COMENTARIOS:
JUAN
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Jn 1,1-18
Estos versículos sirven de prólogo a todo el evangelio y son, al mismo tiempo, un himno de alabanza a Jesucristo.
Como prólogo, incluye los grandes temas que se desarrollarán a lo largo de la narración evangélica: Jesús es el Verbo eterno de Dios (su Palabra, expresión de su Pensamiento), que, enviado al mundo comunica a los hombres, mediante sus palabras y sus obras, la verdad sobre Dios y sobre Él mismo (cfr por ej. 8,31; 10,29; 14,6-13) y la vida divina o vida eterna (cfr por ej. 3,16; 5,26; 6,35; 11,25; 15,5). Todas las visiones que los hombres habían tenido de Dios en este mundo fueron indirectas, ya que sólo contemplaron la gloria divina, esto es, el resplandor de su grandeza. Pero al llegar la plenitud de los tiempos, la manifestación de Dios se hace a través de la Humanidad de Jesucristo, ya que Él es la imagen visible del Dios invisible (cfr Col 1,15); es la revelación máxima de Dios en este mundo, hasta el punto de que Jesús asegura: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (14,9). «Por medio de esta revelación, la verdad profunda acerca de Dios y de la salvación del hombre se nos hace patente en Cristo, que es al mismo tiempo el mediador y la plenitud de la revelación completa» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 2). También en cuanto prólogo, se incluye a quienes han sido testigos de la vida terrena de Cristo —Juan el Bautista (vv. 6-7.15) y los discípulos que han creído en Él (v. 16)— y a quienes lo han rechazado (v. 11). San Agustín comenta: «Puede ser que haya unos corazones insensatos, todavía incapaces de recibir esa Luz, porque el peso de sus pecados les impide verla; que no piensen, sin embargo, que la Luz no existe porque no la puedan ver: es que ellos mismos, por sus pecados, se han hecho tinieblas. Hermanos míos, es como si un ciego está frente al sol. El sol está presente, pero el ciego está ausente del sol» (In Ioannis Evangelium 1,19).
Como himno a Jesucristo, estos versículos proclaman la divinidad y eternidad del Verbo (v. 1), su participación en la obra creadora (v. 3), su acción peculiar de iluminar interiormente a los seres racionales (vv. 4-5), su venida al mundo y su rechazo por parte de éste (vv. 9-11), los dones que otorga a quienes le reciben (vv. 12-13), la debilidad con la que habitó entre nosotros manifestando en ella su gloria divina (v. 14) y la misericordia salvadora de Dios que sólo Él puede dar a conocer (vv. 16-18). En resumen, el evangelista, como hace San Pablo en otros lugares (cfr Col 1,15-20; Flp 2,6-11), nos anuncia quién es realmente Jesucristo, de dónde procede, cómo ha venido al mundo y qué ha hecho en favor de los hombres. Para ello presenta a Jesucristo de manera similar a como se habla de la Sabiduría de Dios en el Antiguo Testamento: personificada, eterna, partícipe en la creación e instrucción de los hombres (Pr 8,22-31; Si 24,1-21; Sb 7,21). También recoge el eco de la función de la Palabra de Dios en la creación (cfr Gn 1,1).
En el v. 14 se expresa de manera concentrada la realidad insondable de la Encarnación. El verbo griego que emplea San Juan correspondiente a «habitó» significa etimológicamente «plantar la tienda de campaña» y, de ahí, habitar en un lugar. Evoca el Tabernáculo de los tiempos del éxodo, en el que el Señor mostraba su presencia en medio del pueblo de Israel mediante ciertos signos de su gloria, como la nube posada sobre la tienda (cfr Ex 25,8; 40,34-35; etc.). Además, en el Antiguo Testamento se anuncia que Dios, y en particular su Sabiduría, «habitará en medio del pueblo» (cfr Si 24,8; Jr 7,3; Ez 43,9; etc.). En este habitar del Hijo de Dios Encarnado entre los hombres se cumple también la promesa de Isaías acerca del «Emmanuel» o «Dios–con–nosotros» (Is 7,14; cfr Mt 1,23). Por eso al leer con religiosa admiración estas palabras del evangelio o al rezar el Angelus, es buena ocasión para hacer un acto de fe profundo y agradecido, y de adorar a la Humanidad Santísima del Señor, que con su Encarnación nos da la posibilidad de ser hijos de Dios: «El Hijo de Dios se hizo hombre —explica San Atanasio— para que los hijos del hombre, los hijos de Adán, se hicieran hijos de Dios (…). Él es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros, por gracia» (De Incarnatione contra Apollinarium 8). Y Juan Pablo II enseña: «La unión de Cristo con el hombre es la fuerza y la fuente de la fuerza, según la incisiva expresión de San Juan en el prólogo de su Evangelio: Les dio poder para ser hijos de Dios. Ésta es la fuerza que transforma interiormente al hombre, como principio de una vida nueva que no se desvanece y no pasa, sino que dura hasta la vida eterna (cfr Jn 4,14)» (Redemptor hominis, n. 18). Es decir, por la filiación divina que se adquiere mediante la unión con Cristo a través del Bautismo podemos participar, real y sobrenaturalmente, de la vida de Dios (cfr 2 P 1,4). Somos introducidos en la intimidad de la vida trinitaria.
