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1 JUAN
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1 Jn 1,1-4
Aunque no tiene saludo ni despedida, esta carta refleja la intimidad entre el autor y los destinatarios. El tema central es la comunión con Dios, con Cristo y con los hermanos. Para avivar esa comunión, San Juan va reflexionando sobre algunos temas que aparecen entrelazados y se contemplan como en círculos concéntricos cada vez con más profundidad. Son como los puntos esenciales de una catequesis bautismal por los que el cristiano puede discernir cuál es la comunión auténtica y cuál no lo es. La comunión con Dios se alcanza caminando en la luz, en la sinceridad, guardando los mandamientos y permaneciendo en la verdad de Cristo y sobre Cristo (1,5-2,29). Una comunión con Dios que es filiación y que exige romper con el pecado y vivir con obras el mandamiento del amor fraterno (3,1-24). Una comunión que conlleva la confesión de la verdad sobre Cristo, amar como Dios ama, y creer en la acción de Dios que nos ha dado a su Hijo (4,1-5,12). La carta concluye reafirmando el poder de la oración y la seguridad que da la fe (5,14-21).
El prólogo (vv. 1-4), que enuncia la idea fundamental del escrito, tiene fuertes parecidos con el del cuarto evangelio (Jn 1,1-18): Jesús es el Verbo (la Palabra) de vida manifestado a los hombres. Comentando este pasaje el Catecismo de la Iglesia Católica señala: «La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en Él. Desde el principio, los primeros discípulos ardieron en deseos de anunciar a Cristo: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Y ellos mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la alegría de su comunión con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 425).
La finalidad del testimonio del autor sagrado acerca de Cristo (vv. 3-4) es doble: la comunión y el gozo completo. La comunión con los Apóstoles, expresada con el término técnico koinonía, implica, en primer lugar, tener la misma fe de quienes convivieron con Jesucristo: «Ellos vieron presente al Señor corporalmente —recuerda San Agustín— y oyeron las palabras de su boca y nos las anunciaron; nosotros también las oímos, pero no le hemos visto (…). Ellos le vieron, nosotros no le vimos y, sin embargo, estamos unidos a ellos, porque tenemos la misma fe» (In Epistolam Ioannis ad Parthos 1,3).
El gozo completo es fruto de la unión con Dios (v. 4). La mayoría de los manuscritos dicen «nuestra alegría»: otros, entre ellos la Vulgata, aducen «vuestra». La variante no tiene importancia, porque el pronombre «nuestro» incluye a los Apóstoles y a los fieles, sobre todo teniendo en cuenta la «comunión» mutua antes mencionada (cfr Jn 15,11; 17,13).
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1 Jn 1,5-2,29
En esta sección se expone la naturaleza de la unión con Dios y las exigencias que conlleva.
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1 Jn 1,5
Con la imagen de la luz, se vislumbra lo que significa la revelación: Dios es la luz, Jesucristo nos la ha dado a conocer, y la revelación cristiana es el resplandor de esa luz. La afirmación «Dios es luz» va a servir a San Juan para encarecer a los cristianos un comportamiento recto. Así hace también San Agustín, cuando comenta que «deben ser arrojadas de nosotros las tinieblas para que entre la luz, porque las tinieblas no se compaginan con la luz» (In Epistolam Ioannis ad Parthos 1,5).
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1 Jn 1,6-2,2
La fórmula «si decimos…» introduce tres supuestos verosímiles y que, de hecho, debían de darse entre algunos herejes de los primeros tiempos, especialmente los gnósticos, que —jactándose de haber conseguido la sabiduría plena— se consideraban impecables.
Para llevar una vida de unión con Dios, el cristiano debe reconocerse pecador y luchar contra el pecado. Así, Cristo, que es el abogado ante el Padre (2,1), le purifica de todo pecado con su sangre (v. 7). La acogida de la misericordia divina exige de cada uno de nosotros la confesión de sus faltas. La penitencia impuesta en el sacramento de la Reconciliación nos ayuda a configurarnos con Cristo que es el Único que expió nuestros pecados de una vez por todas (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1460).
Caminar en las tinieblas–caminar en la luz: expresa gráficamente la conducta pecaminosa y la conducta recta. San Juan insiste en que no se puede justificar una vida de pecado invocando una presunta comunión con Dios: «De ninguna manera basta la mera confesión de la fe, aclara San Beda, si falta la confirmación con las buenas obras» (In 1 Epistolam Sancti Ioannis, ad loc.).
