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Hch 21,1-28,31

Con la llegada a Jerusalén comienza la última parte del libro en la que se describe la cautividad del Apóstol. Éste, según el anuncio del Señor (23,11), será, desde ahora, prisionero y testigo de Cristo y del Evangelio. Se narra con detalle su viaje, como prisionero, hasta Roma. Desde la Urbe queda abierto el camino del Evangelio a todo el mundo.

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Hch 21,1-23,21

De esta última estancia de Pablo en Jerusalén, Lucas recuerda la acogida alegre por parte de los cristianos (21,17), pero también el encono con que le perseguían algunos judíos (21,27-28). Las circunstancias adversas le sirven a Pablo para hacer una apología de su actuación, que lo es también del Evangelio (22,1-21). La cerrazón de los acusadores parece que le puede llevar a la muerte, pero todo es providencia del Señor, que le tiene destinado para llevar el Evangelio a los gentiles y a Roma (22,21; 23,11).

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Hch 21,1-14

San Pablo, como hizo Jesús en su vida terrena, marcha con determinación hacia Jerusalén sabedor de lo que allí iba a acontecer. Las palabras y avisos del Espíritu Santo (vv. 4.11; cfr 20,23) refuerzan en Pablo la prontitud para aceptar la voluntad divina y soportar las dificultades que se le anuncian (v. 13; cfr 20,23-24). La serenidad del Apóstol contrasta con la turbación, explicable por el afecto, de quienes le rodean. Una larga vida de entrega y olvido de sí mismo ha hecho posible la calma sobrenatural en los momentos decisivos. «La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 758).

El ejemplo de Pablo logra impresionar a los discípulos y les mueve a aceptar lo que Dios haya dispuesto, con una expresión que recuerda las palabras de Jesús en Getsemaní (v. 14; cfr Lc 22,42): «Está el todo o gran parte —escribe Santa Teresa de Jesús— en perder cuidado de nosotros mismos y de nuestro regalo, que quien de verdad comienza a servir al Señor lo menos que le puede ofrecer es la vida; pues le ha dado su voluntad, ¿qué teme?» (Camino de perfección 12,1).

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Hch 21,15-26

Pablo y sus acompañantes son recibidos por Santiago —probablemente, el pariente del Señor—, cabeza de la iglesia de Jerusalén por aquellos años (cfr 12,17; 15,13; 1 Co 15,7; Ga 1,19), y por los presbíteros que le asisten en el gobierno y atención espiritual de la comunidad (v. 18). Como Lucas suele distinguir entre presbíteros y apóstoles, se puede pensar que los demás Apóstoles, incluido Pedro, habían abandonado la Ciudad Santa. Quienes estaban al frente de la Iglesia en Jerusalén se alegran del éxito del apostolado de Pablo (v. 20), pero también son conscientes de los rumores que corren en torno a su labor (v. 21). Éstos tienen una base real, porque el Apóstol considera secundaria la Ley mosaica en orden a conseguir la salvación y no concede a la circuncisión carácter necesario (cfr Rm 2,25-29; Ga 4,9; 5,11). Pero la acusación que contienen es injusta. Pablo nunca exhortó a los cristianos de origen judío a omitir la circuncisión de sus hijos, y él mismo se ocupó de que Timoteo fuera circuncidado (cfr 16,3). En Corinto se había mostrado defensor de que las mujeres, según la costumbre judía, usaran velo en las funciones de culto (cfr 1 Co 11,2-16); etc. «Calumniaban a Pablo no los que entendían el espíritu con el que debían conservarse estas costumbres por los fieles judíos, es decir, como un homenaje a la autoridad divina y a la santidad profética de esos signos y no para lograr la salvación, que había sido revelada con Cristo y administrada mediante el sacramento del Bautismo. Los que le calumniaban eran aquellos que querían observar tales prácticas como si no hubiera sin ellas salvación para los creyentes en el Evangelio» (S. Beda, Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).

Sin embargo, como medida de prudencia (vv. 23-24), los cristianos de Jerusalén aconsejan a Pablo que haga una muestra pública de pleitesía a la Ley y tradiciones venerables, consistente en unirse y sufragar ciertos gastos del voto de cuatro hombres. No se dice qué clase de voto es; puede estar relacionado con el de nazareato (cfr 18,18; Nm 6,1-21). El v. 25 es algo desconcertante porque se ha dicho antes que fueron precisamente Pablo y Bernabé quienes llevaron esta carta a las iglesias (cfr 16,4): tal vez Santiago se refiere a los gentiles no evangelizados por Pablo.

