▲ COMENTARIO
Hch 13,1-20,38
En la perspectiva del libro de los Hechos entra el narrar cómo la salvación se extiende desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. Pablo es el principal instrumento elegido por Dios para ello (9,15). En esta tercera parte se relatan sus viajes apostólicos extendiendo la predicación del Evangelio y fundando nuevas comunidades. Es de notar que, desde este momento, cobra una singular importancia la labor misionera de la iglesia de Antioquía (cfr 13,1; 14,26; 15,35; 18,22). Sin embargo, el libro no deja de señalar que cada nuevo impulso evangelizador pasa también por Jerusalén (9,26; 12,25; 15,2; 18,22; 19,21; 20,16; 21,15; 25,1).
▲ COMENTARIO
Hch 13,1-14,28
Después de una breve descripción de la comunidad de Antioquía (vv. 1-3), el relato se detiene en el primer viaje apostólico de San Pablo y San Bernabé por tierras de Asia Menor. Salieron de Antioquía probablemente en la primavera del año 45 y volvieron a esta ciudad unos cuatro años más tarde. En su ministerio, recorren Chipre y gran parte de las regiones de Cilicia, Panfilia, Licaonia y Pisidia (todas en la zona sur de la actual Turquía), se dirigen a judíos y gentiles y fundan comunidades en los lugares por donde pasan. Más tarde, vuelven a los mismos sitios para confirmarles en la fe que habían recibido.
▲ COMENTARIO
Hch 13,1-3
El relato se centra ahora en la iglesia de Antioquía y en la penetración del mensaje apostólico en el mundo pagano. La iglesia antioquena era una comunidad floreciente, cuya organización presenta rasgos análogos a los de la iglesia de Jerusalén, con algunos aspectos diferenciales. Hay en ella unos ministros ordenados que la gobiernan y atienden con la predicación y los sacramentos (cfr v. 2). Junto a ellos se encuentran profetas y maestros como miembros cualificados de la comunidad (cfr 1 Co 12,28). Los «maestros» eran, en las primitivas iglesias cristianas, aquellos discípulos versados en la Sagrada Escritura que habían recibido un encargo de catequesis. Un documento del siglo II enuncia así el ideal de todo maestro cristiano: «No hablo de cosas peregrinas ni voy a la búsqueda de lo novedoso, sino, como discípulo que he sido de los Apóstoles, me puedo convertir en maestro de pueblos. Yo no hago otra cosa que transmitir lo que me ha sido entregado a quienes se han hecho discípulos dignos de la verdad» (Epistula ad Diognetum 11,1). Sobre los profetas, cfr nota a 11,27-30.
Realizado bajo la moción del Espíritu Santo, el envío de Pablo y Bernabé (vv. 2-3) es al mismo tiempo un acto eclesial, un encargo de la Iglesia, que concreta los designios de Dios y actualiza la vocación personal de los dos enviados. Ayuno y oración constituyen la preparación más adecuada para la empresa espiritual que Pablo y Bernabé se disponen a iniciar. «Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en ‘tercer lugar’, acción» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 82). Saben bien que no van a realizar una tarea meramente humana y que todo el fruto debe venir de Dios. La oración y la penitencia que acompañan al apostolado no buscan solamente mover al Señor para conseguir sus dones. Quieren sobre todo que la gracia esté presente en sus corazones limpios y en sus labios purificados, de modo que el Señor les acompañe y no deje «caer en vacío ninguna de sus palabras» (cfr 1 S 3,19).
▲ COMENTARIO
Hch 13,4-12
Se nos dice incidentalmente que Saulo ahora también se llama Pablo (v. 9). Éste será el nombre con el que se le designará a partir de ahora en el Nuevo Testamento. El episodio anterior, por dos veces (13,1.2), enumeraba a Saulo en último lugar. Desde ahora, cuando aparezcan nombres de varios misioneros, Pablo será nombrado el primero. Es señal de la importancia que tendrá en la misión apostólica de la Iglesia: «No sólo debemos considerar en el Apóstol la magnitud y excelencia de sus virtudes y su pronta y robusta disposición de ánimo, por las que mereció llegar a un premio tan grande, sino que hemos de pensar también que su naturaleza era en todo igual a la nuestra; de este modo, las cosas más arduas nos parecerán fáciles y llevaderas y, esforzándonos en este breve tiempo de nuestra vida, alcanzaremos aquella corona incorruptible e inmortal, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo» (S. Juan Crisóstomo, De laudibus sancti Pauli apostoli 2).
Será costumbre de Pablo comenzar la predicación del Evangelio en la sinagoga, si la hay, de cada ciudad visitada (v. 5). No lo hace por táctica, sino por coherencia con el designio salvador de Dios que le ha sido dado conocer. Como Jesús, se siente obligado a anunciar primeramente el Reino a los israelitas, a quienes «pertenece la adopción de hijos y la gloria y la alianza y la legislación y el culto y las promesas, de ellos son los patriarcas y de ellos según la carne desciende Cristo» (Rm 9,4-5). Los judíos serán los primeros a los que se les anuncie el Evangelio, puesto que fueron también los primeros en recibir las promesas divinas (cfr 13,46).
La acción de Pablo sobre Barjesús-Elimas es uno de los pocos milagros punitivos del Nuevo Testamento. Los comentaristas hacen notar el carácter medicinal y pasajero de este castigo (cfr v. 11): «Pablo desea convertirle con un milagro análogo al que sirvió para convertirle a él. La frase hasta el tiempo señalado no es la palabra de uno que castiga sino de quien convierte» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 28,1). El castigo de Elimas influye en la conversión de Sergio Pablo pero no representa el papel decisivo. El texto señala explícitamente que el procónsul es atraído a la fe (v. 12) por la coherencia y grandeza de la doctrina cristiana.
▲ COMENTARIO
Hch 13,13-43
El culto sinagogal durante el sábado (vv. 14-15) era en el siglo primero una institución sólidamente establecida. Consistía en la lectura de la Sagrada Escritura, la predicación y las oraciones públicas. No había nadie especialmente nombrado para dirigirlo, de modo que las funciones eran realizadas por los miembros de la comunidad a instancias y preparación del presidente o jefe de la sinagoga.
El discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia nos informa admirablemente sobre su manera de presentar el Evangelio a una congregación de judíos y prosélitos. Describe un cuadro general de la historia de la salvación, donde finalmente sitúa a Jesús como el Mesías esperado, en el que convergen los caminos de esta historia y las promesas de Dios. Las diversas etapas que conducen a Jesucristo, incluida la del Bautista, adquieren en la exposición un carácter transitorio. Lo antiguo y provisional debe hacerse a un lado para dejar paso en Cristo a lo nuevo y definitivo: «Cristo es el fin de la Ley: Él nos hace pasar de la esclavitud de esta Ley a la libertad del espíritu. La Ley tendía hacia Él como a su complemento; y Él, como supremo legislador, da cumplimiento a su misión, transformando en espíritu la letra de la Ley. (…) La sombra se retira ante la llegada de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la Ley por la libertad del Espíritu» (S. Andrés de Creta, Sermones 1).
El discurso recoge los temas principales de la predicación apostólica: iniciativa divina salvadora en la historia de Israel (vv. 17-22), referencia al Precursor (vv. 24-25), anuncio del Evangelio o kérygma propiamente dicho (vv. 26b-31a), mención de Jerusalén (v. 31b), argumentos de Sagrada Escritura (vv. 33-37), complemento de doctrina y tradición apostólica (vv. 38-39) y exhortación final de carácter escatológico —anuncio del futuro— (vv. 40-41). El texto presenta abundantes semejanzas con los discursos de San Pedro (cfr 2,14ss.; 3,12ss.; 4,8ss.; 10,34ss.), especialmente en la proclamación de Jesús como Mesías y en las numerosas citas de la Sagrada Escritura, que se aducen para interpretar el hecho decisivo de la resurrección como garantía de la divinidad de Cristo.
