COMENTARIOS:
ROMANOS
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Rm 1,1-17
La carta comienza con un largo y denso saludo a los destinatarios (vv. 1-7), una acción de gracias, a modo de exordio (vv. 8-15), y el enunciado del tema que desarrollará a lo largo del escrito (vv. 16-17).
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Rm 1,1-7
Tres estimaciones aparecen en la presentación que el Apóstol hace de sí mismo (v. 1): Pablo se considera: a) «siervo de Jesucristo» —como Moisés y los antiguos profetas lo eran de Dios—; b) «apóstol por vocación» divina —que le sitúa al nivel de los Doce—; c) «designado (elegido) para el Evangelio de Dios». De este modo justifica su carta ante los fieles de Roma donde aún no había estado. Recuerda además el designio redentor de Dios Padre, realizado en Cristo, mediante el Espíritu Santo, llamado aquí «Espíritu de santificación» (vv. 2-5) —expresión no repetida en el Nuevo Testamento—, y se dirige a sus destinatarios llamándolos «amados de Dios» y «santos» (vv. 6-7). Estas palabras no son sólo un modo de hablar, sino que expresan una realidad profunda: los cristianos han sido elegidos por Dios y «llamados», de igual manera que lo fueron repetidamente los israelitas por medio de Moisés (Nm 10,1-4). En el caso de los cristianos ésta es una llamada a formar el nuevo pueblo de Dios, que tiene como nota distintiva la santidad (cfr notas a 15,22-33; Hch 9,1-19 y 1 Co 6,1-11).
La palabra «Evangelio», que San Pablo utiliza con frecuencia, designa la buena nueva de la salvación obrada por Cristo. Los Apóstoles recibieron el mandato de Jesús de predicar el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15; Mt 28,19). Pablo ha sido elegido también como ellos, con especial encargo de proclamarlo a los gentiles (v. 5), entre los que se cuentan los romanos. Para él, el Evangelio incluye necesariamente la fe en Jesucristo como el Hijo de Dios, según testimonia su resurrección de entre los muertos (v. 4). De ahí que el Evangelio sea a la vez el poder salvador de la gracia conquistada por Jesucristo, las verdades reveladas por Él, y la actividad misma de la Iglesia para extender la salvación divina a la humanidad. En los escritos paulinos se encuentran las dos expresiones: «Evangelio de Dios» y «Evangelio de Jesucristo», que vienen a ser equivalentes (cfr nota a Mc 1,1-3).
«Obediencia de la fe» (v. 5) es la aceptación del Evangelio, acto que pertenece a la inteligencia y voluntad humanas, pero que las supera: sólo puede realizarse a partir de la fe.
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Rm 1,8-15
Junto a la acción de gracias a Dios, Pablo expone su propósito de visitar a los fieles de Roma para comunicarles el Evangelio (v. 15) y consolarse y fortalecerse mutuamente en la fe que les es común. San Pablo se siente «deudor» (v. 14), porque «griegos y bárbaros», es decir, todos los gentiles, también los de Roma, tienen derecho a oír su predicación, pues para esa misión ha sido elegido por Dios (cfr 15,15-19; Ga 2,7; Hch 9,15).
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Rm 1,16-17
El Apóstol enuncia aquí lo que va a tratar en la carta: la justificación que viene de la fe.
La expresión «justicia de Dios» es una de las más importantes empleadas por San Pablo. Tiene gran riqueza de significados. Se refiere no sólo al atributo divino de retribuir según justicia, sino también a la fidelidad de Dios en cumplir sus promesas y a la misericordia que ejerce con el hombre pecador perdonándole y haciéndole justo. Aquí San Pablo recoge este último sentido (cfr nota a 3,21-31). «De la fe hacia la fe» muestra que la justicia divina en el hombre comienza y se perfecciona por la fe.
La frase «el justo vivirá de la fe» (o «por la fe») es cita de Ha 2,4. El profeta se refería a la situación histórica de alguna invasión: quienes confiasen en las promesas divinas no perecerían. El Apóstol aplica el texto a los cristianos, para acentuar que la fe es el principio de la salvación, pues mediante la fe el hombre queda justificado delante de Dios. El tema será explicado desde varios aspectos a lo largo de la carta.
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Rm 1,18-11,36
Estos capítulos forman la llamada «parte doctrinal» de la carta, y se centran en la naturaleza y consecuencias de la justificación que Cristo nos ha ganado. Tras afirmar que sólo por medio de Cristo y por la fe en Él el hombre puede llegar a ser justo ante Dios (1,18-4,25), San Pablo explica cómo, mediante el Bautismo, entramos a participar en la reconciliación con Dios obtenida por el sacrificio de Cristo, y señala cuáles son las consecuencias que ésta conlleva: libertad, vida en el Espíritu, filiación divina (5,1-8,39). Al final, muestra cuál es el papel de Israel en la manifestación definitiva de la acción justificadora de Dios (9,1-11,36).
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Rm 1,18-4,25
La tesis de fondo de esta sección es que la justificación por la fe es el único camino de salvación para todos los hombres, pues todos son pecadores: los paganos por su idolatría y sus perversiones (1,18-32), los judíos por sus pecados y transgresiones de la Ley (2,17-24). Por tanto, ya que todos, los judíos —a pesar de la circuncisión y de las promesas (2,1-16.25-3,8)— y los gentiles, son pecadores delante de Dios (3,9-20), todos necesitan ser justificados por su gracia que concede a quienes creen en Cristo (3,21-31). Así lo prueba la Escritura: Dios concedió las promesas a Abrahán, no por las obras, sino por la fe (4,1-25).
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Rm 1,18-32
El Apóstol, inspirándose tal vez en el texto de Sb 13,1-9 y la situación que ha percibido en las ciudades helenísticas (quizá de manera especial en la misma ciudad de Corinto desde donde escribe la carta), expone la situación de los gentiles en dos etapas: en la primera (vv. 18-23) hace ver la idolatría culpable en la que se encuentran; en la segunda (vv. 24-32) habla de las consecuencias que se derivan de ella.
Pablo enseña que Dios es cognoscible a partir de las obras de la creación, pero el hombre, cayendo en la idolatría, se ha convertido en un necio (v. 22) y le ha rechazado. Como consecuencia, incurre en la «ira de Dios» (v. 18). Esa «ira» no ha de entenderse como venganza, sino como una manera de expresar que quienes se apartan de Dios son castigados por Él. Como dice Santo Tomás de Aquino, «se atribuye a Dios la ira y otras pasiones, por analogía con los efectos de sus acciones; y, así, puesto que lo propio del airado es castigar, al castigo de Dios se le llama metafóricamente ira» (Summa theologiae 1,3,2 ad 2). De todas formas, conviene recordar que cuando se dice que Dios castiga ha de entenderse que lo hace como un padre que corrige a sus hijos. Por eso, así como «justicia de Dios» significa la acción divina por la que salva al hombre pecador, infundiéndole su gracia, la «ira» manifiesta de alguna manera la actitud paternal de Dios ante quien se obstina en el pecado. La «injusticia» (v. 18) de la que aquí se habla se refiere al rechazo de la verdad sobre Dios, ya que todos los hombres pueden conocer su existencia de manera natural. Cómo se compaginan en Dios su designio de salvación de los pecadores (la «justicia» como deseo de salvación) con el castigo de los pecados (la «ira de Dios») es un misterio en el que se conjugan la perfecta justicia de Dios, su más grande misericordia y la libertad del hombre.
Este pasaje no afirma que todos los gentiles son corruptos. Emite un juicio global a partir de la experiencia y del legado sapiencial del Antiguo Testamento y, sobre todo, de la revelación de Jesucristo.
Apoyada en los vv. 19-20 y otros pasajes bíblicos (Sb 13,1-9; Hch 14,15-17; 17,24-29), la Iglesia enseña la posibilidad del conocimiento natural de Dios a partir de la creación material: «Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas» (Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap. 2). «El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas “vías”, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, “y que todos llaman Dios” (Sto. Tomás de Aquino, S. th. 1,2,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 34). cfr nota a Sb 13,1-9.
Los vv. 24-27 ponen de manifiesto la relación que existe entre el rechazo de Dios y la inmoralidad, y en especial la homosexualidad. «Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (Congr. Doctrina de la Fe, Persona humana, n. 8). cfr Jds 7.
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Rm 2,1-24
Según el modo de la diatriba o disputa de los filósofos estoicos, San Pablo se dirige a un imaginario interlocutor judío (cfr v. 17), haciéndole ver que nadie puede considerarse justo: todos los hombres, gentiles y judíos, son pecadores delante de Dios. El Apóstol enseña que la mera posesión de la Ley no es suficiente para salvarse. Dios, que es imparcial, juzgará a cada hombre y le otorgará la vida eterna o el castigo según su conducta, conforme a cómo ha cumplido la Ley (v. 13): primero juzgará a los judíos, de acuerdo con la Ley de Moisés; después a los gentiles, con arreglo a la ley de la naturaleza inscrita en su corazón, puesto que esa ley les permitía cumplir los preceptos morales que el Decálogo de Moisés determinaba más detalladamente (v. 14).
Estos versículos enseñan que Dios es remunerador justo, que retribuye a cada uno, con premio eterno o castigo, según su conducta; que es Juez imparcial ante el que no cuenta ser judío o gentil, sino el bien obrar de cada uno y su aceptación o su rechazo de la gracia; y que habrá un tiempo en que el Señor hará el juicio. A tenor de este y otros textos de la Escritura, la Iglesia enseña que dos son los momentos en los que a todos es preciso presentarse delante del Señor. El primero es al salir de esta vida y es llamado juicio particular. Y el otro es «cuando en un solo día y en un solo lugar comparecerán al mismo tiempo todos los hombres ante el tribunal del Juez supremo, para que, viéndolo y oyéndolo todos los hombres de todos los siglos, sepa cada uno lo que acerca de cada hombre se ha decretado y juzgado» (Catechismus Romanus 18,3).
