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Jn 18,1-19,42

El Evangelio de Juan presenta la pasión y muerte de Jesús como una glorificación. Con numerosos detalles destaca que en la pasión se realiza la suprema manifestación de Jesús como el Mesías Rey. Así, cuando dice «yo soy», los que van a prenderle retroceden y caen por tierra (18,5-8); ante Pilato se declara Rey (18,33-37; cfr 19,2-3.19-22) y, en todo momento, con actitud de serena majestad, manifiesta su pleno conocimiento y dominio de los acontecimientos (18,4; 19,28), en los que se cumple la voluntad del Padre (18,11; 19,30).

La pasión es, por otra parte, la hora en que culmina el odio de sus adversarios y del mundo hacia Jesús: la hora del poder de las tinieblas que alcanza incluso a sus discípulos, pues le abandonan o le niegan (18,25-27). Pero al pie de la cruz se da también la suprema confesión de fe en Él: la fe de la Santísima Virgen, a la que el Señor entrega como Madre de los hombres representados en el discípulo amado (19,25-27). Cristo es el nuevo Cordero Pascual, que con su muerte redentora quita el pecado del mundo (19,31-42; cfr 1,29.36). Junto con la sangre, del costado del Señor brota agua, símbolo del Bautismo y del Espíritu Santo prometido (cfr 7,37-39), es decir, brota la Iglesia.

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Jn 18,1-12

Al otro lado del torrente Cedrón (v. 1) se encuentra lo que los sinópticos llaman Getsemaní. Es el primero de los cinco escenarios en los que acontecen los padecimientos de Jesús. Juan no recoge la oración del Señor en el huerto de los olivos, pero sí es el único que recuerda que los que van a prender a Jesús retroceden y caen en tierra ante sus palabras (vv. 4-6). El texto evoca el Salmo 56,10: «Retrocederán mis enemigos, el día en que yo invoque», y hace resplandecer la majestad de Cristo que se entrega voluntaria y libremente. «Si Él no lo hubiera permitido, nunca hubieran realizado su intento de apresarle, pero tampoco Él hubiera cumplido su misión. Ellos buscaban con odio al que querían matar; Jesús, en cambio, nos buscaba con amor queriendo morir» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 112,3).

Emociona contemplar a Jesús pendiente de la suerte de sus discípulos, cuando era Él quien corría peligro (v. 8). Había prometido que ninguno de los suyos se perdería, excepto Judas Iscariote (cfr 6,39; 17,12): aunque aquella promesa se refería más bien a preservarlos de la condenación eterna, el Señor se preocupa aquí también de la suerte inmediata de sus discípulos, que todavía no estaban preparados para afrontar el martirio.

Una vez más se manifiesta el temperamento impetuoso y la lealtad de Pedro que, con riesgo de su vida, defiende al Maestro (vv. 10-11). Pedro, sin embargo, no había entendido aún los planes salvíficos de Dios; sigue resistiéndose a la idea del sacrificio de Cristo, como ya lo había hecho en el momento del primer anuncio de la pasión (cfr Mt 16,21-22). Cristo no aceptó aquella defensa violenta (v. 11). Sus palabras aluden a la oración en el huerto (cfr Mt 26,39), en la que había aceptado libremente la voluntad del Padre, entregándose sin resistencia a llevar a cabo la Redención por la cruz. El pasaje nos enseña que hemos de acatar la voluntad de Dios con la docilidad y prontitud con que Jesús afronta la pasión.

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Jn 18,13-27

El segundo escenario de la pasión es la casa de Anás. Jesús, que había «desatado» a Lázaro (11,44), es llevado atado. También Isaac fue «atado» antes de ser ofrecido en sacrificio (cfr Gn 22,9); y se dejó «atar» voluntariamente, prefigurando así la voluntariedad de Jesús para su sacrificio. En el interrogatorio (vv. 19-24), Jesús insiste en el carácter público y notorio de su predicación y de su conducta. Todo el pueblo ha podido escuchar sus palabras y contemplar sus milagros, de ahí que le hayan aclamado como Mesías. Los mismos pontífices habían vigilado su actividad en el Templo y en las sinagogas, pero, como no quieren ver, ni creer, atribuyen algo oculto y siniestro a los planes de Jesús.