En el discurso se dan dos estilos bastante diferentes: la primera parte (vv. 17-31) tiene un carácter narrativo; es una historia de la salvación que culmina en Jesús. En cambio, la segunda parte (vv. 32-41) aborda la resurrección del Señor y tiene un tono más argumentativo. La resurrección se presenta como el cumplimiento por parte de Dios de la promesa expuesta en los textos sagrados (Sal 2,7; Is 55,3; Sal 16,10). De esta manera, el discurso se dirige hacia la conclusión expuesta en los vv. 38-39: no somos justificados por la Ley de Moisés, sino por la fe en Cristo resucitado. La doctrina cristiana enseña que «la justificación es la obra más excelente del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús y concedido por el Espíritu Santo. San Agustín afirma que “la justificación del impío es una obra más grande que la creación del cielo y de la tierra”, porque “el cielo y la tierra pasarán, mientras la salvación y la justificación de los elegidos permanecerán” (In Ioannis Evangelium 72,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1994).
▲ COMENTARIO
Hch 13,44-52
Pablo esperaba quizá que el cristianismo arraigara entre los judíos, de modo que la sinagoga entera desembocara pacífica y religiosamente en el Evangelio, que era su natural culminación según los planes divinos. La experiencia le dio a conocer una realidad muy distinta, y le enfrentó con el desconcertante misterio de la infidelidad de gran parte del pueblo elegido, que era su propio pueblo (cfr Rm 9,1-11,36). Sin embargo, la evangelización del mundo pagano no es una consecuencia del endurecimiento judío. Deriva, por el contrario, del carácter universal del cristianismo, que ofrece a todos los hombres la única gracia que puede salvar, perfecciona la Ley mosaica y supera los límites étnicos y geográficos del judaísmo.
Pablo y Bernabé apoyados en los textos sagrados afirman que desde ahora se dirigirán en su misión a los gentiles (vv. 46-47). Lo mismo dirán después (18,6; 28,28). Sin embargo, el libro de los Hechos muestra que se siguieron dirigiendo en primer lugar a los judíos. De esta manera, como el mismo Apóstol explica en la Carta a los Romanos, no hace sino seguir las huellas de Cristo: «Por esto, con verdad afirma Pablo que Cristo consagró su ministerio al servicio de los judíos, para dar cumplimiento a las promesas hechas a los padres y para que los paganos alcanzasen misericordia, y así ellos también le diesen gloria como a creador y hacedor, salvador y redentor de todos. De este modo alcanzó a todos la misericordia divina, sin excluir a los paganos, de manera que el designio de la sabiduría de Dios en Cristo obtuvo su finalidad; por la misericordia de Dios, en efecto, fue salvado todo el mundo» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Romanos 15,7).
▲ COMENTARIO
Hch 14,1-7
Lucas denomina aquí «apóstoles» a Pablo y Bernabé (v. 4). Aunque Pablo no pertenece al grupo de los Doce, para quienes Lucas suele reservar el nombre de «apóstoles», es considerado y se consideraba a sí mismo «apóstol» por razón de su singular vocación (cfr 1 Co 15,9; 2 Co 11,5) y su incansable predicación entre los gentiles. Cuando en los escritos de los Padres se menciona al Apóstol, y no se concreta más, el término se refiere a San Pablo, pues es el más citado y comentado, debido a sus numerosas cartas.
En este apretado resumen de la actividad en Iconio se muestra cómo en el desarrollo de la misión apostólica se cumple a la letra cuanto se había anunciado en el Evangelio: los signos que acompañan a la predicación (v. 3; cfr Mc 16,15-18), Jesús como signo de contradicción (v. 4; cfr Lc 2,34), etc.
▲ COMENTARIO
Hch 14,8-18
El relato de la actividad de Pablo en Listra guarda ciertas semejanzas con la actividad de Pedro. También Pedro curó a un cojo (3,1-10) y también Pedro (10,26), como ahora Pablo (v. 15), tuvo que aclararle a Cornelio que era un simple hombre. Los Santos Padres no dejaron de señalar el significado de este paralelismo: «Así como el hombre cojo curado por Pedro y Juan en la puerta del Templo prefigura la salvación de los judíos, también este tullido licaonio representa a los pueblos gentiles alejados de la religión de la Ley y del Templo, pero recogidos ahora por la predicación del apóstol Pablo» (S. Beda, Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).
Por lo demás, el relato muestra muy certeramente la dimensión natural de la religión, que está a la espera de ser completada con la revelación: «Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los diversos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana y a veces también el reconocimiento de la Suma Divinidad e incluso del Padre. Esta percepción y conocimiento penetra toda su vida con íntimo sentido religioso» (Conc. Vaticano II, Nostra aetate, n. 2). El pasaje muestra también la dificultad (cfr v. 18) que tuvieron que vencer los primeros cristianos para preservar la pureza de la fe frente a la idolatría: «Los mismos santos y los hombres se niegan a apropiarse estos honores exclusivos de Dios. Así hicieron Pablo y Bernabé, cuando los habitantes de Licaonia, después de haber visto los milagros que hicieron, quisieron ofrecerles sacrificios como a dioses; pero ellos, rasgando sus vestiduras, proclamaron y les persuadieron que no eran dioses, y, de esta forma, impidieron que les fueran ofrecidos sacrificios. Pero una cosa es lo que enseñamos, y otra lo que soportamos; una cosa es lo que mandamos hacer, y otra lo que queremos corregir, y así, mientras vamos buscando la corrección más adecuada, tenemos que tolerar muchas cosas» (S. Agustín, Contra Faustum 20,21).
▲ COMENTARIO
Hch 14,19-28
Lucas, siguiendo la enseñanza paulina (cfr v. 22), señala en estos versículos el progreso y la victoria de la Palabra de Dios, al tiempo que no deja de apuntar que el camino de los predicadores es un camino de cruz: «Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 699). Pablo alude a esta lapidación (v. 19) en 2 Co 11,25.
El texto dice que Pablo y Bernabé designaron u ordenaron —literalmente el verbo griego significa «extender las manos para comunicar una misión»— «presbíteros en cada iglesia» (v. 23). Estos presbíteros reciben el orden sacerdotal aunque no son llamados «sacerdotes» porque este término, en los comienzos de la expansión cristiana, evocaba al ministro de las religiones paganas (hieréus) entre los griegos, o bien al sacerdote levítico (kôhen) entre los hebreos. En el ambiente judío, los ancianos, los presby´teroi, eran los que presidían las comunidades. Al servirse de ese nombre para designar a los ministros de las iglesias se solucionaba el posible equívoco: en la lengua griega su significado podía aplicarse al ministro sin referencia a una religión específica.
Al final, Pablo y Bernabé vuelven a Antioquía de Siria recorriendo de nuevo, en orden inverso, las ciudades visitadas durante el viaje (vv. 24-26). En el puerto de Atalía embarcan para Siria y llegan poco después a Antioquía. El viaje, comenzado posiblemente hacia el 45, ha durado unos cuatro años. A pesar de la animosidad y persecución sufridas en esas ciudades, los dos misioneros no vacilan en visitarlas otra vez. Desean completar la organización de las nuevas iglesias y consolidar la fe de los discípulos. No les asustan los posibles peligros ni les preocupa que puedan repetirse los incidentes que amenazaron su vida.
▲ COMENTARIO
Hch 15,1-35
Se podría decir que estos versículos son el centro del libro de los Hechos, no sólo por el lugar que ocupan sino porque narran el episodio más decisivo para la extensión universal del Evangelio y su difusión entre los gentiles. Están relacionados directamente con la conversión del pagano Cornelio, hecho del que ahora se extraen, con la ayuda del Espíritu Santo, las consecuencias: el bautismo de Cornelio no es una excepción en la Iglesia, sino que señala un designio de Dios. Lucas, con el orden que le caracteriza, refiere el origen del conflicto (vv. 1-5), el desarrollo de la reunión en Jerusalén (vv. 6-29) y las consecuencias para la Iglesia (vv. 30-35).
