que aquí vemos como un ejemplo dado por el Creador, lo encontramos en forma de mandamiento en el Decálogo (cfr Ex 20,8-18; Dt 5,12-14). «La institución del día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2184).
A propósito del sábado no se dice, como en los otros días, que hubo tarde y hubo mañana. Es como si con el sábado se rompiese ese ritmo de tiempo, y se prefigurase la situación en la que el hombre, realizada su tarea de dominar el mundo, gozará de un descanso sin fin, de una fiesta eterna junto a Dios (cfr Hb 4,1-10). Así la fiesta, entendida en sentido bíblico, tiene un triple significado: a) obligado descanso del trabajo de cada día; b) reconocimiento de Dios como Señor de la creación y contemplación gozosa de ésta; c) anticipo del descanso y alegría definitivos tras el paso del hombre por este mundo.
▲ COMENTARIO
Gn 2,4b-4,26
Se inicia ahora una nueva narración de los comienzos que los investigadores consideran de «tradición yahvista», y que tiene, en efecto, rasgos de ser más antigua que la anterior. Llega hasta el final del cap. 4 y narra la creación del hombre y de la mujer (cap. 2), la caída de nuestros primeros padres y su expulsión del paraíso (cap. 3), y la continuación de la vida humana marcada por el pecado (cap. 4). Todo ello viene descrito en un lenguaje simbólico y lleno de gran viveza expresiva, que, por una parte, nos sitúa ante verdades trascendentales de orden histórico, y, por otra, resalta aspectos de orden antropológico, psicológico y religioso, que pertenecen al hombre de todos los tiempos.
El libro sagrado se remonta de nuevo hasta los orígenes del hombre, de las cosas del mundo y también del mal. Quiere enseñar que sólo Yahwéh, el Dios de Israel, es el dueño de la vida porque Él la dio al hombre y a los animales; que Dios cuida al hombre con amor desde el principio y establece con él una alianza; que el hombre creado gozaba de libertad y quebrantó aquella alianza, por lo que vinieron el dolor, la muerte y el mal sobre la tierra; y, finalmente, que el Señor, a pesar de todo, siguió velando por el hombre y mantuvo la esperanza de éste con la promesa de una victoria sobre el mal.
▲ COMENTARIO
Gn 2,5-6
La intención de estos versículos es mostrar que lo primero y lo más importante sobre la tierra es el hombre, para quien fue creado todo lo demás. En el texto no se plantea si antes de la aparición del hombre existían en el planeta otros tipos de vida vegetal o animal, y, menos aún, si ha podido haber una evolución hacia formas de vida superiores.
La teología católica, valorando adecuadamente los datos de fe y los descubrimientos de la ciencia acerca de la evolución de las especies, no se opone a que Dios hubiera podido infundir el alma en un ser ya existente, preparando convenientemente su cuerpo, que se convirtió así en «hombre». Esta explicación recibe el nombre de «evolucionismo moderado»; pero no pasa de ser una explicación desde los conocimientos que hoy se tienen en el ámbito de las ciencias naturales. Con todo, el interés por los orígenes va más allá: «no se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser trascendente, inteligente y bueno, llamado Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 284).
▲ COMENTARIO
Gn 2,7
El hombre, en su corporeidad, pertenece a la tierra. Para afirmarlo así, el autor sagrado ha tenido seguramente presente el hecho de que el cuerpo humano al morir se convierte en polvo, como dirá más adelante en Gn 3,19. O, quizá, este modo de narrar (peculiar, como todo el género literario de estos capítulos) se apoya en el parecido que existe entre la palabra adam, que designa al hombre en general, y la palabra adamah que significa tierra rojiza; y, puesto que las palabras se parecen, también para el autor debía haber relación entre las realidades que significan: es una forma popular de entender las etimologías de las palabras. Pero el que el hombre pertenezca a la tierra no es su peculiaridad más importante: también los animales, en la perspectiva del autor, serán formados de la tierra. Lo específico e importante en el hombre es que recibe la vida de Dios. La vida se representa en el aliento, pues es un hecho evidente que sólo los animales vivos respiran. Que Dios infunda de esa forma la vida al hombre significa que éste, aunque por su corporeidad participa de la materia, su existencia como ser vivo proviene directamente de Dios, es decir, está animado por un principio vital —el alma o espíritu— que no proviene de la tierra. Este principio de vida recibido de Dios hace que también el cuerpo del hombre adquiera una dignidad propia y se sitúe en un orden distinto al de los animales.
