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1 CORINTIOS
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1 Co 1,1-9
San Pablo comienza la carta con el saludo habitual de presentación (vv. 1-3) y unas palabras de acción de gracias, en las que recuerda las cualidades y dones más sobresalientes de los cristianos a quienes dirige la epístola (vv. 4-9).
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1 Co 1,1-3
La presentación que el Apóstol hace de sí mismo (vv. 1-2) contiene su nombre y tres rasgos que muestran su dignidad: la llamada divina, el oficio de apóstol de Jesucristo y el querer de Dios, como fundamento de su misión. San Pablo es «llamado», porque es consciente de que Cristo cambió su vida desde que se encontró con Él en el camino a Damasco (cfr Hch 9,1-9; Rm 1,1). Con el título «apóstol de Cristo Jesús» expresa su misión y prueba la autoridad con que Pablo alaba, enseña, amonesta o corrige de palabra o por escrito. El nombre de Cristo Jesús se repite hasta nueve veces en los primeros nueve versículos, indicando que Él es el centro de la vida cristiana y de la de los corintios. «Por voluntad de Dios» confirma la autoridad de su ministerio.
«Sóstenes». Por la forma de mencionarlo parece que debía de ser alguien bien conocido de los corintios, quizá porque acompañase frecuentemente a San Pablo. Pudo haber sido quien escribió materialmente la carta (cfr 16,21). No hay pruebas suficientes para indentificarlo con el jefe de la sinagoga de Corinto (cfr Hch 18,17).
«La Iglesia de Dios que está en Corinto» es la destinataria inmediata de la carta. La misma construcción gramatical pone de manifiesto que la Iglesia universal no es el conjunto o suma de las comunidades locales, sino que cada comunidad local, aquí la de Corinto, representa a toda la Iglesia, una e indivisible: «La llama el Apóstol Iglesia de Dios para designar que la unidad es el carácter esencial y necesario. La Iglesia de Dios es una en los miembros y no forma más que una sola Iglesia con todas las comunidades extendidas en el universo, porque la palabra Iglesia no es la designación del cisma, sino de la unidad, de la armonía, de la concordia» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios, 1, ad loc.).
«Los santificados en Cristo Jesús» (v. 2). La fórmula «en Cristo Jesús», repetida hasta 65 veces en el epistolario paulino, significa aquí que es en Cristo en quien los bautizados están enraizados como los sarmientos en la vid (cfr Jn 15,1ss.); este vínculo nos hace santos, es decir, partícipes de la santidad divina y llamados a un comportamiento moral perfecto: «Llámanse santos los fieles que se han constituido en pueblo de Dios, o que se han consagrado a Cristo al recibir la fe y el bautismo; a pesar de ofenderle en muchas cosas y de no cumplir lo que prometieron; a la manera que también los que profesan un arte, aunque no guarden sus reglas, conservan, sin embargo, el nombre de artistas. En virtud de esto, llama San Pablo santificados y santos a los de Corinto, entre los cuales es evidente que hubo algunos a quienes reprende duramente por deshonestos, y con epítetos aún más graves» (Catechismus Romanus 1,10,15).
El Apóstol modifica la fórmula epistolar de saludo habitual en el mundo grecorromano (chairein, «saludos») por una más personal y de más fuerza cristiana: «Gracia y paz» (v. 3). «No hay verdadera paz, como no hay verdadera gracia, sino las que vienen de Dios —enseña San Juan Crisóstomo—. Poseed esta paz divina y no tendréis nada que temer, aunque fuerais amenazados por los mayores peligros, ya sea por los hombres, ya sea incluso por los mismos demonios. Al contrario, para el hombre que está en guerra con Dios por el pecado, mirad cómo todo le da miedo» (In 1 Corinthios 1, ad loc.).
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1 Co 1,4-9
La acción de gracias, frecuente en las cartas paulinas, es en este caso de gran densidad doctrinal: recuerda a los corintios que Dios es el origen de su situación privilegiada (v. 4), que gozan de los dones de palabra y ciencia (vv. 5-6), y viven a la espera de la venida gloriosa de Cristo (vv. 7-9).
Los dones y carismas serán tratados con amplitud en otros lugares de la carta (12,1ss.). Aquí se subraya un enriquecimiento «en palabra y en ciencia» (v. 5), es decir, en conocimiento de la doctrina cristiana y capacidad para expresarla con claridad: «Hay quienes poseen el don de ciencia, pero no el de la palabra; y hay quienes poseen una y otra. Los simples fieles, las inteligencias sencillas conocen nuestras verdades, pero no pueden expresarlas con la claridad con que están en su espíritu. Vosotros, en cambio, dice San Pablo, no sois así: vosotros conocéis esas verdades y podéis hablar de ellas, sois ricos en el don de la palabra y en el de la ciencia» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 2, ad loc.).
«Os confirmará hasta el final» (v. 8). El horizonte escatológico —los acontecimientos que tendrán lugar al final de la vida de cada persona y de la historia— es clave. Puesto que algunos creían que ya habían alcanzado la plenitud de la perfección, Pablo recuerda que todavía vivimos en lucha y esperanza hasta que llegue «el día del Señor», es decir, del juicio, día en que Jesucristo, como Juez, se manifestará en la plenitud de gloria (cfr 2 Co 1,14; 1 Ts 5,2). La esperanza en el día final será considerada más adelante (cfr 15,50-58).
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1 Co 1,10-6,20
La primera parte de la carta sale al paso de diversos abusos que se daban en la comunidad cristiana de Corinto. En primer lugar, se enfrenta con las divisiones entre los cristianos, que han olvidado el Evangelio de la cruz que se les ha predicado (1,10-4,21). Después, a la luz de ese mismo Evangelio, enjuicia el comportamiento de la comunidad en tres casos delicados: en el del incestuoso (5,1-13); en la forma de solucionar los pleitos que surgen entre ellos (6,1-11); y en la doctrina sobre el uso del cuerpo y la sexualidad (6,12-20).
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1 Co 1,10-4,21
El primer problema que aborda es la falta de unidad. Tras denunciar las divisiones entre los cristianos de Corinto (1,10-17), el Apóstol trata de las causas que las han originado: no haber descubierto la auténtica sabiduría (1,18-3,3), ni la verdadera misión de los ministros (3,4-4,13). Termina con algunas amonestaciones (4,14-21).
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1 Co 1,10-17
Con severidad recrimina San Pablo las divisiones surgidas entre los corintios, más que por motivos doctrinales, por razones partidistas. La amonestación es grave: «Por el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (v. 10), y la exhortación clara: «Tener un mismo lenguaje (…) un mismo pensar (…) un mismo sentir». Punto básico de la unidad de la Iglesia es la unidad de la fe formulada en la Tradición: «Hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido bajo pretexto y nombre de una más alta inteligencia. “Crezca, pues, y progrese amplia y dilatadamente la inteligencia, ciencia y sabiduría de todos y de cada uno, tanto de un solo hombre como de la Iglesia entera en el decurso de las épocas y de los siglos, pero permaneciendo siempre en su género, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma significación (eodem sensu eademque sententia)” (S. Vicente de Lerins, Commonitorium 28)» (Conc. Vaticano I, Dei Filius, cap. 4).
San Pablo se refiere a las divisiones (v. 10) que le han explicado «los de Cloe». Se supone que ésta era una mujer conocida en Corinto, y «los de Cloe» podían ser personas de su familia, o de su iglesia doméstica, que habrían visitado al Apóstol en Éfeso.
De la sucinta explicación de San Pablo, puede deducirse que entre los corintios se habían formado algunos grupos, congregados alrededor de personajes importantes. El grupo de «los de Apolo» (v. 12) se habría formado en torno a la figura de este judío convertido de Alejandría (Egipto), de gran elocuencia y buen conocedor de las Escrituras, que predicó en Corinto (cfr Hch 18,24-19,1). El que algunos se dijeran «de Pedro» podía deberse a que el propio San Pedro pasó alguna vez por Corinto, aunque no hay datos que lo confirmen, o también a que algunos discípulos de Pedro o convertidos por él hubieran llegado allí. El grupo denominado «de Cristo» es más difícil de determinar: podría referirse a algunos reunidos en torno a los predicadores venidos de Jerusalén de tendencias judaizantes, o a algunos cristianos disgustados por las rencillas entre los otros grupos y que, con razón, manifestarían su pertenencia exclusiva a Jesucristo; pero podría también tratarse de una expresión irónica de San Pablo, para manifestar rotundamente la falta de sentido de esos grupos. Es como si dijera: «Vosotros decís que sois de Pablo, de Apolo o de Pedro… Pues yo soy de Cristo».
De los bautizados por Pablo (vv. 13-14) conocemos más datos: Crispo era, o había sido, el jefe de la sinagoga de Corinto, convertido por la predicación de San Pablo (cfr Hch 18,8). En la casa de Gayo, también convertido por él, se había hospedado el Apóstol durante su estancia en Corinto (cfr Rm 16,23). La familia de Estéfanas era la primera familia convertida de la provincia de Acaya (cfr 16,15-17).
«Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar» (v. 17). Con estas palabras el Apóstol refuerza su imparcialidad ante los corintios y desecha toda posibilidad de que alguien pudiera instrumentalizarlo. Pero de ninguna manera contrapone la tarea de evangelización a la de administrar los sacramentos. Pablo VI salió al paso de esta confusión que ha llegado hasta nuestros días: «En un cierto sentido es un equívoco oponer, como se hace a veces, la evangelización a la sacramentalización. Porque es seguro que si los sacramentos se administraran sin darles un sólido apoyo de catequesis sacramental y de catequesis global, se acabaría por quitarles gran parte de su eficacia. La finalidad de la evangelización es precisamente la de educar en la fe, de tal manera, que conduzca a cada cristiano a vivir —y no a recibir de modo pasivo o apático— los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe» (Evangelii nuntiandi, n. 47).
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1 Co 1,18-19
Los corintios no han descubierto la verdadera sabiduría, que es la que se ha manifestado en la cruz. La cruz de Cristo es cátedra de sabiduría y de juicio, piedra de toque ante la cual los hombres toman postura: unos consideran que el mensaje de la cruz (literalmente «la palabra de la cruz») es una necedad: son los que se pierden (según la expresión original, «los que van camino de perderse»). Otros, en cambio, los que van camino de salvarse, descubren que la cruz es «fuerza de Dios», porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos. Por eso la Iglesia exhorta: «Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo» (Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor), y por eso también los santos han cantado las excelencias de la cruz: «¡Oh don preciosísimo de la cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso! (…). Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de él; es un madero al que Cristo subió, como rey que monta en su cuadriga, para derrotar al diablo que detentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud a que la tenía sometido el diablo. Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costados, curó las huellas de pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza (…). Aquella suprema sabiduría, que, por así decir, floreció en la cruz, puso de manifiesto la jactancia y la arrogante estupidez de la sabiduría mundana» (S. Teodoro Estudita, Oratio in adorationem crucis).
En la cruz se cumplen las palabras de Isaías (Is 29,14) que anuncian la incapacidad de los sabios y prudentes del mundo para penetrar la sabiduría divina de la cruz: «La predicación de la cruz de Cristo —señala Santo Tomás— contiene algo que según la sabiduría humana parece imposible, como que Dios muera, o que el omnipotente se someta a las manos de los violentos. También contiene cosas que parecen contrarias a la prudencia de este mundo, como que uno, pudiendo, no huya de las contrariedades» (Super 1 Corinthios, ad loc.).
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1 Co 1,20-25
La sabiduría del mundo es la que se desvía de su recto fin y, en consecuencia, no alcanza a conocer a Dios (cfr Rm 1,19-25), bien porque sólo busca señales externas y sensibles, bien porque únicamente acepta argumentos racionales.
Los judíos buscan exclusivamente signos e intentan basar su fe en lo que perciben por los sentidos. Para ellos la cruz de Cristo es escándalo, es decir, obstáculo que imposibilita su acceso a las cosas divinas. Los griegos —se refiere San Pablo a los racionalistas de su época— se consideraban árbitros de la verdad y veían como necedad lo que no se basa en demostración irrefutable: «Para el mundo, es decir, para los prudentes del mundo, su sabiduría se hizo ceguera; no pudieron por ella conocer a Dios (…). Por tanto, como el mundo se ensoberbecía en la vanidad de sus dogmas, el Señor estableció la fe de los que habían de salvarse precisamente en lo que aparece indigno y necio, para que, fallando todas las presunciones humanas, sólo la gracia de Dios revelara lo que la inteligencia humana no puede comprehender» (S. León Magno, Sermo 5 De Nativitate).
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1 Co 1,26-31
Como en el caso de los Apóstoles —«No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15,16)— también es el Señor quien elige, quien da la vocación a cada cristiano (vv. 26-29). Dios es quien ha escogido a esos fieles de Corinto sin fijarse en criterios de sabiduría humana, de poder, o de nobleza: «Dios no hace acepción de personas, como nos repite insistentemente la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en altos grados de ciencia. La vocación precede a todos los méritos (…). La vocación es lo primero, Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a Él, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 33).
De los vv. 27-28 no hay que suponer, sin embargo, que no había entre los primeros cristianos personas cultas, sabias, poderosas, importantes humanamente hablando. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan, por ejemplo, de un ministro etíope, del centurión Cornelio, de Apolo, de Dionisio Areopagita, etc. «Parecería que no es de Dios la excelencia mundana —comenta Santo Tomas—, si Dios no la utilizara para su honor. Y por eso, aunque al principio fuesen ciertamente pocos, después Dios escogió a muchos humanamente destacados para el ministerio de la predicación. De ahí que en la Glosa se diga “si no hubiera precedido fielmente el pescador, no hubiera seguido humildemente el orador”. También pertenece a la gloria de Dios el que por medio de gente despreciable haya atraído a Sí a los sublimes del mundo» (Super 1 Corinthios, ad loc.).
Cristo es la «sabiduría» de Dios (v. 30) y su conocimiento es la verdadera y más importante ciencia. Es para nosotros «justicia», porque con los méritos obtenidos por su encarnación, muerte y resurrección, nos ha hecho verdaderamente justos a los ojos de Dios. Es también «santificación», la fuente de toda santidad, que consiste precisamente en la identificación con Él. Por Cristo, hecho para nosotros «redención», hemos sido redimidos de la esclavitud del pecado. «¡Qué bonito es el orden que el Apóstol pone en su lenguaje! Dios nos ha hecho sabios sacándonos del error; después, justos y santos comunicándonos su espíritu» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios, 5, ad loc.).
Cada cristiano, por su parte, debe intentar que quienes le rodean «deseen de verdad conocer a Jesucristo, y éste crucificado (cfr 1 Co 2,2); y que se persuadan ciertamente, y crean con afecto íntimo de corazón y piadosamente, que no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del Cielo por el cual debamos salvarnos (cfr Hch 4,12), puesto que Él mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados (cfr 1 Jn 2,2)» (Catechismus Romanus, Intr. 10).
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1 Co 2,1-5
El centro de la predicación paulina es Cristo y Cristo en la cruz, puesto que la fe, más que basarse en la sabiduría humana, tiene en la cruz y en la potencia divina su solidez inalterable. El mensaje cristiano, en consecuencia, «no admite indiferencia, ni sincretismo, ni acomodos. Representa la belleza de la Revelación. Lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Es capaz de suscitar por sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios (cfr 1 Co 2,5). Es la verdad. Merece que el apóstol le dedique todo su tiempo, todas sus energías y que, si es necesario, le consagre su propia vida» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 5).
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1 Co 2,6-16
La sabiduría divina, de la que los hombres estamos llamados a participar, coincide con el designio divino de salvación revelado por el mismo Dios, transmitido por el Espíritu Santo. La sabiduría que Pablo proclama no es contraria a la razón humana, pero la supera. Es «misteriosa, escondida» (v. 7), por cuanto el hombre no puede abarcarla exhaustivamente como no puede abarcar a Dios; pero puede llegar a conocerla por la revelación (cfr Lc 8,10; Col 1,26), si bien su plenitud se alcanza en el cielo. Hay, por tanto, una triple perspectiva de esta sabiduría–misterio–salvación: está en los planes de Dios desde la eternidad; se manifiesta en la revelación y especialmente en Jesucristo, muerto y resucitado; por la fe se alcanza parcialmente en esta vida y en plenitud en el Cielo: «¡Qué dichosos y admirables son los dones de Dios! Vida inmortal, esplendor de la justicia, verdad en la libertad, fe confiada, templanza con santidad; y todas estas cosas podemos conocerlas. ¿Qué más tendrá Dios preparado para los que esperan en Él? Unicamente el Artífice supremo y el Padre de los siglos lo conoce. Nosotros esforcémonos intensamente en ser contados entre los que esperan para poder participar de los dones prometidos» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 30). Las palabras de Is 64,2-3 (v. 9) resumen el contenido de la sabiduría divina: el conjunto de dones que sobrepasan toda capacidad humana (cfr Ef 3,19) y que Dios ha preparado desde la eternidad para los que le aman. Estos dones no son sino el amor que Dios tiene a los hombres. La tradición cristiana, basándose en que tales dádivas se alcanzan plenamente en la otra vida, ha considerado estas palabras como descripción del Cielo.
«Espíritu del mundo» (v. 12) equivale a lo más negativo de la sociedad humana, que inevitablemente influye en los cristianos. El «espíritu del hombre» (v. 11) indica el elemento más íntimo de cada uno, que representa a la persona entera. El «Espíritu de Dios», que ha de entenderse como lo más íntimo de Dios y Dios mismo, es el Espíritu Santo: «No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. (…) Nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios. Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo, porque es Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 152).