▲ COMENTARIO
Hch 15,1-5
Algunos cristianos de procedencia farisea —«algunos de los que estaban con Santiago» (Ga 2,12)— llegados a Antioquía afirman categóricamente que no es posible la salvación a quien no se circuncide y practique la Ley de Moisés. Han aceptado (cfr 11,18) que los gentiles convertidos puedan bautizarse y formar parte de la Iglesia. Pero no han entendido bien la nueva disposición evangélica, y piensan aún que es necesario abrazar primero el judaísmo, cumpliendo todos los preceptos y ritos mosaicos. Las graves afirmaciones de estos discípulos no sólo turban el ánimo de los cristianos antioquenos, sino que comprometen la propagación de la Iglesia misma. Se plantea por lo tanto la necesidad de una apelación a los Apóstoles y presbíteros, que se encuentran en Jerusalén y llevan el gobierno de la Iglesia.
«Secta» (v. 5). Tanto el texto griego como la Neovulgata dicen literalmente herejía. En este pasaje no tiene sentido peyorativo: es un término correcto por razón del exclusivismo y separación religiosos ejercidos por los fariseos. San Pablo dice en otro lugar que perteneció a los fariseos, la «secta más estricta de la religión judía» (26,5) y en otro pasaje se habla de la «secta de los saduceos» (5,17). Entre los judíos se llamaba «secta» al cristianismo (24,5.14; 28,22).
▲ COMENTARIO
Hch 15,6-11
Lucas conserva tres acontecimientos importantes relacionados con el tema planteado: el discurso de Pedro (vv. 7-11), el de Santiago (15,13-21) y el decreto que se envía a las iglesias (15,23-29). El discurso de Pedro, aunque breve, es determinante. Fundado en lo que Dios le ha hecho comprender con motivo del bautismo de Cornelio (cfr 10,1ss.), Pedro resume las discusiones de la larga deliberación (v. 7) y presenta una tesis que coincide con la de Pablo y Bernabé: no salva la Ley sino la gracia, y por lo tanto la circuncisión y la Ley misma han quedado superadas por la fe en Jesucristo (v. 11): «Nadie puede santificarse después del pecado —dice Santo Tomás de Aquino— si no es por Cristo (…). Como los antiguos padres se salvaron por la fe de Cristo que había de venir, así nosotros nos salvamos por la fe de Cristo que nació y padeció» (Summa theologiae 3,61,3 y 4).
Una vez más, Pedro es factor decisivo en la unidad de la Iglesia. No sólo actúa como unificador de las diversas posturas que buscan la verdad, sino que señala también con su palabra el lugar donde la verdad se encuentra. Se considera que esta reunión —probablemente celebrada el año 49 ó 50— es el primer concilio general de la Iglesia, como el prototipo de la serie a la que se han sumado los demás concilios ecuménicos: «¿Quién ignora que las llaves del reino de los cielos fueron entregadas a Pedro? ¿Acaso no se edifica toda la Iglesia sobre la fe y la doctrina de Pedro, hasta que lleguemos todos al hombre perfecto en la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios? Es necesario, sin duda, que sean muchos los que planten, muchos los que rieguen, pues lo exige el avance de la predicación y el crecimiento de los pueblos. (…) Sea quien fuere el que planta y el que riega, Dios no da crecimiento sino a aquel que planta y riega sobre la fe de Pedro y sigue su doctrina» (Sto. Tomás Becket, Epistulae 74).
▲ COMENTARIO
Hch 15,12-21
Santiago reafirma, con pruebas de la Escritura, los contenidos del discurso de Pedro: Dios ha querido hacerse su nuevo pueblo de entre todas las naciones. Las tres abstenciones que recomienda estaban establecidas en el Levítico. Eran: a) No consumir carne que había sido ofrecida a los ídolos, porque suponía para los judíos participar de alguna manera en cultos sacrílegos (Lv 17,7-9). b) Uniones irregulares (Lv 18,6ss.) —y otros atentados contra la moral sexual—, algunas de las cuales serían más tarde recibidas como impedimentos en la legislación matrimonial de la Iglesia. c) Abstinencia de la sangre y de la carne de animales sin desangrar (Lv 17,10ss.); se fundaba en la concepción de que la sangre es la expresión de la vida y como tal sólo pertenece a Dios; por ello, los judíos experimentaban hacia la consumición de sangre una repugnancia religiosa y cultural prácticamente insuperable. Estas prescripciones que debían cumplir los israelitas y los extranjeros que vivían en Israel (Lv 17,8.10.13.15), en la tradición judía, formaban parte de lo que se llamaban «mandamientos noáquicos», es decir, los mandamientos que Dios dio a Noé y a sus hijos (Gn 9,4-5) y que se consideraban la Ley para los gentiles. Sin embargo, Santiago afirma también que ésta es una decisión prudencial —de carácter temporal y mudable— para evitar el escándalo entre los que siguen la Ley de Moisés en toda la diáspora (v. 21). San Pablo actuará de la misma manera en el caso de las carnes sacrificadas a los ídolos (1 Co 8,1-13), y en el caso del incestuoso de Corinto (1 Co 5,1-13), que probablemente incumplía una de las normas de impureza aquí aludidas (Lv 18,6ss.).
▲ COMENTARIO
Hch 15,22-29
El decreto apostólico resume en breves trazos todo el asunto: el origen del problema y la solución. Es de notar que la decisión de los Apóstoles se presenta también como obra del Espíritu Santo (v. 28): «Pienso que no pueden explicarse las riquezas de estos inmensos acontecimientos —escribe Orígenes— si no es con ayuda del mismo Espíritu que fue autor de ellos» (Homiliae in Exodum 4,5). Así lo comenta un teólogo español del siglo XVI: «Nosotros debemos entrar por el mismo camino que el apóstol Pablo estimó como el más adecuado para resolver toda cuestión sobre la doctrina de la fe (…). Podrían los gentiles pedir satisfacción al concilio de Jerusalén porque parecía privarles de la libertad concedida por Jesucristo, y porque imponía sobre los discípulos determinadas ceremonias como necesarias, cuando en realidad no lo eran, ya que la fe era el elemento apto para la salvación. Tampoco los judíos objetaron, siendo así que contra la resolución del concilio podrían haber invocado la Escritura santa, que parece afirmar la necesidad de la circuncisión para salvarse. Así pues, concediendo tanto honor al concilio nos dieron a todos la norma que debía observarse en todos los tiempos posteriores; es decir, depositar nuestra fe indeclinable en la autoridad de los sínodos confirmados por Pedro y sus legítimos sucesores. Así nos ha parecido, dicen, al Espíritu Santo y a nosotros. Luego la sentencia del concilio es la mismísima del Espíritu Santo» (Melchor Cano, De locis theologicis 5,4).
▲ COMENTARIO
Hch 15,30-35
Pablo y Bernabé, acompañados por Judas y Silas (15,22.27.32), vuelven a Antioquía para confortar a la comunidad y transmitirles el decreto apostólico. Silas es un cristiano de Jerusalén y ciudadano romano, que, como Pablo, tenía dos nombres: Silas y Silvano (cfr 2 Co 1,19; 1 Ts 1,1; 2 Ts 1,1; 1 P 5,12). Inmediatamente partirán hacia los lugares evangelizados en el primer viaje misional (15,39-41) para transmitirles aquellas decisiones (16,4).
Algunos manuscritos añaden (v. 34): «Pero Silas decidió permanecer allí, de modo que sólo Judas volvió a Jerusalén».
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Hch 15,36-18,22
Comienza ahora el segundo viaje de San Pablo. Como en el anterior, parte de Antioquía y regresa otra vez a esa ciudad unos tres años más tarde: tal vez hacia la primavera del año 53. El motivo inicial de este segundo viaje es visitar a los hermanos de las ciudades evangelizadas en el primero y confirmarles en la fe. Ocupa casi tres capítulos; cuando acaba, comienza, sin solución de continuidad, el tercer viaje apostólico (18,23).
