▲ COMENTARIO
Lc 4,1-13
En el inicio de su misión salvadora, el Señor ayuna (vv. 2-3; cfr nota a Mt 4,1-11) y sufre las tentaciones de Satanás. Los tres evangelios sinópticos recuerdan que el episodio tiene lugar en el «desierto» (v. 1). Con esa palabra (cfr 3,2) se designa probablemente la depresión que hay junto al Jordán, al norte del Mar Muerto. Sin embargo, también tiene un sentido teológico: en el desierto fueron tentados, y vencidos, Moisés e Israel; en el desierto es tentado Jesús, que vence donde otros cayeron: el diablo quiere apartar a Jesús de su misión, pero Jesús le vence. Ya que en el tercer evangelio la genealogía del Señor llega hasta Adán, la tradición cristiana vio en este relato una victoria de Jesús como antitipo de Adán; donde Adán fue vencido, Jesús venció, inaugurando así la nueva humanidad: «Es conveniente recordar cómo el primer Adán fue expulsado del paraíso al desierto, para que adviertas cómo el segundo Adán viene del desierto al paraíso. Ves cómo sus daños se reparan siguiendo sus encadenamientos y cómo los beneficios divinos se renuevan tomando sus propias trazas» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
En la primera tentación (vv. 3-4), el evangelista narra cómo el diablo pone a prueba la filiación divina de Jesús que Dios Padre acaba de proclamar (cfr 3,22); en la segunda (vv. 5-8), le ofrece el reinado de este mundo a cambio de un homenaje a Satán; en la tercera (vv. 9-12), situado en el pináculo del Templo de Jerusalén, el diablo le propone escapar de la muerte ostentosamente en virtud de ser Hijo de Dios. Esta narración es muy semejante a la de San Mateo aunque se diferencia en el orden de las tentaciones: la segunda de Mateo viene como la tercera en Lucas, y viceversa. Como el orden de San Mateo coincide con el de las tentaciones de Israel en el libro del Éxodo (cfr nota a Mt 4,1-11), y en el Evangelio de San Lucas, Jerusalén y, más en concreto, el Templo tienen gran relieve —allí concluyen el Evangelio de la infancia, y el evangelio entero—, se suele pensar que San Lucas ha acomodado aquí el orden para destacar la Ciudad Santa: en Jerusalén se consuma nuestra salvación, y también la victoria de Jesús sobre «toda» tentación (v. 13): «No diría la Sagrada Escritura que acabada toda tentación se retiró el diablo de Él, si en las tres no se hallase la materia de todos los pecados. Porque la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,41,4 ad 4).
Jesús vence ahora al diablo, y el texto dice que éste esperó al «momento oportuno» (v. 13). Se refiere, sin duda, a la pasión y muerte del Señor. En el comienzo del relato de la pasión, San Lucas dice que «entró Satanás en Judas» (22,3), y a partir de ahí se desencadenan los acontecimientos (cfr nota a 22,1-6). Pero también entonces vencerá Jesús: con su aceptación filial del designio del Padre, liberará a los hombres de quien tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo (cfr Hb 2,14). A diferencia de Mateo y Marcos, San Lucas no recuerda que los ángeles sirvieron al Señor al acabar las tentaciones; en cambio, sí menciona el consuelo de un ángel en la agonía de Getsemaní (22,43): «El Maestro quiso ser tentado en todas las cosas en las cuales lo somos nosotros, como quiso morir porque nosotros morimos; como quiso resucitar, porque también habíamos de resucitar» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 90,2,1).
El pasaje nos enseña también que las armas para vencer las tentaciones son la oración, el ayuno, no dialogar con la tentación, tener en los labios las palabras de Dios en la Escritura y poner la confianza en el Señor.
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Lc 4,14-9,50
Lucas relata los inicios del ministerio público de Jesús en Galilea. En la sinagoga de Nazaret, Jesús presenta el programa de su actuación (4,16-30). El «hoy» de la salvación (4,21) que anuncia en ese momento se cumple enseguida con sus curaciones (4,38-41; 5,12-26; 7,1-23; 8,26-56; etc.), con el perdón de los pecados (5,17-26; 7,36-50), con su acción misericordiosa sobre los hombres (7,13; 9,11), etc.
La misión para la que ha sido enviado (4,18) es la de evangelizar. En el centro de su predicación están el Discurso del Llano (6,17-49) y las parábolas del Reino (8,4-18). Al evangelista le gusta señalar la eficacia y la singularidad de las palabras de Jesús (4,31-37; 5,17-26; etc.), que provocan la aglomeración de las gentes en torno a él (4,37.40.42; 5,1.15.19.29; etc.).
Para el cumplimiento de ese programa salvador, el Señor elige a unos discípulos (5,1-11.27-28; 6,12-16) y de entre ellos constituye el grupo apostólico. A estos Doce les forma con una dedicación particular (8,10; 9,21; etc.), les muestra su gloria (9,28-36) y les envía a predicar (9,1-6) en un anticipo de lo que será la misión universal de la Iglesia (Hch 1,8).
Finalmente, el discurso de Jesús en la sinagoga alude también a la universalidad de su misión salvífica (4,25-27). Tal universalidad se pondrá de manifiesto en el episodio del centurión (7,1-10), pero, sobre todo, será motivo central de la parte siguiente del evangelio (9,51-19,27).
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Lc 4,14-6,11
Los comienzos del ministerio de Jesús incluyen su predicación en las sinagogas de Galilea (4,14-15) y de Judea (4,44). La predicación de Jesús llama la atención por la potestad que la acompaña (4,32); de ahí que su fama se extienda cada vez más (5,15). No es extraño, por eso, que los representantes del judaísmo oficial entren en controversia con Él (5,27-6,11).
