Ressources Catholiques Missel Romain

précédent
 ▲ COMENTARIO

Gn 37,2-50,26

Desde aquí hasta el final del libro del Génesis, con excepción de los caps. 38 y 49, leemos la historia de José. Con ella termina la «historia de los patriarcas», dejándolos no precisamente en la tierra prometida, en Canaán, sino en Egipto. Se prepara así la narración del gran acontecimiento del Éxodo. La historia de José representa así la conexión entre la historia patriarcal y la salida de Egipto, y constituye, por tanto, un hito importante en el desarrollo de la historia de la salvación según el conjunto de la narración bíblica.

En la historia de José podemos apreciar, por una parte, el testimonio de antiguos recuerdos sobre la bajada de los israelitas a Egipto; y, por otra, el arte del narrador que va presentando en diversos actos un drama lleno de emoción, que acaba felizmente, y del que el lector puede sacar una enseñanza fundamental: Dios orienta todos los acontecimientos, incluso los que parecen más negativos, al bien y a la salvación. Omnia in bonum, podría ser el título de la historia de José (cfr 50,20).

La fuente originaria de esta sección pudiera ser, en su origen, independiente de las tradiciones patriarcales que hemos visto: no hay referencias a lugares de culto, ni explicaciones etimológicas, ni intervenciones directas de Dios (excepto a Jacob en 46,2-4); considera que todavía vive la madre de José (cfr 37,10), y que Jacob tenía varias hijas (cfr 37,35).

A partir de los datos que nos ofrece la historia de José y de otras tradiciones bíblicas (comparar por ej. Gn 15,16; Ex 12,40-41) no es posible precisar la fecha en que se produjo la bajada a Egipto. El periodo más probable es cuando el poder sobre Egipto estuvo en manos de los hiksos (1720-1580 a.C.), un grupo invasor en el que había elementos de raza semita. Éstos tuvieron su capital en Avaris, en el Delta del Nilo, y así se refleja en el relato bíblico. El relato rememora el pasado y su significación. El conjunto de la historia de José representa, tal como está en la Biblia, la explicación magistral desde el punto de vista pedagógico de cómo Dios condujo los pasos de los antepasados del pueblo de Israel para obrar maravillas en ellos, rescatándolos de la esclavitud y haciendo de ellos un pueblo, el pueblo elegido de Dios. El arte literario con el que está presentada finalmente esta historia, no sólo no merma su valor histórico, sino que ayuda precisamente a comprender el verdadero significado de los acontecimientos que vivieron los «padres» de Israel, y nos muestra cómo la Palabra de Dios se expresa en un lenguaje que sabe cautivar la atención del lector.

 ▲ COMENTARIO

Gn 37,2

«Ésta es la historia de…». Diez veces a lo largo del Génesis hemos encontrado esta misma frase debida al redactor final del libro para poner un orden en su contenido, distribuyéndolo en diversos cuadros genealógicos (ver Introducción, § 1). Ahora la emplea por última vez, situando al lector ante la parte final, la historia de la bajada de Jacob-Israel a Egipto: uno de sus hijos, José, fue vendido por sus hermanos y llevado a Egipto (cap. 37); en aquel país José prosperó y llegó a ser muy importante (cfr caps. 39-41); Jacob y el resto de sus hijos bajaron a Egipto donde encontraron a José, y, por él, recibieron un trato de favor de parte del faraón (cfr caps. 42-48); finalmente, en Egipto murió el patriarca Jacob, pero fue llevado a enterrar a tierra de Canaán (cfr caps. 49-50).

 ▲ COMENTARIO

Gn 37,3-4

La túnica de mangas largas asemejaba a José a un príncipe, preanunciando de alguna manera su futuro glorioso. Aunque el amor de predilección de Jacob por José se explica por causas humanas, tras ello se descubre algo que aparece en toda la Biblia: cómo hay personas que gozan, por pura gracia, de una predilección de amor, también del amor divino, sin que esto signifique que el amor a los otros quede mermado. José, predilecto en el amor de Jacob, comienza así a ser figura de Jesucristo, el Predilecto del amor del Padre (cfr Mc 1,11). El pecado de los hijos de Jacob, como en cierto modo el de Caín (cfr Gn 4,5), comienza por no aceptar tal predilección en el amor; desde ahí se convertirá en odio y envidia (cfr vv. 8.11), y, finalmente, culminará con el acto de deshacerse del hermano (cfr v. 20).

 ▲ COMENTARIO

Gn 37,5-11

En la historia de José, los sueños tienen gran importancia (cfr caps. 40-41). Éstos no son, como en los capítulos anteriores, vehículo de revelaciones divinas, sino simple medio de adivinación del futuro. Sin embargo, a través de ellos se descubre la providencia de Dios que guía los acontecimientos.

El mismo Jacob queda sorprendido al darse cuenta del significado de los sueños de su hijo, y reprende a José pensando que aquello puede ser una pretensión infundada. Sin embargo, el patriarca permanece en actitud reflexiva, abierto a lo que pueda suceder aunque no lo comprenda todavía. Muy distinta es la reacción de los hermanos de José, quienes, pretendiendo hacer fracasar el anuncio contenido en los sueños, actúan perversamente. Pero Dios sabrá sacar de aquel mal un gran bien para todos ellos, y llevar a cabo su plan providencial precisamente a través de aquel comportamiento injusto.

Bajo los sueños narrados en este pasaje, San Ambrosio ve reflejada «la futura resurrección de Cristo, a quien, cuando le vieron en Jerusalén, lo adoraron los once discípulos, y a quien adorarán todos los Santos cuando resuciten llevando los frutos de las buenas obras, como está escrito: “Vienen con alegría llevando sus gavillas” (Sal 125,6)» (De Ioseph 2,7).

 ▲ COMENTARIO

Gn 37,12-36

Este episodio muestra el horrible crimen que representa matar al hermano, y la sucesión providencial de los acontecimientos para que José llegue a Egipto. En el relato se reflejan dos fuentes distintas: en una se resalta la intervención de Judá (v. 26), en la otra, la de Rubén. La verdadera clave de los acontecimientos viene al final de la historia: «Vosotros —dice José a sus hermanos— planeasteis el mal contra mí, Dios lo planeó para el bien» (50,20). A la luz de todo el conjunto se ve cómo se cumple el plan de Dios: «José, comenta San Gregorio, fue vendido por sus hermanos porque no querían adorarlo; pero así precisamente llegaron a adorarle, porque fue vendido. (…) De igual forma, cuando se quiere evitar la voluntad divina, entonces se cumple» (S. Gregorio Magno, Moralia 6,18,29).

 ▲ COMENTARIO

Gn 37,36

Putifar es el mismo nombre que aparece en 41,45.50 y 46,20 como sacerdote del dios solar en Heliópolis, y con cuya hija se casaría José. Se trata ciertamente de un nombre egipcio que se encuentra atestiguado en una estela del siglo XI a.C. (dinastía XXI).

