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1 TIMOTEO

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1 Tm 1,1-2

La carta instruye a Timoteo, discípulo de San Pablo, en su ministerio al frente de la iglesia de Éfeso. Se le urge a la defensa de la recta doctrina (1,3-20) y se le instruye sobre la oración de la comunidad (2,1-15), las cualidades de los ministros en la Iglesia (3,1-16), el modo de enseñar y comportarse, y sobre la conducta de algunos cristianos en particular (4,1-6,19).

«Dios, nuestro salvador» (v. 1). El título de «salvador» era aplicado en el mundo grecorromano a los emperadores y dioses paganos. En las Cartas Pastorales, en continuidad con el Antiguo Testamento, se aplica a Dios (2,3; 4,10; Tt 1,3; 2,10; 3,4), quien lleva a cabo su misión salvadora por medio de Jesucristo. San Juan Crisóstomo comenta: «Sufrimos muchos males, pero tenemos grandes esperanzas; estamos expuestos a peligros y asechanzas, pero tenemos un Salvador, que no es un hombre, sino Dios. A nuestro Salvador no le pueden faltar las fuerzas, puesto que es Dios, y por grandes que sean los peligros, los superaremos» (In 1 Timotheum, ad loc.).

«Gracia, misericordia y paz» (v. 2). Se añaden los deseos de «misericordia» a los ya tradicionales de «gracia y paz» (cfr Rm 1,7; 1 Co 1,3; 2 Co 1,2; etc.). Esta peculiaridad posiblemente tiene como fin subrayar la salvación obrada por Cristo, pues en el lenguaje bíblico pedir misericordia es pedir salvación.

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1 Tm 1,3-20

La exhortación a Timoteo se centra en el deber de preservar la recta doctrina (vv. 3-7), frente a las falsas interpretaciones (vv. 8-11), tal como hizo San Pablo (vv. 9-20).

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1 Tm 1,3-7

Una de las cuestiones más importantes que debieron afrontar las primeras comunidades cristianas, entre ellas la de Éfeso, en los años que siguieron a sus comienzos fue el discernimiento y mantenimiento de la fe genuina, ya que se daban interpretaciones particulares, algunas muy pegadas a las tradiciones judías y otras impregnadas de elementos de religiosidad helenística extraños al mensaje cristiano. Por eso, la primera responsabilidad de quien presidía la comunidad consistía en vigilar por la recta doctrina, no por afán de imponer los propios criterios, sino para suscitar una caridad bien fundada. «La fe enseña la verdad, y una fe pura hace nacer la caridad» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Timotheum 2,1). Y Santo Tomás explica que esto es así porque «quienes no tienen la fe verdadera no pueden amar a Dios, pues quien cree cosas falsas acerca de Dios ya no ama a Dios» (Super 1 Timotheum, ad loc.); a lo sumo amará esa falsa caricatura de Dios en la que cree.

En continuidad con esa enseñanza apostólica, la práctica pastoral de la Iglesia procura que la formación religiosa vaya sencilla y directamente a los contenidos fundamentales, expuestos con claridad, y evitando pérdidas de tiempo y posibles confusiones que podrían seguirse de propalar hipótesis poco probadas o teorías marginales a la fe. En esa línea, Juan Pablo II aduce este texto de San Pablo para indicar que los catequistas «se abstendrán de turbar el espíritu de los niños y de los jóvenes en esta etapa de su catequesis, con teorías extrañas, problemas inútiles o discusiones estériles, muchas veces fustigadas por San Pablo en sus cartas pastorales» (Catechesi tradendae, n. 61).