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Lc 4,14-15
Breve resumen de la actividad de Jesús, que precede a la declaración en la sinagoga de Nazaret. En el centro del mensaje no está tanto la predicación del Reino de Dios, como en los otros sinópticos, sino la Persona misma de Jesús. En las pocas palabras del sumario se vuelve a mencionar al Espíritu: el Espíritu Santo, que intervino activamente en el nacimiento de Jesús y en los episodios de su infancia, es ahora quien gobierna su actividad: tras descender sobre Él en el Bautismo (3,22), le conduce al desierto (4,1) y le impulsa a la misión por Galilea (v. 14), «porque la humanidad de Cristo es un órgano conjunto con la divinidad misma, y por eso Cristo se mueve según el impulso de la divinidad» (Nicolás de Lira, Postilla super Lucam 4).
▲ COMENTARIO
Lc 4,16-30
El episodio recoge el esquema del culto sinagogal de su tiempo. En el sábado, día de descanso y oración para los judíos (Ex 20,8-11), se reunían para instruirse en la Sagrada Escritura. Comenzaba la sesión recitando juntos la Shemá, resumen de los preceptos del Señor, y las dieciocho bendiciones. Después se leía un pasaje del libro de la Ley —el Pentateuco— y otro de los Profetas. El presidente invitaba a alguien de los allí presentes a dirigir la palabra (cfr Hch 13,15). A veces se levantaba alguno voluntariamente para cumplir el encargo. Así debió de ocurrir en esta ocasión. Jesús busca la oportunidad de instruir al pueblo (v. 16), y lo mismo harán después los Apóstoles (cfr Hch 13,5.15.42.44; 14,1; etc.). La reunión terminaba con la bendición sacerdotal (cfr Nm 6,22ss.), recitada por el presidente o un sacerdote si lo había, a la que todos respondían: «Amén».
Jesús lee el pasaje de Isaías 61,1-2, donde el profeta anuncia la llegada del Señor que librará al pueblo de sus aflicciones. Por tanto, hay dos noticias en el pasaje: la salvación que obrará Dios con su pueblo, y el hombre elegido, ungido, por el Señor para llevarla a cabo. Jesús enseña que ambas se cumplen en Él. Por una parte, porque con sus «hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre entre los hombres» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 3). Por otra parte, porque al decir que la profecía se cumple en Él (v. 21), enseña que el mensaje de salvación no es otra cosa que Él mismo: «Al ser Él la “Buena Nueva”, existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser» (Juan Pablo II, Redemptoris missio, n. 13).
«Por lo cual me ha ungido» (v. 18). «Cristo, en efecto, no fue ungido por los hombres ni su unción se hizo con óleo, o ungüento material, sino que fue el Padre quien le ungió al constituirlo Salvador del mundo, y su unción fue en el Espíritu Santo» (S. Cirilo de Jerusalén, Catecheses 21,2).
«El año de gracia del Señor» (v. 19). Alude al año jubilar de los judíos, establecido por la Ley (Lv 25,8ss.) cada cincuenta años, para simbolizar la época de redención y libertad que traería el Mesías. La época inaugurada por Cristo, el tiempo de la Nueva Ley, es «el año de gracia», el tiempo de la misericordia y de la redención, que se alcanzarán cumplidamente en la vida eterna. De manera semejante, la institución del Año Santo en la Iglesia Católica tiene el sentido de anuncio y recuerdo de la Redención traída por Cristo y de su plenitud en la vida futura.
Los habitantes de Nazaret que se maravillaban de Jesús (v. 22) ahora se llenan de ira ante sus palabras (v. 28). En cierta manera, se cumplen ya las palabras de Simeón en el Templo (2,34): Jesús es causa de dolor y gozo. La falta de fe de los conciudadanos del Señor les lleva a pedir a Jesús un milagro que acredite su enseñanza. Al no hacerlo Jesús, es posible que sus paisanos le consideren un falso profeta y por eso intentan despeñarlo (v. 29; cfr Dt 13,2ss.). Así se pone de manifiesto la mezquindad de aquellos hombres que no han sabido ver la verdad que tienen en sí las palabras del Señor (v. 22). Por eso el episodio nos enseña a descubrir los caminos por los que podemos entender de verdad a Jesús: sólo podremos hacerlo en la humildad y en el desinterés.
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Lc 4,31-37
Ya en los albores de la predicación de Jesús dos cosas llaman la atención a quienes le oyen: sus palabras van acompañadas de obras que manifiestan su poder (v. 32), y ellas mismas tienen potestad de hacer prodigios (v. 36). Éstas son las cualidades que tiene la Palabra de Dios en el Antiguo Testamento, pues Dios confirma su palabra con obras (Ex 19,3-6) y con su palabra crea las cosas (Gn 1,3ss.).
«El Santo de Dios» (v. 34). El Santo por excelencia es el Ungido de Dios, el Mesías. Con esa exclamación, el diablo dice la verdad, pero Jesús no acepta este testimonio del «padre de la mentira» (cfr Jn 8,44). El demonio dice alguna vez verdad para encubrir el error y sembrar la confusión. Jesús, al hacer callar al demonio, nos enseña a ser prudentes y no dejarnos engañar por verdades a medias: «Obligó a callar a los demonios y (…) no deseaba que la verdad saliera de aquellas bocas inmundas, ni darles ocasión para que pudieran introducir la malicia de su voluntad en los hombres somnolientos» (S. Atanasio, Epistula ad episcopos Aegypti et Libyae 3).
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Lc 4,38-41
Los tres evangelios sinópticos recogen la curación de la suegra de Pedro seguida de otras curaciones aquella misma tarde. Lucas es el único que hace notar el ruego por ella (v. 38); se subraya así la eficacia de la oración por los demás y la actitud misericordiosa del Señor: «En cuanto rogaban al Salvador, enseguida curaba a los enfermos; dando a entender que también atiende las súplicas de los fieles contra las pasiones de los pecados» (S. Jerónimo, en Catena aurea, ad loc.).
Recuerda el evangelista que Jesús curaba particularmente, «poniendo las manos sobre cada uno» (v. 40). Esta atención de Jesús por cada uno es también ejemplo para nosotros. Debemos sentir la preocupación de que todos y cada uno de los hombres conozcan a Cristo: «Ningún hijo de la Iglesia Santa puede vivir tranquilo, sin experimentar inquietud ante las masas despersonalizadas: rebaño, manada, piara, escribí en alguna ocasión. ¡Cuántas pasiones nobles hay, en su aparente indiferencia! ¡Cuántas posibilidades! Es necesario servir a todos, imponer las manos a cada uno —singulis manus imponens, como hacía Jesús—, para tornarlos a la vida, para iluminar sus inteligencias y robustecer sus voluntades, ¡para que sean útiles!» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 901).
