▲ COMENTARIO
Hch 8,1-12,25
En esta parte se narra la dispersión de los cristianos que se habían diseminado a causa de la persecución y predicaban el Evangelio por Judea, Samaría y Siria. Jerusalén ha quedado estrecha y la Iglesia comienza a abrir sus puertas a los gentiles. Se nos habla de la conversión del etíope (8,26-39) y de la recepción del Bautismo por parte de numerosos samaritanos (8,14-17). Se narran con bastante detalle la vocación de Pablo, llamado a ser Apóstol de las gentes (9,15), y la conversión del centurión Cornelio (caps. 10-11), de extraordinario significado para la superación evangélica de las barreras étnicas. Termina con la muerte de Santiago, hermano de Juan, y la detención y liberación milagrosa de San Pedro.
▲ COMENTARIO
Hch 8,1-40
La expansión de la Iglesia por Samaría es el primer paso del cumplimiento de las palabras del Señor en la Ascensión (1,8). Los inicios de la propagación de la fe se asocian a la labor de Felipe, uno de los Siete (8,5-8), pero en el libro de los Hechos la plenitud en la recepción del Espíritu Santo se vincula siempre a los Apóstoles y a la unión con la iglesia madre de Jerusalén (8,14-17).
▲ COMENTARIO
Hch 8,1-4
La muerte de Esteban desata una persecución en Jerusalén. Ya que los Apóstoles, y una numerosa comunidad de creyentes, se quedan en la Ciudad Santa, muchos estudiosos piensan que la persecución se dirigía más bien a los cristianos «helenistas» (cfr 6,1-7 y nota). San Lucas no lo especifica; sabedor del puesto que desempeñará Pablo en la primitiva Iglesia, prefiere señalar, dos veces (vv. 1.3), el lugar que ocupa ahora en la persecución: «El Cristianismo ha estado demasiadas veces en lo que parecía un fatal peligro, como para que ahora nos vaya a atemorizar una nueva prueba (…). Son imprevisibles las vías por las que la Providencia rescata y salva a sus elegidos. A veces, nuestro enemigo se convierte en amigo; a veces se ve despojado de la capacidad de mal que le hacía temible; a veces se destruye a sí mismo; o, sin desearlo, produce efectos beneficiosos, para desaparecer a continuación sin dejar rastro. Generalmente la Iglesia no hace otra cosa que perseverar, con paz y confianza, en el cumplimiento de sus tareas, permanecer serena, y esperar de Dios la salvación» (John H. Newman, Biglietto Speech).
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Hch 8,5-8
Este Felipe no es el Apóstol (1,13) sino uno de los Siete, elegidos para la atención de los necesitados (6,5). El Evangelio rebasa las fronteras de Judea porque «en medio del infortunio, los cristianos continúan la predicación, en vez de descuidarla» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 18). El éxito de la predicación en Samaría es la primera consecuencia de la persecución: «La religión fundada por el misterio de la Cruz de Cristo no puede ser destruida por ningún género de crueldad. No se disminuye la Iglesia por las persecuciones, antes al contrario, se aumenta. El campo del Señor se viste entonces con una cosecha más rica. Cuando los granos que caen mueren, nacen multiplicados» (S. León Magno, In natali Apostolorum Petri et Pauli 6).
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Hch 8,9-13
Lucas aprovecha el episodio de Simón para mostrar la diferencia entre los genuinos milagros obrados por los discípulos en nombre y con el poder de Jesucristo, y los prodigios reales o fingidos de un impostor. «Igual que en los tiempos de Moisés, se marca también ahora la distinción entre unos prodigios y otros. La magia era practicada, pero resultaba fácil distinguir los verdaderos milagros (…). Los espíritus inmundos salían de gran número de posesos, con grandes voces. Éste era el signo de su expulsión. Los que practicaban magia hacían justamente lo contrario: reforzar las ataduras de los hombres posesos» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 18,3).
