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Lc 15,1-32

Todas las acciones y palabras de Jesús ponen al descubierto la misericordia de Dios con los hombres. Sin embargo, «el evangelista que trata con detalle estos temas en las enseñanzas de Cristo es San Lucas, cuyo evangelio ha merecido ser llamado “el evangelio de la misericordia”» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 3). En este capítulo Lucas recoge tres parábolas en las que, de modo gráfico, Jesús describe la infinita y paternal misericordia de Dios, su desvelo por cada uno de los hombres y su alegría por la conversión del pecador. La meditación de estas enseñanzas del Señor es una fuente de confianza para nosotros: «¡Qué alegría más dulce de pensar que Dios es justo, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza! ¿De qué, pues, tendría yo miedo? ¡Ah! El Dios infinitamente justo que se dignó perdonar con tanta bondad todos los pecados del hijo pródigo, ¿no se mostrará también justo para conmigo que estoy siempre a su lado?» (Sta. Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos 8).

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Lc 15,1-10

La acusación de fariseos y escribas sirve a Jesús para ilustrar la preocupación de Dios por salvar a cada uno de los hombres. Obviamente, el culmen de toda esa actividad divina es la Encarnación de Jesucristo. Por eso, la tradición cristiana, fundada también en otros pasajes evangélicos (cfr Jn 10,11), ve este Buen Pastor en Cristo: «Puso la oveja sobre sus hombros, porque, al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 2,14,3).

El inicio del pasaje (vv. 1-2) nos presenta la ocasión de estas parábolas: Jesús es acusado de recibir a los pecadores y comer con ellos, la misma acusación que después le hace el hijo mayor al padre de la parábola: recibir al hijo que ha cometido todos los pecados posibles y celebrar un banquete por su vuelta. La parábola es una explicación de la conducta de Jesús, y nos enseña además que, frente a Él, quien le juzga acaba por ser juzgado en aquello mismo que juzga.

Las parábolas de la oveja y la dracma perdidas (vv. 3-10) tienen una estructura semejante: la narración de la parábola continúa con una frase de los protagonistas (vv. 6.9), en la que expresan su alegría por haber encontrado lo perdido, y concluye con una frase de Jesús en la que declara que esa misma alegría se da en el cielo cuando se convierte un pecador (vv. 7.10). De esa manera el oyente entiende que las acciones del pastor y la mujer representan las acciones de Dios con los hombres. Dios no se queda cruzado de brazos ante nuestra debilidad: sale en busca de lo perdido (v. 4), y con un celo cuidadoso hace todo lo necesario para encontrarlo (v. 8). Pero, sobre todo, se alegra; lo mismo que cuando nosotros le buscamos a Él: «Mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces» (Sta. Teresa de Jesús, Fundaciones 5,7).

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Lc 15,11-32

Estamos ante una de las parábolas más bellas de Jesús. La grandeza del corazón de Dios, su misericordia infinita, descrita en las parábolas anteriores, se completa ahora con unos rasgos vivísimos de las acciones del Padre (vv. 20-24; 31-32). En la parábola tiene enorme relieve el hecho mismo de la conversión: «El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en la que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino de retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. Las mejores vestiduras, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1439).

La parábola, muy sencilla en su profundidad, se narra desde tres perspectivas: la del hijo menor, la del padre y la del hijo mayor. La historia del hijo menor es casi un modelo del proceso del pecador: el abandono de la casa paterna, la marcha a un país lejano donde no puede cumplir los deberes de piedad con Dios ni con los suyos, la vida con los cerdos, etc. (vv. 13-15). Por eso, «aquel hijo (…) es en cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquel que primeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia original. (…) La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 5). Pero, en un momento determinado, toma la decisión de la conversión. Esa decisión se compone de varias acciones: el hijo sabe que no sólo ha ofendido a su padre, sino también a Dios (v. 18), y, sobre todo, es consciente de la gravedad de su pecado: «En el centro de la conciencia del hijo pródigo, emerge el sentido de la dignidad perdida, de aquella dignidad que brota de la relación del hijo con el padre. Con esta decisión emprende el camino» (ibidem, n. 19).

