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GÁLATAS

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Ga 1,1-10

La breve introducción comprende el saludo epistolar (vv. 1-5) y el motivo de la carta: prevenir a los destinatarios del peligro de deformación del Evangelio a que están expuestos (vv. 6-10).

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Ga 1,1-5

Pablo recuerda con brío su autoridad apostólica, recibida directamente de Jesucristo, lo mismo que los otros Apóstoles (v. 1), y condensa el mensaje teológico de su escrito: la eficacia universal de la redención realizada por Jesucristo mediante su entrega por nosotros (v. 4). La argumentación de su autoridad por elección divina ocupa los caps. 1 y 2; la doctrina de la redención realizada por Cristo, el resto de la carta. De esta forma, ya desde el principio, sale al paso de los errores difundidos por algunos cristianos procedentes del judaísmo, que negaban su autoridad y creían necesario mantener la circuncisión y demás observancias de la Ley mosaica.

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Ga 1,6-10

El «Evangelio de Cristo» (v. 7) que Pablo había predicado a los gálatas, como se deduce de éste y otros pasajes de su epistolario, es el cumplimiento de la promesa anunciada por los profetas del Antiguo Testamento. Consiste en la buena nueva de que «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (4,4), Jesucristo, único Salvador de la humanidad. Éste es el núcleo del Evangelio que no se puede alterar. Aunque todavía no explica el Apóstol en qué reside la deformación del Evangelio que pretenden algunos, lanza por dos veces un «anatema» o maldición (vv. 8-9), para quienes osaran alterarlo. Tales palabras anticipan que se trata de un asunto muy grave. Nos recuerdan al mismo tiempo que no cabe un «nuevo cristianismo» que haya de ser descubierto: Cristo es el culmen y la plenitud de la Revelación: «La economía cristiana como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 4).

Las palabras del v. 10 responderían a una acusación que al parecer dirigían contra Pablo de que, para facilitar la conversión al cristianismo, no exigía la circuncisión, queriendo así agradar a los hombres. La defensa que el Apóstol hace de sí mismo constituye también una llamada a vencer los respetos humanos: «El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 78).

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Ga 1,11-4,31

El Evangelio que Pablo predicaba no les exigía a los gentiles hacerse primero judíos (mediante la circuncisión y el sometimiento a las prescripciones de la Ley) para aceptar la llamada cristiana. Esto levantó la oposición de algunos, incapaces de reconocer la novedad de la salvación en Cristo. Frente a ellos, Pablo, de una parte, apela a su condición de Apóstol y a su comunión con los demás Apóstoles (1,11-2,21), y, de otra, muestra, apoyándose en la Escritura, que sólo Cristo, y no la Ley de Moisés, puede hacer justo al hombre (3,1-4,31).

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Ga 1,11-2,21

Como argumento del carácter sobrenatural de su misión y de la verdad de su Evangelio, el Apóstol recuerda las etapas principales de su vida: vocación (1,11-24), viaje a Jerusalén con Bernabé y Tito, probablemente con ocasión de la asamblea de los Apóstoles (2,1-10), y el episodio de Antioquía en el que reprochó a San Pedro una actitud que, por ambigua, podía ser malinterpretada (2,11-21).

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Ga 1,11-24

La vocación de Pablo confirma la autenticidad de lo que enseña. Su Evangelio —que no se aparta del que proclaman los demás Apóstoles (cfr 2,2; 1 Co 15,3)— no viene de un hombre, sino de la revelación de Jesucristo (v. 12). Su vocación, como la de otros enviados por Dios (cfr Jr 1,5; Is 49,1-5; Lc 1,14), manifiesta la iniciativa divina y la ausencia de méritos personales. Cuando la voluntad de Dios se le manifestó a Pablo en el camino de Damasco (cfr Hch 9,3-6), su vida cambió radicalmente (vv. 13-17): de no producirse ese cambio —que había llenado de gozo a las comunidades cristianas de Judea (vv. 22-24) y del que eran testigos los gálatas—, de nada servirían las declaraciones sobre su vocación y misión.