En el v. 18 acaba el uso de la primera persona del plural, que no se reanuda hasta el relato del viaje a Roma (27,1).

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Hch 21,27-40

Unos judíos venidos de la provincia romana de Asia (v. 27), probablemente de Éfeso (cfr v. 29), para la fiesta de Pentecostés (cfr 20,16) soliviantan a la multitud contra Pablo. Le acusan, falsamente, de profanar el Templo por haber introducido en él a unos paganos. La ley judía castigaba con pena de muerte a cualquier gentil que traspasara el pequeño muro que separaba el atrio de los gentiles de los atrios interiores, pero como dice el texto (v. 29), Pablo no había introducido a Trófimo en el Templo. En el tono general, las acusaciones que vierten contra el Apóstol (v. 28) son muy semejantes a las lanzadas en su día contra el Señor (cfr Mt 26,61; 27,40) y contra Esteban (cfr 6,11-14).

La intervención de los soldados romanos libra a Pablo de una muerte cierta (vv. 31-36). El cabecilla egipcio (v. 38) es mencionado también por el historiador judío Flavio Josefo (De bello iudaico 2,261-263). Los «sicarios» eran llamados así por llevar un puñal (sica en latín); junto con los zelotas serían, años después, los más violentos en la guerra contra Roma. El Apóstol confía una vez más en la palabra llena de la fuerza de Dios, y no se conforma con reproches ni silencios (vv. 39-40), porque sabe que «la verdad no se predica con espadas y lanzas, ni por medio de soldados, sino con la persuasión y el consejo» (S. Atanasio, Historia Arianorum 33).

Con el episodio del arresto de Pablo se inicia un nuevo argumento que Lucas describirá con detalle: la prisión del Apóstol (21,33-22,29), su procesamiento en Jerusalén y Cesarea (caps. 23-26), y el viaje a Roma (27,1-28,16) para comparecer ante el tribunal imperial. A partir de este momento Pablo no será tanto el misionero y fundador infatigable de iglesias como el testigo encadenado del Evangelio. Pero también en las nuevas circunstancias continúa su tarea de anunciar a Cristo.

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Hch 22,1-21

Lucas refiere el discurso de Pablo a los judíos de Jerusalén: es la primera de las tres defensas personales (cfr 24,10-21; 26,1-23) en las que el Apóstol procura mostrar que el cristianismo no merece la hostilidad judía ni el recelo romano. Se presenta a sus oyentes como lo que es: un judío lleno de respeto hacia su pueblo y sus tradiciones sagradas. Desea vivamente que sus hermanos de raza comprendan que si ahora sigue a Jesús hay motivos decisivos e irresistibles que le han movido a ello: «Muchos —dice Orígenes— han venido al cristianismo como si fuera contra su voluntad, pues cierto espíritu, apareciéndoseles en sueños o despiertos, mudó súbitamente su mente y, de odiar al Verbo, pasaron a morir por Él» (Contra Celsum 1,46).

El discurso no es, sin embargo, una apología propiamente dicha. Su intención principal no es responder a las acusaciones de sacrilegio, sino aprovechar la ocasión para dar testimonio de Jesucristo, cuyos mandatos legitiman su propia conducta. Las palabras de Pablo son en realidad un llamamiento a los oyentes para que escuchen y obedezcan la voz del Señor.

En el relato de su vocación camino de Damasco, hay algunas peculiaridades respecto de los otros dos (9,3-19; 26,9-18). Así, por ejemplo, Pablo especifica que la visión sucedió al mediodía, y que Jesús se llama a sí mismo «Nazareno». De todas formas, lo más significativo es que el Apóstol recuerda ahora su regreso a Jerusalén —a los tres años de su conversión (cfr Ga 1,18)— y menciona deliberadamente su costumbre de orar en el Templo. Habla de un éxtasis y de una visión de Jesús (vv. 17-21) en la que le encomienda la misión a los gentiles. Es significativo que la visión del Señor no tenga por fin consolar, sino encargar una empresa: «Siempre hemos visto que los que más cercanos anduvieron a Cristo nuestro Señor fueron los de mayores trabajos: miremos los que pasó su gloriosa Madre y los gloriosos apóstoles. ¿Cómo pensáis que pudiera sufrir San Pablo tan grandísimos trabajos? Por él podemos ver qué efectos hacen las verdaderas visiones y contemplación, cuando es de nuestro Señor y no imaginación o engaño del demonio. ¿Por ventura escondióse con ellas para gozar de aquellos regalos y no entender en otra cosa? Ya lo veis, que no tuvo día de descanso, a lo que podemos entender, y tampoco le debía tener de noche, pues en ella ganaba lo que había de comer» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 7,4,5).