Pablo y Silas van por Siria y Cilicia —la patria de Pablo— hacia Derbe y Listra (16,1), donde se les une Timoteo. Atraviesan el gran territorio de Asia Menor (16,6) y llegan a Tróade (16,8) donde embarcan hacia Macedonia (16,10). Tras navegar los 250 km que separan Tróade de Neápolis, se dirigen enseguida a Filipos (16,12), colonia romana en la que se desarrollan los episodios que se relatan en el cap. 16. Desde allí se dirigen a Tesalónica (17,1), sede del gobernador de la provincia romana de Macedonia. Un alboroto hace que tengan que marchar hacia Berea (17,10), y nuevas insidias de los judíos de Tesalónica obligan a Pablo a partir precipitadamente por mar hacia Atenas (17,14). De Atenas, el libro de los Hechos recoge el famoso discurso del Areópago. Pablo va enseguida a Corinto (18,1) donde desarrolla un intenso apostolado durante bastante tiempo, quizás año y medio (18,18). Allí embarca hacia Antioquía, aunque haciendo breve escala en Éfeso (18,19) y en Cesarea (18,22).
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Hch 15,36-41
Comienza el viaje, aunque esta vez Pablo y Bernabé no lo harán juntos. Se separan con motivo de sus diferencias sobre Marcos. Pero, en los designios de Dios, todo es para bien: «Los dones de los hombres son diferentes, y es evidente que esta diferencia es ella misma un don (…). Notad que no hay mal alguno en que se separen si de este modo podían evangelizar a todos los gentiles. Era en realidad un gran bien. Si toman caminos diferentes con el fin de enseñar y convertir, no existe en ello ningún mal. No hay que resaltar lo que les diferencia sino lo que les une (…). Ojalá todas nuestras separaciones tuvieran como causa el celo por la predicación» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 34,1-2). Este desacuerdo no significó distanciamiento. Pablo alabó siempre a Bernabé por su celo (cfr 1 Co 9,6; Ga 2,9), y admitió de buen grado a Marcos más tarde como compañero de misión (cfr Col 4,10).
▲ COMENTARIO
Hch 16,1-3
San Pablo toma ahora a Timoteo, que tanto le ayudó después en su apostolado (cfr 17,14ss.; 18,5; 19,22; 20,4; etc.) y al que dirigió las dos cartas pastorales que formarían parte del canon de la Escritura del Nuevo Testamento. La madre de Timoteo, Eunice, y su abuela Loide (cfr 2 Tm 1,5) eran cristianas y de ellas había recibido la fe. Como explica San Lucas (v. 3), Pablo lo hizo circuncidar por un motivo de prudencia pastoral: «Tomó a Timoteo y lo circuncidó. No sin deliberación lo hizo Pablo, que todo lo tuvo en cuenta para actuar prudentemente; pero dado que Timoteo se disponía a predicar el Evangelio por todas partes a judíos, y para evitar que a causa de su no circuncisión despreciaran su palabra, se decidió a circuncidarlo. No actuó así para confirmar la circuncisión —precisamente él, que la había eliminado—, sino para no perjudicar su Evangelio» (S. Efrén, Commentarii in Acta, ad loc.).
▲ COMENTARIO
Hch 16,4-10
El primer sumario (vv. 4-5) permite suponer que las decisiones de la asamblea de Jerusalén fueron recibidas por los cristianos con espíritu de obediencia y alegría. Venían de la iglesia madre, de los Apóstoles, y expresaban la respuesta eficaz a una cuestión delicada.
Nada más comenzar esta evangelización, es de nuevo el Espíritu Santo, llamado aquí Espíritu de Jesús (v. 7), quien la dirige: «Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de Él y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: Él es quien inspira la predicación de San Pedro (cfr 4,8), quien confirma en su fe a los discípulos (cfr 4,31), quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles (cfr 10,44-47), quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús (cfr 13,2-4). En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 127).
«Asia» (v. 6) era el nombre de la provincia romana cuya capital era Éfeso. «Macedonia» (v. 9) se considera la puerta de Europa. Por eso, los sucesos narrados aquí muestran la providencia extraordinaria de Dios para que el Evangelio se propagara por este continente: «No cabe duda de que, en la compleja historia de Europa, el cristianismo representa un elemento central y determinante. (…) La fe cristiana ha plasmado la cultura del continente y se ha entrelazado indisolublemente con su historia. (…) El camino hacia el futuro no puede relegar este dato, y los cristianos están llamados a tomar una renovada conciencia de todo ello para mostrar sus capacidades permanentes. Tienen el deber de dar una contribución específica a la construcción de Europa, que será tanto más válida y eficaz cuanto más capaces sean de renovarse a la luz del Evangelio. De este modo se harán continuadores de esa larga historia de santidad que ha impregnado las diversas regiones de Europa en el curso de estos dos milenios» (Juan Pablo II, Carta para la proclamación de Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa Benedicta de la Cruz copatronas de Europa).
En el v. 10 ha comenzado Lucas a escribir en primera persona del plural, dando a entender que él era compañero de Pablo en aquel viaje (cfr 16,10-17; 20,5-25; 21,1-18; 27,1-28,16). Lucas debió de sumarse a los misioneros en Tróade y quedarse luego en Filipos.
▲ COMENTARIO
Hch 16,11-15
Filipos era una próspera ciudad, fundada por Filipo, padre de Alejandro Magno (siglo IV a.C.). Augusto la elevó al rango de colonia y le concedió privilegios. Tenía una población judía muy reducida. Lo muestra la inexistencia de sinagoga, cuyo establecimiento exigía que al menos diez varones hebreos vivieran en el lugar. Se nos informa sólo de un grupo de mujeres que se reúnen a orar junto al río, probablemente a causa de las purificaciones rituales.
En el entrañable relato de Lucas se dan cita el don divino de la vocación y el agradecimiento humano. Es, en efecto, Dios quien abre el corazón (v. 14), pues «nadie puede prestar su asentimiento a la predicación evangélica de un modo verdaderamente salvífico, a no ser por la luz y la inspiración del Espíritu Santo, que da a todos la suavidad necesaria para afirmar y creer la verdad» (Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap. 3). Pero, después (v. 15), Lidia muestra su agradecimiento con obras: «¡Qué sabiduría la de Lidia! ¡Con qué humildad y dulzura habla a los Apóstoles!: Si juzgáis que soy fiel al Señor. (…) Ved cómo en ella la fe produce sus frutos y cómo su vocación le parece un bien inapreciable» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 35,1). El primer fruto del cristianismo en Europa es la correspondencia a la vocación de una mujer: «Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los cimientos —así como de las comunidades sucesivas— mediante los propios carismas y con su servicio multiforme. Los escritos apostólicos anotan sus nombres. (…) Lo mismo se repite en el curso de los siglos, generación tras generación, como lo demuestra la historia de la Iglesia. En efecto, la Iglesia, defendiendo la dignidad de la mujer y su vocación, ha mostrado honor y gratitud para aquellas que —fieles al Evangelio— han participado en todo tiempo en la misión apostólica del Pueblo de Dios. Se trata de santas mártires, de vírgenes, de madres de familia, que valientemente han dado testimonio de su fe, y que, educando a los propios hijos en el espíritu del Evangelio, han transmitido la fe y la tradición de la Iglesia. También en nuestros días la Iglesia no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad. Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la sequela Christi —seguimiento de Cristo—, un ejemplo de cómo la Esposa ha de responder con amor al amor del Esposo» (Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 27).
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Hch 16,16-24
En la mitología griega Pitón era una serpiente que pronunciaba los oráculos en Delfos. De ahí el nombre de «espíritu pitónico» (v. 16) que se le atribuye a la joven esclava. San Pablo juzga que es el demonio quien actúa en ella y por eso lo expulsa: «No fue bien recibido por los Apóstoles ser honrados y alabados por el espíritu maligno, igual que no fue aceptado por el Señor el demonio que le proclamó entre los judíos» (S. Efrén, Commentarii in Acta, ad loc.).
Con la expulsión del espíritu pitónico se produce el primer conflicto entre Pablo y los no judíos. No toma la forma de una revuelta, como en las ciudades de Asia Menor (13,50; 14,5.19), sino de denuncia legal ante los magistrados locales. La reacción de las autoridades (vv. 22-24) parece desproporcionada y contra derecho. Tal vez por eso San Pablo exige más tarde una reparación (cfr 16,35-40).