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1 Tm 1,8-11

La anterior exhortación a cuidar de la recta doctrina, frente a las creencias desviadas que se propagaban entre aquellos primeros cristianos, no implica un rechazo a la enseñanza contenida en la Ley de Moisés, que sigue manteniendo su sentido también entre los cristianos, aunque desde una nueva perspectiva. San Pablo había enseñado que los cristianos ya no viven bajo el régimen de la Ley, sino bajo el de la fe en Cristo (Ga 3,24-26; 4,3-7), que es el régimen de la gracia (Rm 6,14-15). Los creyentes evitan todo lo que la Ley prohíbe y cumplen todo lo que la Ley exige, e incluso más. La Ley mosaica es buena, pero insuficiente, porque da a conocer el pecado, pero no proporciona los medios para vencerlo. En cambio, «la ley del Espíritu de la vida que está en Cristo Jesús» (Rm 8,2) ha hecho posible adquirir lo que la Ley sola no podía conseguir: la justificación (cfr Rm 8,1-4). Por eso se dice que «la Ley no se ha dado para el justo» (v. 9), es decir, para el justificado por Cristo, porque el justo actúa no por las prescripciones de la Ley mosaica, que no tienen vigor para él, sino movido por la fe en Dios y el amor hacia Él. Los falsos doctores parecen no haber entendido la justificación realizada por Cristo, ya que siguen discutiendo sobre minucias en la interpretación del Antiguo Testamento, poniendo la salvación en su observancia.

La expresión «sana doctrina» (v. 10) es característica del lenguaje de las Cartas Pastorales. En el griego culto de la época, «sano» viene a significar lo mismo que «razonable»; con ello se da a entender que la doctrina de la fe y de la moral no contradice a la recta razón humana, sino que la ayuda y eleva por encima de sus posibilidades naturales. «El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él mismo realiza mediante su razón iluminada por la Revelación divina y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí. Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios como don particular y signo de la elección y de la Alianza divina, y a la vez como garantía de la bendición de Dios» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 44).

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1 Tm 1,12-17

El reconocimiento de las limitaciones personales o de la propia indignidad, no es obstáculo para que los pastores de la Iglesia asuman la responsabilidad que les incumbe de predicar y defender la recta doctrina. El ejemplo de vida debe servir para disipar posibles recelos, pues Pablo, por encima de todo, puede reconocer la gratuidad de su llamada al ministerio de la fe y la caridad.

El v. 15 resume en pocas palabras la obra redentora de Cristo. Se inicia con una fórmula solemne que centra la atención en algo importante. «Ningún otro fue el motivo de la venida de Cristo el Señor sino la salvación de los pecadores —comenta San Agustín—. Si eliminas las enfermedades, las heridas, ya no tiene razón de ser la medicina. Si vino del cielo el gran médico es que un gran enfermo yacía en todo el orbe de la tierra. Ese enfermo es el género humano» (S. Agustín, Sermones 175,1). Esta verdad es una de las fundamentales de nuestra fe, recogida en el Credo: «Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo».

Se cierra el pasaje con una doxología solemne (v. 17), exclamación de alabanza a Dios. En contraste con los intentos de divinización del emperador, muy intensos entonces por parte de la autoridad pública en el ambiente helenístico, los cristianos proclaman la realeza eterna y universal de Dios.

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1 Tm 1,18-20

Así como San Pablo no se retrajo de salvaguardar la recta doctrina, tampoco debe hacerlo Timoteo, que también asumió esa responsabilidad. «Profecías» (v. 18) en el Nuevo Testamento no designa habitualmente el anuncio de un acontecimiento futuro. En este texto parece que se refiere a la misión encomendada en el momento de la imposición de las manos (cfr 4,14; 2 Tm 1,6) y a las palabras de exhortación con las que el Apóstol lo instruyó.

La fe es un don gratuito de Dios al hombre, que se puede perder. Hace falta luchar por conservarla, y para eso se requiere una «buena conciencia» (v. 19), rectamente formada, pues cuando la conciencia se corrompe busca justificar las propias acciones morales desviándose de la fe. Lo advertía San Juan Crisóstomo: «Porque el que dice adiós a la vida cristiana se forma una creencia semejante a sus costumbres» (In 1 Timotheum, ad loc.).

