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Lc 9,1-50
La misión de los Apóstoles marca el comienzo de una nueva sección. Es el fin y la coronación del ministerio de Jesús en Galilea. En estos cincuenta versículos se concentran episodios tan trascendentales como la misión apostólica, la multiplicación de los panes, la confesión de Pedro y la Tranfiguración. Es claro pues que el motivo que la recorre gira en torno a las relaciones de Jesús con los Apóstoles. La escena central es la confesión de Pedro (9,18-21). Hasta ese momento, los Apóstoles estaban con el Señor y colaboraban en su misión; desde entonces, Jesús dedica una especial atención a enseñarles el sentido de los acontecimientos que van a ocurrir en Jerusalén y lo que debe ser la vida del discípulo de Cristo. No en vano la doctrina del Señor nos llegó a través de los Apóstoles: «Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 863).
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Lc 9,1-6
Los Apóstoles colaboran en la misión de Cristo y la continúan. Lucas ha ido describiendo el poder y la autoridad con que Jesús proclamaba el Evangelio y curaba a los enfermos; ahora descubre que esas mismas cualidades (v. 1) y esa misma misión (v. 2) se las entregó el Señor a los Doce. Éstos la cumplieron (v. 6) y la transmitieron a la Iglesia: «Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era Él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que Él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme con este mismo designio. Lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a Él, y a los que había destinado como maestros de las naciones. (…) Los Apóstoles (…) dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe. De modo semejante, continuaron fundando iglesias en cada población, de manera que las demás iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las iglesias apostólicas. Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras» (Tertuliano, De praescriptione haereticorum 20-21).
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Lc 9,7-9
La actividad de Jesús suscita una pregunta capital: «¿Quién es éste?». En el evangelio se señala que la gente no acertaba con la respuesta (vv. 7-8; cfr 9,18-19), que Herodes estaba perplejo (v. 7), y que Pedro le confesó como Mesías (9,20). Pero también se anota que el motivo que impulsaba a Herodes era la mera curiosidad (v. 9; cfr 23,8), mientras que Pedro hacía un auténtico acto de fe en el que comprometía su propia vida: «El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precisamente este ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo de su persona, lo que él espera de los “suyos”. (…) Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 19).
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Lc 9,10-17
Las acciones salvadoras de Cristo se simbolizan de modo eminente en este milagro que acabará por provocar la confesión de Pedro (9,18-21). Antes del milagro (v. 11), vemos a Jesús realizando acciones características de su misión como Mesías, que, además, son las mismas que acaba de encargar a sus discípulos (9,2.6): la proclamación del Reino de Dios y la curación de los enfermos (cfr 4,18). Con el milagro de la multiplicación de los panes se añade una nota más: la sobreabundancia de los dones en los tiempos mesiánicos (cfr Is 25,6; Sal 78,19-20; etc.). La acción de alimentar al pueblo en un lugar desierto (v. 12) evoca los episodios del éxodo, cuando Dios sustentaba a su pueblo (cfr Ex 16,1ss.), y prefigura la Eucaristía, alimento del cristiano en su camino hacia Dios: «La Sagrada Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo acrecienta la unión del comulgante con el Señor, le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves. Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1416).
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Lc 9,18-21
Los tres primeros evangelios recogen la confesión de fe de San Pedro. Lucas la narra de manera más condensada que los otros dos (cfr notas a Mt 16,13-20; Mc 8,27-30). Hay, sin embargo, un aspecto característico en el tercer evangelio: mientras los otros dos recuerdan que el episodio sucedió en Cesarea de Filipo, San Lucas omite la referencia geográfica y rememora, en cambio, la oración de Jesús (v. 18) presente en los momentos trascendentales de su ministerio (cfr 3,21; 6,12; 9,28; etc.).
La preeminencia de Pedro entre los Doce es reiterada de una u otra manera en los cuatro evangelios. Aquí no se recoge, como en San Mateo (Mt 16,17-19), el don del Primado a Pedro; en cambio, el relato de la Última Cena (cfr 22,31-34 y nota) del tercer evangelista sí subraya la responsabilidad de Pedro respecto del Colegio Apostólico: «De todos se elige a Pedro, a quien se pone al frente de la misión universal de la Iglesia, de todos los apóstoles y de todos los Padres de la Iglesia; y, aunque en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos pastores, a todos los gobierna Pedro, aunque todos son regidos eminentemente por Cristo. La bondad divina ha concedido a este hombre una excelsa y admirable participación de su poder, y todo lo que tienen de común con Pedro los otros jerarcas les es concedido por medio de Pedro» (S. León Magno, Sermo 4 in anniversario ordinationis suae 2).
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Lc 9,22-27
La reprensión a Pedro —que originó estas palabras de Jesús sobre el misterio de la cruz (cfr Mt 16,21-28; Mc 8,31-9,1)— no es recogida por Lucas. Jesús es el Cristo y, como señala el episodio de la Transfiguración, su destino es la gloria. Pero su misión pasa por la cruz. Por tanto, quien quiera seguirle, no puede pretender otro camino. La pasión y la cruz son episodios claves en la vida de Cristo, y por ello son también el primer peldaño de la vida cristiana: «Aquel que ama los placeres, que busca sus comodidades, que huye las ocasiones de sufrir, que se inquieta, que murmura, que reprende y se impacienta porque la cosa más insignificante no marcha según su voluntad y deseo, el tal, de cristiano sólo tiene el nombre; solamente sirve para deshonrar su religión, pues Jesucristo ha dicho: Aquel que quiera venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, lleve su cruz todos los días de su vida, y sígame» (S. Juan B. María Vianney, Sermón sobre la penitencia del Miércoles de Ceniza).
Significativamente, el Señor añade que el cristiano debe renovar el ejercicio de llevar la cruz «cada día» (v. 23), porque la salvación llega en un momento preciso, «ahora» (4,21; 5,25; 19,9.42), y por eso cada momento puede ser el definitivo de la salvación: «Me preguntas: ¿Por qué esa cruz de palo? —Y copio de una carta: “Al levantar la vista del microscopio, la mirada va a tropezar con la cruz negra y vacía. Esta Cruz sin crucificado es un símbolo. Tiene una significación que los demás no verán. Y el que, cansado, estaba a punto de abandonar la tarea, vuelve a acercar los ojos al ocular y sigue trabajando: porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella”» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 277).
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Lc 9,28-36
La Transfiguración es uno de los escasos episodios del evangelio conectado cronológicamente con otro: fue «unos ocho días después» (v. 28; «seis días después», según Mt 17,1 y Mc 9,2) de la confesión de Pedro. El vínculo entre los dos episodios es también temático: cuanto iba a «cumplirse en Jerusalén» (v. 31) es camino para la «gloria» (v. 32) de Jesús; la cruz anunciada un poco antes (9,22-23) no es el lance final, es sólo un paso para la glorificación: «Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como Siervo de Dios. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: “Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa” (Sto. Tomás de Aquino, S. th. 3,45,4 ad 2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 555).
Jesucristo con su Transfiguración fortalece la fe de sus discípulos mostrando en su Humanidad un indicio de la gloria que iba a tener después de la resurrección. No en vano los tres discípulos que le acompañan ahora (v. 28) son los tres que estarán más cerca de su agonía en Getsemaní (Mt 26,37; Mc 14,33). Con esta manifestación gloriosa fortalece su esperanza: «Para que alguien se mantenga en el recto camino hace falta que conozca previamente, aunque sea de modo imperfecto, el término de su andar (…). Y esto es tanto más necesario, cuanto más difícil y arduo es el camino y fatigoso el viaje, y alegre en cambio el final» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,45,1).
