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Mt 19,1-12

Con ocasión de la insidia de unos fariseos, Jesús expone la indisolubilidad del matrimonio (cfr nota a Mc 10,1-12). El inciso del v. 9 no debe tenerse como una excepción (cfr nota a 5,17-48), ya que la ordenación del matrimonio —a la mutua entrega de los cónyuges y a la procreación y educación de los hijos— exige la indisolubilidad: «El marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades, se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 48).

Después, ante la pregunta de los discípulos, expresa el valor del celibato, no como resultado de una actitud cómoda o escéptica (v. 10), sino como don de Dios (v. 11). Así lo ha entendido la Iglesia: «La santidad de la Iglesia se fomenta también de modo especial en los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos. Entre ellos sobresale el don precioso de la gracia divina, que el Padre concede a algunos (cfr Mt 19,11; 1 Co 7,7) para que con mayor facilidad se puedan entregar a Dios solo en la virginidad o el celibato (…). Esta perfecta continencia por el Reino de los Cielos siempre ha tenido un lugar de honor en la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como manantial peculiar de espiritual fecundidad en el mundo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 42).

Resulta significativo que los dos motivos —el matrimonio y el celibato por el Reino de los Cielos— se enseñen en un mismo contexto: «El sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el Reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente: “Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad; elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la virginidad” (S. Juan Crisóstomo, Virg. 10,1)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1620).

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Mt 19,13-15

Lo que se narra responde a una costumbre judía: los niños se presentaban a su padre, los alumnos a su maestro, para recibir de ellos la bendición y encomendarse a sus oraciones. En Oriente, la imposición de las manos sobre la cabeza era un acto de fe sencilla en el carácter sagrado del gesto. No nos consta que maestros de la época tuvieran predilección por los niños: no hay ningún texto del Talmud —la enciclopedia religiosa judaica tradicional— que destaque un afecto por los niños. En esa línea de conducta parece que estuvo la actitud inicial de los discípulos del Señor (v. 13). Como en otros muchos aspectos, Jesús tuvo una iniciativa peculiar, que se expresó en la afirmación de que el Reino de los Cielos pertenece a los que se asemejan a los niños (v. 14).

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Mt 19,16-30

Los tres primeros evangelios reseñan este episodio, pero Mateo es quien describe con más precisión el diálogo entre Jesús y el joven. Éste cumple los mandamientos (vv. 18-20) y pregunta a Jesús qué más «obras buenas» (vv. 16.20) debe hacer. Jesús, con su primera respuesta (v. 17), ya lo prepara para la exigencia final (v. 21): «No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 19).

En este sentido, tanto este episodio como el anterior sobre el matrimonio (cfr 19,1-12) reflejan la plenitud y la perfección de la Ley que se dan en quienes viven según el estilo de vida y doctrina de Cristo. El Señor enseña la indisolubilidad del matrimonio y exige el cumplimiento de los mandamientos; pero también pide a algunos el celibato y el desprendimiento de todos los bienes por el Reino de los Cielos.

La escena termina cuando el joven se marcha triste (v. 22). El apego a sus cosas ha prevalecido sobre la invitación de Jesús. Y, a la falta de valor para responder a la llamada del Señor con la entrega personal, le sigue la tristeza: «La tristeza es un vicio causado por el amor a sí mismo, que no es un vicio especial, sino la raíz general de todos ellos» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,28,4 ad 1).

Tras la marcha del joven rico, Jesús expone la doctrina sobre las riquezas (cfr nota a Mc 10,23-31). Después, ante la pregunta de Pedro, explica el destino de quien ha seguido sinceramente a Cristo: seguir a Jesús supone creer en una «regeneración» (v. 28), en un nuevo nacimiento, en el que se dará un auténtico cambio en la escala de valores. Quienes ahora parecen despreciados, serán los jueces; quienes parecen el desecho, serán los primeros; todo cuanto uno entregue ahora lo encontrará multiplicado por cien.

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Mt 20,1-16

La parábola viene a explicar la frase anterior (19,30); de hecho, acaba con una expresión muy semejante (20,16). En un primer contexto, parece que está referida al pueblo hebreo: Dios lo llamó a primera hora, aunque al final se ha dirigido también a los gentiles.

La parábola enseña la bondad y la misericordia de Dios, superior a los criterios de justicia humanos. Todos somos deudores de la libre disposición de la bondad divina que nos ha llamado a trabajar en su viña. Ni Dios es injusto ni nosotros debemos juzgarle. Nuestra actitud natural debe ser el agradecimiento: «Todo lo que tenemos en el alma y en el cuerpo y cuantas cosas poseemos en lo interior o en lo exterior, en lo natural y en lo espiritual, son beneficios tuyos y te engrandecen como bienhechor. (…) Y aunque uno reciba más y otro menos, todo es tuyo, y sin Ti no se puede alcanzar la menor cosa. El que recibió más no se puede gloriar de su merecimiento ni estimarse sobre los demás. (…) Pero el que recibió menos no se debe entristecer ni indignarse, ni envidiar al que tiene más. (…) Tú sabes lo que conviene dar a cada uno» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 3,22,2-3).

Por otra parte, resalta que lo importante es responder positivamente a la llamada divina sin importar el momento en que se produzca. Serán verdaderos discípulos los que conozcan esa bondad divina y la manifiesten con obras: «Muchas veces te preguntas por qué almas, que han tenido la dicha de conocer al verdadero Jesús desde niños, vacilan tanto en corresponder con lo mejor que poseen: su vida, su familia, sus ilusiones. Mira: tú, precisamente porque has recibido “todo” de golpe, estás obligado a mostrarte muy agradecido al Señor; como reaccionaría un ciego que recobrara la vista de repente, mientras a los demás ni siquiera se les ocurre que han de dar gracias porque ven. Pero… no es suficiente. A diario, has de ayudar a los que te rodean, para que se comporten con gratitud por su condición de hijos de Dios. Si no, no me digas que eres agradecido» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 4).