La doctrina contenida en los vv. 14-15 tiene una importancia trascendental. Enseña que existe una ley que «está escrita y grabada en la mente de cada uno de los hombres, por ser la misma razón humana, mandando obrar bien y prohibiendo pecar» (León XIII, Libertas praestantissimum, n. 8), y que la conciencia y la ley son elementos complementarios: la conciencia aplica a cada caso la ley. Por eso, la conciencia ha sido llamada «la voz de Dios», que «resuena, cuando es necesario, en los oídos del corazón [del hombre], llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal. (…) La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 16). Pero la conciencia encuentra serias dificultades para conocer con claridad los contenidos de la ley, debido al oscurecimiento de la inteligencia y la debilitación de la voluntad a causa del desorden de los sentidos o imaginación y las malas concupiscencias; y por esto sucede que los hombres fácilmente se persuaden de que es falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero. Precisamente para superar estas dificultades Dios quiso revelar de modo sobrenatural la ley natural dejando, además, en su Iglesia la función magisterial de enseñar e interpretar sin error esas verdades de un modo concreto.
La diatriba con el imaginario interlocutor judío enfatiza en los vv. 17-24 la incoherencia del que posee en la Ley el modelo de la ciencia y de la verdad y no la aprende ni practica, llegando a ser escándalo para los gentiles. Con ella San Pablo muestra que los judíos no han sabido vivir conforme a lo que requería la Ley. Para el lector este pasaje constituye una llamada a comportarse coherentemente con la fe que profesa: «El buen ejemplo no sólo actúa fuera, sino que va a lo hondo y construye en el otro el bien más precioso y efectivo, que es el de la coherencia con la propia vocación cristiana» (Juan Pablo II, Alocución 20-II-1980).
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Rm 2,25-3,8
El argumento sobre la necesidad que tienen los judíos de ser justificados por la gracia se centra ahora en la circuncisión (2,25-29) y en las promesas que ellos recibieron (3,1-8).
Por medio de la circuncisión el hombre participaba en la Alianza de Dios con Abrahán (Gn 17,10-11) y era heredero de las promesas. En virtud de aquella Alianza, el hebreo, circuncidado, quedaba obligado a cumplir toda la Ley de Moisés, lo cual era imposible por las solas fuerzas humanas. En cambio, los gentiles sin estar circuncidados podían cumplir algunos mandamientos de la Ley incluso mejor que los judíos. De ello se deduce que lo decisivo ante Dios no es la circuncisión en la carne sino la voluntad del hombre de cumplir los mandatos de Dios. Por eso Pablo afirma que la verdadera circuncisión no es la de la carne, sino «la del corazón» (2,29), es decir, el cumplimiento obediente de la ley de Dios. Dios, que ve el interior de todos, retribuirá a cada uno, por encima de apariencias externas.
Ante este argumento, un imaginario interlocutor judío podría plantear esta objeción: entonces, «¿en qué es superior el judío? ¿O cuál es la ventaja de la circuncisión?» (3,1). La respuesta que da San Pablo es que Dios confió al pueblo judío su Palabra, es decir, las promesas y la Ley. A pesar de tener estas promesas y la Ley, algunos judíos rechazaron a Cristo y lo crucificaron. Pero precisamente así se cumplieron las promesas de redención. De ese modo la incredulidad de aquéllos no frustró los designios de Dios (3,3).
Continuando el diálogo imaginario podría plantearse todavía otra cuestión: si el pecado de aquellos judíos no había menoscabado la fidelidad de Dios sino que redundó en su gloria (3,7), entonces Dios es injusto al rechazar a los judíos que no creyeron en Cristo (3,5.7). Pablo responde en 3,6 con una pregunta que reduce al absurdo el problema planteado: si Dios es injusto ¿cómo puede juzgar el mundo? Para un judío este argumento era eficaz y convincente (cfr Jl 4,12). Además añade otra razón (3,8) que lleva al límite el falso razonamiento de su interlocutor: según su línea argumental habría que hacer el mal para obtener el bien. Por eso concluye que los que afirman esto son condenados justamente (3,8b). La doctrina de Pablo es clara: Dios es fiel y nuestra propia infidelidad hace que brillen más sus planes de salvación.
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Rm 3,9-20
Con un entramado de citas del Antiguo Testamento, según el uso de los rabinos, Pablo vuelve a mostrar la culpabilidad de todos los hombres, judíos incluidos. Tras una introducción (v. 9), describe la apostasía universal de la que ya habló el salmista (vv. 10-12) y detalla los pecados, de palabra (vv. 13-14) y de obra (v. 15), que los profetas habían fustigado (cfr Is 5,8-25; 59,2-8; Jr 8,8; Am 5,21; Ml 2,8; etc.). Añade que quienes pecan se encuentran sumidos en calamidad y miseria, faltos de paz y de temor de Dios (vv. 17-18), y que la Ley no tiene fuerza para hacer al hombre justo (vv. 19-20). La conclusión implícita es que, si, como dice la Escritura, todos han pecado, todos necesitan la justificación que viene de Dios, no la que procede de las obras de la Ley. Es la doctrina sobre la universalidad del pecado, que supone, a su vez, la universalidad de la redención (cfr 3,21-31): «Lo que la revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 13). Lógicamente, el triste panorama con que Pablo describe la humanidad no implica que no existieran hombres justos y piadosos (tanto en Israel como en otros lugares del mundo), que recibieron la gracia divina y obraron el bien en virtud de los méritos futuros de Cristo.
▲ COMENTARIO
Rm 3,21-4,25
De 1,18 a 3,20, el Apóstol ha conducido su discurso hasta concluir que judíos y gentiles se encuentran en similar situación frente al pecado y la retribución que merecen. Ahora argumenta que, si todos, gentiles y judíos, han pecado, todos necesitan igualmente de la justificación, que se ha realizado por la redención obrada por Jesucristo. Todos han de adherirse a Él mediante la fe. La argumentación es aquí semejante a la de la sección anterior: primero, una «proposición» de la doctrina (3,21-22), completada con algunas «precisiones» (3,22b-26), y «preguntas y respuestas» (3,27-31), para llegar después a una extensa «conclusión» con apoyatura en textos de la Escritura (4,1-25).
▲ COMENTARIO
Rm 3,21-31
Estos versículos son de especial importancia en la doctrina de la carta. Primero (vv. 21-26), el Apóstol nos revela fundamentalmente cómo se realiza la justificación del hombre: la justicia de Dios que hace justo al hombre y que estaba anunciada en los libros del Antiguo Testamento (cfr Sal 103,6; Is 46,13; Jr 9,24) se ha revelado ahora en Cristo y en el Evangelio. Dios Padre, fuente de todo bien, con su decreto redentor nos ha entregado a su Hijo para salvarnos; en Jesucristo, que derrama su sangre en la cruz, somos hechos justos; la fe es el don divino mediante el cual Dios dispone y capacita al hombre para que acoja el don de su redención en Cristo.
San Pablo enseña que la justicia de Dios está en conexión con la misericordia: todos los hombres son justificados por una acción gratuita de Dios (v. 24). Tan importante es la afirmación de que la gracia es un don que Dios concede sin mérito nuestro, que el Concilio de Trento, al utilizar este texto de San Pablo, quiso definir su sentido, explicando que nada de aquello que precede y dispone al hombre para la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia por la que el hombre es justificado (cfr 11,16; De iustificatione, cap. 8).
Añade el Apóstol que la justificación por la gracia se alcanza «mediante la redención que está en Cristo Jesús» (v. 24). Es decir, en la justificación del pecador se da «el paso del estado en que el hombre nace hijo del primer Adán, al estado de gracia y de adopción de hijos de Dios por el segundo Adán, Jesucristo, Salvador nuestro» (Conc. de Trento, De iustificatione, cap. 4). Esto ha sido posible gracias a que Nuestro Señor nos salvó dándose a Sí mismo como precio por nuestro rescate. La palabra griega que corresponde a «redención» indica precisamente un rescate que se paga para liberar a alguien de la esclavitud. Cristo nos ha liberado de la esclavitud del pecado, pagando, por así decir, ese precio de nuestra libertad (cfr 6,23), entendiendo bien que ese precio no es tanto su sufrimiento sino el amor al Padre que lo impregna. San Pablo afirma que Dios ha hecho a Jesús el verdadero propiciatorio (v. 25). El «propiciatorio» era la cubierta o tapa del Arca de la Alianza, con figuras de dos querubines. Estaba considerado como el trono de Dios en la tierra (cfr Sal 80,2; 99,1), desde donde hablaba a Moisés (cfr Ex 37,6; Nm 7,89), y como el lugar donde implorar a Dios el perdón de los pecados mediante el rito del sacrificio expiatorio que se celebraba el «Día de la Expiación», Yôm Kippûr (cfr Lv 16,1-34; 23,26-32; Nm 29,7-11); en ese día, el sumo sacerdote rociaba el propiciatorio con la sangre de los animales sacrificados como víctimas para el perdón de los pecados del sacerdote y del pueblo. Al decir que Jesús es el propiciatorio Pablo enseña que Jesús es el único que puede obtener la remisión de los pecados con su sangre.
El Catecismo de la Iglesia Católica, sintetizando esta doctrina, enseña: «La justificación es al mismo tiempo la acogida de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud del amor divino. Con la justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la voluntad divina. La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos conforma a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cfr Conc. de Trento: DS 1529)» (nn. 1991 y 1992).
Los vv. 27-31 muestran cómo, en consecuencia, nadie puede considerarse superior; ni siquiera los judíos, aun cuando Dios hubiera manifestado especial predilección por ellos. Solemnemente San Pablo declara: ningún hombre puede gloriarse ante Dios, como si fuera justo o santo, por cumplir los mandatos de la Ley (v. 28); es Dios quien hace justo al hombre por pura gracia, y el hombre llega a ser justo aceptando, mediante la fe, la gracia que Dios le ofrece a través de Jesucristo. Tanta es la insistencia del Apóstol, que la afirmación de que el hombre es justificado por la fe, no por las obras de la Ley, viene a ser como un estribillo de la carta (vv. 22.26.28.30; 4,5; 11,6; cfr Ga 2,16; 3,11).
Hoy día, los exegetas cristianos, católicos y no católicos, tienen por indiscutible esta enseñanza fundamental de San Pablo: la salvación ha sido ofrecida en Jesucristo y Dios justifica al hombre por la fe en Cristo. Es, pues, la fe la que justifica. Pero no la fe «sola» (como se podía malinterpretar a partir de la traducción de Lutero), sino la fe que obra por medio de la caridad (cfr Ga 5,6). Será, por tanto, «en virtud de la fe», y no por la circuncisión, como los judíos serán justificados, y «por medio de la fe» como los incircuncisos conseguirán también la salvación. ¿Ha quedado anulada la Ley por la fe? No, sino que la fe confirma la Ley, dándole su verdadero sentido y llevándola a la perfección.