«El hombre no espiritual» (v. 14). El texto original dice «el hombre psíquico», en oposición a «hombre espiritual», (v. 15); la Vulgata latina, seguida por la Neovulgata, traduce «hombre animal», en cuanto que actúa únicamente según sus facultades humanas, y es incapaz de ver más allá de las cosas de la tierra. El hombre espiritual, en cambio, es el cristiano regenerado por la gracia de Dios; sus facultades son elevadas de tal forma que puede realizar acciones de valor sobrenatural: actos de fe, de esperanza, de caridad: «No existe otra alternativa. Sólo son posibles dos modos de vivir en la tierra: o se vive vida sobrenatural, o vida animal. Y tú y yo no podemos vivir más que la vida de Dios, la vida sobrenatural» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 200). Cuando se vive la vida del Espíritu se adquiere criterio para valorar lo que ayuda o perjudica a las almas: «El que está despierto juzga rectamente tanto de que él está despierto como de que otro duerme; pero el dormido no tiene un juicio recto ni de sí mismo ni del que está despierto (…). Y según esto dice el Apóstol que el hombre espiritual juzga de todo: porque el hombre que tiene el entendimiento iluminado y el afecto ordenado por el Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas particulares que tienen relación con la salvación. El que no es espiritual tiene el entendimiento oscurecido y el afecto desordenado para los bienes espirituales, y por tanto el hombre espiritual no puede ser juzgado por el no espiritual, como tampoco el despierto por el dormido» (Sto. Tomás de Aquino, Super 1 Corinthios, ad loc.).
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1 Co 3,1-3
Los corintios todavía no han alcanzado la verdadera sabiduría y permanecen carnales (v. 3). Son responsables de las divisiones, por haber confundido el Evangelio con la sabiduría personal de los predicadores. La contraposición carnales–espirituales no quiere decir, obviamente, que haya dos clases de personas en la Iglesia; es más bien un reproche paternal del Apóstol: por el Bautismo están llamados a alcanzar el pleno conocimiento, intelectual y práctico, de las verdades espirituales; pero por dejarse llevar de principios humanos permanecen todavía en la fase inicial de embotamiento. La razón, como comenta San Juan Crisóstomo, es que «el mal comportamiento es un obstáculo para conocer la verdad. Lo mismo que un hombre obcecado en el error no puede perseverar largo tiempo en el camino recto, también es muy difícil que quien vive mal acepte el yugo de nuestros sublimes misterios. Para abrazar la verdad hay que estar desprendido de todas las pasiones (…). Esta libertad de alma ha de ser completa para alcanzar la verdad» (In 1 Corinthios 8, ad loc.).
«Como a niños en Cristo» (v. 1). Como en otros lugares, el Apóstol acude a la imagen del niño y el adulto para exhortar a vivir una fe firme y segura (13,11; Ga 4,1.3; Ef 4,14). No se refiere a la infancia espiritual enseñada por Jesús (cfr Mt 18,1-6; 1 P 2,2). El Apóstol utiliza esta comparación para enseñar que es necesario progresar en la vida cristiana, que el cristiano tiene obligación de desarrollar las virtudes infusas que recibió en el Bautismo. Concretando todavía más, el Apóstol menciona las «envidias y discordias» (v. 3) como dos grandes pecados que paralizan la vitalidad de los corintios, y de todo cristiano, les mantienen en su lamentable estado de «carnales» y les impiden alcanzar las cosas espirituales, a las que estaban llamados (cfr Hb 5,12-14).
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1 Co 3,4-23
Manifestación de la visión humana de los corintios (v. 4) es que no han comprendido que los ministros no trabajan para el propio provecho, sino para la edificación de toda la Iglesia; cada uno y la Iglesia entera pertenecen sólo a Dios y a Cristo. La raíz de toda labor apostólica es Dios «que da el crecimiento» (v. 7). El hombre es instrumento de Dios —ministro (v. 5), colaborador (v. 9)— en esa tarea, que sólo puede realizarse poniendo a Jesucristo como fundamento (v. 11). Pablo desarrolla estas ideas sirviéndose de dos sugestivas imágenes: el campo de Dios (vv. 6-9) y la edificación de Dios (vv. 10-17).
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1 Co 3,6-9
La comparación con las tareas del campo ilustra cómo Dios quiere servirse de nosotros los hombres para sacar frutos sobrenaturales totalmente desproporcionados: «Hemos de recordar siempre que somos sólo instrumentos: ¿qué es Apolo?, ¿qué es Pablo? Unos ministros de aquel en quien habéis creído, y eso según el don que a cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, regó Apolo, pero Dios es quien ha dado el crecer (1 Co 3,4-6). La doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo. Es Dios mismo quien está empeñado en realizar la obra salvadora, en redimir el mundo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 159).
«Campo de Dios, edificación de Dios» (v. 9). El Concilio Vaticano II acude a estas imágenes paulinas para exponer la naturaleza de la Iglesia: «La Iglesia es la labranza o campo de Dios (cfr 1 Co 3,9). En ese campo crece el olivo antiguo, cuya santa raíz fueron los Patriarcas, en donde se realizó y se realizará la reconciliación de judíos y gentiles (cfr Rm 11,13-26). Fue plantada como viña selecta por el Agricultor celestial (cfr Mt 21,33-43 par.; cfr Is 5,1ss.). Cristo es la verdadera Vid, que da vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros: permanecemos en Él a través de la Iglesia y sin Él no podemos hacer nada (cfr Jn 15,1-5). Con frecuencia se llama también a la Iglesia la edificación de Dios (cfr 1 Co 3,9). El Señor mismo se comparó con la piedra que habían rechazado los constructores, pero que fue puesta como piedra angular (Mt 21,42 par.; cfr Hch 4,11; 1 P 2,7; Sal 118,22). Sobre este fundamento, la Iglesia es construida por los Apóstoles (cfr 1 Co 3,11), y de ese fundamento recibe firmeza y cohesión. Esta construcción es designada con diversos nombres: casa de Dios (1 Tm 3,15), en donde habita su familia; morada de Dios en el Espíritu (Ef 2,19-22), tabernáculo de Dios entre los hombres (Ap 21,3) y, sobre todo, templo santo, que, representado por santuarios de piedra, es objeto de la alabanza de los Santos Padres, y en la Liturgia, con justo título, se le compara con la Ciudad Santa, la Jerusalén nueva. En efecto, estamos en ella aquí en la tierra como piedras vivas que forman parte del edificio (1 P 2,5). Juan contempla esta ciudad santa que baja desde el cielo, de junto a Dios, en el momento en que se renovará el mundo, ataviada como una novia que se adorna para su esposo (Ap 21,1s.)» (Lumen gentium, n. 6).
▲ COMENTARIO
1 Co 3,10-17
Cristo es el único cimiento (v. 11) y, por tanto, los cristianos debemos estar «no sólo unidos a Jesucristo, sino adheridos, como pegados a Él. (…) Él es el fundamento y nosotros el edificio; Él es el tallo de la viña y nosotros las ramas; Él es el esposo y nosotros la esposa; Él es el pastor y nosotros el rebaño» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 8,4). Desarrollando la metáfora de la edificación, Pablo apela a la responsabilidad de los ministros y enseña la existencia del Juicio divino, el «Día» del Señor (vv. 10-17).
La imagen del templo de Dios (vv. 16-17), utilizada con frecuencia por San Pablo (cfr 6,19-20; 2 Co 6,16), manifiesta la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en gracia. En efecto, «por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular» (León XIII, Divinum illud munus, n. 10). Es consolador y estimulante saber que «las Personas divinas inhabitan en cuanto que, estando presentes de una manera inescrutable en las almas creadas dotadas de entendimiento, entran en relación con ellas por el conocimiento y el amor (cfr Summa theologiae 1,43,3), aunque de un modo completamente íntimo y singular, absolutamente sobrenatural» (Pío XII, Mystici Corporis).
La presencia de la Trinidad en el alma en gracia invita a procurar un trato más personal y directo con Dios, al que en todo momento podemos buscar en el fondo de nuestras almas: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 57).
▲ COMENTARIO
1 Co 3,18-23
Con dos citas bíblicas (Jb 5,13; Sal 94,11) queda rubricada la verdad de que los planteamientos exclusivamente humanos desembocan en el fracaso más rotundo. El cristiano, en cambio, que sólo pertenece a Cristo (v. 23), es dueño de todo: «Míos son los cielos y mía es la tierra. Mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos, y la Madre de Dios, y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. ¿Pues qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre» (S. Juan de la Cruz, Oración del alma enamorada).
▲ COMENTARIO
1 Co 4,1-7
Las características de todo apóstol —«ministros de Cristo», «administradores de los misterios de Dios» (v. 1)— hacen que ese ministerio quede al margen y por encima de rencillas y discusiones banales.
La Iglesia ha aplicado con frecuencia las palabras del v. 1 al sacerdocio cristiano: «El sacerdote es ministro de Cristo: es, pues, el instrumento del que se sirve el Divino Redentor para continuar su obra redentora en toda su mundial universalidad y divina eficacia, para construir aquella obra admirable que transformó el mundo. Más aún: el sacerdote, como justamente suele decirse, es alter Christus, otro Cristo, puesto que lo representa en persona (…). El sacerdote ha sido constituido dispensador de los misterios de Dios (cfr 1 Co 4,1), en favor de estos miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, al ser ministro ordinario de casi todos los sacramentos, que son como canales a través de los cuales fluye la gracia del Redentor en beneficio de todos los hombres» (Pío XI, Ad catholici sacerdotii, n. 17).