Pablo nos informa que tras un tiempo de retiro en Arabia (probablemente en el reino de los nabateos, al sur de Damasco), volvió a la capital de Siria (v. 17), y que después marchó a Jerusalén (vv. 18-20; cfr Hch 9,26-30; 22,18) para ver a Cefas. Su estancia junto a Pedro muestra el reconocimiento por parte de Pablo de la misión preeminente de Simón Pedro: «Se dirige a él como a persona excelsa e importante. Y no dijo: “Mirar a Pedro”, sino “Visitar a Pedro”, como afirman los que exploran grandes y espléndidas ciudades» (S. Juan Crisóstomo, In Galatas 1,1,18). Con este espíritu, a lo largo de los siglos, también los cristianos han manifestado su amor a Pedro y a sus sucesores, acudiendo en peregrinación a Roma «para ver a Pedro» (v. 18).

Tras su breve estancia en Jerusalén, Pablo recuerda que estuvo en Siria y Cilicia (v. 21), aunque no sabemos por cuánto tiempo.

Probablemente «Santiago, el hermano del Señor» (v. 19) es quien dirigió algún tiempo la comunidad cristiana de Jerusalén y a quien se le atribuye la carta que lleva su nombre (cfr St 1,1). Sobre la expresión «hermano del Señor», ver nota a Mt 12,46-50.

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Ga 2,1-10

Algunos cristianos procedentes del judaísmo pensaban que los paganos convertidos al cristianismo tenían que someterse a las prescripciones de la Ley mosaica, y exigían que se circuncidaran como todos los judíos. En Jerusalén se originó una fuerte polémica al respecto. Pablo, movido por una revelación divina, parte de Antioquía junto con Bernabé y Tito, e interviene para afirmar de modo inequívoco la fuerza salvadora de la redención de Cristo: aceptar la postura de tales judaizantes era vaciar el valor redentor de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Los que hacían cabeza, las «columnas» de la Iglesia, reconocieron la rectitud de la predicación de Pablo y vieron en la misión recibida por él de dedicarse a anunciar el Evangelio a los gentiles una nueva manifestación de la misericordia divina.

Así como Pedro había sido elegido para predicar preferentemente a los judíos, Pablo lo había sido para evangelizar a los gentiles. Tal distinción no implicaba que Pedro o Pablo tuvieran un ámbito restringido: a los judíos, el primero; a los paganos, el segundo (vv. 7-9). Lo que se determinó en Jerusalén fue la tarea concreta a que cada uno se debía dedicar inmediatamente. Por lo demás, San Pablo cumplió el encargo de los Apóstoles de promover colectas en favor de los pobres de Jerusalén (v. 10; cfr 1 Co 16,1-3; 2 Co 8,1-15; 9,15). Era un signo de comunión con la iglesia primogénita.

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Ga 2,11-21

El Apóstol, que cuando era necesario cedía en cuestiones accesorias (cfr Hch 16,3; 21,22-26; Rm 14,1-12; 1 Co 10,23-30), se manifestó siempre firme a la hora de defender la libertad de los cristianos respecto a la observancia de las prescripciones de la Ley mosaica. Así ocurrió en Antioquía, donde la comunidad cristiana estaba formada por fieles convertidos del judaísmo y del paganismo. San Pedro, al dejar de participar en las comidas con los cristianos provenientes de la gentilidad, tal como lo establecían las tradiciones judías, aparentaba sentirse obligado a cumplir las prescripciones de la Ley. Pablo interviene con fuerza, pues la actitud de Pedro —dejar de comer con los gentiles por miedo a los que venían de Jerusalén—, en cuanto cabeza visible de la Iglesia, podía tener graves consecuencias. Hay que tener en cuenta que posiblemente había una estrecha relación entre la Eucaristía y esas comidas (cfr 1 Co 11,17-34). El peligro de una comunidad dividida era por tanto real.