El relato nos muestra a continuación al Padre. Su modo de obrar resulta sorprendente, como lo es el obrar de Dios con los hombres. Ciertamente el perdón es también humano, pero, al perdón, el padre le añade el mejor traje, el anillo, las sandalias y el ternero cebado: «El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con aquel júbilo tan generoso respecto al disipador después de su vuelta» (ibidem, n. 6).

Todavía la parábola se detiene en otro personaje: el hijo mayor que se siente ofendido por los gestos del padre. En el contexto histórico del ministerio público de Jesús representa la posición de algunos judíos que «se tenían por justos» (18,9) y pensaban que Dios estaba obligado a reconocer «sus obras de justicia», despreciadas y ofendidas por la conducta misericordiosa de Jesús hacia los pecadores. Por eso, en esta tercera escena, las quejas del hijo y las palabras del padre ocupan casi el mismo espacio: «El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo le hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y le hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 6).

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Lc 16,1-19,27

La sección tiene otra vez la heterogeneidad de contenidos propia de la segunda parte del Evangelio de Lucas. El relato sigue con otras parábolas del Señor (16,1-31), aunque ahora su enseñanza versa sobre el sentido y el peligro de las riquezas. Más tarde (18,18-30), Jesús volverá a exponer este motivo con ocasión de la vocación fallida del joven rico y, en sentido positivo, con la conversión de Zaqueo (19,1-10). Otras parábolas (18,1-14) sobre la oración o la humildad tienen su complemento en las sentencias de la mitad de la sección (17,1-10). Finalmente, el anuncio sobre los últimos tiempos está presente tanto en el discurso directo del Señor (17,20-37) como en la parábola de las minas (19,11-27).

Al final de la sección, el tercer anuncio de la pasión (18,31-34) y la confesión mesiánica del ciego de Jericó (18,38) preparan los acontecimientos de Jerusalén.

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Lc 16,1-15

La parábola del administrador infiel puede desconcertarnos porque, a veces, entendemos las parábolas, que pretenden resaltar una enseñanza, como alegorías en las que cada elemento o cada personaje tienen un significado. El Señor da por supuesta la inmoralidad de la actuación del administrador, pero quiere enseñar a sus discípulos que deben servirse de la sagacidad y el ingenio (v. 8) para la extensión del Reino de Dios: «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. —Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aún niños: todos igual. —Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 317).

Tras la parábola, el evangelio recoge unas sentencias del Señor (vv. 9-15). Vienen introducidas por la expresión de gran solemnidad —«yo os digo» (v. 9)— y, dentro de una cierta diversidad, tienen un matiz común: en todos los momentos de nuestra vida, en la riqueza y en la pobreza, en lo grande y en lo pequeño, debemos mirar a Dios. Tal vez el centro de esas expresiones pueda ser el v. 13 donde el amor a las riquezas se concibe como una idolatría: «Todos se inclinan ante el dinero. A la riqueza tributa siempre la multitud de los hombres un homenaje instintivo. Miden la felicidad por la riqueza, y por la riqueza miden, a su vez, la respetabilidad de la persona (…). Riqueza es el primer ídolo de este tiempo. Notoriedad el segundo (…). La fama y el llamar la atención en el mundo se consideran como un gran bien en sí mismos, y un motivo de veneración (…). La notoriedad, o fama de periódico como se la denomina también, (…) se ha convertido en una suerte de ídolo» (John H. Newman, Discurso sobre la fe 5; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1723).

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Lc 16,16-18

Ahora el evangelista recoge unas palabras del Señor, de contenido heterogéneo, pero con un horizonte preciso: el de la historia de la salvación (cfr v. 16). Jesús no ha venido a abolir la Ley (v. 17) sino a llevarla a plenitud: su doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio (v. 18) es un ejemplo de este proceder.