Entregar a Satanás (v. 20) significa apartarlos de la comunión eclesial. El fin de esta excomunión es pastoral y medicinal: el bien de los fieles y la enmienda de los mismos herejes. No tenemos apenas datos sobre los dos personajes citados aquí. Himeneo puede que sea el mismo del que se dice en 2 Tm 2,17 que afirmaba que la resurrección se había efectuado ya. Alejandro es un nombre muy común, difícil de identificar: quizá sea el herrero del que se habla en 2 Tm 4,14-15. También el libro de los Hechos menciona a un Alejandro en Éfeso (cfr Hch 19,33-34).

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1 Tm 2,1-15

Una vez asentadas las bases de lo más importante, salvaguardar la doctrina de la fe (1,3-20), el Apóstol instruye a su discípulo acerca del modo de dirigir rectamente el culto, especialmente la oración y la participación en las asambleas litúrgicas.

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1 Tm 2,1-7

Se ha de rezar por todos los hombres, no sólo por los amigos o bienhechores, ni sólo por los cristianos. La Iglesia facilita a todos los fieles el cumplimiento de este consejo con la «oración universal» o «de los fieles» de la Santa Misa, donde «el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres» (Misal Romano, Ordenación General, n. 45).

La voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente conectada con la única mediación de Cristo, nuestro Salvador. Esto contrasta con la concepción pagana de entonces, que aspiraba a la salvación a través de una pluralidad de dioses salvadores. San Agustín afirma que fuera de Cristo, «camino universal de salvación que nunca ha faltado al género humano, nadie ha sido liberado, nadie es liberado, nadie será liberado» (De civitate Dei 10,32,2). Y el Concilio Vaticano II propone así lo que es patrimonio de la fe cristiana: «Cree la Iglesia que (…) no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse» (Gaudium et spes, n. 10). A la vez, conviene tener presente que la acción salvífica de Jesucristo, con y por medio de su Espíritu, se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad. En efecto, el Concilio Vaticano II también afirmó que «la única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única» (Lumen gentium, n. 62). Juan Pablo II invita a profundizar el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de Cristo: «Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias» (Redemptoris missio, n. 5). Por eso la Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda que «debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica, que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios» (Dominus Iesus, n. 14).

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1 Tm 2,8-15

Si inmediatamente antes se invitaba a rezar por todos los hombres, también por los gentiles, pues Dios quiere que todos se salven, ahora se hace notar que esa oración debe ser discreta: sin llamar la atención por el modo externo de realizarla y con una actitud interna de humildad y limpieza de corazón. Esa discreción se concreta, para los hombres, en orar alzando las manos (actitud que en el mundo helenístico manifestaba que se pedía ayuda a la divinidad) y, en las mujeres, en ir vestidas sobriamente y ser discretas en el hablar, como era la costumbre. Lo importante es que los hombres acudan a rezar sin que su conciencia tenga nada que reprocharles, «sin ira ni disensiones» (v. 8), y las mujeres manifestando «la piedad por medio de las buenas obras» (v. 10). Los abusos deben ser corregidos: ni los hombres han de buscar manifestar su poder o condición social, ni las mujeres llamar la atención por el modo de arreglarse o con intervenciones que resultarían extrañas. En este sentido, el núcleo de esas orientaciones sobre el modo de rezar y vestir es siempre válido y actual. «En nuestra misma oración —comenta San Ambrosio— la modestia resulta muy agradable y obtiene un gran favor delante de nuestro Dios… Así pues, gran cosa es la modestia, que mientras está dispuesta a ceder su propio derecho, nada pretende para sí, nada reivindica, y en cierto modo estando por debajo de sus propias fuerzas, es rica delante de Dios, delante del cual nadie es rico. La modestia es rica, porque es herencia de Dios. Pablo también manda elevar la oración con modestia y sobriedad. Quiere que ésta sea la que preceda y casi muestre el camino a la oración que se hará después» (S. Ambrosio, De mysteriis 1,18,70).