«Los que estaban con Santiago» (v. 12) designa a los judíos cristianos procedentes de Jerusalén, donde Santiago había quedado al frente de aquella iglesia, cuando Pedro tuvo que huir (cfr Hch 12,17). Es comprensible que los fieles de Jerusalén, crecidos en la religión israelita, siguieran las costumbres judías, pero San Pablo se da cuenta del peligro de fondo que entrañaba aferrarse a esas prácticas, y por eso proclama la novedad de la fe cristiana: sólo la adhesión a Cristo nos justifica ante Dios. Volver a la necesidad de cumplir las prescripciones rituales y disciplinarias que se encuentran en la Ley mosaica significaría, por una parte, atribuir valor salvífico a esas acciones externas; y por otra, como consecuencia de lo anterior, implicaría que el haberlas abandonado por creer en Cristo nos habría hecho pecadores (v. 18) y Cristo, ministro o causante del pecado (v. 17), cosa completamente absurda. Frente a tales errores, el Apóstol resalta las consecuencias de la justificación: al adherirnos a Cristo por la fe, Él vive en nosotros, y así, con Él y como Él, vivimos para Dios (vv. 19-20). Como comenta San Agustín, «Cristo en el creyente se va formando por la fe en lo profundo de su ser, llamado a la libertad de la gracia, manso y humilde de corazón, que no se jacta del mérito de sus obras, porque de suyo no tienen valor (…). Y Cristo se forma en el que asimila la forma de Cristo, y asimila la forma de Cristo el que se une a Él con amor espiritual» (Expositio in Galatas 38). Como consecuencia, el cristiano «debe vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus, no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mi (…). Que pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo!» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 103 y 104).

Tan grande realidad es consecuencia del amor de Cristo que se entregó voluntariamente a la muerte por cada uno de nosotros (v. 20). Pensar en este amor servirá de estímulo y consuelo: «Sólo de Él, cada uno de nosotros puede decir con plena verdad, junto con San Pablo: Me amó y se entregó por mí (Ga 2,20). De ahí debe partir vuestra alegría más profunda, de ahí ha de venir también vuestra fuerza y vuestro sostén. Si vosotros, por desgracia, debéis encontrar amarguras, padecer sufrimientos, experimentar incomprensiones y hasta caer en pecado, que rápidamente vuestro pensamiento se dirija hacia Aquel que os ama siempre y que con su amor ilimitado, como de Dios, hace superar toda prueba, llena todos nuestros vacíos, perdona todos nuestros pecados y empuja con entusiasmo hacia un camino nuevamente seguro y alegre» (Juan Pablo II, Alocución 1-III-1980).

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Ga 3,1-4,31

La parte doctrinal de la carta aborda el tema de la justificación por la fe en Jesucristo y no por las obras de la Ley mosaica, que fue dada para preparar la ley de Cristo. Esta verdad es núcleo esencial de la obra redentora de Jesucristo (3,1-14). En Él se cumplen las promesas divinas a Abrahán (3,15-29). En consecuencia, el cristiano, hijo de Dios, libre y no esclavo, recibe la herencia de su Padre Dios (4,1-31).

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Ga 3,1-14

Movido por el amor a los gálatas, Pablo sufre porque se han olvidado de que la salvación viene sólo de Jesucristo y no de la Ley. Ellos son testigos de que han recibido la justificación sin oír hablar siquiera de la Ley, puesto que han recibido el Espíritu Santo antes de la llegada de los judaizantes. Les bastaría con recordar los carismas que se han manifestado entre ellos por la fe en Cristo (vv. 1-5). Además, que la justificación se logra por la fe lo prueba la Sagrada Escritura con la figura de Abrahán (vv. 6-9). Dios le prometió la bendición para su descendencia, estableció con él una Alianza y lo justificó no por las obras de la Ley, que no había sido aún promulgada, sino por su fe (cfr Rm 4,1ss.). De la misma forma, todos los que creen en Dios, como Abrahán, son verdaderos descendientes suyos y recibirán la bendición divina.