Los términos «gracia y verdad» (v. 14) son sinónimos de «bondad y fidelidad», dos atributos que en el Antiguo Testamento se aplican constantemente a Dios (cfr Ex 34,6; Sal 117; 136; Os 2,16-22; etc.). «Gracia por gracia» (v. 16) puede entenderse como la substitución de la economía salvífica del Antiguo Testamento por la nueva economía de la gracia traída por Cristo. También puede indicar una superabundancia de dones otorgados por Jesús: a unas gracias se añaden otras, y todas brotan de la fuente inagotable que es Cristo, cuya plenitud de gracia no se acaba nunca.
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Jn 1,19-12,50
Jesús va manifestando progresivamente quién es Él mediante sus milagros —signos de su divinidad— y mediante sus palabras, en las que se declara Mesías, Hijo de Dios e igual al Padre. Todo esto se desarrolla en un crescendo dramático hasta llegar a la «hora» de Jesús, es decir, su muerte y resurrección, objeto de la segunda parte del evangelio. Teniendo en cuenta su contenido, esta primera parte del Evangelio de Juan ha sido llamada con razón «el libro de los signos».
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Jn 1,19-51
Estos versículos son como una introducción a la primera parte: contienen el testimonio del Bautista (1,19-34; cfr 3,22-36) y la llamada de los primeros discípulos (1,35-51).
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Jn 1,19-34
Juan testimonia no sólo que Jesús es el Mesías, sino que Él, con su muerte sangrienta redime al mundo del pecado. Este testimonio del Bautista es presentado como modelo del que hemos de dar los cristianos de lo que hemos visto y experimentado al creer en Jesucristo: «Todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo del que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación, de tal manera que todos los demás, al contemplar sus buenas obras, glorifiquen al Padre y perciban con mayor plenitud el sentido auténtico de la vida humana y el vínculo universal de comunión entre los hombres» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 11).
Al llamar a Jesús Cordero de Dios (v. 29), Juan alude al sacrificio redentor de Cristo. Isaías había comparado los sufrimientos del Siervo doliente, el Mesías, con el sacrificio de un cordero (cfr Is 53,7). Por otra parte, también la sangre del cordero pascual, rociada sobre las puertas de las casas, había servido para librar de la muerte a los primogénitos de los israelitas en Egipto (cfr Ex 12,6-7). Tras la muerte y resurrección de Jesús, sus discípulos testimoniamos que Él es el verdadero Cordero Pascual. Lo hacemos antes de recibir a Cristo en la Sagrada Comunión, es decir, a la hora de participar en la «cena de las bodas del Cordero» (Ap 19,9).
Juan Bautista, al decir que Jesús existía ya antes que él (v. 30), indica su divinidad. Es como si dijese: «Aunque yo he nacido antes que Él, a Él no le limitan los lazos de su nacimiento; porque aun cuando nace de su madre en el tiempo, fue engendrado por el Padre fuera del tiempo» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 7). El testimonio de Juan sobre el Bautismo de Jesús revela, además, el misterio de la Santísima Trinidad (cfr vv. 32-34). La paloma es símbolo del Espíritu Santo, del que se dice en Gn 1,2 que revoloteaba sobre las aguas.
