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AGEO

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Ag 1,1

Parece que el texto refleja el calendario y la cronología del imperio persa. El mes era lunar y, para aproximarse al año solar, se hacían periódicamente correcciones. La fecha que indica el texto se correspondería con el 29 agosto del 520 a.C. Las indicaciones cronológicas de Ageo pueden ser confrontadas con noticias que se encuentran en los libros de las Crónicas, de Esdras y de Zacarías.

La profecía se dirige a Zorobabel y a Josué, las dos autoridades, política y religiosa, del pueblo (cfr Esd 3,2.8; 4,2.3). Zorobabel era nieto de Yoyaquín, el rey exiliado a Babilonia (cfr 1 Cro 3,16-19). San Mateo (cfr Mt 1,12-13) lo incluye entre los ascendientes de Jesucristo.

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Ag 1,2-15

El primer oráculo recoge el mensaje de Ageo (vv. 2-11) y la respuesta positiva por parte de sus oyentes (vv. 12-15). Las palabras del profeta se destinan a los dirigentes del pueblo mencionados antes (1,1) pero también al resto del pueblo (v. 14). En su oráculo, el profeta juega con tres conceptos: el «momento», la «casa», y la invitación a «reflexionar». El punto de partida de la argumentación es la frase que va diciendo el pueblo: «Aún no ha llegado el momento de construir el Templo del Señor» (v. 2). El profeta ironiza sobre esta afirmación reprochándoles que para ellos ha llegado el «momento» de construirse una buena casa mientras dejan de lado la construcción del Templo —literalmente, el texto dice la «Casa» (vv. 2.4.8.9)— del Señor. Por ello, por dos veces (vv. 5.9), el profeta les invita a reflexionar sobre su conducta, y a comprobar que sus esfuerzos han sido ineficaces: mucho trabajo que no ha producido nada (vv. 6.9). Todo esto lleva a la conclusión del mensaje (vv. 9-12): la tierra no produce frutos por la desidia de los hombres con su Dios, que es el Señor de la naturaleza.

Este aliento del profeta para reconstruir el Templo puede parecer un mensaje pobre en medio de la altura moral que encontramos en los libros proféticos. Sin embargo, expresa una fe muy profunda: el pueblo, que tiene su origen en Dios, no podrá descubrir su identidad si no percibe a Dios en medio de él. Este sentido del texto queda declarado en el centro del oráculo: «Yo me complaceré en él y seré glorificado» (v. 8). La expresión hay que entenderla en el contexto de otros textos bíblicos que afirman la condescendencia de Dios con su pueblo: «Porque el Señor ha elegido a Sión, la ha preferido como su morada: Éste es el lugar de mi reposo para siempre» (Sal 132,13-14). Una consecuencia lógica de esta realidad es que los hombres ofrezcamos lo mejor de nosotros a Dios, y que esa ofrenda se manifieste también en la belleza de la ornamentación de los Templos, ya que las artes «están relacionadas por su naturaleza con la infinita belleza divina, que se intenta expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más se dedican a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria, cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras a dirigir las almas de los hombres piadosamente a Dios» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 122).

Los vv. 12-15 recogen la respuesta del pueblo. El texto reproduce una concatenación de acciones muy reveladora: los oyentes «escuchan» el oráculo y se llenan del «temor de Dios» (v. 12); Dios entonces se adelanta y les conforta con la promesa que han escuchado siempre los líderes de Israel, «Yo estoy con vosotros» (v. 13; cfr Gn 26,3; 31,3; Ex 4,12; Jos 1,5; etc.); además, enardece su espíritu para que se pongan a trabajar en la reedificación (v. 14). Han pasado veinticuatro días (v. 15; cfr v. 1) desde las primeras palabras de Ageo, pero el Señor ha conseguido su objetivo. De su rica experiencia en el trato con Dios, Santa Teresa de Jesús dijo unas palabras que bien podrían aplicarse a este lugar: «Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le dan; mas no se da a Sí del todo hasta que ve que nos damos del todo a Él» (Camino de perfección 48,4).