El v. 16 está casi en el centro del evangelio, y señala una idea recurrente en la obra del tercer evangelista: hay un plan de Dios, que ha escogido los tiempos y los lugares precisos hasta consumar la salvación de los todos los hombres a través de Jesucristo: «La economía del Antiguo Testamento está esencialmente ordenada a preparar y anunciar la venida de Cristo, Redentor del universo, y de su Reino mesiánico. Los libros de la Antigua Alianza son así testigos permanentes de una atenta pedagogía divina. En Cristo esta pedagogía alcanza su meta: Él no se limita a hablar “en nombre de Dios” como los profetas, sino que es Dios mismo quien habla en su Verbo eterno hecho carne. (…) Jesucristo es el nuevo comienzo de todo: todo en Él converge, es acogido y restituido al Creador de quien procede. De este modo, Cristo es el cumplimiento del anhelo de todas las religiones del mundo y, por ello mismo, es su única y definitiva culminación. Si por una parte Dios en Cristo habla de sí a la humanidad, por otra, en el mismo Cristo, la humanidad entera y toda la creación hablan de sí a Dios, es más, se donan a Dios. Todo retorna de este modo a su principio. Jesucristo es la recapitulación de todo (cfr Ef 1,10) y a la vez el cumplimiento de cada cosa en Dios: cumplimiento que es gloria de Dios» (Juan Pablo II, Tertio millenio adveniente, nn. 6-7).

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Lc 16,19-31

La parábola disipa dos errores: el de los que negaban la supervivencia del alma después de la muerte —y por tanto, el Juicio y la retribución ultraterrena— y el de los que interpretaban la prosperidad material en esta vida como premio a la rectitud moral, y la adversidad, en cambio, como castigo.

La parábola es ejemplo de la doctrina sobre las riquezas expresada poco antes (cfr 16,1-15). Del rico Epulón no se dice explícitamente que hiciera nada malo, sino que vestía muy bien y que celebraba diariamente espléndidos banquetes (v. 19); pero a consecuencia de esa vida regalada no puede ver al prójimo en Lázaro y es incapaz de oír la voz de Dios, aun con manifestaciones extraordinarias (vv. 29.31). La parábola es así una invitación a la sobriedad de vida y a la solidaridad: «Descendiendo a consecuencias prácticas y muy urgentes, el Concilio inculca el respeto al hombre, de modo que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, para que no imiten a aquel rico que se despreocupó totalmente del pobre Lázaro» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 27).

Siguiendo los textos sagrados, la doctrina cristiana enseña que con la expresión «seno de Abrahán» (v. 22) se indica el estado en que se encontraban las almas de los santos antes de la resurrección de Cristo. Allí, sin sentir dolor, sostenidos con la esperanza de la redención, disfrutaban de una condición pacífica. A estas almas, que estaban en el seno de Abrahán, liberó Cristo Nuestro Señor al bajar a los infiernos y resucitar de entre los muertos (cfr Catechismus Romanus 1,6,3; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633). En cambio, el rico va a los «infiernos» (v. 23). El diálogo que mantiene con Abrahán (vv. 24-31) es una escenificación didáctica para grabar en los oyentes las enseñanzas de la parábola, ya que, en sentido estricto, en el infierno no se puede dar compasión alguna: «Cuando dijo Abrahán al rico: Entre vosotros y nosotros se abre un abismo (…), manifestó que después de la muerte y resurrección no habrá lugar a penitencia alguna. Ni los impíos se arrepentirán y entrarán en el Reino, ni los justos pecarán y bajarán al infierno. Éste es un abismo infranqueable» (Afraates, Demonstrationes 20,12).

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Lc 17,1-10

Se reúnen varias enseñanzas de Jesús a los discípulos (v. 1) y a los Apóstoles (v. 5) que tienen un mismo fondo común: la conducta de los cristianos —y en especial de quienes ocupan algún cargo— en la futura vida de la Iglesia.