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Lc 9,37-43
A propósito de este milagro los otros evangelistas han señalado la enseñanza de Jesús sobre el valor de la fe (cfr Mt 17,14-20 y nota) y de la oración (cfr Mc 9,14-29 y nota). Lucas, por su parte, señala la tribulación del padre ante su único hijo (v. 38) y la misericordia de Jesús que devuelve el hijo a su padre (v. 42). En ese sentido, el milagro recuerda a la resurrección del hijo de la viuda de Naín, que también era un hijo único (7,12) y también fue entregado a su madre por Jesús (7,15). La reacción de los presentes es asimismo muy semejante: si antes las gentes glorificaban a Dios porque había «visitado a su pueblo» (7,16), ahora se asombran ante la «grandeza de Dios» (v. 43; cfr 4,32; 8,25; 11,14). Jesús no obra milagros para su propia gloria, sino para manifestar la misericordia de Dios: «En Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia. (…) No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, Él mismo la encarna y personifica. Él mismo es, en cierto sentido, la misericordia» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 2).
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Lc 9,43-45
De nuevo, tras el momento de gloria, Jesús insiste en su pasión y muerte. Los discípulos, sin embargo, no entienden sus palabras: «Nadie se escandalice de ver tan imperfectos a los apóstoles. Todavía no se había consumado el misterio de la Cruz, todavía no se les había dado la gracia del Espíritu Santo» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 65,2). Además, de manera distinta a lo que ocurre en otros anuncios, aquí sólo se menciona la humillación, no la glorificación; la entrega del Señor en manos de los hombres, no el triunfo de la resurrección. Una señal más de que el amor a la cruz es signo de identificación con Jesucristo. Es lo que los santos han denominado la «ciencia» de la cruz: «Pasar con Él por la muerte de cruz, crucificando como Él la propia naturaleza con una vida de mortificación y de renuncia, abandonándose en una crucifixión llena de dolor y que desembocará en la muerte como Dios disponga y permita. Cuanto más perfecta sea tal crucifixión activa y pasiva, tanto más intensa resultará su unión con el Crucificado y tanto más rica su participación en la vida divina» (Sta. Teresa Benedicta de la Cruz, Ciencia de la cruz 53).
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Lc 9,46-50
En contraste con el horizonte de entrega y sufrimiento que Jesús ve para sí mismo (9,44), estos dos episodios ponen de manifiesto las miras humanas de los Apóstoles. Jesús contrapone la ambición a la sencillez de un niño (vv. 46-48). La enseñanza sobre la humildad y la sencillez quedó bien grabada en los primeros cristianos: «Serás sencillo de corazón y rico de espíritu. (…) No te enaltecerás a ti mismo, sino que serás humilde en todo. No te arrogarás gloria. No concebirás una determinación perversa contra tu prójimo, ni infundirás a tu alma temeridad» (Epistula Barnabae 19,2-3).
Después (vv. 49-50), el Señor corrige la actitud exclusivista e intolerante de los Apóstoles, invitándoles a tener un corazón grande, donde quepan todos: «Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. —Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia. —Después, tú, a tu camino: persuádete de que no tienes otro» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 965).
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Lc 9,51-19,27
Los tres sinópticos mencionan el viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén. Sin embargo, la narración de San Lucas es mucho más extensa —casi diez capítulos— y recoge numerosas enseñanzas del Señor que no están presentes en los otros evangelios: las parábolas del buen samaritano (10,25-37), de la misericordia (15,1-32), del fariseo y el publicano (18,9-14), la conversión de Zaqueo (19,1-10), etc. Estos pasajes reflejan los rasgos característicos del tercer evangelio: la misericordia de Dios, la universalidad de la salvación predicada por Jesús, la alegría de la conversión, etc.
Al dedicarle tanta extensión a este viaje, Lucas señala de manera gráfica la importancia de la Ciudad Santa en la historia salvífica. En efecto, los comienzos de la actividad pública del Señor se realizan en Galilea (4,14-9-50); de ahí va el Señor a Jerusalén a través de Samaría (9,51-19,27), y en Jerusalén se consuma nuestra salvación (19,28-24,53). De modo inverso procederá en su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles. Allí contemplamos cómo germina la Iglesia en Jerusalén (Hch 1,1-7,60) y se expande después a Samaría (Hch 8,1-25), y hasta el fin de la tierra (Hch 8,26-28,31).
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Lc 9,51-10,24
La marcha de Jesús hacia Jerusalén rememora acontecimientos de la misión en Galilea. El rechazo de los samaritanos (9,53) recuerda el que sufrió Jesús en Nazaret (4,28-30); la misión de los setenta y dos (10,1-12.17-20) evoca la de los Doce (9,1-6.10); finalmente, los reproches a las ciudades incrédulas (10,13-16) son un eco de los dirigidos contra la incredulidad de los hombres de su generación (7,31-35).
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Lc 9,51-56
Al encaminarse decididamente a Jerusalén, hacia la cruz, Jesús cumple voluntariamente el designio del Padre (cfr 9,31), que había determinado que por su pasión y muerte llegase a la resurrección y ascensión gloriosas.
«El tiempo de su partida» (v. 51). Literalmente, «el tiempo de su asunción». Se refiere al momento en que Jesucristo, abandonando este mundo, ascienda a los cielos. El evangelista describe la subida a Jerusalén como una ascensión adonde iba a manifestarse la salvación. Pero la exaltación pasa por la cruz, de ahí el doble sentido que tiene esa palabra en el leguaje cristiano: «La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante, de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria. (…) También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo» (S. Andrés de Creta, Sermo 10 de Exaltatione Sanctae Crucis).
«Pero no le acogieron» (v. 53). Los samaritanos eran enemigos de los judíos desde la mezcla de los antiguos hebreos con los gentiles que repoblaron la región de Samaría en la época del cautiverio asirio, a finales del siglo VIII a.C. (2 R 17,24-41). Las desavenencias se hicieron más intensas con la restauración de Jerusalén, tras el destierro en Babilonia (cfr Ne 13,4-31). Por estos y otros motivos, los samaritanos no reconocían el Templo de Jerusalén como el único lugar donde se podían ofrecer sacrificios, y construyeron su propio templo en el monte Garizim (cfr Jn 4,20). Jesucristo corrige el deseo de venganza de sus discípulos (vv. 54-56), opuesto a la misión del Mesías que no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos. De este modo, los Apóstoles van aprendiendo que el celo por las cosas de Dios no debe ser áspero ni violento. «El Señor hace admirablemente todas las cosas (…). Actúa así con el fin de enseñarnos que la virtud perfecta no guarda ningún deseo de venganza, y que donde está presente la verdadera caridad no tiene lugar la ira y, en fin, que la debilidad no debe ser tratada con dureza, sino que debe ser ayudada» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
Algunos manuscritos griegos, que fueron seguidos por la Vulgata, añaden al final del v. 55: «diciendo: No sabéis a qué espíritu pertenecéis. El Hijo del hombre no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos».
