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Jn 5,1-47

Esta sección contiene la curación de un paralítico en la piscina de Betzata y un discurso de Jesús, en el que, por ser el Hijo, revela que actúa en unión con el Padre. Todo ello sucede en «una fiesta de los judíos» (v. 1), que podría ser la Pascua o bien la fiesta de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua. Juan enseña aquí abiertamente la condición divina de Jesús, manifestada tanto en el milagro como en el discurso. Da cuenta al mismo tiempo de cómo se suscita el odio abierto de algunos judíos que traman su muerte desde el momento en que se presenta como el Hijo de Dios (v. 18).

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Jn 5,1-18

«Betzata» (v. 2). A esta piscina, situada en las afueras de Jerusalén, se la llama también «probática» por estar cerca de la puerta Probática o de las Ovejas (en griego, próbata). Dicha puerta se encontraba en la sección nororiental de la muralla (cfr Ne 3,1-32; 12,39), y por ella entraba el ganado que se destinaba a los sacrificios del Templo. A finales del siglo XIX se encontraron vestigios de la piscina: excavada en roca, era de forma trapezoidal y estaba rodeada de cuatro galerías o porches; un quinto pórtico dividía el estanque en dos mitades.

La edición Sixto-Clementina de la Vulgata recoge, como segunda parte del v. 3 y constituyendo todo el v. 4, un pasaje que traducido dice así: «que aguardaban el movimiento del agua. Pues un ángel del Señor descendía de vez en cuando a la piscina y movía el agua. El primero que se metiera en la piscina después del movimiento del agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese». La Neovulgata, en cambio, omite en su texto todo este pasaje, consignándolo sólo en nota a pie de página. Tal omisión se funda en que no viene en importantes códices y papiros griegos, ni en muchas versiones antiguas.

En la curación del paralítico, Jesús manifiesta que obra con el poder de Dios, y que en virtud de ese poder está por encima de la ley del sábado y otorga a los hombres el perdón de sus pecados. El posterior encuentro de Jesús en el Templo con el hombre que había quedado curado (v. 14) muestra que la curación física era señal del perdón recibido. Las palabras de Jesús se sitúan dentro de la mentalidad sobre la relación entre pecado y enfermedad que existía entre los judíos de aquel tiempo y que Él corrige (cfr 9,3). Si, como era habitual entonces, el paralítico pensaba que su enfermedad había tenido origen en el pecado, Jesús enseña que el verdadero mal no es la enfermedad sino el pecado, y que una vez recibido el perdón divino, el hombre se ha de esforzar en no volver a pecar.

La Ley de Moisés señalaba el sábado como el día de descanso semanal (Ex 20,8-11). Guardándolo los judíos pensaban imitar la manera de obrar de Dios en la creación. Observa Santo Tomás de Aquino que Jesús rechaza la estrecha interpretación que daban los judíos: «Éstos, queriendo imitar a Dios, no hacían nada en sábado, como si Dios en este día hubiera dejado de actuar en absoluto. Es verdad que en sábado descansó de la creación de nuevas criaturas, pero siempre y de forma continua actúa, conservándolas en el ser… Dios es causa de todas las cosas en el sentido de que también las hace subsistir; porque si en un momento dado se interrumpiera su poder, al instante dejarían de existir todas las cosas que la naturaleza contiene» (Super Evangelium Ioannis, ad loc.). Ésta es la razón por la que Jesús dice: «Mi Padre no deja de trabajar, y yo también trabajo» (v. 17). Dios no deja de actuar después de la creación. Como el Hijo actúa junto con el Padre, que con el Espíritu Santo son un solo Dios, por esta razón Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, puede decir que no deja de trabajar. Esas palabras de Jesús hacen referencia implícita a su naturaleza divina, y así lo entendieron los judíos, quienes, considerándolas una blasfemia, querían darle muerte (v. 18).

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Jn 5,19-47

Este largo discurso en el que Jesús expone quién es Él y cuál es su misión trata algunos de los temas preferidos por el evangelista: Cristo revela al Padre y recibe de Él el poder de dar verdadera Vida.

En la primera parte Jesús habla de la igualdad y al mismo tiempo de la distinción entre el Padre y el Hijo (vv. 19-30). Los dos son iguales: todo el poder del Hijo es el poder del Padre, las obras del Hijo son las obras del Padre. Al mismo tiempo son distintos: el Padre es quien envía al Hijo. Cuando Jesucristo realiza obras que son propias de Dios testifica con ellas su condición divina (cfr v. 36).

Las «obras mayores» (v. 20; cfr 1,50; 14,12) son la propia resurrección de Jesús, causa y primicia de la nuestra (cfr 1 Co 15,20ss.). El Hijo ha recibido del Padre el poder de juzgar. «Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5,22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 679). Las palabras del v. 22 son consoladoras: «Cierto que de todas nuestras culpas hemos de rendir estrecha cuenta al eterno Juez; pero y ¿quién será este nuestro Juez? El Padre (…) todo juicio lo ha dado al Hijo. Consolémonos, pues, ya que el Eterno Padre ha puesto nuestra causa en manos de nuestro mismo Redentor. San Pablo nos anima con estas palabras: ¿Quién será el que condene? Cristo, Jesús, el que murió (…) es quien (…) intercede por nosotros (Rm 8,34). ¿Quién es el juez que nos ha de condenar? El mismo Salvador que, para no condenarnos a muerte eterna, quiso condenarse a sí mismo y, en consecuencia, murió y, no contento con ello, ahora en el Cielo prosigue cerca del Padre siendo mediador de nuestra salvación» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo 3).

Con los vv. 24-30 se cierra la primera parte del discurso de Jesús. En ellos se pone en relación la vida que Cristo otorga ya a los que creen en Él (vv. 24-27) con la vida futura tras la muerte (vv. 28-29). En uno y otro estadio, se trata de la participación en la vida divina, de ahí que, incluso en el estadio presente del hombre, esa vida se llame «vida eterna» (v. 24). «Cristo, “el primogénito de entre los muertos” (Col 1,18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (cfr Rm 6,4), más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (cfr Rm 8,11)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 658).

Con los vv. 25-30 se cierra la primera parte del discurso de Jesús. Para entender las afirmaciones que aquí hace hay que tener presente que Él, por ser una única Persona (divina), un solo sujeto de operaciones, un único Yo, expresa en palabras humanas no sólo los sentimientos que tiene como hombre, sino también la realidad más profunda de su ser: es el Hijo de Dios, tanto en su eterna generación por el Padre, como en su generación en el tiempo al asumir la naturaleza humana.

En la segunda parte del discurso (vv. 31-40), Jesús, ante la posible objeción de los judíos de que el testimonio de una persona en su propia causa no es suficiente (cfr Dt 19,15), explica que sus palabras están avaladas por cuatro testimonios: el de Juan Bautista (vv. 32-36; cfr 1,34), el de los milagros (v. 36; cfr 2,1-12; 4,46-54; 5,1-18; etc.), el del Padre (vv. 37-38; cfr 1,31-34; 12,28-30), y el de las Escrituras (v. 39). Jesús les invita a escudriñar las Escrituras, la Palabra de Dios, porque desde ellas podrían descubrir el sentido de lo que está sucediendo —lo que Él dice y hace— si no se cierran en sus propios perjuicios. «El fin principal de la economía antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal, y de su reino mesiánico, anunciarla proféticamente (cfr Lc 24,44; Jn 5,39; 1 P 1,10), representarla con diversas imágenes (cfr 1 Co 10,11) (…). Por eso los cristianos deben recibir estos libros [Antiguo Testamento] con devoción, porque expresan un vivo sentido de Dios, contienen enseñanzas sublimes sobre Dios y una sabiduría salvadora acerca del hombre, encierran tesoros de oración y esconden el misterio de nuestra salvación» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 15).

Finalmente (vv. 41-47), Jesús echa en cara a sus oyentes tres impedimentos que tienen para reconocerle como el Mesías e Hijo de Dios: la falta de amor a Dios, la búsqueda de la gloria humana y la interpretación interesada de los textos sagrados. Para reconocer quién es de verdad Cristo, se necesitan mejores disposiciones: «Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios… —Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego… no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 212).

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Jn 6,1-71

Este capítulo viene a constituir la cuarta sección del evangelio y tiene una estructura similar a la del anterior. Primero, dos signos o milagros: la multiplicación de los panes y de los peces, y el caminar de Jesús sobre las aguas; y, luego, un discurso: el de la sinagoga de Cafarnaún, en el que Jesucristo se manifiesta como el Pan de Vida. San Juan hace notar que esto ocurrió cuando «pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos» (v. 4), insinuando así que el banquete Eucarístico había de ser en adelante la Nueva Pascua. Muchos de los seguidores de Jesús se escandalizan ante sus palabras, de modo que quienes no creen le abandonan (v. 66), y los que creen se adhieren más firmemente a Él (v. 69).

