COMENTARIOS:
ZACARÍAS
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Za 1,1-8,23
Estos capítulos constituyen la primera parte del libro y recogen la predicación del profeta. Comienza por una llamada a la conversión (1,1-6), expone luego ocho visiones en las que Dios le desvela al profeta sus designios (1,7-6,15), y concluye con una aclaración sobre el ayuno (7,1-14; 8,18-19) y vaticinios de salvación para Israel y todas las naciones (8,1-17.20-23). El centro de atención es la reconstrucción del Templo de Jerusalén y la organización de la comunidad bajo Zorobabel y Josué. El profeta da una palabra de ánimo y esperanza anunciando los bienes que Dios va a otorgar a Israel y a las naciones cuando venga a morar en su Templo. Al mismo tiempo exige al pueblo elegido una conducta justa y misericordiosa.
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Za 1,1-6
Se trata de un oráculo para el pueblo, presentado como locución divina dirigida al profeta. Responde a la forma de hablar empleada en los libros proféticos anteriores (cfr Is 1; Jr 1; Ez 1-3), y en él Dios insta a la conversión (v. 3) recordando lo que sucedió a los antepasados: no escucharon a los profetas y sufrieron el castigo del destierro (vv. 4-5); sólo entonces se volvieron al Señor (v. 6).
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Za 1,1-2
La indicación de tiempo corresponde al mes de noviembre del año 520 a.C., y sitúa la predicación de Zacarías dos meses después de la de Ageo (cfr Ag 1,1).
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Za 1,3
Dios está siempre dispuesto a perdonar. Comenta San Agustín: «A Dios no se le aleja ni se le trae; ni se inmuta cuando corrige ni hay mudanza en Él cuando reprende. Si está lejos de ti, es porque te alejaste tú de Él. Fuiste tú quien de Él se cayó, no fue Él quien se te ocultó. Ahora, pues, oye qué te dice: Volveos a Mí, que Yo me volveré a vosotros. En otras palabras: “Este volverme Yo a vosotros no es sino volveros vosotros a Mí”. Dios, en efecto, persigue a los que le vuelven la espalda e ilumina el rostro de los que le vuelven la cara. ¡Oh fugitivo!, ¿dónde huirás de Dios? (…) Él es tu juez; vuelve a Él y le hallarás padre» (Sermones 142,4).
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Za 1,5-6
Aunque los profetas ya hubieran muerto, la palabra que Dios pronunciara por medio de ellos sigue teniendo vigencia en todo tiempo. Por eso los antepasados pudieron reconocer más tarde que Dios había sido justo al castigarlos con el destierro, pues la palabra de los profetas era para ellos.
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Za 1,7-6,15
El autor sagrado pasa ahora a exponer la profecía de Zacarías, presentándola de nuevo como locución de parte del Señor (cfr v. 1), e inmediatamente introduce las palabras del profeta que habla en primera persona. Pero éste no proclama directamente lo que Dios le ha dicho, sino que cuenta ocho visiones acompañadas de las respectivas interpretaciones que le da el ángel del Señor. En ellas Zacarías contempla lo que ha sucedido, lo que sucede y lo que va suceder en la tierra respecto a los enemigos de Israel, respecto a Jerusalén, y respecto al príncipe del pueblo, Zorobabel, y al sacerdote Josué. Estas visiones las tuvo el profeta a mediados de febrero del año 519 y, según se expresa, todas en la misma noche. Es el tiempo en que, tras la vuelta del destierro el año 537, los judíos están reconstruyendo el Templo y organizando su vida religiosa y social bajo el gobierno de Zorobabel, príncipe de la dinastía davídica, y bajo la guía de Josué, sumo sacerdote descendiente de Sadoc.
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Za 1,7-17
La visión se refiere a la terminación del Santuario y al bienestar y prosperidad de los judíos en Jerusalén y en las ciudades de Judá. Esos objetivos no se habían conseguido aún porque, según ve las cosas el profeta, Dios había favorecido a las naciones vecinas de Judá en vez de favorecer a su pueblo. Pero llega el momento en que esto va a cambiar. Dios se va a irritar contra aquellas naciones que se sentían seguras e incluso iban contra los judíos (vv. 14-15), y va a volverse hacia éstos con piedad, concediéndoles lo que deseaban (vv. 16-17).
Ahora bien, ¿cuándo va a suceder eso y cómo conoce el profeta tal promesa divina? La respuesta es: «Ya», porque en la visión el profeta contempla cómo llega a Dios el conocimiento de aquella situación desgraciada de su pueblo y ha decidido que el Templo y Jerusalén sean reconstruidos. El profeta recibe esa revelación a través de un ángel que forma parte de la visión: el hombre que monta un caballo alazán. El significado simbólico de los arrayanes en la hondonada no es claro. La hondonada puede significar el abismo o mundo tenebroso y caótico identificado aquí con el mundo de las naciones que han avasallado a Israel; los arrayanes, arbustos siempre verdes, podrían ser signo de la esperanza que se mantiene para los judíos aun en medio de aquel mundo. Los caballos de colores, o más bien los jinetes que supuestamente los montan, simbolizan a otros tantos ángeles. Éstos son los que informan de la situación al ángel del Señor (v. 11), el mismo que antes es designado como el hombre montando el caballo alazán (v. 8), y éste intercede ante Dios por Jerusalén y Judá (v. 12).
En ese gran ángel confluyen las funciones de revelar los designios divinos y de interceder ante Dios en favor de Israel. Unos siglos más tarde, en el libro de Daniel, esas funciones serán percibidas como propias de dos ángeles distintos: Gabriel, encargado de comunicar las revelaciones divinas (cfr Dn 9,21) y Miguel, encargado de auxiliar al pueblo de Dios (cfr Dn 12,1). Y con esas mismas funciones serán contemplados estos dos ángeles en el Nuevo Testamento: Gabriel anuncia los designios divinos a Zacarías y a María (cfr Lc 1,19.26); Miguel lucha en el cielo contra el Diablo en defensa del hombre (Ap 12,7). La imagen de los caballos como emisarios divinos sobre la tierra será retomada en Ap 6,2-8; 19,11.
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Za 1,14
Los «celos» están motivados por el amor que Dios siente por su pueblo. Se trata de una forma de hablar atribuyendo a Dios sentimientos humanos para expresar que el amor de Dios a su pueblo es más grande que el pecado de éste.
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Za 2,1-4
Para que el pueblo de Dios llegue a tener prosperidad en la tierra a la vuelta del destierro es necesario que se vea libre de la amenaza de las naciones enemigas. Esa liberación se anuncia en la visión segunda. El número cuatro puede ser símbolo de los cuatro puntos cardinales, es decir, de todas las naciones, o puede aludir a Egipto, Asiria, Babilonia y Persia. Los cuernos simbolizan el poder y la fuerza (cfr Sal 18,3; Ap 17,12). Los artesanos representan a los defensores del pueblo: quizá potencias angélicas, o a los persas que permitieron a los judíos regresar de Babilonia. En cualquier caso, y aun manteniendo la duda en la interpretación de los símbolos, queda claro que en su visión el profeta comprende y anuncia que Dios libera a su pueblo.