Finalmente, con la actitud de aquellos hombres que parecen acusar al amo de injusticia (cfr v. 13), la parábola nos enseña a no juzgar a Dios, a aceptar sus dones y a agradecerle que haya querido contar con nosotros en su plan salvífico.

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Mt 20,17-19

Subiendo a Jerusalén, para cumplir el designio divino, Jesús, obediente, afronta el riesgo de la muerte y la predice por tercera vez. Además, prepara el ánimo de sus Apóstoles para que cuando llegue la prueba recuerden que Él la había profetizado y este recuerdo les ayude a superarla.

El tercer anuncio de la pasión es descrito con más detalle por Mateo que por los otros dos sinópticos, ya que Jesús no sólo habla de su muerte sino que describe al vivo de qué manera va a ser denigrado. Quizás de esa manera prepara el próximo episodio cuando asocia a Santiago y a Juan en su destino: el trecho hasta la resurrección es largo y costoso: «No recorramos, sin embargo, demasiado deprisa ese camino; no dejemos caer en el olvido algo muy sencillo, que quizá, a veces, se nos escapa: no podremos participar de la Resurrección del Señor, si no nos unimos a su Pasión y a su Muerte. Para acompañar a Cristo en su gloria, (…) es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que nos sintamos una sola cosa con Él, muerto sobre el Calvario» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 95).

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Mt 20,20-28

Jesús corrige las ambiciones e ilusiones excesivamente humanas de los Apóstoles y de la madre de los Zebedeos —Santiago el mayor y Juan— afirmando la primacía de la voluntad de Dios y de la actitud de servicio. Con un lenguaje litúrgico–sacrificial, que evoca al Siervo sufriente del profeta Isaías (Is 52,13-53,12), Nuestro Señor expresa con claridad que en Él el servicio llega hasta el ofrecimiento de su vida (v. 28). La tradición señaló cómo se cumplió este anuncio de Jesús en la vida de aquellos hermanos: «Nos preguntamos cómo los hijos de Zebedeo, es decir, Santiago y Juan, han bebido el cáliz del martirio ya que la escritura sólo cuenta que el apóstol Santiago fue decapitado por Herodes; Juan, en cambio, terminó su vida de muerte natural. Pero si leemos la historia de la Iglesia en la que se narra que también él fue colocado en una olla de aceite hirviendo para ser martirizado y que, atleta de Cristo, salió de allí para recibir la corona y fue relegado enseguida a la isla de Patmos, veremos enseguida que no se sustrajo del martirio. Juan bebió el cáliz de la confesión como lo habían bebido los tres jóvenes en el horno ardiente, aunque el perseguidor no haya derramado su sangre» (S. Jerónimo, Commentarii in Matthaeum 20,23).

Pero más allá del anuncio a los Zebedeos, las palabras del Señor son una enseñanza para todos sus discípulos (vv. 25-28). Jesucristo se presenta a Sí mismo como ejemplo que debe ser imitado por quienes ejercen la autoridad en la Iglesia. Él, que es Dios y Juez que ha de venir a juzgar al mundo (cfr Flp 2,5-11; Jn 5,22-27; Hch 10,42), no se impone, sino que nos sirve por amor hasta el punto de entregar la vida por nosotros (cfr Jn 15,13). Ésta es su forma de ser el primero. Así lo entendió San Pedro, que exhorta a los presbíteros a que apacienten el rebaño de Dios a ellos confiado, no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo (cfr 1 P 5,1-3); y San Pablo, que no estando sometido a nadie, se hace siervo de todos para ganarlos a todos (cfr 1 Co 9,19ss.; 2 Co 4,5).

La expresión «en redención por muchos» (v. 28) no debe interpretarse como una restricción de la voluntad salvífica universal de Dios. «Muchos» aquí no se contrapone a «todos» sino a «uno»: uno es el que salva y a todos se les ofrece la salvación.

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Mt 20,29-34

Los tres evangelios sinópticos recuerdan tanto el milagro de Jesús en Jericó como el título mesiánico —«Hijo de David»— que los ciegos le dan en la antesala de su manifestación en Jerusalén. Sobre esos hechos, cada evangelista subraya un aspecto peculiar. Los tres anotan la fe, que se manifiesta en los gritos de auxilio (vv. 30-31), y el agradecimiento que se expresa en el seguimiento (v. 34). San Mateo, como otras veces (cfr 8,28-34; 9,27-31), apunta que los ciegos eran dos y también es el único en ver la causa de la curación en la compasión de Jesús (v. 34): «Que estos ciegos eran dignos de la curación bien lo mostraron; primero por sus gritos y porque, después de recibir la gracia, no se apartaron del Señor, que es lo que hacen muchos ingratos después de recibir los beneficios. No así estos ciegos. Ellos, antes de la dádiva, se mostraron constantes, y después de la dádiva, agradecidos, pues fueron siguiendo al Señor» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 66).

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Mt 21,1-28,20

Los evangelios sinópticos presentan el mismo esquema y tratan los mismos temas al narrar las últimas jornadas de la vida terrena de Jesús. Mateo comienza el relato con una manifestación mesiánica de Cristo y con la purificación del Templo (21,1-22). Las controversias con los judíos dan razón de los motivos por los que después Jesús será condenado (21,23-23,39), y el llamado Discurso Escatológico completa las enseñanzas (24,1-25,46). La narración cobra especial intensidad cuando se detiene en las últimas horas de la vida del Señor: su ofrecimiento a la voluntad del Padre (26,26-46), su prendimiento, proceso y condena (26,47-27,31), su muerte (27,32-66) y su resurrección (28,1-20).