 ▲ COMENTARIO

Gn 38,1-30

Tras narrar el pecado de los hijos de Jacob contra José, el texto sagrado ofrece una nueva pincelada sobre la vida de éstos en Canaán, y, en concreto, sobre Judá y su descendencia. Aunque se trate de un episodio concerniente a la persona de Judá, con él se alude a los orígenes de la tribu a la que daría inicio.

Es posible que la inserción de la «historia de Judá» en este contexto se deba a un cierto paralelismo con la «historia de José», en cuanto que las tribus provenientes de ambos patriarcas llegarían a ser las más importantes. También es posible que se quiera señalar el contraste entre la conducta de Judá que se une a Tamar creyéndola una prostituta, y la castidad de José ante la tentación por parte de la mujer de Putifar, que se narra en el capítulo siguiente. En cualquier caso, el relato en su conjunto tiene especial interés porque trata de la tribu de la que había de nacer primero el rey David, y después el Mesías. Una tribu, la de Judá, que en un momento de su historia se hallaba separada del resto de las tribus, pero que en los planes divinos había de jugar un papel extraordinario para la vida del pueblo elegido.

La protagonista del relato es Tamar, una pobre viuda que defiende sus derechos con extraordinaria decisión e inteligencia. En cambio, Judá, que se había separado de sus hermanos y actúa con parcialidad en contra de la ley establecida, es atrapado en su falta y tiene que reconocer finalmente el derecho de aquella mujer. Ésta consigue su propósito de tener descendencia de la sangre del marido difunto, y nada menos que directamente del padre de éste. Tamar se convierte así en el instrumento decisivo en aquel momento para que continúe la línea de la descendencia de Judá de la que nacería David. En este sentido Tamar influye en el desarrollo de la historia de la salvación de manera parecida a como lo habían hecho antes Sara y Rebeca, y lo harán posteriormente otras mujeres. A la luz del conjunto de la Sagrada Escritura, el lector de este pasaje puede descubrir cómo, mediante las circunstancias tan humanas que se narran, llenas de temores y engaños, pero sobre todo mediante la valentía de aquella mujer, Tamar, Dios guía la historia para que se cumplan sus designios en orden a la realeza de David y al nacimiento del Mesías. A Tamar la encontramos mencionada en la genealogía de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (cfr Mt 1,3).

 ▲ COMENTARIO

Gn 38,8-10

Según la ley del levirato (cfr Dt 25,5), si uno moría estando casado y sin tener descendencia, su hermano o el pariente más próximo estaba obligado a casarse con la viuda para dar así descendencia al difunto, puesto que el primer hijo varón de este matrimonio se consideraba legalmente hijo y heredero del hermano difunto, de forma que pudiesen pasar a él sus bienes. Pero al tomar a la mujer, se adquiría también la administración de los bienes del difunto. Esta misma ley está en la base de la trama argumental del libro de Rut (cfr Rt 1,11-13) y de las hipótesis planteadas por los saduceos a Jesús sobre la resurrección (cfr Mt 22,24).

El pecado de Onán de donde viene el nombre «onanismo», consiste en interrumpir el acto sexual para evitar la procreación. En el caso concreto de Onán manifiesta su actitud egoísta, ya que evitando aquella descendencia tras haber tomado a su cuñada, se apropiaba de los bienes de su hermano para él y sus propios hijos. La gravedad del pecado de Onán está, por tanto, en que distorsiona así el sentido del matrimonio y de la unión conyugal, lo que se condena en el pasaje. La Iglesia ha visto en este texto de la Biblia el carácter gravemente pecaminoso de tal acto y su oposición a la ley natural y a la voluntad de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica, recogiendo el Magisterio anterior, enseña que «es intrínsecamente mala “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (Humanae vitae, n. 14)» (n. 2370).

 ▲ COMENTARIO

Gn 38,14

La conducta de Tamar que, en parte no es del todo recta, es sin embargo alabada, no sólo aquí sino también en Rt 4,12, en cuanto que lo que en realidad quiere no es prostituirse, sino adquirir con sagacidad lo que Judá le estaba negando engañándola con sus dilaciones, y, de esa forma tan peligrosa —está a punto de ser condenada—, obtener su derecho a tener descendencia de la familia de Judá. Por el texto no puede asegurarse si Tamar se disfrazó de prostituta sagrada, de las que ejercían en lugares de cultos cananeos, o simplemente de prostituta como oficio que practicaban a veces en Israel mujeres extranjeras. La atención del relato recae en la audacia de Tamar y en la ingenuidad de Judá, más que en una valoración moral de la prostitución que, por otra parte, el Antiguo Testamento condena frecuentemente, sobre todo en los libros proféticos y sapienciales.

 ▲ COMENTARIO

Gn 38,24

La dura sentencia que pronuncia Judá se aplica al pecado de adulterio que él supone ha cometido Tamar, ya que se considera ligada por la ley del levirato al hijo de Judá, Selá, aunque no estuviesen aún casados. Como cabeza de familia toca a Judá dictar sentencia. Según la Ley, únicamente era condenada a las llamas cuando se trataba de la hija del sacerdote (cfr Lv 21,9). En los demás casos, los que cometían adulterio, el varón y la mujer, eran castigados con la pena capital (cfr Lv 20,10), pero lapidados, no quemados.

 ▲ COMENTARIO

Gn 38,27-30

Los nombres se explican una vez más por las circunstancias del nacimiento. Peres será el antecesor de David, y en la graciosa anécdota del parto, se deja traslucir que Peres iba a ser el primogénito no por el ritmo natural de los acontecimientos, sino por una curiosa coincidencia, en la que el lector puede apreciar la providencia de Dios en elegir al heredero de las promesas.

 ▲ COMENTARIO

Gn 39,1-23

Se reanuda la historia de José, interrumpida al final del cap. 37. Es como el segundo episodio. En él se resalta, por una parte, la presencia del Señor junto a José; y, por otra, su carácter de hombre sabio. Con su sabiduría, José administra rectamente los asuntos de su señor, es fuerte frente a la tentación apreciando el cumplimiento de la ley más que su propia vida, y es modelo de castidad.

El tema de la tentación por parte de la mujer de aquél a quien se aprecia pertenece a la literatura sapiencial egipcia y se encuentra también en un relato llamado «Historia de los dos hermanos», contenido en un manuscrito de la dinastía XIX (siglo XIII a.C.). Pero, en realidad, aunque haya una cierta coincidencia temática entre el relato egipcio y la historia de José, ésta tiene su originalidad propia: viene a resaltar la gran sabiduría de José y la providencia de Dios que sigue estando con él hasta conducirle al éxito.