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Za 2,5-17
Lo que ahora ve y oye el profeta concierne a la ciudad de Jerusalén. Ésta va a ser remodelada como ciudad abierta y sin murallas; será defendida por Dios mismo y de esa forma podrá acoger a muchos habitantes. El hombre con la cuerda de medir es un ángel igual que el que habla a Zacarías y el otro que le comunica el mensaje. La imagen de medir la ciudad a fin de que sea reconstruida viene tomada de Ez 40-42; Jr 31,38-40, y continúa utilizándose en Ap 11,1.
A la visión sigue un oráculo (vv. 10-15) en el que habla el Señor por medio del ángel. En él invita a los judíos a abandonar Babilonia y volver a la tierra. Recoge una llamada que se encuentra también en los profetas Isaías y Jeremías (cfr Is 48,20; Jr 50,8; 51,6). Quizás algunos se resistían a hacerlo. Dios promete que allí tendrán seguridad frente a las naciones porque son su pueblo amado —como la niña de sus ojos (v. 12)— y su ángel les defenderá. Además, Él pondrá allí su morada y muchas naciones pasarán a ser su pueblo (v. 14-15).
Presencia del Señor, seguridad frente a los enemigos y medio para que las naciones lleguen a ser pueblo de Dios, tales son las notas que van a caracterizar a Judá y Jerusalén a la vuelta del destierro. En este sentido está prefigurada la Iglesia. San Jerónimo, comentando el v. 8, señala: «Todas estas cosas, según el sentido espiritual, se interpretan en la Iglesia, que es habitada sin muro, o como traduce la Septuaginta, katákarpos, es decir, con abundancia de todos los frutos, y tiene multitud de hombres y de jumentos (…). Los hombres y los jumentos se interpretan como dos pueblos, el de los judíos y el de los gentiles, porque los que viviendo conforme a la Ley llegaron a la fe de Cristo son llamados hombres; en cambio, nosotros, que siguiendo la idolatría estuvimos como en el desierto respecto de la Ley y en la soledad respecto a los profetas y recibimos su pasión, debemos ser llamados jumentos (…). Pero estos animales oyen la voz del buen pastor, y le conocen y le siguen» (Commentarii in Zachariam 2,4).
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Za 2,14
Esta invitación a la alegría, similar a la que hacía el profeta Sofonías (cfr So 3,14) y a la que se reiterará más adelante (9,9), es repetida en el saludo del ángel Gabriel cuando anuncia a la Virgen que va a concebir en su seno al Mesías (cfr Lc 1,28). Entonces se cumplen plenamente estas palabras pues ella es «la madre de Aquél en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 722). Juan Pablo II ve prefigurada a la Virgen María, Madre del Redentor, en el título de «Hija de Sión» de este versículo: «Su presencia en medio de Israel —tan discreta que pasó casi inobservada a los ojos de sus contemporáneos— resplandecía claramente ante el Eterno, el cual había asociado a esta escondida “hija de Sión” al plan salvífico que abarca a toda la historia de la humanidad» (Redemptoris Mater, n. 3).
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Za 2,17
Como se interpreta en el Catecismo de la Iglesia Católica esta frase significa «un silencio de adoración amorosa» (n. 2143). Es la actitud que habrán de tener todos los hombres ante lo que Dios va a llevar a cabo en Judá y en Jerusalén; para el cristiano, ante la encarnación, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y lo que Dios hace con su Iglesia.
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Za 3,1-9
El Israel que ha vuelto del destierro y comienza una nueva andadura en Judá y Jerusalén ha de contar con un sacerdocio purificado y renovado. El profeta ve esa purificación realizada en el sacerdote Josué que volvió con los desterrados (cfr Esd 2,2; Ne 7,7). La ve en forma de un juicio en el que el Señor pasa por alto los pecados anteriores del pueblo, representados en las vestiduras sucias del sacerdote, y ordena revestir a Josué de santidad —vestidos de fiesta— y constituirle sumo sacerdote —diadema limpia—. Satán no es aquí el demonio, sino el ángel acusador y enemigo de los hombres, lo mismo que en Jb 1,6. En otros lugares se esclarecerá que también es enemigo de Dios (cfr 1 R 22,22; Sb 2,24). La Neovulgata, siguiendo la versión siriaca, traduce en el v. 2: «El ángel del Señor dijo a Satán».
El sacerdote, renovado en santidad, debe distinguirse por cumplir la Ley del Señor, para, de esa forma, tener autoridad sobre el Templo y participar de la gloria de los ángeles (v. 7). El Señor anuncia también que la santidad de los sacerdotes presagia el advenimiento del Mesías, llamado aquí «Brote» (v. 8) como en Is 4,2; Jr 23,5; 33,15. Esa santidad de los sacerdotes y del pueblo es como la garantía de la proximidad de la era mesiánica que se espera a través de Zorobabel, descendiente de David. A ese descendiente se refiere el término «brote» (cfr Jr 23,5), y probablemente también la «piedra» (v. 9) con siete ojos, símbolo de la plenitud de sabiduría e inteligencia (cfr Sal 118,22-23; Is 8,13-15; 28,16; Dn 2,34), aunque esa piedra podría también indicar el Templo. En cualquier caso, se promete una era de paz y felicidad simbolizada en estar juntos bajo la parra y la higuera (v. 10). El término «brote», sin embargo, es traducido por los Setenta como «oriente», y así aparece en la Vulgata: oriens. En el canto del Benedictus (cfr Lc 1,78) se dará ese título a Jesucristo, pues Él es el Mesías descendiente de David y anunciado por los profetas: «Él era el Oriente, es decir, el Sol de justicia. Surgió y nos iluminó a nosotros que vivíamos como en la oscuridad, y no sólo esto sino que a nosotros, que estábamos, como de noche y en el sueño, entorpecidos por placeres mundanos y teníamos los ojos de la mente oscurecidos, nos despertó a la templanza y nos volvió resplandecientes con su gracia» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarius in Zacchariam 3,8-9).
El sacerdote Josué (cuyo nombre en hebreo es también Jesús) cubierto de sucias vestiduras ha sido interpretado por los Padres en sentido alegórico como representando a Jesucristo revestido de nuestra carne manchada: «Tenía vestiduras manchadas, pues llevaba mis pecados; tomó nuestras vestiduras, para revestirnos del esplendor de la inmortalidad» (S. Ambrosio, Expositio psalmi CXVIII 5,4).