La magia, intento de dominar fuerzas ocultas, y la superstición, que busca efectos sobrenaturales con medios inadecuados, son manifestaciones de una religión desfigurada o corrupta. La religión natural es en sí misma una búsqueda legítima y necesaria de Dios, con el deseo de adorarle. Es purificada y completada por la revelación sobrenatural, que sale al encuentro de la inquietud religiosa de la criatura humana para elevarla y conducirla a buen término. De otro modo la religión, dejada a sí misma, puede caer en desviaciones estériles y perjudiciales. Esto es lo que parece sugerir el comportamiento de Simón a lo largo de estos episodios: cree, es bautizado y sigue a Felipe (v. 13), pero no entiende bien las dimensiones de la religión verdadera (8,18-19). Sin embargo, hay un resto de piedad en sus acciones, porque pide a los Apóstoles que rueguen al Señor por él (8,24). Sin la revelación, los hombres vamos «a tientas» (17,27). Esta dificultad por llegar a la plena verdad por parte de los paganos, fue notada por los primeros apologistas cristianos, ya fuera referida a la religión o al pensamiento: «Nuestra doctrina sobrepasa toda doctrina humana porque nosotros tenemos la totalidad del Verbo en Cristo que se nos manifestó, cuerpo, verbo y alma. Todos los principios justos que los filósofos y los legisladores descubrieron y expresaron los deben a lo que del Verbo hallaron y contemplaron parcialmente. Precisamente por no haber conocido al Verbo, que es Cristo, entraron muchas veces en contradicción consigo mismos» (S. Justino, Apologia 2,7,3).
«La Potencia de Dios, llamada la Grande» (v. 10) es una expresión de origen incierto. La credulidad ingenua de las buenas gentes samaritanas participaba de concepciones del tiempo, en que los dioses se mezclaban en las vicisitudes de los humanos. En cualquier caso, atribuían a Simón Mago esa potencia divina.
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Hch 8,14-25
Los Apóstoles guían también la primera expansión de la Iglesia fuera de Jerusalén (v. 14). La Tradición ha visto en los vv. 15-17 una primera manifestación del sacramento de la Confirmación: «Los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo (cfr Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué en la Carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la imposición de las manos (cfr Hb 6,2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la Tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (Pablo VI, Divinae consortium naturae).
Pedro y Juan no actúan en virtud de una fuerza independiente que posean o controlen, sino en dependencia del poder divino (vv. 15.17). Los cristianos alcanzan los milagros mediante la súplica a Dios y nunca por gestos o fórmulas mágicas. San Lucas señalará de nuevo las diferencias entre el milagro cristiano y la magia al narrar los episodios del mago Elimas (13,6ss.), la adivina de Filipos (16,16ss.) y los hijos del sacerdote Esceva (19,13ss.).
La propuesta de Simón, que ofrece dinero a cambio de la capacidad para transmitir el Espíritu (vv. 18-19), ha originado el término simonía para designar el comercio con las cosas santas: «La simonía (cfr Hch 8,9-24) se define como la compra o venta de las realidades espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotados a los apóstoles, Pedro le responde: “Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero” (Hch 8,20). Así se ajustaba a las palabras de Jesús: “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10,8; cfr Is 55,1). Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un posesor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de Él» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2121). No es simonía, sin embargo, que los ministros del culto acepten una razonable limosna para su propio sostenimiento o el del culto, pues no se trata de un precio del fruto espiritual, sino de una lógica ayuda. Jesucristo enseña que el apóstol necesita de un salario (cfr Lc 10,7), y lo mismo escribe San Pablo (cfr 1 Co 9,14). cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2122.
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Hch 8,26-40
El bautismo del funcionario etíope es un jalón relevante en la historia de la expansión del cristianismo. En el episodio se condensan los pasos de la actividad apostólica: el discípulo de Cristo, movido por el Espíritu (cfr vv. 29.39), obedece con prontitud a su mandato, predica con la Sagrada Escritura –como hizo Jesús con los discípulos de Emaús (Lc 24,27)– y administra el Bautismo.
Tras el mandato del ángel a Felipe, viene la presentación del funcionario. Etiopía indica el reino de Nubia, que se extendía al sur de Egipto, más allá de Asuán, la primera catarata del Nilo. Actualmente comprende parte de Sudán y Etiopía. Candace no era el nombre personal, sino el dinástico de las reinas de aquel país, que en ese tiempo era gobernado por mujeres (cfr Eusebio, Historia ecclesiastica 2,1,13). El término «eunuco», como su equivalente en hebreo, se utilizaba a menudo independientemente de su significado corporal, y podía ser aplicado a cualquier funcionario de la corte (cfr p. ej. Gn 39,1; 2 R 25,19). En este caso, el interlocutor de Felipe era un alto cargo, equivalente a ministro de finanzas. No sabemos si era judío de raza o prosélito —judío no de raza sino de religión—, o un «temeroso de Dios», pagano simpatizante de la religión judía. El libro del Deuteronomio (Dt 23,2) prescribía que ningún eunuco podía pertenecer a la asamblea del pueblo de Israel; en cambio, el libro de Isaías (Is 56,1-8) anunciaba que, en la salvación definitiva, Dios convocaría también a eunucos y extranjeros para su asamblea. Quizás esté aquí el sentido del pasaje: la salvación definitiva llega a los confines de la tierra (cfr 1,8), también a los que antes estaban excluidos de la asamblea del Señor.