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Jn 6,1-15

En el Evangelio de Juan sólo se recogen siete milagros de Jesús. El autor sagrado elige aquellos que le van mejor a su propósito de mostrar algunas facetas del misterio de Cristo. El milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, unos días antes de la Pascua, prefigura la Pascua cristiana y el misterio de la Eucaristía y está puesto en relación directa con el discurso de Cafarnaún sobre el Pan de Vida (6,26-58), en el que Jesús promete darse Él mismo como alimento de nuestra alma. Tal relación queda subrayada por las palabras del v. 11, que son casi las mismas con las que los sinópticos y San Pablo narran el comienzo de la institución de la Eucaristía (cfr Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,14 y 1 Co 11,23-24).

Jesús es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres (v. 5). Aquí le vemos tomando la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud que le sigue. Con los diálogos y el milagro que va a realizar, Jesús enseña también a sus discípulos a confiar en Él ante las dificultades que encontrarán en sus futuras tareas apostólicas, emprendiéndolas con los medios que tengan, aunque sean insuficientes, como en este caso lo eran los cinco panes y los dos peces (v. 9). Él aportará lo que falta. En la vida cristiana hay que poner al servicio del Dios lo que tengamos, aunque nos parezca muy poco. El Señor sabrá multiplicar la eficacia de esos medios tan insignificantes: «Él [Jesús] no contaba con una cantidad suficiente de bienes materiales, sino con su generosidad al ofrecer lo poco que poseían. (…) Lo que la razón humana no se atrevía a esperar, con Jesús se hizo realidad gracias al corazón generoso de un muchacho» (Juan Pablo II, Mensaje 8-IX-97).

La reacción ante el milagro (v. 14) muestra que los que se beneficiaron de aquel prodigio reconocieron a Jesús como el Profeta, el Mesías prometido en el Antiguo Testamento (cfr Dt 18,15), pero pensaron en un mesianismo terreno y nacionalista: quisieron hacerle rey porque consideraron que el Mesías había de traerles abundancia de bienes terrenos y librarlos de la dominación romana.

El Señor, que más adelante (6,26-27) explicará el verdadero sentido de la multiplicación de los panes y los peces, se limita a huir de aquel lugar, para evitar una proclamación popular ajena a su verdadera misión. En el diálogo con Pilato (cfr 18,36) explicará que su Reino «no es de este mundo». «Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yahwéh (cfr Mt 4,8; Lc 4,5). No acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas (cfr Mt 22,21; Mc 12,17; Jn 18,36) (…). La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor (cfr Lumen gentium, n. 8)» (Juan Pablo II, Discurso al episcopado latinoamericano, 28-I-1979).

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Jn 6,16-21

Este milagro, narrado también por Mateo y Marcos, refleja el poder de Jesús, que sorprende a la fe todavía débil de los discípulos. Jesús viene de nuevo a su encuentro y se les manifiesta superior a Moisés, ante quien, para que los israelitas atravesaran el mar, Dios hubo de separa las aguas (cfr Ex 14,15-31). Las palabras «Soy yo» (o «Yo soy») (v. 20) evocan aquellas con las que Dios reveló su nombre a Moisés (cfr 8,28; Ex 3,14). Tras el milagro y el discurso del Pan de Vida, la fe de los discípulos quedará robustecida.

Al meditar este episodio, la tradición cristiana ha visto en la barca una figura de la Iglesia, que tendrá que soportar muchas dificultades y a la que el Señor ha prometido su asistencia a lo largo de los siglos (cfr Mt 28,20); por eso la Iglesia permanecerá firme y segura para siempre. Santo Tomás de Aquino comenta: «Aquel viento es figura de las tentaciones y de la persecución que padecerá la Iglesia por falta de amor. Porque, como dice San Agustín, cuando se enfría el amor, aumentan las olas y la nave zozobra. Sin embargo el viento, la tempestad, las olas y las tinieblas no conseguirán que la nave se aparte de su rumbo y quede destrozada» (Super Evangelium Ioannis, ad loc.).

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Jn 6,22-59

Cafarnaún era el lugar desde el que Jesús desarrollaba su ministerio en Galilea (cfr nota a Lc 7,1-10). Allí, en la sinagoga (v. 59), pronuncia el discurso del Pan de Vida (vv. 26-59), en el que se revela quién es Él, de dónde procede y qué bienes nos comunica: la fe, la Eucaristía, la vida eterna.

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Jn 6,22-25

El evangelista, al mismo tiempo que da cuenta de cómo se extendía la fama de Jesús, deja entrever que éste ha llegado a Cafarnaún de manera milagrosa (v. 25), igual que antes había caminado sobre las aguas. Refleja de nuevo el poder de Jesús sobre los elementos de la naturaleza.

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Jn 6,26-34

Este discurso de Jesús se abre con una introducción a modo de diálogo entre Él y los judíos, donde se revela cuáles son los bienes mesiánicos que Él trae. Los interlocutores creían que el maná —alimento que diariamente recogían los hebreos en su caminar por el desierto (cfr Ex 16,13ss.)— era símbolo de los bienes que traería el Mesías; por eso piden a Jesús que realice un portento semejante al del maná. Pero no podían ni siquiera sospechar que el maná sólo era figura del gran don mesiánico que Dios iba a comunicar a los hombres: su propio Hijo presente en el misterio de la Sagrada Eucaristía. En el diálogo, Jesús intenta conducirles a un acto de fe en Él, para después revelarles abiertamente el misterio de su presencia en la Eucaristía.

«A éste lo confirmó Dios Padre con su sello» (v. 27). Con esta frase alude el Señor a la condición por la que sólo Él, el Hijo del Hombre, puede dar a los hombres los dones mencionados: porque siendo Dios y hombre, la naturaleza humana de Jesús es el instrumento por el que actúa la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Santo Tomás de Aquino comenta así esta frase: «Lo que el Hijo del Hombre dará, lo posee en cuanto supera a todos los demás hombres por su singular y eminente plenitud de gracia (…). Cuando un sello se imprime en la cera, ésta recibe toda la forma del sello. Así el Hijo recibió toda la forma del Padre. Y esto de dos modos: uno eterno (generación eterna), del cual no se habla aquí porque el sello y lo sellado son de distinta naturaleza. El otro, que es el que hay que entender aquí, es el misterio de la Encarnación, por el que Dios Padre imprimió en la naturaleza humana el Verbo, que es resplandor y sello de su sustancia, como dice Hebreos (1,3)» (Super Evangelium Ioannis, ad loc.).

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Jn 6,35-47

En esta primera parte del discurso, Jesús se presenta como el Pan de Vida. Sus palabras se refieren: 1) a la fe en Él; la fe es «ir hacia Jesús» (vv. 35. 37.44.45) aceptando sus signos (milagros) y sus palabras; 2) a la resurrección de los creyentes (vv. 39.40.44.47), que se inicia en esta vida por la fe y se cumplirá plenamente al final de los tiempos; 3) a la predestinación, que es el designio de nuestro Padre del Cielo de que todos los hombres podamos salvarnos (vv. 39.40).

Al decir Jesús que «serán todos enseñados por Dios» (v. 45), evoca a Is 54,13 y Jr 31,31-34, donde ambos profetas se refieren a la futura Alianza que establecerá Dios con su pueblo cuando llegue el Mesías, con cuya sangre quedará sellada para siempre, y que Dios escribirá en sus corazones.

Ir a Jesús (v. 35) es creer en Él, porque al Señor nos acercamos por la fe. Con la imagen de la comida y la bebida expresa Jesús que Él es quien realmente sacia todas las nobles aspiraciones del hombre: «¡Qué hermosa es nuestra Fe Católica! Da solución a todas nuestras ansiedades, y aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 582).

El v. 42 menciona a San José por segunda y última vez en el evangelio, dejando constancia de la opinión común, aunque equivocada, de los que conocían a Jesús y le consideraban hijo de José el artesano (cfr 1,45; Mt 13,55; Lc 3,23; 4,22). El Señor, concebido por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, sólo tiene como Padre al mismo Dios (cfr 5,18). Sin embargo, San José hizo las veces de padre de Jesús en la tierra, según los planes divinos (cfr notas a Mt 1,1-25): «A José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno. ¿Cómo era padre? Tanto más profundamente padre cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: Se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios» (S. Agustín, Sermones 51,20).

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Jn 6,48-59

En esta segunda parte del discurso, Cristo revela el misterio de la Eucaristía. Sus palabras son de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado. Los oyentes entienden el sentido propio y directo de las palabras de Jesús (v. 52), pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad. De haberlo entendido en sentido figurado o simbólico no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. De aquí también nace la fe de la Iglesia en que mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1376).

Tres veces (cfr vv. 31-32.49.58) compara Jesús el verdadero Pan de Vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo: «De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el “pan de cada día”, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico» (S. Pío X, Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905).

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Jn 6,60-71

En estos versículos se pone de manifiesto la recepción de las palabras del Señor por parte de los discípulos. Al revelar el misterio eucarístico, Jesucristo exige de ellos la fe en sus palabras. Su revelación no debe ser recibida de modo carnal, es decir, atendiendo exclusivamente a lo que aprecian los sentidos, o partiendo de una visión de las cosas meramente natural, sino como revelación de Dios, que es «espíritu» y «vida» (v. 63). Como en otras ocasiones (cfr 1,51; 5,20), la referencia de Jesús a acontecimientos futuros, a la gloria de su resurrección, sirve para fortalecer la fe de los discípulos, y de todos los creyentes, cuando vean cumplidas sus palabras (v. 62): «Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis» (14,29).