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Lc 9,57-62
Como en los inicios de su actividad (cfr 5,1-11), también ahora hay personas que se sienten llamadas a seguir a Jesús. Pedro y los demás Apóstoles «dejaron todas las cosas» (cfr 5,11.28) para seguirle; estas personas, en cambio, todavía tienen que desprenderse de algo. Del mismo modo, su actitud contrasta con la de Cristo, a quien poco antes el evangelista ha mostrado firmemente decidido (cfr 9,51) en su camino hacia Jerusalén. Seguir a Jesús exige radicalidad: «A veces [la voluntad] parece resuelta a servir a Cristo, pero buscando al mismo tiempo el aplauso y el favor de los hombres. (…) Se empeña en ganar los bienes futuros, pero sin dejar escapar los presentes. Una voluntad así no nos permitirá llegar nunca a la verdadera santidad» (Juan Casiano, Collationes 4,12).
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Lc 10,1-12
Jesús envía ahora a otros setenta y dos discípulos a «toda ciudad y lugar» (v. 1) con instrucciones muy semejantes a las que había dado a los Doce (cfr 9,1-5). El número 72 tal vez aluda a los descendientes de Noé (cfr Gn 10,1ss.) que formaban las naciones antes de la dispersión de Babel (cfr Gn 10,32). En todo caso parece que señala la universalidad de la misión de Cristo. Junto a esta universalidad, las palabras de Jesús apuntan también a la urgencia de evangelizar. Estas notas estarán siempre presentes en la acción misionera de la Iglesia: «Hoy se pide a todos los cristianos, a las iglesias particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu» (Juan Pablo II, Redemptoris missio, n. 30).
Entre los que seguían al Señor y habían sido llamados (cfr Lc 9,57-62), además de los Doce, había numerosos discípulos. Los nombres de la mayoría nos son desconocidos; sin embargo, entre ellos se contaban seguramente aquellos que estuvieron con Jesús desde el bautismo de Juan hasta la ascensión del Señor: por ejemplo, José, llamado Barsabás, y Matías (cfr Hch 1,23); Cleofás y su compañero, a quienes Cristo resucitado se les apareció en el camino de Emaús (cfr 24,13-35). De entre todos, el Señor elige a setenta y dos. Les exige, como a los Apóstoles, total desprendimiento y abandono en la providencia divina (v. 4), porque «tanta debe ser la confianza que ha de tener en Dios el predicador, que, aunque no se provea de las cosas necesarias para la vida, debe estar persuadido de que no le han de faltar, no sea que mientras se ocupa de proveerse de las cosas temporales, deje de procurar a los demás las eternas» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 17).
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Lc 10,13-16
Como un ejemplo de los lugares que pueden no acoger a los discípulos (v. 16; cfr 10,10-12), el Señor cita las ciudades del lago, Corazín y Betsaida. Son poblaciones judías que han visto de cerca la obra de Dios en Jesús y no han cambiado de vida. La comparación con las ciudades paganas, Tiro y Sidón, enfatiza la culpabilidad de aquéllas, porque «a todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá» (12,48). Las acciones y las palabras de los discípulos son, como las de Jesús (v. 16), una invitación de Dios a la penitencia (v. 13), penitencia que no puede quedarse en las obras exteriores, sino que debe llegar hasta el fondo del corazón: «La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron animi cruciatus (aflicción del espíritu), compunctio cordis (arrepentimiento del corazón) (cfr Cc. de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catech. Rom. 2,5,4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1431).
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Lc 10,17-20
Los discípulos han experimentado la alegría de compartir la misión de Cristo y de comprobar el poder que dimana de ella (v. 17). El Señor, sin embargo, completa sus motivos de alegría con lo que está en la raíz de todo bien: su elección por parte de Dios. «No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. —Agradécesela» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 913).
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Lc 10,21-24
A este pasaje, también presente en San Mateo (cfr Mt 11,25-27 y nota), se le ha llamado tradicionalmente el «himno de júbilo» del Señor. Es uno de los momentos en que Jesús manifiesta su alegría al ver cómo los humildes entienden y aceptan la palabra de Dios (v. 21): «Los niños no reflexionan sobre el alcance de sus padres. Sin embargo, sus padres cuando ocupan un trono y poseen inmensas riquezas, no vacilan en satisfacer los deseos de sus pequeñuelos (…). No son las riquezas ni la gloria (ni siquiera la gloria del cielo) lo que reclama el corazón del niñito (…). Lo que pide es el amor… No puede hacer más que una cosa: ¡amarte, oh Jesús!» (Sta. Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos 9).
Las palabras de Jesús son una declaración abierta de quién es Él: el que conoce a Dios Padre y el que nos lo revela, el revelador y la revelación. En Jesús, Dios se hace accesible a los hombres: «En efecto, antes, ¿qué idea de Dios se podría haber hecho el hombre que no fuera la de un ídolo fabricado por su corazón? Era incomprensible e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano. Pero ahora ha querido ser comprendido, visto, accesible a nuestra inteligencia. ¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendiente de la cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y dominando sobre el poder de la muerte, como también resucitando el tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos como signo de victoria, y subiendo, finalmente, ante la mirada de ellos, hasta lo más íntimo del cielo. ¿Hay algo de esto que no sea objeto de una verdadera, piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios, y, a través de todas ellas, llego hasta mi Dios» (S. Bernardo, Sermo in Nativitate B. Virginis Mariae).
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Lc 10,25-11,54
Esta sección se compone de un conjunto de pasajes en los que el acontecimiento relatado es sobre todo una ocasión para presentar las enseñanzas del Señor. Los temas que se abordan son diversos: la misericordia, la oración, las señales de Jesús, etc.
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Lc 10,25-37
Jesús alaba y acepta el resumen de la Ley que hace el escriba judío. Su respuesta (v. 27) es una composición de dos textos del Pentateuco (Dt 6,5 y Lv 19,18). Sin embargo, Cristo, con la parábola del buen samaritano, agranda los horizontes de ese amor que se había empequeñecido en un ambiente legalista: el prójimo no es sólo aquél con el que tenemos alguna afinidad —sea de parentesco, de raza, de religión etc.— sino todo aquel que necesita nuestra ayuda, sin distinción de raza, religión, etc.; el horizonte se alarga hasta abarcar a todo ser humano, hijo, como cada uno de nosotros, del mismo Padre Dios.
Con la mención del sacerdote y el levita es posible que el Señor quisiera precisar el alcance de las normas legales (vv. 31-32). En efecto, según la Ley de Moisés (cfr Lv 21,1-4.11-12; Nm 19,11-22), el contacto con un cadáver hacía contraer la impureza legal. Con la parábola, Jesús muestra —y el escriba así lo reconoce— que el cumplimiento de las normas legales nunca puede ahogar la misericordia.
El lector puede apreciar también que Jesús es la encarnación de la misericordia divina ya que vive los mismos gestos misericordiosos del Padre (cfr 15,1-32 y notas). Por eso, no es extraño que desde los primeros siglos la parábola se haya interpretado alegóricamente. San Agustín, que la comenta en muchos lugares, siguiendo a otros Santos Padres, identifica al Señor con el buen samaritano, y al hombre asaltado por ladrones con Adán, origen y figura de la humanidad caída: «De ahí también que el mismo Señor y Dios nuestro quiso llamarse nuestro prójimo, pues Jesucristo nuestro Señor se simbolizó en el que socorrió al hombre tendido en el camino, tendido, semivivo y abandonado por los ladrones» (De doctrina christiana 1,33). Por su parte, el hombre abandonado es sanado de sus heridas en la Iglesia: «Tú, alma mía, ¿dónde te encuentras, dónde yaces, dónde estás mientras eres curada de tus dolencias por aquel que se hizo propiciación por tus iniquidades? Reconoce que te encuentras en aquel mesón adonde el piadoso samaritano condujo al que encontró semivivo, llagado por las muchas heridas que le causaron los bandoleros» (De Trinitate 15,27,50).
