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HECHOS DE LOS APÓSTOLES
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Hch 1,1-5
Como en el evangelio (cfr Lc 1,1-4), San Lucas inicia su narración con un prólogo semejante al que empleaban los historiadores profanos. En este segundo volumen de su obra enlaza con los acontecimientos narrados al final del evangelio y comienza a relatar los orígenes y la primera expansión del cristianismo, efectuados con la fuerza del Espíritu Santo, protagonista central de todo el escrito. La dimensión espiritual del libro de los Hechos, que forma una estrecha unidad con el tercer evangelio, encendió el alma de las primeras generaciones cristianas, que vieron en sus páginas la historia fiel y el amoroso actuar divino con el nuevo Israel que es la Iglesia. Así, la forma de narrar de Lucas es la de los historiadores, pero la significación del relato es más profunda: «Los Hechos de los Apóstoles parecen sonar puramente a desnuda historia, y que se limitan a tejer la niñez de la naciente Iglesia; pero, si caemos en la cuenta de que su autor es Lucas, el médico, cuya alabanza se encuentra en el Evangelio (cfr Col 4,14), advertiremos igualmente que todas sus palabras son medicamentos para el alma enferma» (S. Jerónimo, Epistulae 53,9).
«Teófilo» (v. 1), a quien va dedicado el libro, pudo ser un cristiano culto y de posición acomodada. También puede ser una figura literaria, pues el nombre significa «amigo de Dios».
El tercer evangelio narra las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús y a los Apóstoles, refiriéndolas al mismo día (cfr Lc 24,13.36). Aquí, San Lucas dice que se les apareció «durante cuarenta días» (v. 3). La cifra no es solamente un dato cronológico. El número admite un sentido literal y uno más profundo. Los períodos de cuarenta días o años tienen en la Sagrada Escritura un claro significado salvífico. Son tiempos en los que Dios prepara o lleva a cabo aspectos importantes de su actividad salvadora. El diluvio inundó la tierra durante cuarenta días (Gn 7,17); los israelitas caminaron cuarenta años por el desierto hacia la tierra prometida (Sal 95,10); Moisés permaneció cuarenta días en el monte Sinaí para recibir la revelación de Dios que contenía la Alianza (Ex 24,18); Elías anduvo cuarenta días y cuarenta noches con la fuerza del pan enviado por Dios, hasta llegar a su destino (1 R 19,8); y Nuestro Señor ayunó en el desierto durante cuarenta días como preparación a su vida pública (Mt 4,2).
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Hch 1,6-11
La pregunta de los Apóstoles (v. 6) indica que todavía piensan en la restauración temporal de la dinastía de David: la esperanza en el Reino parece reducirse para ellos —como para muchos judíos de su tiempo— a la expectación de un dominio nacional judío, bajo el impulso divino, tan amplio y universal como la diáspora. Con su respuesta, el Señor les enseña que tal esperanza es una quimera: los planes de Dios están muy por encima de sus pensamientos; no se trata de una realización política sino de una realidad transformadora del hombre, obra del Espíritu Santo: «Pienso que no comprendían claramente en qué consistía el Reino, pues no habían sido instruidos aún por el Espíritu Santo» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 2).
Cuando el Señor corrige a sus discípulos, sí les especifica claramente cuál debe ser su misión: ser testigos suyos hasta los confines de la tierra (v. 8): «El celo por las almas es un mandato amoroso del Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone, antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 122).
Después (vv. 9-11), el Señor asciende a los cielos. Así se explica la situación actual del cuerpo resucitado de Jesús: «La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su Humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. (…) Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. Elevado al Cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 668-669).
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Hch 1,12-7,60
Los siete primeros capítulos de los Hechos narran la vida de la Iglesia naciente en Jerusalén. Una vez elegido Matías para completar el grupo de los Doce (1,15-26), se relata la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (2,1-13) y la primera predicación apostólica acerca de Jesucristo (2,14-41).
Después se nos cuenta el crecimiento y la agrupación de la comunidad en torno a Pedro y a los demás Apóstoles. Milagros y hechos extraordinarios (3,1-10; 5,1-16) acompañan la predicación de los Doce. Con unos sumarios intercalados a lo largo del texto (1,14; 2,42-47; 4,32-37; 5,12-16), Lucas describe la vitalidad espiritual de la primitiva Iglesia. El aumento progresivo de los fieles (2,41.47; 4,4; 5,14; 6,1) impone la elección de los Siete (6,1-7). La persecución que se desata contra la Iglesia y el martirio de Esteban (6,8-7,60) cierran esta parte del libro, y desplazan la acción a las regiones limítrofes con Judea (8,1ss.).
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Hch 1,12-26
Lucas presenta ahora al grupo de los discípulos, núcleo de la naciente Iglesia, antes de la venida del Espíritu Santo. Nombra de manera explícita al Colegio Apostólico (1,13) —que será completado con Matías (1,26)— y a María, la Madre del Señor (1,14). De manera semejante a como el Espíritu Santo descendió sobre María, la llena de gracia (cfr Lc 1,28), ahora descenderá sobre aquel grupo que tiene como estandarte la oración (1,14.24).
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Hch 1,12-14
En la breve descripción del grupo de discípulos anterior a la venida del Espíritu Santo hay varios aspectos significativos.
En primer lugar, el evangelista señala tres grupos de personas: los Once, testigos de la vida pública de Jesús y de su resurrección; las mujeres, testigos de su muerte, sepultura y resurrección; y María, la Madre del Señor, testigo privilegiado de la infancia y la vida oculta de Cristo. La primera comunidad es testimonio autorizado de la vida de Jesús.
