Ressources Catholiques Missel Romain

précédent
 ▲ COMENTARIO

Mt 13,1-52

El Discurso de las Parábolas, el tercero de los pronunciados por Jesús según San Mateo, inicia una nueva sección del evangelio. Recoge siete parábolas acerca del Reino de los Cielos. Los tres evangelios sinópticos (cfr Mc 4,1-34; Lc 8,4-18) transmiten este discurso, y los tres refieren el mismo hecho: tras la exposición de la primera parábola, la del sembrador, los discípulos preguntan al Señor por su significado y Jesús, entonces, les explica el «misterio del Reino de los Cielos» (v. 11; cfr Mc 4,11; Lc 8,10). La parábola del sembrador explica cómo acoger la palabra de Dios. Quizá por eso está en el comienzo del discurso en el que se incluyen la parábola de la cizaña, que no viene en Marcos ni Lucas, y la del grano de mostaza, que viene en Marcos (4,30-32), pero que está desplazada en Lucas (13,18-19). Se llaman «Parábolas del crecimiento», pues expresan las condiciones en que crece la semilla, así como la pequeñez del Reino en sus comienzos y el efecto multiplicador que se deriva de la fuerza contenida en él (cfr nota a Mc 4,1-34). Mateo también recoge otras parábolas complementarias: las del tesoro, la perla y la red.

Sorprende el número de ocasiones en que Jesucristo recurre a la enseñanza en parábolas. Los maestros de la época se valían de ellas para explicar frases de la Escritura, pero Jesús las utiliza más abundantemente y con la finalidad de revelar los misterios del Reino de Dios: «Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza (cfr Mc 4,33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino (cfr Mt 22,1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo (cfr Mt 13,44-45); las palabras no bastan, hacen falta obras (cfr Mt 21,28-31). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra (cfr Mt 13,3-9)? ¿Qué hace con los talentos recibidos (cfr Mt 25,14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los Cielos” (Mt 13,11). Para los que están “fuera” (Mc 4,11), la enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cfr Mt 13,10-15)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 546).

 ▲ COMENTARIO

Mt 13,1-23

Esta parábola es la más larga del discurso. Viene en los tres sinópticos (Mc 4,1-20; Lc 8,4-15) y es casi el paradigma de las parábolas del Reino. Su mensaje puede compendiarse así: ¿Por qué la palabra de Jesús produce efectos tan dispares entre los oyentes? Hay que tener en cuenta que nos movemos en el misterio de la gracia que Dios concede y de la correspondencia del hombre. Hay que salvaguardar los dos aspectos: la libertad de Dios al dar la gracia y la libertad del hombre al corresponder. Los discípulos no debieron de comprender al principio la parábola. Era como pasar de la oscuridad a la luz potente. El Maestro tuvo la paciencia de ir paso a paso. La parábola resulta clara tras la explicación (vv. 18-23), y nosotros, lectores del evangelio, la podemos entender tanto en el contexto de la vida de Jesús como en el de la vida de la Iglesia. La palabra de Jesús necesita la buena acogida de los hombres. Hay quienes la oyen sin entenderla (v. 19; cfr v. 14): son sordos a Dios, como las autoridades religiosas de Israel, que han estado acechando a Jesús (cfr 11,1-12,50) y malinterpretándole. Otros son débiles o inconstantes (v. 21), como las muchedumbres que le oyeron junto al monte (5,1) o se beneficiaron de sus milagros (14,21), y, en cambio, le dejaron sólo en la hora de la prueba. Otros fallan, pero no por debilidad cuando hay que defender la palabra, sino porque la palabra del Señor no puede fructificar en una vida que no sea recta (v. 22). Pero la palabra de Dios es más poderosa que las disposiciones de los hombres, y cuando es enviada a la tierra es fecunda siempre (Is 55,10-11). La palabra de Jesús en cuanto palabra de Dios puede fructificar en mayor o menor proporción (v. 23), porque los hombres no somos iguales, pero siempre es eficaz: «Cuando esta palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente, pero su fuerza es percibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos: su sonido engendra para la fe nuevos hijos de Abrahán. Es, pues, viva esta palabra en el corazón del Padre, viva en los labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz» (Balduino de Cantorbery, Tractatus 6).

 ▲ COMENTARIO

Mt 13,24-43

Las parábolas tienen diversas formas. En estos versículos, encontramos todo tipo de ejemplos: desde una frase (v. 33) hasta una alegoría muy desarrollada (vv. 24-30; cfr vv. 37-43). Muchas veces, las parábolas toman un tono paradójico del que Jesús se sirve para fijar la atención y excitar la curiosidad, y, casi siempre, son un reclamo a la imaginación: para alcanzar su mensaje hay que querer penetrar más allá de la imagen expresada.