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Hch 16,25-34
Pablo y Silas rezan por la noche (v. 25). San Juan Crisóstomo toma pie de este pasaje para exhortar a los cristianos a que santifiquen el tiempo de descanso nocturno: «Mostrad con vuestro ejemplo que la noche no es sólo para reparar las fuerzas del cuerpo, sino que sirve para santificar el alma (…). No hace falta que sean oraciones prolongadas; una sola, hecha con atención, será suficiente (…). Haced a Dios este sacrificio de un momento de oración y Él os recompensará» (In Acta Apostolorum 36). En cambio, San Beda se fija en el ejemplo de los Apóstoles para los que sufren tribulaciones: «La devoción y fuerza que inflamaba los corazones de los Apóstoles se expresa en la oración, y llegan a cantar himnos hasta en la misma cárcel. Su alabanza conmueve la tierra, hace temblar los fundamentos de la prisión, abre las puertas y, para terminar, libra a los presos de sus cadenas. Igualmente aquel fiel que goza de toda alegría, cuando encuentre tentaciones, alégrese entonces con gusto en sus debilidades, para que habite en él la fuerza de Cristo. Y una vez cumplido esto, alabe al Señor con himnos, junto con Pablo y Silas en las tinieblas de la cárcel, y cante con el salmista: Tú eres mi refugio y mi alegría ante la adversidad que me rodea (Sal 32,7)» (Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).
Como en otros lugares del Nuevo Testamento (16,15; 18,8; 1 Co 1,16), se alude aquí (v. 33) al bautismo de toda la casa. A esa acción apostólica se remite la práctica pastoral de la Iglesia cuando recomienda el bautismo de los niños: «La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando “casas” enteras recibieron el Bautismo, se haya bautizado también a los niños» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1252). Tal práctica no es una mera tradición, tiene además un fundamento doctrinal: «La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el Bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento» (ibidem, n. 1250).
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Hch 16,35-40
La acción de Pablo al invocar su condición de ciudadano romano y ejercer su derecho, pone de manifiesto también que los cristianos, por ser tales, no renuncian a su condición ciudadana. La pena de azotes, prohibida para ciudadanos romanos en el derecho antiguo, se les podía aplicar, sin embargo, a comienzos del Imperio; pero hacía falta en cualquier caso un juicio previo condenatorio. Los «pretores» eran magistrados del Imperio que ejercían jurisdicción en Roma o en las provincias. Los «lictores» eran oficiales de justicia que precedían, portando las insignias imperiales, a altos magistrados. La admiración temerosa de los pretores refleja la situación jurídica de esa época. La condición de ciudadano romano era un privilegio reservado a pocos, y el trato a romanos era estrictamente vigilado por las autoridades provinciales.
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Hch 17,1-9
Tesalónica era la sede del gobernador romano de la provincia de Macedonia. Distaba de Filipos unos 150 km. Fundada en el siglo IV a.C. y declarada ciudad libre por Augusto en el año 42 a.C., poseía una colonia judía, como muestra la existencia de una sinagoga. La estancia de Pablo en Tesalónica debió de durar bastantes semanas. En este tiempo recibió algunos donativos de los cristianos de Filipos (cfr Flp 4,16) y hubo de trabajar para ganarse el sustento (cfr 1 Ts 2,9). Fue un período de dificultades (cfr vv. 5-8) y alegrías (cfr v. 4), que Pablo recordará más tarde en sus cartas a los tesalonicences (cfr 1 Ts 2,1-12; 2 Ts 3,7-8).
San Lucas denomina politarcas a los magistrados de Tesalónica (v. 6). La exactitud de este nombre ha sido confirmada por inscripciones descubiertas recientemente. Tesalónica tenía, como «ciudad libre», una asamblea popular ante la que debían presentarse las denuncias. Los judíos dirigen contra Pablo una acusación revestida de doble delito: alboroto público y propugnar «otro rey»; se trataba, por tanto, de alta traición. Son precisamente los mismos delitos imputados al Señor (cfr Lc 23,2; Jn 19,12). Es evidente que los acusadores han deformado la enseñanza de Pablo, que hablaría sin duda de Jesús como Señor, y han tergiversado la predicación sobre el Reino mesiánico como si fuera la venida e instauración de un rey temporal: «Dios abre los labios de quienes pronuncian palabras divinas —escribe Orígenes—, y me temo que es el diablo el que abre la boca de otros» (Homiliae in Exodum 3,2).
Los magistrados reciben la acusación, pero aceptan las garantías (fianza) de Jasón en favor de Pablo y la denuncia fracasa. El episodio constituye una muestra de la defensa de Pablo y los primeros discípulos: sin violencia, acudiendo al derecho.
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Hch 17,10-15
En Berea los judíos reciben con espíritu más abierto a Pablo y eso les lleva a creer en el Señor. Lucas anota explícitamente la nobleza, interés y diligencia (cfr v. 11) de aquellas gentes: «Es un hecho que la enseñanza de la verdad es diferentemente recibida según las disposiciones de los oyentes. El Verbo presenta igualmente a todos el bien y el mal; de modo que uno, bien dispuesto hacia lo que se le anuncia, tiene su alma en la luz, y el otro, dispuesto en sentido contrario y no decidido a fijar la mirada del alma en la luz de la verdad, permanece en las tinieblas de la ignorancia» (S. Gregorio de Nisa, De vita Moysis 2,65).
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Hch 17,16-21
El relato sobre la estancia de Pablo en Atenas es de una riqueza de matices admirable. Nos presenta el encuentro del Evangelio con el paganismo helenista, popular y culto, de su tiempo. Es un momento de singular importancia porque la predicación evangélica va a mostrar, a través del Apóstol, su capacidad de expresarse en diferentes mentalidades y situaciones culturales, permaneciendo en todo fiel a sí misma. En la Tradición de la Iglesia, y muy particularmente en los inicios, se ha tenido presente que también los pueblos paganos han recibido una cierta manifestación de la Verdad que les prepara para aceptar a Cristo, única Verdad: «Yo confieso que mis oraciones y mis esfuerzos tienen como fin mostrarme cristiano, no porque las doctrinas de Platón sean del todo ajenas a Cristo, sino porque no son del todo semejantes, como tampoco las de los otros filósofos, estoicos, por ejemplo, poetas e historiadores. Porque cada uno habló bien, con base en la porción del Verbo seminal divino que le correspondió. Pero es evidente que quienes en puntos muy principales se contradicen unos a otros, no alcanzaron una ciencia segura ni una sabiduría irrefutable. Todo lo verdadero y bueno dicho por ellos nos pertenece a nosotros los cristianos (…). Los escritores profanos sólo oscuramente pudieron ver la realidad, gracias a la semilla del Verbo presente en ellos» (S. Justino, Apologia 2,13,2-5).
Lucas apunta en el inicio el celo del Apóstol (v. 16) y su manifestación en obras de evangelización con judíos y paganos. Según su proceder habitual, Pablo predica en la sinagoga, pero habla también en el «ágora» (v. 17), la plaza principal de Atenas donde se tenían las asambleas del pueblo: allí se trataban los asuntos políticos importantes, aunque también allí comentaban de manera informal los asuntos y noticias corrientes, pues era donde se instalaba el mercado. El «Areópago» (v. 19) designaba antiguamente una colina al noroeste de la Acrópolis de Atenas; más tarde indicó el tribunal que tenía allí las audiencias. En época de Pablo, se llamaba indiferentemente Areópago a la colina y al tribunal, que, desde hacía tiempo, se había trasladado al Pórtico Real, en el ágora.
El evangelista presenta a Pablo en diálogo con epicúreos y estoicos (v. 18). Los primeros, discípulos de Epicuro (341-270 a.C.), mostraban un cierto aire materialista; no creían en la existencia de dioses, o los consideraban como ajenos e indiferentes al mundo de los hombres; su ética acentuaba la importancia del placer y la tranquilidad. Los estoicos, fundados por Zenón de Citium (340-265 a.C.), veían en el «logos» la causa que configura, ordena y dirige el universo y la vida de los seres; esta razón de todo lo existente era para ellos un principio último, inmanente en las cosas y suponía una concepción panteísta de la realidad; su ética insistía en la suficiencia y responsabilidad del hombre, y hablaba un lenguaje de libertad, aunque concebía al ser humano movido por la fuerza irresistible y necesaria del destino.
