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HABACUC
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Ha 1,2-2,4
En esta primera parte del libro se concentran el mensaje y las circunstancias históricas de la obra. Parece un diálogo entre el Señor y el profeta. Éste recurre al Señor para que intervenga en una situación de injusticias clamorosas (1,1-4). La respuesta de Dios es sorprendente, pues anuncia que va a suscitar un pueblo terrible, cruel y violento, que no respeta más que a su propia fuerza (1,5-11). Ante esta resolución, el profeta se desconcierta: ¿cómo es posible que, para purificar a sus elegidos, el Señor haya designado a un pueblo tan impío y desalmado? (1,12-17). Pero, en su desconcierto, no desespera, sino que decide perseverar atento a la voz del Señor (2,1). Y, efectivamente, el Señor le contesta diciéndole en palabras lo que antes le indicaba con gestos: todo tiene su tiempo; las dificultades derrumban al que no es recto, pero el que confía y espera, permaneciendo fiel, ése vivirá por su fidelidad (2,1-4).
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Ha 1,2-4
El lamento ante Dios enumera los desastres que sufre el pueblo: iniquidades, violencia, robo, incumplimiento de la Ley, injusticias, etc. (vv. 3-4). Sin embargo, lo que le parece más grave al profeta es que el Señor permanezca impasible, y no actúe (v. 2). La fuerza de las palabras de Habacuc está probablemente en que no son un simple lamento sino una oración, porque la oración no debe ser artificial, sino vital: «Le digo a Dios simplemente lo que quiero decirle, sin componer frases hermosas, y él siempre me entiende… Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada lanzada hacia el cielo, un grito de gratitud y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría» (S. Teresa del Niño Jesús, Manuscritos autobiográficos, 25).
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Ha 1,5-11
El Señor responde al profeta diciéndole simplemente que Él sí actúa: no tiene más que mirar (v. 5). Lo que tiene que mirar es el poder de los caldeos, un pueblo que ha sido suscitado por el mismo Señor (v. 6). De este pueblo se enfatizan su crueldad y su eficacia en la guerra (vv. 6-9), su poderío (v. 10) y su orgullo (v. 11). La historia posterior mostrará cómo los caldeos destrozaron Judá y lo condujeron a la deportación en Babilonia el 587 a.C. Lo que no declara el pasaje es si vienen como instrumentos de Dios para resolver la situación o son sólo instrumento de purificación y castigo por los pecados. El profeta (cfr 1,12-2,1) tampoco parece ver qué solución ofrece esta primera respuesta divina, pero está claro para todos el dominio del Señor sobre la historia, resaltado desde el v. 5. Éste es el sentido del texto que recogió San Pablo en su predicación en Antioquía de Pisidia (cfr Hch 13,41) cuando advirtió a aquellos hombres que no despreciaran la gracia que se les ofrecía, pues el Señor había realizado lo más inaudito —la resurrección de Jesucristo, y con ella la justificación— desde lo más inconcebible: la muerte ignominiosa.
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Ha 1,12-2,1
Ahora se desencadena el desconcierto del profeta. Habacuc reconoce la soberanía de Dios que ha suscitado a ese pueblo «para hacer justicia» y «para corregir» (1,12). Pero lo que no entiende no es el qué de la corrección, sino el cómo: ¿cómo es posible que el Señor, que es el Santo inmortal (1,12), que no soporta el mal y la iniquidad (1,13), haya elegido para la corrección a un traidor e impío (1,13)? Y a continuación desarrolla en qué consisten la traición y la impiedad del invasor. Con la imagen de la pesca explica la traición: los hombres, los justos (cfr 1,13), son como los peces que viven en su habitat natural, el mar, y el invasor es como el pescador que con anzuelo, red y copo (1,15) los apresa y los mata. Pero la traición se transforma en impiedad, ya que el invasor se alegra de sus obras, es más, adora a aquello que le da poder (1,16-17; cfr 1,11). Es posible que en esta imagen se aluda a algunos pueblos de Oriente que ofrecían un sacrificio anual a su espada como imagen de su dios guerrero (Heródoto, Historia 4,62), pero en la tradición bíblica es constante la asimilación entre la idolatría y la seducción del poder: «La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia”, negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113).
