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Jn 13,1-21,25

En la segunda parte del evangelio se pueden distinguir tres secciones en razón del tema que trata cada una: Última Cena y discursos de despedida; pasión y muerte; resurrección del Señor. En las tres volvemos a encontrar la manifestación y revelación de Cristo, y las distintas reacciones de fe o de incredulidad ante Él. Esta parte suele denominarse «libro de la gloria», porque aquí se cumple la «hora» de Jesús, es decir, su pasión, muerte y resurrección, que Juan entiende como la glorificación y exaltación de Jesucristo.

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Jn 13,1-17,26

Estos capítulos ofrecen la revelación de Jesús a sus discípulos en la intimidad de la Última Cena. Juan relata algunos hechos que no aparecen en los otros evangelios —como el lavatorio de los pies— y omite la institución de la Eucaristía, narrada por los sinópticos y San Pablo, y a la que este mismo evangelio se ha referido en el cap. 6. Hasta aquí la «vida» y la «luz» tenían especial relevancia; desde ahora la palabra clave es el «amor».

De 13,33 a 17,26 Juan transmite lo que suele llamarse el discurso de la Cena o el discurso de despedida de Jesús. En él pueden distinguirse tres secuencias: 1) sobre la partida y retorno de Cristo (13,33-38 y cap. 14); 2) sobre Cristo y su Iglesia (caps. 15-16); 3) la oración sacerdotal de Jesús (cap. 17). Los temas de fondo son: a) el amor, que tiene su raíz en el amor de Cristo y se convierte en el mandamiento del Señor; b) el consuelo que Jesús da a los discípulos ante su inminente partida, con la promesa de su vuelta y del envío del Espíritu Santo; c) la unión de Cristo con los suyos, a semejanza de la vid y los sarmientos, fundada en el amor y en el cumplimiento de sus mandatos.

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Jn 13,1-20

El capítulo comienza señalando la importancia del momento. La Pascua, que conmemoraba la liberación de la esclavitud del pueblo hebreo de la opresión del Faraón, era figura de la obra que Jesucristo venía a realizar: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la cruz. La Pascua, explica San Beda, «en sentido místico significa que el Señor habría de pasar de este mundo al Padre, y que siguiendo su ejemplo, los fieles, desechados los deseos temporales y la servidumbre de los vicios por el continuo ejercicio de las virtudes, deben pasar a la patria celeste prometida» (In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).

Jesús sabía cuanto iba a ocurrir y que su muerte y resurrección eran inminentes (cfr 18,4); por eso, sus palabras adquieren un tono especial de confidencia y amor hacia aquellos que dejaba en el mundo: «El mismo Señor quiso dar a aquella reunión tal plenitud de significado, tal riqueza de recuerdos, tal conmoción de palabras y de sentimientos, tal novedad de actos y de preceptos, que nunca terminaremos de meditarlos y explorarlos. Es una cena testamentaria; es una cena afectuosa e inmensamente triste, al tiempo que misteriosamente reveladora de promesas divinas, de visiones supremas. Se echa encima la muerte, con inauditos presagios de traición, de abandono, de inmolación; la conversación se apaga enseguida, mientras la palabra de Jesús fluye continua, nueva, extremadamente dulce, tensa en confidencias supremas, cerniéndose así entre la vida y la muerte» (Pablo VI, Homilía Jueves Santo, 27-III-1975).

Lo que Cristo hizo por los suyos puede resumirse en la frase «los amó hasta el fin» (v. 1). Indica la intensidad del amor de Cristo que llega hasta dar su vida. Es más, ese amor no termina con su muerte porque Él vive, y desde su resurrección gloriosa nos sigue amando infinitamente. «El “amor hasta el extremo” (Jn 13,1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (…). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 616).

En el lavatorio de los pies, el Señor se humilla realizando una tarea propia de los esclavos de la casa. El pasaje recuerda el himno de la Carta a los Filipenses: «Cristo Jesús… siendo de condición divina… se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo…» (Flp 2,6-7). Lavar los pies a sus discípulos tenía un profundo significado que San Pedro no podía entender entonces. Jesús, mediante aquel gesto, expresaba de modo sencillo y simbólico que no había «venido a ser servido, sino a servir», y que su servicio consistía en «dar su vida en redención de muchos» (Mc 10,45). Así da a entender a los Apóstoles, y en ellos a todos los que después formarían la Iglesia, que el servicio humilde a los demás hace al discípulo semejante al Maestro. «Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente “reinar” sólo “sirviendo”, a la vez, el “servir” exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el “reinar”» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 21).