La frase «no ir más allá de lo escrito» (v. 6) se presta a diversas interpretaciones: podría tratarse de un proverbio, familiar entre los corintios, para indicar la necesidad de no ir mas allá de lo seguro, que en este caso sería lo que estrictamente corresponde al ministerio apostólico. «Lo escrito» también podría referirse a toda la Sagrada Escritura, o a las citas que de ella ha hecho anteriormente (cfr 1,19.31; 3,19). En cualquier caso San Pablo viene a decir a los corintios de una forma delicada que son ellos los únicos responsables —por su inmadurez y su soberbia— de los conflictos surgidos, al exaltar a un predicador y menospreciar al otro. Pablo y Apolo se han comportado como debían y no han dado ocasión a divisiones.
▲ COMENTARIO
1 Co 4,8-13
Con ironía el Apóstol denuncia el engreimiento de los cristianos de Corinto y con vehemencia describe las penalidades que soportan los que siguen a Cristo: como los condenados a muerte en la arena de los anfiteatros, sirven de espectáculo a todos y, como los proscritos de las ciudades griegas, han llegado a ser «la basura del mundo, el desecho de todos» (v. 13). Estas expresiones pueden estar en relación con una costumbre inhumana que existió en algunas ciudades griegas: ante una calamidad publica, un ciudadano se prestaba, a cambio de ser tratado espléndidamente durante un tiempo, a ser sacrificado a los dioses como víctima de expiación; el día de su sacrificio el pueblo tenía derecho a proferir sobre él toda clase de insultos y de inmundicia; era «el desecho de todos». Tras su sacrificio, pensaban que la ciudad quedaba libre de los conjuros maléficos. Si las palabras aluden a este rito, el sentido es más profundo: el apóstol ha de soportar cualquier desprecio por amor a Cristo y a los hombres: «Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel…» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 194).
▲ COMENTARIO
1 Co 4,14-21
San Pablo ostenta la paternidad espiritual de los corintios, porque los ha engendrado a la fe. Desde esta perspectiva sus reprensiones adquieren mayor peso y sentido: no tienen como objeto provocar una vergüenza estéril, sino ser aliento para la adquisición de las virtudes necesarias y el crecimiento de la Iglesia. Ésa ha sido también la conducta de los santos: «Debemos considerar como hijos a aquellos sobre los que ejercemos nuestra autoridad. Pongámonos a su servicio como Jesús» (S. Juan Bosco, Epistula, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del 31-I).
▲ COMENTARIO
1 Co 4,18-21
El Apóstol se sabe pastor de esta comunidad de Corinto. Su deseo sería actuar siempre con «espíritu de mansedumbre» (v. 21), sin enfrentarse ni contristar a nadie. Pero no vacilará en violentarse y actuar «con la vara», es decir, con fortaleza, cuando así lo exija el bien de los fieles: amonestando vigorosamente, o incluso apartando de la comunión eclesial, a quienes representan un daño para los demás cristianos.
▲ COMENTARIO
1 Co 5,1-13
El segundo problema grave de la comunidad era el de un cristiano que vivía maritalmente con su madrastra. Después de resolver el caso concreto (vv. 1-8), el Apóstol advierte cómo deben comportarse con los obstinados en su pecado (vv. 9-13).
▲ COMENTARIO
1 Co 5,1-8
El incesto, que «corrompe las relaciones familiares y representa una regresión a la animalidad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2388), era ya considerado como un grave delito. Frente a la pasividad de los corintios, el Apóstol se apresura a poner remedio, decretando solemnemente la excomunión del pecador (vv. 4-5), para evitar así un daño mayor a la comunidad. Tomando la imagen de la masa sin levadura con la que se prepara el pan ácimo de la Pascua, explica que, de modo parecido, los cristianos deben desechar cualquier costumbre pecaminosa grave: «Cuando en nuestra vida personal o en la de los otros advirtamos algo que no va, algo que necesita del auxilio espiritual y humano que podemos y debemos prestar los hijos de Dios, una manifestación clara de prudencia consistirá en poner el remedio oportuno, a fondo, con caridad y con fortaleza, con sinceridad. No caben las inhibiciones. Es equivocado pensar que con omisiones o con retrasos se resuelven los problemas» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 157).
▲ COMENTARIO
1 Co 5,9-13
Amonesta a los corintios para que no se mezclen con los que, teniendo el nombre de cristianos, viven sin arrepentirse de los pecados que enumera. El cristiano debe procurar que todos se salven: sólo cuando alguien resulte un peligro para la propia alma, debe rechazarle y apartarse de él.
Por dos veces (vv. 9 y 11) hace mención de un escrito hoy desaparecido que muchos comentaristas denominan «carta precanónica».
La relación de pecados del v. 11 es muy similar a la que aparece en el capitulo siguiente (6,9-10) y difiere poco de los catálogos de pecados graves, hasta trece, que pueden encontrarse en el corpus paulino. Era frecuente en los ambientes piadosos y cultos de la época que circularan listas de pecados, diferentes entre los griegos y entre los judíos. San Pablo no pretende hacer una enumeración exhaustiva, sino recordar aquellos pecados que tienen más peligro de cometer los destinatarios concretos de sus cartas.
▲ COMENTARIO
1 Co 6,1-11
El tercer hecho lamentable era que los pleitos entre cristianos eran llevados fuera, ante tribunales paganos, en vez de solucionarlos dentro del ámbito de la comunidad.
El consejo que da el Apóstol corresponde, por una parte, a la costumbre de los judíos de juzgar las causas propias en sus tribunales especiales. Por otra, a la exigencia de vivir la fraternidad y dar buen ejemplo: se pueden arreglar los litigios sin acudir a los tribunales paganos. De lo contrario podrían infligir un grave daño a la expansión del Evangelio: ¿cómo iba a resultar atrayente una comunidad cuyos miembros andaban pleiteando como los demás? San Juan Crisóstomo enumera así las transgresiones que cometían los corintios: «Una, no poder soportar pacientemente una injuria; otra, ser autor de una ofensa; después, buscar árbitros para este altercado; por último, usar tales procedimientos con un cristiano, su hermano en la fe» (In 1 Corinthios, ad loc.).
El recuerdo de la dignidad de cristianos (v. 11) pone fin a las amonestaciones: Pablo trae a la memoria el hecho del Bautismo, sus efectos y la necesidad de volver a la santidad inicial. «Los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propios méritos, sino por su designio de gracia. El Bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos. Por eso deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 40).
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1 Co 6,12-20
El Apóstol trata ahora de la gravedad de los pecados contra la castidad, mostrando cómo afectan profundamente a la persona, y cómo son incompatibles con la vocación del cristiano.
▲ COMENTARIO
1 Co 6,12-14
Una falsa interpretación de la libertad corría, al parecer, entre los corintios cuando entendían que el cristiano, liberado de la Ley, podía vivir al margen de los mandamientos de Dios: «Todo me es lícito» (v. 12). El Apóstol precisa que hay acciones y actitudes, como la impureza, que no convienen, porque vuelven a esclavizar al hombre.
Otro equívoco grave era considerar en el mismo plano la necesidad de alimentarse y el uso de la sexualidad. En este punto la enseñanza del Apóstol es clara y rotunda: lo relativo al alimento desaparece después de la muerte, es irrelevante; el cuerpo, en cambio, como integrante de la persona, participa de la unión con Cristo, está destinado a la resurrección y, en consecuencia, tiene una dignidad que hay que preservar.
▲ COMENTARIO
1 Co 6,15-20
El cristiano, cuerpo y alma, es miembro de Cristo (v. 15). Esta afirmación impresionante y novedosa es clave en la enseñanza paulina y en la doctrina cristiana: el cristiano ha sido incorporado a Cristo por el Bautismo y está destinado a permanecer estrechamente unido a Él, a vivir su misma vida (cfr Gal 2,20), a ser «un solo espíritu con él» (v. 17). Ha sido hecho, en definitiva, miembro de su Cuerpo (cfr 12,27; Rm 12,5). El que peca contra la castidad profana su cuerpo, templo del Espíritu Santo. El consejo de Pablo es claro: hay que huir de la fornicación (v. 18), porque «no se vence resistiendo, porque cuanto más lo piensa uno, más se enciende; se vence huyendo, es decir, evitando totalmente los pensamientos inmundos, y todas las ocasiones» (Sto. Tomás de Aquino, Super 1 Corinthios, ad loc.). En esta lucha por vivir la castidad el cristiano cuenta con medios abundantes: «El primero es ejercer una gran vigilancia sobre nuestros ojos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos; el segundo, recurrir a la oración; el tercero, frecuentar dignamente los sacramentos; el cuarto, huir de todo cuanto pueda inducirnos al mal; el quinto, ser muy devotos de la Santísima Virgen. Observando todo esto, a pesar de los esfuerzos de nuestros enemigos, a pesar de la fragilidad de esa virtud, tendremos la seguridad de conservarla» (S. Juan B. María Vianney, Sermón en el decimoseptimo domingo después de Pentecostés).
