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Mt 26,1-28,20
Los sucesos de la pasión de Nuestro Señor quedaron muy grabados en la memoria de sus discípulos: así se percibe en los discursos de los Apóstoles según el libro de los Hechos y en la intensidad de la narración de los cuatro evangelios. San Mateo pone de relieve dos cosas: la grandeza de Jesús ante la perfidia de sus acusadores, y el motivo por el cual sufrió todas esas afrentas: lo hizo porque Él es el Siervo doliente, anunciado por los profetas, que cargó sobre sí nuestros pecados. Los designios de Dios se cumplen en la muerte de Jesús, pero también en su resurrección. Con ella y con el mandato apostólico se inicia una nueva etapa: Jesús resucitado permanece en la Iglesia, las puertas del Cielo se han abierto y hemos de anunciar este mensaje de salvación a todos los hombres.
La pasión de Cristo es el momento de su vida más minuciosamente narrado por los cuatro evangelistas. No es de extrañar porque constituye el punto culminante de su existencia humana y de la obra de la Redención, en cuanto que es el sacrificio expiatorio que Él mismo ofrece a Dios Padre por nuestros pecados. A su vez, los sufrimientos tan tremendos de Nuestro Señor ponen de relieve, de la manera más expresiva, su amor a todos y cada uno de nosotros: «En la pasión de Cristo encontramos remedio para todos los males en los que incurrimos por nuestros pecados. Pero no es menor su utilidad como ejemplo, pues la pasión de Cristo es suficiente para dar forma perfecta a la vida cristiana. Quien desee alcanzar la perfección no tiene sino despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Él apeteció. En la cruz se dan ejemplos de todas las virtudes. Si buscas un ejemplo de amor: nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si Él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por Él. (…) Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: Él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir. Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a Aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: si por la desobediencia de uno —es decir, de Adán— todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos» (Sto. Tomás de Aquino, Expositio in Credum 4,919).
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Mt 26,1-5
Los tres primeros evangelios relatan de la misma manera el inicio del drama que va a suceder: las autoridades de Israel buscaban el modo de prender a Jesús y encuentran un aliado inesperado en Judas, «uno de los doce» (26,14). Sin embargo, cada evangelista subraya un aspecto peculiar. Mateo destaca el dominio de Jesús sobre lo que va a suceder. Los acontecimientos son parte del designio salvífico de Dios: hasta las treinta monedas que recibe Judas por su traición (26,15) son cumplimiento del plan trazado por Dios en las Escrituras (cfr 27,9-10).
Que las autoridades quisieran evitar el alboroto del pueblo (v. 5) indica la popularidad de Jesús; que quisieran prenderlo «con engaño» (v. 4) es ya la primera de las afrentas que le hacen al Señor en el proceso. Después, le siguen otras muchas: el soborno a un traidor (26,14-16), los falsos testimonios de la condena (26,59-61), la incitación a la muchedumbre (27,20), las burlas en la cruz (27,39), etc.; y, todo, «por envidia» (27,18).
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Mt 26,6-16
Betania (v. 6), donde residían Lázaro y sus hermanas (cfr Jn 12,1), era una aldea al este del Monte de los Olivos, en el camino de Jerusalén a Jericó. Es distinta de otra, también llamada Betania, cerca de la cual San Juan bautizaba (cfr Jn 1,28). La esplendidez de aquella mujer es criticada por los discípulos bajo pretexto de una falsa pobreza (vv. 8-10). Les pareció un derroche, pues según se lee en Jn 12,5 el perfume derramado costaba más de trescientos denarios, casi el salario de un año de un jornalero. En realidad, lo que no habían entendido los discípulos era el amor que había en el gesto de la mujer. «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. —Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: opus enim bonum operata est in me —una buena obra ha hecho conmigo» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 527).
El gesto de la mujer evoca la costumbre entre la nobleza judía de embalsamar los cuerpos antes de darles sepultura, empleando ricos ungüentos y perfumes. Esta mujer se anticipa a la muerte del Señor. Y lo que de suyo era un gesto de generosidad y reconocimiento de su dignidad, se convierte además en signo profético de su muerte redentora (vv. 12-13).