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Lc 10,38-42
El evangelio nos habla en varias ocasiones (cfr Jn 11,1-45; 12,1-10) de estos tres hermanos —Lázaro, Marta y María— con los que Jesús tenía un trato de amistad. Las palabras de Jesús no son tanto un reproche a Marta como un elogio encendido de la actitud de María, que escucha la palabra del Señor: «Aquélla se agitaba, ésta se alimentaba; aquélla disponía muchas cosas, ésta sólo atendía a una. Ambas ocupaciones eran buenas» (S. Agustín, Sermones 103,3).
A veces se ha visto en Marta el símbolo de la vida de la tierra y en María la del cielo. Otras veces se ha considerado a Marta como símbolo de la vida activa, y a María de la contemplativa. En la Iglesia hay diversas vocaciones, pero acción y contemplación deben estar presentes en toda vida cristiana. Cada bautizado está llamado a alcanzar una unidad de vida en la que el trato con Dios y la fidelidad a la misión se armonizan. Como San Josemaría enseñaba, «en esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones. Cristo nos espera. (…) Seamos almas contemplativas, con diálogo constante, tratando al Señor a todas horas; desde el primer pensamiento del día al último de la noche, poniendo de continuo nuestro corazón en Jesucristo Señor Nuestro, llegando a Él por Nuestra Madre Santa María y, por Él, al Padre y al Espíritu Santo» (Es Cristo que pasa, n. 126). Y también explicaba en otro lugar: «Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles materiales, seculares de la vida humana. (…) Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno descubrir» (Conversaciones, n. 114).
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Lc 11,1-4
La oración del Padrenuestro es recogida también por San Mateo con ocasión del Discurso de la Montaña (cfr nota a Mt 6,1-18). Aquí, al estar situada como respuesta de Jesucristo al deseo de sus discípulos que se admiran ante la oración de su Maestro (v. 1), el Evangelio de Lucas señala la estrecha relación entre la oración de los cristianos y la de Jesús, Hijo de Dios: «Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es “del Señor”. Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado: Él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas, los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2765).
Es gran consuelo poder llamar «Padre» a Dios. Si Jesús, el Hijo de Dios, nos enseña que invoquemos a Dios como Padre es porque en nosotros se da la realidad entrañable de ser y sentirse hijos de Dios: «Yo soy esa hija, objeto del amor previsor de un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los justos sino a los pecadores. El quiere que yo le ame porque me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que yo le ame mucho, como Santa María Magdalena, sino que ha querido que yo sepa hasta qué punto Él me ha amado a mí, con un amor de admirable prevención, para que ahora yo le ame a Él ¡con locura…!» (Sta. Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos 4,39r).
Después, el texto recogido por San Lucas, aunque más escueto que el de San Mateo, recoge las mismas invocaciones y peticiones: «Si recorres todas las plegarias de la Santa Escritura, creo que no encontrarás nada que no se encuentre y contenga en esta oración dominical. Por eso, hay libertad de decir estas cosas en la oración con unas u otras palabras, pero no debe haber libertad para decir cosas distintas. (…) Aquí tienes la explicación, a mi juicio, no sólo de las cualidades que debe tener tu oración, sino también de lo que debes pedir en ella, todo lo cual no soy yo quien te lo ha enseñado, sino aquel que se dignó ser maestro de todos» (S. Agustín, Ad Probam 12-13).
Entre las diversas súplicas (cfr nota a Mt 6,1-18), pedimos a Dios que nos dé el pan cotidiano (v. 3). Solicitamos a Dios el alimento diario de cada jornada: la posesión austera de lo necesario, lejos de la opulencia y de la miseria (cfr Pr 30,8). Los Santos Padres han visto en el pan que se pide aquí no sólo el alimento material, sino también la Eucaristía, sin la cual no puede vivir nuestro espíritu. La Iglesia nos lo ofrece diariamente en la Santa Misa y reconoceremos su valor si lo procuramos recibir diariamente: «Si el pan es diario, ¿por qué lo recibes tú solamente una vez al año? Recibe todos los días lo que todos los días es provechoso; vive de modo que diariamente seas digno de recibirle» (S. Ambrosio, De Sacramentis 5,4).
Pedimos también fuerza ante la tentación (v. 4), pero «no pedimos aquí no ser tentados, porque en la vida del hombre sobre la tierra hay tentación (cfr Jb 7,1) (…) ¿Qué es, pues, lo que aquí pedimos? Que, sin faltarnos el auxilio divino, no consintamos por error en las tentaciones, ni cedamos a ellas por desaliento; que esté pronta a nuestro favor la gracia de Dios, la cual nos consuele y fortalezca cuando nos falten las propias fuerzas» (Catechismus Romanus 4,15,14).
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Lc 11,5-13
El Señor acompaña el Padrenuestro con unas enseñanzas sobre la oración de petición. Comienza con una comparación muy expresiva (vv. 5-8). La arqueología ha descubierto que algunas casas de Nazaret de la época eran casi un único espacio compuesto por una cueva excavada en la roca proyectada hacia fuera con unos metros de construcción. Pequeñas perforaciones en la roca servían de alacenas. El amigo inoportuno es verdaderamente tal pues, para alcanzar tres panes (v. 5), prácticamente había que despertar a toda la casa. Jesús completa esta imagen gráfica con una sentencia en la que declara la eficacia de la oración (vv. 9-10). La experiencia de la Iglesia ha atestiguado de mil formas la verdad de estas palabras del Señor: «Estando yo una vez importunando al Señor mucho, (…) temía por mis pecados no me había el Señor de oír. Aparecióme como otras veces y comenzóme a mostrar la llaga de la mano izquierda, (…) y díjome que quien aquello había pasado por mí, que no dudase sino que mejor haría lo que le pidiese; que Él me prometía que ninguna cosa le pidiese que no la hiciese, que ya sabía Él que yo no pediría sino conforme a su gloria» (Sta. Teresa de Jesús, Vida 39,1).
Después, con la imagen del padre (vv. 11-13), asegura la donación más grande para el cristiano, que es el Espíritu Santo: «Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna» (S. Basilio, De Spiritu Sancto 15,36; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 736).
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Lc 11,14-26
Los adversarios de Jesús acuden ahora a una acusación muy grave: es el demonio quien actúa a través de Él. Jesús refuta la acusación advirtiéndoles al mismo tiempo de su gravedad (cfr notas a Mt 12,22-37 y Mc 3,20-30). Después, con una comparación (vv. 24-26), llama la atención sobre el peligro en que se encuentran: ellos, en virtud de la acción de Dios con su pueblo, se habían visto libres del demonio, pero el rechazo obstinado de la actuación de Dios que obra a través de Cristo les convertía en lugar adecuado donde el maligno podía multiplicar su actividad. En otros lugares del Nuevo Testamento (cfr Hb 6,4-6; 2 P 2,20-22; etc.) los escritores sagrados expresan su preocupación por los cristianos que llegan a una situación semejante.
Por encima del tono polémico (vv. 15-16), el relato enseña una clara verdad. El fuerte y bien armado (v. 21) es el demonio, que tenía esclavizado al hombre; pero Jesucristo, más fuerte que él, ha venido, le ha vencido y le está desalojando de donde se había enseñoreado. Con todo, aunque el demonio ha sido vencido por Cristo, debemos ser nosotros quienes hagamos de nuestra casa (vv. 24-26) el Reino de Cristo: «Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo, fuimos lugar en donde habitaba el demonio; después del bautismo, nos convertimos en templos de Cristo. (…) Y, ya que Cristo, con su venida, arrojó de nuestros corazones al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras» (S. Cesáreo de Arlés, Sermones 229,1-3).