La promesa de la Eucaristía, que había provocado en aquellos oyentes de Cafarnaún discusiones (6,52) y escándalo (v. 61), acaba produciendo el abandono de muchos que le habían seguido (v. 66). Jesús había expuesto una verdad maravillosa y salvífica, pero aquellos discípulos se cerraban a la gracia divina, no estaban dispuestos a aceptar algo que superaba su mentalidad estrecha. El misterio de la Eucaristía exige un especial acto de fe. Por eso, ya San Juan Crisóstomo aconsejaba: «Inclinémonos ante Dios; y no le contradigamos aun cuando lo que Él dice pueda parecer contrario a nuestra razón y a nuestra inteligencia (…). Observemos esta misma conducta respecto al misterio [eucarístico], no considerando solamente lo que cae bajo los sentidos, sino atendiendo a sus palabras. Porque su palabra no puede engañar» (In Matthaeum 82).

Pedro, en nombre de los Doce, expresa su fe en las palabras de Jesús porque le reconoce procedente de Dios, de manera semejante a como en Cesarea de Filipo (cfr Mt 16,13-20; Mc 8,27-30) había confesado que Jesús era el Mesías. La confesión de Pedro representa al mismo tiempo la comunión de fe de los que creen en Jesucristo, que encontrarán en la fe de Pedro y sus sucesores el criterio seguro de discernimiento sobre la verdad de lo que creen.

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Jn 7,1-10,21

La quinta sección del evangelio comprende casi cuatro capítulos. En ellos se recoge la actividad de Jesús en Jerusalén durante la celebración de la fiesta de los Tabernáculos, cuando sube de nuevo a la Ciudad Santa. En contraste con el significado que esa fiesta tenía para los judíos, Jesús es presentado como el Mesías que instaura un nuevo orden salvífico centrado en la gracia, superior al que existía entre los israelitas, centrado en la Ley (cfr 1,17). Se reafirma que Jesús ha sido enviado por el Padre y se habla del envío del Espíritu Santo (cap. 7). Jesús es Juez que perdona a la mujer adúltera (cap. 8), y Luz del mundo, que devuelve la vista al ciego de nacimiento, pero que condena, en cambio, a los que no quieren ver (cap. 9). Él es la Puerta por la que se entra a la vida eterna y el Buen Pastor que da su vida por todos los hombres (10,1-21).

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Jn 7,1-30

El nombre de esta fiesta (v. 2) evoca el tiempo que los hebreos pasaron en el desierto, habitando en tiendas de campaña (cfr Lv 23,34-43). Durante los ocho días que duraba la fiesta (cfr Ne 8,13-18), al comienzo del otoño, se conmemoraba la protección que los israelitas habían recibido de Dios a lo largo de aquellos cuarenta años de peregrinación. Por coincidir con la terminación de las cosechas, esta fiesta se llamaban también de la Recolección (cfr Ex 23,16). Era una de las tres grandes fiestas del año en que todo varón israelita debía comparecer ante el Señor (cfr Ex 23,14-17; Dt 16,16).

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Jn 7,1-13

Juan recuerda la falta de fe en Jesús por parte de sus parientes y la negativa del Señor a buscar un triunfo humano y temporal. Los parientes de Jesús reconocen que Él es capaz de realizar obras maravillosas, y, sin embargo, no creen. No entienden el verdadero significado que entrañan esos signos. Esto enseña que los milagros no bastan por sí solos para creer.

Sobre los «hermanos» de Jesús, cfr nota a Mt 12,46-50; sobre el término «mundo», ver 17,1-26.

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Jn 7,14-24

Jesús posee la dignidad y la potestad de ser el revelador del Padre. Los judíos, que no habían visto a Jesús en las escuelas de los maestros de la Ley, se maravillan y se plantean una pregunta con malicia disimulada: «¿Cómo sabe éste de letras sin haber estudiado?» (v. 15). Le acusan de ser un falso profeta. Jesús aprovecha la ocasión para afirmar que su doctrina proviene de Dios. Pero señala también que para discernir ese origen divino se requiere rectitud de intención (v. 24). Además, propone un criterio para reconocer la legitimidad de su actuación: Él no se adjudica la grandeza y sublimidad de su doctrina ni lo extraordinario de sus obras (cfr 8,54), sino que busca sólo la glorificación del Padre, y expone la doctrina que le ha sido entregada (cfr v. 16).

Siguiendo el ejemplo de Cristo, la Iglesia, en su actuación apostólica, no busca su triunfo humano, sino el bien de las almas y la gloria de Dios. «Dios es glorificado plenamente desde el momento en que los hombres reciben total y conscientemente la obra salvadora de Dios, que completó en Cristo. Así, por dicha actividad apostólica se cumple el propósito de Dios, al que Cristo obediente y amorosamente sirvió para gloria del Padre que le envió, a fin de que todo el género humano forme un único pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo y se coedifique en un único templo del Espíritu Santo» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 7).

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Jn 7,25-30

San Juan muestra cómo los jerosolimitanos tenían dudas sobre quién era Jesús (vv. 25-27). Aunque se sabía que el Mesías nacería en Belén de la estirpe de David (7,42), en aquel tiempo algunos pensaban que el Mesías se mantendría oculto hasta el día de su manifestación (cfr 1,33; 14,22).

Jesús pide que juzguen rectamente y descubran su poder salvador, que intenten comprender el sentido profundo de sus obras. Como consecuencia, se produce el intento de detención (v. 30), porque los judíos entendieron que Jesús se hacía igual a Dios, y esto era considerado una blasfemia, que según la Ley debía ser castigada con la muerte por lapidación (cfr Lv 24,15-16.23). No es la primera vez que San Juan refiere la hostilidad de los judíos (cfr 5,18) ni será la última (cfr 8,59; 10,31-33). Subraya esta hostilidad porque así se dio de hecho y quizá también para resaltar la libertad de Jesús que, cumpliendo la voluntad del Padre, se entregará en manos de sus enemigos cuando llegue su «hora» (cfr 18,4-8). «El Señor no hace referencia a la hora en que se le obligaría a morir, sino a la hora en que se dejaría matar. Esperaba el tiempo en que había de morir, como esperó también el tiempo en que había de nacer» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 31,5).

El recto reconocimiento de las obras de Jesús es el primer paso para llegar a creer en su condición divina. Aceptar a Jesús lleva consigo las exigencias de una conversión moral y mental: «El que quiera, pues, entender plenamente y saborear las palabras de Cristo, ha de procurar conformar con Él toda su vida» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 1,1,2).

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Jn 7,31-39

Jesús habla de su glorificación junto al Padre y del envío del Espíritu Santo. La fiesta de los Tabernáculos era una fiesta de alegría y acción de gracias. Cada uno de los ocho días que duraba la fiesta, el sumo sacerdote se dirigía a la fuente de Siloé (cfr nota a 9,1-23) y, en una copa de oro, traía al Templo agua con la que rociaba el altar, recordando la que prodigiosamente manó en el desierto (cfr Ex 17,1-7) y pidiendo a Dios abundantes lluvias. Mientras tanto, se cantaba un pasaje del profeta Isaías (Is 12,3) que anunciaba la venida del Salvador y, con Él, la efusión de los dones celestiales. También se leía Ez 47, que habla de los torrentes de agua viva que brotarán del Templo. Con Jesús aquel tiempo venturoso ha llegado ya: «Si alguno tiene sed venga a mí y beba…» (v. 37). Esta invitación recuerda la que hace la Sabiduría divina, que dice: «Venid a mí los que me deseáis y saciaos» (Si 24,19; cfr Pr 9,4-5), sugiriendo así que Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada. Él es el único que puede saciar nuestra sed: «Sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace gran falta, que si del todo nos falta nos mata. Extraña cosa es que si nos falta nos mata, y si nos sobra nos acaba la vida, como se ve morir muchos ahogados. ¡Oh Señor mío, y quién se viese tan engolfada en esta agua viva que se le acabase la vida!» (Camino de perfección 19).

Las palabras de Jesús del v. 37 suscitaban a San Alfonso Mªde Ligorio las siguientes consideraciones, que constituyen un entrañable comentario, lleno de amor por nuestro Salvador: «Tenemos en Jesucristo tres fuentes de gracias. La primera es de misericordia, en la que nos podemos purificar de todas las manchas de nuestros pecados (…). La segunda fuente es de amor: quien medita en los sufrimientos e ignominias de Jesucristo por nuestro amor, desde el nacimiento hasta la muerte, es imposible que no se sienta abrasado en la feliz hoguera, que vino a encender por la tierra en los corazones de todos los hombres (…). La tercera fuente es de paz; quien desee la paz del corazón venga a mí, que soy el Dios de la paz» (Meditaciones para el Adviento 1,8).

En la expresión «ríos de agua viva» (v. 38) hay probablemente una referencia a la profecía de Ez 36,25ss., en la que se anuncia que en los tiempos mesiánicos el pueblo será purificado con agua pura, recibirá un Espíritu nuevo y se les cambiará el corazón de piedra por un corazón de carne.