El primer evangelista recoge dos textos del Antiguo Testamento muy significativos a propósito del uso de las parábolas: por una parte, el Señor se vale de ellas para poder revelar el misterio oculto del Reino (vv. 34-35; cfr 13,11); pero, por otra parte, son un reclamo a la responsabilidad personal: quien no está dispuesto a querer entender se queda sólo en la anécdota (13,13-15). Sin embargo, los discípulos de Jesucristo, los que le preguntan por el significado de las parábolas (v. 36), sí las entienden (13,51), porque, en la plena revelación de Jesús, Dios les ha dado ese don (13,11), que tantos justos del Antiguo Testamento hubieran querido tener (13,16-17). Los discípulos tienen que hacer fructificar ese don actualizando la doctrina en su enseñanza (13,52): «Insisto: ruega al Señor que nos conceda a sus hijos el “don de lenguas”, el de hacernos entender por todos. La razón por la que deseo este “don de lenguas” la puedes deducir de las páginas del Evangelio, abundantes en parábolas, en ejemplos que materializan la doctrina e ilustran lo espiritual, sin envilecer ni degradar la palabra de Dios. Para todos —doctos y menos doctos—, es más fácil considerar y entender el mensaje divino a través de esas imágenes humanas» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 895).

La parábola de la cizaña complementa a la del sembrador, aunque en un sentido distinto. El Señor siembra la palabra, pero también el diablo (v. 39) siembra sus asechanzas y obtiene fruto en algunos hombres. Pasa en vida de Jesús, donde su predicación del Reino encuentra la oposición que Satanás ha sembrado, y pasará en la vida de la Iglesia, ya que es inevitable que los hijos de Dios convivan con los hijos del Maligno (v. 38): el mal y el bien coexisten y se desarrollan a lo largo de la historia. La enseñanza de Jesús versa sobre la paciencia: como no es fácil distinguir entre el trigo y la cizaña hasta que no aparece la espiga granada (v. 26), tampoco a veces es fácil separar el bien y el mal. Pero al final, Cristo —Hijo del Hombre triunfante— juzgará a todos y dará a cada uno su merecido.

La invitación a la paciencia y a la esperanza se alimenta con las parábolas del grano de mostaza y de la levadura (vv. 31-33). La primera es una imagen agrícola, y la segunda, doméstica. Las dos inciden sobre lo desproporcionado del resultado final con la pequeñez de los comienzos: el grano de mostaza es proverbial por su pequeñez (cfr 17,20), pero se convierte en el árbol frondoso anunciado por Ezequiel (Ez 17,22-24) para representar al Reino de Dios; un poco de levadura es capaz de hacer fermentar una masa muy grande. La levadura es también figura del cristiano. Viviendo en medio del mundo, sin desnaturalizarse, el cristiano gana con su ejemplo y su palabra las almas para el Señor. Es lo que la doctrina de la Iglesia enseña como peculiar de los laicos: «Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura, aunque se refieren indistintamente a todos los discípulos de Jesús, tienen también una aplicación específica a los fieles laicos. Se trata de imágenes espléndidamente significativas, porque no sólo expresan la plena participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y la originalidad de esta inserción y de esta participación, destinadas como están a la difusión del Evangelio que salva» (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 15).

La unión de las tres parábolas en un mismo contexto conforta la esperanza del discípulo de Cristo. Tendrá dificultades, pero el resultado será alentador: «En las horas de lucha y contradicción, cuando quizá “los buenos” llenen de obstáculos tu camino, alza tu corazón de apóstol: oye a Jesús que habla del grano de mostaza y de la levadura. Y dile: edissere nobis parabolam —explícame la parábola. Y sentirás el gozo de contemplar la victoria futura: aves del cielo, en el cobijo de tu apostolado, ahora incipiente; y toda la masa fermentada» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 695).

 ▲ COMENTARIO

Mt 13,44-52

Con las parábolas del tesoro escondido y de la perla (vv. 44-46) Jesús presenta el valor supremo del Reino de los Cielos y la actitud del hombre para alcanzarlo. Hay ligeras diferencias en la enseñanza de ambas: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improviso, la perla supone búsqueda. En todo caso, siempre se exige generosidad por parte del hombre porque Dios «nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo» (Sta. Teresa de Jesús, Camino de perfección 1,2). La vida en el Reino, en seguimiento de Cristo, es ardua, pero el fruto merece la pena: «El tesoro ha estado escondido porque debía ser también comprado el campo. En efecto, por el tesoro escondido en el campo, se entiende Cristo encarnado, que se encuentra gratuitamente. (…) Pero no hay otro modo de utilizar y poseer ese tesoro con el campo, si no es pagando, ya que no se pueden poseer las riquezas celestiales sin sacrificar el mundo» (S. Hilario de Poitiers, Commentarius in Mattheum 13,7).

Una idea semejante a la expuesta en la parábola de la cizaña se recoge bajo la imagen de la red barredera (vv. 47-50). El Reino de los Cielos, como la Iglesia, convoca a todos, aunque algunos no se muestren dignos: al final los ángeles separarán a los buenos de los malos. Es la misma idea que se expresa en la parábola de los invitados a las bodas (22,1-14), donde se invita a todos, «malos y buenos» (22,10), pero donde se dice explícitamente que hay que mostrarse digno para ser no sólo «llamado» sino también «elegido».