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Mt 26,17-25
La Pascua (v. 17) era la fiesta nacional israelita por excelencia. Se celebraba en memoria de la liberación de la esclavitud en Egipto (cfr Ex 12). Los ritos prescritos por Moisés consistían en la inmolación de un cordero sin defecto al que no se debía romper ningún hueso, y que debía comerse por entero, y en una comida de acción de gracias. En tiempos del Señor el sacrificio se realizaba en el Templo de Jerusalén, mientras la comida tenía lugar en las casas donde se reunía toda la familia. Los Ácimos son los panes sin levadura que debían comerse durante siete días, en recuerdo del pan sin fermentar que los israelitas tuvieron que tomar al salir apresuradamente de Egipto (cfr Ex 12,34). En aquel tiempo la cena pascual se celebraba el primer día de los Ácimos.
Marcos y Lucas se detienen, más que Mateo, en la descripción pormenorizada de las acciones preparatorias de la cena pascual. Mateo recuerda que Jesús sabía (v. 25) que Judas le había traicionado, pero eso no le detiene en su misión: «Mi tiempo está cerca» dice al dueño de la casa (v. 18). «Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 607).
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Mt 26,26-29
Los gestos y palabras de Jesús en la Última Cena tuvieron especial densidad de significado. También en el relato de la institución de la Eucaristía, los evangelistas se fijaron en algún aspecto más que en otros (cfr notas a Mc 14,22-25 y Lc 22,7-20). San Mateo es el único en recordar las palabras de Jesús sobre el carácter de expiación por los pecados que tendrá su muerte (v. 28). Las palabras del Señor vienen a dar plenitud al designio salvador de Dios. «Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (…). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 601).
En esta breve escena se contienen las verdades fundamentales de la fe en el sublime misterio de la Eucaristía: «Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 47).
En primer lugar, estamos ante la institución del Sacramento y la presencia real de Jesucristo. Al pronunciar las palabras: «Esto es mi Cuerpo…, ésta es mi Sangre…», lo que no era más que pan ácimo y vino de vid, pasa a ser —por las palabras y la voluntad de Jesucristo— su Cuerpo y su Sangre. Sus palabras no admiten interpretaciones de carácter simbólico ni explicaciones que oscurezcan la misteriosa verdad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía: sólo cabe ante ellas la respuesta humilde de la fe que siempre mantuvo la Iglesia Católica: «La perpetua instrucción impartida por la Iglesia a los catecúmenos y el sentido del pueblo cristiano, la doctrina definida por el Concilio de Trento y las mismas palabras de Cristo al instituir la Santísima Eucaristía, nos exigen profesar que la Eucaristía es la carne de Nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados y al que el Padre, por su bondad, ha resucitado. A estas palabras de San Ignacio de Antioquía, nos agrada añadir las de Teodoro de Mopsuestia, fiel testigo en esta materia de la fe de la Iglesia, cuando decía al pueblo: Porque el Señor no dijo: esto es un símbolo de mi cuerpo, y esto es un símbolo de mi sangre, sino: esto es mi cuerpo y mi sangre» (Pablo VI, Mysterium fidei, n. 5). La doctrina cristiana confiesa también que este sacramento no sólo tiene virtud de santificar sino que contiene al propio Autor de la Santidad; fue instituido por Jesús para que fuera alimento espiritual del alma. Por él se nos perdonan los pecados veniales y se nos dan fuerzas para no caer en los mortales: nos une con Dios de tal manera que es una prenda de la gloria futura.
Además, al instituir la Eucaristía, el Señor mandó que se repitiera hasta el fin de los tiempos (cfr Lc 22,19; 1 Co 11,24-25, y notas) dando a los Apóstoles el poder de realizarlo. Así pues, según este pasaje, completado por los relatos de San Pablo y San Lucas en los lugares citados, Cristo instituyó también el sacerdocio, concediendo a los Apóstoles el poder de consagrar, que éstos transmitieron a sus sucesores.
Finalmente, en la Última Cena, Cristo adelantó, de modo incruento, su próxima pasión y muerte. Cada Misa que se celebra desde entonces renueva el Sacrificio del Salvador en la Cruz, pues la Santa Misa «no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima propiciatoria» (Pío XII, Mediator Dei).
La expresión «que es derramada por muchos…» (v. 28) equivale a «que es derramada por todos». Se cumple así la profecía de Is 53,1-12.