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Ag 2,1-15-9

La observación cronológica del v. 1 —correspondiente al 17 octubre del 520 a.C.— sitúa un nuevo discurso profético. Ha transcurrido menos de un mes de la fecha de 1,15 y da la impresión de que han trabajado intensamente, pero los resultados podían desanimar, sobre todo a los más ancianos que conocieron la magnificencia del Templo de Salomón (v. 3). Coincide con lo que nos dice el libro de Esdras: «Cuando se pusieron los cimientos de este Templo delante de sus ojos, muchos de los sacerdotes, levitas y cabezas de familia ancianos, que habían visto el primer Templo, empezaron a llorar con grandes gemidos» (Esd 3,12). Por otra parte, la situación es lógica: no es lo mismo construir un Templo en una época de esplendor como la de Salomón, con las riquezas al alcance de la mano, que hacerlo ahora con las ciudades medio derruidas, los campos abandonados, etc. De ahí también el tono alentador del oráculo de Ageo: el Señor renueva las promesas del éxodo (vv. 4-5), cuando, de un grupo de esclavos, hizo una nación, y además promete para el nuevo Templo muchos más bienes que para el primero: si el Templo de Salomón se definía por su gloria (v. 3), el nuevo Templo estará lleno de gloria (v. 7), de mayor gloria que el primero (v. 9); además, será fuente de paz (v. 9), y centro de las naciones (v. 7; cfr Is 60,7-11). El lenguaje de estos versículos es semejante al de los textos apocalípticos de otros profetas (cfr por ej. Is 2,2; Am 5,8; So 1,4). El tono de las expresiones de Ageo hace que estos versículos pudieran interpretarse como una profecía de Cristo y de la Iglesia: «La venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación de un templo sobremanera glorioso; este templo, si se compara con el antiguo, es tanto más excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de la ley, o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras (…). En verdad, la gloria del nuevo templo, es decir, la Iglesia, es mucho mayor que la del antiguo. Quienes se desviven y trabajan solícitamente en su edificación obtendrán, como premio del Salvador y don del cielo, al mismo Cristo, que es la paz de todos, por quien “podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu”; así lo declara el mismo Señor, cuando dice: “En este sitio daré la paz a cuantos trabajen en la edificación de mi templo”» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarius in Aggaeum 14).

Este tono mesiánico es más claro aún en el v. 7. En la frase: «Vendrán los tesoros de todas las naciones», la palabra traducida por «tesoros» tiene un amplio campo semántico: la raíz hebrea, a la que pertenece el sustantivo, significa desear, querer, complacerse; en el uso del hebreo, el sustantivo viene a significar, lo deseado, las riquezas, los tesoros. La frase fue traducida por la Vulgata: «Vendrá el Deseado de todas las gentes», lo que implica una alusión directa al Mesías; de ahí que el texto pasara a la liturgia del tiempo de Adviento, y fuera en la catequesis uno de los nombres de Cristo: «Abre, Virgen dichosa —exclamaba San Bernardo— el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta» (S. Bernardo, Homiliae super Missus est 4,8).

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Ag 2,10-19

Los vv. 15-19 parecen convenir mejor como continuación del primer oráculo (1,1-15); sin embargo, las dos partes (vv. 10-14 y 15-19) de este tercer oráculo están determinadas por un mismo marco temporal: «El día vigésimo cuarto del mes noveno» (vv. 10.18), es decir, el 18 de diciembre del año 520.

Comienza el oráculo con una forma literaria distinta: una consulta a los sacerdotes, custodios de la Ley de Dios, especialmente en cuestiones relacionadas con el culto (cfr Jr 18,18). En el contexto de la reconstrucción del Templo, la cuestión entre lo consagrado y lo impuro (vv. 11-14) puede referirse a dos cosas distintas. Es posible que la impureza a la que se refiere el profeta es que el pueblo deja colaborar a los samaritanos en la reconstrucción del Templo (cfr Esd 4,1-4) y de esa manera el Templo queda impuro. Pero lo más probable es que la acusación se refiera al mismo pueblo elegido y a su poco empeño por reconstruir el Templo. El profeta les vendría a decir que, sin el Templo reconstruido, por muy santos que sean los sacrificios que ofrezcan, se contaminan de la desidia, y quedan impuros. La obediencia a los mandatos es fuente de bendición.

El texto supone que el pueblo ha obedecido y se ha puesto a reconstruir el Templo; por eso Ageo considera que ese día (v. 18) marca el comienzo de la etapa nueva. Ahora ya no se habla de la infecundidad de los trabajos y de la tierra (cfr 1,5-6.9) sino de la bendición de Dios (v. 19).

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Ag 2,20-23

En la misma fecha, se data el oráculo mesiánico para Zorobabel. Los vv. 21-22 son un eco de la promesa anterior sobre la futura gloria del Templo: la conmoción de cielos y tierra (v. 21; cfr 2,6), la paz frente a la guerra (v. 22; cfr 2,9) y el temor de las naciones (v. 22; cfr 2,7); sólo que ahora se concretan en Zorobabel (v. 23) que es «siervo», «elegido» y «sello» del Señor. Este lenguaje empleado para hablar de Zorobabel es característico del futuro Mesías, y por eso pudo aplicarse a Jesucristo: «Y como el mensaje es místico, se refiere al fin del universo, y por eso le mandan al profeta que hable exclusivamente a Zorobabel, que es tipo y antecesor de Cristo, porque ya hemos mostrado que Cristo tomó un cuerpo de la descendencia de David (…). Después de destruir tronos y poderes reinantes, cuadrigas y caballos y jinetes, ese día, dice el Señor omnipotente, tomaré a Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío. Le llama siervo porque tomó un cuerpo humano y porque el Hijo se someterá al que se lo sometió todo (1 Co 15,28). Cuando todo esto se cumpla, Dios lo pondrá como un sello en su mano: el Padre lo ha marcado con su sello (Jn 6,27), y es imagen del Dios invisible y forma de su sustancia (cfr Hb 1,3). Pues a todo el que cree en Dios lo marcará con ese anillo» (S. Jerónimo, Commentarii in Aggaeum 2).

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