A lo largo del libro del Génesis, cada uno de los patriarcas representa un modelo de virtud. Aquí encontramos un rasgo propio de la ejemplaridad de José. Comenta San Ambrosio: «Aprended de Abrahán la obediencia firme de la fe; de Isaac la autenticidad de un corazón sincero; de Jacob la perseverancia en los trabajos. (…) De ahí que el santo José haya sido puesto como ejemplo de castidad» (De Ioseph 1,1).

 ▲ COMENTARIO

Gn 39,12

Así comenta San Cesáreo de Arlés el ejemplo de José en este pasaje: «José huye para poder escapar de aquella mujer indecente. Aprende, por tanto, a huir si quieres obtener la victoria contra el ataque de la lujuria. No te avergüences de huir si deseas alcanzar la palma de la castidad. (…) Entre todos los combates del cristiano, los más difíciles son los de la castidad, en la que la lucha es diaria y la victoria difícil. En esto no pueden faltar al cristiano actos diarios de martirio. Pues si Cristo es la castidad, la verdad y la justicia, quien obstaculiza estas virtudes es un perseguidor (de Cristo), quien las intenta defender en otros o guardarlas en sí mismo, será un mártir» (Sermones 41,1-3). En el mismo sentido podemos recordar las certeras palabras de Camino: «No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 132).

 ▲ COMENTARIO

Gn 39,21-23

A partir del convencimiento de que las realidades, instituciones y personajes del Antiguo Testamento prefiguran y anuncian a los del Nuevo, no sólo se descubre en José un anuncio anticipado de Cristo, sino que, quizá por razón del nombre, se le ha comparado también con San José, el esposo de la Virgen María. Así comenta San Bernardo: «Aquel José vendido a causa de la envidia de sus hermanos y conducido a Egipto, prefiguraba que Cristo sería vendido: este otro José, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. Aquél por fidelidad a su señor no quiso unirse a la mujer; éste, reconociendo virgen a su esposa, madre de su Señor, y guardando continencia, la custodió fielmente. A aquél se le dio el entender los misterios de los sueños; a éste se le ha concedido ser conocedor y partícipe de los sacramentos celestiales. Aquél guardó trigo, no para sí, sino para todo el pueblo; éste recibió el encargo de cuidar el pan vivo que baja del cielo, tanto para sí mismo, como para todo el mundo» (Homiliae super Missus est 2,16).

 ▲ COMENTARIO

Gn 40,1-23

La narración de la estancia de José en la cárcel muestra que el Señor estaba con él (cfr 39,21). Frente a las prácticas de magia egipcias para interpretar los sueños, la enseñanza del relato reflejada al final del v. 8 es que tal interpretación se debe a un don de Dios, que ha sido otorgado precisamente a José, cuya situación no sólo es la de un preso extranjero, sino peor aún: la de servidor, esclavo, de dos presos ilustres.

 ▲ COMENTARIO

Gn 41,1-57

El copero mayor olvidó a José; pero Dios no: Él va dirigiendo los acontecimientos para encumbrarle en Egipto. El tono de los sueños, así como el de la interpretación y el conjunto del relato, refleja exactamente la vida de aquel país, tierra de sabios y magos (cfr Ex 7-8). Pero lo que el autor quiere mostrar al respecto es que toda aquella sabiduría egipcia era nada comparada con la que Dios da a José. Éste proclama abiertamente que no es mérito suyo, sino don de Dios (cfr v. 16).

Largas épocas de abundancia, seguidas de otras de carestía, están atestiguadas en la historia de Egipto; incluso una de ellas, de época muy posterior (alrededor del siglo III a.C.), también es descrita como un hambre de siete años.

 ▲ COMENTARIO

Gn 41,33-36

José no sólo responde a la petición del faraón de interpretar los sueños, sino que pasa a dar consejos prácticos para afrontar la situación que se avecina. Con ello está indicando que, si bien un aspecto del futuro está ya determinado en el sueño, Dios, al mismo tiempo que lo da a conocer, pide la iniciativa y la previsión humanas para controlar el porvenir en lo posible. Es más, Dios cuenta con esa actividad de los hombres para que se realicen sus proyectos de salvación que, en el contexto de la historia de José, incluyen la bajada a Egipto y la supervivencia de Jacob y sus hijos.

La actividad humana para controlar los bienes de la tierra entra, en efecto, en los planes divinos, y responde, al mismo tiempo, a la propia naturaleza del hombre. A la luz de lo revelado en la Sagrada Escritura desde el principio, el Concilio Vaticano II afirma que «una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad (cfr Gn 1,26-27; Sb 2,23), sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo (cfr Sal 8,7.10)» (Gaudium et spes, n. 34).

 ▲ COMENTARIO

Gn 41,37-45

En la narración aparecen datos correspondientes a usos egipcios, pero empleados de forma muy genérica, para resaltar la dignidad que adquirió José; se le presenta como visir, o segundo en autoridad después del faraón. La enseñanza religiosa de fondo es, por una parte, que Dios estaba con José y mediante él iba a salvar del hambre a Israel y, por otra, que los sueños de José en Canaán respecto a sus hermanos y su padre se iban a cumplir según se narra en los capítulos siguientes.

 ▲ COMENTARIO

Gn 41,50-52

Al éxito administrativo se une la deseada descendencia, clara señal de la bendición de Dios sobre José, aunque no se diga expresamente. Los nombres de los hijos son hebreos, no egipcios, y corresponden a los de las tribus que ocuparon posteriormente la parte central de Palestina. La descendencia de José, por tanto, está ligada desde su mismo origen con la tierra prometida, aunque haya nacido fuera de ella.

 ▲ COMENTARIO

Gn 41,53-57

Tradicionalmente, Egipto, con su sistema de regadíos, era una fuente de recursos en períodos de hambre ocasionados, sin duda, por sequías en el Medio Oriente. Gracias a la gestión de José en aquellos momentos, Egipto no sólo es capaz de remediar el hambre de sus habitantes, sino que aparece como el proveedor de «todos los países», azotados por aquella terrible plaga. En ello podemos ver ya un indicio de cómo la providencia divina llega en aquellos momentos a todos los pueblos a través de un descendiente de Abrahán (cfr 12,3). Pero, a pesar de todo el progreso que ha experimentado la humanidad, la plaga del hambre sigue causando terribles estragos también en nuestro tiempo. Nadie, y menos un cristiano, puede permanecer insensible ante este hecho. De ahí que «habiendo como hay tantos hombres oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: “Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo asesinas”, según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan sus bienes, ayudando principalmente a los pobres, tanto individuos como pueblos, para que puedan ayudarse por sí mismos y desarrollarse posteriormente» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 69).