Con el diálogo entre Felipe y el eunuco (vv. 30-35) se pone de manifiesto la importancia de la Sagrada Escritura para la evangelización. También señala la necesidad de una guía para su interpretación: «El mismo Nuevo Testamento se declara conforme al Antiguo Testamento, y proclama que en el misterio de la vida, muerte y resurrección de Cristo las Sagradas Escrituras del pueblo judío han encontrado su perfecto cumplimiento. Por otra parte, es necesario observar que el concepto de cumplimiento de las Escrituras es complejo, porque comporta una triple dimensión: un aspecto fundamental de continuidad con la revelación del Antiguo Testamento, un aspecto de ruptura y otro de cumplimiento y superación. (…) El misterio pascual de Cristo es plenamente conforme –de un modo que no era previsible– con las profecías y el carácter prefigurativo de las Escrituras; no obstante, presenta evidentes aspectos de discontinuidad respecto a las instituciones del Antiguo Testamento. Estas consideraciones muestran así la importancia insustituible del Antiguo Testamento para los cristianos y, al mismo tiempo, destacan la originalidad de la lectura cristológica. Desde los tiempos apostólicos y, después, en la Tradición viva, la Iglesia ha mostrado la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias a la tipología, que no tiene un carácter arbitrario sino que pertenece intrínsecamente a los acontecimientos narrados por el texto sagrado y por tanto afecta a toda la Escritura» (Benedicto XVI, Verbum Domini, nn. 40-41).
El v. 37, presente en la Vulgata, falta en algunos códices griegos y en las mejores versiones. Tal vez estuviera inspirado en una profesión de fe bautismal. Dice así: «Dijo Felipe: Si crees de todo corazón, es posible. Respondió él: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios».
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Hch 9,1-31
Éste es el primero de los tres relatos que incluye el libro de los Hechos de la vocación de Saulo (cfr 22,5-16; 26,10-18), sucedida probablemente entre los años 34 y 36. Cuando se trata de sucesos trascendentales no le importa a Lucas repetirlos. En este primer relato se describen los acontecimientos desde dos perspectivas distintas: la de Pablo (vv. 1-9) y la de Ananías (vv. 10-19). Después (vv. 19-30), se describe el vigor de la predicación del Apóstol.
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Hch 9,1-19
Las autoridades romanas reconocían la autoridad moral del Sanedrín e incluso le permitían alguna jurisdicción sobre los miembros de las comunidades judías fuera de las fronteras de Palestina, como es el caso de Damasco, una ciudad situada a unos 250 km de Jerusalén. Su potestad alcanzaba incluso el derecho de extradición (cfr 1 M 15,21). Ése es el fundamento de la misión de Pablo (vv. 1-3).
Camino de Damasco, tiene lugar la visión, inicio de su vocación. Desde el mismo momento de su llamada, en la primera aparición a Saulo, Cristo le hizo patente la identificación entre Él y los cristianos. Es una realidad que quedará grabada en el Apóstol y que formulará más tarde, al hablar en sus epístolas del Cuerpo Místico de Cristo (cfr Col 1,18; Ef 1,22s.). Ésta es la idea que resaltan algunos Padres en sus comentarios: «[Jesús] no dice: “¿Por qué persigues a mis miembros?”, sino ¿Por qué me persigues?, porque Él mismo todavía padece afrentas en su Cuerpo, que es la Iglesia» (S. Beda, Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).
Pero el Señor no le comunica a Pablo su misión. La vocación de Pablo como Apóstol de las gentes se la muestra Jesucristo a Ananías (v. 15) y éste a Pablo (cfr 22,14-15). A pesar del inicio extraordinario de la vocación de San Pablo, Dios quiso formarle y transmitirle su voluntad a través de otras personas de la comunidad cristiana. Tal vez por eso, la tradición ascética que se remonta a los primeros siglos de la Iglesia, ha acudido a este pasaje para aconsejar la dirección espiritual, pues hay un principio de gobierno humano según el cual «nadie es buen juez en causa propia, porque cada cual juzga según las propias inclinaciones» (Juan Casiano, Collationes 16,11). «Nuestro Señor Jesucristo, sin el cual nada podemos, no dará su gracia a aquel que, pudiendo acudir a un director experto, rechazare este precioso medio de santificación, pensando bastarse a sí mismo en todo lo que atañe a su salvación. El que tiene un director, a quien obedece en todo, llegará al fin más fácil y prontamente que si se guiara a sí mismo, aun poseyendo una aguda inteligencia e inmejorables libros de espiritualidad» (S. Vicente Ferrer, Tratado de la vida espiritual 2,1).