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Lc 11,27-28
Tal como lo ha entendido la Tradición de la Iglesia, estas frases son una declaración de la grandeza de Santa María, ya que «acogió las palabras con las que el Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios como Ella lo hacía fielmente» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 58). Santa María creyó a la palabra de Dios (1,38), y ahora Jesús traza «el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 172). La Iglesia confiesa que «durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el “cumplimiento” de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 149).
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Lc 11,29-32
Las frases del Señor son una respuesta a la provocación que San Lucas ha relatado un poco antes (11,16). Los signos y la sabiduría de Jesús están claros para quien quiera ver. Los ninivitas hicieron penitencia porque reconocieron al profeta Jonás y aceptaron su mensaje. Jesús es más que Jonás. Y también es más que Salomón, en quien la tradición de Israel veía al hombre sabio por excelencia. La «reina del Sur», la reina de Saba, al sur de Arabia, visitó a Salomón (1 R 10,1-13) y quedó maravillada de la sabiduría que Dios le había infundido. Tanto los ninivitas como la reina pagana afrentarán a los judíos que no se convierten ni buscan la verdad. La vida y predicación de Cristo son una invitación a la conversión, pero sus oyentes tal vez no estaban dispuestos a obrar de ese modo, y por eso no acertaron a comprenderle. cfr nota a Mt 12,38-45.
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Lc 11,33-36
Quien tiene la vista sana ve con claridad las cosas; del mismo modo, en la vida moral la mirada pura y sencilla sabe apreciar la acción de Dios en el mundo. Aquellos hombres no han sabido reconocer la acción de Dios en las obras de Jesús, porque les falta la sencillez. De ahí la invitación de Cristo para que rectifiquen y sepan discernir: «Este discernimiento es la madre de todas las virtudes, y a todos es necesario, ya sea para la dirección espiritual de los demás, ya sea para corregir y ordenar la propia vida. La decisión en el obrar es recta cuando se rige por el beneplácito divino, la intención es buena cuando tiende a Dios sin doblez. De este modo, todo el cuerpo de nuestra vida y de cada una de nuestras acciones será luminoso, si nuestro ojo está sano. Y el ojo sano es ojo y está sano cuando ve con claridad lo que hay que hacer y cuando, con recta intención, hace con sencillez lo que no hay que hacer con doblez. La recta decisión es incompatible con el error; la buena intención excluye la ficción. En esto consiste el verdadero discernimiento: en la unión de la recta decisión y de la buena intención. Todo, por consiguiente, debemos hacerlo guiados por la luz del discernimiento, pensando que obramos en Dios y ante su presencia» (Balduino de Cantorbery, Tractatus 6).
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Lc 11,37-54
En este pasaje —uno de los más severos del evangelio— Jesucristo desenmascara de modo vehemente el vicio por el que el judaísmo oficial se opuso con más fuerza a la aceptación de su doctrina: la hipocresía revestida de legalismo. Hay gentes que, so capa de bien, cumpliendo la mera letra de los preceptos, no cumplen su espíritu; no se abren al amor de Dios y del prójimo, y, bajo la apariencia de honorabilidad, apartan a los hombres del verdadero fervor, haciendo intolerable la virtud. El Señor se detiene en señalar tres consecuencias de esa actitud: puede llevar a los demás a transgredir las leyes sin saberlo (v. 44), e incluso a la muerte de los justos (vv. 48-51), y puede hacer imposible la salvación (v. 52).
En un primer momento, San Lucas nos presenta a Jesús invitado a comer por un fariseo. La actitud de éste, que se extraña «al ver» (v. 38) que Jesús no se lava las manos, ilustra la frase del Señor recogida en el anterior pasaje: «Cuando tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo también está iluminado. Pero cuando tu ojo es malicioso, también tu cuerpo queda en tinieblas» (11,34). El fariseo mira a lo exterior y Jesús pide que se mire a lo interior: ese parece el sentido de las siguientes comparaciones (vv. 39-44). Según la Ley de Moisés había que pagar el diezmo de las cosechas (cfr Lv 27,30-33; Dt 14,22ss.) para contribuir al sostenimiento del culto en el Templo; los productos insignificantes no estaban sujetos a esta Ley, pero los fariseos, llevados de una extrema meticulosidad, enseñaban que también de ellos debía pagarse. El Señor no condena esa práctica (v. 42), pero pide sobre todo limosna, justicia y amor de Dios: «Les decía que sólo se ocupaban de las cosas externas, y despreciaban como ajenas las interiores, porque ignoraban que lo que se hacía con el cuerpo había que hacerlo también con el alma» (Hegemonio, Acta disputationis Archelai episcopi Mesopotamiae et Manetis haeresiarchae 21). También enseñaba la Ley que quien tocase una sepultura quedaba impuro durante siete días (Nm 19,16). Por eso los sepulcros debían señalarse, no fuera a ser que, con el paso del tiempo, la sepultura quedase imperceptible para quien pasara por encima. Los fariseos no tienen luz para iluminar (cfr 11,33), y pueden ser causa de tropiezo para los fieles (v. 44).
Después (vv. 46-52), Jesús contesta a un doctor de la Ley. Los doctores de la Ley, llamados normalmente escribas, eran los que tenían un conocimiento versado de la Ley y de sus interpretaciones. Fariseos y saduceos tenían sus propios escribas. Los reproches que aquí les dirige el Señor son menos extensos que los que recoge San Mateo (cfr Mt 23,1-36 y nota), pero igualmente duros. En un lenguaje que recuerda al de los profetas, Jesús les rememora el pasado de sangre que va desde Abel, en el comienzo de la Biblia (Gn 4,8), hasta Zacarías, el profeta cuyo martirio se narra en el último de los libros sagrados reconocidos por los judíos (2 Cro 24,20-22). De esta manera, Jesús anuncia su propio destino, que el lector ve incoado en la actitud de los escribas y fariseos (vv. 53-54); pero sabe también que es la actitud de Jesús la que debe imitar: «No te impone mucho quién está por ti o contra ti, sino busca y procura que esté Dios contigo o en todo lo que haces. Ten buena conciencia y Dios te defenderá. Al que Dios quiere ayudar no le podrá dañar la malicia de alguno. Si sabes callar y sufrir, sin duda verás el favor de Dios. Él sabe el tiempo y el modo de librarte, y por eso te debes ofrecer a él. A Dios pertenece ayudar y librar de toda confusión» (Tomás de Kempis, De imitatione Christi 2,2).
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Lc 12,1-14,35
Esta nueva sección sigue estando presidida por las enseñanzas de Jesús. Sin embargo, ahora el tema principal es el escatológico: las palabras de Cristo son una invitación a la vigilancia y a mirar al Reino futuro (12,1-13,9; 13,22-30; 14,15-24). Junto con este motivo aparecen otros muy queridos por San Lucas: la pobreza auténtica, la humildad, etc.
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Lc 12,1-12
Casi todo este capítulo (12,1-53) son instrucciones del Señor a sus discípulos. Muchas pueden encontrarse también en el Discurso de la Misión en el primer evangelio (Mt 10,1-42). Por su contenido se dirigen a los discípulos de Cristo. Sin embargo, Lucas advierte que sus oyentes eran «una muchedumbre de miles de personas» (v. 1). Es evidente, por tanto, que las palabras de Jesús se refieren a todos los cristianos.