El texto informa también de un rasgo peculiar de los primeros tiempos de la Iglesia: «Es una anotación insistente en el relato de la vida de los primeros seguidores de Cristo: todos, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en la oración (Hch 1,14) (…). La oración era entonces, como hoy, la única arma, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la lucha interior» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 242).
El escritor sagrado destaca la presencia de María entre los Apóstoles. La Tradición, al contemplar y meditar este cuadro, ha concluido que en él aparece la maternidad que la Virgen ejerce sobre toda la Iglesia, tanto en su origen como en su desarrollo: «En la economía de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu Santo, se da una particular correspondencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María de Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del “nacimiento del Espíritu”. Así la que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace —por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo— presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue siendo una presencia materna» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 24).
El texto habla de los «hermanos» de Jesús (v. 14), expresión que aparece también en los evangelios, y que tiene el significado amplio de parientes, sin especificar el grado. La Iglesia, iluminada por el Espíritu, ha confesado siempre que la Virgen no tuvo más hijos que Jesús: cfr notas a Mt 1,18-25; 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21.
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Hch 1,15-26
El episodio de la elección de San Matías revela varias notas importantes en la constitución de la Iglesia, como son el número de los Doce y el lugar que ocupa Pedro en la comunidad.
Pedro, a quien Jesús le encomendó confirmar en la fe a sus hermanos (Lc 22,32), es quien tiene la iniciativa. Recuerda primero la muerte violenta de Judas (vv. 18-19; cfr Mt 27,3-10) y propone la elección de un Apóstol que ocupe el lugar del traidor. Más tarde, cuando muere Santiago el Mayor (12,2), ya no se menciona este procedimiento. Por tanto, el gesto de Pedro parece indicar que la constitución de los Doce era necesaria antes de la venida del Espíritu Santo cuando la Iglesia se manifestó públicamente.
La comunidad cristiana acude a las suertes —medio usado en el Antiguo Testamento, cfr p. ej. 1 S 14,41— porque piensa que Dios ha hecho ya su elección y consiguientemente la manifestará: «Todos rezan, diciendo: Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muéstranos. “Tú, no nosotros”. Llaman con razón al que penetra todos los corazones, pues Él solo era quien había de hacer la elección. Le exponen su petición con toda confianza, dada la necesidad de la elección. No dicen: “Elige”, sino: Muéstranos a cuál has elegido, pues saben que todo ha sido prefijado por Dios. Echaron suertes. No se creían dignos de hacer por sí mismos la elección, y por eso prefieren atenerse a una señal» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 3,3).
Lucas suele reservar el término «Apóstoles» para designar a los Doce (cfr p. ej. 6,6), o a los Once junto a Pedro, que aparece como cabeza del Colegio Apostólico (cfr 2,14). Las funciones principales de los Apóstoles a lo largo del libro de los Hechos son: ser testigos de la resurrección de Jesús (1,22) y llevar a cabo este testimonio mediante el ministerio de la palabra (6,4), acompañado de signos y prodigios que hacen visible la salvación que anuncian (2,14-21.43; 3,1-11.16; etc.). Los Doce llevan asimismo la dirección de la Iglesia: recogiendo los bienes para los hermanos necesitados (4,35), eligiendo a algunos hermanos para el ministerio (6,2-3), interviniendo como garantes de la unidad (11,1-18; 15,2), etc.
Lucas concentra su interés en la figura de Pedro, al que nombra en su libro 56 veces. Pedro es siempre el centro de las escenas y episodios en los que aparece con otros Apóstoles o discípulos. En los acontecimientos relativos a la comunidad de Jerusalén, Pedro actúa como portavoz de los Doce (2,14.37; 5,29) y desempeña un papel decisivo en la apertura del Evangelio a los paganos.
El Colegio de los Doce Apóstoles, cuya cabeza es Pedro, pervive en el Episcopado de la Iglesia, cuya cabeza es el Romano Pontífice, sucesor de Pedro y vicario de Jesucristo: «Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 22).
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Hch 2,1-47
Pentecostés significa, en el libro de los Hechos, el comienzo de la andadura de la Iglesia: animada por el Espíritu Santo, constituye el nuevo Pueblo de Dios que comienza a proclamar el Evangelio a todas las naciones y a convocar a todos los llamados por Dios. La efusión del Espíritu Santo tiene también para los Apóstoles un valor revelador; más tarde, San Pedro verá en el descenso del Espíritu Santo sobre Cornelio y su familia (10,44-48; 11,15-17) una señal clara de la llamada a los gentiles sin pasar por la circuncisión.
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Hch 2,1-13
El relato de la venida del Espíritu Santo está lleno de simbolismos. Pentecostés era una de las tres grandes fiestas judías: se celebraba cincuenta días después de la Pascua y muchos israelitas peregrinaban ese día a la Ciudad Santa. Su origen era festejar el final de la cosecha de cereales y dar gracias a Dios por ella, junto con el ofrecimiento de las primicias. Después se añadió el motivo de conmemorar la promulgación de la Ley dada por Dios a Moisés en el Sinaí. El ruido, como de viento, y el fuego (vv. 2-3) evocan precisamente la manifestación de Dios en el monte Sinaí (cfr Ex 19,16.18; Sal 29) cuando Dios, al darles la Ley, constituyó a Israel como pueblo suyo. Ahora, con los mismos rasgos se manifiesta a su nuevo pueblo, la Iglesia: el viento significa la novedad trascendente de su acción en la historia de los hombres (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 691); el «fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo» (ibidem, n. 696).