Toda la vida de Jesús fue ejemplo de servicio a los hombres, cumpliendo la voluntad del Padre hasta la muerte en la cruz. En el v. 17, nos promete el Señor que, imitándole a Él, el Maestro, en un servicio desinteresado que siempre implica sacrificio, encontraremos la verdadera felicidad que nadie nos podrá arrebatar (cfr 16,22; 17,13). «Os he dado ejemplo, insiste Jesús, hablando a sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio; y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría enraizadas en el sacrificio personal» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 94).

Jesús anuncia de antemano a los Apóstoles la traición de Judas (vv. 18-19). Así ellos, cuando vieron verificadas las predicciones de Cristo, pudieron comprender que tenía ciencia divina y que, efectivamente, en Él se habían cumplido las Escrituras del Antiguo Testamento (cfr 2,22). Sobre la expresión «yo soy» (v. 19), véase nota a 8,21-30.

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Jn 13,21-32

En el anuncio de la traición de Judas resalta, por contraste, el amor de Jesús hacia el discípulo amado. Ese amor es modelo de su amor por todos sus verdaderos discípulos, y del que éstos sienten por el Maestro. La narración se entiende mejor si se tiene en cuenta que probablemente los comensales estaban recostados sobre el codo en divanes para varias personas, situados alrededor de una mesa central en la que se disponían los alimentos.

El bocado que Jesús ofrece a Judas (vv. 26-27) es muestra de amistad y, por tanto, invitación a enmendar sus perversas maquinaciones. Judas, sin embargo, desecha esta oportunidad. «Bueno es lo que recibió —comenta San Agustín—, pero lo recibió para su perdición, porque el que era malo recibió con mala disposición lo que era bueno» (In Ioannis Evangelium 61,6). La entrada de Satanás indica que desde ese momento Judas se abandona completamente a la tentación diabólica. «Todos estos detalles —comenta San Juan Crisóstomo— se han conservado para decirnos: si se os ultraja, no os indignéis. Pensad en el culpable y llorad su violencia natural. El que daña el bien de otro, el calumniador, ¿qué intereses hiere primero? Los suyos propios, sin duda (…). Jesucristo llena de sus beneficios a Judas el traidor, lava sus pies, le reprocha sin acritud, le censura con discreción, busca ganar su corazón, le honra hasta comer con él, hasta abrazarle; e incluso cuando Judas no recapacita, Jesucristo no cesa en su buen empeño» (In Ioannem 71,4).

La indicación «era de noche» (v. 30) alude a las tinieblas como imagen del pecado, del poder tenebroso que en aquel instante parecía imponerse (cfr Lc 22,53), en oposición a la Luz verdadera, Cristo, al que las tinieblas no recibieron (cfr 1,5). Llega el momento de la glorificación de Jesús. Ésta se refiere sobre todo a la gloria que Cristo recibirá a partir de su exaltación en la cruz. El evangelista subraya que la muerte de Cristo es el comienzo de su triunfo y, al mismo tiempo, glorificación del Padre. También el discípulo de Cristo encontrará su mayor motivo de gloria en la identificación con la actitud obediente del Maestro. San Pablo lo enseña claramente al decir: «Que yo nunca me gloríe más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Ga 6,14).

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Jn 13,33-38

Los preceptos del Señor se resumen en uno solo: el Mandamiento Nuevo del amor (vv. 34-35). El precepto de la caridad compendia toda la ley de la Iglesia y es signo distintivo del cristiano: «Todos pueden signarse con la señal de la cruz de Cristo; todos pueden responder amén; todos pueden cantar aleluya; todos pueden hacerse bautizar, entrar en las iglesias, construir los muros de las basílicas. Pero los hijos de Dios no se distinguen de los hijos del diablo sino por la caridad. Los que practican la caridad son nacidos de Dios; los que no la practican no son nacidos de Dios. ¡Señal importante, diferencia esencial! Ten lo que quieras, si te falta esto sólo, todo lo demás no sirve para nada; y si te falta todo y no tienes más que esto, ¡has cumplido la ley!» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 5,7). Las palabras «como yo os he amado» dan al precepto un sentido y un contenido nuevos: la medida del amor cristiano no está en el corazón del hombre, sino en el corazón de Cristo (cfr Mt 5,43-48).