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Za 4,1-14
En esta visión el profeta contempla la estructura social y religiosa del pueblo tal como Dios la quiere a la vuelta del destierro. El candelabro de oro significa la comunidad; las siete lámparas, la gloria de Dios sobre ella; y los dos olivos, el poder social y religioso representados, respectivamente, en Zorobabel y Josué. Zorobabel llevará a cabo la tarea de terminar la reconstrucción del Templo bajo el auxilio del Espíritu de Dios, y venciendo todas las resistencias simbolizadas en el «monte excelso» (v. 7). Así va a llegar una época extraordinaria de paz y alegría a pesar de la modestia de los comienzos, es decir, de los pocos medios con que contaban para la reconstrucción del Santuario. Tanto el sacerdote Josué como el gobernador Zorobabel estarán al servicio de la comunidad y de la gloria del Señor (v. 11). Ambos son llamados «hijos del aceite» (v. 14), que viene a significar «ungidos». De aquella situación, interpretada de esta forma por el profeta, va a surgir la esperanza en la llegada de un Mesías sacerdotal y de otro davídico, tal como aparecerá más tarde en algunos escritos judíos que no pasaron a formar parte de la Biblia (cfr nota a 6,9-15). Los Apóstoles de Jesús, en cambio, entendieron que Él era el Mesías davídico y el Mesías sacerdotal, si bien por la línea de Melquisedec (cfr Hb 5,5-10; 7,1-3). «En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes (cfr 1 S 9,16; 10,1; 16,1.12-13; 1 R 1,39), de los sacerdotes (cfr Ex 29,7; Lv 8,12) y, excepcionalmente, de los profetas (cfr 1 R 19,16). Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (cfr Sal 2,2; Hch 4,26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (cfr Is 11,2) a la vez como rey y sacerdote (cfr Za 4,14; 6,13) pero también como profeta (cfr Is 61,1; Lc 4,16-21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 436).
Los santos padres interpretaron de formas diversas el simbolismo de los elementos de los que habla el pasaje. Así, sobre el candelabro de oro, dice Dídimo el Ciego que «el ser todo de oro muestra que el candelabro entero con todas sus luces es espiritual e inmaterial» y que «sobre el candelabro todo de oro hay una lámpara: la luminosa doctrina de la Trinidad». Y dice también que «en otro sentido el candelabro representa el alma y la carne que el Salvador ha asumido en su venida. ¿Cómo podría no ser del todo de oro aquel candelabro que no ha cometido ni conocido pecado, sobre el que hay siete lamparas, el espíritu de sabiduría y de inteligencia, el espíritu del consejo divino y de poder, de conocimiento, de piedad, de temor de Dios?». En cuanto a los dos olivos escribe el mismo autor: «Considera atentamente si acaso el estudio de las cosas espirituales y de los carismas del Espíritu Santo no sea el aceite que se recoge del olivo de la derecha, mientras el estudio del cosmos, de su estructura y de la organización providencial por parte de Dios no sea el aceite sacado del olivo de la izquierda… Pero según otra interpretación se piensa que el olivo puesto a la derecha de la lámpara sea la contemplación del Hijo de Dios, mientras el olivo de la izquierda alimenta la doctrina de la encarnación. En efecto, también éste ilumina, pero no como la contemplación que precede y que está a la derecha» (Commentarii in Zacchariam 277-284). San Cirilo de Alejandría en cambio interpreta que «el candelabro representa también a la Iglesia, tan honrada por el mundo, brillantísima por la virtud, tan sublime por los mandamientos del verdadero conocimiento de Dios. Sobre ella está la antorcha, esto es, Cristo, del que dice Dios Padre: Por amor de Sión no callaré… hasta que surja como luz su justicia y mi salvación sea encendida como una antorcha (Is 62,1). (…) Los dos olivos, puestos uno a la derecha y otro a la izquierda de la antorcha simbolizan los dos pueblos dispuestos como en círculo alrededor de Cristo. Unos eran producto del olivo cultivado, es decir, de la sinagoga judía; otros brotaron del olivo silvestre, es decir, de la multitud de los paganos. Injertados en el olivo cultivado se hicieron partícipes de la savia de la raíz, como dice el bienaventurado Pablo (cfr Rm 11,17)» (Commentarius in Zacchariam 4,1-3).
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Za 5,1-4
Al profeta se le da a conocer un nuevo rasgo de aquel pueblo que se está asentando en la tierra: en él no habrá pecadores, pues quienes cometan pecado serán destruidos. Dios quiere un pueblo santo. Éste es el significado de la visión. El libro (literalmente, «rollo»), de proporciones desmesuradas pues sus medidas son las mismas que las del pórtico del Templo de Salomón (cfr 1 R 6,3), contiene las maldiciones que recaerán sobre los pecadores. Éstos son tipificados en el ladrón y en el que jura en falso por el nombre del Señor —tercer y octavo mandamiento de la Ley—, es decir, abarcan al que perjudica al prójimo y al que falta al respeto al nombre de Dios. Teodoreto de Ciro ve que en estos dos pecados también se resumen todos, ya que van contra el precepto del amor a Dios y al prójimo: «La transgresión del juramento es la principal impiedad: el que lo hace está privado del amor de Dios; y el robo muestra la maldad contra el prójimo: nadie que ama al prójimo se dispone a hacerle el mal» (Interpretatio in xii prophetas minores 5,4).
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Za 5,5-11
En la visión anterior se profetizaba que en la nueva situación el ladrón y el perjuro iban a ser destruidos; ahora se da a conocer al profeta que la maldad en cuanto tal, la iniquidad, va a ser alejada de la nueva comunidad de la tierra de Judá. El efah es una medida: un recipiente de unos veinte litros empleado para medir productos sólidos. Aquí se trataría de un efah agrandado, como el libro de la visión anterior, de forma que en él cupiese una mujer. Las dos mujeres con alas representan a ángeles, y el viento a la fuerza del Señor. Sinar es Babilonia, donde la Iniquidad iba a ser considerada una divinidad. Judá y Jerusalén, que son liberadas de la iniquidad, prefiguran a la Iglesia que espera que el misterio de la iniquidad sea quitado de en medio (cfr 2 Ts 2,6-8) para aparecer toda santa y radiante de la gloria del Señor (cfr Ap 21-22).