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Hch 22,22-29

La práctica judicial romana preveía la aplicación de azotes como medio para conseguir la confesión de sospechosos y esclavos. Al hacer valer Pablo su condición de ciudadano romano —como en Filipos (cfr 16,37), aunque ahora se anticipa a las intenciones de sus captores y evita la flagelación—, es posible que el tribuno convoque al Sanedrín (22,30) simplemente para informarse de los motivos de acusación contra el Apóstol.

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Hch 22,30-23,11

En varias ocasiones en el libro de los Hechos, Lucas se complace en relatar cómo la actuación de Pablo y lo que le sucede tiene, de algún modo, un paralelismo con lo que le ocurrió a Jesús. A propósito de esta acusación ante el Sanedrín recuerda que Pablo, lo mismo que Jesús (Jn 18,22), recibió una bofetada por orden del sumo sacerdote por decir la verdad (v. 2). Este sumo sacerdote, Ananías, no debe confundirse con Anás (4,6). Ananías fue nombrado sumo sacerdote el año 47, destituido hacia el 58 y asesinado el 66 por judíos contrarios a Roma. Flavio Josefo dice que tenía un temperamento colérico e insolente (Antiquitates iudaicae 20,199).

Sin embargo, el proceso cobra desde ese momento un talante distinto en los dos casos: Jesús no contestó a las acusaciones que sobre Él se hicieron; Pablo, en cambio, introduce un tema polémico (v. 6) entre los miembros del tribunal que le permite salir indemne, porque Dios le tiene reservada otra misión: dar testimonio del Evangelio en Roma (v. 11).

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Hch 23,12-21

Ciegos en su fanatismo, algunos judíos se juramentan para eliminar a Pablo, «pero no hay sabiduría, prudencia ni consejo contra Dios (…). Y aunque éstos tramen planes, se juramenten y tramen insidias, el Apóstol será protegido para que, tal como se le ha dicho, rinda testimonio de Cristo en Roma» (S. Beda, Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.). En otras ocasiones, los Apóstoles son liberados de la prisión de forma extraordinaria. Ahora Dios se sirve de medios humanos, como las relaciones familiares, para hacer que Pablo cumpla el proyecto para el que ha sido destinado. Ambos procedimientos son providencia divina.

No tenemos más datos sobre la hermana y el sobrino de Pablo. En la Carta a los Romanos (16,7.11) el Apóstol menciona a otros parientes.

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Hch 23,22-28,31

Es la última sección del libro. Lucas describe con minuciosidad tanto el proceso de Pablo como su viaje hasta Roma. A lo largo de las páginas, el lector va comprobando que todos los personajes que oyen o juzgan a San Pablo afirman su inocencia de las acusaciones que se le imputan: el cristianismo es una religión que no va contra los principios constitucionales del Imperio romano.

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Hch 23,22-35

Lucas narra escuetamente de qué manera Pablo pasa a ser juzgado según el derecho romano. Las noticias que recoge tanto del proceso judicial como de los personajes que intervienen en él —Félix, Festo, etc.— se corresponden con lo que sabemos de la época a través de los documentos profanos.

Félix era procurador o prefecto de Judea desde el año 52. Era un liberto, que había llegado excepcionalmente a un alto cargo, pero que, en frase de Tácito, «ejercía poder de un rey con mente de esclavo» (Historiae 5,9). Deshizo varias revueltas, pero su dureza excesiva en la represión provocó su relevo en el 60 (cfr 24,27). La carta del tribuno Claudio Lisias (vv. 25-30) es el único documento epistolar profano del Nuevo Testamento. Antípatris estaba a medio camino entre Jerusalén y Cesarea. Félix actúa según el derecho romano. Podía haber remitido el caso al legado de la provincia de Siria, a la que entonces pertenecía la región de Cilicia, patria de Pablo, pero prefirió retenerlo.