▲ COMENTARIO
Jn 1,35-51
Al narrar el encuentro de los primeros discípulos y Jesús se señalan varios de sus títulos: Rabbí (Maestro), Mesías (Cristo), Hijo de Dios, Rey de Israel, Hijo del Hombre. El conjunto de todos ellos manifiesta que Jesús es el Mesías prometido en el Antiguo Testamento y reconocido por la Iglesia. «El Apóstol Juan, que vuelca en su Evangelio la experiencia de toda una vida, narra aquella primera conversación con el encanto de lo que nunca se olvida. Maestro, ¿dónde habitas? Díceles Jesús: Venid y lo veréis. Fueron, pues, y vieron donde habitaba, y se quedaron con Él aquel día. Diálogo divino y humano que transformó las vidas de Juan y de Andrés, de Pedro, de Santiago y de tantos otros, que preparó sus corazones para escuchar la palabra imperiosa que Jesús les dirigió junto al mar de Galilea» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 118).
El evangelista destaca cómo el encuentro de algunos discípulos con Jesús se produce por la mediación de quienes ya le siguen. Éste es el apostolado cristiano. San Juan Crisóstomo, comentando el v. 41, enseña: «Esa frase es expresión de un alma que ardientemente deseaba la venida del Mesías y que exulta y se llena de alegría cuando ve la esperanza convertida en realidad y se apresura a anunciar a sus hermanos tan feliz noticia» (In Ioannem 19,1).
«Te llamarás Cefas» (v. 42). Poner el nombre equivalía a tomar posesión de lo nombrado (cfr Gn 17,5; 32,29). «Cefas» es transcripción griega de una palabra aramea que quiere decir piedra, roca, y, a partir de ese momento, Pedro. De aquí que, escribiendo en griego, el evangelista haya explicado el significado del término empleado por Jesús. Cefas no era nombre propio, pero Jesús lo impone al Apóstol para indicar la función de Vicario suyo, que le será revelada más adelante (cfr Mt 16,16-18).
«Sígueme» (v. 43) es el término usual de Jesús para llamar a sus discípulos (cfr Mt 4,19; 8,22; 9,9; etc.). En vida de Jesús la invitación a seguirle implicaba acompañarle en su ministerio público, escuchar su doctrina, imitar su modo de vida… Una vez que Jesús está en los cielos, el seguimiento se debe traducir en vivir según la vida de Cristo, haciendo nuestros sus mismos sentimientos: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20).
Las cosas aún mayores (vv. 50-51) hacen pensar en la glorificación de Jesucristo. Evocando el sueño de Jacob, en el que el patriarca ve una escala que unía el cielo y la tierra por la que bajaban los ángeles de Dios (Gn 28,12), y la figura del Hijo del Hombre del libro de Daniel (Dn 7,13), se alude ya a que la glorificación de Cristo se llevará a cabo mediante su muerte en la cruz (cfr 12,23; 13,31): Jesús con su muerte es juez que juzgará al mundo (Hijo del Hombre), y camino de salvación (escala) por el que los hombres podemos llegar al Cielo.
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Jn 2,1-4,54
Esta sección comprende el ministerio de Jesús en Galilea, en Jerusalén y en Samaría. Lo que da unidad a toda la sección es que Jesús se manifiesta como Mesías que anuncia y realiza de una nueva disposición divina de salvación, superior a la antigua del Templo y de la Ley de Moisés. Así se refleja en el agua convertida en vino en Caná de Galilea (2,9), en el comentario que el evangelista hace en el episodio de la purificación del Templo («él se refería al Templo de su cuerpo»: 2,21), en la revelación a Nicodemo del nuevo nacimiento por el Bautismo (3,5), y en la conversación del Señor con la samaritana, cuando establece que la verdadera adoración a Dios debe ser «en espíritu y en verdad» (4,23-24). Ante la manifestación de Jesús no cabe la indiferencia; por eso San Juan narra los primeros sentimientos de fe que surgen en los discípulos y en el pueblo, y las primeras reacciones de repulsa por parte de algunos judíos.
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Jn 2,1-12
Caná de Galilea parece que debe identificarse con la actual Kef Kenna, situada a 7 km al noroeste de Nazaret. Entre los invitados se menciona en primer lugar a Santa María. No se cita a San José, cosa que no se puede atribuir a un olvido de San Juan: este silencio —y otros muchos en el evangelio— hace suponer que el Santo Patriarca había muerto ya.
