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2 CORINTIOS

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2 Co 1,1-11

Comienza con el modo habitual en otras cartas paulinas: un saludo en el que se presenta el Apóstol (vv. 1-2) y una emocionada acción de gracias a Dios (vv. 3-11).

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2 Co 1,1-2

La presentación que hace de sí mismo, «apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios», resulta significativa ya que buena parte de la carta la dedicará a la defensa de su vocación de apóstol contra quienes, al parecer, pretendían negarle esa condición (cfr caps. 10-13).

«La gracia y la paz» (v. 2). Saludo piadoso, asumido en la liturgia eucarística: «El primer bien es la gracia, que es el principio de todos los bienes (…). El último de todos los bienes es la paz, porque es el fin general de la mente. Porque de cualquier manera que se emplee esta palabra, paz, tiene razón de fin; en la gloria eterna, en el gobierno y en el modo de vida, el fin es la paz» (Sto. Tomás de Aquino, Super 2 Corinthios, ad loc.).

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2 Co 1,3-11

La acción de gracias tiene en este caso un carácter peculiar. De ordinario el Apóstol agradece a Dios los favores obrados en los cristianos a quienes escribe y que de este modo se sienten animados en su vocación. Aquí, en cambio, manifiesta su agradecimiento a Dios por el consuelo que él mismo está recibiendo en medio de sus tribulaciones, aunque no se olvida del beneficio de los destinatarios. En su lenguaje se pone de manifiesto la profunda unión de los miembros del Cuerpo místico de Cristo, entre sí y con su Cabeza. Por esta íntima comunión e intercomunicación el Apóstol puede decir que sus sufrimientos son «de Cristo», y hablar de la estrecha relación entre sus dolores y consuelos y los de los fieles de Corinto.

«Padre de las misericordias» (v. 3). Es un hebraismo que equivale a Padre misericordioso. Mediante la misericordia divina el Apóstol es consolado en sus sufrimientos, de manera que puede a su vez consolar a los demás. Este Dios misericordioso es el que nos ha sido revelado por Jesucristo: «Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como “Padre de las misericordias” (2 Co 1,3), nos permite “verlo” especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y dignidad» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 2).

«Ya no esperábamos salir con vida» (vv. 8-9). No se sabe exactamente a qué tribulación se refiere Pablo. Podría tratarse del motín provocado por el platero Demetrio en Éfeso, que le obligó a salir de aquella ciudad (cfr Hch 19,23-41). En todo caso, le sirve para insistir en la confianza en Dios, el único que puede librarnos de todos los peligros.

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2 Co 1,12-7,16

En esta primera parte, San Pablo explica a los corintios su modo de comportarse y sale al paso de las críticas que algunos han levantado contra él: aclara que el retraso de su visita a Corinto y los cambios de planes se deben a su entrega total al ministerio (1,12-2,17); hace una apasionada defensa de su apostolado (3,1-6,10); y declara que su mayor gozo es recuperar la confianza y aprecio de los fieles de Corinto (6,11-7,16).

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2 Co 1,12-2,17

La primera acusación que le hacían algunos era su debilidad: el hecho de no acercarse a Corinto, a pesar de haberlo prometido, era interpretado como señal de flaqueza. Pablo justifica su actitud con razones cargadas de doctrina.

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2 Co 1,12-14

El Apóstol desea recuperar el afecto y la confianza de los corintios, que podían estar siendo minados por la labor constante de difamaciones y calumnias que algunos propagaban contra él. Frente a tales acusaciones apela a su propia conciencia, que le confirma en la sinceridad de su conducta.

«Somos vuestra gloria» (v. 14). El Apóstol no duda del aprecio de los corintios, a pesar de las afrentas y mentiras de los oponentes. Sólo él ha fundado y ha dado consistencia a esa Iglesia.

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2 Co 1,15-2,4

El plan de viaje que se había propuesto era ir a Corinto, Macedonia, Corinto y Judea. Sin embargo, la visita a Corinto se retrasó por alguna razón que se desconoce, quizás por algún incidente desagradable ocurrido en una visita anterior (cfr 2,5-11). San Pablo justifica su cambio de programa con tres razones adecuadas: la fidelidad a Dios y a Cristo que es el sí del Padre (v. 19), la obediencia a Dios a quien prestamos asentimiento y sumisión, cuando decimos el Amén (v. 20), y el deseo de no entristecer a los corintios (v. 23).

«Nos marcó con su sello» (v. 22). El sello es un símbolo cercano al de la unción, uno de los más significativos del Espíritu Santo: «Como la imagen del sello [sphragis] indica el carácter indeleble de la Unción del Espíritu Santo en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del Orden, esta imagen se ha utilizado en ciertas tradiciones teológicas para expresar el “carácter” imborrable impreso por estos tres sacramentos, los cuales no pueden ser reiterados» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 698). Como en otros lugares de la carta (cfr 3,3; 13,13) se mencionan aquí las tres personas de la Santísima Trinidad: Dios (Padre) que nos ha ungido (v. 21), el Hijo, Cristo, que nos sostiene y el Espíritu Santo que se nos da como primicia o arras.