La enumeración de la procedencia de los que escuchaban a los discípulos (vv. 5.9-11), y que todos entiendan la lengua hablada por los Apóstoles (vv. 4.6.8.11), evocan, por contraste, la confusión de lenguas en Babel (cfr Gn 11,1-9): «Sin duda, el Espíritu Santo actuaba ya en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés vino sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación; fue, por fin, prefigurada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe, por la Iglesia de la Nueva Alianza que habla en todas las lenguas, comprende y abraza en el amor a todas las lenguas, superando así la dispersión de Babel» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 4). Más allá del significado que tuvo en su día, el don del Espíritu Santo nos interpela también porque, en cada momento y en cada lugar, tenemos que saber dar testimonio de Cristo: «Cada generación de cristianos (…) necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con don de lenguas, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 132).
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Hch 2,14-36
Pedro toma la palabra en nombre de los Doce como hará otras muchas veces. Su discurso esta plagado de citas del Antiguo Testamento con las que explica el sentido de lo que acaba de acontecer: «Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del “amor y de la fidelidad” (…). Según estas promesas, en los “últimos tiempos”, el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 715).
En el discurso de Pedro se esboza el contenido del anuncio apostólico —kérygma—, objeto de la predicación y de la fe. Este anuncio expresa el testimonio sobre la muerte y resurrección de Cristo y su posterior exaltación; recuerda los puntos principales de la misión de Jesús, anunciada por Juan Bautista, confirmada con milagros y concluida con las apariciones del Señor resucitado y la efusión del Espíritu Santo; señala la llegada del tiempo mesiánico vaticinado por los profetas y hace un llamamiento universal a la conversión, para preparar así la parusía o segunda venida de Cristo glorioso. Son los mismos contenidos esenciales que nos han transmitido los evangelios escritos, especialmente los sinópticos.
San Juan Crisóstomo, al comentar el pasaje, resalta el cambio obrado en Pedro por la acción del Espíritu Santo, y la audacia del Apóstol: «¡Oíd predicar y discutir con valentía, entre la masa de enemigos, a aquel que poco antes temblaba ante la palabra de una simple sirvienta! Esta osadía es una prueba significativa de la resurrección de su Maestro, pues Pedro predica entre hombres que se burlan y se ríen de su entusiasmo (…). La calumnia no turba el espíritu de los Apóstoles; los sarcasmos no disminuyen su coraje, pues la llegada del Espíritu Santo ha hecho de ellos hombres nuevos y superiores a todas las pruebas humanas. Cuando el Espíritu Santo penetra en las almas es para elevar sus afectos y para hacer, de almas terrestres y de barro, unas almas escogidas y de un coraje intrépido (…). ¡Admirad la armonía que reina entre los Apóstoles! ¡Cómo ceden a Pedro la carga de tomar la palabra en nombre de todos! Pedro eleva la voz y habla a la muchedumbre con intrépida confianza. Tal es el coraje del hombre instrumento del Espíritu Santo (…). Igual que un carbón encendido, lejos de perder su ardor al caer sobre un montón de paja, encuentra allí la ocasión de sacar su calor, así Pedro, en contacto con el Espíritu Santo que le anima, extiende a su alrededor el fuego que le devora» (In Acta Apostolorum 4).
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Hch 2,37-41
El Bautismo que prescribe el Apóstol no es como el del Bautista, sino que incluye el don del Espíritu Santo (v. 38; cfr 1,5; Lc 3,3.16). «Bautizarse en el nombre de Jesucristo» no denota literalmente una forma litúrgica empleada por los Apóstoles, en lugar de la fórmula trinitaria que aparece en Mt 28,19. En un documento de comienzos del siglo II, la Didaché, o Doctrina de los Doce Apóstoles, se indica que se debe bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, sin que ello sea obstáculo para que en otros pasajes se hable de «los bautizados en el nombre del Señor» (cfr Didaché 7,1; 9,5). La expresión bautizarse en el nombre de Cristo significa por tanto el sacramento instituido por Jesucristo, mediante el cual se adquiere la condición de cristiano.
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Hch 2,42-47
Éste es el primero de los tres sumarios que se recogen en los capítulos iniciales del libro (cfr 4,32-37 y 5,12-16). Al comienzo (v. 42), describe en términos sencillos lo más esencial de la vida ascética y litúrgico–sacramental de los primeros cristianos: «Esta secuencia de actos es típica de la oración de la Iglesia; fundada sobre la fe apostólica y autentificada por la caridad, se alimenta con la Eucaristía» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2624).
La «doctrina de los Apóstoles» es la instrucción habitual impartida a los nuevos convertidos. No es el anuncio del Evangelio a los no cristianos, sino una catequesis cada vez más ordenada y sistemática en la que se explican a los discípulos las verdades fundamentales de la Fe —lo que poco después se recitará en la Iglesia como Profesión de fe, Símbolo o Credo—, que debían ser creídas y practicadas para la salvación. La catequesis, que es una constante predicación y explicación del Evangelio «hacia adentro», aparece en el mismo comienzo de la Iglesia. «Evangelizadora, la Iglesia empieza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y trasmitida, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 15).
La «comunión» se refiere a la unión de corazones operada por el Espíritu Santo. Tal unidad se consolida en los discípulos al vivir y sentir su fe como un bien común, concedido, en Jesucristo, por Dios Padre (cfr Ga 2,9). En esta comunidad de afectos radican las disposiciones de desprendimiento que llevan en su momento a la renuncia generosa de los propios bienes en beneficio de los necesitados (vv. 45-46): «Esta pobreza y este desprendimiento voluntarios cortaban de raíz el principio egoísta de muchos males, y los nuevos discípulos demostraban haber entendido la doctrina evangélica» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 7).