Las negaciones de Pedro se narran con más brevedad que en los otros evangelios. No se habla aquí del arrepentimiento de Pedro, aunque se da por supuesto al mencionar el canto del gallo (v. 27): de la misma brevedad del relato se deduce que el suceso era muy conocido por los primeros cristianos. Después de la resurrección quedará patente el alcance del perdón de Jesús, que confirma a Pedro en su misión de guiar a toda la Iglesia (cfr 21,15-17). Aprendamos la lección: «En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 75).

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Jn 18,28-19,16

El proceso ante Pilato tiene aquí mayor relieve y amplitud que en los sinópticos. Es el tercer escenario y como el centro de los cinco en los que se divide el relato de la pasión. El detalle con que se narra lo ocurrido en el pretorio destaca la majestad de Jesucristo como Rey mesiánico. Contrasta, a la vez, con el rechazo de los judíos.

El proceso se desarrolla en siete momentos, marcados por las salidas y entradas de Pilato en el pretorio. Primero (18,29-32), los judíos plantean de modo genérico la acusación: es un malhechor. Sigue en segundo lugar el diálogo de Pilato con Jesús (18,33-37), que culmina con la afirmación de Cristo: «Yo soy Rey». A continuación, tercer momento, Pilato intenta salvar al Señor (18,38-40), preguntando si quieren que suelte al «Rey de los judíos». El momento central, el cuarto, es la coronación de espinas, en la que los soldados saludan a Cristo en tono de burla como «Rey de los judíos» (19,1-3). Sigue como quinto momento la presentación del Señor como Ecce homo, coronado de espinas y con el manto de púrpura, y la acusación de los judíos de que Jesús se ha hecho Hijo de Dios (19,4-7). En sexto lugar, de nuevo Pilato, dentro del pretorio, dialoga con Jesús (19,8-12) e intenta averiguar algo más sobre su origen misterioso: ahora los judíos concentran su odio en una acusación directamente política: «El que se hace rey va contra el César» (19,12). Por último (19,13-16), Pilato señala a Jesús y dice: «Aquí está vuestro Rey» (19,14). La solemnidad del momento viene destacada por la indicación del lugar —el Litóstrotos—, del día —la Parasceve— y de la hora —hacia las doce del mediodía—. Los representantes de los judíos rechazan abiertamente a quien es el verdadero Rey anunciado por los profetas.

«Pretorio» (18,28.33; 19,9). Aquí debe entenderse como la residencia oficial del procurador o prefecto en Jerusalén. La residencia habitual de Pilato estaba en Cesarea Marítima, pero en las grandes solemnidades solía trasladarse a Jerusalén con un fuerte contingente de tropas para poder intervenir con eficacia si se producía algún motín. En Jerusalén, en los años de Cristo y siguientes, el procurador se alojaba en el Palacio de Herodes (en la parte occidental de la ciudad alta). Sin embargo, no se sabe con certeza si el «pretorio» que menciona San Juan hay que identificarlo con este palacio o con otro lugar de la ciudad.

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Jn 18,28-40

Ante el sumo pontífice la acusación era religiosa (ser Hijo de Dios, cfr Mt 26,57-68). Ahora ante Pilato es de carácter político. Con ella quieren comprometer la autoridad del Imperio romano: Jesús, al declararse Mesías y Rey de los judíos, aparecía como un revolucionario que conspiraba contra el César. A Pilato no le incumbe intervenir en cuestiones religiosas, pero, como la acusación que le presentan contra Jesús afecta al orden público y político, su interrogatorio comienza obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» (v. 33).

Jesús, al contestar con una nueva pregunta, no rehúye la respuesta, sino que quiere, como siempre, dejar en claro el carácter espiritual de su misión. Realmente la respuesta no era fácil. Desde la perspectiva de un gentil, un rey de los judíos era sencillamente un conspirador contra el Imperio; y, desde la perspectiva de los judíos nacionalistas, el Rey Mesías era el libertador político–religioso que les conseguiría la independencia. La verdad del mesianismo de Cristo transciende por completo ambas concepciones, y es lo que Jesús explica al procurador (v. 36), aun sabiendo la enorme dificultad que entraña entender la verdadera naturaleza del Reino de Cristo. «Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 180). Éste es el sentido profundo de su realeza: su reino es «el reino de la Verdad y la Vida, el reino de la Santidad y la Gracia, el reino de la Justicia, el Amor y la Paz» (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Cristo Rey). Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad por Él revelada: el amor del Padre (3,16; 1 Jn 4,9).