De un pasaje como éste, en que se invita a la piedad, no se puede sacar de modo precipitado una normativa permanente sobre la participación de los hombres y de las mujeres en la liturgia. Se habla desde las costumbres de la época y con los argumentos ordinarios de entonces. De ahí que no permitir que la mujer enseñe (v. 12) no sea una prohibición absoluta sino referida en aquel contexto concreto a los actos de culto público. Algunos comentaristas piensan que estas indicaciones iban dirigidas a mujeres ricas a quienes los falsos doctores estaban engañando, haciéndolas portavoces de sus doctrinas. Entre los errores que propagaban estaría el considerar el matrimonio pecaminoso (cfr 4,3). De ahí la referencia a la maternidad (v. 15). En cualquier caso, la enseñanza sigue siendo actual, especialmente cuando en algunos ambientes se minusvalora el papel de la mujer como madre. Por ello Juan Pablo II enseña que la verdadera promoción de la mujer «exige que sea claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás funciones públicas y a las otras profesiones (…). Si bien se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho de acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia» (Familiaris consortio, n. 23).

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1 Tm 3,1-16

Las instrucciones se centran ahora en las cualidades que deben reunir los que ejercen un ministerio en la Iglesia. De ello depende no sólo el bien de los fieles, sino la imagen que la misma Iglesia ofrece hacia afuera.

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1 Tm 3,1-7

Cuando se escribieron las Cartas Pastorales aún no se habían fijado definitivamente los nombres y los cometidos de los diversos órdenes sagrados en la jerarquía de la Iglesia; aparecen con claridad en los escritos de San Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II). Estos «obispos» (epískopoi) eran aquellas personas que estaban al frente de alguna comunidad particular. Como ministros de la Iglesia tenían la misión de enseñar, presidir y dar ejemplo de vida cristiana.

«Casado una sola vez» (v. 2). Literalmente, «hombre de una sola mujer». Esta condición, que se pide también a los «diáconos» (3,12), no se refiere, obviamente, a la prohibición de la poligamia, que afectaba a todos y no sólo a los ministros sagrados, sino a la exigencia de no estar casado en segundas nupcias. En la época apostólica no se exigía el celibato a quienes estaban al frente de las comunidades cristianas, entre otras razones porque muchos abrazaban la fe en edad adulta, estando ya casados. No obstante, muy pronto fue imponiéndose entre los ministros sagrados la costumbre de no casarse. «En la antigüedad cristiana, los Padres y los escritores eclesiásticos dan testimonio de la difusión, tanto en Oriente como en Occidente, de la práctica libre del celibato en los ministros sagrados, por su gran conveniencia con su total dedicación al servicio de Dios y de su Iglesia. La Iglesia de Occidente, desde los principios del siglo IV, mediante la intervención de varios concilios provinciales y de los Sumos Pontífices, corroboró, extendió y sancionó esta práctica» (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, nn. 35-36).

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1 Tm 3,8-13

Los «diáconos» son ministros que desempeñan sus funciones en dependencia de los que presiden. Probablemente su origen se remonta a los siete varones de buena fama que fueron elegidos para ayudar a los Apóstoles (cfr Hch 6,1-6). El término diákonos tenía en griego la significación general de «servidor», «ayudante». En el lenguaje cristiano se aplicó al oficio de auxiliar de los obispos y presbíteros, hasta adquirir más tarde su actual significado específico.

No es fácil, por los escasos datos que se conservan, conocer cuál era la condición de las «mujeres» (v. 11) que ejercían algún servicio en la comunidad. En Rm 16,1 se designa como «diaconisa» a Febe, una mujer, aunque ahí con el término «diaconisa» no se indicaba un ministerio sagrado. Según un documento del siglo IV parece que algunas mujeres ayudaban en la instrucción de las catecúmenas para su bautismo, asistían a los enfermos y desempeñaban otras tareas de servicio (cfr Constitutiones Apostolicae 2,26; 3,15).