En efecto, Jesús, una vez exaltado como corresponde a su condición de Hijo de Dios, enviará en Pentecostés al Espíritu Santo, que transformará interiormente a todos los que creen en Él. «De la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz, se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también espirituales y llevan a las demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, el entendimiento de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De Él, la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que puede ser pensado, el hacerse Dios» (S. Basilio, De Spiritu Sancto 9,23).

Pero —se pregunta San Agustín—, «¿cómo entender la frase del evangelista todavía no había sido dado el Espíritu Santo ya que Jesús aún no había sido glorificado, sino en el sentido de que aquella dádiva o efusión del Espíritu Santo habría de comunicarse en el futuro, después de la glorificación de Cristo, como jamás lo había sido antes?» (De Trinitate 4,20). El Señor se refería, por tanto, a la venida del Espíritu Santo después de su ascensión al cielo (v. 39), efusión que San Juan ve anticipada simbólicamente en la transfixión, cuando del costado de Cristo brota sangre y agua (19,34). Los Santos Padres han considerado en este hecho el nacimiento de la Iglesia y la fuerza santificadora de los Sacramentos, especialmente del Bautismo y de la Sagrada Eucaristía.

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Jn 7,40-53

El título «el profeta» (v. 40) alude a Dt 18,18, que predice la venida de un profeta en los últimos tiempos, al que todos deberán escuchar (cfr 1,21; 6,14). El Cristo («el Mesías») era el título más corriente en el judaísmo para designar al futuro Salvador enviado por Dios.

En los vv. 40-43 se muestra una vez más la diversidad de opiniones acerca de Jesús. Muchos judíos ignoraban —sin tomarse ninguna molestia para averiguar la verdad— que había nacido en Belén, la ciudad de David, donde, según Miqueas (5,2) debía nacer el Mesías. Tal ignorancia constituía en ellos una excusa para no aceptarle como el Cristo. Parece como si el evangelista, que escribe para cristianos que conocían el verdadero origen de Jesucristo, el Hijo de Dios nacido en Belén, quisiera resaltar con cierta ironía que ese desconocimiento de los jerosolimitanos era precisamente la confirmación de que Jesús era el Mesías que esperaban (cfr 7,27).

Otros, sin embargo, ante los milagros de Jesús, entienden que Él debe ser el Mesías (cfr 7,31), y otros aún, los servidores de la autoridad, no pueden menos que reconocer la fuerza de su palabra (vv. 45-49): «He aquí que los fariseos y los escribas no sacaron provecho ni al contemplar los milagros ni al leer las Escrituras; en cambio, los enviados por las autoridades, sin estas ayudas, fueron captados por un solo discurso (…). No solamente es de admirar su prudencia, porque no necesitaron de signos, sino que fueron conquistados por la sola doctrina; no dijeron, en efecto: “Jamás hombre alguno ha hecho tales milagros”, sino: Jamás habló así hombre alguno. Es de admirar también su convencimiento: van a los fariseos, que se oponían a Cristo, y les hablan de esta manera» (S. Juan Crisóstomo, In Ioannem 9).

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Jn 8,1-11

Aunque este episodio falta en bastantes códices antiguos, la Tradición de la Iglesia lo considera inspirado y canónico. Su omisión podría haberse debido a que la misericordia de Jesús hacia esta mujer habría parecido a algunos espíritus demasiado rigoristas una ocasión de relajamiento en las exigencias morales. En todo caso, el episodio viene a confirmar cómo es el juicio de Jesús (8,15): siendo el Justo, no condena; en cambio aquéllos, siendo pecadores, dictan sentencia de muerte. «Conviene avisar que nunca de tal manera nos transportemos en mirar la divina misericordia, que no nos acordemos de la justicia; ni de tal manera miremos la justicia, que no nos acordemos de la misericordia; porque ni la esperanza carezca de temor, ni el temor de la esperanza» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesús 13).

La respuesta de Jesús (v. 7) alude al modo de practicar la lapidación entre los judíos: los testigos del delito tenían que arrojar las primeras piedras, después seguía la comunidad, para, de algún modo, borrar colectivamente el oprobio que recaía sobre el pueblo (cfr Dt 17,7). La cuestión, planteada desde un punto de vista legal, es elevada por Jesús al plano moral —que sostiene y justifica el legal— interpelando a la conciencia de cada uno. No viola la Ley, dice San Agustín, y al mismo tiempo no quiere que se pierda lo que Él estaba buscando, porque había venido a salvar lo que estaba perdido: «Mirad qué respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: “Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera”. Pero, ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a confesarse pecador. Sufra el castigo aquella pecadora, pero no por mano de pecadores; ejecútese la Ley, pero no por sus transgresores» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 33,5).

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Jn 8,12-20

Jesús se revela ahora como Luz del mundo. En la primera noche de la fiesta de los Tabernáculos se iluminaba intensamente el «atrio de las mujeres» del Templo con cuatro enormes lámparas que daban cierta claridad a toda Jerusalén. Con ello recordaban la nube luminosa, señal de la presencia de Dios, que guió a los israelitas por el desierto a su salida de Egipto (cfr Ex 13,21-22; 16,10; etc.). Tal vez en este contexto Jesús se presenta como «la Luz», imagen empleada en otros lugares (Mt 4,16) para designar al Mesías (cfr además Lc 1,78; 2,30-32).

Jesucristo es la Luz bajo un doble aspecto: Él es luz que ilumina la inteligencia por ser la plenitud de la Revelación divina; y es también luz que ilumina el interior del hombre para que pueda aceptar esa Revelación y hacerla vida suya. «En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 11).

La pregunta que hacen a Jesús es insidiosa y malintencionada (v. 19), pues ellos piensan que no puede mostrarles al Padre. Conocer a Jesús, es decir, creer en Él y aceptar el misterio de su divinidad, es conocer también al Padre: «Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver. En muchos ámbitos de la vida confiamos en otras personas que conocen las cosas mejor que nosotros. Tenemos confianza en el arquitecto que nos construye la casa, en el farmacéutico que nos da la medicina para curarnos, en el abogado que nos defiende en el tribunal. Tenemos necesidad también de alguien que sea fiable y experto en las cosas de Dios. Jesús, su Hijo, se presenta como aquel que nos explica a Dios (cf. Jn 1,18). La vida de Cristo —su modo de conocer al Padre, de vivir totalmente en relación con él— abre un espacio nuevo a la experiencia humana, en el que podemos entrar. La importancia de la relación personal con Jesús mediante la fe queda reflejada en los diversos usos que hace san Juan del verbo credere. Junto a «creer que» es verdad lo que Jesús nos dice (cf. Jn 14,10; 20,31), san Juan usa también las locuciones «creer a» Jesús y «creer en» Jesús. «Creemos a» Jesús cuando aceptamos su Palabra, su testimonio, porque él es veraz (cf. Jn 6,30). «Creemos en» Jesús cuando lo acogemos personalmente en nuestra vida y nos confiamos a él, uniéndonos a él mediante el amor y siguiéndolo a lo largo del camino (cf. Jn 2,11; 6,47; 12,44)» (Francisco, Lumen fidei, n. 18).

«Gazofilacio» (v. 20). Era éste un lugar en el que existían varias huchas destinadas a recoger las ofrendas de los fieles. Se hallaba situado en el atrio de las mujeres (cfr Lc 21,1-4).

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Jn 8,21-30

Ante la actitud de repulsa por parte de las autoridades judías, Jesús les advierte que se marchará al Cielo de donde procede y ellos continuarán esperando al Mesías; pero ni encontrarán al Mesías porque le buscan fuera de Él, ni ahora le pueden seguir porque no le creen. La expresión «Yo soy» (vv. 24.28; 8,58), repetida en numerosas ocasiones en el evangelio (cfr 4,26; 13,19; 18,5-8), deja entrever la condición divina de Jesús. Éste era el nombre de Dios revelado a Moisés: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14). «El Nombre Divino “Yo soy” o “Él es” expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, “mantiene su amor por mil generaciones” (Ex 34,7). Dios revela que es “rico en misericordia” (Ef 2,4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que Él mismo lleva el Nombre divino: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy” (Jn 8,28)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 211).

La pregunta que hacen los judíos en el v. 25 se la plantean muchos hombres de nuestro tiempo ante el anuncio que la Iglesia hace de Cristo. La clave para una respuesta acertada la dará Jesús un poco más adelante: la búsqueda sincera de la verdad: «Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8,32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como una condición de auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia. ¡Qué confirmación tan estupenda la que han dado y no cesan de dar aquellos que, gracias a Cristo y en Cristo, han alcanzado la verdadera libertad y la han manifestado hasta en condiciones de constricción exterior!» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 12).

La respuesta de Jesús (v. 25) puede entenderse como que Él confirma lo que había proclamado: «Ante todo, lo que os estoy diciendo», o bien como que Él, en cuanto Verbo, es causa de toda criatura (cfr Ap 3,14; 1,8): «El Principio, lo que os estoy diciendo», que sería otra posible traducción. Con ello expresaría Jesús su origen divino.