Pero hay algo más que deben tener en cuenta. La Ley, lejos de traer la salvación, es, en cierto modo, causa de muerte espiritual («maldición»), en cuanto que todo precepto lleva consigo la pena por su infracción (vv. 10-14; cfr Rm 7,7-12). Por eso, el Señor nos libró de la maldición de la Ley al cargar voluntariamente con el castigo que merecían nuestros pecados (v. 13; cfr Is 53,4; Mt 8,17; Rm 3,21-26; 5,6-10). En conclusión, someterse de nuevo a la Ley equivaldría a considerar superfluo el sacrificio de nuestro Redentor.

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Ga 3,15-29

Vuelve a la promesa divina a Abrahán y a su descendencia como argumento en pro de la justificación por la fe: la promesa se refería a Cristo (vv. 15-16), y la promesa es como un testamento, que es inalterable (vv. 17-18). Como Dios es fiel a sus promesas (cfr Ex 34,6) y lo que promete lo cumple, lo que Dios prometió a Abrahán no podía quedar anulado por la Ley de Moisés, promulgada mucho tiempo después (cfr Rm 4,13-17). En efecto, el papel de la Ley era mostrar y castigar las transgresiones antes de la llegada de Cristo (vv. 19-22), pero no se oponía a la promesa hecha a Abrahán: al contrario, la Ley indicaba lo que era pecado y que éste habría de ser redimido. Por eso, la Ley fue dada por Dios como «pedagogo» —el criado que en tiempos de Pablo estaba para cuidar de los niños y llevarlos a la escuela— para guiar a los hombres a Cristo (vv. 23-25). Con la redención de Jesucristo (v. 26), el hombre alcanza su mayoría de edad y con ella se ve libre del pedagogo. Por la fe en Cristo y mediante el Bautismo se hace hijo de Dios y se reviste de Cristo (v. 27), «no de cualquier hermosura o de cualquier valor —glosa San Juan de Ávila—, sino del mismo Jesucristo, que es la suma de toda hermosura, de todo el valor y de toda la riqueza» (Lecciones sobre Gálatas, ad loc.). Desde ese momento desaparece toda diferencia entre los creyentes (v. 28), todos pasamos a ser descendencia de Abrahán y partícipes de las promesas divinas (v. 29): «No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 106).

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Ga 4,1-11

En continuidad con la idea de la Ley como pedagogo y de los sujetos a la Ley como menores (cfr 3,24-25), San Pablo se detiene a explicar que con la venida de Cristo se nos ha concedido la mayoría de edad. En Cristo, Dios ofrece a todos los hombres la posibilidad de llegar a ser hijos suyos, y a todos envía el Espíritu de su Hijo. «Cualquier hombre que cree (…) ya no pertenece a la ascendencia de su padre carnal, sino a la simiente del Salvador, que se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios» (S. León Magno, Sermo 6 in Nativitate 2).

Con la Encarnación en «la plenitud de los tiempos» (v. 4), la historia ha llegado a su momento culminante, ha quedado definitivamente orientada hacia Dios: «Cuando San Pablo habla del nacimiento del Hijo de Dios lo sitúa en “la plenitud de los tiempos”. En realidad el tiempo se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo: ¿qué “cumplimiento” es mayor que este? ¿qué otro “cumplimiento” sería posible?» (Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, n. 9).

Las palabras «nacido de mujer» (v. 4) subrayan la verdadera Humanidad de Jesús y enseñan el papel de la Virgen María, la Nueva Eva, en la obra de la redención: «”Dios envió a su Hijo” (Ga 4,4), pero para “formarle un cuerpo” (cfr Hb 10,5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1,26-27)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 488).

Los judíos no utilizaron el vocablo arameo «Abbá» (v. 6) —nombre familiar con que los niños pequeños se dirigían a sus padres— para dirigirse a Dios, tal vez por respeto a la Majestad divina. Jesucristo, de una manera novedosa, lo usó para dirigirse a Dios Padre, mostrando así su especial relación de Hijo y su confianza y entrega a la voluntad de su Padre (cfr Mc 14,36). San Pablo se hace eco de la tradición y enseña que es el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, quien permite reconocernos hijos de Dios (cfr Rm 8,16-17): el cristiano es así hijo en el Hijo por el Espíritu Santo. «Si tenemos relación asidua con el Espíritu Santo, nos haremos también nosotros espirituales, nos sentiremos hermanos de Cristo e hijos de Dios, a quien no dudaremos en invocar como a Padre que es nuestro» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 136).