En este marco, el relato de Mateo destaca algunos aspectos: la entrega serena del Señor a su misión de Siervo doliente, el rechazo de Israel a los planes de Dios, etc.

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Mt 21,1-23,39

Las controversias de Jesús con los jefes religiosos nos informan de los motivos que condujeron a Jesús a la muerte. Pero hay un tema de fondo que une los episodios de esta sección: Israel no ha sido capaz de corresponder al don de Dios y por eso Dios fundará un nuevo pueblo que dé frutos (21,43). Con todo, las palabras del Señor son también una advertencia para quienes formamos ese pueblo nuevo que es la Iglesia: como expondrá después Jesús (25,1-46), la fidelidad al don de Dios se debe traducir siempre en obras.

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Mt 21,1-11

La entrada triunfal de Jesús en la Ciudad Santa expresa su manifestación como Rey Mesías. Mateo ve en la presencia del asna atada con su borrico (v. 2) el cumplimiento de la profecía de Zacarías (v. 5). El asno, antigua montura de los príncipes (cfr Gn 22,3; 49,11; Ex 4,20; Nm 22,21; Jc 5,10), fue sustituido en tiempos de la monarquía israelita por el caballo, manifestación de poder (cfr 1 R 5,6; 10,26-30; etc.). Por eso el vaticinio de Zacarías, con el asno, quería significar un rey de paz que triunfa no con armas ni violencia, sino con humildad y mansedumbre (cfr Za 9,9-10 y nota). Los Santos Padres han visto en este episodio un simbolismo: el asna madre representaría al judaísmo, sometido al yugo de la Ley, mientras que el borriquillo sería la gentilidad. Jesús introduce a unos y otros en la Iglesia, la nueva Jerusalén.

Como a los personajes importantes de hoy se les extiende una alfombra a la entrada de un edificio, los discípulos y la multitud alfombran la entrada de Jesús en su ciudad (vv. 7-8). Y le aclaman como el Salvador: la palabra hebrea Hosanna (v. 9) tuvo en un principio ese sentido, una súplica dirigida a Dios: «Sálvanos». Luego, fue empleada como grito de júbilo para aclamar a alguien, similar a «¡Viva!». La muchedumbre manifiesta su entusiasmo gritando: «¡Viva el Hijo de David!». Se entiende así que la Iglesia haya recogido estas aclamaciones en el prefacio de la Santa Misa, pues con ellas se pregona la realeza de Cristo: «Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia, cuanto porque Él es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de Él y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en Él la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres, porque con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús» (Pío XI, Quas primas, n. 4).

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Mt 21,12-17

Del primer día en Jerusalén, Mateo recoge tres señales mesiánicas: la purificación del Templo (vv. 12-13; cfr nota a Mc 11,12-25); las curaciones (v. 14) y la alabanza a Dios de los humildes (vv. 15-16), de Sal 8,3, que Jesús ve cumplida en las aclamaciones de los niños. En los tres signos el evangelista deja entrever la divinidad de Jesucristo.

En el libro del Éxodo (23,15) se mandaba a los israelitas que no se presentasen en el Templo con las manos vacías, sino que aportasen alguna víctima para el sacrificio. Para facilitar el cumplimiento de este mandato a los que venían de lejos, se había organizado en los atrios del Templo un servicio de compraventa de animales para los sacrificios. Lo que en principio pudo ser útil había degenerado (v. 13). Jesucristo, movido por el celo de la casa de su Padre (Jn 2,17), con santa indignación los arrojó de allí. Con un gesto simbólico común a los profetas —cfr Ez 5,1-17, por ejemplo—, quiso inculcar el respeto que se debía al Templo. Con mayor razón, nos servirá de advertencia a nosotros que tenemos al mismo Señor en el Sagrario. Sobre las pasiones y sentimientos de Cristo, cfr nota a Mc 3,1-6.

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Mt 21,18-22

La maldición de la higuera es como una parábola en acción. Es también un ejemplo de la omnipotencia divina. Quien tiene fe lo puede todo: hará cosas más difíciles todavía. «Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha, cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme (…) Él puede ayudarme» (Benedicto XVI, Spes salvi, n. 32). Además, el Salvador hace una aplicación concreta de ese espíritu de fe: la oración lo alcanza todo.

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Mt 21,23-27

A lo largo de dos capítulos, el evangelio recogerá las disputas de los jefes del pueblo con Jesús. Tal vez la purificación del Templo por parte del Señor les ha exacerbado los ánimos. Ahora los príncipes de los sacerdotes y los ancianos —los miembros laicos del Sanedrín— le piden a Jesús una prueba de la autoridad con que actúa o la clara confesión de que Él es el Mesías. Pero Jesús, que conoce la mala intención de sus interlocutores, no da una respuesta directa, y les interpone una pregunta previa sobre la misión de Juan Bautista, puesto que éste fue el «precursor», el heraldo que anunció al Mesías. El evangelista hace notar que ellos no creyeron a Juan (v. 25), pero a la luz de lo que dice Jesús en el siguiente pasaje (21,32) sabemos que ni siquiera se esforzaron por hacerlo. Se hacen así acreedores del silencio del Señor (v. 27): nada de lo que diga puede moverlos a penitencia.

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Mt 21,28-46

Con estas dos parábolas se refiere el Señor al rechazo de Israel a su Dios y a la decisión divina de crear un nuevo pueblo (v. 43).