Con el milagro de las bodas de Caná Jesús comienza la manifestación de su gloria y la inauguración de los tiempos mesiánicos. El milagro o, como dice literalmente el texto, el «signo» del agua convertida en vino anticipa la «hora» de la glorificación de Jesús (v. 4). El término lo utiliza Jesucristo alguna vez para designar el momento de su venida gloriosa (cfr 5,28), aunque generalmente se refiere al tiempo de su pasión, muerte y glorificación (cfr 7,30; 12,23; 13,1; 17,1). Juan subraya la abundancia del don concedido por el Señor (unos 300 litros de vino). Tal abundancia es señal de la llegada de los tiempos mesiánicos, y el vino, a su vez, simboliza los dones sobrenaturales que Cristo nos alcanza.
En el cuarto evangelio, la «madre de Jesús» —éste es el título que da San Juan a la Virgen— aparece solamente dos veces. Una en este episodio (v. 1), la otra en el Calvario (19,25). Con ello se pone de manifiesto el cometido de María Virgen en la Redención. En efecto, estos dos acontecimientos, Caná y el Calvario, se sitúan uno al comienzo y el otro al final de la vida pública, como para indicar que toda la obra de Jesús está acompañada por la presencia de María Santísima. María colabora en la obra de Jesús desde el comienzo hasta el fin, actuando como verdadera Madre y mostrando su especial solicitud hacia los hombres. En Caná intercede por aquellos esposos cuando todavía no ha llegado la «hora» de su Hijo; en el Calvario, cuando llega la «hora», ofrece al Padre la muerte redentora de su Hijo y acepta la misión que Jesús le confiere de ser Madre de todos los creyentes, representados por el discípulo amado.
En el pasaje de Caná aparece un nuevo significado de la maternidad de María: «Se manifiesta como nueva maternidad según el espíritu y no únicamente según la carne, o sea la solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia (“no tienen vino”). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone “en medio”, o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede —más bien “tiene el derecho de”— hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión: María “intercede” por los hombres. No sólo: como madre desea también que se manifieste el poder mesiánico del Hijo, es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su vida» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 21).
La frase «¿qué nos importa a ti y a mí?» (v. 4) corresponde a una manera proverbial de hablar en Oriente, que puede ser empleada con diversos matices. La respuesta de Jesús parece indicar que, si bien, en principio, no pertenecía al plan divino que Jesús interviniera con poder para resolver las dificultades surgidas en aquellas bodas, la petición de Santa María le mueve a atender esa necesidad. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora «omnipotencia suplicante». «El corazón de María, que no puede menos de compadecer a los desgraciados (…), la impulsó a encargarse por sí misma del oficio de intercesora y pedir al Hijo el milagro, a pesar de que nadie se lo pidiera (…). Si esta buena Señora obró así sin que se lo pidieran, ¿qué hubiera sido si le rogaran?» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Sermones abreviados 48,2,1).
La Iglesia concede gran importancia a la presencia de Jesús en estas bodas. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante éste será un signo eficaz de la presencia de Cristo (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1613). «Al comienzo de su misión —comenta Juan Pablo II— Jesús se encuentra en Caná de Galilea para participar en un banquete de bodas, junto con María y los primeros discípulos (cfr Jn. 2,1-11). Con ello trata de demostrar que la verdad de la familia está inscrita en la revelación de Dios y en la historia de la salvación» (Carta a las familias, n. 18).
A propósito de la inclusión en el Santo Rosario de los «misterios de luz», comenta Juan Pablo II: «La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los “misterios de luz”» (Rosarium Virginis Mariae, n. 21).
Sobre los «hermanos» de Jesús (v. 12), cfr nota a Mt 12,46-50.
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Jn 2,13-25
San Juan presenta el ministerio de Jesús jalonado por las fiestas judías. Aquí, los acontecimientos se sitúan en relación a la Pascua. En ese contexto, la «purificación del Templo» tiene un sentido más profundo que el que aparece en los otros evangelios: Jesús no sólo manifiesta ser el Mesías (cfr Mt 21,12-13), sino que Él es el nuevo y definitivo Templo de Dios entre los hombres.
Cuando Jesús compara el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, revela la verdad más profunda sobre sí mismo: la Encarnación, es decir, que Él es el Verbo de Dios que puso su morada entre nosotros (cfr 1,14). El evangelista deja constancia, sin embargo, de que sólo a la luz de los acontecimientos de la última Pascua (v. 22) nos es posible comprender esa verdad.