San Pablo termina (v. 20) resaltando la importancia de la nueva condición del bautizado: «Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho participe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. (S. León Magno, Sermo 1 de Nativitate). En esta dignidad se fundamenta la grandeza de la castidad, tanto en las legítimas relaciones conyugales como en la virginidad.
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1 Co 7,1-15,58
En la segunda parte de la carta, el Apóstol responde a las consultas planteadas por los fieles de Corinto. Son cuestiones que afectaban a la vida cotidiana: comportamiento de los esposos entre sí y opción o no por el matrimonio (7,1-40), adquisición en los mercados públicos de alimentos ofrecidos a los dioses (8,1-10,33), celebración de la Eucaristía (11,1-34), manifestaciones carismáticas (12,1-14,40) y, finalmente, la esperanza en la resurrección de los muertos (15,1-58). En la orientación de esas cuestiones, el primer criterio es el amor mutuo, la caridad (13,1-13) y, en consecuencia, evitar cualquier actitud o comportamiento que pudiera producir escándalo o aparecer como menosprecio de otros. Las dudas de algunos sobre la resurrección futura llevan a San Pablo a recordar que la resurrección de Jesús forma parte del contenido del Evangelio que se predicaba desde el comienzo, y es el fundamento de la fe cristiana (15,1-4).
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1 Co 7,1-40
La primera consulta sobre matrimonio y el celibato parece haber sido propuesta (v. 1) por algunos que consideraban las relaciones conyugales como algo malo y, consecuentemente, pensaban que el celibato y la virginidad eran obligatorios para el cristiano. Pablo tratará estas cuestiones incluyendo también la situación de las viudas.
▲ COMENTARIO
1 Co 7,1-9
El Apóstol expone brevemente la legitimidad del matrimonio. La virginidad, en términos absolutos, es superior al matrimonio (cfr 7,25-35), pero éste es bueno y santo para los que son llamados a él. «Quien condena el matrimonio, priva también a la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece como bien solamente en comparación con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aun que bienes considerados por todos como tales, es ciertamente un bien en grado superlativo» (S. Juan Crisóstomo, De virginitate 10).
Para vivir la virginidad y el celibato se necesita una gracia especial de Dios. Quienes no tienen ese don, es mejor que vivan en el matrimonio, que también es un don de Dios (v. 7). «El matrimonio es un camino divino en la tierra. (…) Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado —con la gracia de Dios— todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive» (S. Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 91).
A la vez, el Apóstol da una preciosa enseñanza sobre los deberes conyugales (vv. 2-5), insistiendo hasta tres veces en la reciprocidad completa de los cónyuges, frente a las costumbres griegas y judías de la época que sólo reconocían los derechos del varón. El marido y la mujer ya no son cada uno dueño exclusivo de su cuerpo, sino que, perteneciendo el uno al otro, sus obligaciones conyugales son de estricta justicia.
«Permanecer como yo» (v. 8). De estas palabras únicamente se deduce que San Pablo vivía solo, sin mujer, fuera soltero o viudo, pero el v. 7 avala la opinión generalizada de que nunca se casó.
▲ COMENTARIO
1 Co 7,10-11
Sobre la indisolubilidad del matrimonio, el Apóstol deja bien claro que tiene un precepto firme, no suyo, sino del Señor. «Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio. (…) Él [Dios] quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia. (…) Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo» (Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 20).
▲ COMENTARIO
1 Co 7,12-16
La disciplina de la Iglesia ha seguido la solución prevista por San Pablo: cuando se convierte uno de los cónyuges, no se le exige que rompa su antiguo matrimonio; pero si la parte pagana hace imposible la convivencia matrimonial o no deja vivir al bautizado conforme a la fe, la parte bautizada queda libre para separarse y casarse de nuevo (cfr Codex Iuris Canonici, can. 1143-1147).
▲ COMENTARIO
1 Co 7,17-24
Quizá algunos, aplicando mal las consecuencias del nuevo nacimiento que supone el Bautismo, pretendían un cambio total, no sólo interior, sino también en las condiciones sociales de su vida. El Apóstol explica, mediante el ejemplo de la circuncisión y de la esclavitud, que las circunstancias externas no entorpecen la vida cristiana, sino que son el medio querido por Dios para desarrollarla. La vocación cristiana no saca a nadie de su sitio, ni tiene por qué cambiar las circunstancias exteriores. «La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 45).
▲ COMENTARIO
1 Co 7,25-38
La excelencia de la virginidad —tanto de mujeres como de hombres— se fundamenta en el amor de Dios, al cual puede dedicarse el célibe con una exclusividad que no se da en la persona casada. «La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Jn 15,13; 3,16) (…). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor, que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia “como señal y estímulo de la caridad” (Lumen gentium, n. 42); señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos» (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, n. 24).
Los vv. 36-38 son de difícil interpretación. Pueden reflejar un contexto social en el que los padres decidían el matrimonio de los hijos: en este caso «virgen» (v. 36) equivaldría a hija. Otros entienden que «virgen» se refiere a la prometida formalmente (quizá tras los desposorios). En este caso, el futuro esposo podía plantearse que su decisión de vivir el celibato sería perjudicial para su prometida. Pablo exhorta a obrar con libertad, subrayando la excelencia de la virginidad.
▲ COMENTARIO
1 Co 7,39-40
La Iglesia ha enseñado, a tenor de estas palabras, que el vínculo matrimonial queda disuelto con la muerte de uno de los cónyuges, de manera que el otro queda libre para contraer nuevas nupcias. No está del todo claro el significado de las palabras «pero sólo en el Señor» (v. 39). Lo más probable es que el Apóstol recomienda a las viudas casarse con un cristiano, para prevenir el peligro de apostasía. En cualquier caso, al igual que a las personas solteras, aconseja como camino más perfecto, permanecer sin casarse, consagradas al servicio de Dios.
En la carta a Timoteo se recogen varias instrucciones concretas sobre las viudas: unas deben ser socorridas por sus familias, otras deben dedicarse al servicio de la Iglesia de modo permanente, y todas deben comportarse con la dignidad propia de su estado (cfr 1 Tm 5,9-16).
▲ COMENTARIO
1 Co 8,1-10,33
En los ritos paganos, una parte de las carnes sacrificadas a los dioses, llamadas idolotitos, podía ser vendida en el mercado y comerse en las casas particulares. Algunos cristianos, temerosos de hacerse partícipes de los cultos idolátricos (cfr Hch 15,23-29), se planteaban diversas cuestiones de orden práctico. El Apóstol explica primero los principios generales: pueden comerse esas carnes, ya que los ídolos no son nada (8,1-6), pero la caridad exigirá a veces abstenerse de ellas (8,7-13). Después ilustra esos principios con su ejemplo (9,1-27) y con las lecciones que da la historia de Israel (10,1-13). Finalmente, resuelve algunos casos concretos sobre los idolotitos (10,14-33).
▲ COMENTARIO
1 Co 8,1-6
Algunos corintios se jactaban frente a otros de saber que los ídolos no eran nada y que las carnes sacrificadas a los ídolos podían comerse sin escrúpulos (cfr 10,25-27). Pablo les recuerda la insuficiencia de ese conocimiento, si no va acompañado de la caridad: «El saber hincha, pero la caridad edifica» (v. 1). «La fuente de todos los males de los corintios no estaba en la falta de ciencia, sino en la falta de caridad y de preocupación por el prójimo. Ésta era la fuente de los cismas que dividían esta iglesia, de la vanidad que los obcecaba y de todos los desórdenes que el Apóstol ha censurado precedentemente y censurara todavía. (…). Tened caridad, así vuestra ciencia no tendrá riesgos. Quiero que vuestra ciencia sobrepase la de vuestros hermanos. Si los amáis, lejos de elevaros por encima de ellos y de despreciarlos, trabajaréis por hacerles participar de vuestras luces» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios, 20, ad loc.).
▲ COMENTARIO
1 Co 8,7-13
La caridad exige abstenerse de los idolotitos, cuando su comida pueda ser motivo de escándalo para otros más débiles. En este caso la caridad prevalece sobre la libertad, pues el escándalo puede llevar a que se pierda alguno, por el que también Cristo ha muerto. «El escándalo es grave cuando es causado por quienes, por naturaleza o por función, están obligados a enseñar y educar a los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2285).
▲ COMENTARIO
1 Co 9,1-14
San Pablo ilustra con el ejemplo de su vida cómo la caridad está por encima de los derechos propios. En primer lugar (vv. 1-4) certifica su carácter de Apóstol basándose en que ha visto a Jesucristo (cfr Hch 9,1-19; 1 Co 15,8) y en que ha fundado la iglesia en Corinto (cfr Hch 18,1-18). A continuación señala dos derechos, de los que ha prescindido: ser acompañado de alguna mujer para atenderle (vv. 5-6) y ser sustentado por los fieles (vv. 7-14), derecho que ilustra con el ejemplo del soldado, del viñador y del pastor: «Los presbíteros, consagrados al servicio divino en el cumplimiento del cargo que se les ha encomendado, merecen recibir una justa remuneración, pues el que trabaja es merecedor de su salario (Lc 10,7), y ha ordenado el Señor a los que anuncian el Evangelio, que vivan del Evangelio (1 Co 9,14). Por ello, en la medida en que no se hubiera provisto por otra parte a la justa retribución de los presbíteros, los fieles mismos, como quiera que los presbíteros trabajan por su bien, tienen verdadera obligación de procurar que se les proporcione los medios necesarios para llevar una vida honesta y digna» (Conc. Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 20).
