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COMENTARIOS:
2 TESALONICENSES

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2 Ts 1,1-2

Esta segunda carta a los fieles de Tesalónica se asemeja en muchos puntos a la anterior. Parece que algunos cristianos de aquella ciudad no habían comprendido bien determinados temas de la predicación del Apóstol, y se desvanecía su fe a causa de las persecuciones que sufrían. Aquí se les instruye sobre la retribución que Dios dará al final a cada hombre (1,3-12) y sobre el momento de la venida del Señor (2,1-17); después se les exhorta a mantener la tradición paulina sobre la oración y el trabajo (3,1-16).

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2 Ts 1,3-12

Tras saludar a la comunidad, anima a los tesalonicenses contrastando el valor de su fe y el premio que tendrá su perseverancia (1,5.7.10) con el castigo que en su momento recibirán los perseguidores (1,6.9).

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2 Ts 1,3-4

El motivo de la acción de gracias es la fidelidad de los tesalonicenses en medio de las dificultades y su paciencia al soportar las persecuciones. Juan Pablo II, comentando este pasaje, escribe: «La participación en los sufrimientos de Cristo es, al mismo tiempo, sufrimiento por el reino de Dios. (…) Cristo nos ha introducido en este reino mediante su sufrimiento. Y también mediante el sufrimiento maduran para el mismo reino los hombres, envueltos en el misterio de la redención de Cristo» (Salvifici doloris, n. 21).

«Vuestra fe crece» (v. 3). La fe ha de aumentar, ha de ser viva. La fe crece cuando va unida a la caridad. El Apóstol se alegra por lo que ve entre los cristianos de Tesalónica, donde el ejercicio de la fe y la caridad mutua mantuvieron la entereza de ánimo y la alegría, aun en medio de las persecuciones y tribulaciones. «Ved que la caridad y unión recíproca de los fieles entre sí es un gran socorro para resistir los males y soportar con entereza las aflicciones —indica San Juan Crisóstomo—. En esa honda fraternidad se encuentra el más grande consuelo. Las aflicciones sólo hacen tambalearse a una fe débil y a una caridad imperfecta; pero una fe sólida y robusta encuentra en ellas la ocasión de afianzarse. Mientras que un alma débil y lánguida no encuentra en el dolor ningún elemento de fuerza, el alma generosa apoya sobre él un nuevo impulso de energía» (In 2 Thessalonicenses, ad loc.).

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2 Ts 1,5-10

El Señor es justo y retribuirá a cada uno según justicia. La realidad del castigo no ha de ser el primer motivo que induzca a ser fieles a Dios —debe serlo el amor—, pero tampoco debe olvidarse el riesgo de permanecer eternamente separado del Señor. Incurre en él quien se aparta voluntariamente de Dios mediante el pecado y persiste en ese apartamiento hasta el final de su vida. Por eso, la Iglesia, al presentar los dones en la Eucaristía, pide confiadamente: «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos» (Misal Romano, Canon Romano 88).

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2 Ts 1,11-12

La frase «según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo» (v. 12) admite otra posible traducción del griego: «Según la gracia de nuestro Dios y Señor Jesucristo». En este segundo caso estaríamos ante una confesión de fe en la divinidad de Jesucristo: Cristo, Dios y Señor. Esta expresión, que se hizo muy común con posterioridad, tiene aquí un gran valor por su antigüedad.

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2 Ts 2,1-17

Aquí se encuentra el tema central de la carta: el momento de la segunda venida del Señor (Parusía), que algunos consideraban inminente. A pesar de los esfuerzos de los intérpretes, el pasaje está lleno de oscuridades y ha provocado las más variadas opiniones entre los comentaristas antiguos y modernos. Parece claro el sentido global: se trata de una exhortación a que los tesalonicenses se mantengan serenos porque todavía no se han dado los signos que precederán a la Parusía.