Juan Pablo II señala la actualidad del v. 8: «Engañados por la perdida del sentido del pecado, a veces tentados por alguna ilusión poco cristiana de impecabilidad, los hombres de hoy tienen necesidad de volver a escuchar, como dirigida personalmente a cada uno, la advertencia de San Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”, más aún, “el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn 5,19). Cada uno, por lo tanto, está invitado por la voz de la Verdad divina a leer con realismo en el interior de su conciencia y a confesar que ha sido engendrado en la iniquidad, como decimos en el Salmo Miserere (cfr Sal 51,7)» (Reconciliatio et paenitentia, n. 22).
San Agustín explica así el v. 9: «Si te confiesas pecador, en ti está la verdad: la verdad es luz. Aún tu vida no brilla en todo su fulgor, porque hay en ti pecados; pero ya comienzas a ser iluminado, puesto que confiesas tus iniquidades» (In Epistolam Ioannis ad Parthos 1,6).
«El apóstol San Juan —comenta San Alfonso Mª de Ligorio— nos exhorta a evitar el pecado; pero, temiendo que decaigamos de ánimo, al recordar nuestras pasadas culpas, nos alienta a esperar el perdón, con tal que tengamos la firme resolución de no caer, diciéndonos que tenemos que habérnoslas con Cristo, que no murió sólo para perdonarnos, sino que además, después de muerto, se ha constituido abogado nuestro ante el Padre celestial» (Reflexiones sobre la Pasión 9,2).
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1 Jn 2,3-11
A lo largo de la carta, «conocer a Dios» no significa un saber teórico sino estar unidos a Él por la fe y por el amor, viviendo la vida de la gracia.
La novedad del mandamiento no está en el precepto —ya se encuentra en el Antiguo Testamento (cfr Lv 19,18)—, sino en la medida que exige Jesús —«como yo os he amado» (Jn 13,34)— y en su universalidad: el amor a todos los hombres, amigos y enemigos, sin distinción de raza, ni de ideología, ni de posición social. «¿Cuál es la perfección del amor? Amar a los enemigos y amarlos para que se conviertan en hermanos» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 1,9). «El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 226).
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1 Jn 2,12-14
Estos versículos pueden entenderse como una exhortación dirigida a todos los cristianos, a cada uno según su situación. «Hijos» y «niños» podría referirse a los recién bautizados, mientras que «padres» y «jóvenes» haría referencia a quienes ya han recorrido diversas etapas en su fe; bien porque son capaces de engendrar a otros en esa misma fe, bien porque luchan y, con la gracia, vencen las tentaciones del mundo: «Acordaos de que sois padres; si os olvidáis de Aquel que es desde el principio, habéis perdido la paternidad. También considerad una y otra vez que sois jóvenes: luchad por vencer; venced para ser coronados; sed humildes para no sucumbir en la lucha» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 2,7).
Comentando la frase: «¡Habéis vencido al Maligno!» (v. 13), el Papa Juan Pablo II enseña: «Conviene remontarse constantemente a las raíces del mal y del pecado en la historia de la humanidad y del universo, como Cristo se remontó a estas mismas raíces en su misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección. No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer artífice del mal: al Maligno» (Carta a los jóvenes, n. 15).
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1 Jn 2,15-17
«Mundo» tiene aquí el sentido peyorativo de enemigo de Dios y del hombre, abarcando todo lo que se opone a Dios: el reino del pecado. «Arrogancia de los bienes terrenos» (v. 16) se ha venido traduciendo habitualmente como «soberbia de la vida». «San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia (…). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento proscribe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2514).
La enumeración que hace San Juan de las manifestaciones de una vida mundana (v. 16) es un compendio de lo que se opone a la fidelidad al amor de Dios. «La concupiscencia de la carne no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios (…). El otro enemigo, es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero también los ojos que, por eso mismo, no saben descubrir las realidades sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea —los demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo— sólo con visión humana.
»Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses (Gn 3,5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios. La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos. La lucha contra la soberbia ha de ser constante, que no en vano se ha dicho gráficamente que esa pasión muere un día después de que cada persona muera. Es la altivez del fariseo, a quien Dios se resiste a justificar, porque encuentra en él una barrera de autosuficiencia. Es la arrogancia, que conduce a despreciar a los demás hombres, a dominarlos, a maltratarlos: porque donde hay soberbia allí hay ofensa y deshonra (Pr 11,2)» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 5-6).