La representación de Dios como un alfarero que modela el cuerpo del hombre significa que éste está destinado a vivir según un principio de vida superior al que procede de la tierra. Por otra parte, la imagen de Dios alfarero indica que el hombre, todo él, está en las manos de Dios como el barro en manos del que lo modela, sin ofrecer resistencia ni oponerse a sus decisiones (cfr Is 29,16; Jr 18,6; Rm 9,20-21).
▲ COMENTARIO
Gn 2,8-15
La escena refleja una situación de amistad entre Dios y el hombre en la que no existe ningún mal, ni siquiera la muerte. El jardín es descrito con los rasgos de un frondoso oasis, con la peculiaridad de que en el centro hay dos árboles, el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal, que simbolizan el poder de dar la vida y el ser punto último de referencia del actuar moral del hombre. Además, del jardín brotan los cuatro ríos más importantes conocidos por el autor, que riegan y fecundan toda la tierra. De esta forma la Biblia nos enseña que el hombre fue creado para ser feliz, gozando de la vida y del bien que proceden de Dios. «La Iglesia, interpretando de manera auténtica el simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento y de la Tradición, enseña que nuestros primeros padres Adán y Eva fueron constituidos en un estado “de santidad y de justicia original” (Conc. de Trento, De peccato originali). Esta gracia de la santidad original era una “participación de la vida divina” (Lumen gentium, n. 2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 375).
El hombre recibe, desde el principio, el encargo de cuidar y trabajar el jardín, es decir, de protegerlo y hacerlo fructificar mediante su trabajo. El trabajo aparece de nuevo (cfr 1,28) como encargo divino dado al hombre desde el inicio. «Desde el comienzo de su creación, el hombre —no me lo invento yo— ha tenido que trabajar. Basta abrir la Sagrada Biblia por las primeras páginas, y allí se lee que —antes de que entrara el pecado en la humanidad y, como consecuencia de esa ofensa, la muerte y las penalidades y miserias (cfr Rm 5,12)— Dios formó a Adán con el barro de la tierra, y creó para él y para su descendencia este mundo tan hermoso, ut operaretur et custodiret illum (Gn 2,15), con el fin de que lo trabajara y lo custodiase» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 57). Pero el hombre debe reconocer el señorío de Dios sobre la creación y sobre sí mismo, obedeciendo el mandato que Dios le da a modo de una alianza (v. 17). Si se perdió aquella felicidad originaria para la que el hombre fue creado, vendrá a decir el autor sagrado más adelante, es porque el hombre quebrantó la alianza.
▲ COMENTARIO
Gn 2,16-17
El posible acceso del hombre al «árbol del conocimiento del bien y del mal» significa que Dios ha dejado el camino abierto a la posibilidad del mal, precisamente en virtud de un bien mayor: la libertad de la que ha dotado al hombre. Éste, mediante su razón y a través de su conciencia, puede descubrir y discernir lo que es bueno y malo; pero no puede establecerlo con su decisión. En este sentido, el mandato de Dios a nuestros primeros padres implica el deber de reconocer su carácter de criaturas, y de acatar y respetar el bien, tal como se refleja en las leyes de la creación y en la dignidad propia de su ser personal. Querer el hombre decidir lo bueno y lo malo por su cuenta, independientemente de la bondad impresa por Dios al crear, sería pretender ser como Dios. La autonomía moral absoluta es una tentación que se presenta constantemente al hombre, y en la que sucumbe cuando olvida que existe un Dios Creador y Señor de todo, también del hombre. «El árbol de la ciencia del bien y del mal, comenta Juan Pablo II, debía expresar y constantemente recordar al hombre el “límite” insuperable para un ser creado» (Dominum et Vivificantem, n. 36).
▲ COMENTARIO
Gn 2,18-25
Dios sigue buscando el bien del hombre que ha creado. El hagiógrafo lo expresa, de forma antropomórfica, presentando a Dios como a un alfarero que se da cuenta de que su obra ha de ser perfeccionada. Todavía no está concluida la creación del ser humano: le falta poder vivir en profunda y completa unión con otro ser humano. En los animales, creados también por Dios, el hombre no encuentra compañía apropiada, de su mismo rango, por lo que Dios crea a la mujer del mismo cuerpo del hombre. Entonces sí que existe la posibilidad de comunicación personal para el ser humano. La creación de la mujer refleja, por tanto, la culminación del amor de Dios hacia el ser humano tal como lo creó.