La enseñanza se inicia con sentencias polémicas. El episodio anterior ha concluido con la decisión de los enemigos de Jesús de «acosarle, atacarle y acecharle» (cfr 11,53-54). Cristo previene a sus discípulos diciéndoles que no serán ajenos a una persecución semejante: serán objeto de la hipocresía de los fariseos como lo fue Él (v. 1); y el desquiciamiento de sus oponentes, que llegaron a atribuir las obras del Hijo del Hombre a Belcebúl (11,15), se repetirá en la vida de sus discípulos. Como Él, serán acusados, no sólo en las sinagogas —como representando a un tribunal religioso— sino ante todo tipo de tribunales (v. 11). Pero Jesús les pide que sean valientes y que le confiesen sin temor (vv. 4.8), porque Dios les cuidará con su providencia (vv. 6-7) y les asistirá con la sabiduría de su Espíritu (v. 12). Desde los primeros cristianos, como San Ignacio o San Policarpo, hasta ahora, estas enseñanzas de Jesús resuenan en las palabras de muchos mártires: «De lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve. (…) Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor» (Sto. Tomás Moro, Carta escrita en la cárcel a su hija Margarita).
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Lc 12,13-21
En el mismo marco de doctrina que el discurso anterior —valorar las cosas de la tierra con los ojos puestos en el Cielo— Jesús explica ahora el peligro de fijar los horizontes de la vida en las riquezas: «El tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra como en una prisión desde el momento en que se convierte en el bien supremo que le impide mirar más allá» (Pablo VI, Populorum progressio, n. 19).
La parábola que ejemplifica la enseñanza es muy significativa, porque, en un primer momento, nos parece que aquel hombre rico actúa con previsión: si la cosecha ha sido buena, hay que atesorar y no despilfarrar. Jesús corrige esa visión desde un punto de vista más profundo. Esta vida, si bien es vida, es poca cosa: hay que vivir con otra perspectiva, hay que ser rico ante Dios (v. 21). Por eso, tener presente la muerte es una riqueza para nuestra vida: «Quien vive como si hubiera de morir cada día —puesto que nuestra vida es incierta por naturaleza— no pecará, ya que el buen temor extingue gran parte del desorden de los apetitos; por el contrario, el que cree que va a tener una larga vida, fácilmente se deja dominar por los placeres» (S. Atanasio, Vita Antonii).
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Lc 12,22-34
Continúa la enseñanza acerca de las riquezas y el uso de los bienes del mundo. La clave se concentra en el último versículo. Cada uno de nosotros pone sus afectos, sus ilusiones, sus impulsos más hondos, su corazón, en lo que considera su bien más preciado: es nuestro tesoro. Por eso, frente al rico insensato que atesoró en vano (12,20-21), Jesús nos invita a atesorar en el Cielo (v. 33), siendo generosos en la tierra: «Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo; tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración» (S. Francisco de Asís, Carta a todos los fieles).
Del mismo modo nos exhorta a no poner las ilusiones y las preocupaciones en los bienes de la subsistencia, comida, vestido, salud, etc. (vv. 22-30), sino en la consecución del Reino de Dios (v. 31). Esta radicalidad es la misma que la Iglesia hace resonar en su llamada a la santidad: «Todos los cristianos, por tanto, están llamados y obligados a tender a la santidad y a la perfección de su propio estado de vida. Todos, pues, han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 42).
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Lc 12,35-48
La exhortación a estar vigilantes aparece con frecuencia en la predicación de Cristo (cfr Mt 24,42; 25,13; Mc 14,34) y en la de los Apóstoles. De una parte, porque el enemigo está siempre al acecho (cfr 1 P 5,8), y de otra, porque quien ama nunca duerme (cfr Ct 5,2). Manifestaciones concretas de esa vigilancia son el espíritu de oración (cfr 21,36; 1 P 4,7) y la fortaleza en la fe (cfr 1 Co 16,13).
Ahora Jesús, invita a la vigilancia mediante dos imágenes: la cintura ceñida y la lámpara encendida (v. 35). Las amplias vestiduras que usaban los judíos se ceñían a la cintura para realizar algunos trabajos, para viajar, etc., por lo que «tener las cinturas ceñidas» indica un gesto de disponibilidad y de rechazo a cualquier relajamiento (cfr Jr 1,17; Ef 6,14; 1 P 1,13). Del mismo modo, «tener las lámparas encendidas» indica la actitud propia de quien vigila o espera la venida de alguien. Después, el Señor acude a dos comparaciones (vv. 36-40) para señalar cómo debe ser la espera vigilante ante su venida segura: como el criado espera a su amo, o como el dueño espera al ladrón; ambos saben que el «otro» va a venir y que en ese encuentro se decide su futuro. En el marco de esas enseñanzas, nos quedamos deslumbrados ante el contenido del v. 37: no es fácil pensar en un señor de la época que sirva a sus criados porque le esperan cuando llega tarde, pero eso es lo que hace el Señor con sus siervos fieles: se ciñe la cintura y les sirve (cfr Jn 13,1-20).
Ante la pregunta de San Pedro (v. 41), Jesús introduce la cuestión de la responsabilidad de quienes ocupan algún cargo (vv. 42-48a) y, en general, de todos (v. 48b). El Señor lo explica especificando que no será igual la suerte del fiel (vv. 43-44) que la del cínico (vv. 45-46), ni la del débil (v. 47) será como la del ignorante (v. 48). «Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre, adorando a Dios y al Padre en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, para merecer la participación de su gloria. Según eso, cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad. Es menester, en primer lugar, que los pastores del rebaño de Cristo cumplan con su deber ministerial, santamente y con entusiasmo, con humildad y fortaleza, según la imagen del Sumo y Eterno sacerdote, pastor y obispo de nuestras almas; cumplido así, su ministerio será para ellos un magnífico medio de santificación» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 41).
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Lc 12,49-53
El fuego expresa frecuentemente en la Biblia (cfr p. ej. Dt 4,24) el amor ardiente de Dios por los hombres. Con esta imagen y con la del Bautismo (cfr nota a Mt 10,16-42) Jesús revela sus ansias incontenibles de dar la vida por amor a los hombres. Los cristianos debemos seguir su ejemplo: «¡Oh Jesús…, fortalece nuestras almas, allana el camino y, sobre todo, embriáganos de Amor!: haznos así hogueras vivas, que enciendan la tierra con el divino fuego que Tú trajiste» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 31). Sin embargo, Jesús sabe que Dios lo ha constituido «signo de contradicción» (cfr 2,34-35) y que esa contradicción afectará asimismo a sus discípulos.
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Lc 12,54-59
En su queja, Jesús juega con dos sentidos de la palabra «tiempo»: el climático y el de las etapas de la salvación. Parece como si quienes le conocieron hubieran utilizado un doble tipo de razonamiento: uno, con lógica, para juzgar las cosas terrenas y otro, ilógico, para juzgarle a Él. Los signos que ha mostrado —los milagros, su vida y su doctrina— deberían ser suficientes para confesarle como Mesías. Sin embargo, aquellas gentes no han sabido comprender los signos y han malentendido a Jesús. Esa postura no fue exclusiva de muchos de los contemporáneos de Jesucristo. Se vuelve a producir en nuestros días, cada vez que se pasan por alto los signos que Dios muestra o sus sugerencias en el fondo de la conciencia: «Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 19).