Ananías llama «santos» (v. 13) a los seguidores de Cristo. Ésta era una denominación ordinaria entre los primeros cristianos (9,32.41; 26,10; Rm 8,27; 1 Co 1,2; etc.). Dios es el «Santo por excelencia» (cfr Is 6,3) y de esa santidad participan los que se acercan a Él y cumplen sus mandatos: «Habló el Señor a Moisés y dijo: “Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: Sed santos, porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”» (Lv 19,1-2). «¿Verdad que es conmovedor ese apelativo —¡santos!— que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí? —Aprende a tratar a tus hermanos» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 469).
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Hch 9,19-31
Lucas hace notar el vigor de la predicación de Saulo: el ardor que mostraba antes en la persecución de los cristianos (9,1-2), lo renueva ahora en sus controversias con judíos, ya sean de origen palestino (v. 22), o de origen griego (v. 29). Pero del mismo modo se destaca el poder del Señor: el perseguidor (v. 21), el temido por todos (v. 26), ha sido fácilmente convertido por Dios.
San Pablo narra en Ga 1,16-18 que, tras su conversión, se retiró a Arabia; después, volvió a Damasco. Entre las dos estancias pasaron casi tres años, y debió de ser en este segundo período cuando Saulo predica la divinidad de Jesús, con toda su fogosidad y ciencia, puestas ahora al servicio de Cristo (vv. 20-22). Esto admiró y confundió a los judíos, quienes enseguida tomaron medidas contra él. La fuga que se narra después (vv. 23-26) la cuenta San Pablo en 2 Co 11,32-33. El que pretendía capturarle era el gobernador del rey nabateo Aretas, instigado por los judíos de la ciudad.
A continuación (vv. 26-28), se resume la primera vez que Pablo, después de su conversión, se presenta en Jerusalén. Visitó a Pedro, con quien pasó quince días (cfr Ga 1,18), para contrastar su predicación con la de los Apóstoles. Bernabé (cfr nota a 4,32-37) disipó el primer y lógico recelo de la primitiva comunidad ante su antiguo perseguidor.
Por segunda vez San Pablo tiene que huir para evitar su muerte (vv. 29-30). San Juan Crisóstomo explica, con ocasión de este suceso, que en la actividad apostólica hay que poner, además de la gracia, los medios humanos pertinentes: «Los discípulos temían que los judíos hicieran de Saulo un mártir, como habían hecho con San Esteban. A pesar de ese temor le envían a predicar el Evangelio a su propia patria, donde estará más seguro. Veis en esta conducta de los Apóstoles que Dios no lo hace todo inmediatamente con su gracia y que con frecuencia deja actuar a sus discípulos siguiendo la regla de la prudencia» (In Acta Apostolorum 21).
▲ COMENTARIO
Hch 9,31
Tras esta primera actividad de Pablo, Lucas detiene su relato para hacer una consideración de carácter general sobre el progreso ininterrumpido de la Iglesia en su conjunto y de las diversas comunidades que han surgido con motivo de la dispersión (cfr 2,41.47; 4,4; 5,14; 6,1.7; 11,21.24; 16,5). Aunque menciona la expansión por Galilea y Judea, de Galilea no ha narrado ningún episodio, y la expansión por Judea comenzará a mostrarla ahora. En su resumen, destaca sobre todo la paz y consolación operadas por el Espíritu Santo. Es una nota de justificado optimismo y confianza en la asistencia divina.
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Hch 9,32-12,25
Lucas sigue su narración con la actividad de San Pedro fuera de Jerusalén. La descripción del relato sugiere que ya había bastantes cristianos en Lida (9,32) y en Jope (9,36-38). Pero el acontecimiento más importante de este viaje de Pedro es la conversión del centurión Cornelio en Cesarea la Marítima (10,1-11,18), porque representa la admisión a la nueva fe de personas que no han pasado por la circuncisión. A lo largo del relato, Lucas —y el mismo San Pedro en su discurso en Jerusalén (11,4-17)— subrayará que la iniciativa fue siempre del Espíritu Santo. La importancia del acontecimiento se mostrará después en otros momentos de la vida de la primitiva Iglesia (cfr 15,3-11).
