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NAHUM
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Na 1,1
Es un título singular que no aparece en ningún otro libro profético. Únicamente es parecido el de Habacuc (1,1), señal de que probablemente ambos libros tienen la misma orientación y quizás el mismo origen. «Oráculo» (en hebreo masá) es un término que introduce los oráculos contra las naciones (cfr Is 13,1; 15,1; Za 9,1) y significa no tanto un anuncio de castigo cuanto una lección: que el juicio del Señor alcanza a todos los pueblos, y que la ruina de los pueblos paganos es una enseñanza para Israel, que se verá libre de ellos por el amor del Señor. «Visión» designa una descripción poética con tintes escatológicos, que prefigura el juicio definitivo de Dios sobre sus enemigos. En este caso, la descripción de la caída de Nínive, capital de Asiria desde el reinado de Senaquerib. «Libro de la visión», significa que, aunque todo haya sido previamente proclamado, se garantiza el cumplimiento de lo que se ve, como ocurre en Jeremías (cfr Jr 30,2).
«Elcós». Resulta difícil identificarla con exactitud. Entre las aldeas del norte no se ha encontrado ninguna que por su nombre o por su etimología pudiera coincidir con ella, y tampoco parece probable que Nahum formara parte de los grupos de israelitas deportados por Senaquerib. Lo más seguro es que la patria del profeta perteneciera a Judá, aunque tampoco puede precisarse más.
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Na 1,2-8
El poema es alfabético, pero está incompleto, porque únicamente contiene once estrofas, la mitad del alfabeto. Tiene características propias de un himno o salmo de alabanza a Dios, en el que los adjetivos califican a la persona del Señor (vv. 2a.3b), y los verbos relatan sus acciones extraordinarias (vv. 3b-4). De esta forma, la alabanza descriptiva se completa con la alabanza narrativa. Consta de tres secciones de alguna manera concéntricas: la primera presenta al Señor como «celoso y vengador» (vv. 2-3a); la segunda describe una magnífica teofanía en la que Dios se muestra entre fenómenos atmosféricos, tempestad, huracán y nubes (vv. 3b-6; cfr Ex 19,16-25; Is 6,1-10); la tercera vuelve, como al principio, a ensalzar cualidades divinas, en esta ocasión, la bondad, la protección y la misericordia (vv. 7-8a). Y el final enfatiza de nuevo el juicio y el poder de Dios, capaz de destruir a los enemigos (v. 8b).
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Na 1,2-3
«Un Dios celoso y vengador». Con frecuencia Dios es definido como «Dios celoso y misericordioso» (cfr Ex 20,5; 34,14) poniendo de relieve que en la retribución tan importante es la justicia como la misericordia. En el himno de Nahum, se subraya más la severidad del juicio con términos que al hombre de hoy le pueden resultar duros. Pero hay que tener en cuenta que la raíz hebrea que traducimos por «venganza, vengar, vengador», aplicada con frecuencia al Señor (Sal 58,11; Is 34,8; 61,2), no puede entenderse a la luz de la conducta humana. Propiamente equivale a «restaurar el derecho quebrantado», o también «reivindicar el derecho», y por tanto indica equidad en el juicio, si bien éste será inexorable.
«Lento a la ira». Esta fórmula tan gráfica de la ternura divina es frecuente en los libros del Pentateuco y de los Salmos (cfr Ex 34,6; Nm 14,18; Sal 86,15; 103,8; 145,8), mientras que en los profetas está ausente. Nahum recurre a las expresiones más tradicionales probablemente para poner de manifiesto que el castigo severo de Nínive no empaña la misericordia divina. Como han formulado los grandes teólogos, en Dios todas las cualidades forman una unidad: «En Dios el poder y la esencia, la voluntad y la inteligencia, la sabiduría y la justicia son una sola cosa, de suerte que nada puede haber en el poder divino que no pueda estar en la justa voluntad de Dios o en su sabia inteligencia» (S. Tomás de Aquino, Suma theologiae 1,25,5, ad 1).
«Camina en la tempestad». El profeta reafirma la presencia sobrecogedora del Señor con palabras tomadas de la teofanía del Sinaí (cfr Ex 19,16). De este modo confiesa la soberanía divina sobre toda la creación.
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Na 1,4-5
Con esta nueva alusión al éxodo (v. 4; cfr Ex 14,16.21) se ensalza la iniciativa de Dios en la liberación de su pueblo, y con el retemblar de la tierra (v. 5) su poder y dominio sobre la creación entera. Los profetas interpretan los fenómenos naturales negativos (sequías, terremotos, etc.) como manifestación del juicio divino (cfr Jr 14,3-7) y como signos de que Dios es incompatible con la injusticia y el delito y, por tanto, siempre prevalece sobre ellos. «El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1040).