Pero el profeta es un hombre de fe: aunque no entiende, espera con atención (cfr 2,1), porque sabe que Dios no le fallará: «Escucha —dice San Bernardo— las palabras del profeta Habacuc (…): Me pondré de centinela, en pie vigilaré, velaré para escuchar lo que me dice, qué responde a mis quejas. También nosotros, queridos hermanos, pongámonos de centinela, porque es tiempo de lucha. Adentrémonos en lo íntimo del corazón, donde vive Cristo. Permanezcamos en la sensatez, en la prudencia, sin poner la confianza en nosotros, fiándonos de nuestra débil guardia» (Sermones de diversis 5,4).
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Ha 2,2-4
Dios, como para darle la razón al profeta, contesta a sus preguntas. Lo primero que aclara el Señor es que cuanto dice se cumplirá: es posible que pase el tiempo, pero no su palabra (vv. 2-3). Y esto tiene sus consecuencias: esa espera será criba de fidelidad (v. 4).
Este último versículo —«Se derrumbará el que no tiene alma recta, pero el justo vivirá por su fidelidad»— es importante en la tradición bíblica, tanto judía como cristiana. Para algunos rabinos era el compendio de los 613 mandamientos de la Ley; para los comentaristas de Qumrán significaba que quien cumpliera la Ley se vería libre del juicio, y en el Nuevo Testamento se cita en varias ocasiones para significar la fuerza de la fe y la necesidad de la fortaleza.
Sin embargo, presenta dificultades en su vocabulario y una cierta ambigüedad que se refleja en las traducciones y en la actualización del texto en el Nuevo Testamento. La forma «se derrumbará» —que también se podría traducir «se vendrá abajo», «se volverá atrás»— es traducción del griego más que del texto hebreo, cuya forma significaría más bien «se engalla», «se hincha». La Carta a los Hebreos (10,38), cita este texto, desde la traducción griega, para exhortar a la perseverancia en la fe recibida: «Mi justo vivirá de fe, y, si se volviera atrás, mi alma no se complacerá en él». Aunque el autor de la Carta invierte el orden de Habacuc, el texto de Hebreos profundiza en el mismo sentido expuesto por el profeta, actualizándolo en la vida de aquellos cristianos.
Del mismo modo, «fidelidad» traduce una expresión hebrea muy común (‘emunah) que significa estabilidad, fidelidad, fe. En Rm 1,17 y Ga 3,11, San Pablo cita la segunda parte del versículo de Habacuc —«el justo vivirá de la fe»— en sentido individual, para fundamentar la doctrina de la justificación por la fe sin necesidad de las obras de la Ley. Esta cita de San Pablo es la que ha dado enorme relevancia al texto del profeta en el ámbito cristiano.
La interpretación de San Jerónimo, contempla los dos horizontes del texto: el de los primeros destinatarios, y el del cristiano: «Si tu fe duda y piensas que no va a venir lo que prometo, tendrás la gran culpa de desagradar a mi alma. Pero el justo que cree en mis palabras y no duda de las cosas que prometo, tendrá como premio la vida eterna (…). Manifiestamente, en estas palabras hay una profecía de la venida de Cristo. De donde la cuestión propuesta se resuelve: hasta que Él venga, la iniquidad dominará en el mundo y el juicio no llegará a su fin» (Commentarii in Abacuc 2,4). Pero el texto tiene forma de máxima, y por eso es de fácil actualización en la vida cristiana. Así, por ejemplo, como el Nuevo Testamento dice de San José que era justo (cfr Mt 1,19), se le puede aplicar el texto de Habacuc como señal de que la justicia comporta la fe: «No está la justicia en la mera sumisión a una regla: la rectitud debe nacer de dentro, debe ser honda, vital, porque el justo vive de la fe (Ha 2,4). Vivir de la fe: Esas palabras que fueron luego tantas veces tema de meditación para el apóstol Pablo, se ven realizadas con creces en San José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios no es rutinario ni formalista, sino espontáneo y profundo. La ley que vivía todo judío practicante no fue para él un simple código ni una recopilación fría de preceptos, sino expresión de la voluntad de Dios vivo. Por eso supo reconocer la voz del Señor cuando se le manifestó inesperada, sorprendente» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 41).