▲ COMENTARIO
1 Co 9,15-23
Anunciar a Jesucristo es una exigencia ineludible de todo cristiano (v. 18): «El verdadero apóstol busca ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra: a los no creyentes para llevarlos a la fe; a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa: Porque la caridad de Cristo nos urge (2 Co 5,14), y en el corazón de todos deben resonar las palabras del Apóstol: ¡Ay de mí si no evangelizara!» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 6).
«Me he hecho todo para todos» (v. 22). San Pablo nunca excluyó a nadie de su labor apostólica: «El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos —con su trato— la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería miserable y egoísta: debe hacerse todo para todos, para salvarlos a todos» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 124).
▲ COMENTARIO
1 Co 9,24-27
Cada dos años se celebraban en aquella ciudad los juegos atléticos del istmo de Corinto. Quizá, por eso, San Pablo utiliza imágenes deportivas para ilustrar la lucha ascética. En la vida del cristiano, como en el deporte, las limitaciones y las tentaciones son siempre un estímulo para seguir adelante: «Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 60,3).
▲ COMENTARIO
1 Co 10,1-13
El éxodo de los israelitas desde Egipto a la tierra prometida es fundamental en la historia de la salvación, y punto de referencia de la predilección divina. A pesar de los prodigios realizados por Dios con su pueblo durante ese tiempo, la mayoría de los israelitas murieron durante el trayecto por sus numerosas infidelidades. San Pablo enseña con ello una lección: hay que desconfiar de las propias fuerzas, porque se puede ser infiel a Dios y recibir su reprobación: «Los beneficios de Dios a este pueblo [el hebreo] eran figura de los beneficios que debía concedernos un día por el Bautismo y la Eucaristía. Y los castigos son figura de los castigos reservados para nuestra ingratitud. El Apóstol nos lo recuerda con el deseo de que estemos más vigilantes» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 23, ad loc.).
▲ COMENTARIO
1 Co 10,14-22
Reaparece el tema de los idolotitos que había iniciado esta sección (8,1-6). Aunque los ídolos no son nada, la participación en los sacrificios sería idolatría (v. 20). San Pablo ratifica su enseñanza comparándola con el sacrificio eucarístico. La palabra clave es «comunión» (vv. 16.18,20), que significa intimidad, unión. Su efecto principal es la unión íntima con Jesucristo, como han subrayado los Santos Padres: «¿Qué es en realidad el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Que se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 24, ad loc.). Por eso, la participación en los banquetes idolátricos es incompatible con la comunión eucarística, pues rompe la unión con Cristo y con los demás cristianos. Las palabras de Pablo enseñan dos verdades fundamentales sobre la Eucaristía: su carácter sacrificial, al ponerla en relación con los sacrificios paganos (v. 21), y la presencia real de Jesucristo, al afirmar que es la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo (v. 16): «En este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la Cruz (cfr Hb 9,27) (…). Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse» (Conc. de Trento, De SS. Missae sacrificio, cap. 2).
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1 Co 10,23-33
Pablo resuelve algunos casos concretos, y ratifica el criterio dado: evitar el escándalo, y actuar en todo para la gloria de Dios (v. 31): «Cuando te sientes a la mesa, ora. Cuando comas pan, hazlo dando gracias al que es generoso (…). Del mismo modo, cuando sale el sol y cuando se pone, mientras duermas y estés despierto, da gracias a Dios, que creó y ordenó todas estas cosas para provecho tuyo, para que conozcas, ames y alabes al Creador» (S. Basilio, Homilia in martyrem Julittam).
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1 Co 11,1-34
En esta sección San Pablo resuelve algunos problemas relacionados con las reuniones cultuales: actitud de la mujer en la asamblea litúrgica (vv. 1-16), respeto, orden y pureza en las celebraciones eucarísticas (vv. 17-34). Continuará en la siguiente sección con la doctrina sobre los carismas y su ejercicio dentro de la liturgia (12,1-14,40).
▲ COMENTARIO
1 Co 11,1-16
San Pablo trata ahora del uso del velo por parte de la mujer en las reuniones litúrgicas. Era un problema poco relevante, pero objeto de discusión entre los corintios (v. 16). El Apóstol contesta según las costumbres judías de su tiempo, conforme a las «tradiciones» (v. 2) que les había transmitido. Es posible que vislumbrara bajo el problema del velo cuestiones más profundas que el simple atuendo y, por eso, subraya que varón y mujer, gozando de idéntica dignidad (v. 11; cfr Ga 3,28) tienen funciones y responsabilidades diferentes. En cualquier caso, el porte externo ha de ser manifestación de las disposiciones interiores.
▲ COMENTARIO
1 Co 11,17-22
San Pablo sale al paso de un abuso mayor. Inicialmente se celebraba la Eucaristía junto con una comida en común, que era una manifestación de caridad y unidad —de ahí el nombre de ágape con que se designaba—, en la que se ayudaba también a los más pobres y necesitados. Sin embargo, se habían introducido excesos y aquellos banquetes contrastaban fuertemente con la Eucaristía, fuente de amor y unión. Muy pronto, ya en la primitiva cristiandad, se producirá la separación entre la Eucaristía y el ágape, que pasaron a celebrarse en lugares y momentos diferentes.
▲ COMENTARIO
1 Co 11,23-34
En la doctrina sobre la Eucaristía que aquí transmite San Pablo emerge la importancia de la Tradición apostólica (v. 23). Junto con los textos de Mt, Mc y Lc, los vv. 23-25 constituyen el cuarto relato de la institución de la Eucaristía que conserva el Nuevo Testamento. El texto contiene los puntos fundamentales de la fe cristiana sobre el misterio eucarístico: institución de este sacramento por Jesucristo, presencia real del Señor, institución del sacerdocio cristiano, y carácter sacrificial de la Eucaristía.
«Haced esto en conmemoración mía». Este mandato indica que la Eucaristía es recuerdo, renovación y actualización del sacrificio pascual del Calvario. La Iglesia ha visto en estas palabras la institución del sacerdocio cristiano: El Señor en la Última Cena «ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó —con las palabras: Haced esto en conmemoración mía— que los ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia» (Conc. de Trento, De SS. Missae sacrificio, cap. 1; cfr can. 2).
La aplicación de esta doctrina a las circunstancias de los corintios (vv. 27-32) supone una inequívoca afirmación de la presencia real de Jesucristo en las especies eucarísticas. Ésta es la razón de las disposiciones de alma y cuerpo, necesarias para acercarse a la Eucaristía, y de las graves consecuencias que tiene recibirla indignamente (vv. 27-29). Las divisiones y desavenencias son incompatibles con la recepción del Cuerpo de Cristo, pero también cualquier otro pecado grave: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1385; cfr Codex Iuris Canonici, can. 919,1).
A propósito de las palabras del v. 28, Juan Pablo II enseña: «Esta invitación del Apóstol indica, al menos indirectamente, la estrecha unión entre la Eucaristía y la Penitencia. En efecto, si la primera palabra de la enseñanza de Cristo, la primera frase del Evangelio-Buena Nueva, era “arrepentíos y creed en el Evangelio” (metanoeîte) (Mc 1,15), el Sacramento de la Pasión, de la Cruz y Resurrección parece reforzar y consolidar de manera especial esta invitación en nuestras almas. La Eucaristía y la Penitencia toman así, en cierto modo, una dimensión doble, y al mismo tiempo íntimamente relacionada, de la auténtica vida según el espíritu del Evangelio, vida verdaderamente cristiana. Cristo, que invita al banquete eucarístico, es siempre el mismo Cristo que exhorta a la penitencia, que repite el “arrepentíos”» (Redemptor hominis, n. 20).
▲ COMENTARIO
1 Co 12,1-14,40
San Pablo inicia el tema de los dones espirituales o carismas, cuyo ejercicio incorrecto estaba causando también desórdenes en las celebraciones litúrgicas. Aprovechará para resaltar que el don más importante es la caridad (13,1-13).
▲ COMENTARIO
1 Co 12,1-11
Parece que entre los corintios paganos se daban fenómenos de exaltación religiosa, como entrar en trance, acompañados, a veces, de la pronunciación de palabras o frases extrañas. Eran casos parecidos a lo que sucedía en el templo de la diosa Pitón, en Delfos, cerca de Corinto. San Pablo establece un criterio para distinguir aquellos fenómenos de los dones auténticos del Espíritu Santo, con los que se reconociese a Jesús y se expresara su alabanza (v. 3).