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Lc 4,42-44
Como en otros muchos lugares (cfr 5,1.15.19.29, etc.), el evangelista anota que eran verdaderas multitudes las que sentían la necesidad de estar con Jesús y escucharle. «En esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito» (Sto. Tomás de Aquino, Expositio in Credum 12,1012).
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Lc 5,1-11
San Lucas relata la vocación de Pedro y de los primeros discípulos de manera ligeramente distinta a los otros evangelios (cfr Mt 4,18-25; Mc 1,16-20; Jn 1,35-51). Los cuatro evangelios anotan que la llamada tuvo lugar en los inicios de la vida pública, y los cuatro recuerdan la voz apremiante de Cristo y la respuesta inmediata de los discípulos. Sin embargo, Mateo y Marcos colocan ese llamamiento como primer acto del ministerio de Jesús, subrayando así la identificación de los discípulos con su maestro; Lucas, en cambio, lo hace preceder de un breve ministerio de Jesús en Cafarnaún y de un cierto trato entre el Señor y estos Apóstoles.
La narración, deja transparentar la relación especial de Jesús con Pedro ya que éste es su interlocutor a lo largo de todo el relato (cfr vv. 3.4.5.8.10), y será él quien gobierne después la barca de la Iglesia. «Antes de ser apóstol, pescador. Después de apóstol, pescador. La misma profesión que antes, después. ¿Qué cambia entonces? Cambia que en el alma —porque en ella ha entrado Cristo, como subió a la barca de Pedro— se presentan horizontes más amplios, más ambición de servicio, y un deseo irreprimible de anunciar a todas las criaturas las magnalia Dei (Hch 2,11), las cosas maravillosas que hace el Señor, si le dejamos hacer» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 264-265).
Por otra parte, en el curso completo de los acontecimientos se vislumbra lo que va a ser la misión de la Iglesia: en nombre propio los discípulos se fatigarán y no conseguirán fruto (v. 5); en cambio, en nombre del mandato de Cristo el fruto será incluso desproporcionado (vv. 6.10). «Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre”» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 1).
Ante las obras del Señor surge en Pedro el asombro (v. 9) y la conciencia de la indignidad personal (v. 8). Pero, entonces, como Zacarías (1,13), como la Virgen (1,30), como todas las personas elegidas por Dios para una misión, Pedro oye la palabra de Dios que le infunde confianza: «No temas» (v. 10): «Si notas que no puedes, por el motivo que sea, dile, abandonándote en Él: ¡Señor, confío en Ti, me abandono en Ti, pero ayuda mi debilidad! Y lleno de confianza, repítele: mírame, Jesús, soy un trapo sucio; la experiencia de mi vida es tan triste, no merezco ser hijo tuyo. Díselo…; y díselo muchas veces. —No tardarás en oír su voz: ne timeas! —¡no temas!; o también: surge et ambula! —¡levántate y anda!» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 287).
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Lc 5,12-16
El modo de dirigirse a Jesús de los personajes que le encuentran puede ser para cada uno un buen modelo de oración: «Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras, o en silencio. (…) Sanando enfermedades o perdonando pecados Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con fe: “Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!”» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2616).
Los Santos Padres vieron en esta curación un significado más profundo: la lepra, por su fealdad y repugnancia, por su facilidad de contagio, por la dificultad de su curación, es una imagen impresionante del pecado. Todos somos pecadores y necesitamos del perdón y de la gracia de Dios (cfr Rm 3,23-24). Con humildad y confianza, cuántas veces podremos dirigirnos a Cristo con la misma oración del leproso: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Aquí (v. 16) y en otros muchos lugares del tercer evangelio se resalta que Jesús se retiraba, solo, a orar (cfr 6,12; 9,18; 11,1; etc.). El Maestro nos enseña así la necesidad de la oración personal y frecuente en las diversas circunstancias de la vida.
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Lc 5,17-26
El poder de Jesús y de su palabra (cfr nota a 4,31-37) se ilustra con este milagro donde muestra a las claras que su potestad en la tierra (v. 24) tiene un origen que trasciende lo terreno (v. 17): «La medicina, según Demócrito, cura las enfermedades del cuerpo, pero la sabiduría libera el alma de sus pasiones. Nuestro buen Pedagogo, que es la sabiduría, el Logos del Padre, creador del hombre, cuida solícito de la criatura entera: médico de la humanidad, y capaz de sanarlo todo, cuida tanto del alma como del cuerpo. El Salvador dijo al paralítico: levántate, toma tu camilla y marcha a tu casa, y, al punto, sanó el enfermo» (Clemente de Alejandría, Paedagogus 1,6,2).
El pasaje enseña la fe del paralítico que se deja transportar y la fe, demostrada con obras, de sus amigos: «¡Qué grande es el Señor, que por los méritos de unos perdona a otros, y que mientras alaba a los primeros absuelve a los segundos! (…). Aprende, tú que juzgas, a perdonar; aprende, tú que estás enfermo, a implorar perdón. Y si la gravedad de tus pecados te hace dudar de poder recibir el perdón, recurre a unos intercesores, recurre a la Iglesia, que rezará por ti, y el Señor te concederá, por amor de Ella, lo que a ti podría negarte» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
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Lc 5,27-32
El episodio refleja un modo de actuar de Jesús, que continúa después en la Iglesia. La llamada de Cristo a seguirle es gratuita, y cada uno debe responder con agradecimiento (v. 29), generosidad y prontitud (v. 28; cfr 5,11): «Lo vio —comenta San Beda— más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. Sígueme, que quiere decir: “Imítame” (…). Se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que le siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible» (Homiliae 1,22).