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Za 6,1-8
Esta octava y última visión se corresponde con la primera (cfr 1,7-17), formando entre ambas un marco de inclusión literaria para todas las visiones. El parecido entre ambas está en los colores, si bien la función de los emisarios divinos —en la primera visión, jinetes, en la última, carros— es distinta: ahora vencen a las naciones opresoras de Israel. Los dos montes de los que salen los carros parecen ser el monte de los Olivos y el monte Sión, aunque también pudieran significar los montes que en la mitología babilónica constituyen la entrada a la morada de los dioses. En cualquier caso aquí indican que los emisarios son enviados por Dios. El norte representa a aquellas naciones tradicionalmente invasoras de Israel, ahora en concreto Babilonia; el sur representa a Egipto. El ángel comunica a Zacarías que el juicio sobre Babilonia ha hecho cesar la ira de Dios, refiriéndose sin duda a su caída bajo Ciro el Persa. Se trata de una forma de invitar a los judíos que todavía permanecieran en aquella región a volver a Jerusalén y colaborar en la reconstrucción de la ciudad y del Templo (cfr 6,15).
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Za 6,9-15
Tras las visiones y como su culminación se introduce ahora una acción profética —la coronación de Josué— y un oráculo, al estilo de los antiguos profetas. Su contenido conecta con el de las visiones tercera y cuarta a propósito del sacerdote Josué y del «brote» o mesías davídico. El profeta ha de hacer una corona con la aportación de familias significadas —desconocidas por lo demás para nosotros— que habían retornado del destierro, y dejar la corona en el Templo como memorial de la coronación del sacerdote (v. 14) y estímulo para la vuelta de los judíos que todavía permanecían en el destierro (v. 15).
Hay cosas en este pasaje que contrastan con lo dicho en las visiones: allí el «brote» era Zorobabel, descendiente de David, y a él se le asignaba la terminación del Templo (cfr 3,8; 4,7-10); aquí sin embargo se llama «brote» a Josué y a él se la atribuye la terminación del Santuario. Para explicar esta anomalía se ha pensado que el texto original de Zacarías habría sido corregido y donde ahora pone «Josué» (v. 11) pondría antes Zorobabel. Es posible que haya sido así, o que el texto originariamente se refiriese a Josué y a Zorobabel y hablase de coronas en plural, como leemos en el v. 14 que en hebreo trae «coronas» en vez de «corona». Pero también es posible que el mismo profeta hubiera visto más tarde las cosas de otra forma y que al escribir este oráculo por inspiración divina sólo pensase ya en el sacerdote Josué como el ungido del Señor que realiza al mismo tiempo funciones civiles en el gobierno del pueblo. No conocemos las circunstancias que motivaron la desaparición de Zorobabel reflejada en el texto actual de este pasaje; lo que sí aparece en cambio es que aquí la figura del sacerdote es presentada como punto de referencia de las expectativas mesiánicas.
«A su derecha» (v. 13), según la versión de los Setenta y la Neovulgata. El texto hebreo, en cambio, dice «en su trono». La primera lectura parece ser una corrección posterior debida posiblemente a que, en la mentalidad judía de la época posterior a Zacarías, no encajaba que un mismo ungido fuese rey y sacerdote, a pesar de que esa unión se había dado en la antigüedad (cfr Sal 110). Sabemos, por ejemplo, que en Qumrán esperaban dos ungidos (mesías): uno con funciones de rey, descendiente de David; otro con funciones sacerdotales, descendiente de Aarón. Sólo en el Nuevo Testamento se aplicará explícitamente a Jesús el título de Cristo (Ungido) en cuanto Hijo de David (cfr Mt 1,1; 9,27; 15,22; Mc 10,47; etc.), y en cuanto Sacerdote eterno (cfr Hb 7,17.21; etc.). San Cirilo de Alejandría comenta: «Él es a la vez rey y sumo sacerdote; por eso está profetizado a través de dos personas el único Enmanuel» (Commentarius in Zacchariam 6,9-15).
▲ COMENTARIO
Za 7,1-8,23
Introducidas por una nueva indicación cronológica (que corresponde a diciembre del año 518 a.C.), se recogen ahora diversas enseñanzas del profeta Zacarías: dos oráculos sobre el ayuno (7,2-14; 8,18-19) y diez vaticinios breves acerca de la era mesiánica, presentados todos menos uno con la frase: «Esto dice el Señor de los ejércitos» (8,1-17.20-23). El medio por el que el profeta recibe la revelación de Dios ya no es por visiones sino por locuciones, al estilo de los antiguos profetas. Zacarías recibe la palabra de Dios y la orden de hablar a todo el pueblo (cfr 7,4-5). La situación es la misma que aquella en la que se le han dado al profeta las visiones: el pueblo que ya ha vuelto del destierro y ha emprendido la tarea de reconstruir el Templo. Pero ahora se plantea una cuestión nueva: cómo ha de ser la práctica del ayuno y qué es lo que el Señor ha hecho y va a hacer con su pueblo. La enseñanza del profeta en estos dos capítulos completa el mensaje de las visiones.
▲ COMENTARIO
Za 7,1-3
El autor sagrado deja constancia de la ocasión que motivó las profecías que siguen. Fue una delegación enviada desde Babilonia para preguntar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén y a los profetas, entre ellos a Zacarías, si debían seguir practicando el ayuno que recordaba la destrucción de Jerusalén y del Templo el quinto mes del año 587 (cfr 2 R 25,8-10; Jr 52,12-14), puesto que ya se había comenzado la reconstrucción. Betel es aquí el nombre propio de una persona y no el del antiguo santuario del norte. «Aplacar el rostro del Señor» significa volverle favorable haciendo lo que a Él le agrada. La respuesta concreta del profeta a la pregunta que se plantea se recoge al final de la sección (cfr 8,18-19).
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Za 7,4-14
Antes de responder a los emisarios de Babilonia, Zacarías habla en nombre de Dios al pueblo que ha vuelto del destierro y a los sacerdotes del Templo. Quiere hacerles entender que cuando Dios los dispersó actuó justamente porque no habían cumplido lo que Él les pedía en el comportamiento con el prójimo. De esta forma el profeta les prepara para que entiendan lo que va a decirles a continuación en el capítulo siguiente: que Dios les hizo volver y les ayuda a reconstruir Jerusalén y el Templo por pura gracia y por su gran misericordia (cfr 8,1-17). Ahora comienza advirtiéndoles que los ayunos que practicaban en el destierro —durante setenta años en números redondos, cfr Jr 25,11-12; 29,10— para lamentar la destrucción del Templo y de la ciudad (el ayuno del quinto mes), y para llorar el asesinato de Godolías (el del séptimo mes, cfr 2 R 25,22-26; Jr 41,1-3), no eran sinceros pues se buscaban a sí mismos, no a Dios (vv. 5-6). Deberían haber recordado qué era lo que Dios pedía por medio de los profetas en los tiempos anteriores al destierro, cuando se vivía en paz en toda la tierra prometida (v. 7). A continuación resume, también de parte de Dios (v. 8), lo que el mismo Dios había prescrito en la Ley con respecto a los necesitados (vv. 9-10; cfr Ex 22,20-21), y recuerda que el pueblo no lo escuchó ni lo cumplió (vv. 11-12), por lo que vino la desgracia del destierro (vv. 13-14).
