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EZEQUIEL
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Ez 1,1-3
El encabezamiento contiene, como es habitual en los libros proféticos, las referencias personales del protagonista, la datación de su ministerio y los lugares donde lo ejerció. Ezequiel, por ser hijo del sacerdote Buzí, es sacerdote, y lo dejará entrever a lo largo del libro, por ejemplo al insistir en el cuidado de las normas rituales y en el empleo recurrente de las técnicas pedagógicas utilizadas por los profesionales del Templo.
«El año treinta». La fecha con que enfáticamente comienza el libro es clave para datar el ministerio de Ezequiel, aunque no es fácil determinar cómo debe interpretarse. Podría referirse a la edad que tenía el profeta al comenzar su misión, como si dijera «cuando tenía treinta años», o también podría precisar el momento en que acaeció la teofanía que describe a continuación (vv. 2-3). Como ésta tiene lugar el 593 a.C. (ver más abajo), los treinta años estarían señalando el periodo de tiempo transcurrido desde el hallazgo del libro del Deuteronomio, el año 622 a.C. en tiempos del rey Josías (cfr 2 R 22,1-23,30). Sin embargo, desde Orígenes (Homiliae in Ezechielem 1,4), la mayor parte de los estudiosos entienden que se refiere a la edad del protagonista. Para un sacerdote los treinta años eran muy importantes porque a esa edad comenzaba a ejercer sus funciones en el culto (cfr Nm 4,23.30), y fue probablemente en ese momento cuando Ezequiel recibió el mensaje divino y comenzó su misión profética. También nuestro Señor Jesucristo tenía «unos treinta años» (Lc 3,23) al comenzar su ministerio publico; de ahí que los Padres de la Iglesia anotaran el paralelismo: «A los treinta años del profeta Ezequiel, los cielos se abrieron y él vio las visiones del Señor junto al río Quebar; hacia los treinta años el Señor vino junto al Jordán: allí los cielos se le abrieron y el Espíritu descendió bajo la figura de paloma y una voz que sonó desde el cielo decía: Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Ezechielem prophetam 1,2,5).
Los vv. 2-3 están redactados en tercera persona, y no en primera como el resto del pasaje. Concretan la fecha del inicio del ministerio de Ezequiel, «el quinto año de la deportación de Yoyaquín», es decir, el año 593 a.C., puesto que esa primera deportación fue el 597 (cfr 2 R 24,10-17). Es probable que esta presentación del profeta y la fecha inicial de su ministerio hayan sido añadidos por un autor tardío, como título del libro.
«Quebar» es un afluente del Éufrates en cuyas riberas se han encontrado restos arqueológicos que muestran que allí hubo una población judía desde el siglo VI a.C. Al indicar por dos veces este lugar se intenta dejar claro que la teofanía tuvo lugar fuera de la tierra de Israel, en Babilonia, y que, por tanto, el Señor estuvo con los suyos también entre los gentiles, en tierra pagana e impura.
La función profética queda expresada en dos fórmulas: la primera, «le fue dirigida la palabra de Dios», es común con otros libros proféticos (Os 1,1; Jl 1,1, etc.). La segunda, «la mano del Señor vino sobre él» (cfr 3,22; 8,1; 33,22; 37,1; 40,1), es más propia de los antiguos profetas no escritores, en concreto del ciclo de Elías (1 R 18,46). De esta manera, Ezequiel es presentado como un personaje de alta dignidad: sacerdote por su linaje, defensor eficaz de la fe como Elías, y profeta como sus inmediatos predecesores.