En las palabras pronunciadas por Jesús (v. 19) no hay nada despectivo hacia el Templo, como pretenderían después los falsos testigos (Mt 26,61; Mc 14,58) y los que se burlaron de él mientras agonizaba en la cruz (Mt 27,40; Mc 15,29; cfr Hch 6,14). El signo del que les habla será su propia resurrección al tercer día (cfr Mt 16,4: «la señal de Jonás»). Para indicar la grandeza del milagro de su resurrección, Jesús recurre al lenguaje metafórico. Es como si dijera: «¿Veis este Templo? Pues bien, imaginadlo destruido. ¿No sería un gran milagro reconstruirlo en tres días? Esto haré yo como señal. Porque vosotros destruiréis mi Cuerpo, que es el Templo verdadero, y yo lo volveré a levantar al tercer día». La declaración de que Jesús es el Templo de Dios quedó entonces encubierta para todos. Judíos y discípulos pensaron que el Señor hablaba de volver a edificar el Templo que Herodes el Grande había empezado a construir en el 19-20 a.C. Sólo más tarde los discípulos entendieron el verdadero sentido de las palabras de Jesús (v. 22).
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Jn 3,1-21
Nicodemo probablemente era miembro del Sanedrín de Jerusalén (cfr 7,50). Debía de ser también hombre culto, quizá escriba o doctor de la Ley: Jesús, dirigiéndose a él, le llama maestro de Israel (v. 10). Podríamos calificarle, por tanto, de intelectual: es un hombre que razona, que indaga, que hace de la búsqueda de la verdad una de las tareas fundamentales de su vida. Lo hace, naturalmente, moviéndose dentro de los planteamientos propios de la mentalidad judaica de su tiempo. Sin embargo, para entender las verdades divinas, sin embargo, no basta la razón, hace falta la humildad y la gracia. Nicodemo debe reconocer que, no obstante sus estudios, es todavía ignorante en las cosas de Dios.
Al hilo del diálogo de Jesús con Nicodemo, el evangelista presenta una enseñanza clara de quién es Jesús, cuál es la salvación que trae a los hombres, y cuál la condición para alcanzarla: la fe que se recibe en el Bautismo bajo la acción del Espíritu Santo. En un primer momento del diálogo (vv. 2-8), Jesús enseña la necesidad de nacer de nuevo por el agua y el Espíritu Santo. (La palabra griega anothen que traducimos por «de lo alto» [v. 3], significa también «de nuevo», tal como lo entiende Nicodemo [v. 4]). Con la imagen del nuevo nacimiento queda resaltada la nueva condición del hombre tras el Bautismo. El ser humano es trasformado en un ser según el Espíritu de Dios, adquiere la filiación divina y la libertad propia de un hijo de Dios: «Todos aquellos que creyeron en Cristo recibieron el poder de hacerse hijos de Dios, esto es, hijos del Espíritu Santo, para que llegaran a ser de la misma naturaleza de Dios. Y, para poner de relieve que aquel Dios que engendra es el Espíritu Santo, éste añadió con palabras de Cristo: Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Didimo de Alejandría, De Trinitate 2,12). «Existen dos nacimientos; mas él [Nicodemo] sólo de uno tiene noticia. Uno es de la tierra y otro es del Cielo; uno de la carne y otro del Espíritu; uno de la mortalidad, otro de la eternidad; uno de hombre y mujer, y otro de Cristo y de la Iglesia. Los dos son únicos. Ni uno ni otro se pueden repetir» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 11,6).
Jesús explica a Nicodemo que para entenderle hace falta fe (vv. 9-15). Compara su futura crucifixión con la serpiente de bronce, que, por orden de Dios, alzó Moisés en un mástil como remedio para curar a quienes durante el éxodo fueron mordidos por las serpientes venenosas (Nm 21,8-9). Así también Jesús, exaltado en la cruz, es salvación para todos los que le miren con fe y causa de juicio para quienes no creen en Él. «Las palabras de Cristo son al mismo tiempo palabras de juicio y de gracia, de muerte y de vida. Porque solamente dando muerte a lo viejo podemos acceder a la nueva vida (…). Nadie se libera del pecado por sí mismo y por sus propias fuerzas ni se eleva sobre sí mismo; nadie se libera completamente de su debilidad, o de su soledad, o de su esclavitud. Todos necesitan a Cristo, modelo, maestro, libertador, salvador, vivificador» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 8).