▲ COMENTARIO
Za 7,12
Las palabras de los profetas tienen autoridad porque hablan movidos por el Espíritu de Dios (cfr Ne 9,30; 2 P 1,21). Así lo enseñaba San Justino: «Cuando oís que los profetas hablan como en persona propia, no habéis de pensar que eso lo dicen los hombres inspirados, sino el Verbo divino que los mueve» (Apologia 1,36,1-3).
▲ COMENTARIO
Za 7,13
Con gran expresividad pone en evidencia que Dios actuó justamente: hizo con su pueblo lo mismo que el pueblo con Él.
▲ COMENTARIO
Za 8,1-23
Los cinco primeros vaticinios, construidos en estilo poético (8,1-8), se refieren al amor de Dios a su pueblo (v. 2) y al cumplimiento de sus promesas de morar en Jerusalén (v. 3; cfr Is 1,26) y hacer de ella una ciudad donde vivir en paz (vv. 4-5), a pesar de que les pareciera imposible a los que vuelven del destierro (v. 6), que —según estos vaticinios— no sólo van a ser los que fueron llevados a Babilonia, sino todos los judíos formando un solo pueblo de Dios (vv. 7-8). Los cinco vaticinios restantes (8,9-23) se refieren primero a la reconstrucción del Templo (vv. 9-13) porque el Señor se ha vuelto favorable (vv. 14-15), a la conducta que han de seguir —y en concreto al ayuno (vv. 16-19)— y al establecimiento de la era definitiva, en la que Jerusalén y los judíos serán instrumentos de salvación para los gentiles (vv. 20-23).
▲ COMENTARIO
Za 8,8
Se repite la fórmula de Alianza que empleaban con frecuencia los antiguos profetas: «Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios» (cfr Jr 30,22; Os 2,25; etc.). Zacarías la actualiza aquí refiriéndola a los judíos congregados en Jerusalén tras haber sido repatriados desde todas las naciones por las que habían sido dispersados.
▲ COMENTARIO
Za 8,9-13
La reconstrucción del Templo va a cambiar la situación del pueblo en la tierra y en su relación con los otros pueblos, porque desde el Santuario Dios dará prosperidad, paz entre los judíos, fecundidad de la tierra y estima por parte de las naciones. Pero para que eso se realice es necesario el esfuerzo y la colaboración de todos en la tarea, secundando lo que piden el profeta Ageo y el mismo Zacarías.
▲ COMENTARIO
Za 8,14-17
El Señor establece por medio del profeta los términos de un nuevo pacto con los retornados del destierro señalando lo que va a hacer Él (vv. 14-15) y lo que ha de hacer el pueblo (vv. 16-17). La conducta que ha de seguir el pueblo se resume en la veracidad, justicia y lealtad entre ellos. La exhortación del v. 16 es actualizada en Ef 4,25 para significar la actitud del cristiano respecto a su prójimo.
▲ COMENTARIO
Za 8,19
El cambio de situación va a traer consigo un cambio en las celebraciones que se hacían con relación a los acontecimientos del destierro. Ahora van a ser días de alegría. A los ayunos mencionados antes se añaden el del mes cuarto, en recuerdo de la brecha abierta en la muralla por Nabucodonosor (cfr 2 R 25,3-4; Jr 39,2), y el del mes décimo, en recuerdo del inicio del sitio de la ciudad (2 R 25,1; Jr 39,1).
▲ COMENTARIO
Za 8,20-22
La nueva situación anunciada por el profeta se distinguirá porque entre las naciones se producirá un movimiento de búsqueda del Dios de Israel, del único y verdadero Dios. Todos encontrarán el favor divino en Jerusalén. Se cumplirá así la promesa hecha por Dios a Abrahán de que en él serían bendecidas todas las naciones de la tierra (cfr Gn 12,3). Aquella situación prevista por el profeta para Jerusalén era figura de lo que iba a suceder en la Iglesia tras la venida de nuestro Señor Jesucristo.
▲ COMENTARIO
Za 8,23
El profeta expresa de esa forma tan gráfica el poder de mediación ante Dios que tendrán los judíos para que todos los hombres encuentren su favor. El número diez es símbolo de totalidad, y el nombre de «judío» significa aquí el habitante de Judea tras la vuelta del destierro (cfr Jr 32,12). «Diciendo que serán de toda lengua aquellos que se agarrarán al manto, ha puesto además de relieve claramente que aquel día la llamada a la bienaventuranza no estará reservada sólo a los israelitas, sino a todas las gentes dispersas por todo el mundo» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarius in Zacchariam 8,23).
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Za 9,1-14,21
Los vaticinios del profeta sobre una nueva situación en Jerusalén y Judá expuestos en los caps. 7-8 dan paso a dos extensos oráculos en los que se describe cómo se va a implantar aquella era definitiva mediante el Mesías (caps. 9-11), y cómo se va a realizar el reinado de Dios (caps. 12-14). En torno a estos dos temas se han reunido piezas proféticas que parecen más bien anónimas, pues en ellas no aparece mencionado Zacarías ni se indican datos cronológicos. Los dos oráculos comienzan con la misma expresión: «Oráculo. Palabra del Señor…» (9,1; 12,1), que aparece igualmente al comienzo del libro de Malaquías (Ml 1,1). Puesto que tal construcción sólo se encuentra estas tres veces en el Antiguo Testamento, se piensa que con ella se presentaban tres piezas proféticas de las que dos habrían sido unidas a Zacarías, y la otra puesta bajo el nombre de Malaquías.
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Za 9,1-11,17
Este primer oráculo incluye dos proclamas proféticas: una sobre el advenimiento del rey mesías (9,1-10,12); otra sobre el rechazo del pastor bueno que intenta conducir al pueblo por caminos de fidelidad y de unidad (11,1-17). En la primera se hace al comienzo una descripción profética de la marcha triunfante del Señor que llega a Jerusalén desde las naciones del norte (9,1-8), después se invita a la ciudad a la alegría ante la llegada de su rey (9,9-10), y finalmente se proclama la restauración de Israel (9,11-17).
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Za 9,1-8
Comenzando por Siria (vv. 1-2a), pasando por Fenicia (v. 2b-4) y por las ciudades de los filisteos (vv. 5-7), el Señor llega a la tierra santa donde pone su morada y protege a su pueblo de cualquier invasor (v. 8). Esos países del norte, representados en las ciudades que se mencionan, van a pertenecer al Señor. En el caso de los filisteos incluso pasarán a formar parte del pueblo santo tras haber sido purificados de sus abominaciones, consistentes, según se deduce de lo que aquí se dice, en comer la carne con su sangre (v. 7), delito grave para los judíos (cfr Lv 19,26; Dt 12,16).