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Mt 26,30-35
En la celebración de la Pascua se recitaban los Salmos 113-118. A esto se alude con las palabras: «Después de recitar el himno» (v. 30). Luego, antes de la gran prueba, Jesús previene a sus discípulos, y en especial a Pedro: se escandalizarán (v. 31). Ellos han confesado que Jesús es el Mesías (16,13-20), pero no han sabido entender que su mesianismo es el del Siervo sufriente (16,21-23). Ahora los hechos les van a forzar a hacerlo. Aun así, se resisten a aceptarlo. Pedro, generoso, asegura que nunca negará a Jesús (vv. 33-35); pero débil, lo hará: «De ahí aprendemos una gran verdad, y es que no basta la voluntad del hombre, si no nos asiste la ayuda de lo alto» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 82,4).
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Mt 26,36-46
Los tres sinópticos contrastan la dramática oración de Jesús con la impotencia de sus discípulos para acompañarle. Marcos (cfr Mc 14,32-42 y nota) lo hace con rasgos más acentuados. Mateo prefiere recordar que mediante la oración Jesucristo se identifica con la voluntad de Dios, la abraza. En efecto, el comienzo (v. 39) señala lo costoso de la aceptación del trance: «Si es posible, aleja…»; avanzada la oración, su plegaria es un rendido abandono en la voluntad del Padre: «Si no es posible…, hágase tu voluntad» (vv. 42 y 44). «Toda la pretensión de quien comienza oración —y no se os olvide esto, que importa mucho— ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias pueda hacer su voluntad conformar con la de Dios» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 2,8).
El relato conserva la emoción de la tradición que está en su base. Ésta debía de constituir un recuerdo vivo en la comunidad cristiana primitiva, pues, por ejemplo, también Hb 5,7 alude a este sobrecogedor acontecimiento: «La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática. Ante este misterio, además de la investigación teológica, podemos encontrar una ayuda eficaz en aquel patrimonio que es la “teología vivida” de los Santos. Ellos nos ofrecen unas indicaciones preciosas que permiten acoger más fácilmente la intuición de la fe, y esto gracias a las luces particulares que algunos de ellos han recibido del Espíritu Santo, o incluso a través de la experiencia que ellos mismos han hecho de los terribles estados de prueba que la tradición mística describe como “noche oscura”. Muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús. (…) Teresa de Lisieux vive su agonía en comunión con la de Jesús, verificando en sí misma precisamente la misma paradoja de Jesús feliz y angustiado: “Nuestro Señor en el huerto de los Olivos gozaba de todas las alegrías de la Trinidad, sin embargo su agonía no era menos cruel. Es un misterio, pero le aseguro que, de lo que pruebo yo misma, comprendo algo” (Últimos Coloquios. Cuaderno amarillo, 6 de julio de 1897)» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, nn. 26-27).
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Mt 26,47-56
La escena, rica en contrastes, manifiesta la grandeza del Señor. Judas, con un beso, signo de amistad y veneración, le traiciona (v. 49); en cambio, para Jesús, Judas es el amigo que no conoce siquiera su verdadera función en el drama (v. 50). Jesús es apresado a escondidas (v. 55), por un gran gentío armado (v. 47), aunque una sola petición suya al Padre echaría por tierra aquellos planes (v. 53). Los discípulos estaban aprestados para la ocasión (cfr 26,35) y uno de ellos —Pedro, según recuerda Jn 18,10— desenvaina la espada (v. 51). Pero Jesús no ofrece resistencia, se entrega porque quiere, porque su decisión de cumplir las Escrituras (vv. 54.56) es irrevocable aunque sea con la entrega de su vida (cfr 26,42): «Porque, siendo Dios, se hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente a ti, Dios, su Padre» (S. Juan Damasceno, Declaratio et expositio fidei 1).
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Mt 26,57-75
Los cuatro evangelios relatan el episodio, aunque con variaciones, sobre todo entre los sinópticos y Juan. Los príncipes del pueblo, más tarde, acusarán a Jesús de alborotador y el título de la condena será haberse proclamado «Rey de los Judíos». Los evangelios sinópticos coinciden en señalar que la acusación contra Jesús se refería a sus palabras sobre el Templo (v. 61): «Las palabras destruid este Templo y yo lo reconstruiré en tres días (Jn 2,19) parecen estar en relación con aquellas otras, referidas por Mateo y Marcos, y que los falsos testigos pronuncian al final del evangelio contra nuestro Señor Jesucristo. Él hablaba del Templo de su cuerpo; éstos por el contrario, aplican sus palabras al Templo hecho de piedras» (Orígenes, Commentaria in Ioannem 10,37,251-252).