No está claro qué se ha de entender por «los elementos del mundo» (vv. 3.9). Con ello Pablo quizá se esté refiriendo peyorativamente a las prácticas de la Ley judía (cfr vv. 9b-10). En cualquier caso le sirve para hacer ver a los gálatas lo triste que sería que, después de convertirse a la fe, se sometieran a esas observancias pasajeras. En la práctica sería como volver a la gentilidad.

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Ga 4,12-20

El Apóstol cambia el tono del discurso. Lo vuelve entrañable con el recuerdo de los momentos en que los gálatas se convirtieron a Cristo, cuando recibieron a Pablo con franca alegría la primera vez que estuvo con ellos (probablemente en el viaje que se narra en Hch 16,6). Aunque enfermo —no sabemos con qué enfermedad—, lo acogieron «como a un ángel de Dios, como al mismo Cristo Jesús» (v. 14). Lo único que quiere es atraerlos de nuevo al Evangelio y a Cristo. «Quien en otro pasaje había dicho como un padre (cfr 1 Co 4,18)…, ya no habla como un padre, sino como una madre en Cristo, para que reconozcan la angustia de uno y otro y la ternura del padre hacia ellos» (S. Jerónimo, Commentarii in Galatas 2,4,19). Y San Juan Crisóstomo comenta: «Se parece a una madre que tiembla por sus hijos. Hasta que Cristo esté formado en vosotros. Date cuenta de su ternura paternal. Date cuenta de su tristeza digna de un Apóstol. Observa qué lamento prorrumpe, mucho más hiriente que el de una mujer dando a luz» (In Galatas, 4,3,4).

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Ga 4,21-31

De nuevo la figura de Abrahán explica la libertad ganada por Cristo. Sara, la esposa de Abrahán, era estéril, por lo que el patriarca, siguiendo las costumbres de su época, tuvo un hijo de su esclava Agar: Ismael (cfr Gn 16; 17 y 21). Sin embargo, Dios le prometió a Abrahán un hijo de Sara y cumplió su promesa. Siendo ambos ancianos, Sara dio a luz a Isaac (Gn 15,4; 17,19). San Pablo ve un sentido alegórico en las dos esposas: la esclava representa al pueblo judío, sometido a la Ley; la esposa libre prefigura a la Iglesia (cfr Ap 21,2.10), fruto de la promesa divina. Los cristianos se parecen a Isaac porque existen en virtud de la promesa, no por la Ley.

Como la Jerusalén actual está en un monte, el monte Sión, Pablo ve simbólicamente un paralelismo entre éste y el monte Sinaí, donde se ratifició la Antigua Alianza (vv. 24-25), pues el Sinaí estaba en la región de Arabia, habitada por los descendientes de Ismael, el hijo de Abrahán y Agar.

El v. 29 glosa la escena de Gn 21,9, siguiendo una tradición rabínica (cfr Talmud, trat. Sota 6,6), según la cual Ismael maltrataba en los juegos a Isaac. Ahora, de modo semejante, los nacidos según la carne (judíos) maltratan a los nacidos según el espíritu (creyentes). También en esa persecución ve Pablo una señal de cumplimiento de las antiguas promesas.

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Ga 5,1-6,18

San Pablo muestra las consecuencias existenciales de la salvación realizada por Cristo en el cristiano. Sólo desde la libertad podemos actuar en caridad, y la caridad, a su vez, orienta y desarrolla auténticamente la libertad (5,1-6,10). Concluye la carta dejando un testimonio de cómo vive él esa libertad (6,11-18).