▲ COMENTARIO
Rm 4,1-25
Concluye aquí el Apóstol la exposición que había sólo enunciado en 1,16-17, a saber, que la justicia de Dios hace justo al hombre a través de la fe, es decir, no a través de la naturaleza ni de la Ley.
Primero, acude a la autoridad de las Escrituras para confirmar su enseñanza sobre la justificación: Abrahán no fue justificado por las obras de la Ley sino por la fe (vv. 1-8), como dice Gn 15,6 y lo ratifica David con los salmos (vv. 6-8). Al decir «se le contó» (v. 3), Dios es comparado a un Señor que anota los créditos y deudas de sus siervos. En el caso de Abrahán, Dios anotó en la columna del haber no sus obras sino su fe, y por eso se dice que la fe le fue contada como justicia (santidad), como sueldo merecido. Se resalta así el carácter gratuito de la justificación. De aquí se desprende que el acto de fe es el primer paso para alcanzarla. No son, por tanto, las obras buenas las que producen la justificación, sino que es la justificación la que hace que las obras sean buenas y meritorias para la vida eterna: «El comienzo de la justificación por parte de Dios es la fe, que cree en el que justifica. Y esta fe, cuando se encuentra justificada, es como una raíz que recibe la lluvia en la tierra del alma, de manera que cuando comienza a cultivarse por medio de la ley de Dios, surgen de ella ramas que llevan los frutos de las obras. La raíz de la justicia no deriva de las obras, sino que de la raíz de la justicia crece el fruto de las obras» (Orígenes, Commentarii in Romanos 4,1).
Resalta el Apóstol (vv. 9-12) que la justicia que recibió Abrahán no fue efecto de la circuncisión, ya que recibió esa justicia (Gn 15,6) cuando aún no se había circuncidado (Gn 17,1ss.). Señala además (vv. 13-17a) que el objeto de la fe de Abrahán fue la promesa divina de ser padre de muchas gentes y de que en su descendencia serían bendecidas todas las naciones de la tierra (Gn 12,1-3; 15,5-6). Por eso, la promesa era independiente de la Ley, porque le fue hecha antes de que le fuera dada la Ley a Moisés, y porque se dirigía a todos los descendientes de Abrahán, que son los que tienen su misma fe, no sólo los judíos.
Explica también que la fe de Abrahán en una promesa que humanamente parecía imposible es modelo de la fe cristiana (vv. 18-25; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144). Lo que a él se le prometió se ha cumplido en nosotros al creer en Cristo, que murió y resucitó por todos los hombres (vv. 23-25): en esto también concuerdan nuestra fe cristiana y la del patriarca.
El v. 25, sobre el sentido de la muerte y la resurrección de Jesús, es oportuno para enseñarnos cómo la fe en Cristo es plenamente suficiente para alcanzar la justificación. Jesucristo nos ha obtenido todo por medio de su muerte y su resurrección: por su muerte ha expiado nuestros pecados; su resurrección es la prueba de que Dios ha aceptado su expiación y, en consecuencia, restablecido el orden destruido por el pecado.
▲ COMENTARIO
Rm 5,1-8,39
La argumentación de los caps. 1 a 4 ha subrayado la fe como el medio de alcanzar la justificación. Ahora, explicando los efectos de la justificación, Pablo expone los fundamentos y elementos integrantes de la esperanza de quienes creen. Cristo nos reconcilia con el Padre por medio del sacrificio de su sangre, mientras su resurrección es fundamento de nuestra esperanza (5,1-11); nos libera del pecado y de la muerte, devolviéndonos la vida de la gracia y la vida eterna que el pecado del primer hombre nos había arrebatado (5,12-21); nos comunica esa vida a través del Bautismo (6,1-11). Cristo nos da también la posibilidad de liberarnos de los pecados personales (6,12-23) y de la esclavitud de la Ley, otorgándonos la libertad según un espíritu nuevo y no según la antigua letra (7,1-6) y frente a la concupiscencia (7,7-13). Pero aun así puede quedar en el fondo del corazón de quienes han abrazado la fe un resquicio de temor por el porvenir. Por eso, el cristiano debe seguir luchando contra la ley de la carne en la que anida la concupiscencia (7,14-25). Con todo, lo más importante de la justificación es la vida nueva que el Espíritu concede (8,1-13). Por la acción del Espíritu, los cristianos somos verdaderamente hijos de Dios (8,14-30) y estamos llenos de confianza y esperanza, aun en medio de las contradicciones (8,31-39).
▲ COMENTARIO
Rm 5,1-11
La nueva vida que resulta de la justificación se realiza en la fe y en la esperanza (vv. 1-2), que tienen la garantía del amor de Dios (v. 5). Así pues, fe, esperanza y caridad, «las tres virtudes teologales, que componen el armazón sobre el que se teje la auténtica existencia del hombre cristiano, de la mujer cristiana» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 205), se suceden actuando en nosotros, contribuyendo al crecimiento de la vida de la gracia. El fruto de este crecimiento es la paz (v. 1), que se hace, de algún modo, casi inalterable, como anticipo, aunque imperfecto, de la vida eterna. Una paz, que no consiste en la apatía de quien no quiere tener problemas, sino en la firmeza, llena de esperanza («la virtud probada», v. 4), para sobreponerse a las contradicciones y mantenerse fiel. «Quien espera algo con gran fuerza está dispuesto a sufrir todas las dificultades y amarguras para conseguirlo. Así, un enfermo, si desea ardientemente la salud, toma de buena gana la medicina amarga que le sanará» (Sto. Tomás de Aquino, Super Romanos, ad loc.).
El amor del que se habla en el v. 5 es, a la vez, el amor con que Dios nos ama —que se manifiesta en el envío del Espíritu Santo—, y el amor que Dios pone en nuestras almas para que le podamos amar. El Concilio II de Orange, citando a San Agustín, se expresa así: «Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo que, sin ser amado, ama, nos concedió que le amásemos. Fuimos amados cuando todavía le éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien amamos con el Padre y el Hijo, derrama la caridad en nuestros corazones» (De gratia, can. 25; cfr San Agustín, In Ioannis Evangelium 102,5).
Los vv. 6-11 enseñan que la medida del amor que Dios nos tiene se demuestra en la «reconciliación» que se operó mediante el sacrificio de la cruz, cuando Cristo, dando muerte en sí mismo a la enemistad, estableció la paz y nos reconcilió con Dios (cfr Ef 2,15-16). Si, cuando éramos pecadores, nos manifestó ese amor, cuánto más ahora, una vez reconciliados, podemos confiar en que nos salvará. La reconciliación en Cristo aparece, pues, con perfiles muy nítidos: no es que Dios estuviera enemistado con los hombres; éramos nosotros quienes estábamos enemistados con Dios por nuestros pecados; no era Dios el que debía cambiar de actitud, sino el hombre; sin embargo, ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa por medio de la muerte de Cristo para que el hombre vuelva a la amistad con Él.
▲ COMENTARIO
Rm 5,12-21
El Apóstol enseña lo que ha sido cumplido por medio de Cristo con los descendientes de Adán. Gracia y vida se contrastan con pecado y muerte. A diferencia de la transgresión de Adán, que llevó a todos a la condenación, la obediencia y justicia de Cristo conduce a todos a la justificación y a la vida.
Cuatro enseñanzas sobresalen en el pasaje: l) el pecado de Adán y sus consecuencias, entre ellas, la muerte, que afecta a todos los hombres (vv. 12-14); 2) el contraste entre los efectos del pecado original y los frutos de la Redención de Cristo (vv. 15-19); 3) la consideración del papel de la Ley de Moisés en relación con el pecado (cfr vv. 13.20), adelantando lo que se describirá ampliamente en el cap. 7; 4) la victoria final del reino de la gracia (vv. 20-21): ésta, personificada como lo fue el pecado, es una fuerza divina que encamina a los hombres a la salvación.
Este pasaje es básico para la teología cristiana del pecado original. San Pablo nos revela que, a la luz de la muerte y resurrección de Cristo, podemos conocer que todos estamos implicados en el pecado de Adán, «que se trasmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación y que se halla como propio en cada uno» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 419). Así como el pecado entró en el mundo por obra de quien representaba a toda la humanidad, así también la justicia nos llega a todos por un solo hombre, por el «nuevo Adán», Jesucristo, «el primogénito de toda criatura», «cabeza del cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,15.18). Cristo, por su obediencia a la voluntad del Padre, se contrapone a la desobediencia de Adán, devolviéndonos con creces la felicidad y la vida eterna que habíamos perdido. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (v. 20).
La existencia del pecado original es verdad de fe. El Papa Pablo VI lo volvió a proclamar: «Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa (…). Así pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado» (Credo del Pueblo de Dios, n. 16).
▲ COMENTARIO
Rm 6,1-11
Por el Bautismo la gracia de Cristo llega a cada uno y nos libra del dominio del pecado. En nosotros se reproduce entonces no sólo la pasión, muerte y sepultura de Cristo, representadas por la inmersión en el agua (vv. 3-4.6), sino también la nueva vida, la vida de la gracia, que se infunde en el alma como participación de la resurrección de Cristo (vv. 4-5).
A partir de esta enseñanza paulina, los Padres desarrollaron la significación del sacramento del Bautismo cristiano y los efectos espirituales que produce. «El Señor —recuerda San Ambrosio a los recién bautizados—, que quiere que sus beneficios permanezcan, que los planes insidiosos de la serpiente sean disueltos y que sea eliminado al mismo tiempo aquello que resultó dañado, dictó una sentencia contra los hombres: Tierra eres y a la tierra has de volver (Gn 3,19), e hizo al hombre sujeto de la muerte (…). Pero le fue dado el remedio: el hombre moriría y resucitaría (…). ¿Me preguntas cómo? (…). Fue instituido un rito por el que el hombre muriera estando vivo y resucitara también estando vivo» (De Sacramentis 2,6). Y San Juan Crisóstomo explica: «El Bautismo es para nosotros lo que la cruz y la sepultura fueron para Cristo; pero hay una diferencia: el Salvador murió en su carne, fue sepultado en su carne, mientras que nosotros debemos morir espiritualmente. Por eso el Apóstol no dice que nosotros somos “injertados en él con su muerte”; sino con la semejanza de su muerte» (In Romanos 10). Además, así como el injerto y la planta forman una unidad de vida, los cristianos, injertados, incorporados a Cristo por el Bautismo, formamos una unidad con Él y participamos ya ahora de su vida divina.
Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católica, al exponer la doctrina sobre el Bautismo, enseña: «Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa “sumergir”, “introducir dentro del agua”; la “inmersión” en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo, de donde sale por la resurrección con Él (cfr Rm 6,3-4; Col 2,12) como “nueva criatura” (2 Co 5,17; Ga 6,15)» (n. 1214).
El modo ordinario actual de este sacramento, derramando agua sobre la cabeza (bautismo por infusión), se usaba ya en los tiempos apostólicos y se generalizó frente al bautismo por inmersión por obvias razones prácticas.
En los vv. 9-10, acentúa San Pablo su enseñanza: con la muerte de Cristo en la cruz y con su resurrección quedó roto el lazo de la muerte, tanto para Cristo como para todos los suyos. Resucitado y glorioso, ha alcanzado el triunfo: ha ganado para su Humanidad y para nosotros una nueva vida. En los que hemos sido bautizados se reproducen de alguna manera esos mismos acontecimientos de la vida de Cristo.
▲ COMENTARIO
Rm 6,12-23
La fuerza del pecado permanece incluso tras el don de la gracia ganada por Cristo. Por eso, Pablo exhorta, mediante la imagen de la esclavitud y de la libertad, a vivir conforme a la nueva condición de bautizados, y a no caer de nuevo bajo el pecado. Es posible que algunos pensaran que Pablo, con su predicación al margen del cumplimiento de las obras de la Ley, pudiera fomentar una conducta moral licenciosa. Tal vez para proteger su enseñanza de esa falsa interpretación, el Apóstol se extiende en estos versículos con advertencias contra las asechanzas de la concupiscencia. Los cristianos hemos de ser consecuentes con la situación de «justificados» (v. 22) y corresponder a esa gracia. «Nuestros antiguos pecados han sido eliminados por obra de la gracia. Ahora, para permanecer muertos al pecado después del Bautismo, se precisa el esfuerzo personal aunque la gracia de Dios continúe ayudándonos poderosamente» (S. Juan Crisóstomo, In Romanos 11,1).
El discurso dialéctico de los vv. 15-23 —esclavos del pecado, liberados de él, esclavos de la justicia— tiene un tono pedagógico: si un tiempo soportaron ser esclavos del pecado para la muerte, más vale ahora aceptar ser esclavos de la justicia para la vida eterna. «Todos fuimos esclavos del pecado, pero cuando se nos transmitió la forma de la doctrina y decidimos obedecerla no sólo de palabra, sino de corazón y completa decisión, nos liberamos de la servidumbre del pecado y nos hicimos siervos de la justicia» (Orígenes, Commentarii in Romanos 6,3).
▲ COMENTARIO
Rm 7,1-6
Vuelve al tema de la Ley mosaica. Aunque ésta no puede ser equiparada al pecado, no obstante podía «despertar» las bajas pasiones (ver nota a 7,7-13). El Apóstol enseña que por el Bautismo, el cristiano, que ha participado de la muerte de Cristo, está «muerto» para la Ley (representada en los vv. 2-3 como el marido), se encuentra libre de ella. Libre, sin embargo, para el bien, para «dar fruto para Dios», frutos de vida santa, en virtud de la unión con Cristo (v. 4).
La gracia de la cruz nos libera de la tiranía del pecado para que podamos aspirar a servir a Dios voluntariamente, no por miedo al castigo sino por amor filial. Ésta es la libertad de espíritu que hemos de vivir los cristianos: hacemos lo que Dios quiere, porque nosotros también lo queremos. «Pensad que el Todopoderoso, el que con su Providencia gobierna el Universo, no desea siervos forzados, prefiere hijos libres. Ha metido en el alma de cada uno de nosotros —aunque nacemos proni ad peccatum, inclinados al pecado, por la caída de la primera pareja— una chispa de su inteligencia infinita, la atracción por lo bueno, un ansia de paz perdurable. Y nos lleva a comprender que la verdad, la felicidad y la libertad se consiguen cuando procuramos que germine en nosotros esa semilla de vida eterna» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 33).
«Carne» (v. 5) indica tanto la debilidad humana y, por consiguiente, la sede de la concupiscencia, que incita al pecado, como la condición del hombre después del pecado original.
▲ COMENTARIO
Rm 7,7-13
El Apóstol expone las relaciones entre la Ley, el pecado y el hombre, mostrando la naturaleza de cada una de esas realidades: la «Ley», de modo directo la Ley de Moisés, indica también los preceptos de la ley natural. Los preceptos legales hacen al hombre consciente del pecado, y el pecado —representado como un poder personal— se sirve de los preceptos para provocar la tentación.
Sin embargo, Pablo aclara que la Ley, aunque de ella se sirva el pecado para amenazar al hombre, no es mala, sino santa, justa y buena: «La Ley es profecía y pedagogía de las realidades venideras» (S. Ireneo, Adversus haereses 4,15,1; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1964). La bondad de la Ley consiste en ser un don de Dios, manifiesta el orden establecido por la Sabiduría divina, prohíbe los males, ayuda a conocer los deberes y prepara la venida del Redentor (cfr 3,19s.; 5,20; Ga 3,19.24). Pero es insuficiente, porque no proporciona los medios para vencer al pecado.
El «yo» monológico, que aparece varias veces en 7,7-25, puede entenderse como referente al mismo Pablo (¿antes de su conversión?), o a los judíos sometidos a la Ley o, quizá lo más probable, a la humanidad en general. En cualquier caso, ese «yo» expresa uno de los pasajes retóricos más dramáticos de la carta.
▲ COMENTARIO
Rm 7,14-25
San Pablo apela a la experiencia universal de otra «ley» distinta de la de Moisés, una inclinación que se opone a la ley del Espíritu, al bien que Dios nos hace desear con su gracia.
La expresión «ley del pecado que está en mis miembros» (v. 23) subraya la fuerza con que los malos deseos se oponen a los preceptos del espíritu. La «ley del pecado» desordena las facultades y, sin ser pecado en sí, nos inclina a cometerlo. «La vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (cfr DS 1515). Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1426).
Algunos entendieron que estos versículos aludían a la experiencia de los combates precristianos de Pablo por observar la Ley mosaica. Esta explicación es la que recoge Martín Lutero. Para él, el pecado original corrompió totalmente la naturaleza humana de modo que el hombre perdió la libertad y la fuerza para hacer lo moralmente bueno. El hombre, según Lutero, es siempre pecador, el pecado sigue viviendo en él. Pero, gracias a la justificación, sus pecados no le vienen imputados —aunque permanecen en el pecador— y es considerado justo no en virtud de sus propias obras, sino por la gracia de Jesucristo. Éste es el sentido de su famosa aserción: «Al mismo tiempo justo y pecador», que está en relación con 7,15-20. La doctrina católica en este punto fue expuesta en el Decreto Sobre la justificación del Concilio de Trento (cfr también Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1987-1992). Según ella, la gracia santificante que confieren los sacramentos nos hace intrínsecamente justos y agradables a Dios, porque la gracia recibida ha borrado el pecado y nos ha hecho hijos de Dios. Renueva el ser del hombre. Es verdad que, por nuestra naturaleza herida, seguimos inclinados al pecado, pero no ha quedado destruida nuestra libertad y en nuestras manos está corresponder a la gracia.
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Rm 8,1-13
Ha quedado dicho que Jesucristo nos libera de la muerte y del pecado y nos trae la vida, pero ¿cómo he de vivir esta vida, si soy todavía carnal y la carne no se somete a la Ley de Dios? El Apóstol responde que hemos de vivir no con arreglo a la carne, sino de acuerdo con el Espíritu de Dios que resucitó a Cristo.
Primero señala que la criatura humana no podía librarse del pecado por sí misma, ni siquiera con la ayuda de la Ley antigua (vv. 1-4). Pero —añade— lo imposible a los hombres no lo es para Dios que, de hecho, nos liberó del pecado enviando a su propio Hijo para que venciera con su muerte al pecado. Nosotros, por los méritos de Cristo y la participación en su Resurrección, podemos también vencer el pecado.
Jesucristo, al asumir la naturaleza humana, quiso tomar una carne semejante a la del pecado, aunque no el pecado mismo, sujetándose a las penalidades de esta vida. Estas penalidades —el hambre, el cansancio, el sufrimiento y sobre todo la muerte— constituyen la «carne pecadora» (v. 3). Al asumirlas, Cristo las redimió convirtiéndolas en camino de santidad, de modo que a través de ellas nosotros podemos identificarnos con Él.
San Pablo especifica dos maneras en las que se puede vivir en este mundo (vv. 5-8). La primera es la vida según el Espíritu, con arreglo a la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con su gracia, contra las inclinaciones de la concupiscencia. La segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. La vida según el Espíritu, que tiene su raíz en la gracia, no se reduce al mero estar pasivo y a unas cuantas prácticas piadosas. La vida según el Espíritu es un vivir según Dios que informa la conducta del cristiano: pensamientos, anhelos, deseos y obras se ajustan a lo que el Señor pide en cada instante y se realizan al impulso de las mociones del Espíritu Santo. «Es necesario someterse al Espíritu —comenta San Juan Crisóstomo—, entregarnos de corazón y esforzarnos por mantener la carne en el puesto que le corresponde. De esta forma nuestra carne se volverá espiritual. Por el contrario, si cedemos a la vida cómoda, ésta haría descender nuestra alma al nivel de la carne y la volvería carnal (…). Con el Espíritu se pertenece a Cristo, se le posee (…). Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta el encanto de una vida inmortal» (In Romanos 13).