El mismo faraón indica a los egipcios cómo pueden encontrar alimento: acudiendo a José. Él es el hombre providencial, puesto por Dios, para salvar en aquel momento no sólo a los egipcios, sino también a Jacob y a sus hijos, los antepasados del pueblo elegido del Antiguo Testamento. Puede verse una profunda analogía entre este José que proporciona alimento a Egipto e Israel, y aquel otro José, San José, el esposo de María, instrumento elegido por Dios para cuidar y alimentar a la Sagrada Familia, que también hubo de trasladarse a Egipto (cfr nota a 39,21-23). De ahí que aquellas palabras del faraón «Id a José» puedan ser aplicadas también a la invitación de recurrir a San José como intercesor para llegar a Jesús: «Si queréis un consejo que repito incansablemente desde hace muchos años, Ite ad Joseph, acudid a San José: él os enseñará caminos concretos y modos humanos de acercarnos a Jesús» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 38).

 ▲ COMENTARIO

Gn 42,1-47,12

Comienza aquí lo que podríamos llamar la segunda parte de la historia de José. Ésta no acaba con su encumbramiento y felicidad tras las penalidades sufridas, sino que se abre a la salvación de todo su pueblo, cumpliéndose así el designio de Dios. Esta parte culmina con la bajada de Jacob y toda su familia a Egipto y con su asentamiento allí. Dos veces bajan los hijos de Jacob a comprar trigo: la primera narrada en el cap. 42, la segunda en los caps. 44 y 45. Quizá corresponden a dos tradiciones diversas; pero, en cualquier caso, el relato sigue teniendo una extraordinaria unidad en su desarrollo reflejando el fino arte literario del redactor. Éste consigue dar a la historia una emoción creciente, centrada en el ritmo que van tomando los acontecimientos y en los sentimientos de los personajes. Sucesos y emociones van progresando paralelamente hasta la culminación final: todos los hijos de Jacob reunidos en torno al padre en Egipto.

En efecto, a lo largo del desarrollo de la historia se da un proceso por el que se hacen realidad los sueños de José en Canáan respecto a sus hermanos y a su padre: unos primero, y todos después, se inclinan ante él. Al mismo tiempo, mediante las estratagemas utilizadas por José, sus hermanos, aunque sin comprender lo que ocurre, van reconociendo y enfrentándose poco a poco al pecado que habían cometido contra él, hasta llegar al arrepentimiento sincero. Van adquiriendo, además, el sentido de fraternidad y solidaridad entre todos ellos, hasta el punto de que prefieren ser todos esclavos antes que abandonar a Benjamín (cfr 44,16); y uno de ellos, Judá, incluso está dispuesto a entregarse por su hermano. ¡Cuán distinta es esta nueva situación de la que habían mostrado al vender a José! Sólo en ese momento, el de la unidad fraterna, es cuando están preparados para reencontrar al hermano perdido, a José, y recomponer la familia de Jacob. Cada detalle de la historia adquiere su significación en ese proceso de conversión por el que Dios va llevando, casi sin aparecer, a los hijos de Jacob.

 ▲ COMENTARIO

Gn 42,1-7

Jacob actúa con la responsabilidad propia de un padre de familia preocupado por los suyos. No se resigna a ver morir de hambre a su familia; reflexiona sobre la situación y toma una decisión arriesgada, pero necesaria: enviar a sus hijos a Egipto a proveerse de alimentos. Los hijos de Jacob se unirían probablemente a alguna caravana que bajaba con el mismo fin. Con esta acción de Jacob, el relato comienza a dar la explicación de por qué los israelitas bajaron a Egipto, abandonando la tierra que Dios había prometido a Abrahán. Esta explicación se completará al final, cuando se cuenta la bajada a Egipto del mismo Jacob y de toda su familia por indicación divina (cfr 46,1-5).

Comienzan a cumplirse los sueños que José contó a sus hermanos (cfr 37,5-9). La dureza que José muestra hacia ellos no es por espíritu de venganza, sino que está orientada a dar más dramatismo al relato y a preparar el reencuentro final, cuando sus hermanos hayan reconocido su culpa.

 ▲ COMENTARIO

Gn 42,8-17

La acusación de José a sus hermanos aparece como una treta para que éstos se identifiquen hablando de la familia a la que pertenecen. Queda resaltado que para ellos José sencillamente «no existe». Quizá José teme por la suerte de su hermano de madre, Benjamín, y por ello pone como condición que lo traigan hasta él. Es posible que José piense en el dolor de su padre y por eso no retenga al primogénito, Rubén, sino a Simeón; o que al enterarse ahora de la conducta de Rubén cuando los demás querían matarle (cfr 37,21) su decisión de no retener a éste sea como un reconocimiento de su comportamiento anterior. En todo caso la historia está narrada con maestría literaria y mantiene el interés creciente del lector. El verse privados por la fuerza de uno de los hermanos les lleva a reflexionar sobre lo que ellos mismos habían hecho: anular voluntariamente —ellos creen que ha muerto— a un hermano. Reconocen su culpabilidad, y que merecen tal castigo de Dios. Comienza el proceso de conversión: se despierta su conciencia. «Como el borracho, que cuando bebe mucho vino no siente ningún daño, pero después se da cuenta de cuán grande ha sido el mal, así, el pecado, mientras se comete, oscurece la mente y como una densa nube la corrompe; pero después surge la conciencia y acusa al entendimiento con más fuerza, mostrándole lo absurdo de tal hecho» (S. Juan Crisóstomo, Homiliae in Genesim 54,2).

 ▲ COMENTARIO

Gn 42,25-28

A la pena de haber tenido que dejar a Simeón en Egipto se une ahora esta sorpresa que les deja desconcertados. Imposible para ellos imaginar que el hombre que los ha tratado con tanta dureza les haga ese regalo por generosidad. En aquel suceso no pueden menos de ver algo misterioso, sin duda la mano de Dios, que, debido a la conciencia de su culpa, interpretan como premonición de algún nuevo castigo: quizá que los egipcios pudieran perseguirles y acusarles no sólo de espías, sino también de ladrones. Así, el gesto benevolente de José se convierte para ellos en un motivo más de temor (cfr v. 35), que, por otra parte, contribuye a dar más emoción al relato, en el que se quieren poner en contraste la bondad de José y el perverso comportamiento anterior de sus hermanos con él.

 ▲ COMENTARIO

Gn 43,1-10

Tras los tristes resultados del primer viaje, Jacob, que piensa haber perdido a otro de sus hijos, resiste todo lo posible; pero el hambre vuelve a colocarle en una situación angustiosa, peor incluso que la vez anterior, ya que ahora está en juego ineludiblemente la seguridad del hijo que le queda de Raquel, la mujer que amaba. Tanto aquí como a lo largo de este viaje, es Judá, en vez del primogénito Rubén, quien interviene y lleva la iniciativa; se destaca de esta forma entre sus hermanos, como se destacará siglos más tarde la tribu que procede de él, de la que surgirán el rey David y el Mesías. Judá sale garante por Benjamín, para salvar así de la muerte por hambre a toda la familia de Jacob.