El anuncio de las negaciones de Pedro prepara el diálogo final del evangelio, donde Jesús pregunta a Pedro si le ama (21,15-19). Una vez más Pedro habla a su Maestro con sencillez y sincera disposición de seguirle hasta la muerte (vv. 36-38). Pero aún no estaba preparado. En efecto, en esos momentos el entusiasmo de Pedro es ardiente, pero poco firme. Más tarde adquirirá la fortaleza que se asienta en la humildad. Entonces, cuando no se considere digno de morir como su Maestro, morirá en una cruz, cabeza abajo, clavando en la tierra de Roma esa piedra sólida que pervive en los que le suceden y que es el fundamento sobre el que se edifica, indefectible, la Iglesia. Las negaciones de Pedro, signo de su debilidad, fueron ampliamente compensadas por su profundo arrepentimiento. «Que cada cual tome ejemplo de contrición y si ha caído no se desespere, sino que siempre confíe en que puede hacerse digno del perdón» (S. Beda, In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.). Con todo, la fidelidad a Cristo depende del amor: «¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. —Enamórate y no “le” dejarás» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 999).

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Jn 14,1-14

Al parecer, el anuncio de las negaciones de Pedro ha entristecido a los discípulos. Jesús les anima diciendo que se marcha para prepararles una morada en los cielos, pues, a pesar de sus miserias y claudicaciones, finalmente perseverarán.

Inspirándose en las palabras del v. 2, Santa Teresa de Jesús escribirá sus célebres Moradas, considerando el «alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?» (Moradas 1,1). Y más adelante añadirá: «La puerta para entrar en este castillo es la oración» (ibidem 2,11).

La muerte de Jesús va a ser el tránsito hacia el Padre, con quien es uno por ser Dios (cfr v. 10). Los Apóstoles no entendían con profundidad lo que Jesús les estaba enseñando; de ahí la pregunta de Tomás (v. 5). El Señor explica que Él es el camino hacia el Padre. «Era necesario decirles: Yo soy el Camino, para demostrarles que en realidad sabían lo que les parecía ignorar, porque le conocían a Él» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 66,2).

Las palabras de Jesús al responder: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (v. 6), van más allá de la pregunta de Tomás. Ser la Verdad y la Vida es lo propio del Hijo de Dios hecho hombre, del que San Juan dice en el prólogo a su evangelio que está «lleno de gracia y de verdad» (1,14). Él es la Verdad porque con su venida al mundo se muestra la fidelidad de Dios a sus promesas, y porque enseña verdaderamente quién es Dios y cómo la auténtica adoración ha de ser «en espíritu y en verdad» (4,23). Él es la Vida por tener desde toda la eternidad la vida divina junto al Padre (cfr 1,4), y porque nos hace, mediante la gracia, partícipes de esa vida divina. Por todo ello dice el evangelio: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado» (17,3). Con su respuesta, Jesús está «como diciendo: ¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida. Todo hombre alcanza a comprender la Verdad y la Vida; pero no todos encuentran el Camino. Los sabios del mundo comprenden que Dios es vida eterna y verdad cognoscible; pero el Verbo de Dios, que es Verdad y Vida junto al Padre, se ha hecho Camino asumiendo la naturaleza humana. Camina contemplando su humildad y llegarás hasta Dios» (S. Agustín, Sermones 142 y 141,1.4). «Si buscas, pues, por dónde has de ir, acoge en ti a Cristo, porque Él es el camino (…). Es mejor andar por el camino, aunque sea cojeando, que caminar rápidamente fuera del camino. Porque el que va cojeando por el camino, aunque adelante poco, se va acercando al término; pero el que anda fuera del camino, cuanto más corre, tanto más se va alejando del término» (Sto. Tomás de Aquino, Super Evangelium Ioannis, ad loc.).

El v. 9 es de una intensidad deslumbrante. Conocer a Cristo es conocer a Dios. Jesús es el rostro de Dios: «Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9), y el Padre: “Éste es mi Hijo amado; escuchadle” (Lc 9,35). Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre, nos “manifestó el amor que nos tiene” (1 Jn 4,9) con los menores rasgos de sus misterios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 516).