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Hch 17,22-34
Este discurso, el más extenso de San Pablo predicado a los paganos (cfr 14,15ss.), constituye probablemente el primer modelo conocido de apologética cristiana: tiende a mostrar la naturaleza razonable del cristianismo y lo mucho que puede decir al pensamiento humano sin prejuicios. Hace ver al mismo autor de los tres primeros capítulos de la Carta a los Romanos: alguien que lleva tiempo ocupado en predicar el Evangelio a paganos, según un esquema que habla primero del único Dios vivo y verdadero y anuncia a continuación a Jesucristo, Salvador divino de todos los hombres (cfr 2 Tm 1,9-10). El motivo central del discurso está en que el hombre tiene su origen en Dios y, por eso, conserva una nostalgia de Él que le impulsa a buscarle. Los Padres de la Iglesia desarrollaron con gusto esta imagen: «Si alguien levanta su atención un poco sobre lo corporal y, liberado de la servidumbre y sinrazón de las pasiones, examina su propia alma con pensamiento honesto y sincero, verá claramente en su naturaleza el amor de Dios hacia nosotros y el designio del Creador. Observando de esta forma, descubrirá que es esencial y natural al hombre el deseo hacia lo hermoso y óptimo; descubrirá también, sembrado en su naturaleza, el amor impasible y feliz hacia aquella Imagen inteligible y bienaventurada de la que el hombre es copia» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).
Después de una introducción destinada a atraer la atención de los oyentes y anunciar el tema principal (vv. 22-23), el discurso se divide en tres partes: 1) Dios es el Señor del mundo y no necesita habitar en templos fabricados por hombres (vv. 24-25); 2) el hombre es criatura de Dios y depende en todo de Él (vv. 26-27); 3) existe una relación entre Dios y el hombre, de modo que la idolatría es un error (vv. 28-29). Sigue una conclusión en la que exhorta a los oyentes a abandonar sus errores acerca de Dios y decidirse al arrepentimiento, teniendo en cuenta el Juicio Final que realizará Jesucristo resucitado (vv. 30-31).
La cita invocada por San Pablo en su discurso (v. 28), en singular, es del poeta estoico Arato (siglo III a.C.). La forma plural, utilizada por el Apóstol, parece aludir a un verso análogo del himno a Zeus escrito por Cleantes (también del siglo III a.C.). Más allá de la intención de captar la benevolencia de los oyentes para su mensaje, en esta invocación se descubre el respeto de Pablo y de los cristianos por lo que de hay de verdadero en las manifestaciones de la cultura humana: «Hay en la cultura profana —escribe San Gregorio de Nisa— aspectos que no debemos rechazar a la hora de crecer en la virtud. La filosofía moral y natural puede ser, en efecto, compañera de quien desea llevar una vida elevada (…), a condición de que su fruto no conserve ninguna contaminación extraña» (De vita Moysis 2,37).
Pero el discurso tiene otra cara. Al hablar de la resurrección de los muertos las respuestas se dividen (v. 32): «Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 996). Para ello es necesaria la fe, que Dios da a los que le buscan con sincero corazón (v. 34): «Nosotros creemos firmemente que la naturaleza humana no es capaz de buscar a Dios y de descubrirlo con pureza si no es ayudada por Aquel que ella busca. Y Él es descubierto por aquellos que, después de haber hecho lo que podían, reconocen tener necesidad de Él» (Orígenes, Contra Celsum 7,42).
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Hch 18,1-11
Pablo debió de llegar algo abatido a Corinto tras su predicación en Atenas, y con gran estrechez económica. Tiempo después escribiría: «Me he presentado ante vosotros débil, y con temor y mucho temblor, y mi mensaje y mi predicación no se han basado en palabras persuasivas de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder» (1 Co 2,3-4). Corinto era una ciudad eminentemente comercial y cosmopolita. Ocupaba el istmo entre dos golfos —hoy unidos por un canal—, y a ella arribaban naves de todas partes. El ambiente moral no era favorable para la difusión del Evangelio, como se puede ver por ejemplo en la descripción que Pablo hace del mundo pagano en Rm 1,18-32, y que fue escrita precisamente aquí, en Corinto. Las costumbres relajadas, el exclusivo afán por ganar dinero y el culto lujurioso a la diosa Afrodita podían hacer suponer que no era lugar adecuado para sembrar la Palabra de Dios; pero el Señor puede más y su mensaje de salvación es capaz de convertir los corazones.
En su labor en Corinto, Pablo cuenta con la ayuda eficaz de Aquila y Priscila (vv. 2-4). Ambos cónyuges, que se trasladaron a Éfeso con Pablo (cfr 18,18), volvieron a Roma más tarde (cfr Rm 16,3). La presencia de este matrimonio cristiano en la misión apostólica de los orígenes de la evangelización ha quedado como ejemplo de lo que la Iglesia espera de sus fieles: «También la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana posee esta dimensión misionera católica. El sacramento del Matrimonio, que plantea con nueva fuerza el deber arraigado en el Bautismo y en la Confirmación de defender y difundir la fe, constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo hasta los últimos confines de la tierra (Hch 1,8) (…). Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila se presentaban como una pareja misionera, así también la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la presencia de cónyuges y familias cristianas que (…) van a tierras de misión a anunciar el Evangelio sirviendo al hombre por amor de Jesucristo» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 54).
Claudio fue emperador los años 41-54. Su edicto que expulsaba de Roma a los judíos (v. 2), mencionado también por Suetonio, es anterior al año 50. San Pablo vive de su trabajo y lo hace compatible con su intensa predicación del Evangelio (vv. 3-4). «La enseñanza de Cristo acerca del trabajo —escribe Juan Pablo II—, basada en el ejemplo de su propia vida durante los años de Nazaret, encuentra un eco particularmente vivo en las enseñanzas del apóstol Pablo. Éste se gloriaba de trabajar en su oficio (probablemente fabricaba tiendas, cfr Hch 18,3) y gracias a esto podía también, como apóstol, ganarse por sí mismo el pan» (Laborem exercens, n. 26). Durante la estancia de año y medio en Corinto, Pablo escribe a los tesalonicenses unas cartas exigentes en las que les exhorta a que trabajen (2 Ts 3,10.12). San Juan Crisóstomo, comentando este pasaje de Hechos, afirma: «El trabajo es el estado natural del hombre. Para él, la ociosidad no es natural. Dios ha puesto al hombre en este mundo para trabajar, y por naturaleza el alma está hecha para el movimiento y no para el reposo» (In Acta Apostolorum 35).
La obcecación de los judíos de Corinto (vv. 5-6) hace percibir dolorosamente de nuevo a Pablo el misterio de la resistencia a creer de gran parte del pueblo elegido. Con un gesto similar al de Antioquía de Pisidia (cfr 13,51), el Apóstol sacude el polvo de sus ropas. La frase «desde ahora me dirigiré a los gentiles» (v. 6) se refiere a su predicación en Corinto, pues seguirá evangelizando a judíos y a gentiles allí donde desempeñe su trabajo apostólico (cfr 18,19; 28,17). «Sucedió que los judíos —escribe San Justino—, que estaban en posesión de las profecías y esperaban continuamente a Cristo, cuando vino, no le reconocieron; y no sólo eso, sino que le maltrataron. En cambio los gentiles, que jamás habían oído hablar de Él hasta que los Apóstoles salidos de Jerusalén les narraron su vida y les entregaron las profecías, llenos de alegría y de fe renunciaron a los ídolos y se consagraron por medio de Cristo al Dios ingénito» (Apologia 1,49,5).
De todos modos, la predicación de Pablo en Corinto comenzó a dar sus frutos (vv. 7-8) entre algunos judíos, como Crispo y su familia, y muchos gentiles. Los dones extraordinarios que Pablo recibe, como la visión y palabras de Jesús (vv. 9-10), indican el grado de heroísmo y entrega que Dios le pide. Los consuelos de la contemplación no se conceden, en efecto, para evitar los trabajos de seguir a Cristo, sino más bien para que el cristiano pueda aumentarlos y llevar más peso con la ayuda del Señor: «Sé claro que son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos, y son de tal suerte, que si no les diese aquel manjar de gustos no se podrían sufrir. Y está claro que (…) a los que Dios mucho quiere lleva por camino de trabajos, y mientras más los ama, mayores» (Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección 18,1).