Después (vv. 58-59), con la imagen del adversario y el magistrado, el Señor les enseña que todavía tienen tiempo para rectificar, poco, porque están casi de camino hacia el juicio, pero el suficiente para no acabar condenados: «Que se apresure, pues, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de mala a buena conducta, pasan de la muerte a la vida, y más tarde serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa» (S. Fulgencio de Ruspe, De remissione peccatorum 12,4).
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Lc 13,1-5
Jesús se servía de los sucesos del momento para enseñar. Ahora explica que aquellas dos desgracias (vv. 1.4) no hay que atribuirlas a los pecados de quienes murieron —como se pensaba comúnmente en aquel entonces—, sino que son una llamada a la conversión. Todo es signo del Señor y, por tanto, ocasión para volver a Dios: «Recorramos todas las etapas de la historia y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a Él» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 7,5).
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Lc 13,6-9
La parábola es una glosa del último versículo del pasaje anterior (13,5): la necesidad de convertirse para no perecer eternamente. La higuera que no da frutos, en los otros dos sinópticos (Mt 21,18-22; Mc 11,12-25), simboliza el Templo, que daba apariencia de frutos, pero que era estéril. En algunos textos del Antiguo Testamento (Jr 8,13: Os 9,10), la higuera simboliza a Israel, el pueblo de Dios cuando tiene que dar frutos y no los da. También la viña (v. 6) es una imagen frecuente para simbolizar a Israel (Is 3,14; 5,7; Jr 12,10; etc.). En el trasfondo de la parábola puede verse que Jesús es el viñador (v. 7) con el que Dios le da una última oportunidad a su pueblo. La parábola, para aquellos hombres, y para nosotros, es una advertencia y un aviso: Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cfr Ez 33,11), y «tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan» (2 P 3,9), pero exige obras que avalen la conversión: «La grandeza del hombre consiste en su semejanza con Dios, con tal de que la conserve. Si el alma hace buen uso de las virtudes plantadas en ella, entonces será de verdad semejante a Dios. Él nos enseñó, por medio de sus preceptos, que debemos ofrecerle frutos de todas las virtudes que sembró en nosotros al crearnos. (…) Amando a Dios es como renovamos en nosotros su imagen. (…) Pero el amor verdadero no se practica sólo de palabra, sino de verdad y con obras» (S. Columbano, Instructiones 11,1-2).
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Lc 13,10-17
En otros lugares de los evangelios (cfr 6,6-11; 14,1-6; Mt 12,9-14; Mc 3,1-6) se relatan episodios semejantes a éste: Jesús cura en sábado poniendo de manifiesto la grandeza de su proceder divino y la pequeñez de quienes le acusaban por ello. Aquí se añade un nuevo aspecto: el sábado (cfr Ex 20,11; 23,12) lo bendijo Dios y lo dio al hombre para que descansara; por tanto es día de alabanza a Dios y de alegría: de ahí la conveniencia de curar a aquella mujer en sábado (v. 16). La alegría de la gente, notada por el evangelista (v. 17), confirma la finura del razonamiento de Jesús.
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Lc 13,18-21
Dos parábolas que nos enseñan a no medir la fuerza del Reino con los criterios de nuestra pequeñez: el Reino es como un grano menudo, pero con una energía que se desplegará de modo admirable (vv. 18-19): «Con la parábola del grano de mostaza les incita a la fe y les hace ver que la predicación del Evangelio se propagará a pesar de todo. Los más débiles, los más pequeños entre los hombres, eran los discípulos del Señor, pero como había en ellos una fuerza grande, ésta se desplegó por todo el mundo» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 46). La imagen de la levadura tiene todavía más fuerza: tres medidas de harina son unos 40 kilos, y el pan que resulta de la fermentación de la levadura en ella es una cantidad desmesurada. Esa es la fuerza del Reino: su capacidad de transformar todo cuanto fecunda, por muy grande o poderoso que sea. Es lo que comprobaron los primeros cristianos: «Somos de ayer y lo llenamos todo» afirmaba con orgullo Tertuliano en el siglo II (Apologeticum 37).
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Lc 13,22-30
A propósito de una pregunta, Jesús expone su doctrina sobre la salvación. Ésta no está ligada a un privilegio de raza (v. 26), sino al combate espiritual (v. 27). «Dios quiere que todos los hombres se salven» (1 Tm 2,4), aunque para alcanzar la salvación «los creyentes han de emplear todas sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 40). Esto es lo que se indica con la imagen de la «puerta angosta». Con ella se nos alerta del peligro de crearse falsas seguridades. Pertenecer al pueblo, o haber conocido al Señor y haber escuchado su palabra, no es suficiente para alcanzar el Cielo; sólo los frutos de correspondencia a la gracia tendrán valor en el juicio divino.
En varias ocasiones alude Jesús a la vida eterna con la imagen de un banquete (v. 29; cfr 12,35-40; 14,15-24; etc.) al que todos están llamados: «Los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta» (ibidem, n. 16).
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Lc 13,31-35
El texto recoge dos episodios. El primero (vv. 31-33) parece haber ocurrido en la región de Perea, territorio de la jurisdicción de Herodes Antipas (cfr 3,1) más cercano a Jerusalén. El segundo (vv. 34-35) parece situarse cerca de Jerusalén. El conjunto es muy revelador del sentido que dio Jesús a su vida (v. 33): «Aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 609). Jesús sabe, además, que el fracaso de su misión a los judíos es sólo transitorio, pues llegará el momento en que le confiesen como el Mesías que iba a venir (v. 35).
La advertencia de los fariseos (v. 31) deja notar aquí, como en otros pasajes (7,36; 11,37; etc.), que Jesús tenía un trato asiduo con ellos, y que, con las acusaciones que dirigía a su conducta, sólo quería poner al descubierto lo que estaba corrompido para que pudieran corregirse.
Después (vv. 34-35), el Señor deja ver el profundo dolor de su alma ante la resistencia de Jerusalén al amor de Dios, tantas veces manifestado. Con la imagen de la gallina y los polluelos, Jesús manifiesta que sus acciones son las de Dios (cfr Mt 23,37-39 y nota). San Agustín describía así el sentido entrañable de la imagen: «Vosotros, hermanos míos, sabéis bien cómo enferma la gallina al tener polluelos. Ningún ave manifiesta la maternidad como ella. (…) La gallina enferma de tal manera al tener sus polluelos que, aunque no vayan tras ella, aunque no la sigan sus hijos, te das cuenta de que es madre. Así lo indican sus alas caídas, y sus plumas erizadas, y su peculiar cloqueo, y todos su miembros laxos y abatidos; todo eso, como digo, indica que es madre aunque no se vean sus polluelos. Así es como está enfermo Jesús» (In Ioannis Evangelium 15,7).
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Lc 14,1-6
El relato lleva a pensar que estamos ante una escena preparada: los fariseos invitan a Jesús, lo sitúan frente a aquel hidrópico y observan. En tiempos de Jesús la hidropesía —enfermedad caracterizada por la producción de una gran cantidad de líquido, generalmente en el vientre— era considerada una dolencia que se contraía a causa de algún pecado, por tanto no era lícito curarla en sábado. La argumentación del Señor revela también cómo entiende su misión a los hombres: lo mismo que un hombre no deja de salvar a su hijo o su buey en sábado, Él cura a aquel hombre porque tiene como propias todas nuestras necesidades.