Los discípulos entienden al Señor (v. 51) y por eso se pueden convertir en los escribas del nuevo Israel (v. 52). Si comprenden a Cristo, las cosas antiguas —la Ley de Moisés— y las cosas nuevas —Jesús y la nueva Ley enseñada por Él— serán eficaces para su misión evangelizadora, porque Cristo «siempre es nuevo, porque siempre renueva la mente, y nunca se hace viejo, porque no se marchitará jamás» (S. Bernardo, In vigilia Nativitatis Domini, Sermo 6,6).

 ▲ COMENTARIO

Mt 13,53-16,20

Tras el Discurso de las Parábolas el evangelista narra diversos milagros y enseñanzas de Jesús en Galilea y regiones limítrofes. Se va mostrando que, ante Jesús, el hombre debe tomar partido: o con Él o contra Él. Mateo, desde el Discurso de las Parábolas, señala con claridad tres grupos de personas: de un lado, los discípulos —y en especial Pedro— cercanos a Jesús; de otro, las muchedumbres que le siguen pero sin acabar de entenderle; finalmente, las autoridades religiosas que traman asechanzas contra Él. La sección culmina con la solemne confesión de Pedro en la que proclama a Jesús Mesías e Hijo de Dios (16,16).

 ▲ COMENTARIO

Mt 13,53-58

Contrasta la admiración del principio (v. 54) con el escándalo final (v. 57). Los vecinos de Nazaret no conocían el misterio de Jesús; tal vez la familiaridad que habían tenido con Él les dificultaba reconocer el carácter sobrenatural de su misión. Y si la fe es capaz de obrar milagros (cfr 8,5-13 y nota), la incredulidad los impide, porque «como para las curaciones se necesitan ambos elementos, a saber, la fe de los que eran curados y la fuerza del que los curaba, no podía darse uno de ellos faltando el otro» (S. Gregorio Nacianceno, De theologia 30,10).

«Hijo del artesano» (v. 55). Es el único lugar del evangelio donde aparece la profesión de San José; en Mc 6,3, «artesano» se aplica al mismo Jesús. Los evangelios son unánimes al designar la profesión de Jesús en su vida oculta. En la consideración social, este trabajo no se catalogaba ni entre los más humillantes —jornaleros, pobres de la tierra—, ni, obviamente, se asociaba a los terratenientes o poderosos; sería semejante a la posición de algunos Apóstoles: funcionarios, pescadores, dueños de un pequeño negocio, etc. La vida de trabajo de Jesús es también revelación para nosotros (cfr nota a Mc 6,1-6), como ya lo hicieron notar los primeros escritores cristianos: «Se le tenía por hijo de José el carpintero (…) y fue considerado Él mismo como un carpintero, y es así como fabricó obras de este oficio —arados y yugos— mientras estaba entre los hombres, enseñando con ellas los símbolos de la justicia y lo que es una vida de trabajo» (S. Justino, Dialogus cum Tryphone 88,7).

Sobre la expresión «hermanos de Jesús», véanse notas a 12,46-50 y Mc 6,1-6.

 ▲ COMENTARIO

Mt 14,1-12

Este Herodes, denominado «Antipas», es el mismo que aparece en la pasión (Lc 23,7ss.). Era hijo de Herodes el Grande (2,1-18) y gobernaba las regiones de Galilea y Perea. Estaba casado con una hija de un rey de Arabia aunque vivía en concubinato con Herodías. El historiador Flavio Josefo (cfr Antiquitates Iudaicae 18,116-119) proporciona otros detalles de este episodio tales como que ocurrió en la fortaleza de Maqueronte, o que la hija de Herodías se llamaba Salomé.

El evangelista pone de manifiesto la estrecha relación entre el Bautista y Jesús (vv. 1-2.12). La muerte del Bautista es como un anuncio de la de Cristo porque «el ávido dragón degustaba la cabeza del siervo, teniendo ansias de la Pasión del Señor» (S. Pedro Crisólogo, Sermones 174). Pero, desde la esperanza en Cristo, su muerte es una victoria: «¿Qué mal le ha causado su final a este hombre justo? ¿Qué ha podido hacer su muerte violenta? (…) No fue una muerte, sino una victoria lo que él recibió, no fue el fin de una vida, sino el comienzo de una mayor. Aprende a comportarte como un cristiano, y no sólo no te causará daño nada, sino que ganarás mejores recompensas» (S. Juan Crisóstomo, De Providentia 22,10).

Por contraste, la historia de los constituidos en autoridad es una acumulación de despropósitos que acaban en el asesinato del Bautista: «Danza una joven, su madre siente rebosar crueldad, entre los placeres y lascivias de los comensales se jura temerariamente, e impíamente se cumple lo jurado» (S. Agustín, Sermones 307,1). Es claro que Herodes es antiejemplo de gobernantes. La doctrina de la Iglesia enseña que no deben hacerse juramentos con ligereza, pues «la santidad del nombre divino exige no recurrir a Él por motivos fútiles» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2155). Mucho menos pueden hacerse juramentos o promesas de orden inmoral (cfr ibidem, n. 2154); y, si se han hecho, no deben cumplirse: «Es malo prometer el reino como recompensa por un baile, es cruel conceder la muerte de un profeta por mantener un juramento» (S. Ambrosio, De officiis 3,12,77).