Muy gráfica es la enseñanza sobre la gravedad del pecado de escándalo (vv. 1-2). Por eso, hay que ser prudentes: «Procuremos, hermanos, no sólo vivir rectamente, sino también obrar con rectitud delante de los hombres; y no preocuparnos sólo de tener la conciencia tranquila, sino también (…) procuremos no hacer nada que pueda hacer sospechar mal a nuestro hermano más débil, no sea que comiendo hierba limpia y bebiendo agua pura pisoteemos los pastos de Dios, y las ovejas más débiles tengan que comer una hierba pisoteada y beber un agua enturbiada» (S. Agustín, Sermones 47,12-14).

Después (vv. 3-4), el Señor invita a la grandeza de corazón en el perdón de las ofensas. Sus palabras suponen dos cosas: en primer lugar, que todo pecado, en la Iglesia, es merecedor de la reprensión; en segundo lugar, que el arrepentimiento merece el perdón. Hay que resistir a cualquier forma de rencor porque «Dios a nadie aborrece y rechaza tanto como al hombre que se acuerda de la injuria, al corazón endurecido, al ánimo que conserva el enojo» (S. Juan Crisóstomo, De proditione Iudae 2).

Los Apóstoles son conscientes de la dificultad de esas exigencias, por eso Cristo enseña que con fe en Dios no hay nada imposible (vv. 5-6). Finalmente, Jesús nos apremia a evitar todo engreimiento (vv. 7-10). Es claro que Jesús ni recomienda el trato abusivo del amo ni lo aprueba. Pero nos enseña que la virtud desplegada al cumplir su mandatos despertará la admiración de los demás, y nos consolará interiormente. Pero entonces, en lugar de engreírnos, debemos considerar que cumplimos solamente el plan de Dios: «No te jactes por ser llamado hijo de Dios —reconoce la gracia, y no desconozcas tu naturaleza—, ni te engrías por haberle servido bien: es lo que tenías que hacer. El sol hace su oficio, la luna obedece y los ángeles cumplen su servicio. (…) No pretendamos ser alabados por nosotros mismos, no adelantemos el juicio de Dios (…), reservémoslo para su momento» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).

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Lc 17,11-19

Según la Ley de Moisés (Lv 13,45-46), para evitar el contagio, los leprosos debían vivir lejos de la gente y dar muestras visibles de su enfermedad; de ahí que estos diez se mantengan a distancia de Jesús y le hagan su petición a gritos (vv. 12-13). El lugar donde se desarrolla el episodio explica que anduviera un samaritano junto con unos judíos. Había una antipatía mutua entre ambos pueblos (cfr Jn 4,9), pero el dolor unía a los leprosos por encima de los resentimientos de raza.

Aquellos hombres reaccionaron con fe ante la indicación de Jesús (v. 14), pero sólo uno de ellos une el agradecimiento a la fe: un samaritano. Jesús califica esta acción como «dar gloria a Dios» (v. 18), y de ahí que si los diez han sido curados, sólo de este extranjero se dice que también ha sido «salvado» (v. 19). La escena queda así como un ejemplo de lo que Jesús había anunciado en su discurso inaugural en la sinagoga de Nazareth (cfr 4,27). Es asimismo una invitación a ser agradecidos con Dios: «¿Qué cosa mejor podemos traer en el corazón, pronunciar con la boca, escribir con la pluma, que estas palabras: “Gracias a Dios”? No hay cosa que se pueda decir con mayor brevedad, ni oír con mayor alegría, ni sentirse con mayor elevación, ni hacer con mayor utilidad» (S. Agustín, Epistolae 41,1).

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Lc 17,20-37

El diálogo de Jesús con los fariseos (vv. 20-21) y el posterior discurso a los discípulos (vv. 22-37) son especialmente reveladores de la doctrina de Jesús sobre la llegada del Reino de Dios. En los dos casos afirma que la llegada del Reino no podrá anunciarse con un «mirad, está aquí o allí» (vv. 21.23).