«Os escribí con muchas lágrimas» (2,4). Esta carta de las lágrimas (cfr Introducción) es fruto del dolor de Pablo, causado seguramente por los desprecios recibidos en su visita antes aludida, pero, sobre todo, es reflejo del entrañable afecto por sus fieles.

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2 Co 2,5-11

Con frecuencia se han aplicado estas palabras al incestuoso que el Apóstol había condenado en 1 Co 5,1-5. Pero quizá se refieran al que ofendió grave y personalmente a San Pablo o a alguno de sus colaboradores en su visita a Corinto. El ofensor pudo haber sido un judaizante, con el apoyo de una minoría de los fieles. El causante de los hechos parece que se arrepintió después de ser reprendido y castigado por la comunidad, y San Pablo implora clemencia para él. El perdón, tema central de esta sección, es muestra clara de justicia; y la justicia produce la paz, esencial entre los cristianos.

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2 Co 2,12-17

San Pablo se preocupa por sus fieles y se desvive por sus colaboradores: se entristece por la suerte de Tito, enviado a Corinto, y se alegra cuando lo reencuentra en Macedonia.

«Somos el buen olor de Cristo» (v. 15). «El Evangelio expande por todas partes un perfume agradable y precioso, aunque haya quienes perecen a su lado, como consecuencia de su incredulidad. No es por tanto al Evangelio a quien debe culparse de la ruina de algunos, sino a su propia corrupción» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 5). En consecuencia, todo cristiano debe mostrar a Cristo con su conducta: «Debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el bonus odor Christi, el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 105).

La segunda parte del v. 16 y el v. 17 le sirven al Apóstol como introducción a la defensa que hace de su ministerio en los caps. siguientes (3,1-6,10). Contrapone aquí la sinceridad de su predicación a la deformación —adulteración— con que otros, los falsos apóstoles que le persiguen e intentan desprestigiarle, presentan la palabra de Dios, más atentos a su gloria personal que a la de Cristo. «Adulterar la palabra de Dios —explica San Gregorio Magno— es o sentir en ella algo distinto de lo que en realidad es, o buscar por ella no los frutos espirituales, sino los fetos adulterinos de la alabanza humana. Predicar con sinceridad es (…) buscar la gloria del autor y creador» (Moralia 22,12).

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2 Co 3,1-6,10

Otra acusación que se hacía a Pablo era su arrogancia y orgullo en la presentación de su ministerio. Él, al tiempo que se defiende, muestra la naturaleza y finalidad de su misión. Explica que su oficio es superior al de la Antigua Alianza (3,4-18), que lo realiza con sinceridad (4,1-6), que soporta con paciencia las pruebas que lleva consigo (4,7-5,10), y que lo presenta como ministerio de reconciliación (5,11-6,10).

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2 Co 3,1-3

El envío de cartas de recomendación era una práctica frecuente (cfr p. ej. Hch 9,2; 15,22-30), como lo atestiguan muchos documentos de la época. Y es de suponer que los enemigos de Pablo se habían presentado en Corinto con alguna de esas cartas. Él, en cambio, garantizado sólo por el Señor (10,18), se siente avalado por la mejor recomendación, sus fieles de Corinto, convertidos por su predicación: «Porque eran suficiente carta que declaraba quién era San Pablo y cuán provechosa su presencia. Y dice que esta carta la saben y leen todos, porque cualquier gente, por bárbara que sea, aunque no entienda el lenguaje de la palabra, entiende el lenguaje del buen ejemplo y virtud, que ve puesto por obra, y de allí vienen a estimar en mucho al que tales discípulos tiene» (S. Juan de Ávila, Audi, filia 34).

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2 Co 3,4-18

No faltaban en Corinto quienes, siguiendo a los judaizantes, pensaban que la doctrina de Pablo era invención suya y efecto de su arrogancia. Por eso el Apóstol apela a Dios y, mostrando la superioridad de la Nueva Alianza sobre la Antigua, aduce tres razones importantes para avalar la dignidad de su ministerio apostólico: pertenece a la Nueva Alianza que supera a la antigua (vv. 4-6); tiene mayor esplendor y gloria que el de Moisés (vv. 7-11); se basa en el Espíritu de la verdad y la libertad, y no en el texto escrito que necesita ser desvelado (vv. 12-18).

«La letra mata, pero el Espíritu da vida» (v. 6; cfr Rm 2,29; 7,6). La novedad de la Alianza estaba prometida en los profetas que anunciaron que Dios escribiría su ley en los corazones y les daría un espíritu nuevo (cfr Jr 31,31). La Nueva Ley es «Espíritu», porque es el mismo Espíritu Santo quien difunde mediante la gracia la caridad en los corazones de los fieles, y la caridad es la plenitud de la Ley: «Lo más importante en la Ley del Nuevo Testamento y en lo que consiste todo su poder, es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe de Cristo» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 1-2,106,1).