 ▲ COMENTARIO

Mt 14,13-21

Con la multiplicación de los panes el Señor indica simbólicamente la formación del nuevo Pueblo de Dios (cfr nota a Mc 6,30-44). San Mateo se fija especialmente en los sentimientos del corazón del Señor ante las necesidades de los hombres. Por eso, además del milagro de la multiplicación, recuerda la curación de los enfermos (v. 14).

El relato, en el conjunto de las acciones de Jesús, muestra que Él no está sólo satisfaciendo la necesidad corporal de las muchedumbres, sino que con sus gestos —que son muy semejantes a los de la institución de la Eucaristía(v. 19; cfr 26,26)— anuncia el banquete mesiánico en el que Él es el anfitrión. Por eso, en la tradición cristiana el milagro ha sido interpretado como una figura anticipada de la Sagrada Eucaristía.

Jesús, para realizar este gran milagro, busca la libre cooperación de los hombres, y quiere, de sus discípulos, que aporten los panes y los peces, y que los distribuyan a la muchedumbre. Algo semejante ocurre en la Iglesia donde el Señor se nos ofrece en el banquete eucarístico a través de sus ministros.

 ▲ COMENTARIO

Mt 14,22-33

Las tempestades en el lago de Genesaret son frecuentes: las aguas se arremolinan con grave peligro para las embarcaciones. El episodio de Jesús andando sobre el mar (vv. 25-27) lo relatan también Mc 6,48-50 y Jn 6,19-21. En cambio, San Mateo es el único que narra el caminar de San Pedro sobre las aguas (vv. 28-31). También es el único que recoge la solemne promesa de Jesús a Pedro (16,17-19) y el episodio del impuesto del Templo (17,24-27). Se refleja así la importancia que Jesús quiso dar a Pedro en la Iglesia. En este caso, el episodio muestra la grandeza y la debilidad del Apóstol, su fe y sus dificultades para creer: «Así también dice Pedro: Mándame ir a ti sobre las aguas. (…) Y Él dijo: ¡Ven! Se bajó y pudo caminar sobre las aguas (…). Eso es lo que podía Pedro en el Señor. ¿Y qué podía en sí mismo? Sintiendo un fuerte viento, temió y comenzó a hundirse y exclamó: ¡Señor, perezco, líbrame! Presumió del Señor y pudo por el Señor, pero titubeó como hombre, y entonces se volvió hacia el Señor» (S. Agustín, Sermones 76,8).

El episodio ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. En las pruebas de fe y de fidelidad, en el combate del cristiano por mantenerse firme cuando las fuerzas flaquean, el Señor nos anima (v. 27), nos estimula a pedir (v. 30), y nos tiende la mano (v. 31). Entonces, como ahora, brota la confesión de la fe que proclama el cristiano: «Verdaderamente eres Hijo de Dios» (v. 33): «El Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas. Por tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra, si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos agarrados de su mano» (S. Gregorio de Nisa, De beatitudinibus 6).

 ▲ COMENTARIO

Mt 14,34-36

Se resalta aquí, por contraste con el pasaje anterior, la fe de estos hombres que se acercaban a Jesús y obtenían lo que buscaban. Son así ejemplo para nosotros: en la Humanidad adorable del Salvador podemos encontrar alivio para todos nuestros males (cfr 11,28).

 ▲ COMENTARIO

Mt 15,1-20

Los dos primeros evangelios (cfr nota a Mc 7,1-23) narran este episodio que tanta trascendencia tuvo en la conducta de los primeros cristianos respecto de las leyes de los escribas y fariseos. Cristo explica que en muchos casos tales tradiciones han llegado a anular (v. 6) el mandato de Dios; por tanto, en esos casos no deben seguirse (v. 14).

Nuestro Señor proclama el verdadero sentido de los preceptos morales. El error de algunos escribas consistía en poner la atención exclusivamente en lo externo y abandonar la pureza interior o del corazón. Por ejemplo, a sus ojos la oración consistía más en la recitación exacta de una fórmula, de unas palabras, que en la elevación del alma a Dios (cfr 6,5-6). Igual sucedía con otras prescripciones: «En el evangelio el Señor declara el mandamiento de la Ley: Honra a tu padre y a tu madre, que ha de entenderse no en el sonido de las palabras, que pueden, con una vana adulación, burlar la indigencia de los padres» (S. Jerónimo, Epistulae 123,5).

Con sus palabras (v. 19), Jesús nos enseña dónde está el verdadero centro de la vida moral: en la decisión interior del hombre. Los dos últimos preceptos del Decálogo inciden en este mismo asunto: la lucha sincera contra los pecados internos —los malos pensamientos, los odios, los rencores, los deseos impuros, etc.— es necesaria para tener una conciencia recta y para que esas faltas no degeneren en pecados externos. El pasaje recuerda la sexta bienaventuranza (cfr 5,8), que invita a la limpieza de corazón para ver a Dios: «Los “corazones limpios” designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2518).