En el episodio contrastan las actitudes de Jesús y de Pedro. San Mateo presenta un relato ordenado de las afrentas que sufre Jesús. Primero es acusado falsamente (v. 59) y después se le incrimina con una frase sacada de contexto (v. 61). Frente a estas acusaciones el Señor callaba (v. 63). Su confesión mesiánica le vale la inculpación de blasfemo (v. 65), la condena a muerte (v. 66) y las burlas de los criados (vv. 67-68). En esa progresión el perjurio de Pedro (vv. 72.74) lo entiende el lector como una última afrenta. Pero, al final, Pedro llora (v. 75). Como en otras ocasiones, Pedro no se sostiene por su fortaleza, sino por su contrición: «El santo David hizo penitencia de sus mortíferos crímenes y se mantuvo en su jerarquía. El bienaventurado Pedro, cuando derramó lágrimas amargas, se arrepintió de haber negado al Señor y siguió siendo apóstol» (S. Agustín, Epistolae 185,10,45).
Sin embargo, como en tantas ocasiones, el evangelio es paradójico. La imagen que utiliza Jesús (v. 64) evoca el Juicio Final (cfr 24,30; 25,31); el que ahora es juzgado, será quien juzgará después.
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Mt 27,3-10
No sabemos qué intenciones movieron a Judas para entregar a Jesús; lo cierto es que ante la condena de Jesús siente remordimiento y reconoce su pecado. Pero le faltó la esperanza del perdón y se mató (cfr Hch 1,16-20): «Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia —porque el Señor es fiel a sus promesas— y a su misericordia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2091).
La reacción de los príncipes de los sacerdotes no es menos deplorable. Se preocupan de cumplir con precisión un mandato de la Ley, no echar al tesoro del Templo el dinero proveniente de una acción inconfesable, siendo ellos mismos los incitadores de esa acción. Al comentar el pasaje, San Jerónimo (Commentarii in Matthaeum 27,6) hace notar que se hacían dignos de la acusación del Señor de colar un mosquito y tragarse un camello (cfr 23,24). El evangelista ve en la compra del Campo del Alfarero una prueba más de que Jesús es el Siervo de Dios sufriente en quien se cumplen las profecías de las Escrituras.
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Mt 27,11-26
Mateo subraya el rechazo del Mesías por parte de Israel. La narración incluye varias escenas que destacan la dignidad de Jesús y la condena injusta.
Llevan «a Jesús ante el procurador» (v. 11). Judea se encontraba entonces bajo la autoridad de un procurador o prefecto. Aunque éste dependía del legado romano de Siria, tenía el ius gladii o potestad para condenar a muerte a un reo. Comienzan las acusaciones de los príncipes de los sacerdotes y la invitación de Pilato a defenderse. Pero Jesús calla (vv. 12.14); como había anunciado Isaías (Is 53,7) a propósito del Siervo doliente, «fue maltratado y él se dejó humillar, no abrió la boca; como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante sus esquiladores, no abrió su boca». Y comenta San Efrén el gesto elocuente del silencio: «Él hablaba para enseñar, pero guardó silencio ante el tribunal. (…) Las palabras de sus calumniadores eran como una corona redentora sobre su cabeza. Su silencio era tal que, callando, todos aquellos clamores hacían más hermosa la corona» (Commentarii in Diatessaron 20,16).
A continuación viene una doble exculpación de Jesús: el intento de Pilato de liberarle (v. 18) y la intercesión de la mujer de Pilato que tiene a Jesús por «justo» (v. 19). El gobernador, desde su perspectiva de hombre político, intuye que todo aquel asunto es ajeno a su competencia. Jesús es inocente (v. 18), pero los judíos están soliviantados. Y busca, cobarde, el camino de las negociaciones y de las concesiones con la praxis del indulto de gracia pascual. No da resultado; las incitaciones de los príncipes de los sacerdotes (v. 20) son seguidas por la multitud que pide la crucifixión de Jesús: «Es duro leer, en los Santos Evangelios, la pregunta de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?” —Es más penoso oír la respuesta: “¡A Barrabás!” —Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”, y he añadido “¿a Cristo?… —¡Crucifige eum! —¡Crucifícalo!”» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 296).