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Hch 9,32-35
Jesús curó a un paralítico (Mt 9,1-8 y par.) mandándole que se levantara y tomara el lecho. Cristo lo hacía en nombre propio y perdonando los pecados como Dios. San Pedro, en cambio, lo hace en nombre de Jesús: «Es preciso predicar este nombre para que resplandezca y no quede oculto. Pero no debe ser predicado con el corazón impuro o la boca manchada, sino que hay que guardarlo y exponerlo en un vaso elegido» (S. Bernardino de Siena, Sermones 49,2).
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Hch 9,36-43
Jope (v. 36) es la actual Jaffa o Yaffo, pueblo con un pequeño puerto pesquero. Hoy ha sido englobada en el ensanche del casco urbano de Tel-Aviv. Cesarea la Marítima —distinta de Cesarea de Filipo (Mt 16,13 y par.)— estaba en la costa del Mediterráneo, al norte de Jope, y era la ciudad residencial del Prefecto romano de Judea. El oficio de curtidor (v. 43) era considerado por los judíos observantes una actividad impura, por el contacto que exigía con cuerpos muertos (cfr Lv 11,39).
El milagro (vv. 36-41) es un signo visible para despertar la fe en quienes lo presencian con buena disposición y deseo de creer (v. 42), pero, en este caso, no deja de ser un bello ejemplo de la recompensa que se obtiene por las obras de piedad: «En los Hechos de los Apóstoles —escribe San Cipriano— está claro que las limosnas no sólo nos libran de la muerte espiritual, sino de la temporal. Habiendo enfermado y muerto Tabita, que hacía muchísimas buenas obras y limosnas, fue llamado Pedro. Y apenas se presentó, con toda la diligencia de su caridad apostólica, le rodearon las viudas con lágrimas y súplicas (…), rogando por la difunta más con sus gestos que con sus palabras. Creyó Pedro que podía lograrse lo que pedían de manera tan insistente y que no faltaría el auxilio de Cristo a las súplicas de los pobres (…). No dejó, en efecto, de prestar su auxilio a Pedro, al que le había dicho en el Evangelio que se concedería todo lo que se pidiera en su nombre. Por tal causa se interrumpe la muerte y la mujer vuelve a la vida, y con admiración de todos se reanima, retornando a la luz del mundo el cuerpo resucitado. Tanto pudieron las obras de misericordia, tanto poder ejercieron las obras buenas» (De opere et eleemosynis 6).
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Hch 10,1-48
La conversión del pagano Cornelio al cristianismo es uno de los puntos culminantes del libro de los Hechos. Manifiesta la dimensión universal del Evangelio y hace ver que la fuerza del Espíritu Santo no conoce límites ni barreras. Por ello, como en otras ocasiones, Lucas lo narra dos veces: en este capítulo, según el orden de los acontecimientos y con muchos detalles que subrayan y ayudan a entender los puntos fundamentales, y en el siguiente (11,1-18), según la justificación de Pedro ante los hermanos de Jerusalén.
Al comienzo se presenta a Cornelio como hombre piadoso y «temeroso de Dios» (vv. 2.4). Esta expresión posee un valor preciso y se usaba para designar a las personas que adoraban al Dios de la Biblia, participaban en las plegarias de la sinagoga (cfr 13,16), y practicaban los principales mandamientos de la Ley judía, aun sin convertirse formalmente al judaísmo mediante la circuncisión. Aunque los dones de Dios son inmerecidos, el ángel indica al centurión que, por sus obras, ha merecido el favor de Dios (cfr v. 4): «¿Veis cómo comienza la obra del Evangelio entre los gentiles? Por un hombre piadoso cuyas obras le han hecho digno de tal favor» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 22,2).