La «fracción del pan» (v. 42) es uno de los nombres de la Sagrada Eucaristía. Se le denomina así, «porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cfr Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cfr Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cfr Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él (cfr 1 Co 10,16-17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1329). Convive con otros nombres, como «Eucaristía», que subraya la idea de acción de gracias (cfr Didaché 9,1). La Santa Misa y la comunión eucarística constituyen desde Pentecostés el centro del culto cristiano.
Las «oraciones» son probablemente los salmos y los himnos con que se acompañaba la celebración de la Eucaristía. La consignación del artículo y el plural connotan que se trataba de oraciones determinadas. Los cristianos acuden al Templo de Jerusalén, porque es inicialmente uno de los centros de su vida litúrgica y de oración (v. 46). El Templo era para ellos la casa de Dios; sin embargo, no era el único lugar donde se reunían para la oración y el culto. Cuando el texto afirma que «partían el pan en las casas» (v. 46), se refiere probablemente a la fracción del pan apuntada antes (v. 42): la comunidad cristiana de Jerusalén —igual que las comunidades fundadas después por San Pablo— no posee todavía un edificio específico para las reuniones litúrgicas; lo hace en casas privadas, en lugares dignos. La construcción de edificios solamente para el culto no comenzará hasta el siglo III.
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Hch 3,1-5,42
Con la fuerza del Espíritu Santo recibida en Pentecostés, los Apóstoles siguen proclamando el Evangelio y confirmando con obras la verdad que predican. Pronto, sin embargo, surge la oposición de dirigentes judíos (4,1-2; 5,17-18) y aparecen las faltas de algunos miembros de la Iglesia (5,1-11). En este marco, el texto refleja el optimismo de aquellos fieles guiados por el Espíritu Santo: el pueblo les apreciaba (5,15-16), hombres importantes y justos como Gamaliel les comprendían (5,34-39), el Espíritu les asistía (4,31) y, en definitiva, Dios les confortaba con el aumento de los fieles y la fecundidad de virtud de aquella primera comunidad (4,4.32-37), porque «la contemplación de tantos hechos bien puede llevar razonablemente a la persuasión y a la fe a los que aman la verdad, no siguen las opiniones, ni se dejan dominar por las malas pasiones» (S. Justino, Apologia 1,53).
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Hch 3,1-10
Éste es un ejemplo de lo apuntado en el sumario anterior (2,42-47): muestra la doctrina de los Apóstoles, su oración, sus prodigios, y la alabanza del pueblo. Pedro y Juan van al Templo a la hora del sacrificio vespertino que comenzaba hacia las tres y duraba casi hasta la puesta del sol. A él asistía un gran número de judíos piadosos. Por la mañana se celebraba otro análogo, que se iniciaba con la aurora y duraba hasta la hora de tercia, las nueve de la mañana. La curación del tullido es el primer milagro obrado por medio de los Apóstoles, que consideran que ha llegado el momento de que actúe a través de ellos el poder de Dios. Así se cumple la promesa del Señor de obrar milagros, signos visibles de la llegada del Reino de Dios (cfr Mc 16,17-20). Lo que hacía el Señor (Lc 5,23; 7,22) lo hacen ahora sus Apóstoles en su nombre: «Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro lo hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud. Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro» (S. León Magno, Sermones 95,3).
Los milagros del Nuevo Testamento indican una situación especialmente intensa de gracia divina. Pero no son un caso único en la economía cristiana de salvación. Se repiten, según las circunstancias y de modos diversos, atraídos por las disposiciones interiores de hombres y mujeres de fe: «También a nosotros, si luchamos diariamente por alcanzar la santidad cada uno en su propio estado dentro del mundo y en el ejercicio de su propia profesión, en nuestra vida ordinaria, me atrevo a asegurar que el Señor nos hará instrumentos capaces de obrar milagros y, si fuera preciso, de los más extraordinarios» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 262).
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Hch 3,11-26
Tras la curación del cojo se narra este segundo discurso de San Pedro. Tiene dos partes: en la primera (vv. 12-16), el Apóstol explica que el milagro se ha realizado en el nombre de Jesús y por la fe en su nombre; en la segunda (vv. 17-26), subraya que en Jesús se cumplen las profecías del Antiguo Testamento y mueve a penitencia a la multitud reunida, responsable también de alguna manera de la muerte de Cristo. Al final (vv. 25-26), Pedro anota un motivo común en la predicación apostólica (cfr 2,39): la salvación se dirige en primer lugar al pueblo elegido, pero está abierta a todos.
El discurso se refiere a Jesús con términos fáciles de entender por judíos en sentido mesiánico. Se le llama Hijo (v. 13), Cristo (vv. 18.20), y también «profeta» (v. 22). Las expresiones «el Santo» y «el Justo» (v. 14), novedosas aquí, se emplean ya como predicado o título mesiánico de Jesús en otros lugares (7,52; Mc 1,24; Lc 4,34). «Santo» y «Justo» son palabras equivalentes, como lo son también santidad y justicia.
San Pedro (v. 17), como después San Pablo (13,27), habla de la ignorancia de las gentes y de los jefes en la condena a Jesús. Con ello, no hacen sino repetir las palabras de Jesús en la cruz (Lc 23,34). De la misma manera, el gesto del pueblo que se convierte (4,4) evoca el momento en que las gentes se golpeaban el pecho tras la muerte del Señor (Lc 23,48). Es claro que, como dice el Apóstol al final de su discurso (vv. 25-26), no hay ruptura, sino continuidad, entre Israel y la Iglesia (cfr nota a Rm 11,1-12). Del pueblo judío es Jesucristo, así como su Madre, la Virgen María, los Apóstoles, fundamento y columnas de la Iglesia, y los primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo. Por eso la Iglesia, movida por la caridad, ruega al Señor por el pueblo hebreo: «Cristo, Dios y hombre, que eres Señor de David y de sus hijos, te suplicamos que en cumplimiento de las profecías y de las promesas, Israel te reconozca como Mesías» (Liturgia de las Horas, Preces de Laudes del 31 diciembre).