La parábola de los dos hijos sólo viene recogida en Mateo y subraya la necesidad de la conversión (v. 32): Israel es como el hijo que dijo «sí» a Dios pero luego no creyó y no dio frutos (cfr v. 30), como los fariseos que «dicen pero no hacen» (23,3). En cambio, los pecadores dicen «no» a las obras de la Ley con su conducta, pero se convierten ante los signos de Dios (v. 32), cumplen la voluntad del Padre y entran en el Reino de Dios (v. 31). El Señor señala tres jalones en el camino (v. 32) que lleva a la fe: ver, arrepentirse y creer. «Cuando el pecado está en el hombre, el hombre ya no puede contemplar a Dios. Pero puedes sanar, si quieres. Ponte en manos del médico, y él punzará los ojos de tu alma y de tu corazón. ¿Qué médico es éste? Dios, que sana y vivifica mediante su Palabra y su sabiduría. (…) Si entiendes todo esto y vives pura, santa y justamente, podrás ver a Dios; pero la fe y el temor de Dios han de tener la absoluta preferencia de tu corazón, y entonces entenderás todo esto» (S. Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum 1,7).

La parábola de los viñadores homicidas es como un compendio de la historia de la salvación (cfr nota a Mc 12,1-12). Comienza con una evocación implícita de Is 5,1-7, donde se comparaba a Israel con una viña que, pese a todos los cuidados divinos, en vez de dar frutos había dado agrazones; de ahí que el Señor vaya a destruirla. En el contexto en que Jesús pronunció la parábola y en el que vivían poco después los evangelistas, es fácil ver su alegoría: los viñadores, encargados por Dios del cuidado de su pueblo, simbolizan a las clases dirigentes de Israel. Dios había enviado en diversos tiempos a los profetas, que no habían recogido el fruto, sino que fueron maltratados o muertos (cfr 2 Cro 24,21). Finalmente, Dios ha enviado a su Hijo Único, Jesús. Así se indica la diferencia entre Jesús, el Hijo, y los profetas, no más que siervos. Pero también a Éste se disponen a matarlo, fuera de la viña, esto es, de Jerusalén. Es lógico el castigo de Dios. Mateo es el único evangelista que al narrar la parábola habla de que la viña se entregará a «un pueblo que rinda sus frutos» (v. 43), aludiendo a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios.

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Mt 22,1-14

Los herodianos eran partidarios de la política de la dinastía de Herodes: frente a la dominación romana directa —y, obviamente, también ante los impuestos directos— ejercida por un gobernador, preferían la mediación de un príncipe local que fuera quien pagara parte de los impuestos a Roma. En cuestiones religiosas, compartían las ideas materialistas de los saduceos. Los fariseos, por su parte, eran meticulosos cumplidores de la Ley, y consideraban el dominio romano como una usurpación. Sus diferencias con los herodianos eran radicales. Pero unos y otros se unen para conspirar contra Jesús. La pregunta era difícil y la respuesta comprometida. Jesús contesta con una profundidad que es, al mismo tiempo, del todo fiel a la predicación que ha venido haciendo del Reino de Dios: dar al César lo que le corresponde, sin dejar de dar también a Dios lo que le pertenece. Estas palabras han sido fuente para la doctrina de la Iglesia sobre la potestad de los gobiernos, que gestionan el bien común temporal, y la potestad de la Iglesia en la gestión del bien espiritual: «La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer, no pretende “de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados”. No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación. Sin verdad se cae en una visión empirista y escéptica de la vida. (…) Su doctrina social es una dimensión singular de este anuncio: está al servicio de la verdad que libera» (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 9).

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Mt 22,15-22

Los herodianos eran partidarios de la política de la dinastía de Herodes: frente a la dominación romana directa —y, obviamente, también ante los impuestos directos— ejercida por un gobernador, preferían la mediación de un príncipe local que fuera quien pagara parte de los impuestos a Roma. En cuestiones religiosas, compartían las ideas materialistas de los saduceos. Los fariseos, por su parte, eran meticulosos cumplidores de la Ley, y consideraban el dominio romano como una usurpación. Sus diferencias con los herodianos eran radicales. Pero unos y otros se unen para conspirar contra Jesús. La pregunta era difícil y la respuesta comprometida. Jesús contesta con una profundidad que es, al mismo tiempo, del todo fiel a la predicación que ha venido haciendo del Reino de Dios: dar al César lo que le corresponde, sin dejar de dar también a Dios lo que le pertenece. Estas palabras han sido fuente para la doctrina de la Iglesia sobre la potestad de los gobiernos, que gestionan el bien común temporal, y la potestad de la Iglesia en la gestión del bien espiritual. Como ambos gobiernos son independientes en el ámbito de sus competencias, si los fieles, en ejercicio de su libertad, eligen una determinada solución para los asuntos de carácter temporal «recuerden que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva la autoridad de la Iglesia a favor de su opinión» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 43). Jesús, con su respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, el cumplimiento fiel de los deberes cívicos (cfr notas a Rm 13,1-7; 1 P 2,13-17), sin menoscabo de los derechos superiores de Dios (cfr Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 11).

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Mt 22,23-33

El pasaje recoge el ambiente típico de la argumentación de los maestros de la época. Los saduceos plantean a Jesús un caso altamente teórico, tal vez imaginado desde el episodio de los siete maridos de Sara, la hija de Tobías (Tb 3,8). El cumplimiento de la ley del levirato (cfr Dt 25,5-10) parecía mostrar la imposibilidad de la otra vida. Los saduceos —contesta Jesús— no han entendido las Escrituras al pensar que aquella ley tendría vigencia en la vida futura; pero, sobre todo, no han comprendido el poder de Dios (v. 30) que es quien mantiene a los hombres en el ser, aunque hayan muerto, y que les otorgará en la resurrección de la carne una condición semejante a la de los ángeles, en la que ya no será necesario el matrimonio. Ratifica así la enseñanza sobre la resurrección de los muertos y la vida bienaventurada (cfr nota a Lc 20,27-40). Al final, el evangelista evoca gustoso la admiración que suscitaban la claridad y la profundidad de la doctrina del Señor.