 ▲ COMENTARIO

Gn 43,11-14

Jacob tiene que ceder al fin y aceptar el dolor de separarse de Benjamín y del resto de sus hijos. Pero no desespera. Actúa con plena responsabilidad paterna: da instrucciones precisas poniendo los medios para que el viaje tenga éxito; invoca a Dios pidiéndole que mueva el corazón de aquel hombre de Egipto; y acepta con resignación la suerte que puedan correr sus hijos y él mismo.

El hecho de que el lector de este pasaje conozca la causa por la que el patriarca ha sido puesto en esta situación atribulada, no merma su dramatismo, ni la grandeza de alma que Jacob presenta a lo largo de toda la historia; es más, sirve para resaltar esos aspectos. Jacob es aquí ejemplo de fortaleza en la tribulación.

 ▲ COMENTARIO

Gn 43,18-23

En el desarrollo de los acontecimientos —tales como encontrar el dinero en la talega y ser conducidos a casa de José— contrasta la interpretación negativa que ellos hacen desde su situación de culpa, y la realidad de las intenciones de José, que el lector conoce muy bien. La realidad es que tales acontecimientos son dones que vienen de Dios, y así los interpreta para ellos el mayordomo de José en 43,23; pero, entretanto, ellos lo desconocen y malinterpretan los sucesos.

 ▲ COMENTARIO

Gn 43,26-27

Dos veces repite el texto que los hermanos de José se inclinaron ante él hasta el suelo (cfr 42,6), indicando de esta forma que se están cumpliendo los sueños que tuvo en Canaán.

 ▲ COMENTARIO

Gn 43,30-31

A José no le resulta fácil llevar adelante la tarea de corregir a sus hermanos. Comenta San Gregorio Magno: «La piedad vencía el entendimiento de José al ver al hermano inocente; pero continuaba con la apariencia dura para que sus hermanos se purificaran del mal. Esconde la copa en el saco del más joven. (…) Benjamín es apresado, y todos los hermanos le siguen afligidos. ¡Cuántos sufrimientos lleva la misericordia! Castiga y ama. Aquel hombre santo perdona y castiga el crimen de los hermanos: en el castigo tuvo clemencia de modo que, siendo piadoso, no quedasen impunes los hermanos que habían pecado, y siendo justo no quedasen sin piedad. He aquí un ejemplo de autoridad: aprender a perdonar las culpas, y al mismo tiempo castigarlas con piedad» (Homiliae in Ezechielem 2,9,19).

 ▲ COMENTARIO

Gn 44,1-34

El dramatismo de la última prueba a la que José somete a sus hermanos está acentuado por las cordiales relaciones, como de familia, con que han sido tratados antes. La escena culmina con la confesión de que son pecadores ante Dios (cfr v. 16) y con el emotivo e irresistible discurso de Judá (vv. 18-34). El pecado que reconocen no ha sido robar la copa, pues no lo han hecho, sino el comportamiento anterior con José, que, aunque ellos lo silencian, sienten que Dios está juzgándolos por ello. Por eso se confiesan pecadores. El discurso último de Judá exponiendo los sentimientos del padre y manifestando su disposición a expiar él el pecado de todos, pone en evidencia la fuerza del amor fraterno ahora recuperado. De esta forma Judá salva a todos, de manera similar a como la tribu que llevará su nombre salvará, mediante el rey David, a todo el pueblo de Israel.

 ▲ COMENTARIO

Gn 44,5

Se trataba de una copa sagrada por la que se adivinaba el futuro, al parecer observando el sonido, la forma y el movimiento del líquido, quizá al introducir en ella algún objeto o unas gotas de aceite.

 ▲ COMENTARIO

Gn 44,9-17

Los hijos de Jacob vuelven a hablar precipitadamente, como ya ocurriera en el primer viaje (cfr cap. 42), y han de cargar con las consecuencias de su falta de reflexión: sus palabras han condenado, sin querer, precisamente a Benjamín. Pero al mismo tiempo todos están dispuestos a pagar solidariamente quedando como esclavos. José, sin embargo, dicta una sentencia mucho más benigna, pero que es a la vez una nueva prueba para conocer hasta qué punto llega su lealtad a Benjamín y a su padre. La respuesta la obtendrá José de labios de Judá que se ofrece a sí mismo para salvar a los hermanos y al padre. Ante tal respuesta José no podrá guardar por más tiempo su secreto.

 ▲ COMENTARIO

Gn 45,1-28

El desenlace sigue manteniendo el tono emocional que la historia de José y sus hermanos presenta desde el principio. Ahora aparece además expresamente la interpretación correcta de los acontecimientos hecha por José, el hombre sabio. Al darse a conocer a sus hermanos, éstos interpretan los hechos desde su punto de vista humano: el temor a la venganza (cfr v. 3 y más adelante 50,15). José explica que todo respondía al plan de Dios (cfr vv. 5-13). La generosidad del faraón es también reflejo de la misericordia divina, pero, sobre todo, lo es el hecho de que Jacob haya encontrado al hijo que creía perdido (cfr v. 28).

Junto a la misericordia de Dios, en esta historia sobresale la grandeza de alma de José que, lejos de guardar rencor o de pensar siquiera en la venganza, orienta todas sus acciones a recuperar a sus hermanos, llevándoles poco a poco al arrepentimiento del pecado cometido, perdonándolos desde el principio y tratándolos como lo que eran, hermanos suyos. Tal actitud de José es en este sentido modelo de cómo deben ser las relaciones humanas, en las que el perdón ha de estar siempre presente. Escribe el Papa Juan Pablo II que «el mundo de los hombres puede hacerse “cada vez más humano”, solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado. El perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones entre los hombres. Un mundo, del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los demás; así los egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes, o en una arena de lucha permanente de los unos contra los otros» (Dives in misericordia, n. 94).

 ▲ COMENTARIO

Gn 45,7

Una velada alusión, según el contexto del relato, a la salida de Egipto narrada en el libro del Éxodo.

 ▲ COMENTARIO

Gn 45,10

«Región de Gosen». Aunque el nombre de Gosen parece ser semita, y no egipcio (cfr Jos 15,51; 10,41; 11,16), a la luz de otros pasajes bíblicos como Gn 47,11 y Ex 1,11, así como por otros indicios, es posible situar la región en que se asentaron los hebreos en Wadi Tumilat al noreste de Egipto, en la parte oriental del delta del Nilo.

 ▲ COMENTARIO

Gn 45,14-15

El gesto de José da a entender que todo el mal anterior ha sido superado por el amor que siente hacia sus hermanos. San Cesáreo de Arlés comenta: «Besaba a cada uno y lloraba por cada uno, de modo que el derramar sus lágrimas allanaba los montes de los temores, y con las lágrimas del amor limpiaba el odio de los hermanos» (Sermones 90,5).

 ▲ COMENTARIO

Gn 46,1-47,12

El relato vuelve a centrar la atención de nuevo en la familia de Jacob en Canaán. La figura y la posición de José sirven como telón de fondo para dar cuenta de la instalación de Israel en Egipto, según un mandato divino.