A los fariseos que esperaban una manifestación grandiosa de Dios instaurando su Reino, les contesta que el Reino ya ha llegado. La expresión «el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (v. 21), en el original griego, puede traducirse como «está dentro de vosotros» o «está entre vosotros». Los Padres de la Iglesia y los comentadores la traducen y la explican de las dos maneras. Si se traduce de ésta última forma, se refiere a Jesucristo y a su acción, como explica, por ejemplo, San Efrén cuando afirma que «eso lo dice Él de sí mismo, porque Él se encontraba en medio de ellos» (Commentarii in Diatessaron 18). Sin embargo, es más habitual la interpretación espiritual: «Cuando aquietamos nuestros sentidos, y nos entretenemos dentro de nosotros mismos con Dios y, apartados de los torbellinos del mundo, nos recogemos dentro de nosotros mismos, entonces vemos claramente el Reino de Dios dentro de nosotros, porque como proclamó Jesús, el Reino de Dios está dentro de nosotros» (S. Juan Damasceno, Homilia in Transfigurationem Domini 9). Es también la experiencia que nos han transmitido a veces las almas unidas a Dios: «El Doctor de los doctores enseña sin grandes discursos. Nunca le oí hablar, pero sé que está en mí. En todos los instantes me guía y me inspira; pero precisamente en el momento oportuno es cuando descubro claridades desconocidas hasta entonces. Regularmente no brillan a mis ojos en las horas de oración, sino en medio de las ocupaciones del día» (Sta. Teresa de Lisieux, Historia de un alma 8).

La enseñanza a los discípulos (vv. 22-35) toma otra dirección. No es una declaración de la presencia del Reino, sino una enseñanza sobre el tiempo de su consumación. En efecto, como explicó el Señor en multitud de parábolas, el Reino está llamado a crecer: «Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 543). En un momento preciso, se producirá la consumación definitiva. Pero ese momento no es inmediato; antes, Jesús tiene que ser rechazado por su generación (v. 25). Ante esto, los discípulos del Señor debemos mantener una actitud vigilante. Por una parte, para no dejarnos embaucar por falsas señales (v. 23); por otra, porque podemos pensar que el Maestro tarda en venir, y olvidarnos entonces de que va a venir, dejándonos llevar por una vida cómoda (vv. 26-33). Jesús vendrá como Hijo del Hombre glorificado de manera inesperada y sorprendente: de ahí la necesidad de comportarse como si el Señor nos fuera a pedir cuentas en cualquier momento.

«¿Dónde, Señor?» (v. 37). Después de preguntar sobre el «tiempo» de su venida, los discípulos le preguntan ahora por el «lugar». La contestación de Jesús tiene el sabor de un proverbio, con cierto tono enigmático, indicando así que no quiere responder con claridad. Sin embargo, la imagen que utiliza —la rapidez con la que un ave de rapiña se abalanza sobre su presa— indica que su venida se producirá de manera repentina. De ese modo nos enseña a vivir cada instante como si fuera el último, el más decisivo de nuestra vida: «El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante —si lucha para vivir como hombre de Cristo—, se encuentra preparado para cumplir su deber» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 875).

Algunos manuscritos añaden (v. 36): «Estarán dos en el campo: uno será tomado y el otro dejado» (cfr Mt 24,40).

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Lc 18,1-8

La parábola contiene una enseñanza muy expresiva sobre la necesidad de la perseverancia en la oración y sobre su eficacia. El v. 1 ha sido fuente de enseñanza sobre la oración en toda la catequesis cristiana: «No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar» (Evagrio, Capita practica ad Anatolium 49). Para eso es necesario vencer la pereza, levantar los ojos a Dios en todas las circunstancias: «Que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios» (S. Juan Crisóstomo, De Anna 4,5). Pero sólo lo hará quien junte la oración con una vida cristiana coherente: «Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua» (Orígenes, De oratione 12)». cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2742-2745.