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Hch 4,1-22
Primer conflicto de los Apóstoles con las autoridades de Jerusalén. Estamos ante otro episodio paradigmático del poder de Dios manifestado en los comienzos de la Iglesia. Se repite, como en vida de Cristo, la cerrazón de dirigentes espirituales del pueblo ante los milagros, ahora de los Apóstoles. A pesar del accidentado final del discurso de Pedro, sus palabras son instrumento de la gracia, que hace brotar la fe en muchos oyentes.
Empieza a cumplirse a la letra lo que Jesús había anunciado a sus discípulos (cfr Lc 21,12-15): ante las persecuciones el Señor da a éstos una sabiduría que los grandes de este mundo no pueden resistir. Sin duda, en el centro del pasaje está la frase final de los Apóstoles (vv. 19-20). Tal valentía no se exige sólo a los que ocupan un lugar destacado; se nos pide a todos: «Los cristianos, comportándose sabiamente con aquellos que están fuera, deben esforzarse por difundir, “en el Espíritu Santo, en caridad no fingida, en palabras de verdad” (2 Co 6,6-7), la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apostólica hasta el derramamiento de sangre. Porque el discípulo tiene la obligación grave, con Cristo Maestro, de conocer cada vez mejor la verdad recibida de Él, de anunciarla fielmente y de defenderla denodadamente» (Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 14).
Las palabras del v. 12 son de una fuerza impresionante: no nos ha dado Dios a la humanidad otro Salvador que Jesús de Nazaret. Así de escueto y así de claro. Dios nos salva en su Hijo, Jesucristo, con arreglo a un arcano designio que preparó durante siglos y realizó en la «plenitud de los tiempos» (cfr Ef 1,7-10): «El redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia. (…) Dios ha entrado en la historia de la humanidad y, en cuanto hombre, se ha convertido en sujeto suyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo Único. A través de la encarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva —de modo peculiar a Él solo, según su eterno amor y su misericordia, con toda la libertad divina— y, a la vez, con una magnificencia que, frente al pecado original y a toda la historia de los pecados de la humanidad, frente a los errores del entendimiento, de la voluntad y del corazón humano, nos permite repetir con estupor las palabras de la sagrada liturgia: ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 1).
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Hch 4,23-31
A la liberación de los Apóstoles, no le sigue una celebración, sino una oración. Esta plegaria es para los cristianos de todos los tiempos un modelo de oración y de confianza en los medios sobrenaturales. Piden a Dios la fuerza necesaria para seguir anunciando con valentía la Palabra, sin dejarse amedrentar por las persecuciones, e imploran también la capacidad de obrar prodigios que acrediten su predicación. En los sucesos que han ocurrido en vida de Jesús y en los días que han seguido, ven el cumplimiento del Sal 2, que el texto de Hechos cita en parte (vv. 25-28). En las palabras del evangelista se menciona dos veces al Espíritu Santo, ya que «el Espíritu, que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo, será también quien la instruya en la vida de oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2623). Para su plegaria, aquellos primeros cristianos acudían a la Sagrada Escritura: «Como los autores inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades cristianas releen el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo. En la novedad del Espíritu, componen también himnos y cánticos a partir del acontecimiento inaudito que Dios ha realizado en su Hijo: su encarnación, su muerte vencedora de la muerte, su resurrección y su ascensión a su derecha. De esta “maravilla” de toda la Economía de la salvación brota la doxología, la alabanza a Dios» (ibidem, n. 2641).
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Hch 4,32-37
En el primer sumario (cfr 2,42-47 y nota), Lucas recordaba principalmente la oración de la primera iglesia; ahora, con otro sumario (vv. 32-35), insiste en la comunión de bienes; después (cfr 5,12-16), lo hará en los prodigios de los Apóstoles. El autor es consciente de la importancia que tiene el efectivo desprendimiento de los bienes y por eso presenta un ejemplo notable, Bernabé (vv. 36-37), al que sigue un contraejemplo, Ananías y Safira (5,1-11): «No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad. (…) El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir. (…) Después del Señor, los Apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza. (…) Muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los Apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo» (S. León Magno, Sermones 95,2).
La generosidad de Bernabé se refrenda a lo largo del Nuevo Testamento por su papel destacado en la difusión del Evangelio. Bernabé será quien presente a Saulo, recién convertido, a los Apóstoles (9,27). Más tarde será enviado por éstos a Antioquía a raíz de la primera predicación del Evangelio a los gentiles (11,22). Será el compañero de Pablo en el primer viaje (13,2), y subirá también con él a Jerusalén para tratar sobre la circuncisión de los gentiles convertidos (15,2). San Pablo alabará el celo y desinterés de Bernabé en la causa del Evangelio (cfr 1 Co 9,6).
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Hch 5,1-11
El libro de los Hechos recoge diversas maneras de vivir la pobreza y la caridad con los demás en la primera Iglesia. En el episodio anterior, se ha señalado una cierta comunidad de bienes en la iglesia de Jerusalén (4,32), la preocupación por los necesitados (4,34-35) y la generosidad de Bernabé (4,36-37). Más tarde, el relato recogerá también el interés de aquellos cristianos por atender a las viudas (6,1-6), el elogio de personas que hacían limosnas —como Tabita (9,36) o Cornelio (10,2)—, la colecta de los cristianos de Antioquía en favor de los hermanos de Judea (11,29), etc. En este clima de generosidad, el presente episodio nos informa de la libertad de la que gozaban los cristianos para hacer donación de sus bienes (v. 4). Por eso, en el centro de la falta que aquí se condena no está sólo la avaricia, sino, sobre todo, el intento de engañar a Dios, que actúa en la Iglesia (cfr vv. 3.9). El castigo de Dios contra Ananías y Safira se produjo —dice San Efrén— «no sólo porque hicieron un robo y lo escondieron, sino porque no temieron, y quisieron engañar a aquellos en quienes moraba el Espíritu Santo que todo lo conoce» (Commentarii in Acta, ad loc.). La pena refleja una comprensible severidad en un momento fundacional lleno de auxilio divino y de especial responsabilidad.