Pablo, siguiendo las técnicas de exégesis rabínica, acude a la imagen del velo que se ponía Moisés sobre el rostro tras sus encuentros con Dios (vv. 13-18; cfr Ex 34,29-35). La gloria del Señor le iluminaba de tal manera, que los israelitas no podían resistir mirarle a la cara. El Apóstol muestra cómo el velo no sólo permitía a Moisés acercarse a los israelitas cuando tenía el rostro radiante, sino ocultar también que esa irradiación era transitoria. Utiliza así la imagen del velo como símbolo del carácter nebuloso y provisional del Antiguo Testamento, como manifestación de la imposibilidad de comunicarse directamente con Dios por medio de Moisés y de la Ley. Cristo, señala Pablo, es quien hace caer el velo. Sólo con la luz que trae Jesucristo, plenitud de la revelación, puede entenderse el significado verdadero de los libros sagrados. «Dios, autor que inspira los libros de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo, y el Antiguo está patente en el Nuevo (…). Y los libros del Antiguo Testamento, incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento y a su vez lo iluminan y explican» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 16). La enseñanza final es clara: en Cristo, por el Espíritu Santo, podemos participar de la vida divina. Así como Moisés reflejaba en su rostro la gloria de Dios, tras estar con Él en el Sinaí, los cristianos reflejan en su vida la gloria de Cristo, al que contemplan mediante la fe: «El cristiano purificado por el Espíritu Santo en el sacramento de la regeneración —comenta San Juan Crisóstomo— es transformado según la expresión del Apóstol en la imagen del mismo Jesucristo. No solamente contempla la gloria del Señor, sino que toma para sí mismo algunos rasgos de esta gloria divina (…). El alma regenerada por el Espíritu Santo recibe y difunde a su alrededor el resplandor de la gloria celeste que le ha sido comunicado» (In 2 Corinthios 7).

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2 Co 4,1-6

La sinceridad y autenticidad del ministerio es tema recurrente en esta primera parte de la epístola. En contraste con los falsos apóstoles, el único objeto de la predicación de Pablo es la verdad de Jesucristo, sin componendas ni concesiones. Si hay todavía quien no percibe la verdad del Evangelio es por sus malas disposiciones, porque cede a las insidias del demonio, «el dios de este mundo» (v. 3).

«Jesucristo, como Señor» (v. 5). Es una afirmación velada de la divinidad de Jesucristo, ya que «Señor» es el término que en la versión griega del Antiguo Testamento sustituye el nombre propio de Dios, Yhwh.

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2 Co 4,7-12

En los sufrimientos del Apóstol se reproducen los de la pasión y muerte de Jesucristo, para que también resplandezca la vida que Jesús adquirió en su resurrección. De ahí que el pasaje nos recuerde que el dolor y la contrariedad estarán presentes en los seguidores de Cristo: «Si ambicionas la estima de los hombres, y ansías ser considerado o apreciado, y no buscas más que una vida placentera, te has desviado del camino. (…) En la ciudad de los santos, solo se permite la entrada y descansar y reinar con el Rey por los siglos eternos a los que pasan por la vía áspera, angosta y estrecha de las tribulaciones» (Pseudo Macario, Homiliae 12,5).

El ministro es débil, pero nunca desfallece. La imagen del barro del alfarero (v. 7; cfr Jr 18,6) refleja la fragilidad del apóstol y la riqueza de su mensaje: «Dios ha confiado sus dones a la frágil y débil libertad humana y, aunque la fuerza del Señor ciertamente nos asiste, nuestra concupiscencia, nuestra comodidad y nuestro orgullo la rechazan a veces y nos llevan a caer en pecado (…). Pero lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 131).

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2 Co 4,13-5,10

La esperanza de la resurrección y del Cielo (4,14) es estímulo para la fortaleza del Apóstol. Mientras el hombre exterior —el cuerpo corruptible— va consumiéndose por las tribulaciones y sufrimientos, el hombre interior —la vida del alma— crece y se renueva de día en día hasta alcanzar su plenitud en el Cielo. Es algo que se observa de manera evidente en la biografía de los santos: en medio de sufrimientos y enfermedades, y a la vez que su vida en la tierra se va consumiendo, la juventud de su alma y la alegría aumentan. «¿Y de que manera? Por la fe, por la esperanza, por la caridad ardiente. Por tanto hemos de ver los peligros con mirada intrépida. Cuanto mayores sean los males que consuman nuestro cuerpo, más lisonjeras esperanzas deberá concebir nuestra alma, más esplendor y brillo sacará de allí, como el oro toma un brillo más deslumbrante cuando está en el crisol encendido» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 9).