Al final, el Señor vincula también la eficacia de la oración a la fe (v. 8): la oración alimenta la fe, pero ésta, a su vez, crece cuando se ejercita en la oración. «Te crecías ante las dificultades del apostolado, orando así: “Señor, Tú eres el de siempre. Dame la fe de aquellos varones que supieron corresponder a tu gracia y que obraron —en tu Nombre— grandes milagros, verdaderos prodigios…” —Y concluías: “sé que los harás; pero, también me consta que quieres que se te pidan, que quieres que te busquemos, que llamemos fuertemente a las puertas de tu Corazón”. —Al final, renovaste tu decisión de perseverar en la oración humilde y confiada» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 653).

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Lc 18,9-14

La oración, además de ser perseverante, tiene que ser humilde. Es lo que enseña esta parábola: «¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130,1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla será ensalzado. La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2559).

La parábola ejemplifica dos modos de oración opuestos. El fariseo, satisfecho de sí mismo —reza de pie (cfr v. 11)—, se jacta ante Dios de todo lo bueno que hace, no ve en sí pecado alguno y, por tanto, no siente necesidad de arrepentirse. Cumple sus obligaciones religiosas más allá de lo prescrito (v. 12): ayuna dos veces por semana, cuando los rabinos establecían ayunar una vez; paga el diezmo de todo, cuando sólo era obligatorio pagarlo de ciertos productos. Sus palabras no son verdadera oración porque no se dirige a Dios: reza «para sus adentros», y desprecia a los demás (v. 11). En el polo opuesto está el publicano. Éste reconoce humildemente su indignidad y se arrepiente sinceramente; se considera un pecador y confía sólo en la misericordia divina (v. 13). Su oración es auténtica y descubre las verdaderas disposiciones que hay que tener ante Dios. El publicano baja justificado (v. 14), «porque la oración contrita o la contrición orante eleva el alma a Dios, la une a su bondad y obtiene el perdón en virtud del amor divino que le comunica este santo movimiento» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 2,20).

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Lc 18,15-17

El episodio informa de dos cosas: del aprecio de Jesús por los niños (v. 16) y de la necesidad de imitar las disposiciones de éstos para entrar en el Reino de Dios (v. 17): «¿Por qué dice, pues, que los niños son aptos para el Reino de los Cielos? Quizá porque de ordinario no tienen malicia, ni saben engañar, ni se atreven a vengarse; desconocen la lujuria, no apetecen las riquezas y desconocen la ambición. Pero la virtud de todo esto no consiste en el desconocimiento del mal, sino en su repulsa; no consiste en la imposibilidad de pecar sino en no consentir el pecado. Por tanto, el Señor no se refiere a la niñez como tal, sino a la inocencia que tienen los niños en su sencillez» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).

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Lc 18,18-30

Los tres evangelios sinópticos recuerdan esta doble escena del Señor con aquel joven rico y con los discípulos. Lucas es más sobrio que los otros evangelistas, pero resalta con vigor los aspectos más significativos de la enseñanza de Cristo. En la frase final de Jesús dirigida a Pedro (vv. 29-30) se encuentra el núcleo de la enseñanza: quien deja todo por el Reino de Dios recibirá mucho más. De este modo, «la llamada de Jesús, dirigida al joven rico, de seguirle en la obediencia del discípulo, y en la observancia de los preceptos, es relacionada con el llamamiento a la pobreza y a la castidad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2053).

Comienza el episodio con la pregunta del personaje. Es la misma que le formuló en otro momento un doctor de la Ley: ¿qué hacer para salvarse? (cfr 10,25). La distinta respuesta de Jesús a aquél y a éste revela su pedagogía, que exige a cada uno según lo que puede entender y ofrecer: al doctor le recuerda los mandamientos del amor a Dios y al prójimo manifestados con obras, a éste le invita a un diálogo que le enfrenta con sus responsabilidades. En efecto, los mandamientos que aquí enumera Jesús son los de la segunda tabla de la Ley, pero van precedidos de una advertencia: «Nadie es bueno sino uno solo: Dios» (v. 19). Jesús rechaza el calificativo de bueno, quizá para que no quede reducida a una fórmula de cortesía una cualidad que pertenece a Dios: «Antes de responder a la pregunta, Jesús quiere que el joven se aclare a sí mismo el motivo por el que lo interpela. El “Maestro bueno” indica a su interlocutor —y a todos nosotros— que la respuesta a la pregunta, “¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?”, sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón al único que es Bueno: “Nadie es bueno sino sólo Dios” (Mc 10,18; cfr Lc 18,19). Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el Bien» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 9). De esta manera prepara lo que le exige a continuación (v. 22): «Ya que el Señor es bueno, y mucho más bueno todavía con los que le son fieles, abracémonos a Él, estemos de su parte con toda nuestra alma, con todo el corazón, con todo el empuje de que seamos capaces. (…) No hay nadie bueno, sino sólo Dios, y, por lo tanto, todo lo bueno es divino, y todo lo divino es bueno» (S. Ambrosio, De fuga mundi 6,36).