Por otra parte, en este pasaje queda también reflejada la misma interioridad del hombre capaz de darse cuenta de su soledad. Aunque aquí esa soledad aparece como una posibilidad y un temor, más que como una situación real, se está indicando que es desde la conciencia de la propia soledad desde donde el hombre puede apreciar como un bien la comunión con los demás.
▲ COMENTARIO
Gn 2,19-20
Los animales son creados de la tierra, como el hombre, pero de ellos no se dice que Dios les infunda un soplo de vida. Este soplo pertenece únicamente al hombre que se diferencia así esencialmente de los animales: el hombre tiene una forma de vida que le viene directamente de Dios, es decir, está animado por un principio espiritual que le capacita para ser el interlocutor de Dios y para tener verdadera comunión con otros hombres. Es lo que llamamos el alma o el espíritu. Por ello el hombre se asemeja a Dios más que a los animales, aunque el cuerpo humano haya sido formado de la tierra y pertenezca a ella como el del animal (cfr notas a 1,26; 2,7).
«La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar el alma como la “forma” del cuerpo (cfr Conc. de Vienne, Fidei catholicae); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 365).
▲ COMENTARIO
Gn 2,21-22
Este sueño es como un reflejo de la muerte, como si Dios suspendiese la vida que ha infundido al hombre, para remodelarlo de nuevo y que comience a vivir a continuación de otra forma: siendo dos, varón y mujer, y no ya uno sólo. La manera de narrar la creación de la mujer, a partir de una costilla de Adán, quiere enseñar, en contraste con la mentalidad de su tiempo, que el varón y la mujer son de la misma naturaleza y tienen la misma dignidad, pues ambos proceden del mismo barro que Dios modeló y convirtió en un ser vivo. Por otra parte, la Biblia explica también así la atracción mutua que sienten el varón y la mujer.
▲ COMENTARIO
Gn 2,23
Cuando el hombre —ahora en sentido de varón— reconoce a la mujer como persona igual que él, de su misma naturaleza, descubre en ella la «ayuda adecuada» que Dios quería darle. Ahora sí está completa la creación del ser humano. Éste «se convierte en imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión» (Juan Pablo II, Audiencia general, 14.XI.1979).
La exclamación del primer hombre ante la primera mujer refleja la capacidad de ambos de unirse íntimamente en matrimonio. La actitud del hombre que aquí aparece respecto de la mujer es la propia del marido hacia la esposa. Éste, en efecto, «ve en la esposa la realización del designio divino “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”, y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: “Ésta sí que es hueso de mis huesos…” El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: “No eres su amo, escribe San Ambrosio (Hexaemeron 5,7,19), sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como esposa. (…) Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su amor”» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 25).
▲ COMENTARIO
Gn 2,24
Estas palabras son un comentario del autor inspirado que, tras narrar la creación de la mujer, presenta la institución matrimonial como establecida por Dios en el origen mismo del ser humano. En efecto, como explica Juan Pablo II, la «comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por eso, tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana» (Familiaris consortio, n. 19).
Varón y mujer, al unirse en matrimonio, forman una nueva familia. Las primeras traducciones que se hicieron de la Biblia, al griego y al arameo, ya interpretaban el sentido del pasaje al decir «serán los dos una sola carne», indicando así que el matrimonio querido por Dios era el matrimonio monogámico. Jesús apeló también a este pasaje sobre el principio para enseñar la indisolubilidad de la unión matrimonial, aduciendo que «lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt 19,5 y par.). Así lo enseña también la Iglesia: «Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor está establecida sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole, como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues el mismo Dios es el autor del matrimonio, al que ha dotado con bienes y fines varios» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 48).
▲ COMENTARIO
Gn 2,25
Se expresa aquí la total armonía entre el hombre y su cuerpo, así como entre el varón y la mujer; armonía que va a quedar perturbada por el pecado narrado a continuación.