Después la atención se desplaza hacia Pedro, quien recibe dos mandatos del Espíritu Santo: comer de los animales que se le presentan en la visión (cfr vv. 13-15) y acompañar a los que han venido a buscarle (cfr v. 20). De los dos mandatos, contrarios a la práctica judía habitual de Pedro, él sólo opone resistencia al primero. La reacción del Apóstol (v. 14) ante la orden del Señor es la de un buen judío que ama y observa la ley divina aprendida desde joven. Ha practicado siempre los preceptos relativos a los alimentos y respetado la diferencia mosaica entre lo puro y lo impuro (cfr Lv 11,1ss.). Sin embargo, Pedro es dócil a las indicaciones del Espíritu: por eso, aunque la visión le tiene perplejo (vv. 17.19), no opone resistencia a la orden de ir con los que le buscan: «La tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar ante el Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita, a los afectos y decisiones que hace nacer en nuestro corazón. El Espíritu Santo realiza en el mundo las obras de Dios: es —como dice el himno litúrgico— dador de las gracias, luz de los corazones, huésped del alma, descanso en el trabajo, consuelo en el llanto. Sin su ayuda nada hay en el hombre que sea inocente y valioso, pues es Él quien lava lo manchado, quien cura lo enfermo, quien enciende lo que está frío, quien endereza lo extraviado, quien conduce a los hombres hacia el puerto de la salvación y del gozo eterno» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 130).
En casa de Cornelio, Pedro comprende con profundidad que ha sido Dios quien ha guiado todos sus pasos (vv. 28-29). Cuando oye la explicación del centurión (vv. 30-33) entiende (v. 34) el pleno significado de lo que había oído en la enseñanza de Jesús y se da cuenta de que, en los planes salvadores de Dios, judíos y paganos son iguales. Este descubrimiento sencillo y capital ha requerido una especial intervención divina.
Sin embargo, la acción del Espíritu Santo va más lejos que la de los hombres. A Cornelio el ángel sólo le había dicho que mandara venir a Pedro y escuchara sus palabras (vv. 5.22.33) y por eso Pedro, en un apretado discurso, síntesis de todo el Evangelio (vv. 37-43; cfr nota a Mc 1,14-8,30), predica la verdad de Cristo Jesús. En el discurso de Pentecostés, Pedro había presentado a Jesús ante un auditorio judío, como «Señor y Cristo» (2,36); ahora lo hace como «Juez de vivos y muertos» (v. 42), prerrogativa que en el Antiguo Testamento era exclusiva de Dios. En el ámbito humano, que podían entender fácilmente Cornelio y su casa, funcionarios del Imperio romano, la suprema potestad de juzgar la tenía el César. Los Apóstoles enseñan que el juicio último del hombre no pertenece a ninguna autoridad humana.
Tras la predicación la iniciativa es, de nuevo, del Espíritu Santo quien, con manifestaciones semejantes a las de Pentecostés (v. 46), se adelanta a la acción del Apóstol (vv. 47-48). En vista de esto, Pedro manda bautizar a los primeros gentiles sin exigirles la circuncisión. Ésa es la obra del Espíritu Santo, enviado por Cristo, «para defender y santificar a la Iglesia, como guía de almas y timonel de la humanidad en tempestad, luz que guía a los errantes, árbitro que preside las luchas y coronación de los vencedores» (S. Cirilo de Jerusalén, Catecheses 17,3).
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Hch 11,1-18
La actitud de Pedro ha despertado recelos en la comunidad de los circuncisos. Al Apóstol se le reprocha sentarse a la mesa con incircuncisos y predicarles la palabra de Dios (vv. 1.3). Para entender la actitud de los cristianos de Jerusalén, instruidos desde niños en un judaísmo estricto, es imprescindible tener en cuenta que el cristianismo nace en el seno del judaísmo y no se presenta como una nueva religión, sino como cumplimiento de las promesas y profecías del Antiguo Testamento. Desde la vuelta del exilio de Babilonia, los israelitas cifraban la salvación en la fidelidad minuciosa, escrupulosa, a la observancia de la Ley. De este modo, en la época de Cristo se había llegado a tal acumulación de casuística adicional, que su cumplimiento había llegado a ser sofocante y hacía perder de vista la finalidad esencial de la Ley: el amor a Dios y al prójimo. No obstante, resultaba difícil entender cómo podía predicarse la nueva Ley saltándose la antigua.