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Ez 1,4-3,27
Esta sección bastante homogénea viene a ser la presentación de los protagonistas: Dios y el profeta. Dios se manifiesta con toda su majestad en una visión extraordinaria en la que su gloria se hace presente (1,4-28). El profeta se muestra como depositario y encargado de transmitir al pueblo las palabras que el Señor le manifieste (2,1-3,15). Ezequiel se convierte así en centinela, atento siempre a los avatares de su pueblo (3,11-27), a pesar de las dificultades que le puedan sobrevenir: «¿Qué hizo que yo admirara a Ezequiel? El hecho de que, habiéndosele ordenado revelar y hacer conocer a Jerusalén sus desgracias, no consideró el peligro que corría con su predicación, sino que tuvo los ojos fijos únicamente en la obediencia a los mandatos de Dios» (Orígenes, Homiliae in Ezechielem 6,1).
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Ez 1,4-28
La visión es majestuosa. Muestra con asombro la llegada del trono (v. 26) sobre el que se asienta «una figura con apariencia humana», que viene a ser «la imagen de la gloria del Señor» (v. 28). La «gloria del Señor» es indescriptible, por lo que se explica con aproximaciones: «Una especie de ambar» (v. 4), «como brasas ardientes de fuego, como antorchas» (v. 13), «algo como piedra de zafiro» (v. 26), etc., dando a entender que la grandiosidad de la gloria divina no cabe en los límites del lenguaje humano. El relato de la visión de la gloria divina indica la trascendencia e inefabilidad de Dios. San Cirilo de Jerusalén explicaba: «¿Quieres saber que no es posible conocer la esencia de Dios? (…). Dime algo de cómo son los querubines (…). El profeta Ezequiel, en cuanto le fue posible, esbozó una descripción de ellos, diciendo: cada uno tenía cuatro rostros: uno de hombre, otro de león, un tercero de águila, un último de toro (…). Si, no obstante esta descripción profética, no estamos aún en grado de hacernos una idea cabal; si, en efecto, no nos sentimos capaces de discernir el trono que el profeta apenas ha descrito, ¿cómo podremos comprender a aquél que está sentado encima, el invisible e inefable Dios? Pero si, de verdad, nos es imposible captar lo que es Dios, sin embargo, cuando observamos sus obras nos es posible elevarle alabanzas» (Catecheses ad illuminandos 9,3).
Los elementos del relato favorecen el esplendor de la visión, pero los detalles de cada uno resultan difíciles de entender. Muchos comentaristas piensan que los pormenores de la descripción fueron añadidos más tarde con la intención de acomodar la visión a las tradiciones cultuales, por ejemplo, para identificar el trono de la gloria del Señor con el carro que transportaba el arca en las solemnidades. Sin duda, cada una de las piezas de la visión tiene su significado, aunque en ocasiones se nos escape.
«El viento, la nube y el fuego» (v. 4) acompañan a las teofanías solemnes, como la del Sinaí (Ex 19,16-20; Sal 18,9-15; 29,3-10); en este caso resaltan el carácter celestial —«se abrieron los cielos» (v. 1)— de la visión.
«La figura de cuatro seres animados» (v. 5). El término hebreo hayot, con el que se designa a estos seres, indica que no son animales domésticos ni bestias salvajes, sino seres mitológicos representados con profusión en el arte asirio. El número cuatro en Ezequiel tiene sentido de plenitud a partir, seguramente, de los cuatro puntos cardinales: los cuatro seres tenían cuatro alas y cuatro rostros, además de haber cuatro ruedas que se movían en las cuatro direcciones (vv. 15-17). Estos seres no se identifican tampoco con ninguna criatura conocida, pues unas veces les acompañan pronombres masculinos y otras femeninos; unas veces el verbo está en singular, y otras en plural. De alguna manera, representan a todos los seres vivos, hombres y animales, que han sido creados para que con ellos y con su actividad se manifieste en todo su esplendor la gloria de Dios. Casi desde los orígenes de la exégesis cristiana (cfr S. Ireneo, Adversus haereses 3,11,18), los cuatro animales (cfr v. 10) se interpretaron como figura de los cuatro evangelistas: «Al comenzar por una genealogía humana, Mateo ha sido simbolizado a través del hombre; Marcos se simboliza por el león, porque comienza por un grito en el desierto; a Lucas le conviene el toro porque empieza su narración por el sacrificio; comenzando por la divinidad del Verbo, Juan merece ser el águila (…), porque cuando dirige su mirada hacia la esencia misma de la divinidad hace lo mismo que el águila que fija sus ojos en el sol» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Ezechielem prophetam 1,4,1).