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2 Ts 2,1-12

Frente a los que habían sembrado la agitación entre los fieles afirmando que la Parusía era inminente, se dice, con un lenguaje de imágenes y símbolos tomado del Antiguo Testamento, que antes deben producirse dos hechos: la «apostasía» y la manifestación del «hombre de la iniquidad» (v. 3). La apostasía había sido ya anunciada por nuestro Señor (cfr Mc 13,22). Cuando se haya colmado la medida de los pecados de los hombres, entonces vendrá el fin y se celebrará el Juicio Universal. No sabemos a qué se refiere la expresión «hombre de la iniquidad». Quizá sea el conjunto de fuerzas del mal que constituyen un instrumento al servicio de Satanás, aunque la descripción que se hace de este adversario de Dios es muy similar a la del «Anticristo» del que habla San Juan (cfr 1 Jn 2,18-22). La expresión que hemos traducido «por revelaciones» (v. 2) dice literalmente «por espíritu». El autor sagrado podría estar aludiendo a quienes arrogándose la posesión de un carisma profético, supuestamente recibido del Espíritu Santo, se dedicaban a divulgar sus ideas personales como si vinieran de Dios. Otros, en cambio, preferían atribuirlas a palabras o escritos de San Pablo.

Es difícil concretar en qué consiste el «misterio de la iniquidad» y quién o qué es lo que impide su dominio (vv. 6-7). Algunos consideran que ese misterio es la actuación del «hombre de la iniquidad» (vv. 2-3). En relación al obstáculo que lo frena, hay quienes lo identifican con las leyes del Imperio romano, como instrumento en las manos de Dios. Otros piensan que se refiere a la proclamación del Evangelio y a su acción en la vida de los creyentes. Éstos, con su vida y su actividad apostólica, hacen llegar la doctrina y la gracia de Cristo a muchos hombres. Como consecuencia, si los cristianos dejaran enfriar su celo apostólico, cesaría el impedimento que frena la acción del mal, permitiendo que se manifiestara la apostasía. Otros lo refieren a Dios, que según el pensamiento judío había atado a los ángeles malos hasta el día del juicio. Muchas otras explicaciones se han propuesto pero ninguna de ellas es satisfactoria. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cfr Lc 18,8; Mt 24,12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cfr Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará el “Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo–mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cfr 2 Ts 2,4-12; 1 Ts 5,2-3; 2 Jn 7; 1 Jn 2,18.22). Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cfr DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso” (cfr Pío XI, “Divini Redemptoris” que condena el “falso misticismo” de esta “falsificación de la redención de los humildes”; GS 20-21)» (nn. 675-676). Ver también notas a 1 Jn 2,18-29 y Ap 20,1-6.

«Dios les envía un poder seductor» (v. 11). Es un modo de hablar, frecuente en la Biblia, por el cual se atribuye a Dios lo que Él simplemente permite. Dios quiere que todos los hombres se salven y nunca incita al mal, pero permite, por respeto a la libertad del hombre, que se condenen quienes se obstinan en la malicia.

La incertidumbre acerca del momento en que acontecerá la Parusía no es obstáculo para una vida cristiana auténtica, ni fuente de desasosiego, sino que —como lo hace notar San Atanasio— resulta beneficiosa: «No conocer cuándo será el fin ni cuándo será el día del fin es útil a los hombres. Si lo conocieran, despreciarían el tiempo intermedio, aguardando los días próximos a la consumación. En efecto, sólo entonces alegarían motivos para pensar en ellos mismos. Por esto guardó silencio sobre la consumación de la muerte de cada uno para que los hombres no se enorgullecieran con tal conocimiento y no comenzaran a pasar la mayor parte del tiempo irreflexivamente. Ambas cosas, la consumación de todo y el final de cada uno, nos lo ocultó el Verbo (pues en la consumación de todo se halla la consumación de cada uno y en la de cada uno se contiene la del todo) para que siendo incierto y siempre esperado, cada día avancemos como llamados, tendiendo hacia lo que está delante de nosotros y olvidando lo que está detrás (Flp 3,13)» (S. Atanasio Contra Arianos 3,49).