Esta actitud contrasta con el fanatismo de aquellos hombres. El fanatismo siempre es nocivo. Con frecuencia lleva a la obcecación, a negar, como en este caso, los principios más elementales de caridad y de justicia, e incluso de mero humanitarismo. Fanáticos no podemos serlo de nada. Ni aun de lo más sagrado. Por eso el Concilio Vaticano II declaró que «en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural» (Dignitatis humanae, n. 2).
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Lc 14,7-11
El marco de la comida a la que ha sido invitado proporciona a Jesús ocasión para varias enseñanzas. Aquí desarrolla una lección sobre la humildad. «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante —a mi parecer sin considerarlo, sino de presto— esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entiende, agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 6,10,8).
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Lc 14,12-14
Sigue Jesús enseñando con la imagen del banquete. Ahora no habla del invitado sino del que invita, y muestra que la humildad ha de completarse con la práctica de la caridad. También al dar hay que desechar todo deseo de vanagloria o de recompensa humana, y mirar primero a Dios (cfr 12,22-34 y nota), de quien hemos recibido todo: «¿Quién te ha dado las lluvias, la agricultura, los alimentos, las artes, las casas, las leyes, la sociedad, una vida grata y humana, así como la amistad y familiaridad con aquellos con quienes te une un verdadero parentesco? (…) ¿Acaso no ha sido Dios, el mismo que ahora solicita tu benignidad, por encima de todas las cosas y en lugar de todas ellas? ¿No habríamos de avergonzarnos, nosotros, que tantos y tan grandes beneficios hemos recibido o esperamos de Él, si ni siquiera le pagáramos con esto, con nuestra benignidad? Y si Él, que es Dios y Señor, no tiene a menos llamarse nuestro Padre, ¿vamos nosotros a renegar de nuestros hermanos? No consintamos, hermanos y amigos míos, en administrar de mala manera lo que, por don divino, se nos ha concedido» (S. Gregorio Nacianceno, De pauperum amore 23-24).
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Lc 14,15-24
La figura del banquete adquiere ahora una significación peculiar, pues le sirve a Jesús para describir el Reino de Dios. Con esta parábola explica la formación de la Iglesia como convocatoria universal a la salvación. Dios había elegido a Israel para que fuera mediador de la salvación (cfr Is 46,1ss.); pero cuando estaba ya todo preparado (v. 17) y envió a su Hijo, los primeros invitados —el Israel más digno— lo rechazaron. Por eso Dios ahora fundará su Iglesia con los despreciados de Israel (v. 21) y con los paganos (v. 23).
La parábola ofrece muchas claves para el apostolado y la misión de los cristianos. La invitación de Dios exige muchas veces sacrificar intereses humanos, y habrá personas que no sean capaces de captar la grandeza de lo que Dios ofrece (vv. 16-20), pero no por eso los siervos del Señor deben dejar de empeñarse en buscar nuevos invitados porque todavía queda sitio (vv. 21-22). El evangelio reproduce una frase que puede parecer violenta: «Obliga a entrar» (v. 23). No se trata, obviamente, de violentar la libertad de nadie, sino de ayudar a decidirse por el bien, rompiendo con respetos humanos, con la ocasión de pecado, con la ignorancia: «El padre de familia, después de enterarse de que algunos de los que debían acudir a la fiesta se han excusado con razonadas sinrazones, ordena al criado: Sal a los caminos y cercados e impele —compelle intrare— a los que halles a que vengan. ¿No es esto coacción? ¿No es usar violencia contra la legítima libertad de cada conciencia? Si meditamos el Evangelio y ponderamos las enseñanzas de Jesús, no confundiremos esas órdenes con la coacción. (…) Ese compelle intrare no entraña violencia física ni moral: refleja el ímpetu del ejemplo cristiano, que muestra en su proceder la fuerza de Dios: mirad cómo atrae el Padre: deleita enseñando, no imponiendo la necesidad. Así atrae hacia Él (S. Agustín In Ioannis Evangelium 26,7)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 37). Se «obliga a entrar» con la oración, con el sacrificio, con el testimonio de una vida cristiana, con la amistad.
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Lc 14,25-35
El evangelista presenta ahora a Jesús en un contexto diferente. Mucha gente le sigue (v. 25), pero el Señor les explica que seguirle verdaderamente es algo más que el mero sentirse atraído por su doctrina: «La doctrina que el Hijo de Dios vino a enseñar fue el menosprecio de todas las cosas, para poder recibir el precio del espíritu de Dios en sí; porque, en tanto que de ellas no se deshiciere el alma, no tiene capacidad para recibir el espíritu de Dios en pura transformación» (S. Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo 1,5,2).
Las palabras del v. 26 pueden parecer duras: hay que entenderlas dentro del conjunto de las exigencias del Señor y del lenguaje bíblico que reproducen. En diversos textos del Antiguo Testamento, «amar y odiar» indican preferencia, y, sobre todo, elección. Así, por ejemplo, se dice que Jacob amaba a Raquel y aborrecía a Lía (Gn 29,28-30), o que el Señor amó a Jacob y odió a Esaú (Ml 1,2-3; Rm 9,13; cfr Lc 16,13), para significar que Raquel era la elegida por Jacob, o Jacob el elegido por Dios. Por eso, las palabras de Jesús deben entenderse como una preferencia y como una elección decisiva: ser discípulo de Jesús es tomar partido por Dios, sin componendas. En ese sentido, se ha entendido en la Tradición de la Iglesia: «Debemos tener caridad con todos, con los parientes y con los extraños, pero sin apartarnos del amor de Dios por el amor de ellos» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 37,3). En términos semejantes lo enseña la doctrina cristiana cuando dice que los cristianos «se esfuerzan por agradar a Dios antes que a los hombres, dispuestos siempre a dejarlo todo por Cristo» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 4).
Las dos comparaciones posteriores, la del que comienza a edificar y la del rey que sale a guerrear (vv. 28-32), ilustran la decisión de dejar todo para seguir a Jesús, tal como se explica en el v. 33. Sin esa decisión manifestada en obras cotidianas, no tenemos pertrechos suficientes ni para acabar la obra, ni para pelear contra lo mundano, y el resultado será la burla (v. 29) o la derrota: «Si no podéis abandonar todas las cosas del mundo, al menos poseedlas de tal forma que no seáis retenidos en el mundo. Debéis poseer las cosas terrenas, no ser su posesión (…). Las cosas terrenas son para usarlas, las eternas para desearlas (…). Utilicemos las cosas terrenas, pero deseemos llegar a la posesión de las eternas» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 2,36,11).
La sentencia final (vv. 34-35) presupone la doctrina de Jesús según la cual sus discípulos son la luz y la sal del mundo (Mt 5,13-16). Si pierden su esencia, su identidad, su vida no sirve para nada: «Necesitas vida interior y formación doctrinal. ¡Exígete! —Tú —caballero cristiano, mujer cristiana— has de ser sal de la tierra y luz del mundo, porque estás obligado a dar ejemplo con una santa desvergüenza. —Te ha de urgir la caridad de Cristo y, al sentirte y saberte otro Cristo desde el momento en que le has dicho que le sigues, no te separarás de tus iguales —tus parientes, tus amigos, tus colegas—, lo mismo que no se separa la sal del alimento que condimenta. Tu vida interior y tu formación comprenden la piedad y el criterio que ha de tener un hijo de Dios, para sazonarlo todo con su presencia activa. Pide al Señor que siempre seas ese buen condimento en la vida de los demás» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 450).