La mención de la tienda del desierto (5,1) resalta la caducidad de nuestro cuerpo frente a «las arras del Espíritu» (5,5) que garantizan y anticipan la vida definitiva, como la de Cristo resucitado: «Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos. (…) Nuestra patria es el Cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones. Nuestra casa no es la que habitamos al presente, que nos sirve tan sólo de morada pasajera; nuestra casa es la eternidad» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Sermones abreviados 16,1,2).

A la vez que la esperanza de bienes tan grandes hace a San Pablo desear con ansia vivir junto al Señor (5,8), no pierde de vista que ahora ha de esforzarse por agradar a Dios, pensando en su encuentro con Cristo (5,9-10). El pasaje nos habla de la existencia del juicio particular: «Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022). La sentencia de premio o castigo depende de los merecimientos del alma durante su vida en la tierra, ya que con la muerte termina el tiempo y la posibilidad de merecer. Las palabras de San Pablo nos exhortan a esforzarnos en esta vida por ser gratos al Señor: «¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar?» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 746).

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2 Co 5,11-21

El Apóstol vuelve a dar razón de su comportamiento, insistiendo en que es honesto y claro (vv. 11-13). El motor de su modo de actuar es «el amor de Cristo» (v. 14), que en este contexto puede entenderse tanto del amor de Cristo a los hombres como de éstos a Cristo. Al exponer este amor, hace un apretado resumen del contenido de la Redención (vv. 15-17): Dios ha reconciliado a los hombres con Él por medio de Jesucristo, que cargó sobre sí nuestros pecados y murió por todos los hombres. «Todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también por la eficacia de lo que él realiza en el presente» (S. León Magno, Tractatus 63; cfr De passione Domini 12,6). Además, Dios ha constituido a los Apóstoles embajadores de Cristo para llevar a los hombres la palabra de la reconciliación (v. 19): «La Iglesia erraría en un aspecto esencial de su ser y faltaría a una función suya indispensable, si no pronunciara con claridad y firmeza, a tiempo y a destiempo, la “palabra de reconciliación” y no ofreciera al mundo el don de la reconciliación. Conviene repetir aquí que la importancia del servicio eclesial de reconciliación se extiende, más allá de los confines de la Iglesia, a todo el mundo» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 23). Éste es el conocimiento que Pablo posee de Jesucristo, frente al que poseía antes de convertirse, cuando sólo veía a Cristo «según la carne» (v. 16).

«La caridad de Cristo nos urge» (v. 14). También para todos los cristianos el amor de Cristo debe ser un poderoso estímulo para llevar a todas las almas la salvación ganada por Jesucristo. «Nos urge la caridad de Cristo (cfr 2 Co 5,14) para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas (…). De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con Él a todas las almas» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 120s.).

«Lo hizo pecado» (v. 21). La palabra pecado en el ritual de los sacrificios expiatorios del Antiguo Testamento (cfr Lv 4,24; 5,9) significa no tanto el acto pecaminoso, cuanto el sacrificio mismo y la víctima ofrecida. Por tanto, el sentido de la frase es que Dios «lo hizo víctima por el pecado» o «sacrificio por el pecado», puesto que Cristo no podía ser culpable de pecado. «Cristo no tuvo pecado alguno; cargó con el pecado, pero no lo cometió» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 68,1,10). Jesucristo, cargando con nuestros pecados y ofreciéndose en la cruz como víctima por ellos, lleva a cabo la Redención: «En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que “lo hizo pecado por nosotros”— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad. (…) La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad, que viene de Dios. De este modo, la redención comporta la revelación de la misericordia en su plenitud» (Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 7).

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2 Co 6,1-10

Pablo concluye la larga defensa de su ministerio apostólico apelando, como ministro de Dios, al sentido de responsabilidad de los corintios con una cita de Is 49,8. A continuación enumera brevemente las múltiples tribulaciones que ha tenido que sufrir por llevar a cabo su ministerio.

El «tiempo favorable» (v. 2) durará hasta la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos —y en la vida personal de cada uno, hasta el momento de la muerte—. Mientras tanto, cada día es día de salvación: «Ecce nunc dies salutis, aquí está frente a nosotros, este día de salvación. La llamada del buen Pastor llega hasta nosotros: ego vocavi te nomine tuo (Is 43,1), te he llamado a ti, por tu nombre. Hay que contestar —amor con amor se paga— diciendo: ecce ego quia vocasti me (1 R 3,5), me has llamado y aquí estoy (…). Me convertiré, me dirigiré de nuevo al Señor, queriéndole como Él desea ser querido» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 59).

La relación de las tribulaciones (v. 5) recuerda la importancia de que soportemos con firmeza y reciedumbre las contrariedades de esta vida: «Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda. / La paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta: / Sólo Dios basta» (Sta. Teresa de Jesús, Poesías 30).