«Las ruedas» (vv. 15-21) evocan la presencia de un carro de guerra; pero tienen también cualidades extraordinarias y se comportan como seres vivos —«llenos de ojos» (v. 18) y «animadas por el espíritu de vida» (v. 20)—. Representan a todas las criaturas inanimadas, creadas también para dar a conocer la grandeza de la gloria de Dios.
«El firmamento» (v. 22) era en la cosmología semita una especie de placa enorme y firme que separaba las aguas de arriba de las de abajo; la lluvia se producía cuando Dios abría las compuertas de esta placa (cfr Gn 1,6-8). Pero también servía de separación entre el ámbito terrestre y el celeste: por debajo del firmamento se desarrollaba la vida de las criaturas, y por encima de éste la vida de Dios. Por tanto, los elementos que aquí se presentan por encima del firmamento (vv. 24-28) están relacionados con Dios: la voz, la piedra semejante al zafiro, el fuego, el fulgor, etc., son manifestaciones de la majestad divina.
«La gloria de Dios» es el centro de la visión, a cuyo esplendor están orientados todos los detalles. En Ezequiel, como en la tradición sacerdotal (cfr Ex 13,22; 24,16; 40,35; Lv 9,23-24), la «gloria de Dios» se identifica con la presencia de Dios, soberana y activa entre los suyos. Cuando la gloria de Dios está presente, el pueblo está seguro, le irá bien; cuando se aleja, presagia la peor de las catástrofes. Ezequiel consigna que la visión le presenta una «semejanza», demût (como en Gn 1,26), de la gloria de Dios. Por eso, subrayó San Cirilo de Jerusalén: «El profeta vio una semejanza de la gloria del Señor (Ez 1,28); no al Señor en persona, sino únicamente una semejanza de su gloria; por tanto, ni siquiera su auténtica gloria, como era en realidad. Sin embargo, aunque sólo contempló una apariencia de la gloria divina, no la gloria verdadera, el profeta cayó al suelo por la turbación. Por eso, si encontrarse frente a una simple semejanza de la gloria de Dios aterró y desconcertó de aquel modo incluso a los profetas, es claro que si alguien pretendiera fijar su mirada en Dios mismo, perdería la vida. Es la misma Escritura la que lo testimonia: Ningún ser humano puede verlo [el rostro de Dios] y seguir viviendo» (Catecheses ad illuminandos 9,1).
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Ez 2,1-3,3
La visión junto al río Quebar denota la grandeza y la gloria de Dios soberano; en cambio, el relato de la vocación de Ezequiel manifiesta las cualidades del profeta y las características del pueblo de Israel, a quien va dirigido el mensaje. Al profeta lo describe como hijo de hombre, movido por el Espíritu, profeta en medio del pueblo; a Israel como pueblo rebelde. El relato de la vocación consta de un discurso del Señor que contiene el mandato de transmitir al pueblo su palabra (2,1-7), y la acción simbólica de comer el libro que el Señor le presenta (2,8-3,3).
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Ez 2,1
«Hijo de hombre». El apelativo se repite continuamente en estos primeros capítulos. En el resto del libro es también recurrente, con más de noventa frecuencias; pero aquí, la primera vez que aparece, tiene un especial significado: Ezequiel, desterrado en tierra extranjera, y por tanto impura, no puede presentarse con títulos prestigiosos. Es un simple mortal, una criatura más, infinitamente inferior al Señor, uno más entre los hombres de su pueblo, desterrado como ellos, humillado, pero también esperanzado. Así lo explica San Gregorio Magno: «A menudo es elevado al mundo celeste donde su alma se goza en bellezas secretas que son invisibles para nosotros. Por eso es necesario que al penetrar en las maravillas escondidas se oiga llamar hijo de hombre para que no deje de reconocerse como lo que es y no se gloríe de los esplendores a los que es conducido» (Homiliae in Ezechielem prophetam 1,12,22).