Antes de partir de este mundo, el Señor promete a los Apóstoles que les hará partícipes de sus poderes para que la salvación de Dios se manifieste por medio de ellos (vv. 12-14). Las obras que realizarán son los milagros hechos en el nombre de Jesucristo (cfr Hch 3,1-10; 5,15-16; etc.), y sobre todo, la conversión de los hombres a la fe cristiana y su santificación, mediante la predicación y la administración de los sacramentos. Se pueden considerar obras mayores que las de Jesús (v. 12) en cuanto que por el ministerio de los Apóstoles el Evangelio no sólo fue predicado en Palestina, sino que se difundió hasta los extremos de la tierra.

Jesucristo es nuestro intercesor en el Cielo, por eso nos promete que todo lo que pidamos en su nombre Él lo hará (v. 13). Pedir en su nombre (cfr 15,7.16; 16,23-24) significa apelar al poder de Cristo resucitado, creyendo que Él es omnipotente y misericordioso porque es verdadero Dios; y significa también pedir aquello que conviene a nuestra salvación, porque Jesucristo es el Salvador. Así, «lo que pidáis» se entiende como lo que es bueno para el que pide. Cuando el Señor no concede lo que se pide es porque no conviene para nuestra salvación. De ese modo se muestra igualmente Salvador cuando nos niega lo que le pedimos y cuando nos lo concede.

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Jn 14,15-31

Jesús anuncia que, tras su resurrección, enviará el Espíritu Santo a los Apóstoles, que les guiará haciéndoles recordar y comprender cuanto Él les había dicho. El Espíritu Santo es revelado así como otra Persona divina con relación a Jesús y al Padre. Con ello se anuncia ya el misterio de la Santísima Trinidad, que se revelará en plenitud con el cumplimiento de esta promesa.

El auténtico amor ha de manifestarse con obras (v. 15). «Esto es en verdad el amor: obedecer y creer al que se ama» (S. Juan Crisóstomo, In Ioannem 74). Por eso Jesús quiere hacernos comprender que el amor a Dios, para serlo de veras, ha de reflejarse en una vida de entrega generosa y fiel al cumplimiento de la voluntad divina: el que recibe sus mandamientos y los guarda, ése es quien le ama (cfr v. 21).

Paráclito (v. 15) significa «llamado junto a uno» con el fin de acompañar, consolar, proteger, defender… De ahí que el Paráclito se traduzca por «Consolador», «Abogado», etc. Jesús habla del Espíritu Santo como de «otro Paráclito» (v. 16), porque el mismo Jesús es nuestro Abogado y Mediador en el cielo junto al Padre (cfr 1 Jn 2,1), y el Espíritu Santo será dado a los discípulos en lugar suyo cuando Él suba al cielo como Abogado o Defensor que les asista en la tierra.

El Paráclito es nuestro Consolador mientras caminamos en este mundo en medio de dificultades y bajo la tentación de la tristeza. «Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 128).

Los Apóstoles se extrañan (v. 22) debido a que entienden las palabras de Jesús como una manifestación reservada sólo a ellos, mientras que era creencia común entre los judíos que el Mesías se manifestaría a todo el mundo como Rey y Salvador. La respuesta de Jesús (v. 23) es en apariencia evasiva, pero en realidad, al apuntar el modo de esa manifestación, explica por qué no se manifiesta al mundo: Él se da a conocer a quien le ama y guarda sus mandamientos. Dios se había manifestado repetidas veces en el Antiguo Testamento y había prometido su presencia en medio del pueblo (cfr Ex 29,45; Ez 37,26-27; etc.). En cambio aquí nos habla Jesús de una presencia en cada persona. A esta presencia se refiere San Pablo cuando afirma que cada uno de nosotros es templo del Espíritu Santo (cfr 1 Co 6,19; 2 Co 6,16-17).

La conciencia de esta inhabitación de la Trinidad en el alma ha sido para los santos fuente de grandes consuelos: «Ha sido el hermoso sueño que ha iluminado toda mi vida, convirtiéndola en un paraíso anticipado» (B. Isabel de la Trinidad, Epistula 1906). Y San Josemaría Escrivá, meditando en la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma, renovada por la gracia, escribe: «El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!» (Amigos de Dios, n. 306).