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2 Co 6,11-7,16

Esta sección que culmina la primera parte de la epístola (cfr nota a 1,12-7,16), constituye una vibrante llamada de San Pablo a los corintios para recuperar su confianza y afecto. En ella se pone de manifiesto la personalidad del Apóstol, su gran corazón y su desvelo por sus fieles. Con palabras llenas de ternura pide correspondencia a su celo incesante por ellos (6,11-13), da luego consejos sobre la relación con los infieles (6,14-7,1) y termina mostrando su alegría por la fidelidad de sus queridos corintios.

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2 Co 6,11-13

Con paternal afecto solicita abiertamente que valoren y respondan a su amor pastoral. «¡Qué grande, qué inmenso este corazón de Pablo! Abraza a todos los fieles con un amor más ardiente que el que experimentaría el corazón más apasionado, pero abraza con un amor que no se contraría, no se debilita al extenderse a tantos sujetos, sino que permanece el mismo y con igual intensidad hacia cada uno» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 13,1).

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2 Co 6,14-7,1

Pablo no pretende que los cristianos eviten todo contacto con los paganos, pues eso sería tanto como privarles a éstos de la posibilidad de convertirse, pero sí las relaciones que pongan en peligro la fe. La imagen de los dos animales de distinta especie uncidos al mismo yugo (6,14; cfr Dt 22,10; Lv 19,19) expresa el alcance de esta prohibición. «Belial» (v. 15) es de etimología dudosa; quizá signifique «inútil», «perverso» o «sin–ley» (cfr Dt 13,14). De ahí que se aplique con frecuencia al demonio.

«Vosotros sois el templo de Dios» (v. 16). Esta imagen repetida en otra cartas (cfr 1 Co 3,16s; 6,19s; etc.) pone de manifiesto la inhabitación de Dios, Uno y Trino, en el alma en gracia: «¿Qué más quieres, ¡oh alma! —dice San Juan de la Cruz citando este versículo—, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca. Ahí le desea, ahí le adora, y no le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansaras, y no le hallarás y gozarás más cierto ni más presto, ni más cerca que dentro de ti» (Cántico espiritual 1,8).

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2 Co 7,2-16

Pablo quiere recuperar plenamente la confianza y el cariño de los corintios. Enlaza con lo que había comenzado a decirles en el cap. 2 y que había interrumpido por su larga defensa ante algunas acusaciones vertidas sobre él. Aclara el fin que había pretendido con su carta: moverles al arrepentimiento, que quedaría patente ante Dios, al manifestar su cariño hacia él. Es un ejemplo de cómo buscar siempre, cuando se corrige, el bien de la persona corregida. «Debemos corregir por amor; no con deseo de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto: si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él (Mt 18,15)» (S. Agustín, Sermones 82,4).

En confidencia sincera, San Pablo manifiesta su alegría por las buenas noticias traídas por Tito (v. 6; cfr nota a 2,12s.). En efecto, los fieles de Corinto habían acogido con respeto a este colaborador (v. 15), y habían reaccionado muy positivamente (vv. 7.9.11) a la carta anterior, «la carta de las lágrimas» (cfr 2,3s.).

«Tristeza según Dios» (v. 10). Es el dolor del alma que llora el pecado con la esperanza del perdón: «La tristeza que causa un arrepentimiento saludable es propia del hombre obediente, afable, humilde, dulce, suave y paciente, en cuanto que deriva del amor de Dios (…). La tristeza diabólica es diametralmente opuesta. Es áspera, impaciente, dura, llena de amargor y disgusto, y le caracteriza también una especie de penosa desesperación» (Juan Casiano, De institutis coenobiorum 9,11).

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2 Co 8,1-9,15

Constituye la segunda parte de la carta. El Apóstol dedica su atención a la colecta en favor de los fieles de Jerusalén, promovida también en otras iglesias por él fundadas (cfr Rm 15,26; 1 Co 16,1). Explica con tono vibrante las razones teológicas de la solidaridad y de la comunicación cristiana de bienes. Alaba la generosidad de los macedonios, como estímulo para los corintios (8,1-15), hace luego unas recomendaciones prácticas a Tito y a los encargados de la colecta (8,16-24-9,1-5), y expone finalmente los frutos de la limosna generosa (9,6-15).

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2 Co 8,1-6

Los cristianos de Macedonia resultaron un ejemplo admirable de magnanimidad: podían haberse sentido disculpados de ayudar a sus hermanos, pensando en su propia pobreza; sin embargo, fueron espléndidos en la limosna. En el pasaje destaca el lenguaje delicado que utiliza San Pablo, donde en lugar de emplear palabras como «dinero», «limosna» o «colecta», recurre a términos más espirituales como «gracia» (vv. 4.6; 8,7; etc.) o «servicio en favor de los santos» (v. 4).