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Mt 22,34-40

Responde Jesús a una cuestión planteada por los fariseos, cuya preocupación principal era cumplir todos los mandamientos contenidos en las leyes mosaicas y que alcanzaban el número de 613. Jesús enseña que toda la Ley se condensa en los dos mandatos del amor (Dt 6,5; Lv 19,18). Toda la tradición evangélica es testigo de cómo Jesús vinculó el amor a Dios con el amor al prójimo. El relato de Mateo lo recoge de una manera singular: el escriba pregunta por «el mandamiento principal de la Ley» (v. 36), y Jesús contesta con un mandamiento que se traduce en dos, o mejor, con dos mandamientos que son uno; en todo caso queda claro que este mandamiento se distingue de los demás: «Ninguno de estos dos amores puede ser perfecto si le falta el otro, porque no se puede amar de verdad a Dios sin amar al prójimo, ni se puede amar al prójimo sin amar a Dios. (…) Sólo ésta es la verdadera y única prueba del amor de Dios, si procuramos estar solícitos del cuidado de nuestros hermanos y les ayudamos» (S. Beda, Homiliae 2,22). Sin embargo, lo más importante es amar a Dios, porque el amor al prójimo es consecuencia y efecto del amor a Dios y, cuando es amado el hombre, es amado Dios ya que el hombre es imagen de Dios (cfr S. Tomás de Aquino, Sup. Ev. Matt. in loc.). Respecto de la intensidad del amor a Dios escribía San Bernardo: «Tú me preguntas por qué razón y con qué método o medida debe ser amado Dios. Yo contesto: la razón para amar a Dios es Dios; el método y medida es amarle sin método ni medida» (De diligendo Deo 1,1).

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Mt 22,41-46

Dios prometió al rey David que uno de sus descendientes poseería el reino eternamente (2 S 7,12ss.). Era una alusión al Mesías y así lo interpretaba la tradición judía que le llamaba «Hijo de David». En tiempos de Jesús, el Mesías era concebido con un fuerte sentido nacionalista: un rey terreno, descendiente de David, que les librase de la dominación romana. La pregunta de Jesús a los fariseos sobre el sentido de Sal 110,1 les deja sin respuesta. Para responder correctamente, los fariseos tendrían que aceptar la preexistencia y la divinidad del Mesías (anterior y superior a David, autor del salmo), al mismo tiempo que su verdadera Humanidad (hijo de David, Mesías). Era una manera implícita de invitar a la fe en Él como Hijo de Dios y de la familia de David. Se alude así al misterio de la doble naturaleza —divina y humana— en la única persona del Verbo, Jesucristo: «Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor. (…) Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo» (S. León Magno, Sermo 1 in Nativitate Domini 2-3).

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Mt 23,1-36

Aquí, como en otros lugares del Nuevo Testamento, no debe verse una condena general de los escribas y fariseos. De hecho, al final del discurso (v. 34), el Señor habla de escribas que sufrirán los mismos rigores que Él, y en otro lugar (cfr 13,52) da por supuesta la existencia de escribas cristianos que enseñarán los misterios del Reino de los Cielos a los discípulos. Ahora bien, en su conjunto, estamos ante una dura acusación a aquellos escribas y fariseos que en su conducta se guiaban más por aparentar externamente que por vivir de acuerdo con la verdad.

El discurso consta de dos partes: la primera (vv. 1-12) está dirigida al pueblo y a sus discípulos; la segunda —los célebres «ayes» (vv. 13-32)—, a aquellos escribas y fariseos. En ambas es posible descubrir un motivo común: con sus palabras, Cristo no pretende abolir la doctrina de la Ley enseñada por escribas y fariseos (cfr vv. 3 y 23), sino purificarla y llevarla a su plenitud.

En el comienzo (vv. 1-12), se pone en contraste la conducta de escribas y fariseos con la que debe ser la de los maestros cristianos. Aquellos «dicen pero no hacen» (v. 3) y apetecen ser los primeros (v. 6); los cristianos debemos servir y humillarnos (vv. 11-12). Jesús lo ejemplifica de una manera concreta (vv. 7-10): rabbí, padre y doctor eran títulos honoríficos que se daban a quienes enseñaban la Ley de Moisés. Cuando Jesús dice a sus discípulos que no acepten estos títulos, está indicando que el cristiano debe buscar el servicio, no el honor. San Agustín lo resumía muy bien en una conocida frase: «Somos rectores y somos también siervos: presidimos, pero si servimos» (S. Agustín, Sermones 340A).

El discurso de los «ayes» (vv. 13-32) explica con pormenores las desdichadas consecuencias y las contradicciones que se han derivado de un cumplimiento meramente externo de la Ley. Dos calificativos se repiten a lo largo de estas palabras a modo de estribillo: «hipócritas» (vv. 13.15.23.25.27.29) y «ciegos» (vv. 16.24.26). Hipócrita, de por sí, significa ser actor (cfr 6,1-18); pero quien continuamente se comporta como actor corre el riesgo de convertirse en un farsante, pues la preocupación por aparentar va unida a una despreocupación por lo que uno realmente es. Esa actitud acaba por conducir a la ceguera y al sinsentido. Es lo que con un juego de palabras muy gráfico expresa Jesús con la imagen del mosquito y el camello: se preocupan de especificar la menor impureza —el mosquito, qamla, en arameo, es un animal que puede considerarse impuro (Lv 11,20-24)—, y cometen pecados mayores: el camello, gamla en arameo, es un animal enorme y declarado expresamente impuro (Lv 11,4).