En los vv. 28-29, Jesús se refiere a su Pasión y Muerte (cfr 12,32-33). Completando a los sinópticos y a las cartas de San Pablo, el cuarto evangelio presenta la cruz, sobre todo, como un trono regio en el que Cristo «puesto en alto» ofrece a todos los hombres los frutos de la salvación (cfr 3,14-15; cfr también Nm 21,9ss.; Sb 16,6). Jesús dice que, llegado aquel momento, los judíos conocerían quién era Él y la estrecha unión que tenía con el Padre, porque muchos de ellos descubrirían, merced a su muerte seguida de su resurrección, que era el Mesías, el Hijo de Dios (cfr Mc 15,39; Lc 23,47s.). Aquellos «muchos» que creyeron en Él en Jerusalén (v. 30) sólo eran figura de los miles que creerían tras la venida del Espíritu Santo (cfr Hch 2,41; 4,4).

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Jn 8,31-38

La fe en Jesús no debe quedarse en un entusiasmo superficial; se trata de ser verdaderos discípulos, de modo que sus palabras informen nuestra vida para siempre. El fruto de esa fe profunda será el conocimiento de la verdad y una vida auténticamente libre. «Según la fe cristiana y la doctrina de la Iglesia, solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 84).

«La verdad os hará libres» (v. 32). «Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como una condición de auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 12).

Evocando (vv. 33-38) a los dos hijos de Abrahán (cfr Gn 21,1-21), Ismael, nacido de la esclava (Agar), que no tendrá parte en la herencia, e Isaac, nacido de la libre (Sara), que será heredero de las promesas de Dios, Jesús manifiesta que la libertad no se basa ya en pertenecer al linaje de Abrahán, sino en conocer la verdad, que, en definitiva, es conocerle a Él mismo. Ese conocimiento es el único que realmente nos hace libres, porque nos saca de la esclavitud del pecado, causa de todas las servidumbres humanas: «La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres. ¡Cada día aumentan mis ansias de anunciar a grandes voces esta insondable riqueza del cristiano: la libertad de la gloria de los hijos de Dios! (Rm 8,21) (…). ¿De dónde nos viene esta libertad? De Cristo, Señor Nuestro. Ésta es la libertad con la que Él nos ha redimido (cfr Ga 4,31). Por eso enseña: Si el Hijo os alcanza la libertad, seréis verdaderamente libres (Jn 8,36). Los cristianos no tenemos que pedir prestado a nadie el verdadero sentido de este don, porque la única libertad que salva al hombre es cristiana» (S. Josemaría, Amigos de Dios, nn. 27 y 35).

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Jn 8,39-51

Los judíos alegan ser hijos de Abrahán (v. 39), pero en realidad «eran sus descendientes carnales, porque habían degenerado no imitando la fe de aquel de quien eran hijos» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 42,1). Los que viven de la fe —dice San Pablo— son los verdaderos hijos de Abrahán y junto con él serán bendecidos por Dios (cfr Ga 3,7-9). También alegan los judíos que son hijos de Dios (v. 41) basándose en algunas afirmaciones del Antiguo Testamento (cfr Ex 4,22; Dt 32,6; Is 63,16; Jr 3,4; 31,9; Ml 1,6). Sin embargo, la actitud que toman frente a Jesús contradice esa condición de hijos de Dios, que debería llevarles a aceptar a Jesús, puesto que se presenta como el Enviado del Padre.

Quienes se oponen conscientemente a la verdad manifestada por Jesús en sus obras y en sus palabras, actúan como partidarios o hijos del enemigo de Dios, el diablo. Éste es el padre de la mentira: mintiendo sedujo a nuestros primeros padres, y engaña ahora a quienes siguen sus insinuaciones y permanecen en sus pecados. Por eso, el Hijo de Dios se manifestó «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3,8). En oposición al padre de la mentira que prometió a Adán y Eva ser inmortales, Jesús promete verdaderamente la vida eterna a quienes acogen sus enseñanzas y permanecen fieles a ellas (v. 51).

Frente a las violentas acusaciones de posesión diabólica (cfr también Mt 12,24 y Mc 3,21-22) y de que era un «samaritano» (v. 48), es decir, un hereje, violador de la Ley (cfr nota a 4,1-45), Jesús se muestra actuando con mansedumbre y dejando aquella disputa al juicio divino (v. 50). Sin embargo, reafirma la verdad de su misión salvadora (v. 51).

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Jn 8,52-58

Malinterpretando las palabras de Jesús, como si Éste se refiriera a la muerte física, los judíos siguen acusándole de mentir y de exaltarse a sí mismo por encima de los patriarcas y profetas. Jesús apela una vez más a las obras que realiza, signos del poder de Dios —«mi Padre es el que me glorifica» (v. 54)—, y se presenta de nuevo como el Mesías Salvador prometido por Dios a los patriarcas (v. 56). Abrahán había recibido las primicias de la alegría mesiánica a modo de una profecía tanto en el nacimiento de su hijo Isaac como cuando éste le fue devuelto vivo, después de haber sido probado Abrahán por Dios pidiéndole que lo sacrificara (Gn 22,11ss.). Este acontecimiento prefiguraba la resurrección de Cristo una vez cumplido el sacrificio en el que se realizaría la Redención. Según algunas tradiciones judías, Dios había mostrado ya a Abrahán el día de la salvación. La respuesta de Jesús a la observación escéptica de los judíos encierra una revelación de su divinidad. Al decir «antes de que Abrahán naciese, yo soy» (v. 58), se está refiriendo a su eternidad, propia de la naturaleza divina.

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Jn 9,1-23

Este milagro demuestra que Jesús es la Luz del mundo (cfr 8,12-20), ratificando la afirmación del prólogo: «Era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo» (1,9). Jesús no sólo da la luz a los ojos del ciego, sino que le ilumina interiormente llevándole a un acto de fe en su divinidad (9,38). A la vez, el relato deja patente el drama profundo de quienes se obcecan en su ceguera. Jesús se proclama la Luz del mundo porque su vida entre los hombres nos ha dado el sentido último del mundo, de la vida de cada hombre y de la humanidad entera. Sin Jesús toda la creación está a oscuras, no encuentra el sentido de su ser, ni sabe a dónde va. «El misterio del hombre sólo se esclarece realmente en el misterio del Verbo Encarnado (…). Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera de su Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 22). Jesús nos advierte —y esto lo dirá más claramente en 12,35-36— de la necesidad de dejarnos iluminar por esa luz que es Él mismo (cfr 1,9-12).

En el diálogo inicial con sus discípulos (vv. 1-5), Jesús corrige las opiniones en boga que atribuían la enfermedad, y las desgracias en general, a los pecados personales o a las faltas de los padres. Al mismo tiempo muestra, mediante la curación del ciego, que Él ha venido a quitar el pecado del mundo, causa en último término de todas las desgracias que aquejan a la humanidad.

«Siloé» (v. 6). La piscina de Siloé era un estanque construido dentro de las murallas de Jerusalén —al sur—, para recoger las aguas de la fuente de Guijón y abastecer la ciudad, a través de un canal excavado por el rey Ezequías en el siglo VIII a. C. (cfr 2 R 20,20; 2 Cro 32,30); los profetas consideraban estas aguas como una muestra del favor divino (cfr Is 8,6; 22,11). El evangelista se apoya en el sentido amplio de la etimología de Siloé —en hebreo, siloaj, «enviado», tal vez aludiendo al agua, que en hebreo es masculino—, para mostrar a Jesús como el «Enviado» del Padre. Con gestos y palabras que evocan el milagro de Naamán, el general sirio curado de su lepra por el profeta Eliseo (cfr 2 R 5,1ss.), Jesús exige la fe en Él. «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! (…) ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 193).

En el episodio aparecen las diversas posturas que los hombres toman ante Jesús y sus milagros. Los de corazón sencillo, como el ciego, creen en Jesús como enviado, profeta (v. 17; cfr 9,33) e Hijo de Dios (cfr 9,38). Los que se encierran voluntariamente en sí mismos y pretenden no tener necesidad de salvación, como aquellos fariseos, se obstinan en no querer ver ni creer, incluso ante la evidencia de los hechos. Los fariseos, para no aceptar la divinidad de Jesús, rechazan la única interpretación correcta del milagro. El ciego, en cambio —como las almas abiertas, sin prejuicio a la verdad—, encuentra en el milagro un apoyo firme para confesar que Cristo obra con poder divino (9,33): «Ciertamente Cristo apoyó y confirmó su predicación con milagros para excitar y robustecer la fe de los oyentes, pero no para ejercer coacción sobre ellos» (Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 11).

La Tradición de la Iglesia ha visto simbolizado en este milagro el sacramento del Bautismo, en el cual, por medio del agua, el alma queda limpia y recibe la luz de la fe. «Este ciego representa a la raza humana. (…) Si la ceguera es la infidelidad, la iluminación es la fe. (…) Lava sus ojos en el estanque cuyo nombre significa “el Enviado”: fue bautizado en Cristo» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 44,1-2).

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Jn 9,24-41

El diálogo del recién curado con las autoridades judías manifiesta que quien acepta a Cristo cumple la voluntad de Dios. La expresión «dar gloria a Dios» (v. 24) era una solemne declaración, a modo de juramento, con la que se exhortaba a decir la verdad.