San Lucas es el único de los tres evangelistas sinópticos que dice explícitamente que el banquete con los publicanos fue en casa de Leví (v. 29) y que Jesús convoca a los pecadores «a la penitencia» (v. 32). De ahí que el episodio haya quedado como ejemplo de acogida al Señor y de iniciativa apostólica: «La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar» (ibidem).
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Lc 5,33-39
En el Antiguo Testamento estaban prescritos algunos días de ayuno; el más señalado era el «Día de la Expiación» (Yôm-Kippûr: Nm 29,7ss.; cfr Hch 27,9). Moisés y Elías habían ayunado (Ex 34,28; 1 R 19,8), y el mismo Señor ayunó en el desierto antes de comenzar su ministerio público (4,2).
La acusación de los escribas y fariseos ofrece a Jesús la ocasión de exponer la condición de su persona y el alcance de su doctrina: la alegría que supone su presencia en el mundo hace que quede relegada para más tarde una práctica penitencial como el ayuno (vv. 34-35). Su doctrina exige odres nuevos: una penitencia interior más profunda, una renovación (vv. 36-38), y quien la reciba de este modo comprobará que esa doctrina es como el vino añejo (v. 39), es decir, «mejor», y no querrá volver a su vida anterior. Pero el Señor no abroga el ayuno (cfr v. 35), sino que le da un sentido más profundo: «El mérito de nuestros ayunos no consiste solamente en la abstinencia de los alimentos; de nada sirve quitar al cuerpo su nutrición si el alma no se aparta de la iniquidad y si la lengua no deja de hablar mal» (S. León Magno, Sermo 4 de Quadragesima 2).
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Lc 6,1-11
En estas dos controversias sobre el sábado Jesús manifiesta su autoridad y su poder divinos, y enseña el verdadero sentido del descanso sabático (cfr notas a Mt 12,1-8.9-14; Mc 2,23-28; 3,1-6). Su actitud contrasta con la ofuscación (v. 11) de escribas y fariseos: «¡Oh fariseo!, ves al que hace cosas prodigiosas y cura a los enfermos en virtud de un poder superior y tú proyectas su muerte por envidia» (S. Cirilo de Alejandría, en Catena aurea, ad loc.). El episodio es también enseñanza para nosotros, para que nuestra pequeñez no ponga nunca en duda la grandeza del Señor: «La mano seca se volvió sana, mientras que la aridez mental de los judíos permaneció igual. Porque al salir, como dice la lectura, deliberaban qué hacer con Jesús. ¿Deliberas tú también sobre lo que tienes que hacer? Adórale como Dios, da culto al autor de los milagros, adora al Hombre que está por encima de los hombres» (S. Atanasio, Homilia de semente 16).
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Lc 6,12-8,56
Con la institución del colegio apostólico comienza una nueva sección del evangelio. Jesús realiza su misión con los Apóstoles en Galilea. Tal misión comprende la predicación —que se refleja sobre todo en el Discurso del Llano (6,17-49) y en el de las parábolas (8,4-18)— y las curaciones. Lucas recoge prácticamente los mismos milagros que los otros dos sinópticos, pero tiene como propio la resurrección del hijo de la viuda de Naín, que el Señor realiza movido por la misericordia (7,13), precisamente la virtud que compendia la enseñanza del Discurso del Llano (6,36).
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Lc 6,12-16
Como en otras ocasiones (9,28; 22,39; etc.), se recoge aquí la oración de Jesús antes de un acontecimiento de importancia (v. 12). Después, el Señor instituye el grupo de los Doce Apóstoles. La elección de doce, con el título peculiar de Apóstoles (v. 13), junto a otros detalles que relatan los otros evangelios (cfr notas a Mt 10,1-4; Mc 3,13-19), orientan hacia la continuidad de la obra de Jesús: la Iglesia fundada por Él. Jesús, enviado por el Padre, asocia a los Apóstoles en su labor: «Esta misión divina, confiada por Cristo a los Apóstoles, tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida para la Iglesia. Por eso los Apóstoles se preocuparon de instituir en esta sociedad jerárquicamente organizada a sus sucesores» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 20).
El v. 13 marca la distinción entre los discípulos, en general, y el grupo de los Doce Apóstoles. Viene a expresar la institucionalización de los Doce, a los que Jesús elige nominal y personalmente. Hay muy pocas variantes en las listas que se recogen en el Nuevo Testamento: la única significativa es que San Lucas nombra a «Judas de Santiago» (v. 16; Hch 1,13) donde San Mateo y San Marcos (Mt 10,3; Mc 3,18) mencionan a «Tadeo»; es el Apóstol que en la hagiografía se denomina «Judas Tadeo». Esta homogeneidad indica la importancia que se concede en el Nuevo Testamento a la lista completa de los Doce y la que tendrá también a la hora de la sucesión apostólica.
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Lc 6,17-19
Se inicia aquí un discurso equivalente al Discurso de la Montaña de San Mateo (Mt 5,1-7,29), aunque éste es mucho más breve: 30 versículos frente a los 111 que ocupa el de Mateo. Ambos evangelistas recuerdan que los oyentes eran una multitud, aunque San Lucas lo sitúa en un lugar llano, tras descender del monte, y San Mateo, en una montaña (v. 17; cfr Mt 5,1). Es posible que en ese gesto el primer evangelista evocara la donación de la Ley que Dios hizo a su pueblo en el monte Sinaí (Ex 19,1ss.); en cambio, Lucas, al recordar que Jesús predicaba en lugares llanos y fácilmente accesibles a la muchedumbre, quiere poner de relieve la cercanía del Señor a la gente y el carácter universal de su enseñanza.
Como en otros lugares de los evangelios, las diferencias entre ellos no merman su historicidad, pues como enseña la Iglesia, estos escritos no son una mera crónica contemporánea de los acontecimientos, ya que «los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, adaptándolos a la situación de las diversas Iglesias, conservando el estilo de proclamación: así nos transmitieron siempre datos auténticos y genuinos acerca de Jesús» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 19). En este caso, de la comparación con Mt 5,1-7,29, podemos deducir la existencia de una fuente común a los dos evangelios —oral o, más probablemente, escrita— que recogió el recuerdo de una sesión de predicación importante de Jesús, cerca del Mar de Galilea.