Se llega así a la escena central. Pilato se lava las manos, un gesto de claro significado (v. 24; cfr Dt 21,6-8). De esa manera imputa al pueblo la responsabilidad de la muerte de Jesús. La respuesta del pueblo (v. 25) ha de entenderse en sentido teológico, es decir, como rechazo al Mesías, por lo cual Dios da su viña a otro pueblo que produzca frutos dignos (cfr 21,43): «Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy. (…) No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos, como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura» (Conc. Vaticano II, Nostra aetate, n. 4).
Finalmente Jesús es flagelado y entregado (v. 26). La flagelación que sufre Jesús es la romana, llamada verberatio. Se aplicaba sólo a esclavos y soldados rebeldes. Se practicaba con el flagrum, flagelo, azote. Era tan dura que a veces causaba la muerte.
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Mt 27,27-31
La cohorte romana se componía de unos 625 soldados, acuartelados en la Torre Antonia, junto al Templo. Estaba formada con mercenarios de otras regiones. Esto explica las burlas y la farsa del saludo: «Salve, Rey de los Judíos», al mismo tiempo que da un sentido al pasaje: al rechazo de los judíos, le sigue el de los gentiles. Por eso, entendemos también aquí el valor redentor universal de los sufrimientos de Cristo: «Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar de acuerdo con mi imagen tu imagen deformada» (Homilía antigua, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del Sábado Santo).
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Mt 27,32-56
Los cuatro evangelios narran con mucho detalle la crucifixión y muerte del Señor. Mateo comienza con el episodio de Simón de Cirene (v. 32), aunque no anota, como Marcos, que era padre de Alejandro y de Rufo. El Gólgota o Calvario (v. 33) se encontraba por la parte de fuera de la segunda muralla de Jerusalén. Había servido de cantera, de ahí la forma aproximada de un cráneo humano.
El expolio (v. 35) es narrado por los cuatro evangelistas. El condenado a cruz perdía todos los derechos ciudadanos, era reducido a la condición de esclavo. Por eso, los verdugos podían apropiarse de todo lo que portara. Este despojo, pues, no era de suyo relevante. Sin embargo, la primitiva tradición cristiana lo conserva porque ve en él el cumplimiento de la profecía del Sal 22,19, citada en el pasaje evangélico. El título sobre la cruz (v. 37), mencionado también por los cuatro evangelios, no era un capricho del prefecto, sino un uso jurídico romano en los actos de ejecución de una sentencia capital.
Las burlas de los presentes (vv. 39-44) y las palabras de Jesús poco antes de morir (v. 46) corresponden al Sal 22,2. Con sus palabras el Señor manifiesta el sufrimiento físico y moral que padece en esos momentos. De ningún modo son una queja contra los planes de Dios. «Porque el sufrimiento no está en no sentir, que eso es de los que no tienen sentido, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino, aunque duela y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia de Dios. Que el sentir, natural es a la carne, que no es bronce; y ansí no se lo quita la razón, la cual da a cada cosa lo que demanda su naturaleza; y la parte sensible muestra que de suyo es tierna y blandísima; siendo herida, necesario es que sienta, y al sentir, se sigue el ¡ay!» (Fray Luis de León, Exposición del libro de Job 3). En la agonía del Huerto (cfr nota a 26,36-46) Jesucristo había experimentado como un anticipo del dolor y abandono de este momento. Dentro del misterio de Jesucristo Dios-Hombre, hay que contemplar cómo su Humanidad —alma y cuerpo— sufre sin la atenuación que podría darle su divinidad.
Probablemente las palabras del Señor en la cruz —«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (v. 46)— hicieron comprender más tarde a sus discípulos que en su crucifixión y muerte se cumplían plenamente las Escrituras (cfr nota a Mc 15,21-41). Por eso el texto está repleto de alusiones a pasajes del Antiguo Testamento (Sal 22; 69; etc.), en los que se anunciaba que el sufrimiento de un hombre justo conducía a la alabanza del nombre de Dios por parte de todas las gentes: «La muerte del Salvador fue riguroso holocausto que Él mismo ofrendó al Padre para nuestra redención; aunque los dolores y padecimientos de su pasión fueron tan graves y fuertes que cualquier otro mortal hubiera sucumbido a ellos, a Jesús no le hubieran dado muerte de no haberlo Él consentido, y si el fuego de su infinito amor no hubiera consumido su vida. Él fue, pues, santificador de sí mismo; se ofreció al Padre y se inmoló en el amor» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 10,17).