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Za 9,9-10
El profeta habla ahora directamente a Jerusalén («hija de Sión») y a sus habitantes («hija de Jerusalén») como representantes de todo el pueblo elegido. La invitación a regocijarse y cantar de júbilo es frecuente en el Antiguo Testamento para celebrar la llegada de los tiempos mesiánicos (cfr Is 12,6; 54,1; So 3,14); aquí porque llega a Jerusalén su rey. Aunque no se dice expresamente, se entiende que es el descendiente de David, haciéndose eco de 2 S 7,12-16; Is 7,14. Este rey se distingue por lo que es y por lo que hace. El término «justo» (sadiq) indica que cumple perfectamente la voluntad de Dios, y el término «victorioso» que goza de la protección y salvación divinas. Los Setenta y la Vulgata entendieron sin embargo que él era el salvador. Es además «humilde», es decir, que no se exalta a sí mismo ni ante Dios ni ante los hombres. Su carácter pacífico se manifiesta en que no monta a caballo con manifestación de poder, como los reyes de tiempos del autor sagrado, sino en un borrico, como los antiguos príncipes (cfr Gn 49,11; Jc 5,10; 10,4; 12,14). Hará desaparecer las armas de guerra en Samaría y Judea (cfr Is 2,4.7; Mi 5,9), que serán un solo pueblo; además establecerá la paz en las naciones (v. 10). Los rasgos de este rey son semejantes a los del «siervo del Señor» del que hablaba Isaías (cfr Is 53,11) y a los del pueblo humilde aceptado por Dios (cfr So 2,3; 3,12). Nuestro Señor Jesucristo cumplió esta profecía cuando entró en Jerusalén antes de la Pascua y fue aclamado por la multitud como el Mesías, el Hijo de David (cfr Mt 21,1-5; Jn 12,14). «El “Rey de la Gloria” (Sal 24,7-10) entra en su ciudad “montado en un asno” (Za 9,9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cfr Jn 18,37)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 559). En sentido alegórico, Clemente de Alejandría entiende la referencia al joven pollino del v. 9 como una alusión a los hombres no sujetos al mal: «No era suficiente decir sólo “pollino”, sino que ha añadido “joven”, para destacar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud en la sencillez. Nuestro divino domador nos cría como a jóvenes potros que somos nosotros, los pequeños» (Paedagogus 1,15,1).
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Za 9,11-17
Esta proclamación profética se dirige también a Jerusalén y a Judá considerados ahora como pueblo de la Alianza. La «sangre» del v. 11 recuerda el sacrificio que selló el pacto del Sinaí (cfr Ex 24,8). Primero habla el Señor (vv. 11-13); después el profeta (vv. 14-17). Pero sus voces se funden en las mismas promesas: liberación y retorno de los desterrados (vv. 11-12), victoria del pueblo unido (Samaría y Judá) sobre los invasores y la concesión por parte del Señor de salvación y prosperidad. San Agustín, que veía en el v. 11 un anuncio de la remisión de los pecados que Cristo habría de obrar, interpreta el «aljibe sin agua» como «la profundidad seca y estéril de la miseria humana, en la que no corren los ríos de la justicia, sino el fango de la iniquidad» (De civitate Dei 18,35). Yaván designa las gentes del Mediterráneo oriental, entre ellas a los griegos. Su mención en este pasaje hace suponer que esta segunda parte del libro de Zacarías fue compuesta tras la expansión griega de Alejandro Magno.
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Za 10,1-2
Estos versículos parecen un inciso con la recomendación de acudir sólo al Señor y no a los adivinos para pedir lluvia. Y se da el motivo: el Señor es el dueño de las nubes y providente con todos; los que emplean artes adivinatorias hablan falsedades para engañar al pueblo (cfr Jr 27,9; Mi 3,7). Sobre los terafim (ídolos), ver nota a Jc 17,5.
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Za 10,3-12
De nuevo habla el Señor entremezclando su voz con la del profeta. Ahora para prometer que Él estará con Judá y Samaría (ésta viene designada como José o Efraím) haciéndoles fuertes. Judá tendrá preeminencia (vv. 3-6), y a ella se unirán los del reino del Norte que habían sido deportados por los asirios (cfr 2 R 17,5-6; 18,9-12). Esa vuelta y esa reunificación se describen como un nuevo éxodo de Egipto. Aplicada esta profecía a la nueva situación de la vuelta del destierro de Babilonia, está indicando que la nueva comunidad englobará a todo el pueblo de Israel, borradas las diferencias entre el reino de Judá y el del Norte que existían en los tiempos de la monarquía.
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Za 11,1-17
El tono de lamentación de este capítulo está en fuerte contraste con el del anterior, cargado de promesas, y más aún con la primera parte del libro en la que se anunciaba el final de la restauración del Templo y la era de paz en todo el Israel unido. El profeta ve ahora una situación distinta: la del pueblo dividido que rechaza a su pastor. Puede tratarse de los sucesos acaecidos entre la terminación del Templo el año 515 y la llegada de Nehemías el año 445, que encontró la sociedad y la ciudad en un estado lamentable (cfr Ne 2,11-18). Es un tiempo del que han quedado escasas noticias en la Biblia, a no ser estos capítulos de Zacarías y las de los libros de Esdras y Nehemías. En esa época los descendientes de la dinastía davídica, cuyo último representante conocido es Zorobabel, desaparecen completamente, pasando la atención y el gobierno interno del pueblo a los sumos sacerdotes.
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Za 11,1-3
Dado su lenguaje metafórico no queda claro a quiénes se refiere el pasaje. Los árboles podrían significar las naciones enemigas de Israel, y los pastores y leones sus reyes. Pero las alusiones geográficas —el Líbano, Basán y la ribera del Jordán— inclinan más bien a ver en los árboles a José (Samaría) y a Judá, que los profetas presentaban también bajo la figura de árboles (cfr Am 5,2; Is 14,4-21). Esta lamentación adelanta en resumen el estado de desolación en que queda el país tras el rechazo del pastor bueno que se describe a continuación. Desde una lectura cristiana, se podría ver aquí una imagen del rechazo a Cristo, Buen Pastor y Rey del Universo, tal como estaba profetizado: «¡Rompamos sus cadenas, arrojemos de nosotros su yugo!» (Sal 2,3): «Rompen el yugo suave, arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para defenderse. Si el Señor admitiera la componenda, si sacrificase a unos pocos inocentes para satisfacer a una mayoría de culpables, aún podrían intentar un entendimiento con Él. Pero no es ésta la lógica de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 185).