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Ez 2,2
«Un espíritu que me puso en pie». En la visión de la gloria del Señor la palabra «espíritu» tiene tres significados. Como elemento material designa el viento huracanado (1,4; cfr 13,11). De aquí se deriva el segundo significado: el espíritu es fuerza interior y sobrehumana que dirige a los seres vivientes y querubines marcándoles cuándo y hacia dónde deben moverse (cfr 1,12.20.21). Pero, en el relato de la vocación, espíritu tiene un tercer sentido: es la fuerza vital, que recuerda el «aliento de vida» que Dios insufló al hombre en el momento de la creación (cfr Gn 2,7); este significado será más claro en la visión de los huesos revitalizados (cfr 37,5.6.8.10). Como fuerza vital, siempre que en Ezequiel el espíritu está relacionado con el profeta, es para «ponerlo en pie» (2,1), para «elevarlo» con el fin de que pueda escuchar mejor la palabra de Dios (3,12. 14.24) y ver lo que ocurre en el Templo de Jerusalén (cfr 8,3; 11,1; 43,5) o en Babilonia (cfr 11,24). Es, por tanto, la fuerza interior que le transforma en profeta y le facilita escuchar o ver lo que por la simple capacidad humana (por «hijo de hombre») no podría alcanzar.
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Ez 2,3
Israel es un «pueblo de rebeldes» o, como se dice poco después (cfr 2,8), «casa rebelde». El libro define al pueblo con esta expresión negativa (cfr 2,5.6.8; 3,9), que resume la historia pecaminosa de los antiguos y la actitud hostil de los contemporáneos. La rebeldía lleva consigo la insolencia contra Dios, el rechazo de sus mandamientos y la negación a escuchar sus palabras. Como consecuencia aparece la dureza de corazón (2,4), que hasta llega a reflejarse en la expresión adusta del rostro. Ezequiel insiste una y otra vez en la gravedad del pecado, precisamente por ser voluntario. El pueblo «no quiere escucharte a ti porque no quiere escucharme a Mí» (3,7). Precisamente porque el pecado requiere un acto libre de la voluntad, el profeta enseña con claridad extraordinaria la responsabilidad personal. Cada uno será castigado por sus propios pecados, no por los de sus predecesores (cfr 18,1-32). Frente a la rebeldía del pueblo, Dios exige al profeta una especial docilidad: «No seas rebelde» (2,8). El Señor pide la escucha y la acogida gozosa de la palabra de Dios. La acción de comer el libro muestra de forma expresiva el alcance de la docilidad. Aunque el mensaje sea crudo, «lamentos, elegías y gemidos» (2,10), resultará «dulce como la miel» (3,3) en el paladar del profeta que lo acoge con docilidad.
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Ez 2,4
«Esto dice el Señor Dios». Esta expresión pone de relieve que el profeta no habla por cuenta propia. Suele llamarse «fórmula del mensajero», y es frecuente también en otros profetas, sobre todo en Isaías y Jeremías. Sin embargo, en Ezequiel, donde aparece casi ciento treinta veces, el nombre de Dios está reforzado —Señor Dios—, indicando la majestad infinita del Señor que habla imperiosamente. La obstinación en rechazar su palabra es en verdad un acto de rebeldía por parte del pueblo, y la docilidad del profeta, un acto de sumisión casi obligada. De hecho Ezequiel no opone resistencia a la voz del Señor ni presenta ninguna dificultad personal como lo hicieron Isaías y Jeremías. Al contrario, sabiendo que transmite un mensaje divino, que no es suyo, debe hacerlo con fortaleza y perseverancia, aunque sus oyentes no lo acepten, o lo rechacen (cfr 2,6-7; 3,11). «Los profetas de Dios —dice San Agustín— son aquellos que dicen lo que escuchan de Dios, y un profeta de Dios no es otro que aquel que expresa las palabras de Dios a los hombres que, por su parte, no pueden o no merecen entender a Dios» (Quaestiones in Heptateuchum 2,17).