El «pretorio de Herodes» (v. 35) era un palacio construido por Herodes el Grande en Cesarea la Marítima, utilizado más tarde como residencia del prefecto romano de Judea.

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Hch 24,1-27

Enviado a Cesarea por el tribuno Lisias, Pablo se somete a la jurisdicción romana. Los judíos no conseguirán que sea juzgado por el Sanedrín. La causa del Apóstol se va a desarrollar conforme al procedimiento romano denominado «cognición extraordinaria», que se extendió también al ámbito penal, y que acabó por suplantar definitivamente el procedimiento ante los «tribunales permanentes» (quaestiones perpetuae) en el siglo II d.C. La principal característica que diferenciaba esta cognición extraordinaria del procedimiento anterior de los tribunales permanentes era que la actividad de cognición la realizaba el emperador o, en su nombre, un magistrado encargado o funcionario imperial asistido por un consejo. Otra diferencia consistía en que este nuevo procedimiento se basaba en el principio inquisitivo, no en el acusatorio propio del anterior, lo que permitía al magistrado gozar de amplias facultades para encauzar y enjuiciar la causa; incluso podía modificar la pena en razón de la mayor o menor gravedad del caso.

El libro de los Hechos de los Apóstoles, en sus caps. 24 y 25, es precisamente una fuente importante para el conocimiento de la cognición extraordinaria en causas criminales, cuyas diversas actuaciones procesales recoge con gran precisión. Nos informa, en efecto, sobre la denuncia de los judíos contra Pablo (cfr 23,35; 24,1); emplea el vocabulario técnico correcto para referirse a la audiencia del caso realizada por el juez en el tribunal (cfr 25,6.17); menciona el consejo que asiste al magistrado (cfr 25,12); describe con cierto detalle las alegaciones, y deja ver la discrecionalidad de que gozaban los magistrados Félix y Festo en la dirección de la causa y enjuiciamiento de los hechos.

En su discurso de defensa (vv. 10-21), San Pablo pone de manifiesto (vv. 14-16) que no puede entenderse el cristianismo como una simple secta del judaísmo. Además, proclama la legitimidad de todas sus obras, que de ninguna manera atentan contra la autoridad civil sobre sus ciudadanos: «Los cristianos —escribirá Tertuliano— no son enemigos de nadie y mucho menos del emperador. Saben en efecto que el mismo Dios le ha constituido en su cargo, y por eso necesariamente le aman, respetan, honran y desean verlo salvo junto con todo el Imperio hasta el fin de los tiempos» (Liber ad Scapulum 2).

Después (vv. 24-27), se narra la comparecencia de Pablo ante Félix y Drusila (v. 24). Ésta era hija de Herodes Agripa I (cfr 12,1s.). Había abandonado a su marido legítimo para unirse con el procurador romano. Es admirable la valentía de Pablo, hablando de justicia, castidad y juicio futuro (v. 25) ante aquel matrimonio de concubinarios: «Observad que, admitido a coloquio con el gobernador, Pablo no le dice nada de lo que hacía falta decir para influirle y ablandarle, sino que le dirige palabras que le asustan y turban sus pensamientos» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 51). Félix (v. 26) esperaba quizá beneficiarse del dinero de la colecta traído por Pablo a Jerusalén y mencionado por éste en su discurso de defensa (v. 17).

Algunos manuscritos antiguos añaden (v. 7): «Nosotros queríamos juzgarlo según nuestra ley, pero se presentó el tribuno Lisias con muchas fuerzas, y lo arrebató de nuestras manos, mandando a los acusadores venir ante ti».

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Hch 25,1-12

La venalidad de Félix ha quedado manifiesta poco antes (cfr 24,26-27); ahora el proceso sigue con su sucesor Porcio Festo. Las fuentes profanas nos indican que Festo fue un buen gobernante en los dos o tres años en los que estuvo de gobernador de Judea, hasta su muerte en el 62. En el texto queda sugerida esta actitud imparcial de Festo. El gobernador no piensa ceder al tribunal judío la jurisdicción sobre el reo. Pero su prudencia política le mueve a tener en cuenta parcialmente las peticiones de los acusadores y conceder al Sanedrín una voz en el proceso. Por lo demás, Festo podía designar al Sanedrín como consilium. Éste es el sentido de su invitación a Pablo para que acceda a ser juzgado en Jerusalén (v. 9).