La expulsión del ciego por confesar a Cristo (v. 34) es también una exhortación a mantenerse fieles aun cuando ser cristiano lleve consigo ser rechazado por otros. El hecho milagroso es igualmente válido para todos, pero la contumacia de aquellos fariseos no se rinde ante la evidencia del hecho, ni siquiera después de las averiguaciones realizadas con los padres y el propio ciego (9,13-23). «El pecado de los fariseos no consistía en no ver en Cristo a Dios, sino en encerrarse voluntariamente en sí mismos; en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abriera los ojos» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 71).

La actitud del que había sido ciego culmina en la confesión de la condición divina de Jesús (v. 38). No parece casual este encuentro. Los fariseos han echado de la sinagoga al ciego curado; pero el Señor, además de acogerle, le ayuda a hacer un acto de fe en su divinidad. «Lavada finalmente la faz del corazón y purificada la conciencia, lo reconoce no sólo hijo de hombre, sino Hijo de Dios» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 44,15). Este diálogo nos recuerda el que Jesús había mantenido con la samaritana (cfr 4,26).

Ante el contraste entre la fe del ciego y la obstinación de los fariseos, el Señor pronuncia la sentencia del v. 39. Él no ha sido enviado para condenar al mundo, sino para salvarlo (cfr 3,17); pero su presencia entre nosotros comporta ya un juicio, porque cada hombre ha de tomar frente a Él una de estas dos actitudes: de aceptación o de rechazo. Cristo ha sido puesto para ruina de unos y salvación de otros (cfr Lc 2,34).

Las palabras de Jesús produjeron una fuerte impresión entre los fariseos, deseosos de encontrar en sus enseñanzas algún motivo de condena. Dándose cuenta de que se refería a ellos, le vuelven a preguntar (v. 40). La respuesta del Señor es clara: ellos pueden ver pero no quieren; de ahí su culpabilidad. «¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos, y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y gloria, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes, hechos ignorantes e indignos!» (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual 39,7). Para los que se resisten a creer, Jesucristo será causa de perdición.

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Jn 10,1-21

San Juan muestra ahora cómo los hombres podemos llegar a la salvación por la fe en Cristo y por medio de su gracia. Jesús es la puerta por la que se entra en la vida eterna, el Buen Pastor que nos conduce y ha dado su vida por nosotros. Con las imágenes del pastor, las ovejas y el redil, se evoca un tema preferido de la predicación profética en el Antiguo Testamento: el pueblo elegido es el rebaño y el Señor su pastor (cfr Sal 23). Los profetas, especialmente Jeremías y Ezequiel (Jr 23,1-6; Ez 34,1-31), ante la infidelidad de los reyes y sacerdotes, a quienes también se aplicaba el nombre de pastores, prometen unos pastores nuevos. Más aún: Ezequiel señala que Dios iba a suscitar un Pastor único, semejante a David, que apacentaría sus ovejas, de modo que estuvieran seguras (Ez 34,23-31). Jesús se presenta como ese Buen Pastor que cuida de sus ovejas. Se cumplen, por tanto, en Él las antiguas profecías. El arte cristiano se inspiró muy pronto en esta figura entrañable del Buen Pastor y dejó así representado el amor de Cristo por cada uno de nosotros.

Para comprender mejor las palabras de Jesús en los vv. 3-5, conviene recordar que en aquellos tiempos era costumbre reunir al oscurecer varios rebaños en un mismo recinto. Allí permanecían toda la noche bajo la custodia de un guarda. Al amanecer, cada pastor llegaba, le abría el guarda, y llamaba a sus ovejas, que se incorporaban y salían del aprisco tras él; les hacía oír frecuentemente su voz para que no se perdieran, y caminaba delante para conducirlas a los pastos. El Señor hace uso de esta imagen, tan familiar a sus oyentes, para hacerles una advertencia importante: ante voces extrañas, es necesario reconocer la voz de Cristo —actualizada de continuo por el Magisterio de la Iglesia— y seguirle, para encontrar el alimento abundante de nuestras almas. Las palabras de Jesús tienen especial significación para quienes ejercen en la Iglesia el oficio de pastores: «Yo soy el buen Pastor. Con ello quiere estimularlos a la caridad, insinuándoles que nadie puede ser buen pastor, si no llega a ser una sola cosa con Cristo por la caridad y se convierte en miembro del verdadero pastor» (Sto. Tomás de Aquino, Super Evangelium Ioannis, ad loc.).

Cristo se aplica la imagen de la puerta (v. 7) por la que se entra en el aprisco de las ovejas que es la Iglesia. Al redil entran los pastores y las ovejas. Tanto unos como otras han de entrar por la puerta, que es Cristo. «Yo —predicaba San Agustín—, queriendo llegar hasta vosotros, es decir, a vuestro corazón, os predico a Cristo: si predicara otra cosa, querría entrar por otro lado. Cristo es para mí la puerta para entrar en vosotros: por Cristo entro no en vuestras casas, sino en vuestros corazones. Por Cristo entro gozosamente y me escucháis hablar de Él. ¿Por qué? Porque sois ovejas de Cristo y habéis sido comprados con su sangre» (In Ioannis Evangelium 47,2.3). «La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como Él mismo anunció. Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que dio su vida por las ovejas» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 6).

El Buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre (v. 14; cfr v. 3). En este cuidado solícito se entrevé una exhortación a los futuros pastores de la Iglesia, como más tarde explicará San Pedro: «Apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón» (1 P 5,2). «Recuerden [los presbíteros] que su ministerio sacerdotal (…) está ordenado —de manera particular— a la gran solicitud del Buen Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto: que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de mercenario, o sea, uno que no es pastor dueño de las ovejas, uno que ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas. La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia, para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. Esforcémonos para que esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal» (Juan Pablo II, Carta a todos los sacerdotes, n. 7).

Como sucede a menudo a lo largo del evangelio, aquí hay una referencia explícita a la eficacia redentora del sacrificio de Cristo (cfr vv. 15-17). Jesús da su vida incluso por las ovejas que no son del redil de Israel. Su misión es universal pues convoca a todos los hijos de Dios en la unidad de la Iglesia (v. 16).

Al final del pasaje (vv. 19-21), el evangelista muestra las reacciones contrapuestas que causan las palabras de Jesús en los oyentes (cfr 6,52; 7,12.25-27.31.40.43). Son las mismas que se dan a lo largo de la historia. «Jesús: por dondequiera que has pasado no quedó un corazón indiferente. —O se te ama o se te odia» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 687).

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Jn 10,22-42

Esta sección se desarrolla durante la fiesta de la Dedicación del Templo, que conmemoraba la purificación que de él hizo Judas Macabeo tras la profanación de Antíoco IV Epífanes (cfr 1 M 1,54; 4,36-59; 2 M 1,1-2,18). Jesús se revela como el Hijo de Dios, igual al Padre. Ante esta revelación surgen las reacciones de los oyentes: en algunos, la fe, pero en otros, sobre todo en las autoridades judías, el rechazo y el odio hasta el punto de querer prenderle (v. 39). Esto, sin embargo, sólo sucederá cuando el Señor lo permita.

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Jn 10,22-30

Ante las dudas de si Jesús es el Mesías, Juan resalta la unidad de Jesús y el Padre. Jesús vuelve a servirse de la imagen del pastor. Es como si dijera —comenta San Gregorio Magno— que «la prueba de que conozco al Padre y el Padre me conoce a mí (…) es la caridad con que muero por mis ovejas» (Homiliae in Evangelia 14,3). Quienes se resistan a reconocer que Jesús realiza sus obras de parte de su Padre no podrán creer. Jesús da su gracia a todos, pero algunos ponen obstáculos y no quieren abrirse a la fe. «Puedo ver gracias a la luz del sol; pero si cierro los ojos, no veo: esto no es por culpa del sol sino por culpa mía, porque al cerrar los ojos impido que me llegue la luz solar» (Sto. Tomás de Aquino, Super Evangelium Ioannis, ad loc.).

En el v. 30, Jesús manifiesta la identidad sustancial entre Él y el Padre. Antes había proclamado a Dios como Padre suyo «haciéndose igual a Dios»; por esto los judíos habían pensado varias veces en darle muerte (cfr 5,18; 8,59). Ahora habla acerca del misterio de Dios, que los hombres sólo podemos conocer por revelación. Más adelante, en la Ultima Cena, volverá a desvelar ese misterio (14,10; 17,21-22). El evangelista ya lo contemplaba al comienzo del prólogo (cfr 1,1 y nota). «Escucha —invita San Agustín— al mismo Hijo: Yo y el Padre somos uno. No dijo: “Yo soy el Padre”, ni “Yo y el Padre es uno mismo”. Sino que en la expresión Yo y el Padre somos uno hay que fijarse en las dos palabras: somos y uno (…). Porque si son uno entonces no son diversos, y si somos, entonces hay un Padre y un Hijo» (In Ioannis Evangelium 36,9). Jesús revela su unidad con el Padre en cuanto a la esencia o naturaleza divina, pero al mismo tiempo manifiesta la distinción personal entre el Padre y el Hijo. «Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, Persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres Personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí, la vida y felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia máxima y gloria propia de la Esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 10).

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Jn 10,31-42

Los hombres sólo podemos conocer la identidad sustancial entre Jesús y el Padre, misterio de Dios, por revelación divina. Los judíos entendieron que Jesús afirmaba ser Dios, pero interpretaron sus palabras como una blasfemia y le acusaron de que, siendo hombre, se hiciera Dios (v. 33). Jesús rebate la acusación con dos argumentos: el testimonio de la Sagrada Escritura (las profecías) y el de sus propias obras (los milagros).