Jacob baja a Egipto obligado por el hambre que se cernía en la tierra de Canaán (cfr 47,4). El Señor le ha preparado el camino mediante unos acontecimientos dolorosos, y una serie de pruebas cuyo sentido se desvela ahora. Cuántas veces ocurre lo mismo en la vida de los hombres: «La prueba, no lo niego, resulta demasiado dura: tienes que ir cuesta arriba, a “contrapelo”. —¿Qué te aconsejo? —Repite: “omnia in bonum!”, todo lo que sucede, “todo lo que me sucede”, es para mi bien… Por tanto —ésta es la conclusión acertada—: acepta eso, que te parece tan costoso, como una dulce realidad» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 127).

 ▲ COMENTARIO

Gn 46,1-5

La bajada a Egipto podía poner en duda la promesa divina de dar la tierra de Canaán a los descendientes de Abrahán e Isaac. La intervención de Dios asegura a Jacob que esto entra también dentro de sus planes providenciales. En definitiva, Jacob desciende a Egipto por un mandato expreso de Dios. En Gn 26,2 Dios había prohibido a Isaac bajar a Egipto, como signo de que su tierra era Canaán. Ahora se requiere un mandato similar para abandonar la tierra. Como en todo el contexto de la época patriarcal, ese mandato se da en una visión nocturna, la última otorgada a los patriarcas. Tal mandato, sin embargo, no anula la promesa de la tierra: Dios mismo acompañará a Jacob a Egipto, y lo sacará de allí. La alusión va más allá de la referencia al entierro de Jacob en Canaán (cfr 50,1-14), pues apunta a la liberación del Éxodo.

La grandeza de Jacob no queda mermada por su bajada a Egipto, sino que, por el contrario, en este hecho queda reflejada la imponente dignidad del patriarca: «Pues ¿qué le falta a aquél a quien Dios acompaña? (…) ¿Quién es tan poderoso en su patria, como lo fue Jacob en un país extraño? ¿Quién tuvo tanta abundancia en la riqueza, como tuvo él en tiempo de hambre? ¿Quién fue tan fuerte en su juventud, como lo fue éste en su vejez? (…) ¿Quién tan rico en un reino, como éste siendo peregrino? Incluso él bendecía a los reyes (…) y ¿quién llamará pobre a aquél de cuyo trato no era digno el mundo? Pues su compañía estaba en el cielo» (S. Ambrosio, De Iacob et vita beata 2,9,38).

 ▲ COMENTARIO

Gn 46,8-27

Interrumpiendo el hilo de la historia, el autor sagrado introduce aquí la lista detallada de los que bajaron a Egipto, organizándola por grupos según las madres. Se trata de una lista de los descendientes de Jacob, entre los que se cuentan también José y sus hijos que no bajaron a Egipto. Sin embargo, la expresión «entrar en Egipto» se puede aplicar ciertamente al conjunto de los descendientes de Jacob. Las cifras que recogen el número total son diversas en los vv. 26 y 27. Pero esto puede explicarse desde las cuentas que haría el redactor final. En efecto, si de la lista se excluye a Er y a Onán, hijos de Judá muertos en Canaán (cfr v. 12), y a José y a sus dos hijos que ya están en Egipto, y si, por otra parte, se incluye a Dina (cfr v. 15) que no se había contado en el número total de los hijos de Lía (cfr v. 15), resulta la cifra global de sesenta y seis que aparece en el v. 26. Pero si, en cambio, se cuenta también a Jacob y se consideran del grupo a José y sus dos hijos, resulta la cifra de setenta, un número tradicional y simbólico. La versión griega afirma un total de setenta y cinco porque en la lista anterior ha añadido cinco descendientes de Efraím y Manasés. En este caso, como en otros tantos pasajes de la Biblia percibimos con claridad que la Palabra de Dios se expresa en lenguaje humano y con las formas y recursos que suelen emplear los hombres, a veces, pasando por alto las exactitudes numéricas.

 ▲ COMENTARIO

Gn 46,28-34

José no espera a que Jacob vaya a visitarle como correspondería a su alta posición social y a la condición de inmigrante de patriarca. Por encima de eso está su sentido de filiación, y, consciente del honor que debe a su padre, él mismo sale a su encuentro en seguida y se arroja en sus brazos.

Jacob ve a todos sus hijos reunidos, y que su misión como Israel, padre del pueblo, está cumplida. Por eso ya puede morir en paz. La condición de pastores que tienen los israelitas les mantiene alejados de los egipcios, de forma que tampoco allí pierden su identidad propia que les configuraría como pueblo. Respecto a Gosen cfr nota a 45,10.

 ▲ COMENTARIO

Gn 47,5-12

La bendición de Jacob al faraón pone de relieve la dignidad del patriarca. Tal dignidad le corresponde no sólo por su edad avanzada, como señala el texto, sino por su condición de elegido por Dios para ser el padre del pueblo de Israel, y depositario de la bendición y promesas divinas que Dios hiciera ya a Abrahán. Esto le ha acarreado sin duda múltiples pruebas y sufrimientos; pero ha hecho de él una persona digna de veneración, que ahora ve realizada su misión. Jacob bajó a Egipto como una familia unida; de Egipto saldrá como un pueblo.

 ▲ COMENTARIO

Gn 47,13-26

Se describe ahora la forma en que se desarrolló la administración de José sobre Egipto al servicio del faraón. El pasaje reitera en cierto modo lo que se ha dicho en el cap. 41. Se sabe que, en efecto, las condiciones sociales de Egipto, sobre todo a partir del siglo XVI a.C. tras ser expulsados los hiksos, responden en líneas generales a las descritas en este pasaje: toda la tierra pertenece al faraón, excepto algunas posesiones de los sacerdotes. No hay constancia, en cambio, de unos tributos equivalentes a la quinta parte.

La finalidad del relato es exaltar la figura de José por su sabia administración en favor del faraón, y, quizá, mostrar también el contraste entre la vida libre de los hijos de Jacob, dedicados al pastoreo, y la vida de servidumbre (cfr v. 21) a la que son sometidos los egipcios.

 ▲ COMENTARIO

Gn 47,27-31

La avanzada edad de Jacob viene a resaltar que fue bendecido por Dios con una larga ancianidad. Respecto a la forma de juramento cfr 24,3. La frase final cambia en la versión griega donde se dice «sobre su bastón», quizá por una confusión de lectura.

En los relatos sobre los patriarcas se habla de la muerte como «acostarse con los padres» o «ir a reunirse con su pueblo» (Gn 25,8; 35,29). Estas expresiones reflejan la convicción de alguna forma de supervivencia del hombre tras la muerte, aunque todavía no se haya revelado claramente la verdad de la inmortalidad del alma y de la resurrección futura. «La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza de la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquel que mantiene fielmente su Alianza con Abrahán y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a manifestarse la fe en la resurrección» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 992).

