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SOFONÍAS
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So 1,1
Sofonías (Tzefaneyah) es un nombre propio que aparece otras veces (Jr 29,29; 52,24; Za 6,10.14) en la Biblia. Significa «el Señor esconde [o protege]». El título o encabezamiento menciona cuatro antepasados —algo inusitado en los libros proféticos—, seguramente para mostrar que Sofonías era un verdadero israelita, aunque el nombre de su padre —Cusí— pudiera hacer pensar que era etíope, «cusita».
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So 1,2-2,3
El libro de Sofonías oscila entre la visión particularista que afecta a Judá y la universalista que abarca a todas las naciones. Aquí, antes de anunciar el juicio y la condena de Judá (1,4-2,3), se denuncia la maldad de toda la tierra (1,2-3). En el resto del libro, se sigue el mismo procedimiento. En la segunda parte (2,4-3,8), recogerá los oráculos contra las naciones para introducir el oráculo contra Jerusalén. Finalmente, el anuncio de las promesas de salvación (3,9-20) también comenzará por la purificación de todas las naciones (3,9-10), antes de cantar la gloria de Jerusalén.
En esta primera parte, se expresa la «cólera del Señor» por las injusticias de los hombres. Tras la amenaza a la creación entera (1,2-3), el profeta denuncia los pecados de Judá: los cultos idolátricos (1,4-6), las injusticias de los poderosos (1,8-9), los abusos de los comerciantes (1,10-11) y la insolencia de los incrédulos (1,12). En sus censuras, el profeta ha advertido en varios momentos (1,7.8.10) de la cercanía del día del Señor, y después (1,14-18) lo presenta con imágenes desgarradoras: es día de ira, de angustia, de ruina, de desolación, etc. Pero el profeta no es un proclamador de malos augurios: su anuncio busca la conversión, el ejercicio de la justicia y la humildad, para ser así preservados de la ira del Señor (2,3).
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So 1,2-3
La amenaza de destrucción universal es debida a la maldad humana. La descripción, muy breve, guarda cierto paralelismo con el relato que precede al diluvio universal (Gn 6,5-7,24). El pecado despoja al hombre de su dominio sobre las demás criaturas de la tierra (Gn 1,26) y éstas quedan también asociadas a su castigo, pues «existe una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de que todas tienen el mismo Creador, y que todas están ordenadas a su gloria» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 344). Por esta solidaridad el pecado de cada uno repercute en los demás y en la creación entera. «Se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero» (Juan Pablo II, Reconciliatio et poenitentia, n. 16). De ahí que esta realidad deba constituir un estímulo a sentir la responsabilidad de la comunión de los santos, «merced a la cual se ha podido decir que “toda alma que se eleva, eleva al mundo”» (ibidem).
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So 1,4-6
El Señor hará desaparecer de Judá todas las idolatrías. Se mencionan tres cultos idolátricos. «Baal» es el nombre del dios cananeo, adorado por los fenicios y repetidamente condenado en la Biblia. El «ejército de los cielos» se refiere probablemente a los astros que eran objeto de culto en los pueblos de Mesopotamia; el libro de los Reyes nos habla de que el rey impío Manasés les había edificado altares (2 R 21,5) que más tarde destruyó Josías, el rey piadoso (2 R 23,12-13). «Malcam», o Milcom, era el dios de los amonitas, pueblo que habitaba al este del Jordán. Finalmente, también se tiene como idolatría el abandono del Señor (v. 6). El pasaje encaja bien en los comienzos del ministerio profético de Sofonías (hacia el año 640), antes de la reforma del rey Josías (año 622), cuando aún perduraba el sincretismo religioso producido por la introducción de cultos extranjeros en Judá durante los reinados de Manasés (698-642) y de Amón (641-640). Pero, más allá de la significación puntual, el pasaje explica con claridad la dimensión religiosa del ser humano que, cuando se olvida del Dios verdadero, acaba por servir a los ídolos: «En su comportamiento religioso, los hombres muestran también límites y errores que desfiguran en ellos la imagen de Dios: “Con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se pusieron a razonar como personas vacías y cambiaron el Dios verdadero por un ídolo falso, sirviendo a las criaturas en vez de al Creador. Otras veces, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, están expuestos a la desesperación más radical” (LG 16)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 844).
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So 1,7-13
Se impone el silencio «porque se acerca el día del Señor» y «porque el Señor ha preparado un sacrificio» (v. 7): es un silencio religioso, porque el día del Señor comporta un momento de juicio, y litúrgico, porque es el silencio que debe guardarse durante un sacrificio ritual. Tras la condena de la idolatría de los versículos anteriores, ahora se denuncia la corrupción moral: se amonesta en primer lugar a los jefes del pueblo que imitan las costumbres extranjeras hasta en el vestido (v. 8), a los sacerdotes, o a los encargados del Templo, que defraudan en el Templo del Señor (v. 9), a los comerciantes que se han convertido en traficantes (vv. 10-11), y a los cínicos, ateos prácticos, que actúan como si Dios no existiera (v. 12). El día del juicio manifestará la esterilidad de todas esas búsquedas vanas e inicuas del dinero (v. 13).