 ▲ COMENTARIO

Mt 15,21-28

Tiro y Sidón son dos ciudades fenicias, en la costa del Mediterráneo, hoy día pertenecientes al Líbano. Nunca formaron parte de Galilea, pero se encuentran cerca de su frontera noroeste. Por tanto, en tiempos de Jesús caían fuera de los dominios de Herodes Antipas. Allí se retira el Señor tal vez para evitar la persecución de éste y de los judíos, y atender de modo más intenso a la formación de sus Apóstoles. En la región de Tiro y Sidón la mayoría de los habitantes eran paganos. San Mateo llama a esta mujer «cananea» ya que según el Génesis (10,15) esta zona fue una de las primeras colonias de los cananeos; San Marcos la llama «sirofenicia» (Mc 7,26). Ambos evangelios resaltan su condición de pagana, con lo que adquiere mayor relieve su fe en el Señor. Pero esta fe tan grande se compone de actos puntuales y audaces: la mujer pide aunque parezca inoportuna (v. 23), insiste aunque se tenga por indigna (vv. 24-26), persevera ante las dificultades (v. 27) y al fin logra lo que quiere (v. 28). «Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos; esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos» (S. Juan B. María Vianney, Sermón sobre la oración).

 ▲ COMENTARIO

Mt 15,29-31

Los evangelistas recogen varias veces (cfr 11,4-6; Lc 7,21-23), a modo de resumen, curaciones de Jesús con las que se cumplía lo anunciado por el profeta Isaías para los tiempos mesiánicos: «Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como un ciervo y la lengua del mudo gritará de júbilo» (Is 35,5-6).

 ▲ COMENTARIO

Mt 15,32-39

Los milagros de Jesús, además de ser hechos reales, tienen carácter de signos de las realidades sobrenaturales: «Acerca de los milagros, después de admirar su grandeza, nos queda por sondear su profundidad. No debemos quedarnos en la superficie, sino que debemos penetrar en su interior, de modo que, lo que vemos y lo que admiramos, lo leamos y lo entendamos» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 24,2). En este caso (v. 37), la sobreabundancia del alimento corporal significa la magnitud de los dones divinos, especialmente de la Eucaristía (cfr Jn 6,1-70). La ayuda de los discípulos (v. 36) señala la mediación de los ministros de la Iglesia: «Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1335).

Para el sentido específico de esta segunda multiplicación de los panes, cfr nota a Mc 8,1-10.

 ▲ COMENTARIO

Mt 16,1-12

Por segunda vez (cfr 12,38) se dirigen los fariseos a Jesús pidiéndole una señal. En el ánimo del Señor —y también del lector del evangelio— están las dos multiplicaciones de los panes que acaba de realizar (14,13-21; 15,32-39) y los milagros que hizo entre una y otra (cfr 15,29-31 y nota). Sin embargo, aquellos hombres «no le preguntaban para creer, sino para apresarlo» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 53,2). Por eso, la contestación del Señor es un reproche: han visto los prodigios pero no se han atrevido a preguntarse sobre su significado.

Un tanto más enigmático es el diálogo de Jesús con sus discípulos (vv. 5-12). Como otras veces, los discípulos no interpretan correctamente una frase de Jesús (vv. 5-7). De todas formas, el Señor, verdadero Maestro, enseñaba en privado a sus discípulos (vv. 8-12): «Es cierto que los Apóstoles aprendieron mucho viendo a Cristo, pero aprendieron mucho también escuchándole, pues les hablaba en un lenguaje que podían entender con sus oídos de carne, aparte de lo que les decía en lo íntimo de sus corazones mediante el Espíritu Santo» (S. Buenaventura, Sententiae 3,24,2).

 ▲ COMENTARIO

Mt 16,13-20

Según lo narra Mateo, este episodio se refiere a dos realidades distintas aunque estrechamente relacionadas: la confesión de fe de Pedro y la promesa del Primado.

Frente a todos aquellos que no han sabido descubrir quién es Jesús (v. 14; cfr 14,2; 16,2-4; etc.), Pedro confiesa claramente que Jesús es el Mesías prometido y que es el Hijo de Dios: «El Señor pregunta a sus Apóstoles qué es lo que los hombres opinan de Él, y en lo que coinciden sus respuestas reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana. Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, el primero en confesar al Señor es aquel que también es primero en la dignidad apostólica» (S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationis suae 2-3). Pero esta confesión de Pedro no incluye sólo la misión de Jesús —ser el Mesías— sino su íntimo ser: Jesús es el Hijo de Dios. Ésta es la confesión completa de quién es Jesús, la misma que hacemos los cristianos unidos a Pedro. Pero esta confesión no se puede proferir sólo desde la experiencia humana, hay que hacerla desde la fe, que es gracia de Dios. Por eso, San León Magno, glosa así las palabras del Señor (v. 17): «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado Aquel de quien soy el Hijo único» (ibidem). Y por eso también, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, las palabras de la confesión de Pedro deben entenderse aquí en un sentido literal —no hay metáfora alguna al confesar a Jesús como Hijo de Dios—, ya que las pronuncia por revelación del Padre (cfr nn. 441-442).