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Ez 2,5
«Sabrán que hay un profeta en medio de ellos». Con frase solemne se subraya la condición de Ezequiel como profeta. En un momento en que no hay rey —puesto que está prisionero bajo Nabucodonosor—, ni Templo —pues está profanado y a punto de ser destruido—, ni instituciones sociales o religiosas, la figura del profeta cobra mayor relieve. Es el único representante de Dios en medio del pueblo; es quien tiene autoridad para exigir a sus conciudadanos atención a su mensaje.
▲ COMENTARIO
Ez 2,8-3,3
La acción de comer el rollo simboliza ante los demás que el profeta transmite con fidelidad el mensaje divino, y por tanto que los oyentes no deben desatender a ninguna de sus palabras ni pueden atenuar su contenido. Indica también la actitud positiva del profeta que «devoró» con afán las palabras del Señor, a pesar de su crudeza. Al comentar este pasaje, apunta el Papa San Gregorio Magno: «La Sagrada Escritura es para nosotros alimento y bebida (…). En sus páginas oscuras, ininteligibles sin explicaciones, la Sagrada Escritura es alimento porque todo debe ser explicado para ser comprendido, como todo lo que se mastica para ser engullido. En las páginas claras, es bebida. La bebida no la masticamos; por eso cuando el precepto es claro, lo bebemos porque somos capaces de comprenderlo sin explicaciones. Por eso, como el profeta Ezequiel iba a escuchar palabras oscuras y difíciles, no se le dice que beba el rollo sagrado sino que lo coma, que es como decirle: “Medítalo y compréndelo”» (Homiliae in Ezechielem prophetam 1,10,3).
«Un libro en forma de rollo» (v. 9). Antiguamente los libros se escribían en rollos de pergamino o en papiro (ver también Jr 36,4).
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Ez 3,4-11
Este oráculo pone de manifiesto la actitud negativa de los oyentes, el talante que debe adoptar el profeta y las características del mensaje. Los oyentes son obstinados en su rechazo de Dios y del profeta (v. 7). Éste ha de ser tenaz y perseverante y ha de mostrar mayor fortaleza que ellos (vv. 8-9). No se trata de vencer su contumacia con mayor contumacia, sino de sacarlos de su rebeldía a fuerza de insistir. El mensaje es vigoroso y apremiante porque viene de Dios mismo. Si el profeta hablara por cuenta propia tendría que apoyar sus afirmaciones en argumentos sólidos, pero como habla en nombre de Dios le basta repetir una y otra vez el mismo estribillo: «Esto dice el Señor» (v. 11): «Estas palabras —dice Orígenes— se me dirigen a mí, se dirigen a cualquiera que quiere ser maestro, para que el temor de Dios sea mayor en nosotros: temblamos, por así decirlo, ante una palabra escrita no por los hombres sino por los ángeles de Dios» (Homiliae in Ezechielem 2,3).
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Ez 3,12-15
Al terminar la visión, la gloria de Dios se aleja con el mismo estruendo y la misma majestad que a su llegada (v. 13). El profeta se queda dolorido y triste, pero con la seguridad de que el Espíritu de Dios le impulsa y le asiste en su difícil misión.
Tel-Abib es una localidad próxima a Babilonia que significa en caldeo «monte de la inundación», en referencia probablemente al río del poema épico de Gilgamés. Allí estaban los deportados, los destinatarios del mensaje. La arqueología no ha encontrado restos de esa ciudad que, desde luego, nada tiene que ver con la Tel-Aviv moderna, que en hebreo significa «monte de la primavera», situada al sudoeste de Jerusalén.