El término que traducimos por «recordar» (v. 26) incluye también la idea de «sugerir»: el Espíritu Santo traerá a la memoria de los Apóstoles lo que ya habían escuchado a Jesús, pero con una luz tal, que les capacitará para descubrir la profundidad y riqueza de lo que habían visto y escuchado. Así, «los Apóstoles comunicaron a sus oyentes los dichos y los hechos de Jesús con aquella mayor comprensión que les daban los acontecimientos gloriosos de Cristo (cfr 2,22) y la enseñanza del Espíritu de la Verdad» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 18). «En efecto, el Espíritu Santo enseñó y recordó: enseñó todo aquello que Cristo no había dicho por superar nuestras fuerzas, y recordó lo que el Señor había enseñado y que, bien por la oscuridad de las cosas, bien por la torpeza de su entendimiento, ellos no habían podido conservar en la memoria» (Teofilacto, Enarratio in Evangelium Ioannis, ad loc.).

Con el don del Espíritu Santo recibimos la paz (v. 27), es decir, la reconciliación con Dios y con los demás. La paz que nos da Jesús transciende por completo la del mundo, que puede ser superficial y aparente, compatible con la injusticia. En cambio, la paz de Cristo es sobre todo reconciliación con Dios y entre los hombres, uno de los frutos del Espíritu Santo (cfr Ga 5,22-23).

Cuando Jesús dice que el Padre es mayor que Él (v. 28), está considerando su naturaleza humana; así, en cuanto hombre, Jesús va a ser glorificado ascendiendo a la derecha del Padre. Jesucristo «es igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad» (Símbolo Atanasiano).

Por «mundo» (v. 30), como en muchos otros lugares, se entiende aquí el conjunto de los hombres que rechazan a Cristo; por ello, el príncipe de ese mundo es el demonio (cfr 1,10; 7,7; 15,18-19; 16,8-11; 17,16). Éste se opone a la obra de Jesús ya desde el comienzo de su vida pública en las tentaciones del desierto (cfr Mt 4,1-11 y par.). Ahora, en la pasión, vuelve a aparecer para obtener la victoria sobre Cristo, aunque sea momentánea y aparente. Ésta es la hora del poder de las tinieblas (cfr Lc 22,53), en la que, sirviéndose del traidor (cfr 13,27; Lc 22,1-6), el demonio consigue que prendan al Señor y le crucifiquen.

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Jn 15,1-8

La imagen de la vid era empleada ya en el Antiguo Testamento para significar al pueblo de Israel (Sal 80,9ss.; Is 5,1-7; cfr Mt 21,33-43). Ahora, al hablar de los sarmientos, esa imagen expresa cómo Jesús y quienes están unidos a Él forman el nuevo Israel de Dios, la Iglesia, cuya cabeza es Cristo. Hace falta estar unidos a la nueva y verdadera Vid, a Cristo, para producir fruto. No se trata ya tan sólo de pertenecer a una comunidad, sino de vivir la vida de Cristo, vida de la gracia, que es la savia vivificante que anima al creyente y le capacita para dar frutos de vida eterna. «En Él y por Él hemos sido regenerados en el Espíritu para producir fruto de vida, no de aquella vida caduca y antigua, sino de la vida nueva que se funda en su amor. Y esta vida la conservaremos si perseveramos unidos a Él y como injertados en su Persona; si seguimos fielmente los mandamientos que nos dio y procuramos conservar los grandes bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu que habita en nosotros, pues, por medio de Él, Dios mismo tiene su morada en nuestro interior» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10,2).

El Concilio Vaticano II, citando el presente pasaje de San Juan, enseña cómo debe ser el apostolado de los cristianos: «Puesto que Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo el apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de la unión vital que tengan con Cristo. Lo afirma el Señor: El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. Esta vida de unión íntima con Cristo en la Iglesia se nutre con los auxilios espirituales comunes a todos los fieles, sobre todo mediante la participación activa en la Sagrada Liturgia. Los laicos deben servirse de estos auxilios de tal forma que, al cumplir debidamente sus obligaciones en medio del mundo, en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la unión con Cristo de su vida privada, sino que crezcan intensamente en esa unión realizando sus tareas en conformidad con la Voluntad de Dios» (Apostolicam actuositatem, n. 4).