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Na 1,7-8
La bondad de Dios es una cualidad que los Salmos unen con la misericordia (cfr Sal 100,5; 135,3; 145,9) y cantan en himnos rituales (Sal 34,9). Nahum también ensalza la bondad divina reflejada en la protección de los que confían en Él y en la destrucción de los enemigos. Estos contrastes, frecuentes en lenguaje semita, son recursos para hacer hincapié en la predilección del Señor por los que le permanecen fieles.
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Na 1,9-2,1
Esta sección consta de elementos heterogéneos que en el proceso de composición podrían haber sufrido varias modificaciones hasta el resultado final que nos ha llegado. Algunos comentaristas la explican como un diálogo del profeta con israelitas y asirios: una parte estaría dirigida a los israelitas y a los asirios conjuntamente (1,9-10), otra sólo a los asirios (1,11.14) y otra sólo a los israelitas (1,12.13 y 2,1). Pero tanto artificio literario resulta demasiado sofisticado en un autor del siglo VII a.C. Parece más bien que los únicos interlocutores eran los habitantes de Judá y de Jerusalén para quienes la destrucción de Nínive sería ocasión de reconocer el poder soberano de Dios y la predilección divina por su pueblo. En todo caso, los primeros versículos (1,9-10) son introductorios, y los demás (1,11-2,1) constituyen el anuncio e interpretación en lenguaje profético de la caída de Nínive que se relata a continuación.
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Na 1,9-10
La introducción es una consideración sapiencial en la que subyace el «estilo de disputa» bien conocido en los profetas. La pregunta retórica: «¿Qué tramáis contra el Señor?», en segunda persona del plural, y la explicación siguiente van dirigidas a los que interpretaban la inactividad de Dios como impotencia y como abandono de los suyos. La respuesta es contundente con el anuncio de la invasión y destrucción de la capital de Asiria. La imagen de los espinos y de los borrachos (v. 10) refleja la decadencia de Nínive y su inminente desaparición.
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Na 1,11-14
«De ti salió», es decir, se marchó definitivamente el invasor que había venido con intenciones malévolas. Probablemente hace referencia al rey asirio Senaquerib que, como cuenta 2 R 18,13-19,37, invadió muchas ciudades de Judá el año 701 a.C., pero milagrosamente no llegó a apoderarse de Jerusalén. Éste sería «quien maquina maldad (…) y aconseja perversidad» (v. 11). La frase literalmente es «consejero de Belial», personaje «sin ley», identificado con el enemigo de Dios (cfr Ne 1,11; 2,1) y tomado como personificación de la perversidad (cfr Dt 13,14 y nota). El cambio del plural (v. 9) al singular (v. 11) es frecuente en el estilo profético: la ciudad es unas veces personificada y otras tomada como la suma de todos sus habitantes.
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Na 1,14
Este anuncio en segunda persona, masculino, se refiere al rey de Asiria. Aquí está retóricamente insertado a modo de cita literal para que los judíos escarmienten de la suerte de su enemigo más emblemático y emprendan un culto más fiel, sin idolatrías y sin imágenes prohibidas.
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Na 2,1
El «mensajero» en contexto bélico es el que viene desde el lugar de la batalla con buenas noticias (cfr 2 S 18,26; Is 41,27), generalmente con el anuncio de la paz. En el libro de Isaías se repiten las mismas palabras en un contexto más universal, dentro del himno en honor al reinado de Dios (Is 52,7), significando a un portavoz divino; aquí es más bien una metáfora. La paz, además del final de la guerra, indica la suma de beneficios otorgados por Dios al pueblo. De ahí la exhortación a celebrar una gran fiesta, probablemente una peregrinación a Jerusalén, porque el temido Senaquerib ha sido aniquilado. En el trasfondo de este anuncio, de tonos tan severos, se vislumbra el restablecimiento de la justicia que llegará en el horizonte escatológico cuando quede establecido el Reino de Dios, «un reino de justicia, de amor y de paz» (Misal Romano, Prefacio de Cristo Rey).
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Na 2,2-3,19
Tras la breve introducción que explica el sentido de la caída de Nínive (2,2-3), el poema sobre la invasión y destrucción de la capital de Asiria (2,4-3,19) tiene una gran fuerza poética, pues se mezclan los sentimientos de alegría, al ver cómo se desploma la ciudad enemiga, con las de asombro ante tanta violencia, y las de reconocimiento ante el juicio inapelable de Dios. El poema está construido con esmero, presentando la secuencia coherente de una invasión: el asalto de la ciudad (2,4-14), la descripción de los crímenes que han ocasionado la sentencia divina (3,1-7), la comparación ilustrativa con la destrucción de Tebas (3,8-11), la debilidad de Nínive tanto en sus plazas fuertes como en su ejército (3,12-17) y finalmente la elegía irónica por el rey de Nínive (3,18-19).