En el que vive según el Espíritu, vive Cristo mismo (v. 10; cfr Ga 2,20; 1 Co 15,20-23) y, por eso, puede esperar con certeza su futura resurrección (vv. 9-13). De ahí que Orígenes comente: «También cada uno debe probar si tiene en sí el Espíritu de Cristo. (…) Quien posee [la sabiduría, la justicia, la paz, la caridad, la santificación] está seguro de tener en sí el Espíritu de Cristo y puede esperar que su cuerpo mortal sea vivificado por la inhabitación en él del Espíritu de Cristo» (Commentarii in Romanos 6,13).
«El cuerpo está muerto a causa del pecado» (v. 10) significa que el cuerpo humano está destinado a la muerte por el pecado, como si ya estuviera muerto.
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Rm 8,14-30
El pueblo de Israel había entendido que era el primogénito de Dios, y sus hijos, hijos de Dios en cuanto miembros del pueblo (cfr Ex 4,22-23; Is 1,2); sin embargo, San Pablo explica ahora que la relación del hombre con Dios ha sido restablecida de modo nuevo e insospechado merced al Espíritu de Jesucristo, el único y verdadero Hijo de Dios. Gracias al Espíritu, el cristiano puede participar en la vida de Cristo, Hijo de Dios por naturaleza. Esta participación viene a ser entonces una «adopción filial» (v. 15) y por eso puede llamar individualmente a Dios: «¡Abbá, Padre!», como lo hacía Jesús. Al ser, por adopción, verdaderamente hijo de Dios, el cristiano tiene —por decirlo así— un derecho a participar también en su herencia: la vida gloriosa en el Cielo (vv. 14-18).
En continuidad con la enseñanza de los profetas que anunciaban unos «nuevos cielos y una tierra nueva» (Is 65,17; 66,22), Pablo amplía la liberación obrada por Cristo a la creación material (vv. 19-22). Ésta se encontraba «sujeta a la vanidad» (v. 20), es decir, estaba corrompida a causa del pecado de Adán (Gn 3,17-19; 5,29). Pues bien, como un desarrollo del contraste entre Cristo y Adán (cfr 5,12-21), Pablo entiende que la liberación del cosmos es consecuencia de la liberación del hombre. Aunque todavía no vemos sus efectos con claridad, aguardamos a que se cumplan, asistidos por el Espíritu que acude en ayuda de nuestra flaqueza (vv. 23-27). Mientras, seguimos en tensión entre lo que ya poseemos y somos, y lo que anhelamos. Pero nada del porvenir es dejado por Dios al acaso (vv. 28-30). Elección, predestinación, llamamiento, justificación y glorificación forman parte de su designio salvador: «Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (v. 28). El sentido de la filiación divina nos hace descubrir que los acontecimientos de nuestra vida están dirigidos por la amable Voluntad de Dios y nos llena de esperanza y paz.
Las palabras inspiradas del Apóstol son punto de apoyo del sentido de filiación divina en la vida y en la catequesis de San Josemaría Escrivá, quien enseñó a vivirlo a millares de personas: «Es preciso convencerse de que Dios esta junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también esta siempre a nuestro lado. —Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que esta junto a nosotros y en los cielos» (Camino, n. 267). «La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo» (Es Cristo que pasa, n. 65). «Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades. —Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso (…). Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos. —Omnia in bonum!» (Via Crucis 9,4).
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Rm 8,31-39
Estos versículos son como una recapitulación de lo expuesto. Expresan una de las declaraciones más elocuentes de Pablo: la fuerza omnipotente de Aquel que ama a la criatura humana, hasta el punto de entregar a la muerte a su propio Hijo Unigénito, hará que salgamos victoriosos de los ataques y padecimientos. Los cristianos, con tal de que queramos acoger los beneficios divinos, podemos tener la certeza de alcanzar la salvación, porque Dios no dejará de darnos las gracias necesarias. Nada de lo que nos pueda ocurrir podrá apartarnos del Señor: ni temor de la muerte, ni amor de la vida, ni príncipes de los demonios, ni potestades del mundo, ni tormentos que nos hacen sufrir…
Con la enumeración de fuerzas superiores al hombre (vv. 38-39), San Pablo quiere expresar que nada ni nadie es más fuerte que el amor irrevocable que se nos ha dado en Cristo Jesús: «El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de “redención” que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. (…) Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces -sólo entonces- el hombre es “redimido”, suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha « redimido ». Por medio de Él estamos seguros de Dios» (Benedicto XVI, Spes salvi, n. 26).
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Rm 9,1-11,36
Última sección de la parte doctrinal de la carta. Puede decirse que Pablo responde a una pregunta implícita: la justificación por la fe en Cristo ¿cómo es coherente con las promesas de Dios a Israel? Si desde el principio había un designio de Dios que debía conducir hasta el Mesías, ¿cómo es que los judíos, que habían recibido las promesas de los patriarcas, la Ley y los Profetas, han rechazado a Cristo?
Retomando lo dicho ya en 3,1-2, el Apóstol trata del privilegio del pueblo hebreo como destinatario primero de la revelación divina (9,1-5). Declara que, si bien los gentiles han acogido la llamada de Dios, a pesar del rechazo de Cristo por parte de sus hermanos judíos, las promesas divinas a Israel no han caducado. El Antiguo Testamento enseña cómo Dios elige a quien quiere (9,6-13), revelando así el misterio de la predestinación divina (9,14-33). Por otra parte, aunque el antiguo pueblo elegido no ha sido fiel a su vocación, hasta su infidelidad ha sido eficaz, pues de esa manera la misericordia divina se ha dirigido a los gentiles (10,1-21). Además, la reprobación de Israel no ha sido total ya que un resto ha creído a la predicación evangélica (11,1-12). Por todo ello, los gentiles deben ser conscientes del don que han recibido (11,13-24), y deben saber también que, para los tiempos finales, la Sabiduría divina ha dispuesto la conversión de Israel y la unión de todos los fieles (11,25-36).
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Rm 9,1-13
El ser descendientes de Jacob (Israel) era el fundamento de los privilegios divinos concedidos a los israelitas a lo largo de la historia. Sin embargo, San Pablo, mostrando un gran amor hacia los de su raza, enseña que la gran dignidad del pueblo elegido se pone de manifiesto más bien en que Dios quiso asumir una naturaleza humana de la raza hebrea (vv. 1-5). Jesucristo desciende de los israelitas «según la carne», y es a la vez verdadero Dios, porque es «sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos» (v. 5). Esta afirmación, a manera de doxología o glorificación de Dios, era un modo de ensalzar al Señor en el Antiguo Testamento (cfr Sal 41,14; 72,19; 106,48; Ne 9,5; Dn 2,20 etc.). Aplicada a Jesucristo constituye una de las fórmulas más expresivas de afirmar su divinidad. En otros textos paulinos se encuentran formulaciones parecidas, relativas al núcleo del misterio de la Encarnación: cfr 1,3-4; Flp 2,6-7; Col 2,9; Tt 2,13-14.
El hecho de que Dios escogiera a Isaac como hijo de la promesa, y a Jacob por encima del que tenía los derechos de primogenitura (Esaú), le sirve a Pablo para explicar que la llamada a los gentiles no es sorprendente, pues Dios elige conforme a la promesa y no según la carne (vv. 6-13). El verdadero Israel no es, por tanto, el que desciende de Abrahán «según la carne», sino el constituido por los lazos del Espíritu.
Ahondando en esta idea, Santo Tomás señala la diferencia entre nuestro modo de amar y el de Dios: «La voluntad del hombre se mueve al amor atraída por el bien que encuentra en la cosa amada y por eso la elige con preferencia a otra (…). La voluntad de Dios, en cambio, es la causa de cualquier bien que se encuentra en una criatura (…). De ahí que Dios no ame a un hombre por encontrar en él algo bueno que le mueva a escogerle, sino que más bien le antepone a los demás y lo escoge, porque lo ama» (Super Romanos, ad loc.). El ejemplo de Jacob, la vocación de los Apóstoles, la elección de San Pablo y de tantos otros en el transcurso de la historia muestran que Dios se complace en elegir precisamente a aquellos que a los ojos de los hombres pueden parecer menos aptos. «Te reconoces miserable. Y lo eres. —A pesar de todo —más aún: por eso— te buscó Dios. —Siempre emplea instrumentos desproporcionados: para que se vea que la “obra” es suya. —A ti sólo te pide docilidad» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 475).
La expresión «odié a Esaú» (v. 13) ha de entenderse según el modo de decir de la cultura semita que se encuentra en la Sagrada Escritura: Dios ama también a Esaú, pero comparado este amor con el de predilección por Jacob parece «odio». Se trata de un lenguaje de exageración para resaltar una enseñanza. También el Señor habla en el Evangelio a veces de modo parecido, como cuando compara el amor que se le debe a Él con el amor hacia los padres (cfr Mt 10,37 y nota a Lc 14,25-35). Dios ama a todas sus criaturas y no odia a nadie ni nada de lo que ha creado (cfr Sb 11,24).
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Rm 9,14-33
San Pablo confirma con citas de la Escritura lo dicho hasta ahora. A partir de la vocación de Israel, explica la existencia de un misterio profundo: la predestinación. La elección del pueblo hebreo entre todos los pueblos (v. 15), el endurecimiento del Faraón (vv. 16-18), la salvación o reprobación individual representadas en la alegoría de la vasija de barro (vv. 20-26), son ejemplos que expresan el misterio. Dios, todopoderoso y omnisciente, no sólo conoce los acontecimientos futuros, sino que los dispone para la consecución del fin establecido: la Sabiduría divina, dice la Escritura, «alcanza con vigor de un confín a otro confín y gobierna todo con benignidad» (Sb 8,1). A la mente humana se le escapa cómo compaginar la infalibilidad del designio divino y la libertad humana. En esto consiste precisamente el misterio. En él se incluyen tres verdades: a) la absoluta libertad y generosidad de Dios al concedernos su gracia; b) la voluntad salvífica universal de Dios por la muerte de Cristo en la cruz; c) la libre correspondencia del hombre, con la que cuenta Dios y mueve y previene con su gracia. «Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de “predestinación” incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 600). Con San Agustín se puede decir que cuando los hombres siguen libremente el querer de Dios, aun cuando lo que hacen lo hagan voluntariamente, su voluntad, sin embargo, es de Aquel que dispone y manda lo que quieren (cfr In Ioannis Evangelium 19,19).