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1 Jn 2,18-29
La existencia de herejes lleva a pensar que se ha cumplido la predicción del Señor sobre la llegada del Anticristo (cfr Mt 24,15-28 y par.), y ha comenzado «la última hora» (v. 18). Ésta refleja el anhelo de los primeros cristianos por la segunda venida de Cristo o Parusía, y quiere decir que todo lo que sucede está preparando esa venida.
La expresión «Anticristo» aparece sólo en las cartas de San Juan (2,18.22; 4,3; 2 Jn 7), si bien sus características son similares a las del «hombre impío», «el adversario», de que habla San Pablo (cfr 2 Ts 2,1-12), y a las «Bestias» del Apocalipsis (cfr p. ej. Ap 11,7; 13,1ss.): su cualidad común y distintiva es la brutal oposición a Cristo, a su doctrina y a sus seguidores. No resulta fácil interpretar con seguridad si el Anticristo tiene sentido individual o colectivo. De las cartas de San Juan puede deducirse más bien lo segundo: designaría al conjunto de los que se oponen a Jesucristo —los «muchos anticristos»—, que han actuado desde los orígenes del cristianismo, y continuarán luchando contra el Señor hasta el fin de los tiempos. cfr nota a 2 Ts 2,1-12 y Ap 20,1-6.
«La unción del Santo» (vv. 20 y 27) se refiere a la acción del Padre y del Hijo por el Espíritu Santo que se despliega en el cristiano mediante el Bautismo. Los cristianos no necesitan oír enseñanzas ajenas a las de la Iglesia, sino que, guiados por el Espíritu Santo, poseen la certeza de la fe «cuando “desde los obispos hasta el último de los laicos cristianos” (S. Agustín, De praed. sanct. 14,27) muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y de moral» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 12). Éste es el denominado sentido sobrenatural de la fe de los fieles (sensus fidelium).
El v. 22 contiene una verdad fundamental de la fe: para ser cristiano es necesario creer que Jesús, el que vivió entre nosotros, es el Mesías, el Hijo de Dios: «Son claramente opuestas a esta fe las opiniones según las cuales no sería revelado y conocido que el Hijo de Dios subsiste desde la Eternidad en el misterio de Dios, distinto del Padre y del Espíritu Santo; e igualmente, las opiniones según las cuales debería abandonarse la noción de la única persona de Jesucristo, nacida del Padre antes de todos los siglos según la naturaleza divina, y en el tiempo de María Virgen según la naturaleza humana; y, finalmente, la afirmación según la cual la Humanidad de Jesucristo existiría, no como asumida en la persona eterna del Hijo de Dios, sino, más bien, en sí misma como persona humana y, en consecuencia, el misterio de Jesucristo consistiría en el hecho de que Dios, al revelarse, estaría de un modo sumo presente en la persona humana de Jesús» (Cong. Doctrina de la Fe, Mysterium Filii Dei, n. 3).
La unción (v. 27) hace referencia al Espíritu Santo, que actúa en los fieles instruyéndolos «acerca de todas las cosas».
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1 Jn 3,1-24
En esta segunda sección San Juan fundamenta sus exhortaciones en la condición del cristiano de ser hijo de Dios.
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1 Jn 3,1-2
La filiación divina es una realidad espléndida por la que Dios da gratuitamente a los bautizados una dignidad estrictamente sobrenatural, que nos introduce en la intimidad divina y nos hace domestici Dei, familiares de Dios (cfr Ef 2,19). «Ésa es la gran osadía de la fe cristiana: proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 133).
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1 Jn 3,3-10
Llegar a ver a Dios (cfr 3,2) es la esperanza que sostiene y anima al cristiano en el camino hacia la santidad, y que le lleva a luchar contra el pecado. «El pecado es iniquidad» (v. 4). «Esta expresión —explica Juan Pablo II—, en la que resuena el eco de lo que escribe San Pablo sobre el misterio de la iniquidad (cfr 2 Ts 2,7), se orienta a hacernos percibir lo que de oscuro e inaprensible se oculta en el pecado. Éste es, sin duda, obra de la libertad del hombre; mas dentro de su mismo peso humano obran factores por razón de los cuales el pecado se sitúa más allá de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia, la voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con las oscuras fuerzas que, según San Pablo, obran en el mundo hasta enseñorearse de él (cfr Rm 7,7-25; Ef 2,2; 6,12)» (Reconciliatio et paenitentia, n. 14).