Si esta confesión de Pedro es un don de Dios, no es menos gracia la que el Señor le promete ahora (vv. 18-19) —y que después le conferirá (cfr Jn 21,15-23 y nota)—, el poder de atar y desatar en la Iglesia fundada por Él: «Y añade: Ahora te digo yo, esto es: Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: Yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta fortaleza —quiere decir— construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro» (S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationis suae 2-3).

En otro lugar del evangelio (18,18), se promete también a los discípulos el poder de atar y desatar (v. 19). Por eso, la tradición ha visto en Pedro también el signo de unidad en la Iglesia: «La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros Apóstoles y se transmite a todos los obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno lo que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de todos los pastores de la Iglesia» (ibidem).

Desde los comienzos, se ha entendido que este don a Pedro se transmite también a sus sucesores como Obispos de Roma. Es la doctrina del Primado que —junto con la infalibilidad del Romano Pontífice cuando habla ex cathedra— fue definida como dogma de fe en la Constitución Dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I, y reafirmada en documentos posteriores: «El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia y que puede siempre ejercer libremente» (Codex Iuris Canonici, can. 331; cfr Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 18).

Los santos han visto en el amor a la Iglesia y al Romano Pontífice un signo verdadero de amor a Cristo: «Quien sea desobediente al Cristo en la tierra, el cual está en lugar de Cristo en el cielo, no participará en el fruto de la sangre del Hijo de Dios» (S. Catalina de Siena, Epistolae 207).

 ▲ COMENTARIO

Mt 16,21-20,34

Tras la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo (16,13-20), el evangelio adquiere un tono distinto. Jesús se dirige ahora a sus discípulos con enseñanzas sobre su propia misión como Siervo doliente y sobre lo que debe ser la futura vida de la Iglesia. Sobresale, en este último aspecto, el cap. 18 que, por la concentración de las enseñanzas, ha sido denominado el Discurso Eclesiástico. Después, camino de Jerusalén (19,1-20,34), se agrupan episodios que ilustran también diversos aspectos de la vida eclesial: la pobreza, el espíritu de servicio, etc.

 ▲ COMENTARIO

Mt 16,21-17,27

Con la enseñanza de Jesús sobre su pasión, muerte y resurrección (16,21) y la posterior reprensión de Jesús a Pedro (16,23), el evangelio señala decididamente el «camino de la cruz». Los dos anuncios de la pasión (16,21; 17,22-23) y el sentido de la Transfiguración (17,9.12) preparan al lector para lo que va a acontecer. El Señor sabe que debe ser entregado y acepta su misión. Pero sabe también que la última palabra no es la muerte sino la resurrección y la glorificación. Y así se lo enseña a sus discípulos.

 ▲ COMENTARIO

Mt 16,21-28

Jesús reprende con energía a Pedro cuando éste quiere disuadirle de afrontar la muerte incluida en la misión de Jesús como Mesías (cfr nota a Mc 8,31-9,1). A continuación, el Señor, con unas sentencias paradójicas, expone la dimensión verdadera que tiene la entrega a Él de sus discípulos: «El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2015).

 ▲ COMENTARIO

Mt 17,1-13

En la Transfiguración, Jesús muestra anticipadamente a los discípulos la gloria que merecerá por su pasión (cfr nota a Lc 9,28-36). El vínculo del episodio con la confesión de Pedro y el primer anuncio de la pasión, no sólo es temporal —ocurrió «seis días después» (v. 1)— sino también lógico: desde el cielo se confirma que Jesús es el Hijo de Dios (v. 5), tal como lo había confesado Pedro (16,16), y que su muerte y resurrección (16,21) son el cumplimento de la Ley y los Profetas representados por Moisés y Elías (v. 3). Los discípulos reaccionan con alegría (v. 4) y temor (vv. 6-7), sin acabar de entender el significado (cfr nota a Mc 9,2-13).

Moisés y Elías son los dos representantes máximos del Antiguo Testamento: de la Ley y los Profetas. En la imagen de Jesús hablando con ellos (v. 3), la Tradición ha visto dos enseñanzas: de un lado, que Jesús es el centro de la revelación porque «toda la Escritura divina forma un solo libro, y ese único libro es Cristo, ya que toda la Escritura divina habla de Cristo y toda ella se realiza en Cristo» (Hugo de San Víctor, De Arca Noe morali 2,8); de otro, que los libros del Antiguo Testamento son necesarios para comprender a Jesucristo, porque «si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo» (S. Jerónimo, Commentarii in Isaiam, prol. 1).

El episodio es también una descripción de la personalidad de Jesús: es Señor (v. 4), Hijo de Dios, en quien Dios se complace (v. 5; cfr Is 42,1), a quien debemos escuchar (v. 5) porque es el revelador de Dios: «Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: “Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en Él, porque en Él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas (…); oídle a Él, porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar”» (S. Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo 2,22,5).

Finalmente, al bajar del monte, en una explicación que está presente en varios lugares del primer evangelio (cfr nota a 11,1-15), el Señor esclarece a los discípulos la relación entre Elías y Juan Bautista.