 ▲ COMENTARIO

Gn 48,1-22

Ahora la atención se desplaza de la historia de José a la historia de sus hijos, antepasados de las tribus de Efraím y Manasés que ocuparon la parte central de Palestina. El relato viene a dar explicación de la existencia de aquellas dos tribus cuyos nombres no figuraban entre los hijos de Jacob, ahora Israel, y del hecho de que correspondiesen dos tribus a los descendientes de José. Al mismo tiempo, se refleja la superioridad que tendrá en el futuro la tribu de Efraím sobre la de Manasés, a pesar de ser éste el primogénito. El tema, por tanto, enlaza con la posesión de la tierra y, en consecuencia, con el cumplimiento de la promesa que Dios hiciera a los patriarcas; de ahí que esos aspectos de la historia anterior aparecen ahora con detalle.

 ▲ COMENTARIO

Gn 48,5-6

Efraím y Manasés son equiparados a los dos hijos mayores de Jacob. La grandeza de las tribus que surgirán de ellos se explica porque fueron adoptados por Jacob, poniéndolos al mismo nivel que sus dos hijos mayores. Los demás hijos de José no llegan a formar tribu, y el autor sagrado sólo señala su existencia para dejar constancia de que José también fue bendecido con una prole numerosa. El hecho de que tradicionalmente se hable de doce tribus, cuando en realidad son trece, se debe a que doce eran los hijos de Jacob y doce las tribus a las que se les asignó un territorio (a Leví no se le asignó ninguno).

 ▲ COMENTARIO

Gn 48,12-20

Parece aludirse a un rito de adopción consistente en poner los niños sobre o entre las rodillas del adoptante. José los retira para que reciban con él la bendición del padre, colocándolos de forma que, al alargar Jacob los brazos, pusiera la mano derecha sobre la cabeza de Manasés, el primogénito, y la izquierda sobre la de Efraím. Pero Jacob cruza los brazos e impone la derecha sobre la cabeza de Efraím, recibiendo éste, por tanto, una bendición superior: de ahí la superioridad de la tribu de Efraím sobre la de Manasés. El relato muestra cómo una vez más se da la preferencia por el menor. Bajo la actuación de Jacob, el lector puede descubrir cómo Dios se sirve de intermediarios humanos, en este caso Jacob que obra contra la voluntad de José, para manifestar su voluntad y sus designios.

 ▲ COMENTARIO

Gn 48,15

Al pronunciar su bendición sobre José y sus hijos Jacob invoca solemnemente a Dios, designándole como el Dios al que adoraron y fueron fieles sus antepasados Abrahán e Isaac; y, al mismo tiempo, como su Dios personal que le ha guiado y protegido durante toda su vida. Por primera vez en la Biblia se contempla a Dios bajo la imagen de «Pastor», que tantas resonancias tendrá más adelante en el Antiguo Testamento (cfr por ej. Sal 23,1) y en el Nuevo (cfr Jn 10,11). Junto a Dios Jacob invoca también al Angel que ha sido su defensor y libertador, el que ha salido por él en los peligros concretos: Dios ha custodiado a Jacob mediante el Ángel.

El Ángel tiene aquí los rasgos personales propios del Ángel Custodio de Jacob; y el hecho de que éste le invoque en tan solemne e importante bendición nos invita a considerar el papel del Angel Custodio en la vida de cada hombre. «El Ángel Custodio nos acompaña siempre como testigo de mayor excepción. Él será quien, en tu juicio particular, recordará las delicadezas que hayas tenido con Nuestro Señor, a lo largo de tu vida. Más: cuando te sientas perdido por las terribles acusaciones del enemigo, tu Ángel presentará aquellas corazonadas internas —quizá olvidadas por ti mismo—, aquellas muestras de amor que hayas dedicado a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Por eso, no olvides nunca a tu Custodio, y ese Príncipe del Cielo no te abandonará ahora, ni en el momento decisivo» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 693).

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,1-28

Aunque tradicionalmente se designa este pasaje con el nombre de «Bendiciones de Jacob» atendiendo al v. 28, en realidad se trata más bien de una serie de oráculos proféticos (cfr v. 1), en los que se condensa y enjuicia la historia de cada una de las tribus en forma de predicciones de cara al futuro. Una comparación con otros pasajes que presentan también resúmenes histórico–proféticos sobre las tribus, como las «Bendiciones de Moisés» en Dt 33, y el «canto de Débora» en Jc 5, hace ver que aquí se refleja la situación de las tribus de Israel tras la conquista de la tierra. Las «Bendiciones de Jacob» muestran la preeminencia de la tribu de Judá, aluden a su vínculo con el Mesías, y reflejan la grandeza que corresponderá a las tribus nacidas de José.

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,3-4

En cuanto a Rubén se recuerda el episodio narrado en 35,22, y a ello se atribuye que pierda la primacía que entre las tribus le correspondería por ser el primogénito. En Dt 33,6 se dice que cuenta ya con poca gente.

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,5-7

La tribu de Simeón fue prácticamente absorbida por la de Judá, y la tribu de Leví no llegará a tener un territorio propio. Aquí, donde no se menciona aún el carácter sacerdotal de la tribu de Leví, tal como aparecerá en cambio en Dt 33,8-11, se destaca «la maldición» de ambas tribus a causa de su carácter violento, recordando Gn 34,25-30, y las consecuencias de todo ello: han sido dispersadas en el conjunto de Israel.

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,8-12

Con la descalificación anterior de las tres primeras tribus se prepara la exaltación de la tribu de Judá. Aunque Judá no era el primogénito, va a tener, sin embargo, la preeminencia, porque los tres hijos mayores la han perdido por sus pecados. El oráculo sobre Judá no sólo exalta la fuerza de Judá como la de un león, sino que anuncia que el cetro real se mantendrá en esa tribu hasta que llegue alguien a quien reconozcan las naciones y traiga la paz y la prosperidad. En ese alguien puede haber una referencia inmediata a David y a sus sucesores, pero el texto mismo apunta a un descendiente de Judá en el que culmine la realeza universal.

El término hebreo con el que se designa tal descendiente —siloh— ha sido interpretado por la tradición judía y cristiana en sentido mesiánico, uniéndolo a otros oráculos sobre la dinastía de David (cfr 2 S 7,14; Is 9,5ss.; Mi 5,1-3; Za 9,9). A la luz del Nuevo Testamento entendemos efectivamente el oráculo: la realeza en Israel surgirá de esa tribu con David, y se prolongará hasta el advenimiento del «Hijo de David», Jesucristo, en quien se cumplen todas las profecías (cfr Mt 21,9).