La imagen de la vid, por otra parte, ayuda a comprender la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en el que todos los miembros están íntimamente unidos con la Cabeza, y en ella, unidos también los unos con los otros (cfr 1 Co 12,12-27; Rm 12,4-5; Ef 4,15-16). Quien no está unido a Cristo por medio de la gracia tendrá, finalmente, el mismo destino que los sarmientos secos: el fuego (v. 6). Es claro el paralelismo con otras imágenes de la predicación del Señor acerca del infierno: las parábolas del árbol bueno y del malo (Mt 7,15-20), de la red barredera (Mt 13,49-50), del invitado a las bodas (Mt 22,11-14), etc.

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Jn 15,9-17

El auténtico amor a Jesucristo lleva consigo el esfuerzo por guardar los mandamientos divinos y, ante todo, el mandato del amor fraterno a la medida de la cruz de Cristo. La exigencia de estos mandamientos no es ya el temor, sino el amor: es la respuesta a Dios que nos ha amado primero, y nos ha mostrado su amor en la cruz de Jesús. La amistad de Cristo con el cristiano, que el Señor manifiesta de modo particular en este pasaje, le llevaba a decir a San Juan de la Cruz: «Llámale Amado para más moverle e inclinarle a su ruego, porque, cuando Dios es amado, con grande facilidad acude a las peticiones de su amante. (…) De donde entonces le puede el alma de verdad llamar Amado, cuando ella está entera con él, no teniendo su corazón asido a alguna cosa fuera de él; y así, de ordinario trae su pensamiento en él» (Cántico espiritual 1,13).

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Jn 15,18-27

Ante el escándalo del aparente triunfo del pecado, Jesús enseña que entre Él y el mundo, en cuanto reino del pecado, no hay posibilidad de acuerdo: quien vive en pecado aborrece la luz (cfr 3,19-20). Por eso han perseguido a Cristo y perseguirán también a los Apóstoles. «La hostilidad de los perversos suena como alabanza para nuestra vida —dice San Gregorio Magno— porque demuestra que tenemos al menos algo de rectitud en cuanto que resultamos molestos a los que no aman a Dios: nadie puede resultar grato a Dios y a los enemigos de Dios al mismo tiempo. Demuestra que no es amigo de Dios quien busca complacer a los que se oponen a Él: y quien se somete a la verdad luchará contra lo que se opone a la verdad» (Homiliae in Ezechielem 1,9,14).

Los que niegan a Jesús no tendrían pecado si Él no se hubiera revelado con las obras (v. 24), si la Luz no hubiera iluminado las tinieblas; pero ahora ya no tienen excusa: rechazando a Cristo rechazan la verdad de Dios (cfr Sal 35,19). «Este pecado consiste —afirma San Agustín— en no creer en las palabras y las obras de Cristo, pues no tenían pecado antes de que les hablara e hiciera entre ellos milagros. Pero ahora habla de este pecado de incredulidad en cuanto que es también la raíz de los demás. Si creyesen en Él les serían perdonados también los otros pecados» (In Ioannis Evangelium 91,1).

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Jn 16,1-15

Jesús predice que quienes no conocen a Dios Padre ni le reconocen a Él perseguirán a sus discípulos como también le persiguieron a Él y le dieron muerte (cfr 15,18-20). Y lo harán como sirviendo a Dios (v. 2). El fanatismo puede arrastrar hasta hacer creer que es lícito el crimen para servir a la causa de la religión (cfr nota a Lc 14,1-6).

Las persecuciones y dificultades que inevitablemente han de encontrar quienes siguen a Cristo no deben ser causa de escándalo ni de desánimo. Al contrario, los cristianos, consolados y confortados por la acción del Espíritu Santo, tendremos en ellas ocasión de mostrar nuestra fe. San Beda señala que el Señor instruye de esta forma a los que Él congrega «para que los males inesperados y repentinos, aunque transitorios, no turbaran sus ánimos ignorantes o faltos de preparación, sino que, conociéndolos de antemano y aceptándolos pacientemente, los condujeran a los bienes eternos» (In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).

Jesús habla del Paráclito tres veces en el Sermón de la Cena. En la primera (14,15ss.), afirma que será otro Consolador enviado por el Padre para que esté siempre con ellos; en la segunda (14,26), dice que el Padre enviará en su nombre el Espíritu de la verdad que les enseñará todo; en esta tercera (vv. 1-15), anuncia que el fruto de su ascensión al Cielo será el envío del Espíritu Santo y la acción que el Espíritu Santo realizará ante el mundo y ante los discípulos. A los discípulos, el Espíritu Santo les llevará a la plena comprensión de la verdad revelada por Cristo. cfr nota a 14,15-31.