En realidad, la pregunta del gobernador es retórica, pues con ella se limita a informar al acusado de lo que ya ha decidido. Pablo advierte las intenciones de Festo y apela al César para evitar un juicio en condiciones desfavorables. El derecho de apelar (provocare) a quien tiene la majestad, cuando un ciudadano romano consideraba que un magistrado había utilizado abusivamente o con arbitrariedad su potestad coercitiva, se encuentra en la entraña misma de la mentalidad romana y se consideraba una garantía y manifestación de su libertad política. No debe confundirse esta apelación con la impugnación de sentencias, llamada técnicamente apellatio, pues Pablo todavía no había sido condenado.

Las incidencias legales, previstas por la providencia, cooperan a que Pablo cumpla la tarea que Dios le ha reservado y que el Señor le había predicho (cfr 23,11): «Apela al César y corre hacia Roma para insistir por más tiempo aún en la predicación, de modo que pueda ir a Cristo coronado con los muchos que van a creer ahora y con todos los demás» (S. Beda, Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).

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Hch 25,13-27

Herodes Agripa II era hijo de Herodes Agripa I (cfr nota a 12,1-19), biznieto, por tanto de Herodes el Grande. Nació el año 27. Como su padre, había conseguido el favor de Roma y recibido varios territorios al norte de Palestina, que se le permitían gobernar con el título de rey. Berenice era su hermana.

Las palabras de Festo, en las dos ocasiones en las que se dirige al rey (vv. 14-21; 24-27), muestran que ninguna de las acusaciones que se hacen contra Pablo tiene fundamento alguno. La contestación de Agripa (v. 22) recuerda de alguna manera una escena semejante: el deseo que había tenido el hermanastro de su abuelo, Herodes Antipas, de ver a Jesús (cfr Lc 9,9; 23,8). Los comentadores no han dejado de notar la acción de la providencia en todo este proceso: «La conversación con el gobernador hace nacer en el corazón de Agripa un vivo deseo de oír a Pablo, y Festo le concede esta satisfacción (…). Tal es el efecto de todas las maquinaciones urdidas contra él. Sin ellas ningún juez se habría dignado escuchar semejantes cosas y nadie le habría atendido con esta gran calma y este profundo silencio» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 51,4).

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Hch 26,1-23

En el discurso ante Agripa, Pablo narra de nuevo las circunstancias de su vocación. La llamada y misión del Apóstol (vv. 16-18) se describen de modo semejante a la vocación de los profetas de Israel (cfr Ez 2,1; Is 42,6s.). Dios da a conocer con majestad su designio, en forma de un incomparable requerimiento que modifica radicalmente la existencia del elegido. Sin embargo, esta descripción tiene un matiz propio, ya que San Pablo es «testigo» (v. 16) como lo eran los Once Apóstoles (cfr 1,8.22; 3,15; etc.).

En la segunda parte del discurso (vv. 19-23), Pablo expone los motivos de su conducta. Afirma ante los oyentes que no ha abrazado el cristianismo ciegamente, sino fundado en una profunda y razonable convicción. Explica su cambio interior como docilidad y obediencia a la voz divina que le ha hablado (v. 19). Lo ocurrido a Pablo se repite de modos diferentes —generalmente menos intensos y dramáticos— en la vida de cada hombre. El Señor nos llama y nos invita en determinados momentos a una nueva conversión que nos arranque del pecado o de la tibieza. Es necesario entonces saber oír la llamada y obedecerla. «Conviene que dejemos que el Señor se meta en nuestras vidas, y que entre confiadamente, sin encontrar obstáculos ni recovecos. Los hombres tendemos a defendernos, a apegarnos a nuestro egoísmo. Siempre intentamos ser reyes, aunque sea del reino de nuestra miseria. Entended, con esta consideración, por qué tenemos necesidad de acudir a Jesús: para que Él nos haga verdaderamente libres y de esa forma podamos servir a Dios y a todos los hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 17).