El episodio es una prueba más de cómo detesta Dios la hipocresía. Ante ella se aprecia por contraste el valor de la virtud de la veracidad, que tiende a la fiel manifestación de la verdad, para que ésta reine siempre y en todas partes, y se eviten la falsedad y la mentira. La veracidad inclina a las criaturas humanas a que sus palabras y toda su actuación estén en armonía con sus conocimientos y convicciones, y a que sus acciones respondan fielmente a sus palabras. Tiene una estrecha relación con la virtud de la fidelidad, que inclina al cumplimiento de la promesa dada (cfr Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,80,1). Sólo el hombre y la mujer veraces y fieles pueden cumplir el precepto del Señor: «Que vuestro modo de hablar sea: “Sí, sí”; “no, no”» (Mt 5,37).
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Hch 5,12-16
Lucas subraya en este tercer sumario (cfr 2,42-47; 4,32-37) el poder milagroso de los Apóstoles. Como Cristo (cfr 2,22; Mc 6,56; Lc 7,18-23), los milagros que obran confirman ante el pueblo que ha llegado en verdad el Reino de Dios: «Sin obrar milagros y prodigios, los discípulos de Jesús no habrían movido a sus oyentes a abandonar, por nuevas doctrinas y verdades, su religión tradicional y a abrazar con peligro de la vida las enseñanzas que les anunciaban» (Orígenes, Contra Celsum 1,46).
Los milagros van unidos a la Revelación de Dios a los hombres y forman, de alguna manera, parte de ella. Acompañan a la gracia y son su consecuencia: «La gracia es primera y principalmente el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar a la salvación de los otros y al crecimiento del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos. Son además las gracias especiales, llamadas también “carismas”, según el término griego empleado por S. Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio. Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2003).
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Hch 5,17-33
El relato presenta un cuadro de contrastes marcado por dos mandatos contrarios que se dan a los Apóstoles: el del ángel (v. 20) y el del Sanedrín (v. 28). La respuesta de los Apóstoles es muy significativa: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (v. 29).
Al comienzo (vv. 17-25) presenta el encarcelamiento de los Apóstoles y su liberación por medio de un ángel. Los ángeles aparecen en la Sagrada Escritura como mensajeros de Dios y mediadores, custodios, protectores y ministros de la justicia divina. Abrahán envía a su siervo a la tierra de Jarán y le dice: «[Dios] enviará a su ángel delante de ti (…), que dará éxito a tu viaje» (Gn 24,7.40). Tobías, Lot y su familia, Daniel y sus compañeros, Judit, etc., experimentan la protección angélica. Los Salmos proclaman la confianza en los ángeles (cfr Sal 34,8; 91,11-12), así como la permanente ayuda que dispensan a los hombres por mandato de Dios. Deben ocupar, pues, un lugar en nuestra piedad personal de cristianos. «Pido al Señor que, durante nuestra permanencia en este suelo de aquí, no nos apartemos nunca del caminante divino. Para esto, aumentemos también nuestra amistad con los Santos Angeles Custodios. Todos necesitamos mucha compañía: compañía del Cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Angeles!» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 315).
A continuación (vv. 26-33), presenta a los Apóstoles proclamando el núcleo de la doctrina cristiana incluso a los miembros del Sanedrín (cfr vv. 30-32). Piensan más en la salud espiritual de sus jueces que en sí mismos: «Dios ha permitido —comenta San Juan Crisóstomo— que los Apóstoles fueran llevados a juicio para que sus perseguidores fueran instruidos, si lo deseaban. (…) Los Apóstoles no se irritan ante los jueces sino que les ruegan compasivamente, vierten lágrimas, y sólo buscan el modo de librarles del error y de la cólera divina» (In Acta Apostolorum 13). La intervención de Gamaliel poco después (5,34-39) muestra que su actitud era la correcta.
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Hch 5,34-42
Gamaliel inaugura una serie de testimonios en el libro de los Hechos, que muestran que, incluso a ojos de los no creyentes, el cristianismo es una religión que ofrece fundados motivos de credibilidad (cfr 10,1ss; 13,7; 18,12; 22,25ss.; 24,1ss.). Gamaliel fue maestro de San Pablo (cfr 22,3) y representaba una tendencia moderada dentro del grupo de los fariseos. Era prudente, capaz de imparcialidad y dotado de reconocido sentido religioso. Los Padres de la Iglesia le suelen proponer como ejemplo de hombre recto que espera el Reino de Dios y se atreve a defender a los Apóstoles. Las insurrecciones de Teudas y Judas a las que alude en su discurso son recogidas por Flavio Josefo (cfr Antiquitatae Iudaicae 18,4-10; 20,169-172), aunque parece que deben situarse en el tiempo del nacimiento de Jesús. Ambos, Teudas y Judas, reunieron gran número de adeptos que lucharon para que el pueblo judío, elegido por Dios, no tuviera que estar sometido y pagar tributo a gentes extranjeras, como Herodes o el Imperio romano.