Pablo enseña que Dios no es injusto al distribuir su gracia de modo desigual entre los hombres (vv. 14-18). Tiene misericordia con quien quiere sin por eso dejar de ser justo. Con todo, si el hombre rechaza los dones en uso de su libertad, Dios respeta la decisión humana. Por eso, la expresión «endurece a quien quiere» (v. 18) hay que entenderla como una manera de hablar típicamente bíblica según la cual se atribuye a Dios lo que Él permite. Propiamente la responsabilidad del endurecimiento es exclusiva del pecador. Santo Tomás lo explica con una comparación: «El sol, aunque sea capaz de iluminar todos los objetos, si encuentra un obstáculo en algún cuerpo lo deja en tinieblas, como, cuando una casa tiene las ventanas cerradas. El sol no es causa de la oscuridad, porque no es por voluntad suya por lo que no entra la luz en el interior; la oscuridad se debe sólo al que cierra la ventana. Así, Dios, en su juicio, no infunde la luz de la gracia a los que interponen obstáculos» (Summa theologiae 1-2,79,3). De todos modos, Dios siempre ofrece oportunidades de conversión. Por eso, el salmista nos invita a no cerrar nuestro corazón a las invitaciones divinas: «¡Ojalá escuchéis hoy su voz! No endurezcáis vuestro corazón» (Sal 95,7-8).
La imagen del alfarero que modela el barro para hacer vasijas de variado uso (vv. 20-23) aparece en los Libros Sagrados con distintos simbolismos. En los profetas indica el poder divino sobre la historia: el alfarero es Dios y la vasija el pueblo elegido (cfr Is 29,16; 45,9; Jr 18,1ss.). En los libros sapienciales la idea se aplica a cada fiel, que está sometido a Dios como el barro en manos del alfarero, porque a todos los hombres los hizo del polvo de la tierra (cfr Si 33,10-13; Sb 15,7). Con esta imagen Pablo enseña que no se puede pedir cuentas a Dios por su actuación (vv. 19-26); la Voluntad divina está muy por encima de lo que el hombre puede comprender; pero contamos con la seguridad de que Dios quiere siempre nuestro bien. Con todo, no quedan mermadas nuestra libertad y responsabilidad personales.
Finalmente, el Apóstol muestra cómo el verdadero Israel no es el que desciende de Abrahán «según la carne» (cfr 9,7) y que buscaba justificarse por sus obras y no por la fe; el verdadero Israel es el «resto» del que habían hablado los profetas (vv. 27-28; cfr 11,4): como Abrahán, el resto vivía de la fe, lo mismo que los gentiles que habían aceptado el Evangelio. Así, la Iglesia, formada por una porción de Israel y otra de los gentiles, es el verdadero Israel, que se constituye a partir de la roca anunciada en la Escritura (v. 33), Cristo, no por lazos de la sangre sino del Espíritu (vv. 30-33).
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Rm 10,1-21
Parece que la intención de Pablo es mostrar cómo la omnipotencia de Dios es capaz de sacar de los grandes males —la infidelidad de Israel— mayores bienes —la llamada de los gentiles—. El Apóstol señala que los israelitas —al buscar la justificación por el cumplimiento de las obras de la Ley— no han sabido reconocer que Dios justifica al que cree en Cristo, cuando precisamente la Ley había sido dada para aceptar a Cristo (vv. 1-4). Muestra además que los judíos no tienen excusa para no invocar a Cristo como Señor, ya que si no creen en Él no es porque la predicación evangélica no les haya llegado, sino por su falta de comprensión y de correspondencia a la llamada de Dios. Pablo refuerza sus afirmaciones con textos del Antiguo Testamento, aducidos como prueba según el uso rabínico de su tiempo.
En los vv. 5-8, el Apóstol enseña que, si la Ley dada a Moisés manifestaba la voluntad divina y hacía más accesible su cumplimiento, la fe en Cristo ha abierto un camino más fácil para llegar a Dios. Jesucristo, al descender del cielo en la Encarnación y al resucitar de entre los muertos y subir al Cielo, ha cumplido la profecía de Moisés que anunciaba la cercanía de la palabra de Dios (cfr Dt 30,12-14): tras llevar a cabo su obra redentora, Cristo se encuentra cerca de los que creen en Él.
Los vv. 9-10 muestran que es necesario aceptar internamente la divinidad de Jesucristo, y profesarla verbalmente. Se señala así la necesidad de la confesión o «profesión de la fe», como es práctica general de la Iglesia desde los comienzos hasta hoy. El título de «Señor» (hebreo Adonai), nombre con que los judíos, a partir del s. III a.C., suelen sustituir el de Yhwh (que no se pronunciaba por respeto), se aplica aquí a Jesucristo, expresando así su divinidad. El sujeto del verbo «confesar» en segunda persona, en el v. 9, no hace distinción entre judío o griego (cfr v. 12). Se cumple así lo profetizado por Joel (v. 13).
Siguiendo con su razonamiento, en los vv. 14-21, San Pablo deja poco espacio de excusa a los judíos que no creen en Cristo: el Evangelio («Buena Nueva») fue proclamado antiguamente por los profetas (v. 15: cfr Is 52,7) y se ha difundido por todas partes (v. 18: cfr Sal 19,5), pero los judíos no lo han creído (vv. 16.21: cfr Is 53,1; 65,2). Ni siquiera hicieron caso a las advertencias de Moisés (v. 19: cfr Dt 32,21). En cambio, Dios fue encontrado por los que no le buscaban (v. 20: cfr Is 65,1-2).
Las palabras de los vv. 14-15 constituyen un precioso estímulo a extender la palabra de Dios, continuando la tarea que el Señor dio a sus Apóstoles (cfr Mc 16,15-16). «Hablando de los pies, se refiere a la venida de los Apóstoles, recorriendo el mundo, predicando la llegada del Reino de Dios. Pues su venida iluminaba a la humanidad, enseñándoles el camino de la paz hacia Dios» (Ambrosiaster, Ad Romanos, ad loc.). Como los Apóstoles, los discípulos de Cristo debemos seguir evangelizando mediante el testimonio y la palabra. Pablo VI, comentando el v. 14, decía: «Esta ley enunciada un día por San Pablo conserva hoy todo su vigor. Sí, es siempre indispensable la predicación, la proclamación verbal de un mensaje» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 42). Pero el anuncio de la palabra no basta: «Para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio” (…). Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad» (ibidem, n. 41).
▲ COMENTARIO
Rm 11,1-12
El Apóstol, sintiéndose auténtico israelita, descendiente de Abrahán, de la tribu de Benjamín, afirma contundentemente que, a pesar de todo lo dicho, Dios no ha rechazado a Israel (v. 1). Citando las quejas a Dios del profeta Elías por la infidelidad de la mayoría del pueblo (v. 3) y la respuesta divina (v. 4), evoca el tema bíblico del «resto de Israel» (cfr 9,27-28). La expresión, frecuente en los profetas (cfr Is 4,2-3; Jr 3,14; Ez 9,8; Am 3,12; Mi 4,7; So 2,7.9), designaba al grupo de israelitas que se mantenían fieles a Dios en momentos de infidelidad generalizada. Pablo acude a esta imagen para explicar por qué sólo un reducido grupo de judíos ha creído a la predicación evangélica: son el «resto» al que Dios ha elegido para que en ellos se cumplan las promesas; el propio Pablo constituye un ejemplo y una prenda del retorno de Israel a su Dios.
Al leer estos versículos, los cristianos nos damos cuenta de que, análogamente a lo que le sucedió a Israel, en la historia de la Iglesia no han faltado ni faltan ocasiones en que muchos se alejan de la fe. En esos momentos de crisis, confiando en las promesas de Dios, hemos de considerar que el Señor quiere servirse de un «resto» fiel, para dar remedio a la situación. «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… pax Christi in regno Christi —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 301).
Por otra parte, las palabras del v. 1 deben servir de estímulo para amar al pueblo judío. El Concilio Vaticano II enseña: «La Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abrahán según la fe (cfr Ga 3,7), están incluidos en la vocación del mismo Patriarca, y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de esclavitud. Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles (cfr Rm 11,17-24). Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en Sí mismo (cfr Ef 2,14-16). La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, “a quienes pertenecen la adopción y la gloria, la Alianza, la Ley, el culto y las promesas; y también los Patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne” (Rm 9,4-5), hijo de la Virgen María. Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo» (Nostra aetate, n. 4). Juan Pablo II se expresa en la misma línea. Refiriéndose a la existencia del pueblo de Israel, señala que ésta «no es un mero hecho de naturaleza ni de cultura, en el sentido en que por la cultura el hombre despliega los recursos de su propia naturaleza. Es un hecho sobrenatural. Este pueblo persevera a pesar de todo porque es el pueblo de la Alianza y porque, pese a las infidelidades de los hombres, el Señor es fiel a su Alianza. Ignorar este dato primordial es seguir la trayectoria de un marcionismo contra el cual la Iglesia bien pronto reaccionó con energía, consciente como era de su vínculo vital con el Antiguo Testamento, sin el cual el mismo Nuevo Testamento queda falto de significado. Las Escrituras son inseparables del pueblo y de su historia, que conduce al Cristo Mesías prometido y esperado (…). Por ello, quienes consideran meros hechos culturales contingentes que Jesús fuera judío y que su ambiente fuera el mundo judío (…), no sólo desconocen el significado de la historia de la salvación, sino que, más radicalmente, atacan a la verdad misma de la Encarnación» (Discurso en el Simposio «Las raíces del antijudaísmo en los ambientes cristianos», 31-X-1997).
▲ COMENTARIO
Rm 11,13-24
La conversión de los gentiles debe ser ocasión de celo para que los judíos también se conviertan. El buen olivo representa la comunidad de los fieles del Antiguo Testamento y, a la vez, el Israel de Dios que es la Iglesia. Las ramas naturales que han quedado son los judíos que han abrazado la fe en Cristo; las ramas desgajadas, los judíos incrédulos; las ramas del olivo silvestre, injertadas en el buen olivo, son los gentiles que, habiendo salido de una raíz no cultivada, han pasado a ocupar el lugar de los judíos infieles, para ser unidos en la misma fe con los patriarcas y con los profetas, y tener parte en las bendiciones prometidas.