El Apóstol enumera y valora los carismas y ministerios que, por la acción del Espíritu, contribuyen a edificar la Iglesia (vv. 7-10): «El mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al Pueblo de Dios por los Sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que “distribuye sus dones a cada uno según quiere” (1 Co 12,11), reparte entre los fieles de cualquier condición incluso gracias especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y para una más amplia edificación de la Iglesia según aquellas palabras: “A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos apostólicos» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 12).
▲ COMENTARIO
1 Co 12,12-31
De la comparación de la Iglesia con un cuerpo deduce San Pablo dos características importantes: la identificación de la Iglesia con Cristo (v. 12) y el reconocimiento del Espíritu Santo como principio vital (v. 13). La identificación de la Iglesia con Cristo transciende el ámbito de la metáfora: «Cristo entero está formado por la cabeza y el cuerpo, verdad que no dudo que conocéis bien. La cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de entre los muertos, está sentado a la diestra del Padre. Y su cuerpo es la Iglesia. No esta o aquella iglesia, sino la que se halla extendida por todo el mundo. Ni es tampoco solamente la que existe entre los hombres actuales, ya que también pertenecen a ella los que vivieron antes de nosotros y los que han de existir después, hasta el fin del mundo. Pues toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles —porque todos los fieles son miembros de Cristo—, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna su cuerpo desde el Cielo. Y, aunque esta Cabeza se halle fuera de la vista del cuerpo, sin embargo, está unida por el amor» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 56,1).
El principio de la unidad orgánica de la Iglesia es el Espíritu Santo, que congrega a los fieles en una sociedad y, además, penetra y vivifica a los miembros, ejerciendo el mismo cometido que el alma en el cuerpo físico: «Y para que nos renováramos incesantemente en Él (cfr Ef 4,23) nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio puede ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o alma en el cuerpo humano» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 7).
La unión vital y la mutua acción de unos miembros en otros (v. 26) ha sido enseñada desde el principio por la Iglesia y confesada en el Credo con la fórmula Comunión de los Santos. «Esta expresión designa primeramente las “cosas santas” [sancta], y ante todo la Eucaristía, “que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo” (Lumen gentium, n. 3). Este término designa también la comunión entre las “personas santas” [sancti] en Cristo que ha “muerto por todos”, de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 960 y 961).
«Aspirad a los carismas mejores» (v. 31). Según algunos manuscritos griegos se puede traducir: «Aspirad a carismas mayores». San Pablo alienta a sus cristianos a que, dentro de los múltiples dones del Espíritu Santo, valoren aquellos que son más importantes para el bien de la Iglesia: «El primero y más imprescindible don es la caridad con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Él (…). Pues la caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley (cfr Col 3,14; Rm 13,10), rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 42).
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1 Co 13,1-13
El himno a la caridad es una de las más bellas páginas de San Pablo; todo él va encaminado a cantar la excelencia del amor, y lo hace desde tres aspectos: superioridad y necesidad absoluta de este don (vv. 1-3); características y manifestaciones concretas (vv. 4-7); permanencia eterna de la caridad (vv. 8-13).
La caridad es un don tan excelente, que sin ella los demás pierden su razón de ser (vv. 1-3). Para mayor claridad San Pablo menciona los que parecen más extraordinarios: el don de lenguas, la ciencia, los actos heroicos; sin embargo, por encima de estos dones está el amor efectivo y eficaz: «Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la simple camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar —insisto— la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 230).
En la enumeración de las cualidades de la caridad (vv. 4-7), las más importantes son la paciencia y la benignidad, que en la Biblia se atribuyen a Dios (cfr Sal 145,8): «El amor es paciente, porque lleva con ecuanimidad los males que le infligen. Es benigno porque devuelve bienes por males. No es envidioso porque como no apetece nada en este mundo, no sabe lo que es envidiar las prosperidades terrenas. No obra con soberbia, porque anhela con ansiedad el premio de la retribución interior y no se exalta por los bienes exteriores. No se jacta, porque sólo se dilata por el amor de Dios y del prójimo e ignora cuanto se aparta de la rectitud. No es ambicioso, porque, mientras con todo ardor anda solícito de sus propios asuntos internos, no sale fuera de sí para desear los bienes ajenos. No busca lo suyo, porque desprecia, como ajenas, cuantas cosas posee transitoriamente aquí abajo, ya que no reconoce como propio más que lo permanente. No se irrita, y, aunque las injurias vengan a provocarle, no se deja conmover por la venganza, ya que por pesados que sean los trabajos de aquí espera, para después, premios mayores. No toma en cuenta el mal, porque ha afincado su pensamiento en el amor de la pureza, y mientras que ha arrancado de raíz todo odio, es incapaz de alimentar en su corazón ninguna aversión. No se alegra por la injusticia, ya que no alimenta hacia todos sino afecto y no disfruta con la ruina de sus adversarios. Se complace con la verdad, porque amando a los demás como a sí mismo, cuanto encuentra de bueno en ellos le agrada como si se tratara de un aumento de su propio provecho» (S. Gregorio Magno, Moralia 10,7-8.10).
La caridad es mayor que todos los demás dones de Dios (v. 13), pues cada uno de ellos nos es concedido para que alcancemos la perfección y la bienaventuranza definitiva; la caridad, en cambio, es la misma bienaventuranza.
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1 Co 14,1-25
San Pablo se extiende en la caridad, y señala la importancia de la profecía. El don de profecía hace referencia en este caso a la facultad de hablar por impulso y en nombre de Dios para consuelo y edificación de los oyentes, sin incluir necesariamente el anuncio de cosas futuras u ocultas. El don de lenguas o glosolalia era considerado como la facultad sobrenatural de orar o de cantar las alabanzas de Dios con entusiasmo, mediante palabras desconocidas que con frecuencia requerían la intervención de un intérprete. La glosolalia suscita admiración, incluso a los no creyentes (v. 22), pero apenas favorece la enseñanza. La profecía, en cambio, contribuye a transmitir la verdad (v. 24).
«Para que la iglesia reciba instrucción» (v. 5). Según este criterio de discernimiento de dones, el de profecía ha de ser preferido a los demás: «Tal es la regla seguida constantemente por San Pablo: dar preferencia a los dones orientados al crecimiento de la Iglesia. Alguno dirá: “¿Se puede hablar muchas lenguas sin hablar en favor de sus hermanos?” Escuchad: estos fieles hablan, pero sus palabras sirven menos a la edificación, exhortación y consolación de las almas que el don de profecía. Los unos y los otros tienen de común el ser órganos del Espíritu Santo que los mueve y los inspira; pero el lenguaje de quien profetiza es útil a los fieles que escuchan, mientras que por el don de lenguas no se hacen entender si los oyentes no han recibido el mismo don sobrenatural» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 35, ad loc.).
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1 Co 14,26-40
Parece que, en sus celebraciones, los corintios, llevados de su entusiasmo e influidos quizá por un ambiente de manifestaciones religiosas exaltadas, corrían el riesgo de caer en confusión y desorden. Por eso el Apóstol vuelve a dar normas prácticas sobre el comportamiento en las reuniones litúrgicas. Se dirige a los que hablan en lenguas (vv. 27-28), a los que profetizan (vv. 29-33) y a las mujeres (vv. 34-35). Finalmente, recapitula las ideas que ha venido desarrollando (vv. 36-40).
En lo que se refiere a las mujeres (v. 34), San Pablo no se opone a que profeticen (cfr 11,5), sino que se expresa así considerando las circunstancias que concurrían en las asambleas de los corintios. «La prohibición se refiere únicamente a la función oficial de enseñar en la asamblea. (…) No hay que olvidar, por lo demás, que debemos a San Pablo uno de los textos más vigorosos del Nuevo Testamento acerca de la igualdad fundamental entre el hombre y la mujer como hijos de Dios en Cristo» (Cong. Doc. Fe, Inter insigniores 4,20). A la igualdad esencial que existe entre el hombre y la mujer, no se opone la diversidad de funciones en el seno de la Iglesia, de manera que el sacerdocio ministerial quede reservado a los varones. Al mismo tiempo conviene recordar que «los más grandes en el reino de los cielos no son los ministros, sino los santos» (ibid. 6,39). En este sentido Juan Pablo II enseña: «Como en los orígenes, así también en su desarrollo sucesivo la Iglesia siempre ha conocido —si bien en modos diversos y con distintos acentos— mujeres que han desempeñado un papel quizá decisivo y que han ejercido funciones de considerable valor para la misma Iglesia. Es una historia de inmensa laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte de las veces, pero no por eso menos decisiva para el crecimiento y para la santidad de la Iglesia. Es necesario que esta historia se continúe» (Christifideles laici, n. 49).
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1 Co 15,1-58
Algunos fieles de Corinto se resistían a aceptar la resurrección de los muertos, porque entre los griegos nunca había existido esa creencia, ni siquiera entre los que afirmaban la inmortalidad del alma. Dada la transcendencia del tema, San Pablo les responde extensamente, mostrando en primer lugar el hecho histórico de la resurrección de Jesucristo (vv. 1-11) y sus relaciones con la resurrección de los muertos (vv. 12-34). Finalmente, el Apóstol se plantea de qué modo resucitarán los muertos (vv. 35-58).