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Ga 5,1-6,10

La ley de Cristo es ley de libertad, en contraste con la ley de la circuncisión (5,1-12). Las obras de la Nueva Ley, obras del Espíritu, se oponen a las obras que produce la carne y el pecado (5,13-26). El precepto fundamental de la ley de Cristo es la caridad (6,1-10).

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Ga 5,1-12

La libertad del cristiano es fruto de la obra redentora de Cristo. A partir de ella, el creyente anhela la justicia —la santidad— movido por el Espíritu de Jesucristo. Nada importa ya su procedencia, judaísmo o gentilidad, circuncisión o incircuncisión. Lo que cuenta es la fe que obra por la caridad (v. 6), una fe que mueve a amar a Cristo y, con ese amor, a todos los hombres.

La fe de la que aquí habla Pablo es la virtud sobrenatural de la fe. Es la que puede llamarse «fe viva», es decir, la fe que se traduce en honda convicción que mueve la voluntad al amor. En la tradición cristiana se llama «fe muerta» a la caricatura de la fe, es decir, a la fe que es incapaz de traducirse en obras; pues «la fe, si no se le añade la esperanza y la caridad, ni nos une perfectamente con Cristo, ni nos hace miembros vivos de su Cuerpo. Por esta razón se dice con toda verdad que “la fe sin las obras está muerta” (St 2,17ss.) y ociosa y que “en Cristo Jesús no tienen valor ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la fe que actúa por la caridad” (Ga 5,6; 6,15)» (Conc. de Trento, De iustificatione, cap. 7).

La caridad, a su vez, refleja la fe (cfr Jn 13,35). «Cuando se pregunta si algún hombre es bueno —dice San Agustín—, no se averigua qué cree o espera, sino qué es lo que ama. Porque quien ama rectamente sin duda alguna también cree y espera rectamente; pero el que no ama, en vano cree, aunque sea verdad lo que cree (…). Por tanto, ésta es la fe de Cristo, que encarece el Apóstol, la que “actúa por la caridad”» (Enchiridium 117).

En los vv. 7-12 Pablo se refiere otra vez al periodo de la conversión de los gálatas, poniéndoles de nuevo en guardia contra los que les agitaban. A pesar de todo tiene esperanza de que los cristianos de Galacia volverán a la verdad que él les predicó (v. 10). Del v. 11 parece deducirse que algunos oponentes a Pablo le habían acusado de seguir predicando la circuncisión. Es posible que se apoyaran en el caso de Timoteo, al que Pablo circuncidó como medida prudencial (cfr Hch 16,1-3). Pero Pablo niega que predicase la necesidad de la circuncisión: si eso fuera verdad, no le seguirían persiguiendo, ni la cruz continuaría siendo un escándalo. El v. 12 tal vez sea una alusión irónica: si tan partidarios son de la circuncisión, que no sólo se circunciden, sino que, como intepreta Santo Tomás de Aquino, si quieren, que se castren (cfr Super Galatas, ad loc.). Se podría estar refiriendo así a la castración ritual del culto de Artemisa (Cibeles), divinidad muy popular de Asia Menor (cfr Hch 19,23-38). Esa acción implicaba también la exclusión de la comunidad (cfr Dt 23,2).

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Ga 5,13-26

Para Pablo la libertad cristiana no significa libertinaje: la ley de Cristo confirma y profundiza el Decálogo (vv. 13-15). Cristo dio a los diez mandamientos nuevo vigor y mostró que la clave y resumen de todos ellos es el Amor: un amor a Dios, que lleva consigo necesariamente el amor al prójimo. «Puede también preguntarse —comenta San Agustín— por qué el Apóstol habla aquí sólo del amor al prójimo, con el cual dijo que se cumple la Ley (…), cuando en realidad la caridad sólo es perfecta si se viven los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo (…). Pero ¿quien puede amar al prójimo, es decir, a todo hombre, como a sí mismo, si no ama a Dios, ya que sólo con su precepto y su don puede cumplir el amor al prójimo? De ahí que, como ambos preceptos no se pueden guardar uno sin otro, basta nombrar uno de ellos» (Expositio in Galatas 45). cfr también nota a Rm 13,8-10.