Jesús cita el Salmo 82 en el que Dios, reprochando a unos jueces su actuación injusta, les recuerda: «Vosotros sois dioses, todos vosotros, hijos del Altísimo» (Sal 82,6). Si, según este salmo, los hijos de Israel son llamados dioses e hijos de Dios, con cuánta mayor razón ha de ser llamado Dios Aquel que ha sido santificado y enviado por Dios. En efecto, la naturaleza humana de Cristo, al ser asumida por el Verbo, queda santificada plenamente y viene al mundo para santificar a los hombres. Así lo muestran las obras que Jesús realiza: «Los Santos Padres proclaman constantemente que no está sanado lo que no ha sido asumido por Cristo. Mas Él asumió la entera naturaleza humana cual se encuentra en nosotros miserables y pobres, pero sin el pecado. Pues Cristo dijo de sí mismo que era Aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 3).

En contraste con la oposición de unos (cfr 10,20.31.39), está la adhesión de otros, que van a buscarle allí donde se ha retirado (v. 41). La actividad preparatoria de San Juan Bautista continúa dando sus frutos: quienes habían aceptado la predicación del Bautista ahora buscan a Cristo, y creen al ver que en Él se cumplen las palabras del Precursor cuando anunciaba que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios (1,34). La labor que se hace en nombre del Señor nunca es inútil. Así como la palabra y el ejemplo del Bautista sirvieron para que más tarde creyeran muchos en Jesús, el ejemplo apostólico de los cristianos nunca quedará baldío aunque a veces no se vea enseguida el resultado.

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Jn 11,1-57

En este capítulo Jesús se revela como «Resurrección y Vida» para los que crean en Él. Destaca la fe de Marta y la reacción de odio de las autoridades judías que deciden dar muerte a Jesús. La observación del evangelista de que «pronto iba a ser la Pascua de los judíos» (v. 55) sugiere que estos acontecimientos anuncian la muerte redentora de Cristo y su gloriosa resurrección, es decir, la Pascua cristiana.

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Jn 11,1-44

Con el milagro de la resurrección de Lázaro, signo de nuestra resurrección futura, se muestra el poder de Jesús sobre la muerte. El evangelista presenta en primer lugar las circunstancias del hecho y el diálogo de Jesús con las hermanas de Lázaro; después, la resurrección de éste a los cuatro días de su muerte.

Betania distaba sólo unos 3 km de Jerusalén (v. 18). Jesús, en los días anteriores a su pasión, frecuentó la casa de esta familia, con la que tenía gran amistad. San Juan hace notar los sentimientos de afecto de Jesús (vv. 3.5.36) y su conocimiento anticipado de lo que iba a ocurrir (vv. 11.14).

En el diálogo con Marta (vv. 20-27) se encuentra una de las revelaciones más precisas sobre Jesús: Él es la Resurrección y la Vida. Es la Resurrección porque su victoria sobre la muerte es causa de la resurrección de todos los hombres. Es la Vida porque otorga al hombre la participación en la vida divina, que culminará en la vida eterna. De ahí que el cristiano pueda decir: «La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (Misal Romano, Prefacio Liturgia Difuntos I). La fe de Marta es modelo de la nuestra: para resucitar y vivir con Cristo hay que creer en Él (vv. 26-27).

La profundidad de los sentimientos de Cristo queda reflejada en las lágrimas que derrama por Lázaro (v. 35). Es éste el versículo más breve de toda la Biblia. Parece como si la misma división en versículos (realizada en el siglo XVI) quisiera solemnizar el llanto de Jesús, expresión de su verdadera Humanidad y testimonio del amor de Dios hacia los hombres. «Jesús es tu Amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro… —Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 422).

El milagro va precedido por una oración de acción de gracias por parte de Jesús (vv. 41-42). El agradecimiento al Padre por haberle escuchado «implica que Jesús (…) pide de una manera constante. Debemos orar siempre con espíritu filial y con gratitud por los muchos beneficios recibidos de Dios Padre. Apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que la petición sea otorgada, Jesús se adhiere a Aquél que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el “tesoro”, y en Él está el corazón de su Hijo; el don se otorga como “por añadidura” (cfr Mt 6,21.33)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2604).

San Agustín ve en la resurrección de Lázaro una figura del Sacramento de la Penitencia: como Lázaro de la tumba «sales tú cuando te confiesas. Pues, ¿qué quiere decir salir sino manifestarse como viniendo de un lugar oculto? Mas para que te confieses, Dios da una gran voz, te llama con una gracia extraordinaria. Y así como el difunto salió aún atado, lo mismo el que va a confesarse todavía es reo. Para que quede desatado de sus pecados dijo el Señor a los ministros: Desatadle y dejadle andar. ¿Qué quiere decir desatadle y dejadle andar? Lo que desatareis en la tierra, será desatado también en el cielo (Mt 18,18)» (In Ioannis Evangelium 49,24).

«Atados con vendas» (v. 44). Los judíos amortajaban lavando y ungiendo el cuerpo del difunto con aromas para retardar algo la descomposición y atenuar el hedor; después envolvían el cadáver con lienzos y vendas, cubriéndole la cabeza con un sudario. Era un sistema parecido al que se empleaba en Egipto, pero sin proceder a un embalsamamiento completo que implicaba la extracción de ciertas vísceras.

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Jn 11,45-57

Jesús aparece de nuevo como signo de contradicción. Unos creen y otros le denuncian. Las palabras de Caifás (vv. 49-50), cuyo doble sentido señala Juan, se refieren a la fundación del nuevo Israel, la Iglesia, mediante la muerte de Cristo en la cruz. De esta manera uno de los últimos pontífices de la Antigua Alianza profetiza la investidura del Sumo Sacerdote de la Nueva, sellada con su propia Sangre.

Cuando San Juan afirma que Cristo iba a morir «para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos» (v. 52), se refiere a lo que el Señor había dicho acerca de los efectos salvíficos de su muerte (cfr 10,15-16). Ya los profetas habían anunciado la futura congregación de los israelitas fieles a Dios para formar el nuevo pueblo de Israel (cfr Is 43,5; Jr 23,3-5; Ez 34,23; 37,21-24). Estos vaticinios se cumplieron con la muerte de Cristo que, al ser exaltado en la cruz, atrae y reúne al verdadero Pueblo de Dios, formado por todos los creyentes, sean o no israelitas (cfr 12,32). «Todos los hombres están invitados al nuevo Pueblo de Dios. Por eso este pueblo, uno y único, ha de extenderse por todo el mundo a través de todos los siglos, para que así se cumpla el designio de Dios, que en el principio creó una única naturaleza humana y decidió reunir a sus hijos dispersos. Para ello, en efecto, envió Dios a su Hijo, a quien nombró heredero de todo, para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 13).

En el siglo IV, San Juan Crisóstomo explicaba a sus fieles la catolicidad de la Iglesia con estas palabras: «¿Qué quiere decir para reunir los que estaban cerca y los que estaban dispersos? Que los hizo un solo cuerpo. Quien reside en Roma sabe que los cristianos de la India son miembros suyos» (In Ioannem 65,1).

«Efraím» (v. 54). No se sabe con certeza donde se encuentra. Algunos la sitúan a unos 20 km al nordeste de Jerusalén.

La referencia a la Pascua (vv. 55-57) sirve para preparar los acontecimientos que se narran a continuación y subrayan que Cristo es la verdadera y definitiva Pascua (cfr 1 Co 5,7).

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Jn 12,1-50

Con esta sección acaba la primera parte del evangelio, centrada en la revelación que Jesús hace de Sí mismo mediante sus palabras y los signos (milagros) que realiza. La unción en Betania y la posterior entrada triunfal en Jerusalén anuncian la muerte redentora de Jesús y su glorificación una vez resucitado. El mismo Señor anuncia que ha llegado la hora de su glorificación por la muerte en la cruz y la resurrección (vv. 23-33). Tras la última invitación de Jesús a que crean en Él, muchos creyeron, pero otros prefirieron la gloria de los hombres (vv. 42-43).

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Jn 12,1-11

Jesús visita de nuevo a sus amigos de Betania (cfr 11,5). Conmueve ver cómo el Señor tiene esta amistad, tan divina y tan humana, que se manifiesta en un trato frecuente. Parece que hubo dos unciones del Señor en ocasiones distintas y por motivos diferentes: la primera, al principio de su ministerio público, en Galilea, relatada por San Lucas (7,36-50); la segunda, al final de su vida, en Betania, narrada aquí por San Juan, y que sin duda es la misma que relatan San Mateo (26,6-13) y San Marcos (14,3-9). En San Juan tiene un carácter más personal. Se indican los nombres de quién unge a Jesús, María (v. 3), y de quién murmura contra ella, Judas (v. 4). La presencia de Lázaro, recientemente resucitado, y la referencia a la sepultura de Jesucristo (v. 7) sugieren que Él va a morir para dar la vida a los hombres. En ocasiones se ha confundido a María de Betania con María Magdalena, al identificar esta unción con la que narra San Lucas (Lc 7,36), realizada por una mujer pecadora en Galilea también en el contexto de un banquete, y al pensar que esta mujer pecadora era la Magdalena de la que Jesús había arrojado siete demonios (cfr Lc 8,2). Sin embargo, no hay argumentos sólidos para tales identificaciones, y los textos apuntan más bien a que se trata de tres mujeres diferentes.