▲ COMENTARIO
Gn 3,1-24
«El relato de la caída (Gn 3) utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 390). La Biblia nos enseña aquí el origen del mal, de todos los males que padece la humanidad, y especialmente de la muerte. El mal no viene de Dios, que creó al hombre para que viviese feliz y en amistad con Él, sino del pecado, es decir, del hecho de que el hombre quebrantó el mandamiento divino, destruyendo así la felicidad para la que fue creado y la armonía con Dios, consigo mismo, y con la creación. «El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador (cfr Gn 3,1-11), y, abusando de su libertad desobedeció el mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (cfr Rm 5,19). En adelante todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad» (ibidem, n. 397).
En la descripción de ese pecado de origen y de sus consecuencias el autor sagrado se sirve del lenguaje simbólico —así el jardín, el árbol, la serpiente— para expresar una gran verdad de orden histórico y religioso: que el hombre al comienzo de su andadura en la tierra desobedeció a Dios, y que ésa es la causa de que exista el mal. Se descubre, al mismo tiempo, el proceso y las consecuencias de todo pecado, en el que «los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el “seréis como dioses” (Gn 3,15) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 6).
▲ COMENTARIO
Gn 3,1
La serpiente representa al diablo, un ser personal que intenta torcer los designios de Dios y perder al hombre. En efecto, «tras la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cfr Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cfr Sb 2,24). La Escritura y la tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satanás o diablo (cfr Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. “El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos” (Conc. de Letrán IV)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 391).
▲ COMENTARIO
Gn 3,2-5
Se presenta, con un realismo excepcional, la táctica del diablo en la tentación: falsea la verdad de lo que Dios ha dicho, introduce la sospecha sobre las intenciones y planes divinos, y, finalmente, presenta a Dios como enemigo del hombre.
«El análisis del pecado en su dimensión originaria indica que, por parte del “padre de la mentira” se dará a lo largo de la historia de la humanidad una constante presión al rechazo de Dios por parte del hombre, hasta llegar al odio: “Amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios” como se expresa San Agustín (cfr De civitate Dei 14,28). El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una propia limitación, y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Esto lo vemos confirmado en nuestros días, en los que las ideologías ateas intentan desarraigar la religión basándose en el presupuesto de que determina la radical “alienación” del hombre, como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre. Surge de aquí una forma de pensamiento y una praxis histórico–sociológica donde el rechazo de Dios ha llegado hasta la declaración de su “muerte”. Esto es un absurdo conceptual y verbal» (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 38).
▲ COMENTARIO
Gn 3,6
De esta forma, ambos, el hombre y la mujer, desobedecieron el mandato de Dios. El Génesis no habla de una manzana, sino de un fruto misterioso que tiene un valor simbólico. El pecado de Adán y Eva fue de desobediencia.
El hagiógrafo nos va llevando al desenlace con una magistral descripción psicológica de la tentación: entretenimiento con el tentador, duda acerca de la veracidad de Dios, cesión ante las apetencias de los sentidos. Este pecado, comenta también Juan Pablo II, «constituye el principio y la raíz de todos los demás. Nos encontramos ante la realidad originaria del pecado en la historia del hombre y, a la vez, en el conjunto de la economía de la salvación. (…) Esta desobediencia originaria presupone el rechazo o, por lo menos, el alejamiento de la verdad contenida en la palabra de Dios, que crea el mundo. (…) La desobediencia significa, precisamente, pasar aquel límite que permanece insuperable para la voluntad y la libertad del hombre como ser creado. El hombre no puede decidir por sí mismo lo que es bueno y malo, no puede “conocer el bien y el mal” como si fuera Dios. Sí, en el mundo creado Dios es la fuente primera y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante la íntima verdad del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo, consustancial al Padre. Al hombre, creado a imagen de Dios, el Espíritu Santo da como don la conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente en ella su modelo, que es sabiduría y ley eterna, fuente del orden moral en el hombre y en el mundo. La “desobediencia” como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal» (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, nn. 33-36).
▲ COMENTARIO
Gn 3,7-13
Comienza aquí la descripción de los efectos del pecado de origen. El hombre y la mujer han conocido el mal y lo proyectan, antes que nada, a lo que les es más propio e inmediato: sus propios cuerpos. Se ha roto la armonía interior descrita en Gn 2,25, y surge la concupiscencia. Se rompe al mismo tiempo la amistad con Dios, y el hombre rehúye su presencia para no ser visto en su desnuda realidad. ¡Como si su Creador no le conociese! Se rompe también la armonía entre el hombre y la mujer: él echa la culpa a ella, y ella a la serpiente. Pero los tres han tenido su parte de responsabilidad, por lo que a los tres se les va a anunciar el castigo.