Ante la argumentación de Gamaliel, deberían juzgar que la obra de los Apóstoles es de Dios. Pero los miembros del Sanedrín no obraron así y, al castigar a los discípulos de Jesús, no hicieron sino dar cumplimiento a las palabras que el Señor les había dirigido: sufrir por Él sería para ellos motivo de alegría (cfr Mt 5,11-12; Mc 10,30; Lc 6,22-23). Al final, Lucas nos recuerda la firmeza evangelizadora de los Apóstoles: «Como antes, en los milagros, también aquí los Apóstoles manifestaron el poder de Dios. No se dice que no sufrieron, sino que el sufrimiento les causó alegría» (S. Juan Crisóstomo, In Acta Apostolorum 14).
El castigo de los azotes (v. 40) en el ámbito judío era mucho menos cruel que entre los romanos. El flagelo no iba armado con hierros o huesos, y el número de azotes máximo era de 39, para no sobrepasar en ningún caso los cuarenta que había establecido Dt 25,3. También San Pablo recibió cinco veces los azotes judíos (2 Co 11,24).
No podemos dejar de evocar la diferencia entre el Pedro que ha negado a Jesús (Lc 22,54-62), y éste, que ha sido cribado como el trigo (Lc 22,31), pero se ha mantenido firme, porque la oración de Jesús ha sido eficaz (Lc 22,32): «No es difícil percibir cómo transforma el Espíritu la imagen de aquéllos en los que habita: del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas del cielo; y de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez de espíritu» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10).
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Hch 6,1-7,60
Ahora se detiene San Lucas, a propósito de los helenistas, con argumentos semejantes a los de la anterior sección (cfr nota a 3,1-5,42). Los cristianos procedentes del helenismo tienen dificultades internas, porque sus viudas son desatendidas (6,1), y externas, por la persecución de algunos judíos (6,9). Lucas se complace en señalar detrás de todos estos acontecimientos la providencia de Dios. Del mismo modo que las dificultades de los cristianos helenistas se solucionan con el nombramiento de «diáconos» y acaban en un aumento de fieles y de sacerdotes conversos a la fe (6,7), la persecución por parte de algunos judíos acaba en el martirio de Esteban, semilla de la vocación de Saulo: «Si Esteban no hubiera orado a Dios la Iglesia no tendría a Pablo» (cfr S. Agustín, Sermones 315,7).
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Hch 6,1-7
En el comienzo de la sección se presentan dos grupos de discípulos, distinguidos según el estrato del que procedían antes de su conversión: helenistas y hebreos. Los «helenistas» eran judíos que habían nacido y vivido un tiempo fuera de Palestina. Hablaban griego y utilizaban sinagogas propias en las que se leían versiones griegas de la Sagrada Escritura. Poseían cierta cultura griega, a la que los hebreos no eran del todo ajenos. Los «hebreos» eran judíos nacidos en Palestina, que hablaban arameo y usaban la Biblia hebrea en el culto sinagogal. Esta distinción de grupos según su procedencia pervivió lógicamente durante un tiempo en la comunidad cristiana. Pero no debe hablarse de división, y menos aún de oposición entre dos facciones del cristianismo primitivo.
El capítulo narra la institución por los Apóstoles de «los Siete», que es el segundo grupo definido de discípulos —el primero está formado por «los Doce»—, al que se encomienda un ministerio en la Iglesia. Lucas emplea la palabra diakonía (asistencia, servicio, ministerio; vv. 1.2.4), aunque no llama «diáconos» a los siete discípulos elegidos para «servir las mesas» (v. 2). No sabemos con seguridad si el ministerio diaconal, tal como lo conocemos, deriva directamente de «los Siete», pero no debe descartarse la posibilidad de que el ministerio aquí descrito haya contribuido a la institución posterior del diaconado propiamente dicho. Los documentos cristianos de los primeros siglos recuerdan a muchos diáconos que fueron mártires del Señor, que servían en el culto y en las casas, y que, con su servicio, eran, sobre todo, instrumentos de unidad: «Os exhorto a que pongáis empeño por hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que ocupa el lugar de Dios; y de los presbíteros, que representan al colegio de los Apóstoles; desempeñando los diáconos, para mí muy queridos, el ejercicio que les ha sido confiado del ministerio de Jesucristo, el cual estaba junto al Padre antes de los siglos y se manifestó en estos últimos tiempos. Así pues, todos, conformándoos al proceder de Dios, respetaos mutuamente, y nadie mire a su prójimo desde un punto de vista meramente humano, sino amaos unos a otros en Jesucristo en todo momento. Que nada haya en vosotros que pueda dividiros, antes bien, formad un solo cuerpo con vuestro obispo y con los que os presiden, para que seáis modelo y ejemplo de inmortalidad» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Magnesios 6).
San Lucas señala de nuevo en un sumario (v. 7), como en capítulos anteriores, el crecimiento de la Iglesia. Se refiere ahora a la conversión de multitud de sacerdotes. Se ha pensado que tal vez estos sacerdotes pertenecían a la clase modesta, como Zacarías (cfr Lc 1,5), y no a las grandes familias sacerdotales, que eran del partido de los saduceos, enemigos de la naciente Iglesia (cfr 4,1; 5,17).