La libra (v. 3) era una medida de peso equivalente a unos trescientos gramos; el denario (v. 5) era la paga diaria de un obrero agrícola (cfr Mt 20,2-13); por tanto, el valor del frasco de perfume equivaldría al salario de todo un año. La Tradición de la Iglesia ha visto en el gesto de la hermana de Lázaro una muestra de la generosidad con que se debe corresponder al amor de Cristo por nosotros: «¡Qué prueba tan clara de magnanimidad el derroche de María! (…). No seáis mezquinos ni tacaños con quien tan generosamente se ha excedido con nosotros, hasta entregarse totalmente, sin tasa» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 126).

Además de alabar el gesto magnánimo de María, el Señor anuncia veladamente la proximidad de su muerte (v. 7), y hasta se vislumbra que será tan inesperada, que apenas habrá tiempo para embalsamar su cuerpo tal como solían hacerlo los judíos (19,39-40; Lc 23,56). Jesús no niega el valor de la limosna que tantas veces recomendó (cfr Lc 11,41; 12,33), ni la preocupación por los pobres (cfr Lc 14,12-14), sino que descubre la hipocresía de aquellos que, como Judas, aducen falsamente motivos nobles para no dar a Dios el honor debido (ver también notas a Mt 26,6-16; Mc 14,1-11).

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Jn 12,12-19

La entrada triunfal en Jerusalén es anticipo de la glorificación de Jesús en la resurrección. Cuando la muchedumbre proclama: «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Sal 118,26), está aclamando a Jesús como el Mesías. La frase «el Rey de Israel», que no recogen los otros evangelios en el pasaje paralelo, subraya un aspecto relevante en San Juan: la condición real de Cristo; el Mesías es el Rey por antonomasia, pero de un Reino que no es de este mundo (cfr 18,36). «Jesucristo —enseña San Agustín— no se hizo rey de Israel para imponer un tributo o para formar un poderoso ejército; se hizo rey de Israel para dirigir a las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir al Reino de los cielos a quienes están llenos de fe, de esperanza y de amor» (In Ioannis Evangelium 51,4).

El gesto de Jesús de entrar en Jerusalén montado en un asno tenía un significado preciso: Él era el rey de paz anunciado por los profetas (cfr Za 9,9). Sólo después de su muerte en la cruz y de su resurrección los discípulos entendieron el verdadero significado de aquel signo. Así lo atestigua el mismo evangelista (v. 16). Cristo adquiere su reinado por la humildad y por la cruz. «Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si Él preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que Él reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo rey» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 181).

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Jn 12,20-36

Los «griegos» (v. 20) que desean ver a Jesús, probablemente prosélitos de los judíos, representan al mundo gentil (cfr 7,35). Tal hecho motiva el anuncio acerca de su próxima glorificación, y la explicación del carácter universal de su misión: Jesús es como una semilla que perece y que, por lo mismo, lleva abundante fruto (v. 24). Él atrae a todos hacia sí (v. 32).

En los vv. 24-25 leemos la aparente paradoja entre la humillación de Cristo y su exaltación. Así «fue conveniente que se manifestara la exaltación de su gloria de tal manera, que estuviera unida a la humildad de su pasión» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 51,8). Es la misma idea que enseña San Pablo al decir que Cristo se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, y que por eso Dios Padre lo exaltó sobre toda criatura (cfr Flp 2,8-9). Constituye una lección y un estímulo para el cristiano, que ha de ver en todo sufrimiento y contrariedad una participación en la cruz de Cristo que nos redime y nos exalta. Para ser sobrenaturalmente eficaz, debe uno morir a sí mismo, olvidándose por completo de su comodidad y su egoísmo.

Ante la inminencia de la «hora» de Jesús, San Juan presenta la oración del Señor (vv. 27-28) con unos tonos que recuerdan la de Getsemaní relatada por los otros evangelios (cfr Mc 14,34-36 y par). Jesús se turba y se dirige filialmente al Padre para fortalecerse y ser fiel a su misión, con la que Dios iba a manifestar su gloria («glorificar» equivale a mostrar la santidad y el poder de Dios). La voz del Padre, que evoca las manifestaciones divinas del Bautismo de Cristo (cfr Mt 3,13-17 y par.) y de la Transfiguración (Mt 17,1-13 y par.), es una ratificación solemne de que en Jesucristo habita la plenitud de la divinidad (Col 2,9).

En la cruz, el mundo y el príncipe de este mundo (Satanás) serán juzgados (vv. 31-33). Jesús, clavado en la cruz, es el supremo signo de contradicción para todos los hombres: quienes le reconocen como Hijo de Dios se salvan; quienes le rechazan se condenan (cfr 3,18). Cristo crucificado es la manifestación máxima del amor del Padre y de la malicia del pecado que ha costado tan alto precio (cfr 3,14-16; Rm 8,32), la señal puesta en alto, prefigurada por la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto. Si al mirar a aquella serpiente quedaban curados los que, por murmurar contra Dios en el éxodo de Egipto, habían sido mordidos por serpientes venenosas (cfr 3,14; Nm 21,9), así la fe en Jesucristo elevado en la cruz es salvación para el hombre herido por el pecado.

Es tarea del cristiano manifestar la fuerza salvadora de la cruz. «La Cruz hay que insertarla también en las entrañas del mundo. Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios… Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas» (S. Josemaría Escrivá, Via Crucis 11,3). «Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12,32), si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!» (Idem, Es Cristo que pasa, n. 183).

La revelación de Jesús suscita en sus oyentes una pregunta acerca del Mesías (v. 34). Aunque ahora Jesús no da una explicación clara y directa, insinúa que su presencia entre ellos es luz suficiente para que vayan entreviendo el misterio y crean en Él, antes de que sea demasiado tarde.

Sobre el «Hijo del Hombre» (cfr 1,51; 3,13-14; 5,27; etc.) ver nota a Mt 8,18-28.

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Jn 12,37-50

San Juan explica el motivo de la incredulidad de muchos judíos, a pesar de haber sido testigos de los milagros y de las palabras de Jesucristo. Cita dos profecías de Isaías. De la primera (Is 53,1) se deduce que la fe es un don de Dios; un acto por el que «el hombre presta a Dios mismo obediencia libre, consintiendo y cooperando con su gracia, a la que podría resistir» (Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap. 3). Con la segunda profecía (Is 6,9-10), a la que aluden también otros libros del Nuevo Testamento (Mt 13,14-15 y par.; Hch 28,26-27; Rm 11,7-8), se explica que la incredulidad de los judíos, posible escándalo para las primeras generaciones de cristianos, ya estaba prevista y anunciada (cfr nota a Mc 4,1-20): «Algunos murmuran dentro de sí y a veces, cuando tienen ocasión, dicen en voz alta: “¿Qué hicieron los judíos o qué culpa tuvieron, si era necesario para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías?” A esto respondemos que el Señor, que conoce el futuro, predijo por el profeta la infidelidad de los judíos; la predijo, pero no fue culpable de ella. Como tampoco Dios obliga a nadie a pecar porque conozca los pecados futuros de los hombres (…). Pecaron, pues, los judíos, sin ser forzados por Aquel que odia el pecado; y a la vez, Aquel, a quien nada se le oculta, predijo que habían de pecar. Si hubiesen querido obrar bien, no hubiesen sido impedidos a hacerlo; pero entonces también lo hubiera previsto Dios, que conoce lo que cada uno va a hacer, y cuál es el premio que por sus obras ha de recibir» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 53,4).

En contraste con el ciego de nacimiento que, curado por Jesús, no se había retraído de confesarlo públicamente a pesar del rechazo de las autoridades judías (cfr 9,30-41), ahora aparece la cobardía (vv. 42-43) de quienes, por las dificultades que comporta, no se atreven a confesar su fe en Jesús. En estas palabras se contiene un reproche permanente a quienes por respetos humanos prefieren la gloria propia a la gloria de Dios. Y no hay que olvidar que, con frecuencia, a los cristianos nos pueden surgir contrariedades al ser consecuentes con las exigencias de la fe (cfr 1 P 5,9).

El evangelio termina la exposición de la predicación pública de Jesús con una recopilación de los temas fundamentales desarrollados en capítulos anteriores: fe en Cristo como enviado del Padre (v. 44; cfr 3,16.36; 5,24; etc.); unidad y distinción entre el Padre y el Hijo (v. 45; 5,19-30); Jesús como Luz y Vida del mundo (vv. 46.50; cfr 8,12-20; 11,25); juicio de los hombres según su aceptación o repulsa de la revelación de Dios que Él ha hecho (vv. 47-50; cfr 5,22; 7,14-24). Cristo ha venido a salvar al mundo ofreciéndose en sacrificio por nuestros pecados y trayéndonos la vida sobrenatural (cfr 3,17). Ha sido constituido Juez de vivos y muertos (cfr 5,27; Hch 10,42; 17,31).

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