Del relato emerge también la diligencia con que Pablo ha procurado corresponder a la gracia que se le otorgó (cfr v. 22). La conducta del Apóstol queda así como ejemplo para todo cristiano: «La gracia del Espíritu Santo —escribe San Gregorio de Nisa— se concede a cada hombre con la idea de que debe aumentar e incrementar lo que recibe» (De instituto christiano). Es semejante al pensamiento expresado por Santa Teresa de Jesús cuando escribe que «es menester sacar fuerzas de nuevo para servir, y procurar no ser ingratos, porque con esa condición las da el Señor; que si no usamos bien del tesoro y del gran estado en que nos pone, nos lo tornará a tomar y quedarnos hemos muy más pobres, y dará Su Majestad las joyas a quien luzca y aproveche con ellas a sí y a los otros» (Vida 10,6).

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Hch 26,24-32

Festo, perplejo, juzga desvaríos las palabras de Pablo. Parece albergar cierta simpatía hacia el Apóstol pero no le comprende. Es la sabiduría divina que tantas veces parece locura a los ojos humanos (cfr 1 Co 2,6-16). «Consideraba locura que un hombre encadenado no hablara de las calumnias que le hostigan desde fuera sino de las convicciones que le iluminan por dentro» (S. Beda, Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).

El afán apostólico de Pablo que se trasluce en este episodio no ha dejado de encender el celo de quienes lo leen: «Admirad (…) el comportamiento de San Pablo. Prisionero por divulgar el enseñamiento de Cristo, no desaprovecha ninguna ocasión para difundir el Evangelio (…). El Apóstol no calla, no oculta su fe, ni su propaganda apostólica que había motivado el odio de sus perseguidores: sigue anunciando la salvación a todas las gentes. (…) ¿De dónde sacaba San Pablo esta fuerza? Omnia possum in eo qui me confortat! (Flp 4,13), todo lo puedo, porque sólo Dios me da esta fe, esta esperanza, esta caridad» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 270-271.).

Al final (vv. 30-32), se declara de nuevo la inocencia de Pablo por jueces imparciales. Sin embargo, declararlo inocente y liberarlo a pesar de haber apelado al César hubiera resultado ofensivo tanto a los judíos como al emperador.

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Hch 27,1-44

El relato del viaje marítimo de San Pablo (27,1-28,16) ha sido juzgado, por la precisión de su lenguaje, como un documento de primer orden para conocer la náutica antigua. Es exacto y detallado en sus pormenores. Los trazos, muy expresivos, y en primera persona del plural hasta el final del libro, recogen los recuerdos, y quizás las anotaciones, de un testigo presencial que acompañó al Apóstol en la singladura. La nave alejandrina en la que embarcaron (v. 6) debía de ser de las que transportaban trigo de Egipto a Roma. Eran anchas y pesadas, con mástiles y puente sobre la cubierta y escotillas de descenso a la bodega, donde también se refugiaban los pasajeros cuando hacía mal tiempo. En aquella época la navegación por alta mar se consideraba insegura a partir de mediados de septiembre, y quedaba suspendida desde primeros de noviembre hasta marzo. El «Ayuno», (v. 9) corresponde al gran día de la Expiación (cfr Lv 16,29-31) que, en el año 60, se debió de dar a finales de octubre. Pablo había sufrido ya entonces tres naufragios (cfr 2 Co 11,25); tenía, pues, experiencia sobre lo arriesgado del viaje, pero la mayoría (v. 12) puso esperanza en alcanzar un puerto más adecuado para invernar.

El relato resalta la especial providencia de Dios con Pablo (vv. 24.44) y la solícita preocupación del Apóstol por sus compañeros de viaje (vv. 34-36), no siempre correspondida por ellos (v. 42). Estas circunstancias han sido interpretadas en la Tradición de la Iglesia espiritualmente con una aplicación a la vida de los fieles: «¿Por qué Dios no salvó el navío del naufragio? Para que los ocupantes entendieran mejor la gravedad del peligro y que su salvación no era consecuencia de un auxilio humano sino del brazo de Dios, que les conservaba la vida después del hundimiento del barco. Así, los justos se encuentran bien en las tormentas y tempestades, en alta mar o en un golfo revuelto, porque están al abrigo de todo, y son incluso los salvadores de los demás. Sobre un navío en peligro de ser engullido por las aguas, los prisioneros encadenados y toda la tripulación deben su salvación a la presencia de Pablo. Aprende la ventaja de vivir en compañía de una persona piadosa y santa. Tempestades interiores más frecuentes y funestas nos baten en la brecha. Dios nos puede librar si somos tan inteligentes como los marineros y hacemos caso del consejo de los santos (…). Aunque estemos en medio de tempestades seremos librados de los peligros; aunque hubiéramos permanecido catorce días ayunos, permaneceremos con vida; aunque caigamos en tinieblas y oscuridad, si creemos en Él seremos liberados» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 53,4-5).