En el texto de Lucas, pueden distinguirse tres partes: las Bienaventuranzas e imprecaciones (6,20-26), el amor a los enemigos (6,27-38) y las enseñanzas sobre la rectitud de corazón (6,39-49).
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Lc 6,20-26
Las nueve Bienaventuranzas del primer evangelio (cfr Mt 5,3-12 y nota) las resume Lucas en cuatro, pero acompañadas de cuatro antítesis o «ayes». En ambos casos, «la bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1723).
En Mateo, las Bienaventuranzas van expresadas en tercera persona del plural, mientras que en Lucas lo son en segunda, como dirigidas directamente a quienes las escuchan. Bienaventurado es el discípulo de Cristo que realmente es «pobre» (v. 20), que «ahora» (vv. 21.25) está en situación de indigencia y persecución, porque eso mismo es un signo de bendición. No hay que mirar las cosas desde la perspectiva del mundo, sino desde la perspectiva de Dios. Por eso, las Bienaventuranzas, aquí, no se orientan sólo a una actitud ante los bienes y ante las dificultades, sino a los hechos que manifiestan esa verdadera actitud del discípulo: «Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden parecer a primera vista contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque —hecha de cosas concretas—, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas. (…) Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades» (S. Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 110).
En San Lucas, que es el evangelio que recoge más veces la palabra «bienaventurado», el modelo de la bienaventuranza es la Virgen María (1,45.48; 11,27.28), espejo también para el discípulo de Cristo: «Bienaventurada el alma de la Virgen que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en Ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios. Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe. Convenía, en efecto, que la sabiduría divina, que se iba edificando la casa de la Iglesia para habitar en Ella, se valiera de María Santísima para lograr la observancia de la ley, la purificación de la mente, la justa medida de la humildad y el sacrificio espiritual. Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado» (S. Lorenzo Justiniani, Sermo 10 in festivitate Purificationis).
En las palabras del Señor se encierra una profunda verdad: el cristiano tiene que seguir el camino de Cristo y ese camino no transcurre entre riquezas o abundancia, ni entre consuelos mundanos o alabanzas. El camino de Cristo fue de afrentas (cfr 18,32; 22,63; 23.11.36; etc.) y el del cristiano no puede ser de otro modo. Así lo recordaron los Apóstoles: «Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser homicida, ladrón, malhechor o entrometido en lo ajeno; pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar este nombre» (1 P 4,15-16). Así lo entendieron también los primeros cristianos ante las tribulaciones: «Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. (…) Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Romanos 5,2).
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Lc 6,27-38
Estas palabras, colocadas a continuación de las bienaventuranzas, bien podrían considerarse como el núcleo de la doctrina de Jesús en lo que se refiere al amor y misericordia que los cristianos debemos tener con los demás y que se manifiestan, sobre todo, en el perdón. Jesús a lo largo de su vida terrena, y de modo especial en la cruz (cfr 23,34), nos ha dado ejemplo: «En el hecho de amar a nuestros enemigos se ve claramente cierta semejanza con nuestro Padre Dios, que reconcilió al género humano, que estaba en enemistad con Él y le era contrario, redimiéndole de la eterna condenación por medio de la muerte de su Hijo» (Catechismus Romanus 4,14,19).
En los versículos iniciales (27-30), el Señor enumera algunas injurias que podemos sufrir y la manera de responder a ellas. El estilo semita, amigo de contrastes, resalta con fuerza la enseñanza que queda resumida en el v. 31: «Como queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo de igual manera con ellos».
Los vv. 32-34 son una preparación para la declaración de la verdadera motivación de esa conducta: ése es el comportamiento propio de un hijo de Dios (v. 35) que quiere imitar a su padre misericordioso (v. 36). Este versículo —«sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»— es casi paralelo del que recoge San Mateo en el centro del Discurso de la montaña: «Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). La manera de llegar a la cercanía a Dios es la misericordia, y por eso Jesús, Hijo de Dios, es la encarnación de la misericordia divina: «Todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla. (…) Oh hombre, ¿cómo te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. (…) Existe, pues, una misericordia terrena y humana, y una celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo Él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios, que se digna dar en el cielo, quiere recibir en la tierra» (S. Cesáreo de Arlés, Sermones 25,1).
Finalmente, con la invitación a la generosidad (vv. 37-38), Jesús completa la idea del premio en la otra vida que había esbozado antes (v. 35): «El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que nos han hecho alguna ofensa. Por ello, dice también en otro lugar: La medida que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo» (S. Cipriano, De Dominica oratione 23).
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Lc 6,39-49
El discurso concluye con varias enseñanzas del Señor que tienen un común denominador: no hay que atender a las manifestaciones externas de piedad o virtud, sino a la disposición interior. Las glosas de los santos pueden ayudarnos a hacer práctica esa doctrina.
En el comienzo (vv. 39-42), se subraya la necesidad de purificarnos para poder ver con claridad a Dios y a los demás: «Si tú me dices: “Muéstrame a tu Dios”, yo te diré a mi vez: “Muéstrame tú al hombre que hay en ti”, y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven, y si oyen los oídos de tu corazón. (…) Ven a Dios los que son capaces de mirarlo, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque todo el mundo tiene ojos, pero algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismos y a sus propios ojos. De la misma manera, tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones» (S. Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum 1,2).
Después (vv. 43-45), Jesucristo nos habla de pureza de intención. De la misma manera que los frutos dan a conocer el árbol que los produjo, las obras acaban por descubrir el corazón del que nacieron. Ahí está, en el corazón, la determinación última del valor de nuestras acciones (v. 45), pues «no está el negocio en tener hábito de religión u no, sino en procurar ejercitar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo y que el concierto de nuestra vida sea lo que Su Majestad ordenare de ella, y no queramos nosotras que se haga nuestra voluntad, sino la suya» (Sta. Teresa de Jesús, Moradas 3,2,6).