En las palabras del v. 11, «lava en vino su vestido, y en sangre de uvas su manto», algunos Santos Padres han visto aludida la pasión de Cristo. San Ambrosio, por ejemplo, interpreta el vino como la sangre de Cristo y «el vestido» como su Santísima Humanidad: «El buen vestido es la carne de Cristo, que descubre los pecados de todos, que asume los delitos de todos, que recoge los errores de todos. El buen vestido que viste a todos con el traje de la alegría. Lavó este vestido con vino cuando al ser bautizado en el Jordán, descendió el Espíritu Santo en forma de paloma y permaneció sobre él. (…) Pues Jesús lavó su vestido no para limpiar su suciedad que no tenía, sino la nuestra. Y en sangre de uva su sayo, es decir, limpió a los hombres con su sangre en la pasión de su cuerpo. (…) Y con razón habla de la uva, pues como una uva estuvo colgado del madero. Él es la vid y él es la uva: la vid porque se une al madero; la uva porque al ser traspasado su costado con la lanza fluyó sangre y agua. Agua como purificación, sangre como precio de rescate. Por el agua nos limpió; por la sangre nos redimió» (De benedictionibus Patriarcharum 4,24).

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,13

Se refiere al establecimiento de la tribu de Zabulón junto al mar, cerca de Sidón (Fenicia).

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,14-15

La tribu de Isacar ocupará la rica llanura de Esdrelón en el valle de Yizrael. Las «aguaderas» parecen aludir al aspecto geográfico de esa zona entre los montes de Galilea y los de Guilboa. El oráculo puede referirse al vasallaje que al parecer esta tribu prestó a los cananeos antes de la conquista, prefiriendo trabajar para ellos en la rica llanura a ser pastores en la zona montañosa.

La comparación con un borrico no tiene nada de despectivo, sino que, por el contrario, viene a destacar su fortaleza y constancia en el trabajo. En este sentido, y apoyándose en que el nombre de Isacar se relaciona con el significado de «recompensa» en 30,18, algunos Santos Padres ven en este patriarca prefigurado a Cristo; otros verán representados en él a los buenos cristianos. «Isacar significa recompensa, comenta San Ambrosio, y así se refiere a Cristo que es nuestra recompensa, a quien merecemos para la esperanza de vida eterna no con oro ni plata, sino con la fe y la piedad. (…) (Cristo) para llamar a todas las gentes a la gracia de su resurrección (representada en la tierra fértil y rica) sometió sus hombros al trabajo, sometiéndose a la cruz para cargar con nuestros pecados» (De benedictionibus Patriarcharum 6,30-31).

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,16-21

La peculiaridad de cada una de estas tribus se presenta haciendo juegos de palabras con los nombres de los antepasados. También en ellos los Santos Padres han descubierto rasgos que los asemejan a Cristo: Gad, por ser atacado, recuerda a Cristo en su pasión; Aser, por abundar en pan, prefigura a Cristo en la Eucaristía; Neftalí, por dar frutos hermosos, representa a Cristo predicando el evangelio.

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,22-26

Llama la atención la amplitud del oráculo sobre José, debida sin duda al contexto precedente y a la relevancia de las dos tribus, Efraím y Manasés, que ocuparon la parte central de Palestina. Sobre el nombre de Dios como El-Saday cfr nota a 17,1. Sobre José figura de Jesucristo cfr nota a 37,5-11.

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,27

El carácter guerrero y feroz, como un lobo, de la tribu de Benjamín se desprende de la historia de esta tribu narrada en Jc 3,15ss.; 5,14; 19-20.

 ▲ COMENTARIO

Gn 49,29-32

Repite, de otra forma, lo expuesto en 47,29-31, pero ahora haciendo referencia expresa a la vida y sepultura de los patriarcas anteriores, Abrahán (cfr 23,1-20; 25,9) e Isaac (cfr 35,27-29). Es la única noticia que se tiene del entierro de Abrahán, Rebeca y Lía en ese lugar. El pasaje vuelve a recordar que es Canaán la tierra a la que ellos pertenecen, donde están sus antepasados, y a la que tendrán que volver. Se deja, de esta forma, preparado el argumento del libro del Éxodo. El v. 32 falta en la versión latina Vulgata.

 ▲ COMENTARIO

Gn 50,1-26

En este capítulo final se resalta la grandeza de la figura de Jacob, mediante la narración de aquel gran duelo (vv. 1-14); y se desvela con claridad el sentido de toda la historia de José y de sus hermanos en los planes de Dios (vv. 15-26).

 ▲ COMENTARIO

Gn 50,1-14

La descripción del entierro de Jacob recoge aspectos de las costumbres egipcias como la momificación —necesaria para el traslado del cadáver—, y explica al mismo tiempo el nombre de algunos lugares que no son hoy por hoy localizables, como el de «Abel-Misraim» que significa «duelo de Egipto». El pasaje prefigura ya la posterior subida de Israel, como pueblo, desde Egipto a la tierra prometida.

José, y con él sus hermanos, aparece aquí como modelo de obediencia y de piedad filial hacia su padre. Ya antes se había mostrado como un hijo lleno de amor y de reverencia hacia Jacob, y de preocupación por sus hermanos. Ahora no ahorra esfuerzos ni medios para cumplir la última voluntad de su progenitor y tributarle los honores que merece como padre suyo y de todo el pueblo de Israel. Tal conducta de José anticipa, de forma natural, lo que más tarde prescribirá en forma positiva el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Así nos lo recuerda San Josemaría Escrivá: «El mandamiento de amor a los padres es de derecho natural y de derecho divino positivo, y yo lo he llamado siempre “dulcísimo precepto”. —No descuides tu obligación de querer más cada día a los tuyos, de mortificarte por ellos, de encomendarles, y de agradecerles todo el bien que les debes» (Forja, n. 21).

 ▲ COMENTARIO

Gn 50,15-21

A pesar de las muestras de fraternidad que José había dado a sus hermanos, éstos, al perder al padre común, parecen perder también el sentido de fraternidad. Siguen viendo los acontecimientos con visión humana; José les lleva a una visión sobrenatural, que incluye también la esperanza en el futuro (cfr v. 24). De esta forma el libro del Génesis concluye la exposición de los orígenes del mundo, del hombre y del pueblo de Israel, dejando el camino abierto a una nueva y decisiva intervención de Dios: la gran liberación de Egipto que narrará el libro del Éxodo.

 ▲ COMENTARIO

Gn 50,22-26

El Señor ha bendecido a José con una larga vida y la alegría de ver a su descendencia. En el momento de la muerte, José sigue pensando en su pueblo, cuyo destino —les recuerda— es que se cumpla en él la promesa que Dios hizo a sus padres. José reafirma que tal promesa se cumplirá, y él mismo se siente partícipe de ella. Por eso les hace jurar que sus huesos serán subidos desde Egipto a la tierra prometida. Así termina el libro del Génesis, mostrando la fe de José en las promesas divinas e invitando al lector a que, cualquiera que sea la situación en que se encuentre, mantenga viva la esperanza en la intervención de Dios.

suivant