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Jn 19,1-3

Con este episodio, situado en el centro de la narración, se pone de relieve la realeza de Cristo sobre la que Pilato le acaba de interrogar, aunque aquellos soldados le aclamen como Rey de los judíos sólo de modo sarcástico. En Cristo revestido con las insignias reales se vislumbra, bajo aquella trágica parodia, la grandeza del Rey de Reyes, y se resalta que su Reino no es conforme a lo que los hombres piensan (18,36).

Los autores espirituales se han conmovido ante esta imagen de Cristo maltratado: «Mira cuál estaría aquel divino rostro: hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrecida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podía con ellas limpiar los hilos de sangre que por los ojos corrían; y así estaban aquellas dos lumbreras del Cielo eclipsadas y casi ciegas y hechas un pedazo de carne. Finalmente, tal estaba su figura, que ya no parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por mano de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo 24). La razón de tanto sufrimiento era la redención de nuestros pecados: «Los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron, y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados» (ibidem 15).

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Jn 19,4-16

Pilato reconoce la inocencia de Jesús. Éste no era un revolucionario político, como querían presentarle sus acusadores. Ya que el procurador no quería juzgar sobre asuntos religiosos (vv. 6-7; 18,31), las autoridades judías insisten en llevar la acusación al terreno político, aunque para ello deban traicionar su conciencia reconociendo al César como su verdadero rey (v. 15). Al oír Pilato que los judíos acusan a Jesús de haberse proclamado Hijo de Dios, aumenta su temor (v. 8). Las palabras de Pilato: «¿De dónde eres tú?» (v. 9), significan propiamente: «¿Quién eres tú?», de forma que pregunta a Jesús por el misterio de su Persona. Pero Jesús no le dio respuesta: «Aunque otras muchas veces Jesús respondió a quienes le interrogaban, las veces que, como en este caso, no quiso responder fue a causa de aquella semejanza con el cordero —como cordero ante sus trasquiladores… no abrió boca (Is 53,7)—, de tal forma que en su silencio no se tuviera como reo, sino como inocente» (S. Beda, In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).

La majestad de Cristo queda de nuevo subrayada por la respuesta de Jesús a Pilato sobre el origen divino de la autoridad (vv. 8-11). La enseñanza de Jesús lleva consigo que, consideradas las cosas en su verdad profunda, cuando en el lenguaje corriente (jurídico, político o social) se habla de la soberanía del rey o del pueblo, estos poderes no se pueden tomar como términos absolutos, sino relativos, subordinados a la soberanía absoluta de Dios: de ahí que ninguna ley humana pueda ser justa, y por tanto obligar en conciencia, si no está de acuerdo con la ley divina.

A pesar de que Pilato quiere liberar a Jesús (v. 12), el chantaje que urden las autoridades judías puede más que los sentimientos del procurador y éste transige con la condena. Es una tremenda llamada a no ceder en lo que no se puede ceder por el deseo de evitarse posibles dificultades.

«Litóstrotos» (v. 13). Literalmente significa «empedrado», «enlosado»; debía de ser, pues, una plaza o patio pavimentado con losas. El vocablo hebreo Gabbatá no es el equivalente exacto del griego Lithóstrotos, sino que significa «sitio elevado». Pero en la práctica designaba el mismo lugar. La localización de este «Litóstrotos» es incierta, por la duda, ya apuntada, acerca de dónde estaba el pretorio: (cfr nota a 18,28-19,26). Se llamaba «Parasceve» (v. 14) al día anterior al sábado y también al de la preparación de la Pascua. La hora sexta comienza al mediodía. Hacia esa hora se retiraba de las casas todo pan fermentado, se sustituía por el pan ácimo que se empleaba ya en la cena pascual (cfr Ex 12,15ss.) y se sacrificaba oficialmente en el Templo el cordero. San Juan hace notar que a esa hora condenaron a Jesús, y subraya así la coincidencia de la condena a muerte del Señor con el momento en que se inmolaba el cordero pascual (cfr 1,29). Esto hace suponer que Jesús y sus discípulos, siguiendo quizá un calendario que compartían algunos judíos, habían celebrado la cena de la Pascua, y por tanto la fiesta, un día antes de lo establecido por las autoridades judías de su tiempo. Los sinópticos, en cambio, pasan por alto ese detalle.