Jesús responde a la inquietud de Pedro y los demás discípulos (vv. 28-30). Da seguridad a quienes, después de haber entregado todo al Señor, pueden sentir en algún momento la nostalgia de lo que dejaron. La promesa de Jesús rebasa con creces lo que el mundo puede dar. Quienes le siguen con generosidad obtienen, ya aquí en la tierra, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos meramente humanos, porque son un anticipo de la felicidad eterna: «¡A ver si encuentras, en la tierra, quien pague con tanta generosidad!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 670). Sin embargo, debemos ser cuidadosos, pues, como repite a menudo Santa Teresa de Jesús, «parécenos que lo damos todo, y es que ofrecemos a Dios la renta o los frutos y quedámonos con la raíz y posesión» (Vida 11,2).

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Lc 18,31-34

Éste es el tercer anuncio de Jesús sobre su pasión y resurrección, común a los tres evangelios sinópticos. Lucas es quien ha recogido más anuncios de Jesús (cfr 9,22.44; 12,50; 13,32; 17,25), y el que recuerda más la dificultad de los discípulos para entender entonces las palabras del Señor (v. 34). No nos puede extrañar esta incomprensión. El dolor sólo se entiende en profundidad a la luz de Cristo muerto y resucitado, que «padeciendo por nosotros, no sólo nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas, sino que también instauró el camino con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 22). cfr también nota a 2 Ts 1,3-4.

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Lc 18,35-43

Aquí parece que se esté evocando el relato del mismo ciego. En efecto, éste percibe el movimiento de la gente y pregunta qué pasa (v. 36). Cuando oye que es Jesús, su plegaria se vuelve acuciante (vv. 38-39): «Temo que Jesús pase y no vuelva» (cfr S. Agustín, Sermones 88,13). Cuando los demás le piden que se calle, grita mucho más (v. 39). Cuando el Señor le pregunta, responde con sencillez (v. 41). Su fe le consigue la curación y provoca además la alabanza a Dios de todo el pueblo (v. 43). Es el resultado de haber vencido los respetos humanos: «Cuando un cristiano cualquiera empieza a vivir bien y a practicar las obras buenas con fervor y a despreciar al mundo, desde el principio comienza a recibir las críticas y la contradicción de los cristianos fríos; pero si persevera, con su constancia los vencerá, y los mismos que antes le molestaban, después llegarán a respetarle» (S. Agustín, Sermones 88,18).

«Señor, que vea» (v. 41). Esta jaculatoria sencilla puede aflorar con frecuencia a nuestros labios, salida de lo más hondo del corazón. Es útil repetirla en momentos de duda, cuando no entendemos los planes de Dios, cuando no vemos claro cómo comportarnos para mantenernos fuertes en la fe, cuando se ensombrece el horizonte de la entrega a Dios. Incluso es válida para quienes buscan a Dios sinceramente, sin que todavía tengan el don inapreciable de la fe: «Ponte cada día delante del Señor y, como aquel hombre necesitado del Evangelio, dile despacio, con todo el afán de tu corazón: Domine, ut videam! —¡Señor, que vea!; que vea lo que Tú esperas de mí y luche para serte fiel» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 318).

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