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Ez 3,16-21
«Centinela de la casa de Israel» (v. 17). El centinela era el encargado de la protección del pueblo advirtiéndole ante cualquier ataque imprevisto (cfr 2 S 18,24; Sal 127,1). El profeta, como centinela (cfr Is 21,6; Os 9,8; Ha 2,1), debe vigilar y anunciar las amenazas que se ciernen sobre sus oyentes (cfr Is 52,8; 56,10; Jr 6,17). Si éstos no atienden será por su culpa, pero si el profeta calla o pervierte el mensaje, se hará responsable de las consecuencias. San Gregorio Nacianceno aplica esta doctrina a la confianza que debe poner el pastor de la Iglesia en la obediencia a la palabra divina: «Ante el temor por la responsabilidad del mando, le servirá de ayuda la norma de la obediencia: Dios, por su bondad, recompensa la confianza y vuelve perfecto a un superior que ha confiado en Dios y ha puesto en Él su esperanza. Pero si se pone en peligro de desobediencia, no sé quién nos podrá ya ayudar o qué motivo podrá inducirnos a tener confianza. Corremos el peligro de oír que nos dicen, en relación con las personas que nos han sido encomendadas: Demandaré su sangre de tu mano (Ez 3,18)» (Apologetica [Oratio 2]113).
Más adelante, al comienzo de su segunda etapa, en un texto que algunos denominan relato de la nueva vocación, el propio Ezequiel insistirá ampliamente en la misma idea (33,1-9). También allí la imagen del centinela sugiere de inmediato la doctrina sobre la responsabilidad personal. San Gregorio Magno desarrolla la imagen del centinela aplicada al predicador y, entre otras cosas, señala: «La vida del centinela debe ser elevada y circunspecta. Alta para no sucumbir a la seducción de las cosas terrenas; circunspecta para no caer herido por las flechas sutiles del enemigo. Pero además, debe arrastrar a sus oyentes a cimas muy altas, y con sus palabras encaminar sus corazones, hacia el amor de la patria celestial» (Homiliae in Ezechielem prophetam 1,11,7).
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Ez 3,22-27
La escena que cierra el relato de la vocación de Ezequiel repite los ingredientes esenciales. Primero, la iniciativa exclusiva del Señor expresada en la frase «la mano del Señor vino sobre mí» (v. 22; cfr 1,3). En segundo lugar, la teofanía, «como la gloria que había visto junto al río Quebar» (v. 23). Esta alusión a la primera visión de la gloria (cfr 1,1.3) se volverá a repetir en el momento de la profanación del Templo (cfr 10,12) y en el más trascendental de la restauración (cfr 43,3). El tercer elemento es la orden tajante de Dios de permanecer en casa y en silencio (vv. 24-26); aunque en este momento parezca paradójica, exige del profeta la solidaridad con su pueblo, puesto que con ellos ha de sufrir aislamiento, esclavitud y silencio. Los comentaristas antiguos en una lectura literalista han querido ver en esta orden la expresión de alguna enfermedad física o psíquica de Ezequiel; hoy todos entienden que el profeta se identifica con los deportados —que buscaban pasar inadvertidos mientras Jerusalén y el Templo estaban en pie—, y que está dispuesto a hablar sólo lo que el Señor quiera decir y cuando Él lo quiera. De hecho volverá a hablar cuando «el fugitivo» le confirme la destrucción de Jerusalén (24,27; 33,22). Este mandato seguramente no obligaba a Ezequiel a no pronunciar palabra alguna, puesto que en los capítulos siguientes hay recogidos muchos de sus oráculos. Sin embargo, sólo habló dentro de su casa, adonde muchos deportados, en especial los ancianos, acudían para escucharle (cfr 8,1; 14,1; 20,1.3).
«Haré que se te pegue la lengua al paladar» (v. 26). Expresión gráfica que se emplea casi siempre para referirse a los sufrimientos de los desterrados; en este contexto acentúa que la mudez del profeta es una adversidad añadida a las que ya estaba padeciendo en Babilonia por su condición de deportado.