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Hch 6,8-15
San Esteban es el primer mártir cristiano. De aquí que Lucas le dé tanto relieve: de hecho narra su muerte (cfr 7,54-60) fijándose especialmente en el modo con que siguió a su Maestro, en las palabras y en las obras. Esteban tiene la sabiduría irresistible (v. 10) que Jesús había prometido a sus discípulos (cfr Lc 21,15). También, como Jesús (cfr Mt 26,57-68 y par.), es acusado de blasfemia —la acusación más grave que podía hacerse contra un judío— por medio de un falso testimonio (vv. 11-14). Más tarde, antes de su muerte, Esteban (7,55-56) contempla la visión del Hijo del Hombre triunfante; la misma que había profetizado Jesús (cfr Mt 26,64 y par.). Finalmente, lo mismo que Cristo (cfr Lc 23,34), perdona a quienes le dan muerte y se abandona al designio de Dios (7,59-60): «Así convenía que fuese el primer mártir de Cristo, para que por ser, con su gloriosa muerte, modelo de los mártires venideros, no sólo hiciese de pregonero de la pasión del Señor, sino que le imitase también en mansedumbre e inmensa paciencia» (S. Cipriano, De bono patientiae 16). Pero la imitación de Cristo y el testimonio sobre Él puede seguir muchos caminos: «Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos. Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos» (S. Agustín, Sermones 304,2-3).
Con la expresión «sinagoga llamada de los libertos» (v. 9) parece que Lucas designa a aquellos judíos que procedían de regiones helenistas de la diáspora. Estos judíos son probablemente los mismos que poco después discutirán con Pablo y querrán matarle (9,29). Del mismo modo que ahora no pueden resistir la sabiduría de Esteban (v. 10), tampoco después podrán resistir la pujanza de la nueva fe.
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Hch 7,1-53
El discurso de Esteban es el más largo que transmite el libro de los Hechos. Presenta un resumen de la historia de Israel, dividida en tres épocas: la patriarcal (vv. 1-16), la mosaica (vv. 17-43) y el período de la edificación del Templo (vv. 44-50). Termina con una breve sección argumentativa (vv. 51-53).
Esteban no se defiende directamente. Contesta a sus acusadores mediante una visión cristiana de la historia de la salvación, según la cual el Templo y la Ley han cumplido ya su misión. Viene a decirles que él no ha dejado de respetar la Ley mosaica y el Templo, pero que posee, como cristiano, una noción más universal y profunda de la ley divina y una idea más espiritual del Templo, puesto que en cualquier lugar del orbe puede adorarse a Dios. Este planteamiento, que respeta y perfecciona los bienes religiosos del judaísmo, porque manifiesta su verdadero sentido y les da pleno cumplimiento, se refuerza con el modo de tratar la figura de Moisés. Éste es presentado en el discurso de Esteban como tipo, figura, de Cristo. Cristo es por tanto el nuevo Moisés. Pequeñas explicaciones del texto griego del Antiguo Testamento sirven eficazmente a este fin. Expresiones como «rechazaron» o el término «libertador» (v. 35) no se aplican a Moisés en los libros de la Antigua Ley, pero sí en el judaísmo de la época, y se usan en el presente discurso para sugerir la figura de Cristo. La conducta agresiva y rebelde de los israelitas con respecto a Moisés, que había recibido una misión divina, se repite de nuevo con mayor gravedad y trascendencia en su actitud de repulsa de Jesucristo.
▲ COMENTARIO
Hch 7,54-60
El relato de Lucas, con el paralelismo entre la muerte de Jesús y la de Esteban (cfr nota a 6,8-15), señala una novedad: mientras que Jesús se dirige a Dios Padre (Lc 23,46), Esteban eleva las mismas plegarias al Señor Jesús (v. 59), confesando de esa manera lo que ve (cfr vv. 55-56): la divinidad de Cristo. «Los que sufren por Cristo gozan de la gloria de toda la Trinidad. Esteban vio al Padre y a Jesús situado a su derecha, porque Jesús se aparece sólo a los suyos, como a los Apóstoles después de la Resurrección. Mientras el campeón de la fe permanecía sin ayuda en medio de los furiosos asesinos del Señor, llegado el momento de coronar al primer mártir, vio al Señor, que sostenía una corona en la mano derecha, como si le animara a vencer la muerte y para indicarle que Él asiste interiormente a los que van a morir por su causa. Revela por lo tanto lo que ve, es decir, los Cielos abiertos, cerrados a Adán y vueltos a abrir solamente a Cristo en el Jordán, pero abiertos también después de la Cruz a todos los que conllevan el dolor de Cristo, y en primer lugar a este hombre. Observad que Esteban revela el motivo de la iluminación de su rostro, pues estaba a punto de contemplar esta visión maravillosa. Por eso se mudó en la apariencia de un ángel, a fin de que su testimonio fuera más fidedigno» (S. Efrén, Catena armenia super Acta, ad loc.).
Al final (v. 58), San Lucas introduce al joven Saulo, quizás para sugerir que la caridad de Esteban, manifestada en el perdón que solicita para sus perseguidores, se hizo pronto eficaz. Así lo apunta más de un predicador cristiano: «Esteban, para merecer la corona que significa su nombre, tenía la caridad como arma, y por ella triunfaba en todas partes. Por la caridad de Dios, no cedió ante los judíos que lo atacaban; por la caridad hacia el prójimo, rogaba por los que lo lapidaban. Por la caridad, argüía contra los que estaban equivocados, para que se corrigieran; por la caridad, oraba por los que lo lapidaban, para que no fueran castigados. Confiado en la fuerza de la caridad, venció la acerba crueldad de Saulo, y mereció tener en el cielo como compañero a quien conoció en la tierra como perseguidor. La santa e inquebrantable caridad de Esteban deseaba conquistar orando a aquellos que no pudo convertir amonestando. Y ahora Pablo se alegra con Esteban, y con Esteban goza de la caridad de Cristo, triunfa con Esteban, reina con Esteban; pues allí donde precedió Esteban, martirizado por las piedras de Pablo, lo ha seguido éste, ayudado por las oraciones de Esteban. (…) La caridad es la fuente y el origen de todos los bienes, egregia protección, camino que conduce al cielo» (S. Fulgencio de Ruspe, Sermones 3,5-6).