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Hch 18,12-17
El procónsul Galión era hermano del filósofo estoico Séneca, nacido en Córdoba. Por una inscripción encontrada en Delfos a comienzo del siglo pasado, sabemos que Galión comenzó a desempeñar el gobierno de Acaya, cuya capital era Corinto, en julio del año 51. La comparecencia de Pablo ante el procónsul debió de ocurrir hacia finales de ese año. Éste es uno de los puntos mejor establecidos en la cronología del Apóstol.
Sóstenes (v. 17) debía de ser, al menos, simpatizante de los cristianos y sufrió las consecuencias de la persecución. Algunos comentaristas se plantean si es este mismo Sóstenes el que aparece como amanuense de la posterior carta de San Pablo a los corintios (1 Co 1,1).
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Hch 18,18-22
El Apóstol llega por primera vez a Éfeso, capital del Asia proconsular. Tenía cerca de 200.000 habitantes y era una de las ciudades más florecientes del Imperio. Entre sus monumentos destacaba el Artemision o templo de Artemisa (Diana), una de las maravillas del mundo antiguo. El teatro que dominaba la ciudad tenía capacidad para 23.000 espectadores. En este viaje, Pablo permanece en esa capital poco tiempo. En el viaje siguiente Éfeso será, sin embargo, el centro de su misión.
El voto mencionado en el v. 18 puede referirse al de «nazir», el «consagrado» a Dios. Se describe en el libro de los Números (6,1ss.) y comprendía entre otras cosas: no cortarse el cabello, que significaba dejar obrar a Dios, y no tomar bebidas fermentadas, que indicaba el propósito de una vida exigente. En el texto griego no queda claro si el voto lo ha hecho Pablo o Aquila; los comentaristas se inclinan a pensar que es Pablo.
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Hch 18,23-20,38
El tercer viaje apostólico de Pablo comienza, como los anteriores, en Antioquía y acaba en Mileto con la partida del Apóstol hacia Jerusalén. El viaje fue largo. Lucas se centra sobre todo en la actividad desarrollada en Éfeso.
Pablo recorre, para empezar, las ciudades ya evangelizadas en las regiones de Galacia y Frigia, lo que le llevaría posiblemente los meses finales del año 53 y primeros del 54. Marcha luego a Éfeso, donde permanece casi tres años y sufre toda clase de tribulaciones (cfr 2 Co 1,8), de forma que cuando escribe desde allí a los corintios, en la primavera del 57, puede decir: «Hasta el momento presente pasamos hambre, sed, desnudez, somos abofeteados, andamos errantes (…). Hemos venido a ser hasta ahora como la basura del mundo, el desecho de todos» (1 Co 4,11.13). Aun en esas condiciones, o quizá por ellas, su apostolado fue fecundísimo y el mensaje cristiano llegó a toda el Asia proconsular (Turquía occidental de la actualidad): a ciudades importantes como Colosas, Laodicea, Hierápolis, etc.; por lo que San Pablo afirmaba: «Se me ha abierto una puerta amplia y prometedora» (1 Co 16,9).
El Apóstol abandona la ciudad como consecuencia del motín de los plateros, y marcha hacia Macedonia y Acaya para visitar las iglesias fundadas en el segundo viaje: Filipos, Tesalónica, Corinto. Aquí permaneció tres meses, el invierno del 57 al 58. La vuelta a Jerusalén, adonde iba a llevar las colectas recibidas, se realiza por Macedonia, para esquivar una conjura de los judíos. Embarcó en Neápolis —el puerto cercano a Filipos— y, tras algunas escalas, llegó a Mileto. Allí se reunió con los presbíteros que hizo venir desde Éfeso. Desde Mileto partió hacia Cesarea, para poder estar en Jerusalén la fiesta de Pentecostés.
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Hch 18,24-28
El episodio es un excelente ejemplo del afán apostólico de Aquila y Priscila. El motivo se repite, de una u otra manera, en los primeros escritos cristianos: «Por mi parte a ellos [judíos y herejes] como a vosotros, pongo todo mi empeño en sacarlos del error, sabiendo que todo el que pudiendo decir la verdad no la dice, será juzgado por Dios» (S. Justino, Dialogus cum Tryphone 82,3).
Las consecuencias que se derivan de ese celo apostólico no son menos significativas, ya que Apolo resulta ser un vibrante predicador (vv. 27-28): «En la mente de ese hombre ya se había insinuado la luz de Cristo: había oído hablar de Él, y lo anuncia a los otros. Pero aún le quedaba un poco de camino, para informarse más, alcanzar del todo la fe, y amar de veras al Señor. Escucha su conversación un matrimonio, Aquila y Priscila, los dos cristianos, y no permanecen inactivos e indiferentes. No se les ocurre pensar: éste ya sabe bastante, nadie nos llama a darle lecciones. Como eran almas con auténtica preocupación apostólica, se acercaron a Apolo, se lo llevaron consigo y le instruyeron más a fondo en la doctrina del Señor» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 270).
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Hch 19,1-7
La existencia en Éfeso de un grupo de discípulos que sólo habían recibido el bautismo de Juan presenta algunas dificultades de interpretación. Puede pensarse que estaban relacionados con las enseñanzas del Bautista —habían recibido su bautismo—, y Pablo debió de considerarlos cristianos en un primer momento. Pero en el Nuevo Testamento la condición de cristiano va unida siempre a la recepción del Bautismo de Jesucristo y a la posesión del Espíritu Santo (cfr 11,16; Jn 3,5; Rm 8,9; 1 Co 12,3; Ga 3,2; etc.), y éstos son los pasos que aquellos hombres dan a continuación (vv. 5-6). «El bautismo de Juan —explica Santo Tomás de Aquino— no concedía la gracia, sino que se limitaba a preparar para recibirla. Lo hacía de tres maneras: por la doctrina de Juan que movía a la fe en Jesús; exhortando al rito del Bautismo de Cristo; y preparando a los hombres, mediante la penitencia, a obtener todos los efectos de este Bautismo» (Summa theologiae 3,38,3).
En todo caso, en esta escena, el texto señala (v. 6), como otras veces en el libro de los Hechos (cfr 3,1-10 y 14,8-18; 12,1-12 y 16,25-34; etc.), el paralelismo entre la labor de Pablo y la de Pedro (cfr 8,14-17). La unión de los dos Apóstoles en la misión de la Iglesia se prolongó después en muchas manifestaciones: «En un solo día celebramos el martirio de los dos Apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa, aunque fueran martirizados en días diversos. Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los Apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina» (S. Agustín, Sermones 295,8).
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Hch 19,8-20
En el mundo helenístico de la época había magos, adivinos y exorcistas dispuestos a invocar el nombre de cualquier divinidad. Conocemos, por ejemplo, un papiro mágico que recogía una fórmula semejante a la que emplean aquí estos exorcistas (v. 13): «Te conjuro por Jesús, Dios de los hebreos». Pero el testimonio cristiano exige mucho más que la repetición de unas fórmulas: «Para que la doctrina pegue su fuerza —escribe San Juan de la Cruz—, dos disposiciones ha de haber: una del que predica y otra del que oye. Porque ordinariamente es el provecho como hay la disposición de parte del que enseña. Que por eso se dice que, cual es el maestro, tal suele ser el discípulo. Porque cuando en los Actos de los Apóstoles aquellos siete hijos de aquel príncipe de los sacerdotes de los judíos acostumbraban a conjurar los demonios con la misma forma que San Pablo, se embraveció el demonio contra ellos (…) y embistiendo en ellos, los desnudó y llagó. Lo cual no fue sino porque ellos no tenían la disposición que convenía» (Subida al Monte Carmelo 3,45).