Finalmente, nos recuerda que la perseverancia se edifica con las buenas obras (v. 47), no sólo con las palabras o los buenos deseos (v. 46): «¿Cuál es el testigo más fidedigno sino el que confiesa a Jesucristo venido en carne, y guarda los preceptos evangélicos? Porque el que escucha pero no pone por obra niega a Cristo; aunque lo confiese de palabra, lo niega con sus obras. (…) El verdadero testigo es el que con sus obras sale fiador de los preceptos del Señor Jesús» (S. Ambrosio, Expositio psalmi CXVIII 20,48).
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Lc 7,1-10
El relato deja entrever algún aspecto de la vida en Cafarnaún: una ciudad comercial con entidad suficiente como para tener una guarnición comandada por un centurión, con una fácil convivencia entre culturas dispares —el centurión no es de religión judía, pero es muy estimado por los dirigentes judíos, pues aprecia al pueblo y le ha construido la sinagoga (v. 5)— y en la que Jesús goza de prestigio prácticamente en todos los estamentos sociales: el centurión (v. 3), los principales de entre los judíos (vv. 4-5), el jefe de la sinagoga (8,41), los publicanos (5,29), los trabajadores, pequeños propietarios (5,2-3), etc. Nadie es ajeno a Jesús, y nadie debe serlo a nuestra misión apostólica: «Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 764).
Por lo demás, la narración es un bello ejemplo de la fe y humildad necesarias para el trato con Jesús. El relato pone en contraste el elogio de los ancianos —«merece que hagas esto» (v. 4)— con la personal indignidad que siente el centurión (vv. 6-7); por otra parte, la fe del oficial romano que se manifestó en su día al construir la sinagoga (v. 5) aparece ahora con toda su grandeza (vv. 8-9). La liturgia de la Iglesia pone en nuestros labios antes de recibir la Comunión esta preciosa oración del centurión para que imitemos sus disposiciones a la hora de recibir al Señor. Sabemos que esta oración, al pronunciarla, nos enriquece: «Llamándose indigno se mostró digno de que Jesús entrara, si no en su cuerpo, sí en su corazón. No habría podido decir esto, con tanta fe y humildad, si no hubiera llevado en el corazón a Aquel que se consideraba indigno de recibir. Y no hubiera tenido una felicidad tan grande si el Señor hubiera entrado en su casa, pero no en su pecho» (S. Agustín, Sermones 62,1,1).
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Lc 7,11-17
A lo largo del tercer evangelio se pone de relieve la misericordia de Dios hacia los necesitados y la obligación que tenemos de ser misericordiosos unos con otros (1,50.54.72.78; 6,36; 10,33.37; 15,20; etc.). Aquí, San Lucas, en un milagro que sólo cuenta él, recuerda la misericordia de Jesús hacia los que sufren, ya que Él, Cristo, «es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 8).
En el milagro llama la atención la iniciativa de Jesús: no hay ninguna súplica, ni petición, ni exposición de la angustia de la viuda (v. 12). La causa del milagro es la compasión del Señor: «Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo (…). Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: no llores. Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 166).
Ante un milagro tan semejante a los de Elías y Eliseo que narra la Biblia (cfr 1 R 17,17-24; 2 R 4,18-37), las gentes tienen a Jesús como un gran profeta (v. 16). Enseguida el texto mostrará a San Juan Bautista (cfr 7,18-19), que deja entrever, y a San Pedro, que lo confiesa abiertamente (cfr 9,20), que Jesús es mucho más que un profeta: es el Mesías enviado por Dios. La descripción de Jesús como profeta debe completarse con la otra declaración de la gente: «Dios ha visitado a su pueblo» (v. 16). En el Antiguo Testamento (Gn 21,1; 50,24; Ex 4,31; etc.), esta expresión designa las intervenciones de Dios en la historia de su pueblo. En los textos de San Lucas (cfr 1,68.78; Hch 15,14), tiene el mismo sentido. Lo que llama la atención es que se reconozca esa visita salvadora de Dios ahora, después de unos milagros a favor de un pagano y de una mujer, mientras que Jerusalén no la reconoció cuando aconteció (19,44).
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Lc 7,18-35
En su respuesta a los discípulos de Juan, Jesús muestra que Él es el Mesías prometido, pues realiza los signos de los tiempos mesiánicos anunciados en el Antiguo Testamento (cfr notas a Mt 11,1-15; Mc 7,31-37). Después (vv. 24-30), explica la singular grandeza de Juan. El Bautista es grande por el tenor de su vida (vv. 24-25), pero, sobre todo, por su misión única de preceder inmediatamente a Cristo (vv. 26-27). Sin embargo, Juan pertenece todavía al tiempo de la promesa; por eso, llegada la plenitud en Jesucristo, el don del Reino, es decir, la filiación divina que uno recibe en Cristo, es un don mayor que el que recibió Juan (vv. 28-29).
Finalmente, Jesús compara la respuesta que obtuvo el mensaje de Juan por parte de fariseos y doctores con la respuesta ante su propio mensaje. La llamada del Bautista a la conversión fue acogida por el pueblo y los publicanos (cfr v. 29), pero no por los fariseos y los doctores de la Ley que, de ese modo, «rechazaron el plan de Dios sobre ellos» (v. 30). Con sus palabras (vv. 31-35), Jesús da a entender que otro tanto va a ocurrir con su propio mensaje de salvación.
A tenor de lo que se narra en los cuatro evangelios, el lector puede desconcertarse ante la pregunta del Bautista (v. 19). Pero una lectura atenta de estos libros permite una explicación: «San Juan Bautista no preguntaba por la venida de Cristo en la carne como si desconociese el misterio de la Encarnación, pues él mismo lo había confesado expresamente diciendo: Yo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios (Jn 1,34). Por eso no pregunta: “¿Tú eres el que has venido?”, sino: ¿Eres tú el que ha de venir?, inquiriendo sobre algo futuro, no sobre algo pasado. Tampoco debemos pensar que el Bautista ignorase que Jesús vendría para sufrir, pues él mismo había dicho: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,24). (…) Puede decirse con San Juan Crisóstomo que no era por ignorancia propia, sino para que Cristo diera cumplida respuesta a sus discípulos. Por eso Cristo responde para instruirlos acudiendo al argumento de los hechos milagrosos» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,2,7 ad 2).