La comparación del Apóstol persigue un doble fin: de un lado, busca corregir la jactancia de los cristianos de la gentilidad, pues si las ramas naturales han sido arrancadas, más fácilmente lo podrán ser las que originariamente son extrañas; de otro, quiere fomentar la esperanza de los cristianos provenientes del judaísmo, ya que, si en ellos han sido injertados los gentiles, ramas de olivo silvestre, con más facilidad podrán ser de nuevo unidos los que son ramas naturales.
▲ COMENTARIO
Rm 11,25-36
San Pablo anuncia que, según el designio de Dios, al final todos los pueblos se convertirán. «Juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol, la Iglesia espera el día, conocido sólo por Dios, en que todos los pueblos con una sola voz invocarán al Señor y “le servirán bajo un mismo yugo” (So 3,9)» (Conc. Vaticano II, Nostra aetate, n. 4). Sin embargo, Pablo no especifica más. El reconocimiento de Jesucristo como Mesías por parte de los judíos es un «misterio» (v. 25) del porvenir, que ocurrirá cuando Dios lo decida. Lo cierto es que Dios es siempre fiel a sus promesas y no se vuelve atrás. Por eso, la vocación del pueblo judío como pueblo elegido es irrevocable (v. 29). A pesar de su desobediencia, Dios lo amará por siempre, según las promesas hechas a los patriarcas y los méritos que lograron con su correspondencia fiel (cfr 9,4-5). Precisamente por ese amor inalterable de Dios es posible que «todo Israel» se salve. De ahí que Pablo entienda la conversión de los gentiles como una etapa en la misión del pueblo de Israel, pues estaba escrito que la promesa de Dios a Abrahán era para siempre: «Bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes te maldigan; en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» (Gn 12,3).
De las palabras citadas en los vv. 26-27 no se sigue necesariamente que la conversión del pueblo hebreo sea un presagio del fin del mundo. Enseñan en todo caso que la historia del pueblo judío forma una parte especial dentro de la historia de la salvación y que la redención —en la medida en que las criaturas correspondan— tendrá alcance universal, afectando a toda la humanidad, a judíos y gentiles. Por eso, la Iglesia pide al Señor que escuche sus oraciones «para que el pueblo de la primera alianza llegue a conseguir en plenitud la redención» (Misal Romano, Liturgia del Viernes Santo, Oración de los fieles).
La bondad de Dios, que ha permitido la desobediencia de judíos y gentiles, pero se ha apiadado de sus miserias (v. 32), arranca en el Apóstol encendidas exclamaciones de alabanza al misterioso designio de Dios (vv. 33-35), que termina con una doxología: «A Él la gloria por los siglos. Amén» (v. 36). Y comenta Orígenes: «Añade el “Amén” para que entendamos que a esa felicidad se llega a través de Él, de quien está escrito también en el Apocalipsis: Esto dice el Amén (Ap 3,14)» (Commentarii in Romanos 8,13).
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Rm 12,1-16,27
La revelación de la unidad de todos en Cristo inicia la parte moral de la carta, en la que el tema central es la vida según la caridad (12,1-13,14). Ésta conlleva exigencias concretas, que se manifiestan según el ejemplo de Cristo (14,1-15,13). A ese espíritu responde la actuación del Apóstol (15,14-16,27).
▲ COMENTARIO
Rm 12,1-13,14
Dirigiéndose a los cristianos de Roma, pero con proyección universal en el tiempo y el espacio, San Pablo enuncia el principio general que debe regir la vida cristiana: la caridad es el vínculo de unión de los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Todos somos en Cristo un solo cuerpo y miembros unos de otros (12,1-8); de aquí brota la exigencia de la caridad fraterna (12,9-21). En este contexto, la obediencia a la autoridad, que viene de Dios y está al servicio de Dios (13,1-7), también debe estar impregnada del amor de Dios. Por todo ello, la caridad es la plenitud de la Ley (13,8-14).
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Rm 12,1-8
Con apoyo en la gracia que le ha sido concedida (v. 3), Pablo escribe ahora señalando la conducta que se ha de observar para llevar una vida conforme a la voluntad de Dios y la dignidad cristiana. La idea que quiere transmitir puede resumirse en las palabras del v. 2: «No os amoldéis a este mundo».
Primero, establece el fundamento de su exhortación. El que ha sido justificado en Cristo debe ofrecerse completamente y sin reservas a Dios, como en un acto de culto (vv. 1-2). «Por la predicación apostólica del Evangelio se convoca y congrega el Pueblo de Dios, de suerte que todos los que a este pueblo pertenecen, por estar santificados por el Espíritu Santo, se ofrezcan a sí mismos como “hostia viva, santa, agradable a Dios” (Rm 12,1)» (Conc. Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 2). Se trata, pues, de dar a Dios un culto que —como enseñó Jesucristo a la samaritana— no es puramente material, exterior y formal, sino interior y espiritual (cfr Jn 4,23-24). Así, toda la vida del cristiano queda empapada de sentido sacerdotal: «Si yo —escribía Orígenes— renuncio a todo lo que poseo, si llevo la cruz y sigo a Cristo, he ofrecido un holocausto en el altar de Dios (…). Si mortifico mi cuerpo y me abstengo de toda concupiscencia, si el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo, entonces he ofrecido un holocausto en el altar de Dios y me hago sacerdote de mi propio sacrificio» (In Leviticum homilia 9,9). O como enseñaba San Josemaría Escrivá: «Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 P 2,5), para realizar cada una de nuestras propias acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre» (Es Cristo que pasa, n. 96). cfr también nota a 1 P 2,4-10.
En los vv. 3-8, Pablo se hace eco de ideas que había expresado en la Primera Carta a los Corintios (cfr 1 Co 12,8-10.28). Explica de nuevo los diversos carismas de la Iglesia con la imagen del cuerpo para resaltar su variedad en la unidad: cada uno cumple un papel definido y coopera al bien de todos, a la vez que busca su propio bien espiritual (cfr 1 Co 12,12-31). Los carismas designan gracias divinas especiales y transitorias, concedidas no tanto para el bien personal de quien las recibe, como para el bien general de la Iglesia. Puede decirse que fue San Pablo el que introdujo en la Iglesia la palabra «carisma».
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Rm 12,9-21
«Después de haber hablado el Apóstol de aquellos dones que no son comunes a todos, aquí enseña que la caridad es el don común a todos» (Sto. Tomás de Aquino, Super Romanos, ad loc.). La caridad se manifiesta de muy diversas formas, según las necesidades y las posibilidades de cada uno. Pero siempre se ha de distinguir por buscar el bien y huir del mal (vv. 9.15-16), y se ha de ejercitar con los cristianos (vv. 10-13) y con los que aún no lo son (vv. 14.17-21); precisamente, el ejercicio de la caridad con estos últimos facilitará su acercamiento a la fe. «Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos. No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien. Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 182).
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Rm 13,1-7
San Pablo proyecta los efectos de la caridad a los deberes con el Estado. Siendo Dios el autor del orden social, creó al hombre como un ser que necesita vivir y desarrollarse en comunidad, en la cual conseguir su fin último. La autoridad (se sobreentiende la que es legítima y respeta la dignidad de la persona) forma parte de ese plan divino (cfr Jn 19,11; Pr 8,15-16; Sb 6,3). De este respeto del orden social dieron testimonio los primeros cristianos a pesar de las persecuciones. «Los cristianos habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan (…). Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman y de todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena (…). Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados» (Epistula ad Diognetum 5,5-14).
«Es evidente —recuerda el Concilio Vaticano II— que la comunidad política y la autoridad pública tienen su fundamento en la naturaleza humana, y que, por ello, pertenecen al orden preestablecido por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes queden a la libre decisión de los ciudadanos» (Gaudium et spes, n. 74). Por su origen divino, a la autoridad civil se le debe obedecer cuando se ejerce dentro de los limites del orden moral y busca el bien común. Otra cosa es cuando abusa del poder para imponer leyes injustas y humillantes de la dignidad y libertad humanas (cfr Ap 13,1-10). Entonces es un deber de conciencia defender los derechos humanos con razones políticas y medios legales posibles. Por tanto, los consejos del Apóstol con el fin de hacer de los cristianos unos ciudadanos ejemplares no pueden absolutizarse para aplicarlos sin discernimiento en cualquier caso.
En continuidad con esta doctrina la Iglesia también enseña que «la sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2240).
▲ COMENTARIO
Rm 13,8-14
Los vv. 8-10 vuelven a la enseñanza de Jesús (cfr Mt 22,36-40): el amor es la plenitud de la Ley. Esto no significa que cualquier otra norma moral quede anulada. «Los fieles están obligados a reconocer y respetar los preceptos morales específicos, declarados y enseñados por la Iglesia en el nombre de Dios, Creador y Señor. Cuando el apóstol Pablo recapitula el cumplimiento de la Ley en el precepto de amar al prójimo como a sí mismo, no atenúa los mandamientos, sino que, sobre todo, los confirma, desde el momento en que revela sus exigencias y gravedad. El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables de la observancia de los mandamientos de la Alianza, renovada en la sangre de Jesucristo y en el don del Espíritu Santo» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 77).
Como exhortación final (vv. 11-14), Pablo invita a mantenerse vigilantes, siendo «conscientes del momento presente» (v. 11), es decir, sabedores de que Cristo ya ha obrado la salvación y que vendrá al final de los tiempos para llevar todo a plenitud. Jesucristo, que vino al mundo por la Encarnación, viene también a cada hombre por la gracia y vendrá al final de los tiempos como Juez. Alzándose como el sol, ahuyentó las tinieblas del error, y va disipando los restos de oscuridad que quedan en las almas a medida que impregna más los corazones. Por eso, comenta Teodoreto de Ciro, «se llama “noche” a la época de la ignorancia y “día” al tiempo después de la llegada del Señor» (Interpretatio in Romanos, ad loc.). La Iglesia utiliza este texto paulino en la liturgia de Adviento para prepararnos a la venida definitiva de Cristo, al tiempo que cada año celebra su Nacimiento.