El Señor nos indica el camino para no equivocarnos (v. 23): imitar a Dios en las actitudes que manifiesta hacia su pueblo: justicia, misericordia y fidelidad: «Esta superioridad de nuestra virtud ha de consistir en que la misericordia triunfe sobre el juicio. Y, en verdad, lo más justo y adecuado es que la criatura, hecha a imagen y semejanza de Dios, imite a su Creador. (…) La virtud cristiana puede superar a la de los escribas y fariseos no por la supresión de la Ley, sino por no entenderla en un sentido material (…). Muchas veces se exhibe una apariencia de virtud y se ambiciona una fama engañosa, sin ningún interés por la rectitud interior; así, lo que no es más que maldad escondida se complace en la falsa apreciación de los hombres. El que ama a Dios se contenta con agradarlo, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que Dios mismo es el amor. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no desea otro deleite» (S. León Magno, Sermones 92,1-2).

El discurso concluye con un lamento profético (vv. 33-36): del mismo modo que los profetas sufrieron —y murieron— por causa de la incredulidad de sus contemporáneos, también los primeros cristianos sufrirán por causa de la cerrazón de los escribas y fariseos.

Muchos manuscritos de Mateo, por influjo de Mc 12,40 y Lc 20,47, añaden (v. 14): «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que devoráis las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones! Por ello recibiréis un juicio más severo».

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Mt 23,37-39

La indignación expresada en el pasaje anterior es ahora tristeza. La entrañable exclamación de Jesús resume, de algún modo, toda la historia de la salvación y es un testimonio de la divinidad de Cristo. ¿Quién sino Dios fue el protagonista de las acciones de misericordia que jalonan la historia de Israel? La imagen de la protección bajo las alas, que ahora Jesús se aplica a sí mismo como sujeto, es frecuente en el Antiguo Testamento para aludir al amor y protección de Dios hacia su pueblo (cfr Dt 32,11; Sal 17,8; 36,8; 57,2; 61,5; 63,8). Con el recuerdo de los profetas que le ha enviado (v. 37) sugiere cuál va a ser su destino: «La fe cristiana nos ha enseñado que verdad, justicia y amor no son simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad. En efecto, nos ha enseñado que Dios –la Verdad y el Amor en persona– ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús (Benedicto XVI, Spes salvi, n. 39).

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Mt 24,1-25,46

El Discurso Escatológico de Jesús —quinto de los que recoge San Mateo— se encuentra en los tres evangelios sinópticos. El relato de Mateo es el más extenso de los tres; se completa, además, con las parábolas del cap. 25. El tema común en todo el discurso es la exhortación del Señor a la vigilancia y a la esperanza, pero también a dar el fruto de los talentos recibidos.

Con el Discurso Escatológico finaliza el ministerio público de Jesús y se introduce la historia de la pasión. Por el lugar que ocupa en los evangelios —antes de la pasión—, el Discurso Escatológico tiene tono de despedida, como el «Discurso del Adiós» de San Juan (13,1-17,26). Lo mismo que en algunos escritos apócrifos de la época —como La asunción de Moisés o El testamento de los doce patriarcas— el discurso de despedida adopta el lenguaje apocalíptico, es decir, se sirve de diversos símbolos e imágenes para describir lo que sucederá al final. Se profetizan dos acontecimientos distintos: la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo presente, con la venida gloriosa de Cristo. De esta manera el final de Jerusalén es figura o tipo del segundo acontecimiento, el fin del mundo.

Sobre este fondo común, cada uno de los evangelios sinópticos acentúa unos motivos frente a otros (cfr notas a Mc 13,1-37; Lc 21,5-36). Mateo presenta matices propios: la actitud de vigilancia necesaria a los cristianos se ha de manifestar en obras de servicio; especialmente atentos han de estar quienes tienen una responsabilidad con sus hermanos (vv. 45-51), ya que deben considerar que las tribulaciones a las que se verán sometidos los discípulos serán muy duras (vv. 9-12). Por otra parte, todos hemos de mantener una actitud de «tensa espera» pues el Señor vendrá de manera repentina, como un relámpago (v. 27), a la hora menos pensada (v. 50), sin que nos hayamos dado cuenta (vv. 36-41).

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Mt 24,1-2

El Templo de Jerusalén, por su magnificencia, era el orgullo de los judíos. Sus enormes sillares causaban una sobrecogedora impresión de permanencia y provocaron la admiración de los discípulos (cfr nota a Lc 21,5-6). La sentencia profética de Cristo «no quedará aquí piedra sobre piedra» (v. 2), se cumplió el año 70, cuando las legiones romanas de Tito arrasaron la ciudad. Pero esa destrucción indicaba algo más: era consecuencia y señal de que prescribía su función. Las palabras de Jesús están en continuidad con las pronunciadas un poco antes cuando ya había anunciado los tres motivos presentes en el discurso: las persecuciones en esta generación (23,36-37), la desaparición del Templo (23,38), y la manifestación triunfante de Cristo (23,39).

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Mt 24,3-14

En el v. 3, los discípulos, impresionados por el anuncio dramático, preguntan al Maestro sobre el momento de su realización. Propiamente, la pregunta de los discípulos es doble: por una parte, sobre esos sucesos, y, por otra, sobre la señal de su venida —literalmente, sobre su «Parusía», advenimiento glorioso de Jesucristo al fin de los tiempos— y sobre el fin del mundo.