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Lc 7,36-50
La escena refleja muy bien la divina pedagogía del Señor y está entretejida en torno a varias ideas: la divinidad de Jesús, la relación entre el perdón y el amor, el valor y las manifestaciones de la fe, etc.
Comienza el relato con la presentación de los personajes principales —Jesús, Simón, la mujer— y de la situación: una comida en casa de Simón. Tal vez el fariseo ha invitado al Señor para probarle, pero, en todo caso, no lo ha hecho con cariño, pues ha omitido las normas de cortesía (vv. 44-46). Probablemente ha oído a la gente que, tras la resurrección del hijo de la viuda de Naín, tenían a Jesús por profeta (7,16). Sin embargo, ahora parece convencerse de que no lo es (v. 39). Ciertamente, llama a Jesús maestro (v. 40), pero enseguida Jesús le muestra que es más que eso, pues conoce lo oculto: los pensamientos de Simón y las circunstancias de la mujer. Si sólo Dios conoce los corazones, es evidente que el fariseo no se debe extrañar, como otros (v. 49), de que Jesús perdone los pecados, facultad reservada a Dios.
La actitud de la mujer le sirve al Señor para explicar las relaciones entre el perdón y el amor. En la frase final del diálogo con Simón (v. 47), Jesús ofrece la clave de todo el pasaje: el amor a Dios y el perdón de los pecados están en relación mutua; el perdón suscita el amor y el amor consigue el perdón. La historia de la mujer es el ejemplo y la de Simón el contraejemplo; pues si no ha manifestado el amor a Jesús (vv. 44-46) está muy lejos de obtener el perdón, y si no sabe que necesita del perdón, está muy lejos de tener amor.
Al final, como en la escena del paralítico de Cafarnaún (vv. 48-50; cfr 5,20-24), el Señor perdona a la mujer sus pecados. Pero, para que la enseñanza sea completa, Jesús se dirige a ella diciéndole que es su fe la que le ha salvado (v. 50). Es la fe la que salva, pero el amor la manifiesta: «El Señor amó no el ungüento, sino el cariño; agradeció la fe, alabó la humildad. Y tú también, si deseas la gracia, aumenta tu amor; derrama sobre el cuerpo de Jesús tu fe en la Resurrección, el perfume de la Iglesia santa y el ungüento de la caridad fraterna» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
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Lc 8,1-3
El Señor acoge la dedicación y la asistencia de estas mujeres (cfr v. 3), que correspondían así a los beneficios recibidos (v. 2) y cooperaban en la tarea apostólica de la predicación del Reino de Dios (v. 1). Lucas recoge aquí este dato y da el nombre de tres de ellas: María Magdalena, el primer testigo de la resurrección (Jn 20,11-18; Mc 16,9); Juana, de posición acomodada y también testigo de la resurrección (24,10); y Susana, de la que no tenemos otra noticia que esta mención.
No sólo en este pasaje, sino en todo su relato —aquí y, después, en el libro de los Hechos—, San Lucas recogerá, más que los otros evangelistas, la presencia de las mujeres en la obra del Evangelio. De modo especial, el tercer evangelista recuerda el papel trascendental de María Santísima (cfr notas a 1,5-2,52), pero es también quien evoca a Marta y María, cuando acogen al Señor en su casa (10,38-42), a las mujeres que se conmueven ante el sufrimiento de Cristo (23,27-31), a las que están con la Madre del Señor y el grupo de los Apóstoles (Hch 1,14), o a las que como Tabita (Hch 9,36) o Lidia (Hch 16,15) servían a sus hermanos en la fe, etc. En la Iglesia la mujer y el hombre gozan de igual dignidad. Dentro de esta dignidad común hay en la mujer, sin duda, características peculiares que se han de reflejar necesariamente en su papel dentro de la Iglesia: «Si no se recurre a la Madre de Dios no es posible comprender el misterio de la Iglesia, su realidad, su vitalidad esencial. Indirectamente hallamos aquí la referencia al paradigma bíblico de la “mujer”, como se delinea claramente ya en la descripción del “principio” (cfr Gn 3,15) y a lo largo del camino que va de la creación —pasando por el pecado— hasta la redención. De este modo se confirma la profunda unión entre lo que es humano y lo que constituye la economía divina de la salvación en la historia del hombre. La Biblia nos persuade del hecho de que no se puede lograr una auténtica hermenéutica del hombre, es decir, de lo que es “humano”, sin una adecuada referencia a lo que es “femenino”. Así sucede, de modo análogo, en la economía salvífica de Dios; si queremos comprenderla plenamente en relación con toda la historia del hombre no podemos dejar de lado, desde la óptica de nuestra fe, el misterio de la “mujer”: virgen–madre–esposa» (Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 22).
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Lc 8,4-18
Los evangelios sinópticos se hacen eco de la predicación de Jesús en parábolas (cfr notas a Mt 13,1-52 y Mc 4,1-34). Lucas es el que recoge más: unas treinta y dos, de las que dieciséis son propias. Sin embargo, en este evangelio, el largo discurso de las parábolas del Reino no tiene la misma importancia que en los otros sinópticos. El evangelista condensa el discurso en estos pocos versículos, ya que prefiere señalar puntualmente cómo en su ministerio Jesús enseñaba con parábolas (cfr 7,40-50; 10,30-37; 11,5-13; 12,16-21; etc.). Por eso, las parábolas tienen por destinatarios a las muchedumbres: sólo seis se dirigen a los discípulos. Además, las parábolas no son un misterio, son una doctrina que reúne en sí misma claridad y aplicación a las circunstancias personales de los oyentes.