Así lo enseñaba el Cardenal John H. Newman: «Las buenas obras nos siguen, las malas nos siguen; y ninguna otra cosa tiene valor, ninguna otra cosa es más que broza. El torbellino y la danza de los asuntos mundanos no es sino como el torbellino de la broza y el polvo, del cual nada resulta. Dura en el día, pero no se le encuentra a la noche. Y, sin embargo, cuántas almas inmortales gastan su vida en nada mejor que aturdirse en este torbellino de ideas políticas, de partido, de opiniones religiosas o de cómo ganar dinero, de todo lo cual nunca puede resultar nada. (…) Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia. Todo lo demás no tiene valor» (Sermones, Domingo de Septuagésima).
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So 1,14-18
La estrofa es de un dramatismo impresionante. El lenguaje es aquí más apocalíptico y la visión más universal. El día del Señor (v. 14, cfr v. 7) se caracterizará por amargura, gritos, angustia, ruina, oscuridad y tinieblas, estruendo de trompetas, etc. (vv. 14-16). Siete veces se repite la palabra «día», acompañada de algún rasgo de calamidad, como si el profeta quisiera expresar la obra de la destrucción de Dios, contrapuesta a la de la creación (Gn 1,3-2,3). Es más, si en Gn 1,31-2,3 vio Dios que era bueno cuanto había hecho y lo bendijo, aquí (v. 18) Dios —parece decir el poema— acabará, en un solo día, «con todos los habitantes» de la tierra.
La presente estrofa del Dies irae ha tenido enorme eco en la liturgia de difuntos de la Iglesia de Occidente. A mediados del siglo XIII, glosando la traducción latina, se compuso el poema Dies irae, dies illa —atribuido al franciscano Tomas de Celano—, que se empleó como secuencia en las misas de difuntos desde el siglo XIV hasta la actual liturgia y sirvió para el canto final Libera me Domine en las misas de exequias.
San Jerónimo ve muchas conexiones entre 1,15-16 y la historia humana, aduciendo testimonios bíblicos y extrabíblicos: «En cuanto al día del Señor, bien lo refiramos al fin del mundo, o bien al final de la vida de cada uno, es manifiesto su sentido de que la voz del día del Señor es amarga, llena de violencia y de ira y de fuerte tribulación, pues incluso los que son santos se salvarán ciertamente, pero “como a través del fuego” (1 Co 3,15). Aquel día será día de tribulación, angustia, calamidad y miseria, en el cual dirán: “¡ay de nosotros! que somos unos miserables”. Será día de tinieblas, “pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz” (Jn 3,20) y es necesario que al que odia la luz le cubran las tinieblas. Será día de nieblas y de torbellino: vendrá sobre él la tempestad del Señor y el sonido de la trompeta que el Apóstol significa al decir “al son de la trompeta final” (1 Co 15,52)» (Commentarii in Sophoniam 1,15-16).
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So 2,1-3
A la denuncia y al aviso del castigo, sigue la llamada a la conversión. Aquí se acentúa con la práctica de la humildad, concepto repetido dos veces en el v. 3. Es la misma cualidad que se afirma más tarde del pueblo que salvará el Señor (3,12), y la que proclamó más tarde Santa María «porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48). Se abre así una puerta a la esperanza que recuerda otros pasajes de la Biblia: «¿Quién sabe si Dios se dolerá y se retraerá, y retornará del ardor de su ira, y no pereceremos nosotros?» (Jon 3,9). La humildad enciende la esperanza: «Se llaman humildes de la tierra a los que con humildad de corazón buscan al Señor con la sumisión de una reverencia filial, los mismos que cumplen sus mandatos confesando sus pecados y buscando no cometerlos más, que buscan la justicia y la humildad rechazando a los soberbios y acogiendo a los que hacen penitencia» (S. Buenaventura, Sermones dominicales 5,6).
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So 2,4-3,8
Lo mismo que otros profetas, Sofonías incluye aquí unos «oráculos contra las naciones». Hay afinidades con otros textos proféticos (Is 13-21; Jr 46-51; Ez 25-32; Am 1-2; etc.). Sofonías menciona diversas naciones que han afligido al pueblo elegido desde los cuatro puntos cardinales: por el occidente (2,4-7), las ciudades de la costa filistea; por el oriente (2,8-11), Moab y Amón; por el sur (2,12), los cusitas, etíopes, que se adueñaron de Egipto por una época; y por el norte (2,13-15), Asiria. A semejanza de Is 10,29-31 y Mi 1,10-15, Sofonías anuncia las desgracias haciendo juegos de palabras entre los nombres de ciudades y los males que les vendrán. Al final (3,1-8), el oráculo se dirige contra Jerusalén, ciudad rebelde a los designios de Dios (3,1-5), que no ha escarmentado al ver las desgracias de los pueblos vecinos (3,6-8).