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1 Tm 3,14-15

Dios actúa en la Iglesia y a través de ella como un padre en su familia. La Iglesia no es una sociedad meramente humana, donde los ministros pueden ejercer su función con criterios personales, ya que pertenece a Dios.

La expresión «casa de Dios» evoca, junto al carácter familiar, la necesaria cohesión de los cristianos como elementos de un edificio sagrado: los hijos de Dios, congregados por voluntad divina, forman la Iglesia, casa y Templo, donde Dios habita de un modo más pleno que en el antiguo Templo de Jerusalén (cfr 1 R 8,12-64). «Columna y fundamento de la verdad»: Estos elementos, que completan la imagen de la edificación, son un modo gráfico de expresar la firmeza y perennidad de la Iglesia en su deber de conservar y transmitir la verdad, que «se extiende a todo cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 25).

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1 Tm 3,16

El «misterio de la piedad» viene expresado en forma de himno, como un cántico en honor de Cristo, que se opone al «misterio de la iniquidad» (2 Ts 2,7). Parece como si frente a los habitantes de Éfeso que gritaban: «¡Grande es la Artemisa de los efesios!» (Hch 19,28), los cristianos de esa ciudad fuesen invitados a clamar: «¡Grande es el misterio de la piedad!». Este misterio lleva consigo la reconciliación y unión de los hombres con Dios, realizada en Cristo: Él toma nuestra carne sin dejar de ser Dios; las naciones de la tierra le reconocerán lo mismo que los ángeles en el Cielo; vive y habita en el corazón de los hombres por la fe, pero su morada está en la Gloria junto al Padre.

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1 Tm 4,1-6,21

La carta adquiere a partir de ahora un tono todavía más familiar, en el que es difícil establecer un esquema rígido de ideas, pues se ocupa de situaciones concretas (falsos maestros, ancianos, viudas, presbíteros, esclavos, gente pudiente…). Hay, sin embargo, algunas cuestiones en torno a las cuales se centran las exhortaciones y consejos: en el cap. 4, sobre el comportamiento de Timoteo; en el cap. 5, sobre sus relaciones con los fieles; en el cap. 6, sobre el trato con los falsos maestros. Todo ello enseña que el cuidado pastoral no puede pasar nada por alto.

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1 Tm 4,1-11

En el cap. 1 se exhortaba a Timoteo a asumir su responsabilidad en el mantenimiento de la buena doctrina de la fe. Ahora, se atajan algunos errores prácticos, consecuencia de desviaciones doctrinales, que iban llegando a aquella comunidad: en concreto, la prohibición del matrimonio y de algunos alimentos considerados impuros. Ambas discriminaciones continuaron entre los gnósticos del siglo II, para los cuales la materia era mala y sólo lo espiritual era bueno. La doctrina cristiana, en cambio, fundada en la enseñanza del Señor y en la predicación de los Apóstoles, defiende la dignidad de matrimonio y enseña la licitud de todos los alimentos sanos.

Frente a esas prácticas descaminadas, y manteniéndose firme en la doctrina del Evangelio, se le aconseja a Timoteo ejercitarse en la piedad genuina. «La piedad, es decir, el verdadero servicio al Dios verdadero —dice San Agustín—, para todo aprovecha. Porque evita o mitiga las molestias de esta vida o conduce a aquella vida o salud, en que ya no padeceremos mal alguno y gozaremos del sumo y sempiterno bien. Te exhorto, tanto como me exhorto a mí mismo, a conseguirla más perfectamente y a retenerla con perseverancia» (S. Agustín, Epistolae 155,4,17). Para alcanzarla es necesario poner los medios: «La vida interior se robustece por la lucha en las prácticas diarias de piedad, que has de cumplir —más: ¡que has de vivir!— amorosamente, porque nuestro camino de hijos de Dios es de Amor» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 83).