La parábola del sembrador (vv. 4-15), lo mismo que en los otros evangelios (cfr nota a Mt 13,1-23), habla de la palabra y de su acogida por parte de los hombres. Sin embargo, cada evangelio tiene sus notas propias. En los dos primeros evangelios (Mt 13,21; Mc 4,17), lo que impide un fruto efectivo de la semilla son las «tribulaciones y persecuciones» por causa de la Palabra; en San Lucas lo que impide el fruto es ceder a la «tentación» (v. 13). De manera parecida, el tercer evangelista insiste en la imposibilidad de dar fruto si éste se quiere compaginar con una vida fácil, sin apenas exigencias (v. 14); en cambio, se alcanza con la constancia (v. 15). La parábola es así una invitación a una vida sobria, encaminada al Reino: «Abrasemos las espinas, pues son ellas las que ahogan la palabra divina. Bien lo saben los ricos, que no sólo son inútiles para la tierra, sino también para el cielo. (…) De dos fuentes nace el daño para su espíritu: de la vida de placer y de las preocupaciones. Cualquiera de las dos, por sí misma, basta para hundir el esquife del alma. Considerad, pues, qué naufragio les espera cuando concurren las dos juntas. Y no os maravilléis de que el Señor llamara espinas a los placeres. Si no los reconocéis como tales, es que estáis embriagados por la pasión; los que están sanos saben muy bien que el placer punza más que una espina» (S. Juan Crisóstomo, In Matthaeum 44,4).
Frente a quienes ahogan la Palabra con su debilidad de vida, están los que dan fruto: son los que reciben la palabra con corazón «bueno y generoso» (v. 15). Con esta nota, la parábola enseña que quien vive las virtudes humanas podrá vivir también las sobrenaturales: «Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados, y una perseverancia, reanudada siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia divina. Con la ayuda de Dios forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien. El hombre virtuoso es feliz al practicarlas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1810).
Las otras parábolas (vv. 16-18) son casi sentencias. La de la lámpara (v. 16) hay que leerla desde lo que se dice en 11,33-36: la luz es la doctrina de Jesús interiorizada. Y la doctrina de Cristo está destinada a expandirse (v. 17): «Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine… De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 1).
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Lc 8,19-21
El episodio, situado significativamente poco después de la parábola del sembrador, viene a resaltar la dignidad de los oyentes de la palabra. El discípulo es el que oye la palabra, la conserva, y da fruto (8,15), pero ahora, por oír la palabra y cumplirla, se le da un nuevo título: es como el hermano y como la Madre de Cristo (v. 21). Para Jesús, y para el lector del evangelio, es evidente que esas palabras se refieren primeramente a María, que es modelo del discípulo, ya que Ella fue la que de modo eminente acogió la palabra del Señor y dio fruto con ella (1,38): «De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno» (S. Agustín, Sermones 25,7).
Acerca del significado de «hermanos», cfr notas a Mt 12,46-50 y Mc 3,31-35.
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Lc 8,22-25
El milagro manifiesta con nitidez el poder de Jesús sobre los elementos naturales y la necesidad de la fe por parte de los discípulos (cfr notas a Mt 8,23-27 y Mc 4,35-41). La escena ha sido entendida como un paradigma de la acción de Jesús en su Iglesia —prefigurada en la barca agitada por las olas— o en cada alma. En ocasiones, también nos parece que Jesús duerme, pero nuestra oración perseverante le «despierta», acude entonces a nuestra ayuda, y vuelve la calma: «Así como la nave que atraviesa el mar —comenta San Alfonso Mª de Ligorio— está sujeta a miles de peligros (…), sobre todo, por las pasiones desordenadas, (…) no por esto hay que desconfiar ni desesperarse. Más bien, (…) cuando uno se ve asaltado por una pasión incontrolada, (…) ponga los medios humanos para evitar las ocasiones y (…) apóyese en Dios (…): en lo bravío de la tormenta no deja el marino de mirar a la estrella cuya claridad le habrá de guiar al puerto. De igual modo en esta vida hemos siempre de tener fijos los ojos en Dios, que es quien tan sólo nos ha de liberar de tales peligros» (Sermones 39).
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Lc 8,26-39
En este episodio se perciben el poder de Jesús sobre los demonios y la universalidad de su misión (cfr notas a Mt 8,28-34 y Mc 5,1-20): «La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás. (…) Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre el “príncipe de este mundo” (Jn 12,31)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 550). Las victorias de Jesús contra Satanás comienzan ya en el ayuno y tentaciones en el desierto (4,1-13, y par), tendrán su momento culminante en la cruz, y alcanzarán su meta definitiva al final de los tiempos (Ap 20,10).
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Lc 8,40-56
El milagro, común a los tres evangelios sinópticos, es una lección sobre la necesidad y el valor de la fe a la hora de acercarse a Jesús (cfr notas a Mt 9,18-26 y Mc 5,21-43). Pero los evangelios se complacen en señalar que la misma fe se puede expresar de muchas formas: «Nunca faltan enfermos que imploran, como Bartimeo, con una fe grande, que no tienen reparos en confesar a gritos. Pero mirad cómo, en el camino de Cristo, no hay dos almas iguales. Grande es también la fe de esta mujer, y ella no grita: se acerca sin que nadie la note. Le basta tocar un poco la ropa de Jesús, porque está segura de que será curada» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 199).
Ejemplos de fe en Jesús son Jairo y la mujer: «Esta mujer santa, delicada, religiosa, más dispuesta a creer, más prudente por el pudor —porque hay pudor y fe cuando se reconoce la propia enfermedad y no se desespera del perdón—, toca con discreción el borde de las vestiduras del Señor, se acerca con fe, cree con devoción, y sabe, con sabiduría, que ha sido curada (…). A Cristo se le toca con la fe, a Cristo se le ve con la fe. (…) Por tanto, si nosotros queremos ser también curados, toquemos con nuestra fe el borde de la vestidura de Cristo» (S. Jerónimo, Expositio in Lucam, ad loc.).
Ejemplo de falta de fe son los que «se burlaban de él» (v. 53). Cuando no tenemos fe en la omnipotencia divina, nos encerramos en nuestras limitaciones humanas, en nuestras pequeñeces, tratando de medir todas las cosas por lo que podemos entender. En esta situación es fácil que surja la incomprensión ante las realidades sobrenaturales. A esta actitud se dirigen las palabras de San Pablo en 1 Co 2,14: «El hombre no espiritual no percibe las cosas del Espíritu de Dios, pues son necedad para él».