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1 Co 15,1-11
Pablo recuerda el Evangelio predicado desde el primer momento por los Apóstoles, en el que se confiesa que Jesús murió, fue sepultado y resucitó al tercer día (vv. 1-4). Las apariciones (vv. 5-8) son la prueba más contundente de la realidad de la resurrección y, a la vez, constituyen la legitimación de los Apóstoles, también de Pablo, puesto que todos ellos son «testigos de la resurrección de Jesús» (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 659). Este texto de la carta tiene especial relieve por tratarse del relato escrito más antiguo —anterior a la redacción de los evangelios— de la resurrección del Señor, cuando han transcurrido poco más de veinte años desde que ocurrió el acontecimiento: «El apóstol habla aquí de la tradición viva de la resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 639). La garantía de que Cristo ha resucitado la tiene el cristiano en el testimonio de las Sagradas Escritura y de los Apóstoles a los que se apareció vivo y glorioso.
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1 Co 15,12-19
Con su resurrección Cristo completa la obra de la Redención. Si muriendo en la cruz había vencido al pecado, era necesario que resucitase, venciendo así a la muerte, consecuencia del pecado (cfr Rm 5,12). «La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 651).
Hay en estos versículos argumentos indirectos de la resurrección del Señor, señalando la situación absurda en que se encontrarían los cristianos si Jesucristo no hubiera resucitado: serían vanas la fe (vv. 14.17.18) y la esperanza (v. 19), los Apóstoles serían falsos testigos e inútil su predicación (vv. 14-15), todavía faltaría la redención de los pecados (v. 17). En resumen, los cristianos serían «los más miserables de todos los hombres» (v. 19).
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1 Co 15,20-34
La unión de los cristianos con Cristo es tan profunda que la resurrección de Jesucristo es principio y causa de nuestra resurrección. Como la desobediencia de Adán trajo la muerte de todos, Jesucristo —nuevo Adán— ha merecido la resurrección de todos (vv. 21-23). La salvación del cristiano culminará tras la muerte con la resurrección del cuerpo, al final de los tiempos (vv. 24-25). «Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano, De resurrectione mortuorum, 1,1)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 991).
San Pablo expone toda la obra mesiánica y redentora de Cristo (vv. 25-28): según el designio del Padre, Cristo ha sido constituido soberano del universo, dando cumplimiento a las Escrituras (Sal 110,1 y 8,7). La soberanía de Cristo sobre toda la creación (v. 28) se realiza ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva al final de la historia cuando Dios sea todo en todos. La Iglesia celebra cada año, en el último domingo del tiempo ordinario, la festividad de Jesucristo, Rey del Universo, para recordar su dominio supremo y absoluto sobre todas las cosas.
El v. 29 no tiene una interpretación segura. Puede referirse a una costumbre, pronto desaparecida, de asociar intencionalmente al propio Bautismo a los amigos y familiares queridos ya difuntos. Sería un rito con sólo el valor de oración por los difuntos.
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1 Co 15,35-58
Para exponer cómo tendrá lugar la resurrección de los muertos, el Apóstol utiliza comparaciones tomadas del reino vegetal, animal y mineral, para que pueda entenderse mejor (vv. 36-41). «Este “cómo ocurrirá la resurrección” sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que en la fe. Pero nuestra participación en la Eucarístía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la Eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección” (S. Ireneo, Adver. haer. 4,18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1000).
Sobre las cualidades del cuerpo ya resucitado (vv. 44-50) habla el Apóstol con imágenes vivas en las que se vislumbra el esplendor del «cuerpo glorioso» (Flp 3,21): «Los cuerpos resucitarán, puesto que resucitó Cristo; pero carecerán de necesidades, dado que también Cristo, ya resucitado, si comió fue porque quiso, no porque lo necesitara. Allí no habrá hambre (…), no desearemos la lluvia pensando en el pan, ni nos asustaremos ante la sequía. Tampoco habrá temor, ni fatiga, ni dolor, ni corrupción, ni carestía, ni debilidad, ni cansancio, ni pereza. Ninguna de estas cosas existirá, pero sí el cuerpo» (S. Agustín, Sermones 242A,3). San Pablo lo llama cuerpo espiritual (v. 44) «no porque se convierta en espíritu, sino porque está sujeto de tal manera al espíritu, que para que convenga a la habitación celestial, toda fragilidad e imperfección terrena es cambiada y convertida en estabilidad celeste» (Id., De fide et symbolo 6).
«No todos moriremos, pero todos seremos transformados» (v. 51). Con lenguaje apocalíptico (sonido de la trompeta, uso de la primera persona del plural) transmite el Apóstol «un misterio» que a primera vista puede resultar difícil de compaginar con la universalidad de la muerte. Pero aquí no trata de la muerte ni del momento concreto de la Parusía, sino de la resurrección. Afirma que todos —vivos y difuntos, dice hiperbólicamente— experimentarán la transfiguración de su cuerpo mortal en un cuerpo glorioso (cfr 1 Ts 4,13-18). La imagen de la nueva vestidura (vv. 53-54) indica gráficamente el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte.
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1 Co 15,57-58
La acción de gracias a Dios está basada en la esperanza de que todo lo bueno que hemos gustado en la tierra lo encontraremos con creces en la victoria definitiva: «No lo olvidéis nunca: después de la muerte, os recibirá el Amor. Y en el amor de Dios encontraréis, además, todos los amores limpios que habéis tenido en la tierra» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 221).
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1 Co 16,1-24
El capítulo final recoge a modo de epílogo recomendaciones y saludos: la obligación de la colecta para los fieles de Jerusalén (vv. 1-4), los proyectos inmediatos del Apóstol (vv. 5-12) y unas advertencias cordiales (vv. 13-20).
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1 Co 16,1-4
Pablo cumple la recomendación que le habían hecho los Apóstoles (cfr Ga 2,10) de socorrer a los cristianos de Jerusalén. Es una muestra viva de la enseñanza evangélica de ayudar a los más necesitados: «Dondequiera que haya hombres carentes de alimento, vestido, vivienda, medicinas, trabajo, instrucción, medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, o afligidos por la desgracia o por la falta de salud, o sufriendo el destierro o la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana, consolarlos con diligente cuidado y ayudarles con la prestación de auxilios. Esta obligación se impone ante todo a los hombres y a los pueblos que viven en la prosperidad» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 8). Se trata de un deber que nos ha de resultar muy grato, pues «el Señor, al amar a los pobres, ama lógicamente a los que les aman. (…) Por lo que también nosotros esperamos que, en atención a haber amado a los pobres, llegaremos a ser amados por Dios» (S. Vicente Paul, Carta, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del 27-IX).
«El día primero de la semana» (v. 2), es decir, el domingo: «Desde los tiempos apostólicos, la reunión dominical fue para los cristianos un momento para compartir fraternalmente con los más pobres: Cada primer día… (1 Co 16,2). Aquí se trata de la colecta organizada por Pablo en favor de las Iglesias pobres de Judea. En la Eucaristía dominical el corazón creyente se abre a toda la Iglesia. Pero es preciso entender con profundidad la invitación del Apóstol, que lejos de promover una mentalidad reductiva sobre el “óbolo”, hace más bien una llamada a una exigente cultura del compartir, llevada a cabo tanto entre los miembros mismos de la comunidad como en toda la sociedad» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 70).
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1 Co 16,5-12
La información de los proyectos de viaje y su intención de permanecer largo tiempo en Corinto muestran el aprecio del Apóstol por aquella comunidad que él mismo había fundado.
Timoteo era todavía muy joven (cfr 1 Tm 4,12; 5,1; 2 Tm 1,6-8) y Apolo era muy conocido por los cristianos de Corinto, puesto que había pasado largas temporadas con ellos (cfr Hch 19,1; 1 Co 1,11-12).
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1 Co 16,13-24
Resumen esquemático de las recomendaciones principales: recuerda que la vida cristiana es una lucha contra las pasiones y tentaciones del diablo, y que toda la conducta del cristiano debe estar inspirada por la caridad.
«Sea anatema» (v. 22). Es una fórmula de castigo y de maldición (cfr 12,3; Ga 1,8); parece que llevaba consigo la exclusión pública de la Iglesia. Se comprende mejor a la luz de 12,3: «Nadie que hable en el Espíritu de Dios dice: “¡Anatema Jesús!”».
«¡Marana tha!». Es una expresión aramea que significa: «¡Ven, Señor nuestro!». Según la Didaché (10,6), esta invocación se usaba en la primitiva cristiandad después de la Plegaria eucarística. Aparece también en Ap 22,20 traducida al griego.
El saludo final de San Pablo, recogido por la Liturgia en los ritos iniciales de la Santa Misa, es una fórmula de bendición que lleva consigo la confesión de fe en la presencia del Señor entre los cristianos; y la petición de que tal presencia sea fecunda y eficaz. De ahí que San Juan Crisóstomo comente a propósito de estas palabras: «Todo buen pastor y todo doctor tiene el deber de ayudar a sus hermanos con consejos; pero, sobre todo, con oraciones y plegarias» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 44, ad loc.).