 ▲ COMENTARIO

Mt 17,14-20

Con la curación de este muchacho, Jesús nos enseña la importancia de la fe en la oración. La fuerza de la comparación del Señor (v. 20) estriba en que la simiente de la mostaza es un granito sumamente pequeño que, sin embargo, produce una gran planta que puede alcanzar más de tres metros de altura. Así, los cristianos, en virtud de nuestra unión con Cristo, participamos, de alguna manera, de la misma omnipotencia de Dios. El giro «trasladar montañas» probablemente era una manera proverbial de decir, pero, en cualquier caso, expresa la fuerza de la oración sincera.

El episodio, leído a continuación de la Transfiguración, nos enseña también que en «la montaña» (cfr 17,1-5), cuando se percibe la gloria del Señor, es fácil creer; en cambio, en el ajetreo de la vida cotidiana es más difícil y a veces tenemos poca fe (cfr v. 20). Por eso, la fe exige un ejercicio continuo de vida de fe. Creer es vivir de fe, y esa fe robustecida nos hace capaces de obrar por encima de nuestras fuerzas: «La fe, aunque por su nombre es una, tiene dos realidades distintas. Hay, en efecto, una fe por la que se cree en los dogmas y que exige que el espíritu atienda y la voluntad se adhiera a determinadas verdades. (…) La otra clase de fe es aquella que Cristo concede a algunos como don gratuito, (…) capaz de realizar obras que superan toda posibilidad humana. (…) Procura, pues, llegar a aquella fe que de ti depende y que conduce al Señor a quien la posee, y así el Señor te dará también aquella otra que actúa por encima de las fuerzas humanas» (S. Cirilo de Jerusalén, Catecheses 5,10-11).

Muchos manuscritos añaden (v. 21): «Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración y el ayuno», que también se encuentra en Mc 9,29.

 ▲ COMENTARIO

Mt 17,22-27

Desde la confesión de Pedro, el Señor va formando a sus discípulos acerca de los acontecimientos salvíficos de Jerusalén —su pasión y su resurrección— y acerca de la futura vida de la Iglesia. En estos versículos, la tristeza que les causa el anuncio de la pasión (v. 23) se contrapesa con el consuelo del ser de Jesús y de su poder (vv. 25-27).

El episodio del tributo del Templo contiene dos enseñanzas muy claras: la condición de Jesús como Hijo de Dios y Señor del Templo, y la asociación de Pedro en su responsabilidad sobre la Iglesia. El tributo del Templo es distinto del tributo a Roma (22,15-22). Se basa en Ex 30,11-16, que prescribía que los mayores de veinte años debían aportar medio siclo para el mantenimiento del culto del Templo. La didracma de la que habla el texto —que aquí hemos traducido «tributo» (v. 24)— correspondía a dos denarios y era equivalente a medio siclo. No conocemos con exactitud si en tiempos de Jesús era un verdadero tributo o una contribución que ofrecían los judíos más observantes. Por lo que sabemos, muchos, como los sacerdotes, se tenían por exentos; otros no pagaban. Los últimos episodios narrados en el evangelio —la confesión de Pedro y la Transfiguración— han dejado claro que Jesús es Hijo de Dios y que, por tanto, tiene más razones que nadie para no pagar el tributo. Sin embargo, el Señor le manda a Pedro pagar, para «no escandalizarlos» (v. 27). Al incluir a Pedro en el mismo pago, está indicando también un modo de conducta para los cristianos que se refleja después en otros textos del Nuevo Testamento: «Dadle a cada uno lo que se le debe: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor» (Rm 13,7; cfr 1 P 2,13-17).

El estáter (v. 27) valía cuatro denarios. En el milagro, se refleja así la cuidadosa providencia del Señor con los suyos.

 ▲ COMENTARIO

Mt 18,1-20,34

Esta sección se inicia con el cuarto de los discursos del Señor en el Evangelio de Mateo, el Discurso Eclesiástico (18,1-35). En él se puede encontrar un cuerpo de ordenamientos y advertencias que miran a la buena marcha de la vida posterior de la Iglesia: el acento de las enseñanzas de Jesús está puesto en las relaciones de los cristianos entre sí, y en las atribuciones y obligaciones de quienes están constituidos en autoridad en la Iglesia.

La sección se continúa con la marcha hacia Judea y Jerusalén (19,1-20,34). Los episodios contienen enseñanzas semejantes a las del capítulo anterior: sobre la vocación cristiana, sobre la precedencia en la Iglesia, etc.

 ▲ COMENTARIO

Mt 18,1-14

Enseñanzas de Jesús sobre los «pequeños» en la Iglesia. Al comienzo, ante la pregunta de los discípulos sobre quién es el más importante, responde Jesús con un gesto que parece una paradoja: «Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo, os responderé: lo primero la humildad, lo segundo la humildad y lo tercero la humildad» (S. Agustín, Epistolae 118,22).

Después, el Señor advierte sobre el peligro del escándalo en la Iglesia. «El escándalo es la actitud o comportamiento que induce a otro a hacer el mal» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2284). Para resaltar su gravedad, Jesús utiliza imágenes hiperbólicas pero muy expresivas. Especialmente el escándalo es grave cuando se da a los preferidos del Señor, los más débiles, como los niños (v. 14).