El desgarramiento del velo del Templo (v. 51) significa que todos los hombres tienen abierto el camino hacia Dios Padre (cfr Hb 9,1-10;10,20) y que ha comenzado la vigencia de la Nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo.
Los demás hechos portentosos de carácter cósmico que acompañan a la muerte de Jesús (vv. 45.51-53) son señales que se entienden como respuesta de Dios a las acciones de los hombres. No moría un hombre más, sino el Hijo de Dios en su Humanidad. Estos acontecimientos evocan oráculos del Antiguo Testamento (Am 8,9; Is 2,10; Ez 32,7; Dn 12,2) en los que se anunciaba el día del Señor con la resurrección y la retribución final. Los vv. 52-53 son difíciles de explicar. Los grandes escritores eclesiásticos han propuesto tres posibles interpretaciones: 1) se trataría, más que de resurrecciones en sentido estricto, de apariciones de estos difuntos; 2) serían muertos que resucitaron a la manera de Lázaro para volver a morir; 3) habrían resucitado con resurrección gloriosa como anticipo de la resurrección universal. San Jerónimo, San Agustín y Santo Tomás de Aquino (cfr Summa theologiae 3,53,3) prefieren la segunda interpretación: piensan que esas resurrecciones se refieren a muertos que volvieron a morir. Dentro de la dificultad para interpretar su sentido, lo que enseña el pasaje es que, con su muerte, Jesús vence a la misma muerte. Esto es lo que confiesa la Iglesia cuando profesa el descenso de Cristo a los infiernos: «La Escritura llama infiernos, sheol o hades, a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (…). Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633). cfr nota a 1 P 3,18-22.
La presencia de las santas mujeres junto a Cristo en la cruz (vv. 55-56) es ejemplo de reciedumbre para todos los cristianos. «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé!— Con un grupo de mujeres valientes, como esas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 982).
La meditación de la pasión del Señor ha hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Pocas cosas hay más provechosas para un cristiano que contemplar despacio, con piedad y con asombro, los acontecimientos salvadores de la muerte del Hijo de Dios hecho hombre. Los santos se han preguntado cómo pudo vivir Jesús esos momentos. Santa Catalina de Siena recoge esta locución de Dios Padre a propósito de cómo pueden convivir dolor y alegría, sufrimiento y gozo: «El alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente» (Diálogo de la Divina Providencia 78).
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Mt 27,57-66
La legislación judía prescribía que el cuerpo de los ejecutados y colgados fuera enterrado antes de terminar el día, porque un colgado es una maldición de Dios y su cadáver mancha la tierra (Dt 21,22-23). En el caso de Jesús se añadía la coincidencia de que se había ejecutado en la víspera del sábado, que quizá era la Pascua según el calendario saduceo. Todo ello explica la prisa de las autoridades judías en la petición a Pilato. «Parasceve», palabra griega, significa «preparación» (cfr Lc 23,54). Se denominaba así el día en que se preparaba lo necesario para el sábado, jornada en la que no se podía trabajar por estar consagrada a Dios. El término también se podía referir al día anterior a una gran fiesta de carácter sabático, como por ejemplo la Pascua (cfr Jn 19,14).
«En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Co 15,3), sino también que “gustase de la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 624). San Mateo, con unas indicaciones —el sepulcro nuevo y la gran piedra (v. 60), el sello y la guardia (v. 66)— señala la verdadera muerte de Cristo y lo infundado de una calumnia que se divulgó en aquel tiempo (cfr 28,15).
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Mt 28,1-15
«La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 638). Dos notas lo configuran. En primer lugar, es «un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios» (ibidem, n. 656). En segundo lugar, el hecho tiene una singular importancia para la nosotros, los hombres, pues «Cristo, “el primogénito de entre los muertos” (Col 1,18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma, más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo» (ibidem, n. 658).
Los evangelios coinciden en que las primeras apariciones de Jesús Resucitado no fueron a los discípulos, sino a «las santas mujeres», cuyo amor más desinteresado y generoso, más fiel y recio que el de los varones, parece haber sido premiado de un modo muy delicado. En el ambiente judaico de la época se concedía poco valor al testimonio jurídico de las mujeres: quizás por eso San Pablo no las menciona en su resumen catequético de 1 Co 15,1-9. La circunstancia de que se les atribuya tanta relevancia en los cuatro evangelios apunta en primer lugar a la realidad histórica del hecho, pero muestra también la predilección de Dios por las almas sencillas, generosas y humildes.