Las palabras finales (vv. 16-21) sintetizan cómo la muerte de Jesucristo es la manifestación suprema del amor de Dios por nosotros los hombres. Tanto para los inmediatos destinatarios del evangelio, como para el lector actual, esas palabras constituyen una llamada apremiante a corresponder al amor de Dios: que «nos acordemos del amor con que [el Señor] nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios (…): que amor saca amor (…). Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar» (Sta. Teresa de Jesús, Vida 22,14).
Las palabras «tanto amó Dios al mundo…» (v. 16) las comenta Juan Pablo II diciendo que «nos introducen al centro mismo de la acción salvífica de Dios. Ellas manifiestan también la esencia misma de la soterología cristiana, es decir, de la teología de la salvación. Salvación significa liberación del mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento. Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al “mundo” para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. Contemporáneamente, la misma palabra “da” (“dio”) indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo unigénito mediante su propio sufrimiento. Y en ello se manifiesta el amor, el amor infinito, tanto de ese Hijo unigénito como del Padre, que por eso “da” a su Hijo. Éste es el amor hacia el hombre, el amor por el “mundo”: el amor salvífico» (Salvifici doloris, n. 14).
La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor: «Si Dios nos ha creado, si nos ha redimido, si nos ama hasta el punto de entregar por nosotros a su Hijo Unigénito (Jn 3,16), si nos espera —¡cada día!— como esperaba aquel padre de la parábola a su hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32), ¿cómo no va a desear que lo tratemos amorosamente? Extraño sería no hablar con Dios, apartarse de Él, olvidarle, desenvolverse en actividades ajenas a esos toques ininterrumpidos de la gracia» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 251).
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Jn 3,22-36
El evangelista, poco más adelante (4,2), aclara que no era Jesús mismo quien bautizaba, sino sus discípulos. Aquel rito no era todavía el Bautismo cristiano, pues éste sólo comienza después de la resurrección de Cristo (cfr 7,39; 16,7; Mt 28,19). «Ainón» (v. 23) en arameo significa «fuentes». Salim estaba situada al noreste de Samaría, al sur de la ciudad de Escitópolis o Bet-San, cerca de la margen occidental del Jordán, a unos 20 km al sur del lago de Genesaret.
En este nuevo testimonio, el Bautista afirma una vez más la superioridad de Jesús sobre él. El «amigo del esposo» (v. 29) se refiere al que, según la costumbre de los esponsales judíos, solía acompañar al novio en los primeros momentos de su matrimonio y participaba de forma especial en los festejos y alegría de las nupcias. No obstante, como aclara el Bautista, había una gran diferencia entre él y el esposo, verdadero protagonista del feliz acontecimiento.
Por medio del simbolismo de los esponsales, en el que Jesucristo es el Esposo (cfr Mc 2,19) y la Iglesia la Esposa (cfr Ef 5,24-32; Ap 19,7-9), se evoca la unión por la que Cristo incorpora a sí a la Iglesia. La alegría del Bautista es manifestación de que ya ha comenzado la actuación del Mesías. Por eso su gozo es completo cuando Jesucristo va convocando a los hombres y éstos se van tras Él. Anticipa así la alegría de la Iglesia por la incorporación de nuevos miembros al Cuerpo de Cristo.
El Bautista entendió su misión de Precursor, que debía desaparecer ante la llegada del Mesías (v. 30), y la cumplió fielmente y con humildad. Del mismo modo, el cristiano ha de evitar en toda tarea apostólica el protagonismo personal, y dejar que sea a Cristo a quien busquen los hombres; ha de vaciarse cada vez más de sí mismo para que Cristo llene toda su vida: «Es necesario que Cristo crezca en ti, para que progreses en su conocimiento y amor: porque cuanto más lo conoces y lo amas, tanto más crece Cristo en ti» (Sto. Tomás de Aquino, Super Evangelium Ioannis, ad loc.).
Las palabras finales del capítulo (vv. 31-36) revelan la condición divina de Jesús y manifiestan su modo de ser el Mesías, el Cristo. Jesucristo es el único que puede revelar a Dios Padre a los hombres, porque Él es el Hijo de Dios. «Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 65; ver también notas a Mt 17,1-13 y Hb 1,1-4). Las obras y las palabras de Jesús, verdaderamente humanas, son, al mismo tiempo, obras y palabras de Dios en la historia humana, porque el Verbo encarnado es uno con el Padre y el Espíritu Santo. En Jesucristo hay una sola Persona —la del Verbo—, y los actos se predican de la Persona.