La libertad quiere decir que el hombre es capaz de caminar hacia Dios, su verdadero y último fin (vv. 16-26). Se es libre cuando se es conducido por el Espíritu de Dios. Éste da fuerza al espíritu humano para superar las inclinaciones de la carne, denunciadas por la Ley (vv. 19-21), y para producir los frutos que están por encima de ella (vv. 22-23). De ahí que, cuando no se vive conforme al Espíritu, la persona se deja llevar por las apetencias de la carne. «Se dice que alguien vive según la carne cuando vive para sí mismo. En este caso, por “carne” se entiende todo el hombre. Ya que todo lo que proviene del desordenado amor a uno mismo se llama obra de la carne» (S. Agustín, De civitate Dei 14,2). Por eso, se incluyen entre las obras de la carne no sólo los pecados de impureza (v. 19) y las faltas de templanza (v. 21), sino también los pecados que van contra la religión y la caridad (v. 20). En cambio, cuando una persona deja actuar al Espíritu Santo su vida se transforma en una vida «según el Espíritu» (v. 25), en una vida sobrenatural que ya no es simplemente humana, sino divina. El alma se convierte entonces en un árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. En la tradición cristiana, estas acciones que revelan la presencia del Paráclito y causan en el hombre un deleite espiritual, como primicias de la vida eterna, son llamadas frutos del Espíritu Santo (cfr Summa theologiae 1-2,70,1). «Los frutos enumerados por el Apóstol son aquellos que el Espíritu Santo causa y comunica a los hombres justos, aun durante esta vida, y están llenos de toda dulzura y gozo, pues son propios del Espíritu Santo, que “en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a todas las criaturas” (S. Agustín, De Trinitate 5,9)» (León XIII, Divinum illud munus, n. 12). Tradicionalmente, la catequesis cristiana, al hilo de los vv. 22 y 23 según la Vulgata (que añade la paciencia, la fidelidad y la modestia), habla de doce frutos.

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Ga 6,1-10

En continuidad con lo dicho en 5,14, el Apóstol vuelve a insistir en que la ley de Cristo es el amor. Ésa es la doctrina de Jesús. «Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cfr Jn 13,34). Amando a los suyos “hasta el fin” (Jn 13,1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1823).

San Pablo enseña que la corrección fraterna es una manifestación del amor entre hermanos (v. 1), que se debe hacer con mansedumbre y humildad, buscando solamente el bien del otro, y conscientes de la propia debilidad. «Nunca ha de tomarse el cuidado de reprender el pecado ajeno —dice San Agustín—, sino cuando, después de examinar nuestra conciencia con preguntas internas, nos respondemos delante de Dios, sin titubeos, que lo hacemos por amor» (Expositio in Galatas 57). También exhorta, como manifestación de caridad, a llevar las cargas de los demás, sin descuidar las propias (v. 2): «La caridad, que es como un generoso desorbitarse de la justicia, exige primero el cumplimiento del deber: se empieza por lo justo; se continúa por lo más equitativo…; pero para amar se requiere mucha finura, mucha delicadeza, mucho respeto, mucha afabilidad: en una palabra, seguir aquel consejo del Apóstol: llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6,2). Entonces sí: ya vivimos plenamente la caridad, ya realizamos el mandato de Jesús» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 173).

La observancia de las prescripciones legales llevaba a algunos judíos a creerse mejores que los demás (vv. 3-5; cfr Lc 18,9-14). Este orgullo procede del desconocimiento de uno mismo. El Apóstol exhorta a que cada uno se examine con sinceridad, de cara a Dios, que todo lo ve.