«La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (cfr Gn 3,7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (cfr Gn 3,11-13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (cfr Gn 3,16). La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (cfr Gn 3,17.19). A causa del hombre la creación es sometida a la “servidumbre de la corrupción” (Rm 8,21). Por fin la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (cfr Gn 2,17), se realizará: el hombre “volverá al polvo del que fue tomado” (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cfr Rm 5,12)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 400).
▲ COMENTARIO
Gn 3,14-15
El castigo que Dios impone a la serpiente incluye el enfrentamiento permanente entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria por parte del hombre. Por eso se ha llamado a este pasaje el «Protoevangelio»: porque es el primer anuncio que recibe la humanidad de la buena noticia del Mesías redentor. Es obvio que herir en la cabeza es producir una herida mortal, mientras que la herida en el talón es curable.
Como enseña el Concilio Vaticano II, «Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo (cfr Jn 1,3), da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas (cfr Rm 1,19-20), y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó además personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación (cfr Gn 3,15) con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos cuantos buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras (cfr Rm 2,6-7)» (Dei Verbum, n. 3).
La victoria contra el diablo la llevará a cabo un descendiente de la mujer, el Mesías. La Iglesia siempre ha entendido estos versículos en sentido mesiánico, referidos a Jesucristo; y ha visto en la mujer, madre del Salvador prometido, a la Virgen María como nueva Eva. «Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos a la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; ella misma, bajo esta luz, es insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros primeros Padres, caídos en pecado (cfr Gn 3,15). (…) Por eso no pocos padres antiguos, en su predicación, gustosamente afirman: “El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe” (S. Ireneo, Adversus haereses 3,22,4); y, comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” (S. Epifanio, Adversus haereses Panarium 78,18), y afirman con mayor frecuencia: “la muerte vino por Eva, por María la vida” (S. Jerónimo, Epistula 22,21; etc.)» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, nn. 55-56).
En efecto, la mujer va a tener un papel importantísimo en esa victoria sobre el diablo, hasta el punto de que ya San Jerónimo, en su traducción de la Biblia al latín, la Vulgata, interpreta: «ella (la mujer) te pisará la cabeza». Esa mujer es la Santísima Virgen, nueva Eva y madre del Redentor, que participa de forma anticipada y preeminente en la victoria de su Hijo. En ella nunca hizo mella el pecado y la Iglesia la proclama como la Inmaculada Concepción.
Si Dios no impidió que el primer hombre pecara fue, según explica Santo Tomás, porque «Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Y el canto del Exultet: “¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!”» (Summa theologiae 3,1,3 ad 3; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 412).
▲ COMENTARIO
Gn 3,16
Dirigiéndose a la mujer, Dios le comunica las consecuencias que para ella, como madre y esposa, van a seguirse del pecado. El dolor del parto significa además la presencia del dolor físico en la humanidad, como efecto del pecado. Asimismo, del pecado derivan los desórdenes en el ámbito familiar, y en especial en la relación entre marido y mujer, de los que se señala expresamente el dominio despótico del marido sobre la esposa. La discriminación de la mujer es aquí considerada como fruto del pecado, y, por tanto, vista por la Biblia como un mal. Del pecado deriva igualmente el oscurecimiento de la dignidad del matrimonio y de la familia que se difunde en muchas partes, como denuncia el Concilio Vaticano II: «La dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el matrimonio queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación. Por otra parte, la actual situación económica, socio–psicológica y civil es origen de fuertes perturbaciones para la familia» (Gaudium et spes, n. 47).
▲ COMENTARIO
Gn 3,17-19
Los efectos del pecado que se anuncian al varón están en estrecha relación con el encargo recibido de Dios: cultivar el jardín, o dicho de otro modo, dominar la tierra mediante su actividad, el trabajo. Por el pecado se ha roto la armonía entre el hombre y la naturaleza: el trabajo le resultará penoso, y será también ocasión de fuertes perturbaciones. En efecto, fruto del pecado son todas las formas de injusticia que se dan en el mundo laboral y en el dominio sobre los bienes de la tierra. Dios había destinado la tierra, y cuanto ella contiene, para uso de todo el género humano; pero sin embargo sucede que «mientras numerosas muchedumbres carecen de lo estrictamente necesario, algunos, aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia o malgastan sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras un pequeño número de hombres dispone de un amplísimo poder de decisión, otros están privados de toda iniciativa y toda responsabilidad, viviendo con frecuencia en condiciones de vida y trabajo indignas de la persona humana» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 63).