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Jn 4,1-45
En Jerusalén comienza a aparecer la hostilidad de los fariseos contra Jesús (vv. 1-2). El Señor se retira al norte de Palestina, a Galilea (v. 3), donde la influencia de los fariseos era menor. Con ello evita que le den muerte antes del tiempo señalado por Dios Padre. Con ese gesto nos enseña Jesús que la providencia divina no exime al creyente de ejercer la inteligencia y la voluntad, a imitación de Cristo, para descubrir con prudencia lo que Dios quiere de él.
Había dos caminos usuales para ir de Judea a Galilea. El más corto pasaba por la ciudad de Samaría. El otro, junto al Jordán, era más largo. Jesús recorre el de Samaría (v. 4). Al aproximarse a esta ciudad, cerca de Sicar, la actual Askar, al pie del monte Ebal, tiene lugar el encuentro de Jesús con la mujer. Hay que tener en cuenta que los judíos sentían una gran aversión hacía los samaritanos (vv. 9.27). Éstos eran los judíos que habían quedado en el territorio de Israel después de la destrucción de Samaría en el 722 a.C. y que se habían mezclado con los colonos llevados a esa zona por los asirios. Los samaritanos siempre reivindicaron ser los verdaderos continuadores de la tradición patriarcal y mosaica, pero, ya en el siglo VI a.C., su condición religiosa era considerada por los otros judíos un burdo sincretismo (2 R 17,34-40). No obstante, el cisma propiamente dicho tuvo lugar en la época de Nehemías (siglo V a.C.) y se radicalizó cuando los samaritanos construyeron en el monte Garizim un templo en honor del Señor, Dios de Israel. Durante la época de la influencia siria (siglo II a.C.), según Flavio Josefo (Antiquitates Iudaicae 12,5,5), los samaritanos pidieron a Antíoco que dedicara su templo de Garizim al dios griego Zeus Xenios. El rey judío Juan Hircano lo destruyó y con ello dejó abierta una herida que ya no se iba a cerrar. Los samaritanos se consideraron a sí mismos los legítimos continuadores de la fe judía y mantuvieron tradiciones muy antiguas. Tenían el Pentateuco como único libro sagrado (cfr también nota a Lc 9,51-56).
Los evangelios, y en especial el de San Juan, narran a veces detalles que pueden parecer irrelevantes, pero no lo son. Jesús, como nosotros, se fatiga realmente (v. 6), necesita reponer fuerzas, siente hambre y sed; pero aun en medio del cansancio no desaprovecha ocasión para hacer el bien a las almas. «Recoged los ojos del alma y revivid despacio la escena: Jesucristo, perfectus Deus, perfectus homo (Símbolo Atanasiano) está fatigado por el camino y por el trabajo apostólico. Como quizá os ha sucedido alguna vez a vosotros, que acabáis rendidos, porque no aguantáis más. Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino para buscar algo de comer. Y tiene sed (…). Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed.
»Cuando nos cansemos —en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica—, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas… Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha —una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado— para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 176 y 201).
En el entrañable diálogo de Jesús con la samaritana (vv. 7-29), San Juan vuelve a presentar la doctrina de la gracia, el don que Dios da a los hombres por el Espíritu Santo tras la Encarnación de su Hijo. Como en el diálogo con Nicodemo (3,1-21), Jesús toma ocasión de expresiones usuales, dichas en sentido material e inmediato, para presentar realidades sobrenaturales. En esa significación más profunda está ya presente el núcleo de lo que será la doctrina de la Iglesia sobre los sacramentos. Igual que el agua es esencial para la vida humana, el agua que verdaderamente puede saciar la sed espiritual del hombre es la gracia de Cristo. «En efecto —comenta Juan Pablo II—, según el Evangelio de Juan, el Espíritu Santo nos es dado con la nueva vida, como anuncia y promete Jesús el día grande de la fiesta de los Tabernáculos: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva (7,37-38). Y el evangelista explica: Esto decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él (7,39). Es el mismo símil del agua usado por Jesús en su coloquio con la samaritana, cuando habla de una fuente de agua que brota para la vida eterna (4,14), y en el coloquio con Nicodemo, cuando anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento de agua y de Espíritu para entrar en el reino de Dios (3,5)» (Dominum et Vivificantem, n. 1).