Probablemente, los discípulos, según la mentalidad de la época, identificaban ambas cosas: la desaparición del Templo sólo podía significar el advenimiento definitivo del Reino de Dios. El Señor corrige esta perspectiva demasiado corta y distingue dos momentos: el primero (vv. 4-8) se caracteriza por la presencia de impostores y la aparición de las desgracias que en la literatura apocalíptica señalaban la cercanía del fin del mundo. Sin embargo, Jesús advierte que «no es el fin» (v. 6), que esas señales sólo alertan acerca del «comienzo de los dolores» (v. 8). Desde nuestra perspectiva, es claro que esos momentos se refieren a lo que precede a la destrucción de Jerusalén, que es signo de lo que sucederá con los cristianos a lo largo de los tiempos (vv. 9-14): tendrán dificultades externas e internas (vv. 9-11), hasta el punto de correr el riesgo de desfallecer (v. 12). Pero hay que perseverar: la perseverancia asegura la salvación (v. 13). Las diversas tribulaciones no son las señales del fin de los tiempos, sino circunstancias ordinarias entre las que se desarrollará la predicación cristiana: el Evangelio será predicado en «todo» el mundo, para testimonio de «todas» las gentes (v. 14). Y entonces sí vendrá el fin. Con sus palabras, Jesús desvela un programa esperanzador para el cristiano: el fin del mundo no es una sucesión de catástrofes, sino un acontecimiento salvador, el Evangelio que alcanza al mundo entero. Y con su enseñanza el Señor nos indica también que nuestra actitud debe ser perseverar en medio de las dificultades: «El desaliento es enemigo de tu perseverancia. —Si no luchas contra el desaliento, llegarás al pesimismo, primero, y a la tibieza, después. —Sé optimista» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 988).

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Mt 24,15-31

El discurso vuelve a retomar el camino de las palabras anteriores del Señor (24,5-8). Al comienzo (vv. 15-22), parece que Jesús se refiere particularmente a la desgracia de la destrucción de Jerusalén, con una sucesión inimaginable de dolores (cfr v. 21). Para identificarla de alguna manera, el Señor utiliza la frase «la abominación de la desolación» (v. 15). Se refiere a diversos lugares del libro de Daniel (9,27; 11,31; 12,11) en los que el profeta habla del rey idólatra —Antíoco IV Epífanes— que ocupó con sus tropas el santuario y levantó sobre el altar de los holocaustos imágenes de dioses falsos (1 M 1,54). Nuestro Señor aplica este episodio de la historia de Israel a la futura destrucción de Jerusalén; por esto pide —«quien lea, entienda»— una mayor atención al texto de Daniel. Vendrá, dice Jesús, una nueva manifestación desoladora, que arrasará el Templo para introducir la idolatría. En efecto, el Templo fue destruido y profanado por las tropas romanas, y más tarde, en el siglo II d.C., el emperador Adriano mandó colocar una estatua de Júpiter sobre las ruinas del Templo.

Después (vv. 23-28), el Señor se detiene en el anuncio de nuevas calamidades: además de los dolores, surgirán falsos profetas y falsos mesías (v. 24) que harán falsos signos. Es más, se presentarán como el verdadero Cristo que tiene que venir (v. 26). Para todos los casos, el Señor sólo les da una advertencia: «No os lo creáis» (vv. 23.26). La venida del Hijo del Hombre no será oculta o particular, sólo para algunos, sino manifiesta, como un relámpago que ilumina toda la tierra (v. 27).

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Mt 24,29-31

Con las últimas palabras (24,27-28), el Señor ya ha anunciado lo que será su venida gloriosa. La señal del «Hijo del Hombre» (v. 30) será eso, su venida; el fin del mundo no será una sucesión de catástrofes, sino su venida triunfante. Ciertamente, no será un acontecimiento ordinario: ante su luz, todo el cosmos parecerá una sombra (v. 29): «No por la disminución de su luz, sino que, en comparación con la verdadera luz, todo parece tenebroso» (S. Jerónimo, Commentarii in Matthaeum 24,29); ante su verdad, las gentes reconocerán cuánto les falta para ser dignas de Él (v. 30), por eso, que «caiga la arrogancia de aquellos que, considerándose santos, no temen la presencia del juez» (ibidem). Pero, para sus elegidos, la venida del Hijo del Hombre no es algo terrible, sino un acontecimiento consolador: serán convocados ante Él desde los extremos de la tierra (v. 31). Muchos Padres y comentaristas antiguos pensaron que la «señal» del Hijo del Hombre (v. 30) es la cruz: «Por esta señal entendemos aquí la cruz para que, según Zacarías y Juan, los judíos vean a aquel a quien traspasaron, o bien el estandarte de la victoria triunfante» (ibidem 24,30).

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Mt 24,32-35

Ahora comienza la respuesta a otra pregunta: ¿cuándo será eso? El Señor indica que las cosas ocurrirán con seguridad, que sus palabras no son vanas (v. 35), que de la misma manera que la higuera anuncia el verano, cuanto ha dicho debe tenerse como exhortación a vigilar, porque, conforme dirá enseguida (24,36), el día no será revelado de antemano. Al decir «no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla» (v. 34), Jesús puede referirse a su resurrección como anticipo de su venida gloriosa, aunque también se puede entender «generación» en un sentido más amplio, como el tiempo inaugurado con la venida del Señor y que va hasta el final de los tiempos.

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Mt 24,36-51

Lo que sigue ahora es una explicación de la ignorancia del momento. Las palabras de Jesús a los discípulos son terminantes: no se revelará el día ni la hora de la Parusía. Los discípulos deben vigilar.

«Nadie sabe de ese día y de esa hora, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (v. 36). Esta célebre frase ha ocasionado desde la antigüedad cristiana muchas dudas entre los intérpretes y teólogos. Es uno de los textos que empleó Arrio —condenado en el primer concilio ecuménico, celebrado en Nicea el año 325— para negar la divinidad de Jesús. San Agustín dio una explicación que ha sido seguida comúnmente: «Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha sido enviado como Maestro, ha dicho que ni siquiera el Hijo del Hombre conocía el día del juicio, porque no entraba en las atribuciones de su magisterio el que nos lo enseñara» (Enarrationes in Psalmos 36,1). Muy semejante es la explicación que ofrece Santo Tomás de Aquino: «Ignorar el día y la hora significa que no lo dará a conocer, pues preguntado por los Apóstoles no se lo quiso revelar» (Summa theologiae 3,10,2 ad 1). San Atanasio (cfr nota a Mc 13,28-37) ofrece otra explicación en relación con la doble naturaleza de Cristo.