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1 Tm 4,12-16

«La lectura, la exhortación y la enseñanza» (v. 13) se llevaban a cabo en las reuniones litúrgicas de los primeros cristianos. La ordenación sacerdotal se confería mediante la oración litúrgica («profecía») y la imposición de las manos. Los consejos del Apóstol enseñan la importancia de predicar también con el ejemplo de las obras: «Hablemos a través de ellas, al mostrarlas a los demás en nuestra vida. Es vivo el lenguaje, cuando son las obras las que hablan» (S. Antonio de Padua, Sermón, en Liturgia de las Horas, Oficio de lectura del 13-VI).

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1 Tm 5,1-2

El Apóstol comienza a enumerarle a Timoteo un conjunto de reglas prácticas para el gobierno de la comunidad cristiana. De entrada, establece un principio general de comportamiento con todos: ha de considerarlos como miembros de su propia familia, también cuando es necesario corregir. «Porque también existen hermanos negligentes y abandonados, conviene curarlos con mayor autoridad, y aplicar de tal manera la corrección, que quede a salvo el amor» (S. León Magno, Epistulae 14,1).

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1 Tm 5,3-16

Se especifican algunas normas para las viudas. En las primitivas comunidades cristianas éstas constituían un grupo que estaba de alguna forma institucionalizado. Desempeñaban actividades de servicio y caridad con los más necesitados (cfr Hch 9,36-39). Parece que eran mujeres sin recursos (vv. 5 y 16), de cuyo mantenimiento se ocupaba la Iglesia (cfr Hch 6,1). Las viudas que no debían ser elegidas para este grupo de «realmente» viudas eran aquellas más jóvenes que corrían el riesgo de dejarse llevar por la frivolidad. Las «pasiones» aludidas en el v. 11 podrían hacer referencia a las pasiones carnales, pero también a los entusiasmos fugaces de juventud. Quizá así se quería evitar que estas viudas se pusieran en peligro de romper mediante un nuevo matrimonio un compromiso de dedicarse por entero al servicio de la Iglesia. Pero es también posible que fueran algunas tristes experiencias (cfr v. 15) las que le llevaron al Apóstol a orientar a esas viudas jóvenes y sin especiales obligaciones domésticas hacia un nuevo matrimonio, apartándolas así de los peligros que suele llevar consigo la ociosidad.

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1 Tm 5,17-25

Estas palabras ponen de relieve la gravedad que implicaría imponer las manos precipitadamente. Por eso, la Iglesia recibe en los ministerios sagrados sólo a los que sean considerados dignos y estén bien preparados, y reclama de los candidatos al presbiterado una decidida disposición personal por afanarse «en la palabra y en la enseñanza (cfr 1 Tm 5,17), creyendo en aquello que leen cuando meditan en la ley del Señor, enseñando aquello en que creen, imitando aquello que enseñan» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 28). La fuerte exigencia del compromiso por asumir una vida santa nunca será un obstáculo para que surjan las vocaciones sacerdotales necesarias, pues desde una perspectiva de fe es claro que «Dios nunca abandona de tal manera a su Iglesia que no se hallen ministros idóneos en número suficiente para las necesidades de los fieles, si se promueve a los que son dignos y se rechaza a los indignos» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae, supp. 36,4,1).

En el v. 18 se cita primero un texto de Dt 25,4 y luego unas palabras del Señor transmitidas en Lc 10,7. Es posible que aquí ya se esté considerando «Escritura» al Evangelio de San Lucas. Aunque la frase también podría provenir de algún otro texto anterior al evangelio actual.