Frente a los herejes que aducían un conocimiento especial de Dios (gnosis), que les situaba por encima del bien y del mal, de manera que el pecado les resultaba indiferente, San Juan se hace eco de las palabras del Señor: «Por el fruto se conoce el árbol» (Mt 12,33). Los criterios de discernimiento son: la práctica de la justicia, esto es, la lucha por la santidad y contra el pecado, y la práctica del amor fraterno (v. 10). La expresión «hijos del diablo» no está utilizada en sentido estricto, sino según un modo de hablar semita muy frecuente, por el que significa «partidarios del diablo».
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1 Jn 3,11-24
Los que no viven el amor fraterno son tan homicidas como Caín (v. 12). Por contraste, el modelo es Cristo, que dio su vida por nosotros (vv. 13-16). El amor fraterno se debe manifestar, por tanto, con obras y de verdad (vv. 17-18) y tiene como consecuencia la confianza plena en Dios, que conoce todo (vv. 19-22). «Creo que ésta es la perla que buscaba el comerciante descrito en el Evangelio, que, al encontrarla, vendió todo lo que tenía y la compró (cfr Mt 13,46). Ésta es la perla preciosa: la caridad. Sin ella de nada te sirve todo lo que tengas; si sólo posees ésta, te basta. (…) Puedes decirme: “no he visto a Dios”; pero ¿puedes decirme: “no he visto al hombre”? Ama a tu hermano. Si amas a tu hermano que ves, también verás a Dios, porque verás la caridad y dentro de ella habita Dios» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 5,7).
Con un ejemplo muy similar al de St 2,15-16, San Juan indica en los vv. 17-18 que el amor verdadero se manifiesta en obras concretas. «Obras quiere el Señor —decía Santa Teresa—, y que, si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuese menester, lo ayunes porque ella lo coma, no tanto por ella como porque sabes que tu Señor quiere aquello; ésta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieras loar mucho a una persona, te alegres más mucho que si te loasen a ti» (Moradas 5,3,11).
Los mandamientos divinos se resumen en un doble aspecto (vv. 22-24): la fe en Jesucristo y el amor a los hermanos. «Ni podemos amarnos unos a otros con rectitud sin la fe en Cristo; ni podemos creer de verdad en el nombre de Jesucristo sin amor fraterno» (S. Beda, In 1 Epistolam Sancti Ioannis, ad loc.).
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1 Jn 4,1-5,12
En esta sección se desarrollan, con nueva amplitud y profundidad, los temas centrales de la carta como en un tríptico en el que la fe en Jesucristo (4,1-6; 5,1-12) enmarca el mandamiento del amor (4,7-21).
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1 Jn 4,1-6
Creer en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana. «Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, “venido en la carne”» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 465).
La victoria sobre el pecado lleva a la humildad: «No te ensoberbezcas, mira quién ha vencido en ti. ¿Por qué venciste? Porque más poderoso es el que está en vosotros que el que está en el mundo. Sé humilde; lleva a tu Señor; sé un borriquillo de tu jinete. Te conviene que Él te guíe, que Él te conduzca; porque si no lo tienes a Él por jinete, te dará por alzar la cabeza, por lanzar coces: ¡pero ay de ti sin guía! Esa libertad te llevaría a ser pasto de las fieras» (S. Agustín, In Epistolam Ioannis ad Parthos 7,2).
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1 Jn 4,7-21
El hilo de la argumentación es el siguiente: Dios es amor y es quien primero nos ha amado (vv. 7-10); el amor fraterno es la respuesta obligada al amor de Dios (vv. 11-16); cuando hay amor perfecto no hay temor (vv. 17-18); el amor fraterno es manifestación del amor de Dios (vv. 19-21).
El tema central de la carta se resume en la expresión «Dios es amor» (vv. 8.16). Estas palabras «expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. (…) “Hemos creído en el amor de Dios”: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Deus Caritas est, n. 1).
«Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que “tanto amó Dios (…) que le entregó a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16), Dios que es amor no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Ésta corresponde no sólo a la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también a la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 13).
La Encarnación y la muerte redentora de Cristo son la manifestación suprema de ese amor. Apoyado en ese amor el cristiano puede superar todo temor (v. 18). «La solución —dice San Josemaría Escrivá— es amar. San Juan Apóstol escribe unas palabras que a mí me hieren mucho: qui autem timet, non est perfectus in caritate. Yo lo traduzco así, casi al pie de la letra: el que tiene miedo, no sabe querer. —Luego tú, que tienes amor y sabes querer, ¡no puedes tener miedo a nada! —¡Adelante!» (Forja, n. 260).