Las consecuencias del pecado acompañarán al hombre hasta que vuelva a la tierra, es decir, hasta la muerte. Dios, sin embargo, no ha llevado a cabo de forma inmediata la amenaza anunciada en Gn 2,17, y el hombre sigue viviendo sobre la tierra, aunque destinado a morir. Es, en este sentido, en el que San Pablo, a la luz de la obra de Cristo al que ve como el segundo Adán, explicará la realidad humana diciendo que «por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte, y de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron. (…) Si por el delito de uno solo la muerte reinó por medio de uno, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia reinarán en la vida por medio de uno solo, Jesucristo» (Rm 5,12.17).
▲ COMENTARIO
Gn 3,21-24
Aun después de la caída, Dios cuida del hombre. Éste seguirá poblando la tierra, a pesar de la muerte, gracias a la maternidad de la mujer. Dios sigue cuidando al hombre y sale al paso de su estado de desnudez que le llenaba de temor y vergüenza. La situación histórica del hombre aparece con la expulsión del paraíso. Ahora el hombre conoce el bien y el mal; está privado de la felicidad para la que fue creado, y, destinado a la muerte, ansía la inmortalidad que, de hecho, sólo pertenece a Dios. Tal situación afecta a todos los hombres en virtud de aquel pecado. En efecto, «sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cfr Conc. de Trento, De peccato originali). Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 404).
▲ COMENTARIO
Gn 4,1-26
El autor sagrado continúa enseñando cómo se transmitió la vida humana a partir de los primeros padres, y cómo, al mismo tiempo, la vida del hombre sobre la tierra sigue marcada por el mal y el pecado. «El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2259). Esto lo muestra la Escritura con el episodio de Caín y Abel que, recogiendo antiguas tradiciones, enseña cómo ya desde el comienzo de la humanidad el mal fue avanzando con la violencia y la injusticia: nada lo podría mostrar mejor que el asesinato del hermano inocente.
San Agustín ve un sentido más profundo en el hecho de que Caín naciese antes que Abel: «He dividido la humanidad —escribe— en dos grandes grupos: uno, el de aquellos que viven según el hombre; y otro, el de los que viven según Dios. Místicamente damos a estos dos grupos el nombre de ciudades, que es decir sociedades de hombres. (…) El primer hijo de los dos primeros padres del género humano fue Caín, que pertenece a la ciudad de los hombres, y el segundo Abel, que forma parte de la ciudad de Dios.
En cada hombre comprobamos la verdad de estas palabras del Apóstol: “No es primero lo espiritual, sino lo natural; después lo espiritual” (1 Co 15,46). De donde se sigue que cada cual, por descender de un tronco dañado, necesariamente es primero malo y carnal, y será luego espiritual si, renaciendo en Cristo, adelantare en la virtud» (De civitate Dei 15,1).
▲ COMENTARIO
Gn 4,1
En el lenguaje bíblico, para designar la unión sexual del hombre y la mujer, se emplea el término «conocer», indicándose así la profundidad humana de dicha relación, que, dándose a través del cuerpo, se sitúa al mismo tiempo en el ámbito de la inteligencia y de la voluntad.
El nombre de Caín encuentra su explicación en el texto bíblico por su parecido a la exclamación de Eva: «He adquirido…», que en hebreo se dice qaniti. De esta forma se resalta la intervención de Dios en la generación del hijo. Una enseñanza constante en la Biblia será que los hijos son un don de Dios, y que es Dios quien otorga o niega la fecundidad. Consciente de esta verdad, la Iglesia recuerda a los esposos que «en el deber de transmitir la vida humana y educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 50).