En cualquier caso, y dado que el sentido de este pasaje permanece oscuro, cada persona ha de elegir, mientras tanto, entre el «amor de la verdad» (v. 10), ofrecido por Cristo, y las señales y discursos del Maligno. «Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla» (Conc. Vaticano II, Dignitatis humanae, n. 1).

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2 Ts 2,13-17

Aunque haya algunos que no acogen la verdad, el Apóstol se siente movido a dar gracias a Dios por los frutos de su acción santificadora. La mención de las tres Personas divinas pone de relieve que la Salvación es una obra común de la Trinidad: «Dios» Padre elige, para alcanzar la gloria de «nuestro Señor Jesucristo», por la acción del «Espíritu Santo» (vv. 13-14).

El modo de no ser engañados por doctrinas erróneas consiste en mantenerse firmes en la fe recibida y guardar las tradiciones apostólicas. El término «tradiciones» (v. 15) parece referirse a la doctrina cristiana que San Pablo había recibido y predicaba. Pero también equivale al «depósito» de la fe: «La Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 8).

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2 Ts 3,1-18

Desde este momento hasta el final la carta se centra en algunas cuestiones sobre el comportamiento que deben seguir los tesalonicenses y, en especial, sobre el trabajo.

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2 Ts 3,1-5

«El Apóstol (…) —comenta San Juan Crisóstomo— los anima ahora a ofrecer oraciones a Dios por él, pero no para que Dios lo exima de los peligros que debe afrontar —pues éstos son consecuencia inevitable del ministerio que desempeña—, sino para que la palabra del Señor avance con rapidez y alcance la gloria» (In 2 Thessalonicenses, ad loc.).

La expresión «avance con rapidez y alcance la gloria» (v. 1), es una imagen tomada de los juegos del estadio, con gran raigambre en toda Grecia: el vencedor en la carrera recibía la gloria del premio. La victoria y el premio de la palabra de Dios es que sea proclamada y aceptada por todo el mundo.

En contraste con la infidelidad de algunos se hace una llamada a confiar en Dios (v. 3), que siempre es fiel. Pero exige nuestra correspondencia: Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros (cfr S. Agustín, Sermones 169,13).

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2 Ts 3,6-15

Pensando equivocadamente en la inminencia de la Parusía, había en Tesalónica algunos que no trabajaban. Por eso, el recuerdo del trabajo abnegado de San Pablo, para ganarse allí el sustento y no resultar gravoso a nadie, debía ser estímulo para los tesalonicenses. Los cristianos tienen que cumplir con fidelidad sus tareas temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. «La propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 43). Ésta debe ser la actuación de cualquier cristiano responsable: trabajar con seriedad para dar gloria a Dios, atender las necesidades de la propia familia y servir también a los demás hombres. «Cada uno en su tarea, en el lugar que ocupa en la sociedad ha de sentir la obligación de hacer un trabajo de Dios, que siembre en todas partes la paz y la alegría del Señor» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 70).

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2 Ts 3,13

En los evangelios se afirma que «quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10,22), y también que «nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios» (Lc 9,62). Son enseñanzas que, ante la condición voluble e inconstante del hombre, invitan a luchar con empeño para no decaer en el esfuerzo por hacer las cosas bien, siendo constantes hasta el final, pues sólo el que es fiel hasta la muerte recibirá la corona de la vida (cfr Ap 2,10).

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2 Ts 3,17-18

En la antigüedad las cartas solían dictarse a un amanuense o secretario. San Pablo siguió esa costumbre (cfr Rm 16,22). Con frecuencia el remitente añadía, al final, unas letras de su propia mano, que daban una nota de cortesía y evidenciaban la autenticidad del escrito: así sucede algunas veces en el corpus paulino (cfr 1 Co 16,21; Ga 6,11; Col 4,18). En este caso, las palabras finales, han pasado a ser saludo litúrgico en la Iglesia.

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