En los vv. 8-11, la palabra «mundo» designa a los que no han creído en Cristo y le han rechazado (cfr 14,30). A éstos el Espíritu Santo les acusará «de pecado, de justicia y de juicio» (v. 8): «de pecado» por su incredulidad; «de justicia» porque mostrará que Jesús era el Justo que jamás cometió pecado alguno (cfr 8,46; Hb 4,15), y por eso es glorificado junto al Padre; «de juicio» al hacer patente que el demonio, príncipe de este mundo, ha sido vencido mediante la muerte de Cristo, por la cual el hombre es rescatado del poder del Maligno y capacitado, por la gracia, para vencer sus asechanzas. «Crean los hombres en Cristo —comenta San Beda— para que no sean acusados del pecado de su infidelidad, por el que se priva de todos los bienes. Entren en el número de los fieles para que no sean acusados por la justicia de éstos, al no imitar a los que han sido justificados. Eviten el juicio futuro para no ser juzgados con el príncipe del mundo al que imitan después de haber sido juzgado» (In Ioannis Evangelium expositio, ad loc.).

Especialmente los vv. 14-15 descubren algunos aspectos del misterio de la Santísima Trinidad. Enseñan la igualdad de las tres divinas personas al decir que todo lo que tiene el Padre es del Hijo, que todo lo que tiene el Hijo es del Padre, y que el Espíritu Santo posee también aquello que es común al Padre y al Hijo, es decir, la esencia divina.

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Jn 16,16-33

Los Apóstoles no podían entender lo que Jesús anunciaba, refiriéndose a su muerte y resurrección (v. 17). Al manifestarles que después de las tribulaciones tendrán un gozo cumplido, que no perderán jamás (cfr v. 22; 17,13), alude directamente a la alegría de la resurrección (cfr Lc 24,41), pero también al encuentro definitivo con Él en el Cielo (cfr 17,24).

La imagen de la mujer que da a luz (v. 21), muy frecuente en el Antiguo Testamento para expresar el dolor intenso, suelen emplearla también los profetas para significar el alumbramiento del nuevo pueblo mesiánico (cfr Is 21,3; 26,17; Jr 30,6; Os 13,13; Mi 4,9-10). El nacimiento del nuevo Pueblo de Dios —la Iglesia de Cristo— comporta dolores intensos no sólo a Jesús, sino también, en su medida, a los Apóstoles. Pero esos dolores, como de parto, se verán compensados por el gozo de la consumación del Reino de Cristo (cfr Rm 8,18).

Tras la resurrección el Señor hablará con claridad a los Apóstoles y éstos comprenderán el misterio de su pasión y la inmensidad del amor de Dios al enviar a su Hijo al mundo. Entretanto, la firmeza de la fe de los discípulos se apoya en la convicción de que el Señor conoce todos los corazones y todas las cosas (v. 30). Jesús había mostrado que mientras estaba con ellos conocía el fondo de su corazón (cfr 2,25). El anuncio de que le abandonarían (v. 32), leído tras su resurrección, sirve de consuelo a los discípulos que le dejaron sólo a la hora de la cruz, pero se congregaron de nuevo tras su resurrección. Frente a las tribulaciones y a los ataques sufridos por parte de los que rechazan a Cristo, resuenan las palabras de Jesús: «Confiad: yo he vencido al mundo» (v. 33).

 ▲ COMENTARIO

Jn 17,1-26

Jesús se dirige a su Padre en un diálogo emocionado, en el que, como Sacerdote, le ofrece el sacrificio inminente de su pasión y muerte. Es la llamada «Oración sacerdotal de Jesús».

En la primera parte de esta oración (vv. 1-5), Jesús pide la glorificación de su Santísima Humanidad y la aceptación por parte del Padre de su sacrificio en la cruz. La palabra «gloria» (v. 5) designa aquí el esplendor, poder y honor propios de Dios. La glorificación de Cristo abarca un triple aspecto: a) sirve para revelar la gloria del Padre, porque Cristo, obedeciendo al designio redentor de Dios, da a conocer al Padre (v. 4); b) manifiesta la divinidad de Cristo a través de su Humanidad (vv. 2 y 5); c) nos ofrece a los hombres la posibilidad de alcanzar la vida eterna, lo cual redunda en glorificación del Padre y de Jesucristo (vv. 2-3). «El Hijo te glorifica haciendo que te conozcan todos aquellos que le has confiado. Es verdad que si la vida eterna es el conocimiento de Dios, tanto más tendemos a vivir cuanto más progresamos en este conocimiento (…). La alabanza de Dios no tendrá fin allí donde el conocimiento del mismo Dios será pleno; y porque en el Cielo este conocimiento será completo, también será completa la glorificación de Dios» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 105,3).