Por lo demás, las curaciones de Pablo recuerdan a las de Pedro: de la misma manera que las gentes llevaban a los enfermos para que la sombra de Pedro les curase (5,15), ahora rodean a Pablo para ser sanados (vv. 11-12). Pero, sobre todo, la actividad de Pablo en Éfeso parece un eco de la de Jesús en Galilea cuando las gentes se agolpaban junto al Señor para tocar su manto y ser curadas (cfr Mc 6,56). También en cuanto a la forma, con milagros que confirman las palabras, la acción de Pablo imita el proceder de Jesús: «¿Aprendieron los discípulos de Jesús a hacer milagros como su maestro y convencían así a sus oyentes, o no hicieron ellos tampoco milagros? Decir que no hicieron milagros de ninguna clase, y que, creyendo a ciegas (…), se entregaron a enseñar por todas partes una doctrina nueva, es cosa de todo punto absurda; porque ¿qué les daba ánimo para enseñar una doctrina que era una completa novedad? Y si también ellos hicieron milagros, ¿en qué cabeza cabe que unos magos se lanzaran a tantos peligros para implantar precisamente una doctrina que prohíbe la magia?» (Orígenes, Contra Celsum 1,38).
El santo temor de ofender a Dios llevó a los de Éfeso a apartar todo lo que les separaba de Él, empezando por las artes mágicas y los libros que trataban de ellas.
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Hch 19,21-40
Artemisa (v. 24) es el nombre griego de la diosa llamada Diana por los latinos, y se identificaba por sincretismo con una divinidad asiática a quien se atribuía la fertilidad. Su imagen recibía culto en el Artemision. Los festivales de Artemisa se celebraban con orgías y eran frecuentados por gran número de personas de las regiones vecinas. El negocio de Demetrio y sus colegas consistía en vender imágenes de la diosa, que muchos visitantes se llevarían como recuerdo.
El éxito del apostolado de Pablo en Éfeso se muestra no sólo porque provoca la preocupación en los plateros, que veían así disminuir sus ganancias, sino también por su relación cordial con los magistrados de la ciudad: los asiarcas (v. 31). El texto pone en contraste la actitud interesada de Demetrio y los plateros con la actitud ponderada del magistrado (vv. 35-40). En las palabras de éste se puede percibir que la bondad del mensaje cristiano es capaz de impresionar favorablemente a quienes lo examinan con buen sentido. Contrastes semejantes se reflejan en una antigua apología cristiana. Los cristianos, dice, «obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños, y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo» (Epistula ad Diognetum 5).
Lucas menciona el término «camino» (v. 23) para referirse al cristianismo y a la Iglesia (cfr 9,2; 19,9; 22,4; 24,14.22). Probablemente era un término bastante usado por muchos cristianos de la época. La palabra «camino» tenía raigambre bíblica (cfr Dt 30,15-20), con el significado de conducta moral y religiosa e, incluso, de norma de conducta: «Se llama con razón camino a la predicación del Evangelio, pues es la ruta que conduce verdaderamente al Reino de los Cielos» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 41,1).
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Hch 20,1-6
El autor sagrado retoma ahora el hilo del viaje que había abandonado en 19,22. Desde el v. 5 el relato cambia de nuevo a la primera persona del plural: el narrador posiblemente se ha unido a Pablo en Filipos y seguirá con él. Este viaje hacia Macedonia es probablemente el mismo que se menciona en 2 Co 2,12-13: «Cuando llegué a Tróade, para anunciar el Evangelio de Cristo, aunque se me había abierto una puerta en el Señor, no hallé sosiego para mi espíritu por no encontrar a mi hermano Tito; así que me despedí de ellos y salí para Macedonia».
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Hch 20,7-12
En el v. 7 se encuentra la primera mención explícita en el libro de los Hechos de la costumbre cristiana de reunirse en el primer día de la semana para celebrar la Sagrada Eucaristía (cfr 2,42; 1 Co 10,16). Después la mención aparece en muchos documentos cristianos: «El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se leen los tratados de los apóstoles o los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita. Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables. Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia fervorosamente preces y acciones de gracias, y el pueblo responde “Amén”; tras de lo cual se distribuyen los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes. (…) Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque este día es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos» (S. Justino, Apologia 1,67).
San Pablo, como antes San Pedro (9,36-41), resucita a un muerto. San Beda ve en las circunstancias del milagro un simbolismo espiritual: «La restauración del joven se produce entre las palabras de la predicación, de modo que el anuncio de Pablo se confirme mediante la suavidad del prodigio y de la doctrina, se consolide el esfuerzo de la vigilia y se asocie más estrechamente en el ánimo de todos los asistentes el recuerdo del Maestro desaparecido» (Expositio Actuum Apostolorum, ad loc.).
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Hch 20,13-38
La exhortación a los presbíteros de Éfeso es el tercer gran discurso del Apóstol recogido en en el libro. Forma un tríptico con el que dirige a los judíos en Antioquía de Pisidia (13,16ss.) y el que pronuncia ante los paganos en Atenas (17,22ss.). Constituye una despedida emocionada de Pablo a las iglesias que ha fundado. El discurso evoca el de la Última Cena de Jesús (Lc 22,21-38), con advertencias acerca del porvenir de la Iglesia, el papel del ministerio y la exigencia de los pastores. Subraya, sobre todo, la abnegación del Apóstol que, por eso, puede servir de modelo a los presbíteros que le escuchan. Ésa es la primera enseñanza, la del ejemplo: «Es necesario que quienes gobiernan la comunidad ejerciten dignamente las actividades de dirección (…). Existe el peligro de que algunos que se ocupan de otros y les dirigen hacia la vida eterna puedan destruirse a sí mismos sin notarlo. Es necesario que quienes supervisan trabajen más que el resto, sean más humildes que quienes están bajo ellos, les ofrezcan su propia vida como un ejemplo de servicio, y consideren a los súbditos como un depósito que Dios les ha confiado» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).
El discurso se divide en dos partes. La primera (vv. 18-27) contiene un breve resumen de la abnegada vida de Pablo en Éfeso al frente de la iglesia que había establecido, así como los difíciles acontecimientos que barrunta para el tiempo inmediato. Dos secciones paralelas (vv. 18-21 y 26-27) encuadran un pasaje central (vv. 22-25). En la raíz de su enseñanza está la certeza por parte del Apóstol de que Dios dirige sus pasos y vela paternalmente por él; pero tal convencimiento va unido a la incertidumbre, propia de la condición humana, sobre su futuro: «La gracia no operaba sola. Respetaba a los hombres en su propia acción, les movía, despertaba y no hacía desaparecer del todo sus inquietudes» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 37). Pablo ha logrado amar a Jesucristo hasta el desprecio de sí mismo, de modo que el curso de su vida significa únicamente para él la posibilidad de cumplir la tarea que Dios le ha encomendado (cfr 2 Co 4,7; Flp 1,19-26; Col 1,24). El Apóstol concibe la santidad como una carrera ininterrumpida, llena de amor y de obras, hacia el encuentro con el Señor (v. 24). Éste es el ideal de perfección cristiana que han enseñado, según la pauta marcada por San Pablo, los Padres de la Iglesia: «Si se trata de la virtud —escribe, por ejemplo, San Gregorio de Nisa—, hemos aprendido del Apóstol mismo que la perfección de aquélla sólo tiene el límite de no tener ninguno. Este gran hombre de elevado espíritu, este divino apóstol, no deja jamás, al correr en la vía de la virtud, de tender hacia lo que está delante (Flp 3,13). Detenerse le parece peligroso. ¿Por qué? Porque todo bien, por su propia naturaleza, carece de límite y sólo está limitado por el encuentro en su contrario: así la vida por la muerte, la luz por la oscuridad, y en general cualquier bien por su opuesto. Igual que el fin de la vida es el comienzo de la muerte, así también dejar de correr en el camino de la virtud es comenzar a hacerlo en el camino del vicio» (De vita Moysis 1,5).
En la segunda parte del discurso (vv. 28-35), el Apóstol habla encendidamente sobre la misión y tarea de los presbíteros. Dos series de recomendaciones (vv. 28-31 y 33-35) se agrupan también en torno a un versículo eje (v. 32): «No es conveniente que los hombres cristianos, atentos al esfuerzo humano, consideren que la entera corona depende de sus peleas, sino que es necesario que refieran a la voluntad de Dios sus esperanzas en el premio» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).