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Jn 19,17-30

El nombre de Calvario o Calavera (v. 17) parece aludir a la forma de cráneo que tiene el lugar, una antigua cantera a las afueras de Jerusalén. Es el cuarto escenario del drama de la pasión. San Juan es el único de los evangelistas que dice claramente que Jesús llevó la cruz a cuestas. Los otros tres mencionan la ayuda de Simón de Cirene (Mt 27,32; Mc 15,21; Lc 23,26). Jesús camino del Calvario provoca a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Él y de su cruz: «Marchaba, pues, Jesús hacia el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: (…) a los ojos de la impiedad, la burla de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio; a los ojos de la piedad, un rey que lleva la cruz para ser en ella clavado, cruz que había de brillar en la frente de los reyes; en ella había de ser despreciado a los ojos de los impíos, y en ella habían de gloriarse los corazones de los santos» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 117,3).

La escena de la crucifixión es como una recapitulación condensada de la vida y doctrina de Jesús. La túnica que los soldados no rasgan (v. 24) simboliza la unidad de la Iglesia, aquella unidad que Jesús había pedido al Padre en su oración sacerdotal (cfr 17,20-26). La presencia de la Santísima Virgen y del discípulo amado (vv. 25-27), junto con la sangre y el agua que brotan del costado de Cristo (v. 34), recuerdan las bodas de Caná (2,1-12), a la vez que simbolizan a la Iglesia y a los creyentes que se incorporan a ella por el Bautismo y la Eucaristía. La sed de Jesús (v. 28) trae a la memoria la escena del encuentro con la samaritana (cfr 4,7) y las palabras que había pronunciado durante la fiesta de los Tabernáculos (7,37), y muestra su deseo de salvar a todas las almas. Las palabras con las que entrega su espíritu (v. 30) manifiestan que Él muere realmente e insinúan también que entrega el Espíritu Santo, prometido en tantos momentos de su vida pública (cfr 14,26; 15,26; 16,7-14). Además, entrega también a su Madre como Madre de los discípulos, representados en el discípulo amado (vv. 25-27).

El «título» (v. 19) era el nombre técnico que en el derecho romano expresaba la causa de la condena. Solía inscribirse en una tablilla para conocimiento público y era resumen del acta oficial que se remitía a los archivos del tribunal del César. Por eso, cuando los pontífices judíos piden a Pilato que cambie las palabras de la inscripción (v. 21), el procurador se niega aduciendo que la sentencia ha sido ya dictada y ejecutada y, por tanto, no puede modificarse: ése es el sentido de las palabras: «Lo que he escrito, escrito está» (v. 22). Los cuatro evangelistas dan fe de este título, si bien sólo es Juan quien precisa que estaba escrito en varios idiomas. Proclama de esta manera la realeza universal de Cristo, ya que lo podían leer todos los que desde diversos países habían venido a celebrar la Pascua; así se confirman las palabras del Señor: «Yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo» (18,37).

Las palabras de Jesús a su Madre y al discípulo (vv. 25-27) revelan el amor filial de Jesús a la Santísima Virgen. Al declarar a María como Madre del discípulo amado, la introduce de un modo nuevo en la obra salvífica, que, en ese momento, queda culminada. Jesús establece así la maternidad espiritual de María. «La Santísima Virgen avanzó también en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (Jn 19,25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús, agonizante en la Cruz, como madre al discípulo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 58).

Todos los cristianos, representados en el discípulo amado, somos hijos de María. «Entregándonos filialmente a María, el cristiano, como el Apóstol Juan, “acoge entre sus cosas propias” a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su “yo” humano y cristiano» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 45). «Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 140).