Es imposible amar a Dios sin amar al prójimo. Clemente de Alejandría recoge de la tradición cristiana una hermosa sentencia: «Ver a tu hermano es ver a Dios» (Stromata 1,19; 2,15). Y San Juan Clímaco escribe: «No se entiende el amor a Dios si no lleva consigo el amor al prójimo. Es como si yo soñase que estaba caminando. Sería sólo un sueño: no caminaría. Quien no ama al prójimo no ama a Dios» (Scala paradisi 33).
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1 Jn 5,1-5
El bautizado, por la fe en Jesucristo, es hecho hijo de Dios. Como consecuencia, ama a sus hermanos los hombres —no se concibe el amor al padre sin amar a los hermanos—, cumple los mandamientos y participa de la victoria de Cristo sobre el mundo. Es tan importante la fe en Jesucristo, que todo bautizado participa por ella en el triunfo del Señor. Jesús ha vencido al mundo (cfr Jn 16,33) con su muerte y su resurrección, y el cristiano —incorporado a Él por la fe— tiene a su alcance las gracias necesarias para vencer las tentaciones y participar de la misma gloria. En este texto el término «mundo» tiene un sentido peyorativo: significa todo aquello que se opone a la obra redentora de Cristo y a la consiguiente salvación de los hombres.
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1 Jn 5,6-12
Parece que algunos gnósticos afirmaban que Jesús de Nazaret se había convertido en Hijo de Dios por el Bautismo y había dejado de serlo antes de la pasión. San Juan sale al paso de estos errores y con la alusión —con los términos agua y sangre— al Bautismo y a la muerte de Jesucristo en la cruz afirma que tales hechos son inseparables del testimonio del Espíritu, y negarlos sería hacer mentiroso a Dios (cfr v. 10).
Los Santos Padres, que han entendido las palabras del v. 8 como referidas a los sacramentos, suelen comentar cómo en ellos se hace presente internamente, y se manifiesta externamente, la gracia de Dios. En esa línea escribe San Beda: «El Espíritu Santo nos hace hijos adoptivos de Dios; el agua de la sagrada fuente nos lava; la sangre del Señor nos redime: el sacramento espiritual nos da doble testimonio, uno visible, otro invisible» (In 1 Epistolam Sancti Ioannis, ad loc.).
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1 Jn 5,13-21
Después de una breve conclusión (v. 13) que resume el tema central de la epístola, San Juan añade, a modo de apéndice, unas recomendaciones finales.
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1 Jn 5,14-17
El autor sagrado refuerza la confianza en la oración y urge a la necesidad de orar por los pecadores. «Pecado que lleva a la muerte» (v. 16), recuerda el pecado contra el Espíritu Santo (cfr Mt 12,31-32) y el de apostasía (cfr Hb 6,4-8). «Juan parece querer acentuar la incalculable gravedad de lo que es la esencia del pecado, el rechazo de Dios, que se realiza sobre todo en la apostasía y en la idolatría, o sea, en repudiar la fe en la verdad revelada y en equiparar con Dios ciertas realidades creadas, elevándolas al nivel de ídolos o falsos dioses» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 17).
Si San Juan no manda expresamente orar por esos pecadores, no quiere decir que sean irrecuperables, consideradas la omnipotencia y la misericordia de Dios. El Papa San Gelasio I enseña: «Hay pecado de muerte para los que permanecen en el mismo pecado; hay pecado no de muerte para quienes se apartan del mismo pecado. Ningún pecado hay, ciertamente, por cuyo perdón no ore la Iglesia, o del que, por la potestad que le fue divinamente concedida, no pueda absolver a quienes se apartan de él» (Ne forte).
▲ COMENTARIO
1 Jn 5,18-21
Jesucristo, Dios y hombre verdadero, es también la vida eterna, porque sólo en Él podemos alcanzarla. En la afirmación de San Juan de que «el que ha nacido de Dios no peca» (v. 18) —enseña el Santo Padre Juan Pablo II— «hay una indicación de esperanza, basada en las promesas divinas: el cristiano ha recibido la garantía y las fuerzas necesarias para no pecar» (Reconciliatio et paenitentia, n. 20).
En las palabras finales, San Juan exhorta a considerar la grandeza de la filiación divina: «Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al Reino de Dios» (S. León Magno, Sermo 1 in Nativitate 3).