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2 Co 8,7-15

Jesucristo es el ejemplo cumplido de desprendimiento y de generosidad (v. 9). «Si no podéis entender que la pobreza enriquece, representaos a Jesucristo. (…) Si Jesucristo no se hubiera hecho pobre, los hombres no hubieran podido ser enriquecidos. Todo esto ha venido a nosotros por el canal de la pobreza, es decir, porque Jesucristo se ha revestido de nuestra carne, se ha hecho hombre, ha sufrido todo lo que sabemos, aunque Él no fuera, como lo somos nosotros, deudor de la pena y de los sufrimientos» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 17). La donación de Jesucristo es punto de referencia en los donativos que hacen los fieles: «Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta, siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1351).

En la limosna cuenta más la disposición interior que la cantidad (v. 12): «Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aun cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 125,5).

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2 Co 8,16-24

San Pablo, al referirse a los encargados de administrar la colecta, da ejemplo de prudencia, previniendo cualquier sospecha contra la integridad de su conducta (v. 20). Además de Tito, que con mucha probabilidad fue también el portador de esta carta, se habla de otros dos hermanos sin mencionar los nombres. Su identificación resulta difícil. Se ha pensado que el primero sería San Lucas, que quizá estuviera con San Pablo entonces y que luego le acompañaría a Jerusalén (cfr Hch 20,5ss.). Algunos, a partir de 1 Co 16,12, conjeturan que el tercer enviado podría ser Apolo, bien conocido de los corintios (cfr 1 Co 1,12).

«Gloria de Cristo» (v. 23). Este honorífico título merecieron Tito y los otros colaboradores del Apóstol. Pablo VI lo aplicó a los sacerdotes: «Así, en nuestro mundo, que tiene necesidad de la gloria de Dios (cfr Rm 3,23), los sacerdotes, configurados cada vez más perfectamente con el Sacerdote único y sumo, sean gloria refulgente de Cristo (2 Co 8,23) y por su medio sea magnificada la “gloria de la gracia” de Dios en el mundo de hoy (Ef 1,6)» (Sacerdotalis caelibatus, n. 45).

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2 Co 9,1-5

En el contexto de las recomendaciones (cfr 8,1-5) Pablo apela a la emulación entre las dos comunidades cristianas para alentar su generosidad. Ante los macedonios se ha gloriado del celo y de la prontitud de los fieles de Corinto, por haber sido los primeros en organizar esta colecta. Ahora pide que no tenga que avergonzarse porque los hechos no correspondan a estos elogios.

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2 Co 9,6-15

El último motivo para estimular la generosidad es la recompensa del Señor. Las cosechas del campo son una prueba de la liberalidad divina: «Si Dios colma de bendiciones temporales a quienes cultivan la tierra y se ocupan de las necesidades de sus cuerpos, con más razón bendecirá a quienes cultivan el Cielo y se aplican a la salvación de sus almas (…). Por tanto, quiere no solamente que demos limosna, sino que la demos con generosidad. Por eso llama “semilla” a la limosna. El grano echado en tierra produce espigas; así la limosna producirá frutos de justicia y una cosecha abundante» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 20).

«Dios ama al que da con alegría» (v. 7). El Apóstol traduce libremente el texto griego de Pr 22,8 («Dios alaba al hombre alegre y dadivoso»), haciendo hincapié en el gozo de la limosna: «Si das el pan entristeciéndote pierdes el pan y la recompensa» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 42,8).

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2 Co 10,1-13,10

San Pablo hace la apología de su persona en polémica con sus adversarios en Corinto. En contraste con el tono de afecto de las secciones anteriores, aquí emplea un estilo enérgico ante el peligro que para aquella joven comunidad cristiana supondría romper con su fundador y Apóstol. En primer lugar expone la defensa ante las acusaciones de debilidad en el ejercicio de su misión, y de vanagloria por su trabajo en Corinto (10,11-18). Luego compara sus títulos de honor con los de sus adversarios (11,1-12,18). Finalmente, indica que esta apología va orientada a la enmienda de los corintios antes de su próxima visita (12,19-13,10).

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2 Co 10,1-18

El Apóstol sale al paso de las acusaciones de quienes pretendían desacreditarle. Al parecer sus detractores presumían de proceder del judaísmo y tener una ciencia sobre Dios superior a la del Apóstol.

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2 Co 10,1-11

Pablo defiende su autoridad apostólica frente a quienes confundían su benignidad y mansedumbre con el apocamiento. Consciente de la autoridad apostólica que había recibido de Cristo prefería utilizarla, mientras fuera posible, sólo para edificar, no para destruir (v. 11).

«Vivimos en la carne» (v. 3) tiene sentido positivo; se refiere a la vida del cuerpo común a todos los hombres. En cambio, proceder o militar «según la carne» (vv. 2.3) tiene significado peyorativo, equivalente a obrar según pensamientos y motivos meramente humanos. «Proceder según la carne se dice de quienes ponen su fin en bienes materiales y orientan sus obras para conseguir lo que es de la carne. Y como esto se lo pueden arrebatar, se comportan con blandura y sumisión con los demás» (Sto. Tomás de Aquino, Super 2 Corinthios, ad loc.).