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Ha 2,5-20
Estos versículos parecen el contenido de la visión de Habacuc (cfr 2,2-3). Es un conjunto de oráculos bien construido, en el que, tras un exordio (vv. 5-6), se proclaman cinco «imprecaciones» contra el culpable. Todas están estructuradas de manera semejante: al «¡Ay!» inicial le siguen un calificativo que designa al personaje imprecado y, normalmente, la razón del castigo. Al final (v. 20) se proclaman, por contraste, la santidad y la trascendencia del Señor, dueño del orbe y de la historia.
Las faltas que se condenan —robo, violencia e idolatría— son faltas morales de las personas, pero el contexto parece que las aplica a las obras del pueblo invasor, a los caldeos. De ahí la dificultad a la hora de identificar al destinatario del oráculo: ¿es el pueblo opresor, o los judíos pervertidos empezando por el rey? El texto no es claro, pero con esa ambigüedad sí afirma que las faltas de los pueblos no dejan de ser faltas morales de las personas. San Jerónimo lo explica también así: «Todo lo que decimos de Babilonia y de Nabucodonosor, lo podemos decir del mundo, o del diablo, que es en verdad arrogante y soberbio, creyéndose algo, pero sin conseguir que nada llegue a su fin» (Commentarii in Abacuc 2,5).
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Ha 2,5-11
Es posible que la primera imprecación (vv. 6-8) tenga como trasfondo el tributo que Nabucodonosor hizo pagar a los países que controló, entre ellos Judá (cfr 2 R 24,1). También se reconocen en los vv. 9-11 unas palabras de Jeremías (cfr Jr 22,13-17) contra el rey Yoyaquim de Judá. En todo caso, el común denominador a toda esta primera sección se expresa en el primer versículo: «la riqueza traiciona» (v. 5), porque degenera en robo (cfr v. 7), o en lucro injusto (cfr v. 9). Es más, al final, lleva a la necedad de la idolatría (cfr 2,18-20). La íntima relación entre estas notas, presente en toda la Sagrada Escritura, no pasó por alto a la catequesis cristiana: «Os exhorto también a que os abstengáis del amor al dinero y a que seáis castos y veraces. Apartaos de todo mal. El que no es capaz de gobernarse a sí mismo en estas cosas ¿cómo podrá enseñarlas a los demás? Quien no se abstiene de la avaricia se verá mancillado también por la idolatría y será contado entre los paganos que desconocen el juicio del Señor» (S. Policarpo, Ad Philippenses 10).
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Ha 2,12-20
Las imprecaciones tercera y cuarta (vv. 12-14 y 15-18) se refieren a la violencia. Al ir a continuación de las que se refieren a la avaricia, la conclusión del lector es que la avaricia lleva aparejada la violencia. Pero, como antes, el oráculo no es una mera denuncia, sino la proclamación, común a los profetas, del señorío de Dios sobre todas las cosas: no pasa nada que Él no sepa (v. 13, cfr Jr 51,58; v. 14; cfr Is 11,9), ninguna injusticia quedará sin reparar (v. 16).
El v. 18, al final de la cuarta diatriba, parece una introducción a la quinta (vv. 19-20), que versa sobre la idolatría. La prueba de que las cosas cambiarán, y serán como dice el profeta, está en que aquellos hombres, injustos en el fondo, veneran a idolillos, que no son sino un trozo de madera o de metal, sin ningún principio de vida. En cambio, su Dios es el Señor dueño de toda la tierra que impondrá justicia y silencio ante su sentencia.
El v. 20 viene a ser como la conclusión de los cinco «¡ayes!». Es muy parecido a Za 2,17 y tiene eco en Ap 8,1. El silencio, signo de máximo respeto, precede, a veces, a la palabra de Dios (cfr Sal 76,9; Sb 18,14; Is 41,1; Lm 3,26; So 1,7).