▲ COMENTARIO
Rm 14,1-15,13
Las comidas fraternales fueron frecuentes en las primitivas comunidades y estaban en relación con la celebración de la Eucaristía (cfr 1 Co 11,17-22 y nota); de ahí la relevancia que podía tener, en la práctica, la cuestión de alimentos lícitos o no. Es probable que entre los primeros evangelizadores de Roma se encontraran algunos de Jerusalén que seguían las prescripciones mosaicas y tradiciones judías —sobre el régimen alimentario, la observancia del calendario judaico, de los sábados y otras fiestas—, y que pudieron influir en quienes se convertían al cristianismo. En cambio, otros cristianos que venían del paganismo no se consideraban obligados a ellas, pues sabían que Jesucristo les había liberado de las observancias de la Ley. Los «fuertes» parecen designar a cristianos persuadidos de poder tomar cualquier alimento ordinario en su medio social. Los «débiles» eran aquellos que —cualquiera que fuese su origen, judaico o gentil— mantenían reparos a tomar alimentos considerados impuros. En cualquier caso, no se trataba de grupos o facciones dentro de la comunidad de Roma al modo de los que se produjeron en Corinto (cfr 1 Co 1,10-17).
Pablo enseña que el criterio que debe presidir es el amor y respeto mutuo: hay que ponerse en las circunstancias del prójimo (14,1-12), evitar siempre el escándalo (14,13-23) y seguir en todo el ejemplo de Cristo (15,1-13), acogiéndose con comprensión unos a otros (cfr 15,7). Es en definitiva una catequesis que «nos enseña también a tratar los casos de conciencia a la luz de nuestra relación con Cristo y con la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1971).
▲ COMENTARIO
Rm 14,1-12
Al parecer, los «fuertes» menospreciaban a los «débiles», y éstos se escandalizaban de la libertad de espíritu de los otros y los juzgaban mal. El Apóstol se dirige paternalmente a todos, exhortando a los débiles a no juzgar temerariamente a los fuertes, y apelando a los fuertes para que no despreciaran a los débiles. Unos y otros faltaban a la caridad. Todos debían respetar la libertad de los demás.
El Apóstol da razones teológicas para el ejercicio de la caridad y libertad fraternas (vv. 7-9): ningún cristiano vive o muere para sí mismo, sino que vive y muere también para Dios, al que dará cuenta (vv. 10-12). En este sentido comenta San Juan Crisóstomo: «Tenemos un Dios que quiere que vivamos y que no desea que muramos, y ambas cosas le interesan más a Él que a nosotros» (S. Juan Crisóstomo, In Romanos 25,3). Y San Gregorio Magno, por su parte, señala: «Los santos, pues, no viven ni mueren para sí. No viven para sí porque en todo lo que hacen buscan ganancias espirituales, pues orando, predicando y perseverando en las buenas obras, desean aumentar los ciudadanos de la patria celestial. Ni mueren para sí, porque, ante los hombres, glorifican con su muerte a Dios, al cual se apresuran a llegar muriendo» (Homiliae in Ezechielem 2,9,16).
▲ COMENTARIO
Rm 14,13-23
Estos versículos son una llamada a la ayuda fraterna para la «edificación mutua» y «la paz» (v. 19), y evitar el escándalo, no sólo con acciones malas, sino con actos de suyo indiferentes pero que pueden confundir a otros. Evitar lo que pueda servir de escándalo no quiere decir que debamos obrar en contra de nuestra conciencia. Jesucristo mismo hubo de enfrentarse con el escándalo de los fariseos (cfr Mt 15,14): era un falso escándalo, que buscaba contradicciones para no aceptar la verdad.
Jesús, al declarar puros todos los alimentos, señaló que «las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre» (Mc 7,15; cfr Mt 15,16-20). El Apóstol aplica la enseñanza de Cristo (vv. 22-23) y afirma que «nada hay impuro en sí mismo» (vv. 14 y 20). Por tanto, la conducta de los «fuertes» es lícita; sin embargo, se volvería mala si produce escándalo a los hermanos (cfr vv. 20-21; 1 Co 8,9-13). Y añade: «Todo lo que no es conforme a la fe es pecado» (v. 23). «Fe» designa aquí el juicio de la conciencia, que es la norma inmediata de actuación; pero su dominio no es absoluto: alguien puede obrar el mal con la conciencia de estar haciendo el bien: es la conciencia «cierta», pero «errónea». Por eso, debemos esforzarnos por formar la conciencia recta, para buscar y seguir la voluntad divina expresada en la revelación; y si nos apercibimos de error, rectificar cuanto antes.
▲ COMENTARIO
Rm 15,1-13
La razón por la que los fuertes deben ayudar a los débiles, sin complacerse en sí mismos (v. 1), se fundamenta en el ejemplo de Cristo, que «no buscó su complacencia» (v. 3), sino que llevó nuestros pecados en su cuerpo y nos curó en sus heridas (cfr 1 P 2,24; Is 53,5-6). Jesucristo murió para que todos «con un mismo sentir» (v. 5) diésemos gloria a Dios. Y aunque Cristo se dirigió primero a los judíos, acogió también a los gentiles. Con su vida da cumplimiento a las promesas hechas a los hebreos de que también los gentiles glorificarían a Dios. Manifiesta así la fidelidad de Dios a sus promesas (v. 8) y su misericordia con todos: sus bendiciones llegan también a quienes no pertenecen a Israel según la carne. Aquí Pablo aporta testimonios de los Profetas, la Ley y los Escritos, las tres agrupaciones judías de la Sagrada Escritura (vv. 9-12).
La enseñanza es clara: se trata de vivir la caridad con los mismos sentimientos de Cristo Jesús (cfr Flp 2,5-8), hasta amar a los demás como los ama Él (cfr Jn 13,34-35; 15,12-13; 1 Jn 3,15; 4,11; Ef 5,1-2), sin excluir a nadie: «Mirad constantemente a Jesús que, sin dejar de ser Dios, se humilló tomando forma de siervo para poder servirnos, porque sólo en esa misma dirección se abren los afanes que merecen la pena. El amor busca la unión, identificarse con la persona amada: y, al unirnos a Cristo, nos atraerá el ansia de secundar su vida de entrega, de amor inmensurable, de sacrificio hasta la muerte. Cristo nos sitúa ante el dilema definitivo: o consumir la propia existencia de una forma egoísta y solitaria, o dedicarse con todas las fuerzas a una tarea de servicio» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 236).
▲ COMENTARIO
Rm 15,14-16,27
Como epílogo explica San Pablo por qué ha escrito a los fieles de Roma (15,14-21), expone sus planes futuros (15,22-33) y termina con una larga y afectuosa lista de recomendaciones y saludos (16,1-24). Las últimas palabras son una alabanza a Dios, por Jesucristo (16,25-27). Concluye así su carta como la había empezado: en el nombre de Dios y de Jesucristo.
▲ COMENTARIO
Rm 15,14-21
La parte moral se había iniciado con la exhortación a los destinatarios para que se ofrecieran como sacrificio agradable a Dios (12,1). Ahora Pablo termina explicando que la carta responde al ministerio que Cristo le ha encomendado: anunciar el Evangelio a los gentiles (cfr 1,5) para transformarlos en ofrenda grata a Dios. Si anteriormente sólo el pueblo judío podía ser considerado un pueblo sacerdotal (cfr Ex 19,5-6), después de Cristo también los gentiles son ofrenda «grata, santificada en el Espíritu Santo» (v. 16). Ésa es la misión que ha recibido el Apóstol, eso es lo que él ha hecho desde Jerusalén hasta las regiones de Iliria (ribera oriental del Adriático) (v. 19) y ésa es la razón por la que escribe a los de Roma (vv. 14-17) y se propone viajar a Hispania (15,24.28-29).
▲ COMENTARIO
Rm 15,22-33
Pablo considera que su actividad en Oriente ha logrado ya frutos estables. Ahora prepara su viaje a Occidente, a Hispania, a las regiones donde aún no ha sido anunciado el Evangelio (cfr 15,20). Para ello cuenta con la ayuda de los fieles de Roma (v. 24), adonde piensa ir después de llevar a Jerusalén la colecta realizada en Macedonia y Acaya (vv. 25-27; cfr 2 Co 8,1-9,15). Ruega a los romanos que le ayuden con sus oraciones para realizar el plan (vv. 30-33), «porque muchos pequeños —señala el autor de una obra durante siglos atribuida a San Ambrosio—, cuando se juntan unánimes para rezar, son muy grandes: y es imposible que no sean escuchadas las oraciones de muchos» (Ambrosiaster, Ad Romanos, ad loc.).
Los primeros cristianos se consideraban unidos por el vínculo de la caridad y de la común llamada a la santidad: por esto no dudaban en llamarse «santos» (v. 25; cfr 1,7; Hch 9,13; 1 Co 1,2; Hb 3,1; 13,24; Jds 3; etc.).
▲ COMENTARIO
Rm 16,1-23
La larga lista de afectuosos saludos pone de manifiesto que los primeros cristianos constituían una gran familia y que realmente se consideraban y se trataban como «hermanos». Eran personas de todas las clases sociales, unidas por la misma fe y el vínculo de la caridad: «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 30).
Por los nombres que se mencionan se deduce que había entre ellos gentes de diversas regiones y culturas y de diversa condición social. No son difíciles de reconocer nombres griegos, latinos y hebreos. Los saludos mencionan hasta veintisiete personas: algunas aparecen en otros escritos del Nuevo Testamento, la mayoría sólo aquí. Recomendación detenida hace de Febe (vv. 1-2), portadora de la carta, que estaba al servicio de la comunidad de Céncreas, puerto oriental de Corinto. De aquí se deduce que fue en esta ciudad donde Pablo escribió la carta.
La advertencia de los vv. 17-18 se refiere probablemente a judaizantes, que hacían alarde de religiosidad y predicaban un estilo de vida que presentaban más perfecto.
Algunos manuscritos añaden el v. 24: «Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros. Amén».
▲ COMENTARIO
Rm 16,25-27
A diferencia de otras cartas, San Pablo termina ésta con una doxología a Dios omnipotente y sabio por medio de Jesucristo. Un papiro muy antiguo la coloca en 15,33; otros manuscritos la ubican al final del cap. 14, repitiéndola también como conclusión de la epístola. Estos cambios se debieron a la lectura litúrgica de la carta que prescindía a veces de los caps. 15 y 16, por ser de un carácter más personal.