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2 Co 10,12-18

Responde ahora a la acusación de jactarse de su trabajo apostólico en Corinto. El Apóstol está satisfecho del fruto de su ministerio, pero en ningún momento se atribuye lo que otros hayan podido conseguir. Sólo se apoya en Dios, a tenor de las palabras de Jr 9,22 (v. 17). Enseña así el valor relativo de los juicios humanos: «Hermanos míos, si yo tuviere que presentarme ante vuestro tribunal, con razón me gloriaría de vuestras alabanzas. Y si tuviese que ser juzgado por mi misma conciencia, satisfecho de mi propio testimonio, me deleitaría en mis alabanzas. Mas, puesto que he de presentarme no ante vuestro juicio ni ante el mío, sino ante el de Dios, ¿qué gran insensatez, más aún, qué gran locura será gloriarme de vuestro testimonio o del mío, principalmente siendo Él tal, que todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos, y no tiene necesidad de que alguno le dé testimonio humano?» (S. Bernardo, Sermones de diversis 7,2).

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2 Co 11,1-12,18

Para contrarrestar la labor de sus enemigos, Pablo se ve obligado a hacer su propia apología, explicando la rectitud de su ministerio (11,7-15), los sufrimientos en su labor evangelizadora (11,21-33) y las visiones recibidas (12,1-10). Tener que comparar sus títulos con los de sus adversarios le repugna y por eso pide disculpas (11,1-6; 16-21; 12,11-18).

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2 Co 11,1-6

Las disculpas del v. 1, repetidas hasta ocho veces (cfr 11,1.16.18.21.23; 12,1.6.11), indican el tono desgarrado de este pasaje, que algunos comentaristas denominan «el discurso del necio» o del insensato, puesto que el Apóstol se presenta como tal. Bajo este ropaje literario hace afirmaciones audaces, llenas de celo por las almas. San Pablo asume el papel del «amigo del esposo» (cfr Jn 3,29), que debe vigilar por la virginidad de la esposa, y ve el peligro a que la someten las asechanzas de sus enemigos. «El Apóstol —comenta Santo Tomás de Aquino— dice que la Iglesia es como Eva, a la que el diablo a veces persigue abiertamente por medio de tiranos y poderes, y entonces es como león rugiente que anda rondando y busca a quién devorar (1 P 5,8). Otras veces molesta a la Iglesia a escondidas por medio de los herejes que prometen la verdad y simulan ser buenos, y entonces es como la serpiente que seduce con su astucia, prometiendo cosas falsas» (Super 2 Corinthios, ad loc.).

El título irónico de «superapóstoles» es aplicado a los falsos maestros (cfr 11,13) que quizá pretendían presentarse con autoridad apostólica.

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2 Co 11,7-15

Apela San Pablo a su desprendimiento (cfr 1 Co 9,4-14) como testimonio de autenticidad de su ministerio. No faltarán quienes interpreten este desinterés económico como desinterés afectivo, pero Pablo sólo piensa en agradar a Dios (v. 11): «¿Qué nos enseñaron o qué nos enseñan los apóstoles santos? No el arte de pescar, no el hacer tiendas u otro semejante a éstos (…). Nos enseñaron a vivir con rectitud (…). La vida recta juzgo yo que consiste en padecer males, hacer bienes y perseverar así hasta la muerte» (S. Bernardo, In festo SS. Petri et Pauli 3).

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2 Co 11,16-21

Con ironía, el Apóstol caricaturiza el proceder de los corintios, que se creían tan sensatos (cfr 1 Co 1,18-20) y se han dejado engañar, incluso en sus bienes materiales, por los intrusos y falsos maestros, llegados a la comunidad.

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2 Co 11,21-33

Comienza la apología propiamente dicha, señalando su condición social y sus méritos, en contraste con los de sus adversarios. En cuanto judío es igual que ellos (v. 22), y en cuanto ministro de Cristo les supera claramente: lo prueban los padecimientos físicos y morales soportados en el desempeño de su ministerio. No puede leerse sin emoción el impresionante elenco de sufrimientos que, por otra parte, suministra preciosos datos autobiográficos que no figuran en los Hechos de los Apóstoles. Es significativo que presente precisamente sus sufrimientos como muestra de su superioridad en el ministerio de Cristo. El dolor, la cruz, son compañeros inseparables de la vida cristiana: «Cuando emprendemos el camino real de seguir a Cristo, de portarnos como hijos de Dios, no se nos oculta lo que nos aguarda: la Santa Cruz, que hemos de contemplar como el punto central donde se apoya nuestra esperanza de unirnos al Señor. Te anticipo que este programa no resulta una empresa cómoda; que vivir a la manera que señala el Señor supone esfuerzo. Os leo la enumeración del Apóstol, cuando refiere sus peripecias y sus sufrimientos por cumplir la voluntad de Jesús: cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno… (2 Co 9,24-28)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 212).