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Na 2,3
«La majestad de Jacob». El profeta explica que la destrucción de Nínive, que se creía ella misma la ciudad más excelsa, tiene como objeto la restauración de Israel que alcanzará la majestad y la gloria que le pertenecen como pueblo elegido. Se aplican a Judá los nombres gloriosos del antiguo patriarca, «Jacob» e «Israel», cuando el reino del Norte, Israel, ya había desaparecido. Con esta aclaración los aspectos más brutales de la descripción del asalto de Nínive han de entenderse como un modo de reflejar la predilección de Dios por los suyos, como canta el salmista: «Pues su brazo no les dio la victoria, sino tu diestra, tu brazo y la luz de tu rostro, porque te complacías en ellos» (Sal 44,4).
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Na 2,4-6
«Rojos son los escudos». En la traducción es casi imposible reflejar el colorido y el sonido estremecedor que refleja el texto hebreo. El profeta transmite la sensación de angustia de los ninivitas ante el avance del ejército formidable de los babilonios por las calles y plazas de la gran capital de Asiria.
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Na 2,8
«La gran Señora», literalmente «la que está en pie». Es un texto deteriorado que ha sido entendido de diversas maneras; por ejemplo la Neovulgata traduce «la Hermosa». En todo caso, parece que se refiere a la estatua de Istar, diosa del amor y de la guerra, venerada especialmente en Nínive. Al ser destruida la efigie, sus hieródulas y sacerdotisas lamentarían ostensiblemente su desaparición.
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Na 2,12-14
La imagen de los leones campando a sus anchas refleja el poderío y la crueldad de los ninivitas. Es un magnífico contraste con las cenizas a que quedarán reducidos después de cumplirse el juicio divino, expresado con solemnidad: «¡Aquí estoy Yo contra ti!» (v. 14). Esta fórmula que se repite más adelante (3,5) es típica de los oráculos de condena contra Israel o contra las naciones, especialmente en Jeremías (Jr 21,13; 50,31; 51,25) y en Ezequiel (21,8; 29,10; 35,3; 38,3; 39,1). Indica que la sentencia dictada es irrevocable y que se llevará a cabo.
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Na 3,1-7
La descripción contenida en estos versículos es intensa en todos sus elementos: crueldad de los asirios (v. 1), ferocidad de los babilonios (vv. 2-3), gravedad de la idolatría y los engaños de los ninivitas (v. 4) y, por último, juicio definitivo de Dios contra Nínive (vv. 5-7). La severidad de la sentencia divina prefigura el juicio final que el Catecismo de la Iglesia Católica describe con estas palabras: «El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 677).
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Na 3,8-11
«No-Amón» es el nombre de Tebas, capital del nuevo imperio egipcio, situada en el Alto Egipto. Había sido saqueada y ocupada el año 663 a.C. por el rey asirio Asurbanipal. El profeta lo recuerda con ironía como aplicando la ley del talión. Ahora los vencedores serán vencidos, los conquistadores conquistados, los destructores destruidos. Como ocurrió en Tebas también aquí serán cruelmente asesinados los niños como señal de genocidio total y como símbolo de brutalidad sin miramientos.
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Na 3,12-17
La debilidad de Nínive está descrita con imágenes apasionadas, cargadas de contrastes irónicos: sus fortalezas son como higos (v. 12), sus fornidos soldados como mujeres indefensas (v. 13), sus tropas numerosas como enjambres de langostas que, como vienen, se van sin hacer frente (vv. 15-16). El profeta parece disfrutar con esta pintura grotesca que pone de relieve la distancia infinita entre Dios omnipotente y soberano, y las criaturas que parecen fuertes, y no son nada.
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Na 3,18-19
La lamentación por la muerte del rey de Asiria nada tiene que ver con las elegías sinceras que solían entonarse por los difuntos importantes, por ejemplo, la que tributó David a Jonatán (cfr 2 S 1,19-27). Es más bien una sátira poética, breve pero incisiva: el rey asirio muere por desidia y abandono de los suyos, y se convierte en el hazmerreír de sus enemigos. A Israel le ha de servir como escarmiento para no desviarse, y como señal de la protección divina. Sólo Él le ha librado de sus enemigos.