En la segunda parte de la oración (vv. 6-19), Jesús ruega por sus discípulos, a los que va a enviar al mundo a proclamar su obra redentora. Pide para ellos la unidad, la perseverancia, el gozo y la santidad. Al pedir que los guarde en su nombre (v. 11), está rogando que perseveren en la doctrina (cfr v. 6) y en la comunión con Él. Consecuencia de esta comunión es la unidad de los discípulos, reflejo de la que existe entre las tres Personas divinas. La fuente de donde brota la unidad de la Iglesia es, pues, la unión íntima de las tres Personas divinas, entre las que hay una donación y amor mutuos. «El Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno (…) como nosotros también somos uno, abriendo perspectivas inaccesibles a la razón humana, muestra cierta semejanza entre la unión de las Personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza manifiesta que el hombre, única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar plenamente su identidad si no es en la entrega sincera de sí mismo» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 24).

El Señor ruega también por los que, viviendo en medio del mundo, no son del mundo, para que sean santos según la verdad de Dios (v. 17) y lleven a cabo la misión que Él les encomienda, como Él ha realizado la que recibió del Padre (v. 18). El término «mundo» tiene varias acepciones en el Evangelio de San Juan (cfr nota a 14,15-30). En primer lugar, designa el conjunto de la creación, y dentro de ella la humanidad, los hombres a quienes Dios ama entrañablemente (1,10; 3,16; 13,1; etc.); pero «mundo» indica también los bienes de la tierra, de suyo caducos y que pueden presentar oposición a los bienes del espíritu (7,7; 8,23; 9,39; 12,25.31; etc.). De ahí que la petición de Jesús al Padre (v. 15) lleva implícita una invitación a los discípulos a corresponder: «Sed hombres y mujeres del mundo, pero no seáis hombres o mujeres mundanos» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 939).

Jesucristo, por medio de su muerte en la cruz, se consagra a Dios para santificarnos (vv. 17-19): «Cuando dice santifico debe entenderse en el sentido de “me dedico a Dios” y “me ofrezco como hostia inmaculada en olor de suavidad”. Pues, según la Ley, se consagraba o llamaba sagrado lo que se ofrecía sobre el altar. Cristo entregó su cuerpo por la vida de todos, y nos devolvió la vida» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 4,2).

En la tercera parte de la oración sacerdotal (vv. 20-26), Cristo vuelve a pedir por la unidad entre todos los que han de creer en Él a lo largo de los siglos. Es la petición de Cristo por su Iglesia, que debe ser una como el Padre y el Hijo son uno. «Todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos fundimos entre nosotros y con Dios. Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu, único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo» (ibidem 11,11).

El primer fruto de la unidad de la Iglesia será la fe de todos los hombres en Cristo y en su misión divina (vv. 21.23). «Jesucristo quiere que (…) su pueblo crezca y lleve a la perfección su comunión en la unidad: en la confesión de una sola fe, en la celebración común del culto divino y en la concordia fraterna de la familia de Dios. (…) El modelo y principio supremo de este misterio [de la unidad de la Iglesia] es la unidad de un solo Dios, Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas» (Conc. Vaticano II, Unitatis redintegratio, n. 2). Siguiendo el ejemplo de Cristo, el mismo Concilio ha recomendado insistentemente la oración por la unidad de los cristianos, definiéndola como el «alma de todo movimiento ecuménico» (ibidem, n. 8).

Cristo termina esta oración pidiendo la bienaventuranza para todos los cristianos (vv. 24-26). El término que utiliza —«quiero» en vez de «ruego»— expresa que lo que está pidiendo es lo más importante y que coincide con la voluntad del Padre, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cfr 1 Tm 2,4).

La revelación que Dios ha hecho de Sí mismo por Jesucristo nos introduce en la participación de la vida divina que culminará en el Cielo (v. 24): «Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de Sí mismo, revelándose a Sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados a participar por la gracia aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y, después de la muerte, en la luz sempiterna» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 9).

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