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1 Tm 6,1-2

El Apóstol no aborda directamente el problema de la esclavitud (cfr Col 3,22-4,1), lo que no significa que esté de acuerdo con esa práctica (cfr notas a Flm 21 y Ef 6,5-9). Se calcula que en aquel tiempo la mitad de la población de Éfeso serían esclavos. Es de suponer que entre los cristianos de la ciudad habría un buen número de ellos. Para muchos paganos el testimonio de sus esclavos era el modo directo de conocer el cristianismo: por eso, su conducta debía reflejar la fe y la doctrina que habían recibido (v. 1). Si los amos eran cristianos, el trato fraterno hacia los esclavos podía proporcionar un nuevo sentido a su trabajo (v. 2).

En el decurso de la historia, el espíritu cristiano ha reclamado y reclama la abolición de cualquier forma de esclavitud porque «el fermento del Evangelio ha suscitado y suscita en el corazón del hombre una irrefrenable exigencia de dignidad» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 26).

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1 Tm 6,3-10

Las amonestaciones del Apóstol reflejan la pena que le produce el daño causado por los falsos maestros. Frente a su avaricia (v. 10), los buenos maestros viven contentos aunque sólo tengan alimento y algo con que cubrirse. El desprendimiento proporciona libertad, «y es que sólo es libre el que vive para Cristo —afirma San Juan Crisóstomo—. Ése está por encima de todos los males, y si no quiere hacerse él daño a sí mismo, nadie se lo puede hacer jamás. Al servidor de Cristo no se lo puede atacar. No le afecta la pérdida del dinero, porque sabe que nada trajimos a este mundo y nada podremos llevarnos. No le domina la ambición, ni el amor de la gloria, pues sabe que nuestra ciudadanía está en el cielo. Ni le apenan las injurias ni le irritan los golpes. Para el cristiano sólo hay una desgracia: ofender a Dios. Todo lo malo: pérdida de bienes, destierro de la patria, peligro de la vida, no lo tiene ni siquiera por mal. Y aquello de lo que todos tiemblan, el salir de este mundo, es para él más dulce que la misma vida» (Ad Theodorum lapsum 2,5).

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1 Tm 6,11-16

La obligación de ser leales y atenerse a lo mandado, dando testimonio ante todos de la fe que se profesa, se urge en la presencia de Dios Padre y de Jesucristo, que firmemente confesó su realeza ante Poncio Pilato.

Este bello himno a la realeza de Cristo (vv. 15-16) es posible que fuera tomado de la liturgia. Como los demás himnos que aparecen en la carta (1,17 y 3,16) refleja la conciencia de los primeros cristianos de que el fin de la vida del hombre es dar gloria a Dios. «No vivimos para la tierra, ni para nuestra honra, sino para la honra de Dios, para la gloria de Dios, para el servicio de Dios: ¡esto es lo que nos ha de mover!» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 851).

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1 Tm 6,17-19

Es preciso utilizar los bienes materiales con sentido social, con desprendimiento, porque el verdadero tesoro es el que no perece jamás (cfr Lc 12,33). «Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio» (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 42).

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1 Tm 6,20-21

De forma concisa se resume el contenido de la epístola. «El depósito» (v. 20) era aquello —normalmente bienes económicos— que se entregaba a una persona con la obligación de custodiarlo para restituirlo íntegro cuando el depositante lo requiriera. Aquí se aplica a la Revelación y a la fe, y así ha pasado a la tradición teológica. «¿Qué es el “depósito”? Es aquello que se te ha confiado, no lo que tú has descubierto; lo que recibiste, no lo que tú pensaste; lo que es propio de la doctrina, no del ingenio; lo que procede de la tradición pública, no de la rapiña privada. Algo que ha llegado hasta ti, pero que tu no has producido; algo de lo que no eras autor, sino custodio; no fundador, sino seguidor; no conductor, sino conducido (…). Conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que has creído, en tu poder permanezca y por ti sea entregado a otro» (S. Vicente de Lerins, Commonitorium 22,4).

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