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So 2,4-15
Los primeros oráculos (vv. 4-11) se dirigen contra las naciones que han oprimido de alguna manera a Judá. El v. 10 resume la causa de su condena: «Estas cosas les vendrán por su orgullo, porque ultrajaron al pueblo del Señor de los ejércitos y se engrandecieron a su costa». Pero el Señor cuida de su pueblo: es verdad que Judá ha sufrido de sus vecinos por causa de sus pecados, pero el Señor suscitará un «resto» (vv. 7.9) de su pueblo que vengará las agresiones y recuperará la tierra. En otros libros proféticos (cfr Is 10,20-22; 11,11; Am 3,12; 5,13.15; etc.), se designa como el «resto» de Israel a los que sobreviven a la catástrofe del día del Señor, a la purificación, porque siguen los mandatos del Señor y no están corrompidos. En Sofonías este «resto» de Israel es descrito (3,12-13) como un pueblo manso y humilde, las mismas virtudes que en el Nuevo Testamento se dicen de Jesús (cfr Mt 11,29) y de su Madre (Lc 1,48): «Quiso, pues, nacer de una virgen inmaculada, Él, el inmaculado, que venía a limpiar las máculas de todos. Quiso que su madre fuese humilde, ya que Él, manso y humilde de corazón, había de dar a todos el ejemplo necesario y saludable de estas virtudes» (S. Bernardo, Homiliae super Missus est 2,1).
De los otros oráculos (vv. 12-15), destaca el dirigido contra Nínive. El pecado de Nínive (cfr v. 15) es el orgullo, y su castigo, la desolación. De esa manera se prepara el oráculo contra Jerusalén cuyo pecado es el mismo.
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So 3,1-5
A los oráculos contra las naciones sigue ahora otro contra Jerusalén. Hay afinidad con Am 1-2. También presenta semejanzas con Is 1,21-26: en ambos, las invectivas se dirigen contra los jefes de la comunidad: príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vv. 3-4). Si en 2,15 Nínive, capital de Asiria, es llamada «ciudad bulliciosa», llena de orgullo, ahora Jerusalén es acusada de ser «rebelde, prepotente», y de haber rechazado cuatro gracias: «no escuchó la voz» del Señor, «ni aceptó la instrucción», «no confió en el Señor» «ni se acercó a su Dios» (v. 2). Pero, a diferencia del oráculo contra Nínive, el de Jerusalén termina con una luz de esperanza, porque, a pesar de todo, «en medio de ella está el Señor» y hará justicia (v. 5).
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So 3,6-8
Ahora es el Señor quien habla. Los castigos a las naciones deberían haber servido de advertencia para que Judá se decidiera a corregirse (vv. 6-7). Sin embargo, ha actuado perversamente (v. 7). La maldad de Judá acarreará la ira del Señor, que arrastrará toda la tierra a la perdición (v. 8), en cierto paralelismo con el pecado de Adán, que introdujo el mal y la muerte en la tierra (Gn 3,17-18). Como al comienzo del libro (1,2-3), subyace aquí el concepto de la conexión de la conducta humana con el resto de la creación. El oráculo vuelve al lenguaje apocalíptico para expresar el juicio de Dios sobre la tierra, maldita por el pecado humano. El v. 8 es aducido por San Cipriano, para exhortar a conservar la paciencia en las persecuciones: «Puesto que muchos, angustiados por el peso de las injurias o doloridos por los ataques de quien los persigue, desean ser pronto vengados, no puedo, en conclusión, callar que en los torbellinos tempestuosos de este mundo, en las persecuciones de los judíos o de los paganos y herejes, debemos esperar con paciencia el día de la reivindicación, y no debemos pedir con lamentos impacientes el castigo por los dolores que nos han infligido; en efecto, está escrito: Espérame, dice el Señor, en el día venidero de mi resurrección; porque mi decisión es congregar las naciones y reunir los reyes y derramaré sobre ellos mi ira» (De bono patientiae 21).