También el detalle de darle a beber vinagre (vv. 28-29) estaba predicho en el Antiguo Testamento: «Me daban hiel por comida, cuando tenía sed me escanciaban vinagre» (Sal 69,22). Esto no quiere decir que a Jesús le dieron vinagre para aumentar los tormentos; era costumbre ofrecer agua mezclada con vinagre a los crucificados para mitigar la sed. Además de la natural deshidratación que producía el suplicio de la cruz, se puede ver también en la sed de Jesús una manifestación de su deseo ardiente por cumplir la voluntad del Padre y salvar a todas las almas.

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Jn 19,31-37

En la víspera de la Pascua se inmolaban oficialmente en el Templo los corderos pascuales a los que, según la Ley, no se podía romper ningún hueso (cfr Ex 12,46). La referencia a la Parasceve y el hecho de que no le quebraran las piernas (v. 33) subraya que Cristo es el verdadero Cordero Pascual que quita el pecado del mundo.

La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, de todos los sacramentos, y de la misma Iglesia. «Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la vida que es verdadera vida (…). Este segundo Adán se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa que salió del costado del que dormía. ¡Oh muerte que da vida a los muertos! ¿Qué cosa más pura que esta sangre? ¿Qué herida más saludable que ésta?» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 120,2). Con otras palabras lo enseña el Concilio Vaticano II: «Su comienzo [de la Iglesia] y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado» (Lumen gentium, n. 3).

Termina el relato de la pasión (v. 37) con la cita de Za 12,10. Juan evoca con este texto profético la salvación realizada por Jesucristo que, clavado en la cruz, ha cumplido la promesa divina de redención.

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Jn 19,38-42

El quinto escenario de la pasión es el sepulcro sin estrenar. El sacrificio del Señor comienza a producir sus frutos. Así, los que antes tuvieron miedo ahora se confiesan valientemente discípulos de Jesús, y cuidan de su Cuerpo muerto con extremada delicadeza y generosidad. Los Santos Padres han comentado con frecuencia el detalle del huerto en sentido místico. Suelen enseñar que Cristo, apresado en un huerto —el de los Olivos— y sepultado en un huerto —el del sepulcro—, nos ha redimido sobreabundantemente de aquel primer pecado cometido también en un huerto —el paraíso—. Del sepulcro nuevo comentan que, siendo el cuerpo de Jesús el único que fue depositado allí, no habría duda de que era Él quien había resucitado y no otro. Observa también San Agustín: «Así como en el seno de María Virgen ninguno fue concebido antes ni después de Él, así en este sepulcro nadie fue sepultado ni antes ni después de Él» (In Ioannis Evangelium 120,5).

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Jn 20,1-21,25

La última sección del evangelio completa la manifestación gloriosa de Jesús como Mesías e Hijo de Dios, que Juan ha narrado para fortalecer la fe de los creyentes. Incluye las apariciones del Señor resucitado a los Apóstoles haciéndoles comprender el sentido de las Escrituras a la luz de sus palabras y de sus obras (20,8-9), y otorgándoles el Espíritu Santo con el poder de perdonar los pecados (20,22-23). El relato de la pesca milagrosa en el lago de Tiberiades (21,1-14) prefigura ya la multitud de pueblos que el apostolado de la Iglesia ganará para Cristo. En esta dimensión eclesiológica se inserta el resto del cap. 21, que narra la entrega del primado de la Iglesia a San Pedro (21,15-19). El evangelio concluye ratificando la veracidad del testimonio del evangelista que ha visto y oído las cosas narradas (21,24-25).

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Jn 20,1-10

Los cuatro evangelios relatan los testimonios de las santas mujeres y de los discípulos acerca de la resurrección gloriosa de Cristo. Tales testimonios se refieren a dos realidades: el sepulcro vacío y las apariciones de Jesús resucitado. San Juan destaca que, aunque fue María Magdalena la primera en ir al sepulcro, son los Apóstoles los primeros en entrar y percibir los detalles externos que mostraban que Cristo había resucitado (el sepulcro vacío, los lienzos caídos, el sudario aparte…). El discípulo amado comprueba la ausencia del cuerpo de Jesús: el estado del sepulcro, especialmente de los lienzos «plegados» (literalmente, «yacentes», «aplanados», «caídos»), revelaba que lo sucedido no había podido ser obra humana, y que Jesús no había vuelto a una vida terrena como Lázaro. Por eso anota que «vio» y «creyó» (v. 8).