▲ COMENTARIO
Gn 4,3-8
Se refleja ya desde el principio la elección gratuita que Dios hace entre los hombres, prefiriendo a veces al más pequeño o al más débil, como en el caso de Isaac preferido a Ismael, Jacob preferido a Esaú, o David preferido a sus hermanos. El comienzo del pecado de Caín se manifiesta en no aceptar la preferencia divina por su hermano menor, y dejarse llevar por la ira, la envidia (cfr Sb 10,3) y la tristeza. Esta actitud invalidaba sus ofrendas (v. 5). Aun así, Dios también ama a Caín y le invita a superar la tentación que le acecha (v. 7), obrando rectamente; pero Caín mató a su hermano Abel.
Caín es el prototipo del hombre perverso y homicida; Abel, el del hombre justo que sufre sin culpa la muerte violenta. De ahí que a Abel se le haya considerado como figura de Jesucristo, cuya sangre derramada en la cruz interpela a los hombres con más fuerza aún que la de Abel: «Vosotros en cambio os habéis acercado a Jesús, mediador de la Nueva Alianza, y a la sangre derramada, que habla mejor que la de Abel» (Hb 12,24). Caín, en cambio, es tipo de todo hombre que odia a su prójimo, pues el odio supone el deseo de que el otro no exista. En este sentido escribe San Juan interpretando la historia de Caín: «El mensaje que habéis oído desde el principio es éste: que nos amemos unos a otros. No como Caín que, siendo del Maligno, mató a su hermano. Y ¿por qué le mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas… Todo el que aborrece a su hermano es un homicida; y sabéis que ningún homicida tiene en sí la vida eterna» (1 Jn 3,11-12.15).
Suponiendo falta de rectitud de intención en las ofrendas de Caín, comenta San Beda el Venerable que «los hombres a menudo se dejan aplacar por los dones de aquellos por quienes han sido ofendidos; Dios en cambio, que “descubre los sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4,12), no se deja aplacar por ningún otro don tanto como por la piadosa devoción del oferente. Una vez que haya comprobado la pureza de nuestro corazón, recibirá también nuestras oraciones y nuestras obras» (Hexaemeron 2: in Gn 4,4-5).
▲ COMENTARIO
Gn 4,9-16
La pregunta que Dios dirige a Caín resuena constantemente para cada hombre en relación con sus semejantes. Y la muerte por violencia de cualquier persona inocente es como un grito que está pidiendo justicia, y ante el que Dios no permanece indiferente: carga la conciencia de Caín con el peso de su culpa, si bien protege su vida marcándole con una señal para que nadie tome venganza. Se trata, en el contexto del relato, de una marca de protección más que de infamia. El que Caín, por su acción, sea alejado de la presencia de Dios y haya de caminar errante por la tierra significa la ruptura con Dios a causa del pecado.
«La vida humana es sagrada —enseña la Iglesia— porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2258).
▲ COMENTARIO
Gn 4,17-24
Al presentar la descendencia de Caín, el autor sagrado entiende que una parte de la humanidad, en concreto la que brota del primogénito de Adán, ha vivido separada de Dios. A ellos se les atribuye la construcción de ciudades y la invención de los oficios, así como también el inicio de la poligamia y la extralimitación en la venganza (v. 24). Aquel progreso material, impregnado al mismo tiempo de idolatría, fue siempre una tentación para los israelitas.
Los nombres de los descendientes de Caín se relacionan etimológicamente con el de las ciudades que construyen o los oficios que inventan. Pero conviene tener en cuenta que la Biblia no quiere darnos aquí una lección de la historia de los avances de la humanidad; sino más bien decirnos que la tierra se fue poblando según el mandamiento de Dios, y ofrecernos una visión del modo cómo, después de la creación del hombre, la humanidad se fue comportando en su relación con Dios.
▲ COMENTARIO
Gn 4,25-26
Ésta es la parte de la humanidad que mantuvo el conocimiento del verdadero Dios que, en su momento, se revelaría a Abrahán (cfr cap. 12) y a Moisés (cfr Ex 3,14). El nombre de Set se explica etimológicamente; pero ahora no en relación con oficios o ciudades (cfr nota a 4,17-24), sino en relación con Dios: Set recibe este nombre, porque Dios lo ha otorgado a Eva en lugar de Abel. Ésta será la línea de los descendientes de Adán y Eva de la que surgirá el pueblo elegido, mediante la llamada de Abrahán. Si en relación a los descendientes de Set no se hace mención de que se dedicaran a ningún nuevo oficio, es quizá para mostrar que su aportación específica a la humanidad fue mantener el conocimiento del verdadero Dios, un valor superior a todo lo demás.