San Pedro, en un largo discurso, explica que no ha actuado por cuenta propia, sino que en todo momento no ha hecho sino obedecer al Espíritu Santo. La novedad más grande sobre lo narrado en el capítulo anterior son los vv. 15-17 en los que Pedro establece una correlación entre lo ocurrido con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (2,1ss.) y la venida sobre los gentiles convertidos (10,44-46) en Cesarea. De esta manera, quedaba claro a todos (cfr v. 18) que para incorporarse a la Iglesia no era necesario ser agregado antes al pueblo judío mediante la circuncisión: «Hombres, mujeres, muchachos, profundamente divididos en cuanto raza, nación, lengua, clase social, ciencia, dignidad, bienes, (…) a todos éstos los recrea la Iglesia en el Espíritu. Ella imprime en todos una misma forma divina. Todos reciben una naturaleza imposible de romper. (…) De aquí deriva que todos estemos unidos de una manera verdaderamente católica. En la Iglesia, ninguno está separado de la comunidad, todos se afianzan unos a otros por la fuerza indivisible de la fe. Cristo está así, todo en todos; Él que asume todo en Él, según su fuerza infinita, y que a todos comunica su bondad. (…) Sucede así que las criaturas del único Dios no son ya extrañas y enemigas unas de otras» (S. Máximo el Confesor, Mistagogia 1).
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Hch 11,19-26
Este relato enlaza con la dispersión de los cristianos originada tras el martirio de Esteban (8,1-4). Ahora se narra la difusión del Evangelio, que llega a Antioquía del Orontes, capital de la provincia romana de Siria. Antioquía es la primera gran urbe del mundo antiguo en la que se predica a Jesucristo. Era, junto con Éfeso, la ciudad más importante del Imperio romano después de Roma y Alejandría. Tenía alrededor de 150.000 habitantes y una numerosa colonia judía. Constituía un centro de gran relevancia cultural, económica y religiosa. El anuncio del Evangelio en Antioquía no se limita ya a judíos y prosélitos; se dirige a todos y forma parte de la actividad cotidiana, normal y espontánea, de los cristianos helenistas llegados desde Jerusalén después del martirio de Esteban. La misión de Antioquía encierra un gran significado en la expansión del cristianismo, pues el centro de gravedad de la Iglesia cristiana comienza a desplazarse desde Jerusalén a esta ciudad, que será el punto de partida para la evangelización del mundo pagano. Por eso, San Lucas subraya la comunión entre ambas iglesias: es la iglesia de Jerusalén (v. 22) la que se siente responsable y solícita de toda la misión cristiana, y por ello envía a Bernabé, hombre de confianza de los Apóstoles. Al ver el inmenso panorama de actividad apostólica, Bernabé va a Tarso en busca de Pablo para que se incorpore a la labor. A su vez, es la iglesia de Antioquía la primera en mostrarse atenta (11,29-30) ante las necesidades de la iglesia madre.
Lucas recuerda también (v. 26) el origen del nombre de «cristianos» que tan adecuadamente señala la identidad de los fieles: «Aunque los Santos Apóstoles han sido nuestros maestros y nos han entregado el Evangelio del Salvador, sin embargo no hemos recibido de ellos nuestro nombre, sino que somos cristianos por Cristo y por Él se nos llama de ese modo» (S. Atanasio, Contra Arianos 1,2).
▲ COMENTARIO
Hch 11,27-30
El libro de los Hechos menciona a profetas en diversas ocasiones. Además de Ágabo (vv. 27-28), se nombran como profetas a Judas y Silas (15,32), a las hijas del diácono Felipe (21,9) y a otros varios (13,1). En la naciente Iglesia, el oficio profético se subordina al ministerio apostólico y se ejerce bajo su dirección, para el servicio y la edificación de la comunidad cristiana (1 Co 12,10-11.28-29; 13,2; 14,1-3.29-40). El carisma de profecía, tal como aparece en los primeros años de la Iglesia, no lo encontramos en tiempos posteriores. Pero los carismas del Espíritu Santo, lejos de extinguirse, están presentes en todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo según la tarea o función eclesial que le corresponde desempeñar a cada uno: «Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 799).
En el mandato de Claudio (años 41-54) el Imperio padeció una crisis de alimentos (años 47-49) que afectó, entre otras regiones, a Roma, Grecia, Siria y Palestina: a ella se refiere probablemente la profecía de Ágabo (vv. 28-29). La próspera comunidad de Antioquía decide enviar ayuda a los cristianos de la iglesia madre de Jerusalén. Los discípulos antioquenos manifiestan, como hicieron los cristianos de la primera hora (cfr 4,34), su caridad y solicitud hacia los hermanos necesitados y demuestran de este modo el genuino carácter de su cristianismo. Su ejemplo ha quedado plasmado de muchas maneras en la doctrina de la Iglesia: «Las naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los países económicamente más débiles, o que están en el límite de la supervivencia, asisitidos por los demás pueblos o por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común los tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se perderían para siempre» (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 39).