Los vv. 7-10 implican la verdad de que el tiempo de merecer termina con la muerte. Por eso, el Apóstol insiste en la necesidad de esforzarse por llevar una conducta justa, «porque lo que uno siembre, eso recogerá» (v. 8). La imagen de la siembra aplicada a la vida espiritual es frecuente en la Biblia y rica de contenido (cfr Sal 107,37; Pr 6,19; Mt 13,1ss.; Jn 4,37; 1 Co 9,11; etc.). San Juan de Ávila comenta de este pasaje: «Había dicho que hacer bien era sembrar; y en el sembrar, de presente no hay sino pérdida: deshacerse el hombre de la hacienda que posee por la que espera. Alude a la misma metáfora, y dice que no desfallezcamos, que no desmayemos haciendo bien, que esperemos en Dios» (Lecciones sobre Gálatas, ad loc.).

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Ga 6,11-18

La carta termina con unas palabras de puño y letra de San Pablo, añadidas, como en otras ocasiones, a las del secretario al que había dictado (cfr 1 Co 16,21; Col 4,18; 2 Ts 3,17; Flm 19). Antes de despedirse, el Apóstol recapitula brevemente la doctrina expuesta, desenmascarando las intenciones de los que perturbaban a los gálatas.

San Pablo era consciente de que la predicación de Cristo crucificado constituía escándalo para los judíos y locura para los paganos (cfr 1 Co 1,23). Sin embargo, el misterio de la cruz era la esencia de la predicación apostólica (cfr Hch 2,22-24; 3,13-15; etc.), ya que en él está toda posibilidad de vida y salvación eterna. Los judaizantes se jactaban de llevar en su carne la circuncisión, señal de la Antigua Alianza. Pablo, en cambio, muestra que sólo hay una señal que sea motivo de gloria: la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con la que selló la Nueva Alianza y cumplió la Redención. Ésa es la señal del cristiano. La cruz de Cristo, lejos de ser una locura, es la fuerza y la sabiduría de Dios.

En continuidad con las palabras de San Pablo, la tradición cristiana ha dejado escritas en honor a la cruz páginas de gran piedad. Así, por ejemplo, en una homilía pascual del siglo II, de autor desconocido, se dice: «Cuando me sobrecoge el temor de Dios, la Cruz es mi protección; cuando tropiezo, mi auxilio y mi apoyo; cuando combato, el premio; y cuando venzo, la corona. La Cruz es para mí una senda estrecha, un camino angosto: la escala de Jacob, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuya cima se encuentra el Señor». San Anselmo, por su parte, comenta: «¡Oh Cruz, que has sido escogida y preparada para bienes tan inefables!, eres alabada y ensalzada no tanto por la inteligencia y la lengua de los hombres, ni aun de los ángeles, como por las obras que gracias a ti se realizaron. ¡Oh Cruz, en quien y por quien me han venido la salvación y la vida, en quien y por quien me llega todo bien!, Dios no quiera que yo me gloríe si no es en ti» (Meditationes et orationes 4). Y Santa Edith Stein escribe: «El alma fue creada para la unión con Dios mediante la Cruz, redimida en la Cruz, consumada y santificada en la Cruz, para quedar marcada con el sello de la Cruz por toda la eternidad» (Ciencia de la Cruz 337).

La expresión «nueva criatura» (v. 15) señala la transcendencia de la gracia divina sobre toda acción humana: si las cosas existen porque han sido creadas, el hombre vive en el orden sobrenatural porque ha sido «creado de nuevo»: «Hemos sido creados —comenta Santo Tomas de Aquino— y hemos recibido el ser natural por medio de Adán; pero aquella criatura ya había envejecido, se había corrompido, y por esto el Señor, al hacernos y al constituirnos en el estado de gracia, obró una especie de criatura nueva. (…). Así pues, por medio de la nueva criatura, es decir, por la fe en Cristo y por el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones, somos renovados y nos unimos a Cristo» (Super Galatas, ad loc.).

Las «señales» del v. 17 evocan las marcas que en la antigüedad se hacían a los esclavos para señalar a qué familia pertenecían. San Pablo podría aludir a esa costumbre para declararse siervo del Señor, signado por las cicatrices y los sufrimientos de la proclamación del Evangelio, que en cualquier caso son más gloriosas que las de la circuncisión.

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