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So 3,9-20
Sigue hablando el Señor, pero hay un cambio total de horizonte: de la destrucción a la salvación; aquí está la verdadera intención divina de los castigos. Primero anuncia la purificación de las naciones (vv. 9-10), que evoca por contraste la historia de Babel (Gn 11,1-9). Los dispersos tras la confusión de las lenguas en Babel (Gn 11,8), llamados en el v. 10 «la hija de mis dispersos», volverán al Señor con ofrendas. Luego habla de la purificación de Judá (vv. 11-13), de la pervivencia de un resto «humilde», que esperará en el Señor, actuará con justicia y reposará tranquilo. La consecuencia de la conversión de Judá e Israel será el gozo intenso en Sión (vv. 14-18a). El resto fiel es llamado «hija de Sión» e «hija de Jerusalén» (v. 14), en un cierto paralelismo con «la hija de mis dispersos» (v. 10). En el v. 14, cuatro imperativos convocan a la alegría: «Canta de gozo», «alborózate», «alégrate», «disfruta». La causa fontal del gozo es que el Señor estará en medio de Sión (v. 17) y con su presencia vendrán todos los bienes (vv. 17-18). Al final (vv. 18-20), la alegría de Sión se completa con el regreso de los deportados y la fama de Israel entre las naciones.
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So 3,9-10
A lo largo del libro (1,2-3; 2,11; 3,6-8), el profeta ha ido poniendo de manifiesto la relación entre Judá y el resto de los pueblos. Ahora, cuando se inician los oráculos de bendición, se recoge una promesa de salvación universal. De ahí que el Concilio Vaticano II haya visto en este texto un anuncio profético del día en que los pueblos invocarán al verdadero Dios: «Como afirma la Sagrada Escritura (…), juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol la Iglesia espera el día, conocido sólo por Dios, en que todos los pueblos con una sola voz invocarán al Señor y “le servirán bajo el mismo yugo” (So 3,9)» (Nostra aetate, n. 4).
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So 3,11-13
El oráculo tiene ahora acentos conmovedores. El profeta vislumbra un «resto» de Israel que se salvará y que será el centro de la restauración. Dios, mediante el profeta, se refiere a este resto como un pueblo «humilde y pobre», pero la enumeración de sus cualidades (vv. 12-13) indica que pobreza y humildad no señalan aquí la condición social sino la actitud interna ante Dios. De hecho, estos términos —«humilde y pobre»—, a través de la versión de los Setenta, que los traduce por praüs (manso) y tapeinós (humilde), pasarán al vocabulario de la predicación de Jesús: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29; cfr Mt 5,3.5; 21,5).
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So 3,14-18a
Ahora la promesa se transforma en un canto de júbilo. El Señor, Salvador, viviendo en medio de su pueblo (v. 17), hace que todo sea alegría (v. 14) y no haya lugar para el temor (v. 16). El lector cristiano, al leer estos versículos no puede dejar de pensar en la escena de la anunciación a Santa María. También a María, la Virgen humilde (Lc 1,48), se la invita a alegrarse (Lc 1,28) y a no tener miedo (Lc 1,30), porque el Señor está con Ella (Lc 1,28). Y es que, realmente, con la Encarnación del Verbo, el Señor pasó a habitar en medio de su pueblo, y la salvación prometida se vio realizada.
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So 3,18b-20
Reaparece el tema del retorno: «os haré venir», «os congregaré», «cuando haga volver vuestra suerte» (v. 20), no ya para juicio condenatorio, sino para salvación. La purificación del «resto» implicará que recobre «el renombre y la fama entre todos los pueblos de la tierra»: es la misión universal del pueblo elegido que, con el ejemplo de su conducta recta, atrae hacia el Señor a los demás pueblos. En el horizonte de salvación, el gozo de tener al Señor presente en medio del pueblo y la reunión de todos los hombres se dan con la presencia de Cristo en medio de su pueblo, la Iglesia: «Regocíjate y alégrate, Iglesia de Dios, gózate porque formas un solo cuerpo para Cristo. Ármate de fortaleza y llénate de júbilo. Tus aflicciones se han convertido en gozo. Tu traje de tristeza se cambiará por el de alegría. Ya queda atrás tu esterilidad y pobreza. En un solo parto diste a Cristo innumerables pueblos. Grande es tu Esposo, por cuyo imperio eres gobernada. Él convierte en gozo tus sufrimientos y te devuelve a tus enemigos convertidos en amigos. No llores ni te apenes, porque algunos de tus hijos se hayan separado de ti temporalmente. Ahora vuelven a tu seno gozosos y enriquecidos. Fíate de tu cabeza, que es Cristo. Afiánzate en la fe. Se han cumplido las antiguas promesas. Sabes cuál es la dulzura de la caridad y el deleite de la unidad. No predicas sino la unión de las naciones. No aspiras más que a la unidad de los pueblos. No siembras más que semillas de paz y caridad. Alégrate en el Señor, porque no has sido defraudada en tus sentimientos. Pasados los hielos invernales y el rigor de las nieves, has dado a luz, como fruto delicioso, como suaves flores de primavera, a aquellos que concebiste entre gemidos y oraciones ininterrumpidas» (S. Leandro, Homilia in laudem Ecclesiae).