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Ha 3,1-19
Dos notas tonales, al principio y al final, y las tres indicaciones de «pausa» (vv. 3.9.13) nos advierten que estamos ante un género literario distinto: una oración, pero que es como un salmo. Tras una invocación del profeta en la que canta los atributos del Señor (v. 2), se describe una teofanía, la presencia majestuosa del Señor sobre la tierra (vv. 3-15), y se narra la reacción del profeta reafirmándose en su confianza en el Señor (vv. 16-19).
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Ha 3,1-2
Un versículo redaccional (v. 1) y otro de preludio (v. 2) dan paso al salmo épico que sigue. Con todo, el v. 2 recoge una descripción de la majestad de Dios, un Dios poderoso en obras y en palabras, al que hay que temer. Pero, en su poder, es un Dios misericordioso; por eso el profeta le pide que se manifieste como poderoso soberano, una vez más, a favor de su pueblo. Tal declaración de majestad no podía pasar desapercibida en la tradición. San Beda, cuando comenta este salmo (Expositio in canticum Abacuc prophetae), se asombra ante la grandeza de Dios que se descubre en la Encarnación del Hijo. San Agustín, en cambio, cita el texto según la versión latina para explicar el asombro del hombre ante el universo, obra de Dios: «Si osamos contemplar todas las cosas con una sola mirada panorámica, ¿no viene a nosotros lo que dice el profeta: Consideré tus obras y quedé espantado?» (Enarrationes in Psalmos 118,27,1).
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Ha 3,3-15
Constituye, como hemos dicho, un salmo épico y las anotaciones del pasaje (vv. 1.3.9.13) indican un uso litúrgico en el culto del Antiguo Testamento. La teofanía está descrita en los términos grandiosos de las expresiones del éxodo, de la epopeya del Sinaí y de la conquista de la tierra. Sin embargo, no es fácil descubrir un orden cronológico. «Temán» y «Parán» (v. 3) designan respectivamente a la región de Edom y a un monte del macizo del Sinaí (cfr Dt 33,2). «Cusán» y «Madián» (v. 7) estaban situados al noroeste de Arabia; los Jueces Otniel y Gedeón vencieron a estos pueblos (cfr Jc 3,9-11; 7,1-25). Muchas expresiones, como abrir «camino en el mar» (v. 15), o que se paren «sol y luna» (v. 11), etc., evocan sin duda las acciones de Dios por las que el pueblo fue «salvado» (v. 13), es decir, liberado de la esclavitud y hecho dueño de la tierra prometida. Sin embargo, estas evocaciones están al servicio de la teofanía, de la manifestación de Dios en la historia de los hombres, como un fuerte guerrero, y como soberano del cosmos y de las fuerzas de la naturaleza. Obviamente, estas descripciones con las que se quiere expresar las teofanías ofrecen un buen argumento para explicar nuestra capacidad de hablar de Dios: «Que Dios, que llena todo con su gloria, es omnipotente, lo confiesa en voz alta cualquier hombre y lo testimonia el profeta: su gloria cubre los cielos (v. 3) (…). Sabemos que existe un Dios, y sabemos también lo que no es Dios, pero aquello que es Dios y cómo es Dios no podemos saberlo. Pero, como Él ha tenido tan grandes muestras de bondad y de indulgente misericordia con nosotros haciéndonos conocer alguna cosa de Él, nos es dado comprender a través de esos beneficios que Él existe» (S. Jerónimo, Commentarii in Isaiam 6,1-7).
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Ha 3,16-19
Con una inclusión en el v. 16, que retoma el motivo de la escucha temblorosa del profeta (cfr 3,2), el salmo vuelve al tono de lamentación (v. 17), para concluir con un canto de esperanza en el poder y la salvación del Señor (vv. 18-19). El hombre de fe no desfallece en su esperanza; camina alegre «por las alturas» (v. 19) confiando en todo momento en Dios: «Esa certeza que nos da la fe hace que miremos lo que nos rodea con una luz nueva, y que, permaneciendo todo igual, advirtamos que todo es distinto, porque todo es expresión del amor de Dios. Nuestra vida se convierte así en una continua oración, en un buen humor y en una paz que nunca se acaban, en un acto de acción de gracias desgranado a través de las horas» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 144).