Finalmente, la parábola de la oveja perdida. En San Lucas, esta parábola significa la misericordia de Dios que se desvive por salvar a todos los hombres. En el contexto del Discurso Eclesiástico, parece que se debe entender respecto de los que atraviesan una situación espiritual difícil. Entonces, es preciso ir en búsqueda de la oveja perdida, incluso heroicamente (vv. 12-14). Si la Iglesia en general, y cada cristiano en particular, tiene ansias de propagar la fe, con más razón aún debemos esforzarnos por ayudar a quienes ya la han abrazado para que superen sus dificultades: «Si queréis emular a Dios, puesto que habéis sido creados a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, que con vuestro mismo nombre estáis proclamando la bondad, imitad la caridad de Cristo, (…) pastor de las cien ovejas, que, cuando una de ellas se aleja del rebaño y vaga errante, no se queda con las otras que se dejaban apacentar tranquilamente, sino que sale en su busca. (…) Pensemos en lo que se esconde tras el velo de esta imagen. Esta oveja no significa, en rigor, una oveja cualquiera, ni este pastor es un pastor como los demás, sino que significan algo más. En estos ejemplos se contienen realidades sobrenaturales. Nos dan a entender que jamás desesperemos de los hombres ni los demos por perdidos, que no los despreciemos cuando se hallan en peligro, ni seamos remisos en ayudarlos, sino que cuando se desvían de la rectitud y yerran, tratemos de hacerlos volver al camino, nos congratulemos de su regreso y los reunamos con la muchedumbre de los que siguen viviendo justa y piadosamente» (S. Asterio de Amasea, Homiliae 13).

Muchos manuscritos añaden (v. 11): «Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido», tomándolo al parecer de Lc 19,10.

 ▲ COMENTARIO

Mt 18,15-20

El pasaje recoge tres notas para la vida de la Iglesia: la práctica de la fraternidad, la potestad de los pastores y la oración en común. Los cristianos, y especialmente los pastores, deben velar por sus hermanos como hizo Cristo, para que ninguno se pierda (cfr Jn 17,12). Con la práctica de la corrección fraterna, se especifica una manera de cooperar a la salvación del hermano que se ha desviado (vv. 15-17). La última solución —tenerlo por «pagano y publicano» (v. 17)— equivale a la excomunión, entendida como recurso final para salvar su alma (cfr 1 Co 5,4-5).

La Tradición de la Iglesia ha entendido estas palabras del Señor (v. 18) en su sentido genuino, como actuando Cristo en la remisión de los pecados: «Las palabras atar y desatar significan: aquél a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquél a quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1445). Con el tiempo, la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, estableció las formas de celebrar el sacramento de la Penitencia: «La Iglesia ha visto siempre un nexo esencial entre el juicio confiado a los sacerdotes en este Sacramento y la necesidad de que los penitentes manifiesten sus propios pecados, excepto en caso de imposibilidad. Por lo tanto, la confesión completa de los pecados graves, siendo por institución divina parte constitutiva del Sacramento, en modo alguno puede quedar confiada al libre juicio de los Pastores» (Juan Pablo II, Misericordia Dei).

Finalmente, Jesús subraya el valor y el poder de la oración en común (vv. 19-20). La afirmación de Jesús debió de ser, para sus discípulos, reveladora de su carácter divino, pues había una expresión de los maestros de su tiempo que decía que cuando dos hombres se reúnen para ocuparse de las palabras de la Ley, Dios mismo está en medio de ellos. La doctrina de la Iglesia acude a este texto cuando enseña la presencia de Jesucristo en la liturgia: «Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, tanto en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, como, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presenté, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7).

 ▲ COMENTARIO

Mt 18,21-35

A la pregunta de Pedro sobre el perdón Jesús contesta con una expresión que puede traducirse de dos maneras: «setenta veces siete» o «setenta y siete veces». La expresión podría entenderse como una antítesis de Gn 4,24, donde se manifiestan los deseos de una venganza pertinaz por parte de Lamec: «Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete». Frente al «nunca perdonaré» de Lamec, Jesús dice que hay que perdonar «siempre»: «No encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 61,1).

La parábola del siervo despiadado ofrece la razón última del perdón: todos somos deudores de Dios. La parábola es muy elocuente si atendemos a las cantidades que se expresan: un denario equivalía al jornal de un trabajador; un talento valía unos seis mil denarios. Así, lo que el dueño perdona al siervo despiadado equivale a sesenta millones de denarios, una cifra desorbitante e imposible de restituir. Probablemente, en esa exageración reside la verdad profunda de la parábola, su revelación acerca de la infinita misericordia de Dios con los pecadores. Si se suprimiera la hipérbole se desvirtuaría la verdad de la enseñanza de la parábola y no sólo su fuerza expresiva y pedagógica. Igualmente, la dureza de corazón del siervo tras haber sido perdonado de su inmensa deuda, resulta hiperbólica. Pero también aquí, en la exageración está la verdad de la ingratitud del hombre con respecto a Dios misericordioso y la dureza nuestra respecto de nuestros semejantes, a los que nos cuesta perdonar aun los defectos pequeños. «Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 452).

suivant