Jesús se abstiene de revelar el día del juicio para que nos mantengamos vigilantes. Esa enseñanza se refuerza con la parábola del siervo fiel que se enuncia a continuación (vv. 45-51), y las del capítulo siguiente. Vigilar ante el advenimiento de Cristo no es buscar de continuo señales de su venida, sino comportarse y trabajar en todo momento cristianamente. Un medio indispensable para ello es el examen de conciencia: «Tienes un tribunal a tu disposición (…). Haz sentar a tu conciencia como juez y que tu razón presente allí todas tus culpas. Examina los pecados de tu alma y exígele que rinda cuentas con exactitud: ¿por qué has hecho esto o lo otro? Y si el alma no quiere considerar sus propias culpas y, por el contrario, busca las ajenas, dile: No te juzgo por los pecados de otro. (…) Si eres constante en hacer esto todos los días, comparecerás con confianza ante el tribunal que hará temblar a todos» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 42,2-4).

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Mt 25,1-13

Todo este capítulo es una aplicación práctica de la doctrina del anterior. Jesucristo, con dos parábolas —de las vírgenes y de los talentos— y con la enseñanza conclusiva acerca del Juicio Final, insiste sobre la vigilancia.

La parábola de las vírgenes necias y prudentes es un ejemplo de la llamada a estar vigilantes. El Señor dice con claridad que es una parábola que habla del Reino de los Cielos, y es la única ocasión en que la expresa en futuro (v. 1). Se refiere, por tanto, a los cristianos que han sido llamados a la Iglesia y han respondido a esa llamada. Pero no basta con esperar, también hay que actuar: «El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera —ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide— es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 57).

En la imaginación del lector se representa una de aquellas ruidosas y largas bodas orientales (cfr Jn 2,1-11). La novia, con sus parientes y amigas, espera la llegada del novio con su comitiva para ser trasladada a su propia casa. En la alegoría se descubre enseguida que el esposo representa a Jesucristo y las vírgenes a las personas invitadas a la boda, es decir, a la alianza esponsal de Dios con su Iglesia. La enseñanza es clara: no es suficiente con que estemos en la Iglesia, esperando sin más el acontecimiento definitivo; hay que mantener viva la fe y hacer buenas obras: «Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras (…); prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que Él te introduzca en la sala del banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá» (S. Agustín, Sermones 93,17).

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Mt 25,14-30

El talento no era propiamente una moneda, sino una unidad contable que equivalía aproximadamente a unos treinta y cuatro kilos de plata (cfr nota a 18,21-35). El Señor enseña en esta parábola la necesidad de corresponder a la gracia de manera esforzada durante toda la vida. Hemos de hacer rendir los dones naturales y las gracias sobrenaturales recibidas de Dios. Lo importante no es el número, sino la generosidad para corresponder: «Me parece muy oportuno fijarnos en la conducta del que aceptó un talento: se comporta de un modo que en mi tierra se llama cuquería. Piensa, discurre con aquel cerebro de poca altura y decide: fue e hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. ¿Qué ocupación escogerá después este hombre, si ha abandonado el instrumento de trabajo? Ha decidido irresponsablemente optar por la comodidad de devolver sólo lo que le entregaron. (…) ¡Qué tristeza no sacar partido, auténtico rendimiento de todas las facultades, pocas o muchas, que Dios concede al hombre para que se dedique a servir a las almas y a la sociedad. Cuando el cristiano mata su tiempo en la tierra, se coloca en peligro de matar su Cielo: cuando por egoísmo se retrae, se esconde, se despreocupa. El que ama a Dios, no sólo entrega lo que tiene, lo que es, al servicio de Cristo: se da él mismo. (…) ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 45-47).

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Mt 25,31-46

Las tres parábolas precedentes (24,42-51; 25,1-13; 25,14-30) se siguen con el anuncio del juicio del Señor. Jesús presenta con toda su grandiosidad este Juicio Final, que hará entrar a todas las cosas en el orden de la justicia divina. La Tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del juicio particular (cfr nota a Rm 2,1-16) al que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte: «Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678).

Todas las facetas enumeradas en los vv. 35-46 —dar de comer, dar de beber, vestir, visitar— resultan ser obras de amor cristiano cuando al hacerlas a estos «pequeños» (v. 40) se ve en ellos al mismo Cristo. Es significativo el pasaje si lo comparamos con otro anterior donde el Señor prometió que cualquiera que diera de beber sólo un vaso de agua fresca a uno de «estos pequeños por ser discípulo» (10,42), no quedaría sin recompensa. Pero ahora no se menciona el discípulo; al servir a cualquier hombre se sirve a Cristo. De aquí la importancia de practicar las obras de misericordia —corporales y espirituales— recomendadas por la Iglesia y también la entidad que tiene el pecado de omisión: no hacer lo que se debe supone dejar a Cristo mismo despojado de tales servicios. Las dimensiones del amor de Dios se miden por las obras de servicio a los demás: «Acá solas estas dos que nos pide el Señor; amor de Su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección, hacemos su voluntad (…) La más cierta señal que —a mi parecer— hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), mas el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos a el prójimo, hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 5,3,7-8).

«Suplicio eterno» (v. 46). La existencia de un castigo eterno para los condenados y de un premio eterno para los elegidos es un dogma de fe definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el año 1215: «Jesucristo (…) ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras —buenas o malas—: aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (Conc. de Letrán IV, De fide catholica, cap. 1).

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