El sepulcro vacío y los demás detalles que vieron Pedro y Juan son señales perceptibles por los sentidos; la resurrección, en cambio, aunque pueda tener efectos comprobables por la experiencia, requiere la fe para ser aceptada. Puede decirse con Santo Tomás de Aquino que «cada uno de los argumentos de por sí no bastaría para demostrar la resurrección, pero, tomados en conjunto, la manifiestan suficientemente; sobre todo por el testimonio de la Sagrada Escritura (cfr especialmente Lc 24,25-27), el anuncio de los ángeles (cfr Lc 24,4-7) y la palabra de Cristo confirmada con milagros» (Summa theologiae 3,55,6 ad 1).

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Jn 20,11-18

El evangelio enseña que Jesús se manifiesta a quienes le buscan de verdad. María Magdalena es modelo de los que buscan a Jesús. «Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 25,1-2.4-5). En esta escena Jesús aparece como el Buen Pastor que «llama a sus propias ovejas por su nombre» (10,3): «¡María!», y ellas «conocen su voz» (10,4): «¡Rabbuni!». María, a su vez, debe dar testimonio de la resurrección y transmitir a los demás que ha visto al Señor. Por eso, en la tradición oriental, fue llamada isapóstolos, «igual a los apóstoles», y en la latina, apostola apostolorum, «apóstol de apóstoles». Jesucristo, cuyo cuerpo humano glorioso transciende la materialidad de este mundo, debe volver al Padre. Por otra parte, los Apóstoles ya no son «siervos», ni incluso «amigos» (15,15), sino «hermanos» (v. 17): se muestra así que, tras la muerte y resurrección gloriosa de Jesús, los que creemos en Él recibimos el don de la filiación divina (cfr 1,12) por el que somos constituidos en hijos de Dios y hermanos de Cristo.

«Suéltame» (v. 17). El verbo, en el texto original, está construido en imperativo presente, que implica continuidad de la acción que se realiza. La frase negativa del texto griego, reflejada en la Neovulgata (noli me tenere), indica que el Señor manda a la Magdalena que deje de reternerle, que le suelte, pues todavía tendrá ocasión de verle antes de la ascensión a los cielos.

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Jn 20,19-23

La aparición de Jesús glorioso a los discípulos y la efusión del Espíritu Santo sobre ellos viene a equivaler, en el Evangelio de Juan, a la Pentecostés en el libro de los Hechos, de San Lucas. «Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y de santidad. Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu Santo» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10).

La misión que el Señor da a los Apóstoles (vv. 22-23), similar a la del final del Evangelio de Mateo (Mt 28,18ss.), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo… Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo» (Conc. de Trento, De Paenitentia, cap. 1).

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Jn 20,24-29

En la nueva aparición, ocho días más tarde, destaca la figura de Tomás. Así como María Magdalena era modelo de los que buscan a Jesús (20,1-11), Tomás llega a ser la figura de los que dudan de Él, tanto de su divinidad como de su Humanidad, pero que luego se convierten sin reservas. El Resucitado es el mismo que el crucificado. El Señor manifiesta nuevamente que la fe en Él ha de apoyarse en el testimonio de quienes le han visto. «¿Es que pensáis —comenta San Gregorio Magno— que aconteció por pura casualidad que estuviera ausente entonces aquel discípulo elegido, que al volver oyese relatar la aparición, y que al oír dudase, dudando palpase y palpando creyese? No fue por casualidad, sino por disposición de Dios. La divina clemencia actuó de modo admirable para que tocando el discípulo dubitativo las heridas de la carne en su Maestro, sanara en nosotros las heridas de la incredulidad (…). Así el discípulo, dudando y palpando, se convirtió en testigo de la verdadera resurrección» (Homiliae in Evangelia 26,7).

Los vv. 30-31 constituyen el primer epílogo o conclusión del evangelio. Exponen la finalidad que perseguía Juan al escribir su obra: que los hombres creamos que Jesús es el Mesías, el Cristo anunciado en el Antiguo Testamento por los profetas, y el Hijo de Dios, y que esa fe nos lleve a participar ya aquí de la vida eterna.