Hay pequeñas diferencias entre los sinópticos. Frente a la frescura y espontaneidad de Marcos, y frente al gusto de Lucas por los detalles, Mateo es algo hierático, catequético y solemne; prescinde de detalles secundarios. Las señales con las que describe el anuncio de la resurrección (vv. 2-4) indican también la magnitud del hecho; como la muerte de Jesús (27,51-54), la resurrección es un acontecimiento extraordinario: es lógico que el cielo y la tierra lo proclamen. «Éste es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. (…) En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. (…) Pero aun no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que Él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos. (…) ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza» (S. Gregorio de Nisa, In Christi Resurrectione oratio 1).
La verdadera resurrección de Cristo la presenta el evangelista incluso con la prueba contraria: la de quienes difundieron la calumnia del robo del cadáver (vv. 11-15). Con esta nota San Mateo nos informa de algo trascendental: incluso los enemigos de la resurrección saben que la tumba está vacía y no pueden explicar el motivo. San Agustín comentaba así el episodio: «¿Qué has dicho, oh astucia siniestra?… ¿Presentáis testigos dormidos? Verdaderamente dormiste tú que, inventando tales patrañas, desfalleciste» (Enarrationes in Psalmos 63,15).
▲ COMENTARIO
Mt 28,16-20
Los cuatro evangelistas recuerdan la dificultad de los Apóstoles para aceptar la resurrección de Jesús. Marcos (cfr Mc 16,9-20 y nota) es más explícito que Mateo, que sólo recoge un breve apunte (v. 17): «No es cosa grande creer que Cristo murió. Esto también lo creen los paganos, los judíos (…). Todos creen que Cristo murió. La fe de los cristianos consiste en creer en la resurrección de Cristo. Tenemos por grande creer que Cristo resucitó» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 120,6).
«Se me ha dado toda potestad en el cielo y la tierra» (v. 18). La omnipotencia, atributo exclusivo de Dios, también lo es de Jesucristo resucitado. Las palabras del Señor evocan un pasaje del libro de Daniel en el que se anuncia que tras los imperios que pasan, vendrá un hijo de hombre al que «se le dio dominio, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominio es un dominio eterno que no pasará; y su reino no será destruido» (Dn 7,14). Y Jesús es ese Hijo del Hombre que por sus padecimientos mereció la glorificación (cfr Dn 7,9-14 y nota).
«Haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado» (vv. 19-20). La primera misión a los Doce (10,1-42) tenía como destino la casa de Israel (10,5-6) y como motivo de predicación la cercanía del Reino de los Cielos (10,7). Ahora, los Once son enviados al universo entero, y la misión supone el Bautismo en el nombre de las tres personas divinas (v. 19) y la enseñanza de los preceptos del Señor (v. 20). La salvación se alcanza por la pertenencia a la Iglesia, y esa pertenencia se manifiesta en el cumplimiento de los mandamientos: «Es muy grande el premio que proporciona la observancia de los mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, (…) sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado» (S. Roberto Belarmino, De ascensione mentis in Deum 1).
«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (v. 20). En el Antiguo Testamento se narra cómo Dios estaba en medio de su pueblo (cfr p. ej. Ex 33,15-17), y cómo prometía a sus elegidos que estaría con ellos en sus empresas y que por tanto tendrían éxito (Gn 28,15; Ex 3,12; Jos 1,5; Jr 1,8; etc.). La frase evangélica indica que el destinatario de su mensaje es la Iglesia entera. Por eso, en la tarea de la evangelización no estamos solos; Él es el Emmanuel, el «Dios–con–nosotros» (1,23), y, como Dios, con su poder y su eficacia (v. 18), permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos (v. 20): «Aunque no es propio de esta vida, sino de la eterna, el que Dios lo sea todo en todos, no por ello deja de ser ahora el Señor huésped inseparable de su templo que es la Iglesia, de acuerdo con lo que Él mismo prometió al decir: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Por ello, todo cuanto el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no sólo podemos conocerlo por la historia de los acontecimientos pasados, sino también sentirlo en la eficacia de las obras presentes» (S. León Magno, Sermo 12 in Passione Domini 3,6).