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Hch 12,1-19
El Herodes que aquí se menciona (v. 1) es el tercer monarca que aparece con este nombre en el Nuevo Testamento. Era nieto de Herodes el Grande, que edificó el nuevo Templo de Jerusalén y ordenó la matanza de los inocentes (cfr Mt 2,16), y sobrino de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea en el tiempo de la muerte del Señor. Se le conoce por el nombre de Herodes Agripa I. Había sido muy favorecido por el emperador Calígula, que le amplió gradualmente los territorios bajo su dominio y le permitió usar el título de rey. Era hombre refinado y diplomático, dedicado tan intensamente a consolidar su poder, que se había convertido en maestro de la intriga y del oportunismo. El martirio de Santiago el Mayor (v. 2) debió de ocurrir hacia los años 42 ó 43. Es el primer mártir entre los Doce Apóstoles y el único cuya muerte se menciona en el Nuevo Testamento.
Si la descripción de Herodes (vv. 1-4) es precisa, no lo es menos la reseña de la actitud de la Iglesia ante la persecución y encarcelamiento de Pedro (v. 5): «Observad los sentimientos de los fieles hacia sus pastores. No recurren a disturbios ni a rebeldía, sino a la oración, que es el remedio invencible. No dicen: “Hombres insignificantes como somos, es inútil que oremos por él”. Rezaban por amor y no pensaban nada semejante. ¿Veis lo que hacían los perseguidores sin pretenderlo? Hacían a unos más firmes en las pruebas y a otros más celosos y amantes» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 26,2).
La descripción de la milagrosa liberación de Pedro por medio de un ángel pone de manifiesto la providencia de Dios con sus fieles (v. 11). También en una detención anterior, Pedro había sido liberado por un ángel (5,19ss.). Tal protección es una muestra de la doctrina de la Iglesia acerca de la misión de estos seres espirituales: «Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (S. Basilio, Eun. 3,1)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 336). Pero el relato no sólo enseña esta protección, sino también la persuasión de los primeros cristianos de su actividad (cfr v. 15): «Bebe en la fuente clara de los Hechos de los Apóstoles: En el capítulo XII, Pedro, por ministerio de Ángeles libre de la cárcel, se encamina a casa de la madre de Marcos. —No quieren creer a la criadita, que afirma que está Pedro a la puerta. Angelus eius est! —¡será su Ángel!, decían. —Mira con qué confianza trataban a sus Custodios los primeros cristianos. —¿Y tú?» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 570).
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Hch 12,20-23
La muerte de Herodes Agripa I debió de ocurrir en Cesarea, el año 44, durante los juegos en honor de Claudio. La breve descripción de San Lucas coincide con la de Flavio Josefo, que ofrece más detalles: «Cuando el rey, al amanecer del segundo día, se dirigió al teatro —escribe el historiador judío—, y los rayos del sol dieron en su vestido de plata e hicieron brillar su figura con espléndido fulgor, los aduladores le aclamaron, le llamaron dios y dijeron: “Sénos propicio. Aunque hasta ahora te hemos considerado como hombre, en adelante queremos venerar en ti algo superior a una naturaleza mortal”. El rey aceptó en silencio esta adulación blasfema. Pero acto seguido sus entrañas fueron despedazadas por terribles dolores y murió al cabo de cinco días» (Antiquitates iudaicae 19,344-345). El doloroso e inesperado final del rey perseguidor de la Iglesia recuerda la muerte de Antíoco IV Epífanes, otro enemigo declarado de los elegidos de Dios y de la Ley divina a quien «el Señor que lo ve todo, el Dios de Israel, le golpeó con una herida incurable» (2 M 9,5).
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Hch 12,24-25
Juan Marcos (v. 25) era primo de Bernabé (Col 4,10). Poco antes (12,12) se nos ha dicho que en casa de su madre se reunía la iglesia para la oración. Diversas tradiciones eclesiásticas dicen que es la misma casa del Cenáculo. Marcos será compañero de Bernabé y Pablo en el primer viaje apostólico (cfr 13,5) hasta el momento de pasar a la región de Asia (cfr 13,13). A pesar de que Pablo no quiso llevarle en el segundo viaje (15,37-39), aparece más tarde entre los colaboradores del Apóstol (cfr Col 4,10; 2 Tm 4,11). Le vemos asimismo como discípulo y ayudante de San Pedro (1 P 5,13). La Tradición de la Iglesia le atribuye la composición del segundo evangelio.