«De manera figurada —explica San Beda— Enós, el hijo de Set, significa el pueblo cristiano que, por la fe y el sacramento de la pasión y resurrección del Señor, nace diariamente, en todo el orbe, del agua y del Espíritu Santo. Este pueblo (…) suele invocar, en todo lo que hace, el auxilio del nombre del Señor, diciendo: Padre nuestro que estás en el cielo; santificado sea tu nombre» (Hexaemeron 2: in Gn 4,25-26).
▲ COMENTARIO
Gn 5,1-32
En esta «relación de los descendientes de Adán» se recogen nombres y tradiciones de antepasados famosos que, según los estudiosos de la Biblia, han podido llegar al texto inspirado a través de la «tradición sacerdotal». Quiere mostrar cómo se fue multiplicando la especie humana a partir del mandamiento de Dios recogido en Gn 1,28. No se menciona a Caín, pues el texto ofrece solamente la descendencia de Set, de la que surgirá a la postre el pueblo elegido.
Los años de vida de los patriarcas tienen un valor simbólico, no matemático. En efecto, en el conjunto de la lista se aprecia que los años de la vida del hombre van descendiendo a medida que la humanidad se aleja del momento originario de la vida, es decir de Dios, y va degenerando con la presencia del mal. Responde en cierto modo a la mentalidad expresada en Pr 10,27: «El temor de Yahwéh acrece los días; mas los años de los impíos serán acortados». Por eso, cuando la humanidad se pervierte más, Dios rebaja la cifra de años a ciento veinte (cfr Gn 6,3).
Esta genealogía, como las restantes que aparecen en la Biblia, nos hace percibir el valor de la generación humana. Mediante la generación, el hombre cumple el mandato originario de Dios de crecer, multiplicarse y dominar la tierra; además, coopera con los planes salvadores de Dios, ya que éstos se realizarán mediante la elección de un pueblo surgido de una de esas ramas genealógicas del que nacerá Jesucristo. En el Evangelio de San Lucas, para subrayar el alcance universal de la redención obrada por Cristo, se enlaza su genealogía con el mismo Adán, padre de judíos y de gentiles (cfr Lc 3,23-38).
▲ COMENTARIO
Gn 5,3
La imagen y semejanza divinas con las que fue creado Adán, el primer hombre, se transmiten mediante la generación a todos sus descendientes. Éstos, en efecto, son imagen y semejanza del primer hombre, como éste lo es a su vez de Dios. La imagen y semejanza está impresa, por tanto, en todo ser humano, independientemente de su raza o de su comportamiento. De ahí que la primera actitud de cada uno frente a los demás debe ser «respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 72). cfr nota a Gn 1,2.
▲ COMENTARIO
Gn 5,21-24
Tres rasgos distinguen a Henoc de los demás patriarcas: sólo vive 365 años, cifra perfecta ya que coincide con el número de días que tiene el año solar; se dice de él que «caminó con Dios», resaltando así su santidad; y, finalmente, que no murió, sino que Dios lo llevó consigo. Por todo esto, llegó a ser un personaje apreciado y venerado en la tradición judía (cfr Si 44,16; 49,14; Hb 11,5), al que se atribuían libros de revelación. La Carta de San Judas le designa como un profeta que denuncia los pecados de la humanidad (cfr Judas 14-15).
▲ COMENTARIO
Gn 5,29
La tradición de la Iglesia ha considerado con frecuencia a Noé como figura de Cristo. Así Orígenes, al comentar este versículo, observa que estas palabras encontraron su verdadero cumplimiento en nuestro Salvador: «Fijándote en nuestro Señor Jesucristo, de quien se dice: “he aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29) y que “nos rescató de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros objeto de maldición” (Ga 3,13), y que afirma de sí mismo: “venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,28-29), te darás cuenta de que es Él quien realmente dio descanso a los hombres y liberó la tierra de la maldición con la que Dios la había maldecido» (Homiliae in Genesim 2,3).
▲ COMENTARIO
Gn 5,32
De Noé surgirán tres razas distintas, que son las que el autor considera existentes en la humanidad: semitas, camitas y jafetitas. La distribución de los pueblos según su raza y la procedencia de cada uno de estos antepasados se expone en Gn 10,1-32.