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2 Co 12,1-10

Pablo tuvo abundantes visiones y revelaciones durante su vida (cfr Hch 9,1-8; 22,17-21; 1 Co 15,8; Ga 1,12), hasta el punto de ser transportado al tercer cielo, es decir a la morada misma de Dios (v. 2). También en esto era superior a sus adversarios tan aficionados a los fenómenos extraordinarios.

«Me fue clavado un aguijón en la carne» (v. 7). San Juan Crisóstomo ve en esta expresión las tribulaciones y continuas persecuciones antes mencionadas. San Agustín, por su parte, piensa que se trata de una enfermedad física, crónica y molesta. Sólo a partir de San Gregorio Magno comenzó a hablarse de tentaciones de concupiscencia. En todo caso, este gesto de sencillez por parte del Apóstol y la consiguiente respuesta divina «te basta mi gracia» (v. 10) son fuente de innumerables enseñanzas para la lucha ascética, pues enseñan que la actitud cristiana ante la propia debilidad es confiar en la ayuda divina. «Porque Dios libra de las tribulaciones no cuando las hace desaparecer (…), sino cuando con la ayuda de Dios no nos abatimos al sufrir tribulación» (Orígenes, De oratione 30,1).

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2 Co 12,11-18

En este epílogo del «discurso del necio» repite el elemento más visible que avala su legitimidad apostólica, el desinterés económico, pues Pablo sólo buscó el bien de los corintios, no sus bienes (v. 14). Tampoco sus colaboradores vivieron a costa de sus fieles (vv. 16-18). Son así ejemplo para los ministros de la Iglesia, que no deben anteponer su propio beneficio al bien de las almas: «Iluminad las mentes, dirigid las conciencias, confortad y sostened a las almas que se debaten en la duda y gimen en el dolor. A estas principales obras de apostolado, unid todas aquellas que las necesidades de los tiempos exigen; pero que a todos les quede bien claro que el sacerdote, en todas sus actividades, no busca ninguna otra cosa aparte del bien de las almas; que no mira más que a Cristo, al que consagra sus fuerzas y todo su ser» (Pío XII, Menti nostrae).

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2 Co 12,19-13,10

La carta termina explicando que el Apóstol hace su propia apología para bien de los corintios (12-19-21) y recoge varias recomendaciones que preparan su próxima visita a Corinto (13,1-10).

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2 Co 12,19-21

El objetivo de la apología que ha venido haciendo no es justificar su legitimidad apostólica entre los corintios, como un acusado ante sus jueces. Pablo habla en presencia de Dios, que es quien juzga, y declara que sólo pretende el bien de las almas, su «edificación» (v. 19). Al final de la carta se vislumbran las dificultades e incomprensiones en su apostolado. Pablo presiente que su actitud no será bien entendida, y teme encontrar a sus fieles queridos inmersos en los pecados sobre los que les había advertido en su carta anterior, la soberbia, causa de división y desórdenes (cfr 1 Co 1,18-4,21), y la lujuria, que impide avanzar en el camino hacia Dios (cfr 1 Co 6,12ss.).

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2 Co 13,1-10

Tres recomendaciones da el Apóstol a los corintios: que no interpreten su actitud como debilidad, sino como reflejo de la conducta de Jesucristo (vv. 1-4), que examinen a fondo su fe (v. 5) y que se ejerciten en el bien (vv. 6-10). La unión de suavidad y firmeza en el ejercicio de la autoridad es señal de prudencia en la toma de decisiones, a tenor del consejo de Dt 19,15 (v. 1), y también imitación de Cristo, débil en su vida terrena, fuerte en su vida de Resucitado.

«Rogamos que no hagáis ningún mal» (v. 7): «Para evitar los pecados son necesarias dos cosas: el libre albedrío y la gracia de Dios (…). Por eso, mostrando que ambas cosas son necesarias, el Apóstol ruega a Dios para conseguir la gracia, y amonesta que mediante el libre albedrío se alejen del mal y hagan el bien» (Sto. Tomás de Aquino, Super 2 Corinthios, ad loc.).

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2 Co 13,11-13

Las exhortaciones finales están cargadas de afecto y desvelo por sus fieles: «Vivid en la unión y la paz, y Dios estará con vosotros, pues Dios es un Dios de amor y de paz. Su amor producirá vuestra paz y todos los males serán desterrados de vuestra Iglesia» (S. Juan Crisóstomo, In 2 Corinthios 30).

La fórmula final (v. 13), recogida en la liturgia como uno de los saludos iniciales de la Santa Misa, expresa la fe en la Santísima Trinidad y la petición de todos los bienes sobrenaturales: «La gracia de Cristo, por la que somos justificados y salvados; el amor de Dios Padre, por el que somos unidos a Él; y la comunión del Espíritu Santo, que nos distribuye los dones divinos» (Sto. Tomás de Aquino, Super 2 Corinthios, ad loc.).

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