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Za 11,4-17
Impulsado por el Señor, el profeta realiza un gesto simbólico cargado de significado. Se presenta bajo la figura del rey pastor de su pueblo, al que sus jefes están conduciendo a la muerte («ovejas de la matanza», v. 4). Quiere que en el país reine la benevolencia divina, que supone la fidelidad del pueblo y la unidad entre sus habitantes. Ambas cosas están representadas en las varas con las que apacienta el rebaño. Quizá llega a quitar de en medio una serie de jefes que provocaban las discordias; pero al final no puede más, su paciencia se agota y abandona su empeño en el pastoreo. Ese abandono viene significado con la ruptura primero de la vara de la Gracia (v. 10), es decir, el llevar al pueblo por caminos de fidelidad al Señor. Recibe un salario ridículo: el precio de un esclavo en los tiempos antiguos (cfr Ex 21,32). El gesto de arrojar ese dinero al tesoro del Templo significa que el pastor representaba a Dios, y que es al mismo Dios a quien han desechado (v. 13). Entonces se quiebra también la unidad (v. 14) y, a continuación, simbolizado asimismo en la persona del profeta, Dios suscita un pastor inútil que abandona las ovejas y recibe la maldición del Señor. En el profeta y en el pastor bueno de la primera parte de la alegoría se ha de ver al rey legítimo, el ungido del Señor. Esta profecía se cumple cuando Jesús es entregado por Judas al precio de treinta monedas de plata, y así lo hacen notar expresamente los evangelistas (cfr Mt 26,14-15; 27,3-10).
Este texto de Zacarías no ha pasado inadvertido a los Padres. San Gregorio Nacianceno lo aduce al tratar del oficio sacerdotal: «Ésta es mi súplica que tengo por razonable. Y el Dios de la paz, que hizo de dos uno (cfr Ef 2,14), que hace de nosotros un don para los demás, que pone al rey en el trono y alza de la tierra al pobre, levanta del estiércol al miserable (Sal 113,7), que eligió a David como su siervo cuando, como último y más pequeño de los hijos de Jesé, pastoreaba los rebaños, y da a los anunciadores del Evangelio la palabra y la potestad para cumplir su misión, así Dios sostenga nuestra mano, nos guíe con su voluntad y nos acoja con honor, apacentando a los pastores y guiando a los guías, para que nos sea concedido conducir con inteligencia su grey no con el hatillo del pastor necio» (Apologetica [Oratio 2] 117).
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Za 12,1-14,21
Esta sección, que constituye el segundo gran oráculo (cfr 9,1), promete la restauración final de Jerusalén y Judá. Los vaticinios vienen introducidos con la expresión «aquel día», repetida hasta dieciséis veces. Indica el día de la actuación definitiva de Dios, cuando Israel logrará la victoria total sobre sus enemigos (12,1-9), se realizará la conversión completa del pueblo a Dios (12,10-13,9) y se establecerá para siempre la gloria de Jerusalén como capital del reino de Dios en la tierra (14,1-4).
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Za 12,1-9
La referencia a la creación del mundo y del hombre por parte de Dios da solemnidad al oráculo y pone de relieve la omnipotencia con la que ahora Dios va a decidir el destino de su pueblo. Israel no significa aquí el reino del Norte sino todo el pueblo (v. 1). La idea conductora del pasaje es la victoria de Jerusalén y Judá sobre todos los pueblos de la tierra que las asediarán. Se habla primero de Jerusalén y luego de Judá como de dos entidades diferentes, dando la mayor relevancia unas veces a la ciudad (vv. 3-4), otras a la región (vv. 6-7). Incluso se percibe cierto antagonismo entre ambas, que podría ser reflejo de reivindicaciones de los habitantes del campo frente a los de la ciudad (cfr v. 7), o de enfrentamientos serios entre unos y otros por cuestiones políticas y económicas tras haberse roto la unidad. Para describir que ambas, Jerusalén y Judá, van a ser motivo de desgracia para sus enemigos se utilizan imágenes novedosas, tales como la de la «copa ponzoñosa» (v. 2) —aludiendo quizá a la copa de la ira de Dios en Is 51,17—, la de la «piedra de alzar» que aplasta a quien intenta levantarla (v. 3), las del «brasero encendido» y la «tea llameante» que queman a quien se acerca a ellos (v. 6). Se señala la realización mesiánica en «aquel día» al presentar a la «casa de David» guiando al pueblo (v. 8) como lo hacía el Señor por medio de su ángel en el desierto (cfr Ex 14,19; 23,20; etc.).
San Buenaventura se inspiraba en el v. 6 y en Is 31,9 para comentar: «Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión» (Itinerarium mentis in Deum 7,6).
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Za 12,10-14
El tiempo escatológico vendrá también marcado por un profundo arrepentimiento y penitencia en Jerusalén suscitados por el espíritu de Dios. La causa es el haber dado muerte a un hombre muy querido para el pueblo. El texto es oscuro en este punto pues también podría entenderse que aquel a quien traspasaron es Dios (v. 10); sin embargo, inmediatamente después se dice que el que ha muerto es un hombre por el que el pueblo hará duelo. La misteriosa muerte de ese personaje tiene efectos parecidos a los de la del Siervo del Señor en Is 52,13-53,12, puesto que a partir de ella Judá y Jerusalén encontrarán la expiación del pecado y abandonarán completamente la idolatría (cfr 13,1-2). Es posible que sea una alusión a la muerte de Zorobabel, el último descendiente de la dinastía davídica mencionado en el Antiguo Testamento, tras la que habría llegado la paz. O quizá el autor sagrado está hablando de algún rey como Josías que siendo bueno y piadoso murió de forma violenta a manos de los enemigos (cfr 2 R 23,29). En cualquier caso esa persona tan llorada era figura de Jesucristo clavado en la cruz al que se vuelve la mirada del hombre pecador como leemos en Jn 19,37. «Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cfr Jn 19,37; Za 12,10)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1432).
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Za 13,1-6
Otros rasgos del tiempo escatológico serán la purificación del pueblo mediante el agua de una fuente extraordinaria puesta por Dios, y la desaparición de todo lo relacionado con los falsos dioses. La purificación del pecado y de la impureza es la purificación interior o del corazón como en Lv 14,8-9, consecuencia de la Alianza Nueva que Dios habría de hacer con su pueblo (cfr Jr 31,34; Ez 36,25). De los ídolos no quedará ni memoria, y los falsos profetas al servicio de los cultos idolátricos (el «espíritu inmundo») desaparecerán del país pues los matarán sus mismos padres si los encuentran profetizando (v. 3). Los mismos que hacen de profetas se avergonzarán de sus visiones, renunciarán a los signos que los distinguían, tales como los vestidos al modo de Elías (cfr 2 R 1,8), reconocerán que no son profetas (v. 5) y disimularán acerca de las incisiones que se hayan hecho en sus éxtasis cultuales (v. 6; cfr 1 R 18,28). El énfasis puesto aquí sobre tales profetas y su desaparición indica que existieron realmente en los tiempos posteriores a la vuelta del destierro (cfr Ne 6,12-14), y que podían representar un peligro para el pueblo al presentarse hablando falsamente en nombre de Dios. De ahí que en la perspectiva del libro se considere la desaparición de la institución profética como una característica de los tiempos escatológicos.