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Jn 21,1-25

Este capítulo es una adición al evangelio, realizada bien por el mismo evangelista o por alguno de sus discípulos (cfr v. 24). En él predomina el tema de la Iglesia. Destaca la comunión que existe entre el discípulo amado y Pedro. Al narrar la misión que Pedro recibe del Señor para guiar a la Iglesia (vv. 15-23), el discípulo amado reconoce la autoridad de Pedro, y hace que todo su testimonio, oral y escrito, esté como refrendado por aquella autoridad.

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Jn 21,1-14

Este pasaje evoca aquel de la primera pesca milagrosa, cuando el Señor prometió a Pedro hacerle pescador de hombres (cfr Lc 5,1-11). Ahora le va a confirmar en su misión de cabeza visible de la Iglesia.

El relato subraya el amor del discípulo amado que reconoce a Jesús (v. 7): «Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón puro» (S. Gregorio de Nisa, De beatitudinibus 6). También refleja la fe de Pedro, que precede a los discípulos en llegar a Jesús, y la insistencia en que el Resucitado no es un espíritu, sino el mismo que ha comido antes con ellos y con los que vuelve a comer ahora (vv. 10-13). «Pasa al lado de sus Apóstoles, junto a esas almas que se han entregado a Él: y ellos no se dan cuenta. ¡Cuántas veces está Cristo, no cerca de nosotros, sino en nosotros; y vivimos una vida tan humana! (…). Entonces, el discípulo aquel que Jesús amaba se dirige a Pedro: es el Señor. El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor! Simón Pedro apenas oyó es el Señor, vistióse la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros?» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 265-266).

Los Santos Padres y Doctores de la Iglesia han comentado con frecuencia este episodio en sentido místico: la barca es la Iglesia, cuya unidad está simbolizada por la red que no se rompe; el mar es el mundo; Pedro en la barca simboliza la suprema autoridad en la Iglesia; el número de peces significa el número de los elegidos.

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Jn 21,15-23

En contraste con las negaciones de Pedro durante la pasión, Jesús, como el Buen Pastor que cura la oveja herida (10,11; cfr Ez 34,16; Lc 15,4-7), confiere a Pedro el primado que antes le había prometido. «Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,19). El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, “el Buen Pastor” (Jn 10,11), confirmó este encargo después de su resurrección: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). El poder de “atar y desatar” significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los Apóstoles y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 553).

Junto a la autoridad de Pedro se reconoce también el papel de San Juan, del que habla el v. 23 para deshacer la opinión de que el discípulo amado no moriría. Según San Ireneo (Adversus haereses 2,22,5; 3,3,4), San Juan vivió más tiempo que los demás Apóstoles, alcanzando hasta los tiempos de Trajano (años 98-117).

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Jn 21,24-25

Se apela al testimonio del discípulo al «que Jesús amaba» (21,20) como garantía de la veracidad de cuanto se ha escrito desde el comienzo del libro (v. 24). Lo que San Juan nos ha narrado bajo la inspiración del Espíritu Santo tiene una finalidad: fortalecer nuestra fe en Jesucristo mediante la consideración de lo que Él hizo y enseñó. Nunca agotaremos el rico e insondable contenido de la figura de Nuestro Señor, como tampoco lo agota el cuarto evangelio. «Cuando comienza uno a interesarse por Jesucristo ya no le puede dejar. Siempre queda algo que saber, algo que decir; queda lo más importante. San Juan Evangelista termina su Evangelio precisamente así (Jn 21,25). Es tan grande la riqueza de las cosas que se refieren a Cristo, tanta la profundidad que hemos de explorar y tratar de comprender (…), tanta la luz, la fuerza, la alegría, el anhelo que de Él brotan, tan reales son la experiencia y la vida que de Él nos viene, que parece inconveniente, anticientífico, irreverente, dar por terminada la reflexión que su venida al mundo, su presencia en la historia, en la cultura, y en la hipótesis, por no decir la realidad de su relación vital con nuestra propia conciencia, exigen honestamente de nosotros» (Pablo VI, Audiencia general, 20-II-1974).

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