El episodio muestra también la universalidad de la salvación que trae Cristo. Su amor se extiende a todas las almas (vv. 9.31-38). Jesús pide de beber no sólo a causa de su sed física sino para mostrar que tenía sed de que los hombres descubrieran el amor de Dios: «Tenía sed… Pero al decir: “Dame de beber”, lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor… Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!» (Sta. Teresa de Lisieux, Historia de un alma 9).
Lo que sucede junto a aquel pozo nos hace comprender también que la oración es como el lugar de nuestro encuentro con Cristo: «La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (cfr S. Agustín, Quaest. 64,4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2560).
Finalmente, el texto alude a los designios de Dios (vv. 20-26). Los samaritanos ignoraban gran parte del plan divino porque prescindían de toda revelación que no se hallase en la Ley de Moisés; los judíos, en cambio, estaban más cerca de la verdad sobre el Mesías al aceptar los libros de los Profetas y los Salmos. Pero unos y otros debían abrirse a la nueva Revelación de Jesucristo. Con la llegada del Mesías, a quien ambos pueblos esperaban, se inicia la nueva y definitiva Alianza, en la que Garizim, el monte donde adoraban los samaritanos, y Jerusalén, con su Templo, quedan superados: lo que agrada al Padre es que todos aceptemos al Mesías, su Hijo, el nuevo Templo de Dios (cfr 2,21), y le rindamos un culto que brota del corazón del hombre (cfr 2 Tm 2,22) y que es suscitado por el mismo Espíritu de Dios (cfr Rm 8,15).
La transformación que la gracia opera en esa mujer es maravillosa (vv. 28-29). El pensamiento de la samaritana se centra ahora solamente en Jesús y, olvidándose del motivo que le había llevado al pozo, deja su cántaro y se dirige al pueblo, deseando comunicar su descubrimiento. «Los Apóstoles, cuando fueron llamados, dejaron las redes; ésta deja su cántaro y anuncia el Evangelio, y no llama solamente a uno, sino que remueve toda la ciudad» (S. Juan Crisóstomo, In Ioannem 33).
El episodio presenta todo un proceso de evangelización que se inicia con el entusiasmo de la samaritana (vv. 39-42). «Lo mismo sucede hoy a los que están fuera y no son cristianos: comienzan sus amigos cristianos por darles noticias de Cristo, como hizo aquella mujer, lo mismo que hace la Iglesia; luego vienen a Cristo, esto es, creen en Cristo por esta noticia y, finalmente, Jesús se queda con ellos dos días, y con esto creen mucho más y con más firmeza que Él es en verdad el Salvador del mundo» (S. Agustin, In Ioannis Evangelium 15,33).
A raíz de la conversión de la samaritana y del regreso de los discípulos aparece otro de los temas frecuentes en el cuarto evangelio: Jesús ha venido a cumplir la voluntad del Padre (v. 34). Esa voluntad consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y pueda resucitar en el último día (cfr 6,39-40).
▲ COMENTARIO
Jn 4,46-54
En esta primera sección Juan ha querido narrar los milagros de Jesús en Caná de Galilea. En el primero de ellos, el prodigio hizo surgir la fe en Él (cfr 2,1-11); en este segundo, el funcionario real —quizá un pagano de la corte de Herodes Antipas— cree en la palabra de Jesús antes de ver el milagro. Aunque imperfecta, la fe del funcionario había sido suficiente para recorrer los 33 km que separan Cafarnaún de Caná; y, no obstante su elevada posición, se había acercado al Señor pidiendo ayuda. A Jesús le agrada la perseverancia y la humildad de este hombre.
Los Santos Padres comparan este milagro al del siervo del centurión (Mt 8,5-13; Lc 7,1-10), resaltando la fe sorprendente que desde el primer momento manifiesta el oficial romano, en contraste con la imperfecta fe inicial de este funcionario de Cafarnaún. San Juan Crisóstomo comenta: «Allí [en el caso del centurión romano], la fe era ya robusta, por eso Jesús prometió ir para que nosotros aprendamos la devoción de aquel hombre; aquí la fe era todavía imperfecta, y no sabía con claridad que Jesús podía curar estando lejos: así que el Señor, negándose a bajar, quiso con esto enseñar a tener fe» (In Ioannem 35).
El Señor pide que la fe en Él no busque en primer lugar milagros, sino que sea aceptación de sus palabras. Los milagros son una llamada a la fe y un motivo de credibilidad. En nuestro tiempo, en el que también se dan milagros, éstos son un signo de la misericordia de Dios y una llamada a confiar en su poder.