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Hch 28,1-10

El episodio pone en contraste el talante humanitario de los nativos, literalmente «bárbaros» (cfr vv. 2.10), con la superstición que guía sus reacciones (vv. 4.6). Con todo, lo que se relata de San Pablo es el mejor cumplimiento de las promesas del Señor: «A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes con las manos y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados» (Mc 16,17-18).

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Hch 28,11-16

Siracusa (v. 12) era la principal ciudad de Sicilia. Desde allí bordearon la costa oriental de la isla y atravesaron el estrecho de Mesina para llegar a Regio, donde hicieron escala de un día. Por fin, desembarcaron en Putéoli, que era el principal puerto del golfo de Nápoles (v. 13). Foro Apio y Tres Tabernas (v. 15) distaban de Roma 69 y 53 km respectivamente. Estaban en la Via Apia, que comunicaba la Urbe con el sur. No tenemos información sobre la comunidad cristiana de Roma en este tiempo, ni conocemos las circunstancias de su fundación. La tradición afirma que fue fundada por San Pedro, lo cual no obsta para que hubiera en Roma antes de su llegada otros cristianos (cfr 18,2), quizás algunos de los «forasteros romanos» (2,10) que estaban en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre la comunidad apostólica.

El texto (cfr vv. 14-16) nos habla del ambiente de fraternidad humana y sobrenatural que reinaba entre los cristianos. El afecto sincero de sus hermanos en Jesucristo hubo de alegrar inmensamente el corazón de Pablo y contribuir a un descanso que le había sido negado en los últimos meses. «El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 225-226.).

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Hch 28,17-28

Pablo debió de llegar a Roma hacia el año 61. Se le permitió ocupar un alojamiento propio. Disfrutó por tanto de la llamada custodia militaris —como detención preventiva antes del juicio—, que le exigía solamente mantenerse bajo la continua vigilancia de un soldado. Fiel a su costumbre misionera, Pablo se dirige inmediatamente a los judíos de Roma. El resultado de su predicación es el mismo que en otras ocasiones (v. 24; cfr 13,46; 18,6). Por eso, ante la repulsa por parte de muchos judíos, Pablo se proclama libre de la obligación que se impuso de anunciar primero el Evangelio a los hebreos (v. 28). Sus palabras sugieren que los cristianos han comprendido el sentido de las promesas hechas por Dios al pueblo elegido, y que ellos son realmente el verdadero Israel. Los discípulos de Cristo no han abandonado la Ley; son más bien los judíos quienes no han reconocido el camino por el que son nación elegida. «Nosotros somos el pueblo de Israel verdadero y espiritual —escribe San Justino—, la raza de Judá, y de Jacob, y de Isaac y de Abrahán, el que fue por Dios atestiguado viviendo aún incircunciso, el que fue bendecido y llamado padre de muchas naciones» (Dialogus cum Tryphone 11,5).

Algunos manuscritos añaden (v. 29): «Una vez dicho esto, los judíos se marcharon, discutiendo vivamente entre sí».

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Hch 28,30-31

El final aparentemente abrupto del libro señala en realidad que ya se ha cumplido la promesa del Señor a sus Apóstoles de ser sus testigos hasta los confines de la tierra (1,8). Para expresar la actitud de San Pablo en su labor evangelizadora, Lucas (v. 31) usa una «bella palabra, típicamente cristiana: “parrhesia”, simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2778).

«Permaneció dos años completos» (v. 30), literalmente «un bienio completo». No es claro si se refiere, como en 24,27, al plazo máximo previsto por el derecho romano para la espera del juicio. No sabemos exactamente lo que ocurrió al final de los dos años. En cualquier caso, Pablo fue puesto en libertad; pero San Lucas considera que aquí concluye la tarea que Dios le inspiró al emprender la redacción de su libro. «Si se me pregunta —observa San Juan Crisóstomo— por qué San Lucas, que ha permanecido con el Apóstol hasta su martirio, no ha prolongado su relato hasta ese momento, responderé que el libro de los Hechos, tal como lo poseemos, cumple perfectamente el propósito del escritor. Pues los evangelistas sólo se propusieron escribir lo más esencial» (In Acta Apostolorum 1).

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