En la tradición cristiana, las palabras del v. 6 han sido aplicadas en sentido alegórico a Cristo, herido por nuestros pecados. San Josemaría Escrivá, al meditar en la pasión del Señor, citaba estas palabras del profeta y añadía: «Mira a Jesús. Cada desgarrón es un reproche; cada azote, un motivo de dolor por tus ofensas y las mías» (Via Crucis, 1,5).
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Za 13,7-9
Este poema parece interrumpir los vaticinios sobre «aquel día» que vienen siendo presentados desde 12,1 y que continuarán en el capítulo siguiente. Se habla de un pastor herido (v. 7), de un resto que queda en la tierra de Israel (v. 8) y de una purificación y una alianza (v. 9). «Mi pastor», llamado así por el Señor, contrasta con el «pastor majadero» de 11,17, y refleja la figura del pastor bueno de 11,4-16, el rey mesiánico, y la del traspasado de 12,10. Su muerte violenta provoca la dispersión del pueblo. Si de nuevo se trata de una alusión a Zorobabel y a su muerte sólo puede adivinarse, pues el texto deja la identidad de esa persona en el misterio. Sin embargo, Jesús se aplicó a sí mismo la figura de ese pastor cuando predijo su muerte (cfr Mt 26,31; Mc 14,27) refiriéndose al abandono por parte de sus discípulos (cfr Mt 26,56; Mc 14,49-52). «Después de que el buen pastor que dio la vida por sus ovejas (…) fuese golpeado por voluntad del Padre, y el Hombre unido a Dios —el que dijo: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí (Jn 10,38; 14,11)— fuese colgado en el patíbulo y dijera: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46), al momento se dispersaron las ovejas, toda la multitud de los que creían en Cristo (…). Cuando hayan sido probados los pequeños, sobre los que el Señor dirigió su mano, y por su vocación toda la multitud de las naciones haya creído, entonces el pueblo de los creyentes llamará a Cristo por su nombre, y a Él que le dice: Tú eres mi pueblo, le contestará: Tú eres mi Señor Dios» (S. Jerónimo, Commentarii in Zachariam 13,7-9).
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Za 14,1-21
Se expone aquí la fase definitiva de los combates finales que habían comenzado a describirse en 12,1-9, y que llegan ahora a su culminación con la intervención de Dios en persona (vv. 1-5), el establecimiento de un orden nuevo en el tiempo y en la creación (vv. 6-11), el castigo de los enemigos de Jerusalén (vv. 12-15) y la peregrinación de todas las naciones al Templo (vv. 16-21).
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Za 14,1-5
«Aquel día» es ahora el «día del Señor», es decir, el día en el que todo se resuelve con su intervención. Él es el que congregará a las naciones en torno a Jerusalén para que lancen el último ataque contra ella causándole daño (v. 2; cfr Jl 3,9-12) y, como un guerrero, Él mismo saldrá a combatirlas (v. 3). El cuadro descrito en los vv. 4-5 es impresionante: tras aterrorizar como un gigante a quienes cercan la ciudad y hacerles huir —Asal (v. 5) es un pueblo en el valle del Cedrón al sudeste de Jerusalén—, entra con sus ángeles a tomar posesión de ella. El cumplimiento de estas profecías se proyectará en el Nuevo Testamento a la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo, cuando venga glorioso con sus ángeles (cfr Mt 25,31; 1 Ts 3,13; Judas 14; Ap 19,14).
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Za 14,6-11
Con la venida del Señor la creación será transformada. No habrá sucederse de estaciones, sino una primavera eterna; no habrá noche u oscuridad sino un día sin fin (v. 6). Jerusalén será un gran manantial de agua y desde ella reinará el Señor sobre toda la tierra; la región de Judá y Jerusalén se transformará en una gran llanura en la que se habitará en paz (vv. 10-11). Con estas imágenes se expresa la esperanza en que Dios al final establecerá su reino en este mundo, y en que la creación misma será maravillosamente renovada allí donde se encuentre el Señor. Las «aguas vivas» del v. 8 significan fecundidad y vida (cfr Ez 47,1-12). A la luz de la economía cristiana entendemos que «el simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento. (…) El Espíritu es, pues, personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cfr Jn 19,34; 1 Jn 5,8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cfr Jn 4,10-14; 7,38; Ex 17,1-6; Is 55,1; Za 14,8; 1 Co 10,4; Ap 21,6; 22,17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 694).
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Za 14,12-15
En contraste con el favor otorgado a Jerusalén y Judá está el castigo de quienes les hicieron la guerra. Este castigo se describe con rasgos de una peste (cfr Ez 38,22; 39,17-20) que, además de producir la muerte, crea tal pánico, que aun los vecinos se matarán entre ellos y las naciones se quedarán sin riquezas, pues serán llevadas todas a Jerusalén y Judá (v. 14). El significado de la primera parte del v. 14 no es claro: puede expresar que también Jerusalén y Judá lucharán entre ellas o que ambas están unidas en el combate final. Aquella peste afectará también a los animales (v. 15). Tal forma de describir el castigo pone de relieve el dominio de Dios sobre la vida de hombres y animales; nadie podrá huir de su mano aunque se encuentre lejos de Jerusalén.
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Za 14,16-21
El reinado de Dios en este mundo tendrá que ser reconocido por todas las naciones. En el lenguaje de la profecía esa necesidad se expresa en que todas las naciones, y especialmente Egipto, enemigo clásico de Israel, habrán de subir en peregrinación a Jerusalén por la fiesta de los Tabernáculos para obtener lluvia y librarse de las plagas. En la tierra santa todo estará consagrado al Señor o dedicado a su culto; pero será un culto sin afán comercial, puro. Así Dios, que «puso los cimientos de la tierra y formó el espíritu del hombre» (12,1), establece su reinado en la tierra y atrae hacia Él y hacia su Templo el espíritu de todos los hombres.
En el Nuevo Testamento se mantiene la esperanza que infunden estas profecías y se fundamenta e ilumina por Nuestro Señor Jesucristo. Con Él llega ya el Reino de Dios a este mundo (cfr Mt 4,17; 10,7; Lc 10,9; etc.); pero será en su segunda venida cuando se instaure plenamente, transformando la creación entera (cfr Rm 8,16-30), venciendo y haciendo desaparecer a los poderes del mal (Ap 20,10), y viviendo Él para siempre en medio de los hombres (Ap 21,1-5). La imagen de una nueva Jerusalén gloriosa que baja del cielo tal como la describe Ap 21-22 completa la representación que ofrece el libro de Zacarías.